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Biografía de Marx (Parte 10)

En las luchas
revolucionarias
El marxismo se formó y desarrolló como ciencia
indisolublemente ligado a la práctica revolucionaria. Marx y Engels no
sólo enseñaban a las masas, sino que también aprendían de ellas. Contribuyeron
singularmente al auge del marxismo los períodos revolucionarios, los períodos
de desbordante y fecunda actividad histórica de las masas, los momentos
cruciales, los más importantes y decisivos en la historia de la sociedad.
La publicación del Manifiesto del Partido Comunista coincidió
con la revolución democrático-burguesa de febrero en Francia, que tuvo
repercusiones en otros países de Europa. Asustado por el incremento del movimiento
revolucionario, el Gobierno belga detuvo a Marx y lo expulsó del país. Marx se
trasladó entonces a París para participar allí en la lucha revolucionaria. A su
llegada a París, Marx facultado por los comités de Londres y Bruselas, procedió
a reorganizar el Comité Central de la Liga de los Comunistas, siendo elegido su
presidente. Formaron parte de éste, además de Marx y de Engels, K. Schapper, G.
Bauer, J. Moll y W. Wolff.
Marx y sus partidarios se manifestaron resueltamente contra
el poeta alemán Herwegh, que había formado en París una legión armada alemana
para invadir Alemania y llevar a este país, desde Francia, las llamas de la
revolución. Oponiéndose a esta aventura, a esta exportación de la
revolución
, Marx exhortaba a los obreros, comprendidos los militantes de la
Liga de los Comunistas, a regresar individualmente a Alemania con el fin de
organizar allí a las masas para la lucha revolucionaria.
Al comenzar la revolución en Alemania, Marx y Engels redactaron
marzo de 1848 un documento de gran importancia: Reivindicaciones del
Partido Comunista en Alemania
, aprobadas por el nuevo Comité Central de la
Liga y difundidas luego en todo el país. Este documento resumía las principales
tareas de la revolución en Alemania: la instauración de una república
democrática única; el establecimiento del sufragio universal; el armamento
general del pueblo; la abolición de todas las cargas feudales; la
nacionalización de las fincas de los príncipes y demás posesiones señoriales;
la nacionalización de las minas, ferrocarriles y demás medios de transporte; la
implantación del impuesto de utilidades progresivo; la separación de la Iglesia
del Estado, etc. La realización de la plataforma política de la Liga de los
Comunistas debía llevar a la eliminación del fraccionamiento político y
económico de Alemania, dividida en 38 Estados, grandes, pequeños y minúsculos,
a la supresión radical de todos los vestigios feudales, al triunfo de la
revolución democrático-burguesa y a la creación de condiciones más favorables
para la lucha del proletariado por el socialismo.
A principios de abril de 1848, Marx, Engels y sus
correligionarios más cercanos abandonaron París y se trasladaron a Alemania,
donde había estallado la revolución. Se quedaron en Colonia, centro de la
provincia del Rin, una de las regiones avanzadas de Alemania, donde había
bastantes obreros y cuya legislación vigente ofrecía mayores posibilidades para
la prensa, para realizar el plan de Marx: la edición de un gran diario
revolucionario.
A la par que preparaba la publicación del periódico, Marx
realizaba una enérgica labor política de partido. Ya estando en París, él, por
mediación de los militantes de la Liga de los Comunistas residentes en
Maguncia, había dado los primeros pasos para centralizar las sociedades obreras
y agrupar al proletariado alemán en una organización política de masas. Después
de su llegada a Colonia, varios militantes de la Liga fueron enviados en
calidad de emisarios para que organizasen comunas de la Liga y sociedades
obreras legales. Sin embargo, la organización de comunas tropezó con enormes
dificultades. En Alemania, fraccionada políticamente y atrasada desde el punto
de vista económico, donde la gran industria estaba aún en embrión y predominaba
la artesanía, la clase obrera era todavía demasiado débil, no estaba organizada
y carecía del desarrollo político necesario. Debido a la falta de condiciones
favorables para formar en aquel período el partido obrero, los representantes
de vanguardia del proletariado, encabezados por Marx y Engels, para no
verse convertidos en una secta, únicamente podían actuar en política como ala
izquierda, proletaria, del partido democrático. Por eso, Marx y Engels consideraban
que en aquel período era admisible la colaboración de los comunistas con los
demócratas pequeño-burgueses en el seno de una sola organización, criticando,
no obstante, su inconsecuencia y sus constantes vacilaciones. Marx y Engels exigían
que los comunistas, como combatientes de vanguardia del campo democrático, no
olvidasen, ni por un instante, las tareas particulares del proletariado, para
el que la revolución democrático-burguesa no era sino una etapa imprescindible
de la lucha, y no la meta final. La bandera de la Nueva Gaceta Renana,
fundada por Marx y Engels, era la bandera de la democracia, pero de una
democracia que destacaba siempre, en cada caso concreto, su carácter
específicamente proletario. Ateniéndose a esta táctica, Marx recomendó a los
miembros de la Liga de los Comunistas y a las organizaciones obreras por ellos
dirigidas que ingresaran en las sociedades democráticas que iban surgiendo en
Alemania. El mismo Marx ingresó en la Sociedad Democrática de Colonia y fue
elegido miembro del Comité Provincial Provisional de las sociedades
democráticas de Renania y Westfalia. Simultáneamente, Marx orientaba a sus
partidarios a organizar sociedades obreras y educar políticamente al
proletariado, a crear las condiciones para la formación de un partido
proletario.
El 1 de junio de 1848 empezó a publicarse la Nueva
Gaceta Renana
, con el subtítulo de órgano de la democracia.
Componían la redacción Carlos Marx (redactor-jefe), Federico Engels, H.
Bürgers, E. Dronke, G. Weerth, F. Wolff y W. Wolff. Mediante el periódico, Marx
y los demás miembros de la redacción dirigían políticamente las actividades de
los militantes de la Liga de los Comunistas, diseminados por toda Alemania.
Después de los sucesos de marzo en Alemania la pervivencia de la Liga como
organización secreta había perdido todo sentido. La Nueva Gaceta Renana no
tardó en hacerse muy popular no sólo en Alemania, sino también en el
extranjero. En sus páginas, Marx y Engels analizaban los
acontecimientos más importantes de los borrascosos años de 1848 y 1849 y daban
consignas de lucha, orientando a las masas al logro de los principales
objetivos de la revolución. El periódico defendía, con gran energía y valor sin
precedente, los intereses de las masas populares, que luchaban en las calles de
París y de Viena, en las ciudades y aldeas de Alemania y Francia, de Italia y
Hungría, de Bohemia y Polonia. La Nueva Gaceta Renana no sólo
se titulaba con perfecto derecho órgano de la democracia alemana, sino también
de la europea.
Marx y Engels consideraban que la tarea primordial
de la Nueva Gaceta Renana en Alemania consistía en luchar
infatigablemente para disipar las ilusiones muy difundirlas entre el pueblo, de
que la revolución había culminado con las batallas de marzo y lo único que
quedaba por hacer era gozar de sus frutos. El periódico explicaba cada día a
las masas que las luchas decisivas estaban por venir y fustigaba colérica y
apasionadamente la política traidora de la burguesía alemana, que después de
las jornadas de marzo había empuñado el timón del gobierno orientándose hacia
un entendimiento con la reacción feudal y absolutista de Prusia. Marx y Engels desenmascararon
la traición de la burguesía a los campesinos, al renunciar ésta a abolir sin
indemnización las cargas feudales, y su política de opresión de otros pueblos.
Todos los pueblos que se alzaban en defensa de una causa progresista,
democrática, encontraban en la Nueva Gaceta Renana su fiel más
ardiente defensora.
La Nueva Gaceta Renana denunciaba con
mordaz ironía el cretinismo parlamentario de los diputados de las asambleas
nacionales de Berlín y de Francfort, que, en vez de pasar a acciones
revolucionarias, audaces y decisivas, se entregaban a discusiones vacías.
Marx estimaba que la premisa esencial para el triunfo
efectivo y completo de la revolución era la implantación de la dictadura
revolucionaria del proletariado: Toda estructura provisional del Estado
después de la revolución exige una dictadura, una dictadura enérgica
. Marx
exhortaba al pueblo a que ajustase las cuentas con severidad a los enemigos de
la revolución, que reagrupaban sus fuerzas con el fin de hacer girar hacia
atrás la rueda de la historia. Asignaba al proletariado un papel especialmente
importante en la lucha revolucionaria y laboraba para que la clase obrera de
Alemania se convirtiese en el destacamento más consecuente y decidido de todo
el campo democrático. Marx censuraba la posición sectaria, ultraizquierdista
por su forma y oportunista por su contenido, del socialista auténtico Andreas
Gottschalk, presidente de la Sociedad Obrera de Colonia, y la política
reformista, mezquina, de Stephan Born, dirigente de la Sociedad Obrera de
Berlín, y más tarde de la Fraternidad Obrera, porque, con su táctica errónea,
apartaban a los obreros de la lucha por el logro de los principales objetivos
de la revolución democrático-burguesa.
El carácter proletario de la Nueva Gaceta Renana,
se manifestó con singular brillantez con motivo de la insurrección de junio de
1848 los obreros parisienses. Marx concedió una gran importancia histórica a
esta insurrección, viendo en ella la primera guerra civil entre el proletariado
y la burguesía. Glorificó el valor sin precedente de los insurrectos y
estigmatizó, lleno de indignación, la crueldad de la contrarrevolución
burguesa.
Después de la derrota del proletariado francés, cuando la
contrarrevolución levantó cabeza también en otros países de Europa, Marx
y Engels trabajaron enérgicamente para movilizar a las masas. Marx tomó
parte activa en el Congreso provincial de las sociedades democráticas del Rin,
celebrado en Colonia en agosto de 1848. El Congreso confirmó unánimemente en
sus funciones al Comité provincial anteriormente elegido, uno de cuyos
dirigentes era Marx.
A finales de agosto, Marx hizo un viaje a Berlín y a Viena
para establecer contacto con obreros avanzados y demócratas de izquierda, a fin
de impulsarlos a luchar contra las monarquías prusiana y austríaca. Marx se
proponía asimismo colectar dinero para la Nueva Gaceta Renana, a la
que, por haber salido en defensa de los insurrectos de junio, habían abandonado
los últimos accionistas. En Viena, Marx conferenció con los dirigentes de las
organizaciones democráticas y obreras de Austria. Además, participó en una
reunión de la Sociedad Democrática de Viena e hizo en la Sociedad Obrera dos
informes: uno sobre las relaciones sociales en la Europa Occidental y otro
sobre el trabajo asalariado y el capital.
A su regreso a Colonia, Marx, así como los demás miembros de
la redacción, puso todo su empeño en organizar a las masas populares para que
pudieran rechazar las embestidas de la contrarrevolución. Ya antes de su
llegada, el 13 de septiembre de 1848, la Nueva Gaceta Renana convocó en la
Frankenplatz de Colonia una asamblea popular, en la que se eligió un Comité de
Seguridad, en el que entraron Marx y Engels. Entre los asistentes a la
asamblea se distribuyeron las Reivindicaciones del Partido Comunista en
Alemania. El 17 de septiembre se celebró en Woringen, cerca de Colonia, otra
asamblea de muchos miles de obreros y campesinos, convocada por la Nueva Gaceta
Renana y la Sociedad Obrera de Colonia. El 20 de septiembre, el Comité de
Seguridad de Colonia convocó una asamblea popular más con motivo del
levantamiento en Franckfort. El gobierno, preocupado por el impetuoso ascenso
del movimiento de las masas en Renania y por la enorme influencia que adquiría
la Nueva Gaceta Renana, concentró de antemano sus tropas en espera
de un pretexto para efectuar una sangrienta matanza. El 25 de septiembre fueron
detenidos, con fines de provocación, los más destacados dirigentes de los
obreros de Colonia. Apreciando con serenidad el momento, Marx y sus partidarios
lograron que la indignación de las masas no desembocara en una insurrección
prematura y aislada en la excelente fortaleza prusiana. Fracasada la
provocación, el Gobierno de Prusia declaró el 26 de septiembre el estado de guerra
en Colonia, desarmó y disolvió las milicias populares y suspendió varios
periódicos, empezando por la Nueva Gaceta Renana. Algunos miembros de la
redacción, y entre ellos Engels, tuvieron que abandonar la ciudad para
burlar a la policía, que tenía orden de detenerlos. Una amplia campaña de
protesta obligó al gobierno a levantar el 3 de octubre el estado de guerra. El
12 de octubre, la Nueva Gaceta Renana volvió a venderse en las
calles de Colonia. Marx tuvo que hacer grandes sacrificios materiales para
reanudar la publicación del periódico, invirtiendo en éste la herencia paterna
que acababa de recibir.
La ausencia de Engels hizo que Marx tuviera que
dedicar más tiempo a sus obligaciones de redactor. Consagraba también muchas
energías a la Sociedad Democrática y a la Sociedad Obrera. El Comité de la
Sociedad de Colonia, pidió a Marx que fuese su presidente, pues Moll, dirigente
de ésta, se había visto obligado a emigrar a Londres para evitar que le
detuviesen, y Schapper estaba en la cárcel. Al aceptar provisionalmente este cargo,
Marx, el 16 de octubre, pronunció un discurso en una reunión del Comité de la
Sociedad e informó a los obreros del desarrollo de la insurrección de Viena.
En su artículo La caída de Viena, escrito el 6 de noviembre
de 1848, demostró que la causa fundamental de la derrota de los insurrectos
había sido la traición de la burguesía. Denunciando los planes de la
contrarrevolución, Marx declaró que en Prusia se preparaba un golpe de Estado y
exhortó a las masas a emplear en la lucha contra la ofensiva de la
contrarrevolución los métodos más eficaces y decisivos.
Como Marx había previsto, la reacción prusiana, animada por
el triunfo de la contrarrevolución en Viena, decidió dar un golpe de Estado. El
9 de noviembre, el rey de Prusia firmó un decreto en virtud del cual la
Asamblea Nacional trasladaba su sede de Berlín a la pequeña ciudad provinciana
de Brandenburgo. Se veía claramente que preparaba la disolución de la Asamblea.
Debido a ello, Marx hizo un llamamiento a los diputados de la Asamblea para que
detuvieran a los ministros y pidieran ayuda al pueblo y a los soldados.
A fin de poner en movimiento a las masas populares, Marx
lanzó el 11 de noviembre la consigna de negarse a pagar los impuestos. Esto
hubiera minado la base financiera de la contrarrevolución y movilizado a las
masas populares para una activa resistencia a las autoridades. El 14 de
noviembre, el Comité Democrático Provincial, dirigido por Marx, exhortó a todas
sus organizaciones de la provincia del Rin a incitar a la población a negarse a
pagar los impuestos. Bajo la presión de las masas, la Asamblea Nacional votó el
15 de noviembre un decreto, sancionando la negativa al pago de los impuestos,
que debía entrar en vigor a partir del 17 de noviembre. Con este motivo, el
Comité Regional hizo el 18 de noviembre un segundo llamamiento, en el que se
lanzaban nuevas consignas: resistir en todas partes y por todos los medios a la
recaudación de los impuestos, organizar milicias populares para rechazar al
enemigo, y formar comités de seguridad. Marx, que era el alma del movimiento en
la provincia del Rin, desarrolló una gran actividad a fin de movilizar a las
masas para la lucha contra la ofensiva de la contrarrevolución. Pero la
Asamblea Nacional, que era la única que podía centralizar los focos diseminados
del movimiento, decidió limitarse a una resistencia pasiva, legal. Valiéndose
de ello, la contrarrevolución consumó el golpe de Estado, dando el 5 de
diciembre, el decreto de disolución de la Asamblea Nacional.
En su artículo La burguesía y la contrarrevolución de
diciembre de 1848, Marx hizo un análisis de las enseñanzas de la revolución de
marzo en Alemania y denunció la cobardía y la traición de la burguesía alemana.
Marx cifraba sus mayores esperanzas en el proletariado francés, que con su
revolución triunfante impulsaría de nuevo a la revolución en Europa. Marx veía
un peligro para la revolución europea no sólo en la Rusia zarista -entonces
principal baluarte de la reacción europea-, sino también en la Inglaterra
aristocrático-burguesa. Marx se equivocaba al pensar que en Francia se
avecinaba la revolución proletaria y exagerar la decrepitud del
capitalismo. Pero semejantes errores de los gigantes del pensamiento
revolucionario 
-escribió Lenin, refiriéndose a Marx y Engels- que
trataban de elevar y supieron elevar al proletariado del mundo entero por
encima de las tareas pequeñas, habituales, mezquinas, son mil veces más nobles,
más sublimes e históricamente más valiosos y veraces que la vil sabiduría del
liberalismo oficial
.
A medida que iba fortaleciéndose, la contrarrevolución
prusiana redoblaba las persecuciones contra Marx y la Nueva Gaceta
Renana
. Marx y Engels, que acababan de regresar de Suiza, tuvieron que
comparecer el 7 de febrero de 1849 ante un tribunal, acusados de injurias
a las autoridades
. Al día siguiente, Marx volvió a comparecer ante el
tribunal. Esta vez se le acusaba, al igual que a otros dirigentes del Comité
Democrático de la provincia del Rin, de haber exhortado al pueblo a que no
pagase los impuestos y de incitar a la rebelión. Lo mismo que el
día anterior, Marx no apareció ante el tribunal como acusado, sino como
acusador. El tribunal se vio obligado a emitir fallos absolutorios en los dos
procesos.
Al movilizar a las masas a combatir la ofensiva de la
contrarrevolución, la Nueva Gaceta Renana ponía cada vez más
de manifiesto su carácter verdaderamente proletario. A principios de abril,
Marx empezó a publicar en ella su obra Trabajo asalariado y capital. En esta
obra, uno de sus primeros trabajos de economía, investigó Marx las relaciones
económicas que constituyen la base material de la lucha de clase del
proletariado y de las masas trabajadoras en la sociedad capitalista y mostró
con gran nitidez la explotación capitalista y la depauperación absoluta y
relativa de la clase obrera bajo el capitalismo, conjugando magistralmente el
riguroso análisis científico de los complejos problemas de la Economía política
con una sencilla exposición, perfectamente comprensible para los obreros.
En relación con los cambios en la situación política y con
el aumento de la conciencia política de las masas obreras, en la primavera de
1849 cambió también la táctica de Marx y Engels. La experiencia política
adquirida por las masas obreras en las luchas revolucionarias y el hecho de que
los obreros avanzados se hubiesen apartado de la democracia pequeño-burguesa,
que se había desenmascarado a sí misma, y sus anhelos de unirse en escala
nacional, puestos de relieve en muchos congresos de las sociedades obreras de
distintas regiones de Alemania, permitían ya plantear prácticamente la tarea de
constituir una organización independiente del proletariado. A mediados de abril
de 1849, Marx y Engels, lo mismo que la Sociedad Obrera de Colonia,
dirigida por ellos, se salieron de la Sociedad Democrática, rompiendo
orgánicamente con la democracia pequeño-burguesa, para adherirse a la
organización nacional de los obreros, que se estaba formando, y convertirla en
un partido político, cuyo núcleo debían ser los comunistas. En la preparación
ideológica para crear ese partido desempeñó un gran papel la obra Trabajo
asalariado y capital, publicada en la Nueva Gaceta Renana. Carlos Marx y sus partidarios
procedieron a reforzar los vínculos que les unían con los miembros de la Liga
de los Comunistas dispersos por toda Alemania. A este fin, Marx hizo un viaje
por las ciudades de Westfalia y del Noroeste de Alemania, enviando emisarios al
Centro y al Este del país.
Sin embargo, a la sazón se libraban en Alemania las últimas
batallas entre las fuerzas de la revolución y las de la contrarrevolución. La
insurrección, en cuyas banderas estaba inscrita la consigna de defensa de la
constitución del Imperio aprobada por la Asamblea de Fráncfort, había estallado
a principios de mayo en Dresden, en varias ciudades de Renania y Westfalia, así
como en el Palatinado y Baden. Para ayudar a las masas populares alzadas en
armas, Marx y Engels trazaron un plan orientado a extender todavía
más la insurrección, a centralizar la dirección de la misma y a desplegar las
acciones revolucionarias con audacia y rapidez. Este plan tomaba en
consideración la perspectiva general de la lucha revolucionaria en Europa, el
nuevo ascenso de la revolución en Francia e Italia y la guerra revolucionaria
en Hungría. Sin embargo, los demócratas pequeño-burgueses que encabezaban la
insurrección demostraron una vez más que eran incapaces de acciones
revolucionarias decididas. Su cobardía y constantes vacilaciones permitieron a
las tropas prusianas aplastar, uno por uno, todos los focos de la insurrección.
Después de reprimir los dispersos focos de la insurrección
en Renania, la contrarrevolución, envalentonada, se ensañó con la Nueva
Gaceta Renana
. Pretextando que Marx había renunciado a la ciudadanía
prusiana en 1845, y, a su regreso a Alemania, en 1848 le había sido denegada la
petición de que se le reintegrara ésta, el Gobierno prusiano ordenó que fuese
deportado del país como extranjero, por haber infringido el
derecho de hospitalidad
. Contra los demás miembros de la redacción fueron
incoados inicuos procesos. De hecho, eso era el fin de la Nueva Gaceta
Renana
. El último número del periódico, correspondiente al 19 de mayo de
1849, apareció impreso en tinta roja. En él se publicó un mensaje de despedida
de la redacción A los obreros de Colonia. El mensaje terminaba así: Los
redactores de la Nueva Gaceta Renana se despiden de vosotros dándoos
las gracias por la simpatía que les habéis demostrado. Su última palabra será
siempre y en todas partes ésta: ¡Emancipación de la clase obrera!
Después de una breve estancia en Frankfort, Baden y el
Palatinado, Carlos Marx, que esperaba un nuevo ascenso de la revolución en
Francia, se trasladó a París. En el Palatinado, Engels se alistó en
el destacamento voluntario de Willich y tomó parte en cuatro batallas contra
las fuerzas de la contrarrevolución.
En París, Marx restableció y amplió sus relaciones con los
demócratas franceses y las asociaciones obreras. Cuando fracasó el levantamiento
de los demócratas pequeño-burgueses el 13 de junio de 1849, el Gobierno francés
expulsó de París a Marx, quien, el 24 de agosto, se trasladó a Londres, adonde
poco después llegaban Engels y otros miembros del Comité Central de
la Liga. Así empezó el período londinense de la emigración de Marx que duró
hasta el fin de sus días.
La derrota de la revolución de 1848 se explica por las
particularidades de una época histórica, en que el carácter revolucionario de
la burguesía moría ya en Europa, mientras que el proletariado no estaba aún
maduro para tomar las riendas de la lucha.
Fue durante la revolución cuando se mostró con fuerza singular
el genio de Marx, su gran energía, su indomable voluntad, su abnegación y
apasionamiento de luchador revolucionario por la causa del proletariado, por
los intereses de todos los trabajadores y todos los oprimidos. Era la primera
vez en la historia que un dirigente revolucionario asentaba su política sobre
una base científica. Las revoluciones de 1848-1849 no sólo fueron la primera
prueba histórica del marxismo, sino también un potente manantial para su
desarrollo y enriquecimiento ulteriores.

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Biografía de Marx (Parte 9)

La organización del partido obrero

En París Marx y Engels mantuvieron inicialmente un estrecho contacto con Proudhon pero pronto tuvo que pasar a la crítica porque éste se mantuvo siempre en el terreno de la teoría y la utopía, incapaz de avanzar más allá y adoptar posturas realmente revolucionarias. Algunas de las ideas originarias de Proudhon eran innovadoras e influyeron al comienzo sobre Marx y Engels, que en La sagrada familia hicieron una valoración positiva de ellas: Proudhon somete la base de la economía nacional, la propiedad privada al primer examen serio, absoluto, al mismo tiempo que científico. He aquí el gran progreso científico que ha realizado, un progreso que revoluciona la economía nacional y plantea, por primera vez, la posibilidad de una verdadera ciencia de la economía nacional. La obra de Proudhon ‘¿Qué es la propiedad?’, tiene para la economía nacional la misma importancia que la obra de Siéyès ‘¿Qué es el tercer estado?’, para la política moderna.
Pero Proudhon era por completo ajeno al proletariado. Sus tesis expresaban la ruina del artesanado y la pequeña burguesía. Sostuvieron también una lucha implacable contra las nebulosas concepciones idealistas, reformistas y pequeño-burguesas de Proudhon. En diciembre de 1846, Marx ya criticó a Proudhon en una larga carta a Paul Annenkov exponiendo concisamente su propia concepción materialista de la historia. El libro de Marx Miseria de la Filosofía responde a la Filosofía de la miseria de Proudhon, escrito en 1847, con una crítica detallada de sus concepciones.
Miseria de la Filosofía fue otro importante paso de Marx en la elaboración de los fundamentos teóricos del comunismo científico -el materialismo dialéctico y el materialismo histórico-, la primera exposición en letras de imprenta de sus tesis principales. En esta obra hizo Marx el balance de los primeros resultados de la revisión crítica de la economía política burguesa, revisión iniciada ya por él durante su estancia en París. Puso al descubierto el principal defecto de la economía política burguesa, que estimaba inmutables y eternas la sociedad capitalista y las leyes económicas a ella inherentes. Contrariamente a los economistas burgueses y a su acólito Proudhon, Marx consideraba las categorías de la economía política como una expresión teórica de las relaciones sociales, como categorías históricamente transitorias, llamadas a desaparecer con las condiciones que las habían engendrado. Al denunciar la inconsistencia de las recetas proudhonianas de mejoramiento del capitalismo. Marx demostró que la explotación, la miseria y las crisis acompañan necesariamente al capitalismo y sólo pueden ser suprimidas si se suprime el modo de producción capitalista. Concretando su idea de la misión histórica del proletariado, Marx destacó la enorme importancia de la lucha económica de los obreros y su ligazón indestructible con la lucha política, esbozando por vez primera la táctica de la lucha de clase del proletariado.
Tanto en la Miseria de la Filosofía como en las conferencias que dio para los obreros de Bruselas en diciembre de 1847 y que fueron publicadas por la Nueva Gaceta Renana en 1849, con el título Trabajo asalariado y capital, Marx formuló importantes tesis de su economía política. Fueron necesarios muchos años de investigación para desentrañar las claves de la economía de la sociedad capitalista, sintetizar la rica experiencia de la lucha de la clase obrera y dar a su doctrina económica un carácter acabado, rigurosamente científico.
La lucha de Marx y Engels contra el socialismo auténtico, contra la doctrina de Weitling, la de Proudhon y otras tendencias pequeño-burguesas contribuyó a que los obreros avanzados empezaran a comprender el comunismo científico.
Marx se encontraba inmerso en un proyecto de organización de nuevo tipo que agrupara a los comunistas y a los obreros de vanguardia de distintos países sobre la base de un programa revolucionario y una teoría científica. Contando con Engels, aspiraba a hacer su nueva teoría revolucionaria patrimonio de las masas obreras, a pertrechar al proletariado con la comprensión de los objetivos y los medios de la lucha. Entonces Bruselas ofrecía grandes comodidades a este respecto. Bélgica era como una estación intermedia entre Francia y Alemania. Los obreros e intelectuales alemanes que se dirigían a París pasaban habitualmente algunos días en Bruselas. Desde allí la literatura ilegal se repartía clandestinamente por toda Alemania. Entre los obreros residentes temporalmente en Bruselas algunos eran personas extraordinariamente inteligentes.
Desde que Marx comprendió que para transformar radicalmente el régimen social existente había que apoyarse en la clase obrera, en el proletariado, el cual, en su propia existencia, encuentra toda clase de estímulos para su lucha contra este régimen, se dirigió a los círculos obreros, esforzándose con Engels por penetrar en todos sus lugares de reunión, en todas las organizaciones donde se agrupaban. Porque ya entonces existían tales organizaciones, si bien dispersas y sometidas a la influencia de la burguesía.
Muchos historiadores no han reparado en el trabajo de organización de Marx, al cual presentan como un pensador de gabinete. No han captado el papel de Marx en cuanto organizador y, por tanto, no han examinado una de las facetas más interesantes de su fisonomía. Si no se conoce el papel que Marx desempeñó como inspirador del trabajo de organización de 1846 y 1847, es imposible comprender el que tuvo luego como organizador en 1848 y durante la época de la I Internacional.
Desde el fracaso de mayo de 1839, la Liga de los Justos había dejado de existir como organización central. Únicamente quedaron círculos aislados, organizados por antiguos miembros de la Liga de los Justos, uno de ellos en Londres.
Marx y Engels tuvieron que empezar desde cero. En Bruselas crearon la Sociedad de educación obrera, donde Marx dio unas conferencias sobre economía política a los obreros. Además de cierto número de intelectuales entre los cuales destacaban Guillermo Wolf (a quien Marx dedicó más tarde el primer tomo de El Capital) y Weidemeyer, se encontraban igualmente en Bruselas obreros como Stephan Born, Vallau, Seiler y otros.
Apoyándose en esta organización, Marx y Engels lograron estrechar sus relaciones con los círculos de Alemania, Londres, París, Suiza. Poco a poco, el número de militantes partidarios de las tesis de Marx y Engels aumentaba. Con el fin de agrupar a todos los elementos comunistas Marx concibió entonces un plan: transformar esta organización nacional puramente alemana en una organización internacional. Al principio era necesario crear en Bruselas, en París y en Londres un grupo, un núcleo de comunistas, que estuvieran completamente de acuerdo entre sí. Estos grupos tenían que designar comités encargados de mantener relaciones con otras organizaciones comunistas. De este modo se estrecharía la unión con otros países, y se prepararía el terreno para la unión internacional de estos comités. A propuesta de Marx, estos últimos se llamaron comités de correspondencia comunista. Algunos historiadores se han figurado que estos comités eran simples oficinas de corresponsales desde las que enviaban correspondencias litografiadas. O bien, como escribió Mehring en su último trabajo sobre Marx:

Al no tener su propio órgano, Marx y sus amigos, se esforzaban en llenar como les fuera posible esta laguna por medio de circulares impresas y litografiadas. Al mismo tiempo, intentaron asegurarse corresponsales regulares en los grandes centros donde vivían los comunistas. Existían oficinas de este tipo en Bruselas y Londres, y se proponían establecer una en París. Marx escribió a Proudhon pidiéndole su colaboración.

Sin embargo, basta leer la respuesta de Proudhon para ver que se trataba de una institución que no tenía nada que ver con una corresponsalía normal. Y, si recordamos que este intercambio de cartas tuvo lugar en 1846, tenemos que deducir que, mucho tiempo antes de que desde Londres propusieran a Marx que entrara en la Liga de los Justos ya desaparecida, en Londres, en Bruselas y en París, existían ya organizaciones cuya iniciativa emanaba, sin ningún género de dudas, de Marx.
Los comités de correspondencia tenían una larga tradición en el movimiento revolucionario europeo, habiendo surgido de las filas de la propia burguesía revolucionaria. En 1792 por Thomas Hardy había fundado la sociedad londinense de correspondencia; cuando al Club de los jacobinos le prohibieron organizar secciones en las provincias, también organizaron comités de correspondencia. Es el mismo proyecto que luego Lenin puso en funcionamiento en Rusia con el periódico Iskra como método de organización. Al fundar sus sociedades, Marx también tenía intención de convertirlos en comités de corresponsales.
En el segundo semestre de 1846 existía en Bruselas un comité de corresponsales perfectamente organizado, que cumplía las funciones de órgano central y al cual se le rendían cuentas. Comprende un número bastante grande de miembros y, entre ellos, muchos obreros. Formaban parte de él Marx, Engels, Guillermo Wolff, Edgar Westfalen, José Weydemeyer, Fernando Wolff, el comunista belga Felipe Gigot y otros. A mediados de 1846, el Comité Comunista logró entablar relaciones con los cartistas ingleses, con los dirigentes de la Liga de los Justos de Londres, con las comunas parisinas de la Liga y con diferentes grupos comunistas de Alemania. En París existía otro comité organizado por Engels que realizaba una propaganda intensiva entre los artesanos alemanes; en Londres existía otro dirigido por Schapper, Bauer y Moll. Seis meses más tarde éste fue a Bruselas para invitar a Marx a entrar en la Liga de los Justos y, como demuestra una carta de 20 de enero de 1847, acudió a Bruselas no como delegado de la Liga de los Justos, sino como delegado del comité de corresponsales comunistas de Londres, para presentar un informe sobre la situación de la sociedad londinense. Después de este viaje fue cuando Marx se convenció de que la mayoría de los londinenses se habían liberado de la influencia de Weitling. Probablemente, por iniciativa del Comité de Bruselas, resolvieron convocar un congreso en Verviers, ciudad situada cerca de la frontera alemana, de manera que a los comunistas alemanes les resultaría fácil la asistencia. Finalmente se desplazó a Londres, ciudad que presentaba mejores condiciones.
Entonces, dio comienzo una lucha de distintas tendencias. Principalmente en París, donde trabajaba Engels, esta lucha fue muy viva. Una corriente está representada por Grün, quien defiende el comunismo alemán, o verdadero comunismo, del cual encontramos una mordaz caracterización en el Manifiesto Comunista. Engels sostiene otra plataforma. Naturalmente, cada uno de los adversarios se esforzaba por reunir la mayoría de votos posibles. Y Engels cree a menudo hacerse con la victoria no sólo porque ha triunfado, tal como lo comunica al comité de Bruselas, al convencer a los que dudaban.
Durante el verano de 1847, el congreso se reunió en Londres. Marx no asistió. El representante por Bruselas fue Guillermo Wolf y Engels representó a los comunistas parisienses. Los delegados eran poco numerosos, pero nadie se inmutó por ello. El congreso acordó reorganizar la Liga, que pasó a llamarse Liga de los Comunistas. La vieja consigna ¡Todos los hombres son hermanos! fue sustituida, a propuesta de Marx y Engels, por la de ¡Proletarios de todos los países, uníos! A partir de entonces, esta consigna, expresión del principio del internacionalismo proletario, es un llamamiento de combate de los proletarios en su lucha contra la esclavitud capitalista. Adoptaron unos estatutos, redactados por Engels, cuyo primer punto formulaba clara y netamente la idea esencial del comunismo: El objetivo de la Liga es el derrocamiento de la burguesía, el dominio del proletariado, la supresión de la antigua sociedad burguesa, basada en el antagonismo de clase, y la fundación de una nueva sociedad sin clases ni propiedad individual.
Los estatutos de la organización fueron adoptados con la condición de que serían sometidos al examen de los distintos comités, y que serían adoptados de un modo definitivo en el próximo congreso, con las modificaciones que fuera necesario aportar a los mismos.
El principio del centralismo democrático aparecía como fundamento organizativo. Cada uno de sus miembros debía profesar el comunismo y llevar una vida conforme con los objetivos de la Liga. El núcleo fundamental de la organización estaba constituido por un grupo determinado de miembros. Recibía el nombre de comunidad. Había comités regionales. Las distintas regiones del país se unían bajo la dirección de un centro cuyos poderes se extendían a todo el país. Estos centros tenían que rendir cuentas al comité central.
Esta organización se convirtió en el modelo para todos los partidos comunistas de la clase obrera al principio de su desarrollo. Pero tenía una particularidad que luego desapareció, aunque la encontremos nuevamente entre los alemanes hacia 1860. El comité central de la Liga de los Comunistas no se elegía personalmente en el Congreso. Sus plenos poderes como centro dirigente eran transmitidos al comité regional de la ciudad designada por el congreso como lugar de residencia del comité central. De este modo, si el congreso designaba Londres, la organización de esta región elegía un comité central de por lo menos cinco miembros. Ello aseguraba su estrecha relación con la gran organización nacional. Este es el tipo de organización que más tarde encontramos entre los alemanes, tanto en la propia Alemania como en Suiza. Su comité central siempre estaba ligado a una ciudad determinada designada por el congreso, y que llevaba el nombre de ciudad de vanguardia.
El congreso aprobó igualmente elaborar el proyecto de una profesión de fe comunista, que sería el programa de la Liga. Las diferentes regiones tenían que presentar su proyecto al congreso siguiente. Además, se decidió proceder a la edición de una revista popular. Este fue el primer órgano obrero que se declaró abiertamente comunista. En la primera página de este órgano, aparecido un año antes de la publicación del Manifiesto comunista, figura la consigna: ¡Proletarios de todos los países, uníos!
La revista no apareció más que una vez. Los artículos del primer y único número fueron escritos principalmente por los representantes de la Liga Comunista de Londres, y ellos mismos realizaron la composición tipográfica del mismo. El editorial está escrito de una forma muy popular, con un lenguaje simple. Expone las particularidades que distinguen la nueva organización comunista de las de Weitling y de las organizaciones francesas. Ni una sola vez se menciona la Federación de los Justos. Se consagra un artículo especial al comunista francés Cabet, autor de la famosa utopía Viaje en Icaria. En 1847, Cabet había realizado intensa propaganda con el fin de reunir a la gente que se establecía en América, y así crear en suelo virgen una colonia comunista, según el modelo de la que había descrito en su novela Icaria. Incluso fue especialmente a Londres para convencer a los comunistas de esta ciudad. El artículo somete su plan a una crítica detallada, y recomienda a los obreros que no abandonen el continente europeo, porque únicamente en Europa se instaurará el comunismo. Hay, también, un artículo que, según Riazanov, fue escrito por Engels. La revista finaliza con un resumen político y social, cuyo autor indudablemente es el delegado del comité de Bruselas en el Congreso, Guillermo Wolf.
A finales de noviembre de 1847, se reunió en Londres el segundo congreso. Esta vez asistió Marx. Antes de la reunión de este congreso, Engels le había escrito desde París que había esbozado un proyecto de catecismo o profesión de fe, pero que creía más racional titularlo Manifiesto Comunista. Marx probablemente aportó al congreso las tesis que había elaborado. En el congreso no todo discurrió plácidamente. Los debates duraron varios días y Marx tuvo muchas dificultades para convencer a la mayoría de la justeza del nuevo programa. Este fue adoptado en sus rasgos fundamentales y el congreso encargó especialmente a Marx que escribiera en nombre de la Liga de los Comunistas no una profesión de fe, sino un manifiesto, como había propuesto Engels.
Al mismo tiempo que actuaban en la Liga de los Comunistas, Marx y Engels contribuían activamente a que se formara en Bruselas la Asociación Democrática, cuya finalidad era la unificación de las fuerzas democráticas de todos los países. Los fundadores del marxismo estimaban que el proletariado debía apoyar todo movimiento progresista, democrático. En la Gaceta Alemana de Bruselas, que gracias a ellos llegó a ser órgano de la propaganda democrática y comunista, Marx y Engels publicaron una serie de artículos en los que preparaban a los obreros alemanes para la revolución democrático-burguesa que iba madurando en Alemania, explicándoles que no debían ver en ella su objetivo final, sino una condición indispensable para iniciar la revolución proletaria. Los artículos que escribieron en este período encierran ya, en germen, la idea, que posteriormente formularon, de la revolución permanente.
Marx y Engels concedían gran importancia a los preparativos del II Congreso de la Liga de los Comunistas, en cuyo orden del día figuraba la cuestión del programa de la organización. En el Congreso, celebrado en Londres a fines de noviembre y comienzos de diciembre de 1847, quedaron aprobados definitivamente los Estatutos de la Liga y se debatió el programa, siendo aceptados por unanimidad los principios que Marx y Engels defendían, y se encomendó a ambos que redactaran el manifiesto.
Aprovecharon su estancia en Londres para fortalecer las relaciones que Engels había establecido ya con los cartistas en 1842-1843 y Marx en 1845, cuando ambos hicieron un viaje a Inglaterra. Marx y Engels ampliaron también sus vínculos con los demócratas y los comunistas de otros países. Asistieron a un mitin internacional consagrado al aniversario de la insurrección polaca de 1830. En el discurso que en este mitin pronunció Marx, abogando por el internacionalismo proletario, desarrolló la idea de que únicamente la victoria del proletariado llevaría a la liberación de todas las nacionalidades oprimidas, a la eliminación de todos los conflictos y guerras internacionales y cimentaría sólidamente la auténtica fraternidad de los pueblos. Engels formuló en este mismo mitin la tesis que después ha sido el principio rector del proletariado en la cuestión nacional, diciendo: Ninguna nación puede ser libre si continúa oprimiendo a otras.
En febrero de 1848 apareció en Londres el Manifiesto Comunista, obra inmortal de Marx y Engels. En este documento programático del comunismo científico, se hizo por vez primera una exposición concisa de la teoría revolucionaria del proletariado: En esta obra -decía Lenin- está trazada, con claridad y brillantez geniales, la nueva concepción del mundo: el materialismo consecuente, aplicado también al campo de la vida social; la dialéctica, como la doctrina más completa y profunda del desarrollo; la teoría de la lucha de clases y de la histórica misión revolucionaria del proletariado, creador de una sociedad nueva, de la sociedad comunista.
El Manifiesto está todo él consagrado a fundamentar científicamente la inevitabilidad histórica de la destrucción del capitalismo y su sustitución a consecuencia de la revolución proletaria y del establecimiento del dominio político del proletariado, por una nueva sociedad, por la sociedad sin clases.
Marx y Engels demostraron que, a medida que las relaciones de producción de la sociedad capitalista fueran convirtiéndose en trabas más y más insoportables para el desarrollo de las fuerzas de producción, la burguesía, que defendía la propiedad privada sobre los medios de producción, iría dejando de ser la clase progresiva que había sido en el pasado y se haría una clase más y más reaccionaria, un freno para el avance de la humanidad hacia un régimen superior, hacia el comunismo.
Desarrollando la idea de la misión histórica del proletariado, Marx y Engels demostraron que la clase obrera cumpliría su misión de sepulturera del capitalismo y de creadora de una nueva sociedad, de la sociedad sin clases, mediante la lucha de clases, la revolución proletaria y el derrocamiento de la dominación de la burguesía.
En el Manifiesto está formulada la idea del papel dirigente del Partido Comunista como condición indispensable para el éxito de la lucha, para la victoria del proletariado, y se muestra que el partido constituye el destacamento más resuelto de la clase obrera, su destacamento de vanguardia, que los comunistas tienen sobre el resto de los obreros la ventaja de estar pertrechados con la teoría revolucionaria que les da una clara visión de las condiciones, la marcha y los resultados generales del movimiento proletario. Al desenmascarar las calumnias y mentiras difundidas por la burguesía acerca de las ideas y los propósitos de los comunistas, los fundadores del marxismo definen en el Manifiesto los verdaderos objetivos del partido del proletariado, que son el derrocamiento de la dominación burguesa y la conquista del poder político por el proletariado.
El Manifiesto expresa una de las más notables ideas del marxismo en la cuestión del Estado: El Estado, es decir, el proletariado organizado como clase dominante: eso es, precisamente, la dictadura del proletariado, afirmaba Lenin. La tesis sobre la dictadura del proletariado es núcleo principal del marxismo.
El Manifiesto Comunista analiza el internacionalismo proletario, proclamado por Marx y Engels. Los fundadores del comunismo científico decían: el dominio del proletariado hará desaparecer el yugo nacional, liberará a la humanidad de las guerras de conquista y de rapiña. Marx y Engels subrayan que la nueva sociedad que remplazará al capitalismo será incomparablemente superior a éste. Mientras que en esta última rige el principio: los que trabajan no adquieren nada y los que adquieren no trabajan, en la sociedad comunista, como predecían Marx y Engels, el trabajo será un medio de hacer más holgada y fácil la vida de los trabajadores.
El cese de toda explotación será en ella la base material de la unidad armónica del individuo y la sociedad, de la verdadera libertad de la persona y del desarrollo multifacético del ser humano, de su capacidad y de su talento. En lugar de la vieja sociedad burguesa, con sus clases y sus contradicciones de clase, vendrá una asociación en la que el libre desarrollo de cada uno será la condición del libre desarrollo de todos.
Al formular el programa de los comunistas, el Manifiesto critica las distintas doctrinas socialistas de aquella época, que eran un obstáculo para la difusión de las ideas del comunismo científico y la organización del partido proletario.
El Manifiesto no sólo ofrece un programa científicamente argumentado, sino que, además, esboza los fundamentos teóricos de la táctica del partido proletario. El principio fundamental de esta táctica lo define diciendo que los comunistas luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos de la clase obrera; pero, al mismo tiempo, defienden también, dentro del movimiento actual, el porvenir de este movimiento. Los fundadores del marxismo enseñan a los comunistas a apoyar todo movimiento progresista, revolucionario, dirigido contra los regímenes sociales y políticos reaccionarios. Termina el Manifiesto del Partido Comunista con un valiente llamamiento a la revolución proletaria: Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar. ¡Proletarios de todos los países, uníos!
El Manifiesto del Partido Comunista, obra memorable de Marx y Engels, está penetrado de una noble inspiración creadora, de una arrolladora pasión revolucionaria. No sólo es la síntesis de toda la fecunda obra anterior de los fundadores del marxismo, sino también un gigantesco paso adelante en el desarrollo de la teoría revolucionaria del proletariado. Esta obra clásica remata el proceso de formación del marxismo iniciado en 1844 con los artículos de los Anales franco-alemanes, y pone sólidos cimiento para su ulterior desarrollo.
La doctrina de Marx no hubiera podido aparecer si no hubiera estado ya formada la nueva clase revolucionaria, el proletariado, si no se hubiera manifestado las contradicciones internas irreconciliables propias de la sociedad capitalista. El marxismo nació de la profunda síntesis de 1a experiencia del movimiento obrero. Sus fuentes teóricas fueron la filosofía clásica alemana de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX, la economía política clásica inglesa y el socialismo utópico francés. Lenin decía de la gran proeza científica de Marx: Todo lo que había creado el pensamiento humano, lo analizó, lo sometió a crítica, comprobándola en el movimiento obrero, y sacó de ello conclusiones que las gentes encerradas en el marco burgués o atenazadas por los prejuicios burgueses no podían sacar.
La doctrina de Marx, heredera de todo lo mejor que había creado el pensamiento científico, constituyó una verdadera revolución en la filosofía y la economía política, en el desarrollo del pensamiento socialista. Gracias al nacimiento del marxismo, se crearon, por vez primera, condiciones para unir el socialismo con el movimiento obrero. La doctrina de Marx es el arma espiritual del proletariado en su lucha por liberarse de la esclavitud capitalista.
Engels subrayaba constantemente que era a Marx a quien pertenecía el mérito principal en la elaboración de esta doctrina revolucionaria: Marx -decía Engels- era un genio; los demás, a lo sumo, somos hombres de talento. Sin él nuestra teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso es muy justo que lleve su nombre.
Es un documento de agitación modélico, como no se ha escrito otro. Como retórica política, dice Hobsbawn, el Manifiesto Comunista tiene una fuerza casi bíblica, un irresistible poder como literatura. Poco común en la literatura alemana decimonónica, está escrito en párrafos cortos, apodícticos. Sus frases lapidarias se transformaron casi naturalmente en aforismos memorables, que se conocen mucho más allá del mundo del debate político, desde el inicial un fantasma recorre Europa, hasta el final los proletarios no tienen nada que perder salvo sus cadenas. Tienen un mundo que ganar. El queda absorbido por su fuerza de convicción, su brevedad concentrada y su atracción intelectual y estilística. Pero sobre todo, el texto atrapa al lector porque entiende fácilmente que el capitalismo que Marx describía en 1848 en esos pasajes de sombría elocuencia, es el mundo en que vivimos 150 años después.
La primera edición del Manifiesto fue reimpresa tres veces en pocos meses, apareció seriada en el Deutsche Londoner Zeitung y corregida y aumentada a 30 páginas en abril o mayo de 1848. Pero desapareció tras la revolución de 1848. Nadie hubiera predicho ningún futuro extraordinario para el Manifiesto en el decenio de 1850 y a principios del de 1860. Un impresor alemán, emigrado a Londres, preparó una pequeña edición privada, probablemente en 1864, y la primera edición alemana, también pequeña, apareció en Berlín en 1866. No parece haber traducciones entre 1848 y 1868, salvo una sueca, de finales de 1848, aparentemente, y una inglesa de 1850. Ambas se esfumaron sin rastro.
La influencia de Marx en la I Internacional, el surgimiento de dos partidos de la clase trabajadora en Alemania, fundados ambos por antiguos miembros de la Liga Comunista, que tenían a Marx en alta estima, condujeron a que resurgiera el interés en el Manifiesto y en sus otros escritos. Por otra parte, en marzo de 1872 el juicio por traición contra los dirigentes de la socialdemocracia alemana Guillermo Liebknecht, August Bebel y Adolf Hepner, le dio al Manifiesto una publicidad inesperada. Entre 1871 y 1873, aparecieron por lo menos nueve ediciones del Manifiesto en seis idiomas y en los siguientes 40 años, ha escrito Eric Hobsbawn, conquistó el mundo, impulsado por el ascenso de los nuevos partidos socialistas, en los cuales la influencia marxista creció rápidamente a partir de 1880. Se convirtió en el documento político más importante de toda la historia. Se lanzaron 55 ediciones en alemán, 34 en inglés (22 traducciones a los idiomas del imperio Habsburgo) y 70 ediciones rusas antes de la revolución de 1917. Incluso antes de la revolución rusa el Manifiesto conoció varios cientos de ediciones en más o menos una treintena de idiomas.
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Biografía de Marx (Parte 8)

Contra el socialismo utópico
Durante los diez días que Engels estuvo en París con Marx comenzó su colaboración con el plan de su obra común La Sagrada Familia o Crítica de la crítica crítica. Contra Bruno Bauer y Cía., que vio la luz en febrero de 1845. Este libro, enfilado contra los hermanos Bauer y otros jóvenes hegelianos, es una crítica demoledora de las posiciones de los neohegelianos. La mayor parte de La Sagrada Familia se debe a la pluma de Marx.

Al hacer la crítica de los conceptos idealistas y subjetivistas de los hermanos Bauer y sus correligionarios, que únicamente consideraban agentes de la historia a unos cuantos elegidos, Marx y Engels formularon una de las tesis principales del materialismo histórico: los auténticos artífices de la historia no son los héroes, sino las masas populares; eran ellas, cada vez más amplias a medida que corría la historia, quienes impulsaban conscientemente el desarrollo histórico de la sociedad.

En La Sagrada Familia se formula, ya casi ultimada, la concepción de Marx y Engels acerca de la misión histórica del proletariado. Contrariamente a los socialistas utópicos, que sólo veían en el proletariado una masa impotente y mártir, Marx y Engels consideraban que la clase obrera era una fuerza social capaz de llevar a cabo la transformación revolucionaria de la sociedad. La idea de la misión histórica del proletariado fue la piedra angular del armonioso edificio del comunismo científico. Lo fundamental en la doctrina de Marx -decía Lenin- es el esclarecimiento de la misión histórica del proletariado como creador de la sociedad socialista Gracias a este descubrimiento genial, el socialismo se convirtió de utopía en ciencia, adquiriendo por vez primera una base real y ligándose a los destinos de la clase revolucionaria en desarrollo. Con La Sagrada Familia se sentaron los cimientos de una nueva concepción revolucionaria y materialista de la ideología del proletariado.

No obstante, la propaganda de esta nueva concepción, que iba madurando en Marx y Engels, tropezaba con grandes dificultades. Después de la publicación del primer número doble, los Anales franco-alemanes dejaron de salir. Ello se debió, principalmente, a las profundas divergencias surgidas en el seno de la redacción entre Marx y el radical burgués Arnold Ruge. Las discrepancias en cuestión llevaron a la ruptura y a una polémica abierta entre ellos -en el periódico alemán ¡Adelante! (Vorwarts!), editado en París- en torno a la apreciación de la insurrección de los tejedores de Silesia (junio de 1844). Ruge decía que aquella insurrección había sido un motín ciego e insensato, mientras que Marx aplaudía con entusiasmo la primera acción del proletariado alemán, advirtiendo satisfecho manifestaciones de conciencia de clase en la actuación de los obreros insurrectos. Influido por Marx, el periódico empezó a adquirir una orientación comunista y una notoria tendencia antiprusiana.

Debido a la presión ejercida por el gobierno prusiano, Marx, lo mismo que algunos otros colaboradores del periódico, fue expulsado de Francia y se trasladó en febrero de 1845 a Bruselas. Al enterarse de que el gobierno prusiano hacía gestiones para que el gobierno belga lo entregase a las autoridades alemanas, Marx renunció en diciembre de 1845 a la ciudadanía prusiana, aunque nunca adoptó ninguna otra nacionalidad.

En la primavera de 1845 llegó a Bruselas Engels, que había concluido su obra La situación de la clase obrera en Inglaterra. Al sintetizar en este libro la experiencia de lucha de los obreros ingleses, Engels fundamentó la idea de la misión histórica del proletariado. Posteriormente, refiriéndose a sus entrevistas con Marx en la capital belga, Engels escribió: Cuando volvimos a reunirnos en Bruselas, en la primavera de 1845, Marx […] había desarrollado ya, en líneas generales, su teoría materialista de la historia, y nos pusimos a elaborar en detalle y en las más diversas direcciones, la nueva concepción descubierta.

Para elaborar con detalle la ciencia sobre la sociedad, Marx y Engels empezaron a redactar una nueva obra común, La Ideología Alemana. En abril de 1846, la obra estaba casi acabada, pero nadie quiso editarla. No se publicó en su integridad hasta 1932 en la Unión Soviética en alemán.

En La Ideología Alemana aparecen formuladas, en sus rasgos más importantes, las principales tesis del materialismo histórico, gran descubrimiento de Marx, que constituye un cambio radical, una verdadera revolución en el modo de comprender la historia universal. Este descubrimiento transformó la historia en ciencia.

Después de demostrar la tesis del materialismo histórico acerca del papel determinante que tiene la producción de los bienes materiales en la vida de la sociedad, Marx y Engels esclarecieron la dialéctica del desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. Fueron los primeros en formular, en La Ideología Alemana, su tesis sobre las formaciones económico-sociales. Al poner de manifiesto la regularidad objetiva del proceso histórico, demostraban que, al igual que el feudalismo fue remplazado por el capitalismo, éste sería sustituido por otro régimen social nuevo: por el socialismo.

En La Ideología Alemana se fundamenta la tesis de que, en las sociedades integradas por clases antagónicas, la lucha de clases es la fuerza motriz del desarrollo. Para el paso del capitalismo al socialismo, son condiciones indispensables la lucha de clase del proletariado y la revolución socialista. Para suprimir la sociedad capitalista, el proletariado, como cualquier clase que aspire al dominio, debe, ante todo, conquistar el poder político. Esta tesis de Marx y Engels encierra el germen de su doctrina sobre la dictadura del proletariado. En La Ideología Alemana se esbozan los contornos de la futura sociedad comunista.

El comunismo, que era para los socialistas utópicos el sueño quimérico en un espléndido futuro, es para Marx y Engels una finalidad condicionada objetiva e históricamente que se alcanza con medidas prácticas de carácter revolucionario. En el libro someten a una profunda crítica la filosofía idealista de Hegel y de los jóvenes hegelianos. Al mismo tiempo que reconocían los méritos de Feuerbach en la lucha contra el idealismo, Marx y Engels demostraron que el materialismo feuerbachiano era contemplativo y metafísico, haciendo hincapié en la ligazón indisoluble entre la teoría y la práctica revolucionarias, así como en el eficaz papel transformador de la teoría. Esta idea está expresada con la máxima concisión y claridad en las Tesis sobre Feuerbach, escrita por Marx en 1845: Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.

La Ideología Alemana también critica la teoría pequeño-burguesa, reaccionaria y utópica conocida bajo el nombre de socialismo auténtico. La obra constituye una importante etapa en la formación de los fundamentos filosóficos del comunismo científico, o sea, del materialismo dialéctico y del materialismo histórico. Este descubrimiento genial, la mayor conquista del pensamiento humano, hizo por vez primera de la filosofía una ciencia que reflejaba fielmente las leyes objetivas del desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento humano. La única filosofía auténticamente científica, la filosofía marxista, es un arma no sólo para conocer el mundo, sino también para transformarlo.


La nueva teoría revolucionaria no podía abrirse paso entre las masas obreras más que luchando con intransigencia contra la ideología burguesa imperante en la sociedad capitalista y contra las numerosas formas de comunismo pequeño burgués, entonces tan en boga, que desviaban a los obreros del camino de la lucha de clases y los llevaban al terreno de la utopía y de las quimeras. En las cartas y circulares del Comité de Bruselas, Marx y Engels sometieron a una crítica fulminante el llamado socialismo auténtico (Moses Hess, Carlos Grün, Hermann Kriege y otros), los cuales, con su prédica del amor y la fraternidad, pretendían reconciliar al proletariado con la burguesía. El más importante de los auténticos era Carlos Grün que había conocido a Proudhon en París en 1844. Su obra Die Soziale Bewegung in Frankereich und Belgien fue la primera que dio a conocer a Proudhon a los revolucionarios alemanes. Grün era un hombre de letras polifacético que, como Proudhon, ocupó durante un corto y decepcionante período un puesto de parlamentario en la Asamblea Nacional Prusiana, en 1849 y pasó gran parte de su vida en el exilio, hasta su muerte en Viena en 1887.

Hermann Kriege (1820-1850) era otro de aquellos que irónicamente Marx y Engels calificaban de auténticos. Estudiante y luego periodista, había sido presentado por Feuerbach a la Liga de los Justos para colaborar en el Comité bruselés de correspondencia. La Circular contra Kriege, escrita por Marx y Engels en mayo de 1846 fue un documento muy importante y da perfecta idea de su lucha contra el socialismo auténtico, que sustituyó la lucha de clases por una empalagosa saturación de amor, como escribió Engels muchos años después. En esencia, diría Marx en La ideología alemana que los alemanes habían importado la literatura socialista francesa a Alemania, pero no habían importado las condiciones materiales que habían dado lugar a esa literatura.

Kriege desapareció en Estados Unidos; tras la revolución de 1848 todo el movimiento desapareció, como dijo Mehring sin dejar huella.

Mucho más consistentes e influyentes eran las teorías de Guillermo Weitling (1808-1971). Sastre de profesión, Weitling era uno de los primeros artesanos revolucionarios alemanes, representante destacado del socialismo utópico de aquel tiempo. Como muchos artesanos de aquella época, iba de una ciudad a otra y, en 1835, ya había estado en París, donde en 1837 se instaló durante un largo tiempo. A finales de 1838, escribió, a petición de sus camaradas, el artículo La humanidad tal como es y tal como debe ser, en el cual defendía un tipo de socialismo vulgar e igualitarista. En 1842 publicó su principal obra, Las garantías de la armonía y de la libertad, en la cual exponía las opiniones adelantadas ya en 1838.

En París se afilió a la Liga de los Justos y estudió las teorías de Lamennais, representante del socialismo cristiano, de Saint-Simon y de Fourier. También mantuvo contacto con Blanqui y sus correligionarios. Luego tuvo que huir a Suiza, donde, después de una infructuosa tentativa para llevar la acción propagandística a la zona francesa y luego a la alemana, empezó a organizar con algunos camaradas círculos entre los obreros y emigrados alemanes.

En Suiza encontró a Bakunin, sobre quien ejerció una poderosa influencia. En la primavera de 1943 le detuvieron en Zurich, le abrieron un sumario con varios acusados, entre ellos Bakunin, que se encontró complicado en el asunto y tuvo que huir.

Tras cumplir su condena, Weitling fue enviado nuevamente a Alemania en mayo de 1844. Después de toda clase de vicisitudes, consiguió llegar a Londres, por Hamburgo, donde fue recibido con grandes honores. En su honor se organizó una gran asamblea a la cual asistieron, además de los socialistas y cartistas ingleses, los emigrados franceses y alemanes. Fue la primera gran asamblea internacional en Londres. Proporcionó a Schapper la ocasión para organizar, en octubre de 1844, una sociedad internacional denominada Sociedad de los Amigos democráticos de todos los pueblos. Se propuso como objetivo el acercar a todos los revolucionarios de cualquier nacionalidad, reforzar la fraternidad entre los distintos pueblos, y conquistar los derechos sociales y políticos. Estaba dirigida por Schapper y sus amigos.

Weitling permaneció en Londres casi un año y medio y, al principio, gozó de gran influencia entre la sociedad obrera londinense, en la cual tenían lugar apasionadas discusiones, especialmente sobre los temas ligados al momento actual. Pero pronto chocó con una fuerte oposición. Durante su separación, sus antiguos camaradas (Schapper, Bauer, Moll) ya se habían familiarizado con el movimiento obrero inglés y habiendo aprendido las doctrinas de Owen. Sin embargo, siempre preservó una gran influencia entre los obreros de toda Europa y seguía siendo uno de los hombres más populares y conocidos no sólo entre los obreros, sino también entre los intelectuales alemanes. El célebre poeta Heine nos dejó una descripción de su encuentro con Weitling:

Lo que más hería mi orgullo era la descortesía de este muchacho respecto a mi persona durante la conversación. No se había quitado el sombrero, y mientras yo permanecía de pie, él estaba sentado en un banco, con su rodilla derecha a la altura del mentón; con la mano libre no dejaba de frotarse la rodilla. Primeramente tomé esta postura irrespetuosa por una costumbre contraída durante el ejercicio de su oficio de sastre, pero pronto me desengañó. Cuando le pregunté por qué no dejaba de rascarse la rodilla, me respondió con todo indiferente, como si se tratara de la cosa más corriente, que, en las diferentes prisiones alemanas donde había estado, le tenían encadenado; pero como la anilla de hierro que le rodeaba la rodilla era a menudo demasiado estrecha, le había quedado una picazón que le hacía rascarse la rodilla… Confieso que retrocedí algunos pasos cuando este sastre, con su repugnante familiaridad, me narró estas historias sobre cadenas de prisiones… ¡Extrañas contradicciones en el corazón humano! Yo, que, un día, besé en Munster respetuosamente las reliquias del sastre Jean de Leyde, las cadenas que llevó, las tenazas con que le torturaron, yo que me entusiasmé por un sastre muerto, sentía una repulsión invencible hacia este sastre vivo, hacia este hombre que, sin embargo, era un apóstol y un mártir de la misma causa por la cual había sufrido el glorioso Jean de Leyde.


Aunque esta descripción no honra al poeta, muestra la profunda impresión que Weitling le produjo. Heine aparece como un gran señor del pensamiento y del arte que considera con curiosidad, no exenta de repugnancia, al tipo luchador que todavía le es extraño. Con esta curiosidad ociosa es como los poetas examinan a un revolucionario. Por el contrario, un intelectual como Marx se comportaba con Weitling de otro modo. Para él, Weitling era el portavoz inteligente de las aspiraciones de este mismo proletariado al cual acababa de formular su misión histórica. He aquí lo que escribía sobre Weitling antes de conocerle:

¿Qué obra sobre el tema de su emancipación política podría oponer la burguesía (alemana), comprendidos sus filósofos y sus publicistas, a la obra de Weitling:

 ¿Las garantías de la armonía y de la libertad? Que se compare la seca mediocridad y el abotargamiento de la literatura política alemana a este brillante comienzo de los obreros alemanes, que se comparen estas botas de siete leguas del proletariado naciente con los zapatos de la burguesía, y descubrirán en el doliente proletariado al futuro atleta de estatura gigantesca.


Marx y Engels consideraban muy importante ganarse a los círculos obreros que se encontraban bajo la influencia de Weitling. Tenían que intentar trabar conocimiento con él. En el verano de 1845, durante su corta estancia en Inglaterra, ambos conocieron a los cartistas ingleses y los emigrados alemanes pero no se sabe si se encontraron también con Weitling, que entonces vivía en Londres. No establecieron estrechas relaciones con él hasta comienzos de 1846, cuando Weitling fue a Bruselas, donde Marx se había establecido en 1845, cuando fue expulsado de Francia.

Marx y Engels realizaron numerosos esfuerzos para ponerse de acuerdo con él en una plataforma común. Hicieron todo lo posible para que renunciara a sus confusas ideas y llegase a comprender el comunismo científico.

Weitling no era un utopista al estilo de Fourier y los demás, sino que -influenciado en parte por Blanqui- no creía en la posibilidad de llegar al comunismo por medio de la persuasión sino únicamente por la violencia. No atribuía ninguna importancia a la acción propagandística. Cuanto más rápidamente se destruya la sociedad existente más rápida será la liberación del pueblo. El mejor medio para conseguirlo es provocar el desorden extremo, la anarquía social existente. Cuanto peor vayan las cosas, mejor. Para atraer a las masas juzgaba necesario explotar el sentimiento religioso. Escribió un Evangelio de los pobres pecadores para hacer de Cristo un precursor del comunismo, al que representaba como un cristianismo desprovisto de todos los ingredientes marginales que se la habían ido añadiendo a lo largo de los siglos.

Había elaborado con todo detalle el plan de una nueva sociedad bajo la forma de una sociedad comunista dirigida por un pequeño grupo de hombres buenos. Era un obrero muy inteligente que se había formado a sí mismo, que poseía un talento literario considerable, pero que tenía todos los defectos de los autodidactas. El autodidacta se dedica a sacar de su interior algo ultranuevo; inventa cualquier aparato extremadamente ingenioso, y, posteriormente, con la experiencia, constata que ha gastado su esfuerzo y un tiempo considerable en descubrir el Mediterráneo. Busca un perpetuum mobile cualquiera, inventa un modo de hacer feliz al hombre, o transformarlo en sabio en un abrir y cerrar de ojos. Weitling pertenecía a esta especie de autodidactas. Quería descubrir un medio que permitiera a los hombres el asimilar casi instantáneamente cualquier ciencia. Quería inventar un idioma universal. Hecho característico: otro autodidacta, un obrero, Proudhon, también había emprendido esta tarea. A veces es difícil discernir qué es lo que más deseaba Weitling, lo que prefería, si el comunismo o el idioma universal. Auténtico profeta, no soportaba ninguna crítica, y alimentaba una particular desconfianza hacia las personas cultas, a quienes sus manías no interesaban.

El elemento más seguro, el más revolucionario, capaz de destruir esta sociedad, era, según Weitling, el lumpenproletariado, los vagabundos e incluso los delincuentes. Para Weitling, el proletariado no era una clase particular con intereses particulares. Era solamente una parte de la población pobre, oprimida y, entre estos elementos pobres, el más revolucionario era el lumpenproletariado. Weitling sostenía que los ladrones representaban uno de los elementos más firmes en la lucha contra la sociedad existente.

Pero Weitling ya no era entonces un joven candoroso, como dijo Engels. Por todas partes veía trampas, rivales y envidiosos de su superioridad. Aunque Marx le acogió en su casa en Bruselas con una paciencia casi sobrehumana, no logró atraérselo a las filas revolucionarias. El crítico ruso Paul Annenkov, que pasó entonces por Bruselas camino de Francia, cuenta que durante una reunión tuvo lugar una violenta discusión entre Marx y Weitling. Dando un puñetazo sobre la mesa, Marx le gritó a Weitling: La ignorancia nunca ha ayudado a nadie y nunca ha tenido ninguna utilidad. Según una carta del propio Weitling, en aquella reunión Marx sostuvo que era necesario depurar las filas de los comunistas y criticar las ideologías inconsistentes; declaró que era necesario renunciar a todo socialismo que se apoyara únicamente en la buena voluntad; que la realización del comunismo debía estar precedida de una época en la cual la burguesía detentaría el poder. Como Bakunin, Weitling estaba en contra del trabajo preparatorio de tipo propagandístico, bajo el pretexto de que los pobres siempre estaban dispuestos para la revolución, y que, por consiguiente, esta última podía realizarse en cualquier momento mientras hubiera jefes resueltos. Por consiguiente, otra de las divergencias de Marx y Engels con Weitling podía resumirse en el principio de que sin teoría revolucionaria no puede haber ningún movimiento revolucionario.

En mayo de 1846 se consumó la ruptura. Weitling partió hacia Londres, de donde pasó a América, lugar en el que permaneció hasta la revolución de 1848. Tras su traslado definitivo a los Estados Unidos en 1849, Weitling renunció al comunismo y se vinculó aún más estrechamente al mutualismo proudhoniano.
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La herencia de Carrillo

Juan, desde Puerto III. Puerto Santa María, a 12-2012

http://www.presos.org.es/PRESOS/cartaspp.php?nb=Juan%20Garc%C3%ADa%20Mart%C3%ADn

La herencia de Carrillo

Hace unos meses murió Santiago Carrillo, ex-Secretario General del PCE. Lo primero que hay que decir es que los elogios y homenajes que recibió de los políticos y próceres del arco constitucional español fueron muy merecidos, dados sus amplios servicios prestados para la institucionalización y legitimación del fascismo sin Franco. Recordemos algunos de estos méritos:

-Socialista de crianza y raigambre (su padre, Wenceslao, fue uno de los dirigentes del PSOE que traicionaron la República entregando Madrid a Franco), tras la formación de las Juventudes Socialistas Unificadas Carrillo pasó a endosarse el honroso título de “comunista”. Nunca llegó a serlo. Tras la guerra y en el exilio, se encaramó a la dirección del PCE y desde allí fue borrando sus señas de identidad comunista en cuanto a funcionamiento, línea política y espíritu combativo, sustituyéndolas por el compadreo, el ordeno y mando, la supeditación a la burguesía, el pacifismo, la reconciliación, etc.

-Liquidó de mala manera la guerrilla popular de posguerra, dejando tirados a no pocos guerrilleros sin la menor explicación política coherente y, sobre todo, sin ofrecerles una línea alternativa para poder proseguir la lucha y la resistencia contra un régimen de miseria, terror y opresión, más allá de la participación en las instituciones fascistas y la preparación de una difusa huelga general.

-Acabó físicamente con numerosos cuadros del PCE, desafectos con la deriva socialdemócrata que imprimía al Partido, por la vía de enviarlos al interior y denunciarlos a la policía y guardia civil.

-Carrillo fue, junto con falangistas notorios como Dionisio Ridruejo, un adelantado en predicar la “reconciliación nacional” con los verdugos y explotadores. Siguiendo esta línea “reconciliadora”, preconizó la alianza y supeditación de la clase obrera a sectores supuestamente “democráticos” del propio régimen fascista, así como con banqueros, empresarios, la iglesia, etc. Todo ello en aras de la “unidad nacional” frente al “franquismo” (a estas alturas, el PCE ya no hablaba de fascismo) y a una no menos falsa “revolución burguesa” pendiente en una España ya plenamente industrializada.

-Toda esta trayectoria de renuncia a la lucha revolucionaria cristalizó en su apoyo incondicional a la farsa de la “reforma” y a la monarquía durante la llamada “transición democrática”, en lo que constituye todo un ejemplo de posibilismo, entreguismo y oportunismo político. La República, la violencia popular frente al fascismo, la revolución socialista, el derecho de autodeterminación, la depuración de cuerpos represivos, la memoria histórica, etc. quedaron atrás, amortajados en la bandera rojigualda; se dio la circunstancia chusca de que el programa del PSOE en la famosa “Transición” llegó a ser más radical que el del propio PCE.

-La culminación de este proceso llegó en la bufonada de la detención pactada de Carrillo y su Comité Central y con la farsa de la legalización del PCE a punto para participar en las primeras elecciones del fascismo coronado. He ahí el premio a su entreguismo: un puesto en las nuevas instituciones supuestamente democráticas donde, a decir del ya degenerado PCE, se podrían resolver “pacíficamente” todos los graves problemas que padecían los trabajadores; unos trabajadores, por cierto, que protagonizaban en esos momentos una efervescencia de huelgas y movilizaciones desconocidas desde la II República y recibiendo, por ello, los tiros y palos de las F.O.P. y los paramilitares.

Seguro que me dejo más “méritos” de Carrillo en el tintero. Baste decir como conclusión que el PCE y el propio Carrillo recibieron una justa, aunque insuficiente, respuesta por parte de los obreros, los jóvenes y demás trabajadores: su “éxito” electoral apenas resistió una legislatura, iniciando un declive institucional que le condujo al cadáver político que es hoy día, diluido en I.U., convertida ésta, a su vez, en la izquierda del PSOE.

El propio Carrillo, al final de su vida, volvió al regazo del PSOE que le vio nacer… un camino, por cierto, similar al de la mayoría de los “polis-milis” en Euskal Herria… Políticas semejantes, destinos semejantes.

Diciembre 2012
Juan García Martín

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Biografía de Marx (Parte 7)

Vivir trabajando o
morir combatiendo



Marx decide dejar Alemania, donde las perspectivas son cada
vez más precarias por el propio atraso social del país y por haber agotado los
recursos que intelectualmente el hegelianismo le podía proporcionar. En la
carta de septiembre a Ruge, Marx confiesa que le es cada vez más difícil
respirar en Alemania y piensa irse a Francia, el país de la revolución, en
donde el pensamiento socialista y comunista se desarrollaba profusamente en
todas direcciones.

Ruge estaba estrechamente asociado al proyecto francés que
Marx había perfilado. Cuando Marx se trasladó a París, Ruge le había expresado
su desánimo tras su experiencia con la censura prusiana y la falta de
perspectivas revolucionarias en Alemania. La penúltima carta de Marx a Ruge,
escrita en Colonia en mayo de 1843, está dedicada en parte a levantar el
abatido estado de ánimo de Ruge y da una idea del optimismo de Marx.

A finales de octubre de 1843, Marx se traslada a París,
entonces una ciudad que se debatía entre dos clases sociales, la burguesía y el
proletariado, y entre dos revoluciones, la de 1830 y la de 1848. Tras la
derrota de Napoleón en 1815 había regresado a Francia la reacción Borbónica.
Sólo duró 15 años, hasta que la revolución de julio cambió la dinastía de los
Borbones a los Orleans cuyo jefe, Luis Felipe, era un representante de la
burguesía: su preocupación por la economía era la admiración de los pequeños
comerciantes parisinos.

Mientras la monarquía constitucional enriqueció a la
burguesía, dirigió todas sus fuerzas contra la clase obrera, donde ya se
manifiesta, aunque insuficientemente, una tendencia a la organización
independiente. Después de la revolución fue la época de auge de las sociedades
secretas, compuestas principalmente de estudiantes e intelectuales; los obreros
son únicamente la excepción.

El movimiento más importante de aquella época fueron las dos
insurrecciones obreras que estallaron en Lyon en 1831 y 1834. Durante muchos
días los obreros tuvieron la ciudad en sus manos pero no plantearon ninguna
reivindicación política. Sobre su bandera inscriben su lema: Vivir
trabajando o morir combatiendo
. Se impuso la última opción: fueron vencidos
y sometidos a terribles represalias.

Las insurrecciones de Lyon tuvieron más alcance que la
revolución de 1830 que había actuado principalmente sobre los elementos
pequeño-burgueses democráticos. Pero la doble insurrección lionesa manifestó
por vez primera la importancia revolucionaria de la clase obrera.

De este modo, pues, en esta época, en Francia (también en
Inglaterra), entra en escena una nueva fuerza que comienza a organizarse. Pero
a diferencia de Inglaterra, en Francia los obreros y artesanos no se podían
asociar. Por eso en Francia, y especialmente en París, nacieron muchas
sociedades secretas en las que los obreros acordaban luchar unidos contra la
sociedad burguesa. El representante más genuino de este movimiento es Augusto
Blanqui, quien empieza a organizar comités revolucionarias entre los obreros de
París, en los que participan revolucionarios perseguidos de otros países,
especialmente alemanes.
 
En toda Europa la revolución de 1830 animó levantamientos,
el más importante de los cuales fue la insurrección polaca del año siguiente.
Cada intento revolucionario inundaba París de refugiados, que acudían allí como
otros a La Meca. Con todos ellos los blanquistas formaban grupos de
conspiradores clandestinos para apoderarse del poder mediante un golpe de mano
audaz. En mayo de 1839 desencadenaron en París un intento de insurrección que
fracasó. Entre los conspiradores está el alemán Carlos Schapper quien, junto
con otros, tiene que huir Francia a Londres, donde organiza una sociedad de
educación obrera.



Una de las más importantes y antiguas sociedades secretas
era la Liga de los Proscritos, compuesta por revolucionarios alemanes
refugiados. En parís tuvieron una escisión y una parte de sus miembros, dirigidos
por Schuster, fundó la Liga de los Justos, que subsistió durante tres años, y
cuyos miembros, entre ellos Schapper, participaron en la insurrección de
Blanqui y, al igual que los blanquistas, fueron detenidos y encarcelados. Tras
su liberación, Schapper y sus camaradas se dirigieron a Londres, donde crearon
una sociedad de educación obrera.

Marx seguía el rastro de Schapper desde Alemania. No le
conoció en París pero sí conoció a otros como él, revolucionarios ya curtidos
en numerosas luchas por toda Europa. Visitaba a menudo los suburbios donde
vivían los obreros y refugiados políticos cuyos elementos más avanzados se
reunían en las trastiendas de muchos pequeños cafés y tabernas de las torcidas
callejuelas de París para analizar las experiencias pasadas y extraer las
lecciones correspondientes. Todos estos contactos enriquecieron su experiencia
política. Luego esta sociedad pasó a llamarse Liga de los Justos y Marx entró
en contacto con sus dirigentes, así como con los dirigentes de la mayoría de las
sociedades obreras secretas de Francia. Sin embargo, no ingresó en ninguna de
ellas. También trabó conocimiento con los socialistas utópicos franceses Etiénne
Cabet, Pierre Leroux, Luis Blanc y Pedro José Proudhon. Además se hizo amigo
del poeta alemán Enrique Heine y se entrevistó con el ruso Miguel Bakunin,
iniciándose entre ambos una relación de amistad.

A finales de agosto de 1844 Marx y Engels estuvieron
juntos en París diez días, muy pocos pero los suficientes para apercibirse de
que habían llegado a las mismas conclusiones. Mientras estuvo en Inglaterra,
mantuvo con él correspondencia. Fue entonces cuando empezó su fecunda amistad y
colaboración, sin precedentes en la historia. Como escribió luego Lenin: Las
leyendas de la antigüedad nos muestran diversos ejemplos de emocionante
amistad. El proletariado europeo tiene derecho a decir que su ciencia fue
creada por dos sabios y luchadores cuyas relaciones superan a las más
emocionantes leyendas antiguas sobre la amistad entre los hombres
. En la
lucha por la revolución proletaria, Marx encontró en Federico Engels un
fiel camarada. El artículo Apuntes acerca de la crítica de la Economía
política
, enviado por Engels y publicado en los Anales
franco-alemanes
, incrementó el interés de Marx por los problemas de la
economía política.

Marx tenía en proyecto redactar una gran obra dedicada a la
economía política y por eso analizaba con espíritu crítico obras de los
clásicos burgueses de aquella disciplina, especialmente Adam Smith y David
Ricardo. Los resultados más importantes del trabajo hecho por Marx en aquel
período los conocemos como los Manuscritos filosófico-económicos redactados
en el otoño de 1844, que no fueron publicados hasta 1932 en la Unión Soviética.
Muchos de los primeros escritos de Marx no fueron conocidos por los propios
marxistas, Lenin incluido, durante un largo periodo del movimiento
obrero y luego la burguesía ha pretendido tergiversarlos. Después de la II
Guerra Mundial, en plena guerra fría, toda una legión de estafadores
ideológicos de las más variadas y peregrinas corrientes filosóficas, bajo una
apariencia de progresismo, se dedicó a enfrentar a Marx consigo mismo, a buscar
contradicciones entre el joven y el viejo Marx, que era una forma de enfrentar
a Marx con Engels y, finalmente, a Marx con Lenin, que era el
objetivo final: la Revolución de Octubre no tenía relación con Marx y
el marxismo. En los Manuscritos socialdemócratas y
revisionistas creyeron haber encontrado un verdadero filón. Sólo había que
retorcer un poco el marxismo y, sobre todo, desconectarlo de otros escritos
suyos de la misma época, para acercarlo al reformismo y la charlatanería más
vulgar.

Una de esas burdas manipulaciones de los Manuscritos es
la introducción que redactó Rubio Llorente, en un tiempo presidente del
Tribunal Constitucional español, para presentar su traducción al castellano (1).
Como buen picapleitos mentiroso, Rubio Llorente asegura que los comunistas o
bien ignoramos, o bien atacamos los Manuscritos de Marx,
especialmente los bolcheviques soviéticos, que fueron quienes los sacaron del
olvido en que los habían mantenido -precisamente- la socialdemocracia. Como
escribió Rubinstein, al ser la única obra de Marx que trata de temas
sicológicos, los Manuscritos desde hace mucho tiempo fueron
estudiados a fondo en la Unión Soviética, destacando un artículo suyo de 1934,
dos años después de su publicación (2).

Se pueden poner más ejemplos: Lukács, en su estudio de 1938
sobre El Joven Hegel trató de establecer la continuidad entre
Hegel y Marx basándose precisamente en la lectura que llevó a cabo en Moscú de
los Manuscritos en 1930, dos años antes de que su publicaran.
Por tanto, el interés por aquella obra de Marx ni empieza ni es tampoco
exclusiva de los países occidentales.

En la obra, Marx critica a los economistas burgueses,
poniendo en claro toda una serie de rasgos peculiares de la explotación
capitalista. Fustiga el comunismo primitivo, burdamente igualitarista y examina
desde un punto de vista crítico la dialéctica de Hegel y la filosofía hegeliana
en general. Aún se advierte la influencia de Feuerbach, e incluso Marx utiliza
un lenguaje religioso. La resurrección del hombre, dice, es al mismo tiempo la
resurrección de la naturaleza; si el hombre se hace consciente de sí mismo a
través del proletariado, entonces la naturaleza se hace consciente de sí misma
a través del hombre. Esto es interesante ponerlo de manifiesto porque para
enfrentar a Marx con Engels, la burguesía (Schmidt, Colleti) ha tratado de
hacernos creer que la dialéctica de la naturaleza no existía en el pensamiento
de Marx, y mucho menos en su pensamiento juvenil. Pero no se trata sólo de que
Marx también tenga en cuenta a la naturaleza sino de que, a diferencia de la
burguesía (Kojève, Sartre) no la separa del espíritu. La aportación
de Marx y Engels versa sobre todo acerca de la historia y de la
sociedad, pero ni se puede reducir a un humanismo abstracto ni se puede olvidar
su conexión con la naturaleza.

Marx siguió en París el estudio de las obras de Carlos
Fourier, Henri Saint-Simon, Roberto Owen y otros destacados socialistas
utópicos que había iniciado ya en Alemania. Aunque los utopistas sometieron a
la sociedad capitalista a una dura crítica, no pudieron descubrir las leyes de
su desarrollo ni encontrar la fuerza social capaz de crear una nueva sociedad.
Marx también consagró mucho tiempo al estudio de la revolución burguesa que
tuvo lugar en Francia en las postrimerías del siglo XVIII y, particularmente,
al estudio de la historia de la Convención.

El contacto directo con la vida y la lucha de los obreros
franceses y el estudio crítico de la economía política burguesa y las obras de
los socialistas utópicos contribuyeron a que Marx pasase definitivamente del
idealismo al materialismo y de la democracia revolucionaria al comunismo.

Marx no marcha a París ni a improvisar ni a estudiar. Tiene
un proyecto político muy meditado y definido, publicar los Anales
franco-alemanes
, una revista cuyo título lo dice todo: fundir la dialéctica
hegeliana con el materialismo francés, la profundidad filosófica alemana con la
práctica política revolucionaria de los franceses. Así como la filosofía encuentra
en el proletariado las armas materiales, el proletariado encuentra en la
filosofía las armas intelectuales de su liberación. El proyecto de los Anales
franco-alemanes
, pues, no era continuar una revista que a causa de la
censura no se podía publicar en Prusia, sino algo bien diferente. Tampoco es un
proyecto intelectual, sino político: lograr la colaboración de los utopistas
franceses. Marx había puesto muchas esperanzas en este proyecto que debía
tender lazos estrechos entre los revolucionarios franceses y alemanes. Entre
agosto y setiembre de 1843 Marx redactó un breve proyecto de programa para
orientar de la publicación como expresión de una acción organizada. Por tanto,
la preocupación de Marx era militante. Esta dimensión de la obra juvenil de Marx
-el compromiso con una causa y la necesidad de construir una organización
revolucionaria- es uno de los aspectos más ignorados de Marx.

Los Anales franco-alemanes vieron la luz en
París en febrero de 1844 pero ningún colaborador francés respondió a los
llamamientos y todas las contribuciones vendrían de los alemanes. Al criticar
al hegeliano de izquierda Bruno Bauer por sus conceptos idealistas en la
cuestión nacional, Marx, en el artículo Sobre la cuestión judía, formuló por
vez primera, aunque todavía de una manera abstracta, su tesis sobre la
diferencia esencial entre la revolución burguesa y la revolución socialista.
Cuando en estos primeros escritos Marx habla de una nueva era, hay
que tener en cuenta que en Alemania y en una gran parte de Europa, eso
significaba derrumbe del feudalismo y victoria de la república democrática.
Pero, a diferencia de la burguesía liberal, Marx va más allá de la lucha por la
abolición de las trabas feudales y de las restricciones de los derechos civiles
de los judíos, cuya abolición consideraba un paso adelante, contrariamente a
Bruno Bauer. Marx muestra los límites inherentes a la propia noción de derechos
civiles que no significan otra cosa que los derechos del ciudadano atomizado en
una sociedad de individuos en competencia. Para Marx, la emancipación política
-en otras palabras la revolución burguesa que estaba todavía por realizarse en
una Alemania atrasada– no debía ser confundida con la emancipación social
auténtica que permitiría a la humanidad liberarse de la dominación de poderes
políticos ajenos así como de la tiranía del intercambio. Esto implicaba la
superación de la separación entre el individuo y la sociedad. Marx no se
refería sólo a una lucha puramente transitoria hacia una república burguesa,
sino a una lucha que debía proseguir hacia una sociedad liberada de la
explotación capitalista. El compromiso de Marx y Engels con el comunismo
implicaba, desde el principio, la tendencia a conjugar revolución burguesa y
revolución proletaria y pensaban que ésta vendría rápidamente tras aquélla.
Esto queda claro porque Marx ve al proletariado como el sujeto del cambio
revolucionario incluso en una Alemania atrasada y más claro todavía en el Manifiesto
Comunista
 y en su teoría de la revolución permanente elaborada en la
estela de los levantamientos de 1848. Él habría de reconocer más tarde que la
lucha inmediata por tal mundo no estaba aún a la orden del día de la historia,
que la humanidad debía aún pasar por el calvario del capitalismo para que las
bases materiales de la nueva sociedad quedaran establecidas, pero jamás se
desvió de su inspiración inicial. No utilizó el término comunismo, pero las
implicaciones de su punto de vista son evidentes.

Notas:

(1) Manuscritos: economía y filosofía, Alianza Editorial, 5ª Edición, Madrid,
1974, pgs.7 a 42.
(2) El
desarrollo de la psicología. Principios y métodos
, Grijalbo, Buenos Aires,
1974, pg.267.
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Biografía de Marx (Parte 6)



La crítica del idealismo histórico


Antes de salir de Alemania, Marx contrajo matrimonio con
Jenny von Westphalen, amiga suya desde la infancia, a la que se había prometido
siendo estudiante. Pasó el verano y el otoño de 1843 en Kreuznach, muy cerca de
Tréveris, donde inició la redacción de la Contribución a la crítica de
la filosofía del derecho de Hegel
 (2), publicada en los Anales
Franco-Alemanes
 (3) en 1844 y de la
que se conserva el manuscrito inconcluso.

Esta obra, así como la Cuestión judía, redactada
en la misma época y publicada por el mismo medio, más que una crítica son una
autocrítica que Marx y Engels utilizarán a menudo como manera de jalonar
su propio avance ideológico ajustando las cuentas con su pasado a través de
todos aquellos cuya influencia les había servido para superarse a sí mismos. El
primero tenía que ser Hegel. Ambas obras expresan, por tanto, la ruptura con
Hegel y la adopción de posiciones claramente materialistas. Al mismo tiempo,
son obras que están bajo la influencia de Feuerbach, si bien en ellas Marx va
más allá de lo que Feuerbach había alcanzado: si éste había llevado el
materialismo a la filosofía de la naturaleza, Marx se propuso hacer lo mismo
con la sociedad, siempre bajo la forma de una crítica a las tesis de Hegel al
respecto porque él seguía siendo la referencia.

Lo más destacable es que en ella no se critica la filosofía
hegeliana sino los aspectos históricos y sociales de su pensamiento,
especialmente la religión, el derecho y el Estado. Habitualmente, al traducirse
literalmente, el título en castellano no resume bien el contenido de la obra.
Se trata de una crítica a lo que hoy se conoce como Estado de Derecho en
la forma que Hegel lo expone. Es, por tanto, una obra política más que
filosófica. Marx se encaminaba directamente a sentar los fundamentos del
materialismo histórico porque quería presentar un programa de lucha y de acción
revolucionaria. En una carta a Ruge, en alusión a Feuerbach, le dice
Marx: Hace demasiado hincapié en la naturaleza, sin preocuparse en los
debidos términos de la política. Sin esta alianza, la filosofía actual no
llegará a ser nunca una verdad
. En consecuencia, bajo la expresión
tradicional de filosofía del derecho y otros se escondía la
política, los asuntos sociales.

Al comienzo del manuscrito, Marx introduce en la parte más
especulativa, la crítica de la religión, que va más allá de las críticas
racionalistas de la burguesía ilustrada y demuestra que el poder de la religión
proviene de la existencia de un orden social que niega las necesidades humanas.
Al señalar la benéfica influencia de la crítica de la religión llevada a cabo
en Alemania, Marx indica que la misión de la filosofía avanzada consiste en
convertir la lucha contra la religión en lucha contra las condiciones objetivas
que la engendran, en convertir la crítica del cielo en crítica
de la tierra, la crítica de la religión en crítica del derecho y la
crítica de la teología en crítica de la política. Marx subrayaba que dicha
crítica debía ser efectiva y revolucionaria: Las armas de la crítica -decía
Marx- no pueden, claro está, sustituir a la crítica con las armas; una
fuerza material debe ser derribada por otra fuerza material. Pero también la
teoría se convierte en una fuerza material tan pronto como prende en las masas
.

De las conclusiones a que llegó gracias a su crítica de la
filosofía del Derecho hegeliana, Marx dijo posteriormente, en el prefacio a su trabajo
Contribución a la crítica de la Economía Política
: Mi investigación
desembocaba en el resultado de que, tanto las relaciones jurídicas como las
formas de Estado no pueden comprenderse por sí mismas ni por la llamada
evolución general del espíritu humano, sino que radican, por el contrario, en
las condiciones materiales de vida cuyo conjunto resume Hegel, siguiendo el
precedente de los ingleses y franceses del siglo XVIII, bajo el nombre de
‘sociedad civil’, y que la anatomía de la sociedad civil hay que buscarla en la
Economía política
.

Marx no sólo comienza a interpretar con un criterio
materialista los fenómenos sociales, sino que desarrolla la concepción
materialista del mundo que, antes de él, era mecanicista y metafísica.
Basándose en el materialismo, Marx afirma que una teoría no puede prender en
las masas más que cuando refleja sus necesidades cotidianas y sus intereses vitales.

A diferencia de Feuerbach, que rechaza por entero la
dialéctica de Hegel, Marx procede a revisarla críticamente. El método
dialéctico de Hegel encerraba su médula racional: la idea de desarrollo. Hegel
consideraba los acontecimientos y los fenómenos en conexión e interdependencia,
sometidos a un ininterrumpido proceso de surgimiento, cambio y destrucción;
trataba de descubrir la base de ese desarrollo en la lucha de los contrarios.
El método dialéctico era un método progresista comparado con el método
metafísico, que consideraba el mundo como una aglomeración casual de objetos y
fenómenos sin ninguna relación recíproca, algo inmóvil e inmutable. Pero la
dialéctica de Hegel tenía un defecto: era idealista. Hegel estimaba que la base
del desarrollo de la naturaleza y la sociedad era el desarrollo del espíritu,
de la idea absoluta. Poniéndolo todo del revés, Hegel suplantaba el
desarrollo real por el autodesarrollo de la idea, y la dialéctica
de las cosas por la de las ideas.


En la Contribución a la crítica de la filosofía del
Derecho de Hegel
, Marx señaló por primera vez al proletariado como única
clase revolucionaria capaz de conseguir la emancipación social no sólo de sí
misma, sino de todas las clases de la sociedad. Además, por primera vez,
identifica al proletariado como el motor de la revolución y demuestra que es
una clase que, por su situación, puede y debe ser la portadora de la teoría
revolucionaria, de la filosofía avanzada: Del mismo modo que la
filosofía encuentra en el proletariado su arma material, así también el
proletariado encuentra en la filosofía su arma espiritual
. ¿Dónde reside la
posibilidad real de la emancipación humana universal?, se pregunta Marx, y
contesta: En la formación de una clase atada por cadenas radicales, de
una clase de la sociedad civil que no es ya una clase de ella; de una clase que
es ya la disolución de todas las clases; de una esfera de la sociedad a la que
sus sufrimientos universales imprimen carácter universal y que no reclama para
sí ningún derecho especial, porque no es víctima de ningún desafuero especial,
sino del desafuero puro y simple; que ya no puede apelar a un título histórico,
sino simplemente al título humano; que no se halla en ninguna suerte de
contraposición unilateral con las consecuencias, sino en contraposición
omnilateral con las premisas mismas; de una esfera, por último, que no puede
emanciparse a sí misma, sin emanciparse de todas las demás esferas de la
sociedad y, al mismo tiempo, emanciparlas a todas ellas; que representa, en una
palabra, la pérdida total del género humano, por lo cual, sólo puede ganarse a
sí misma mediante la recuperación total del género humano. Esta disolución
total de la sociedad cifrada en una clase especial, es el proletariado
.

La emancipación del proletariado es indisociable de la
emancipación de toda la humanidad: la clase obrera no se libera solamente de la
explotación; no se establece eternamente como clase dominante; actúa como
representante de todos los oprimidos. No se contenta con liberarse y liberar a
la humanidad del capitalismo, sino que debe permitir a la humanidad superar la
pesadilla que sobre ella hacen pesar todas las formas de explotación y de
opresión que han existido anteriormente. De ese modo formula Marx por primera
vez la idea de la misión histórica del proletariado. El pensamiento de servir a
la humanidad, expresado ya por él en la escuela, toma ahora un carácter
revolucionario más concreto y eficaz. Servir a la humanidad es servir al
proletariado, a la clase más avanzada, más consecuentemente revolucionaria. A
partir de entonces, Marx puso todas sus energías y toda la fuerza de su genio
al servicio del proletariado, cuya misión histórica es la de transformar el
mundo mediante la revolución.

Al plantearse la tarea de someter las instituciones sociales
y políticas existentes a una crítica implacable, Marx empezó por un problema
que se le había planteado ya cuando trabajaba en la Gaceta Renana:
el problema del Estado, de su relación e interdependencia con las condiciones
materiales de vida de la sociedad. Era imposible dar una respuesta a este
problema sin una previa revisión crítica de los conceptos idealistas de Hegel
sobre el Estado y el Derecho. Marx fue el primero en someter estos conceptos a
una crítica científica. El primer filósofo materialista que criticó a Hegel,
Ludwig Feuerbach, cuyos trabajos contra la filosofía idealista contribuyeron a
que Marx abrazase el materialismo, sólo era materialista en la interpretación
de los fenómenos de la naturaleza, pero seguía siendo idealista en la interpretación
de la historia, las relaciones sociales y la política. Aunque valoraba
altamente los méritos de Feuerbach, Marx señaló la limitación e inconsecuencia
de su materialismo. A diferencia de Feuerbach, Marx trataba de elaborar una
concepción materialista consecuente, que no sólo abarcara la naturaleza, sino
también la sociedad.

Con 25 años de edad, antes de conocer a los socialistas
utópicos franceses, Marx miraba mucho más allá del ideal de un régimen político
democrático. Las acusaciones de algunos historiadores acerca de una supuesta
veneración de Marx hacia el Estado, hacia toda clase de Estado, procedente del
hegelianismo, no tienen fundamento. Aunque defendía el sufragio universal y la
república democrática como importantes conquistas políticas, Marx consideraba
al Estado –incluso al Estado burgués con su parlamento- como una institución
transitoria que expresaba la alienación de la sociedad humana. Defendía que el
sufragio universal y la democracia anunciaban la superación del Estado e
incluso de la sociedad capitalista: En el Estado político abstracto, la
reforma del derecho de voto es una disolución del Estado, pero también la
disolución de la sociedad civil
. De forma embrionaria en 1843 perfilaba ya
el objetivo final que ha animado al movimiento comunista en toda su historia: la
desaparición del Estado.

Tanto este manuscrito como sus cartas de esta época muestran
de qué modo Marx se fue convirtiendo en el fundador del socialismo científico y
del materialismo moderno, más rico en contenido y más consecuente que todas las
formas anteriores del materialismo, relaborando la dialéctica hegeliana, con el
fin de unir el materialismo y la dialéctica en una concepción única, dinámica y
científica.

Entre los textos de aquella época destaca la carta a Arnold
Ruge, escrita en septiembre de 1843, en la que Marx reitera que no se trata
simplemente de luchar por una nueva sociedad que sustituya al capitalismo, ni
tampoco de la emancipación de la clase obrera. Marx insiste en que estamos en
los inicios de un despertar de la especie humana. Como dijo Engels más tarde,
para el conjunto de la especie humana se trata de pasar del reino de la
necesidad al reino de la libertad
, de liberar la totalidad de las
potencialidades que el hombre contiene en sí mismo y que se encuentran
amordazadas desde la prehistoria, debido, primero, al débil desarrollo de las
fuerzas productivas y de la civilización y, después, a la existencia de la
sociedad de clases.

Notas

(2) Traducida y
publicada en castellano con notas de Rodolfo Mondolfo por la Editorial Nueva,
Buenos Aires, 2ª Edición, 1968.
(3) Los Anales Franco-Alemanes fueron
publicados en 1970 en Barcelona por el editor Martínez Roca.

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Biografía de Marx (Parte 5)



La
penetración de la alienación en la filosofía materialista

En 1841 apareció en Alemania una obra que dará un giro
completo a la filosofía clásica alemana: La esencia del cristianismo de
Ludwig Feuerbach (1804-1872). Acerca de la influencia de esta obra, escribió
Engels: El entusiasmo fue general: al punto que todos nos convertimos
en feuerbachianos
.

Emparedado entre dos gigantes del pensamiento, la aportación
de Feuerbach parece menor: ya no es Hegel pero tampoco es todavía Marx. No es
así. Hoy apenas podemos imaginarnos la trascendencia de un filósofo que fue el
primero en enfrentarse con Hegel, que había llevado el pensamiento a las más
altas cumbres de la historia de la humanidad, con los hegelianos y con el
idealismo en general, en una ambiente totalmente dominado por aquella
ideología. Fue un extraordinario filósofo al que, sin embargo, se conoce por
referencias y al que todo el mundo compara. Apenas existen aún hoy traducciones
de sus obras al castellano (1). Además de La esencia del cristianismo,
entre sus obras, cabe destacar su poema Pensamientos sobre la muerte y
la inmortalidad
, escrito en 1830, donde ya niega la existencia de dios y de
otra vida más allá de la muerte, Contribución a la crítica de la
filosofía de Hegel
 (1839), Tesis preliminares para la reforma
de la filosofía
 (1842) y Principios fundamentales de la
filosofía del futuro
 (1843).


Feuerbach es el prototipo usual de filósofo dedicado a desarrollar
un pensamiento original en el campo, alejado del alboroto urbano y de las
pequeñas cuestiones mundanas. No comprendió la revolución de 1848 y nunca
aceptó el marxismo, pese a que en 1870, dos años antes de morir, se afilió al
Partido Socialdemócrata. Pero esta militancia era un señuelo por dos razones:

— el pensamiento de Feuerbach es un exponente de los límites
hasta los que podía llegar la democracia burguesa revolucionaria de aquella
época en Alemania
— en su biografía y en su obra la práctica no existe y la
política tampoco.

Feuerbach, dirán Marx y Engels en la Ideología
alemana
, llega todo lo lejos que puede llegar un teórico sin dejar de ser
un teórico y un filósofo. No superó el carácter contemplativo de toda la
filosofía anterior a Marx. No es casualidad que el aforismo de Marx acerca de
que los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversos modos,
cuando de lo que se trata es de cambiarlo, lo insertara precisamente dentro
sus Tesis sobre Feuerbach, escritas en 1845, porque eso es lo
caracteriza a su filosofía.

En aquel ambiente intelectual cargado de idealismo
hegeliano, Feuerbach fue el primer materialista, el primero que rompió con el
maestro desde posiciones claramente revolucionarias y, por sí mismo, eso ya le
vale un puesto de renombre en la historia de la filosofía.

En la teoría del conocimiento sigue con todo rigor el punto
de vista del empirismo y del sensualismo. Es una consecuencia del carácter
contemplativo de la filosofía en general y más específicamente del materialismo
anterior a Marx. Las cosas sensibles, dirá Marx, no son simples objetos dados a
la contemplación humana. El hombre actúa transformándolos. El mundo es también
creación humana, no es algo estático, sino resultado de la industria y del
estado social humano. Las primeras líneas de las Tesis sobre Feuerbach tratan
precisamente esta cuestión y son de capital trascendencia en el marxismo:


El defecto fundamental de todo el materialismo anterior
-incluyendo el de Feuerbach- es que sólo concibe el objeto, la realidad, la
sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad
sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado
activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero
sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la
actividad real, sensorial, como tal.


La crítica de Marx al carácter pasivo del conocimiento de
Feuerbach revaloriza uno de los aspectos que, sin embargo, retiene de él:
el importante problema de la relación del hombre con la
naturaleza. Esa relación -dice Marx- no es una contemplación sino una actividad
práctica. Los seres humanos nos ponemos en relación con la naturaleza mediante
el trabajo. La naturaleza es el medio para satisfacer las necesidades, así como
el objeto de nuestra actividad. Marx decía que la naturaleza es el
cuerpo inorgánico del hombre
. Mediante el trabajo, el hombre satisface sus
necesidades y exterioriza sus potencias humanas, es decir, crea sus condiciones
de vida, crea un mundo humano, se crea a sí mismo superando su mero ser
natural
.

Frente a la antítesis de Bruno Bauer entre naturaleza e
historia, la lucha del hombre contra la naturaleza, Marx habla de su unidad y
la encuentra en la industria: hay una naturaleza histórica y una historia
natural. A su vez, esto no impide a Marx y Engels retener dos puntos
importantes:

— la prioridad de la naturaleza exterior
— el hombre como algo distinto de la naturaleza.

A su vez, en su trabajo se relaciona con otros seres
humanos, creando diferentes formas de relación (cooperación, intercambio,
división del trabajo, explotación, lucha de clases) que cambian históricamente.

El ateísmo fue la segunda aportación de Feuerbach, aunque la
primera en el tiempo. No llegó a ese punto a causa de su materialismo sino que,
como buen alumno idealista, partió por el contrario de la crítica teológica.
Feuerbach concibe la religión como una alienación porque no es la religión
quien hace al hombre sino el hombre quien hace la religión. Los seres
superiores que crea nuestra fantasía, los dioses, son producto de la proyección
fantástica de nuestro propio ser. La religión es una objetivación de las
propiedades humanas y de un ser sobrenatural al que también éstas se atribuyen.
Es como si el hombre se duplicara y contemplara su propia esencia en la imagen
de dios. Resulta, pues, que la religión se presenta como autoconciencia
inconsciente del hombre
.


No obstante, Feuerbach no considera que la alienación
religiosa sea un reflejo de una enajenación más profunda: la terrenal. Tras
criticar el mundo religioso es preciso criticar y revolucionar prácticamente el
mundo social del que es un reflejo. Por otro lado, lo que él critica no es
exactamente la religión, sino la teología.

Otra de las aportaciones importantes de Feuerbach es el
concepto de alienación, concepto introducido por Hegel, del cual Feuerbach
mantiene su sentido negativo, pero nada más, ya que le da la vuelta al
considerar que la alienación no es la objetivación sino la abstracción: Abstraer
significa poner la esencia de la naturaleza fuera de la naturaleza, la esencia
del pensar fuera del acto de pensar. La filosofía hegeliana ha enajenado al
hombre de sí mismo en la medida en que todo su sistema reposa en estos actos de
abstracción. Ella identifica de nuevo, ciertamente, lo que separa, mas sólo de
una manera a su vez separable, mediata. La filosofía carece de unidad
inmediata, de certeza inmediata, de verdad inmediata
. La alienación es un
fenómeno del sujeto.
 
Pero en este punto, como en la religión o la ética,
Feuerbach no es materialista. Concibe el sujeto sólo como conciencia. La
conciencia es lo primero y lo más importante y, en consecuencia, la alienación
como un fenómeno de la conciencia exclusivamente, de modo que, por rechazo,
aspira a crear una conciencia exacta, como dijeron Marx y Engels.
Del mismo modo que en su crítica de la religión sustituye una teología por
otra, también aquí Feuerbach sustituye la conciencia falsa por la verdadera.
Mientras pretende cambiar la conciencia para ponerla de acuerdo con lo existente,
lo que se proponen Marx y Engels era cambiar lo existente como modo
de cambiar la conciencia.

Superadas las limitaciones con que Feuerbach la concibe, el
concepto de alienación resultará fundamental para introducir luego toda una
batería de nociones decisivas en el marxismo, especialmente la de ideología.
Ese desarrollo lo inició Marx en los Manuscritos filosófico-económicos de
1844 y está presente en todas esas características alusiones suyas acerca
del fantasma que recorre Europa, el fetichismo de
la mercancía, entre otras.

Sin embargo, Feuerbach tuvo importantes carencias, la más
importante de las cuales es su abandono de la dialéctica de Hegel: es
materialista pero no tiene en cuenta la historia y, en la medida en que tienen
en cuenta la historia, no es materialista. No ve que el mundo sensible
que le rodea no es algo dado desde toda una eternidad y constantemente igual a
sí mismo -escriben Marx y Engels-, sino el producto de la industria y del
estado social, en el sentido de que es un producto histórico, el resultado de
la actividad de toda una serie de generaciones, cada una de las cuales se
encarama sobre los hombres de la anterior, sigue desarrollado su industria y su
intercambio y modifica su organización social con arreglo a la nuevas
necesidades
.

Además, Feuerbach aún mantenía las concepciones idealistas
acerca de los fenómenos sociales. Buscaba en la sustitución de la autoconciencia
inconsciente por la conciencia, o sea, en última instancia, confiaba en la
instrucción, e incluso sostenía que era necesaria una nueva religión.

La característica del materialismo de Feuerbach es su
antropocentrismo: Mi primer pensamiento fue Dios, el segundo fue la
razón y el tercero y último, el hombre
, dice Feuerbach resumiendo su
itinerario intelectual. Al recuperar el sensualismo, Feuerbach recupera también
al hombre y sitúa en un primer plano el problema de su esencia y de su puesto
en el mundo. Sin embargo, lo que hace es cambiar la abstracción de sitio;
esencializa la naturaleza humana, planteando las relaciones sociales y la misma
humanidad como una esencia inmutable fuera de su producción histórica, fuera de
las condiciones que hacen nacer en cada momento dicho tipo de humanidad y
sociedad. Concebía al hombre como un individuo abstracto, como un ser puramente
biológico.

No existe la esencia humana eterna e
inmutable, no existe el hombre sino el patricio, el plebeyo,
el siervo de la gleba, el burgués, el proletario. Feuerbach, al realizar su
crítica en términos de esencia humana, deja de analizar las relaciones sociales
que determinan lo que los hombres son; al hablar del hombre abstracto,
ahistórico, naturaliza las relaciones sociales existentes que son un producto
histórico y uno una esencia natural.

En suma, como escribieron Marx y Engels, en Feuerbach no
había más que intuiciones sueltas, simples gérmenes necesitados de
desarrollo. El desarrollo les correspondía a ellos proseguir.

(1)
Las obras de Feuerbach asequibles en castellano son: La esencia del
cristianismo
, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1941 y también en la
Editorial Trotta, Madrid, 1995; Tesis provisionales para la reforma de
la filosofía
, Editorial Labor, Barcelona, 1976; y La esencia de la
religión
, Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2005; además existe una
selección de Textos escogidos que incluye los Principios
de la filosofía del futuro
, publicado por la Facultad de Economía de la
Universidad de Caracas de 1964. 

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Sobre las formas de dominación del Estado burgués

Jorge Dimitrov, La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional en la lucha por la unidad de la clase obrera contra el fascismo

Juan Manuel Olarieta, Las formas de dominación del Estado burgués

Primera parte, Segunda parte, Tercera parte, Cuarta parte, Quinta parte, Sexta parte, Séptima parte, Octava parte, Novena parte, Décima parte, Undécima parte (y última)

Sobre el fascismo, de Babeuf (pseudónimo)

La institucionalización del fascismo, de Jon Agirre (Antorcha)

El fascismo postmoderno

Juan Manuel Olarieta, Cambiar algo para que todo siga igual,

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La institucionalización del fascismo

Jon Agirre
Antorcha núm. 9, octubre de 2000

Sumario:

— Dos formas de dictadura: fascismo y democracia burguesa
— El fascismo concierne al Estado principalmente
— ¿Por qué surgió el fascismo?
— Los partidos políticos
— El parlamentarismo fascista
— El sistema de gobierno
— Los derechos y las libertades
— Un estado de excepción permanente
— El sistema judicial
— ¿Qué es el Estado de Derecho?

Desde siempre, uno
de los rasgos definitorios de la línea de nuestro Partido ha sido la
caracterización del régimen actual como fascismo. Incluso antes de la
transición, en los viejos tiempos de la OMLE, y siempre a contracorriente, ya
nos anticipamos anunciando que no sería posible regresar del franquismo a la
democracia burguesa, que la historia no daba marcha atrás.

La nueva
constitución, los partidos políticos, el parlamento, las elecciones, etc.,
parece que nos han desmentido y son muchos los que nos señalan con el dedo por
insistir en calificar a este régimen de fascista. Esta obcecación que nos
adorna se ha convertido en otra de nuestras señas de identidad: nos hemos
quedado solos. Pero ¿tenemos razón?

Dos formas de dictadura: fascismo y
democracia burguesa

Vaya por delante que
no existe una barrera infranqueable entre el fascismo y la democracia burguesa,
porque ambos son sistemas de dominación política de una misma clase, la
burguesía, y de una misma etapa histórica, el capitalismo. Por tanto, la
democracia burguesa y el fascismo se parecen mucho, son muy similares, tienen
los mismos rasgos fundamentales, e incluso podríamos llegar a reconocer que en
esencia son iguales. Porque con el fascismo la burguesía sólo cambia la forma
de dominación, pero no el contenido de la misma.

Sin embargo, también
hay que reconocer que las formas son importantes y, en ocasiones, muy
importantes. Por eso, todas las semejanzas que podamos encontrar entre uno y
otro régimen no pueden llevarnos a concluir que son idénticos, lo que nos
obliga a tener muy claro en qué se diferencian, qué es lo que los separa.

También hay que
empezar aclarando, porque son también muy pocos los que lo tienen claro, que la
diferencia entre la democracia burguesa y el fascismo no está en que la primera
es una democracia y el segundo una dictadura. La democracia burguesa es una
dictadura y el fascismo es otra dictadura. Esto es justamente lo que hace que
ambos regímenes políticos se parezcan y no es por aquí por donde encontraremos
lo que los diferencia. Hay una sencilla razón que lo explica: democracia no es
lo contrario de dictadura, y decir que la democracia burguesa es una forma de
dictadura no es una contradicción.

Esto es lo más
elemental del marxismo, y son muy numerosos los textos de los clásicos en los
que se habla de dictadura democrática. La dictadura del proletariado, por
ejemplo, es una forma de democracia, como saben todos los que han leído El
Estado y la revolución de Lenin. En consecuencia, no es tampoco contradictorio
afirmar que la democracia burguesa es una forma de dictadura.

Puestos a aclarar,
hay que añadir que no es sólo un problema cuantitativo el que diferencia a un
régimen político del otro. No se trata de que uno, la democracia burguesa, sea
menos represivo que el otro, el fascismo. Estamos hablando de un problema
cualitativo: de la diferente forma política en que la burguesía ejerce su
dominación bajo uno u otro sistema. Como dijo Dimitrov, la subida del
fascismo al poder no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino
la sustitución de una forma estatal de la dominación de clase de la burguesía
-la democracia burguesa- por otra, por la dictadura terrorista abierta
 (1).

El fascismo concierne al Estado
principalmente

El fascismo, por
tanto, no es sólo una ideología, como se le tiende a ver hoy día dentro de los
movimientos juveniles. No se puede separar al fascismo del Estado y sostener
que el fascismo está representado sólo por determinados grupos o partidos de
extrema derecha o racistas. Esto hace que otros partidos queden en el
centro
, como los demócratas, opuestos a los anteriores, lo que contribuye a
distorsionar su verdadera naturaleza política.

Hoy uno de los
mecanismos más importantes del fascismo son los partidos parlamentarios:
demócrata-cristianos, liberales, conservadores, etc., y Stalin dijo hace ya
unas décadas que la socialdemocracia era el brazo izquierdo del fascismo. Tiene
que quedar claro que es el Estado el principal soporte del fascismo y que los partidos
que están dentro de él, y no sólo los extraparlamentarios de extrema derecha,
son partidos fascistas.

Eso es importante
tenerlo en cuenta porque hay quienes pretenden ampararse en el hecho de que hoy
hay pluripartidismo para demostrar que no hay fascismo. Nos tratan de convencer
de que el fascismo sólo es imaginable como un gobierno de partido único, del
partido fascista, y tampoco es eso. Hay fascismo con uno, con dos, con tres o
con cien partidos distintos.

El fascismo, como
expuso Dimitrov ante la Internacional Comunista, es el poder del propio capital
financiero y lo definió como la dictadura terrorista abierta de los
elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital
financiero
 (2). Dimitrov explicó
que el fascismo no acaba necesariamente con el parlamentarismo y que, incluso,
cuando se encuentra en dificultades, trata de ampliar su base social levantando
toda una burda falsificación del parlamentarismo, con sus partidos, sus
elecciones y demás parafernalia.

No se trata, pues,
de una forma de dominación transitoria u ocasional, algo que sucedió en el
siglo pasado en algunos países durante una cierta etapa histórica. La burguesía
ha calificado de excepcional al fascismo, como si se tratara
de una época ya superada. Por el contrario, decía Dimitrov, el fascismo es una
forma de dominación que corresponde a la época del imperialismo y no afecta
solamente a unos pocos países, sino a todos: Considerar el fascismo
como un fenómeno temporal y transitorio que dentro de los marcos del
capitalismo podría ser reemplazado por el restablecimiento del viejo régimen
democrático-burgués 
[…] es hacerse ilusiones vanas (3). Lo mismo que el imperialismo, el fascismo es
la última fase de la dominación de la burguesía y adopta formas muy diversas
según la estructura social, la historia, la cultura y las peculiaridades de
cada país.

¿Por qué surgió el fascismo?

Las razones del
surgimiento del fascismo radican en la crisis general que alcanza el
capitalismo en su última fase, en la fase monopolista e imperialista, en la
agudización de todas las contradicciones que impide resolverlas por los métodos
de la democracia burguesa.

Debemos tener muy
presente que, a pesar de todas las apariencias, el fascismo no es un síntoma de
fortaleza, sino de las condiciones de extraordinaria debilidad en que se ve
obligada a gobernar la burguesía monopolista en los tiempos actuales. Una de
las características más sobresalientes del fascismo es la constante ostentación
de sus medios, de su poderío policial y militar, el permanente despliegue de
fuerza que muestra a todas horas. Pero esa es precisamente su debilidad: no
podría sustentarse ni un minuto en su dominación sin esos medios; los necesita
para perpetuarse en el poder y sobre todo necesita restregárnoslos delante de
nuestras narices para infundirnos miedo. El fascismo es una dominación
terrorista que se apoya en el temor generalizado que inculca a las masas de
manera cotidiana y sistemática.

El fascismo surgió
históricamente para contener la lucha revolucionaria de la clase obrera, el
auge del movimiento de masas. Para sostenerse en el poder, la burguesía
monopolista necesitó recurrir a sujetos del calibre de Hitler o Franco, a la
guerra y al terror. El imperialismo es un sistema en descomposición, en crisis
permanente y, a fin de impedir su hundimiento definitivo, está obligado a
adoptar las más drásticas medidas de fuerza.

Pero desde aquella
época hasta la actual, el fascismo se ha ido institucionalizando, ha cambiado
sus bruscos ademanes de antaño, como decía Dimitrov, para adoptar ciertas
maneras de la democracia burguesa, embaucar a las masas y ampliar así su base
social. Por una parte esto demuestra que entre uno y otro régimen político
burgués no hay ninguna barrera infranqueable. Pero, por otro lado, nada de todo
esto tiene que ver realmente con la democracia burguesa, sino que, más bien al
contrario, la pervierte.

Lo podemos comprobar
examinando una por una todas las instituciones del fascismo actual.

Los partidos políticos

Los partidos
políticos son esenciales en el fascismo actual, a diferencia del fascismo
originario, que era propenso a liquidar todos los partidos, menos uno,
naturalmente el suyo.

Pero los partidos
hoy no tienen nada que ver con los del siglo XIX, con los de la época de la
democracia burguesa. Antes los partidos expresaban básicamente las
contradicciones internas existentes dentro de la propia clase burguesa. La
burguesía en el siglo XIX estaba muy dividida, con intereses económicos
dispares, y enfrentada, a veces hasta geográficamente. Existía una burguesía
industrial, otra comercial, otra terrateniente, etc. Una parte de la burguesía
era librecambista y la otra proteccionista. Existían poderosos sectores
sociales que todavía seguían ligados a formas económicas feudales en
contradicción con la burguesía. Existía una gran burguesía y otra pequeña
burguesía, con un reducido círculo de influencia económica, pero muy numerosa
y, por tanto, socialmente de gran peso político.

Todas estas
contradicciones en el seno de la burguesía se manifestaban en partidos diferentes
e incluso opuestos: Los partidos políticos -decía Engels- son
la expresión política más o menos adecuada de las clases y fracciones de clase
 (4). La democracia burguesa no era más que la
forma en que democráticamente la burguesía dirimía sus diferencias de clase.

El fascismo surgió,
entre otras cosas, también para eliminar todas esas contradicciones e imponer
la dominación omnímoda del capital financiero, de la facción más poderosa de la
burguesía, de la que iba a crecer con la entrada del capitalismo en su fase monopolista.
Todos los demás sectores burgueses pierden fuerza e incluso desaparecen
progresivamente. El fascismo contribuye a ese proceso.

Pero por muy
monopolista que sea una burguesía, jamás puede ser homogénea, jamás desaparecen
sus contradicciones internas. La burguesía siempre padece disensiones internas
como consecuencia de la propia competencia capitalista, que no puede dejar de
manifestarse en el ámbito político. Por eso propicia la creación de partidos
diversos que expresan esas disensiones internas.

Ahora bien, esos
partidos están sostenidos y financiados por el Estado, no son independientes de
él, como sucedía antaño. Este es el modo a través del cual los monopolistas
controlan las actividades de todos los partidos. Con ellos sucede lo mismo que
con los sindicatos: ya no tienen nada que ver con los viejos sindicatos
obreros, no se financian con las cuotas de sus afiliados, sino con los
presupuestos del Estado monopolista.

El Estado
monopolista y los partidos parlamentarios forman parte de un único sistema
político fascista, ya no están separados como en la época de la democracia
burguesa. Por eso se habla del Estado actual como un Estado de partidos.

Esta es una
diferencia, pero hay otras muchas. Por ejemplo, antes los partidos burgueses
eran apenas un reducido círculo de parlamentarios que gestionaban políticamente
los intereses de su clase. Hoy día, imitando a los partidos obreros, los
partidos burgueses son (o pretenden ser) de masas, encuadran a un
número importante de afiliados. Actualmente la burguesía tiene que contar con
las masas para casi todo: tiene que embaucarlas, engañarlas y manipularlas y
uno de esos sistemas son los partidos parlamentarios. Pero habrá que recordar
que los primeros partidos de masas burgueses que se crearon en la
historia fueron precisamente los partidos fascistas, con sus juventudes, sus
sindicatos, sus organizaciones de mujeres, etc.

Queda así claro que
el prototipo actual de partido burgués parlamentario no es el de la democracia
burguesa, sino el fascista y que su vinculación con el Estado no es la misma
que en la etapa de la democracia burguesa, sino típicamente fascista, es decir,
que forman un único sistema estrechamente enlazado.

El parlamentarismo fascista

La existencia de elecciones y de parlamentos donde se discute de todo lo
divino y lo humano (sobre todo lo divino) es sin duda lo que más viste a
un régimen fascista.

Pero esto es sólo una burda falsificación del parlamentarismo burgués,
como decía Dimitrov, porque hoy los parlamentos, los senados y demás no tienen
tampoco nada que ver con los de la democracia burguesa. En el siglo XIX el
parlamento era la institución clave y decisiva del Estado, mientras que
actualmente se ha convertido en un coro de charlatanes sin ningún relieve.

Por ejemplo, los parlamentos apenas redactan ya leyes, que debería ser su
cometido básico. Aprueban las leyes que se redactan fuera de su ámbito y se
limitan a darles el visto bueno. Recordemos que la Constitución española la
redactaron Abril Martorell, vicepresidente del gobierno en la primera época de
Suárez, y Alfonso Guerra mientras cenaban lentejas en un conocido restaurante
madrileño. Las lentejas de aquel restaurante se hicieron famosas, pero de las
flamantes Cortes de la transición nadie volvió a acordarse.

Nada decisivo se cuece en ningún parlamento, precisamente porque cabe una
remota posibilidad de que a veces salga elegido un diputado que diga algunas
cosas claras, como sucedió aquí con Letamendía o Sagaseta en algunos tiempos
pasados. Cuando el parlamento tiene que abordar un tema algo escabroso, como
los servicios secretos en España, se cuece en comisiones restringidas a muy
pocos diputados de plena confianza.

Ellos mismos tienen tan claro que no sirve para nada, que el hemiciclo
siempre está vacío, y como es tan escandaloso que salga desangelado en las
fotos de la prensa, ahora ponen multas a los diputados que no van a las
sesiones, para que hagan de relleno. Como se comprueba, en las sesiones hablan
siempre los mismos, es decir, que un diputado o un puñado de ellos no sirve
prácticamente para nada (excepto para cobrar un formidable sueldo y viajar
gratis en primera clase).

Además, si alguien ha tenido la paciencia de escuchar un pleno o una
sesión completa de discusiones, no encontrará apenas diferencias entre unos y
otros, sencillamente porque no las hay. Así que todo resulta un tedio
insoportable.

Es bastante curioso porque hoy se elaboran leyes todos los días y las
leyes vigentes se cambian rápidamente, mientras que antes se hacía una sola ley
cada varios años y podía durar un siglo. Puede decirse que hoy, cuando más
leyes se elaboran, menos trascendencia tienen los parlamentos, que son los que
debían promulgarlas.

En el siglo XIX las discusiones parlamentarias eran vivas hasta el punto
que en 1835 el presidente del gobierno, Mendizábal, y el jefe de la oposición,
Istúriz, se retaron a duelo con pistola a la salida del Congreso. Y no era
infrecuente que un enorme público acudiera a las sesiones parlamentarias o
esperara fuera el curso de los debates.

Cualquier parecido con el parlamento actual es mera coincidencia. Hoy la
importancia política no radica en las cámaras, sino en el gobierno y éste
tampoco tiene nada que ver con los gobiernos de las democracias burguesas
pretéritas.


El sistema de gobierno

En la democracia
burguesa el gobierno se sustentaba fundamentalmente sobre el ejército y
entonces el ejército era una milicia reclutada del seno del pueblo. El fascismo
impone la profesionalización de las fuerzas armadas y tiende a apoyarse siempre
en tropas mercenarias, tanto para la guerra imperialista como para la represión
interna. Antaño algunas revoluciones triunfaron porque las tropas no se
atrevieron a disparar contra sus conciudadanos y ése es un riesgo que hoy
ningún gobierno asume. Para ello, desarrollan una extensa burocracia antes
inimaginable. En España, por ejemplo, no existieron funcionarios hasta 1911. El
gobierno se apoyaba en un reducido número de empleados públicos de
su confianza que hoy calificaríamos de trabajadores precarios: cuando cambiaba
el gobierno, cesaban en sus puestos y eran reemplazados por otros.

Por el contrario,
España es hoy un Estado con dos millones de funcionarios, y éste es el único
empleo en el que no hay despidos ni reconversiones. Un funcionario tiene empleo
para toda la vida y su tarea es siempre la misma. La burocracia está
profesionalizada y especializada para controlar minuciosamente todas y cada una
de las parcelas en las que se desenvuelve con el fin de prevenir las crisis y,
en su caso, impedir su propagación o paliar sus efectos.

El capitalismo
monopolista es también capitalismo monopolista de Estado y la
burocracia asume buena parte de las transcendentales funciones que antes
estaban reservadas al ámbito privado: desde el control de grandes empresas como
la RENFE, hasta el cuidado de niños desamparados. Sobra decir que el Estado
asume tantas y tan variadas funciones para impedir que nada se le vaya de las
manos, con un objetivo de control total y absoluto.

Es imposible
rastrear todas y cada una de las diferencias que hay de una forma de gobierno
democrático-burguesa hasta otra fascista, pero podemos poner otro ejemplo
esclarecedor: el uso de armas. En la democracia burguesa, aquí como en otros
países, era muy frecuente que el pueblo portara armas de fuego, y en las
viviendas las armas colgaban de la pared ostensiblemente visibles junto a la
puerta. En algunos países incluso era un derecho que los ciudadanos pudieran
llevar armas. Hoy en casi todo el mundo es un delito tener siquiera un arma de
fuego. Es el Estado el que autoriza o deniega el permiso de armas, de manera
que lo concede o lo rechaza según los intereses de los monopolistas. Pero lo
más significativo es que el Estado, a través de una burocracia ramificada, no
sólo lleva minuciosamente un control de todos los que tienen permiso de armas,
sino que además registra al detalle todas y cada una las armas que hay en su
interior. Y no solamente las armas de fuego: hoy la ley Corcuera ha prohibido
hasta las navajas y cuchillos.

Lo que decimos de
las armas se puede hacer extensivo a cualquier otro ámbito, como sanidad o
educación, y sirve para ilustrar lo que va de una forma de gobierno a otra,
desarrollando formas de control absoluto sobre cada ciudadano y sobre todos y
cada uno de los aspectos de su vida. De esa manera trata de evitarse sorpresas,
prevenir la revolución, tomar medidas de anticipación que le permitan
reaccionar mejor y más rápidamente ante cualquier eventualidad.

Los derechos y las libertades

Otra extendida idea
es la de que, mientras la democracia burguesa reconoce los derechos básicos de
sus ciudadanos, el fascismo los anula completamente.

Para probar lo
infundado de esta opinión podríamos recordar que la primera ley
fundamental
 que promulgó Franco resultó ser el Fuero de los
Españoles
donde se reconocieron solemnemente todos los derechos básicos de
las personas. Y no hay por qué otorgar más valor a aquel Fuero de los años cuarenta
que a la actual Constitución. Naturalmente aquel Fuero era compatible con el paseo y
los fusilamientos al amanecer en las tapias de los cementerios; lo mismo que la
Constitución actual lo es con las torturas y la guerra sucia.

Pero no se trata
sólo de eso. Es suficiente comparar el significado que hoy tiene cualquier
derecho que pueda tomarse al albur como ejemplo, y compararlo con su origen
histórico. En la democracia burguesa los derechos no se podían regular; ni
siquiera se los podía mencionar, porque cualquier intento de meter mano sobre
ellos, significaba limitarlos, amputarlos o recortarlos, lo que resultaba
impensable en aquella época.

Naturalmente que
cuando la burguesía piensa en derechos es con una perspectiva bastante distinta
de la que tiene el lector en su mente: el derecho número uno es el derecho de
propiedad, y la burguesía sólo podía concebir su propiedad como ilimitada. Cada
uno -o sea, cada burgués- podía disponer de sus cosas a su antojo. Incluso
podía quemarlas o deshacerse de ellas.

Pues bien, esa
noción de la propiedad, la extendió la burguesía a todos los demás derechos. La
razón de ese principio era bien simple: los derechos sirven para impedir la
injerencia del Estado en la vida privada de los ciudadanos y, además, sirven
para criticar al Estado que no los respeta.

La situación hoy ha
dado un giro completo. Actualmente no hay un sólo derecho que no se halle
minuciosamente regulado y, por tanto, limitado, condicionado y manipulado hasta
la saciedad. Ya no hay derechos absolutos. Las excusas son varias. Por un lado,
que los derechos hay que garantizarlos judicialmente: dicen que no
basta reconocer un derecho, sino que hay que colocar a un juez vigilando su
cumplimiento. Entonces los derechos se convierten en algo mucho mejor, más sólido:
en garantías. Las garantías son algo as’ como los derechos blindados por los
jueces. Naturalmente lo que no nos dicen es que si se deben asegurar los
derechos es porque están en peligro, porque corren un riesgo. Tampoco nos dicen
cuáles son esos riesgos, en qué consisten, quiénes son los que tan
continuamente los violan, que deben ponerlos a buen recaudo. Es decir, que la
transformación de los derechos en garantías no es en realidad más que una
prueba de su sistemática vulneración. Podríamos añadir también que esa
vulneración deriva casi siempre del propio Estado que los proclama tan
solemnemente y, además, que no deja de ser curioso que para impedirlo se
coloque a un juez como garante, porque el juez no es más que otro funcionario
del Estado, por lo que su papel, lejos de garantizar el derecho violado, no
puede ser otro que el de justificarlo y legitimarlo.

Otra vía de
liquidación de los derechos ha consistido en su multiplicación. Antes los
derechos humanos eran un puñado de principios generales que, además, estaban
muy por encima de otros derechos. Hoy hay tantos derechos fundamentales que es
imposible enumerarlos todos. Es más: todo derecho tiene su réplica. Frente al
derecho de huelga está el derecho de los trabajadores a trabajar, o sea, al
esquirolaje; frente al derecho de manifestación está el derecho de los demás
ciudadanos a pasear por la calle; y así sucesivamente. Todos esos derechos
están al mismo nivel y se anulan unos a otros, entran en conflicto y eso obliga
a un juez neutral a decidir entre los derechos de unos y de
otros, conforme a una legislación compleja y prolija que nadie es capaz de
entender.

Por supuesto, no
tenemos la más mínima intención de mencionar aquí el derecho a la revolución, el
único derecho realmente ‘histórico’, el único derecho en el que descansan todos
los Estados modernos
, como decía Engels (5).
Esto hace tiempo que desapareció, y ya no es que no exista como derecho, sino
que es un crimen. O sea, todo lo contrario, y es que la ironía de la
historia universal lo pone todo patas arriba
, insistía Engels: A la
postre no tendrán más camino que romper ellos mismos esta legalidad tan fatal
para ellos
 (6). Eso es
justamente lo que ha sucedido. Una vez más, el viejo Engels no se equivocó en
sus pronósticos ni un milímetro.

Como resultado de
este proceso, los derechos se han convertido en su contrario: ya no defienden
al ciudadano de los abusos del Estado, sino al Estado de los abusos del
ciudadano que trata de aprovecharse de ellos. Así, es curioso leer en la prensa
que las instituciones públicas convocan una manifestación en defensa de
determinados derechos, contra los movimientos revolucionarios, por ejemplo, o
que el Departamento de Estado norteamericano, en su informe anual sobre la
situación de los derechos humanos en España, hable de las violaciones que
cometen las organizaciones guerrilleras.

Pero nada hay en
esta materia más ilustrativo que la moderna teoría del abuso de los derechos
fundamentales
, consagrada en la Constitución alemana de la segunda
posguerra. Según este principio, no se puede utilizar un derecho fundamental
para luchar contra el sistema porque eso supondría un fraude contra el Estado.
Se ha cumplido aquel vaticinio de Engels, directamente dirigido contra toda la
demagogia reformista: el Estado impide la utilización de las vías legales,
pacíficas y democráticas en su contra. Ya no se pueden
utilizar las instituciones contra las mismas instituciones, como decía Engels (7). Y esa era la esencia de la democracia
burguesa.

La legalización al
máximo nivel del abuso de los derechos fundamentales, por sí
misma, significa la contrarrevolución en materia de libertades. Ya nada puede
volver a ser lo mismo. Por eso los gobiernos no tienen ningún inconveniente en
reconocer e incluso garantizar los derechos básicos de los
ciudadanos: simplemente no sirven para nada.

Un estado de excepción permanente

Por lo demás, en
materia de derechos humanos no se puede olvidar que el imperialismo impone el
estado de excepción permanente, o lo que es lo mismo, que permite violar
permanentemente los derechos y libertades fundamentales.

Un estado de
excepción permanente es una contradicción en sí mismo. El estado de excepción
es un régimen que aparece en la época de la democracia burguesa como un
paréntesis en el que se anula temporalmente la vigencia de las libertades; se
promulgaba para un periodo de vigencia establecido: un mes, tres meses y hasta
seis como máximo. Es el plazo del que disponían las fuerzas represivas para
solventar las insurrecciones populares sin atarse las manos. Podían despacharse
a gusto, sembrar el terror entre las masas y posteriormente volver de nuevo a
los cuarteles.

Bajo el
imperialismo, la recurrente promulgación de los estados de excepción se
manifiesta contraproducente, porque el paréntesis debe promulgarse con toda
solemnidad en los boletines oficiales y eso conduce a exacerbar aún más el
malestar. El estado de excepción deja de ser una solución y se convierte en un
problema añadido a los que ya existen, porque las masas añaden a sus
reivindicaciones otra más: el levantamiento del estado de excepción.

La solución es
constituir de forma permanente un estado de excepción. De esa forma se difunde
un clima de normalidad: las masas se habitúan a vivir bajo un estado de
excepción permanente como si formara parte del paisaje cotidiano.

Este paso lo dio el
franquismo en España en su última etapa y lo consagró solemnemente el artículo
55 de la nueva Constitución bajo el taimado nombre de suspensión
individual de garantías
. Es la técnica de las leyes especiales, cuyo máximo
ejemplo son las leyes antiterroristas. Ya no tienen un plazo máximo de
vigencia, y no solamente se han hecho permanentes, sino que además se han
metido dentro de las leyes ordinarias, como máximo ejemplo de normalidad.
Muchas veces dicen nuestros politicastros -con razón- que ya no hay ley antiterrorista;
sólo les falta añadir que la ley antiterrorista está dentro del Código Penal, y
no sólo para camuflarla, sino para conseguir que el estado de excepción sea
permanente.

Pero siempre hay
algún ingenuo que piensa que ese estado de excepción es sólo para los
revolucionarios, olvidando que no es otra que la policía quien pone las
etiquetas y, por tanto, quien decide sobre la suspensión de las
garantías constitucionales
. Cuando esto puede hacerse sin ninguna clase de
responsabilidades, facilita el funcionamiento policiaco y le permite torturar a
un detenido hasta cinco días, no es de extrañar que la etiqueta de terrorista esté
tan extendida en nuestro país. Ya lo dijo Pujol durante la transición: en estos
temas más vale pecar por exceso que quedarse cortos. Por eso es tan frecuente
que muchos detenidos comunes pasen como integrantes de organizaciones
armadas
, mientras que a otros como Barrionuevo, Vera, Galindo y demás
canalla ni siquiera se les ha detenido jamás.

El sistema judicial

Todos hemos leído
alguna vez aquello que escribió Montesquieu, el padrino por antonomasia de la
democracia burguesa, de que el poder de los jueces era prácticamente
nulo
. Y lo era porque la democracia es impensable con cualquier forma de
burocracia, incluida la burocracia judicial.

Hoy, paralelamente
al crecimiento del funcionariado, se expande el sistema judicial hasta ocupar
un lugar decisivo en los aparatos del Estado. Basta ojear cualquier periódico
para comprobar que las noticias de tribunales tienen un relieve muy importante
y que las decisiones que adoptan los jueces son cada vez más trascendentales.
Por eso se habla de politización de la justicia y de la existencia de
jueces-estrella.

Este es un fenómeno
característico del imperialismo y de la crisis de los parlamentos. La creciente
competencia monopolista obliga a que la burguesía tenga que resolver sus
problemas de forma judicial y, por tanto, que los jueces asuman funciones que
no son las suyas propias. En España, por ejemplo, existe un tribunal de defensa
de la competencia o un tribunal de cuentas, pero ni se trata de tribunales ni
hacen juicios ni dictan sentencias.

Pero el ejemplo
máximo de este proceso bajo el imperialismo es el invento de los tribunales
constitucionales, una institución aparecida en Austria, tras la derrota del
Imperio Austro-húngaro en la Primera Guerra Mundial, y que se ha expandido tras
la Segunda. Así como los tribunales supremos son el máximo exponente judicial
de la democracia burguesa, los tribunales constitucionales lo son del
imperialismo decadente.

Responden a ese
fenómeno característico de resolver en forma de juicio las contradicciones y
peleas internas de la burguesía actual y, además, son uno de los mejores
exponentes de la bancarrota del parlamentarismo fascista actual.

Los tribunales
constitucionales están situados por encima de los parlamentos, porque los
parlamentos sólo hacen leyes, mientras que esos tribunales son
los guardianes de la constitución, que está por encima de la ley. Por eso
tienen facultades para anular una ley elaborada por el parlamento. En
consecuencia, 12 expertos acumulan más poder que 500 diputados y senadores,
teóricamente elegidos por el pueblo. Como se puede observar, esto
es algo muy poco democrático y deja malparada la sacrosanta soberanía
popular
.

Esos tribunales
suponen un intento de reducir los conflictos políticos a cuestiones técnicas.
El manoseado Estado de Derecho conduce ahí: el monopolismo no
tolera huecos; todo tiene que estar previsto y, por tanto, regulado. Es su
manera de estar prevenido ante cualquier contingencia. De ese modo se ocasiona
una plétora de legislación, una verdadera borrachera de Boletín Oficial del
Estado: reglamentos, decretos, órdenes, estatutos, etc., que son el maná de
toda la caterva de picapleitos, jueces, fiscales, secretarios, abogados del
Estado y demás.

Toda esa legislación
pretende solucionar los problemas de todo tipo antes de que se produzcan.
Naturalmente que eso es imposible y no logra más que trasladar el problema a
los jueces, que son quienes tienen que decidir finalmente, lo que acarrea toda
esa parafernalia característica de juicios esperpénticos.

¿Qué es el Estado de Derecho?

No cabe duda que la
palabra favorita en todo politicastro de postín (de los que tanto abundan en
nuestros días) no es otra que Estado de Derecho. Por nuestra parte
sólo podemos decir que tal palabra jamás existió en la época de la democracia
burguesa, por lo que habrá que explicar su éxito actual para comprender por qué
democracia y Estado de Derecho son dos conceptos incompatibles; o lo que es lo
mismo: el Estado de Derecho es la expresión institucionalizada de la dictadura
fascista de nuestros días.

El término Estado
de Derecho
 fue acuñado a finales del siglo XIX y comienzos del XX por
teóricos alemanes y, por tanto, está indisolublemente ligado a los problemas de
la revolución burguesa en Alemania, es decir, al modelo prusiano.

Mientras en Francia
la burguesía se impuso a la nobleza feudal por la vía revolucionaria, de
golpe
 podríamos decir, en Alemania siguió un camino tortuoso que debió
comenzar por lograr la unidad nacional. La burguesía no tenía la misma fuerza
que en Francia, no logró arrastrar a los sectores populares bajo su dirección y
se vio obligada a llegar a componendas con la aristocracia terrateniente, a un reparto
del poder que se fue gestando a lo largo de varias décadas del siglo XIX.

Esto significa que,
así como en Francia se impuso un nuevo y esencial concepto jurídico con la
revolución, la soberanía nacional, en Alemania no se logró introducir ese
principio en su legislación y todo su edificio legal siguió estando fundado
sobre el principio monárquico, es decir, sobre la idea de que la
soberanía radica en el rey y no en la nación.

El imparable
desarrollo del capitalismo en Alemania creó una nueva casta aristocrática
ejerciendo el papel que correspondía a la burguesía: los junkers.
Esta nueva burguesía no desdeñaba enriquecerse rápidamente con la explotación
capitalista, pero todavía tenía la cabeza en el Antiguo Régimen y conservaba
sus ademanes. Para esos junkers prusianos propietarios de imponentes fábricas,
elaboraron Laband, Jellinek y demás la famosa teoría del Estado de Derecho.

No cabe ninguna
duda, en consecuencia, que la teoría del Estado de Derecho está concebida para
negar el principio básico de la democracia burguesa, que es la soberanía
popular. No es casualidad que las ideas de Laband y Jellinek coincidan
temporalmente con las nuevas corrientes de pensamiento burgués que fuera de
Alemania comienzan a liquidar el principio de soberanía, por tratarse de algo abstracto e
incomprensible. Es el caso del jurista francés Duguit, su exponente más
característico.

La crisis de las
instituciones típicas de la democracia burguesa, como el parlamento, va
acompasada con todas esas nuevas teorías que pretenden liquidar el principio de
soberanía e imponer el Estado de Derecho como el concepto más adecuado a los
nuevos tiempos, esto es, al capital monopolista.

La idea capital del
Estado de Derecho es que el principio de soberanía no existe: no solamente no
es el pueblo quien tiene la facultad de crear las normas legales, sino que, muy
al contrario, el pueblo debe estar sometido a esas normas. O lo que es lo
mismo: el verdadero soberano es el Derecho, no el pueblo.

Esa es la idea
central del Estado de Derecho. Sobra insistir que estamos en las antípodas de
la democracia burguesa.

Notas:

(1) J. Dimitrov: «La ofensiva del fascismo y las
tareas de la Internacional en la lucha por la unidad de la clase obrera contra
el fascismo. Informe al VII Congreso de la Internacional Comunista. 2 de agosto
de 1935», Obras Escogidas, tomo I, pg. 581.
(2) ídem, pg. 579.
(3) J. Dimitrov: «Acerca
de las medidas de lucha contra el fascismo y los sindicatos amarillos.
Intervención en el IV Congreso de la Internacional Sindical. 1928», en Escritos
sobre el fascismo
, pgs. 35 y 36.
(4) F. Engels:
«Introducción a ‘Las luchas de clases en Francia’ de Carlos Marx», Obras
Escogidas
, tomo I, pg. 105.
(5) ídem, pg. 121.
(6) ídem, pg. 122.
(7) ídem, pg. 116.
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Noticias

Biografía de Marx (Parte 4)



Una
prensa de agitación política



Cerrada la vía de la docencia, Marx se lanzó al periodismo,
que era una forma de agitación política desconocida hasta entonces en Alemania.
Desde abril de 1842 empezó a colaborar con la Gaceta Renana que
convirtió en una tribuna para propagar las ideas avanzadas y luchar contra la
reacción política y el oscurantismo.

En el periódico Marx empezó a caer del cielo a la tierra, de
lo abstracto a lo concreto. Su puesto de observación le permitió conocer de
cerca la situación de los trabajadores. El contacto directo con la lucha de las
amplias masas de Alemania y su conocimiento del movimiento obrero de otros
países influyeron grandemente en el joven Marx y le hicieron comprender la
necesidad de profundizar sobre problemas nuevos para él, los problemas
económico-sociales. La aparición de una nueva clase, el proletariado, en la
palestra de la lucha hizo que Marx sintiese curiosidad por las publicaciones
socialistas que habían aparecido en Inglaterra y Francia. Engels dice
que Marx le habló posteriormente más de una vez de que el estudio de la ley
sobre la tala ilícita y de la situación de los campesinos de Mosela le
indujeron a pasar de la política a la economía y, de este modo, al socialismo.

Como correspondía a un demócrata revolucionario, en una
serie de artículos, Marx asumió la defensa de los intereses materiales de las
masas populares. Aquí se perfila el paso de Marx del idealismo al materialismo
y de la democracia revolucionaria al comunismo. Pero aún faltaba un trecho.
Cuando el periódico fue acusado de comunismo, Marx respondió anunciando la
próxima publicación de una crítica fundamental del comunismo. Se
negó a adoptar las teorías comunistas tal y como existían entonces de una
manera superficial. Pensaba que las formas de comunismo expuestas eran burdas y
poco desarrolladas, presentándose como abstracciones dogmáticas. En una carta a
Arnold Ruge de noviembre de 1842 escribía que consideraba inadmisible y
hasta inmoral el contrabando de dogmas comunistas y socialistas, es decir, de
una nueva manera de ver el mundo, en las críticas teatrales corrientes, etc., y
que exigía, si se trataba el tema, un estudio totalmente distinto y más a fondo
del comunismo
.


Además, Marx tampoco era aún materialista; estaba convencido
de que para cambiar la sociedad primero había que cambiar el pensamiento. Para
ello había que influir en la opinión general, desarrollar nuevas ideas y
desplegar vastas campañas de propaganda. Sus preocupaciones entonces estaban en
la prensa, en la defensa de la libertad de expresión. La política también la
concebía como un debate de ideas. Por eso uno de sus artículos más importantes,
realmente demoledor, es el que analiza las nuevas normas sobre censura.
Compuesto de seis largos artículos, analizaba entonces los debates de la Dieta
renana sobre la libertad de prensa que habían sido divulgados públicamente pero
sin mencionar los nombres de los participantes. Decía que la Dieta no soportaba
la luz del día y que si, al elegir a sus representantes, los lectores confiaron
en ellos, al ocultarse en el anonimato no confiaban en el juicio de quienes les
otorgaron su confianza.

Uno de los oradores había reclamado la libertad de prensa
como parte integrante de la libertad de industria, y Marx respondió: ¿Acaso
es libre la prensa degradada a industria? Es innegable que el escritor tiene
que ganar con el trabajo de su pluma para existir y escribir, pero jamás
existir y escribir para ganar. La primera libertad de la prensa consiste
precisamente en no ser una industria. Al escritor que prostituye esa libertad
de prensa, convirtiéndola en medio material, le está bien empleada como castigo
de esa esclavitud exterior de la censura; o por mejor decir, ya su propia
existencia es su castigo
. Marx también hablaba de sí mismo, exponiendo una
norma a la que se ajustaría durante toda su vida. Sus trabajos fueron siempre
fin y jamás un medio, hasta tal punto que llegó a dedicarles su propia
existencia.

En sus artículos Marx se mantiene aún en un punto de vista
humanista abstracto, antropocéntrico. Para aquel Marx, el problema reside en
saber quién es el sujeto real que, para el hombre, es el hombre mismo. Con
la Gaceta Renana Marx lucha contra la opresión social,
política y espiritual imperante en Prusia y en el resto de Alemania. Al
observar, en numerosas ocasiones, la actitud desalmada del gobierno prusiano y
sus funcionarios hacia las necesidades vitales del pueblo, Marx llegó a la
conclusión de que dicho gobierno, sus funcionarios y sus leyes no reflejaban ni
defendían los intereses del pueblo, sino los de las capas dominantes: la
nobleza y el clero.

En la redacción de la Gaceta Renana, Marx había
asistido, en las oficinas del periódico en Colonia, a las reuniones de un
círculo de discusión animado por Moses Hess (1812-1875), el primer hegeliano
que se pasó a las filas del comunismo. Los historiadores no han valorado
suficientemente esta temprana influencia de Hess, anterior a la de Weitling y
Proudhon. También de origen burgués y con una vasta cultura, Hess había viajado
de joven por Francia e Inglaterra y destacó entre los primeros revolucionarios
renanos. Aunque reclamaba el sufragio universal, Hess denominó anarquía a
su filosofía social expuesta primero en su Triarquía europea y
en 1843 en Die Philosophie der Tat.

Hess era un hombre muy influenciable y su doctrina, muy
primitiva, acusa su eclecticismo, por no decir confusión. Se declaraba atraído
por Spinoza; ponía a Saint-Simon a la altura de Hegel, aunque también se le
puede considerar próximo a Stirner al declarar que todas las acciones libres
deben surgir de los impulsos individuales, no contaminados por ninguna
influencia externa. Este híbrido no podía satisfacer a Marx, que no se
comprometió con Hess a la ligera. Era la época dorada del socialismo utópico
cuyas diversas variantes se basaban, casi todas, en especulaciones abstractas
acerca de la forma de alcanzar una nueva sociedad más igualitaria, y no tenían
ninguna, relación con las luchas que se desarrollaban ante sus ojos. Es por lo
que Marx rechaza la mayor parte de esos tipos de socialismo que le son
contemporáneos y los considera como formas dogmáticas que encaran el mundo con
esquemas prestablecidos y que consideran indignas de su atención las luchas
políticas prácticas. No se trata de aportar la conciencia a cualquier cosa
inconsciente -la esencia del idealismo- sino de hacer consciente un proceso que
evoluciona ya en esa dirección, un proceso conducido por una necesidad material
que contiene también la necesidad de hacerse consciente de sí mismo. Es la
formulación de la Ideología alemana que define al comunismo
como el movimiento real que suprime el estado de cosas existentes,
que sitúa la conciencia revolucionaria en la existencia de una clase
revolucionaria y que define explícitamente la conciencia revolucionaria como
una emanación histórica del proletariado explotado.

No obstante, durante un tiempo los caminos y Hess y Marx
caminos corrieron en paralelo. En setiembre de 1841 Hess escribió a Bertold
Auerbach una carta para presentarle a Marx:

Te alegrarás de conocer a un hombre que es ahora amigo
nuestro, aunque vive en Bonn, donde muy pronto será encargado de curso […] Me
ha producido una impresión extraordinaria y, sin embargo, mi actividad está muy
próxima a la suya; en resumen, disponte a conocer al más grande y quizá al
único verdadero filósofo vivo. Muy pronto, cuando sea conocido del público (por
sus escritos al mismo tiempo que por su curso en la Universidad), atraerá sobre
él las miradas de Alemania entera […] El doctor Marx -así se llama mi ídolo-
es todavía un hombre muy joven (apenas tiene veinticuatro años). Dará el golpe
de gracia a la religión y a la política medievales; une el espíritu más mordaz
a la más profunda gravedad filosófica: imagina a Rousseau, a Voltaire, a
Holbach, a Lessing, a Heine y a Hegel fundidos en una sola persona, y digo
fundidos y no arrojados al mismo saco […] ese es el doctor Marx.



A Marx su suegro ya le había insistido en la importancia de
Saint-Simon, pero fue Hess quien acercó a los últimos utopistas franceses a
Alemania. Hasta ese momento sólo llegaban noticias muy vagas acerca de
sociedades secretas que circulaban por los periódicos alemanes. Cuando al cabo
de poco tiempo Hess y Marx coincidieron en París, conocieron a Proudhon y a
Bakunin y compartieron varios proyectos políticos. La Ideología alemana es
una respuesta contra un ataque de los hegelianos contra Marx, Engels y
Hess, hasta el punto de que parece ser que éste escribió una parte del texto.
Pese a su anarquismo nominal, Hess nunca estuvo próximo a Proudhon y sus
relaciones con Bakunin terminaron más tarde en una disputa encarnizada. A pesar
de que Hess escribió la parte de la Ideología alemana en la
que se ataca el verdadero socialismo, luego se convirtió en un
exponente de ese mismo verdadero socialismo junto con Carlos
Grün, Hermann Kriege y otros, por lo que tuvo que verse sometido a la
demoledora crítica de Marx. No obstante, a pesar de las divergencias, a
diferencia de otros renegados, Hess nunca se apartó totalmente de Marx,
acabando en las filas lassalleanas. Luego Marx y Engels siguieron
manteniendo relación con su mujer Sibylle Pesch (1820-1903), otra activa
militante revolucionaria que participó en la Liga de los Comunistas, en el
partido lassalleano y en dos congresos de la I Internacional, los de
Bruselas y Basilea. En una carta escrita dos años de la muerte de Hess, Marx le
califica de amigo y camarada, apreciando su obra científica Teoría
dinámica de la materia
.

Inicialmente Hess fue el director del periódico porque Marx
no comenzó a colaborar hasta que en abril se desvanecieron sus intentos de
seguir a Bauer en la Universidad de Bonn. En octubre del mismo año fue nombrado
redactor-jefe y tuvo que trasladarse a vivir a Colonia, mientras Bauer, al ser
expulsado de Bonn, se fue a vivir a Berlín y allí fundó la Liga de los
Libres
 con sus hermanos, Max Stirner, Meyen, Köppen y otros, entre los
que se puede incluir a Engels que entonces cumplía en Berlín el servicio
militar. Con la excepción de Köppen y Engels, este grupo inició una deriva
nihilista, mientras en Colonia Marx experimentaba un proceso inverso. En el
periódico se fue abriendo una brecha entre Marx y sus viejos amigos berlineses,
entre el político y los filósofos, que acabará en una lucha abierta: Cuanto
más penetraba Marx en la realidad concreta más se perdían en la abstracción sus
amigos berlineses
, escribió Nikolaievski. En un principio simplemente
pareció que Bauer no evolucionaba, pero nada se estanca; lo que no evoluciona
retrocede y el retroceso de Bauer, el fogoso neohegeliano, le pondrá en los
brazos de la reacción.

El detonante de la ruptura fue George Herwegh, un poeta que
había ganado gran notoriedad en 1841 con una obra romántica de éxito. Aunque
era un atolondrado político, Herwegh formaba parte de los círculos de
intelectuales revolucionarios y tuvo que exiliarse a comienzos de 1843, aunque
pudo regresar pronto, siendo recibido por Federico Guillermo IV, una entrevista
absurda que dio lugar a una polémica. Algunos colaboradores berlineses de la Gaceta
Renana
 querían criticar la reunión de Herwegh en el periódico. Por su
parte, Herwegh respondió atacando a aquellos berlineses neohegelianos
vinculados al círculo de amigos de Bauer. Marx no estaba de acuerdo con la
reunión de Harwegh con Federico Guillermo IV y, por otro lado, estaba de
acuerdo con las críticas de Harwegh a los berlineses, aunque no entraban en el
fondo del asunto, que era su propio comportamiento. Con el apoyo de Ruge, Marx
se negó a publicar las críticas a Harwegh en el periódico y los berlineses
rompieron la relaciones. Bauer se unió a ellos.

La polémica con la Liga de los Libres tiene
relación con las dos visitas de Engels a Hess en la redacción de
la Gaceta Renana. La segunda de ellas se produjo a finales de
noviembre de 1842 cuando marchaba camino de Inglaterra. Entonces conoció a Marx
pero aquella primera toma de contacto no fue buena. Engels estaba en
correspondencia con los berlineses, que le hablaban mal de Marx, y éste
desconfiaba del que consideraba como un embajador de la Liga de los
Libres
.


Gracias a Marx, la Gaceta Renana fue
adquiriendo una orientación democrática y revolucionaria. El gobierno de Prusia
estableció una rigurosa censura sobre el periódico, asustado por el rápido
aumento de su influencia. Bajo la dirección de Marx se triplicó el número de
suscriptores, alcanzando los tres mil, un número alcanzado por muy pocos
periódicos en Alemania. Los artículos que superaban la censura eran
reproducidos por otros medios y se citaban elogiosamente. Estaba a punto de
convertirse en el periódico más importante de Alemania cuando en enero de 1843
el gobierno dispuso su suspensión a partir del 1 de abril del mismo año después
de haberse publicado unos artículos subversivos, entre ellos uno de Marx sobre
los sufrimientos de los viñadores de la región del Mosela. Como no podía
compartir los propósitos de los accionistas de la Gaceta Renana,
que querían imprimir al periódico una orientación más moderada, Marx declaró el
17 de marzo que no pensaba seguir en la redacción. Fue entonces cuando decidió
abandonar su país para editar en el extranjero una revista revolucionaria
destinada a Alemania. Marx entendía que la revista debía someter todo
lo existente a una crítica implacable
.