La revista Marx XXI, una publicación promovida por el llamado «Movimiento Socialista», acaba de publicar su V ejemplar que, como novedad, incluye un capítulo dedicado a la «revolución mundial» que resume y promueve las históricas tesis anticomunistas recogidas por el grupo PRISA, el New York Times o cualquier otra gaceta promovida por el capital occidental.
El artículo, titulado «Romper el hielo: las trayectorias de la revolución mundial (1914-1949)» y firmado bajo el seudónimo de Volodia, reflota la narrativa antiestalinista y la basa en los datos que periódicamente publican muchas agencias de prensa vinculadas a los Estados Unidos: desde la supuesta colaboración de la URSS con la Alemania Nazi [sic] a las purgas de Stalin. Nada nuevo bajo el sol.
Si bien el Movimiento Socialista se había mantenido hasta la fecha ausente de ese tipo de debates, la publicación de este documento es sin duda referencial, ya que promueve entre sus miembros la vieja idea que compartieron tanto el troskysmo como el PCE, partido del que muchos de sus cuadros provienen. De manera franca y abierta, el Movimiento Socialista presenta con este texto una paradoja que merece un análisis dialéctico.
Por un lado, se presenta como una obra de autocrítica marxista, un ejercicio necesario para comprender las causas de la «degeneración» del proyecto revolucionario. Por otro lado, sus tesis centrales —la equiparación del estalinismo con el fascismo, la presentación del pacto Ribbentrop-Mólotov como una «colaboración» ideológica, la reducción de todo el período estalinista a una mera «degeneración burocrática»— coinciden punto por punto con la narrativa que ha sido sistemáticamente promovida por las agencias de inteligencia occidentales, los historiadores del anticomunismo liberal y la prensa burguesa.
Esta publicación es una buena oportunidad para recuperar una vieja obra, purgada de las bibliotecas comunistas tras la llegada de Nikita Jruschev a la presidencia de la URSS en 1956, que es «La gran conspiración contra Rusia«, de los periodistas norteamericanos Michael Sayers y Albert Khan.
Sayers y Kahn no eran burócratas soviéticos ni ideólogos de partido. Eran periodistas de investigación norteamericanos que se ganaron su reputación exponiendo las operaciones de espionaje y sabotaje nazi-fascistas en Estados Unidos durante la guerra. Kahn, como editor del boletín The Hour, se dedicó a desenmascarar las redes de la quinta columna del Eje en suelo americano, y sus investigaciones fueron utilizadas por el Departamento de Guerra, el Departamento de Justicia y la Oficina de Información de Guerra de Estados Unidos. El libro plantea la tesis similar pero para la Unión Soviética, asediada por ser el primer Estado Obrero de la historia de la humanidad, lo que les valió a ambos periodistas quedar incluidos en la lista negra de la Comisión Mccarthy y su Comité de Actividades Anticomunistas.
La importancia de «La gran conspiración»
El libro fue un éxito internacional de ventas (250.000 copias solo en Estados Unidos) y fue utilizado incluso como documento de defensa en los juicios de Tokio. No era un panfleto; era un trabajo de investigación que aportó pruebas de que, entre otras cosas, la campaña de intoxicación que ahora reproduce el Movimiento Socialista formaba parte de un plan muy ambicioso liderado por Estados Unidos y Gran Bretaña.
La importancia de este documento de Sayers y Khan es que desmonta de manera documentada las falacias reproducidas por Volodia. Éste, por ejemplo, sostiene que la teoría del «socialismo en un solo país», formulada por Stalin en 1924-1925, fue la piedra angular de la degeneración burocrática. Al abandonar la perspectiva de la revolución mundial, la URSS habría con esto renunciado a su esencia internacionalista y se habría convertido en un Estado nacionalista que priorizó su supervivencia sobre la emancipación proletaria.
Sayers y Kahn desmontan esta interpretación. El «socialismo en un solo país» no fue una elección ideológica, sino una respuesta defensiva a una realidad brutal: desde su nacimiento, la Rusia soviética fue el objetivo de una intervención militar y diplomática sistemática. Los autores documentan cómo, en 1918, catorce potencias —entre ellas Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y Japón— invadieron territorio ruso sin declaración de guerra, financiaron ejércitos «blancos» y conspiraron para desmembrar al nuevo Estado. El Tratado de Brest-Litovsk, que Volodia presenta como una «capitulación», fue la única salida posible ante la evidencia de que los Aliados no acudirían en ayuda de la revolución. En este contexto de asedio permanente, construir el socialismo en un solo país no era una traición al internacionalismo, sino la condición de posibilidad para que la revolución sobreviviera.
La teoría de Stalin no fue una invención arbitraria, sino una constatación de los hechos: la revolución mundial no llegó, y la URSS, aislada y asediada, debía fortalecerse para no ser aplastada. Lejos de ser una «capitulación», fue la base sobre la cual se construyó la defensa del único Estado obrero del mundo.
Los juicios de Moscú
Otro ejemplo es la descripción que hace Volodia de la URSS bajo el liderazgo de Stalin, definiéndola como una burocracia que se consolidó progresivamente, hasta culminar en el Gran Terror (reproduciendo la denominación que se hizo sobre la política de guillotina de la Revolución Francesa) de 1936-1938, una purga arbitraria destinada a eliminar a la vieja guardia bolchevique y consolidar el poder personal de Stalin.
Sayers y Kahn hacen un análisis de los juicios de Moscú basado en fuentes primarias -algo que rara vez ocurre-. Realmente las llamadas «purgas» fueron una operación de contraespionaje necesaria para desmantelar una vasta red de conspiradores que, según documentan con testimonios judiciales, estaban aliados con los servicios secretos alemán y japonés.
El libro dedica capítulos enteros a detallar cómo Zinoviev, Kamenev, Bukharin, Pyatakov, Radek y Tukhachevsky fueron descubiertos como agentes de una quinta columna que planeaba derrocar al gobierno soviético con ayuda extranjera. No se trata de una «purga» arbitraria, sino de un proceso judicial donde muchos de los acusados confesaron sus crímenes.
La evidencia presentada por Sayers y Kahn es abrumadora. El propio jefe de la OGPU/NKVD, Henry Yagoda, era un conspirador que había asesinado a su predecesor, Menzhinsky, y a figuras como Máximo Gorki para favorecer el golpe. Su implicación demuestra que la conspiración había penetrado en el propio aparato de seguridad del Estado.
Otro caso es el del Mariscal Tukhachevsky, donde él y otros generales del Ejército Rojo no fueron víctimas de la paranoia de Stalin, sino que fueron ejecutados por conspirar con el Alto Mando alemán para dar un golpe de estado y abrir el frente a la Wehrmacht en caso de invasión. El libro documenta cómo Tukhachevsky, durante su viaje a Londres en 1936, había elogiado públicamente a la Alemania nazi y había expresado su deseo de una alianza con Hitler.
La magnitud de la purga no refleja la escala de la conspiración: una red que abarcaba el Ejército, la industria, la diplomacia y el partido. Sayers y Kahn no «inventan» esta amenaza; la extraen de los propios testimonios judiciales y de documentos diplomáticos de la época. Sin embargo, textos como el de Volodia reducen la cuestión a una paranoia personal casi parecida a la que Lex Luthor tenía frente a Superman.
El papel de Trotsky
Volodia presenta a Trotsky como un revolucionario derrotado en una lucha de poder, cuyo diagnóstico sobre la burocratización era sustancialmente correcto, aunque limitado por su propio economicismo. Su exilio y su posterior asesinato en México serían el epílogo trágico de un líder que había comprendido la degeneración del régimen.
Sayers y Kahn describe una realidad bien diferente. Para ellos, Trotsky no era un mero opositor político, sino el líder de una conspiración internacional que recibía financiación del Reichswehr alemán a través de Krestinsky y mantenía contactos con los servicios secretos británico y japonés. El libro documenta, citando los testimonios de los propios colaboradores de Trotsky en los Juicios de Moscú, que este planeaba regresar al poder con ayuda extranjera a cambio de concesiones territoriales (Ucrania, el Lejano Oriente) y económicas.
Desde 1923, Trotsky, a través de Krestinsky, recibió aproximadamente 250.000 marcos oro al año del Reichswehr alemán a cambio de informes de inteligencia. Este acuerdo se mantuvo hasta 1930 y se renovó en 1931, cuando el hijo de Trotsky, León Sedov, se estableció en Berlín como enlace con los servicios secretos nazis. Christian Rakovsky, agente trotskista y ex-embajador en Londres y París, estableció contactos con el servicio secreto japonés en Tokio en 1934, ofreciendo a cambio informes sobre la situación interna de la URSS.
rotsky estaba dispuesto a ceder Ucrania a Alemania y el Lejano Oriente a Japón para obtener ayuda extranjera. Esta no es una invención de Sayers y Kahn; la carta de Trotsky a Radek, citada en el libro, detalla estas concesiones.
La «Cuarta Internacional» de Trotsky no era una organización revolucionaria, sino un instrumento de la quinta columna del Eje. Sayers y Kahn no necesitan «inventar» esta conexión; la extraen de las confesiones judiciales de los propios colaboradores de Trotsky y de los documentos de los servicios secretos de la época.
El «pacto germano soviético»
Volodia presenta el pacto germano-soviético de 1939 como una «colaboración» con el nazismo que selló la renuncia a la revolución mundial y que permitió a Hitler lanzar su guerra contra Europa.
Sin embargo, el texto publicado por el Movimiento Socialista omite que el pacto no fue una elección ideológica, sino una maniobra defensiva forzada por el fracaso de las potencias occidentales en formar una alianza antifascista. Sayers y Khan dDocumentan cómo Gran Bretaña y Francia sabotearon repetidamente las propuestas soviéticas de seguridad colectiva, prefiriendo la política de apaciguamiento para alentar a Hitler a expandirse hacia el Este (la «Drang nach Osten«). El libro cita los discursos de Stalin en 1939, donde este advertía que la política de «no intervención» de Occidente estaba diseñada para que Alemania y la URSS se desgastaran mutuamente.
En este contexto, el pacto Ribbentrop-Mólotov fue una jugada desesperada para ganar tiempo y preparar las defensas ante el inevitable ataque nazi. La URSS no «colaboró» con el nazismo; firmó un pacto de no agresión que le permitió recuperar territorios estratégicos (los Estados Bálticos, Besarabia) y reubicar su frontera defensiva. Que Hitler rompiera el pacto en 1941 no demuestra que la URSS confiara en él, sino que la guerra era inevitable y que el pacto solo había servido para posponerla.
El internacionalismo proletario: ¿traición o defensa?
Volodia sostiene que la Comintern, bajo Stalin, se convirtió en un instrumento de la política exterior soviética y que la política de frentes populares y el pacto con Hitler significaron la renuncia al internacionalismo.
Sayers y Kahn invierten el argumento. Para ellos, el objetivo de la Unión Soviética, especialmente durante la Segunda Guerra Mundial, era derrotar al fascismo, que era la principal amenaza para la humanidad. La política de «frentes populares» no era una traición, sino una estrategia para unir a todas las fuerzas contra el Eje. En este contexto, el deber de los comunistas no era impulsar una revolución prematura que pudiera jugar a favor de los nazis, sino consolidar la alianza antifascista. La prioridad era la supervivencia frente al nazismo, no la revolución inmediata.
El internacionalismo proletario, para Sayers y Kahn, no se mide por la pureza doctrinal, sino por la capacidad de defender la existencia del Estado obrero frente a la agresión imperialista. La URSS, asediada y aislada debía asegurar su supervivencia para que el socialismo tuviera futuro. Que la historiografía posterior haya presentado esta defensa como «nacionalismo» es, para ellos, una inversión de la realidad y una falacia que las agencias de prensa occidentales han repetido hasta el vómito: la URSS no se convirtió en un Estado nacionalista; fue un Estado obrero que, por necesidad, priorizó su supervivencia frente a un enemigo abrumador.
El movimiento socialista se quita la careta
La cuestión de un planteamiento u otro no es inocente.
Una de las lecciones fundamentales del materialismo histórico es que el conocimiento no es neutral: toda interpretación de la historia está mediada por los intereses de clase. La narrativa del «totalitarismo» —que equipara estalinismo y fascismo como dos formas de una misma «tiranía»— fue elaborada por los ideólogos del liberalismo occidental durante la Guerra Fría precisamente para deslegitimar la Revolución Rusa y, por extensión, toda aspiración revolucionaria. Autores como Hannah Arendt, Robert Conquest o Richard Pipes no escribieron desde la objetividad académica, sino desde el interés de clase de la burguesía occidental por desacreditar el socialismo.
El texto de Volodia, aunque se presenta como una crítica «desde la izquierda», reproduce el núcleo de esta narrativa. Al sostener que el estalinismo fue una «degeneración» que convirtió la dictadura del proletariado en una autocracia, Volodia está aceptando la premisa fundamental de la historiografía burguesa: que el socialismo, en su forma real, es necesariamente autoritario y que la Revolución Rusa fue, en el mejor de los casos, un ideal traicionado.
La dialéctica de esta operación es clara: al criticar a Stalin desde la «izquierda», Volodia legitima la crítica burguesa al socialismo. Su artículo es recibido favorablemente por las editoriales académicas del capitalismo, por los departamentos de historia de las universidades occidentales y por los medios de comunicación que durante décadas han promovido la misma narrativa. No es casualidad que autores como Conquest, Cohen o los archivos filtrados del NKVD sean citados por Volodia como fuentes; estas son las mismas fuentes que nutren la historiografía anticomunista.
El fenómeno que estamos analizando no es nuevo. La historiografía que presenta al estalinismo como una «degeneración» del leninismo tiene una función ideológica precisa: desactivar el potencial revolucionario del marxismo. Si la única experiencia histórica de construcción del socialismo fue, según esta narrativa, una tiranía burocrática, entonces la conclusión implícita es que el socialismo es inviable o, en el mejor de los casos, que debe ser radicalmente reformado para ser compatible con la «democracia liberal».
La publicación del «movimiento socialista» no es inocente
Responde a una dinámica más profunda: la adaptación al clima ideológico dominante en las sociedades capitalistas avanzadas. En un contexto donde la crítica al «totalitarismo» es el credo oficial de los medios de comunicación y las universidades, un texto que refuerza esa crítica desde la izquierda es visto como «respetable» y «riguroso».
Esta operación tiene consecuencias políticas concretas:
Primero, al aceptar la narrativa del «totalitarismo», se legitima la política exterior de las potencias occidentales. Si la URSS era un «imperio del mal», la Guerra Fría no fue una agresión imperialista, sino una «defensa de la libertad». Los millones de muertos en los países del Sur Global, las dictaduras apoyadas por Estados Unidos, la carrera armamentística que hipotecó el desarrollo humano: todo queda justificado por la necesidad de «contener al comunismo».
Segundo, al presentar el estalinismo como una «degeneración» inevitable, se desmoviliza a la clase trabajadora. Si el socialismo siempre termina en tiranía, ¿para qué luchar por él?. La conclusión práctica de esta narrativa es el reformismo: en lugar de romper con el capitalismo, debemos reformarlo desde dentro, humanizarlo. Esta es, precisamente, la política de los partidos socialdemócratas y de la «izquierda» institucional que, en las últimas décadas, ha claudicado sistemáticamente ante el neoliberalismo.
Tercero, al centrar la crítica en los «errores» de la dirección soviética, se ignora la lucha de clases internacional. La URSS fue el único Estado que, durante décadas, ofreció un contrapeso real al poder del capital. Fue el apoyo material a los movimientos de liberación nacional en África, Asia y América Latina. Fue la razón por la que el capitalismo se vio forzado a hacer concesiones a la clase trabajadora en Occidente. Presentar a la URSS como una mera «tiranía» es borrar de la historia la existencia de un Estado obrero que, con todas sus contradicciones, fue el enemigo principal del capital durante gran parte del siglo XX.
Textos como éste son la antesala de la conciliación con el capital. Porque quien asume la narrativa del enemigo termina, tarde o temprano, adoptando su política. La historia del movimiento obrero está llena de ejemplos de organizaciones que comenzaron con una «crítica justa» y terminaron en la colaboración con el sistema que decían querer derrocar.
Fuentes: GEDAR y La gran conspiración