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Ecología

Los transgénicos son un instrumento de dominación del imperialismo

Rusia acaba de prohibir totalmente los transgénicos, basándose en que su consumo es nocivo para la salud, según han demostrado los científicos de la Academia de Ciencias rusa. Quiero destacar de manera telegráfica varias aspectos que me parecen relevantes en este debate, lo mismo que en otros parecidos.

El primero es que como los científicos que han demostrado la nocividad del consumo de alimentos transgénicos son rusos, sus investigaciones van a pasar desapercibidas porque para la “ciencia” actual las únicas investigaciones que existen son las que se originan en los laboratorios de Estados Unidos y países cómplices suyos. No es la primera vez que esto ha ocurrido y no sólo ha ocurrido con Rusia, sino con científicos de otros países, como Francia el año pasado (sin ir más lejos).

He escrito lo de “ciencia” entre comillas por lo siguiente: porque no es tal ciencia sino ideología dominante, que en este caso no es la de una clase social sino la de una potencia mundial: por medio de los transgénicos Estados Unidos intenta imponer unas determinadas concepciones políticas e ideológicas (imperialistas) acerca de ellos como si fueran ciencia de verdad.

El segundo aspecto es que en los transgénicos, lo mismo que en las habitaciones, hay cuatro paredes que forman una única habitación, pero que en los debates aparecen desconectados entre sí:

a) la primera es una pared ecológica, es decir, los efectos que pueden causar en la naturaleza los seres vivos modificados genéticamente

b) la segunda es médica: los efectos que pueden causar los alimentos transgénicos sobre aquellos que los consumen, es decir, que la salud de las personas está en manos de monopolios agroalimentarios cuyo objetivo es ganar dinero (a costa de lo que sea y especialmente a costa de la salud de las personas)

c) el tercer aspecto es criminal: la estafa más vieja del mundo que consiste en dar gato por liebre, es decir, que compras una cosa y te venden otra distinta sin informarte, o sea, que los transgénicos no están etiquetados como tales de manera que el consumidor pueda elegir

d) el cuarto es el imperialismo, o como se dice ahora, la hegemonía: éste es el aspecto que voy a desarrollar.

Los monopolios de cualquier tipo intentan dominar un mercado y los monopolios agroalimentarios tratan de dominar la agricultura mundial. Los que no hemos creído nunca en el neoliberalismo añadimos además: a través de los monopolios dominan las potencias imperialistas que los sostienen.

Algunos quieren quitar hierro al asunto y dicen: eso pasa con todos los sectores económicos, los monopolios agroalimentarios en nada se diferencian de los demás. Es erróneo: podemos prescindir del móvil pero no de un mendrugo de pan. Por lo tanto, para todos los países del mundo la agricultura es un sector estratégico. Ahora a eso le llaman “soberanía alimentaria” en el Tercer Mundo, pero hay algo más; no se trata sólo de los países sino de que la superviviencia física de millones de seres humanos depende de dos cosas:

a) la primera de que suceda algo imposible: que se mantengan las formas actuales de agricultura, es decir, las formas agrarias anticuadas, autárquicas, lo cual no va a suceder porque en todo el mundo la expansión del capitalismo es inexorable

b) que se imponga su contrario (dialéctica), la revolución socialista, que es la única alternativa con futuro para el campesinado, o sea, para la inmensa mayoría de la humanidad; esto es lo que sí va a suceder en todo el mundo inexorablemente

Ya lo explicó Marx en “El Capital”, lo volvió a explicar Kautski en “La cuestión agraria”, lo repitió Rosa Luxemburgo en “La acumulación de capital” y por enésima vez Lenin volvió sobre el mismo asunto en sus primeros escritos: en todos los países del mundo la agricultura ha sido el último sector económico en ser sometido al capitalismo, lo cual ha permitido sobrevivir a la mayor parte de la humanidad que de otra forma hubiera sido aniquilada por la expansión del capitalismo. El “retraso” de la agricultura ha favorecido formas autárquicas de producción y subsistencia que hoy están amenazadas por las multinacionales agroalimentarias.

El imperialismo de Estados Unidos está tratando de sostener su hegemonía de varias formas, entre ellas imponiendo un determinado desarrollo de las fuerzas productivas en la agricultura, especialmente las patentes sobre semillas y los transgénicos, de tal manera que el campesinado que hoy es autosuficiente deje de serlo y pase a depender de las empresas comercializadoras, que son monopolios de Estados Unidos (en su inmensa mayoría).

Hay países, como Francia y Rusia, que se oponen a esa hegemonía y, por lo tanto, son los países en los que la ciencia presenta un aspecto radicalmente opuesto a la “ciencia” que nos llega de Estados Unidos, que es la única que algunos conocen y reconocen como tal. De ahí el cariz canallesco de las lecciones impartidas en España en algunos cursos universitarios de genética, de agrónomos o de medicina. Realmente repugnante.

El lector se dará cuenta de que la ciencia está muy cerca de la ideología y a causa de ello es posible que padecezca dos tentaciones simétricas (dialécticas) casi irresistibles: unos dirán que la ciencia no existe, que todo es ideología (“nada es verdad ni es mentira, todo es del color del cristal con que mira”); otros incurrirán en el vicio opuesto para sostener que todo es ciencia, que la ciencia no tiene nada que ver con la ideologia, ni con el capitalismo, ni con las clases sociales…

Ahora mismo en algunos Estados de Estados Unidos, como California, está en marcha una campaña popular a favor de la celebración de un referéndum para que los transgénicos se etiqueten, es decir, sobre el aspecto criminal de este asunto. Dialécticamente las multinacionales en los medios (que son sus medios) han desatado su propia campaña para contrarrestar a la anterior (lucha de contrarios). Dicha campaña consiste en preguntar lo siguiente: ¿acaso un asunto científico se puede someter a referéndum?, ¿tiene el mismo valor el voto de un experto que el de un ignorante que no ha sido capaz de aprobar los exámenes del instituto?

Como véis un debate apasionante… apasionantemente fascista. Es otro intento de que mantengamos la boca cerrada. Nuestra opinión no vale nada. Nosotros no podemos tener una opinión distinta de la que nos aconsejen los expertos, los que saben de estas cosas. Lo que nos corresponde a la chusma como nosotros es lo siguiente:

a) convencernos a nosotros mismos de que somos unos ignorantes y que estamos mejor calladitos
b) aprender a obedecer, a decir que sí sin rechistar: los expertos saben lo que se traen entre manos

Voy a dejar para más adelante unas declaraciones repugnantes de un “científico” español (del CSIC) que se ha burlado de nosotros diciendo lo siguiente: hace tiempo que las multinacionales agroalimentarias están engañando al mundo entero al vender transgénicos sin etiquetar que todos hemos consumido. Seguimos vivitos y coleando. No pasa nada. Los transgénicos no son nocivos para nuestra salud.

Es otro ejemplo de lo cercanos que están algunos “científicos” al imperialismo y a la criminalidad. Hacen apología de un delito como la estafa. Comprendo que es difícil separar a esa “ciencia” de una estafa vulgar y corriente, pero hay que seguir intentándolo.

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Noticias

La dialéctica es el álgebra de la revolución

Juan Manuel Olarieta

Le agradezco sinceramente a Eduardo Rojas el nuevo comentario que escribe, que me anima a volver a la carga sobre el mismo asunto. Para mi no es ninguna molestina sino un estímulo que, además, me ayuda a aclararme a mí mismo y espero que también contribuya a aportar algo a los lectores.

No puedo ahora entrar ahora a responder a cada uno de los aspectos que aborda, aunque espero hacerlo en un futuro próximo porque creo que son interesantes. No obstante, me gustaría dejar apuntadas al menos algunas cosas. La primera es que sus comentarios sí son un ataque directo y frontal al materialismo y a Engels. Cuestión distinta es que no sea consciente del alcance de sus afirmaciones, algo bastante frecuente que podríamos calificar como el síndrome Monsieur Jourdain que padecemos todos los seres humanos (unos más que otros) por el hecho de ser humanos, o sea, por el hecho de ser inconscientes (al menos en parte).

La conciencia, decía Lenin, es un grado, y yo añado de mi cosecha: y la inconsciencia también es un grado. Lo que ocurre es que los marxistas, como la mayor parte de los seres humanos, hablan mucho de la conciencia, muy poco de la inconsciencia, casi nada de la subconsciencia y aún queremos ir mucho más allá para no hablar absolutamente nada de la ciencia.

Si algún lector cree que esto es juego de palabras se equivoca rotundamente: la ciencia es una parte de la conciencia y quien no quiere hablar de ciencia tampoco quiere hablar de conciencia. Pues bien: una revolución no es posible sin conciencia; luego tampoco es posible sin ciencia. El marxismo no es más que una ciencia de la revolución; su conciencia.

La segunda observación que quiero exponer es que, en efecto, Lenin no leyó la «Dialéctica de la naturaleza» ni muchas otras cosas de las que hoy disponemos, lo mismo que los comunistas de habla hispana no pudieron leer «El Capital» porque no se tradujo hasta hace apenas 40 años, lo cual no les impidió dirigir importantes batallas contra el capitalismo, como la guerra civil en 1936 o la revolución cubana en 1959. Muchos otros, la mayoría, siguen hoy sin leer «El Capital» y eso no les convierte en menos revolucionarios que a los que sí lo han hecho.

Si como dice Rojas los militantes revolucionarios no utilizan la dialéctica para avanzar hacia el socialismo, pueden suceder dos cosas: o bien no son tan revolucionarios como ellos creen (y así nos luce el pelo), o en caso contrario, si son auténticos revolucionarios padecen el síndrome Monsieur Jourdain: no saben que hablan dialéctica.

Como el aire que respiramos, la dialéctica -repito- está en todas partes. Todo el mundo hace uso de ella cotidianamente. Ese no es el problema. El problema es hacer un uso consciente de ella.

Como Monsieuer Jourdain todos los seres humanos hacemos cosas que no sabemos lo que son y nos quedamos sorprendidos cuando empezamos a saberlo. Como máximo sabemos el funcionamiento de las cosas. Yo he aprendido a golpear las teclas del ordenador, a borrar las errores ortográficos de mis escritos y a leer un correo electrónico. Pero no tengo ni idea de informática, no se lo que es un algoritmo matemático, ni el álgebra de Boole. Eso no me autoriza a afirmar que el álgebra de Boole no es necesaria para que yo escriba esto y los lectores lo puedan leer. Cada vez que arranco el ordenador, estoy utilizando el álgebra de Boole y no me entero, o sea: no soy consciente de ello.

Lo mismo ocurre con las revoluciones. Como dijo el gran revolucionario ruso Herzen, la dialéctica es el álgebra de la revolución. Por lo tanto, un revolucionario la está utilizando cada minuto del día (si es un revolucionario de verdad). La cuestión es siempre misma: si lo hace consciente o inconscientemente. Para que el lector entienda que no es juego de palabras voy a poner algunos ejemplos banales al más puro estilo Engels.

Como creo que todos, yo aprendí a nadar sin necesidad de leer ningún manual de instrucciones. Lo mismo me ocurrió con la bicicleta. No tenía ni idea de las razones por las cuales mi cuerpo flota en el agua, ni tampoco por qué es capaz de mantener el equilibrio sobre dos ruedas. No se lo que es el Principio de Arquímedes, ni soy capaz de calcular el centro de gravedad de las masas. No se lo que hago pero lo hago inconscientemente, como la mayor parte de las cosas que todos hacemos en la vida, porque la vida es sobre todo eso: práctica.

Con los años he practicado la natación, un monitor me enseñaba la manera correcta de nadar más y mejor. También se que hay gente profesionalizada que compite en la natación como en el ciclismo. Se entrenan para ello diariamente. Incluso hay quien lo estudia, hay manuales, centros especializados de educación física, han aparecido las ciencias biomecánicas, la medicina deportiva… En resumen: a pesar de que para nadar y correr en bicicleta no hace falta leer ni saber nada, también hay quien lo hace conscientemente, practica, se entrena y estudia. Son una minoría de atletas.

Pues bien, traslademos eso a la revolución: las revoluciones las hacen las masas, la inmensa mayoría de ellas ni siquiera han oido hablar nunca de dialéctica, pero están al cabo de la calle. Además de ellas hay una minoría de atletas de la revolución, profesionales que dedican a ella su vida y sus energías, que estudian, que se entrenan, que discuten, es decir, que hacen lo mismo que hacen las masas, pero conscientemente: sabiendo lo que hacen.

Esto ya lo explicó Spinoza, uno de los verdaderos «padres fundadores» del materialismo moderno. A su manera, Lenin dijo lo mismo cuatro siglos después: además de las masas, la revolución también tiene sus profesionales entrenados para ella. Hacen lo mismo que las masas, pero lo hacen conscientemente, y una conciencia sólo es verdadera cuando se sostiene sobre la ciencia.

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Ciencia

Los ataques contra Engels están dirigidos contra el materialismo

Un escrito anterior ha suscitado comentarios críticos que, aparentemente, se dirigen sólo contra Engels, de quien dicen que le hizo un daño inmenso al marxismo con su “Dialéctica de la naturaleza”. No obstante, a pesar de las apariencias, el objetivo de ese tipo de críticas no está enfilado contra Engels sino contra el materialismo, es decir, que se trata de otro intento más de convertir al marxismo en una variante del idealismo subjetivo, que es el propósito de esos “marxistas occidentales” partidarios de la filosofía “de la praxis”, que se pretenden amparar en la Tesis 11 sobre Feuerbach acerca de “cambiar el mundo”.

La burguesía no sólo tiene una concepción errónea acerca de la naturaleza sino que su error desemboca en otra concepción no menos errónea acerca de eso que llaman “ciencias de la naturaleza” por contraposición a las ciencias humanas o sociales. Son dos variedades del mismo error. Un ejemplo de ello es cuando el Vaticano rechaza la homosexualidad por ser una práctica “antinatural”, cuando entre los animales el índice de homosexualidad oscila de un 2 a un 15 por ciento, según las especies. Como no podía ser de otra forma, el récord del orgullo gay lo ostenta la cacatúa rosa, una especie de loro con un 44 por ciento de ejemplares que mantienen relaciones “íntimas” con los de su mismo sexo. Decir que en el sexo hay algo natural o antinatural es absurdo, lo mismo que hablar del índice de crecimiento “natural” o “vegetativo” de la población. Por cierto: ¿la demografía es una ciencia social o natural?

El “marxismo occidental” quiere reducir el marxismo al materialismo histórico porque así es como entienden ellos la práctica y la consigna de “cambiar el mundo”. También dicen que “extender la dialéctica a todo lo que existe en la naturaleza es salirse completamente del objeto del marxismo”. El propósito del idealismo es que la burguesía pueda proseguir indefinidamente lanzando todo tipo de sandeces en nombre de la ciencia, mientras que los marxistas deben mantener la boca cerrada porque lo suyo son sólo las ciencias sociales. Es fácil adivinar que se trata de un desarme en toda regla del proletariado y, naturalmente, un intento de vaciar al marxismo de contenido, que empieza por expulsar a Engels del olimpo de los “padres fundadores”, del que hace tiempo que ya han sacado a Lenin y Stalin.

El ataque fue iniciado por Lukacs quien imputó a Engels (nada menos que) una profunda incomprensión de la naturaleza práctica de la industria y la experimentación científica que, según Lukacs, son puramente contemplativos (1). En este punto el problema de los idealistas como Lukacs es doble. Por un lado, tienen una noción muy diferente de la de Marx y Engels acerca de la práctica: lo mismo que los partidarios de la filosofía “de la praxis”, Lukacs no sabe lo que es la praxis. Por el otro, el tortuoso concepto de naturaleza (y de la dialéctica de la naturaleza) que trata de esbozar (2), también es ajeno al marxismo.

Lo mismo le ocurre a Alfred Schmidt, un seguidor de la llamada Escuela de Frankfurt que en los años sesenta escribió una penosa obra titulada “El concepto de naturaleza en Marx”, en la que se saca de la manga un supuesto enfrentamiento entre Marx y Engels y le imputa a la “Dialéctica de la naturaleza” un tratamiento exterior al objeto de la ciencia (3), algo superpuesto a él, artificioso. Lo ha repetido la burguesía muchas veces: la dialéctica de la naturaleza de Engels se superpone a la naturaleza e incluso a la ciencia, adherida como si fuera un apósito, un postizo.

Por ejemplo, según Schmidt, Engels aplica categorías hegelianas a la célula, incluso despreocupándose de sus presupuestos idealistas especulativos. Es falso. Engels no aplica nada a la célula y mucho menos categorías hegelianas, es decir idealistas. Schmidt oculta que Engels no se refiere a la célula sino a la teoría celular, que es algo muy distinto. Por lo demás, hasta el menos informado se apercibe de que la esencia del desarrollo celular es dialéctica: uno se divide en dos y dos forman uno.

En estos ataques Engels sólo es la coartada. El verdadero propósito del “marxismo occidental” es lanzar un torpedo a la línea de flotación del materialismo en su conjunto y, por consiguiente, Marx es la otra parte del asunto porque, como materialista, se le pueden hacer exactamente las mismas imputaciones que a Engels, ya que ambos defienden el mismo materialismo. En la obra de Marx no existe ninguna dicotomía entre el ser humano y la naturaleza. Ésta no es algo externo o exterior al ser humano: “El hombre no está en la naturaleza sino que es naturaleza”, dice Marx.

A diferencia de Lukacs, Marx no considera al hombre como un espectador que no interviene en la naturaleza sino que, muy al contrario, habla de “metabolismo” (“Stoffwechsel”) entre el hombre y la naturaleza. El trabajo humano, la producción, es la parte principal de ese metabolismo del que habla Marx.

Pero, por cierto, hagamos un inciso: el concepto de metabolismo procede de la filosofía griega (“metabolei”), en donde significaba “movimiento”, de donde pasó a la biología para sustituir al término “intosuscepción” con el que hasta principios del siglo XIX se había explicado la especificidad de los cambios (dialécticos) que experimentan los seres vivos, a diferencia de los objetos llamados “inertes”.

Es obvio que hoy (como en tiempos de Marx) el metabolismo es un concepto propio de las ciencias naturales y, más en concreto de la fisiología y la bioquímica. Pero el metabolismo supera la descripción científica de un mera interacción dialéctica de la manera en que habitualmente se entiende: se trata de una auténtica interpenetración, de una progresiva asimilación de la naturaleza por la sociedad. Ciertamente hay una diferencia: donde las ciencias naturales hablan de digestión, Marx habla de producción.

El concepto de metabolismo que utiliza Marx ayuda a entender su definición de naturaleza: “La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, es decir, la naturaleza en cuanto no es ella misma el cuerpo humano. El hombre vive de la naturaleza; esto quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe permanecer en un proceso continuo, a fin de no perecer. El hecho de que la vida física y espiritual del hombre depende de la naturaleza no significa otra cosa sino que la naturaleza se relaciona consigo misma, ya que el hombre es una parte de la naturaleza”.

Las citas de Marx se pueden multiplicar a gusto del lector, pero me quedaré con aquella en la que afirma que la historia misma, la historia social, no es más que una parte de la historia natural, es decir, de la transformación (desdoblamiento lo llama) de la naturaleza en sociedad y, por consiguiente, que no existe ninguna diferencia entre las ciencias de la naturaleza y las de la sociedad (4). Lo mismo cabe decir de Darwin, del que parece que cuando habla del origen de las especies se refiere sólo a la naturaleza; pero cuando habla del origen del hombre, ¿no habla Darwin también de la naturaleza? Si eso es así, ¿cuál es la diferencia entre unas ciencias y otras?

Los marxistas tienen un concepto erróneo de sí mismos si creen que Marx y Engels procedieron de una manera diferente al resto de los pensadores más grandes de la humanidad al “mezclar” a la ciencia con “otras cosas” que (por ello mismo) parece que no lo son, es decir, que no son científicas. Newton hizo exactamente lo mismo que ellos al llamar “filosofía natural” a la física. Lo mismo cabe decir de Descartes, conocido tanto por su filosofía como por su geometría analítica. Además de un conocido filósofo, Aristóteles escribió varias obras sobre biología, Kant fue el pionero de la cosmología…

Ya que he hablado antes de la sexualidad, recordaré que Darwin la ponía como ejemplo de selección “natural”, después de llevar a cabo su propia selección, que era muy poco “natural” y, desde luego nada científica: las mujeres, decía Darwin, seleccionan a los hombres por su atractivo físico (5). Mi duda es si una afirmación como esa:

a) forma parte de las ciencias sociales
b) forma parte de las ciencias naturales
c) es una chorrada, o sea, ideología y prejuicios de la peor especie

Los guapos, las guapas, los feos y las feas son un ejemplo claro de lo que los biólogos llaman “dimorfismo” o sea otro ejemplo de dialéctica: a lo largo de su evolución “natural” las especies, lo mismo que las células, experimentan un desdoblamiento dialéctico (uno se divide en dos) entre ejemplares sexualmente diferenciados, macho y hembra, que en las especies menos evolucionadas no existe porque son “unisex”.

Etcétera. La dialéctica está por todas partes, incluida la naturaleza, las galaxias, los átomos, la geometría y la lucha de clases. Al defenderlo así Engels llevó a cabo un trabajo magistral, escribió una obra pionera y revolucionaria en su campo, tanto que, por esos escritos y por otros a la misma altura, Engels pasará a la historia como uno de los más grandes pensadores de la humanidad: el que sentó las bases del materialismo realmente científico. Los marxistas deberían sentirse muy orgullosos de contar entre sus filas con un gigante de la talla de Engels.

(1) Lukacs, Historia y conciencia de clase, Grijalbo, México, 1969, pgs. 179 y stes.
(2) Historia y conciencia de clase, cit., pgs. 263 a 265.
(3) Schmidt, El concepto de naturaleza en Marx, Siglo XXI, Madrid, 1977, pgs. 46 y stes.
(4) Marx, Manuscritos: economía y filosofía, Alianza, Madrid, 1968, pgs.110-111 y 152-153.
(5) Darwin, El origen del hombre, Madrid, 2006, tomo II, pg.376.

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La dialéctica está por todas partes

Juan Manuel Olarieta

En un foro comunista uno de los participantes abre un hilo para exponer que a pesar de que los marxistas afirman que las contradicciones están por todas partes, él no es capaz de verlas, sin embargo, en una piedra que hay tirada en un camino. A mi ocurre lo mismo cuando me asomo al balcón de mi casa: veo pasar a la gente por la calle pero no se quiénes son. Para encontrar la dialéctica en una piedra hay que saber qué es la dialéctica. Cuando en un camino te encuentras con alguien a quien conoces le saludas, pero pasas de largo en caso contrario. Lo mismo ocurre con la dialéctica. Pasamos de largo ante ella porque no sabemos lo que es.

Para reconocer a la dialéctica hay que ver las cosas en movimiento porque donde hay movimiento hay contradicciones y, por lo tanto, dialéctica. Dado que todo está en movimiento, la dialéctica está por todas partes. Si estamos rodeados por ella deberíamos ser capaces de verla. Si no es así es porque no la conocemos: o no sabemos lo que es o no vemos que todo está en movimiento.

En el caso de la piedra, que nos parece como algo inerte, sin movimiento, se me ocurre que su composición atómica es consecuencia de una larga transformación a lo largo del tiempo, como tantos otros compuestos químicos. Por ejemplo, es muy posible que antiguamente esa piedra estuviera compuesta de elementos radiactivos inestables que con el tiempo han modificado su composición atómica hasta convertirse en estables, bien entendido que esa estabilidad es relativa, es decir, que a pesar de las apariencias sigue siendo inestable, que sigue cambiando como consecuecia del viento o la lluvia u otros fenómenos físicos, químicos, geológicos o de otro tipo.

La radiactividad es un fenómeno típicamente dialéctico, una contradicción que se produce en el núcleo de los átomos de determinados elementos químicos entre los protones y los neutrones, por la cual dicho elemento se transforma en otro distinto. Lo que ocurre es que la radiactividad no se ve a simpe vista y da la impresión de que la piedra no está cambiando.

«Mientras contemplamos las cosas como en reposo -escribió Engels en el Anti-Dühring- cada una para sí, junto a las otras y tras la otras, no tropezamos ciertamente con ninguna contradicción en ellas«. A su vez, si no somos capaces de analizar las cosas en movimiento es como consecuencia de una larga tradición metafísica, es decir, como consecuencia de una deformación intelectual que es típica de la cultura occidental, a diferencia de la oriental.

Pero padecemos otra deformidad aún más característica: tenemos la estúpida creencia de suponer que la cultura occidental es toda la cultura, la cultura por antonomasia, mientras que las concepciones orientales las tomamos por exóticas, curiosas e irrelevantes. Donde en China ven contradicciones por todas partes, nosotros no somos capaces de ver nada.

Además de ignorancia, lo nuestro es pura soberbia intelectual que, con el tiempo, no ha hecho más que crecer y desarrollarse, por lo que vivimos en medio de la estupidez y disfrutamos con ella. Por eso es costumbre burlarse de la dialéctica y considerarla como una reliquia de la que sólo se acuerdan los marxistas. Desprecian la dialéctica aquellos que no saben lo que es.

El ejemplo más conocido es el de Dühring, que consideraba la contradicción como un contrasentido que tenemos que rechazar porque es ilógico o incoherente. Lo mismo que Dühring han repetido otros autores, como el jurista austriaco Hans Kelsen o el filósofo Karl Popper. En la cultura occidental todo conocimiento que se precia de ser científico empieza por el principio de no-contradicción, es decir, desde el principio tiene la voluntad de no incurrir en contradicciones, de tal manera que si, a pesar de ello las contradicciones aparecen, hay que rechazar la teoría por incoherente.

No voy a entrar ahora a criticar un punto de partida (el repudio de las contradicciones) que carece de justificación, es decir, a preguntarle a un científico algo que parece una obviedad: ¿por qué rechaza Usted las contradicciones desde un principio? ¿En qué se fundamenta? Lo que sí quiero poner de manifiesto es algo que me parece mucho más importante: aún en el supuesto de que las contradicciones se intenten rechazar, reaparecen igualmente, lo cual demuestra que ninguna ciencia puede prescindir de ellas.

El ejemplo más clamoroso fue el intento que desde finales del siglo XIX se llevó cabo para axiomatizar la matemática, fundamentándola en la lógica, es decir, en el principio de no-contradicción. El intento «fracasó» porque las no- contradicciones produjeron contradicciones.

Pero resulta aún más curioso recordar lo que le ocurrió a Niels Bohr cuando propuso los fundamentos de la Mecánica Cuántica. Entonces muchos físicos le dijeron que los postulados de aquella teoría eran contradictorios, lo cual parecía obvio. Bohr no fue capaz de encontrar ninguna explicación, hasta que durante un viaje a China se topó con una frase de Heráclito que a partir de entonces se convirtió en el lema que defendió toda su vida: Contraria sunt complementaria. Para el físico danés no había otra manera de explicar algo tan moderno como la Mecánica Cuantica que la dialéctica: los contrarios forman una unidad, son complementarios.

Con la dialéctica siempre nos topamos con una contradicción. Por un lado están aquellos que se burlan de Engels diciendo que los ejemplos que pone para explicarla son simplones, banales y ridículos. A esos tipejos les ocurre lo mismo que a Monsieur Jourdain, que era tan ignorante que no sabía que hablaba en prosa. Como la dialéctica es tan corriente, se pueden ejemplos tan sencillos que los vemos por todas partes, o deberíamos y, desde luego, podemos entenderlos a la perfección. Pero para los listillos las cosas nunca pueden ser simples ni sencillas; hay que complicarlas.

El otro polo de la contradicción está en aquellos que dicen: ciertamente la dialéctica está por todas partes, pero hay una manera más sencilla de explicar los fenómenos. Es típica del positivismo anglosajón, lo que pasa es que esas personas también les ocurre lo mismo que a Monsieur Jourdain: no saben que están defiendo una ideología (no una posición científica) y que la misma les lleva a otra contradicción: a tratar de explicar un fenómeno dialéctico de una manera no-dialéctica.

Los que no gustan de las contradicciones viven en medio de una contradicción, y a los demás nos pasa lo mismo.

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Un neonazi en la Comisión de Libertades del Parlamento europeo

Juan Manuel Olarieta

El eurodiputado Udo Voigt, de 62 años, antiguo presidente de la organización neonazi alemana Partido Nacional Democrático (NPD), ha sido elegido hace unos días para formar parte de la Comisión de Libertades Civiles del Parlamento de Bruselas. Eurociudadanos, habéis leído bien: vuestra libertad depende de un nazi como Voigt.

El 20 de noviembre de 2010 Voigt fue invitado por los fascistas hispanos a celebrar los actos de conmemoración de la muerte de Franco, e incluso llegó a pronunciar un discurso en la Plaza de Oriente de Madrid.


Voigt es un militar de profesión que alcanzó el grado de capitán tras 12 años de servicio en la Luftwaffe, las fuerzas aéreas alemanas, de donde le expulsaron en 1984 por negarse a abandonar el NPD. Su padre también era nazi y luchó en las SS durante la Segunda Guerra Mundial, lo que le costó cuatro años de cárcel en la Unión Soviética. En 1968, cuando sólo contaba con 16 años, el hijo se afilió al NPD, que presidió entre 1996 y 2011. Una de sus campañas políticas más conocidas es la petición de que le concedieran el Premio Nobel de la Paz a Rudolf Hess, entonces preso en la cárcel de Spandau por crímenes de guerra.

El europarlamentario ha sido encausado en 15 procesos judiciales acusado de “incitación al odio racial y a la violencia”, “negación del Holocausto” y “ostentación de propaganda y símbolos nazis”. En 1998 los tribunales alemanes le condenaron a cuatro meses de prisión por pedir a sus votantes durante un mitin que se involucraran en un “combate armado”.

Voigt cuestiona el número de muertos del Holocausto. En un cartel electoral de 2011 se le veía subido a una moto con el lema “Gas geben!”, que se puede traducir como “¡A todo gas!”, una referencia directa a los campos de exterminio nazis. En 2010 tuvo que pagar una multa de 1.000 euros por hacer apología de las SS en un discurso durante la celebración del 65 aniversario del final del III Reich. El año pasado publicó un libro que presentó en un conocido bar de Berlín famoso por ser el centro de reunión de los nazis de la capital germana.

En Alemania Voigt es muy conocido por sus declaraciones imperialistas, chovinistas y racistas. En unas declaraciones a «El Mundo» (1) exigió la anexión de los territorios polacos fronterizos que Alemania perdió tras la Segunda Guerra Mundial. Para él “Europa es el continente de los blancos” y Hitler «un gran hombre de Estado” que “consiguió algo fantástico, eliminó el paro en muy pocos años”.

El NPD se fundó en 1964 para reagrupar a los naonazis alemanes, que hasta entonces estaban muy divididos. Entre ellos estaba el Partido Socialista del Reich de Otto Ernst Remer, heredero del NSDAP que presidió Hitler. El nuevo dirigente del NPD, Udo Pastörs, ha calificado a Alemania como “república de judíos”. Voigt, Pastörs y el NPD representan fielmente al típico movimiento nazi, esclareciendo la verdadera naturaleza del fascismo, que es inseparable del Estado burgués al que sirve y del que se sirve, por lo que merece la pena prestar un poco de atención a asuntos de este tipo.

Hace 10 años 16 Estados Federados alemanes -nada menos- presentaron un demanda colectiva ante el Tribunal Constitucional alemán exigiendo la ilegalización del NPD. La sentencia falló a favor de los nazis al asegurar que los servicios secretos alemanes (BND) estaban tan ligados a ellos que era imposible diferenciar las actividades realizadas por los espías de las propias del partido.

Actualmente hay un segundo intento de ilegalizar al NPD a través del Tribunal Constitucional que está pendiente de sentencia. En Munich un tribunal alemán juzga a la NSU (Clandestinidad Nacionalsocialista), un grupo de matones del que formaba parte Ralf Wohlleben, un antiguo dirigente del NPD en Turingia. Entre 2000 y 2007 la NSU asesinó a 10 personas, entre ellas 8 de origen turco.

Pero lo realmente importante es tomar nota de lo siguiente: además de la complicidad de los aparatos represivos del Estado, se ha vuelto a demostrar que la NSU estaba asociada al espionaje del gobierno de Turingia. Los fascistas no son nada sin el Estado que está detrás suyo. Para cometer sus crímenes los nazis tenían documentación falsa, tarjetas, pisos francos, dinero, vehículos, armas e información proporcionados por el Estado. Como han reconocido algunos parlamentarios alemanes, el movimiento neonazi está a sueldo del Estado (2).

La imagen de fuerza electoral de los neonazis que están transmitiendo los medios burgueses es errónea. Su apoyo electoral es insignificante: el uno por ciento de los votos. Para que Voigt llegara al Parlamento de Estrasburgo ha necesitado que el Tribunal Constitucional alemán rebaje el suelo mínimo necesario (tres por ciento de los votos) para obtener representación parlamentaria. Lo mismo que Hitler en su época, que trepó gracias a los centristas católicos, los nazis trepan gracias al apoyo que le dan otras fuerzas políticas.

Los nazis izan las velas pero son otros los que soplan. ¿Quién ha votado en Bruselas a favor de que Voigt forme parte de la Comisión de Libertades del Parlamento? Cuando contestemos a esta pregunta sabremos quiénes están impulsando al fascismo en Europa y se lavan las manos como Pilatos.

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La crisis es una bendición que el cielo nos envía

Este fin de semana (*) se celebra en Barcelona la segunda reunión internacional para convencernos de que la crisis capitalista es una bendición que el cielo nos envía, de que el decrecimiento económico no es negativo sino positivo. La primera se convocó hace dos años en París. El lema es “small is beautiful”, el perfume auténtico se sirve en frascos pequeños. La calidad (no la cantidad) de vida está de moda.

La capacidad del capitalismo para tratar de sucederse a sí mismo en las condiciones más difíciles, como las actuales, no puede constituir ninguna sorpresa, así como tampoco la imaginación de sus corifeos, como Carlos Taibo, para que su desplome sea lo más dulce posible. Antes a eso lo llamaban “aterrizaje suave»; ahora decrecimiento económico. De paso el capitalismo puede aprovecharse de ella para resolver algunos problemas ecológicos que tiene pendientes.

En 1972 lo llamaron “crecimiento cero” y en 1987 “crecimiento sostenible” pero con la crisis eso se ha vuelto insostenible. Ahora lo mejor que podía pasarnos es que nos cayéramos por la cuesta abajo. Bendito sea el capitalismo; hemos tenido suerte: nos estamos hundiendo y debemos alegrarnos por ello.

En fin, las teorías del decrecimiento económico que propugnan los imperialistas son la personificación de la desvergüenza, con el añadido de que nos llegan como otra de esas modas rabiosamente revolucionarias (como todas las modas), que es como aparece recurrentemente en esos ridículos medios “alternativos” que la propugnan.

Repasar el recorrido que han seguido los imperialistas para colarnos esta sandez supina del decrecimiento económico resulta, además de largo, bastante pesado, pero se puede resumir diciendo que tiene su origen moderno en aquel montaje de monopolios multinacionales como Volkswagen que se llamó “Club de Roma”, un puchero en el que guisaron sus postulados malthusianos, confirmados en el informe que llevaba como título “Los límites del crecimiento” que constituyó la más gigantesca campaña de propaganda que se ha llevado a cabo jamás.

El famoso informe fue una de las primeras proyecciones informáticas que se hicieron, aunque ahora nadie quiere acordarse de ello porque sus predicciones tenían el mismo nivel científico de las de Rappel, el tarot y los horóscopos. Cómo serían las cosas en aquel fatídico año de 1972 que todos pudimos empezar a respirar mucho más tranquilos: hasta las Cortes franquistas presentaron el primer proyecto de ley contra la contaminación.

Lo que quisieron demostrar entonces ya lo sabíamos de antemano porque nos lo habían dicho los Testigos de Jehová y las corrientes protestantes milenaristas que pululan en el mundo anglosajón: el mundo se acaba. La traducción de la Biblia al lenguaje de la teoría económica imperialista, realizada por el reverendo Malthus a finales del siglo XVIII, tiene varias connotaciones que conducen al mismo sitio: las materias primas se agotan, el suelo se desertiza, el hambre acecha, el aire se contamina, la demografía explota, la biodiversidad se reduce, etc.

Pero, ¿por qué se acaba el mundo? Si lo estudiamos despacio veremos que tiene su lógica: el mundo se acaba porque, como dice Carlos Taibo, es finito. La Tierra es como una nave espacial que recorre el universo, un recinto cerrado en el que el agua, los alimentos y el combustible se agotan… Todo se acaba tarde o temprano… Hasta la paciencia.

Los más listillos lo plantean de una manera mucho más “científica”, introduciendo términos difíciles como entropía, tendencia al caos, al desorden, muerte térmica, paralización de la vida… como en las películas de ciencia ficción de la serie B pero totalmente creíble porque se apoya en la magia: la segunda ley de la termodinámica. Incuestionable.

Cuando se presta un poco de atención a ese tipo de disquisiciones se aprecia algo muy significativo: las relaciones de producción han desaparecido y con ellas ya no hay mención a ninguna sociedad de clase; no hay capitalismo sino que nos hablan de sociedad industrial, o moderna, o avanzada, o tecnológica. Todo son fuerzas productivas. Lo que se agota no es el capitalismo sino la civilización contemporánea (toda ella).

El decrecimiento, pues, consiste en dar marcha atrás, es una ideología reaccionaria, un retorno al mito del “buen salvaje” de Rousseau que hoy se reviste de un aspecto modernista: volver de la sociedad industrial a la agrícola, de la ciudad al campo. Es allá donde está la vida sana, natural, auténtica, pura, sin CO2, aditivos, colorantes, ni conservantes. Los jornaleros que emigraron en los sesenta a las grandes urbes masificadas se equivocaron de recorrido. Tenemos que cambiar nuestros artificiales calzoncillos de nylon por otros de auténtica lana de oveja merina, abandonar internet para volver a las señales de humo.

La teoría del valor es una antigualla; hay que empezar a pensar en la economía en términos físicos. Pongamos un ejemplo: el problema del hambre en el mundo no es un problema del precio de los alimentos sino de su volumen: de las toneladas de producción mundial de trigo, de arroz, de maíz, etc. El problema más grave es que la Tierra tiene una superficie limitada de cultivo; no da más de sí y, además, como sabemos desde comienzos del siglo XIX gracias a David Ricardo, el suelo tiene una fertilidad decreciente. En la ideología burguesa todo es siempre decreciente, todo cae cuesta abajo… menos los beneficios de las multinacionales.

¿Qué debemos hacer? Dar media vuelta. La economía, como el reloj de la historia, puede entrar en el túnel del tiempo, retroceder, dar marcha atrás. Es reversible y en lugar de progresar lo que debemos hacer es regresar porque la civilización moderna, la industria, la tecnología, tienen un carácter destructivo hacia la naturaleza.

A partir de este punto el imperio del sol decreciente enfrenta a la naturaleza con la sociedad y al hombre con el medio. Se plantea justamente de ese modo, en términos abstractos e intemporales: el hombre deteriora el planeta, el agua, el aire, el paisaje, el subsuelo, el océano, etc. En nombre de la naturaleza la burguesía imperialista y sus secuaces están logrando que en amplios sectores del mundo entero el ser humano se desprecie a sí mismo, reniegue de sí mismo y de su capacidad para seguir evolucionando, mejorando.

Yo no voy a ser de los que caigan en esa trampa. ¿Por qué creo que sigue siendo posible el progreso? ¿Por qué creo que sigue siendo posible la (r)evolución? Pues por lo que ya dijo Giordano Bruno y le costó la hoguera: el mundo no es una nave espacial cerrada porque es infinito. ¿Que hace falta para seguir avanzando? La revolución socialista. ¿Qué es lo que conduce al mundo hacia el socialismo? El desarrollo incesante de las fuerzas productivas y su contradicción con las relaciones de producción.

Pero mi opinión no vale nada. El que quiera tener la suya propia que eche un vistazo a la historia desde los tiempos del neolítico. Se dará cuenta de que no ha habido, no hay y no habrá nunca marcha atrás en este proceso. Como la evolución, la revolución es irreversible e inevitable.

(*) Artículo publicado en marzo de 2010 en http://odiodeclase.blogspot.com.es/2010/03/la-crisis-es-una-bendicion-que-el-cielo.html

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Ecología

Un manifiesto para justificar que las tripas se queden vacías

Hace un par de siglos las corrientes más avanzadas de la burguesía eran ateas, de manera que acabaron con lo sobrenatural para quedarse sólo con lo natural, aunque no fueron capaces de llegar a una concepción científica de lo que es la naturaleza, y mucho menos de la relación entre lo natural y lo social, una tarea que incumbió al marxismo.

La concepción burguesa de la naturaleza es paisajística, o sea, estética. El burgués no es el campesino que trabaja la tierra de sol a sol y huye de ella a la menor oportunidad. A pesar de que es una clase social urbana, que siempre ha vivido de espaldas del campo, la burguesía ha impuesto sus puntos de vista sobre la naturaleza, como tantos otros que forman parte de la ideología dominante.

El capitalismo nos ha traido a una ciudad asfaltada, con viviendas de ladrillo y aire acondicionado en el coche, pero soportamos una contradicción: vivimos en una ciudad aunque nos gusta engañarnos y creer que lo que en realidad nos gusta es todo lo contrario, el césped, pasear por el campo los domingos por la mañana y respirar aire puro. Mientras históricamente la humanidad ha huido siempre del campo a la ciudad, la burguesía “alternativa” quiere recorrer ahora el camino inverso… eso sí, en coche, con paraguas por si llueve, crema para que el sol no nos queme la piel, spray contra los mosquitos y un iPod en el bolsillo.

Para la burguesía, lo mismo que para la mayor parte de nosotros, la naturaleza representa el paraíso perdido. Es idílica y su prototipo sigue siendo el viejo romanticismo de 1800, el mito del buen salvaje de Rousseau: frente a la ciudad donde vivimos, que es la cuna de todos los males, la gente “de campo” es depositaria de los mejores valores de la humanidad.

Nuestra concepción de la naturaleza forma parte de una ideología burguesa arraigada a la conciencia como una hiedra. Por su origen romántico, está repleta de sentimentalismo: dado que la naturaleza es, por sí misma, algo bueno y bonito, hay que conservarla tal cual porque todo lo que el hombre ha hecho siempre con ella es destruirla. Y cuando me refiero “al hombre” en general también estoy hablando de ese “hombre” típico del idealismo alemán del siglo XIX del que no se sabe ni de dónde viene ni a dónde va.

Sujeta a una decadencia imparable, para la burguesía actual el progreso ya no existe, y si existe hay que acabar con él porque destruye la naturaleza. En 1973 los imperialistas del Club de Roma lo llamaron “límites del crecimiento” y ayer un manifiesto firmado por relevantes personajes de la farándula política nos llamaron a poner coto a la supuesta “crisis ecológica”, entre ellos Xosé Manuel Beiras, Alberto Garzón, Cayo Lara, Pablo Iglesias, Esther Vivas y López de Uralde.

El manifiesto asume todos los tópicos seudoecologistas que el imperialismo lleva predicando desde hace décadas para encubrir y, al mismo tiempo, justificar la profunda crisis que atraviesa y que se resume últimamente en la consigna del decrecimiento. Hablan de la “vida buena” por no decirlo más claramente: la buena vida, que debe ser la de los firmantes. Los burgueses que tienen la tripa llena miran a los demás con sus propios ojos y dicen que consumimos demasiado. Por consiguiente, que no tengamos trabajo, que quienes lo tienen ganen menos, los desahucios de viviendas, los recortes en educación o la liquidación de la sanidad, no es algo malo sino algo saludable, o dicho de otra manera: no es algo bueno para nosotros, pero sí para el planeta, para la naturaleza y para la ecología. Por lo tanto, ya sabéis: hay que resignarse a tener el plato cada vez más vacío o, como decía antiguamente el movimiento obrero, a apretarse el cinturón.

El manifiesto es un resumen de todos y cada uno de los topicazos de la posmodernidad burguesa más actual, más a la moda, que hay que mencionar aunque ni ellos mismos sepan lo que significa: caos, colapso de la civilización, barbarie, crecimiento demográfico, genocidio, agotamiento de los recursos, cambio climático, transversalidad… Para no repetir siempre las mismas frases grandielocuentes proponen algo tan infantil como “hacer las paces con la naturaleza”.

El modelo es el 15-M, “que abre posibilidades para otras formas de organización social”. La alternativa no es ya el socialismo sino “una nueva civilización” porque, como es bien sabido, el socialismo es “desarrollista”, cree en el progreso, en el incremento de las fuerzas productivas y del bienestar de la humanidad.

A la burguesía “alternativa” el socialismo se le ha quedado pequeño. El próximo cambio tiene que ser del tamaño del neolítico. Lo que no saben es que con el neolítico es cuando aparecieron las grandes ciudades precisamente…

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Oriente Medio

En Irak los kurdos se han puesto bajo la tutela de Israel

Este artículo tiene que empezar como los cuentos infantiles, pero es rigurosamente cierto, aunque nadie se crea los cuentos: hubo un tiempo en que Kurdistán fue un país de religión judía. Si bien los kurdos son un pueblo de origen indoeuropeo, su religión ha ido cambiando a lo largo de la historia, en función de las necesidades políticas de su clases dominantes.

En el año 586 antes de nuestra era, es decir, hace unos 3.000 años el rey de Babilonia Nabucodonosor deportó a los judíos a Mesopotamia después de derrotarles militarmente. Luego Babilonia fue sometida al Imperio Persa y los antiguos deportados judíos se convirtieron en un sector muy influyente, hasta el punto de que un reino kurdo, Abiadene, se convirtió al judaísmo en el siglo I de nuestra era. Después los kurdos se convirtieron al cristianismo, después al islamismo… Todo dependió siempre de intereses que tenían que ver más con la tierra que con el cielo.

Después de la Segunda Guerra Mudial y la formación del Estado de Israel, uno de los objetivos militares más importantes de Tel Aviv fue la destrucción de Irak y la conquista de Kurdistán, un empeño en el que no cejó nunca. Durante el invierno de 1950 a 1951 organizó la operación “Ezra y Nehemiah” para trasladar en masa a Palestina a los judíos kurdos originarios de Irak, donde suman actualmente una comunidad de 200.000 habitantes que habla un dialecto del antiguo arameo.

Israel también estimuló los levantamientos de los independentistas kurdos, utilizando al régimen del Sha como plataforma de agresión. Hacia 1963 el apoyo israelí a los independentistas kurdos adquirió un carácter masivo, con el envío de consejeros militares.

En 1967 durante la Guerra de los Seis Días, para ayudar a Israel los kurdos organizaron una sublevación. El dirigente kurdo Mustafá Barzani se trasladó entonces a Israel para entrevistarse con el presidente Zalmar y el ministro de Defensa Moshe Dayan. Los kurdos lograron obstaculizar la movilización del ejército irakí en ayuda de Egipto y Siria contra Israel. En agradecimiento, Israel entregó a los kurdos el armamento soviético que obtuvo en el campo de batalla. Barzani reconoció que había recibido varios millones de dólares de Israel para financiar la revuelta kurda. Las fotos de la colaboración israelo-kurda revuelven los estómagos mejor asentados (1).

Una vez que el imperialismo destruyó Irak brutalmente, creando en su lugar un reino de taifas, los kurdos lograron una cierta autonomía, hasta el punto de que a finales de abril de 2004 algunas agencias de noticias anunciaron que capitalistas judíos estaban comprando tierras en le norte de Kurdistán y que estaba a punto de abrirse un puente aéreo de Kurdistán a Tel Aviv.

Dos años después la BBC informaba de que Israel había enviado instructores de las fuerzas especiales a Kurdistán para entrenar a dos unidades militares kurdas. La primera era una fuerza encargada de proteger el aeropuerto de Hawler, junto a Erbil, que está a medio camino entre Israel y sus objetivos militares en Irán. La otra se transformaría en una fuerza de élite de las autoridades independentistas.

La operación se llevó a cabo a través de un contratista privado de seguridad, la empresa de Interop, especializada en consultoría de seguridad. Uno de sus fundadores es Danny Yatom, un antiguo director del Mossad. Para disimular su origen, sobre el terreno Interop se presentó con la cobertura de dos empresas suizas: Kudo y Colosium.

En los años 2004-2005, Interop estuvo dirigida por Schlomi Michaels, un antiguo oficial de los servicios secretos israelíes. Además Israel ha suministrado a los kurdos 150 millones de dólares de equipos de comunicaciones y seguridad.

Naturalmente, el apoyo israelí ni es puramente sentimental, ni tiene sólo una explicación estratégica y militar. Tel Aviv se interesa también por dos materias primas vitales para ellos: el agua y el petróleo. Existe ya un proyecto para tender sendas tuberías a través de Jordania.

Los mensajes publicados por Wikileaks demuestran que los vínculos de Kurdistán con Israel alcanzan cotas aún más preocupantes: en los ataques llevados a cabo por comandos israelíes contra centrales nucleares irakíes participaron unidades kurdas. La información se obtuvo a través de Stratfor, la empresa privada que sirve de pantalla a la CIA, y fue validada por el diario israelí Haaretz hace 10 años.

Hay otros indicios que conducen sobre esa pista. El Mosad ha ejecutado, directa o indirectamente, a cinco científicos nucleares iraníes, como Ahmadi Roshan, que fue asesinado en Teherán el 11 de enero de 2004. Pues bien, al mes siguiente la cadena NBC admitió que Israel había contratado los servicios de la organización iraní MEK, Mujahidin-e-Khalq, para asesinarlos.

La MEK, Organización de los Mujahidines del Pueblo de Irán, es un antiguo movimiento guerrillero que luchó contra el régimen del Sha. Tras la agresión imperialista de 2003 fueron perseguidos inicialmente y, aunque lograron trasladar sus bases a Irak, empezaron a colaborar con Israel contra Saddam Hussein, momento a partir del cual los imperialistas les borraron del listado de organizaciones terroristas.

Las zonas kurdas de Irak se han convertido en una de las bases de apoyo fundamentales de Israel, con el beneplácito y la cobertura de los “autonomistas” kurdos. En un artículo titulado “The Kurds and Israel: Straws the wind” el diario Jersusalem Post propuso en febrero una cooperación entre Israel y el nuevo Estado kurdo para crear una “fuerza política” en Oriente Medio (2).

El mes pasado el dirigente del PDK y presidente del Parlamento kurdo, Massud Barzani, se mostró dispuesto a abrir un consulado israelí en la región que ocupa en el norte de Irak y advirtió a los palestinos que viven en Irak que se abstengan de emprender acciones que calificó de “terroristas”.

Hace unos días el antiguo dirigente de la seguridad israelí, Avi Akhtar, reconoció durante una conferencia de prensa en Tel Aviv que a Israel le interesa la división de Irak y que su objetivo estratégico es que el país no vuelva a alinearse con los países árabes, así como crear un Estado kurdo en Kirkuk, junto a los pozos de petróleo que controlan los independentistas y que están exportando sin autorización del gobierno de Bagdad. El destino del petróleo kurdo es Israel.

La semana pasada el primer ministro israelí Netanyahu volvió a mostrarse abiertamente partidario de la creación de un Estado independiente de Kurdistán: “Debemos […] apoyar la aspiración de los kurdos a la independencia”, dijo. Los kurdos “son un pueblo de luchadores que han dado prueba de su compromiso político, su moderación política y merecen que se les de la independencia política”.

Era cuestión de tiempo que se oyera la palabra mágica: traición. La pronunció el martes pasado un diputado chiíta que, además, calificó a Barzani como “agente” de Israel. En Irak los kurdos son otro buen ejemplo de un movimiento nacional que no lucha contra el imperialismo sino que forma parte de él.

(1) http://saradistribution.com/barzanisisraelresa.htm
(2) http://www.jpost.com/Experts/The-Kurds-and-Israel-Straws-in-the-wind-361248

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Memoria Histórica

Guía práctica del perfecto criminal

Algún marxista ortodoxo diría que los grandes crímenes y criminales son como una superestructura: reflejan el momento social como un termómetro refleja la temperatura. El asesinato de la Presidenta de la Diputación de León, por ejemplo, pasará a los anales más negros de la historia como una miniatura del caciquismo político de principios de este siglo, de la España más siniestra y la piscaresca más ruin.

Pero si somos sinceros tendremos que reconocer que lo que realmente tiene morbo es el crimen perfecto: burlar la ley y que no te pillen. Hay crímenes tan perfectos que nadie los considera siquiera como crimenes. Parecen cosas normales. Por ejemplo, el ex-rey Juan Carlos mató a su hermano de un disparo, pero nadie habla de asesinato sino de “accidente”. Por eso ni siquiera los jueces ni la policía abrieron nunca un sumario. No había nada que investigar y todo aquello que no se investiga no existe. No forma parte de eso que los científicos llaman “los hechos”.

Tenéis que ver esas series de la televisión que tratan del CSI, la policía científica: la ciencia y la policía funcionan de la misma manera. Se atienen a “los hechos”. A veces incluso ambos, policías y científicos, utilizan el mismo lenguaje y hablan de “evidencias”, es decir, de hechos tan claros que ni siquiera es necesario explicarlos: son evidentes.

Si miras para otro lado, las cosas dejan de ser evidentes, por lo que a los científicos y policías hay que preguntarles: ¿a dónde miran?, ¿a quién investigan?, ¿que buscan? Luego que no me hablen de «pruebas» porque las pruebas hay que buscarlas. Las pruebas no sólo son un asunto que concierne al intelecto, sino también a la voluntad: no hay más ciego que el que no quiere ver.En todo el mundo uno de los crímenes más graves que existen es el empleo de armas químicas y gases, que los tratados internacionales prohíben desde hace más de un siglo. Naturalmente su empleo siempre ha quedado impune porque quienes matan con tales medios es porque disponen de ellos, es decir, porque tienen poder y a quien tiene ese poder no hay manera de llevarle a los tribunales esposado.

Por lo tanto, el crimen perfecto, la impunidad, no es más que una radiografía de la balanza de poder en el mundo. Pero no sólo de eso, sino también de la hipocresía, de eso que el saber popular dice: “el que hace la ley hace la trampa”. Primero calman a los moralistas, prohiben las armas químicas y luego pasan olímpicamente de prohibiciones.

A los profesores universitarios les encanta hablar de “los hechos” pero se pasan el curso ocultándolos, es decir, hablan de los hechos que les da la gana. Por eso se les considera como una parte de “la autoridad”, porque funcionan como la policía y como todos los que comparten el poder: pasan por alto todo aquello que no les interesa. Como ejemplo hablemos de una serie de “hechos” que nunca nadie explicará en una Facultad de Química a sus estudiantes, seguramente porque no los consideran como parte integrante de tal ciencia.

El desarrollo de la Química siempre estuvo impulsado, a partes iguales, por el capitalismo y la guerra. Desde 1800, con los fertilizantes y plaguicidas, el capitalismo convirtió a la agricultura en una rama de la química. Marx dijo que la agricultura había pasado de ser “un procedimiento puramente empírico de la parte más rudimentaria de la sociedad” en el empleo científico consciente de la agronomía. Lo mismo cabe decir de los tintes, cuyo uso se expandió como un anexo de la industria textil.

El otro motor de la Química fue la guerra, o sea, la pólvora y tuvo su origen en el mismísimo Lavoisier, el fundador de la Química científica, un lacayo del feudalismo que inventó un nuevo método de producción de explosivos con el potasio extraído de Alsacia. En España tenemos un ejemplo parecido en la empresa Explosivos Rio Tinto que, además de lo que su denominación indica, tiene una segunda fuente de negocio: la fabricación de agrotóxicos, fertilizantes y pesticidas.

En la segunda mitad del siglo XIX donde más avanzó la química fue en Alemania, por la necesidad de desvincularse del bloqueo económico británico sobre las materias primas estratégicas por medio de sustitutivos sintéticos. A comienzos del siglo XX Inglaterra tenía el monopolio mundial de la explotación minera de los nitratos de Chile, un producto químico que integra la fabricación de explosivos. La pólvora negra se compone de un 75 por ciento de salitre (nitrato de potasio), un 12 por ciento de azufre y un 13 por ciento de carbón vegetal. El nitrato amónico, la nitroglicerina y el trinitrotolueno (TNT) también son derivados del nitrógeno. A finales del siglo XIX no era posible el rearme alemán sin eludir el control británico sobre los yacimientos naturales de nitrógeno.

No había otra posibilidad que acudir a la búsqueda de procedimientos artificiales de obtención de nitrógeno. El imperalismo alemán recurrió a la ciencia y, en concreto, a Fritz Haber, un prototipo del perfecto criminal, o mejor dicho, del trato dispensado en los países capitalistas a los criminales de guerra con diploma.

En 1908 Haber inventó un mecanismo de síntesis del amoniaco que liberó a Alemania de la dependencia de los nitratos naturales, de modo que a partir de entonces pudieron fabricar explosivos artificialmente con el amoniaco como materia prima. El procedimiento de Haber proporcionó el 45 por ciento del ácido nítrico necesario para la fabricación de los explosivos, municiones, proyectiles y bombas empleados por Alemania en la I Guerra Mundial.

Pero el papel de Haber (y la ciencia) en la guerra no acabó ahí. También organizó el departamento de gases tóxicos del ejército alemán a través del recién creado Instituto Kaiser Guillermo de Berlín, una leyenda en el mundillo científico, al que ponen como modelo de investigación. Naturalmente que a costa de ocultar y disimular determinados “hechos” nada gratificantes para la ciencia.

Por iniciativa de Haber, en 1916 se creó la Fundación Kaiser Guillermo para las Ciencias Técnicas y Militares, que al año siguiente pasó a depender del Ministerio de la Guerra. La fusión de la universidad con el ejército es un modelo típico del imperialismo que las universidades son las mayores interesadas en silenciar. Si no son capaces de reconocer la identificación de la ciencia con el capitalismo, mucho menos van a reconocer su complicidad con las guerras y las masacres.

Durante la guerra mundial, Haber propuso al ejército utilizar gas cloro contra las tropas aliadas y fue responsable directo de la fabricación de los primeros gases venenosos que -a pesar de la prohibición- se emplearon en el campo de batalla, entre ellos el gas mostaza. Bajo su dirección un grupo de investigadores creó el Zyklon B, un insecticida basado en el cianuro que fue utilizado años más tarde por los nazis en los campos de exterminio.

La actividad de Haber tampoco se limitó a los laboratorios, de los que extrajo 5.000 botellas metálicas repletas de gases tóxicos, sino que fue nombrado capitán del ejército alemán, en cuya condición estuvo supervisando su lanzamiento en el mismo campo de batalla, al mando de una compañía de infantería. La batalla química se saldó con 15.000 víctimas entre los aliados.

Al finalizar la contienda su nombre apareció en una lista de criminales de guerra y los aliados reclamaron su extradicion para procesarlo como tal. No obstante, ya en época de la República de Weimar, Haber volvió a la dirección del Instituto de Física y Electroquímica de Berlín, continuando sus investigaciones secretas para la fabricación de nuevo armamento químico.

A pesar de sus crímenes -o quizá gracias a ellos precisamente- fue laureado en 1918 con el premio Nobel de Química. Al fin y al cabo el mismo Alfred Nobel que había instituido el conocido galardón se enriqueció fabricando explosivos. El discurso que Haber pronunció en 1920 ante la Academia sueca es un ejemplo de la hipocresía típica de algunos científicos, aunque no sean capitanes del ejército: su invento de la síntesis del amoniaco era una gran aportación para la elaboración de abonos agrícolas, que a su vez aumentarían las cosechas y aliviarían así el hambre en el mundo.

Una fábrica de muerte que se presenta como alivio del hambre… algo parecido a la falacia que sostienen ahora mismo las multinacionales de los transgénicos, otro caso de aplicación humanitaria de la ciencia a la resolución -desinteresada- de acuciantes dramas de la humanidad, como el hambre y la enfermedad.

¿Quieres convertirte en un perfecto criminal? Antes deberás aprobar una licenciatura en ciencias, de esas que llaman “puras”, o sea, que no tienen nada que ver con “la política”, ni con las ideologías, ni con nada de nada. En la universidad te dan carta banca, licencia para matar, y si matas mucho es posible que recibas hasta el Premio Nobel.

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Noticias

El imperialismo orquestó la Primavera Árabe

Juan Manuel Olarieta

Un documento confidencial elaborado en 2010 por el Departemento de Estado confirma que la denominada Primavera Árabe no sólo no fue espontánea sino que estuvo promovida de forma activa por el imperialismo estadounidense después de un largo periodo de maduración.

El documento, que tiene cinco páginas, lo ha publicado la organización Middle East Briefing (1), que pudo tener acceso al mismo recurriendo a la legislación sobre libertad de información. Se titula «Middle East Partnership Initiative: Overview» y está fechado el 22 de octubre de 2010.

La Primavera Árabe comenzó en diciembre de aquel año con el derrocamiento del gobierno en Túnez, denominada «Revolución de los Jazmines» y desde entonces sacudió a varios países, afectando a Egipto, Libia, Yemen y Siria y causando cruentas guerras civiles y una conmoción sin precedentes en el mundo árabe.


No obstante, los preparativos empezaron varios años antes, cuando en 2002 la Casa Blanca empezó a elaborar los planes de desestabilización que forman parte del programa regional «Middle East Partnership Initiative» dirigido contra países del norte de África y Oriente Medio apoyándose en ONG locales que son los tentáculos de la diplomacia imperialista.

El gobierno de Obama no escatimó en gastos para interferir sobre los asuntos internos de los países árabes. En 14 años se han gastado 600 millones de dólares en unos 1.000 grandes proyectos políticos. La financiación de las ONG ha supuesto más de la mitad de los proyectos del plan, señala el documento. Los agentes de enlace con las ONG locales los designa la embajada de Estados Unidos en cada país.

La Iniciativa «no suministra fondos a los gobiernos extranjeros y no negocia acuerdos bilaterales de asistencia», señala el informe, que establece una lista de los países destinatarios con prioridad: Yemen, Arabia Saudita, Túnez, Egipto y Bahrein. Libia y Siria fueron añadidos un año después de la elaboración del informe por el Departamento de Estado.

En Egipto el gobierno de Estados Unidos se centró en la Hermandad Musulmana, a la que consideraba compatible con la política imperialista de Estados Unidos. El gobierno de Obama aseguraba incluso el «servicio post-venta» de las ofensivas de desestabilización, que forman parte de la remodelación del «Gran Oriente Medio».

En septembre de 2011 la Iniciativa creó una oficina especial de coordinación de las transiciones políticas en aquella región estratégica, poniendo a William B. Taylor al frente. Se trata de un diplomático con experiencia en campañas de desestabilización ya que fue el embajador de Estados Unidos en Ucrania durante la «revolución naranja» de 2006 a 2009.

Según el informe del Departamento de Estado, su tarea es la de coordinar la asistencia de Estados Unidos a las «democracias emergentes» el norte de África y Oriente Medio, incluyendo a Egipto, Túnez y Libia.

Contra viento y marea, Santiago Alba Rico y otros miembros significados de Izquierda Anticapitalista siempre sostuvieron el carácter espontáneo de la Primavera Árabe (2) que, según dijeron, sirvió luego de detonante para que estallara el movimiento de los indignados del 15-M en la Puerta del Sol. Esther Vivas llegó a decir que la Primavera Árabe tuvo un carácter «internacionalista», pero eso nunca lo entendí muy bien. En aquel momento pensé que la indignación estaba dirigida -entre otras cosas- contra la Casa Blanca. Ahora mismo me da la impresión de que la indignación no era de unos contra otros, sino que es muy posible que se tratara de la misma indignación, es decir, que la Casa Blanca y los indignados compartieran el mismo estado de ánimo.

Uno de los motivos que me lleva a pensar de esa manera es que tras la «Revolución de los Jazmines», el Foro Social Mundial se pudo reunir en Túnez en marzo de 2013. Creo que es a eso a lo que Vivas llama «internacionalismo»: el imperialismo abría las puertas a la «democracia», no sólo en el interior de aquel país árabe, sino a 5.000 indignados procedentes de todas las partes del mundo, que dos años después se pudieron congregar allá en paz y libertad para que luego Vivas nos lo pudiera contar a nosotros (3).

No sólo los árabes; todos los pueblos del mundo debemos sentirnos deudores de la política benefactora del Departamento de Estado, el Pentágono, la CIA y la Casa Blanca.

(1) U.S. State Dept. Document Confirms Regime Change Agenda in Middle East, http://mebriefing.com/?p=789
(2) Santiago Alba Rico, Libia, el caos y nosotros, Gara, 19 de septiembre de 2011, http://www.anticapitalistas.org/Libia-el-caos-y-nosotros
(3) Esther Vivas, Del Foro Social Mundial a las Revueltas Árabes, http://cemsenmoviment.wordpress.com/tag/movimiento-antiglobalizacion/