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Oriente Medio

El islamismo funciona con mando a distancia

El terrorismo salafista no es una creación del imperialismo estadounidense, no nace con Al-Qaeda como consecuencia de la guerra de Afganistán contra el ejército soviético. Es muy anterior. El impulso de ciertas corrientes islamistas, muy minoritarias, como las takfiristas, procede de los imperialistas británicos y franceses. Además de dibujar mapas geopolíticos, la dominación de Oriente Medio requería dibujar nuevos mapas religiosos, crear doctrina.

Tras la Revolución de Octubre los imperialistas trataron de manipular a los pueblos islámicos contra la URSS, especialmente en el Cáucaso, una tarea continuada durante la Segunda Guerra Mundial por los nazis. Hitler apoyó la creación de unidades militares islámicas como parte de la Legión Oriental que invadió la URSS: “No veo ningún riesgo en crear unidades puramente mahometanas”, dijo Hitler en 1942, añadiendo que eran los más fiables: “Considero que sólo los mahometanos son seguros. Todos los demás los considero inseguros”.

Gerhard von Mende, un letón nazi que trabajaba en la Universidad de Berlín como profesor de estudios turcos, fue pionero de la idea de convertir a los pueblos islámicos de la URSS (tártaros, chechenos, kazajos, uzbekos) en una quinta columna contra el socialismo aprovechando la antigua Red Prometeo, un círculo de viejos reaccionarios zaristas creado en 1925 que tenía su base de operaciones a caballo entre Varsovia y París.

Bajo la dirección del criminal de guerra Theodor Ober­lan­der, durante la guerra Von Mende encabezó una división del Ministerio del Reich encargado de los territorios orientales ocupados por los nazis, especialmente del Cáucaso. Tras la derrota se estableció en la Alemania ocupada por los británicos. En octubre de 1945 escribió una carta al comandante Morrison ofreciendo sus redes islamistas dentro de la URSS al imperialismo británico, para lo cual pedía que las unidades islamistas nazis fueran liberadas de los campos de concentración para ser utilizadas contra la URSS. Fue el comienzo de una nueva carrera en el espionaje y el sabotaje contra la URSS de la mano de Wal­ter Schenck, un antiguo oficial de inteligencia de las SS.

La CIA era de la misma opinión que Hitler y Von Mende: era posible utilizar a los islamistas contra la URSS. Tras la guerra el espionaje estadounidense logró que una parte de las redes islamistas que habían realizado tareas de sabotaje dentro de la URSS salieran del país y se instalaran en Munich. Aunque el KGB logró ejecutar en Alemania a algunos islamistas soviéticos procedentes del Cáucaso y Asia central, otros empezaron a colaborar para emisoras de la CIA, como Radio Free Europe o Radio Liberty, donde el 80 por ciento eran viejos colaboradores de los nazis.

Entre ellos estaba Ibrahim Gacaoglu, un imán que había luchado con la Legión Oriental hitleriana en el Cáucaso. Von Mende le instaló en la Alemania de la posguerra para controlar las remesas a sus contactos en el interior de la URSS. Al mismo tiempo Gacaoglu hablaba en los micrófonos de Radio Free Europe denunciando que en la URSS los ateos cerraban las mezquitas. En 1957 dio una rueda de prensa con Garip Sultán, otro viejo oficial del ejército nazi en el Cáucaso, para denunciar la deportación en masa del pueblo checheno. Sultan era hijo de un capitalista tártaro-bashkir expropiado durante la colectivización de 1929. Cuando falleció hace tres años, los obituarios de la prensa alemana se olvidaron de los aspectos desagradables de su biografía. Sólo recordaron su lucha en favor de la libertad de expresión en la URSS, cuando hablaba en las emisoras de la CIA bajo el seudónimo de Fanis Ishimbay.

En julio de 1953 una delegación de la Hermandad Musulmana de Egipto, entre ellos Said Ramadán, hijo de Hassan al-Banna, el fundador de la Hermandad, se reunió en la Casa Blanca con Eisenhower. En aquella recepción Eisenhower pronunció unas palabras para explicar el significado del acto: en sus relaciones con los dirigentes árabes “nuestra fe en Dios debe darnos un objetivo común: la lucha contra el comunismo y el ateísmo”.

Pero la revolución de los oficiales libres encabezada por Nasser puso en aprietos a los islamistas egipcios. En 1959 Ramadán se tuvo que refugiar en Ginebra (Suiza), donde murió en 1995. Su agente de enlace en la CIA era Bob Dreher, que tenía su base en Munich. En Egipto los islamistas se convirtieron en uno de los puntales más importantes para derrocar al gobierno de Nasser, estrechamente aliado a la URSS.

Una nota confidencial del BUPO (servicio secreto suizo) fechada el 17 de agosto de 1966 evoca abiertamente los vínculos de Ramadán con el imperialismo: “Definitivamente, mantiene excelentes relaciones con los ingleses y los americanos”. Un año después otro documento (5 de julio de 1967) presenta al islamista como “un agente de información de los ingleses y de los americanos. Además, creo que ha prestado grandes servicios en términos de información – BUPO”.

Gracias a sus influencias, el director de la fiscalía federal suiza no sólo infringió una orden de deportación de 31 de enero de 1967, sino que seis meses después le concedió permiso de residencia: existía la posibilidad “de que los amigos de Said Ramadán tomen el poder en los próximos meses en uno u otro Estado que ahora se conoce como progresista o socialista”.

Al exiliado egipcio nunca le faltaron medios: viajaba por Europa en un impresionante Cadillac americano pagado por la familia real saudí. Con el dinero de la CIA y de los saudíes creó en Ginebra el Centro islámico, la primera institución de este tipo en Europa. También fue uno de los fundadores de la Liga del Mundo Islámico. Eran las primeras redes islamistas europeas, que en aquella época se dirigían contra el bloque socialista a través de tentáculos de la CIA como Amcomlib (American Committee for the Liberation of the Peoples of Russia) y American Committee for Liberation from Bolshevism con los que Ramadán estaba en contacto permanente.

En los años cincuenta el dirigente de Amcomlib era Isaac Patch, que en 2005 fue entrevistado por el Wall Street Journal, manifestando que el empleo de islamistas en la lucha contra el comunismo estaba fuera de cualquier clase de dudas porque “son grandes creyentes y grandes anticomunistas”.

Sin embargo, Von Mende no estaba satisfecho ni con la CIA ni con la organización de las redes islamistas en Europa: “Alemania es una puerta que nadie controla porque no tiene portero. Todo el mundo viene y hace lo que le da la gana”. Se propuso buscar un portero y lo encontró en Nurredin Nakibhodscha Namangani, un imán originario de Uzbekistán que fue detenido en 1941 por la policía soviética y poco después liberado por el ejército nazi, al que se incorporó activamente. Se convirtió en imán de una división de las SS y fue condecorado con la Cruz de Hierro.

Namangani llegó a Munich en 1956 con los gastos pagados por el espionaje germano occidental. Creó una comisión para edificar varias mezquitas, ya que en aquella época no había más que dos en toda Alemania. La construcción de una nueva en Munich puso en contacto a las dos redes anticomunistas, la de Namangani y la de Ramadán, que en 1959 organizaron el primer Congreso Islámico Europeo, financiado por el espionaje estadounidense y alemán a través de distintos intermediarios, como Amcomlib.

La mezquita de Munich no estaba destinada sólo para el culto de los musulmanes alemanes sino que debía convertirse en el mando a distancia contra el movimiento comunista internacional. Después de controlar la religión, los imperialistas estaban decididos a dictar el credo, los salmos y las letanías, es decir, a convertirla en el centro de la guerra santa contra el bloque socialista.

La guerra de Vietnam congeló aquel proyecto, hasta que en 1979 Afganistán y la llegada del régimen de los ayatolas a Irán puso de nuevo a los islamistas en la primera línea. Para entonces en Munich había tomado el relevo uno de los sicarios de Ramadán, un sirio nacionalizado italiano, Alí Ghaleb Himmat, que había llegado a la mezquita como estudiante, amasando una gigantesca fortuna personal de origen saudí cuyo centro era el Banco Al-Taqwa.

Tras los atentados del 11 de septembre de 2001 Bush acusó al Banco Al-Taqwa de financiar a Al-Qaeda. Además de Himmat, el socio mayoritario del Banco era el italo-egipcio Yussef Nada, también dirigente de la Hermandad Musulmana, encarcelado por Nasser en 1954 y al que la propaganda imperialista presentó como “uno de los cinco lugartenientes de Bin Laden”.

El Banco tenía una sede en Nassau (Bahamas), otra en Lugano (Suiza) y otra en Liechtenstein. A causa de ello la fiscalía suiza abrió una “investigación” que duró más de tres años y no condujo a ninguna parte porque, después de la intensa campaña de propaganda, Estados Unidos no aportó ninguna prueba contra el chiringuito financiero de Himmat y Nada. Las pruebas podían volverse contra ellos mismos. En cualquier caso siempre es mejor guardar la mierda debajo del felpudo.

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Asia

Otro importante revés de Estados Unidos en Asia central

Hace dos semanas el secretario de Estado John Kerry visitó Delhi, la capital de India, asistiendo a una rueda de prensa ante un grupo selecto de periodistas locales, que le preguntaron por la opinión de Estados Unidos acerca de que India no se hubiera sumado a las sanciones impuestas contra Rusia. Era precisamente uno de los motivos de su visita y el americano apenas logró esbozar una mueca de resignación. Acababa de perder a unos de sus más fieles socios. La incorporación de India a la Organización de Cooperación de Shanghai, conocida como la OTAN de oriente, es inminente.

El denominado Grupo de Shanghai se constituyó en 2001 y hasta ahora ha estado formado por Rusia, China, Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán y Uzbekistán, es decir, los países de Asia central que formaron parte de la URSS, junto con China. La incorporación de India supondrá un importante revés para el imperialismo estadounidense en la región, entre otras repercusiones internacionales de muy largo alcance, no sólo en el terreno estratégico y militar, sino también en el económico, ya que el Grupo de Shanghai tiene su contrapartida en la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, del que también forman parte Rusia y China, ente otros países.

La actual crisis está confirmando que la ley leninista del desarrollo desigual es uno de los rasgos fundamentales del imperialismo: mientras unas potencias languidecen, otras se desarrollan poderosamente, trasladando los centros económicos mundiales de unas regiones a otras.

La actual crisis demuestra que las viejas potencias imperialistas se están hundiendo estrepitosamente, mientras han aparecido otras emergentes, especialmente China, Rusia e India, que están convirtiendo al Extremo Oriente en el centro del capitalismo mundial y de sus contradicciones más importantes.

El desarrollo económico asiático parece aún más impetuoso en la medida en que sus competidores internacionales naufragan, tejiendo nuevos alineamientos económicos, políticos y militares que conducen a una nueva guerra mundial.

Además de India, al Grupo de Shanghai se van a incorporar también Pakistán e Irán, otras dos potencias nucleares, dando un vuelco a la situación existente: el aislamiento de Irán se ha convertido en el aislamiento de Estados Unidos, que deberá retroceder no sólo en el Océano Índico sino en la región estratégica del Golfo Pérsico, lo cual supone la evacuación definitiva de Afganistán, de los antiguos países pertenecientes a la URSS (Uzbekistán, Kazajistán, Kirsguistán, Tayikistán) y, en fin, de Asia Central.

En la región el repliegue de Estados Unidos acabará en desbandada. La ampliación del Grupo de Shanghai, afirma el diplomático hindú Bhadrakumar (1), le impedirá continuar manipulando como hasta ahora a las organizaciones fantasmas del tipo Al-Qaeda y sus campañas de desestabilización por todo el mundo, que fue uno de los motivos de la creación de la alianza asiática.

Los nuevos socios aportarán a Rusia una “profundidad estratégica” de la que ahora carece, no sólo en el terreno militar sino también económico. Medidas del imperialismo occidental como las actuales sanciones económicas se convierten en un hazmerreir propicias sólo para cubrir de aspavientos los noticiarios en los horarios de mayor audiencia. Rusia ya ha anunciado que sustituirá las importaciones con otras procedentes de los países del nuevo bloque económico, mientras “se prepara para la guerra y tiene intenciones de reconstituir completamente su agricultura para vivir en situación de autosuficiencia”(2).

Por su parte, Rusia no sólo garantizará al grupo el sumunistro de hidrocarburos sino que el intercambio creciente va generar un importante núcleo económico y financiero en el que el dólar estará ausente.

Hasta la fecha India era, junto con Japón, Corea y Filipinas, el cinturón de seguridad que el imperialismo estadounidense había trenzado contra China. Durante las últimas elecciones celebradas en abril, nadie esperaba que el nuevo primer ministro Narendra Modi diera un vuelco a la política exterior de India, tradicionalmente enfrentada a Pekín. Más bien al contrario. No es extraño que en Moscú algún medio hable de una “revolución de dimensiones internacionales”.

(1) M. K. Bhadrakumar: Modi leads India to the Silk Road, Rediff News, 7 de agosto, http://www.rediff.com/news/column/modi-leads-india-to-the-silk-road/20140807.htm
(2) Thierry Meyssan: El inicio del cambio de rumbo mundial, Red Voltaire, 11 de agosto, http://www.voltairenet.org/article185030.html

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La lucha contra la opresión nacional es un campo de minas

Juan Manuel Olarieta

La lucha contra la opresión nacional es el típico campo de minas al que la burguesía arrastra a las organizaciones del proletariado para aplastarlas de una manera bastante sencilla. El proletariado se introduce en la trampa movido por un poderoso cebo: en definitiva, se apresta a defender una causa aparentemente justa, que es la de las naciones oprimidas. De esa manera, se desangra a medida que van explotando bajo sus pies todos y cada uno de los explosivos que la burguesía ha ocultado cuidadosamente.

Una de esas minas es la de que la opresión justifica casi cualquier cosa. Las naciones oprimidas (y las colonias) son intocables por el mero hecho de serlo. Cuando no es sólo la opresión de una nación sino la de un continente entero y cuando la naturaleza política de los movimientos populares a duras penas va más allá de la liberación nacional, parece obligado callarse la boca: ningún extranjero (sobre todo si es originario de un país colonizador) puede hacer otra cosa que lamentarse y seguir la corriente.

En Latinoamérica la inmunidad se extiende a la burguesía nacional, que juega el papel de víctima como nadie, de tal manera que una crítica a Bolívar, por ejemplo, se convierte en un ataque a Venezuela o incluso a toda América Latina. La figura de Bolívar debe quedar como la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro en plena Semana Santa. Marx tuvo que equivocarse. Necesariamente. Quien resulta intocable no es Marx sino Bolívar.

La burguesía ha convertido a Bolívar en una figura de culto, en un mito Libertador y en los años sesenta los revisionistas hicieron lo propio, lo que les caracteriza (seguidismo respecto de la burguesía) reconvirtiendo al héroe de una clase social en el héroe de la otra. Según el revisionismo Venezuela necesitaba menos Marx y más Bolívar. El país no estaba maduro para el socialismo sino que debía atravesar uno de esos procesos previos de liberación nacional y de lucha contra el imperialismo que conducen siempre a una línea política muy cómoda: luchamos contra un enemigo extranjero (el imperialismo) de la mano de «los nuestros» (la burguesía).

¿Qué tenía Bolívar que Marx no supiera apreciar?, ¿estaba mal informado alguien tan meticuloso como él que hizo de la información una obsesión? Algunos lo explican recurriendo al «eurocentrismo», lo que es harto significativo. Las opiniones de Marx sobre Bolívar podrán ser erróneas (que no lo son) pero no como consecuencia de ningún eurocentrismo. Por el contrario, la defensa a ultranza de Bolívar es típicamente burguesa y lo más significativo es que no creo que nadie en Catalunya -por ejemplo- saque las uñas porque alguien llene de lodo a una figura como Prat de la Riba.

Sobre México Marx y Engels no escribieron absolutamente nada. Se limitaron a referirse al país incidentalmente en unos pocos escritos y cartas, todas ellas redactadas entre 1848 y 1864. Caben en una pequeña cuartilla y sobra papel. En sus comentarios Engels afirma algo sobre la situación previa del país que nadie ha desmentido, por lo que habrá que darlo por bueno: a medidos del siglo XIX México se encontraba desgarrado por «perpetuas guerras civiles» y a punto de caer en el «vasallaje industrial» de Inglaterra. Cuando Estados Unidos se apoderó de Texas y California el país centroamericano fue «lanzado al movimiento histórico», escribió Engels, del mismo modo que la historia moderna de España empieza con la invasión por las tropas napoleónicas de 1808.

Lo que diferencia a Marx y Engels de la burguesía nacionalista es que ellos no exponen ningún proceso histórico de manera unilateral. Engels refiere los dos aspectos divergentes de la conquista de Texas y California. Alude a la vulneración de «principios morales» como la independencia o la justicia, que son los únicos que las plañideras nacionalistas lamentan, pero valora otros aspectos que, incluso, resultan favorables a México, según Engels. Por consiguiente, no se pronuncia contra México, como dicen los nacionalistas, sino a favor de México. No se refiere al beneficio de Estados Unidos sino al del propio México.

Engels no tiene las estrechas miras de la burguesía (la pérdida de una parte del territorio), sino que lleva su análisis muy lejos: la apertura de las minas de oro de California -dice- interesa al desarrollo de América entera porque se trata de un acontecimiento histórico de primera magnitud. Junto con el ferrocarril que de costa a costa unió a Nueva York con San Franciso, California imprimió una nueva orientación al comercio mundial incorporando por primera vez al Océano Pacífico al comercio mundial («a la civilización», dice Engels).

Para los cortos de vista los artículos de Engels se prestan hoy a una manipulación estúpida, también típica del cretinismo burgués, por lo que parece necesaria otra aclaración: en aquella época, mediados del siglo XIX, el capitalismo no había entrado en su etapa imperialista y Estados Unidos no desempeñaba el papel que hoy desempeña, ni en América Latina ni en el mundo, sino más bien todo lo contrario, era la locomotora más avanzada de América, mientras que no cabe decir lo mismo de México. Es cierto que la «doctrina Monroe» (América para los americanos) no era nada inocente (América para los norteamericanos). Estados Unidos trataba de expulsar a Inglaterra (y a los europeos, en general) del continente. Sin embargo, ¿hubiera sido preferible para México el vasallaje industrial de Inglaterra al que se refería Engels?

A mediados del siglo XIX la situación de México era tan lamentable que en 1863, después de perder Texas y California, el país entero cayó bajo las garras de Maximiliano, que estableció un imperio… francés. Pero no sólo fue México. En aquella época las fronteras no tenían el significado que ahora tienen y países enteros se compraban y se vendían como mercancías. Francia vendió Luisiana, Rusia vendió Alaska, España vendió Florida… y si no había acuerdo sobre el precio, un país aún podía expandir sus dominios a las bravas, como hizo Estado Unidos con Puerto Rico (a costa de Puerto Rico y de España) en 1898.

Salvo en la época de la Unión Soviética, en el derecho internacional siempre ha imperado la «ley de la bandera», según la cual las fronteras de un país llegan hasta donde la fuerza del ejército sea capaz de sostenerlas. El caso reciente de Crimea ha vuelto a demostrar que las fronteras son una especie de termómetro que mide la capacidad de un ejército y, por consiguiente, de un Estado. ¿Qué opinión puede merecer un Estado y un ejército que no son capaces de defender sus fronteras? Pues bien: despues de perder Texas y California, México siguió perdiendo más territorios y no reaccionó hasta la gran revolución de 1911. El México que hoy conocemos no empieza con el «Grito de Dolores» de 1810 sino un siglo después.

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Los escritos de Marx sobre el colonialismo

Juan Manuel Olarieta

La burguesía nacionalista, especialmente en Latinoamérica, siempre ha deplorado los escritos de Marx y Engels relativos a la colonización, que consideran como un apoyo al expansionismo europeo, un embellecimiento fruto de una supuesta deformación eurocéntrica que llevó a los fundadores del socialismo científico a convertirse en unos vulgares apologistas de las conquistas y el saqueo del Tercer Mundo.

Es típico de la obnubilación patriotera que considera siempre mejor lo autóctono que lo foráneo: aquí estábamos muy bien hasta que desde fuera llegaron los colonos (o los emigrantes). Los males de una nación siempre proceden de fuera. Los extranjeros son tanto peores en cuanto que los nacionalistas son capaces de vestir lo propio con las mejores galas. En el caso de la colonización, las críticas a la rapiña siempre han solapado la verdadera situación previa a la conquista. Los nacionalistas han creado la falsa impresión de que los problemas de la India, por ejemplo, empiezan con la colonización británica. A veces los problemas también acaban con la propia colonización.

Ellos nunca reconocerán la evidente superioridad (tecnológica, económica y militar) de los colonialistas, ni que la relativa facilidad con la que se extendió el colonialismo en todo el mundo fue -en parte- consecuencia de la profunda descomposición de las sociedades locales, que distaban mucho de ser idílicas. Por ejemplo, en el caso de la India, dice Marx, antes de la llegada de los británicos el asesinato era uno de los «ritos religiosos».

Poner de manifiesto esos aspectos no disimula en absoluto los horrores y crímenes en masa que el colonialismo desencadenó en África, Asia y América. Es necesario hacerlo así para comprobar la manera sesgada en que, a diferencia del proletariado, la burguesía expone la historia.

En sus artículos Marx no escribió postales a la manera turística sobre los parajes exóticos de la India. Se interesó por la sociedad y profundizó en su historia anterior, lo cual no está nada mal para un subcontinente que carecía de ella, es decir, de historia, debiendo recordar a la burguesía nacionalista que Marx precisa que se trata de «historia conocida», o sea, que Marx trata de conocer algo desconocido y es de los pocos que en aquella época -lo mismo que en la actualidad- se interesan por ello y no por monumentos de piedra como el Taj Mahal.

Para tratar de reconstruir la historia de la India Marx se remonta a los tiempos en que fue presa de conquistadores extranjeros, como los árabes, los turcos, los tártaros o los mongoles: «Lo que llamamos historia de la India no es más que la historia de los sucesivos invasores que fundaron sus imperios sobre la base pasiva de esa sociedad inmutable que no les ofrecía ninguna resistencia». En la medida en que la dominación no encontraba resistencia, a los conquistadores les interesaba preservar la sociedad tal cual la encontraron, hasta el punto de que los de fuera acabaron siendo asimilados por los de dentro, lo cual Marx califica como una la ley «inmutable» de la historia: «Los conquistadores bárbaros son conquistados por la civilización superior de los pueblos sojuzgados por ellos».

Al llegar los británicos la India estaba envuelta en una guerra interna, «y mientras todos luchaban contra todos irrumpió el conquistador británico y los sometió a todos». Tras la colonización, dice Marx, la India pasó de un «despotismo asiático» a un «despotismo europeo cultivado» que, además, fue «infinitamente más intenso» que el anterior. El despotismo británico, dice Marx, mantuvo «esclavizada» a la India «con ayuda de un ejército hindú sostenido a costa de la misma India», algo que los nacionalistas tampoco suelen reconocer: la colonización es imposible sin la pasividad e incluso el apoyo de una parte -al menos- de la población local y los sectores sociales que la dirigen.

En la época en la que se escribieron los artículos de Marx sobre la India, hacia 1850, resultan extraordinariamente sorprendentes porque no se dirigían al lector europeo, sino al americano, que sólo 60 años antes también había padecido los estragos del colonialismo británico. Salvo los aficionados a la geografía y las exploraciones, nadie conocía (y menos en Nueva York o Chicago) aquel lejano país poblado por nativos sometidos a la esclavitud, férreamente divididos en castas que apaciguaban su rebeldía con ancestrales supersticiones místicas.

Pero el colonialismo británico tuvo un aspecto diferente de todas las conquistas que hasta entonces se habían impuesto en la India: los invasores no fueron absorbidos por la sociedad local, convirtiéndose en «los primeros conquistadores de civilización superior a la hindú» hasta el punto de que, precisamente por ello, «resultaron inmunes a la acción de esta última».

Marx tenía razón: es una verdadera la ley «inmutable» de la historia. Lo mismo que los demás «pueblos sin historia», también la India estaba destinada a convertirse en una «presa fácil» para cualquier agresor que se dignase fijar su atención en el país. Había sido conquistada por los británicos del mismo modo que antes lo había sido por otros pueblos, un fenómeno que no se puede entender de una manera unilateral sino en toda su amplitud, como un proceso contradictorio y paradógico de destrucción y construcción a la vez: «Las páginas de la historia de la dominación inglesa en la India apenas ofrecen algo más que destrucciones. Tras los montones de ruinas a duras penas puede distinguirse su obra regeneradora. Y sin embargo, esa obra ha comenzado».

En contra de lo que afirman los patrioteros, Marx describe con una claridad pasmosa tanto la destrucción de la sociedad tradicional hindú como su contrario, la construcción de otra nueva sociedad sobre las ruinas de la anterior. Si los nacionalistas no estuvieran tan cegados por sus prejuicios de clase, deberían interesarse especialmente por lo que Marx expone al respecto: paradógicamente el colonialismo británico puso (impuso más bien) los cimientos para edificar «la unidad política de la India» y, por consiguiente, para que el país pudiera lograr su independencia. La espada británica -escribió Marx- es la primera condición para la regeneración de la India, que se fortalecerá y perpetuará con aportaciones como el ferrocarril o el telégrafo eléctrico: «El ejército hindú, organizado y entrenado por los sargentos ingleses, es una condición sine qua non para que la India pueda conquistar su independencia y lo único capaz de evitar que el país se convierta en presa del primer conquistador extranjero».

La torpeza de los nacionalistas queda al descubierto sólo con tener en cuenta que Marx aludía a la independencia de la India con un siglo de antelación, algo que parecía impensable a mediados del siglo XIX. Pero hace ya mucho tiempo que la India logró su independencia, y lo realmente sorprendente es que los independentistas sigan sin querer aprender de la historia real y prefieran inventarse otra diferente.

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Ni leninismo ni liberación nacional

Juan Manuel Olarieta

En un reciente artículo un militante de Primeira Linha, Mauricio Castro, tergiversa las concepciones marxistas sobre las naciones y las luchas nacionales para exponer las suyas propias, que son las de la burguesía nacionalista. Por mi parte no voy a seguir su mismo proceder, es decir, no voy a tratar de exponer lo que la burguesía sostiene acerca del problema nacional. De lo que se trata aquí es de restaurar el pensamiento de Marx y Engels al respecto.

En la cuestión nacional Marx y Engels expresaron el punto de vista del proletariado que, como no podía ser de otra forma, es el opuesto al de la burguesía y, por consiguiente, también es un punto de vista opuesto al que Castro y su grupo defienden. Los intentos de Castro por disimular la naturaleza de clase de las posiciones nacionalistas como si fueran las de Marx y Engels son paralelas al intento opuesto, es decir, a hacer pasar a Marx y Engels como nacionalistas y, en definitiva, como burgueses.

Los movimientos nacionalistas que pretenden apoyarse en el marxismo padecen la ilusión de analizar la historia desde el punto de vista nacional, incluso a veces de manera exclusiva, de tal forma que en la historia no son capaces de ver otra cosa que naciones, problemas nacionales y luchas nacionales. Para ello Castro asimila la lucha de clases a la lucha nacional cuando afirma que la explotación, la opresión y el dominio de unas naciones sobre otras constituyen un aspecto de la misma totalidad social y universal.

En definitiva, para la burguesía nacionalista las luchas nacionales son el motor de la historia. Pero ocurre que el marxismo sostiene todo lo contrario y fundamenta la historia sobre unas bases científicas diferentes, de tal manera que a partir de aquí es imposible entenderse siquiera porque no se trata de que la burguesía y el proletariado tengan una concepción distinta de los movimientos nacionales sino una concepción distinta de la historia, de toda la historia, y es obvio que las naciones y las luchas nacionales no son otra cosa que una parte de la historia.

El punto de vista de la burguesía que tan claramente expone Castro es el opuesto al punto de vista de Marx y Engels. Por eso, como él bien dice, en Marx y Engels la cuestión nacional «no fue un tema central» y también por eso mismo tuvieron una «comprensión parcial» del fenómeno nacional y del nacionalismo. Lo que Castro no acaba de rematar, porque su punto de vista de clase se lo impide, es aclarar cuál fue el «tema central» de Marx y Engels, es decir, el hilo conductor a través del cual analizaron el problema nacional que, como es bien sabido, son las clases y la lucha de clases.

No obstante, según confesión propia, Castro no pretende centrarse exactamente en Marx y Engels sino en Lenin, con lo que pone de manifiesto el nudo de este asunto, que también tiene una naturaleza de clase porque la esencia del leninismo conduce a defender que en las condiciones del imperialismo el proletariado debe ponerse al frente de los movimientos nacionales, es decir, que quien debe dirigirlos no es la burguesía sino el proletariado.

El nuevo aspecto que las luchas nacionales adquieren bajo el imperialismo es lo que ha conducido a que, como en el caso de Castro, la burguesía trate de disfrazar sus posiciones de clase con los ropajes del marxismo, o dicho de otra manera: cuando los grupos nacionalistas, como Primeira Linha, se disfrazan de marxistas, lo que tratan es de que la burguesía siga dirigiendo la lucha contra la opresión nacional, poniendo al proletariado bajo su batuta. El nacionalismo y la lucha nacional son la coartada para que el proletariado siga sometido a la burguesía.

El planteamiento marxista-leninista es justo el contrario: el proletariado dirige los movimientos nacionales con su propia organización de vanguardia, con su propia ideología y su propio programa, que es una parte de la revolución socialista. Las posiciones leninistas se enfrentan a las pretensiones de la burguesía de dirigir al proletariado y pretenden todo lo contrario: dado que la lucha nacional es una parte de la lucha contra el imperialismo y dado que en las condiciones del imperialismo la burguesía no puede dirigirla, la única clase capaz de dirigir los movimientos nacionales es el proletariado.

Son, pues, dos posiciones diametralmente opuestas. En el caso de grupos como Primeira Linha la burguesía trata de dirigir al proletariado; en el caso de los comunistas, es el proletariado quien trata de dirigir a la burguesía. A partir de aquí se desprende todo lo demás: mientras proletariado dirige de una manera transparente y no oculta sus objetivos, la burguesía se hace pasar por lo que no es, tergiversa, manipula y retuerce la historia para que se acomode a sus pretensiones. Esa es la esencia del artículo de Castro, cuyos ataques no se ciñen a Marx, Engels y Lenin, sino que se extienden al conjunto de los dirigentes más destacados del movimiento obrero y comunista internacional.

Por mi parte creo que bastará con poner un ejemplo para ilustrar lo que Castro considera como una de esas «contradicciones» de Marx y Engels en su planteamiento de la lucha contra la opresión nacional. Cuando Hungría se independizó de Austria tras la revolución de 1848, Marx y Engels apoyaron al movimiento independentista húngaro. No obstante, de manera inmediata los checos se levantaron a su vez contra los húngaros para lograr exactamente lo mismo, pero Marx y Engels se opusieron esta vez a las pretensiones de los checos.

¿Por qué? La explicación la dieron Marx y Engels y conduce a aclarar algo que los nacionalistas ni quieren ni pueden: el movimiento nacionalista checo estaba dirigido por el zarismo, uno de los focos más importantes de la reacción europea en aquella época. Pero la burguesía analiza las luchas nacionales «en sí mismas», ocultando todo lo demás, como si fueran entes metafísicos porque eso le permite un doble juego. El primero es sacar adelante su propia estrategia: utilizar al movimiento nacional para sus propios intereses de clase. El segundo es tratar confundir diciendo que los ataques a la burguesía son ataques a la nación o a la lucha nacional.

Fuera de las clases y de la lucha de clases, los movimientos nacionales no son nada más que una abstracción puesta fuera de contexto y, por consiguiente, de la historia. Se puede decir aún más claramente, para que no quepan dudas: extraer a un movimiento nacional de la historia es una manipulación. Si, como hace Castro, se extrae no sólo uno sino todos los movimientos nacionales de la historia para criticar a los comunistas, el asunto alcanza cotas de aberración que sólo son posibles en la clase social a la que pertenece el autor del artículo.

La coherencia de clase no tiene nada que ver con la incoherencia nacionalista que los burgueses como Castro han creído encontrar en Marx y Engels. Esa coherencia es la misma con la que el marxismo analiza cualquier otro movimiento social y consiste en preguntar: esa lucha, ¿quién la dirige? Es lo mismo que preguntar: esa lucha, ¿hacia dónde se dirige?, o ¿contra qué o contra quién se dirige? Si se obtiene respuesta a la primera pregunta, se obtienen también a las demás. Por lo tanto, si el movimiento nacional lo dirige la burguesía, la opresión nacional no se va a acabar nunca porque la burguesía no es hoy la clase social capaz de resolverlo, como el artículo de Castro pone de manifiesto. La burguesía no es la solución a la opresión nacional sino parte de esa misma opresión.

(*) Mauricio Castro, Leninismo y liberación nacional, http://www.lahaine.org/index.php?p=79113
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Aroma de corrupción entre la burguesía catalana

Juan Manuel Olarieta

Hace un año y medio el militante de «Podemos» y antiguo fiscal del Estado Carlos Jiménez Villarejo publicó un artículo sobre el caso Banca Catalana (*), que conocía muy bien porque fue quien lo «investigó» en 1984: un agujero de 20.000 millones de las antiguas pesetas. Eran los primeros tiempos del gobierno del PSOE.

Lo primero que hay que poner de manifiesto es el carácter oportunista de Villarejo, que entonces guardó silencio porque le importó más su carrera en la fiscalía. Ha tenido que esperar a asegurarse su jubilación para publicar la denuncia, cuando ya no tenía la obligación profesional de denunciar. El mundo al revés.

Pero el artículo de Villarejo tampoco era información exactamente, sino un relato inconexo de corruptelas en el que el fondo de asunto, el capitalismo monopolista de Estado, quedaba enterrado. No hace falta ser fiscal ni investigar mucho en la corrupción para que aparezca siempre la estrecha conexión del capital con el Estado (del que formaba parte Villarejo), la necesidad que tienen los monopolios de recurrir al Estado para competir unos con otros (y con el exterior), así como el chantaje de crear otro Estado si el que tienen no les da lo que necesitan.

Aunque ambos están estrechamente relacionados, el caso Banca Catalana fue mucho más importante que el actual caso Pujol y ambos demuestran la verdadera naturaleza de la burguesía catalana y su juego con el Estado español: la corrupción en Catalunya es el precio que ha tenido que pagar el Estado para mantenerse como tal en Catalunya y para que en Madrid la burguesía catalana (Unió, Convergencia, ERC) sostuviera a la monarquía y a los gobiernos del PSOE.

Hablando de capitalismo lo más normal es que siempre aparezca un precio, o sea, uno que paga y otro que cobra. Al tiempo que la burguesía catalana se convertía en uno de los puntales más importantes del Estado fascista, el precio pagado por el PSOE en los ochenta sirvió para engordar política y económicamente a aquella burguesía. En las condiciones actuales del capitalismo monopolista de Estado una cosa (la política) siempre va ligada a la otra (la economía). No es posible competir (políticamente) sin competir (económicamente) y eso un figurante como Villarejo en una organización de figurantes como «Podemos» deberían saberlo.

Es el catecismo: los partidos típicamente oportunistas nunca tendrán ninguna oportunidad política sin un tinglado capitalista a su lado que les ponga el dinero encima de la mesa, lo cual es especialmente cierto en el caso de los «independentistas», como el BNG o Bildu. Si no disponen de uno, lo tienen que crear, y ese ha sido siempre el llamado «problema de la corrupción» que han padecido los trepas y advenedizos.

En Catalunya la quiebra de Banca Catalana no fue lo que cuenta Villarejo. No fue un asunto personal de los consejeros que, como Pujol, se lucraron sino algo de más calado: el intento de la burguesía catalana de crear algo que nunca tuvo, un grupo financiero propio ligado a un proyecto político. Pero llegó tarde, no sólo porque en los tiempos del monopolismo queda ya muy poco sitio para nadie más, sino porque la banca estaba en crisis y el PSOE se embarcó en un plan de rescate del conjunto del sistema financiero. Sobraban más de la mitad de los bancos.

El PSOE hizo dos cosas en favor de la burguesía catalana: no sólo pagó las deudas con dinero público, faltaba más, sino que manipuló el sistema judicial para que ningún financiero ni político catalán se tuviera que sentar en el banquillo. Como recordó Villarejo, el Fiscal General del Estado prohibió llevar a los tribunales a los implicados en el caso Macià Alavedra aunque cínicamente reconoció que los hechos desprendían “un aroma de corrupción”.

Fue un chantaje mutuo, un acuerdo entre caballeros que contribuyó a asegurar la «gobernabilidad», a reconducir los acontecimientos tras el golpe de Estado del 23-F. Ganaron tiempo, engordaron las arcas (las economicas y las electorales), e incluso arrinconaron al PP, los voceros del centralismo en Catalunya, a quienes relegaron a la marginalidad política. Lo mismo sucedió con otro tipo de organizaciones, típicamente reformistas y de «izquierda», que son tentáculos de la burguesía catalana.

Si tuviéramos memoria histórica recordaríamos la Operación Roca de 1986, otro eslabón del esfuerzo de la burguesía catalana por meter las narices en «Madrid», que para los nacionalistas (catalanes, vascos y gallegos) es una entelequia como El-País-de-Nunca-Jamás. El nombre de Roca sonará como abogado de Cristina de Borbón en el caso Noos. ¿Cómo es posible que la Corona ponga su defensa en manos de un catalanista como Roca? Por lo mismos motivos por los que la referida Cristina empezó su carrera con La Caixa de Catalunya.

¿Se acuerda alguien de todo eso? ¿Se acuerda alguien de que quien llevó de la mano a Roca en su Operación madrileña no era otro que Florentino Pérez? Pero, ¿no es Florentino Pérez un representante típico del monopolismo más vinculado al centralismo madrileño? ¿Acaso no es el presidente del Real Madrid? Al mismo tiempo, ¿no ascendió como testaferro de la Banca March?

La Operación Roca llegó el mismo año en que los tribunales tapaban definitivamente el fraude de Banca Catalana y fue otro fracaso más a apuntar en el pasivo del balance. La Operación Roca fracasó por los mismos motivos por los que fracasó Banca Catalana: iban con retraso, llegaban tarde a la historia.

Pero no todo fueron pérdidas…

Algún eslabón se ha tenido que romper ahora para que alguien haya logrado hundir a un puntal de la transición como Pujol. La historia de la transición ya no se va a poder escribir como hasta la fecha. No sólo Pujol: el propio sistema impuesto durante aquella época (en Catalunya y fuera de ella) ha dejado de ser un poco menos honorable (si es que alguna vez tuvo una pizca de honorabilidad).

Pero no se ha roto un único eslabón sino muchos, por no decir todos: el Estado que pusieron en pie durante la transición se ha venido abajo. El rey abdica, la prensa (El País, El Mundo, La Vanguardia) padece una purga a gran escala, el PSOE naufraga, llegan caras nuevas para sotener los podridos pilares y en el horizonte están a punto de aparecer los nuevos alineamientos de España en el seno del imperialismo.

Nada va a ser como antes. La burguesía catalana ya no espera nada de El-País-de-Nunca-Jamás y vuelve a la carga de la única manera que le queda. Desde «Madrid» la caverna les ha enseñado los dientes cuando preparaban una Diada triomfant para después del verano, una exhibición que les debía llevar a la consulta soberanista en unas condiciones pletóricas. Han hundido su buque insignia. Lo que quizá no se hayan dado cuenta es que han hundido mucho más que eso y con el tiempo se acabarán arrepintiendo. El-País-de-Nunca-Jamás funciona así: quien fabrica más separatistas en Barcelona es el separador de Madrid.

Lo que está claro es que todos y cada uno de los mimbres con los que se tejió el actual tinglado político se han venido abajo. La crisis es galopante, por supuesto la crisis capitalista, pero también la crisis política.

(*)
http://www.elplural.com/opinion/persecuci%c3%b3n-a-catalu%c3%b1a-nada-m%c3%a1s-lejos-de-la-realidad-el-agujero-de-20-000-millones-fue-asumido-por-el-estado/
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El punto de vista partidista

Juan Manuel Olarieta

A diferencia de lo objetivo, su contrario, lo subjetivo, tiene mala fama. La ciencia y la buena información tienen que ser objetivas, necesariamente, por antonomasia. Si a una información le acusan de ser subjetiva, es sinónimo de parcial, es decir, de que es sólo una parte que oculta el resto de la información. La buena información es imparcial, o sea no parcial, o sea, aquella que lo cuenta todo, que no oculta absolutamente nada.

Ya lo dijo Hegel: «lo verdadero es el todo»(1). Pero como consecuencia de una trampa estúpida de la ideología modernista y posmodernista hoy a Hegel le acusan, precisamente por ello, lo mismo que a los marxistas, de «totalitario». Los grandes sistemas filosóficos han sido abandonados en favor de las menudencias, lo cual demuestra el tamaño intelectual de los pensadores modernos, que son insignificantes porque no expresan más que menudencias e insignificancias filosóficas, es decir, vulgaridad.

El todo es una aspiración admirable. Al emprender la gigantesca obra intelectual de la Enciclopedia, la burguesía revolucionaria lo intentó, pero es un empeño imposible. Por ejemplo, no hay un manual de economía que explique toda la economía política. Lo que hacen los científicos (y los planes de estudio) es un resumen: de la totalidad toman en consideración una parte que consideran importante y dejan el resto al margen porque la consideran menos importante. Son, pues, esencialmente parciales, es decir, subjetivos.

Pero ni siquiera se dan cuenta. Hacen esa selección (más o menos) conscientemente en función de criterios más o menos acertados y a eso, a una parte, le llaman «imparcialidad». Algunos científicos, como los historiadores, suelen ser aún peores. Dicen bobadas como que han escrito una obra imparcial sobre la guerra civil de 1936, por encima de «prejuicios» porque no se decantan ni por unos (fascistas) ni por otros (antifascistas) porque todos son iguales, todos ellos cometieron crímenes… Este tipo de historiadores son los más cretinos porque son fascistas pero ni siquiera se han dado cuenta de su adscripción ideológica.

Todos en cualquier aspecto del conocimiento (y de la práctica) tenemos un «punto de vista», miramos al universo, al planeta y a la sociedad desde una determinada perspectiva. No puede ser de otra forma. Las cuestiones a plantear son, pues, de dos tipos. El primero es si somos conscientes de nuestro partidismo, porque en caso contrario, el conocimiento degenera a marchas forzadas. El segundo es: una vez que somos conscientes de ello, se trata de comprobar si nuestro punto de vista es el punto de vista correcto, el único que es capaz de empujar el conocimiento hacia adelante.

Eso conduce al aspecto capital del asunto: la subjetividad y la objetividad no son un estado sino un movimiento: el conocimiento marcha unilateralmente desde lo subjetivo a lo objetivo, sin dejar nunca de ser ni una cosa ni la otra. En palabras de Hegel, «el todo es solamente la esencia que se completa mediante su desarrollo»(2), un desarrollo que va de la verdad relativa a la absoluta (3).

Sigamos con el ejemplo de la guerra civil. Antes los manuales de historia mostraban el punto de vista fascista, pero hoy ya nadie lo hace porque los fascistas lo disimulan con su supuesta «neutralidad». Lo que se está imponiendo cada vez con más fuerza es el punto de vista de los republicanos y antifascistas que, como no podía ser de otra forma, es el punto de vista de las masas. Lo mismo ocurre con cualquier otra disciplina. Siempre hay un punto de vista (un punto de partida) desde el cual el conocimiento se desarrolla, de manera que los demás acaban en vías muertas.

En referencia a la filosofía, Lenin lo calificó como «partidismo», un término repleto de contenidos. El partidismo, por ejemplo, proporciona el punto de vista de la práctica, es decir, no el de aquel «neutral», el de quien no se moja, el de quien ve las cosas desde fuera y desde lejos, sino el de quien está en medio de las batalla, el que forma «parte» del asunto, el militante.

Pero el partidismo de Lenin tiene otro aspecto importante: un punto de vista (subjetivo) desarrolla el conocimiento en oposición y lucha con su contrario. En contra de la creencia de los neutrales, un punto de vista no se suma al contrario sino que se enfrenta él. La burguesía no se suma al proletariado, ni el idealismo al materialismo. Si el conocimiento es una forma de movimiento, un desarrollo o un progreso, es porque, al mismo tiempo, es una contradicción, una lucha de contrarios.

Otra ventaja que tienen los que reconocen su partidismo es que reconocen
también el partidismo del contrario, por más que ellos no sean capaces
de verlo y de verse a sí mismos como parciales. Ellos no se consideran a
sí mismos como una parte sino como la totalidad. Por lo tanto, los
demás no tienen cabida, no son científicos, no son objetivos y tienen
que ser expulsados de la ciencia, de la universidad y de todas partes.
Ellos, pobrecillos, creen que las discusiones sólo tienen cabida en el
fútbol o en la política, pero nunca en la ciencia.

La subjetividad no es sólo la de una persona singular. El pensamiento
humano, escribió Engels, no es el de un individuo, «pero no existe sino
como pensamiento individual de muchos millones de hombres pasados,
presentes y futuros»
(4). Por lo tanto, es subjetivo no sólo porque sea
el pensamiento de alguien sino porque es siempre el de una época, el de
una cultura, el de un país o el que corresponde a un determinado grado
de desarrollo de las fuerzas productivas. El conocimiento, decía Engels,
es una categoría histórica: «Sólo podemos conocer en las condiciones de
nuestra época y hasta donde éstas lo permiten»
(5).

La verdad, la ciencia, el conocimiento no son fantasmas ni abstracciones
sino fuerzas históricas, políticas, sociales y morales. Pero también
aquí hay un error bastante común. Por ejemplo, es corriente escuchar que
la historia la escriben los vencedores. De ahí algunos suponen que el
conocimiento se puede imponer o que la verdad es consecuencia de la
fuerza, cuando es justamente al revés, como escribió el filósofo
soviético Kursanov: la fuerza es consecuencia de la verdad (6). Del
mismo modo que hay teorías y concepciones, como las religiosas, que
conducen a callejones sin salida, hay otras que se abren camino, y al
revés: una determinada concepción y una determinada práctica sólo se
abren camino si realmente son científicas.

(1) Hegel, Fenomenología del espíritu, México, 1966, pg.16.
(2) Hegel, Fenomenología del espíritu, cit.
(3) Engels, Anti-Dühring, México, 1968, pgs.80 y stes.
(4) Engels, Anti-Dühring, cit., pg.75.
(5) Engels, Dialéctica de la naturaleza, pgs.44 y 192.
(6) G.Kursanov, Veritas. Fundamentos de le teoría leninista de la verdad y crítica de las concepciones idealistas modernas, Moscú, 1977, pg.6.
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El Tribunal Supremo como cómplice de la corrupción

Juan Manuel Olarieta

La corrupción no es una disfunción sino que ha formado parte integrante del capitalismo y el Estado burgués desde siempre. Nunca ha habido ningún problema de corrupción. La burguesía (sus monaguillos, sus diputados, sus funcionarios) no puede luchar contra la corrupción porque no puede luchar contra sí misma.

La indignación generalizada contra corrupción procede de dos errores. El primero es suponer que bajo el capitalismo lo público (Estado, políticos, jueces) es algo distinto de lo privado (lucro, empresa, acumulación) en lugar de constatar que lo público es un dispositivo al servicio de lo privado, de ganar más y de enriquecerse pronto.

El segundo error procede de imaginar que si bien hay algunos corruptos, también hay que tener en cuenta a los limpios, los buenos de la película, de tal manera que cuando un funcionario o cargo público se corrompe el limpio le vencerá: hará justicia y devolverá el dinero a las arcas de donde lo sacaron.

En este segundo aspecto de la película están involucrados los jueces y fiscales que, junto a la policía, juegan siempre el papel de limpios. Ellos son un mecanismo de seguridad al que recurrir cuando falla del primero, cuando se corrompe. Si un alcalde (el malo) mete mano a la caja del dinero, el asunto se soluciona poniendo los hechos en conocimiento del juez (denuncia), que le meterá en la cárcel, depuranado así el mecanismo de funcionamiento.

La historia de España no conoce ningún caso de ese tipo porque el remedio (jueces, fiscales) es peor que la enfermedad (corrupción). El juez no es nada distinto del alcalde sino más de lo mismo, empezando por el propio Tribiunal Supremo, cuyo papel histórico no sólo ha consistido en garantizar la impunidad sino en reafirmar una y otra vez que si algún juez se creía su papel de limpio y condenaba a un corrupto, debía echar abajo la condena en segunda instancia.

A mediados del siglo XIX la corrupción, es decir, el Estado caciquil fue una de las palancas más importantes de acumulación especulativa de capitales, de frenética corrupción de la oligarquía, que se estaba enriqueciendo répidamente con las emisiones de deuda pública o las concesiones de ferrocarriles, con el dinero público, en definitiva, hasta llegar a la Restauración (1874), caracterizada por Ortega y Gasset como «la corrupción organizada y el turno de los partidos, como manivela de ese sistema de corrupción». Según él, Cánovas fue «un gran corruptor; como diríamos ahora, un profesor de corrupción. Corrompió hasta lo incorruptible».

El Tribunal Supremo, un órgano judicial típicamente burgués, fue la clave de bóveda de aquella corrupción. Basta repasar las sentencias originales de la Sala Segunda, es decir, criminales, dictadas entre 1856, en que se conservan las primeras, y 1860: no aparece ningún proceso dirigido contra aforados, es decir, contra altos cargos. No había corrupción en España, por lo que todos esos historiadores que hablan de plagas tales como el caciquismo, están equivocados.

Sin embargo, en agosto de 1854 el gobierno tuvo que expulsar del país a María Cristina de Borbón (antigua Regente y madre de Isabel II) y Luis José Sartorius (antiguo Presidente del Gobierno) por el llamado caso de «las piedras», una compra fraudulenta de adoquines para unos caminos que jamás se construyeron. Muchísimo dinero que salió de las arcas públicas y fue a parar a los bolsillos (privados) de los Borbones y de un Presidente del Gobierno. En aquel caso destacan varios aspectos a tener en cuenta:

a) fue el gobierno, no los tribunales, quien tomó la medida de expulsarles de España
b) no lo hizo para castigar a los culpables sino para evitar males mayores a los Borbones y a Sartorius y calmar a los indignados de entonces
c) no se hizo gracias a la legalidad sino en contra de ella, es decir, gracias a un previo golpe de Estado que acabó con el gobierno

No obstante, en 1854 algunos diputados de la Asamblea constituyente demostraron su interés por exigir responsabilidades a María Cristina de Borbón, a la que culpaban, junto a los jefes del partido moderado, de muy graves delitos. Solicitaron también la redacción de una nueva ley de responsabilidades, pero sin mayor trascendencia. La Comisión encargada de depurar responsabilidades, de la que formaba parte Alonso Martínez, encontró que las acusaciones eran «habladurías populares», excesivamente genéricas, no demostradas, por lo que había que crear una de esas comisiones parlamentarias «de investigación» que no investiga nada, deja pasar el tiempo hasta que los indignados se calman… o hasta que organizan otro golpe de Estado que devueva las cosas a su sitio.

Por el contrario, en los diez años comprendidos entre 1860 y 1869 hay once casos resueltos por el Tribunal Supremo contra aforados. De ellos siete son en primera instancia, tres son apelaciones y una súplica, interpuesta contra una de las sentencias dictadas en primera instancia por la Sala Segunda y que resolvió el pleno del Tribunal. Son, por tanto, diez asuntos distintos, uno por año, una cifra insignificante para el saqueo de los fondos públicos que estaba llevando a cabo la oligarquía.

Aunque son muy pocos, en todos esos casos hay aspectos muy destacables. El primero es que los cargos públicos nunca violan ni matan. Los delitos que les imputan tienen que ver, o con el dinero o con seguir manteniéndose en el poder, es decir, con pucherazos electorales, que son una consecuencia de los anteriores, o sea, del dinero. Mantener el cargo es una manera de mantener el negocio, y una manera de hacer negocio consiste en detener a las personas o amenazarlas con enviarle a la guardia civil a su casa.

El segundo es que la mayor parte de ellos van dirigidos contra funcionarios judiciales: en seis supuestos se dirige la acción contra jueces, magistrados y fiscales, en tanto tres son contra gobernadores civiles y uno contra un delegado de hacienda. Parece, pues, obvio que los jueces no son nada distinto de la corrupción sino una parte muy importante de ella, o dicho de otra manera, que es el zorro quien cuida de las gallinas.

Otro dato importante es que en cuatro supuestos el procedimiento tiene su origen en las colonias, y más exactamente, todas las apelaciones se dirigen contra sentencias dictadas por las Audiencias de Manila (dos) y La Habana (una), a las que hay que añadir una causa seguida en primera instancia ante el Tribunal Supremo, dirigida contra el presidente de la Audiencia de Puerto Rico. Como se pudiera pensar, no se trata de que en las colonias hubiera más corrupción, sino que había un mayor control sobre la misma, por la propia naturaleza colonial del lugar, que se encontraba militarizado.

Los asuntos sometidos al Tribunal Supremo eran intrascendentes, centrados en el sector más débil del Estado, los funcionarios judiciales, y relativos a asuntos muy alejados del centro neurálgico peninsular donde estaba el poder. En dos de los litigios, además, los acusados estaban ya jubilados, por lo que los hechos no tenían relación con el ejercicio de sus antiguos cargos, pese a lo cual mantenían el aforamiento. Los jubilados no eran tales: seguían controlando los resortes típicos del laberinto burocrático: amiguismo, enchufes, recomendaciones y prebendas.

Los delitos no fueron perseguidos por la fiscalía, que en asuntos de corrupción siempre se lavó las manos como Pilatos porque era una parte de la corrupción. Quienes acusaron fueron personas particulares que sostuvieron la acusación por dos motivos:

a) porque habían sido perjudicados por el saqueo
b) porque también ellos tenían una parte del poder, es decir, influencia, enchufes y recursos para contraatacar judicialmente

Por ejemplo, sólo una de las acusaciones alude a coacciones electorales, y es debido a que se pretendió derribar el molino de un particular, quien denunció los hechos, amén de que en otro caso aparecía el típico  pucherazo de la época: se destituyó a un ayuntamiento en pleno para colocar otro en su lugar de tal manera que se enriquecieran todos un poco.

¿Cuál fue el papel del Tribunal Supremo ante esta situación? Reafirmar la impunidad y proteger a los corruptos:

a) en las causas resueltas en primera instancia contra aforados, todos los fallos, excepto uno, con condena de veinte duros, determinan la libre absolución del acusado.

b) en las apelaciones (segunda instancia), la sentencia revoca siempre la resolución condenatoria dictada en primera instancia y absuelve libremente, excepto un caso en que rebaja las condenas sensiblemente.

La única condena impuesta por el Tribunal Supremo en primera instancia, lo fue en un delito de detención ilegal imputado a un gobernador civil. Pero en un delito tan grave el Tribunal Supremo aprecia dos atenuantes, una, la de obrar «en interés del orden público», y la otra, la de concurrir algo imposible para alguien con los más elementales nociones jurídicas: se trataba de un delito culposo y no doloso. La pena resultó irrisoria, por tratarse de una multa contra un título nobiliario, el Vizconde del Cerro, que disponía de una cuantiosa fortuna.

En segunda instancia, el Tribunal Supremo anule sistemáticamente las sentencias condenatorias de las Audiencias. La única excepción en que mantiene la condena, aún rebajándola sustancialmente, merece también ser destacada ya que es quizá el único delito de cierta relevancia. Tuvo se origen en Colón, en la isla de Cuba, y estuvieron implicados numerosas e importantes autoridades (párroco, teniente de la Guardia Civil, alcaldes, secretarios del gobierno civil y de los ayuntamientos, etc.) encabezados por el teniente gobernador de la provincia, José Agustín Argüelles.

La sentencia tiene el número 81 y fue dictada el 27 de octure de 1866. Se imputaba a los acusados haberse quedado en su propio beneficio con los esclavos procedentes de un alijo introducido en contrabando en la isla, así como de varias falsificaciones de documentos. La condena de la Audiencia de La Habana contra Argüelles fue de 19 años de cárcel, inhabilitación perpetua para todo tipo de cargos públicos y multa de 50.000 pesetas, entre otros conceptos.

Pero el Tribunal Supremo encuentra también esta vez un atenuante, el de obrar parcialmente con autorización del Capitán General de la isla, cuando lo cierto es precisamente todo lo contrario, según se desprende de los propios resultados de la sentencia. Así, deja la condena en 10 años, suspensión sólo por el tiempo de la condena más 700 duros de multa. La condena del párroco fue rebajada de ocho años más la inhabilitación perpetua para cargos parroquiales, a siete años con suspensión para el ejercicio de cargos públicos por el tiempo de la condena. Otras seis condenas privativas de libertad se reducen a multas, al precisar el Tribunal Supremo que la participación de los inculpados lo fue en grado de complicidad o encubrimiento, y no de autoría.

Lo más significativo en la reducción de las condenas son las inhabilitaciones, que pasan de ser perpetuas a limitarse al periodo de la condena, y además, la inhabilitación específica del párroco para el desempeño de sus funciones, se transforma en una suspensión para cargos públicos. Tampoco podemos dejar de reseñar que ello está en relación con un párrafo del fallo que no podemos dejar de transcribir: «Diríjase exposición al Gobierno Provisional -dice la sentencia- manifestando que el Tribunal entiende que la pena de prisión impuesta a los procesados es notablemente excesiva, atendido el grado de malicia y el daño causado por el delito, y que el Gobierno, haciendo uso de su prerrogativa, puede conmutarla en la de cumplimiento».

Los que tienen recursos son los que pueden recurrir. Cuando no es al Tribunal Supremo es al gobierno de turno.

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Fascismo y revisionismo

Juan Manuel Olarieta

Una de las concepciones más extendidas entre los círculos que debaten sobre la naturaleza de este Estado es la de que España es un país democrático burgués, si bien aún permanecen restos o residuos del fascismo.

Desde luego que esto ya es un pequeño avance porque hasta hace muy poco tiempo nadie ponía en duda que España era un país democrático sin reservas, «con todas las de la ley». Por fin, algunos le empiezan a ver las orejas al lobo.

No obstante, ese avance les permite a los revisionistas seguir emboscados sin dar la cara. La teoría de los residuos parece que lo dice todo pero no dice nada o, mejor dicho, le sigue lavando la cara al fascismo.

La teoría de los residuos no es una concepión nueva, que haya surgido ayer mismo sino la marca de agua de todos los revisionistas españoles desde siempre. Nace como consecuencia de la degeneración del revisionismo en España. A Carrilo y a la dirección del PCE siempre le sirvió para justificar la claudicación y subsiguiente colaboración con el régimen de Franco.

Dicho con otras palabras, para que no quepan dudas: al menos desde finales de los años sesenta, o sea, antes de la muerte del criminal Franco, los revisionistas ya decían que España no era exactamente un país fascista, sino un híbrido, una mezcla de fascismo y democracia, por lo que era posible (y aún necesario) negociar con los «democratas» para que evolucionaran hacia la democracia.

A medida que los revisionistas negociaban más, o sea, claudicaban más, la composición química entre el fascismo y la democracia cambiaba sus porcentajes de pureza: España era cada vez menos fascista y más democrática. Así es como hemos llegado hasta el día de hoy. Por lo tanto, esta tesis residual siempre ha servido para:

a) lavar la cara al fascismo, al que casi se le puede calificar de democrático
b) justificar al revisionismo en su política colaboracionista porque la participación forma parte de la democracia

Los revisionistas explicaron su teoría de varias maneras diferentes, que no cambiaban la esencia del asunto. Un buen ejemplo es el libro de Carrillo en forma de entrevista con Regis Debray, publicado en francés en 1974 y en castellano al aña siguiente que reúne los ingredientes básicos de la teoría revisionista del fascismo con unas ínfulas típicas de esos dos mediocres que eran Carrillo y Debray, que se creían el oráculo de Delfos.

El punto de partida de Carrillo es tópico: el Estado (todos los Estados) han cambiado mucho desde los tiempos de Lenin, dice en términos pedantes, sin aclarar nada. En lo que a la España respecta, aseguraba también que el «aparato del Estado» ya no era el «aparato fascista del pasado. Con retoques casi podría convertirse en un Estado democrático burgués». Como ejemplo Carrillo decía que las torturas «se hacen menos habituales»(1).

Además de un ejemplo de lavado de cara, la tesis revisionista conducía sin disimulo a conclusiones políticas evidentes: ya antes de la muerte de Franco España era un país tan democrático que no necesitaba grandes cambios, sino sólo retoques, cambios cosméticos, que fueron la esencia de la transición. No hacía falta más.

Desde luego que pocas semanas después los hechos iban en dirección opuesta a las teorías revisionistas. El verano sangriento de aquel mismo año 1975 y los fusilamientos del 27 de setiembre obligaron a otro cambio cosmético, añadiendo apresuradamente al libro un breve «Prefacio» a la edición en castellano que al cabo de los años da vergüenza recordar.

Justo antes de las masacres de aquel fatídico verano, el PCE celebró su II Conferencia, cuyos documentos se publicaron muy poco después. En uno de ellos se podían leer cosas como ésta: «La zona de libertad conquistada por el movimiento obrero y por las amplias masas trabajadoras confiere ya a éste [al fascismo] unas características muy diferentes de la imagen clásica de un país fascista»(2).

A muchos ese tipo de concepciones sobre la necesidad de conquistar «zonas de libertad» o «parcelas de contrapoder popular» dentro del «sistema» les sonarán como plenamente actuales y modernas, pero está en la boca de los reformistas desde hace mucho tiempo. No obstante, nunca ha habido nada de eso y si no lo ha habido antes es muy posible que no lo haya nunca.

Hacia 1975 ya había grupos que habían roto con el PCE, por lo que se puede (y se debe) analizar si esa ruptura era sólo organizativa o realmente habían roto con el revisionismo y sus concepciones liquidacionistas. Por ejemplo, a finales de los sesenta, como consecuencia de la Primavera de Praga, bajo la dirección de Enrique Líster, Eduado García y otros, un grupo de militantes del PCE se escindieron para crear otro partido. En 1971 empezaron a publicar una revista llamada «Nuestra Bandera» con los documentos preparatorios del VIII Congreso en los que el análisis del fascismo, además de marginal, es realmente penoso. Según «Nuestra Bandera» en 1971 España ya se había «desfalangistizado» paulatinamente (3). Es pues evidente que, a pesar de las apariencias, Líster, García y los demás no habían roto con el revisionismo. Eran una forma más de revisionismo que en muy poco se diferenciaba del de Carrillo.

Durante la transisión ese tipo de concepciones siempre estuvieron presentes en casi todas las organizaciones que criticaban al PCE para hacer exactamente los mismo que el PCE. Por ejemplo, Carlos Tuya, dirigente del Partido Comunista de los Trabajadores, exponía en aquellos momentos toda esa colección de tópicos en los que nadan los oportunistas: las dictaduras (en general) son regímenes excepcionales, lo normal es que burguesía sea democrática… El mejor ejemplo de ello era que la oligarquía española había logrado desatar lo que Franco había dejado atado, es decir, que nuestra oligarquía no formaba parte del franquismo sino que se oponía a él.

Pero había una contradicción flagrante entre las concepciones revisionistas y los hechos más evidentes. Casi en letra pequeña Tuya contabiliza 11 muertos en los cien primeros días de transición política (4), es decir, un asesinato cada diez días. Me parece que esa cifra más que de una excepción aparece una regla: que el asesinato político formó parte integrante de la transición. Nunca fue nada excepcional sino algo cotidiano y normal. Lo mismo que el fascismo.

Con la perspectva de los años releer toda aquella literatura seudomarxista de la transición deja en evidencia que el papel lo soporta todo o, dicho en otras palabras, entre los revisionistas no hay nunca más que palabrería. Antes igual que ahora. Aquel formidable dirigente comunista que fue entonces Carlos Tuya hoy es el afamado enólogo que escribe en periódicos como El País con el nombre de Carlos Delgado, el verdadero. Pero en sus artículos no aparece nada sobre plusvalía, imperialismo ni cosas parecidas, sino claretes, blancos y tintorros, espumosos o no. Tempus fugit.

(1) Santiago Carrillo, Mañana España, París, 1975, pgs 22 y 23.
(2) Manifiesto Programa del Partido Comunista de España, 1975, pg.48.
(3) Nuestra Bandera, núm.1, enero de 1971, pg.22.
(4) Carlos Tuya, Aspectos fundamentales de la revolución española, Partido Comunista de los Trabajadores, 1977, pgs.10, 12, 42 y 57.
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informatica

Los dos rostros antagónicos de internet

La informática, la era digital e internet tienen dos rostros opuestos, como todo en esta vida y como no podía ser de otra forma. Se pueden resumir diciendo que muestran la esencia misma de las contradicciones del capitalismo moderno en su etapa final, agónica. Por un lado, el imperialismo nos ha metido el ordenador en nuestras casas, nuestros trabajos, e incluso los que se van de vacaciones llevan un portátil o un móvil en la maleta junto a su pasaporte y sus chanclas. Los han introducido en nuestros trabajos y en nuestras vidas porque la informática, como todo conocimiento, no es inofensiva, sino todo lo contrario; tiene otro rostro, es un instrumento de control y dominación, cuando es (debería ser) un instrumento de liberación y de comunicación ente los seres humanos.

Aquí no hay nada nuevo que no sepamos pero, como decía Hegel, lo que es conocido es lo menos reconocido. Por lo tanto es bueno volver una y otra vez sobre lo que todos conocen y nadie reconoce: la técnica es otro de esos grandes mitos de la sociedad moderna. Está a la altura de Pegaso, el caballo volador, Jano, el hombre de los dos rostros, o Minotauro, el hombre con cabeza de toro. Las cosas no han cambiado nada. Hoy a los que adoran a los artilugios modernos de la técnica se les llama “geeks” y hay muchos, sobre todo en internet y los ordenadores.

Si hay algo en lo que hoy estamos profundamente equivocados es en nuestra concepción sobre el carácter instrumental de la técnica, como de cualquier otra máquina o artefacto. Las cosas no son buenas ni malas; depende del uso que cada cual le de. Ya se sabe: las cosas son independientes del uso, las cosas pueden tener muchos usos distintos, incluso opuestos, el uso es posterior al invento de las cosas… Es como si las cosas no se hubieran inventado para que tuvieran un uso determinado.

Pues bien, el capitalismo desarrolla la informática como una técnica de guerra y esclavización de la clase obrera y bajo su imperio no puede ser otra cosa diferente, de tal manera que cuando las masas lo convierten en su contrario, en una técnica de liberación, el capitalismo (y su Estado) trata de impedirlo por la fuerza bruta. Lo mismo que las sirenas son una unidad de contrarios (mitad mujer, mitad pez), la informática y toda la técnica que la rodea también forman una unidad de contrarios; tiene dos partes muy distintas y se trata de descubrir aquella que no conocemos.

A diferencia de ahora, en tiempos de Marx y Engels las personas apenas se comunicaban ente sí a distancia. Los medios más importantes eran la correspondencia escrita o las diligencias. Por lo tanto, la informática debería constituir un caso claro de la obsolescencia del marxismo, de su carácter trasnochado.

No obstante, si se lee el Capítulo 13 de El Capital (1) es imposible no darse cuenta de que los ordenadores demuestran a la perfección que Marx no sólo escribió para 1860, sino para 1960, para 2060 y para la posteridad. Es como si por sus escritos no hubiera pasado el tiempo; no han envejecido lo más mínimo.

Hoy no puede dejar de sorprender que, fiel a su estilo, el Capítulo que dedica a “Maquinaria y gran industria” empiece con un apartado que tiene que resultar sorprendente para unos ingenieros e informáticos acostumbrados a otro tipo de explicaciones: Marx empieza hablando del “Desarrollo histórico de las máquinas“ y nos descubre que, como todo, no es que las máquinas tengan historia sino que forman parte de ella. Marx llega al punto de criticar a los matemáticos y a los “mecánicos” porque “no tienen en cuenta el elemento histórico” en su concepción de las máquinas.

Además, las máquinas son “un medio para la producción de plusvalía”, lo cual tampoco aparece en los planes de estudio de ninguna facultad universitaria. La “ciencia” económica no habla de máquinas para nada porque cree que eso es cosa de los ingenieros. En esas facultades, lo mismo que en otras, no se habla de casi nada. En fin, un desastre cuyo origen surge del propio carácter ilusorio del mecanicismo, otra de esas concepciones (ideológicas) profundamente arraigadas y asociadas a la metafísica y al materalismo vulgar, o sea, a la vulgaridad que se presenta a sí misma como “ciencia” o ingeniería.

La explicación radica en un ejemplo bastante conocido de una cierta manera de proceder, que parece analítica y es puramente unilateral: si le das un martillazo a un teléfono móvil y lo rompes en mil pedazos, puedes comprobar lo que contiene, sus partes, como la pila, la tarjeta, la carcasa o la pantalla. ¿Dónde está ahí la plusvalía, la historia o las relaciones de producción? Por más que rompas el móvil en trozos más pequeños no los verás por ninguna parte, ni aunque los mires con un microscopio. Conclusión “científica“: nada de eso existe, es un invento de los marxistas, que siempre ven cosas donde no las hay. La plusvalía no forma parte de un móvil. Es más: la plusvalía no existe. Marx y Engels estaban equivocados.

La plusvalía ni la vemos ni tampoco la oímos. Al mismo tiempo que escribo esto, escucho a través del ordenador la V Sinfonía de Beethoven y después de analizar cada uno de los bits de que se compone el archivo digital he llegado a la conclusión de que en las sinfonías tampoco existe un director de orquesta, ni una partitura. Mi conclusión “científica” es la misma: la música carece de partitura, ni de director de orquesta. Es mentira. También es mentira que la música, lo mismo que la maquinaria, tenga historia. La historia no existe. Las facultades de ingenieros de minas, no tienen una asignatura que se titule “historia de las minas”, ni tampoco un manual dedicado a la explotación de los mineros. ¿Para qué? Los ingenieros aprenden lo que es una mina pero no saben lo que es un minero.

Cuando en la habitación de su casa alguien se sienta delante de su ordenador no puede entender que Marx escriba que la maquinaria “sólo funciona en manos del trabajo directamente socializado o colectivo”. Si le quitas los tornillos al ordenador lo que ves es un disco duro, un teclado, un procesador, una placa base o una tarjeta de sonido. ¿Dónde está el carácter social de mi ordenador?

También dice Marx que una de las diferencias entre una herramienta y una máquina es que mientras en la primera el instrumento es una prolongación de la mano del hombre, en la segunda el hombre es una prolongación del instrumento. Por eso solemos decir que “nos sentamos al volante del coche”. Pero los ingenieros no ven ninguna diferencia, ni aquí ni en muchas otras cosas. Por eso tenemos una concepción ludita de todas las máquinas e instrumentos que nos rodean: en las cosas no vemos ni oímos más que cosas. Lo demás son ganas de complicar (las cosas).

Pero al aprobar la “tasa Google“ el Congreso de los Diputados nos acaba de sacar de nuestro estupor otra vez más. Nos vuelven a demostrar que en las máquinas, en internet y la informática hay hasta impuestos, una palabra derivada de imponer. Los ordenadores también muestran al fisco, al dinero, a la propiedad privada, a las sanguijuelas, al poder político y al capitalismo monopolista de Estado.

Desde 2006 se han ido creando partidos piratas que defienden derechos básicos que casi todos daban como ampliamente reconocidos y aceptados en nuestras sociedades civilizadas. Pero los piratas han aparecido precisamente porque esos derechos elementales han desaparecido. El asunto es mucho más serio de lo que parece porque lo que antes eran derechos el capitalismo los ha convertido en su contrario: en crímenes. Es lo mismo que escribía Marx hace 150 años: para expandir el capitalismo la burguesía desahució a los campesinos de sus tierras “a sangre y fuego” y cuando los campesinos volvieron a “okupar” luego las tierras que siempre habían sido suyas, les acusaron de ser “okupas”, es decir, delincuentes. ¿Cuál es la solución al problema? Si hoy Marx pudiera acudir a un escrache llevaría una pancarta con la siguiente consigna: hay que desahuciar a los desahucidores, que es lo que propone en El Capital: expropiar a los expropiadores (2).

Cuando abro uno de los sitios piratas de internet me encuentro con un enlace que se titula “Amenazas legales” (3). No sólo vivimos en una sociedad que ha sido expropiada de sus derechos, sino que, además, los monopolios (Microsoft, Warner, Sega) se atreven a amenazarnos, no sólo a los piratas, o sea, a los que ponen la cultura a disposición de millones de seres humanos como jamás se había conocido en la historia, sino que me amenazan a mí porque me he descargado la V Sinfonía de Beethoven gratis. Nadie le ha preguntado a Beethoven si escribió aquella Sinfonía para que otros ganaran dinero con ella. ¿Quienes son realmente los piratas?, ¿qué pensaría Beethoven si le dijeran que 200 años después, en pleno siglo XXI, hay personas perseguidas y encarceladas por poner su música a disposición de las masas del mundo entero?

Las justificaciones que al respecto exponen los diputados, verdaderos sicarios de los monopolios, son parecidas a las que dan los ingenieros informáticos: defienden la cultura. Pero ocurre que a veces se les escapa algo que es un poco distinto: en realidad lo que defienden es la industria cultural, el “show bussines”, es decir, que con la excusa de la cultura se trata de defender el capitalismo, la propiedad privada y el saqueo de todos y cada uno de los derechos de las personas.

Pero el mayor enemigo somos nosotros mismos, nuestra (de)formación cultural. En los conservatorios enseñan música, y nada más. A los estudiantes de arte les enseñan a pintar, y nada más. Nadie les ha explicado el capitalismo, es decir, que junto al pintor hay un marchante, es decir, un traficante de arte, alguien que hace del arte un negocio, que la historia de la música y la pintura es también la historia de los mecenas y de los patrocinadores a los que hoy se les llama “sponsors”, o sea, los capitalistas que ponen el dinero para que vayamos a un concierto de Bisbal pero no vayamos nunca a uno de Valtonic, para que Bisbal vaya de gira y Valtonic vaya a la Audiencia Nacional.

La era digital, esta revolución moderna de las fuerzas productivas, confirma que el capitalismo carece ya de recorrido, ha llegado a su final y antes de caer fulminado se revuelve como una fiera herida de muerte.

(Este artículo no acababa así sino dando vivas a la piratería, pero las he borrado por si acaso. He consultado el Código Penal y los libros de jurisprudencia y aunque no parece que por el momento la exaltación de la piratería sea delito, no me fío de la fiscalía, por cierto, una institución que deriva del fisco. Es una laguna legal que Soraya Sáenz de Santamaría tiene que ponerse a rellenar rápidamente porque aún quedan cosas que no están prohibidas y eso es un peligro para la sociedad. También es intolerable que el partido pirata no haya sido ilegalizado todavía. ¿A qué esperan?, ¿Garzón se ha quedado sin relevo? Internet, o sea, la red, ¿es una palabra que deriva de redada? Si es así, ¿a qué espera la fiscalía de la Audiencia Nacional para ordenar la próxima redada contra las redes?)

(1) Marx, El Capital, tomo I, pgs.302 y stes.
(2) Idem, tomo I, pg.649
(3) The Pirate Bay, http://thepiratebay.se/legal