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La aparente quietud de la clase trabajadora es la incubadora de una tempestad

La aparente quietud o pasividad de la clase trabajadora ante el deterioro constante de sus condiciones de vida es, quizás, uno de los fenómenos más manidos por la llamada «izquierda alternativa» como excusa para la renuncia a sus reivindicaciones históricas. La conclusión ante la quietud es que «hay que rebajar» el discurso o «adaptarse a la realidad». Esconder las banderas y aparentar algo distinto. Leer más

La élite israelí concluye que la resistencia palestina ha ganado la batalla de Gaza

El pasado 19 de octubre, tras la firma del texto de Sharm el Sheij promovido por el gobierno de Estados Unidos, el diario israelí Haaretz publicaba un editorial ilustrativo que desnudaba el supuesto júbilo israelí por el llamado «acuerdo de paz». «No hemos ganado, pero nunca admitiremos que hemos perdido. Necesitábamos desesperadamente una victoria real, así que convertimos la recuperación de los prisioneros en una victoria ilusoria.» Leer más

Sapere aude! (¡Atrévete a saber!) ¡Es tan cómodo ser menor de edad!

La mayoría de los hombres, a pesar de que la naturaleza los ha librado desde tiempo atrás de conducción ajena (naturaliter maiorennes), permanecen con gusto bajo ella a lo largo de la vida, debido a la pereza y la cobardía. Por eso les es muy fácil a otros erigirse en tutores… Por cobardía pagamos al sacerdote para que nos garantice el cielo y al médico para que nos garantice la salud (Kant)

Este llamamiento de Inmanuel Kant en su ensayo “¿Qué es la Ilustración?” (1) podemos trasladarlo perfectamente a la actualidad rememorando el golpe de estado mundial establecido a partir del 11 de marzo del 2020, golpe de estado del cual estamos todavía purgando unas penas sin haber cometido delito. ¿O sí?

Porque no querer saber, no querer pensar, puede, en según qué circunstancias, convertirse en cómplice de los delincuentes, en una colaboración necesaria para la consumación del delito.

No trato de hacer apología de Kant, pues dejó muy claro que los individuos pueden hacer críticas en todos los aspectos, incluido el Estado, pero dichas críticas no desligan a los hombres de cumplir con sus obligaciones y con las leyes, como gran defensor que fue de la monarquía, el capital y el Estado. Pero incluyó un llamamiento a los miembros de las congregaciones religiosas para que en sus ámbitos defendieran las tesis ilustradas frente a los dogmas religiosos que en el ensayo mencionado lo expone así: “Pretender que los tutores del pueblo (en cuestiones espirituales) sean también menores de edad, constituye un absurdo capaz de desembocar en la eternización de la insensatez”.

Hoy, con las religiones en declive, ocupando su puesto las congregaciones científicas como únicas poseedoras de la verdad, deberíamos hacer un paralelismo con Kant y hacer un llamamiento a los científicos honestos que se alejen de la tutela de la mafia químico-farmacéutica y que no solamente defiendan verbalmente otras verdades, sino que actúen formando parte de un ejército disperso, que aquí y allá mantiene una guerra de guerrillas enfrentada a las instituciones emanadas del llamado Gran Reinicio.

Dentro de tres meses se cumplirán cuatro años del inicio de la guerra mundial emprendida por las grandes corporaciones, apoyadas tácita o explícitamente por la autodenominada izquierda tanto política como sindical, contra la mayoría de la humanidad. Sabiendo que esta mayoría está compuesta por el llamado proletariado, tanto el que está en activo como el que está excluido del proceso de valorización del capital, inserto en las grandes periferias del sistema capitalista mundial.

Víctor Gómez Pin se pregunta: “¿Está el ser humano condenado a pensar que subsistir ya es mucho… ¿O es pensable una sociedad en la que nadie esté privado de la posibilidad de fertilizar las facultades que nos caracterizan como especie entre los seres vivos y animados?” Y añade “Pero pensar es durísimo, supone vencer constantemente la inercia y la costumbre, supone vencerse constantemente a sí mismo” (2).

¿Es que no había, y hay, elementos suficientes como para poner en tela de juicio y actuar en consecuencia contra la barbarie científica a sueldo del capitalismo globalista? ¿Será por lo que menciona Gómez Pin?

¿Cómo es posible que se acepten las órdenes de quienes dicen ser los amos del conociminto, los “tutores” de nuestra salud y de nuestra vida, cuando son los mismos que dan cobertura científica a los que deterioran nuestra salud y nos embargan la vida? En su momento Mao reflexionó sobre esta cuestión y concluyó que “el conocimiento es ciencia, y la ciencia no puede admitir la más mínima hipocresía, la más mínima presunción; lo que exige es ciertamente lo contrario: honestidad y modestia” (3).

La guerra del 2020 no ha terminado, simplemente está latente a la espera de una nueva ofensiva de ámbito mundial que puede tener su cénit en abril del próximo año mediante nuevas armas, una de ellas, la que puede resultar más mortal, será de aceptación del nuevo Reglamento Sanitario Internacional de la OMS, impuesto por el Foro Económico Mundial, el cual ya analicé en artículos anteriores (4).

Retornando a la expresión kantiana “Sapere aude”, quiénes deberían estar en primera fila, en vanguardia de esta lucha desigual, deberían ser los y las comunistas poniendo en práctica “alternativas que sustenten la vida humana y la gestación de una nueva civilización” como dice Mauricio Abdalla (5). Pero mientras se mantenga la arterioesclerosis militante basada en la consigna pura y simple será difícil encabezar esta enorme tarea.

En otras palabras, y en referencia a lo que deberían ser las organizaciones comunistas y el papel de los militantes en ellas, Fernando Martínez Heredia lo expresa de la siguiente forma: “No se es militante a pesar de tener criterios propios; para ser militante se exige tener criterios propios. Tener criterios no puede ser visto como un defecto, compensado por las virtudes que tenga el sujeto pensante: tiene que ser considerado como una de sus mayores virtudes. La militancia es un peldaño más alto en la especie humana solo si hace al sujeto más complejo, más capaz, más solidario, más humano, mejor persona” (6).

En conclusión: para afrontar las próximas ofensivas del Imperialismo S.A. es preciso velar por el intento de agrupar distintos destacamentos comunistas que, bajo las premisas descritas, piensen, sepan y sean capaces de organizar la resistencia, que sin abandonar el enfrentamiento cotidiano protagonizado a través de diversas organizaciones sociales en los marcos laborales, sean capaces de concretar actuaciones alternativas que atisben el compromiso de defender la vida, no la vida dentro del capitalismo, sino una vida preñada de una nueva civilización.

(1) http://www.swarthmore.edu/Humanities/mguardi1/espanol_11/kant.htm
(2) Víctor Gómez Pin. Reducción y combate del animal humano. Ariel 2014
(3) Mao Zedong. De la práctica
(4) https://mpr21.info/mientras-suenan-los-canones-disparan-contra-la-soberania/
(5) Mauricio Abdalla. O principio da cooperaçao; em busca de uma nova racionalidade. 2002
(6) Fernando Martínez Heredia. Necesitamos un pensamiento crítico. Temas nº 20-21. julio de 2000

La clase media no irá al paraíso

En la época revolucionaria de la burguesía y hasta hace muy poco tiempo se explicaba eso que los académicos de derecho constitucional llamaban “soberanía parlamentaria” con una frase procedente de la Cámara de los Comunes de Londres: la ley lo puede todo, excepto convertir una mujer en hombre o al contrario. Ahora ya se puede cambiar también eso.

En el mundo se puede cambiar cualquier cosa gracias a las leyes, a golpe de autoridad. Es más, los reformistas aseguran que la manera de cambiar una realidad es cambiar la ley que la regula. Basta votarles a ellos, lograr la mayoría en el parlamento y cambiar la ley.

Una persona es mayor de edad porque así lo establece una ley. En la República eran 23 años, el franquismo la puso en 21 años y la transición en 18. Si alguien está tentado de medir la madurez por medio de la edad, supondrá que los jóvenes cada vez maduran antes y si ponemos la mayoría de edad a los 16 años, madurarán aún más rápidamente.

El parlamento de Corea del sur ha cambiado la forma de medir la edad. En el mundo occidental, cuando nace un niño, le ponen cero años de edad, hasta que pasan 365 días. Sin embargo, en Corea le ponen un año de edad y el dato no cambia con su cumpleaños, sino el 1 de enero. Por lo tanto, un niño que nace en Nochevieja, al día siguiente tiene dos años de edad. En España tendría cero.

Esta semana occidente ha impuesto a Corea su manera de medir la edad, de manera que va a rejuvenecer a la población. Basta una ley o un decreto para conseguirlo.

Los reformistas cambian así las cosas. Pretenden grandes cambios con pequeñas leyes. Basta un día de diferencia para que alguien se puede casar o pueda votar en unas elecciones. Basta beber una gota más de alcohol para dar positivo en una prueba de la Guardia Civil de Tráfico y que te impongan una multa.

Muchos de las datos cuantitativos que se manejan habitualmente son así de arbitrarios y se cambian por decreto. Al entrar en la Unión Europea el gobierno español cambió la manera de medir la inflación, a pesar de lo cual se siguen haciendo comparaciones históricas con datos que no sólo son cuantitamente distintos, sino también cualitativamente.

Los cambios en la vara de medir no sólo ocurren en los asuntos administrativos, sino también en los científicos, donde la métrica está cada vez más presente. Un artículo sólo parece realmente científico si aporta datos cuantitativos, por más que la mayor parte de las veces no sea posible averiguar de dónde han salido, ni el criterio de su obtención.

El llamado “cociente de inteligencia” es uno de los ejemplos característicos de las seudociencias modernas, que divide a los niños en tontos y listos. No debe extrañar que los antiguos países socialistas se prohibieran ese tipo de prácticas aberrantes en los colegios que confunden a los listos con los listillos.

La métrica no es más que un canon que responde a una imposición o a una convención, o a ambos a la vez. Por ejemplo, los datos de inflación proceden de organismos oficiales como el Instituto Nacional de Estadística y casi nadie los pone en cuestión, a pesar de que pueden resultar totalmente absurdos. Por ejemplo, en el cómputo del salario medio de un país no se tiene en cuenta a los parados, cuyos ingresos son cero. De esa manera, el salario medio parece mucho más elevado y no refleja la verdadera situación material de la clase obrera.

Lo mismo ocurre con las noticias de las organizaciones caritativas según las cuales países, como Somalia, son muy pobres porque la inmensa mayoría de la población sobrevive con menos de tres dólares de ingresos diarios. En ese tipo de países la autosuficiencia está muy extendida porque aún no ha llegado el mercado. No son necesarios los ingresos porque los pagos son cero.

La omnipresencia de las cifras anula las diferencias cualitativas y, por supuesto, las clases sociales. Por eso los “expertos” han introducido la tonteoría de la “clase media” entre los tópicos de los medios de comunicación. Lo mismo que la naturaleza, la sociedad también es uniforme, aunque unos ganen más que otros. Sin uniformidad no hay métrica y sin métrica no hay uniformidad.

Así nos encontramos con noticias como que este verano hemos conocido las temperaturas más elevadas de la historia. Muchos creen que el termómetro sube cada día un poco más, aunque ya no hay termómetros de mercurio, como los de antes, ni posibilidad de hacer ese tipo de comparaciones. Los matices han desaparecido. No es posible saber si las temperaturas han sido altas en el hemisferio norte, mientras que en el sur han padecido un invierno polar. Las dos cosas pueden ser ciertas simultáneamente.

En el parte meteorológico de cualquier noticiario, las informaciones saltan de una temperatura local, por ejemplo en Baeza, a promedios generales para la península, para el planeta o para tiempos remotos. Sin embargo, un promedio no es una cifra real sino una abstracción matemática. Si en Baeza no llueve, pero en O Porriño caen 30 litros por metro cuadrado, el promedio es de 15. Pero a pesar de ello, en Baeza no salen a la calle con paraguas porque no toman sus decisiones en base a abstracciones matemáticas sino a hechos reales.

Un trabajador no gasta un salario medio sino el suyo propio, unos ingresos contantes y sonantes. No le importa que el billete para los cruceros haya subido de precio porque no tiene ninguna intención de realizar ese tipo de viaje. Hay componentes de la inflación que no le afectan nada y que sólo sirven para los estudios académicos.

La ciencia es un “análisis concreto de la realidad concreta” y cualquier tipo de abstracción cuantitativa debe ayudar a esa tarea, en lugar de encubrirla. No obstante, hoy la mayor parte de los artículos científicos se rodean de un aparato estadístico creciente, repleto de datos cuantitativos y abstracciones que parecen tener vida propia; parece que son algo por sí mismos.

En las ciencias modernas las métricas las imponen decretos gubernamentales y cánones académicos, que transmiten una visión formal de la realidad. La concentración de alcohol en sangre se mide con un etilómetro homologado por la Dirección General de Tráfico que, en realidad, lo que mide es el aire espirado por la boca. Tiene poco que ver con el alcohol en la sangre, pero si se mide el alcohol con otro aparato, la medición cambia. También cambia a medida que el tiempo transcurre. Desde luego que no a todo conductor que arroja un resultado positivo en un etilómetro se le puede calificar de “borracho”.

En 2014 se creó en España un centro de metrología, del que la ley dice que es un organismo “técnico”, dependiente del Ministerio de Industria, que se encarga de homologar los aparatos de medir. Unos aparatos miden bien y otros mal; unos miden mejor que otros. Cuando alguien quiere exhibir el carácter oficial de una medición, lo hace con un aparato homologado, aunque es como cualquier otro aparato: se puede estropear, se desgasta con el uso, se ha inventado otro más preciso o el operador que lo maneja no lo sabe utilizar.

A medida que los científicos modernos insisten, cada vez más, en la cantidad, se olvidan de la cualidad, de lo concreto y de las mil y una complejidades del contexto. Entonces aparecen entelequias del tipo “clase media” que no existen en ningún lugar y ocultan a las clases sociales que realmente hay en cada sociedad y en cada momento histórico.

Los sobornos de las farmacéuticas han corrompido la medicina moderna

La medicina basada en la evidencia se ha visto corrompida por los intereses de las grandes empresas farmacéuticas y la comercialización de las universidades, que actúan para suprimir los resultados negativos de los ensayos, ocultar los efectos adversos y ocultar los datos brutos a la comunidad investigadora académica.

Según un artículo publicado recientemente por el British Medical Journal (*), la medicina está dominada en gran medida por un pequeño número de empresas farmacéuticas muy grandes que compiten por la cuota de mercado, pero que están efectivamente unidas en sus esfuerzos por ampliar ese mercado. El impulso a corto plazo de la investigación biomédica gracias a la privatización ha sido celebrado por los defensores del libre mercado, pero las consecuencias no deseadas a largo plazo para la medicina han sido graves.

El progreso científico se ve obstaculizado por la propiedad de los datos y los conocimientos, ya que la industria suprime los resultados negativos de los ensayos, no informa de los acontecimientos adversos y no comparte los datos brutos con la comunidad de investigadores académicos. Los pacientes mueren por el impacto negativo de los intereses comerciales en la agenda de investigación, las universidades y los organismos reguladores.

La responsabilidad de la industria farmacéutica ante sus accionistas hace que den prioridad a sus estructuras jerárquicas de poder, a la fidelidad a los productos y a la propaganda de relaciones públicas sobre la integridad científica. Aunque las universidades siempre han sido instituciones de élite susceptibles de la influencia de las dotaciones, durante mucho tiempo han pretendido ser los guardianes de la verdad y la conciencia moral de la sociedad.

Pero ante la insuficiencia de fondos públicos, han adoptado un enfoque neoliberal de mercado, buscando activamente la financiación farmacéutica en condiciones comerciales. Como resultado, los departamentos universitarios se convierten en instrumentos de la industria: al controlar los programas de investigación, escribir artículos en revistas médicas e impartir formación médica continua, los académicos se convierten en agentes para la promoción de productos comerciales. Cuando los escándalos relacionados con las asociaciones entre la industria y el mundo académico salen a la luz en los medios de comunicación, se debilita la confianza en las instituciones académicas.

La universidad capitalista también socava el concepto de investigación académica. Los decanos que ascendieron a puestos de dirección gracias a sus distinguidas contribuciones a sus disciplinas han sido sustituidos en ocasiones por recaudadores de fondos y gestores académicos, que se ven obligados a demostrar su rentabilidad o a mostrar cómo pueden atraer patrocinadores. En medicina, los que triunfan en el mundo académico son “influencers” y “líderes de opinión” (KOL en la jerga comercial), cuyas carreras pueden avanzar gracias a las oportunidades que ofrece la industria.

Los KOL se seleccionan sobre la base de un complejo conjunto de actividades de perfilado realizadas por las empresas. Por ejemplo, los médicos se seleccionan sobre la base de su influencia en los hábitos de prescripción de otros médicos. La industria busca a los KOL por esa influencia y por el prestigio que su afiliación académica aporta a la marca del producto de la empresa. Como miembros bien pagados de los consejos asesores farmacéuticos, los KOL presentan los resultados de los ensayos de la industria en conferencias médicas y en la formación médica continua. En lugar de actuar como científicos independientes y desinteresados y evaluar críticamente el rendimiento de un fármaco, se convierten en lo que los profesionales de la publicidad llaman “campeones del producto”.

No obstante, la confianza de los autores del artículo en la financiación pública para liberar a la medicina de las multinacionales farmacéuticas es errónea, como han demostrado las restricciones sanitarias aprobadas por los gobiernos durante la pandemia (y en muchas otras cuestiones). Pero los argumentos sobre la corrupción que el dominio de los monopolios aportan al desarrollo y los ensayos de los medicamentos merecen ser tomados en serio.

(*) https://www.bmj.com/content/376/bmj.o702

El fondo buitre BlackRock es el mayor accionista de la revista médica The Lancet

La revista The Lancet es una de las más antiguas que se publican sobre medicina en el mundo. Se fundó en 1823 y, sin duda, es una de esas referencias a las que algunos les gusta calificar de “prestigiosas”, por más que no la hayan leído nunca.

Su redactor jefe es Richard Horton, que aparece en la foto de portada. En 2020 Horton publicó un libro titulado “The Covid-19 Catastrophe” (1), que ya va por su segunda edición. En su obra culpa de la crisis sanitaria y de las muertes a los gobiernos occidentales, una tesis con la que no puedo estar más de acuerdo.

También anuncia el advenimiento de una especie de “cientificismo”, al que llama “biocracia” o gobierno de las ciencias biológicas, que recuerda bastante al complejo militar industrial al que hizo referencia Eisenhower en 1960. Otras veces se ha llamado “tecnocracia”, un término que evoca la banalización de la política posmoderna, un terreno abonado a la mediocridad.

Según Horton, se ha firmado una especie de nuevo “contrato social” entre los gobiernos y los científicos que viven en un estado de emergencia permanente. Los gobiernos no podrían sostenerse sin dar un tufillo “técnico” a su gestión diaria que, muchas veces, sirve para encubrir la corrupción, porque según una opinión muy extendida la corrupción es algo inherente sólo a los políticos, no a los médicos, o a los académicos.

Así se han justificado muchos golpes de Estado: para acabar con la corrupción y sustituir a los políticos por los expertos. Pero, como dice Horton, los científicos son tan corruptos como los políticos. En otra entrada ya ha quedado expuesto que las publicaciones científicas están involucradas en los montajes políticos de la pandemia (2).

Horton lo sabe bien porque en mayo de 2020 su revista -junto con otras- orquestó un montaje fraudulento contra la hidroxicloroquina y luego él personalmente trató de lavarse las manos, achacándolo a los autores del artículo (3).

No hace falta decir, pero quizá sí, que otra de las opiniones de Horton también me parece totalmente correcta: “La transferencia del poder a la ciencia podría resultar una peligrosa subversión de los últimos vestigios de nuestros valores democráticos”.

Si la ciencia no es lo que muchos creen, la revistas científicas, que a veces se identifican con ella, tampoco lo son. Como las cadenas de televisión, las revistas también son marcas comerciales de empresas privadas. Se rigen por lo mismos principios. Da lo mismo que hablen de política, del automóvil, de cotilleo o de ciencia.

The Lancet es una marca comercial de Elsevier, un gigante monopolista de la edición que se fusionó con Reed International y cambió su nombre por el de Relx (4). En su cartera comercial tiene otras revistas científicas como Cell. Su capitalización bursátil es 170.000 millones de dólares y obtiene 2.000 millones de dólares de beneficios al año. Su tamaño le sitúa entre los cinco primeros grupos de producción de contenidos del mundo, no muy lejos de Netflix y Disney y por delante de Sony.

La ciencia es un gran negocio y las revistas también. Muchas universidades, laboratorios y científicos no pueden pagar el elevado precio de las suscripciones para acceder a los artículos de investigación que, por lo demás, casi siempre se financian con fondos públicos.

Desde 2018 en el consejo de administración de Relx se sientan dos nuevos socios: los fondos buitre BlackRock y Artisan Partners. El primero es el mayor accionista de Relx, con más del 10 por cien del capital. También es el segundo mayor accionista de las farmacéuticas Pfizer, Johnson & Johnson y Merck, justo por detrás de Vanguard, otro buitre gigantesco.

Deberían estar claros los motivos por los cuales las revistas científicas publican ciertos artículos, no publican otros y orquestan montajes fraudulentos para mejorar los beneficios de las grandes empresas farmacéuticas: los mismos que nombran al director de Relx, nombran también al director de Pfizer.

(1) https://wwwnc.cdc.gov/eid/article/27/11/21-1257_article
(2) https://mpr21.info/las-publicaciones-cientificas-aparecen-envueltas-en-los-montajes-politicos-de-la-pandemia/
(3) https://mpr21.info/el-papel-de-la-farmaceutica-gilead-en-la-guerra-contra-la-hidroxicloroquina/
(4) https://thisyear.com/company-product/the-lancet-parent-company-relx-plc-relx-uk-1894

La ‘ciencia de las pandemias’ fabrica los conceptos ‘por accidente’

La campaña contra Kennedy no descansa. A los pesos pesados de La Sexta le han seguido los caniches de Cambio 16 con un artículo infumable en el que le acusan de todo, sobre todo de montar un imperio en torno a mentiras (1), es decir, con términos parecidos a los de Helena Resano, lo que denota que la pluma que redacta este tipo de libelos es la misma.

Los monopolios farmacéuticos protegen a Fauci, su niño mimado, porque le deben mucho: reparte el dinero y lleva las riendas de la sanidad mundial desde hace casi 40 años. La industria ya era poderosa antes, pero con el sida, Fauci los puso en la cumbre.

Antes el mercado farmacéutico sólo estaba disponible para quien pudiera pagar el precio, pero el sida amplió un mercado mundial que antes no existía, con continentes enteros, como África, capaces de absorber todo tipo de medicamentos. Al Continente Negro no había que llevar un plato de comida sino jeringuillas con pócimas sintéticas para introducir en las venas.

En su libro Kennedy destapa el modelo pandémico inaugurado por el sida en los años ochenta del siglo pasado, que hoy es conocido: proyecciones estadísticas, tests, rastreos, contagios, portadores asintomáticos… Entonces hubo las mismas discusiones que hoy y las mismas censuras. Sólo faltaron las vacunas. En 40 años no consiguieron con el sida lo que ahora han conseguido en sólo cuatro meses.

Después del tiempo transcurrido, si hay que hablar de mentiras es para recordar lo que fue y es el sida, sobre todo en continentes como África que, recurrentemente, vuelven a la primera plana, con sus millones de “casos” y de muertos.

Si en los países occidentales los “grupos de riesgo” eran varones toxicómanos, homosexuales y hemofílicos, todas las encuestas que se han llevado a cabo en África, dice Kennedy en su libro, muestran exactamente lo contrario: el 85 por ciento son heterosexuales y el 59 por ciento son mujeres.

Es normal porque “sida” no significa lo mismo en África que en cualquier país occidental. Si la misma definición se trasladara a África, el número de “casos” de sida sería cero y cuando hay que rellenar noticias para obtener subvenciones, lo mejor es cambiar el significado de las palabras.

Cuando casi todos creían olvidada aquella plaga tan sui generis, mucho más que la actual, se filtraron noticias curiosas que echaban por tierra las doctrinas del rastreo y el contagio: cuantos esfuerzos se han llevado a cabo para encontra al “paciente cero” han resultado baldíos. Como en todas las religiones, el “paciente cero” del sida es un “misterio”, decía el ABC hace unos años (2), que es tanto como admitir que desconocen el origen de la enfermedad.

“La gran falacia del ‘paciente cero’ del sida”, titulaba La Razón (3). Uno de los chivos expiatorios a los que endosaron la pandemia, fue finalmente rehabilitado gracias a la investigación de un equipo de la Universidad de Cambridge.

Es posible que tengamos que esperar otros 40 años para que los demás “misterios” del sida se resuelvan, y entonces quizá la prensa basura, como Cambio 16, también tenga que rehabilitar a Kennedy. Pero es mucho más probable que en el futuro leamos cosas como la siguiente: “El concepto de ‘paciente cero’ suena científico pero es cualquier cosa menos eso”. Es un concepto que se creó “por accidente”, añade Richard A. McKay (4).

Así va eso que algunos llaman “ciencia”, donde los conceptos surgen “al azar”, como si se tratara de una lotería.

(1) https://www.cambio16.com/robert-f-kennedy-jr-construyo-un-imperio-basado-en-la-desinformacion-sobre-las-vacunas/
(2) https://www.abc.es/historia/abci-sida-misterio-sin-resolver-paciente-cero-como-infecto-mundo-201512010326_noticia.html
(3) https://www.larazon.es/atusalud/la-gran-falacia-del-paciente-cero-del-sida-PL13811943/
(4) https://www.agenciasinc.es/Reportajes/Por-que-es-tan-importante-seguir-el-rastro-del-mal-llamado-paciente-cero

Los virus no muerden (ni siquiera ómicron)

El estatuto alcanzado por una ciencia se puede evaluar de varias maneras y una de ellas es el repertorio de conceptos y definiciones con los que opera habitualmente. Aunque no se definan expresamente, los conceptos indican la madurez que una disciplina ha alcanzado en su desarrollo, de manera que en una ciencia reciente suelen ser ambiguos.

La biología sólo tiene 200 años de historia y la virología la mitad, así que no es capaz de digerir su propia historia y está muy lejos de haber consolidado un elenco definitivo de fundamentos básicos, sobre todo teniendo el cuenta las batallas ideológicas en las que está inmersa desde su surgimiento, por no hablar de batacazos vergonzantes, como la eugenesia, de la que en su momento dijeron que era el colmo de la modernidad científica.

Los libros de texto dejan claro que no saben lo que es un virus, por lo que se expresan de manera errónea cuando aluden a ellos y esos errores los comunican a otras disciplinas, como la medicina, la veterinaria o la farmacia. Cuando alguien pregunta a un médico por las causas de una enfermedad, le responden que es un virus para indicar que no lo saben. El galeno le está diciendo que no sabe la causa de la enfermedad y que no sabe lo que es un virus.

Una de las inferencias más absurdas de los biólogos en torno a los virus es que “se apoderan de la maquinaria celular”. Sin embargo, una célula no es una máquina y un virus no se puede “apoderar” de nada porque es una sustancia inerte.

En relación con la variante ómicron, un biólogo dice que forma parte del “árbol evolutivo” del coronavirus. Son las famosas mutaciones, que ponen de manifiesto dos errores capitales de la virología. El primero es que los virus no son seres vivos y, en consecuencia, no están sometidos a la ley primordial de la biología, que es la de la evolución. Al no evolucionar, los virus carecen de mutaciones.

Desde hace dos años los medios vienen exponiendo imágenes gráficas de los virus como si fueran bolitas de colores, es decir, como organismos autónomos. Sin embargo, los virus forman parte de la fisiología celular y de los seres unicelulares, como bacterias o protistos. Unos y otros no se pueden entender de manera separada, como no se entiende la manzana (virus) sin el árbol (célula). Una manzana sólo evoluciona (crece, se desarrolla, madura) como parte integrante del árbol y se descompone en cuanto se arranca del mismo.

La concepción errónea de los virus tiene varios motivaciones históricas y técnicas. Una de ellas es el descubrimiento del ADN, en donde los biólogos creyeron haber encontrado “el secreto de la vida”, que para ellos fue como la piedra filosofal. La vida era ADN y donde había ADN había vida. Como los virus tenían ADN, eran seres vivos y cuando descubrieron que había virus de ARN, como el coronavirus, no salieron de su error.

Los tropiezos se han ido acumulando. Entre un simio y un ser humano sólo hay un 1 por ciento de diferencia en las secuencias de ADN, mientras que en una misma familia de virus las diferencias llegan al 30 por ciento, a pesar de lo cual se consideran como la misma especie. Obviamente no se trata de mutaciones de un mismo virus, sino de una variabilidad gigantesca en su composición genómica.

Dicha variabilidad sólo se explica por su diferente origen celular, para lo cual es necesario comprender que los virus no son agentes extraños a las células sino parte integrante de las mismas. De una manera parecida, la Luna forma parte de la Tierra y no se puede entender una sin la otra. El fundador de la virología científica y de su primera revista “Archiv für die gesamte Virusforschung”, Robert Doerr, los calificó como “endógenos”. Forman parte de los seres vivos desde que éstos se encuentran en su fase más embrionaria. Por lo tanto, los virus están en el origen de la vida sobre este planeta desde el primer instante.

No obstante, desde la segunda mitad del siglo XIX las ciencias de la vida y la salud consideran a los virus como extraterrestres que colonizan a los seres vivos y los enferman, de donde han derivado la doctrina del contagio y la infección, es decir, de los virus como patógenos, e incluso letales.

Los virus ni son exógenos, ni son tampoco patógenos. Están en todas partes, dentro y fuera de los organismos vivos, en cantidades abrumadoras. Sin ellos no habría vida, ni evolución porque cumplen funciones fisiológicas esenciales. Los virus no entran en las células, sino que las células capturan virus para poder funcionar y para cambiar su metabolismo, al tiempo que los expulsan de su interior, creando nuevos virus, e incluso virus modificados genéticamente de manera natural. Al observar una célula sana se ven virus y al observar una célula enferma también.

En las doctrinas corrientes prevalece la concepción del ADN como una sustancia autorreplicante que se ha transmitido a los virus, incluidos los que sólo tienen ARN, como los coronavirus. Pero los virus no se reproducen a sí mismos, no se reproducen gracias a su ADN ni a su ARN sino gracias a las células. Los virus los crean las células, de manera que células alteradas crean virus igualmente alterados, es decir, las famosas variantes. La célula es el elemento activo y el virus es el pasivo. Los virus son vehículos sin motor (no tienen mitocondrias).

Las células y los virus forman un ecosistema, interno y externo a la vez, junto con otros componentes no menos importantes, como el sistema inmunitario, que es a su vez un complejo de células que mantiene el ecosistema relativamente estable y en marcha. Las heridas cicatrizan de manera natural. El cuerpo repara por sí mismo las alteraciones en su funcionamiento. Una fisiología tan intrincada es difícil de reproducir en un laboratorio, por no decir imposible. La naturaleza no se puede poner delante de un microscopio, por lo que los experimentos “in vitro” se deberían coger con pinzas, en lugar de lanzar las campanas al vuelo, como suele ocurrir con demasiada frecuencia.

Fuera del laboratorio, el ejemplo más característico de la inocuidad de los virus son los asintomáticos. Quienes están en un contacto directo y estrecho con “enfermos infecciosos” no se contagian, sin necesidad de mascarilla ni de protecciones de ninguna clase. Así lo demuestran cuantos experimentos se han llevado a cabo “in vivo”, por no hablar de que no necesitamos que ningún apestado nos “infecte”. Llevamos virus dentro desde que salimos del vientre de nuestra madre.

Los incendios calcinaron la Antártida hace 75 millones de años

En ciencia las mayores torpezas se suelen cometer cuando se da por sentado que la materia es posible sin movimiento y automovimiento, es decir, que hay algo en el cosmos que no cambia y no evoluciona. Esa falsa impresión es mayor cuando los científicos se refieren a la materia inerte, como la física, por ejemplo, por influencia de las leyes de Newton.

Lo mismo ocurre con la geología. Hay muchos conservacionistas que creen que el planeta es una foto fija y que se debe (y se puede) mantener tal y como está ahora porque cualquier intervención humana sobre la naturaleza y el suelo es una agresión.

Pero en la tierra hay montañas donde antes había valles (y a la inversa), y desiertos que antes eran vergeles (y a la inversa). Las cosas se transforman en su contrario por efecto del tiempo, del desarrollo y de la transformación incesantes y, lógicamente, los fenómenos que son diferentes se rigen por leyes científicas diferentes, no homogéneas y cambiantes en el tiempo y en el espacio.

Recientemente la revista Polar Research lo ha vuelto a poner de manifesto: los incendios forestales arrasaron la Antártida hace 75 millones de años (1), cuando los dinosaurios vagaban por la Tierra y los seres humanos aún no habían hecho su aparición, es decir, que los incendios no tenían un origen humano.

A finales del Cretácico (hace entre 100 y 66 millones de años), uno de los periodos más cálidos de la Tierra (y no por efecto del CO2), la isla James Ross, en la Antártida, albergaba un bosque templado de coníferas, helechos y plantas con flores llamadas angiospermas, así como una gran cantidad de dinosaurios.

Antiguos incendios calcinaron partes de estos bosques hasta dejar restos de carbón vegetal que los científicos han podido recuperar y estudiar. “Este descubrimiento amplía el conocimiento sobre el inicio de incendios de vegetación durante el Cretácico, mostrando que estos episodios eran más frecuentes de lo que se pensaba”, dijo Flaviana Jorge de Lima, paleobióloga de la Universidad Federal de Pernambuco en Recife, Brasil.

Este descubrimiento es la primera evidencia de fuego en la isla James Ross, una parte de la Península Antártica que ahora se encuentra bajo América del Sur.

Los incendios espontáneos eran habituales en la Antártida durante el periodo Campaniano (hace entre 84 y 72 millones de años). En 2015 otro estudio descubrió la primera evidencia conocida de incendios de la era de los dinosaurios en la Antártida Occidental. Se publicó en la revista Palaeogeography, Palaeoclimatology, Palaeoecology (2).

En 2015-2016 una expedición científica analizó los fósiles recogidos en el noreste de la isla James Ross. Contenían fragmentos de plantas que se asemejaban a residuos de carbón vegetal, que se habían erosionado durante las últimas decenas de millones de años.

Los fragmentos de carbón vegetal eran pequeños: los más grandes eran delgados como el papel y sólo medían 19 por 38 milímetros. Pero las imágenes del microscopio electrónico de barrido revelaron su origen. Los fósiles son probablemente gimnospermas quemadas, pertenecientes a una familia botánica de coníferas llamada Araucariaceae.

Los intensos incendios forestales eran comunes y generalizados a finales del Cretácico, aunque la mayoría de las pruebas de estos incendios se encuentran en el hemisferio norte, con unos pocos casos documentados en el hemisferio sur, en lo que hoy es Tasmania, Nueva Zelanda y Argentina, dijeron los investigadores, que ahora buscan nuevos registros de paleoincendios en otros lugares de la Antártida.

(1) https://polarresearch.net/index.php/polar/article/view/5487
(2) https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0031018214005707

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