Biografía de Marx (Parte 8)

Contra el socialismo utópico
Durante los diez días que Engels estuvo en París con Marx comenzó su colaboración con el plan de su obra común La Sagrada Familia o Crítica de la crítica crítica. Contra Bruno Bauer y Cía., que vio la luz en febrero de 1845. Este libro, enfilado contra los hermanos Bauer y otros jóvenes hegelianos, es una crítica demoledora de las posiciones de los neohegelianos. La mayor parte de La Sagrada Familia se debe a la pluma de Marx.

Al hacer la crítica de los conceptos idealistas y subjetivistas de los hermanos Bauer y sus correligionarios, que únicamente consideraban agentes de la historia a unos cuantos elegidos, Marx y Engels formularon una de las tesis principales del materialismo histórico: los auténticos artífices de la historia no son los héroes, sino las masas populares; eran ellas, cada vez más amplias a medida que corría la historia, quienes impulsaban conscientemente el desarrollo histórico de la sociedad.

En La Sagrada Familia se formula, ya casi ultimada, la concepción de Marx y Engels acerca de la misión histórica del proletariado. Contrariamente a los socialistas utópicos, que sólo veían en el proletariado una masa impotente y mártir, Marx y Engels consideraban que la clase obrera era una fuerza social capaz de llevar a cabo la transformación revolucionaria de la sociedad. La idea de la misión histórica del proletariado fue la piedra angular del armonioso edificio del comunismo científico. Lo fundamental en la doctrina de Marx -decía Lenin- es el esclarecimiento de la misión histórica del proletariado como creador de la sociedad socialista Gracias a este descubrimiento genial, el socialismo se convirtió de utopía en ciencia, adquiriendo por vez primera una base real y ligándose a los destinos de la clase revolucionaria en desarrollo. Con La Sagrada Familia se sentaron los cimientos de una nueva concepción revolucionaria y materialista de la ideología del proletariado.

No obstante, la propaganda de esta nueva concepción, que iba madurando en Marx y Engels, tropezaba con grandes dificultades. Después de la publicación del primer número doble, los Anales franco-alemanes dejaron de salir. Ello se debió, principalmente, a las profundas divergencias surgidas en el seno de la redacción entre Marx y el radical burgués Arnold Ruge. Las discrepancias en cuestión llevaron a la ruptura y a una polémica abierta entre ellos -en el periódico alemán ¡Adelante! (Vorwarts!), editado en París- en torno a la apreciación de la insurrección de los tejedores de Silesia (junio de 1844). Ruge decía que aquella insurrección había sido un motín ciego e insensato, mientras que Marx aplaudía con entusiasmo la primera acción del proletariado alemán, advirtiendo satisfecho manifestaciones de conciencia de clase en la actuación de los obreros insurrectos. Influido por Marx, el periódico empezó a adquirir una orientación comunista y una notoria tendencia antiprusiana.

Debido a la presión ejercida por el gobierno prusiano, Marx, lo mismo que algunos otros colaboradores del periódico, fue expulsado de Francia y se trasladó en febrero de 1845 a Bruselas. Al enterarse de que el gobierno prusiano hacía gestiones para que el gobierno belga lo entregase a las autoridades alemanas, Marx renunció en diciembre de 1845 a la ciudadanía prusiana, aunque nunca adoptó ninguna otra nacionalidad.

En la primavera de 1845 llegó a Bruselas Engels, que había concluido su obra La situación de la clase obrera en Inglaterra. Al sintetizar en este libro la experiencia de lucha de los obreros ingleses, Engels fundamentó la idea de la misión histórica del proletariado. Posteriormente, refiriéndose a sus entrevistas con Marx en la capital belga, Engels escribió: Cuando volvimos a reunirnos en Bruselas, en la primavera de 1845, Marx […] había desarrollado ya, en líneas generales, su teoría materialista de la historia, y nos pusimos a elaborar en detalle y en las más diversas direcciones, la nueva concepción descubierta.

Para elaborar con detalle la ciencia sobre la sociedad, Marx y Engels empezaron a redactar una nueva obra común, La Ideología Alemana. En abril de 1846, la obra estaba casi acabada, pero nadie quiso editarla. No se publicó en su integridad hasta 1932 en la Unión Soviética en alemán.

En La Ideología Alemana aparecen formuladas, en sus rasgos más importantes, las principales tesis del materialismo histórico, gran descubrimiento de Marx, que constituye un cambio radical, una verdadera revolución en el modo de comprender la historia universal. Este descubrimiento transformó la historia en ciencia.

Después de demostrar la tesis del materialismo histórico acerca del papel determinante que tiene la producción de los bienes materiales en la vida de la sociedad, Marx y Engels esclarecieron la dialéctica del desarrollo de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. Fueron los primeros en formular, en La Ideología Alemana, su tesis sobre las formaciones económico-sociales. Al poner de manifiesto la regularidad objetiva del proceso histórico, demostraban que, al igual que el feudalismo fue remplazado por el capitalismo, éste sería sustituido por otro régimen social nuevo: por el socialismo.

En La Ideología Alemana se fundamenta la tesis de que, en las sociedades integradas por clases antagónicas, la lucha de clases es la fuerza motriz del desarrollo. Para el paso del capitalismo al socialismo, son condiciones indispensables la lucha de clase del proletariado y la revolución socialista. Para suprimir la sociedad capitalista, el proletariado, como cualquier clase que aspire al dominio, debe, ante todo, conquistar el poder político. Esta tesis de Marx y Engels encierra el germen de su doctrina sobre la dictadura del proletariado. En La Ideología Alemana se esbozan los contornos de la futura sociedad comunista.

El comunismo, que era para los socialistas utópicos el sueño quimérico en un espléndido futuro, es para Marx y Engels una finalidad condicionada objetiva e históricamente que se alcanza con medidas prácticas de carácter revolucionario. En el libro someten a una profunda crítica la filosofía idealista de Hegel y de los jóvenes hegelianos. Al mismo tiempo que reconocían los méritos de Feuerbach en la lucha contra el idealismo, Marx y Engels demostraron que el materialismo feuerbachiano era contemplativo y metafísico, haciendo hincapié en la ligazón indisoluble entre la teoría y la práctica revolucionarias, así como en el eficaz papel transformador de la teoría. Esta idea está expresada con la máxima concisión y claridad en las Tesis sobre Feuerbach, escrita por Marx en 1845: Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.

La Ideología Alemana también critica la teoría pequeño-burguesa, reaccionaria y utópica conocida bajo el nombre de socialismo auténtico. La obra constituye una importante etapa en la formación de los fundamentos filosóficos del comunismo científico, o sea, del materialismo dialéctico y del materialismo histórico. Este descubrimiento genial, la mayor conquista del pensamiento humano, hizo por vez primera de la filosofía una ciencia que reflejaba fielmente las leyes objetivas del desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento humano. La única filosofía auténticamente científica, la filosofía marxista, es un arma no sólo para conocer el mundo, sino también para transformarlo.


La nueva teoría revolucionaria no podía abrirse paso entre las masas obreras más que luchando con intransigencia contra la ideología burguesa imperante en la sociedad capitalista y contra las numerosas formas de comunismo pequeño burgués, entonces tan en boga, que desviaban a los obreros del camino de la lucha de clases y los llevaban al terreno de la utopía y de las quimeras. En las cartas y circulares del Comité de Bruselas, Marx y Engels sometieron a una crítica fulminante el llamado socialismo auténtico (Moses Hess, Carlos Grün, Hermann Kriege y otros), los cuales, con su prédica del amor y la fraternidad, pretendían reconciliar al proletariado con la burguesía. El más importante de los auténticos era Carlos Grün que había conocido a Proudhon en París en 1844. Su obra Die Soziale Bewegung in Frankereich und Belgien fue la primera que dio a conocer a Proudhon a los revolucionarios alemanes. Grün era un hombre de letras polifacético que, como Proudhon, ocupó durante un corto y decepcionante período un puesto de parlamentario en la Asamblea Nacional Prusiana, en 1849 y pasó gran parte de su vida en el exilio, hasta su muerte en Viena en 1887.

Hermann Kriege (1820-1850) era otro de aquellos que irónicamente Marx y Engels calificaban de auténticos. Estudiante y luego periodista, había sido presentado por Feuerbach a la Liga de los Justos para colaborar en el Comité bruselés de correspondencia. La Circular contra Kriege, escrita por Marx y Engels en mayo de 1846 fue un documento muy importante y da perfecta idea de su lucha contra el socialismo auténtico, que sustituyó la lucha de clases por una empalagosa saturación de amor, como escribió Engels muchos años después. En esencia, diría Marx en La ideología alemana que los alemanes habían importado la literatura socialista francesa a Alemania, pero no habían importado las condiciones materiales que habían dado lugar a esa literatura.

Kriege desapareció en Estados Unidos; tras la revolución de 1848 todo el movimiento desapareció, como dijo Mehring sin dejar huella.

Mucho más consistentes e influyentes eran las teorías de Guillermo Weitling (1808-1971). Sastre de profesión, Weitling era uno de los primeros artesanos revolucionarios alemanes, representante destacado del socialismo utópico de aquel tiempo. Como muchos artesanos de aquella época, iba de una ciudad a otra y, en 1835, ya había estado en París, donde en 1837 se instaló durante un largo tiempo. A finales de 1838, escribió, a petición de sus camaradas, el artículo La humanidad tal como es y tal como debe ser, en el cual defendía un tipo de socialismo vulgar e igualitarista. En 1842 publicó su principal obra, Las garantías de la armonía y de la libertad, en la cual exponía las opiniones adelantadas ya en 1838.

En París se afilió a la Liga de los Justos y estudió las teorías de Lamennais, representante del socialismo cristiano, de Saint-Simon y de Fourier. También mantuvo contacto con Blanqui y sus correligionarios. Luego tuvo que huir a Suiza, donde, después de una infructuosa tentativa para llevar la acción propagandística a la zona francesa y luego a la alemana, empezó a organizar con algunos camaradas círculos entre los obreros y emigrados alemanes.

En Suiza encontró a Bakunin, sobre quien ejerció una poderosa influencia. En la primavera de 1943 le detuvieron en Zurich, le abrieron un sumario con varios acusados, entre ellos Bakunin, que se encontró complicado en el asunto y tuvo que huir.

Tras cumplir su condena, Weitling fue enviado nuevamente a Alemania en mayo de 1844. Después de toda clase de vicisitudes, consiguió llegar a Londres, por Hamburgo, donde fue recibido con grandes honores. En su honor se organizó una gran asamblea a la cual asistieron, además de los socialistas y cartistas ingleses, los emigrados franceses y alemanes. Fue la primera gran asamblea internacional en Londres. Proporcionó a Schapper la ocasión para organizar, en octubre de 1844, una sociedad internacional denominada Sociedad de los Amigos democráticos de todos los pueblos. Se propuso como objetivo el acercar a todos los revolucionarios de cualquier nacionalidad, reforzar la fraternidad entre los distintos pueblos, y conquistar los derechos sociales y políticos. Estaba dirigida por Schapper y sus amigos.

Weitling permaneció en Londres casi un año y medio y, al principio, gozó de gran influencia entre la sociedad obrera londinense, en la cual tenían lugar apasionadas discusiones, especialmente sobre los temas ligados al momento actual. Pero pronto chocó con una fuerte oposición. Durante su separación, sus antiguos camaradas (Schapper, Bauer, Moll) ya se habían familiarizado con el movimiento obrero inglés y habiendo aprendido las doctrinas de Owen. Sin embargo, siempre preservó una gran influencia entre los obreros de toda Europa y seguía siendo uno de los hombres más populares y conocidos no sólo entre los obreros, sino también entre los intelectuales alemanes. El célebre poeta Heine nos dejó una descripción de su encuentro con Weitling:

Lo que más hería mi orgullo era la descortesía de este muchacho respecto a mi persona durante la conversación. No se había quitado el sombrero, y mientras yo permanecía de pie, él estaba sentado en un banco, con su rodilla derecha a la altura del mentón; con la mano libre no dejaba de frotarse la rodilla. Primeramente tomé esta postura irrespetuosa por una costumbre contraída durante el ejercicio de su oficio de sastre, pero pronto me desengañó. Cuando le pregunté por qué no dejaba de rascarse la rodilla, me respondió con todo indiferente, como si se tratara de la cosa más corriente, que, en las diferentes prisiones alemanas donde había estado, le tenían encadenado; pero como la anilla de hierro que le rodeaba la rodilla era a menudo demasiado estrecha, le había quedado una picazón que le hacía rascarse la rodilla… Confieso que retrocedí algunos pasos cuando este sastre, con su repugnante familiaridad, me narró estas historias sobre cadenas de prisiones… ¡Extrañas contradicciones en el corazón humano! Yo, que, un día, besé en Munster respetuosamente las reliquias del sastre Jean de Leyde, las cadenas que llevó, las tenazas con que le torturaron, yo que me entusiasmé por un sastre muerto, sentía una repulsión invencible hacia este sastre vivo, hacia este hombre que, sin embargo, era un apóstol y un mártir de la misma causa por la cual había sufrido el glorioso Jean de Leyde.


Aunque esta descripción no honra al poeta, muestra la profunda impresión que Weitling le produjo. Heine aparece como un gran señor del pensamiento y del arte que considera con curiosidad, no exenta de repugnancia, al tipo luchador que todavía le es extraño. Con esta curiosidad ociosa es como los poetas examinan a un revolucionario. Por el contrario, un intelectual como Marx se comportaba con Weitling de otro modo. Para él, Weitling era el portavoz inteligente de las aspiraciones de este mismo proletariado al cual acababa de formular su misión histórica. He aquí lo que escribía sobre Weitling antes de conocerle:

¿Qué obra sobre el tema de su emancipación política podría oponer la burguesía (alemana), comprendidos sus filósofos y sus publicistas, a la obra de Weitling:

 ¿Las garantías de la armonía y de la libertad? Que se compare la seca mediocridad y el abotargamiento de la literatura política alemana a este brillante comienzo de los obreros alemanes, que se comparen estas botas de siete leguas del proletariado naciente con los zapatos de la burguesía, y descubrirán en el doliente proletariado al futuro atleta de estatura gigantesca.


Marx y Engels consideraban muy importante ganarse a los círculos obreros que se encontraban bajo la influencia de Weitling. Tenían que intentar trabar conocimiento con él. En el verano de 1845, durante su corta estancia en Inglaterra, ambos conocieron a los cartistas ingleses y los emigrados alemanes pero no se sabe si se encontraron también con Weitling, que entonces vivía en Londres. No establecieron estrechas relaciones con él hasta comienzos de 1846, cuando Weitling fue a Bruselas, donde Marx se había establecido en 1845, cuando fue expulsado de Francia.

Marx y Engels realizaron numerosos esfuerzos para ponerse de acuerdo con él en una plataforma común. Hicieron todo lo posible para que renunciara a sus confusas ideas y llegase a comprender el comunismo científico.

Weitling no era un utopista al estilo de Fourier y los demás, sino que -influenciado en parte por Blanqui- no creía en la posibilidad de llegar al comunismo por medio de la persuasión sino únicamente por la violencia. No atribuía ninguna importancia a la acción propagandística. Cuanto más rápidamente se destruya la sociedad existente más rápida será la liberación del pueblo. El mejor medio para conseguirlo es provocar el desorden extremo, la anarquía social existente. Cuanto peor vayan las cosas, mejor. Para atraer a las masas juzgaba necesario explotar el sentimiento religioso. Escribió un Evangelio de los pobres pecadores para hacer de Cristo un precursor del comunismo, al que representaba como un cristianismo desprovisto de todos los ingredientes marginales que se la habían ido añadiendo a lo largo de los siglos.

Había elaborado con todo detalle el plan de una nueva sociedad bajo la forma de una sociedad comunista dirigida por un pequeño grupo de hombres buenos. Era un obrero muy inteligente que se había formado a sí mismo, que poseía un talento literario considerable, pero que tenía todos los defectos de los autodidactas. El autodidacta se dedica a sacar de su interior algo ultranuevo; inventa cualquier aparato extremadamente ingenioso, y, posteriormente, con la experiencia, constata que ha gastado su esfuerzo y un tiempo considerable en descubrir el Mediterráneo. Busca un perpetuum mobile cualquiera, inventa un modo de hacer feliz al hombre, o transformarlo en sabio en un abrir y cerrar de ojos. Weitling pertenecía a esta especie de autodidactas. Quería descubrir un medio que permitiera a los hombres el asimilar casi instantáneamente cualquier ciencia. Quería inventar un idioma universal. Hecho característico: otro autodidacta, un obrero, Proudhon, también había emprendido esta tarea. A veces es difícil discernir qué es lo que más deseaba Weitling, lo que prefería, si el comunismo o el idioma universal. Auténtico profeta, no soportaba ninguna crítica, y alimentaba una particular desconfianza hacia las personas cultas, a quienes sus manías no interesaban.

El elemento más seguro, el más revolucionario, capaz de destruir esta sociedad, era, según Weitling, el lumpenproletariado, los vagabundos e incluso los delincuentes. Para Weitling, el proletariado no era una clase particular con intereses particulares. Era solamente una parte de la población pobre, oprimida y, entre estos elementos pobres, el más revolucionario era el lumpenproletariado. Weitling sostenía que los ladrones representaban uno de los elementos más firmes en la lucha contra la sociedad existente.

Pero Weitling ya no era entonces un joven candoroso, como dijo Engels. Por todas partes veía trampas, rivales y envidiosos de su superioridad. Aunque Marx le acogió en su casa en Bruselas con una paciencia casi sobrehumana, no logró atraérselo a las filas revolucionarias. El crítico ruso Paul Annenkov, que pasó entonces por Bruselas camino de Francia, cuenta que durante una reunión tuvo lugar una violenta discusión entre Marx y Weitling. Dando un puñetazo sobre la mesa, Marx le gritó a Weitling: La ignorancia nunca ha ayudado a nadie y nunca ha tenido ninguna utilidad. Según una carta del propio Weitling, en aquella reunión Marx sostuvo que era necesario depurar las filas de los comunistas y criticar las ideologías inconsistentes; declaró que era necesario renunciar a todo socialismo que se apoyara únicamente en la buena voluntad; que la realización del comunismo debía estar precedida de una época en la cual la burguesía detentaría el poder. Como Bakunin, Weitling estaba en contra del trabajo preparatorio de tipo propagandístico, bajo el pretexto de que los pobres siempre estaban dispuestos para la revolución, y que, por consiguiente, esta última podía realizarse en cualquier momento mientras hubiera jefes resueltos. Por consiguiente, otra de las divergencias de Marx y Engels con Weitling podía resumirse en el principio de que sin teoría revolucionaria no puede haber ningún movimiento revolucionario.

En mayo de 1846 se consumó la ruptura. Weitling partió hacia Londres, de donde pasó a América, lugar en el que permaneció hasta la revolución de 1848. Tras su traslado definitivo a los Estados Unidos en 1849, Weitling renunció al comunismo y se vinculó aún más estrechamente al mutualismo proudhoniano.

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