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Los caminos de la revolución en Italia. De los años 70 en adelante (parte 6)

6. Las luchas en las prisiones: los Núcleos Armados Proletarios.
Estos tres años serán testigos también de las más importantes acciones de los NAP (Núcleos Armados Proletarios). Su historia es la historia de las luchas en las cárceles, luchas que serán paralelas en el movimiento de clase, con un mismo impulso, en el tiempo y en las referencias.
Impresiona ver como las primeras acciones serán revueltas violentas en las tres grandes prisiones metropolitanas de Turín, Milán y Génova, la misma geografía exacta de los polos obreros, y entre 1969 y 1970. Luego se da una generalización, las luchas se suceden y el movimiento revolucionario corre inmediatamente a apoyarlas desde el exterior. La explicación de esta sincronización hay que buscarla en la clase, con toda seguridad. Los años sesenta habían visto, en este vasto proceso de recomposición de clase y de los fenómenos culturales que lo acompañaban –la generación beat, los teddy-boys, el pelo largo, las minifaldas, la insubordinación y las tendencias libertarias- también la emergencia de nuevas formas de “bandidismo”, de fuera de la ley. Jóvenes procedentes de barrios obreros, de la inmigración, que rompían radicalmente con el destino de esclavitud en la cadena, decidiendo apropiarse de la riqueza social: eran los “pícaros”, los grupos de atracadores de bancos. Se convierte en un fenómeno importante, bien porque el ataque a los bancos era novedoso (de esta manera sistemática y difusa), bien por los caracteres homogéneos de estas nuevas bandas y sus marcadas diferencias con los ambientes clásicos.
Mientras que el antiguo medio delictivo era expresión del subproletariado (con toda su ambigüedad, bien tratada ya por Marx), y no era precisamente glorioso en cuanto a sus actitudes sociales, con una interiorización del orden y los valores burgueses (actitudes de opresión y explotación de los otros, prostitución al mejor comprador, colaboración con la policía, etc.) los jóvenes atracadores eran rebeldes, productos puros de barrios obreros,
en torno a los cuales estaban relacionados. Fue una generación de jóvenes combativos que, una vez en masa en las cárceles, consiguieron impulsar una dinámica de lucha. Y también consiguieron fácilmente relaciones con el movimiento revolucionario en el cual se reconocían, social y culturalmente. Será sobre todo esta composición de clase la que llevará el ciclo de luchas, junto a los numerosos proletarios que pueblan esos lugares alternativos a la fábrica. Por otro lado, será la figura del “proletario prisionero” la que se formalizará políticamente por el movimiento revolucionario, dándole una identidad y un lugar en la revolución de clase.
A la fase de revueltas destructivas siguió la tentativa de estructurarse, de alcanzar los objetivos que no eran sólo la mejora de las condiciones (si bien siempre importantes en el reducto carcelario), sino que serán también las prácticas de evasión, abundantes y sistemáticas, así como la práctica de respuesta a las violencias del aparato represivo. En estos aspectos, los núcleos de vanguardia creados por las luchas se funden cada vez mas con los grupos exteriores, y tras la fase de “Panteras Rojas” (en explícita referencia a los afroamericanos, a George Jackson y a los Hermanos de Soledad), se llega rápidamente a los NAP:
De hecho, los NAP tuvieron muchas temáticas en común con las BR: centralidad de la lucha armada, construcción de contrapoderes, etc. Si bien anclados en las luchas carcelarias, como se verá, su paso hacia un horizonte mas general consistirá en la integración en las BR. Característica importante fue su radicación en Nápoles y otros territorios del Sur, lo que aportaba un complemento precioso.
Sus primeras acciones fueron las difusiones por altavoz (auto-explosivos) ante las prisiones, en apoyo de las luchas en el interior. Siguieron ataques con explosivos contra estructuras penitenciarias, y también contra la Democracia Cristiana, creando un paralelismo con las campañas de las BR, en tanto que se daba una complementariedad geográfica, al actuar los NAP en Nápoles y en el Sur. Muy pronto sufrieron bajas, principalmente los camaradas Mantini y Romeo,  abatidos a la salida de un banco. En la primavera de 1975 secuestran a un juez director de asuntos penitenciarios –De Gennaro- mientras que en prisión tres militantes armados intentan la fuga. Es un fracaso; se atrincheran y se hacen eco de la acción en el exterior, que consigue la lectura de un comunicado en los noticiarios de la radio nacional.
El juez será liberado a cambio de garantías a los tres prisioneros. Estas garantías sólo serán observadas algunos días, sufriendo los camaradas un trato atroz durante meses. Otra camarada, Anna Maria Mantini muere en una auténtica encerrona. Los NAP consiguieron identificar al policía y al magistrado responsable del asesinato, hiriéndoles.
Habrá aún otras campañas dirigidas por las BR –ataques a las estructuras de los carabinieri y de las prisiones- y un atentado contra el director de los servicios de seguridad de prisiones; ataque que termina mal, con la muerte del camarada Martino Zicchitella, muy conocido en la vanguardia de luchas en prisión desde 1969. Dos policías caerán también en el transcurso de estas acciones.
Todavía habrá otra ejecución, la del camarada Antonio LoMuscio. Identificado en la calle, y tras una persecución, resultará herido; en el suelo recibirá un tiro a quemarropa. Estaba desarmado. En el verano de 1977, con un documento de balance redactado por algunos prisioneros finaliza la historia de los NAP, que, en su mayoría, pasan a las Brigadas Rojas.

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Los caminos de la revolución en Italia. De los años 70 en adelante (parte 5)

5. Años 1974 y 1975: la afirmación de la lucha armada.
Veamos una cronología de los episodios y las acciones significativas de esta fase:
El año 1974 está marcado por el secuestro del juez Sossi, hecho decisivo del nivel de “propaganda armada”, directamente ligado al conflicto de clases en la relación capital/trabajo, nivel que perfila la lucha política general, el enfrentamiento Clase/Estado. Este juez era muy conocido, y odiado, por el proletariado en lucha de Génova. El ataque estuvo particularmente acertado, al poner en relación las exigencias del movimiento de clase y el plano del enfrentamiento con el Estado. Lógicamente, esto hacía visible el considerable nivel político-organizacional conseguido, teniendo en cuenta que el secuestro dura algunas semanas y que se dio una negociación pública (decidiendo las B.R., de una forma coherentemente revolucionaria, hacer público todo el desarrollo del suceso, para que la clase lo haga suyo; por el contrario, el Estado buscaba esconder y torpedear esos contenidos de lucha bajo un espeso manto de manipulación, de intoxicación y de ignorancia). Las B.R. plantearon la liberación de 13 militantes, sacando a la luz del día la existencia de este frente de lucha: la cárcel, los nuevos campos, la represión como terreno estratégico del Estado. Se llegará a un acuerdo, las B.R. liberarán al rehén, ¡pero el Estado reniega de su palabra! Dos años más tarde, las B.R. arreglarán las cuentas con el magistrado que gestionó esta traición, el Procurador Coco, con dos escoltas, acción que significa también un salto cualitativo en el nivel de ataque.
La acción contra Sossi marca también la definición estratégica, apareciendo algunas consignas que se harán célebres, al hacer de ellas el eje de los ataques de las B.R. La más conocida es «Llevar el ataque al corazón del Estado». Hay que precisar un poco que se entiende por eso, contra un montón de deformaciones conscientes que han circulado. No es un ataque de carácter simbólico, siempre similares a otros, de estilo anarquista. No es un ataque de tipo predominantemente militar, que se orienta de forma inmediata a cortar la potencia del Estado porque, mas allá del simple buen sentido, las B.R. preveían un proceso revolucionario, por etapas y donde, naturalmente, el carácter y los niveles de ataque dependían de la etapa. No es nunca al principio cuando se está en condiciones de destruir las fuerzas enemigas.
El concepto de «ataque al corazón del Estado» es mas bien la concepción de que en todas las fases de la lucha de clases existe un  nudo en donde se atan ó se concentran las contradicciones…

 

 y la línea de enfrentamiento entre las clases y que, a este nivel, el Estado en la persona del Gobierno actúa elaborando uno o mas proyectos políticos que son su arma fundamental en su dirección del enfrentamiento. En el proyecto político de coyuntura (o de fase) se resume el interés burgués de la fracción dominante (componiendo de manera subordinada, y siempre contradictoria, el interés de las fracciones burguesa secundarias), su forma de atacar al proletariado y desarrollar el sistema capitalista. Salir de los límites del enfrentamiento capital/trabajo y de los escollos del “movimientismo” significa saber colocar la fuerza de la clase sobre aquel plano: atacar a la burguesía en un plano político general, haciendo mostrar al Estado al mismo tiempo su carácter de clase, y oponiéndole el interés general histórico del proletariado, de la clase.
Por consiguiente, existe una lógica de ataque muy político-militar, con el objetivo de recomposición de clase que no puede darse más que afrontando las contradicciones centrales, en el plano del choque entre la clase y el Estado.
Como resultado del gran salto adelante y de la influencia creciente, dos nuevas columnas comienzan a estructurarse, en Liguria y en el Véneto (y sobre la base de núcleos obreros de grandes fábricas y puertos, principalmente), mientras que se constituye la Dirección Estratégica, que en el futuro marcará cada año la actividad de la Organización, mediante una elaboración político-teórica, que informará los objetivos estratégicos. La primera Dirección Estratégica –en forma de documento- se publicará en abril del año 1975. Por su claridad constituye aún hoy un instrumento útil. También en la primavera de ese año se producirá el primer secuestro de un capitalista a efectos de expropiación. En el tiroteo con los carabinieri que intentan su liberación cae Mara Cagol, una camarada parte del núcleo fundador. Persona muy querida, permanecerá como figura simbólica, y la Columna de Turín tomará su nombre. Algunos meses antes ella misma había dirigido el primer asalto contra una cárcel (Casale Monferrato, en el Piamonte) para liberar a un camarada.
Habrá también una campaña en colaboración con los NAP (Núcleos Armados Proletarios) contra el aparato de la contraguerrilla, ataques contra estructuras de los carabinieri y el sistema penitenciario. Y también el primer ataque personal contra el enemigo, en la figura de un notable del partido en el poder, la D.C. (Democracia Cristiana), ataque que tomará a menudo la forma de “gambizzazione” o disparos en las piernas (“gambe” en italiano, N. del T.).
En 1976 se produce la ejecución, como se mencionaba antes, del magistrado Coco, como represalia y elevación del nivel del ataque al Estado. Y también la muerte de otro camarada, Walter Alasia, un joven muy estimado. La columna de Milán tomará su nombre. Su entierro será también un momento destacable, con la presencia de centenares de personas a pesar de la intimidación de los sicarios, y la defensa pública que de él hicieron los Comités Obreros del movimiento autónomo de Milán.

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«Cuando me muera decid que fui roja»

A Encarnación Moreno, la «Lechuguina»

Encarna Moreno dijo a su nieta hace poco tiempo: «Cuando me muera decid que fui roja». Encarna fue roja y republicana
(A la memoria de todas las viudas víctimas del genocidio franquista que comenzó en 1936)
Encarna Moreno, de Dicastillo, ha muerto con 101 años de edad en la clínica de San Juan de Dios. El apodo de Lechugina lo heredó de su padre, pastor e hijo de pastor, de Arellano, que le enseñó el oficio desde los 7 años. Poco fue a la escuela. «Los pastores se hacen esclavos para ser libres». Con sus cabras era la reina de Montejurra. Encarna ha sido una mujer guapa de intensos ojos azules y firmeza en la mirada.
La noche que cumplió los 100 años le hizo un quite al miedo y rasgó la mordaza de silencio que marcó toda una vida nada fácil. Empezó a contar, como si fueran fogonazos de memoria viva, el asesinato de su marido Fortunato Alvarez Macua en 1936. «Que se presente» dijeron los fascistas. Ella fue a avisarle, estaba segando en el campo. «Me van a matar padre». Los campos quedaron sin segar, las espigas tumbadas y no había brazos, estaban en la cárcel. Los sacaron a barrer las calles, a burlarse de ellos antes de matarlos. Después se los llevaron en un coche y de noche, con las manos amarradas, un tiro de gracia en el portillo de Enériz y abandonados en una fosa común. Encarna no pudo empezar a respirar hasta que salió del pueblo, dejando allí a su hija de un año al cuidado de su suegra. Sufrimiento hondo y pena negra.
Navarra quedó sembrada de fosas comunes, no vale contar porque no son números las más de 3.500 personas asesinadas con nombre y apellidos, que dejaron viudas, viudos e hijos, madres y padres, hermanos y hermanas. Casados o solteros, de tal pueblo, fecha de nacimiento, oficio, ideas republicanas, de izquierdas, nacionalistas, que lucharon por recuperar el comunal, la jornada de 8 horas, el estatuto vasco… por que se cumpliera la legalidad republicana.
Reparar su memoria y la de sus familias y denunciar aquella matanza es obligación de cualquiera que tenga responsabilidad de gobierno municipal. Es mezquino seguir callando crímenes de lesa humanidad porque las fuerzas políticas pactaran aquel consenso y la consecuente imposibilidad de hacer justicia. El genocidio no prescribe.
Encarna Moreno dijo a su nieta hace poco tiempo: «Cuando me muera decid que fui roja». Encarna fue roja y republicana y conservaba la lucidez de aquella generación que no fue educada en el franquismo, a la que masacraron y represaliaron para que nos dejaran como herencia el miedo y el silencio. Solo se permitió la memoria de los vencedores.
Pero esta mujer de 101 años, que sintió mucho no poder ir al homenaje a las víctimas del Franquismo en Dicastillo, cuando recibió en la clínica la bandera republicana, se echó a llorar y se secó las lágrimas con ella, bandera que significó la libertad desde los tiempos de Galán y García Hernández, Libertad con mayúsculas, hecha con los brazos que la mantenían, con la vida de todos aquellos jornaleros mártires, navarros dignos, gentes de bien. Y Encarna levantó el puño ante la bandera, como entonces.
Urales San Pedro, a quien le dejaron sin padre cuando no había cumplido el año, me mandó este escrito en agradecimiento por el homenaje: «Se les va a juntar a nuestros nietos la Memoria Histórica de nuestros abuelos con nuestra propia Memoria Histórica. Nos están matando sin mancharse las manos de sangre y nosotros nos estamos enterrando sin cavar nuestras propias fosas comunes».
¡Qué solos se han sentido los familiares! Encarna se ha ido satisfecha porque ha denunciado («el pueblo tiene que hablar, no yo»), y porque se ha hecho algo de justicia: la reparación pública tocaba hacerla al pueblo. Y la hemos hecho. Hasta siempre Encarna, descansa en paz. Nos dejas una valiosa herencia.
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1ª jornada por la amnistía de los presos políticos (adelanto)

El pasado 6 de Octubre se celebraron en Madrid las primeras jornadas por la amnistía de los presos políticos. El evento contó con una charla debate a cargo de Juan Manuel Olarieta, abogado y escritor, y José Balmón, ex preso político del PCE(r), la presentación del poemario “Con la solidaridad por bandera” de Aitor Cuervo y Pablo Hasél y la actuación de los grupos La Plataforma, Pablo Hasél, RPG-7 y Núcleo Terco.


Próximamente el reportaje completo con las charlas (íntegras), el recital de poesía y los conciertos.

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Los caminos de la revolución en Italia. De los años 70 en adelante (parte 4)

4. Movimiento y nacimiento del área de la autonomía obrera.
Como se ha señalado, Potere Operaio constituyó una especie de crisol para diferentes experiencias. A partir de su voladura muchos de sus núcleos organizaron el Movimiento e impulsaron las iniciativas y las conversaciones. En general, fueron estos núcleos los que alimentaron y encuadraron el debate y las siguientes evoluciones, en los encuentros y las colaboraciones con otros sectores del Movimiento. Fue sobre todo la confluencia con el área de los procedentes de Lotta Continua (que estalla en 1976, pero, a diferencia de P.O., de forma negativa, como resultado de una crisis grave de identidad y de perspectiva). Especialmente, la realidad revela todo un área pequeño-burguesa que remedaría algunos gestos de traición, un regreso al rebaño familiar, de una buena parte de “sesentayochistas”. Numerosos colectivos territoriales y de fábrica, mas una gran parte de los servicios de orden, se reagruparon tras la (perdida) batalla interna para avanzar hacia un proceso revolucionario, y principalmente hacia la etapa del armamento de las masas.
Se han visto ya dos caracteres fundamentales de este proceso político y organizacional, caracteres que serán determinantes y estarán cargados de consecuencias:
1) No se da una auténtica separación entre el nivel de masas y el nivel que debiera considerarse como estratégico, si no  Partido si al menos la Organización. Esta última comienza a perfilarse como la federación de numerosos colectivos y comités locales (a menudo muy dignos, pero en donde en cualquier caso era preeminente la dimensión de masas y pública).
2)  Armamento de las masas. He aquí una consigna extremista, confusionista (de niveles) y cargada de derivas militaristas. Que es lo que llegará con el tiempo, y que era evidente entre un sector muy defectuoso en este sentido, como los mencionados servicios de orden.
Habrá dos años de experiencia y de preparación de este nuevo conjunto, resumiéndose la elaboración político-teórica en una publicación (“Linea di Condotta”), años que se desarrollan en una fase de lucha cada vez mas fuerte y rica, y en la que algunos de estos colectivos tuvieron una marcada presencia. Es destacable el caso de una Coordinación de Comités de fábrica en el cinturón de Milán, (Sesto San Giovanni, centro siderúrgico apodado Stalingrado por su aportación a la Resistencia) que llegarán a ejercer su hegemonía en una gran fábrica (la Magneti Marelli) en donde llegarán a experimentar el ejercicio de la fuerza en la lucha interna, bajo la forma de imposición de “decretos obreros”, incluso hasta impedir el despido de cuatro camaradas, haciéndoles entrar a trabajar todos los días escoltados por la “milicia obrera”, ¡y esto durante algunos meses!.
Este asunto de la “milicia obrera” será además un eje central: construir la fuerza político-militar como apoyo a las organizaciones de masas avanzadas, como una especie de contrapoder, como ejercicio concreto, imposición de los objetivos de lucha que comenzaban a romper los límites de la legalidad y a anunciar contenidos “objetivamente” revolucionarios. Fue el caso de la ola de auto-reducciones. Consistía en un rechazo de las subidas de tarifa de gas, electricidad y teléfono, que se traduce en 1975 en un vasto movimiento de auto-reducción de las facturas. Estructurado alrededor de una extensa red de Comités de Lucha en los barrios (al tiempo que una parte de los Consejos de fábrica apoyaba el movimiento rompiendo el sabotaje de los revisionistas), se prestaba bien a desarrollar una radicalización de los movimientos de masas: “los precios políticos”, es decir, como expresión de las relaciones de fuerza y como tendencia a la negación de la mercancía; la “reapropiación”, como formas de lucha no ya reivindicativas sino de directa imposición, como “práctica del objetivo”; “contrapoder”, por tanto, un terreno nuevo que exige la organización de la fuerza, generalmente armada (lo que para una parte era precisamente la línea de la “milicia obrera”).
Hay que considerar también que esta ola se apoyaba en una considerable situación previa de ocupación de inmuebles (ciudades enteras de HLM[*]) y sobre una organización general en Comités Autónomos de Lucha, por ejemplo en la “huelga de los alquileres”. Terreno de lucha poblado de enfrentamientos con la policía, que llegaron a matar a algunos camaradas, lo que produce a cambio oleadas de violencia proletaria y el ejercicio de nuevas formas de organización. En las barriadas periféricas de Roma, principalmente, se llegará a enfrentamientos armados entre los ocupantes apoyados por los camaradas organizados y la tropa. Y con victorias, en fin, tanto contra la policía, tanto en el objetivo de conseguir las viviendas (esto siempre entre 1974 y 1975).
Y además un importante movimiento de “expropiación de masas” se iba a desarrollar, como plasmación de la consigna de “precios políticos”, los Comités habían iniciado la actividad en las grandes superficies, en los mercados, especuladores, intermediarios comerciales, etc., hasta acciones de auto-reducción de precios y de expropiaciones masivas. Sobre esto creció el impulso espontáneo de la nueva generación de jóvenes camaradas (que constituirían los primeros Círculos de Jóvenes Proletarios), a medio camino entre el local político y cultural y la ocupación, que iban directamente a las ocupaciones sistemáticas; no sólo en los supermercados sino también en las tiendas de lujo: disco y sonido, libros, ropa. Los límites cada iban más allá. Esto no era, especialmente para los jóvenes, solamente una reducción de precios sobre los bienes esenciales, una especie de lucha salarial de nuevo tipo; ¡era la “reapropiación de la vida” así como la destrucción de la mercancía! Los más frecuente es que estas acciones estuvieran “protegidas” por la presencia de un equipo armado, y en general todas estas formas de lucha en los barrios  conocieron un desarrollo muy destacable de práctica armada de las organizaciones. Más bien en términos de ámbito local, fragmentario, no unidos por un proyecto centralizado de desarrollo de procesos revolucionarios, y de ahí la ausencia de una firma única, centralizada, y la cacofonía de siglas que hacía creer en la existencia de decenas de grupos.
Estos proyectos existían, pero quedaba por así decir en estado latente, subyacente, no llegando a manifestarse claramente como en el caso de la B.R.  Esto llegará pronto a formalizarse en una organización y en una “rama” (Prima Linea y la  Autonomía Obrera Organizada, que nunca llegarán a unificarse, y en donde coexistieron tres o cuatro principales Organizaciones armadas), que intentaron este paso; pero siempre quedaron marcadas por ese carácter espontaneísta, movimientista de fondo, y, como se verá, su intento, muy precario y contradictorio, naufragará rápidamente en su vuelta al Movimiento, como resultado de una derrota y por tanto como grave retroceso.
Esto no quiere ser una denegación de esta área revolucionaria, ni de sus aportaciones que han sido importantes en la búsqueda de nuevos caminos que hubieran podido responder a las contradicciones abiertas en el ciclo histórico precedente: la valorización de las expresiones de clase en tanto que sujeto revolucionario, para superar el exceso de dimensión política separada (que también había abierto la puerta a las derivas revisionistas). De ahí las categorías de “antagonismo”, de “contrapoder”, de “ilegalidad de masas”. Categorías que primaban el (pretendido) valor revolucionario de lo social, de las luchas y los comportamientos de masas como “autovalorización proletaria”, del sujeto social que estaba en vanguardia (en primer lugar para el “obrero-masa”, luego para el “obrero social”, ó “sujeto antagonista”, en definitiva).


[*] HLM, habitation á loyer modéré,en francés, viviendas de alquiler controlados o subsidiados (N. del T.)
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Los caminos de la revolución en Italia. De los años 70 en adelante (parte 3)

3. Noviembre de 1970: la formación de las Brigadas Rojas y sus inicios.

Estos inicios fueron la conclusión de un proceso político-ideológico que, tras el encuentro entre el núcleo de estudiantes de Trento y algunas vanguardias de lucha obrera de Milán y de la región de Emilia, había tomado forma en el Colectivo Político Metropolitano de Milán. Era un lugar de encuentro y coordinación interna de las luchas, y al mismo tiempo un organismo que elevaba el nivel del debate, comenzando a trazar las líneas de orientación que llevaron al proyecto de lanzamiento de la lucha armada. Dispondrá de una revista, “Sinistra Proletaria”,  durante el tiempo preciso para decantar la posición política y tener las primeras experiencias. El nivel teórico demostrado es, desde el inicio, elevado; constituye una buena síntesis de comprensión del ciclo de luchas internas y del contexto internacional, de posicionamiento respecto al moderno revisionismo y a las vanguardias reales.

Esta síntesis hacía emerger la necesidad de superar la estrategia de “los dos tiempos” (fase de acumulación de fuerzas a través de la lucha de masas y el electoralismo, continuando con la fase insurreccional), que de hecho se había convertido en uno de los motivos de putrefacción revisionista, pero que engangrena también a la nueva izquierda extraparlamentaria con su incapacidad para extraer las contradicciones por las que precisamente se habían convertido en revisionistas, con su espontaneismo y seguidismo de las luchas de masas. La idea formulada (¡y aplicada!) era la de que era necesario desarrollar una estrategia basada sobre la unidad de lo político-militar. El proceso revolucionario debía, desde el inicio, contener sus elementos constitutivos, prefigurar el camino en sus posibilidades y necesidades, y por tanto indicar claramente, en la práctica, como se podía pasar de las simples luchas inmediatas (por radicales que fueran) a niveles mas altos, para enfocar la cuestión crucial: la lucha por el poder. Y ya había quedado demostrado que nunca se hubiera crecido siguiendo a las masas, acompañando sus movimientos. Se necesitaba instaurar, construir una dialéctica entre estas expresiones fundamentales, y la tendencia revolucionaria, lo que significaba ideología, teoría, programa político, pero también (y especialmente) concretarlo en los medios y en una estrategia de lucha planteados subjetivamente. Y por consiguiente en una Organización, que tuviera como objetivo el Partido Comunista formado en el ejercicio de esta práctica, la unidad de lo político y lo militar, la lucha armada.

Por lo tanto, el proyecto se basaba en la síntesis de tres elementos esenciales:

– un planteamiento de la autonomía proletaria (o de clase) como aportación y análisis concreto de las grandes luchas de masas que se sucedían (y en cuyo interior los camaradas se situaban en tanto que vanguardias reconocidas), sus potenciales y sus límites infranqueables;

– la decisión subjetiva, en tanto que colectivo militante, de formular una línea política, una estrategia para la revolución, aquí, en las metrópolis imperialistas, basándose en los logros históricos del marxismo-leninismo y de la nueva ola internacional (China, Vietnam, Cuba y América Latina). En palabras de los camaradas brasileños, precisamente «hoy la alternativa del poder proletario debe plantearse ya en términos político-militares, dado que la lucha armada es la vía principal de la lucha de clases»;

– y una implantación teórico-ideológica adecuada al nivel expresado por  las contradicciones de clase, al nivel de relación de fuerzas internacional, haciendo la suma de ambos soñar ampliamente sobre la madurez del paso al comunismo, algo profundamente vivo en el interior de los movimientos. Aplicando que «sin teoría revolucionaria no hay movimiento revolucionario», y también buscando las nuevas aportaciones: «la revolución cultural es tan necesaria como la revolución política».

Para todos aquello que dudaban aún del calado y de la complejidad del proyecto (argumento agitado por tantos oportunistas que lo han denigrado como “una práctica de gesto ejemplar”), debe leerse este párrafo: «Creemos que la acción armada es únicamente el momento culminante de todo un trabajo político, mediante el cual se organiza la vanguardia proletaria, y el movimiento de resistencia, de manera directa respecto a sus necesidades reales e inmediatas. En otras palabras, para las BR la acción armada es el punto mas alto de un profundo trabajo en la clase: es su perspectiva de poder».

Supieron así las B.R. dar continuación y cuerpo a las expresiones de la autonomía de clase: el incendio de los coches de los jefes, de los fascistas y de otros colaboradores de fábrica, y también los de los policías de la región, actos ejecutados de manera organizada y política. No se efectuaba esto en un plano simbólico (aunque evidentemente también tenía este aspecto) sino concretamente, políticamente, en los episodios del enfrentamiento político-social de clase. Y aún más con la ejecución de algunos secuestros (de corta duración) de directores de grandes fábricas, en los centros de las luchas (Siemens y la FIAT).

Esta coherencia valiente supuso el éxito político inmediato. El núcleo frágil del principio, del que se ha hablado, se extendió como una mancha de aceite: la Organización se implanta en numerosas fábricas grandes y barrios de Turín, Milán, Génova, Venecia. Se acierta en la “apuesta”: la clase comprende y responde, también con la disponibilidad de cuadros militantes obreros de entre los mejores (lo que será visible en las primeras detenciones).

No estaban solos, porque se insertaban en comportamientos y formas de lucha muy extendidas en la época, con la práctica obrera de desperfectos en las líneas de montaje durante las manifestaciones interiores en las fábricas, el sabotaje, las encerronas fuera de la fábrica a los jefes, etc. Especialmente la práctica de manifestaciones interiores era la auténtica arma de masas, que acompañaba el desarrollo de una fase de la lucha; las BR estaban ahí insertadas, y “dialectizaban” sus iniciativas con relación a todo esto.

Y también porque otros componentes militantes habían comenzado a plantearse la misma perspectiva y la misma práctica. Aunque algunas importantes diferencias ideológico-políticas crearían unas distancias que se convertirían con el tiempo en una cuestión de líneas diferentes; además, el carácter menos claro de estos otros componentes, su gestación política mas complicada causó que sus iniciativas y estructuras quedaran durante largo tiempo –hasta 1976- en una especie de limbo, sin plantear reivindicaciones claras, utilizando siglas diferentes, faltos de la correspondiente colaboración política-ideológica. Hay que reconocer también las características de fuerza y la coherencia estratégica que hicieron preeminentes a las BR (y su continuidad entre otras organizaciones, hasta entonces).

De hecho, la gran diferencia residía en la relación con el “Movimiento”, aquella entidad general que englobaba todas las luchas, aquella especie de río de donde todos procedían. Todas las demás organizaciones mantuvieron una relación de complementariedad, de seguidismo en un cierto sentido, permanecieron “movimientistas”, como se decía entonces. En realidad, una reedición del desnivel entre leninistas y no leninistas.
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Las formas de dominación del Estado burgués (XI y última)

Juan Manuel Olarieta

Democracia y dictadura del proletariado


En su carta a Weydemeyer de 1852, Marx reconocía que él no había descubierto ni la existencia de las clases ni la lucha entre ellas, y que su aportación consistía en haber demostrado que «la lucha de clases conduce necesariamente a la dictadura del proletariado» (32). Tras la Comuna de París de 1871 él y Engels insistieron en la trascendencia de la dictadura del proletariado, como se observa en su obra «Crítica del Programa de Gotha», en donde constatan que en algunos países y hasta donde la burguesía es capaz de llegar, las reivindicaciones democráticas «están ya realizadas», por lo que es absurdo repetir la «vieja y consabida letanía democrática» (33). No se trataba de reclamar algo que el proletariado ya habia conquistado, sino de ir más allá, al socialismo y, por consiguiente, implantar la dictadura del proletariado.

La dictadura del proletariado es el reconocimiento de la naturaleza de clase del Estado propio del proletariado. Las experiencias posteriores a la Revolución de 1917 demostraron que tan importante como hacer la revolución es saber defenderla. En el socialismo subsisten las clases y la lucha entre ellas y para acabar con él la burguesía no vaciló en unirse en todo el mundo para atacar militarmente al poder soviético, desde dentro y desde fuera. La URSS no disfrutó ni de un minuto de respiro porque la burguesía ni se resigna, ni tiene tampoco las dudas éticas que manifiesta el proletariado. Expulsada del poder, ella jamás se planteó recurrir a métodos democráticos y pacíficos de oposición, jamás salió a la calle detrás de una pancarta reivindicando su derecho a la propiedad privada. El Ejército Rojo, el gulag, los procesos de Moscú, el KGB y demás instituciones de la dictadura del proletariado en la URSS fueron la guillotina de la revolución proletaria, el reverso de los terribles desafíos que siempre acosaron al socialismo. Lo mismo que la aristocracia, la burguesía morirá matando y el proletariado estará obligado a defenderse.

A diferencia de la burguesía, los comunistas no hablan en nombre de toda la sociedad sino sólo de una parte de ella: el proletariado y, a traves de él, hablan también en nombre de todos los demás oprimidos, es decir, de la inmensa mayoría del mundo. Cuando se refieren a las libertades y los derechos consideran a las personas como trabajadores y en tanto que trabajadores. Para ellos el «Estado de todo el pueblo» al que se refirió Jruschov en 1956 es un imposible histórico y no tiene, pues, ningún sentido político. Sin embargo, para justificar el desmantelamiento del socialismo y de la URSS como Estado, en su «Informe secreto» Jruschov afirmó que la dictadura del proletariado ya no tenía ningún sentido porque «las clases explotadoras habían sido liquidadas» (34). Según los revisionistas, al liquidar a la burguesía sólo queda «el pueblo», que debían entender como algo de naturaleza residual, en cuyo caso el «Estado de todo el pueblo» tendría esa misma naturaleza residual, es decir, ambigua.

Este tipo de expresiones son realmente extrañas. Es como si Tocqueville hubiera escrito en 1850 que la aristocracia había sido «liquidada». ¿Cómo se liquida a una clase social?, ¿exterminando físicamente a sus miembros, uno por uno? Ni siquiera así desaparecería. La tarea de la dictadura del proletariado, como escribió Engels, consiste en «someter» a la burguesía como clase social (35), que es la misma expresión utlizada luego por Lenin: se trata de «romper la resistencia de los explotadores» (36), lo que comienza poniendo en práctica una serie de medidas económicas y políticas, fundamentalmente, que socavan su poder. Es más, el socialismo no puede atacar frontalmente a toda una clase, como la burguesía, sino a través de sus elementos más fuertes y destacados, los monopolistas, los financieros, los grandes propietarios de tierras, quienes además de perder su poder político, deben ser expropiados también de lo que constituye la fuente del mismo: sus medios de producción.

Pero la expropiación no tiene poderes mágicos; el socialismo no se inventa, decía Lenin. La lucha de clases subsiste en esa etapa porque la expropiación no es un acto sino un proceso diversificado y dilatado en el tiempo. No supone sólo el empleo de «métodos de represión implacables» sino también de «métodos de compromiso», en los que se debe indemnizar a una parte de la burguesía, o incluso no expropiarla en absoluto y «sentarse a la misma mesa que ella» (37). El socialismo no puede tratar de manera homogénea a clases y sectores sociales que son diferentes. Tan demagógico como proponer el «Estado de todo el pueblo» es hablar de «clase contra clase»; tan erróneo como olvidarse de los «métodos de represión» es olvidarse de los «métodos de compromiso».

En la edificación del socialismo, un proceso que es económico tanto como político, el proletariado cumple una segunda tarea: asumir por sí y para sí la planificación, organización, dirección y gestión de las empresas socializadas de la industria, de la alimentación, de las finanzas, de los transportes, de la energía y, en fin, de toda la economía de un país, lo cual exige aprendizaje y experiencia, entre otras muchas cosas, ninguna de las cuales se improvisa. A lo largo de ese proceso sigue siendo fundamental la acumulación de fuerzas y la ampliación de la capacidad representativa y la legitimación política del proletariado, para lo cual es imprescindible ganarse a la pequeña burguesía tanto como someter a la grande. En palabras de Lenin, tan necesaria como la dictadura del proletariado es «la extensión de la democracia a una mayoría aplastante de la población» (38).

La dictadura del proletariado, pues, debe seguir acumulando fuerzas bajo el socialismo. La lucha de clases tendrá entonces una naturaleza militar sólo si la agresión es militar, será política cuando el desafío sea político e ideológica cuando los ataques sean de esa naturaleza. El objetivo no es «liquidar» a la burguesía sino poner los medios, fundamentalmente económicos, para que se extinga como tal clase social, un proceso paralelo al de la ampliación de las fuerzas del proletariado, porque éste es la única clase social que lleva en sí misma los gérmenes de su propia autodestrucción: «Esta descomposición de la sociedad, en cuanto clase particular, es el proletariado» (39). El proletariado no es una clase simétrica a la burguesía cuyo objetivo sea perpeturarse como clase, y mucho menos como clase en el poder. A diferencia de ella, «el proletariado, en tanto que proletariado, se encuentra forzado a trabajar por su propia supresión». Marx y Engels insistieron especialmente sobre este carácter representativo del proletariado y su significado histórico: «Si el proletariado conquista la victoria, esto no significa abolutamente que se haya convertido en tipo absoluto de la sociedad, pues sólo es victorioso suprimiéndose a sí mismo y a su contrario» (40). La sociedad del futuro es, pues, una sociedad sin clases porque es una sociedad de proletarios; ese es el significado del comunismo.

Si el proletariado se extingue como clase, la dictadura del proletariado tiene ese mismo destino: su autodestrucción. Por lo tanto, tan errónea como la «liquidación» de la burguesía de la que hablan los reformistas, es la «abolición» del Estado de la que hablan los anarquistas. El Estado de clase se extingue con la extinción de las clases sociales. Sin embargo, no se logrará por la promulgación de un decreto que así lo establezca sobre un papel, sino porque la dictadura de proletariado significa la más consecuente expresión de la democracia política, porque el proletariado representa y satisface los intereses de sectores sociales cada vez más amplios que, finalmente, son los suyos propios.

Para el proletariado la democracia no es, pues, un objetivo táctico sino estratégico, indisolublemente ligado a la construcción del socialismo. La democracia pone los cimientos para que el Estado se pueda extinguir, es decir, para la realización del comunismo. El sufragio universal, escribió Marx, anula «una y otra vez el Poder estatal», pone en tela de juicio «todos los poderes existentes», «aniquila la autoridad» y amenaza con «elevar a la categoría de autoridad a la misma anarquía» (41).

El socialismo es un proceso dirigido y planificado conscientemente hacia ese objetivo y por medio de él. En su edificación el proletariado participa y decide democráticamente como clase social, incorporando a su seno a sectores cada vez más numerosos y ampliando su capacidad de representación política. Es un proceso histórico que empieza y acaba en la democracia, como decía Lenin: «Sólo el comunismo puede proporcionar una democracia verdaderamente completa; y cuanto más completa sea antes dejará de ser necesaria y se extinguirá por sí misma» (42).

Notas:

(32) Marx, Carta a Weydemeyer, Obras Escogidas, tomo II, pg.481.
(33) Marx, Crítica del Programa de Gotha, Obras Escogidas, tomo II, pgs.25-26.
(34) Branko Lazitch: Le rapport Khrouchtchev et son histoire, Seuil, Paris, 1976, pg.84.
(35) Engels, Carta a Bebel, marzo de 1875, Obras Escogidas, tomo II, pg.36.
(36) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.363.
(37) Lenin, Acerca del infantilismo izquierdista, Obras Completas, como 36, pgs.313 a 321.
(38) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.364.
(39) Marx, Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel, cit., pg.115.
(40) Marx y Engels, La sagrada familia, cit., pgs.50 y 51.
(41) Marx, Las luchas de clases en Francia, Obras Escogidas, tomo I, p.229.
(42) Lenin, El Estado y la revolución, Obras Escogidas, tomo II, pg.364.

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Es e-vidente que el MAI es una secta clari-vidente

El MAI es una secta
mística que, como cualquier otra, se confiesa a sí misma como
«clarividente» (Stalin, Del marxismo al revisionismo, pg.6), que debe
ser algo así como el punto intermedio entre lo evidente y lo invidente. Apenas se
diferencia en nada de los vulgares publicistas burgueses ya que, como ellos,
también predica el «fin de la historia», aunque se diferencian por el
uso de un lenguaje un poco más rebuscado: lo califican como un agotamiento del
ciclo revolucionario de octubre. La URSS es cosa del pasado, del sigo pasado.
En su bola de
cristal el MAI ha vislumbrado que «nos hallamos en una etapa histórica de
transición entre dos ciclos de la Revolución Proletaria Mundial»
(ídem).
Eso lo consideran como una tesis incontrovertible, que no se puede cuestionar
ni matizar: «El ciclo revolucionario que inauguró la Revolución de Octubre
está agotado, ha sido clausurado definitivamente. Lo cual significa que casi
todas las premisas políticas y muchas de las premisas teóricas de las que
partía el movimiento revolucionario entre 1917 y 1990 han caducado: no sirven,
no rigen completamente la realidad o no están a la altura de las necesidades
que imponen las tareas revolucionarias en la actualidad»
. El fin del
socialismo real supone el fin del socialismo científico. Hay que bajar el telón;
todo se ha acabado.
Es como si tras el
fracaso de la Comuna de París Marx y Engels hubieran hablado del agotamiento
del ciclo correspondiente, hubieran renegado de sí mismos, de sus postulados
científicos, hubieran propuesto la liquidación de la I Internacional y en lugar
de intervenir en la fundación del partido socialdemócrata alemán, se hubieran
dedicado a «estudiar y debatir».
El supuesto fin del
ciclo de octubre exige que el MAI asuma el mismo papel que Bernstein desempeñó
en 1900, tras otro «cambio de ciclo» del capitalismo premonopolista
al imperialismo. Como el marxismo no se puede conservar en formol, la secta
reclama para sí la revisión de todos y cada uno de los fundamentos ideológicos
y políticos del comunismo: «Hay que comenzar de nuevo, de que hay que
volver a construir el edificio de la revolución desde sus mismos cimientos, hay
que reiniciarlo todo desde sus bases primordiales»
(ídem).
No cabe duda de que
el MAI se sitúa confesadamente fuera del comunismo. Han eliminado de su
iconografía la hoz y el martillo (sustituido por un martinete), e incluso las
imágenes de Marx, Engels y Lenin. A veces ni siquiera estampan sus iniciales en
algunos de los documentos que publican, como si se avergonzaran del misticismo
que desprenden. Aunque no se atreven a decirlo con franqueza, lo que pretenden
es la liquidación pura y simple del marxismo-leninismo tal y como hoy lo
conocemos, porque «se requiere un punto de vista que se sitúe fuera del
proceso mismo, que lo observe y estudie desde una perspectiva exterior, que lo
comprenda como ciclo terminado»
(ídem, pg.7).
Es bueno que el MAI
lo reconozca, porque es cierto: sólo el imperialismo y las sectas
anticomunistas de esa naturaleza pueden afirmar que el ciclo de octubre ha
terminado y, a la inversa, quien dice que el ciclo de octubre ha terminado se
sitúa fuera del comunismo. Como la Comuna de París, la Revolución de 1917 ha
sido finalmente derrotada, pero ninguna de ellas fueron el final de nada sino
el principio de algo: la revolución proletaria.

El misterio de la vanguardia que no es
partido
Es natural que, por
sus formas organizativas, una secta como el MAI no conozca lo que es un partido
comunista y para disimular su misticismo ideológico en lugar de
«partido» ellos prefieren hablar de «vanguardia». Hasta
ahora los comunistas siempre habían creído -equivocadamente por lo que parece-
que el partido comunista era la vanguardia, pero ahora resulta que no, que hay
vanguardias que no son un partido y, por supuesto, hay partidos que no son
vanguardias. ¿Cómo es posible que exista una vanguardia que no sea un partido?
Ese es uno de los grandes misterios que envuelven a esta secta.
Pero aunque ellos
ponen las etiquetas que les da la gana a todos los demás, sobre todo a esos
partidos que no son auténticas vanguardias, toman muchas precauciones para no
definirse a sí mismos. Después de escribir «¿Qué es el MAI?» la
pregunta queda sin responder: ¿Qué es el MAI?, ¿cómo se consideran a sí
mismos?, ¿son una vanguardia pero no un partido? Desde hace mucho tiempo los
comunistas saben lo que son este tipo de sectas, pero hubiera sido interesante
saber lo que ellos mismos ven cuando se miran en el espejo cada mañana.
La concepción
«vanguardista» del MAI se caracteriza por la separación entre la
teoría y la práctica. Su «vanguardia» es literaria. Cuando ellos
hablan de «vanguardia» se refieren, en realidad, a panfletos, a
documentos, a debates, a discusiones, a tertulias y a teorías: «Hay que
dotarse de los conocimientos y de un método de carácter científico que nos
permita comprender, explicar y poner en práctica la base ideológica del
proletariado revolucionario: el marxismo-leninismo»
(«¿Qué es el
MAI?»
). Por extravagantes que sean, las teorías son el sello
característico de las sectas. No hay secta sin teoría ni teoría sin secta
, y el
MAI no podía ser una excepción.
En su galimatías,
el MAI separa a la vanguardia teórica de la práctica. Debe ser otra de esas
novedades introducidas por ellos como consecuencia del agotamiento del ciclo.
El leninismo se ha quedado obsoleto. Lo que ellos sostienen es una redundancia:
que «la vanguardia teórica es la portadora de la ideología de
vanguardia»
. El caso es que el MAI no sale de un teoricismo estrecho
repetido de mil formas diferentes. En su declaración de intenciones «¿Qué
es el MAI?»
confiesan: «Trabajamos por un asentamiento de las bases
marxistas-leninistas […] siendo estas bases de carácter teórico, cultural,
ideológico y metodológico»
.
Pero hay algo aún
peor que eso: todas esas tertulias culturales, ideológicas y metodológicas nada
tienen que ver con las masas, con sus problemas, con sus luchas, ni con sus
necesidades: «Nos proponemos organizar el discurso teórico-político
marxista-leninista en función de los problemas concretos que presenta la
vanguardia revolucionaria»
. Su monólogo lo organizan (sic) no en función
de la práctica, ni de la crisis del capitalismo, ni de la lucha de clases sino
exactamente de eso: de la vanguardia. Es una teoría por y para esa
«vanguardia teórica», es decir, un verdadero conciliábulo propio de
iniciados que dormitan en una torre de marfil.
¿Cómo pueden
reconstruir un partido comunista quienes ignoran su naturaleza? Ese tipo de
cofrades lo único que pueden construir y reconstruir son sectas creadas a
imagen y semejanza de sus progenitores. El MAI también define la reconstrucción
de la vanguardia como «teórica e ideológica» y consiste en una
supuesta «hegemonía» dentro de la vanguardia (?) que se llena de
tópicos tales como «investigación», «estudio»,
«conocimiento», «necesidades teóricas»,
«reconstitución ideológica» o «formación de cuadros
revolucionarios»
, en fin, un rollo verdaderamente infumable, típico de
esta secta.
Ellos mismos
resumen muy bien su idealismo metafísico en el binomio «teoría
revolucionaria»
y «su plasmación práctica». Debe ser otra
novedad propia del nuevo ciclo porque Lenin defendió todo lo contrario:
«La doctrina de Marx es un resumen de la experiencia» (El Estado y la
revolución
) o, por decirlo de otra manera, de la práctica, del movimiento y de
la lucha. «Una acertada teoría revolucionaria -escribió también Lenin-
sólo se forma de manera definitiva en estrecha conexión con la experiencia
práctica de un movimiento verdaderamente de masas y verdaderamente
revolucionario»
(El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo). Pero
al MAI no le hables de marxismo porque se ponen intratables con todo lo que
suene a «práctica», «experiencia», «movimiento» y
«masas».
Una ideología propia de compadres
En una peculiar
taxonomía del movimiento comunista, el MAI clasifica y subclasifica de modo
escolar y escolástico a un sinfín de «vanguardias teóricas», algunas
de ellas reconocidamente ajenas al marxismo-leninismo, como por ejemplo, los
«comunistas de izquierda» o los anarquistas.
No debería
sorprender que esta secta incluya dentro de su peculiar «vanguardia
teórica»
, en un mismo plano, tanto a los comunistas como a los
oportunistas. Lo necesitan para integrar «dentro» del movimiento
comunista a corrientes que están fuera de él, para luego introducir de matute
la famosa «lucha de líneas», que consideran como el motor de la
reconstrucción del partido comunista.
Pero aunque el MAI
indica -vagamente- lo que puede ser su «vanguardia teórica no
marxista-leninista»
, no nos dice lo que nos debería decir: dónde está la
vanguardia que si es marxista-leninista. ¿Lo serán ellos? Si no sabemos quiénes
son marxistas-leninistas, ¿como diferenciarlos de los que no lo son?
La «lucha de
líneas»
es el motor de la reconstrucción del partido comunista, según el
MAI: «La reconstitución ideológica del comunismo significa que el
marxismo-leninismo recupere su posición hegemónica entre la vanguardia
teórica»
. Dentro de ella, y no fuera, el trabajo de los
marxistas-leninistas debe ir dirigido a los «comunistas de
izquierda»
, anarquistas y similares para «conquistarles» para el
marxismo-leninismo. Lo mismo que los misioneros cristianos convierten a los
infieles, el MAI también aspira a convertir a los infieles del
marxismo-leninismo con sus catequesis, que ellos llaman «lucha de líneas».
No nos explican
cómo ha sido posible que esos infieles hayan persistido en sus respectivas
infidelidades durante tanto tiempo. ¿Cómo es posible que el MAI logre ahora lo
que no lograron Marx y Engels con Proudhon hace un siglo y medio? Si los
innegables encantos de Lenin no lograron «conquistar» a los
izquierdistas en su época, ¿es posible que el MAI, cuyos encantos no están tan
claros, logre eso mismo ahora? Para explicar esa posibilidad -una innovación
propia del agotamiento del ciclo de octubre- hay que recurrir otra vez a la
varita mágica que ha aparecido últimamente dentro del movimiento comunista, la
«lucha de líneas», un perfume subyugante al que ningún
marxista-leninista auténtico se puede resistir.
Hasta ahora los
marxistas-leninistas habían creído que un partido comunista se construye, se
reconstruye y se fortalece en lucha contra las tendencias oportunistas que hay
dentro («un partido se fortalece depurándose») y fuera de él mismo
(«para combatir al imperialismo hay que luchar contra el oportunismo»).
Pero estaban equivocados, o sea que los equivocados no eran los oportunistas
sino los comunistas, que desde su mismo origen han estado luchando contra
ellos. Afortunadamente ha llegado el MAI para poner las cosas en su sitio;
durante el ciclo de octubre los comunistas volvieron el calcetín del revés:
para reconstruir un auténtico partido comunista hay que arrojarse en los brazos
del oportunismo: «Para que el conjunto del movimiento antiimperialista
converja en la lucha por el Comunismo, es necesaria la interrelación del
marxismo-leninismo con el resto de las corrientes teóricas que influyen sobre
el proletariado, mediante la lucha de dos líneas, proceso en el cual el
marxismo-leninismo las destruye asimilándolas, las supera incluyéndolas»

(Stalin, Del marxismo al revisionismo).
Este el programa de
esta secta sincrética que aspira a «incluir» a corrientes
«teóricas», como el anarquismo, por ejemplo, u otras que
«influyen» -no importa si bien o mal- sobre el proletariado, dentro
del movimiento comunista porque de esa manera, mediante la
«interrelación», es como se destruyen. Ahora que el ciclo de octubre
se ha agotado, el MAI se ha dado cuenta de que Marx y Engels eran unos ineptos.
Se «interrelacionaron» muy mal con Bakunin en la Primera Internacional;
se equivocaron, no supieron «incluirle» ni «asimilarle» ni
«superarle» sino que le expulsaron y por eso el anarquismo sigue sin
haber sido destruido.
El cambio de ciclo
tiene que rectificar todos estos errores de Marx, Engels y Lenin. Tirad sus
impíos libros a la hoguera, arrepentíos, confesad vuestros pecados y estad muy
atentos a los futuros misales y devocionarios que publique el MAI en su Santa
Sede. Amén.
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Las formas de dominación del Estado burgués (X)

Juan Manuel Olarieta

La teoría de la democracia como instrumento


De la errónea concepción de la neutralidad del Estado burgués, los revisionistas deducen una concepción instrumental, también errónea, de la democracia que, en definitiva, conduce a propugnar un cambio «desde dentro» o una posible transición pacífica o legal al socialismo. Algunos suavizan este programa diciendo que su propuesta de «utilización» del Estado burgués es puramente «táctica» pero que su estrategia es la contraria: realmente quieren acabar con él formando parte de él.

Al mismo tiempo, por los mismos motivos que los revisionistas, los izquierdistas llaman a luchar contra la «democracia burguesa» e incluso contra cualquier programa democrático. Hace años en un centro okupado en los alrededores de Madrid, alguien colgó una pancarta que decía: «¡Abajo la democracia!» y recientemente un lamentable artículo de «Kaos en la Red» titulaba: «La democracia burguesa es un peligro para la humanidad» (28).

La formulación de cualquier programa político en esos términos expresa una coincidencia de ambos, revisionistas e izquierdistas, con el discurso dominante de la burguesía según el cual el Estado («su» Estado) es democrático, hasta el punto de que la democracia se suele confundir con una clase (la burguesía) y con un modo de producción (el capitalismo). Esas nociones han llegado a convertirse en sinónimas, creando la ilusión de que la lucha contra la burguesía, contra el Estado burgués y contra el capitalismo no defiende la democracia sino que se opone a ella, es decir, que es antidemocrática. Es un gravísimo error que no se opone sino que se suma al de los reformistas y su supuesta «utilización» de la democracia.

La experiencia histórica ha demostrado sobradamente que el Estado burgués es beligerante y no le permite al proletariado acceder al poder por las vías legalmente establecidas, ni tampoco la ejecución desde el gobierno de ningún tipo de políticas socialistas características, tales como la expropiación de los monopolios, los bancos y la tierra, o la planificación económica. En este punto se hace necesario volver a insistir y reiterar:

a) que el apoyo de la burguesía a los manejos reformistas no se debe confundir con el socialismo porque su objetivo es el opuesto: apuntalar el capitalismo

b) que es una ilusión imaginar que las conquistas que el movimiento obrero logra alcanzar bajo el capitalismo confirman la posibilidad de acceder al socialismo por medios pacíficos, legales o mediante la sustitución de un gobierno por otro

c) que el Estado burgués sea beligerante no justifica por sí mismo el abstencionismo político o electoral propugnado con carácter sistemático

La revolución socialista no consiste en la «toma del poder político», como a veces se dice de manera imprecisa. Tras la experiencia de la Comuna de París, Marx concluyó que «la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines» (29). Por el contrario, debe destruir el Estado burgués, lo cual es consecuencia obligada de su naturaleza de clase. En cada país el Estado burgués se ha configurado históricamente para que una clase minoritaria, la burguesía, aplaste a la mayoría, el proletariado. Ese proceso también es irreversible: no se puede «utilizar» ese Estado en la dirección inversa. Con el transcurso del tiempo esa imposibilidad instrumental se ha acentuado de manera que, en la mayor parte de los países, hoy el proletariado no puede esperar gran cosa de un simple cambio de gobierno, ni de instituciones, ni de leyes. Antaño esos cambios podían ser importantes, e incluso se les pudo calificar de revolucionarios en cierta medida, pero hoy son prácticamente irrelevantes.

En su revolución el proletariado, pues, cumple dos funciones al mismo tiempo: destruye un Estado y construye otro distinto. La experiencia demuestra, además, que esa tarea no ha sido, ni será en el futuro, pacífica porque es consecuencia inevitable de la lucha de clases, que en el siglo XIX se llamó también «guerra de clases» porque en última instancia, tarde o temprano, conducía a un enfrentamiento militar. La revolución desencadena una contrarrevolución y la burguesía opone una resistencia violenta a los cambios, recurriendo a las peores formas represivas, tanto en el momento anterior como en el posterior a la revolución. Ahora bien, que no sea pacífica no quiere decir que la revolución socialista sólo pueda ser violenta, una guerra permanente, sino que es ambas cosas al mismo tiempo.

La experiencia también demuestra que la revolución socialista no ha sido posible nunca a través de las vías legales y el transcurso del tiempo lo que pone de manifiesto a cada paso es que todas las modificaciones de la legalidad conducen a impedir la organización y la actuación abierta del proletariado, es decir, a impedir el ejercicio de sus derechos y, por lo tanto, al fascismo. La burguesía aprende más, mejor y más rápidamente que el proletariado y después de 1917 no se ha vuelto a dejar sorprender por una acumulación acelerada de fuerzas por parte del proletariado. Las nuevas medidas que ha introducido en el funcionamiento de su Estado a partir de 1945 siguen a ultranza esa política punitiva.

En los países adelantados, la burguesía ha pasado de la represión a la prevención; para evitar futuras medidas traumáticas, el Estado se ve forzado a tomar la iniciativa para impedir que el proletariado se organice bajo su paraguas de manera legal, gradual y pacífica. Los Estados imperalistas han convertido en permanente el estado de excepción, cerrando progresivamente todos los cauces legales y convirtiendo en delitos lo que antes eran derechos. Hoy la legalidad es un cepo que sólo atrapa a los ratones más inofensivos.

Pero no se trata sólo de medidas legales ni institucionales, sino también políticas y sociales. Hace tiempo que las universidades norteamericanas han inventado la «ingeniería social» con el fin de asegurar la «gobernabilidad» de un capitalismo que se hunde irremisblemente. Los medios implementados van desde la intoxicación propagandística hasta el empleo del reformismo, de toda esa constelación variopinta de grupos sin los cuales la burguesía no podría camuflar la esencia de su sistema de dominación. Lo que traviste al fascismo moderno no son las payasadas electorales periódicas sino esas decenas de figurantes que se presentan a ellas, poseídos por el «cretinismo parlamentario» (30). La retórica reformista se excusa con el llamamiento a «aprovechar» ciertos espacios de libertad y la supuesta existencia de unas «posibilidades» de llegar a un auditorio amplio que, finalmente, acaban en una apología sistemática de la legalidad fascista. Ni siquiera la burguesía se muestra tan entusiasta de su propia legalidad. Los reformistas no «utilizan» las elecciones sino que las elecciones les utilizan a ellos. No es, pues, una «utilización» inútil.

La burguesía no se despista; reconoce claramente a sus amigos de sus enemigos. Por eso la política contrainsurgente de su Estado es discriminatoria; mientras por un lado promueve toda esa constelación de grupos oportunistas que se mueven (e incluso protestan) en la legalidad, por el otro persigue, reprime y encarcela a los verdaderos revolucionarios.

El recurso a la violencia para lograr la revolución socialista no depende del proletariado. Sus medios de accción son fundamentalmente reactivos. Una correlación de fuerzas desfavorable le obliga a actuar en las condiciones impuestas por la burguesía. Si las mismas son de legalidad, el proletariado debe triunfar, y si son de clandestinidad, también debe triunfar. Para ello debe aprender a luchar en cualquier clase de situaciones que la burguesía imponga. El planteamiento dicotómico de las formas de organización y actuación es, pues, absurdo: «La socialdemocracia -decía Lenin- no se ata las manos, no circunscribe sus actividades a un plan o a un procedimiento cualesquiera de lucha política concebidos de antemano: admite todos los medios de lucha con tal de que correspondan a las fuerzas efectivas del partido y permitan lograr los mayores resultados posibles en unas condiciones dadas» (31).

Desde los tiempos de Lenin lo que se ha acentuado es el recurso de la burguesía al fascismo, por lo que en todo el mundo las formas de acción y organización del proletariado van adquiriendo progresivamente un carácter predominantemente clandestino y violento. La galopante crisis del capitalismo acelerará ese proceso aún más.

Notas:

(28) Ricardo Ferré: La democracia burguesa es un peligro para la humanidad, http://www.kaosenlared.net/america-latina/item/36698-la-democracia-burguesa-es-un-peligro-para-la-humanidad.html
(29) Marx, Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores sobre la guerra civil en Francia en 1871, Obras Escogidas, tomo I, pg.539.
(30) Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte, Barcelona, 1971, pgs.105 y 133.
(31) Lenin, Tareas urgentes de nuestro movimiento, Obras Escogidas, tomo I, pg.114.

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Los caminos de la revolución en Italia. De los años 70 en adelante (parte 2)

2. Los años 60: el surgimiento de una nueva clase obrera.
En Italia 1968 más bien fue…1969. Porque aunque en 1968 se vio la eclosión del movimiento estudiantil y durante los años 60 se dieron muchas luchas obreras de nuevo tipo, de un nuevo ciclo, en sobre todo en 1969 cuando se vive un hito general, una explosión social colectiva.
La primavera de 1969 está marcada por un gran ciclo de huelgas salvajes, que se van a extender como mancha de aceite por todas la fábricas FIAT (cuya mitad estaba prácticamente concentrada en el área metropolitana de Turín.; alrededor de 120.000 asalariados. Huelgas que son mas bien una especie de revuelta violenta contra la brutalidad de la condición obrera, del “obrero-masa”, producto del equilibrio de fuerzas de la posguerra –continuación de la derrota del movimiento partisano y de las tensiones revolucionarias- y por tanto de la aplicación masiva del modelo taylorista-fordista. En realidad, la esclavitud en cadena.
Durante los años 50 y 60 este proceso está acompañado por un enorme movimiento de urbanización en torno a los cuatro polos industriales del norte: Turín, Milán, Génova y Venecia-Marghera. Millones de italianos e italianas del Sur y otras regiones pobres sufrieron el desarraigo y fueron amontonados en los guetos metropolitanos. Fueron unos movimientos de la misma amplitud y con las mismas implicaciones socioculturales que las actuales inmigraciones del Sur del globo.
Y esto no hizo más que reforzar la carga explosiva de las huelgas que vendrían. Lo mismo que el fenómeno de la escolarización masiva, que pondrá en movimiento masas de jóvenes inmigrados, y no solamente los estudiantes clásicos. Recordemos a propósito que una de las cunas fundamentales de la lucha armada ha sido la Universidad de Trento, con su Facultad de Sociología entonces inaugurada, punta de lanza de las nuevas disciplinas y de la apertura al mundo por un lado, y por otro lado facultad mucho mas popular que las otras, los matriculados procedían de las filas de esta nueva escolarización de masas. Fue un importante lugar de iniciativa y debate, y del que emergieron numerosos futuros dirigentes de organizaciones y principalmente el núcleo que, con los primeros militantes obreros de Milán y de Emilia, formaron las Brigadas Rojas en 1970. Igualmente, desde principios de los años sesenta, los nuevos militantes que se separaban del Partido Comunista revisionista, tuvieron también sus experiencias privilegiando un enfoque “sociológico” de la nueva clase obrera, intentando comprender la nueva composición de clase, las tendencias susceptibles de insuflar fuerza a la marcha de la clase obrera.
Esta fue la rica experiencia y la producción teórico-práctica de algunas revistas como Quaderni Rossi, La Classe, Quaderni Piacentini. Este crisol, con una corriente más clásica del marxismo-leninismo (llevando la batalla contra el revisionismo moderno del PCI), generará las experiencias político-organizacionales de 1968 y 1969.
Volviendo al desarrollo de los acontecimientos, desde julio de 1960 comenzaba a hacerse notar la expresión de una clase obrera joven, procedente de la emigración, menos marcada por las derrotas de la posguerra, no ligada a la antigua cultura obrera del trabajo y portadora de un espíritu de revuelta contra la bestialidad de las cadenas de montaje y el despotismo de fábrica (y el social, la policía), portadora de una actitud agresiva respecto a la apropiación del producto social. El taylorismo-fordismo había producido un resultado de clase muy bueno: había empujado a fondo la transformación del trabajo como “trabajo abstracto”, haciendo cruel y evidente la realidad del trabajo alienado, degradado. Había producido un proletario extremadamente denso y homogéneo que, cotidianamente, sufría toda la violencia de un sistema que le deshumaniza, lo transforma en un apéndice de las máquinas, lo convierte en mercancía. La respuesta obrera será más violenta aún, aumentando en capacidad de rechazo y hostilidad a este sistema, hasta favorecer su producto más lógico: la lucha armada para hacer la revolución, para tomar el poder.
Durante los años sesenta, el estallido puntual de una gran huelga o de disturbios callejeros permitirán también la unión con la base obrera del ciclo precedente, justamente en el primer episodio de julio de 1960, con enfrentamiento particularmente fuertes y victoriosos con los polizontes (que habían matado a numerosos huelguistas y militantes en aquellos años) en Génova y en las demás ciudades obreras próximas, y que tumbaron el intento de colocar en el gobierno a los herederos de Mussolini. En esas ocasiones se reunieron la nueva determinación y la experiencia precedente. Encuentro que, desde luego, fue boicoteado con todas sus fuerzas por el aparato revisionista que comienza en aquella época el juego de la criminalización de los jóvenes extremistas.
Se producirán después, principalmente, los disturbios de Piazza Statuto en Turín, en 1962, tres días de enfrentamientos resultado del asalto obrero a la sede del sindicato amarillo U.I.L. (fundado como otros en Europa con fondos del Plan Marshall) a causa de una grave traición. Y las huelgas violentas de 1967 y 1968, en los polos industriales como el complejo textil de Valdagno o el sector petroquímico de Porto Marghera, ambos en Venecia.
El elemento novedoso, la nueva expresión de clase que se manifiesta en este momento, estallará de manera masiva y generalizada en la primavera de 1969 en la FIAT. Además de la radicalidad de las huelgas salvajes, los primeros desbordamientos violentos (sabotaje de las líneas de montaje, ataque a los jefes-policía) se afirman nuevas formas de organización, espontáneas y mas cercanas a los colectivos de trabajo: es de hecho  una organización de masa en las líneas de producción, en los equipos o en sectores que ponen, en última instancia, al delegado como vanguardia de lucha, reconocido y parte del grupo (rompiendo la legitimidad de la antigua representatividad sindical, mínima y desligada de la producción), hasta llegar a la formación de la Asamblea Autónoma de Obreros y Estudiantes. Es la marcha de los estudiantes a las puertas de las fábricas, organizada por los grupos políticos extraparlamentarios, lo que da lugar a esta Asamblea en donde, a la salida del trabajo, se mezclan obreros y militantes externos para continuar y desarrollar las huelgas salvajes cotidianas. Estas Asambleas autónomas serán una experiencia muy importante, una forma de organización real de la lucha de masas, y un lugar de debate y formación para toda una nueva ola de militantes. Aquí es donde se formarán realmente los grupos más importantes, Lotta Continua y Potere Operaio, como resultado del trabajo innovador de los círculos militantes/intelectuales de los años sesenta (realizado principalmente a la entrada de las fábricas mediante la técnica de la encuesta) y de la capacidad de comprender y referirse a las nuevas expresiones obreras. Alrededor de finales de 1969 nacen sus respectivos periódicos. Las luchas se extenderán hasta julio, culminando en nuevos disturbios en Turín, en relación con el problema del alojamiento: la batalla de Corso Traiano, el 3 de julio de 1969. Una manifestación convocada a la salida de la Fiat Mirafiori, que reúne a millares de proletarios de la fábrica y de los barrios, se transforma en una batalla contra la policía a lo largo del día y de la noche extendiéndose a numerosos barrios de las afueras, y dándose los pasos previos de la intervención organizada de grupos militantes, orientada hacia el desarrollo de la violencia revolucionaria.

El otoño contemplará un nuevo salto al generalizarse a escala nacional, sobre todo en las fábricas pero también entre los obreros agrícolas y algunos otros sectores. Es la renovación del convenio estatal de metalurgia, lo que enciende la hoguera. El Estado está en serias dificultades y la respuesta represiva no está a la altura: habrá cuatro obreros agrícolas muertos (en Battipaglia y Avola, en el sur, así como un policía durante una manifestación obrera en Milán). Pero las verdaderas medidas para retomar el control de la situación serán otras, como la intervención de los aparatos reformistas-revisionistas en el seno de la clase, principalmente a través de la consigna de nombramiento de nuevos delegados y nuevos Consejos de fábrica. Aún considerando que las estructuras existentes estaban completamente desfasadas e inadaptadas a esta explosión proletaria, y que en todo caso era necesario hacer como que se cambiaba algo, las nuevas estructuras eran mucho más consistentes (se pasa de algunos pocos delegados por centenares de asalariados, a un delegado por cada equipo de obreros, de algunas decenas de personas, y adaptados a la nueva realidad de enormes masas de obreros recientemente urbanizados y radicalizados. Durante bastante tiempo estas nuevas estructuras serán reapropiadas por la fuerza desbordante de la Autonomía de Clase, estando obligados los aparatos revisionistas a aflojar las riendas para intentar la recuperación en una fase más calmada. Pero desde el principio se ve su auténtica intención, dado que estos Consejos están en competencia y en contra de las Asambleas autónomas.
Por otro lado, está la repentina aparición del terrorismo de Estado, con la masacre del 12 de diciembre de 1969 (16 muertos en un banco por una bomba indiscriminada). Es el acto inicial de toda una estrategia, muy precisa y diseñada a la sombra de los círculos ocultos del poder (y bajo la influencia de los círculos imperialistas internacionales) y que constituirá una auténtica declaración de guerra de clases. Contrariamente a abundantes prejuicios, el proletariado muy raramente comienza las hostilidades, porque su recorrido de lucha, aún radical, en los procesos revolucionarios no es ni simple ni rápido. La dominación burguesa, por el contrario, está ahora constituida en forma de contrarrevolución preventiva, y conoce y teme intensamente los desarrollos de la lucha de clases.
Estos saltos importantes en la dinámica de luchas obligarán al movimiento de clase a “crecer rápido”. Es entonces cuando el debate en torno a las perspectivas, y principalmente la cuestión política y la cuestión de la violencia revolucionaria tiene lugar, tomando una nueva amplitud. Coincide también con el peso de contexto internacional que ve desarrollarse, en toda su potencia, la ola de luchas de liberación nacional anticolonial, el inmenso prestigio de la guerra popular de Vietnam y de la Revolución en China. Que también alimentan la nueva ola de guerrillas latinoamericanas, fuente de gran inspiración para nosotros al estar un poco a medio camino entre las guerras populares y la realidad de las metrópolis imperialistas.
Es preciso señalar con claridad que el contexto internacional ha tenido más peso que otros factores de influencia, debido a que la dinámica de la Revolución proletaria es internacional, se determina localmente pero en relación con la fase capitalista internacional y en relación a las relaciones globales de fuerza entre las clases.
Es necesario precisar bien esto, en contra de las ideas erróneas que han circulado, tal como la premisa muy italiana de una situación democrática particularmente degradada y bajo la amenaza de una deriva fascistizante, lo que habría legitimado y caracterizado la toma de las armas por el movimiento revolucionario. Esto es falso, y procede de una interpretación al uso de diferentes corrientes de la “disociación”, para aminorar o reducir la importancia ideológico-política de esta vía, su carácter de estrategia, su finalidad de Revolución clasista. No se dio realmente el peligro de un golpe de Estado fascista, sino más bien la maduración de la teoría de la “contrarrevolución preventiva” como forma ya estable y auténtico armazón interno de las sedicente democracias imperialistas.
Todo movimiento de clase o de liberación habría chocado inevitablemente contra esta armadura interna del Estado, más allá de un determinado umbral de lucha y de reivindicación. Ahí se plantearía inevitablemente la cuestión: o recular, renunciar a sus aspiraciones traspasándolas a los gestores reformistas, o aceptar la guerra de clases. Se puede, por otro lado, considerar la persistencia real de una herencia política e ideológica de la Resistencia antifascista, por la gran fuerza que tuvo en Italia, hasta el punto de haber acariciado la posibilidad de su transformación con la toma del poder revolucionario. La crisis revolucionaria dura hasta 1948, cuando Togliatti ordena ásperamente el abandono de esta vía, ante la gravísima crisis que sigue precisamente al atentado que acababa de sufrir. Desde su cama en el hospital ordena a los millares de insurgentes que habían tomado las armas y controlaban importantes localidades obreras (y que empezaban a atacar a la policía y el ejército) detener sus acciones. “Volved a casa”: he ahí la gran traición revisionista, que hundiría las fuerzas de clase, entre ellos los partisanos, en una profunda crisis, facilitando la reacción, la ola revolucionaria.
Los recuerdos de todo eso eran profundos y estaban todavía vivos. Será una “lejana” raíz que contribuirá a un resurgir revolucionario, a su legitimación en el plano de la continuidad histórica, incluso con la transmisión de las armas.
Los motivos de fondo son, por tanto, los reseñados, pertenecientes a la nueva fase internacional, a las nuevas formas de explotación capitalista y de composición de clase.
Más precisamente, los dos primeros movimientos armados –el Grupo 22 de Octubre y los G.A.P., Grupos de Acción Partisana- fueron una mezcla perfecta de nuevas instancias militantes y de recuperación de la herencia partisana. Pero no fueron más que dos meteoros luminosos, consumidos rápidamente. No fue suficiente la determinación  de los nuevos militantes proletarios que se expresaba en ellos a través de  ataques con explosivos contra los capitalistas, financieros, fascistas, la constitución de una radio pirata con algunos momentos brillantes, así como la colaboración del célebre editor G. Feltrinelli que cayó en combate, haciendo una gran contribución publicando y difundiendo gran cantidad de textos internacionales, especialmente los procedentes de América del Sur. Careció de profundidad de análisis y de proyecto.
La verdadera historia comienza en noviembre de 1970: el primer ataque incendiario contra un directivo de Pirelli. Por primera vez aparece una firma: Brigadas Rojas.