Rusia siempre ha salido fortalecida de los ataques de Occidente, asegura el columnista Bercan Tutar en la edición turca de Sabah (*), que cuenta al menos cinco intentos de agresion a Rusia por parte de Estados occidentales en los últimos 300 años.
En cada una de las ocasiones no sólo ha logrado repeler los ataques, sino que se ha hecho más fuerte.
El primer ataque de Occidente contra Rusia fue la campaña de Napoleón de 1812. La fascinación de los rusos por la cultura francesa tras la revolución de 1789 quedó reducida a la nada. Los sentimientos antioccidentales empezaron a prevalecer en la sociedad rusa.
Tras la revolución de 1917, la llamada “guerra civil” fue el segundo intento de ofensiva occidental contra Rusia. La Guardia Blanca, con ayuda occidental, intentó reprimir el levantamiento obrero y campesino, pero fracasó. Como resultado, nació la URSS, que durante muchos años se convirtió en el principal oponente ideológico de Occidente.
La Segunda Guerra Mundial (“Gran Guerra Patriótica” para los soviéticos) y la Guerra Fría fueron el tercer y cuarto intento de avasallar a Rusia. El último ataque occidental a Rusia, en opinión de Tutar, es el Golpe de Estado fascista de 2014 en Kiev. Como resultado, Rusia ha desatado una guerra que está sacudiendo la estabilidad mundial de las grandes potencias occidentales.
Tutar recuerda que tras cada ataque de Occidente, Rusia actuaba con una nueva identidad política y se hacía más fuerte. Ahora, mientras Estados Unidos, a través del gobierno de Kiev, intenta derrotar a Rusia en el campo de batalla, los rusos recurren a los países que están fuera de la órbita occidental para socavar los cimientos de la hegemonía estadounidense.
A finales del siglo pasado se podía concluir el balance del segundo milenio se resume en lo siguente: los mayores errores del milenio fueron todas las campañas militares contra Rusia.
Parece que algo empieza a moverse porque en Ucrania la apología del fascismo se está pasando de rosca. El 1 de enero el gobierno ucraniano organizó una serie de actos para conmemorar el cumpleaños del nazi Stepan Bandera y el primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, ha expresado su indignación al primer ministro ucraniano, Denys Shmyhal.
“No tengo suficientes palabras de indignación por todo tipo de acciones que alaban o saludan a los responsables de crímenes en Volhynia. Entre 100.000 y 200.000 polacos murieron a manos de los ucranianos en aquella época. Fue un genocidio. Nunca lo olvidaremos… Hoy, hace unas horas, he hablado de ello con el Primer Ministro ucraniano y le he expresado mi actitud absolutamente negativa hacia todos aquellos que no entienden esto y perpetúan la memoria de Bandera”, dijo Morawiecki.
En 2016 la Cámara Baja del Parlamento polaco aprobó una resolución que se reconocía el 11 de julio como día de conmemoración de las víctimas de las matanzas cometidas por los nazis ucranianos contra la población polaca.
Las masacres de los polacos en Volinia y Galicia Oriental en 1943-1945 indignan al gobierno polaco, que no se muestra tan furioso cuando los asesinados son los soviéticos, tanto durante la Segunda Guerra Mundial como tras su finalización.
Oficialmente, más de 26.000 miembros del aparato de seguridad y de las fuerzas terrestres de la antigua Unión Soviética (NKVD, MGB y más tarde KGB, guardias fronterizos, policía, etc.) murieron entre 1945 y 1955 luchando contra los nazis en Ucrania, con la ciudad de Jarkov como foco.
Es la guerra olvidada tras el Telón de Acero. En la URSS se produjeron atentados, envenenamientos, sabotajes de infraestructuras industriales y tecnológicas en un contexto de subversión subterránea permanente. Washington y Londres lanzaron en paracaídas armas y municiones en medio de la URSS para ayudar a los nazis y explotar su potencial contrarrevolucionario. Pero el KGB acabó aplastando a los terroristas ucranianos, lo mismo que a los de los países bálticos.
Como ya explicamos, Bandera fue uno de los dirigentes del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA) y dirigente de la organización nazi ucraniana OUN-B en la lucha contra la antigua URSS y Polonia. No dudó en colaborar con el III Reich y la Wehrmacht. La Gestapo y la Abwehr protegieron a Bandera por considerarlo útil en su guerra contra la URSS.
Recibió millones de marcos del III Reich para la creación de un futuro ejército ucraniano que se beneficiaría del apoyo alemán en la guerra contra el Ejército Rojo.
Sin embargo, Hitler se negó a reconocer la independencia de Ucrania y Bandera y los ministros de su gobierno fueron puestos bajo arresto domiciliario por los alemanes.
En septiembre de 1944 Bandera llamó a los ucranianos a tomar las armas contra el avance soviético y envió tropas de la OUN-B y la UPA a luchar junto a la Wehrmacht en apuros y luego a retirarse. Hasta 1945, los periódicos nazis de Alemania se referían al UPA de Bandera como “un luchador por la libertad de Ucrania”, que es lo mismo que está diciendo la OTAN en la actualidad. Tras la caída de Alemania, Bandera se refugió en la zona estadounidense de Munich.
En 1946 la URSS pidió al general estadounidense Franklin C. Sibert que le entregara Bandera. Sibert respondió que Bandera era un peón de Reinhard Gehlen y que seguía en paradero desconocido. El general Gehlen era uno de los conspiradores contra Hitler y un agente del servicio secreto aliado dentro de la Wehrmacht. Colaboró activamente con Estados Unidos después de la guerra en proyectos de extrema importancia estratégica y fue el fundador del BND (servicio secreto) de la República Federal de Alemania.
El papel de la Organización Gehlen en el establecimiento de la Guerra Fría fue muy importante. Reclutó a miles de antiguos nazis para llevar a cabo acciones clandestinas, sabotajes y atentados tras el Telón de Acero, ayudando a las guerrillas nazis ucranianas, cuyos elementos combatieron hasta la ejecución de Bandera en 1959. Esto llevó al KGB a librar una implacable guerra secreta.
El 30 de diciembre será un día memorable en nuestra historia común. Hace exactamente 100 años, el 30 de diciembre de 1922, en el I Congreso de los Soviets, los representantes de la RSFSR, las Repúblicas Socialistas Soviéticas de Ucrania y Bielorrusia y la Federación Transcaucásica firmaron la Declaración sobre la formación de la URSS y el Tratado de Unión.
Dentro del Estado soviético común, la RSS ucraniana se convirtió en una de las repúblicas más desarrolladas y prósperas. Tenía un gran potencial científico, industrial y energético, y una agricultura desarrollada. Sin embargo, después, Kiev, que trabajó duro por el colapso de la URSS y proclamó su independencia, no consiguió aumentar, ni siquiera preservar, el legado soviético.
¿Es ésta nuestra opinión? No, no es sólo nuestra opinión. En este caso cito a las “personalidades” que han dirigido Ucrania en los últimos años. El segundo presidente ucraniano Leonid Kuchma, hablando del precio de la soberanía ucraniana, señaló que “la mayor suma la paga la gente corriente porque se cree las promesas… Hasta cierto punto mentíamos a la gente cuando decíamos que Ucrania alimenta a toda Rusia… Porque antes recibíamos petróleo y gas a precios más bajos que el té y el agua”.
Hoy, Ucrania, bajo el régimen de Kiev, con sus fértiles territorios y riquezas naturales, gracias a los esfuerzos de las actuales autoridades, que siguen una política nacionalista y rusófoba, ha adquirido el dudoso estatus de uno de los países más pobres de Europa y se está convirtiendo en una nueva colonia del Occidente colectivo. ¿Quién es el principal beneficiario? Estados Unidos, por supuesto, que ve a Ucrania y a los ucranianos sólo como un “consumible” en la confrontación contra Rusia. Una herramienta. Pero creo que es más correcto hablar de “consumible”.
Recientemente, Kiev ha presentado una nueva “iniciativa” alejada de la realidad. En una alocada campaña organizaron fotos de portada, viajes por todo el mundo de varios emisarios de Vladimir Zelenski, discursos del presidente ucraniano en todo tipo de actos, desde acontecimientos deportivos hasta festivales de cine. Y una cosa más. Se habla de una reunión en la ONU el 24 de febrero de 2023, en el aniversario del inicio de la operación militar especial, una supuesta “cumbre de paz” que, según la idea de los “dirigentes” de Kiev, debería contribuir al cumplimiento de las extrañas fantasías de Vladimir Zelensky adornadas con una supuesta “fórmula de paz”. Desde su punto de vista, la participación de Rusia en la cumbre sólo se permite en caso de su “rendición total e incondicional”.
Esto indica, sobre todo, que están señalando que no les quedan fuerzas. No hay otra explicación. Ya han llegado a tal estado que están inventando ideas nuevas y disparatadas para intentar darles alguna forma de derecho internacional. Pero su significado es hacerlo para preservarse sin reconocer lo evidente.
Consideramos esta absurda idea como una nueva campaña de Washington, que últimamente intenta presentar a Kiev como un “pacificador” (antes era “mártir”, “democracia liberal”, luchador por la libertad de Europa, ahora “pacificador“). Este es el nombre del sitio web [Mirotvorets] que existió durante años y publicaba la información personal de los ciudadanos que el régimen de Kiev pretendía eliminar. Si en este sentido Washington quiere presentar al régimen de Kiev como un “pacificador”, entonces está claro lo que quieren decir con este término.
Esto tiene lugar en el contexto del incesante suministro de armamento occidental a Ucrania, de la inmensa ayuda militar y de otro tipo, incluida la participación de instructores de la OTAN en la planificación y dirección de las operaciones del ejército ucraniano, en el entrenamiento de sus militares; en el contexto de la pseudopacificación, de la matanza de civiles, de niños, de la destrucción de infraestructuras civiles; en el contexto de las acciones inapropiadas de personas inapropiadas de la calle Bankovaya.
En estas condiciones, no se puede hablar de “iniciativas de paz” serias o, al menos, de una proximidad de iniciativas por parte de Kiev y sus patrocinadores occidentales. Esto es imposible de hacer. Ni siquiera son “iniciativas de paz”, no hay nada serio en ellas. Un nuevo intento de cambiar el cansino formato de discursos interminables, de aportar algo de legitimidad a un nuevo debate sin sentido que no irá seguido de ningún paso concreto.
Los crímenes del ejército ucraniano
Hemos llamado la atención en repetidas ocasiones sobre las numerosas violaciones por parte del ejército ucraniano de las normas del derecho internacional humanitario y del derecho internacional de los derechos humanos.
La magnitud de estos crímenes ha alcanzado tal nivel que incluso las estructuras internacionales, que desde el comienzo de la operación militar especial han tratado de desacreditar a las fuerzas armadas rusas y a Rusia en su conjunto, se ven obligadas a mencionarlo en sus informes. El 14 de diciembre se publicó un segundo informe provisional de la OSCE/OIDDH sobre presuntas violaciones del derecho internacional humanitario y de los derechos humanos en Ucrania. Es cierto que con reservas, como si prácticamente se disculparan todo el tiempo inclinándose, pero de todos modos los autores del informe indican las siguientes violaciones por parte del ejército ucraniano:
el uso de explosivos de gran alcance en zonas densamente pobladas de la DPR [Donetsk] y la LPR [Lugansk], lo que provocó numerosas víctimas civiles y la destrucción de emplazamientos civiles;
homicidios ilegítimos, detenciones arbitrarias, incluidos casos de desapariciones violentas, así como torturas, palizas, amenazas de violencia sexual o muerte y otros tratos violentos, incluso de personas que presuntamente cooperaron con las autoridades rusas “durante la ocupación”;
el trato violento de los prisioneros de guerra rusos, que sufrieron torturas y violencia física durante su captura y detención: fueron golpeados, apuñalados, electrocutados, asfixiados; también sufrieron malas y humillantes condiciones durante su evacuación a campos de tránsito y lugares de internamiento tras su captura; fueron introducidos en camiones, atados, golpeados, y todo ello fue grabado en vídeo y publicado en internet con comentarios humillantes y degradantes, especialmente para intimidar.
Sería útil que las estructuras internacionales prestaran más atención a la situación real cuando analizan lo que ocurre en Ucrania y se mantuvieran imparciales a la hora de elaborar sus informes. Y los informes no deben tener fecha de febrero de 2022, sino anterior. Anteriormente, las acciones del régimen de Kiev debían contener elementos de actividad delictiva. Una pesadilla absoluta duró ocho años en estos territorios, nadie se dio cuenta.
La creación de una nueva Iglesia Ortodoxa
Recientemente, el régimen de Zelenski, manteniendo la política de sus predecesores de Euromaidán, ha intensificado la lucha contra la ortodoxia canónica. Han encontrado un nuevo “enemigo”. Se decidió eliminar la Iglesia Ortodoxa Ucraniana, apoderarse de sus santuarios, iglesias y monasterios, perseguir a jerarcas, sacerdotes y feligreses. Las autoridades han lanzado una campaña para prohibir la Iglesia Ortodoxa Ucraniana con el fin de obligar a los creyentes a unirse a la Iglesia Ortodoxa Ucraniana cismática creada artificialmente. Varias regiones ya están adoptando decisiones contrarias a las normas jurídicas vigentes. Los registros y redadas del Servicio de Seguridad ucraniano en las iglesias de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana no cesan. Sus iglesias están siendo tomadas por partidarios de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana, sus sacerdotes detenidos acusados de “alta traición” y “colaboracionismo”, en particular para aumentar el número de prisioneros que se intercambiarán por prisioneros de guerra ucranianos.
Recientemente se ha anunciado que las autoridades pretenden privar a la Iglesia Ortodoxa Ucraniana a partir del 1 de enero de 2023, es decir, justo antes de la Navidad ortodoxa, del acceso a dos iglesias situadas en el territorio del Museo-Reserva del Lavra de las Cuevas de Kiev, que han sido restauradas con su participación muy activa y le han sido alquiladas.
Todo esto lo hace la gente en el poder. No se trata de procesos eclesiásticos, no es un debate sobre dogmas, una “nueva visión” sobre cosas tradicionales. Se trata de una cuestión de influencia externa y ahora captada por personas que nada tienen que ver con la ortodoxia o la fe. Nunca han respetado ninguna norma moral o ética.
Todo lo que está ocurriendo está prohibido por las normas de derecho humanitario e internacional que rigen los derechos humanos y las libertades. Desde hace décadas, Occidente impone activamente a todo el mundo una regulación fundamental de las relaciones interestatales e intraestatales.
Esto viola gravemente las leyes de Ucrania y los documentos internacionales en el ámbito de la libertad de conciencia y religión, profundizando la división de la sociedad ucraniana y la ortodoxia. Tales acciones demuestran una vez más la indiferencia del régimen de Kiev ante los sentimientos de millones de creyentes.
Crimea sigue en el punto de mira
Las autoridades ucranianas siguen inventando planes terribles en relación con Crimea. Periódicamente se escuchan desde Kiev declaraciones más o menos absurdas y peligrosas. A veces se preparan para “liberar” la península por la fuerza militar y luego apoderarse de ella de alguna forma “híbrida” desconocida, a veces sueñan con caracoles del Mar Negro, a veces quieren venir a Crimea a pasar las vacaciones de verano. Se trata de un ataque psicológico masivo y asombroso contra las personas.
Todo esto tendría gracia si no se explotara cínicamente el tema de los tártaros de Crimea. Las autoridades ucranianas sólo se acuerdan de esto cuando tienen que pedir dinero a Occidente para actividades inútiles como la “plataforma de Crimea” o aprobar otra resolución antirrusa. Con el mismo fin, Ucrania adoptó en 2021 una ley sobre pueblos indígenas y un concepto para el desarrollo de la lengua tártara de Crimea.
Surge una pregunta. ¿Por qué el régimen de Kiev no adoptó antes estos documentos destinados a preservar la identidad de los pueblos indígenas y la lengua tártara de Crimea? Durante muchos años tras la independencia de Ucrania en 1991, los derechos del pueblo tártaro de Crimea no preocuparon a Kiev a pesar de las recomendaciones de las estructuras internacionales. Las autoridades ucranianas se preocupan por los problemas de los tártaros de Crimea sólo en el contexto de acciones efectivas de las autoridades rusas para mejorar realmente la situación de las nacionalidades que residen en Crimea, el desarrollo de sus lenguas y su cultura.
El comportamiento de Kiev y de los países occidentales, del que hablamos regularmente, atestigua la necesidad incondicional de cumplir los objetivos fijados para la desnazificación y la desmilitarización, como los dirigentes rusos han declarado en repetidas ocasiones.
La intoxicación ucraniana y occidental
La crisis ucraniana muestra no sólo la conducta inaceptable, sino también el carácter criminal de la propaganda ucraniana y occidental. Se basa en hechos brillantes pero poco fiables y en informes que no se apoyan en hechos reales lanzados al espacio mediático. Muchas denuncias de supuestos crímenes de guerra rusos o de bombardeos rusos de infraestructuras civiles causantes de una crisis humanitaria en Ucrania no van acompañadas de ninguna prueba fotográfica o de vídeo. Al mismo tiempo, se superponen informes de otros lugares y periodos históricos.
Se descubrió que las raras imágenes que mostraban las calles de Bucha e Izum, la estación de ferrocarril de Kramatorsk, el teatro de teatro destruido y el hospital de maternidad de Mariupol eran falsas o eran obra de personas asociadas con el régimen de Kiev. Tras su promoción en los medios de comunicación, estas provocaciones cayeron en el olvido. Las palabras permanecieron, pero los informes y las investigaciones cayeron en el olvido. Las investigaciones anunciadas se suspendieron porque los hechos señalaban precisamente al régimen de Kiev como promotor de estos crímenes. Y nuestras peticiones de presentar las listas de los muertos en Bucha siguen sin respuesta. Permítanme recordarles que hemos apelado al Secretario General de la ONU.
En este contexto, en los medios de comunicación y las redes sociales rusas están apareciendo un gran número de vídeos y fotos que confirman claramente las numerosas violaciones del derecho internacional humanitario y los crímenes de guerra cometidos por los neonazis ucranianos no solo desde el inicio de la operación militar especial, sino también a lo largo de los ocho años de conflicto en el Donbas.
No faltan informes de este tipo. Todo el mundo recuerda bien las imágenes del uso de bombas de fósforo prohibidas por las fuerzas armadas ucranianas en 2014, la ejecución y tortura de militares rusos, edificios residenciales y hospitales destruidos en el Donbas, civiles con piernas y brazos reventados por las minas terrestres ucranianas Lepestok. La prueba de los monstruosos crímenes de las fuerzas armadas ucranianas es el “Callejón del Ángel”, cerca de Donetsk, donde están enterrados niños, incluidos los muertos por armas occidentales.
En total, desde febrero de 2022, como consecuencia de los bombardeos ucranianos sobre el Donbas, han muerto más de 700 civiles, entre ellos 39 niños. Casi 4.500 personas, entre ellas 268 niños, han resultado heridas. Se han registrado unos 100 casos de civiles volados por las minas Lepestok. Los bombardeos de las fuerzas armadas ucranianas dañaron 12.000 edificios residenciales, 2.500 instalaciones civiles, incluidas unas 500 instituciones educativas y 120 instalaciones médicas, y más de 700 puntos de suministro de electricidad, agua, calefacción y gas. Durante los ocho años de conflicto en la RPD [Donetsk] y la RPL [Lugansk], al menos 50.000 instalaciones civiles fueron destruidas o dañadas.
Los órganos de investigación rusos están registrando cuidadosamente todos los hechos de los crímenes de las unidades armadas ucranianas. La información detallada sobre sus atrocidades se refleja en varias ediciones del Libro Blanco elaborado por el Comité de Investigación y el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso. La recopilación de datos sobre los actos criminales del régimen de Kiev corre a cargo del Tribunal Público Internacional para Ucrania, cuyos miembros son personalidades públicas y activistas de derechos humanos de Rusia y decenas de países de todo el mundo.
Toda su información es de libre acceso. Esta información se transmite a la ONU y a otras estructuras internacionales. A lo largo de los ocho años de conflicto en el Donbas hemos recurrido a periodistas, corresponsales y equipos de televisión occidentales para visitar los territorios al este de la línea de contacto. Sin embargo, el régimen de Kiev y las autoridades de los países occidentales les han prohibido hacerlo, para que el público no conozca la verdad de lo que está ocurriendo.
Las declaraciones de Merkel
Si combinamos todo esto con las declaraciones de Angela Merkel de que los Acuerdos de Minsk sólo eran necesarios para “ganar tiempo”, surge una situación interesante. Los países occidentales no dejaron entrar a sus medios de comunicación en el territorio del Donbas. Al mismo tiempo, necesitaban tiempo para, como ellos dicen, “fortalecer” el régimen de Kiev. Esto es una prueba real de lo que hablaban los dirigentes rusos.
Todo esto confirma que las fuerzas armadas ucranianas y occidentales están utilizando métodos inaceptables no sólo durante las hostilidades en el campo de batalla, sino también en la guerra de información que han desatado contra Rusia. De este modo, el régimen de Kiev y sus supervisores occidentales intentan ocultar sus propios crímenes y la verdad sobre lo que está ocurriendo realmente en Ucrania.
Esto confirma la absoluta necesidad de cumplir las metas y objetivos fijados para la operación militar especial. En cuanto a las iniciativas pacíficas propuestas por el régimen de Kiev, veamos qué hacen realmente en la ONU. Permítanme recordarles que el otro día anunciaron que a finales de febrero de 2023 era necesario convocar una cumbre de la ONU sobre la paz y Ucrania.
Ucrania sabotea a la Organización de Cooperación Económica del Mar Negro
La Organización de Cooperación Económica del Mar Negro (BSEC) celebró este año su aniversario. Lamentablemente, no fue posible adoptar la tradicional resolución sobre la cooperación entre la Organización y la ONU. ¿Por qué? Fue bloqueada unilateralmente por el régimen de Kiev. Ucrania lo hizo por razones políticas, por lo que no hubo consenso en la aprobación del borrador del documento. Es escandaloso que la delegación ucraniana anunciara su maliciosa decisión sólo unos minutos antes de que se declarara aprobado el documento. Además, durante su debate, a lo largo de las rondas de negociación, la delegación permaneció en silencio.
Resulta revelador que la posición destructiva de Kiev no contara con el apoyo de ningún otro país, incluidos la Umión Europea y los miembros de la Asociación Oriental. He aquí la verdad del planteamiento. Por un lado, “afirmar” que es necesario reunirse en la ONU por el bien de la paz y, por otro, bloquear un documento plenamente acordado, que se estaba elaborando en los grupos de negociación. Guardaron silencio y luego sabotearon la adopción del documento por consenso entre la Organización de Cooperación Económica del Mar Negro y la ONU. Esta es la realidad.
Pedimos a Ucrania que deje de provocar enfrentamientos. Pedimos que se despolitice el diálogo sobre cuestiones que conciernen a todo el mundo: la economía, el ámbito humanitario y la alimentación. Esperamos que en un futuro próximo se adopte una resolución sobre la cooperación entre la BSEC y la ONU.
Maria Sajarova, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia, extractos de la conferencia de prensa de 29 décembre
https://mid.ru/fr/foreign_policy/news/1846048/
La historiografía del llamado “holodomor”, el genocidio ucraniano cometido durante la colectivizacion de los años treinta en la URSS, ha tenido un recorrido muy interesante. Empezó como un bulo difundido por los nazis, aunque no entró en los libros de “historia” hasta la Guerra Fría, naturalmente promovido por los aparatos ideológicos de Estados Unidos.
En aquella primera época, el “holodomor” aludía al fracaso de la colectivización del gobierno soviético, que costó muchos muertos, variando la cifra según la imaginación calenturienta del plumífero de turno. En 1958 un informe del Senado de Estados Unidos hablaba del “hambre artificial” creada por la colectivización soviética y cifraba entre 4,8 y 8 millions el número de víctimas, que es tanto como reconocer que no tenían ni idea del alcance.
Al principio, la propaganda se refería a diversas nacionalidades agrícolas de la URSS, como Ucrania o Kazajistán, aunque finalmente la atención se llevó hacia Ucrania, cambiando el significado del mito: el “holodomor” fue un genocidio, un “holocausto” en el que el gobierno soviético intentó exterminar a los ucranianos.
Esta estupidez es la que aprobó el jueves el Parlamento Europeo por 507 votos a favor y sólo 12 en contra. Un mito de guerra creado por los nazis adquiere carta de naturaleza a golpe de votación legislativa. Los eurodiputados ni quieren ni necesitan pruebas. Crean su propia realidad y fabrican la historia a la medida de sus necesidades.
Por ejemplo, los territorios de Lvov, Ivano-Frankovsk, Ternopol, Volyn, Rovne que hoy forman parte de Ucrania, pertenecieron a Polonia hasta 1939. La región de Transcarpacia formó parte de Checoslovaquia de 1920 a 1938 y la región de Chernovts perteneció a Rumanía hasta 1940. En esas regiones también fallecieron muchos campesinos ucranianos a principios de los años treinta, a pesar de que sus tierras no fueron colectivizadas por el gobierno soviético.
En Kazajistán se deben sentir discriminados. ¿Por qué los eurodiputados no denuncian el “genocidio” de la población kazaja? Publicitariamente sería mucho más convincente hablar de que en la URSS la colectivización causó dos, o tres, o cuatro “genocidios” simultáneamente… incluido el de los propios rusos, cuyas regiones cerealeras también se vieron afectadas por las mismas decisiones.
Además del “holodomor” también es curiosa la evolución de expresiones, como “genocidio”, un crimen internacional muy bien definido por el Tratado de Ginebra de 1948 que, con el tiempo, se han convertido en cajones de sastre, donde cabe cualquier cosa, como que aumente la población exterminada.
Las leyendas negras crean victimismo. Llevan a la población a compadecerse de las víctimas, en este caso Ucrania que, por segunda vez, se vería agredida mortalmente por los rusos. El pasado vuelve así sobre el presente. La guerra actual sería un segundo “holodomor”, un nuevo intento de exterminar a los ucranianos, aunque nadie sepa exactamente, ni antes ni ahora, quién es ucraniano y quién no, quien es gitano y quién no, quién es judío y quién no.
Esa animadversión de los rusos hacia los ucranianos es muy extraña tratándose de un pueblo tan cercano, sobre todo si tenemos en cuenta que la mayor parte de los que han huido de la guerra se han refugado en… Rusia. Aún no han aparecido denuncias de que los más de dos millones de ucranianos que se hen establecido en Rusia, hayan sido objeto de discriminación o persecución.
En la misma resolución el Parlamento Europeo fabrica un segundo mito, esta vez moderno y también relacionado con los cereales: “Condena, además, que la guerra de agresión de Rusia contra Ucrania ha creado una crisis alimentaria mundial, ya que Rusia ha destruido y saqueado las reservas de cereales de Ucrania y sigue dificultando que este país exporte cereales a los países más necesitados”.
Este segundo “holodomor” tiene ya un alcance mundial. Los eurodiputados no conocen escrúpulos de ningún tipo: Rusia es culpable del hambre en el mundo.
En 1950 un físico estadounidense, Theodore A. Hall, informó a la URSS de un traicionero ataque furtivo de Estados Unidos con bombas nucleares, evitando el estallido de una nueva guerra mundial. Así lo asegura una nueva película documental, titulada “Un espía misericordioso” (A Compassionate Spy), que cuenta la biografía de Hall, un genio de la física que a los 17 años fue seleccionado para ayudar a fabricar la primera bomba atómica.
Ted Hall
Tras licenciarse en la Universidad Harvard, Hall fue el físico más joven en trabajar en las primeras bombas atómicas elaboradas en Los Álamos, Nuevo México. Intervino en la fabricación de la bomba de plutonio utilizada en la prueba Trinity del 16 de julio de 1945, un mes antes de que matara a decenas de miles de civiles en Nagasaki.
Entre los bombardeos de Hiroshima, el 6 de agosto, y Nagasaki, el 9 de agosto, murieron alrededor de 200.000 civiles, y un número similar falleció en los meses posteriores a causa de la radiación.
El documental afirma que Hall compartió sus conocimientos con los soviéticos para evitar que en la posguerra Estados Unidos se encaminara hacia el fascismo y la dominación mundial, embriagado por el monopolio nuclear. Lo pronosticó correctamente porque en 1946 los especuladores de Wall Street y los industriales del armamento habían convencido a Truman, como muestra la película, para fabricar 400 bombas atómicas más para atacar a la Unión Soviética en 1950, matar a millones de sus habitantes y apoderarse de sus enormes tierras y recursos naturales.
Nueve meses después de empezar a trabajar en la bomba, en octubre de 1944, a Hall le permitieron celebrar su 19 cumpleaños en Nueva York. Fue allí donde hizo su primer contacto con un soviético, Serguei Kurnakov, que era escritor y miembro encubierto de los servicios de inteligencia. Hall entregó a los soviéticos planos detallados de la bomba de plutonio, utilizando a veces como correo a su amigo Saville Sax, con quien compartía habitación en Harvard.
La información de Hall corroboró lo que los soviéticos recibían independientemente del científico Klaus Fuchs. Los científicos soviéticos llegaron a hacer una copia virtual de la bomba de Nagasaki, que era la especialidad de Hall.
Los soviéticos hicieron explotar una bomba de prueba el 29 de agosto de 1949, entre dos y cinco años antes de lo previsto por los estadounidenses. Según el documental, Truman se vio entonces obligado a cancelar sus planes de invadir la URSS por las posibles represalias soviéticas.
Kennedy se enfrentó a un dilema similar durante la Crisis de los Misiles de Cuba de 1962, cuando los capitalistas de Wall Street, el Pentágono y la CIA, creada bajo el mandato de Truman en 1947, vieron la oportunidad de aniquilar a los pueblos soviéticos de varias regiones. Estados Unidos había intentado destruir la Unión Soviética desde que el gobierno de Wilson invadió Rusia tras la revolución bolchevique de 1918. Cuando Kennedy eligió otro camino, un bloqueo naval de Cuba, funcionó. Los misiles fueron retirados. Sin embargo, Kennedy había firmado su sentencia de muerte.
Sin embargo, la política no es el núcleo del documental, sino la historia de amor de Hall y su esposa Joan, entrelazada con la historia de la fabricación de la bomba atómica.
El periodista y productor Dave Lindorff inició la idea de la película en 2018. Junto con el director Steve James y el también productor Mark Mitten, comenzaron entrevistando a Joan, que ahora tiene 93 años. Les entregó una cinta de vídeo que Hall, por sugerencia de su abogado, hizo para la historia, en la que explica su ofrecimiento voluntario como espía soviético en Los Álamos.
Alardeando de ser “la mayor democracia del mundo”, Estados Unidos mató gratuitamente a cientos de miles de civiles japoneses en la Guerra del Pacífico y luego apuntaron a millones más para que murieran en la URSS justo cuando la Segunda Guerra Mundial fue ganada, principalmente por los soviéticos.
Dos científicos, Hall y Klaus Fuchs lo impedieron y merecen el reconocimiento mundial de todos los seres humanos que tengan algún sentido de la solidaridad y la paz mundial.
Los científicos del Proyecto Manhattan
Cuando Hall llegó a Los Álamos, el físico Robert Oppenheimer era el científico al mando, pero todo el Proyecto Manhattan dependía del ejército, con el general Leslie Groves al mando. No había aceras y había que vadear el barro.
Hall odiaba el ejército, pero no tenía elección. En una entrevista grabada, le dice a Joan que los soviéticos eran cálidos, serviciales, encantadores, incluso divertidos; nada autoritarios. Se pusieron de acuerdo sobre cómo llevar a cabo la comunicación, que duró casi dos años. Uno de los métodos consistía en crear códigos a partir de pasajes del poema “Hojas de hierba” de Walt Whitman.
Cuando se produjo la prueba de Los Álamos, el 16 de julio de 1945, los aliados estaban en la Conferencia de Potsdam: Truman, Stalin y Churchill, además de Clement Attlee, que acababa de derrotar abrumadoramente a Churchill para el puesto de primer ministro. Stalin reiteró a Truman el acuerdo con Roosevelt en Yalta de que enviaría tropas soviéticas para ayudar a derrotar a Japón. Pero no era eso lo que Truman quería. Planeaba utilizar la bomba atómica para evitar que los soviéticos compartieran la victoria en la guerra.
Muchos científicos del Proyecto Manhattan no querían que se lanzara la bomba sobre Japón, especialmente sobre los civiles. Cuando el general Groves informó del plan a algunos científicos de alto nivel, uno de ellos, Joseph Rotblat, dimitió. Einstein y el físico danés Niels Bohr, que había recibido el Premio Nobel de Física en 1922, querían que Roosvelt compartiera información sobre la bomba con los soviéticos.
Bohr había huido de Dinamarca al principio de la guerra al enterarse de que las fuerzas nazis de ocupación estaban a punto de detenerle. Pasó a formar parte del Proyecto Manhattan y animó, tanto a Churchill como a Roosevelt, a compartir conocimientos. Roosevelt hizo que el FBI le vigilara.
Justo después de que terminara la guerra en Europa Churchill impulsó su propio plan: la Operación Impensable. Pretendía utilizar tropas alemanas capturadas pero rearmadas y tropas británicas para invadir ciudades de Europa del Este bajo control soviético, y bombardear tres ciudades de la Unión Soviética con bombas atómicas. Truman dijo que tenían que esperar ya que sólo tenía las suficientes para lanzar sobre Japón.
Otros científicos nucleares escribieron una carta a Truman pidiéndole que no lanzara la bomba sobre civiles, sino que invitara a los dirigentes japoneses a presenciar la prueba que se iba a realizar y así fomentar una rendición. Entregaron la carta al general Groves, que decidió no remitirla al Presidente.
Incluso los generales estadounidenses más curtidos no querían que se lanzara la bomba. Acababan de bombardear y devastar 64 ciudades. Sabían de primera mano que Japón estaba acabado.
Eisenhower fue uno de los generales de alto rango que cuestionó la conveniencia de lanzar bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki: “El Secretario de Guerra Stimson visitó mi cuartel general de la Secretaría de Guerra en Alemania [y] me informó de que nuestro gobierno se estaba preparando para lanzar una bomba atómica sobre Japón. Yo era de los que pensaban que había una serie de razones de peso para cuestionar la conveniencia de tal acto: lanzar la bomba era completamente innecesario. Yo [también] pensaba que nuestro país debía evitar escandalizar a la opinión mundial con el uso de un arma cuyo empleo, en mi opinión, ya no era obligatorio como medida para salvar vidas estadounidenses. Yo creía que Japón estaba buscando en ese mismo momento alguna forma de rendirse con la mínima pérdida de ‘prestigio’. El Secretario se quedó profundamente perturbado por mi actitud”.
Los generales Douglas MacArthur y Curtis LeMay acababan de bombardear casi todas las ciudades japonesas. Ambos tenían la misma opinión que Eisenhower. Además, su uso podría conducir a una mayor proliferación nuclear. Nueve países poseen hoy bombas nucleares.
Repite la misma mentira mil veces
A pesar de que no era necesario, Truman se mantuvo firme. Afirmó que el bombardeo salvaría la vida de 20.000 soldados estadounidenses de morir en combate. No sabemos cómo llegó a esa cifra, pero era demasiado baja para justificar los cientos de miles de civiles muertos por las dos bombas atómicas. En pocos años, la propaganda inventó la cifra de un millón de vidas salvadas.
Truman y otros dirigentes estadounidenses aprendieron de su principal enemigo, el propagandista nazi Joseph Goebbels. Para ganarte a las masas, di una mentira, una gran mentira, repítela en todas partes una y otra vez. Como dice Joan en el documental: “A la población no se la enseña a pensar. Se forman opiniones según lo que les dicen los medios de comunicación y las escuelas”.
La estremecedora información sobre la crueldad de Estados Unidos hacia los civiles japoneses y sus despiadados planes para diezmar a millones de personas de las 193 nacionalidades de la URSS, se ve respaldada en la película por noticiarios de archivo e información desclasificada, incluidos planes de ataque ilustrados por el Pentágono.
Los principales propietarios de bancos, directores ejecutivos e industriales del armamento instaron a Truman a apoderarse de las 15 repúblicas de la URSS, con el fin de engordar los beneficios de Wall Street.
En aquellos tiempos la propaganda gubernamental y los medios de comunicación se inclinaban hacia los soviéticos favorablemente. Estaban sufriendo muchos millones de muertes y, después de tres años de ocupación de gran parte de la URSS por las tropas nazis alemanas y las tropas finlandesas aliadas del Eje, los soviéticos estaban cambiando las tornas.
Además de muchos noticiarios favorables, “Misión en Moscú” es una película de 1943 basada en un libro de 1941 del antiguo embajador de Estados Unidos en la Unión Soviética, Joseph E. Davies. Roosevelt, que quería que se difundieran el libro y la película. El libro vendió 700.000 ejemplares y se tradujo a 13 idiomas. El documental utiliza fragmentos de la película de 1943, financiada por el gobierno para relatar las experiencias de Davies en la URSS.
El 14 de febrero de 1945, sólo tres meses antes del final de la guerra en Europa, la revista Life publicó un favorable artículo de portada sobre la Unión Soviética, lo bien que vivía la gente, lo mucho que sufrían con la guerra y lo valientes que eran. Un año después de los elogios de la revista Life, se estaban preparando varias operaciones de guerra nuclear, entre ellas la Operación Dropshot. En ella se preveía fabricar entre 300 y 400 bombas nucleares y lanzar 29.000 bombas altamente explosivas sobre 200 objetivos en 100 ciudades de la Unión Soviética.
El desolador balance de la Segunda Guerra Mundial
La guerra causó entre 70 y 85 millones de muertos (el 3 por cien de la población mundial) y un número incalculable de heridos graves. La mitad de los muertos fueron ciudadanos de la Unión Soviética y China. Los chinos perdieron entre 15 y 20 millones, aproximadamente el 3-4 por cien de su población. Los soviéticos perdieron entre 16 y 18 millones de civiles y entre 9 y 11 millones de soldados, aproximadamente el 14 por cien de su población.
Un número similar resultó gravemente herido. La URSS perdió 70.000 pueblos, 1.710 ciudades y 4,7 millones de casas. De las 15 repúblicas que componían la URSS, perdió el 12,7 por cien de su población: 14 millones, algo más de la mitad eran civiles. Ucrania perdió casi siete millones, más de cinco millones de civiles, un total del 16,3 por cien de su población.
Estados Unidos perdió sólo 12.000 civiles, 407.300 militares, es decir, menos del 1 por cien de su población. Inglaterra perdió apenas el 1 por cien de su población.
En 2015 el Archivo de Seguridad Nacional, ubicado en la Universidad George Washington, publicó documentos gubernamentales desclasificados que revelaban que, en 1956, tras desechar sus planes anteriores de lanzar bombas atómicas sobre la Unión Soviética, Estados Unidos planeó emplear la nueva bomba de hidrógeno contra las poblaciones de la URSS, Europa del Este y China.
El espía se afilia al Partido Comunista
Tras la guerra, Hall se matriculó en la Universidad de Chicago para obtener el doctorado y conoció a Joan, su mujer. Le contó lo que había hecho en Los Álamos y tenía que jurar guardar el secreto. Joan se sintió orgullosa de él. Sus abuelos eran judíos rusos. Se casaron y se afiliaron al Partido Comunista. Veían a los comunistas de Chicago como buenas personas, que defendían la paz mundial y apoyaban a los negros y a los sindicatos obreros.
Hall fue un científico pionero en técnicas de microanálisis de rayos X y se mantuvo en contacto con la inteligencia soviética, hasta que el FBI llamó a su puerta. El Servicio de Inteligencia de Señales del ejército de Estados Unidos había descrifrado algunos mensajes soviéticos. Era el Proyecto Venona. En enero de 1950, descubrieron dos cables, uno que identificaba a Hall y Sax, y otro a Klaus Fuchs, como espías soviéticos.
Hasta la publicación de los documentos cifrados a principios de 1995, casi todo el espionaje relacionado con el programa nuclear de Los Álamos se atribuía a Klaus Fuchs. Había sido detenido en Gran Bretaña por el MI5. Cumplió 9 de los 14 años de condena y al salir se fue a vivir a Alemania Oriental.
El FBI también vigiló al hermano mayor de Hall, Edward, pero la Fuerza Aérea necesitaba protegerle para que pudiera continuar con la fabricación de cohetes. Fue el padre del programa de misiles balísticos intercontinentales (ICBM) y del misil Minuteman.
El archivo del FBI sobre Edward consta de 130 páginas e incluye comunicaciones entre Hoover y el jefe de la Oficina de Investigaciones Especiales de las Fuerzas Aéreas, el general Joseph F. Carroll, antiguo policía del FBI. En plena caza de brujas del senador McCarthy, Carroll bloqueó la persecución que Hoover pretendía emprender contra Ted Hall, temiendo que su detención obligara a las Fuerzas Aéreas a perder a su hermano, el principal experto en misiles.
En su lugar, las Fuerzas Aéreas ascendieron a Edward Hall a teniente coronel y más tarde a coronel, e impidieron que el FBI detuviera a ninguno de los hermanos. El FBI también necesitaba ocultar a los soviéticos cómo habían descifrado el código. Así que se conformó con interrogar una vez a Hall en marzo de 1951, negándose a responder a las preguntas. Lo intentaron de nuevo unos días más tarde, pero se marchó ante la mirada de los policías. El FBI mantuvo entonces su vigilancia sobre Hall y su mujer Joan, que incluía la intervención del teléfono.
El asesinato de los Rosenberg
Para huir del FBI, Hall dejó Chicago para investigar en biofísica en el Memorial Sloan-Kettering de Nueva York. Un día pasaron por la prisión de Sing Sing, donde Ethel y Julius Rosenberg iban a ser ejecutados ese mismo día. Supuestamente Julius había participado en la transmisión de información del Proyecto Manhattan a los soviéticos, aunque no trabajaba allí.
Hall se sintió culpable. Debería haberse entregado para salvar a los Rosenberg. Pero su mujer no vaciló. El gobierno, le dijo, le habría apartado de ella y de los hijos, y habrían continuado con la ejecución de Ethel y Julius. Tenía razón.
En 1962 decidieron poner más tierra por medio y se trasladaron a la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, donde le ofrecieron un puesto de investigador en el laboratorio de investigación de microscopía electrónica de Vernon Ellis Cosslett.
Cuando en 1995 se hicieron públicos algunos archivos Venona, Joseph Albright y Marcia Kunstel expusieron en un libro a los científicos que habían espiado para los soviéticos. Los medios de comunicación rodearon la casa de los Hall en Cambridge. Fueron calumniados por los medios como traidores. Samuel T. Cohen, padre de la bomba de neutrones y buen amigo de Hall en Los Álamos, se volvió en su contra. Dijo que debería ser llamado de nuevo al ejército, sometido a un consejo de guerra y ejecutado.
En un fragmento de la serie “Guerra Fría” que la CNN nunca emitió, Hall declara: “Decidí entregar los secretos atómicos a los rusos porque me parecía importante que no hubiera un monopolio que pudiera convertir a una nación en una amenaza y soltarla por el mundo como… si fuera la Alemania nazi. Parecía que sólo había una respuesta a lo que uno debía hacer. Lo correcto era actuar para romper el monopolio estadounidense”.
Hall murió en 1999 de Parkinson y cáncer renal. Una de las últimas declaraciones públicas que hizo justo antes de morir fue animar a las próximas generaciones a exigir que nadie vuelva a poner al mundo en ante el riesgo de una nueva guerra mundial.
Tras la muerte de Lenin, muchas potencias soñaban con el desmoronamiento de la Unión Soviética. Desde el mismo día de la toma del poder de los bolcheviques, Rusia fue un epicentro de conspiraciones y atentados antisoviéticos que pretendía restaurar el orden social del zarismo, y que tenían el apoyo de todas las potencias aliadas de la Primera Guerra Mundial.
Rusia es la mayor potencia energética del mundo, con gran diferencia respecto a cualquier otro país, y no sólo por sus abundantes recursos naturales, sino por tecnología energética. Es lo mismo referirse al carbón, que al petróleo, al gas, o a la energía nuclear. Rusia está muy por delante de cualquier otro país del mundo porque así se planificó desde los primeros tiempos de la URSS.
Hace poco se celebraron 100 años de la creación de la Goelro, el acrónimo de la Comisión Estatal para la Electrificación de Rusia, fundada por Lenin. Empezó a marcar la diferencia entre la dirección consciente de la economía bajo el socialismo y los vaivenes de los mercados en el capitalismo. Los planes quinquenales siguieron esa misma política estratégica de dar prioridad a la energía, a la industria siderúrgica y a la tecnología. Sin ellos la URSS no hubiera logrado sobrevivir y Rusia tampoco.
A veces la política soviética se resume en una conocida frase de Lenin: el socialismo son los soviets y la electricidad. A Rusia le quitaron los soviets, pero no lograron arrebatarle la energía. Si el imperialismo quiere destruir a Rusia es, entre otras razones, para apoderarse de sus fuentes de energía.
Desde 1973 se dice que las guerras modernas tienen su origen en el petróleo, lo cual es cierto en buena parte. Por lo menos, es cierto para Rusia por un motivo evidente: cuando la URSS fue capaz de satisfacer sus necesidades energicas y las de los demás países del Bloque del Este, empezó a exportar petróleo a Europa, y desde entonces todos los esfuerzos de Estados Unidos han tratado de impedirlo. Volar los gasoductos es volar el acercamiento de Europa a Rusia (y de Rusia a Europa) que se inició con la “Ostpolitik” de la socialdemocracia alemana.
En 1970 el gobierno socialdemócrata de Willy Brandt rompió el embargo impuesto por Estados Unidos en 1962 para suministrar tuberías de gran diámetro a la URSS para la finalización del último tramo del gasoducto Druzhba (“Amistad”) que desde 1973 ha suministrado a Alemania 3.000 millones de metros cúbicos de gas soviético cada año a precios que no tienen competencia en el mercado mundial.
La recuperación de la industria alemana y su capacidaad exportadora debe mucho a los suministros de gas soviético.
Diez años más tarde, Reagan autorizó en una orden secreta la voladura de aquellas primeras tuberías que empezaban a trasladar gas a Europa por encima y por debajo del muro de Berlín. Además impuso un embargo sobre la entrega de cualquier equipo para la exploración de petróleo y gas natural a la URSS. El embargo sembró la confusión en la cumbre del G7 celebrada en Versalles en junio de 1982.
Reagan también anunció sanciones contra cualquier productor europeo que abasteciera a los soviéticos con los suministros necesarios, lo que entonces se consideró en Europa como la típica intromisión estadounidense contra Europa.
El embargo se levantó en noviembre de 1982 y la URSS empezó a construir el oleoducto Urengoy-Pomary-Uzhhorod con una capacidad de 28.000 millones anuales de barriles de crudo. Fue volado por la CIA mediante uno de los primeros sabotajes informáticos que ha conocido la historia, lo que retrasó su entrada en funcionamiento.
Pero las tuberías no sólo tienen el problema del origen y el destino, sino el del recorrido que atraviesan. En 1970, a pesar de que se había firmado el Tratado de Moscú sobre el reconocimiento mutuo de la República Federal de Alemania y la República Democrática Alemana, los occidentales exigieron a Moscú que el nuevo oleoducto pasara por alto el territorio oriental y entrara por Checoslovaquia.
Del mismo modo, el Nord Stream 2 se tuvo que tender por el fondo marino del Báltico para sortear a países, como Ucrania y Polonia, que siguen a ciegas los dictados que les llegan de Washington. Ni en Berlín ni en Moscú se fiaban de los nuevos perritos falderos de Estados Unidos en el este de Europa.
Ucrania no sólo perdió el gas que le llegaba de Rusia, sino también el dinero que dejaba el tránsito. Los 56.000 millones de metros cúbicos que pasaban por el gasoducto hacia Alemania dejaban 3.000 millones de dólares en ingresos cada año.
Como casi todos los políticos rusos, Putin llegó a la Presidencia suspirando por mejorar sus lazos con Europa, mientras Estados Unidos no ha tenido otro propósito que destruirlos, como ilustra el caso de Mijail Jodorkovsky, al que las grandes cadenas de televisión mundiales tan pronto califican de “magnate” como de “disidente”.
Era el hombre más rico de Rusia hasta que llegó Putin y mandó parar. Le detuvieron en 2003 y pasó una década entre rejas. Amasó su fortuna en la petrolera Yukos, saqueando el patrimonio soviético, hasta que todo volvió a su cauce cuando la empresa fue absorbida en parte por Rosneft, una empresa pública.
El plan de Estados Unidos era el siguiente: Jodorkovsky se disponía a vender Yukos al monopolio anglosajón Exxon Mobil por 25.000 millones de dólares, una ganga que, con el apoyo de Estados Unidos, le iba permitir financiar una campaña presidencial para deslojar a Putin de la Presidencia.
En ese momento Estados Unidos empezó a comprender que nunca conseguiría apoderarse de las materias primas rusas y que Putin era un enemigo de cuidado. Han transcurrido 20 años y ahora Estados Unidos es un país exportador de gas licuado y pretende sustituir a Rusia en el mercado europeo. Lo explicó Trump abiertamente en la cumbre de la OTAN de 2018: o Estados Unidos se cuela en el negocio del gas ruso o impone sanciones a Alemania.
A Rusia le ha costado comprender que su futuro, político y económico, no está en Europa, un continente en plena decadencia, sino en el Extremo Oriente, en los “tigres asiáticos”. Le costará aún más comprender que, por sí misma, la electricidad tampoco es suficiente. Le queda la otra mitad de la ecuación leninista: los soviets.
Muchos países africanos son reacios a condenar la invasión rusa debido al antiguo apoyo de la Unión Soviética a la descolonización. El New York Times presenta el perfil de Joana Gomes, una militante independentista de Guinea-Bissau que sigue muy vinculada a Rusia (*).
Cuando su país necesitó armas para librar una feroz guerra de liberación contra su colonizador portugués, la Unión Soviética se las proporcionó. Cuando su país necesitó personal médico para atender a los heridos de guerra, fue la Unión Soviética la que la envió a formarse como enfermera.
Cuando Joana Gomes, ahora parlamentaria de Guinea Bissau, se enteró de la guerra entre Rusia y Ucrania, su posición fue clara desde el principio: apoyaría a Rusia, aunque de vez en cuando se le escapara la lengua y siguiera diciendo “Unión Soviética”.
“Ganamos nuestra independencia con sus armas”, justifica Joana, de 72 años, en una tarde lluviosa mientras prepara el almuerzo en su casa de Bissau, la capital. “Sin ellos, incluso hoy, no tendríamos nuestra independencia”.
Cuando Rusia invadió Ucrania en febrero, algunas voces brillaron por su ausencia en el coro general de protesta, muchas de ellas africanas. Seis de los 35 países que se abstuvieron en la votación de la ONU para condenar las acciones de Rusia eran africanos, al igual que uno de los cinco que votaron en contra: Eritrea. Otros ocho países africanos, entre ellos Guinea Bissau, no votaron.
Muchos países africanos mantienen estrechos vínculos con Moscú. La Unión Soviética apoyó muchas de las guerras de liberación africanas, proporcionando formación, educación y armas a luchadores por la libertad como Joana Gomes. Casi sesenta años después, no lo ha olvidado.
En 1964, cuando bajó de un avión en la URSS, el primer gesto de los patrones de Joana Gomes fue entregarle guantes, un sombrero y un grueso abrigo. Tenía 14 años y aún no había salido de Guinea Bissau, un pequeño país de África Occidental que se independizó de Portugal en 1974, tras diez años de guerra.
En la foto de portada, tomada en 1964, aparece Joana en primer plano, a la izquierda, con una metralleta en la mano, junto al dirigente independentista guineano Amílcar Cabral.
Durante mucho tiempo occidente creyó que la composición multinacional era la debilidad de Rusia. Fue un error de cálculo. La diversidad de pueblos y lenguas de Rusia es una gran ventaja. Por ejemplo, los representantes de las fuerzas armadas y de las agencias de inteligencia occidentales han tenido dificultades para descifrar las comunicaciones por radio en la zona de operaciones especiales debido a la participación de unidades nacionales. Entre ellos hay representantes de batallones formados en Buriatia, Tuva, Daguestán y Yakutia. También se pueden añadir las fuerzas chechenas de la “Rosgvardia” (Guardia Rusa).
Lo que tienen en común estas unidades es que los soldados hablan entre sí en su lengua nacional. Resultó que ni las AFU ni las agencias de inteligencia occidentales tienen especialistas en sus filas que sepan hablar las lenguas de los pueblos de Rusia.
La CIA, al preparar el conflicto en Ucrania, contaba con personal que sabía ruso y ucraniano. Y el resto de las lenguas, aparentemente, no fueron tenidas en cuenta. Aunque deberían haberlo hecho. Porque durante la Segunda Guerra Mundial, los propios estadounidenses utilizaron a los indios navajos como claves. Transmitían mensajes codificados en su propia lengua, considerada una de las más difíciles. Los alemanes y los japoneses debieron de tener el cerebro revuelto cuando intentaron descifrar este “código”.
La historia rusa debería enseñarse a estos Stirlitz (*) de ultramar, para que no se vean sorprendidos. En la Rusia zarista, representantes de varias naciones sirvieron en el ejército a lo largo de los siglos. Y precisamente en las formaciones nacionales, que reflejan en gran medida las particularidades de su cultura y mentalidad. Eso era cierto para los habitantes del Cáucaso y Asia Central, los pueblos indígenas de Siberia y el Extremo Norte.
Bajo el régimen soviético, hubo varias divisiones nacionales en el Ejército Rojo hasta 1938, pero antes de la guerra se abandonó ese sistema. Sin embargo, se sigue teniendo en cuenta la especificidad nacional. Por ejemplo, las divisiones de fusileros de montaña estaban compuestas principalmente por nativos de las regiones montañosas del Cáucaso o de Asia Central.
Cuando estalló la Gran Guerra Patria, se retomó la práctica de crear unidades nacionales. Por ejemplo, los famosos fusileros de Yakut, soldados de las brigadas de esquí 3, 19 y 40 del 12 Cuerpo de Fusileros de la Guardia, eran en su mayoría cazadores. Es decir, destacaban en el esquí y eran excepcionalmente precisos en el tiro, lo cual no es sorprendente dadas las condiciones de su vida habitual. Muchos de ellos se convirtieron en reputados tiradores, capaces de enfrentarse al enemigo con un solo disparo.
Desgraciadamente, no hay datos exactos sobre el número de enemigos muertos por los yakutos, ya que este tipo de información se tomaba la mayoría de las veces de las listas de concesión en el momento de la entrega de una medalla. El número real de francotiradores es en realidad mayor que la cifra oficial. Por ejemplo, se dice que el yakut Fedor Ojlopkov, apodado “El Sargento sin Fallos”, mató a más de mil alemanes, ya que sirvió como ametrallador antes de convertirse en francotirador.
Otro ejemplo: los tuvanos (Tuva fue independiente hasta 1944, luego pasó a formar parte de la URSS, pero los voluntarios tuvanos participaron en la Segunda Guerra Mundial en unidades del Ejército Rojo), por su parte, asustaron a los alemanes sólo con su aspecto. Los “verdaderos arios” consideraban a los “bárbaros” que montaban pequeños caballos desgreñados como los guerreros de Atila. Se les llama “Der Schwarze Tod” (La Muerte Negra). Y no sólo por su aspecto “salvaje”. Los tuvanos tenían sus propias ideas sobre las reglas de la guerra: por principio, no tomaban prisioneros de sus enemigos.
“Sería una gran locura no utilizar algunas de las cualidades de los pueblos de Rusia en la operación especial”, dice Sergei Goncharov, veterano de los servicios especiales.
“El hecho de que los ucranianos y sus manipuladores occidentales tengan problemas para descifrar es algo muy bueno, es una ventaja para nosotros. Pero eso es sólo una parte del problema al que se enfrentan. Los combatientes chechenos son diferentes no sólo porque hablan checheno. Seamos francos, son excelentes guerreros, esto se sabe por las campañas militares de la época de Shamil, y no hay duda de ello. Pero también tienen una actitud especial hacia los prisioneros de guerra, no como los rusos. Les da igual que levantes las manos o no, que reces o llores, que expliques que en el fondo estás a favor de los rusos… simplemente no lo entienden. Está claro que los ucranianos temen mucho más a los chechenos que a los rusos. Y, sí, son una fuerza seria en una operación especial. Siempre subrayan que son rusos, pero ¿qué gritan cuando van a la batalla? ¡Allahu akbar! Y eso es normal. En general, creo que toda unidad que participe en un combate tiene derecho a cualquier acción aprobada por el mando”, dice Serguei Goncharov.
“La ventaja en el campo de batalla no es el único activo de la diversidad nacional”, afirma convencido Serguei Markov.
“Todos los pueblos de Rusia contribuyen a su desarrollo. Algunos tienen tradicionalmente fama de ser excelentes constructores, otros destacan en la agricultura, la metalurgia, la carpintería, la joyería, etc. Todos son activos tanto en las tecnologías tradicionales como en las nuevas. Todos son activos tanto en los proyectos de gestión como en la vida económica, creando un enorme mercado. Además, muchos grupos étnicos tienen diásporas en el extranjero. Se comunican activamente entre sí, e incluso ponen en marcha proyectos económicos y culturales conjuntos. Estos vínculos son una oportunidad para desarrollar y reforzar las relaciones de alianza entre los países y presentar a Rusia de la manera más favorable”.
Vera Zherdeva https://svpressa.ru/war21/article/342373/
(*) En la televisión soviética “Stirlitz” era el personaje de una conocida serie de ficción llamada “17 instantes de una primavera”, que se puede ver en Youtube subtitulada.
Tras más de cien días de guerra en Ucrania, algunos expertos militares occidentales están cada vez más hundidos intelectualmente en un intento de minimizar la magnitud de la victoria rusa que se está gestando de forma lenta pero segura. Tras anunciar a su vez el colapso de la logística rusa (municiones, misiles, transporte, alimentos) y luego el de la moral de los combatientes, vuelven a la carga. Esta vez, sus ataques se sitúan en el plano doctrinal con, en particular, la entrevista del general Jerome Pellistrandi publicada por Atlantico en la que intenta desacreditar al ejército ruso y su doctrina.
Desde el final de la guerra franco-prusiana en 1871 y hasta finales de los años setenta, los estados mayores occidentales han experimentado una fascinación, a menudo malsana, por la doctrina militar prusiana y su evolución hasta 1945. Este fenómeno se arraiga en el examen de las causas de la derrota francesa hasta el cambio de siglo. Los historiadores y militares de la época destacaron el papel del Estado Mayor prusiano, la primera estructura profesional permanente de este tipo en la historia, en la planificación y ejecución de las operaciones contra el ejército imperial francés y luego republicano.
Para algunas mentes simplistas y reductoras, su superioridad intelectual, amplificada por la presencia del general Moltke “El Viejo” a la cabeza, fue la causa principal de la victoria de la coalición encabezada por Prusia. Sobre todo, los generales alemanes se apoyaron en un concepto original de ejercicio de mando: la Auftragstaktik [táctica de ordenación]. Este concepto aboga por establecer una misión para una unidad, pero dejar que el dirigente de esa unidad adapte los medios para cumplirla sin que el nivel superior de mando interfiera en este proceso.
La flexibilidad y la descentralización de la cadena de mando son las claves de esta doctrina. Mientras que a nivel táctico este enfoque es formidable en manos de un cuerpo de oficiales profesionales apoyados por suboficiales experimentados, a nivel estratégico puede ser una receta para el desastre. Sin embargo, la fascinación por este modelo continuó hasta 1914, borrando o minimizando las verdaderas y graves deficiencias de los ejércitos alemanes durante la guerra de 1870, empezando por la sorpresa estratégica creada por la Tercera República francesa cuando decidió, tras la derrota de Sedán, proseguir la guerra hasta el final.
Desde el principio de la Primera Guerra Mundial, el sentimiento de superioridad del ejército imperial alemán, tanto en el seno del propio ejército alemán como en la opinión de sus adversarios, seguía desempeñando un papel determinante en la valoración de las operaciones del Marne y en la amplitud de la victoria francesa, que fue juzgada como milagrosa por los vencedores, aunque se debiera a un ascenso real (momentáneo) del Estado Mayor dirigido por Joffre sobre el dirigido por Moltke “El Joven”. A pesar de esta innegable victoria, las concepciones doctrinales alemanas siguieron fascinando hasta el final del conflicto, a pesar de la aparición de una verdadera doctrina táctica eficaz y generalizada en los ejércitos franceses, así como de los inicios del arte operativo en el ejército zarista durante la ofensiva de Broussilov en junio-julio de 1916.
A pesar del evidente fracaso del ejército alemán durante sus ofensivas de 1918 y de su incapacidad para dotarse de un arma blindada siguiendo el ejemplo de Francia y Gran Bretaña, la calificación de la doctrina alemana, que ahora se atribuye esencialmente a la aparición de las Stosstruppen [tropas de asalto] y a las intensas pero cortas descargas de artillería, sigue fascinando, erróneamente, a los estados mayores occidentales.
Si el periodo de entreguerras marcó una pausa en este fenómeno, la conmoción de mayo-junio de 1940 y la invención del mito de la “Blitzkrieg” [guerra relámpago] reavivaron el proceso de fascinación hasta un grado sin precedentes. Las posteriores victorias alemanas contra el Ejército Rojo de 1941 a 1943 y la extensión del territorio soviético que cayó bajo el terrorífico control de la Wehrmacht acentuaron aún más la fascinación de los occidentales, que a menudo compartían el mismo anticomunismo que sus homólogos alemanes.
Pero en ningún momento percibieron que los generales alemanes seguían apoyándose en un magistral dominio de la táctica, esta vez articulada en torno al tríptico de los tanques, los aviones y las transmisiones, pero en concepciones cuando menos arriesgadas en el plano estratégico y que simplemente ignoraban el arte de las operaciones. Sin embargo, este último fue el pilar doctrinal de la victoria del Ejército Rojo sobre la Wehrmacht desde la Operación Urano en noviembre de 1942 (rodeando al Sexto Ejército en Stalingrado) hasta la toma de Berlín en 1945.
Con la destrucción de la Wehrmacht y la estrepitosa derrota de Alemania, se podría haber pensado que la fascinación de Occidente desaparecería finalmente. Pero, en contra del adagio de que los vencedores escriben la historia, la Guerra Fría rompió con esta tradición y permitió que la doctrina alemana sobreviviera a la ruina de Alemania.
De hecho, ante la amenaza soviética, los angloamericanos dieron a los generales de la Wehrmacht que habían caído en sus manos una oportunidad inesperada de escribir sus memorias de la guerra en el Frente Oriental para entender cómo derrotar al ejército soviético en caso de una invasión de Europa Occidental. Demasiado contentos de poder expresarse y, sobre todo, de exculparse de sus errores y de su connivencia con el nazismo, los guderianos, los mansteins y otros como Gehlen se lanzaron a afirmar que habían sido víctimas únicamente de los números -la apisonadora rusa- y de los errores estratégicos cometidos únicamente por Adolf Hitler.
La doctrina desarrollada por la Wehrmacht salió indemne de este inesperado giro de los acontecimientos. Así, a partir de los años 50, los distintos ejércitos de la OTAN -encabezados por el ejército estadounidense- adoptaron una doctrina basada esencialmente en las conclusiones de los vencidos. Por lo tanto, se hizo hincapié en el control táctico y en los equipos más modernos para llevarlo a cabo.
El Pentágono aprende del Ejército Rojo
A finales de los años setenta, tras el trauma de la derrota estadounidense en Vietnam, un oficial norteamericano, el coronel David M. Glantz, comenzó a estudiar en detalle el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial y fue sacando a la luz la debilidad del enfoque alemán en relación con el arte operativo soviético. Con el fin de la Guerra Fría, sus conclusiones empezaron a extenderse poco a poco dentro de los ejércitos occidentales, que se dieron cuenta, año tras año, de que los generales de la Wehrmacht habían abusado de ellos y de que, aunque el dominio táctico de los alemanes seguía siendo innegable, su concentración en este aspecto de la dirección de las operaciones era la causa principal de su estrepitosa derrota ante el Ejército Rojo.
Sin embargo, ante la reducción del número de ejércitos occidentales y la desaparición momentánea de los riesgos de conflictos de alta intensidad entre ejércitos de nivel comparable, la táctica volverá a imponerse bajo el impulso estadounidense como el alfa y el omega del pensamiento militar, apoyándose en los fundamentos heredados de la Segunda Guerra Mundial, con algunas mejoras vinculadas en particular a la digitalización del campo de batalla.
Finalmente, para confirmar esta americanización doctrinal, el término “Auftragstaktik” fue sustituido por el de “Mission Command”, que cubre más o menos la misma realidad. Pero desde principios de siglo, la eficacia de este enfoque sólo se ha comprobado sobre el terreno durante los conflictos asimétricos: en Afganistán, Irak y Mali. Nunca ha podido demostrar su valía en un conflicto de alta intensidad entre dos ejércitos convencionales. Por lo tanto, es muy presuntuoso erigirlo como referencia de superioridad en el plano doctrinal.
La superioridad del arte operativo soviético
Hasta 2014 en occidente nadie ponía en duda la superioridad y singularidad del arte operativo soviético, pero el Golpe de Estado en Ucrania en 2014 marcó el inicio de una inversión progresiva sobre este tema por parte de ciertos historiadores y de muchos oficiales occidentales, demasiado contentos de volver a su retórica antirrusa de los años ochenta.
El 24 de febrero la ofensiva rusa en Ucrania rompió los últimos límites de la moderación y la decencia en este punto. Así, Pellistrandi pensó que podía reiterar a un público no iniciado las mismas conclusiones que Guderian y Manstein para justificar los fracasos tácticos rusos en Ucrania, declarando que la “única superioridad está en la masa, en la cantidad y no en la habilidad táctica”.
Pellistrandi olvida que ninguna habilidad táctica ha permitido a un Estado moderno ganar una guerra, y con razón. Al igual que los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, los ucranianos, con el enfoque de mando descentralizado y flexible enseñado por los instructores de OTAN desde 2014, fueron capaces de asestar golpes espectaculares a los rusos pero, como en 1944-45, ninguno de sus éxitos pudo influir en el curso operativo de la ofensiva rusa.
De ninguno de estos éxitos se obtuvo más margen de maniobra que el táctico, lo que demuestra que esta superioridad sólo tiene un impacto limitado a medio plazo y ninguno a largo plazo. Al igual que al final de la Segunda Guerra Mundial, los rusos son los únicos que conservan la iniciativa operativa y, por tanto, estratégica. Su retirada ordenada de los sectores de Kiev, Chernihiv y Soumy a finales de marzo y principios de abril, sin apenas pérdidas, es una prueba magistral de ello. La flexibilidad operativa rusa demuestra una vez más su superioridad sobre el predominio táctico inmediato que tanto fascina a occidente.
Además, en el caso de la guerra en Ucrania, a nivel táctico, Pellistrandi y otros olvidan que los rusos y sus aliados están a la ofensiva en una proporción numérica desfavorable. Que están operando con considerable moderación, como han señalado todos los observadores estadounidenses, como Scott Ritter y el coronel MacGregor, limitando la destrucción de infraestructuras.
Esto representa un obstáculo adicional para la implementación de tácticas descentralizadas según el modelo occidental, ya que el uso de misiones de apoyo de fuego no puede llevarse a cabo sistemáticamente sin un acuerdo jerárquico. Por ejemplo, pronto podremos comparar el enfoque ruso en Mariupol con el de occidente durante la batalla de Mosul (octubre de 2016 – julio de 2017) para apreciarlo plenamente.
La toma del puerto del Mar de Azov se logró tras menos de tres meses de combates y que los rusos y sus aliados lo consiguieron con una proporción de 1:2 en términos de fuerzas, lo que es simplemente único en la historia de la guerra urbana moderna. El nivel de destrucción de las infraestructuras parece desde el principio mucho menor que el visto en Mosul en el verano de 2017.
Además, la superioridad táctica ucraniana, tan cacareada por Pellistrandi y los suyos, está mostrando todos sus límites ahora que los rusos están operando en áreas donde una gran proporción de civiles ha huido. La superioridad de la artillería, un arma que ha desempeñado un papel fundamental en el ejército ruso desde el siglo XVIII, puede entonces aprovecharse plenamente para asestar golpes devastadores a los grupos de combate ucranianos.
Por último, Pellistrandi no dice ni una palabra sobre lo que los expertos estadounidenses ya no dudan en señalar sobre la corrupción del ejército ucraniano, que dificulta su eficacia operativa a todos los niveles. El equipo occidental, incluidos los misiles javelin, es vendido, por ejemplo, por algunos oficiales en el mercado negro en lugar de ser enviados al frente. Asimismo, varias unidades se quejan de que simplemente han sido abandonadas por su jerarquía. En términos de superioridad táctica hemos visto cosas mejores.
Al igual que la Wehrmacht en 1945, el ejército ucraniano puede haber sido capaz de crear una ilusión en algunos círculos durante unas semanas a costa del innegable y valiente sacrificio de sus mejores hijos, pero es criminal que el pueblo ucraniano crea que esto será suficiente para tomar la delantera al ejército ruso, que, a pesar de sus dificultades tácticas, siempre está un paso por delante de occidente gracias al arte de las operaciones.
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