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Biografía de Marx (Parte 3)



Demócrito y Epicuro
en el país de los idealistas


En la Universidad de Berlín, Marx leyó de todo pero estuvo
muy influido por el pensamiento de Hegel que, convenientemente manipulado, era
la doctrina oficial del Estado prusiano. Hegel había muerto en 1831 y no era en
absoluto responsable del modo en que quienes decían ser sus herederos,
retorcían sus postulados, especialmente aquel de que todo lo real es
racional
. Más que cualquier otra cosa, Hegel es el filósofo del cambio, de
la evolución, de que todo lo real tiene que convertirse en racional,
lo cual es precisamente lo contrario de lo anterior. Bajo Hegel se cobijó tanto
la reacción como la revolución; en una expresión no del todo correcta pero
gráfica se ha dicho que los unos se aferraron al sistema, los otros al método.
Lo realmente importante es que aquellas disputas no eran más que el envoltorio
de una lucha política entre el viejo feudalismo alemán y la nueva burguesía
revolucionaria. Pero aquello duró muy poco. Hegel no podía ser nunca un pilar
sólido del orden establecido. La presencia de Hegel en la burocracia prusiana y
alemana ha sido muy exagerada por la posteridad. La misma existencia de unos
revolucionarios que se refugiaban en el hegelianismo, desencadenó una reacción
contra todo lo que tuviera algo que ver con el pensamiento de Hegel y el
gobierno tuvo que liquidar hasta su misma memoria.

Aunque Hegel glorificaba a la burocracia prusiana, esto sólo
podía ir en detrimento de la religión, que era el núcleo de la tradición feudal
y fue en el terreno religioso donde sobrevino el primer choque entre ambas
corrientes que se reclamaban hegelianas. Hegel había sostenido que las
historias sagradas de la Biblia debían ser consideradas como profanas porque a
la fe no le compete el conocimiento de la historia. En 1835 David Strauss se
aferró a esa idea para someter la historia evangélica a la crítica histórica
escribiendo una Vida de Jesús que provocó una enorme
sensación. La Biblia no era la palabra de dios sino un libro de historia. Así
Strauss entroncaba con el luteranismo y el racionalismo burgués. Su
planteamiento hubiera sido inconcebible en un país dominado por el catolicismo
y el dogma pero resultaba lógico en aquellos países donde la vinculación del
hombre con dios se establecía a través de una lectura propia de la Biblia.

Hasta Strauss, la filosofía hegeliana y la religión habían
vivido en buena armonía. Marx escribió, pocos años después: La crítica
de la religión es la condición necesaria de toda crítica. El fundamento de la
crítica irreligiosa es el siguiente: el hombre hace la religión, la religión no
hace al hombre. Pero el hombre no es un ser abstracto, exterior al mundo real.
El hombre es e1 mundo del hombre, es el Estado, la sociedad. Ese Estado, esa sociedad,
que son un mundo absurdo, producen la religión, absurda concepción del mundo.
La religión es la realización fantástica del ser humano, porque el ser humano
no tiene verdadera realidad. La lucha contra la religión es, pues,
indirectamente, la lucha contra un mundo del que ella es el aroma espiritual
.

Políticamente, Strauss era inofensivo, como lo siguió siendo
durante toda su vida. Pero había abierto la veda; sólo había que explotar aquel
filón y para eso ni siquiera eran necesarios pensadores profundos y gruesos
libros de filosofía sino, más que nada, divulgadores y agitadores. Entre éstos
encajaba a la perfección Arnold Ruge (1802-1880), quien había estado
encarcelado de 1824 a 1830. En 1832 entró como profesor en Halle, donde comenzó
a publicar los Anales de Halle entre 1838 y 1841, el órgano de
la izquierda hegeliana. Gracias a un matrimonio afortunado, disfrutaba de una
existencia apacible. Ruge nunca fue más allá del liberalismo burgués, por más
radical que fuera su apariencia. Aunque luego tuviera que refugiarse, en sendas
ocasiones, en Francia y en Inglaterra, él mismo se calificó alguna vez,
bastante acertadamente, de comerciante en espíritu al por mayor. Sin ser ningún
pensador original, ni mucho menos un revolucionario, Ruge tenía, sin embargo,
la cultura, la ambición, el celo y el ardor combativo que hacían falta para
dirigir bien una revista o un periódico científico. Él aseguraba a la
burocracia prusiana que sus Anales de Halle eran cristianos
y prusianos de Hegel
 pero, por mucho que se lo suplicó, el Estado
prusiano no le correspondió en aquel momento, tardó un poco más, lo que tardó
Ruge en abandonar cualquier veleidad agitadora. Finalmente, Ruge acabó a los
pies de Bismarck, quien en 1877 le gratificó con un pensión para pagar y apagar
su conciencia. Es de aquellos que pasó de vivir el presente a vivir del pasado
y, naturalmente a recordarlo: escribió unas memorias tituladas Recuerdos
del tiempo pasado, 1862-1867
. Pero eso sucedió bastante después…

En Halle los Anales de Ruge se convirtieron
en un centro de reunión para todos los espíritus inquietos, especialmente todos
los neohegelianos de Berlín, entre los que había docentes, profesores y
escritores de edad juvenil. De ellos destacaremos a cuatro: Eduardo Meyen,
Adolfo Rutenberg, el más íntimo de los amigos berlineses de Marx, Carlos
Federico Köppen y, sobre todo, Bruno Bauer. No se sabe si también pertenecía a
aquel círculo Max Stirner, profesor en un colegio de señoritas. Nada hay que
permita afirmar que Marx le conociera personalmente, pero entre ambos no medió
nunca la menor afinidad espiritual.
El más importante de todos ellos era Bruno Bauer
(1809-1882), hijo de un pintor en una fábrica de porcelana. Estudió filosofía y
teología en la Universidad de Berlín directamente con Hegel hasta que éste
murió en 1831. En una ocasión Hegel otorgó al joven Bauer un premio académico
por un ensayo filosófico criticando a Kant. Tras obtener la licenciatura en
teología, comenzó a enseñar en la Universidad de Berlín en 1834 y se ocupó,
sobre todo, de crítica bíblica. Próximo entonces a las posiciones de la derecha
hegeliana, criticó a Strauss afirmando la autoridad indiscutible de la
revelación divina, lo que desató una réplica por parte de éste y de la reacción
prusiana. Fue este debate el que empujó a Bauer a cambiar de alineamiento
filosófico, pasándose a la izquierda hegeliana. Al mismo tiempo, en el curso de
esta polémica la reacción se dio cuenta que aquel peligroso proceso tenía sus
raíces en Hegel y que había que acabar con todo el hegelianismo. A la inversa,
Bauer se apercibió de que la única manera de defender Hegel de aquel ataque
generalizado era desde las posiciones de la izquierda.

En 1836, durante sus primeros días como profesor, Bauer
impartió clases a Marx del mismo modo que, una generación después, también fue
mentor de otro joven: Friedrich Nietzsche. Ambos acabaron abandonando a Bauer.
En 1838 publicó en dos volúmenes su Kritische Darstellung der Religion
des Alten Testaments
 que muestran que, aun siendo muy superior a
Strauss desde el punto de vista intelectual, seguía fiel a la derecha
hegeliana. Pero muy pronto su opinión sufrió un vuelco y, en tres trabajos, uno
sobre el cuarto evangelio, el de Juan, otro sobre los tres sinópticos (Marcos,
Mateo y Lucas) y el tercero titulado Herr Hengstenberg, kritische
briefe uber den Gegensatz des Gesetzes und des Evangeliums
, anunció su
ruptura con la derecha hegeliana.

Las aportaciones de Bauer a la historia evangélica fueron
muy importantes, limpiando los últimos residuos teológicos que Strauss había
dejado en pie. Elaboró un profundo análisis de la literatura cristiana del
siglo I para demostrar que en los Evangelios no existía la verdad histórica,
que todo en ellos era obra de la imaginación de los evangelistas. Asimismo
argumentó que la religión cristiana no le había sido impuesta, como se pensaba,
al mundo greco-romano, sino que era el más genuino producto de este mundo. De
este modo, abría la única senda por la que se podían investigar científicamente
los orígenes del cristianismo. Sostuvo que muchos temas centrales del Nuevo
Testamento, especialmente los que eran opuestos al Antiguo Testamento, ya se
encontraban en la literatura greco-romana de aquella época. Bauer demostró que
la influencia judía en Roma había sido mucho más importante de lo que los
historiadores habían creído hasta entonces y que el judaísmo se había
introducido en Roma en la época de los Macabeos, incrementando su población.

Pero en 1839 el prestigio de Bauer, el giro radical que dio
a la teología y, sobre todo, su incorporación al círculo de la izquierda
hegeliana forzaron su traslado a la Universidad de Bonn. Era un intento de
descabezar al grupo, privarlo de su dirección para dispersarlo. La vinculación
entre Bauer y Marx era muy estrecha entonces. Apenas se estableció aquel en
Bonn, intentó que Marx se trasladara con él. Entonces Marx trabajaba en su
tesis doctoral sobre la Diferencia entre la filosofía natural de
Demócrito y la de Epicuro
. Para Bauer aquello no tenía demasiado interés.
Para él, fuera de Aristóteles, Spinoza y Leibniz, no había otra filosofía en el
mundo. En una carta le aconsejaba a Marx que acabase de una vez con aquel despreciable
examen
 y que no le dedicase tanto tiempo, lo cual demostraba que ya
entonces Marx hacía gala de su estilo de escribir concienzudo y, por tanto,
exasperantemente lento, lo que fue una desolación para todos los que le
conocieron, especialmente Bauer, que era una máquina de escribir, casi de manera
automática. En la carta Bauer le decía, además, que Ruge le daba pena y
calificaba de lánguidos sus Anales de Halle aceptando,
a cambio, la publicación de una revista radical que Marx le había propuesto,
dirigida por ambos.

Bauer era el campeón de la crítica. Si existe el arte por el
arte, Bauer sería el representante de la crítica por la crítica, un verdadero
precursor de la Escuela de Frankfurt. La palabra nihilismo apareció entonces
bajo estas influencias perdidas en la abstracción. Lo de Bauer era una
revolución pero sólo en el terreno de la filosofía, para la que Bauer contaba
más con la ayuda que con la oposición del gobierno. La miopía política
de Bauer no era otra cosa que el reverso de su agudeza de visión filosófica
,
escribió Mehring. Bauer atacaba a la teología pero sólo para entronizar al
Estado prusiano sobre fundamentos más sólidos. Separando a la Iglesia del
Estado se fortalecía el Estado y más concretamente sus instituciones
educativas, especialmente la universidad, algo en lo que los académicos como
Bauer estaban muy interesados en una época en la que aún estaban obligados a
llevar peluca. Como Ruge, Bauer acabó sus días siendo otro de aquellos
aduladores de Bismarck.

Muy influido entonces por Bauer, Marx presentó su tesis
doctoral sobre Demócrito y Epicuro, dos filósofos que Hegel había tratado con
bastante desdén porque no podían competir con Platón ni compararse con
Aristóteles. Los escépticos, epicúreos y estoicos formaron escuelas filosóficas
griegas que brotaron en su decadencia, contribuyendo más que ninguna otra a
fecundar el cristianismo. Su meta común era hacer al hombre individual,
independiente de todo lo exterior a él, retrotrayéndole a su vida interior,
llevándole a buscar su dicha en la paz del espíritu, asilo inconmovible aunque
el mundo se derrumbase. En suma, eran filosofías de la autoconciencia. Pero
luego el cristianismo, sostenía Bauer, había enajenado la autoconciencia en
beneficio del Señor de los Evangelios. La humanidad había sido educada en la
esclavitud de la religión cristiana para, de este modo, preparar mejor el
advenimiento de la libertad y abrazarla con tanta o mayor fuerza cuando por fin
ese día llegase. La propia conciencia del hombre, al recobrar su
autoconciencia, recobraría un poder infinito sobre los frutos de su prolongado
renunciamiento.

Como había escrito Köppen, en este abigarrado galimatías
filosófico de la época no subyacía otra cosa que el racionalismo burgués del
siglo XVIII, que también había bebido de las fuentes de la duda de los
escépticos, el ateísmo de los epicúreos y la convicción republicana de los
estoicos. Aunque no tenían la talla de Platón o Aristóteles, estos filósofos
griegos habían dejado una huella muy profunda en la historia. Habían abierto al
espíritu humano nuevas perspectivas, rompiendo las fronteras sociales de la
esclavitud y las fronteras nacionales del helenismo, habían fecundado el
cristianismo primitivo, la religión de los dolientes y los oprimidos, que en
Platón y Aristóteles se trocaba en la Iglesia explotadora y opresora de los
dominadores.

Esta es la médula que Marx quiso explotar. Entonces, aunque
seguía compartiendo la concepción idealista, empezaba ya a extraer de la
ambigua filosofía de Hegel conclusiones ateas y revolucionarias. Mientras Hegel
criticaba el materialismo y el ateísmo de Epicuro, Marx hablaba con admiración
de la valiente lucha que el filósofo griego había sostenido contra la religión
y los prejuicios. Mientras todos los filósofos se habían burlado de Epicuro por
su absurda tesis de la declinación de los átomos, Marx le considera como el
más grande racionalista griego
 que había introducido un absurdo entre
las leyes ciegas de la naturaleza por el que se filtraba la libertad humana.

Naturalmente, en medio de un ambiente idealista, que era
también el de Marx entonces, éste traía el materialismo, el atomismo y el
ateísmo como notas discordantes, otra declinación de los átomos. Además del
materialismo, Demócrito y Epicuro tenían en común su atomismo, y Marx expone
así la diferencia entre ambos: para Demócrito se trata tan sólo de la existencia
material del átomo, mientras Epicuro pone de relieve el concepto del átomo al
lado de su realidad, la forma al lado de la materia; no le basta la existencia;
investiga también la esencia, y no ve en el átomo solamente la base material
del mundo sino también el símbolo del individuo aislado. Si Demócrito deducía
de la caída perpendicular de los átomos la necesidad de cuanto acaecía, Epicuro
los desviaba un poco de la línea recta para dejar sitio al libre arbitrio. Es
una contradicción entre el átomo como fenómeno y como esencia. La filosofía de
Epicuro introduce así una explicación ilimitadamente arbitraria de los
fenómenos físicos.


Es también sorprendente la superioridad que Marx observa en
Epicuro sobre Demócrito porque éste no hizo más que aventurar una hipótesis que
era el resultado de la experiencia, pero no su principio dinámico, un defecto
capital que luego Marx siempre denunció en todo el materialismo anterior que no
captaba la realidad más que bajo una forma pasiva, no como práctica, no como
actividad humana. Con esto adelantaba la importancia que luego dio al
movimiento y a la práctica. Demócrito era un teórico y Epicuro un político,
como se demuestra en el desafío de éste a la religión. Epicuro le atrajo a Marx
porque era un luchador, un filósofo se alzaba contra el peso oprimente de la
religión y la desafiaba.

Fue la primera obra extensa de Marx, de la que Mehring
concluye: Con este estudio, el discípulo de Hegel se extiende a sí
mismo el certificado de mayoría de edad: su pulso firme domina el método
dialéctico, y el lenguaje acredita esa fuerza medular de expresión que había
tenido, a pesar de todo, el maestro, pero que hacía mucho tiempo que no se veía
en el séquito de sus discípulos
.

Marx tenía la oportunidad de consagrarse a la actividad
científica y hacerse profesor de la Universidad de Bonn junto a Bauer. Pero él
prefería a Epicuro antes que a Demócrito. Era un militante, no un teórico. No
quería convertirse en un pensador solitario que escribía en el remanso de una
biblioteca. Era un demócrata, un revolucionario que luego evolucionaría hacia
el comunismo bajo la atracción de una clase, el proletariado, que supo hacer
suyos el indudable talento de Marx como pensador en la lucha por un mundo
nuevo. La concepción de los revolucionarios nunca ha sido invención de un
ideólogo individual, sino la expresión teórica de un movimiento vivo.

El ministro de Educación Altenstein había trasladado a Bauer
a la Universidad de Bonn con la promesa verbal de concederle una plaza de
profesor titular, pero murió en mayo de 1840 casi al mismo tiempo que Federico
Guillermo III y su sustituto, Eichhorn, no estaba por la labor. Se iniciaba una
etapa de dura reacción acompañada de represión política. Le propusieron que se
dedicara a escribir con la promesa del apoyo financiero del Estado pero Bauer
no aceptó y se aprestó a librar una batalla con la ayuda de Marx en una nueva
revista de agitación. El nuevo ministro mantuvo el pulso inundando la
Universidad de Berlín de reaccionarios prestos a librar toda clase de batallas.
Llevó allí al viejo Schelling, que se había convertido en portaestandarte de la
revelación divina, para dar el golpe de gracia al hegelianismo. En medio de
violentas manifestaciones de protesta, Julius Stahl, un absolutista, sucedió al
hegeliano Gans, fallecido el año anterior. El forjador de escuela histórica del
derecho, Savigny, amigo personal del nuevo monarca Federico Guillermo IV,
depuró a universidad de las tesis jurídicas hegelianas. Por tanto, en 1840
Prusia había declarado la guerra al hegelianismo, que apenas había podido
reinar una década. El título de un folleto de Bauer resumía el final de aquella
época: La trompeta del juicio final contra Hegel, el ateo y el
anticristo
. Marx participó en la redacción de ese folleto; formaba parte de
esa corriente y, aunque lo hubiera pretendido, las aulas estaban vetadas para
él.

Marx decidió doctorarse en la pequeña Universidad de Jena y
publicar luego la tesis doctoral, acompañado de un prólogo retadoramente audaz,
como testimonio de sus conocimientos para luego instalarse en Bonn y editar
allí con Bauer, la proyectada revista. Además, como doctor por una Universidad
extranjera
, la de Jena, las universidades prusianas no podrían cerrarle sus
puertas y tendrían que permitirle profesar la enseñanza por libre.

El 15 de abril de 1840 Marx recibió la investidura de doctor
por la Universidad de Jena, sin su presencia personal, previa presentación de
una tesis que no era más que un fragmento de una magna obra en la que se
proponía estudiar la evolución de la filosofía epicúrea, estoica y escéptica,
poniéndolas en relación con toda la filosofía griega.

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Biografía de Marx (Parte 2)



Los años jóvenes


Marx nació el
5 de mayo de 1818 en Tréveris, una antigua ciudad medieval enclavada en la
Prusia renana. En el siglo X fue, con Roma, uno de los centros de la
cristiandad. Poseía establecimientos de curtido y fábricas textiles, pero la
industria manufacturera no estaba muy desarrollada en comparación con las zonas
septentrionales de Renania. Tréveris conservaba hasta cierto punto las
costumbres de una ciudad medieval, encuadrada en una región vinícola donde los
campesinos eran en su mayoría pequeños propietarios, vinateros, amantes de la
alegría y el buen vino. Marx siempre se interesó entonces por la situación de
aquellos campesinos. Realizaba excursiones a los pueblos de los alrededores y
se documentaba a fondo sobre su vida. Los artículos que publicó años más tarde
en la prensa demuestran que conocía perfectamente los detalles de la vida
rural, el régimen de la propiedad del campo, y los procedimientos de cultivo de
los campesinos de la comarca.

Su padre,
Enrique Marx, era un abogado de origen judío, culto y libre de prejuicios
religiosos que admiraba la filosofía del siglo XVIII y enseñó a su hijo a leer
las obras de librepensadores como Locke, Diderot, Voltaire pero sobre todo
Kant.

Mientras
algunos biógrafos han negado casi totalmente la influencia de su origen judío
sobre Marx, otros se han dedicado a subrayar su enorme trascendencia. Es
indudable que en la historia del socialismo alemán cuatro judíos, Börne, Heine,
Marx y Lassalle tuvieron un papel muy importante. Pero ahí el origen judío no
tuvo influencia en evolución política. No fueron motivos religiosos sino
políticos, como el propio Marx explicó en sus artículos sobre la Cuestión
judía
. Están ligados a la situación semifeudal de Alemania donde, como
otros, los judíos carecían de derechos civiles y políticos, agravados en su
caso porque les alcanzaba aunque se tratara de burgueses. Lo verdaderamente
importante y lo que se ha tratado de silenciar con el recuerdo de las raíces
judías de Marx, es la situación semifeudal de Alemania y la privación de
derechos políticos de las amplias masas. El padre de Marx, que desde hacía
mucho tiempo no practicaba, seguía siendo judío, se convirtió en 1824 al
cristianismo para escapar a la discriminación que sufrían los judíos tras la
reincorporación de Renania a Prusia. Por su parte, Marx escribió el 13 de marzo
de 1843 en una carta a Arnold Ruge: La religión israelita me inspira
repulsión
.

Aunque no
estuviera ligado espiritualmente en absoluto con el medio, Marx se interesó por
la cuestión judía durante su juventud. Mantenía relaciones con la comunidad
judía de Tréveris. Los judíos enviaban frecuentemente peticiones para solicitar
la desaparición de diversas medidas humillantes. A petición de sus parientes próximos
y de la comunidad de Tréveris, Marx, que entonces tenía veinticuatro años,
escribió una de estas peticiones. Marx no despreciaba en absoluto a sus
antiguos correligionarios; se interesaba por la cuestión judía y participaba en
la lucha por la emancipación de los judíos. Ello no le impedía distinguir
perfectamente entre los judíos pobres y los representantes de las altas
finanzas, aunque, a decir verdad, había pocos judíos ricos en la región donde
vivía Marx. La aristocracia judía estaba concentrada entonces en Hamburgo y
Frankfurt.

Buena prueba
de la ausencia de aquella influencia religiosa es el segundo de los tres
ejercicios escolares que tuvo que presentar para aprobar su bachillerato. Se
titulaba Una demostración, según el evangelio de San Juan, naturaleza,
necesidad y efectos de la unión de los creyentes de Cristo
. Expresa todavía
la persistencia confesional del cristianismo que imperaba en el ambiente
escolar que, en todo caso, no era el judaísmo sino el protestantismo, también
minoritario en Tréveris, donde la mayoría era católica.

Lo mismo cabe
decir del supuesto carácter prusiano de Marx, que significa
ignorar por completo que aquella Renania era cualquier cosa menos prusiana. No
sólo por su temporal adscripción francesa sino porque la reincorporación a
Prusia significaba la pertenencia formal a un régimen administrativo que en
absoluto suponía que los renanos fuesen, desde el punto de vista social,
prusianos. Algunos autores pretenden enlazar esa genética prusiana con
Hegel para destacar la sobrevaloración de Marx hacia el Estado y la burocracia.
Pero nadie como Marx puso a la sociedad por delante del Estado, dando la vuelta
al pensamiento hegeliano y enfrentándose luego a Lassalle a causa de la
veneración de éste por el Estado. En cuanto a Prusia, tanto los escritos de
Marx como los de Engels testimonian que no hubo mayores adversarios
de la unificación de Alemania por la vía prusiana que ellos. Por tanto, esas
ideas son ajenas por completo a Marx a lo largo de toda su trayectoria, en las
que demostró que su programa tenía por objeto la desaparición del Estado.

En cualquier
caso, el origen -y más si ese origen es lejano- no determina el rumbo de
ninguna persona. Influye, pero seguramente influyen mucho más otras circunstancias,
algunas de las cuales la propia biografía personal se encarga de superar y
olvidar. Otras permanecen. Entre éstas fue importante para Marx la propia
ubicación geográfica de su Renania natal. A orillas del río que le da el nombre
y próxima a la frontera francesa, en Renania la influencia de la revolución de
1789 fue muy importante. Estuvo en manos de los franceses y no fue entregada a
Prusia hasta después de 1815. Los franceses abolieron en Renania las cargas
feudales y la región se convirtió en una de las más industrializadas de Prusia.
Las riquezas naturales de la región (carbón y hierro) contribuyeron al
surgimiento de una gran industria capitalista metalúrgica y textil que, a su
vez, ocasionó la ruina de los campesinos y los artesanos y la formación de una
nueva clase: el proletariado.
El desarrollo
del capitalismo también hizo cada vez más insoportables los vestigios de las
relaciones feudales de servidumbre que perduraban aún en muchos países de
Europa. Acostumbrados a una relativa libertad bajo el régimen francés, los
renanos reaccionaron contra el régimen prusiano al cual se vieron sometidos. En
1832 se organizó una gran fiesta en Hambach en la cual Börne defendió la
necesidad de una Alemania libre y unificada. Entre ellos se encontraba un
obrero de 23 años, Johann Becker, un revolucionario que realizaba agitación y
propaganda y posteriormente se convirtió en escritor.

Pero Becker
era sobre todo un hombre de acción que organizó fugas de los revolucionarios
encarcelados. Estando en prisión, su círculo organizó en 1833 un ataque armado
contra la guarnición de Frankfurt, sede entonces de la Dieta de la
Confederación Germánica. Los estudiantes y obreros afiliados a este círculo
estaban convencidos de que una insurrección en esta ciudad produciría una
fortísima impresión en Alemania, pero fracasaron. Carlos Schapper participó
activamente en aquella insurrección y, después del fracaso, consiguió huir a
París donde, junto con Schuster y otros, fundaron una sociedad secreta: la Liga
de los Proscritos.

Entonces
Marx, que conocería luego a muchos aquellos revolucionarios, estudiaba en el
instituto de Tréveris, donde permaneció de 1830 a 1835, reconociendo sus
maestros que era uno de los alumnos más brillantes. Encargado por su profesor
de escribir una composición sobre la elección de una profesión por los jóvenes,
Marx argumentó que no se puede elegir libremente una profesión, que el hombre
nace en unas condiciones que condicionan la elección así como su concepción del
mundo. Se podría adivinar ya el embrión de la concepción materialista de la
historia. Pero es necesario ver en ello únicamente la prueba de que, ya durante
su juventud, Marx, influenciado por su padre, había penetrado en las ideas
fundamentales del materialismo francés.

Después de
terminar los estudios en el instituto, en 1836 se matriculó en la Facultad de
Derecho de la Universidad de Bonn, donde estuvo un año, pasando luego a la de
Berlín. En aquella época habían cesado los disturbios revolucionarios y reinaba
establecía una cierta calma en la vida universitaria, presidida por la
represión y los confidentes de la policía; la práctica había dejado paso a la
teoría. Aunque se había matriculado en derecho su interés estaba en la
filosofía y la historia.

De esta época
poseemos un documento interesante sobre él: una carta en la que se dirige a su
padre como a un amigo íntimo, al cual explica claramente sus ideas. Enrique
Marx apreciaba y comprendía muy bien a su hijo, y basta leer su respuesta para
poder juzgar su profunda cultura. En el espíritu de este tiempo, Marx busca
unas concepciones, unas doctrinas, que le permitan motivar teóricamente el odio
que ya siente por el régimen político y social dominante. Posteriormente
estudiará esta cuestión con mayor detalle.

Las ideas
científicas y políticas de Marx cristalizaron en una época en que en Alemania y
otros países de Europa maduraban importantes acontecimientos históricos. El
fortalecimiento del capitalismo en los países de Europa occidental llevaba a la
agudización de la lucha de clases, al impulso de los movimientos
democrático-burgueses y de liberación nacional. Si bien espontánea e
inconscientemente, el proletariado se rebelaba ya contra la opresión capitalista,
haciendo su entrada en la escena histórica. En la Alemania atrasada y
semifeudal, fraccionada económica y políticamente, donde las masas trabajadoras
sufrían un doble yugo -el de los vestigios del feudalismo y el del capitalismo
naciente- maduraba la revolución democrático-burguesa. El fin de los años 30 y
comienzo de los 40 se caracterizaban en Alemania por el aumento del descontento
de las masas populares, la animación de la vida social y el surgimiento de
diversos grupos y tendencias oposicionistas en la burguesía y la
intelectualidad.
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Biografía de Marx (Parte 1)



Introducción

Carlos Marx, genial
pensador y dirigente del proletariado, ocupa un lugar destacado entre las
grandes figuras cuyas obras y cuyos nombres perviven a través de los siglos. El
17 de julio de 2005 el programa de la BBC In our time organizó
una votación entre los espectadores para elegir al mayor filósofo de la
historia, y éste fue el resultado:


1.
Carlos Marx
27,93%
2.
David Hume
12,67%
3.
Wittgenstein
 6,80%
4.
Nietzsche
 6,49%
5.
Platón
 5,65%
6.
Immanuel Kant
 5,61%
Tumba de Marx en el cementerio de Highgate (Londres)


A estos pensadores
les siguen Tomás de Aquino, Sócrates, Aristóteles, Karl Popper y otros. Por
tanto, a pesar de todos los esfuerzos propagandísticos de la burguesía acerca
de la muerte del pensamiento marxista, sigue más vivo que
nunca. Sus ideas transcienden la letra escrita y han ejercido una poderosa
influencia histórica, especialmente a lo largo de todo el siglo XX. Ningún otro
autor tiene tan ingente número de seguidores como él repartidos por todo el
mundo y, desde luego, absolutamente nadie entre los explotados y oprimidos.
Marx era un pensador como ha habido muy pocos en la historia. Como escribió Engels, Marx
era un genio; los demás, a lo sumo, somos hombres de talento. Sin él, la teoría
no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso ostenta legítimamente su nombre
.


El mayor mérito
histórico de Marx consiste en haber forjado la ciencia que trata de las leyes
más generales que rigen el desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el
pensamiento humano, esto es, el materialismo dialéctico y el materialismo
histórico. Con ello mostró el camino no sólo para la comprensión del mundo,
sino también para su transformación por la vía revolucionaria.


Marx demostró de
manera científica que la muerte del capitalismo y el triunfo de la sociedad
comunista son inevitables. Gracias a él, el socialismo dejó de ser un sueño
estéril en un futuro mejor de la humanidad y se convirtió en una ciencia.


Junto con su amigo Federico
Engels, Marx fundamentó científicamente la misión histórica del proletariado
como la clase más avanzada, revolucionaria hasta el fin, que, al liberarse a sí
misma, libera de todo yugo y de toda explotación al conjunto de la humanidad.


Marx señaló que el
camino que conduce a la sociedad socialista es el de la revolución proletaria y
la dictadura del proletariado. La principal diferencia del marxismo con las
ideologías burguesas más progresistas y avanzadas es la teoría de la dictadura
del proletariado.


La doctrina de Marx
es la ideología de la clase obrera, la expresión teórica de sus intereses
vitales, la ciencia de la transformación del mundo por vía revolucionaria. Los
fundadores del marxismo enseñaban que el proletariado no podría cumplir su
misión histórica de sepulturero del capitalismo y creador de la nueva sociedad
si no organizaba su propio partido proletario.


Si echamos una
mirada retrospectiva al espacio creciente de tiempo que nos separa del período
en el que Marx vivía, queda claro el hecho irrebatible de que, en el curso de
la lucha de clases revolucionaria, la influencia de la teoría creada por él
sobre las masas trabajadoras aumenta cada vez más. La clase obrera -la más
avanzada, la que orienta a todos las masas oprimidas- va influyendo cada vez
más en la marcha de la historia universal, transformando el mundo de una manera
activa y conscientemente, apoyándose en las leyes objetivas del progreso
social, descubiertas por Marx y Engels y desarrolladas posteriormente por Lenin.
La doctrina de Marx, desarrollada por Lenin y empleada de manera
creadora y constantemente enriquecida por los partidos comunistas de todo el
mundo, demuestra cada vez con mayor claridad su enorme fuerza vital.
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Biografía de Marx

Carlos Marx
(1818-1883)

Sumario:

— Introducción
— Los años jóvenes
— Demócrito y Epicuro en el país de los idealistas
— Una prensa de agitación política
— La penetración de la alienación en la filosofía materialista
— La crítica del idealismo histórico
— Vivir trabajando o morir combatiendo
— Contra el socialismo utópico
— La organización del partido obrero
— En las luchas revolucionarias
— Las enseñanzas de la revolución
— Los años de la reacción
— El auge de los movimientos democrático-burgueses
— Su obra cumbre
— La I Internacional
— La última década de la vida de Marx
— La doctrina de Marx es todopoderosa porque es exacta
— Hasta 2025 no culminará la recopilación de las obras completas de Marx y Engels


(Antorcha.org)
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El marxismo contra el empirismo

«El hombre (…) no analiza los hechos empíricos con una conciencia ‘vacía’ sino con una conciencia que se ha desarrollado en el curso de su educación. Es decir, capta siempre los hechos desde el punto de vista de tal o tal concepto. Lo quiera o no, no puede sin esto pensar activamente, comprender los hechos; en el mejor de los casos no puede sino constatarlos activamente (…) Quien cree expresar los hechos ‘absolutamente sin idea preconcebida’, sin ningún concepto ‘anteriormente admitido’, no está desprovisto de ellos. Al contrario, es inevitablemente esclavo de los conceptos más vulgares y más absurdos». 


Ilienkov, Problemas actuales de la dialéctica

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Problemas filosóficos de las ciencias modernas

(Digitalizado por Historia Popular)

Se dice en el libro: «El conjunto de los trabajos que damos a conocer en este volumen fueron realizados por un grupo de militantes del Partido Comunista de España (reconstituido) presos en la Cárcel de Alta Seguridad de Herrera de la Mancha«


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Hoy en día todos los filibusteros
expertos en cátedras quieren medirse con el materialismo dialéctico, con el
marxismo, no solamente en el terreno político y social, sino también en los
demás terrenos que alcanza la actividad humana, entre otros los de las Ciencias
Naturales. Esta es una muestra más de la gran vitalidad del marxismo. Uno de sus
«críticos» más famosos en la actualidad es Mario Bunge (está considerado
como uno de los autores más influyentes en España y Latinoamérica), quien se
está convirtiendo nada menos que «en el patriarca de la teoría de la ciencia
en lengua castellana» (1). Bunge,
además
de querer «actualizar» el materialismo a la luz de «la lógica, la
matemática, la ciencia y la tecnología contemporánea»,
pretende refutar la
dialéctica por «confusa», por «estar alejada de la ciencia», por
faltarle «precisión, detalle y sistematicidad» y ser «una manera
primitiva de pensar» (2)
.

Que un monista pluralista o realista crítico (como se
prefiera) no entienda la dialéctica, no debe extrañarnos (hoy, en Occidente, en
el «Mundo Libre», la mayoría de los profesores de universidad no saben nada de
dialéctica). Pero, ¿acaso es culpa de la dialéctica que un «realista»,
materialista vulgar, no la entienda? La culpa, en todo caso, es del realista y
de los pontífices de universidad, los «alma mater» de nuestra sociedad. No
obstante, en una cosa parecen coincidir todos estos testaferros ideológicos del
capital: en rechazar la dialéctica. Ellos dicen que la refutan pero mueve a
risa comprobar cómo lo consiguen. Algo similar ocurre con el bioquímico
francés, premio Nobel de Medicina, Jacques Monod, quien eleva a los
altares de la ciencia la más tópica concepción sobre el azar o la casualidad
que se haya visto jamás, invocando para ello el «principio de autoridad» de
la física cuántica. Claro que este «experto» bioquímico arremete contra Engels
porque vapuleó la insípida teoría de la «muerte térmica del universo» de
manera brillante (azotaina de la que está tan necesitada la versión moderna de
esta idea conocida por el nombre de «Teoría de la gran explosión»), y
también porque tanto Engels como Marx, si bien admiraban la teoría
darwinista por lo que significaba de progreso, no aceptaban su explicación, «la
lucha por la existencia»,
de claro contenido malthusiano, salvo como «primera
expresión, provisional e imperfecta, de una realidad recién descubierta» (3)
. «Toda la doctrina darwinista de la
lucha por la vida —
dice Engels— no es más que la transposición de la sociedad
a la naturaleza animada, de la doctrina de Hobbes sobre el bellum ómnium contra
omnes (la guerra de todos contra todos) y de la doctrina económico-burguesa de
la concurrencia, unidas a la teoría demográfica de Malthus» (4).

Los neodarwinistas están todos de acuerdo en una cosa, en
el hecho de la evolución. Esta es una conquista científica, una gran verdad que
nadie se atreve a negar hoy día. Pero los neodarwinistas, entre los que se
encuentra Monod,
no logran ponerse de acuerdo a la hora de explicar la
evolución, porque parten de presupuestos unilaterales, lo que origina múltiples
y disparatadas teorías. Y esto ocurre así porque menosprecian la dialéctica y
se mantienen atados a las formas más ramplonas de pensamiento. De todas
maneras, si bien Monod no niega la existencia de la dialéctica misma, sí
niega el hecho de que sea la dialéctica objetiva de las cosas la base y la
razón de aquella «dialéctica subjetiva» del pensamiento, resultando realmente
duro para él tener que admitir que la contradicción dialéctica sea la ley
fundamental de todo movimiento (5). En esto coincide con M. Bunge para
quien, como mucho, la contradicción dialéctica sería la base de «algunos»
fenómenos…

Por desgracia, esta última es una posición mucho más
extendida de lo que a primera vista pudiera parecer. También para muchos
filósofos oficialistas de la URSS como Burlatski: «en una serie de casos,
los opuestos no reflejan la unidad real y lucha de los contrarios»
(6). En sustitución de la
ley de la contradicción, la más importante de la dialéctica, Konstantinov,
por su parte, ha introducido, al parecer sin ningún esfuerzo, la «interacción
universal» (que hoy sirve de fuente inagotable de inspiración a los círculos científicos
soviéticos), adobada con buena dosis de agnosticismo kantista y humista.

Varias son las circunstancias que han contribuido a que el
materialismo dialéctico no haya penetrado del todo en el terreno de las
ciencias naturales de manera consciente, consecuente y profunda; entre ellas
podemos resumir las siguientes: 1.°) Su carácter de clase, ya que el
materialismo dialéctico no es una filosofía especulativa que sirva a la burguesía
en sus intereses y objetivos, sino que es la filosofía del proletariado, de la
clase más avanzada y revolucionaria de la sociedad capitalista; 2.°) El hecho
reconocido de que, hasta hace muy poco, la investigación haya sido un reducto
de privilegiados con intereses egoístas de dominio y explotación, y donde prima
la individualidad, aunque en honor a la verdad tengamos que admitir que cada
día es mayor el número de científicos serios, honestos, responsables y
comprometidos con la lucha liberadora de las masas oprimidas de todo el mundo,
y 3.°) Si bien la experiencia histórica de la URSS es alentadora en muchos
aspectos, en general se puede decir que allí el revisionismo ha despojado al
materialismo dialéctico de su contenido esencial, vivo, revolucionario,
convirtiéndolo en una escolástica metafísica.
Con la irrupción del revisionismo político en la URSS, se
dio rienda suelta a todas las filosofías burguesas especulativas, retrocediendo
en todas las cuestiones de importancia ante el positivismo y adoptando
posiciones eclécticas, confusas o vacilantes ante los problemas más serios que
tienen planteados la filosofía y las ciencias contemporáneas.

Fue en estas circunstancias de debilitamientos del
materialismo dialéctico en la URSS y en otros países, cuando el positivismo
aparentó tener larga vida y buena salud, complacido ante el ataque desenfrenado
abierto de los revisionistas contra las verdaderas posiciones del marxismo en
filosofía, representadas y defendidas por Mao Zedong. La arremetida soviética
contra las posiciones filosóficas de Mao Zedong, hecha con el peor
espíritu y la mayor arrogancia, no tardó en confirmar dos hechos importantes:
1.°) Que Mao tenía razón, y 2.°) Que en aquella lucha contra Mao la
dialéctica soviética llegó a tocar fondo. De manera que desde entonces en
adelante sólo se podían esperar dos cosas: o positivismo idealista franco y
abierto (como en Occidente) o, por el contrario, la vuelta a la situación abandonada
y en la dirección de la crítica que le hiciera Mao Zedong. La salida de
este atolladero aún no se ha producido, pero es de esperar que no tardará en
producirse por una u otra vía. El febril desarrollo de las Ciencias de la
Naturaleza durante los siglos XVIII y XIX en Europa permitió y facilitó en gran
medida la aparición y el progreso más avanzados del materialismo francés,
primero, y de la dialéctica alemana, después, posibilitando la creación de la
filosofía científica, el materialismo dialéctico o filosofía marxista. Es
cierto que el materialismo dialéctico nace vinculado a la ciencia social,
económica y política, y ya, desde sus orígenes, al proletariado, a los nombres
de Marx y Engels y a la I Internacional.

Como reconoce su mismo autor y todo el movimiento marxista
posterior, «El Capital», la obra cumbre de Marx, es ejemplo del
uso del método dialéctico. Ahora bien, esto no es óbice para que el pensamiento
más avanzado recorra ahora el camino inverso al que en un principio le dio
origen.
Los fundadores del marxismo no pudieron ir más allá de donde
fueron en este terreno de las Ciencias de la Naturaleza, entre otras razones
porque otros proyectos absorbían su atención. Es conocido el esfuerzo que hizo Engels
en este sentido en su inacabada obra «Dialéctica de la Naturaleza». También
son conocidos los constantes intercambios de opiniones entre Marx y Engels
relativos a las investigaciones científicas y técnicas, a todo lo que
supusiera una rápida transformación de las fuerzas productivas y les sirviera
para matizar y corroborar en su medio la dialéctica natural, sus leyes, su
unidad con la dialéctica en general, con la social y económica, etcétera (7).

Pero no estamos ya en los tiempos en que Engels hablara
de los dos posibles caminos para que el materialismo dialéctico conquistara las
ciencias naturales; hoy en día no es necesario seguir por aquellos senderos
(aunque el estudio de la historia del pensamiento humano reportará siempre
enormes enseñanzas). No solamente —como proponía Engels a los
naturalistas— disponemos de la obra cumbre de Hegel, «Ciencia de la Lógica»,
cuyo estudio se debe abordar de manera materialista, y los trabajos de Marx
y Engels, sino que el estudio y posterior reelaboración de la
dialéctica por Lenin, y más recientemente por Mao Zedong, brinda
enormes posibilidades teóricas y prácticas que todo científico materialista debería
no sólo conocer, sino también estudiar y aplicar conscientemente, uniendo las verdades
más universales del materialismo dialéctico con su ciencia particular. De esta unión
nacerían infinidad de resultados positivos, de los que saldría igualmente
beneficiada la dialéctica, mejorada e incluso transformada.

Hoy atravesamos un período en el que el progreso social,
impulsado principalmente por las revoluciones socialistas y liberadoras de todo
el mundo, ha estimulado de tal manera el desarrollo de la filosofía científica
materialista dialéctica, que las necesarias generalizaciones y globalizaciones
de los aspectos fundamentales y más importantes de las Ciencias Naturales, así
como la más audaz concepción global de la naturaleza, de las ciencias y de su
desarrollo, no pueden realizarse si no es tomando como base los logros
superiores del pensamiento humano, las conquistas que en poco más de un siglo
ha realizado la filosofía marxista, que es la única que permite desbrozar un
camino más prometedor para la humanidad.

Durante el último siglo, los aportes más sólidos y
esplendorosos en la gran obra del pensamiento del hombre los ha hecho el
materialismo dialéctico, el cual, si bien es cierto que ha estado íntimamente
unido a la ciencia política, social y económica, no es menos cierto que también
lo ha estado a las Ciencias de la Naturaleza, principalmente en la URSS, aunque
con las connotaciones antes señaladas.

Los problemas, ya viejos, de la continuidad y la
discontinuidad en la mecánica cuántica, y la teoría de la relatividad del tiempo
y del espacio; los problemas de la división y la composición (que con tanto
recelo mirara Heisenberg); los problemas del azar y la necesidad, de las
probabilidades y la estadística; el problema del desarrollo, y otros muchos como
la relación mente-cuerpo, están íntimamente unidos al problema fundamental de
la dialéctica que el materialismo dialéctico chino sintetizó en la expresión:
«uno se divide en dos», y no «dos forman uno», que consideraremos
en otro lugar.

La dialéctica de los contrarios es el fundamento del
pensamiento dialéctico y del movimiento en la naturaleza y la sociedad humana.
En este trabajo que ofrecemos al lector intentamos demostrar no solamente la
actualidad de la dialéctica marxista, sino también la imprescindible necesidad
de su estudio, así como algunos de sus logros más importantes, al tiempo que
presentamos por nuestra parte algunos enfoques particulares a determinadas
cuestiones concretas.

(1) A.
Hidalgo, revista «El Basilisco» nº 14
(2) M.
Bunge: «Materialismo y ciencia», págs. 57, 58, 67, 68.
(3) K. Marx
y F. Engels: «Cartas sobre las ciencias de la naturaleza y las matemá
(4) K. Marx y F. Engels: Ídem, pág. 85
(5) J.
Monod: «El azar y la necesidad», pág. 48
(6) Burlatski:
«Materialismo dialéctico», pág. 64
(7) K.Marx,
F.Engels: «Cartas…»
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Sobre el fascismo, por Babeuf

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Tomado de Mayéutica M-L


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Una de las cuestiones más acuciantes y de mayor importancia para todo revolucionario que se proponga como objetivo la transformación radical del orden económico-social existente es el discernir la naturaleza del órgano que utiliza toda clase dominante para, a través del monopolio de la fuerza, conservar su dominación: el Estado. Y, obviamente, por necesaria que sea, no nos es suficiente con una definición general, que siempre resultará vaga y puramente formal. 

¿Cuál es la naturaleza del Estado español? ¿Qué sistema de dominación corresponde al capitalismo monopolista que nos explota, embrutece y reprime salvajemente? Pero, antes que nada, ¿cuál ha sido el desarrollo de la lucha de clases desde la aparición del imperialismo? ¿Qué significación histórica tiene para el movimiento obrero la aparición delfascismo? 

Suele haber una confusión muy extendida en amplios sectores del movimiento revolucionario(debido, sobre todo, al confusionismo que la labor de zapa de los carrillistas provocó, engendrando, por reacción mecánica, la profusión de las más peregrinas ideas pequeño-burguesas) con respecto a lo que es el fascismo, a su definición conceptual desde una posición científica, de clase. La mayoría, aterrados ante el infame recuerdo de los campos de exterminio y el sadismo nazi, reducen el fenómeno fascista a un determinado período histórico, ya superado, y a unos determinados países, acentuando hasta lo obsceno las particularidades, singularidades y excentricidades de cada caso para evadir el estudio de su naturaleza. Sin embargo, el fascismo es un fenómeno universal, que se manifiesta a través de determinados casos concretos según las particularidades históricas, culturales, sociales, psicológicas… de cada país. Otras corrientes, más preocupadas por debatir fútiles sutilezas que por agravar la lucha de clases en una orientación revolucionaria, se dedican a charlatanear, al tratar la cuestión del fascismo, sobre “ruptura de la Modernidad”, “terceras vías”… en fin, dejemos que se les sigan convirtiendo en duendecillos los dedos, y que sigan rebanándose los sesos intentando resolver contradicciones fantásticas a través de creaciones fantásticas. Para esa gente, la fuerza motriz de la historia son las ideas, y cuanto más innovadoras y transgresoras sean, mejor se cotizan. 

Pero algunos seguimos prefiriendo, necios que somos, la definición del fascismo que los clásicos del marxismo-leninismo nos aportaron en su día. Y no contento con ello, henchido de carcomida y dogmática ortodoxia, me voy a permitir citar a Dimitrov, cuyos textos sobre el fascismo deberían ser estudiados por todas las generaciones de revolucionarios. 

“La subida del fascismo al poder no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino la sustitución de una forma estatal de la dominación de clase de la burguesía -la democracia burguesa- por otra, por la dictadura terrorista abierta.” (El fascismo y la clase obrera; Dimitrov) 

Es decir, para empezar, no se trata de una simple modificación de la táctica de la burguesía, de los vaivenes entre la política liberal y la política conservadora, de los que hablaba Lenin a la hora de explicar que la táctica del partido obrero es variable. No se puede reducir, tampoco, a que la burguesía, en un momento de agudización de la lucha de clases y de desarrollo del movimiento obrero, trate, de forma transitoria, de defender su dominio y sus sempiternos privilegios a través de la violencia sistemática. No se trata de un cambio de gobierno. Se trata, por el contrario, de una modificación en la naturaleza del Estado burgués, de un salto cualitativo de un sistema de dominio burgués a otro; de la misma forma que el imperialismo es la última y decadente etapa del capitalismo, de la misma forma que el monopolismo, las cooperativas, el capitalismo de Estado… suponen la negación del capitalismo dentro de los estrechos marcos del propio capitalismo (una negación que se niega a sí misma) también la superestructura estatal se ve afectada por la entrada del capitalismo en su última fase: a la concentración económica le acompaña la concentración política, la democracia burguesa es negada dentro del marco del dominio burgués. Es el dominio de un muerto viviente, al que le falta un sepulturero histórico. Es el fascismo. (besar a un burgués es besar a un fascista, decían las calles 68eras, no sin razón) 

Resulta necesario realizar un esbozo histórico general que explique el tránsito de la democracia burguesa al fascismo a través del desarrollo de las contradicciones internas del capitalismo y su manifestación social en el exarcebamiento de la lucha de clases, tomando como premisa la definición que diera Lenin sobre la época en la que estamos inmersos, cuya definición nos impone las tareas y medios necesarios para alcanzar nuestro objetivo de suprimir las clases y sus antagonismos. La época del imperialismo agonizante, antesala de la revolución socialista. 

Habremos leído muchas veces, cuando nos repasamos el “Manifiesto del Partido Comunista”, aquello de que la clase obrera es la única clase verdaderamente revolucionaria. Este genial descubrimiento de Marx y Engels, que fueron capaces de vislumbrar en la sufrida (y, considerada por aquellos entonces, en el más magnánimo de los casos, como una clase de desgraciados sufridores, en el peor como populacho vil que bien se merecía su oprobioso destino) clase obrera la portadora de un modo de producción nuevo, cualitativamente superior a la etapa capitalista de la sociedad humana, se convierte en manos de muchos matuteros de feria en una fórmula esquemática, despojada de toda situación concreta, caricaturizando así las verdaderas concepciones del socialismo científico. 

Porque, obviamente, hubo una época en que la burguesía era revolucionaria. Hubo una época en que clamaba con tanto ardor, con tanta vehemencia contra el yugo secular del clero, contra la infamia de las degeneradas monarquías, por la más hermosa igualdad frente a la denigrante y odiada división estamental… que parecía que del mundo, tal como se conocía hasta entonces, no iba quedar piedra sobre piedra. Y, precisamente, el sentido de toda clase revolucionaria es que, mientras lo es, mientras dura su etapa histórica ascendente sus intereses particulares de clase coinciden con los intereses generales de la sociedad: la burguesía se convirtió en la representante oficial de todas las fuerzas sociales enfrentadas al absolutismo feudal (que era tan irracional, tan despojado de necesidad que debía ser suprimido, como hoy el capitalismo). Por lo que, inevitablemente, al arrasar con todas las venerables instituciones del medioevo, al acabar con las sujeciones de la servidumbre y de la gleba no tuvo más remedio que crear unas instituciones democráticas, con unas libertades y derechos que, coincidiendo con sus intereses en su lucha contra la aristocracia, también iban a servir, durante determinada etapa, al tercer contendiente que aparece en la escena social indisolublemente unido al desarrollo capitalista, y que lleva en su seno su superación: el proletariado. 

Por ello Lenin indicaba que la república democrática (en aquellos países donde la burguesía derrocó a la nobleza por la vía revolucionaria) es el mejor envoltorio del capitalismo, precisamente porque, debido a las instituciones democráticas creadas por la burguesía en su lucha revolucionaria, la clase obrera podía realizar un trabajo político abierto, de masas que lograra poner al desnudo la división de la sociedad en clases, sus antagonismos y que sirviera para acumular fuerzas revolucionarias a través de la propia legalidad impuesta por la burguesía. A eso, y a nada más que a eso, es a lo que se refiere Engels en su célebre prólogo a la obra de Marx “La guerra civil en Francia”, donde describe que la clase obrera, en aquellos momentos, conseguía más avances y éxitos a través del parlamento y la prensa que a través de las barricadas, y que era necesario utilizar la legalidad, las instituciones burguesas contra esas mismas instituciones. Hasta aquí, como sabemos, el pretexto que han repetido siempre los reformistas de todos lo colores y pelajes para justificar su traición a los principios revolucionarios y ser cómplices de la explotación asalariada siendo partícipes del cretinismo parlamentario. Pero Engels aún no había acabado su exposición y aclaraba que la burguesía, ante el desarrollo de la lucha de la clase obrera por su emancipación, no tendría más remedio que romper su propia legalidad. Entonces, la clase obrera, roto por los partidos del orden y la ley el orden y la ley, no tendría ningún inconveniente ni estorbo en volver a las barricadas. 

¿Cuándo rompe la burguesía su propia legalidad? ¿Cuándo resquebraja y despoja de sus funciones a las instituciones que podían servir al proletariado para luchar contra esas mismas instituciones? Hay un momento en el desarrollo histórico del capitalismo, en el que éste pasa de su fase ascendente, progresiva a su fase de decrepitud y putrefacción; en el que pasa de ser un estímulo poderoso para el desarrollo de las fuerzas productivas que lo engendraron a una traba insoportable: la acumulación capitalista, por su propia dinámica interna, concentra el capital transformando el libre cambio en monopolismo; el capital industrial se funde con el bancario, dando paso al capital financiero, cuyos miembros más poderosos pasan a formar la reducida oligarquía financiera, que pone bajo su férula toda la vida económica, política y social; la exportación de capital se vuelve fundamental, convirtiendo al capitalismo en un monstruoso sistema de opresión del mundo por un puñado de naciones imperialistas, lo que acentúa sus rasgos parasitarios y rentistas; todas las contradicciones intrínsecas al capitalismo se agravan, alcanzan su paroxismo; el gran capital monopolista se encuentra cada vez ante más problemas para contrarrestar la tendencia decreciente de la cuota de ganancia y para la realización de la plusvalía, la lucha por los mercados, las materias primas, las esferas de influencia, los intereses geoestratégicos… pasan a un primer orden: la propia naturaleza del imperialismo empuja hacia el reparto del mundo, en un mundo ya repartido. A esta época, el imperialismo, Lenin la describió, en términos políticos, como una tendencia a la reacción. Pues bien, es tras la entrada del capitalismo en su fase imperialista y, no menos importante, tras la experiencia que supuso en el terreno de la lucha de clases para la burguesía mundial el triunfo de la Revolución de Octubre, cuando la oligarquía financiera acelera el proceso de liquidación de los resquicios legales que podría utilizar la clase obrera en su lucha por instaurar su dominación de clase, proceso que culminará con el ascenso al poder del fascismo durante la década de los 20 y 30. Ya antes, en los países en los que la burguesía había seguido una vía de componendas con la nobleza terrateniente, empezaban a surgir, bajo formas jurídicas, los primeros gérmenes del sistema de dominación burgués que corresponde al imperialismo. En Alemania, tras la unificación de 1871 por la vía prusiana, surgieron varios juristas (Laband y Jellinek; Duguit en Francia) que afirmaban que el concepto de soberanía popular no era más que una abstracción y que, por lo tanto, la soberanía debía residir en el Derecho el cual, faltaría más, siempre expresa, a través de semejantes juristas e ideólogos, las relaciones burguesas y su ordenación de la propiedad. Precisamente, ése es el origen de los hoy cacareados hasta la saciedad Estados de Desecho (* tras la ejecución de Carrero Blanco, también los jerifaltes del fascismo franquista hablaban de los instrumentos del Estado de Derecho que poseían para combatir al terrorismo… curioso, verdad?). El Derecho clásico, liberal se fundamenta en que reconoce derechos incluso a sus enemigos, a los que se oponen a él. Es decir, juzga hechos concretos jamás los fines u objetivos. La forma de la división de poderes, su ordenación jerárquica, podríamos decir, colocaba al legislativo en posición dominante con respecto al ejecutivo y al judicial, los cuales se limitan a realizar lo que dicta el legislativo, de donde emana la voluntad y soberanía popular. Incluso la burguesía victoriosa, en un alarde de democratismo, reconocía el único derecho en el que descansan todos los Estados modernos: el derecho a la rebelión, a la resistencia. La burguesía revolucionaria no podía conculcar ese derecho porque ella había alcanzado el poder político precisamente por vía revolucionaria y esto se manifestó en el Derecho liberal. Pero el avance impetuoso del proletariado, consciente de sí mismo, a través de la propia legalidad que la burguesía había tejido a su medida le hizo recular en su desprendido democratismo. Así lo describió Reinhard Kühnl: “Cuando, en el curso del siglo XIX, los representantes de las masas trabajadoras comenzaron a entrar en número cada vez mayor en los Parlamentos, el principio de la soberanía popular amenazó con volverse contra la misma burguesía. Ahora, el ejecutivo era, a los ojos de la burguesía, un factor político con cuya ayuda tal vez conseguiría poner coto a los peligros de la democracia… Tarea no menos importante era la de inmunizar a la administración de justicia contra la influencia de la voluntad popular”. La burguesía temía que el proletariado, consiguiendo una mayoría en el legislativo, transformara radicalmente el orden económico-social. La Revolución de Octubre confirmó a la burguesía mundial el peligro real que suponía la lucha revolucionaria de la clase obrera. Pasó a la reacción, a liquidar los restos de democracia burguesa que aún quedaban. Uno de los fenómenos más característicos tras Octubre es la proliferación de los Tribunales Constitucionales y el declive de las teorías positivistas del Derecho “Después de la caída del Estado monárquico autoritario-continúa Kühnl-, la teoría positivista del Estado y del Derecho no bastaba ya para garantizar la hegemonía burguesa. El positivismo, que aceptaba la ley estatal como norma suprema independientemente del contenido, sólo podía seguir constituyendo una teoría adecuada en tanto el poder estatal y legislativo continuaran en manos de las fuerzas antisocialistas. Pero después de la institución de la democracia parlamentaria existía el peligro de que las clases inferiores pudieran alcanzar una influencia decisiva en el Parlamento y modificar así, a través de la legislación, el orden social. No es, por consiguiente, casualidad que, después de 1918, el positivismo perdiera su posición de privilegio en la teoría burguesa del Derecho público[…]Es cierto que ya antes se habían elaborado teorías que intentaban reforzar el poder de la justicia…[…]Resulta comprensible que hasta después de 1918 no se impusieran teorías que intentaban desautorizar al legislador: algunos profesores de Derecho natural declararon abiertamente que el legislador no podía en modo alguno estructurar a su capricho el orden social, sino que estaba obligado a respetar ‘normas superiores’, que, examinadas de cerca, se comprobaba eran siempre las normas de la sociedad burguesa y de su ordenación de la propiedad. Intérpretes de estas normas fueron los profesores de Derecho público que, por su origen y condición social,por sus intereses y mentalidad, reunían todas la garantías necesarias. Los jueces invocaron su derecho a comprobar que todas las deliberaciones de la Asamblea Nacional estaban de acuerdo con la Constitución y, llegado el caso, a rechazarlas como no válidas. […]Esa forma de división de poderes, que erigía el tercer poder en instancia superior de control frente a la representación popular, convertía ciertamente la democracia en una farsa” Es lo que acabó imponiéndose en todos los países Imperialistas, cuya expresión jurídica más diáfana es el artículo 18 de la Ley Fundamental de Bonn, que niega el ejercicio de derechos a quien se enfrenta al orden constitucional. En el Estado español el artículo 55.2 de la Constitución, por ejemplo, no es más que el Decreto antiterrorista de agosto del 75 (que se mantuvo hasta el año 79, en que fue sustituido por la también draconiana Ley de Seguridad Ciudadana), que legaliza el estado de excepción permanente, la «normalidad» con la conculcación y violación de los derechos fundamentales y las libertades políticas y civiles e introduce (o, más bien, conserva, continúa) los procesos penales y procesales basados en la sospecha, la analogía y la interpretación subjetiva. O el artículo 22.2 de la Constitución, que considera asociaciones ilegales las que persigan fines ilegales, por lo que la propia Constitución se convierte en un instrumento penal para la represión de la actividad política. Si antes toda la actividad política estaba subordinada a los Principios Fundamentales del Movimiento (es decir, todo lo que no aceptara ése referente político externo era delito) ahora lo está a la Constitución. O, en fin, la legislación antiterrorista que define y tipifica el terrorismo basándose en que busque subvertir el orden constitucional o alterar la paz pública. Ni que decir tiene que nos encontramos ante las antípodas de la democracia burguesa. 

Es decir, que el fascismo es la forma de dominación, la expresión estatal de la dictadura de la oligarquía financiera, dictadura que adopta una forma terrorista abierta y que se podría definir como la contrarrevolución organizada permanentemente, el blindamiento de los Estados imperialistas con todo un arsenal de leyes represivas, antidemocráticas y de excepción, para evitar que, tras la acumulación de fuerzas revolucionarias a través de la legalidad y las instituciones burguesas, le volviese a pillar desprevenida (a la oligarquía) un conato o estallido insurreccional a lo Octubre. La falta de comprensión por parte del Movimiento Comunista Internacional del paso de un sistema de dominio burgués a otro y la consiguiente modificación en cuanto a las formas de lucha, no sabiendo encuadrar y subordinar las viejas formas correspondientes a la anterior etapa del desarrollo del capitalismo y del movimiento obrero a las nuevas formas que se desprenden de la actual fase del capitalismo, es lo que explica la obcecación inicial por parte del MCI de extrapolar mecánicamente y repetir la vía insurreccionalista, tomando como modelo esquemático la Revolución de Octubre (sin tener en cuenta que las particularidades de aquella revolución que estremeció al mundo es casi imposible que se vuelvan a dar), con tantos fracasos como intentos habidos. Después, tras los diversos intentos ahogados en sangre, en lugar de organizar, potenciar y situar en lugar primario las nuevas formas de lucha y organización que corresponden a la fase imperialista (como hiciesen Lenin primero y Mao después, manteniendo vivo el espíritu revolucionario del marxismo, en lugar de aferrarse a su letra muerta y a fórmulas escolásticas, como todos los revisionistas), el abigarrado y vacilante MCI volvió a desenfundar el decrépito arsenal de la anterior etapa de la lucha de clases, profesando todas las formas de lucha (parlamentarismo, pacifismo, los medios legales, la lucha sindical clásica…) ya asimiladas y neutralizadas por la oligarquía financiera. Era pólvora, sí, pero ya estaba mojada. Semejante política, a nivel internacional, estaba justificada en la década de los 20, con el mundo inmerso en un período de repliegue revolucionario (de ahí la consigna del frente único y de ir a las masas, estrategia propuesta por los comunistas alemanes, que se chocaban una y otra vez en los intentos de organizar una insurrección victoriosa en un Estado imperialista desarrollado) y en la década de los 30, cuando la defensa de los vestigios que aún persistían de democracia liberal-burguesa pasó a tener en la clase obrera su única y consecuente valedera, frente a la pusilanimidad y complicidad de la burguesía democrática, no monopolista y la socialdemocracia. Pero, tras la II GM, la derrota del nazi-fascismo y el militarismo japonés y al calor del auge y consolidación de los movimientos de liberación nacional en los países coloniales y de la instauración de regímenes de República Popular en el Este de Europa y China, parecía que la clase obrera de los países imperialistas podría recoger los frutos que su abnegado y heroico sacrificio en la dirección de la resistencia antifascista parecían garantizar… omitiendo que la base económica imperialista se mantenía incólume, que la misma oligarquía financiera que había auspiciado la ignominia nazi-fascista continuaba detentando el poderío económico y todos los resortes del poder político y estatal. Olvidaban lo que certeramente señalase Dimitrov al respecto: «Considerar el fascismo como un fenómeno temporal y transitorio que dentro de los marcos del capitalismo podría ser reemplazado por el restablecimiento del viejo régimen democrático-burgués […] es hacerse ilusiones vanas”(Acerca de las medidas de lucha contra el fascismo y los sindicatos amarillos. Intervención en el IV Congreso de la Internacional Sindical). Y la oligarquía financiera, inservible y superfluo ya el fascismo de viejo cuño, pasó a integrar en su sistema de dominación a la socialdemocracia, como un epígono más, a la par que instauraba en todo el mundo la dictadura de los estados de excepción permanentes, las Doctrinas de Seguridad Nacional, las estrategias contrainsurgentes y los Estados policíacos. A esta contrarrevolución organizada de forma permanente vendrían los revisionistas a ofrecerle sus canallescos y pérfidos servicios, con la usurpación, en el año 56, por parte de la camarilla revisionista de Jruschov de la dirección del PCUS y la plataforma ideológica y política que supuso para el revisionismo internacional el XX Congreso del PCUS. Pese a que, a grandes rasgos, la línea política y la estrategia del MCI fue correcta y justa en las décadas de los 20 y 30, sabiéndolas adaptar a las condiciones concretas de dichos períodos, no se supo discernir la tendencia histórica general hacia la reacción y, en base a ello, trazar una estrategia que correspondiese a las nuevas condiciones (labor que correspondió, en gran parte, a Mao Zedong y al PCCh), lo que fue aprovechado por la línea revisionista para absolutizar los métodos pacíficos, legales y parlamentarios y atar al movimiento obrero a las formas de lucha y a la estrategia correspondientes a la etapa del desarrollo pacífico del capitalismo. Para ello, intentaron pasar de matute la caduca morralla bernsteiniana como la última palabra del marxismo-leninismo. Así, ideuchas y prejuicios revisionistas del tipo tránsito pacífico al socialismo, las vías parlamentarias y el misticismo y veneración hacia la legalidad siguen floreciendo, como mala hierba, en el seno del movimiento obrero y popular. 

¿Cómo abordaron Lenin y los bolcheviques, en el terreno del desarrollo histórico de la lucha de clases y las formas y métodos de lucha que de éste se desprenden, la cuestión del tránsito de la época del capitalismo premonopolista a la época imperialista? ¿Cuál es el indisoluble nexo entre el imperialismo, el fascismo y el revisionismo reformista? 

“La bancarrota de la II Internacional es la bancarrota del oportunismo socialista. Este último es producto de la precedente época «pacífica» de desarrollo del movimiento obrero. Dicha época ha enseñado a la clase obrera medios de lucha tan importantes como la utilización del parlamentarismo y de todas las posibilidades legales, la creación de organizaciones económicas y políticas de masas, de una amplia prensa obrera, etc.. Por otra parte, dicha época ha engendrado la tendencia a negar la lucha de clases y a predicar la paz social, a negar la revolución socialista, a negar por principio las organizaciones clandestinas, a admitir el patriotismo burgués, etc..” (Resoluciones sobre la guerra imperialista, POSDR, 1915) 

Al desarrollo pacífico del capitalismo premonopolista (teniendo en cuenta siempre que todo desarrollo capitalista es a través de contradicciones, antagonismos de clase, luchas y explotación), coincidiendo con la época en el que el capitalismo aún era un modo de producción vital y en ascenso, y la burguesía una clase que, históricamente, aún podía aportar algo positivo a la humanidad, le correspondía un sistema de dictadura burguesa que, por su contenido y forma, podían ser utilizadas por el proletariado como clase políticamente independiente para acumular fuerzas en preparación de la ulterior toma del poder político. Precisamente, no es que el revisionismo como corriente, como fenómeno internacional hunda sus raíces en un error teórico, en una incomprensión del marxismo o en la ignorancia o perversidad de algunos dirigentes. El revisionismo es un fenómeno mundial que coincide con la aparición del imperialismo; de la necesidad de la oligarquía financiera de integrar en su sistema de dominación a la clase obrera para neutralizarla e intentar frenar la tendencia histórica hacia la revolución socialista. Y esto se sustenta, o tiene sus premisas, en los siguientes aspectos: 

– como base social, las capas de la aristocracia obrera sobornada y corrompida al calor de las superganancias imperialistas; y la pequeña-burguesía en proceso de proletarización por la concentración de capital y el aumento de la composición orgánica de capital 
– diversificando su ideología, viéndose obligada la oligarquía financiera a disfrazarse de marxista para poder penetrar con su ideología y política en el seno del movimiento obrero 

El revisionismo no es un fenómeno ajeno, desligado del socialismo científico y del movimiento obrero. Se trata de una hinchazón, de la totalización de una fase concreta por la que tuvo que atravesar el movimiento obrero, caracterizado por el desarrollo pacífico, la extensión de la democracia burguesa y la sustitución de las conspiraciones, las sociedades secretas y la lucha abierta de barricadas por la participación en el parlamento, la difusión legal de prensa y, en última instancia, la huelga política de masas como estrategia para el derrocamiento del poder burgués. Y con esos métodos se avanzó tanto, se extendió en tal magnitud el movimiento obrero y la influencia de los partidos orientados por el marxismo que, en lugar de saber, en todo momento, combinar absolutamente todos los métodos y formas de lucha para fundirlos en un sólo torrente por la revolución socialista, se ató al movimiento obrero a aquellas formas y cuando dejaron de ser válidas, cuando fueron asimiladas por la burguesía todas aquellas fórmulas anquilosadas que vendía la socialdemocracia como panaceas revolucionarias válidas para todas las épocas y lugares, ésta ya no pudo evitar su total bancarrota, no pudo enmascarar que había envilecido de tal forma el marxismo, despojándolo de su espíritu esencialmente crítico y revolucionario, que se había convertido, de destacamento obrero de vanguardia en epígonos de la burguesía, en lugartenientes de la burguesía en el seno de la clase obrera. Fue a Lenin y los bolcheviques a quienes les correspondió, casi en solitario, restituir los principios revolucionarios del marxismo, romper con los desfasados esquemas que había sido elevados a la categoría de dogmas por la carcomida ortodoxia de la II Internacional y encuadrar las viejas formas de lucha del movimiento obrero en las nuevas que las condiciones de surgimiento del capitalismo monopolista iba estableciendo, sirviendo a éstas. Así describía Stalin la cuestión al definir los fundamentos del leninismo: «El imperialismo es la omnipotencia de los trusts y de los sindicatos monopolistas, de los bancos y de la oligarquía financiera de los países industriales. En la lucha contra esta fuerza omnipotente, los métodos habituales de la clase obrera -los sindicatos y las cooperativas, los partidos parlamentarios y la lucha parlamentaria resultan absolutamente insuficientes. Una de dos: u os entregáis a merced del capital, vegetáis a la antigua y os hundís cada vez más, o empuñáis un arma nueva: así plantea la cuestión el imperialismo a las masas de millones de proletarios» 

Sólo así, enfocando la lucha de clases como un proceso histórico, sin caer en la estrechez de miras ni en una concepción empirista de la práctica, y teniendo una comprensión de las leyes dialécticas del movimiento podremos sintetizar, estructurar y organizar la experiencia histórica de la lucha de clases y discernir la naturaleza de los Estados monopolistas modernos y las formas de lucha que corresponden a la etapa de desarrollo en que nos encontramos. Sólo a través de la comprensión de que las formas que adopta la lucha de clases están indisolublemente ligadas a la época general en que nos encontramos, que con el tránsito al Imperialismo hay también un cambio en éstas y que debemos desechar, despojarnos de todo lo que haya de anticuado, estéril y fosilizado en las viejas formas de lucha y tomar lo que aún nos pueda servir, sabiendo que sólo nos podrán ser útiles en la medida en que queden encuadradas y subordinadas a las nuevas formas de lucha.

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Programa de radio sobre Organizacion Obreira

Aviso para castellanoparlantes: está en gallego, pero se entiende bien.


http://archive.org/details/AsFolgasDo72EnVigogaliza
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Los caminos de la revolución en Italia. De los años 70 en adelante (parte 7)

7. El concierto polifónico de la Autonomía Organizada.
Las corrientes generadas por la disolución de Potere Operaio, corrientes que en sentido amplio se pueden denominar Autonomía Obrera Organizada, desarrollarán numerosas experiencias organizadas, que se perfilarán según las determinaciones del debate y as cambiantes posturas. Se caracterizaron por una cierta fluidez, con fracturas y recomposiciones. Globalmente se produjo una intensa actividad político-militar, evidentemente menos unitaria, homogénea ó constante que la producida por las Brigadas Rojas. Incluso la fragmentación y la auténtica cacofonía de siglas –recurriendo cada formación a varias- fueron políticamente perjudiciales, creando confusión y dificultades para comprender el hilo de sus propuestas.
Se puede también destacar el hecho de que una parte al menos de las iniciativas estaban relacionadas con situaciones inmediatas, en una agrupación provisional y espontánea. Si esto era signo de la riqueza del “antagonismo” difuso, también era señal de la incapacidad de dar un salto cualitativo, de centralización y de largo plazo, para conseguir un cambio cualitativo en el movimiento de clase, la dimensión política del enfrentamiento con el poder.
Se produjeron así ataques con explosivos contra grandes empresas, tanto por su papel en la luchas del momento como por su papel imperialista; la FIAT, Face Standard, ITT, Unión Petrolífera, y también algunos ataques en la persona de sus directivos. La Autonomía de la región del Veneto expreso un alto nivel cualitativo de uso de la fuerza, como un aspecto de la construcción de un contrapoder sobre el territorio. Como prolongación de un trabajo de afianzamiento real en el tejido de las luchas locales, su lucha armada estuvo hecha de series simultáneas de “pequeños ataques”, teniendo por objetivo algunas noches vehículos, sedes ó locales patronales, por ejemplo; y además otra serie de fascistas y carabinieri.

Y esto hasta tener la capacidad de decretar la ocupación de un barrio de ciudad durante algunas horas, patrullado por grupos armados (impidiendo los movimientos policiales) ocupándose en su interior de los patronos, los precios, los alquileres, los fascistas, etc. Esto no sucedió mas que tres o cuatro veces…pero sucedió. Se consideraba la prefiguración de una etapa superior de contrapoder, como objetivo a conseguir y generalizar. Otra importante rama de la Autonomía, la principal, la mas consistente y presente en numerosas regiones, será la que gira en torno al periódico Rosso (Rojo), que se expresaba principalmente por las siglas Brigadas Comunistas, pero utilizando otras también.
Muchos ataques se produjeron  a nivel de “fábrica difusa” (categoría formulada para definir el fenómeno, entonces en sus inicios, de la deslocalización-fragmentación de la fábrica sobre todo un territorio, con sus corolarios de sobreexplotación, trabajo en negro, etc.), estructurándose una forma organizacional armada a medio camino entre el clásico núcleo y la acción de una manifestación de masas que barría no una gran fábrica sino un conjunto de pequeñas industrias. O al menos esa era la intención, porque la conjugación de estos dos niveles so será fácil. Exigía un nivel de madurez y de capacidad del que se disponía raramente. Prevalecerán las contradicciones y las derivas. Será una positiva experiencia, y posible hasta 1977 incluido. (Mas adelante se verán las razones de su agotamiento). Muchos ataques fueron dirigidos así contra las fuerzas de represión, los fascistas y los traficantes de heroína. Igualmente se asistió al ascendente movimiento de las “Reapropiaciones”, y su apoyo con ataques a  estructuras de la especulación mercantil, a los grandes grupos, a las inmobiliarias, etc.
Y también se asistió a las iniciativas tomadas por el área que constituyó Prima Linea. Entre 1975 y 1976 se manifiestan los preparativos de puesta en marcha, y que dan una buena idea del salto cualitativo que iba a producirse: el “gambizzato” del primer directivo de la FIAT, efectuado en una fase de lucha interna especialmente fuerte, en la fábrica de Rivalta en las afueras de Turín, lucha en cuyo transcurso el papel de los jefes intermedios había sido esencial; se los denuncia en un panfleto que contenía una lista de los peores, y una manifestación interior que expulsó a tres de las puertas de la fábrica. La fuerza política de la iniciativa hace temblar a los revisionistas y a los oportunistas de “extrema izquierda”, y esto da una idea de la estrecha dialéctica que existía entre la intervención pública y la intervención armada. Hay que señalar además que el año 1976 fue, desde el punto de vista de vista del movimiento obrero, un año de apogeo, en donde se alcanzan las conquistas mas altas. La indexación de salarios, alcanzada aquel año, llevará a la paradoja de una recuperación en los salarios superior al nivel de la inflación; la patronal no sabía a que santo encomendarse. El tejido de núcleos y comités autónomos de fábrica es muy denso, teniendo un papel esencial en numerosas movilizaciones.
Otro ataque de Prima Linea fue la ejecución de un responsable del partido fascista de Milán en la primavera de 1976, como represalia de una serie de agresiones fascistas especialmente graves. Esta fue la primera ejecución planificada, aparte de los tiroteos accidentales; la primera en tanto que acto político-militar explícito. Hacia finales de año, Prima Linea empieza a operar con intensidad y continuidad, empezando con una irrupción en una sede patronal de Turín, igualándose con las B.R. en la fuerza, la dimensión y el alcance del proyecto. Tanto más que en su fase de despegue, Prima Linea consiguió reunir a las Formaciones Comunistas Combatientes. Constituían una enésima rama de la Autonomía Organizada y armada, y no de las menores. Esta sobre todo centrada en la zona Centro-Sur, principalmente en Roma y su región. No se dio una unificación, pero actuarán conjuntamente.
Entre 1976 y 1977, las F.C.C. realizan dos “gambizzati” de dirigentes de las grandes fábricas en el Sur, en donde operan como Comités Obreros, y un sabotaje que produjo un enorme apagón en la fábrica FIAT de Cassino (Lacio) durante tres días.

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Carta de Marcos Martín Ponce sobre la brutal paliza en la cárcel de Morón de la Frontera

Morón, 16 de Noviembre de 2012
 
¡Hola! Espero que ya sepáis lo que me ha ocurrido en el Módulo de Aislamiento de ésta prisión, a pesar de que la dirección de la cárcel está haciendo todo lo posible por mantenerme completamente aislado, pues dos días después de lo sucedido, me han puesto en una galería solo y no me han activado los teléfonos para que no pueda avisar a nadie de lo que han hecho conmigo. Aunque, a pesar de todo este aislamiento, la Solidaridad ha hecho llegar a vuestros oídos mi situación desde el primer día, lo sé a ciencia cierta. Así pues, ya sabéis que me dieron una paliza tremenda y que estoy en Huelga de Hambre.

Intentaré ser breve para no perderme en detalles (ya he denunciado ante el JCVP) y os podéis hacer una idea de lo más importante.
Desde mi llegada a esta prisión (hace tres años y medio), ya he denunciado las constantes provocaciones de carácter político que se traducen en: buscar hacernos la vida imposible a los Presos Políticos, creando esto constantes tensiones que se han ido acumulando y que he sabido ir toreando, con paciencia y en compañía de los P.P. Vascos; al menos, hasta el 14-XI-2012, cuando los carceleros de turno venían decididos a que ese día se terminaría de romper “el jarrón”.

Desde que llegué, me he destacado por exigir que se cumplan nuestros escasos derechos en éste módulo de aislamiento: Conseguí que nadie se tuviera que poner de pié en los recuentos, que dieran bata para cubrirnos en los cacheos integrales; que distribuyesen productos y material de limpieza todos los días; que se respetasen las cuatro horas de patio integras que tenemos al día; poder utilizar un ordenador todos los días (fuera de las horas de patio) para los que estuviéramos estudiando alguna carrera universitaria por la UNED…, y otras cuantas cosas más relativas al día a día en aislamiento.

Pero, a la vez que iba consiguiendo que se respetasen estos avances, se ha ido acumulando el odio en una parte de los carceleros, los que unidos bajo los sindicatos de prisiones hacen del odio fascista una militancia activa contra los Presos Políticos, y no han podido soportar ver que, a pesar de sus putadas, me mantengo un hombre íntegro, esmerado en contacto con los obreros, con la juventud antifascista; haciendo deporte, cultivándome intelectualmente y mostrando siempre una amplia sonrisa ante las habituales adversidades.

Así pues, ese 14 de Noviembre, a las 9 de la mañana vino a sacarme al patio una de esas guardias de militantes fascistas. Tenían muy claro a qué venían y no se iban a ir sin conseguirlo. Abrieron la puerta de la celda, me pusieron contra la pared; mientras uno me pasaba la “raqueta” detectora de metales, otro cacheaba mi mochila y otros dos mi celda, la rutina diaria. Pero el que cacheaba mi bolsa, saca de ella una tartera donde siempre llevo mi almuerzo (se me quedó la costumbre de los albañiles), y me dice que a partir de ahora eso está prohibido; le digo que es mi almuerzo y me insulta, diciendo que ya no lo es. Le digo que me trate con respeto y, sin más preámbulos, me coje y me empuja hacia dentro de la celda, pues no quería que lo que iban a hacer lo vieran lascámaras de seguridad del pasillo. Así es como supe desde el primer momento que la cosa se iba a poner fea. Al entrar en la celda los cuatro funcionarios, el de la tartera me da un bofetón y los otros se echan a por mí, yo me cubro la cabeza con manos y brazos. Enseguida oigo a uno decir: “Aquí no, Carlos, que están los otros golpeando las puertas”, y es que los P.P. vascos estaban haciendo ruido para protestar y mostrar su solidaridad.

Así es que me ponen los grilletes y me sacan a rastras mientras oigo los gritos de ánimo y reprobación de los compañeros. Me llevan al cuarto de cacheos, donde tampoco hay cámara, y me piden que me quite la ropa. Me quito todo menos el pantalón de deporte y pido la bata; en ese momento me dan otro guantazo y sacan las porras. Me patean y me aporrean hasta que caigo al suelo y, una vez en el suelo, me hago un ovillo y siguen dándome patadas en la cabeza y porrazos por todo el cuerpo. Pasan los minutos y continúan dándome si bajar ni la intensidad ni la cadencia, uno de ellos me separa los brazos de la cabeza mientras otro me da un puñetazo en la cara; me logro soltar y me vuelvo a tapar, entonces me dan un pisotón en la cabeza y empiezo a perder el conocimiento… Mi cuerpo se va relajando mientras noto que se convulsiona con los golpes que me siguen dando.

Cuando recobro el conocimiento, estoy esposado a la espalda y dos carceleros me arrastran por el pasillo; parece que se me van a desencajar los brazos. Me llevan a una celda donde veo que solo hay una cama con correas, me arrojan a ella y me atan de pies, manos y cintura. Yo empiezo a vomitar y uno de ellos me tira del pelo para sacarme la cabeza de la cama; veo que solo echo babas mezcladas con sangre y un trozo de diente. ¡Estoy casi entero!

Solo llevo encima los pantalones cortos de deporte, el torso desnudo y sin zapatillas; veo que abren la ventana y el frío de la mañana alivia un poco mis extremidades, que están empezando a amoratarse por lo fuerte que han apretado las correas. Estoy boca abajo y los carceleros me insultan: “Ahora qué, GRAPO cabrón” y lindezas por el estilo; la mayoría de ellas en referencia a mi militancia política y los avances conseguidos en los derechos de esta prisión. Al rato se van y me dicen que cuando me haya hecho mis necesidades encima, volverán para desatarme. Estoy atado unas 15 horas, con la ventana abierta y medio desnudo. El frío que al principio aliviaba mi maltrecho cuerpo, a las dos horas martiriza mis músculos haciéndome temblar de frío y de dolor. Durante ese tiempo pierdo la conciencia de nuevo un par de veces más. Es el único descanso que encuentro: cuando estoy consciente el dolor es puntiagudo y generalizado por todo el cuerpo.

Habrían pasado 3 o 4 horas desde que estoy allí atado. Cada cierto tiempo entraban los carceleros: “Qué, todavía estás vivo, comunista hijo de puta”, me tiraban del pelo, me daban algún manotazo y se iban.

El frío terminó deshinchando un poco mis muñecas y tobillos, y así pude luchar contra las correas durante un buen rato, hasta que me solté de la mano izquierda, del resto de extremidades no pude soltarme. Así logré colocarme de medio lado y con esa mano suelta pude maniobrar para orinar fuera del colchón, en el suelo. Afortunadamente, tengo la costumbre de hacer deporte en ayunas y no había comido nada, por lo que no tuve necesidad de defecar. Eso sí, cada movimiento que hacía creía que me estaba rompiendo algún hueso.

A las 23 horas de la noche, cuando ya había cambiado la guardia que me hizo eso, entraron 7 u 8 carceleros y me dijeron que, ya que había orinado en el suelo, me iban a soltar y cambiar de celda. Cuando me soltaron, yo no me podía mover, mi único gesto fué encogerme en posición fetal; le dije al Jefe de Servicios que estoy operado de hernia discal y que ellos me habían vuelto a herniar. Llamaron al médico, esta hizo un informe a vuelapluma, visiblemente impresionada de las torturas marcadas en mi espalda, y me puso una inyección de diclofenaco. Al rato me llevaron en volandas a la celda de al lado, me tiraron en un colchón lleno de suciedad y me tiraron una manta. Allí pasé el resto de la noche y medio día posterior. Eso sí, cada dos horas, durante toda la noche, se preocuparon de no dejarme dormir, golpeando la puerta, insultándome, amenazándome y dejando la luz encendida… Yo me enrosqué en la manta y dormí lo que pude y lo que me dejaron.

Al día siguiente me comunicaron que estaría en aislamiento total hasta que la DGIP decidiera si me cambiaban de prisión, o me aplicaban la 1ª Fase (el aislamiento absoluto); al final me aplicarán ambas medidas, y en la cárcel donde aterrice estarán esperándome los carceleros del sindicato, para recordarme que cuando el sistema capitalista se ve al borde del precipicio, es tiempo para volver a los orígenes más fascistas, para defender sus privilegios.

En esas cosas he estado pensando durante todo este maltrato, durante, por qué no decirlo, la aplicación del Estado de Derecho que la burguesía tiene reservado para los revolucionarios. También pensaba en mis camaradas, en mi compañera, en el libro “El Estado y la Revolución” de Lenin, que me estoy volviendo a releer, en el auge del Movimiento de Resistencia Antifascista y en la reconstrucción de la Solidaridad obrera con los presos políticos. Todo eso me ha hecho aguantar estas torturas, sabiendo que cada golpe tenía un significado político, que la lucha de clases había marcado en mi espalda más de 25 porrazos y patadas que, al mirarlos en el espejo, me recuerdan que sin sacrificios no obtendremos ni uno solo de los objetivos revolucionarios a los que los obreros estamos llamados.

Mi ánimo se resume en esta cita del Che: “En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bien venida sea, siempre que nuestro grito de guerra haya llegado hasta un oído receptivo, y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar cantos luctuosos con tableteos de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de Victoria”.

ABRAZOS COMBATIVOS.
Marcos Martín Ponce
 
-Actualmente se encuentra en la Prisón de Puerto III (Cádiz)