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¿Es la Unión Europea pacificadora en el sentido de Nobel?

[No estamos de acuerdo en todo lo que dice el artículo]

Horst Meyer

En 2009, muchos se sorprendieron con el otorgamiento
del Premio Nobel de la Paz a Barack Obama, que fuera de sus consignas «Change»
y «Yes, we can» no había aportado gran cosa en ese campo. Tres años más tarde,
los logros del presidente Obama en materia de paz no sobrepasan las de Bush
padre, Bill Clinton y Bush Jr. El presidente Obama no ha puesto fin a ninguna
de las guerras desatadas por George W, Bush. Por el contrario, tuvimos la
brutal intervención de la OTAN en Libia, sin hablar del campo de prisioneros de
la base naval estadounidense de Guantánamo, que no ha sido cerrado, y de la
ocupación de Afganistán e Irak.

Este año, en momentos en que el Premio Nobel de la Paz
es otorgado a una institución supranacional como la Unión Europea, tenemos que
empezar a interrogarnos seriamente sobre el valor de los criterios que se
aplican para la nominación y el otorgamiento de dicho premio.

El Premio Nobel de la Paz correspondiente a 2012 ha
sido concedido a la Unión Europea por su contribución de 60 años al mantenimiento
de la paz en Europa. La difusión de la noticia causó numerosas muestras de
escepticismo e incluso reacciones airadas.

Es indudable que las dos grandes guerras que devastaron
Europa durante la primera mitad del siglo XX dejaron huellas en las mentes.
También es cierto que Europa no ha conocido desde entonces otros conflictos de
aquella envergadura y que se ha establecido en el continente una especie de
reconciliación entre los Estados. Pero es imposible que el Comité Nobel no sepa
que la base de la paz europea es de arena –basta con recordar el derrumbe del
bloque del Este, que ha sido causa de nuevas guerras en Europa.

La actividad guerrerista en los Balcanes

Hoy se sabe con toda certeza que ciertos países
europeos contribuyeron, en los años 1990, a la destrucción de la República de
Yugoslavia. Dos autores, Mira Beham y Jorg Becker, han analizado, en su obra de
investigación Operación Balkan, la influencia de Occidente en la destrucción de
Yugoslavia, así como la manipulación de los medios de prensa orquestada desde
el extranjero. Está demostrado que Occidente contribuyó a provocar la secesión
de las diferentes repúblicas que formaban parte de Yugoslavia y que esos países
utilizaron las dificultades económicas de las regiones yugoslavas, retirando
créditos y aumentado las tasas de interés, para enemistarlas entre sí. Los
resultados son harto conocidos.

La guerra de agresión contra el resto de Yugoslavia,
dirigida por Estados Unidos y con la activa participación de varios Estados
europeos –como Alemania– constituyó una violación del derecho internacional y
fue por lo tanto ilegal. Fue además una demostración de lo que la Unión Europea
y sus países miembros son nuevamente capaces de hacer, a pesar de su promesa de
no comenzar nunca más una guerra.

El caso austriaco, rechazo de la voluntad democrática

Fue en el año 2000 cuando la Unión Europea mostró su
verdadero rostro. Ante la formación en Austria, como resultado de elecciones
democráticas, de una coalición entre el partido burgués OVP y el FPO de Jorg
Haider con vista a la formación de un gobierno, la Unión Europea impuso
sanciones al país, pisoteando así los derechos democráticos de la población
austriaca. El supuesto «modelo de paz de la UE» no tolera la existencia en un
Estado miembro de la Unión Europea de un gobierno que critique a esa entidad.
Un «Consejo de Sabios» tuvo que decidir entonces si podían mantenerse las
sanciones o si había que levantarlas. Y sólo fueron levantadas después de que
Jorg Haider se vio obligado a dimitir. La Unión Europea rompía así fríamente
con el derecho democrático. Pero eso no es todo.

Guerras de agresión violatorias del derecho
internacional ¿Especialidad de la UE?

Casi todos los países de la Unión Europea están
participando en la guerra de Afganistán, que ha durado ya 11 años. Tienen por
lo tanto una vívida experiencia de lo que es una guerra, particularmente brutal
y violatoria del derecho internacional. Al cabo de 11 años de ocupación por
parte de estadounidenses y europeos, la población afgana está viviendo una
pesadilla. Lo que comenzó con la violación del derecho internacional –con el
pretexto de expulsar a los talibanes– se ha convertido en una guerra contra la
población, guerra cuyo final no se vislumbra.

La agresión perpetrada en 2003 contra Irak, invocando
un pretexto totalmente fabricado y absurdo, violando el derecho internacional y
con la participación de países miembros de la Unión Europea en la «coalición de
voluntarios», esencialmente Inglaterra, Polonia, Italia, España, etc., no ha
terminado aún y sigue causando miles de víctimas inocentes. Mientras tanto,
británicos y estadounidenses se han apoderado de las reservas de petróleo.

En 2011, la guerra contra Libia, desatada con el
pretexto de socorrer a la población, estuvo motivada en realidad por la
voluntad de imponer un cambio de régimen para deshacerse de un dirigente
molesto y de apropiarse de las riquezas naturales del país. A la cabeza de esa
agresión se hallaban, junto a Estados Unidos, varios países de la Unión
Europea, específicamente Francia, Inglaterra e Italia. La mitad de los Estados
europeos miembros de la OTAN, igualmente miembros de la Unión Europea,
participaron en esa agresión disfrazada.

¿Y qué está sucediendo ahora en Siria? Si sólo hubiése
dependido de la Unión Europea, y si China y Rusia no se hubiesen opuesto a
ella, hoy tendríamos allí otra guerra de agresión, también con la participación
de la UE. En el caso sirio, Alemania ha desempeñado un papel poco glorioso,
junto a Francia e Inglaterra.

¿Dónde está entonces el compromiso de la Unión Europa a
favor de la paz que supuestamente justifica que se le otorgue del Premio Nobel
de la Paz? ¿No será que el Comité del Premio Nobel también obedece a las
razones de orden político del poder? Los pueblos de todos los países de la
Unión Europea se oponían a las acciones militares de esos países. Los sondeos
indicaban un índice de oposición que se sitúa entre el 80 y el 90%. Por lo
tanto, si lo que se quiere es fortalecer la paz, son los pueblos quienes tienen
una importancia primordial.

Alemania en un papel dirigente. Pero ¿con qué objetivo?

La publicación estadounidense Foreign Affairs, órgano
del think tank denominado Council on Foreign Relations, altamente valorado en
Estados Unidos, estima que una germanización de Europa permitiría a ese
continente salir de la crisis. Alemania obtendría así en la Unión Europea un
papel dirigente acorde con las ambiciones de Angela Merkel, ávida de poder. La
Alemania que se arroga un papel de dirigente de la Unión Europea es portadora
del proyecto de formación de una Federación Europea y de un fortalecimiento del
centralismo.

Resulta reveladora la siguiente citación: «Si nosotros,
los europeos continentales, queremos alcanzar la unidad y actuar de conjunto, y
de ello depende nuestro futuro, tenemos que responder entonces a dos
necesidades: renunciar a toda voluntad de dominación de un pueblo sobre otro
así como renunciar a toda voluntad de independencia absoluta fuera del orden
europeo. Ser el abanderado, sin querer ser el amo de Europa. Esa debe ser la
voluntad de Alemania. Pero ser el abanderado de una nueva Europa que debe
ocupar su lugar entre las nuevas potencias mundiales y conservar el rango que
merece tanto por su desarrollo histórico como por su poderío cultural y
económico.» Son palabras de Richard Riedl, presidente del consejo de
administración de la compañía Donau Chemie AG, perteneciente al grupo IG
Farben, y datan de 1944.

Resulta cada vez más evidente que Alemania está
asumiendo un lugar predominante en la Unión Europea. Y si Alemania llegara a
convertirse en el abanderado de la UE, eso sería de mal augurio para Suiza, a
la luz de las declaraciones belicistas destinadas a intimidar a este pequeño
pero próspero país.

Suiza, garante de la paz

Si lo que se busca es otorgar el Premio Nobel de la Paz
a un Estado, habría que dárselo a Suiza. ¿Qué otro país puede afirmar que no ha
estado implicado en guerras desde hace más de 150 años? ¿Y haber contribuido en
tan alto grado a favor de la paz y de la ayuda humanitaria a restañar las
heridas de los pueblos de otros países, como lo ha hecho Suiza a través de sus
organizaciones, como la Cruz Roja? A pesar de ello, cuando consultamos la lista
de laureados con ese premio, podemos sentirnos felices de no aparecer en ella.
La selección de este año lo confirma.

Fuente Horizons et débats (Suiza)
Traducido al español por la Red Voltaire a partir de la
traducción al francés de Horizons et débats
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Las formas de dominación del Estado burgués (IX)

Juan Manuel Olarieta

El papel de la monarquía en el régimen fascista español


No obstante, los semirrevolucionarios siguen jugando con la confusión. Creen que la monarquía es en España como en Dinamarca y dicen que aunque cambiara la forma del Estado nada sustancial cambiaría; a lo máximo España sería como Portugal u otra república vecina. Seguimos, pues, fuera de la historia, en el limbo de las abstracciones. No hace falta poner la lupa a la historia para comprobar que en España las dos Repúblicas que han existido han supuesto otros tantos momentos fugaces de libertad, de los pocos que las masas han podido disfrutar, por lo que se han grabado a sangre y fuego en su corazón y su memoria. Aquí entre sectores muy amplios, que van mucho más allá del proletariado, la República es sinónimo de libertad y ha conducido antes y conducirá siempre a las masas a la revolución. Parece increíble que los semirrevolucionarios de salón se atrevan a menospreciar este caudal político, que va bastante más allá del banquete: es una opípara comilona.

Hoy en España la monarquía es uno de los pilares fundamentales del monopolismo. La Corona española estaba arruinada cuando en 1964 Franco nombró heredero político al actual rey, hasta el punto de que la Casa Real tuvo que vender la Corona para pagar sus deudas; actualmente es una de las mayores fortunas del mundo. Por lo tanto, lo mismo que el resto del capital monopolista, también la Corona debe su fortuna al terrorismo de Estado. Por si cabían dudas, el asunto KIO demostró que una parte muy importante de los circuitos financieros y comerciales pasan por la monarquía, donde pagan su peaje correspondiente.

Pero en Europa hay otras monarquías tanto o más engolfadas en el capital monopolista que la española. Lo que realmente diferencia a la Corona española es que también es uno de los pilares fundamentales sobre los que se ha edificado el Estado fascista. Este rey no hereda a su padre, como en cualquier otra monarquía, sino al Caudillo. Es el Caudillo de la transición; para eso le nombraron. Juega el mismo papel que Franco en la etapa anterior: es la cúspide del ejército y no creo que, a su vez, sea necesario explicar ahora cuál es el papel del ejército en el régimen español actual pero, por poner un ejemplo, conviene recordar que todos los hilos del golpe de Estado de 1981 y la posterior etapa de guera sucia de los GAL pasaron por ahí.

Si los fascistas heredan la monarquía los antifascistas heredan la República. No puede ser de otro modo. La lucha antifascista no sólo no ha nacido ahora sino que tiene una larga tradición que sólo se puede calificar de épica. Por lo tanto, envuelve una responsabilidad histórica en cuanto que a los antifascistas de hoy les corresponde tomar la antorcha que con tanto arrojo, abnegación y heroísmo portaron sus mayores. Ese es el significado exacto de la batalla por la memoria histórica: ellos resistieron para que las generaciones futuras estuvieran en las mejores condiciones para triunfar. No restablecer el hilo entre el pasado y el presente no es un mero descuido por parte de los semirrevolucionarios, sino una traición en toda regla para la cual no existen calificativos lo suficientemente explícitos.

Pero donde hay continuidad hay también ruptura. Ni los años pasan en vano ni la historia detiene su marcha inexorable. ¿De qué República estamos hablando? ¿De la República de 1931? ¿De una tercera República que ignoramos? ¿De cualquier clase de República? No; como cualquier otra institución política la futura República tiene que tener en cuenta que, a diferencia de 1931, España es hoy un país de capitalismo monopolista de Estado, un sistema económico en bancarrota que no tiene ya ningún futuro. Hoy la reivindicación de la democracia y la República no supone, pues, ninguna etapa «intermedia» entre el capitalismo y el socialismo. Más bien al contrario, como consecuencia de las transformaciones económicas, la correlación de fuerzas entre las clases sociales ha cambiado y el proletariado no sólo dirige la lucha por la Repúlica sino que es su principal fuerza propulsora. Un programa revolucionario debería expresar estas nuevas condiciones sociales y afirmar claramente que la única República posible hoy es la República Popular. Ésta enlaza con el pasado, pero no es el pasado sino el futuro.

Ciertamente, como digo, las transformaciones económicas de los sesenta convirtieron al proletariado en la fuerza principal de la lucha contra el fascismo, pero no en la única. La lucha de clases es el motor de la historia, pero eso no tiene nada que ver con la caricatura de «clase contra clase», típica del trotskismo. Es un craso error privar al proletariado de sus aliados más próximos porque una revolución -hay que repetirlo- es un proceso de acumulación de fuerzas; cuando un contrincante gana fuerzas, las pierde su contrario, y así inclina la balanza a su favor.

Es cierto que en la actualidad, ante el proletariado y la burguesía, las demás clases han perdido la importacia social que tuvieron en épocas anteriores. No obstante, tanto la condición monopolista de España como la pervivencia del fascismo, aproximan al proletariado a numerosos sectores sociales, que son múltiples y cualitativamente diversos. No es necesario recurrir al ejemplo de Rusia para destacar la importancia de los aliados de la clase obrera porque mucho antes Engels también propuso, con su proverbial maestría, incorporar a los pequeños campesinos dentro del programa obrero, es decir, forjar una alianza obrero-campesina, incluso en los países avanzados, como Francia:

«Es asimismo evidente que cuando estemos en posesión del Poder del Estado, no podremos pensar en expropiar violentamente a los pequeños campesinos (sea con indemnización o sin ella) como nos veremos obligados a hacerlo con los grandes terratenientes. Nuestra misión respecto a los pequeños campesinos consistirá ante todo en encauzar su producción individual y su propiedad privada hacia un régimen cooperativo, no por la fuerza, sino por el ejemplo y brindando la ayuda social para este fin. Y aquí tendremos, ciertamente medios sobrados para presentar al pequeño campesino la perspectiva de ventajas que ya hoy tienen que parecerle evidentes» (27).

Este es el banquete que recomendaba Engels en 1894 para un país como Francia, incluso en un momento posterior a la revolución proletaria. Si ese programa es correcto, ¿no será más correcto aún para el momento anterior a la revolución, para la acumulación de fuerzas?, ¿sigue siendo correcto ese programa en la actualidad? La respuesta es afirmativa: en esencia hoy las líneas maestras de ese programa son de plena actualidad, y no sólo para un sector social tan concreto como los campesinos, sino para cualquier otro. Cada día el fascismo y el monopolismo convidan a un festín al arrojar a las filas de la revolución a sectores muy amplios de la sociedad y sería un suicidio de que el programa de la revolución también les diera la espalda. ¿Por qué los semirrevolucionarios se empeñan en buscarse enemigos donde no los hay?

Notas:
(27) Engels, El programa campesino en Fracia y Alemania, Obras Escogidas, tomo II, pg.461.

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Las formas de dominación del Estado burgués (VIII)

Juan Manuel Olarieta

Un desarrollo capitalista ligado al terrorismo de Estado


Donde hay continuidad hay también ruptura. En España el punto de ruptura del pasado con el futuro se situó en la década de los sesenta del siglo pasado, cuando tras el Plan de Estabilización de 1959 el país transformó su economía en capitalismo monopolista de Estado. Desde entonces no hay aquí nada cualitativamente diferente de cualquier otro país capitalista desarrolado, es decir, que no se puede desarrollar más de lo que ya lo está, que no hay una etapa ulterior a esa, por lo que cualquier avance sólo puede ser hacia el socialismo. En este sentido no hay ninguna revolución burguesa que llevar a cabo. La crisis económica actual no ha hecho más que reforzar la evidencia de que en España el capitalismo ha agotado todas sus reservas. El futuro está única y exclusivamente en el socialismo y un programa revolucionario así deberá indicarlo.

Ahora bien, a diferencia de otros países, en España el desarrollo capitalista ha estado ligado al terrorismo de Estado, intensificado desde 1939 bajo las más crueles formas. La transformación económica se produjo sin modificar la naturaleza fascista del Estado. La realidad volvía a presentarse «impura», ambigua y confusa: la persistencia del fascismo, ¿no era un índice del atraso de España?, ¿cómo se congraciaba ese atraso con la modernidad monopolista? El debate volvió a reanudarse con nuevos adornos, propios del momento. Donde unos semirrevolucionarios veían la botella medio llena, los otros la veían medio vacía, manifestándose las primeras rupturas dentro del movimiento comunista. Una primera corriente, directamente heredera del PCE, relaciona la pervivencia del fascismo en España con el atraso, hasta el punto de calificar la situación de «colonial» o dependiente del imperialismo, poniendo en primer plano el programa mínimo y la necesidad de una revolución democrático burguesa. La otra sólo tiene en cuenta la condición monopolista, por lo que reivindica la necesidad inmediata de una revolución socialista sin tener en cuenta el carácter fascista del Estado.

La transición puso a prueba ambas concepciones y demostró que la primera de ellas era ampliamente dominante, es decir, que el revisionismo sigue siendo la tendencia más fuerte dentro del movimiento comunista, particularmente, en España, contribuyendo así a reforzar el relato hegemónico que hoy siguen transmitiendo los medios de comunicación: existió una transición política en España durante la cual el fascismo se convirtió en una democracia burguesa. Con el tiempo la argumentación reformista ha contribuido luego a alimentar a su contraria, al izquierdismo, que desarrolla exactamente la misma argumentación justo en el punto en el que los anteriores la abandonan: dado que actualmente España es un país democrático burgués, la revolución sólo puede ser de naturaleza socialista. Como suele ocurrir, aquí y ahora los izquierdistas no son nada diferente de los reformistas; el discurso de ambos es sustancialmente el mismo y se corresponde exactamente con el discurso fascista hegemónico.

El error de ambas corrientes se puede comprobar tanto en la década de los sesenta, con la transición económica, como en los setenta, con la transición política y empieza por un equívoco, otro más que hay que añadir a la lista. Dicho equívoco se origina porque minimiza la capacidad de las masas, incluso en ausencia de una vanguardia revolucionaria, para poner contra las cuerdas a la burguesia y a su Estado, cualquiera que sea su naturaleza, y obtener importantes victorias parciales.  Incuso a veces esas conquistas son tan importantes que es posible calificarlas como «revoluciones». Pero en absoluto es el caso de la tansición en España, una etapa en la que el proletariado obtuvo indudables conquistas que no alteraron la naturaleza del Estado.

No se deberían confundir los avances populares alcanzados durante la transición con un cambio de régimen político y no basta hablar sólo de los avances si, al mismo tiempo, no se habla de lo que jamás se logró conquistar, de lo que quedó pendiente, una herida imposible de cicatrizar que se manifiesta hasta en los detalles. Por ejemplo, algunas familias de los antifascistas asesinados (Grimau, Ruano Casanova, Puig Antich, Xose Humberto Baena) emprendieron acciones legales para rehabilitar su memoria. Nada hubiera resultado más fácil en un Estado democrático que, incluso, no hubiera debido exigir el inicio de ninguna reclamación judicial: hubiera debido hacerlo por sí mismo, declarando solemnemente su gratitud hacia los antifascistas caídos en la lucha por la democracia, e incluso poner sus nombres a las calles. Resulta muy ilustrativo constatar que París y muchas ciudades de Francia tienen nombres de calles dedicadas a Julián Grimau y en toda España no haya ninguna. Pero es una ingenuidad esperar que la legalidad fascista rehabilite jamás la memoria de los antifascistas. Eso sólo ocurrirá en ese Estado democrático a conquistar en un futuro próximo.

Los fascistas emprendieron la transición a regañadientes; se vieron obligados a introducir algunos cambios en contra de su voluntad para evitar males mayores y apuntalar su vetusto edificio. No decretaron ninguna amnistía sino que pusieron en libertad a algunos presos políticos a golpe de huelgas, manifestaciones y protestas que costaron tantas vidas como presos salieron a la calle y, como siempre, junto a los que salieron es necesario recordar a quienes no salieron nunca, lo que ha traído como consecuencia que desde 1939 no es posible encontrar un solo día en el que no haya habido presos políticos. La existencia actual de presos políticos plantea, además, un dilema obvio, tantas veces escuchado: si España es un país democrático, ¿cómo es posible que haya presos políticos?, y al revés, si hay presos políticos, ¿como es posible hablar de democracia en España?

Se va generalizando la convicción de que, más que una transición, lo que se produjo en los setenta fue una «traición» en toda regla: la incorporación de los reformistas a la legalidad fascista. Fue la esencia de aquel momento, el verdadero cambio: la transformación del reformismo en colaboracionismo. Nada hubieran logrado los fascistas sin la aportación de los reformistas, que pusieron la nota de color al cambio de fachada, las payasadas electorales, las procesiones pactadas y esa palabrería vacía a la que llaman «libertad de expresión». Los fascistas y los refomistas se necesitaban mutuamente. El reformismo necesitaba que algo cambiara para justificar su colaboración y bastó un retoque puramente cosmético para que se instalaran en las butacas más cómodas del régimen. Pero hubo una notable diferencia entre ambos: mientras los reformistas sólo se justificaban, los fascistas se sucedían a sí mismos.

El tiempo pone a cada cual en su sitio. A pesar de que en 1977, en el colmo del colaboracionismo, el PCE convirtió a la bandera fascista en su enseña propia, en las manifiestaciones lo que aparecen hoy son las republicanas. También se intenta recuperar la memoria histórica y cada año la convocatoria del 20 de noviembre en Madrid no recuerda la muerte sino la resurrección de Franco y su elevación a los altares. En fin, el movimiento práctico de las masas aquí y ahora lo que demuestra es que la Internacional Comunista tenía razón una vez más: el fascismo trasciende a los cambios cosméticos y de gobierno; no sólo ha pervivido sino que ahora mismo se apresta a eliminar los últimos residuos de las concesiones que se vio obligado a hacer durante la transición. El fascismo vuelve por sus fueros y pone en el orden del día la necesidad de la libertad, la democracia y los derechos más elementales, que en nuestro país se resumen en la consigna de la República.

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Las formas de dominación del Estado burgués (VII)

Juan Manuel Olarieta

La lucha del proletariado por la democracia en la etapa imperialista

Si en el siglo XIX el proletariado luchó por la democracia, cuando la burguesía estaba interesada en eso mismo, con más razón debía seguir luchando por dicho objetivo cuando la burguesía le volvió la espalda, una situación que se produjo con la entrada del capitalismo en su fase última, el imperialismo, que Lenin caracterizó por la tendencia a la reacción «en toda línea», «a la dominación y no a la libertad» (23). Como explicó luego en los prólogos a su obra «El imperialismo fase superior del capitalismo», Lenin tuvo que expresarse en un lenguaje «servil» a causa de la censura zarista, lo que le obligó a centrarse en los aspectos teóricos y económicos del imperialismo, formulando las «indispensables y poco numerosas observaciones de carácter político con una extraordinaria prudencia».

Tras la muerte de Lenin el movimiento comunista internacional tuvo que continuar el análisis en el punto en el que lo dejó, en el terreno político: ¿que consecuencias políticas tuvo la transición del capitalismo a su fase superior? La respuesta a esta pregunta la dio la Internacional Comunista sin necesidad de recurrir al lenguaje «servil» ni a la «prudencia» de Lenin gracias a la Revolución de 1917, definiendo como fascismo aquella tendencia política hacia la reacción propia de la época imperialista de la que había hablado Lenin. ¿Qué es el fascismo para el movimiento comunista internacional? En 1928, cuando en Berlín aún los nazis no estaban en el gobierno, Dimitrov respondió: «Hemos de darnos perfectamente cuenta que el fascismo no es un fenómeno local, temporal o transitorio, sino que representa un sistema de dominación de clase de la burguesía capitalista y de su dictadura en la época del imperialismo y de la revolución social» (24). El fascismo, dice Dimitrov, «no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino la sustitución de una forma estatal de la dominación de clase de la burguesía» (25). No cabe duda de que el fascismo supone bastantes más cosas, pero por ahora bastará con dejar éstas apuntadas.

La concepción comunista sobre el fascismo es la única que responde de manera precisa a su naturaleza de clase como régimen político y, desde luego, está en abierta contradicción con la que viene difundiendo la burguesía, a saber, que el fascismo es cosa del pasado, de una determinada etapa a la que denominan «periodo de entreguerras» en Europa o a países y momentos concretos de Latinoamérica. Pero hay que ser comprensivos con esas limitaciones propias de tal clase social: cuando la burguesía habla del fascismo, habla acerca de sí misma, de su forma de dominación, y cuando se mira al espejo no le gusta lo que ve; entonces vuelve a recurrir al maquillaje, a los enjuagues y disfraces. Para ella se trataría de un régimen político de excepción, es decir, una «dictadura» en el sentido clásico de la palabra que antes ha quedado expuesto, lo cual da lugar a una concepción de la historia como si de un guante reversible se tratara: los países pasan de la democracia al fascismo pero luego retornan a su «auténtico estado», que es siempre la democracia. Cuando el guante se vuelve del revés el «auténtico estado» de la democracia es la masacre, los desaparecidos, los exiliados y los torturados. Luego es tarea de los periodistas e historiadores borrar estos asuntos desagradables de la memoria histórica, como si nada hubiera pasado.

Sin embargo, para los marxistas la historia es sustancialmente irreversible. El fascismo no es, pues, el pasado sino el futuro del capitalismo. De la tendencia del imperialismo a la reacción deriva una pregunta obvia: cualquiera que sea la caracterización del régimen político de un país capitalista, en el futuro los comunistas ¿deben esperar que se amplíe el círculo de las libertades y los derechos democráticos o, por el contrario, deben adoptar todas las medidas necesarias para hacer frente a la represión, a la ilegalidad y a la clandestinidad? Dado que la represión fascista no se limita a los comunistas sino que empieza por ellos, como dice el conocido poema de Bertold Brecht, ¿no deberán poner en el primer plano de su programa la lucha por la libertad y la democracia?, ¿no deberán alertar de ello a las masas a fin de que estén prevenidas?

En su informe al VII Congreso de la Internacional Comunista, Dimitrov criticó los complejos de los comunistas polacos a la hora de reivindicar la democracia «de un modo positivo» para no despertar «ilusiones democráticas». Hoy ese complejo sigue existiendo, lo que favorece extraordinariamente el proceso de fascistización en muchos países europeos, donde los semirrevolucionarios no saben apreciar la importancia de la libertad. Les sabe a poco, seguramente porque la burguesía les concede todas las facilidades imaginables que a los comunistas les niega. Por eso ellos olvidan que Dimitrov exigía defender «palmo a palmo las condiciones democráticas arrancadas por la clase obrera en años de lucha tenaz» (26).

Como cualquier otro régimen político, el fascismo hay que analizarlo en concreto, según la historia de cada país. Como dijo Dimitrov, en cada uno de ellos el fascismo adopta variedades nacionales que los comunistas tienen que tomar en cuenta a la hora de confeccionar su programa político. En particular, si en los países más avanzados en los que triunfó la revolución burguesa el fascismo es un futuro cercano y amenazador, en aquellos otros en los que dicho proceso no se cumplimentó, el futuro se aferra al pasado y el fascismo enlaza directamente con las más negras tradiciones feudales autóctonas. Ese retorno al pasado, esa mezcla de un pasado de pesadilla con una modernidad siniestra ha sido otra fuente de paradojas y discusiones políticas dentro del movimiento comunista en muchos países. España es uno de los casos típicos, porque los 80 años de fascismo heredan a los 400 de Inquisición y no es fácil averiguar dónde acaba una y empieza el otro.

Notas:

(23) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Obras Escogidas, tomo I, pgs.772 y 781.
(24) Dimitrov, Acerca de las medidas de lucha contra el fascismo y los sindicatos amarillos, Obras Escogidas, tomo I, pg.425.
(25) Dimitrov, La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional en la lucha por la unidad de la clase obrera contra el fascismo, Obras Escogidas, tomo I, pg.581.
(26) Dimitrov, La ofensiva del fascismo, cit., pg.676.

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Marx tenía razón

Ya no hay
nadie en este pa
ís que no se haya apercibido, que no
sienta, la extrema agravaci
ón de la crisis política que padece el régimen. Uno de sus destacados plumíferos se lamentaba en estos términos no
hace mucho: «Como si Marx tuviera raz
ón, el
desbarajuste en la infraestructura econ
ómica está provocando un descontrol creciente en la superestructura política».
Así es. Al régimen monarco-fascista que Franco dejó «atado y bien atado» le están estallando
las ataduras. Todas las instituciones del Estado, desde la monarqu
ía hasta los sindicatos oficiales, no es que estén desprestigiadas, es que son el blanco de la ira popular. Los
llamados poderes p
úblicos, el ejecutivo, el legislativo y
el judicial, andan hechos unos zorros. El gobierno de Rajoy, que no asoma m
ás que para anunciar más explotación y más miseria, se ha ganado la inquina hasta de quienes le votaron.
«El Parlamento de la naci
ón» y los que se dicen
«representantes del pueblo» tienen que ser defendidos por un ej
ército de antidisturbios, so pena de ser linchados. Las altas
instancias judiciales, andan a la gre
ña: La
Audiencia Nacional contra el Supremo y
éste contra el
Constitucional y todos ellos se
ñalados por el Tribunal de Estrasburgo
(nada sospechoso de izquierdismo) como prevaricadores. Los presidentes de los
gobiernos aut
ónomos ni aparecer pueden en acto público alguno sin que sean abucheados y sin que trabajadores o
estudiantes les prometan que «nuestros recortes ser
án a la guillotina» o «debajo de la nuez», según los casos.
Al descontrol
creciente
se le han venido a unir ahora, como era de esperar, las
reivindicaciones de las burgues
ías catalana y vasca. El «Estado de
las Autonom
ías», ideado para diluir en él las legítimas aspiraciones de los pueblos de Galicia, Cataluña y el País Vasco, se está viniendo abajo: en cuanto las cajas se han vaciado, los reinos de
taifas ya no convienen a quienes durante d
écadas se han
enriquecido metiendo la mano en ellas.
Lógicamente una ocasión así no podía ser desaprovechada por las burguesías
nacionales, especialmente la catalana. Sabe que, aprovechando la enorme
debilidad del r
égimen, puede ponerle contra las cuerdas y
conseguir un «concierto econ
ómico» mucho más favorable para ella. Y para lograrlo no ha dudado en atizar el fuego
del independentismo y utilizarlo como moneda de cambio en sus negociaciones con
Madrid.
Buena parte
de la burgues
ía catalana no va a renunciar, al menos
por ahora, a la «unidad de mercado» que para ella representa Espa
ña (no es casual que el presidente de la gran patronal española sea catalán), lo que sí hará es amagar con exigir la independencia y al tiempo intentar que el
odio de la clase obrera y del resto de los trabajadores hacia sus explotadores
y opresores vaya dirigido
únicamente contra el gobierno de Madrid e
incluso contra los «espa
ñoles» en general. Pero en algo le
han fallado las cuentas a su actual representante, el Sr. Mas. Cre
ía que, tras su entrevista con Rajoy, sería recibido en
Barcelona en olor de multitudes. Sin embargo quienes le recibieron fueron los
trabajadores en huelga de los transportes, quienes no le obsequiaron
precisamente con p
étalos de rosa. El detalle tiene su
importancia porque ha sido la burgues
ía catalana,
de la mano de CiU y codo a codo con el PP, la primera en desmantelar los
servicios p
úblicos, en exigir (y seguramente redactar) una reforma laboral que ha
liquidado lo que quedaba de derechos laborales, ha impuesto leoninas
condiciones de contrataci
ón a la clase obrera de todo el Estado
espa
ñol, etc. etc. Y eso lo tienen muy presente los obreros catalanes. Tal
como ha sucedido otras veces en la historia de Espa
ña, es muy
posible que la lucha revolucionaria del proletariado confluya con la del
movimiento nacional, lo cual redundar
ía a favor de
la clase obrera de todo el Estado.
La oligarquía española seguirá apretando aún más el dogal de la explotación, de la opresión y del terror. Les va en ello su supervivencia. Y ante esa
perspectiva no cabe m
ás que oponerles una tenaz resistencia,
organizando y uniendo
la fuerza de la clase obrera de todo el Estado, con
el objetivo de derribar el Estado monopolista y fascista espa
ñ
ol.
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Las formas de dominación del Estado burgués (VI)

Juan Manuel Olarieta

La democracia burguesa como etapa intermedia


El materialismo histórico es el pensamiento científico más avanzado que existe para analizar la evolución de las sociedades a lo largo del tiempo. Se forjó tomando en consideración a los países europeos más adelantados de mediados del siglo XIX y los instrumentos científicos más desarrollados que Marx y Engels pudieron encontrar, por una razón que es importante tener en cuenta: porque históricamente los países avanzan en la dirección que marcan los más adelantados. Por lo tanto, al desentrañar la naturaleza de los países más avanzados del momento, Marx y Engels desentrañaron la naturaleza del capitalismo como tal.

Si tomamos a Francia como referencia, a partir de 1798 la burguesía ya tenía su propio Estado, es decir, había creado un Estado a su imagen y semejanza y se disponía a utilizarlo en provecho propio, o lo que es lo mismo, para el desarrollo del capitalismo, de la explotación y la extracción de plusvalía a gran escala. En toda Europa la burguesía pretendía hacer lo mismo que en Francia.

Pero Francia es el modelo tanto como la excepción. El debate recursivo sobre la democracia burguesa no se plantea con los países que Marx y Engels tomaron como referencia para la elaboración de sus categorías científicas; apenas se discute el capitalismo en Inglaterra o la democracia en Francia. La controversia empieza a partir de ahí con los demás países, cuando el capitalismo convive con el feudalismo o la democracia con el absolutismo. Entonces las referencias se convierten en excepciones y algunos buscan coincidencias que jamás se van a reproducir en la misma forma. En la historia no hay dos asaltos a la Bastilla ni al Palacio de Invierno.

Los agotadores debates sobre la «democracia burguesa» olvidan que se trata de una categoría histórica. Por eso abundan las recetas estereotipadas y se echa de menos el «análisis concreto de la situación concreta». Normalmente lo concreto es que el país en cuestión está atrasado con respecto a los que eran avanzadilla política en aquella época, especialmente Francia, que ya era un país capitalista antes de 1789. No se puede proceder a una extrapolación mecánica del proceso, es decir, a pretender explicar un fenómeno local complejo mediante los conceptos elaborados para un prototipo de excepción, como Francia, porque entonces se producen todo tipo de paradojas.

En los países en los cuales la revolución burguesa no se había producido o no había alcanzado las cotas de Francia, que eran la mayoría de los europeos, la burguesía tuvo que adaptarse a una situación ambigua, vacilante entre la aristocracia feudal y el proletariado. La «revolución democrático burguesa» es una etapa de la historia que expresa de manera muy concreta la penetración del capitalismo en cada país, la manera en que se articula el nuevo Estado burgués, la línea de la vanguardia del proletariado a ese respecto y la necesidad de acumular fuezas revolucionarias.

Lo que algunos partidos comunistas pretendieron con la reivindicación de la «democracia burguesa» era justamente eso, desarrollar el capitalismo, lo que da la vuelta al programa politico originario de la burguesía: para el proletariado la revolución democrática no era la culminación del proceso sino el principio del mismo, no un punto de llegada sino un punto de partida. El proletariado, escribieron Marx y Engels, acepta la revolución burguesa «como una condición de la revolución obrera. Pero ni por un instante pueden mirarla como el objetivo final» (19). De ahí que las organizaciones comunistas hayan propuesto dos programas políticos, uno mínimo, correspondiente a la revolución burguesa, y otro máximo, correspondiente a la revolución proletaria.

A partir de ahí se comprenden otras propuestas del comunismo, como que en un país pueden existir prioridades antes que la construcción del socialismo y que las mismas pueden ser tan trascendentes que requieran de toda una etapa previa o intermedia. En el materialismo histórico tan importante como el concepto de «modo de producción» es el de transición de uno a otro (20), esos momentos grises e «impuros» de la historia en los que el pasado no aparece nítidamente separado del futuro. Si, además, esos momentos se prolongan en el tiempo, si un país no se acuesta feudal y se levanta capitalista, el despiste suele ser monumental. Del mismo modo, el socialismo no «surge» de la noche a la mañana, como los champiñones después del aguacero, sino que se construye, y cualquier albañil sabe que para construir no basta poner un ladrillo encima de otro sino que hacen falta planos, andamios y hormigoneras, entre otras muchas cosas.

Otro aspecto fácil de entender es que no tiene sentido propugnar la «democracia burguesa» cuando el capitalismo ya está desarrollado, es decir, cuando está en su fase monopolista. Ahora bien, ¿significa eso que no tiene ya sentido luchar por la democracia?, ¿o más bien significa que hay que seguir luchando por una democracia que no esté lastrada las limitaciones que la burguesía ha mostrado a lo largo de la historia? ¿existe una democracia que va más allá del programa político de la burguesía?

La respuesta es afirmativa. Una vez que el proletariado maduró, formó sus propias organizaciones políticas y adquirió la suficiente experiencia, avanzó un paso más en la batalla por la democracia, que fue el que correspondió dar a Lenin: al proletariado le correspondía dirigir la lucha por la democracia llevando de la mano a la burguesía. Este sello característico del bolchevismo tampoco cambiaba la naturaleza de la situación: el proletariado seguía interesado en la democracia. En 1900 Lenin resumió la trayectoria del movimiento obrero y la tarea política «inmediata» de la socialdemocracia rusa, en el derrocamiento de la autocracia y la conquista de «la libertad política» (21). Al cabo de los años, en 1915, seguía defendiendo lo mismo: «La forma política de la sociedad en que triunfe el proletariado, derrocando a la burguesía, será la república democrática» (22).

Cuando el proletariado se pone a la cabeza de la lucha por la democracia aparece todo ese cúmulo de expresiones políticas propias del movimiento comunista internacional, como «democracia popular», «nueva democracia» y otras, que tampoco cambian sustancialmente la esencia del planteamiento: los comunistas están por la democracia y el transcurso del tiempo lo que viene demostrando es que son sus defensores más consecuentes.

Lenin insistió en que los programas mínimo y máximo no se oponen sino que se complementan y suceden a lo largo de la revolución proletaria. El programa mínimo significa que el proletariado empieza su lucha allá donde la burguesía no ha llegado ni llegará jamás. Ambos programas corresponden a otras tantas etapas de un proceso, más o menos dilatado en el tiempo. Que dichos programas no se contradicen lo demuestra también el hecho de que entre ambos es posible encontrar toda clase de situaciones intermedias que expresan (o deberían expresar) el grado de penetración del capitalismo en cada país y la correlación de fuerzas entre las clases sociales.

Por el contrario, los semirrevolucionarios consideran que ambos programas son contradictorios, crean ambigüedad y confusión. Ellos sólo quieren programas «puros», ideológicamente impecables. No entienden que una situación social de transición, que no es blanca ni negra, sino gris, exige un programa de transición. Hay semirrevolucionarios de todos los colores. Los de izquierdas se olvidan del programa mínimo porque propugnan un imposible histórico, a saber, que todos los problemas históricos que deja pendientes la burguesía, que son muchos y muy variados, se pueden resolver simultáneamente, en un instante. Los oportunistas de derechas sólo se acuerdan de uno, el programa mínimo, sólo tienen en cuenta la etapa previa y cuando la alcanzan se olvidan de pasar a la siguiente.


Notas:

(19) Marx y Engels: La sagrada familia, cit., pg.248.
(20) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pgs.124-125.
(21) Lenin, Tareas urgentes de nuestro movimiento, Obras Escogidas, tomo I, pg.110.
(22) Lenin, La consigna de los Estados Unidos de Europa, Obras Escogidas, tomo I, pg.675.

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Los Comités de Resistencia Popular ante el 14-N

Cuando la realidad cae por su propio peso y la gran mayoría
de la población no dejamos de alarmarnos por datos como casi seis millones de
parados, un 22% de españoles viviendo bajo el umbral de riesgo de pobreza, el
40% de los hogares con dificultades para afrontar gastos imprevistos, 1’7
millones de familias con todos sus miembros en paro, o un paro juvenil que
supera el 54%, ahora, los sindicatos CCOO y UGT convocan una huelga general
para el 14 de noviembre respaldada por el PSOE, ocho meses después de la última
(la del 29-M). Cabe preguntarse si no ha habido ningún motivo en todo este
tiempo, entre una y otra huelga, para seguir ejerciendo más presión y paros en
la producción. Es lógico, también, cuando nos preguntamos si quizás los motivos
sean políticos y/o partidistas, dado que pese a la mala gestión del Gobierno
anterior sólo se le convocó una huelga general. Otra pregunta lógica que todo
el mundo nos hacemos, y quizá la más importante, es si estos sindicatos
volverán a vender a todos los trabajadores firmando pactos con el Gobierno de
turno después del parón de 24 horas que a todos nos animan a cumplir. Quizás,
la respuesta sea que su parón irrisorio y oportunista de 24 horas sirve sólo
para lavar la imagen de unos sindicatos y/o políticos frente a una sociedad
cada vez más condenada a la pobreza y la precariedad laboral. Por si fuese
poco, llaman a la huelga a los trabajadores aun sabiéndose que, gracias a sus
políticas de concertación y pacto social, ahora prácticamente se pueda hablar
de despido libre (o en el mejor de los casos de abaratamiento del mismo), de la
reducción al mínimo del poder de los convenios laborales, etc. En conclusión:
¿Qué garantías nos darán estos sindicatos mayoritarios para ir a la huelga de
24 horas? Quizás las mismas que dieron a tantas personas que ahora ocupan la
trágica cola del paro. Todo esto nos lleva a pensar que la solución no está en
parones de 24 horas para el lavado de imagen de algunos de los culpables, ni
tampoco está en que los sindicatos pidan pequeños parches o reformas en pro de
los trabajadores.

Tras varias asambleas de debate en torno a la convocatoria
del 14-N, los C. R. P. hemos llegado a una serie de puntos en común:

  
1. La huelga general es una gran herramienta de lucha contra la Patronal y el
Estado, pero que los sindicatos amarillos prostituyen y hacen inocua.

  
2. Debe ser objetivo de los diversos movimientos y organizaciones de carácter
obrero lograr una huelga general como culminación de un proceso de luchas,
concienciación de clase y acumulación de fuerzas, haciendo de tal método algo
plenamente obrero, revolucionario e indefinido. Obrero porque la huelga general
debe ser convocada por los trabajadores y sus organizaciones verdaderamente
combativas, buscando una unidad de clase que garantice su éxito. Revolucionario
porque la huelga general debe valerse de la metodología de lucha que sea
necesaria en el momento en el que se desarrolle, sin el pacifismo pactado por
el verticalismo sindical, sin manifestaciones de índole festiva, sin
negociaciones en pro de intereses particulares y sin acatar los servicios
mínimos que desvirtúan la huelga general. Indefinido porque no se ha de marcar
un final que acote la huelga, sino que su duración debe ir en función de la
consecución de los objetivos político-económicos motivadores de la huelga,
manteniendo un pulso parando plenamente la producción hasta la victoria o
derrota (derrota que, cuando se da, suele llegar fruto de la represión,
traiciones o esquirolaje).

  
3. Apoyar el 14-N en los términos que plantean los sindicatos amarillos es
darles un balón de oxígeno a ellos y a sus partidos políticos (PSOE, PCE e IU),
pues pretenden sacar tajada una vez más de las desgracias del pueblo trabajador
para ganar enteros ante él. Fueron CCOO, UGT, PSOE y PCE la “parte izquierda”
necesaria para perpetuar y dar estabilidad al sistema que hoy nos tiene en tan
malas condiciones, haciéndose cómplices inseparables del mismo en multitud de
políticas destinadas a la subyugación de los obreros, tales como los Pactos de
la Moncloa o las reformas laborales.

  
4. Consideramos que el hecho de que los sindicatos verticales hayan convocado
para el 14-N una huelga general, va a provocar que buena parte consciente de la
clase obrera no secunde la convocatoria ante la desidia y el desprecio que se
siente hacia estos, por lo que no llamaremos esquiroles a quienes, de forma
crítica y razonada, no secunden su formato de huelga farsa, aunque por otro
lado, sí vayamos a encontrarnos los mismos esquiroles que nunca secundan nada,
ninguna huelga, ninguna lucha; no por clasificarla como farsa, sino por
puro conformismo, insolidaridad y los clásicos motivos de un esquirol
traidor.

   5. CCOO y UGT no son sindicatos, son mafias
sindicales subvencionadas fuertemente por el Estado ante el que nunca serán
pujantes, son servidores de la clase dominante. Por ello, hay que decir
abiertamente que son nuestros enemigos. Hay que desenmascararles, enfrentarse a
ellos. No hablamos de que el conjunto de los afiliados a estos sindicatos
respondan al patrón de sus cúpulas, pues sabemos que hay gente honesta y
honrada en sus bases, verdaderos obreros a quienes también les corresponde
luchar contra las continuas puñaladas que desde estos sindicatos se han ido
dando a los trabajadores, por lo que llamamos a las bases de estos sindicatos a
abandonarlos, rebelándose así contra ellos y dando fuerza a un movimiento
obrero independiente y organizado, integrándose en otros sindicatos combativos
o creando asambleas en sus lugares de trabajo.

¡POR UNA VERDADERA HUELGA GENERAL
INDEFINIDA, POLÍTICA, DE CLASE Y COMBATIVA!

¡GUERRA AL CAPITAL Y A LA MAFIA
SINDICAL!

¡VIVA LA LUCHA DE LA CLASE OBRERA!
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Las formas de dominación del Estado burgués (V)

Juan Manuel Olarieta

¿En qué sentido es burguesa la democracia?


La tarea de los comunistas empieza justamente en el punto en el que la burguesía arroja la toalla, el punto más elevado, cuando empieza a renegar de sí misma, de sus fundamentos políticos. Cuando el proletariado reivindicó la democracia burguesa como tarea propia destacó la ineptitud política de la burguesía para remover los obstáculos que se oponían a ella. Por lo tanto, los comunistas siempre han estado interesados en la democracia, e incluso en la democracia burguesa. Con más razón aún cuando es la propia burguesía la que reniega de ella.

Ahora bien, en la lucha por la democracia no hay diferencias sustanciales entre los objetivos de la burguesía y el proletariado; no hay libertades y derechos «proletarios». El derecho de voto y el derecho de asociación política no cambian su naturaleza por que los reivindique para sí la clase obrera. Las organizaciones de clase asumieron como algo propio lo que procedía de la burguesía.

Las libertades y los derechos no son formalizaciones jurídicas sino una parte integrante de la lucha de clases. Al proletariado la burguesía no le regaló nada sino que tuvo que conquistar tanto el derecho al voto como el derecho de asociación sindical y política. No es tan difícil de entender: como escribieron Marx y Engels, quienes reivindican son quienes no tienen (16). El movimiento obrero reivindicó la democracia allá donde ésta nunca llegó, o tardó en implantarse, o lo hizo de manera limitada; el movimiento obrero disfrutó de aquellos derechos que fue capaz de defender en cada momento y en cada país. Los ganó si luchó por ellos y los perdió cuando dejó de hacerlo. Un dirigente del proletariado parisino como Blanqui, pasó la mayor parte de su vida en la cárcel; en 1847 la Liga de los Comunistas se tuvo que reunir en Londres porque estaba prohibida en Alemania; la I Internacional fue prohibida en España en 1871; poco después se dictaron las leyes contra los socialistas en Alemania; Marx, Engels y Lenin pasaron en el exilio la mayor parte de sus vidas… En fin, la historia de las revoluciones y de los revolucionarios son episodios repletos de clandestinidad, ilegalidad, fusilamientos, cárceles, torturas y persecución. En esas condiciones, ¿cómo es posible sostener que los revolucionarios no están interesados por la libertad? ¿No será más acertado decir que quien no está interesada por la libertad es la burguesía? Y si la burguesía no está interesada por la libertad, ¿no deberá interesarle al proletariado? Finalmente, ¿cómo es posible calificar de «burgués» a algo que no le interesa a la burguesía?

Es necesario volver a insistir: el proletariado lucha por la democracia y la libertad para sí mismo, para su clase, naturalmente, pero también para todos aquellos que carecen de ellas, para los sectores explotados, oprimidos, humillados y marginados por la sociedad capitalista. En la medida en que dicha sociedad está regida por una minoría en provecho de ella misma, genera esas lacras sociales, culturales y políticas. En ese contexto el programa democrático del proletariado se convierte en uno de los más poderosos instrumentos de acumulación de fuerzas, la palanca misma de la revolución. Dicho programa ha atraído  atrae y seguirá atrayendo siempre, con una fuerza creciente, incluso a numerosos sectores de la propia burguesía. Este proceso constituye una ley de la historia porque «cada nueva clase instaura su dominación siempre sobre una base más extensa que la dominante con anterioridad a ella» (17). No existe otra consigna con mayor capacidad de legitimación política que la democracia. Por sí misma, justifica la revolución proletaria.

Como programa revolucionario la democracia trasciende, pues, al momento histórico en el que lo impulsó la burguesía. Cuando el proletariado instaure su dominación «sobre una base más extensa» que la burguesía, su régimen político no será nada distinto a la democracia sino su realización más plena. El «Manifiesto comunista» lo resume al proponer como «primer paso» de la revolución proletaria «la elevación del proletariado a clase dominante, la conquista de la democracia» (18). ¿Qué es, pues, la democracia? «La elevación del proletariado a clase dominante», responden Marx y Engels. ¿Y qué es la elevación del proletariado a clase dominante? La realización de la democracia.

Notas:

(16) Marx y Engels, Crítica del Programa de Gotha, Obras Escogidas, tomo II, pg.26.
(17) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.53.
(18) Marx y Engels, Manifiesto comunista, cit., tomo I, pg.42.

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Las formas de dominación del Estado burgués (IV)

Juan Manuel Olarieta

Todo por la patria


El mérito histórico, realmente milenario, de la burguesía consistió en poner en primer plano a la democracia como régimen político y la revolución de 1848 representó el triunfo definitivo de la democracia como forma de gobierno en Europa central, sirviendo de ejemplo para el mundo entero.

No obstante, al llevar su programa a la práctica, la burguesía demostró que no era ella la clase capaz de conquistarla. La lucha de la burguesía por la democracia es, pues, la historia de una frustración; la teoría no tuvo su continuación en la práctica política. No es posible minimizar la importancia de este fracaso porque para la burguesía la democracia era una meta, un punto de llegada que nunca alcanzaría. Esta contradicción entre la teoría y la práctica condujo a la noción de «democracia burguesa» como la cota máxima a la que en cada país era capaz de llegar la burguesía en su lucha retórica en favor de la democracia. La «democracia burguesa» es, pues, una categoría histórica.

La burguesía no pudo cumplir cabalmente el programa político que ella mismo se había trazado, ni siquiera en los países más adelantados, por múltiples y diferentes motivos que Marx y Engels explicaron, en primer lugar, por su condición social minoritaria dentro de la sociedad capitalista: eso le impedía erigirse en representante de dicha sociedad. En 1895 en uno de sus últimos y más geniales escritos, Engels lo resumió de la siguiente manera:

«Hasta aquella fecha [1848] todas las revoluciones se habían reducido al derrocamiento y sustitución de una determinada dominación de clase por otra; pero todas las clases dominantes anteriores sólo eran pequeñas minorías, comparadas con la masa del pueblo dominada. Una minoría dominante era derribada, y otra minoría empuñaba en su lugar el timón del Estado y amoldaba a sus intereses las instituciones estatales. Este papel correspondía siempre al grupo minoritario capacitado para la dominación y llamado a ella por el estado del desarrollo económico y, precisamente por esto y sólo por esto, la mayoría dominada, o bien intervenía a favor de aquella en la revolución o aceptaba la revolución tranquilamente. Pero, prescindiendo del contenido concreto de cada caso, la forma común a todas estas revoluciones era la de ser revoluciones minoritarias. Aun cuado la mayoría cooperase a ellas, lo hacía -consciente o inconscientemente- al servicio de una minoría; pero esto, o simplemente la actitud pasiva, la no resistencia por parte de la mayoría, daba al grupo minoritario la apariencia de ser el representante de todo el pueblo» (12).

No es el burgués sino el proletario quien puede representar a la sociedad bajo el capitalismo. Por eso cuando reivindica el derecho de voto lo que exige es el sufragio «universal». Las libertades que quiere para sí las quiere también para todos aquellos privados de ellas: «Ya el ‘Manifiesto Comunista’ había proclamado la lucha por el sufragio universal, por la democracia, como una de las primeras y más importantes tareas del proletariado militante» (13).

Ahora bien, ese es un obstáculo puramente formal que atiende al derecho de representación exclusivamente, al derecho de elegir y ser elegido. Hay, además, un aspecto material: la burguesía habla en nombre de la nación («todo por la patria») pero, al mismo tiempo, desdobla lo público de lo privado (14) para poner al Estado a su servicio. Por ello, en el «Manifiesto comunista» Marx y Engels incorporan a su concepción de la democracia una noción olvidada que procede de Rousseau: no basta actuar en nombre de la mayoría sino que es necesario hacerlo «en provecho» de ella, teniendo en cuenta sus necesidades, o lo que es lo mismo: el socialismo.

No obstante, la burguesía obtuvo un diagnóstico distinto que encubría la frustración envolviéndola en el papel de celofán de sus rebuscadas elaboraciones jurídico-formales, es decir, en una abstracción nebulosa. No es que ella no pudiera sino que ninguna otra clase podría porque era un objetivo que no dependía de las clases sociales en liza. La democracia era un sueño o una aspiración irrealizable que, además, comprometía la situación de la burguesía en numerosos países en los que su correlación de fuerzas era débil frente a la aristocracia. La actuación independiente de la clase obrera en la revolución de 1848 le puso en el punto de mira de la burguesía; para ésta el proletariado pasó de aliado a enemigo, es decir, que la burguesía empezó a pensar en la lucha contra el proletariado buscando compromisos con la vieja aristocracia. En lugar de acercarse al proletariado era preferible arrojar la toalla, buscar compromisos y soluciones intermedias con los «enemigos de los enemigos».

A partir de entonces el formalismo jurídico condujo a otras ficciones: al desdoblar lo público de lo privado el Estado burgués aparece como neutral; el gobierno cambia pero el Estado sigue siendo el mismo. Es la errónea teoría del Estado como «aparato» o maquinaria. Bajo el mismo Estado (burgués) son posibles todas las formas de gobierno, todos los partidos, todos los programas, todas las creencias, etc. Por lo mismo, la burguesía cree haber edificado un Estado por encima de las clases sociales. El reformismo asume esa misma concepción para pregonar la posibilidad de «utilizar» el Estado burgués para llevar a cabo una política en provecho de la mayoría, lo cual simplifica las tareas del proletariado: si no es necesario construir un nuevo Estado, tampoco es necesario destruir el ya existente. Cuando Engels explicó el interés que tenía el proletariado en conquistar la democracia dijo todo lo contrario: «Las instituciones estatales en las que se organiza la dominación de la burguesía ofrecen nuevas posibilidades a la clase obrera para luchar contra estas mismas instituciones», lo que dio lugar a que la burguesía temiese «mucho más la actuación legal que la actuación ilegal del partido obrero» (15).

Notas:


(12) Engels, Introducción a «Las luchas de clases en Francia», Obras Escogidas, tomo I, pgs.117-118.
(13) Engels, Introducción, cit., tomo I, pg.124.
(14) Marx y Engels, La ideología alemana, Montevideo, 1959, pg.35.
(15) Engels, Introducción, cit., tomo I, pg.125.

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Las formas de dominación del Estado burgués (III)

Juan Manuel Olarieta

La democracia en el pensamiento político burgués

Dejando ahora aparte el concepto de dictadura, la teoría de las tres formas de gobierno experimenta un giro con la revolución burguesa y, en particular, con el desarrollo del pensamiento político de sus representantes más avanzados: Rousseau y Payne. Es cierto, no obstante, que hay otras versiones del pensamiento burgués, como Montesquieu, que no se pueden equiparar a las anteriores ya que, en cierta medida, continúan las tradiciones anteriores, pero como aquí lo que pretendemos es esclarecer las posiciones del marxismo-leninismo al respecto, podemos prescindir de ellas, si bien no es posible descuidar que, frente a las posiciones más avanzadas, las otras están más arraigadas en la ideología burguesa y, por consiguiente, también en la sociedad actual. Ahora bien, Marx y Engels nunca se posicionan en esta línea para iniciar su propia teoría política, sino precisamente en la de los pensadores más avanzados.

El componente político fundamental de los pensadores burgueses más avanzados de 1800 es la introducción de la democracia como forma de gobierno, es decir, la democracia como consigna y como programa político de vanguardia cuyo prototipo más conocido es la Revolución Francesa, aunque se pueden poner otros ejemplos tan buenos o mejores, como la americana, que además son anteriores. No obstante, la Revolución Francesa, como tantos otros procesos revolucionarios, no se inicia en 1789 de una manera ejemplar, es decir, democrática sino que avanza empujada por las propias fuerzas que se oponían a ella hasta alcanzar la República muy pocos años después. Lo que la burguesía empezó de una forma conciliadora, salvando a la monarquía, acabó con la cabeza del rey en la guillotina. La democracia empieza con la República. Para decirlo más claramente: la democracia empieza con el terror, con Robespierre, Saint-Just y los demás, un proceso que culmina Napoleón, quien «practicó el terrorismo, reemplazando la revolución permanente por la guerra permanente» (8).

El terrorismo burgués es la cuna de los derechos humanos; la dictadura burguesa alumbra la democracia burguesa. Luego la burguesía se avergonzó de sí misma, renegó de sus fundamentos como si ella, y no la aristocracia, hubiera sido la responsable del terror; como ha hecho en otras ocasiones, se puso a lamer sus heridas tratando de reescribir la historia y maquillar los acontecimientos para ocultar lo obvio, a saber, que cualquier progreso histórico llega en medio de un baño de sangre. La burguesía intentó una transición pacífica que sus enemigos de clase trataron de impedir por los medios más brutales que tuvieron a su alcance.

Para luchar contra la reacción y alcanzar «sus propios fines políticos», la burguesía tuvo que poner en movimiento al proletariado, abriendo una etapa en la cual el proletariado no combate «contra sus propios enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos» (9). Hasta 1848 la burguesía llevó de la mano al proletariado y todas las formas políticas de expresión de éste son burguesas. El proletariado no era entonces una fuerza política independiente sino que prestaba o sumaba su fuerza a la de los elementos más avanzados de la burguesía, que son los republicanos, cuya consigna más importante es el sufragio universal, el símbolo mismo de la democracia, que representa el derecho de todos a votar y, por lo tanto, a decidir y a participar en las decisiones políticas.

En aquella época el voto era censitario, es decir, sólo tenían derecho a votar quienes pagaban impuestos, o sea, la burguesía. La conquista del derecho de voto por el proletariado, el sufragio universal, era un elemento fundamental para el desarrollo de su conciencia de clase, es decir, para la conversión del proletariado en una fuerza política independiente de la burguesía y la creación de partidos de clase. La burguesía crea, «a pesar de ella», las condiciones «más favorables para la unión de la clase obrera; y la unión de los obreros es la primera condición de la victoria de éstos. Los obreros saben que no se puede llegar a suprimir los modos burgueses de la propiedad manteniendo los modos feudales. Saben que el movimiento revolucionario de la burguesía contra las castas feudales y la monarquía absoluta no puede sino acelerar su propio movimiento revolucionario. Saben que su propia lucha contra la burguesía no podrá estallar más que el día en que la burguesía haya logrado triunfar» (10).

Marx y Engels lo explicaron con los conceptos de «clase en sí» y «clase para sí» (11). Como dice el «Manifiesto comunista», toda lucha de clases es una lucha política y en ella el proletariado se organiza como tal clase en un partido de vanguardia, lo que en el terreno jurídico formal se expresa en el derecho de asociación política. El vínculo entre los aspectos sindicales («clase en sí») y políticos («clase para sí») de la lucha obrera quedó sellado cuando los primeros partidos estrictamente proletarios adoptaron el nombre de «socialdemócratas».

Notas:

(8) Marx y Engels, La Sagrada familia, Madrid, 1981, pg.141.
(9) Marx y Engels, Manifiesto comunista, cit., pg.30.
(10) Marx y Engels, La sagrada familia, cit., pg.247.
(11) Marx, Miseria de la filosofía, Madrid, 1974, pg.257.