Las formas de dominación del Estado burgués (III)

Juan Manuel Olarieta

La democracia en el pensamiento político burgués

Dejando ahora aparte el concepto de dictadura, la teoría de las tres formas de gobierno experimenta un giro con la revolución burguesa y, en particular, con el desarrollo del pensamiento político de sus representantes más avanzados: Rousseau y Payne. Es cierto, no obstante, que hay otras versiones del pensamiento burgués, como Montesquieu, que no se pueden equiparar a las anteriores ya que, en cierta medida, continúan las tradiciones anteriores, pero como aquí lo que pretendemos es esclarecer las posiciones del marxismo-leninismo al respecto, podemos prescindir de ellas, si bien no es posible descuidar que, frente a las posiciones más avanzadas, las otras están más arraigadas en la ideología burguesa y, por consiguiente, también en la sociedad actual. Ahora bien, Marx y Engels nunca se posicionan en esta línea para iniciar su propia teoría política, sino precisamente en la de los pensadores más avanzados.

El componente político fundamental de los pensadores burgueses más avanzados de 1800 es la introducción de la democracia como forma de gobierno, es decir, la democracia como consigna y como programa político de vanguardia cuyo prototipo más conocido es la Revolución Francesa, aunque se pueden poner otros ejemplos tan buenos o mejores, como la americana, que además son anteriores. No obstante, la Revolución Francesa, como tantos otros procesos revolucionarios, no se inicia en 1789 de una manera ejemplar, es decir, democrática sino que avanza empujada por las propias fuerzas que se oponían a ella hasta alcanzar la República muy pocos años después. Lo que la burguesía empezó de una forma conciliadora, salvando a la monarquía, acabó con la cabeza del rey en la guillotina. La democracia empieza con la República. Para decirlo más claramente: la democracia empieza con el terror, con Robespierre, Saint-Just y los demás, un proceso que culmina Napoleón, quien «practicó el terrorismo, reemplazando la revolución permanente por la guerra permanente» (8).

El terrorismo burgués es la cuna de los derechos humanos; la dictadura burguesa alumbra la democracia burguesa. Luego la burguesía se avergonzó de sí misma, renegó de sus fundamentos como si ella, y no la aristocracia, hubiera sido la responsable del terror; como ha hecho en otras ocasiones, se puso a lamer sus heridas tratando de reescribir la historia y maquillar los acontecimientos para ocultar lo obvio, a saber, que cualquier progreso histórico llega en medio de un baño de sangre. La burguesía intentó una transición pacífica que sus enemigos de clase trataron de impedir por los medios más brutales que tuvieron a su alcance.

Para luchar contra la reacción y alcanzar «sus propios fines políticos», la burguesía tuvo que poner en movimiento al proletariado, abriendo una etapa en la cual el proletariado no combate «contra sus propios enemigos, sino contra los enemigos de sus enemigos» (9). Hasta 1848 la burguesía llevó de la mano al proletariado y todas las formas políticas de expresión de éste son burguesas. El proletariado no era entonces una fuerza política independiente sino que prestaba o sumaba su fuerza a la de los elementos más avanzados de la burguesía, que son los republicanos, cuya consigna más importante es el sufragio universal, el símbolo mismo de la democracia, que representa el derecho de todos a votar y, por lo tanto, a decidir y a participar en las decisiones políticas.

En aquella época el voto era censitario, es decir, sólo tenían derecho a votar quienes pagaban impuestos, o sea, la burguesía. La conquista del derecho de voto por el proletariado, el sufragio universal, era un elemento fundamental para el desarrollo de su conciencia de clase, es decir, para la conversión del proletariado en una fuerza política independiente de la burguesía y la creación de partidos de clase. La burguesía crea, «a pesar de ella», las condiciones «más favorables para la unión de la clase obrera; y la unión de los obreros es la primera condición de la victoria de éstos. Los obreros saben que no se puede llegar a suprimir los modos burgueses de la propiedad manteniendo los modos feudales. Saben que el movimiento revolucionario de la burguesía contra las castas feudales y la monarquía absoluta no puede sino acelerar su propio movimiento revolucionario. Saben que su propia lucha contra la burguesía no podrá estallar más que el día en que la burguesía haya logrado triunfar» (10).

Marx y Engels lo explicaron con los conceptos de «clase en sí» y «clase para sí» (11). Como dice el «Manifiesto comunista», toda lucha de clases es una lucha política y en ella el proletariado se organiza como tal clase en un partido de vanguardia, lo que en el terreno jurídico formal se expresa en el derecho de asociación política. El vínculo entre los aspectos sindicales («clase en sí») y políticos («clase para sí») de la lucha obrera quedó sellado cuando los primeros partidos estrictamente proletarios adoptaron el nombre de «socialdemócratas».

Notas:

(8) Marx y Engels, La Sagrada familia, Madrid, 1981, pg.141.
(9) Marx y Engels, Manifiesto comunista, cit., pg.30.
(10) Marx y Engels, La sagrada familia, cit., pg.247.
(11) Marx, Miseria de la filosofía, Madrid, 1974, pg.257.

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