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Memoria Histórica

Política y estrategia

No cabe duda de que el general nazi Reinhardt Gehlen es uno de los personajes más fascinantes, no sólo de la Segunda Guerra Mundial sino, sobre todo, de la posguerra. Estuvo a las órdenes del III Reich, luego de Estados Unidos y, finalmente, de la República Federal de Alemania, lo cual, expuesto de esa manera, parece aludir a tres cosas muy distintas…

Es inevitable que un personaje así escribiera sus memorias tras jubilarse en 1968 como director del servicio secreto alemán (*), bastante decepcionantes por cierto porque no cuenta ni la décima parte de lo que sabía.

Cuando las escribió hacia 1970, el nazi quiso dejar bien claro que, antes que nada, era un anticomunista furibundo. Habría que haberle escuchado en 1940, en plena etapa de esplendor del hitlerismo.

Pero con la derrota nazi y el paso del tiempo, el general se presentaba como un “nacionalista alemán”, quizá escorado hacia eso que llaman “extrema derecha” los que nunca llaman a las cosas por su nombre.

Veamos. Durante toda la guerra Gehlen luchó en el frente oriental contra el Ejército Rojo al mando de algo impropio de un “nacionalista alemán”: las unidades “extranjeras” incorporadas a la Wehrmacht.

En cuanto acabó la guerra se puso, con todos sus hombres y sus medios, al servicio de su anterior “enemigo” (pg.125), una potencia también “extranjera”, Estados Unidos, que ocupaba militarmente el suelo alemán, del que nunca se ha marchado. ¿Dónde está el nacionalismo de los fascistas?

Es ocioso insistir en la naturaleza ideológica de Gehlen. Su “nacionalismo” era como el de todos los fascistas, pura retórica, la misma que le impide referirse a su enemigo en el frente como “soviético”. Lo que él vio en las trincheras eran “rusos”.

Como buen oficial de Estado Mayor, Gehlen entendió a la perfección las causas de la victoria del Ejército Rojo en la Segunda Guerra Mundial: “Los rusos tenían una inteligencia estratégica y política de formidable calibre y gran astucia”, escribe (pg.81).

Si Gehlen no hubiera estado tan absorbido por su mentalidad chovinista podía haber añadido que en 1941-1945 los verdaderos “alemanes” fueron “los rusos”.

No es, pues, como lo pintan los documentales de la tele. La guerra no la perdieron “los alemanes”, a los que siempre presentan, por su propia naturaleza, como superiores a “los rusos” antes y ahora. Si, como explica Gehlen, la Segunda Guerra Mundial, como cualquier otra guerra, no es más que política (pg.93), la victoria soviética significa que políticamente la URSS estaba por encima del III Reich -faltaba más- y, consiguientemente, por encima de cualquier otro país de aquella época.

Cuenta Gehlen que el proyecto de Hitler era la “destrucción del estado ruso”, la “liberación” del comunismo, lo cual sólo era posible “con la ayuda del propio pueblo ruso” porque las guerras modernas no se entablan entre ejércitos sino entre pueblos (pg.92). “En la política y la guerra modernas no se puede prescindir del factor psico-político”, concluye el general nazi (pg.110) en un capítulo de sus memorias sugerentemente titulado “Cortejando a los rusos”.

Las alusiones de Gehlen ayudan a entender el verdadero proyecto político que los nazis tenían para la URSS tras su rápida victoria militar: ¿a quién cortejar?, ¿a quién poner al frente del nuevo Estado ruso?, ¿quiénes eran sus sicarios en Moscú?, ¿quiénes formaban parte de las redes de Gehlen en la URSS? El general reconoce que en la posguerra uno de sus espías llegó a ministro de la República Democrática Alemania. Pero no dice nada de la etapa anterior a la guerra, ni de sus infiltrados dentro de la URSS.

A la inversa, las redes de Gehlen explican las depuraciones políticas y militares inmediatamente anteriores a la guerra que se llevaron a cabo en el Partido, el Estado, el Ejército Rojo y todas y cada de las instituciones públicas y privadas de la URSS. Los depurados eran esos cómplices rusos que el III Reich pretendía “cortejar” para imponer sus planes de destrucción de la URSS. La conclusión es obvia: en la victoria soviética de 1945 tan importante como los disparos de la artillería fueron las previas depuraciones políticas de finales de los años treinta.

Lo que Gehlen recuerda en sus memorias no sólo es el abecedario de cualquier guerra sino, naturalmente, de cualquier desafío político moderno. Las batallas políticas no sólo las pierden quienes sostienen una estrategia equivocada, sino -sobre todo- quienes no tienen ninguna, quienes la reducen a seguir una táctica tras otra, a eso que ahora llaman “gestión”, a interpretar sondeos electorales y contar votos.

Si en las batallas políticas y militares no sólo triunfan los ejércitos sino las masas, quien se pone incondicionalmente, de verdad, a su servicio tendrá ganada la primera pelea y la más importante.

(*) Servicio secreto. Memorias del jefe del servicio de inteligencia alemán, Barcelona, 1972.

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Memoria Histórica

El ejército de Pancho Villa en el Pentágono

Es una buena señal de la excelente salud de la “dirección general” de las fuerzas armadas de Estados Unidos: el superávit de estrellas, como el cielo de verano sin nubes, sobre las costas griegas, en medio del desembarco de emigrantes-refugiados. Según el Daily Beast, que proporciona una contabilidad muy precisa, en la “guerra” (denominación oficial) de Estados Unidos contra el Califato Islámico hay actualmente, (para un total de 5.000 soldados), un general cada 416 efectivos; 21 generales. Aunque Irak va en cabeza: para “ninguna fuerza USA combatiente”, según el Pentágono tenemos 12 generales de las fuerzas armadas estadounidenses. Según las cifras oficiales, la relación es incluso más impresionante, porque el Pentágono afirma que hay solamente 3.870 soldados afectos a la “guerra” contra el Califato Islámico, lo que nos da un general para 323 soldados. Es la cuenta del propio Daily Beast, que corrige la cifra oficial aumentándola a 5.000.

Es un porcentaje notable y excepcional a la vez si lo aplicamos a Estados Unidos, que supera los múltiples ejemplos de ejércitos a lo Pancho Villa que nos da la historia. El artículo de Nancy A. Yussef merece ser leído con la máxima atención, ya que detalla las posiciones, las especialidades, lo útil y necesario de esta lluvia de estrellas permitiéndonos tener una medida de este extraordinario “imbroglio”, y también la ineptitud del laberinto burocrático en que se han convertido las fuerzas armadas de Estados Unidos.

Estos generales están repartidos en el teatro de operaciones, (en tanto que se pueda hablar de “teatro” y de “operaciones”), en los países adyacentes a este “teatro” y naturalmente en Estados Unidos. También en Estados Unidos está el cuartel general del Central Command (CentCom), que cubre la zona geográfica del Próximo y Medio Oriente hasta Pakistán, con otros tantos puntos de mando. Los generales de CentCom “se cuentan por docenas”, precisa el artículo, lo que podría llevarnos ampliamente mas allá del centenar.

El Pentágono proporciona diversas explicaciones a esta situación, que se juzga como “normal” y “útil” y “necesaria”. Una de esas explicaciones es que las reducciones masivas de efectos norteamericanos desde hace medio siglo no han afectado más que a los soldados y suboficiales, mientras que los efectivos de oficiales y generales permanecen igual. Otra es la adición de la complicación y la multiplicación: la complicación del “tecnologismo” y de sus desarrollos, de los sistemas, de las gestión de los sistemas, del empleo de los sistemas, de la contabilidad y los líos contractuales relacionados con esos sistemas; la multiplicación de los servicios anexos a las fuerzas armadas según la evolución de los conflictos, con los sistemas relacionados con esos sistemas; la multiplicación de los servicios anexos a las fuerzas armadas según la evolución de los conflictos, con los sistemas de comunicación, la guerra psicológica, las diversas misiones de ciberguerra, las relaciones públicas, las cuestiones societarias, la politización y militarización de algunas de sus actividades, y desde luego las burocracias de control y de gestión que controlan todos los servicios de control y gestión.

El resultado de esta evolución es la constante creación de servicios anexos, y de servicios anexos a los servicios anexos, en todas las ramas de la burocracia, de la logística a la contabilidad, al análisis, a la inteligencia, a la prospectiva, etc. Esta evolución constituye una especie de círculo vicioso: el desarrollo burocrático está en parte justificado por la necesidad de que haya constantemente un exceso de generales mediante la creación de puestos a medida, mientras que este desarrollo burocrático justifica por si mismo el mantenimiento de la impresionante plétora de generales y la necesidad de mantener la dinámica del proceso de incremento de los cuerpos de generales. Dos secretarios de Defensa intentaron atacar recientemente este problema. Robert Gates propuso en 2008 la supresión de cincuenta generales y almirantes. Nadie ha podido decir nunca si esta recomendación se llevó a cabo y quedará como un secreto de polichinela, clasificado como “secreto de Defensa” en este inicio del siglo XXI, del que se pueda adivinar el resultado. Hagel, que sucedió a Gates, comenzó la reducción de un 20% de la plantilla de generales (así como de la burocracia civil), pero, según la frase típica “no permaneció suficiente tiempo en su puesto para finalizar esta reforma”.

El ejército de Estados Unidos es hoy el más pesado, más lento, más burocratizado, mas esclerotizado del mundo, y de una manera general de toda la historia militar; ciertamente más que el ejército soviético antes del hundimiento de la URSS. También tiene el presupuesto más alto, cuando no monstruoso, sobrepasando muy ampliamente los dos tercios de todos los gastos militares del mundo, con un presupuesto real cercano al billón doscientos mil millones de dólares anuales (cerca del doble del presupuesto “oficial”). Según el GAO (Goverment Accountability Office) de 2013, solamente el capítulo de mantenimiento digamos “doméstico” (limpieza, mantenimiento de las máquinas de Coca Cola, etc.) de los puestos de mando generales y de los cuarteles generales de las fuerzas armadas de Estados Unidos se ha duplicado entre 2007 y 2012, hasta alcanzar 1.100 millones de dólares. En 2001, la víspera del 11 de septiembre, un secretario de Defensa famoso, Donald Rumsfeld, advirtió que la mayor amenaza contra los Estados Unidos es el Pentágono.

En los cuarteles generales dentro de la Zona Verde fortificada de Bagdad, incluso los tenientes y coroneles están saludando a superiores a una tasa que supera la del Pentágono y desde luego cualquier instalación militar normal. Con unas 5.000 tropas desplegadas en Irak y Siria, esto significa que hay un general por cada 416 efectivos, más o menos. Para comparar, hay algunos capitanes en el ejército de Estados Unidos al mando de este mismo número. Además, muchos de esos generales vienen con su plantilla y su burocracia, que algunos indican como causa de las lentas decisiones contra un grupo de terror ágil.

Está el general de tres estrellas a cargo de la guerra, Sean MacFarland y sus dos delegados, uno de los cuales está en Irak de forma continua. Está el general de dos estrellas al mando del campo de batalla, Gary Volesky, y sus dos delegados, que también viajan entre Irak y Kuwait. Está el general de dos estrellas a cargo de la cooperación en seguridad (cosas tales como las ventas militares) y su delegado. Están los generales de una estrella al mando de la inteligencia, las operaciones, las futuras operaciones, la determinación de objetivos y apoyo sobre el terreno. Hay también un número no declarado de comandantes de las Fuerzas Especiales en el campo de batalla, de quien el ejército no habla públicamente; la cifra de una docena supone al menos un general de las Fuerzas especiales de una estrella.

Y esto es solamente el principio. Este número no incluye la bandada de generales destinados en lugares como Bahrein, Kuwait y Qatar para apoyar la misión. Ni cuenta el general de tres estrellas y sus dos ayudantes al mando del Comando Central de las fuerzas aéreas, estacionada en la base  Shaw Air Force, Carolina del Sur. También está el de Marina de tres estrellas a cargo del Comando Central de la Marina, basada en la Mac Dill Air Force de Florida, y su delegado y contrapartes en la Flota. Los tres Comandos son responsables de Medio Oriente. Finalmente, hay un número de generales de los aproximadamente 60 países en coalición. The Daily Beast sabe de tres de ellos apoyando a los generales de Estados Unidos, de Australia y del Reino Unido.

Una vez incluidos estos generales adicionales, hay al menos 21 altos mandos en Irak, número que incluso fuentes militares consideran conservador, como también hay probablemente otros generales de la coalición y posiblemente otros comandantes de Fuerzas especiales. Oficialmente hay 3.870 efectivos estadounidenses, el equivalente de una brigada pesada, que normalmente es dirigida por un coronel. Un solo coronel.

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Memoria Histórica

El papel de la Iglesia Católica croata en los crímenes de guerra fascistas (2)

En las postrimerías de la última Guerra Mundial el partido croata fascista construyó una  red paralela propia para su defensa, y poder escapar de los juicios de los tribunales por crímenes de guerra. Son esas redes de “huida” lo que en la bibliografía se conoce como “ratlines”, las vías de las ratas.Estas vías ustachis tenían su sede en Roma, y fueron construidas con el necesario apoyo y protección del Vaticano. Es un episodio más del significante papel de la Iglesia católica en las estrategias globales de la guerra fría y la política estadounidense para Europa.

Estas “ratlines” fueron rápidamente detectadas e igualmente protegidas por el llamado Counter Intelligence Corp del Ejército norteamericano, que fue el precedente inmediato de la CIA. A partir de 1948, con el inicio de la guerra fría, se amplia el ámbito de las operaciones secretas cuya responsabilidad descansaba sobre antiguos fascistas, y empieza el flujo de millones de dólares hacia organizaciones, publicaciones y agentes fascistas croatas y albaneses. E, independientemente, de su proclamada lucha contra el “comunismo», había un objetivo: romper Yugoslavia. La supervivencia y continuidad del fascismo croata, que volvió al poder bajo la presidencia de Franco Tujdman en 1991, fue responsabilidad del gobierno norteamericano y de estas políticas. La pervivencia de estos fascismos y su responsabilidad en la guerra civil que asoló la antigua Yugoslavia en la década de los 90 está abundantemente recogida en la bibliografía.¿Por qué juega Roma un papel esencial en la huida de los criminales de guerra? Se hace difícil contestar a esta pregunta, si pensamos que el fascismo fue derrotado en Italia.

Pero si bien el gobierno fascista fue derrocado, su aliado más importante y poderoso, la Iglesia Católica, evitó cualquier castigo o represalia. La protección por parte de la Iglesia a nazis y fascistas se llevó a cabo sin ninguna molestia por parte de las potencia vencedoras en la guerra; y no es nada sorprendente que por parte del Vaticano jamás se ha renunciado a los contenidos de muchas declaraciones antijudías y pro-fascistas emitidas a lo largo de las décadas de los años 30 y 40. Pero, en particular, hay una organización, muy cercana al núcleo duro del Vaticano, que tiene una especial responsabilidad de organizar el escape a la mano de la justicia de los criminales fascistas.

Esta organización se denominaba Intermarium, que desarrolló estrechas relaciones con los partidos nazis y fascistas desde los primeros años 30, pero que continuó durante y después de la II Guerra Mundial. Entre sus miembros encontramos individuos con responsabilidades de gobierno en los países fascistas; además de los líderes ustachis, tenían miembros en Eslovenia, Eslovaquia, Hungría, Ucrania y Lituania. El favoritismo por parte del Papa Pio XII hacia el fascismo croata no era ningún secreto, y es a través de los canales vaticanos como Intermarium recoloca a los fascistas en América del Sur.

Y no sólo elementos individuales. En 1946 Intermarium obtiene la intervención de Pio XII para poner a buen recaudo una división completa de las Waffen SS, compuesta de ucranianos (11.000 personas) y sus familias. No creemos que haga falta recordar que esta división participó en algunos de los más salvajes crímenes de la historia, como fueron las eliminaciones masivas de judíos, rusos y comunistas en Ucrania y Polonia. En palabras vaticanas, simplemente eran “buenos soldados” (citado por John Keegan en Waffen SS: the Asphalt Soldiers, Purnell’s History of the Second World War, Londres, 1970).

En líneas anteriores se ha tratado la participación y la supervisión por parte de los clerical-fascistas de las deportaciones y ejecuciones en masa de judíos y comunistas, como en Latvia y Lituania, y del genocidio serbio en Croacia, en aras de un “Estado católico puro”. Algo que hay que mencionar es la participación que tuvieron las divisiones musulmanas en Bosnia, que entonces formaba parte del estado de Croacia.

Croacia constituyó dos divisiones pertenecientes a las SS formadas por musulmanes bosnios, la 13 División “Handjar” y la 23 División llamada “Kama”. Hubo una tercera división musulmana encuadrada en las SS, la División “Skanderberg”, formada por musulmanes albaneses y montenegrinos, pero la más importante fue la mencionada “Handjar”, orientada doctrinalmente por el Gran Muftí de Jerusalén en el racismo anti-judio y anti-serbio. Militarmente, fue derrotada por los partisanos que supuestamente iba a combatir, por lo que se dedicó principalmente a la menos peligrosa tarea de eliminar civiles serbios. Debieron efectuar bien ese trabajo, porque lo que era una mayoría de población serbia en Bosnia se convirtió en una minoría tras la guerra.

Los franciscanos fueron los más distinguidos en estos actos que hoy llamaríamos limpieza étnica y, entre ellos sin duda destaca Krunoslav Draganovic, por su trayectoria durante y después de la guerra. Secretario del arzobispo de Sarajevo, Draganovic se convirtió tras la independencia de Croacia en uno de los líderes ustachis, llegando a ser coronel y participando directamente en la organización y ejecución de matanzas de serbios. Además Draganovic trabajó en el Ministerio para la Colonización Interna, encargado del reasentamiento de católicos y musulmanes en las tierras de los serbios ejecutados o deportados, así como de la administración de los bienes robados a estos. En 1943, ante el cambio del curso de la guerra, Draganovic fue enviado a Roma como representante de la Cruz Roja Croata para ocupar el cargo de secretario del Instituto Croata del Colegio de San Girolamo degli Illirici, con muy buenas recomendaciones para el Papa Pío XII del arzobispo Alois Stepinac. En realidad, su misión en Roma era preparar lo que luego sería la principal vía de escape de los jerarcas ustachis, incluido Pavelic, vía Italia; el llamado “Pasillo Vaticano” en el que se hicieron célebres también otros clérigos como el austriaco Alois Hudal.

Hudal, rector del Colegio Pontificio de Santa Maria dell’Anima y representante de la Conferencia Episcopal Alemana ante el Papa, se hizo famoso ya antes de la guerra por su antisemitismo (afirmaba entre otras cosas que el estado liberal era el responsable de haber derribado los muros del gueto) que le llevó a dar su visto bueno a las leyes de Nuremberg, y por intentar conciliar el nazismo con la fe católica. Hudal, ferviente nacionalista alemán, veía el nacionalsocialismo como una continuación del Sacro Imperio Romano Germánico, que podía hacer frente al peligro del marxismo y el judaísmo.

Además, Draganovic aparece como personaje central en la desaparición de unos 350 millones de francos suizos que procedían del expolio de los serbios, judíos y gitanos deportados. Según varias fuentes, el dinero fue sacado de Yugoslavia vía Austria, previo pago a las autoridades británicas de 150 millones para que hicieran la vista gorda. Hay constancia del uso de ese dinero para compensar a empresas británicas que habían sido utilizadas en el esfuerzo bélico.

El resto fue depositado en el Vaticano, y sirvió para pagar la huída y posterior exilio de los fascistas croatas en España y Sudamérica. Por el Colegio de San Girolamo, convertido en otro de los centros de la organización Odessa, pasaron también criminales de guerra nazis como Klaus Barbie, el carnicero de Lyon o Josef Mengele. Además, se sabe que algunos de los fugitivos fueron escondidos en otras dependencias del Vaticano así como en Castelgandolfo, residencia de verano del Papa, lo que hace difícil creer que las altas esferas vaticanas no estaban al tanto de la trama, tal como aseguran.

En esa época Draganovic ya había establecido contacto con el mencionado más arriba servicio de contraespionaje americano (C.I.C.), que financiaba y daba el visto bueno a algunas de estas operaciones, con la excusa de que los fugitivos eran combatientes anticomunistas. Además, Draganovic aprovechó el tirón para hacerse con una pequeña fortuna puesto que, aún siendo por presuntos motivos caritativos, el hecho es que cobró 1.500 dólares a algunos de los fugitivos por los documentos falsos que les entregó, así como 650 por el transporte hasta Argentina.

En el año 2000 el despacho estadounidense de abogados Easton & Levy inició acciones legales contra el Vaticano y la orden franciscana, así como contra varios bancos de Argentina, Suiza, España, Austria, Italia, Portugal y Alemania, representando a los herederos de los serbios expoliados durante la guerra, en un intento de que se reconociese ese otro holocausto sucedido en ella, así como la participación de la Iglesia Católica.

Primera parte

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Memoria Histórica

El papel de la Iglesia Católica croata en los crímenes de guerra fascistas (1)

Cuatro días después de que el ejército alemán invadiera Yugoslavia, Croacia proclama el 10 de abril de 1941 su independencia. Ante Pavelic, dirigente del movimiento fascista ustachi, se convierte en jefe del Nuevo Estado. El 16 de abril de 1941 el arzobispo Alois Stepinac, vicario de la iglesia católica en Croacia, da su apoyo al dictador Pavelic. La iglesia católica, la Alemania nazi y la Italia fascista apoyaron al Estado croata, que adopta leyes racistas, llevando a cabo una política de “purificación” que hace palidecer a la ejecutada por los alemanes nazis. Un tercio de la población serbia (de religión ortodoxa) fue deportada, un tercio obligada a convertirse por la fuerza al catolicismo y otro tercio exterminado.

Habiendo participado el clero católico en estos crímenes, las relaciones entre el Vaticano y el Estado yugoslavo tras la guerra quedaron profundamente afectadas. El arzobispo Alois Stepinac y otros criminales de guerra fueron juzgados y condenados en 1946. En 1952 Yugoslavia rompió relaciones con el Vaticano cuando el Papa fascista Pio XII se atreve a nombrar cardenal al citado arzobispo criminal. Alois Stepinac fue beatificado por Juan Pablo II el 3 de octubre de 1998.

Es revelador que el conflicto que destruyó Yugoslavia se viera agravado y se precipitara cuando Alemania y el Vaticano reconocieron, en 1991, la independencia de Croacia contra la opinión de otros países, como Estados Unidos y Francia.

Sobre los crímenes del Estado fascista ustachi, Jacques Merlino escribe en su libro “Las verdades yugoslavas que no se pueden nombrar”, que “la iglesia católica, dirigida por Stepinac acompaña a ese movimiento, y a veces lo anima. Existen numerosos documentos y testimonios sobre las atrocidades y crueldades cometidas en esa época. Se llenarían libros y mas libros”. Añade que “la complicidad de la iglesia católica en este genocidio está aceptada”. El alto clero de la iglesia católica croata había establecido una estrecha colaboración con las autoridades ustachis, con el arzobispo de Zagreb, el mencionado Alois Stepinac, a la cabeza. Este da la bienvenida al nuevo Estado y su bendición a Ante Pavelic.

La mayoría de los obispos católicos (en Sarajevo, Split, Hvar, Krk, Senj, Djakovo, Banja Luka, Sibenik, etc.) trabajaron activamente con el régimen, portando un cierto número de sacerdotes y monjes el uniforme de los ustachis, y especialmente los franciscanos de Bosnia, que nunca disimularon su participación en los crímenes. Tras la guerra, el Vaticano dirigió una organización de antiguos fascistas croatas que ayudó a la evasión de millares de criminales nazis. Esta organización fue la que permitió la huida del dictador Ante Pavelic, amigo de Alois Stepinac.

Tras la derrota del nazi-fascismo Ante Pavelic, presidente croata, se refugió en España. El régimen croata ustachi se distinguió por su crueldad, hasta el punto de que los alemanes lo consideraban como “excesivamente brutal”.

El régimen que surge tras la I Guerra Mundial agrupó a los eslavos del sur en el llamado Reino de Yugoslavia. En 1934, tras la subida de Hitler al poder, las potencias europeas establecen algunos contactos ante la amenaza que suponía y los incumplimientos del Tratado de Versalles.

Ese año el rey Alejandro de Yugoslavia visita Francia, dispuesto a firmar una alianza defensiva, pero en las calles de Marsella es asesinado junto con el ministro francés de Asuntos Exteriores, Louis Barthou. Las investigaciones ofrecían tal panorama de implicaciones que sólo una pequeña parte de la trama se hizo pública. La investigación del caso determinó que los autores del asesinato, miembros de la organización terrorista ustachi de Croacia, habían recibido dinero, armas y pasaportes falsos de las autoridades nazis en Munich, de Mussolini y de la Hungría de Horthy.

El 6 de abril de 1941 Hitler ataca el Reino de Yugoslavia. El ejército yugoslavo sólo consigue defenderse heroicamente durante apenas 11 días, pero su único enemigo no era el ejército alemán.

La quinta columna, organizada por el alto mando alemán llevó a cabo una serie de sabotajes y ataques en la retaguardia. Alemania e Italia lanzaron su ataque sorpresa sobre Yugoslavia el 6 de abril de 1941 y al mismo tiempo en muchos lugares de Croacia los ustachi formaban bandas armadas, que atacaban por la retaguardia a grupos aislados del ejército yugoslavo. Las bandas de los ustachi eran, en su propio país, las encargadas de colaborar con el ejército invasor del Eje en las tareas de destrucción de las líneas de comunicación y de sabotaje de los movimientos del ejército yugoslavo.

Entre esos comandos figuraban abundantes sacerdotes católicos, preludio de las matanzas que se iban a llevar a cabo durante los cuatro años de guerra. La puñalada por la espalda al ejército yugoslavo estaba muy probablemente preparada y diseñada desde los tiempos del asesinato del rey Alejandro.

La comisión de investigación que Yugoslavia crea tras la derrota del nazi-fascismo no tuvo que investigar demasiado para reunir las pruebas del protagonismo y de los culpables de un genocidio que sigue hoy día silenciado. Las pruebas estaban todas escritas. Centenares, miles de artículos en periódicos, boletines y publicaciones de la Iglesia Católica, durante el régimen ustachi, desvelaban cómo se llevaron a cabo los crímenes, y cuáles eran las orientaciones que se transmitían a la hora de eliminar a cientos de miles de personas en razón de su religión.

El genocidio, evidentemente, no sólo tuvo como diana al pueblo serbio, de religión ortodoxa, sino también a aquellos croatas que se enfrentaron al Nuevo Estado clerical fascista, a los musulmanes que no aceptaron la invasión, alemana, a socialistas, comunistas, gitanos, y naturalmente y muy especialmente, a los judíos, contra quienes se dirigieron especialmente los obispos católicos.

Pero ¿a qué se debió aquella confianza, aquella imprudencia que hizo que todas las pruebas del genocidio se pusieran por escrito? ¿Qué tipo de confianza llevaba a los frailes franciscanos a fotografiarse rodeados de sus víctimas decapitadas y mutiladas, algo que nunca jamás hicieron los nazis alemanes? De hecho, la abundancia en internet de testimonios gráficos es enorme…

Todo fue un inmenso error. Su convencimiento de que había comenzado el Imperio de los Mil Años preconizado por Hitler les hizo alardear de haber colaborado con los comandos terroristas ustachis, del uso de los monasterios para conspirar, de la organización de los jóvenes católicos en los llamados “Cruzados”, y en definitiva, de cómo se había llevado el complot por parte de la jerarquía en el Vaticano para que Alemania se apoderase de parte de Yugoslavia, implantando un siniestro y criminal régimen, el primer régimen teocrático en Europa, regido por la jerarquía católica croata.

No cabe duda de que parte del clero católico se había preparado a conciencia para el alzamiento. Su plan consistía en destruir Yugoslavia y toda posibilidad de unidad serbo-croata, creando una Croacia independiente en forma de estado fascista. Y lo habían puesto por escrito, por ejemplo, en “Hrvatski Narod” (25 de abril de 1941) donde se puede leer que jóvenes sacerdotes distribuían en Dubrovnik el programa nacionalista croata y reclamando la separación de Serbia ya en 1925. En “Nova Hrvatska” del 1 de junio de 1943 se lee que Ivan Mikan, canónigo de Ogulin, colaboraba muy de cerca con el futuro ministro Dr. Lovro Susic y que estaba preparando espiritualmente al pueblo para la proclamación de la independencia croata.

En el centro, el fraile franciscano Miroslav Filipovic-Majstorovic (Hermano Tomislav). Estuvo al frente del campo de exterminio de Jasenovac a partir de Abril de 1942. Se hizo notar por matar a niños prisioneros con sus propias manos. Fue condenado a muerte y ahorcado con el hábito que solía vestir en el campo. La orden franciscana tuvo un relevante papel en el genocidio, y, al final de la guerra, en la organización y socorro de los nazis, usando el Vaticano como lanzadera hacia América del sur.

El 11 de abril de 1941, un día después de la entrada del traidor Kvaternik y del ejército alemán en la capital croata, la emisora de radio de Zagreb instruía a la gente para dar la bienvenida al ejército alemán e indicaba que en las parroquias católicas se respondería a todas las preguntas y se darían instrucciones sobre las tareas por realizar. De este modo desde el primer día de ocupación nazi las parroquias católicas fueron utilizadas como centros de propaganda política al servicio de los invasores y de sus colaboradores ustachi. Cuando Ante Pavelic vuelve de Italia, en donde estaba refugiado, a su paso por la ciudad de Ogulin el canónigo Ivan Mikan anuncia su “programa de festejos”: “Tendremos una purga… los perros serbios serán conducidos a través del río Drina”. A los genocidas clerical-fascistas se les podrá acusar de sus crímenes, pero de nada más. Anunciaban sus planes con claridad meridiana, y se sentían orgullosos de su “claridad de ideas”.

Por ejemplo, en el boletín del arzobispo de Sarajevo, “Katolicki Tjednik” (número 35 del 31 de agosto de 1941) podemos leer un “vibrante articulo” del sacerdote Petar Pajic, en donde nos anuncia que “hasta ahora Dios hablaba a través de encíclicas papales, numerosos sermones, catecismos, publicaciones cristianas, a través de los heroicos ejemplos de los santos, etc., y ¿cuál fue el resultado? No quisieron escuchar, estaban sordos. Ahora Dios ha decidido emplear otros métodos. Va a organizar las misiones ¡Las misiones de Europa! ¡Las misiones del mundo! Que serán defendidas no por sacerdotes sino por comandantes del ejército guiados por Hitler. Los sermones se escucharán con la ayuda de cañones, ametralladoras, tanques y bombarderos. El lenguaje de estos sermones será internacional. Nadie podrá decir que no entendió ya que todo pueblo conoce con certeza lo que son la muerte, las heridas, la enfermedad, el hambre, el miedo, la esclavitud y la pobreza”.

Segunda parte

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Memoria Histórica

La masacre de 17 de Octubre de 1961 en París

La masacre de París del 17 octubre de 1961 ocurrió durante la Guerra de Argelia. La represión de la policía parisina estuvo dirigida por Maurice Papon, condenado en 1990 por crímenes contra la humanidad perpetrados durante el régimen fascista de Vichy. Durante todo el otoño de 1961 la población argelina de la región parisina sufrió la persecución de la policía. Para entonces Francia ya había más o menos perdido la guerra, y Charles de Gaulle empezaba a negociar con el FLN.

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Memoria Histórica

Para que la memoria de Marcus Klinberg no se pierda nunca

El 30 de noviembre murió en París, absolutamente olvidado, Marcus Klinberg, un comunista del que no deberíamos olvidarnos porque su biografía nos ayuda a entender algunos de los más importantes acontecimientos del siglo pasado.

Al morir con 97 años, Klinberg es casi una metáfora del mismo siglo XX y su vida como espía soviético, más apasionante que cualquier película de acción. Además de comunista, fue también un conocido científico, otra de tantas facetas que convierten a su personalidad en algo fuera de lo común.

El año pasado, poco antes de morir, publicó su autobiografía, “El último espía”, redactada en hebreo, en la que sólo relata una parte de lo que le tocó vivir, más que suficiente para apercibirse de que Klinberg fue el espía más importante que tuvo la URSS en Israel. Su tarea y la de su mujer, Wanda, era la de descubrir los planes israelíes para fabricar armas bacteriológicas.

De origen judío, Klinberg fue detenido en 1983 en Israel acusado de espionaje. En su interrogatorio dijo que él no tenía patria, que no trabajaba para un país sino para una causa: la del comunismo. La hija de ambos, que tradujo la autobiografía al francés, resumió así la vida de su padre: “Era un comunista que actuó por convicción y por reconocimiento hacia el Ejército Rojo, por haberle permitido combatir a los nazis que masacraron a toda su familia en Polonia”.

Le condenaron a él y a su mujer, a 20 años de cárcel, de los que cumplió 15 en régimen cerrado en la cárcel de máxima seguridad de Ashkelon. En 1998, cuando ya no existía la URSS, le conmutaron la pena por la de confinamiento y en 2003 se trasladó a vivir con su hija y sus nietos a París. Era un tipo de judío tan especial que no le dejaban vivir en Israel.

En Israel Klinberg estaba considerado como un universitario, un reputado científico, un investigador de primera línea que participaba en los mejores foros mundiales de su especialidad, la epidemiología. Su nieto, un conocido político francés, Ian Brossat, ha escrito otro libro, “El espía y el niño”, sobre las visitas que hizo a sus abuelos a las cárceles israelíes. Brossat recuerda el trago amargo de la transformación del prestigioso hombre de ciencia en el preso encerrado y repudiado y, finalmente, al hombre que en 1990 observa el hundimiento de aquello por lo que había luchado, la decepción y la desmoralización vividas desde el fondo de una mazmorra.

El preso más enigmático de Israel

En las cárceles israelíes Klingberg siguió siendo tan misterioso como en su vida anterior. Le juzgaron a puerta cerrada y nadie ha podido leer las actas del proceso. Luego le registraron en prisión con un nombre falso, “Greenberg”. Un famoso científico israelí había desaparecido y nadie sabía nada. Todo eran rumores. Israel dijo que había “desertado” a la URSS.En 1988 un diario neoyorkino en hebreo mencionó su detención por primera vez y poco después Peter Pringle, un periodista inglés del diario “The Observer” emprendió una investigación que fue brutalmente interrumpida por el Mossad con los métodos que le caracterizan: le abrieron el coche y se llevaron sus pertenencias, su pasaporte y sus documentos.

En 1993 el diario Haaretz tuvo que ganar un pleito contra el Estado israelí para poder contar la historia de aquel enigmático científico encerrado en la cárcel en unas condiciones de aislamiento total. Es el lastre de la “libertad de expresión”: durante 10 años la prensa israelí no pudo narrar que Klinberg había sido encarcelado por espionaje a favor de la URSS y que el castigo se mantenía a pesar de que la URSS había desaparecido. Junto con la URSS también Klinsberg había desaparecido.

¿Hacia dónde se podía huir en 1939?

Klinberg había nacido en 1918 en Varsovia en aquel ghetto que la película “El pianista” ha hecho famoso y donde su abuelo era rabino. En 1936 se matriculó en la Facultad de Medicina de Varsovia. Entonces aún no era comunista, aunque se definía como agnóstico y de convicciones progresistas. Quienes le forjaron como comunista fueron los que se habían empeñado en la lucha contra el comunismo: los nazis. En un diario juvenil fue escribiendo la repugnancia que le producían las nuevas y viejas teorías racistas, tanto nazis como polacas, que se convirtieron en la puerta de entrada a un desarrollo político personal.

En 1939 vio a los nazis ocupar Varsovia. En un momento de lucidez, su padre atisbó que la tragedia se aproximaba y le propuso huir para que, al menos, alguien de la familia se salvara del desastre. Huir, sí, pero ¿hacia dónde? A pesar de que los estúpidos manuales de “historia” de la burguesía dicen que la URSS “invadió” Polonia o se la repartió con los nazis, ni los polacos ni nadie lo vivieron así y muchísimos judíos, como Klinberg, no dudaron en el camino que debían tomar para salvar sus vidas: debían ir a la URSS. Toda la familia de Klinberg fue exterminada, tanto la paterna como la materna. Sólo se salvó él, por lo que la lección para la humanidad es más que evidente: los nazis eran la muerte y la URSS era la vida. Algunos aún no se quieren enterar de algo que entonces era tan sencillo pero tan vital para millones de personas.

La URSS no sólo acogió a un refugiado como Klinberg sino que le facilitó que culminara sus estudios de medicina en Minsk, Bielorrusia, en junio de 1941, justo en el momento en el que, tras el ataque a la URSS, los nazis volvieron a acercarse peligrosamente. La URSS le concedió la nacionalidad y el Ministerio de Sanidad le trasladó a Lida para que hiciera sus primeras prácticas de epidemiología, pero él no quiso huir por segunda vez. Aquella barbarie había que pararla en algún sitio. Prefirió combatir al fascismo de la única manera posible: con las armas en la mano.

¿Cómo pagar un tributo de sangre?

Su vida se confundió con la de la misma URSS. Estudiaba al mismo tiempo que combatía. La situación era tan delicada que no permitía elegir sólo una de las dos cosas. Siguió cursos de especialización en Perm, cerca de los Urales, de donde le trasladaron a un centro epidemiológico de Moscú.

En diciembre de 1943 le nombraron jefe de epidemiología del Ministerio bielorruso de Sanidad y acabó la guerra con el grado de capitán del Ejército Rojo. En aquel momento de euforia sus meditaciones debían ser como las de tantos millones de seres humanos a los que la URSS había rescatado del infierno: ¿cómo pagar aquel tributo de sangre?

En diciembre de 1944 Klinberg entra con el Ejército Rojo en una Polonia exterminada y arrasada por el fascismo. En muy pocos años todo su mundo anterior había desaparecido: la familia, los vecinos, los amigos, las casas, las escuelas, las calles…

En junio del siguiente año se casa con Wanda Jasinska, una colega epidemióloga, también judía, que había logrado escapar del ghetto de Varsovia, donde su familia también había sido completamente exterminada. Para los supervivientes del fascismo, Polonia era un gran vacío. Marcus y Wanda sólo se tenían el uno al otro.

En 1946 el nuevo gobierno polaco les envía a ambos con un puesto en la embajada en Estocolmo, que cambian para trabajar en un hospital de contagiosos, hasta que dos años después se crea el Estado Israel, a donde emigran. Era el momento de pagar el tributo pendiente.

El Instituto de Guerra Bacteriológica Nes Ziona

Allá obtiene en 1969 una plaza en la Facultad de Medicina de Tel-Aviv, donde a partir de 1978 dirige la Escuela de Medicina Preventiva y Social. Escribió y dirigió la publicación de una veintena de libros científicos, así como más de cien artículos de su especialidad en revistas internacionales. Desde 1979 presidía la Asociación de seguimiento de malformaciones congénitas, presidente del comité internacional que realizó al seguimiento a la catástrofe química de Seveso, en Italia, profesor de las universidades de Pensilvania, Filadelfia, Oslo, Londres, Oxford…

Como suele ocurrir en la ciencia moderna, sus galones académicos eran el reverso de la tarea que desempeñaba para el ejército israelí. Desde 1950 fue jefe de medicina preventiva militar, director del Instituto de Medicina Militar, director del Instituto de Investigación Biológica Nes Ziona…

Esa es la palabra clave: el Instituto Nes Ziona es el centro de guerra bacteriológica israelí que dirige directamente el Primer Ministro. Se saben muy pocas cosas de la repugnante tarea que llevan a cabo los “científicos” (matarifes, en realidad) que trabajan en ese centro, pero una de ellas es que han logrado elaborar 43 tipos diferentes de eso que llaman púdicamente “armamento no convencional” y que en otros sitios se conoce como “armas de destrucción masiva” que ha costado la devastación de todo un país, como Irak. Se trata de la fabricación de bacterias, virus, hongos, toxinas y venenos sintéticos para matar en masa a las poblaciones.

A unos “científicos” canallas les corresponden unos amos de la misma naturaleza. A pesar de que el Estado de Israel firmó en 1993 en París el tratado de desarme que prohíbe la fabricación, el uso y el almacenamiento de armas bacterioquímicas, actualmente en el Instituto Nes Ziona de Tel-Aviv hay (sigue habiendo) ese mismo tipo de armamento.

La firma de dicho tratado por Israel hubiera debido poner en libertad a Klinberg automáticamente, pero no fue así porque Israel necesitaba mantener todo el asunto en el más estricto secreto: el caso Klinberg era el fracaso más importante de sus todopoderosos servicios de seguridad, una prueba de la vulnerabilidad del Estado de Israel.

Eso explica algunas cosas pero no todas ni mucho menos. Si Israel es una parte de esta historia, la URSS es la otra ¿Por qué Klinberg no fue uno de aquellos espías que los países del este se intercambiaron con los del oeste? La familia realizó gestiones con Gorbachov en este sentido. Por todos los rincones del mundo se hicieron listados de espías y presos a intercambiar, con ramificaciones que llegaban hasta Nelson Mandela… Quizá no hay que buscarle tres pies al gato: no hubo tiempo. Cuando cayó la URSS ya no había nada que negociar porque no había nada que ofrecer. Unos lo tenían todo y otros, como Klinberg, lo habían perdido. Hasta sus ilusiones.

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Memoria Histórica

El incidente de Xian

Con el apodo de “Sverdlov” un lector menosprecia mi artículo sobre los cambios en la política exterior rusa en el que defiendo los derechos de Rusia y Siria, algo que considera opuesto a los del proletariado y de las masas explotadas.Una única frase le sirve al lector para calificar mi artículo de “vomitivo”, de “folclorismo prorruso”, pequeñoburgués e imperialista. Su opinión no merecería mayor atención de no ser porque es típico de determinados grupúsculos empeñados en convertir al marxismo en una caricatura, típica de la moderna cultura de los videojuegos y los comics.

Uno de los rasgos diferenciadores de ese “marxismo” caricaturesco es el repudio de los asuntos nacionales como concernientes a la burguesía y, por lo tanto, ajenos al proletariado, por no decir opuestos. Ante el problema nacional, los amantes de los videojuegos hacen lo que Poncio Pilatos: se lavan las manos.

Su neutralidad es impostada: están con los opresores y su complicidad consiste en ocultar el hecho mismo de la agresión tras el velo de la equiparación entre “los unos y otros”, de que todos son iguales, todos son burgueses, todos son imperialistas, todos hacen lo mismo, se pelean ente ellos mismos, etc.

La esencia del marxismo y, por lo tanto, del proletariado, es el partidismo, y quien no es capaz de tomar partido en una batalla es porque ignora lo que está en juego en la misma. Son como ese tipo de personas reaccionarias que dicen que no son de izquierdas ni de derechas. No cabe duda: ese tipo de gente está con las fuerzas dominantes, sostienen la dominación.

A los amantes de los videojuegos les gustaría que en la lucha de clases los proletarios estuvieran en un lado y los burgueses en el contrario. Serían fácilmente identificables. En la barricada unos vestirían mono azul y otros frac y pajarita.

No obstante, muy pocas veces hemos visto algo tan esquemático a lo largo de la historia. A veces no hay dos contendientes sino tres y la capacidad de dirección de la clase obrera se demuestra precisamente porque agrupa a su alrededor a sectores sociales heterogéneos, incluida la propia burguesía.

Lo expuesto se podría decir al revés: la fuerza de la burguesía también se demuestra por su capacidad para arrastrar tras de sí a una parte, e incluso a la totalidad de la clase obrera, lo cual expone a las claras el nefasto papel que desempeñan las organizaciones que dicen encabezarla.

La opresión nacional es uno de los ejemplos típicos de esas situaciones en las que se dilucida quién dirige a quién y es un asunto muy importante porque, como decía Lenin, la época imperialista conduce a una “intensificación del yugo nacional” (1). Al dejar la opresión nacional en manos de la burguesía, los neutrales le hacen el mejor favor: le ponen al frente de la clase obrera.

Desde la caída del Telón de Acero en 1990 la “intensificación del yugo nacional” ha conducido a esas paradojas que vienen deslumbrando a muchas organizaciones. Por ejemplo, durante la guerra de los Balcanes, algunos equipararon a la OTAN con el gobierno de Belgrado, una ciudad que estaba siendo bombardeada y agredida, como hoy lo está siendo Siria. ¿Había que tomar partido por un gobierno burgués como aquel?

Sólo hacer ese tipo de preguntas es repugnante. Da la impresión de que cabe alguna duda al respecto. Sin embargo, a ciertos paladines de la clase obrera esas situaciones les sacan de su estupor simplista y su esquematismo infantil. La realidad, el mundo, se presenta en todo su esplendor abigarrado y parece que el movimiento obrero nunca hubiera tenido que hacer frente a este tipo de situaciones complejas.

Nada más lejos de la historia, y se podrían poner muchos ejemplos de lo contrario. Uno de ellos es la invasión de China por Japón en 1934, que cambió por completo las coordenadas del país y, por lo tanto, la estrategia de la Internacional Comunista y del Partido Comunista de China.

Desde 1927 los comunistas habían estado en guerra con los nacionalistas de Chiang Kai-chek, el Kuomintang, cuya línea política no cambió, a pesar del ataque japónes. Al Kuomintang le importaba más el exterminio de los comunistas que el de los imperialistas japoneses. En eso se resumía su “nacionalismo”: preferían combatir a los nacionales que a los extranjeros.

Los amantes de los videojuegos quizá entiendan aquella situación nueva como un trío: imperialistas, nacionalistas y comunistas. Quizá piensen que China tampoco tenía (ni tiene) derechos legítimos o que esos derechos eran (son) “burgueses” y que lo procedente era mantener la lucha contra la burguesía “nacionalista” y contra los imperialistas japoneses al mismo tiempo, “contra los perros grandes y los pequeños”, como decía Mao (2). Al fin y al cabo los perros no dejan de ser perros por su tamaño. ¿Se trataba de permanecer neutrales entre unos y otros perros?

La neutralidad podía haberse visto reforzada por la propia actitud del Kuomintang, que cuando el PCCh les ofreció formar un frente unido contra los imperialistas, no se dio por enterado y siguió combatiendo a los comunistas, mientras Japón se apoderaba del país palmo a palmo.

Pero a diferencia de los neutrales, los comunistas saben quién es su enemigo y a partir de la ocupación japonesa no reconocieron más que un único enemigo, por lo que la traición nacionalista no impidió que mantuvieran su propuesta de unidad que, poco a poco, fue calando entre las masas, incluidas las del Kuomintang, hasta el punto de que el 12 de diciembre de 1936 se produjo uno de esos acontecimientos paradójicos que no aparecen en los videojuegos infantiles: con ocasión de una visita de Chiang Kai-chek a las líneas del frente en Xian, le detuvieron los propios generales de su ejército, que estaban de acuerdo con la propuesta de unidad con los comunistas para hacer frente a Japón de manera conjunta.

Aquellos generales hicieron algo más paradógico aún: avisaron a los comunistas de la captura y les invitaron a cruzar las líneas del frente, por lo que Mao y Zhou En-lai se encontraron cara a cara con su mortal enemigo nacionalista Chiang Kai-chek, alguien cuya traición a China merecía la muerte sobradamente.

No fue aquello lo que ocurrió. Delante de su estado mayor Chiang Kai-chek firmó un acuerdo con los comunistas para combatir de manera coordinada al imperialismo japonés, por lo que fue liberado. Naturalmente Chiang Kai-chek no cumplió el acuerdo, como era de suponer. Entre combatir a los comunistas y combatir a los imperialistas, Chiang lo tenía tan claro que también se lo aclaró a las masas.

A diferencia de los neutrales, los chinos conocen muy bien sus derechos, sus intereses y sus necesidades, y no podían admitir la ocupación japonesa, ni asesinatos en masa, como el de Nankín, donde un año después del acuerdo de Xian, los japoneses asesinaron a 300.000 civiles chinos, una de las mayores matanzas que la historia ha conocido.

A los chinos les quedó muy claro para siempre que si querían luchar por sus derechos, incluidos sus derechos nacionales, no podían acudir a los nacionalistas sino a los comunistas, que la lucha nacional estaba indisolublemente ligada a la lucha contra el imperialismo y que sólo los comunistas eran capaces de enfrentarse a un enemigo así.

Entonces la tarea del Partido Comunista de China era la misma que la de ahora: “Desenmascarar a los seudorrevolucionarios y conquistar la hegemonía”, escribió Mao (3). Por consiguiente, lo que se debe discutir no es si Rusia y Siria tienen derechos, ni si son legítimos, algo que a mí me parece obvio, sino la mejor manera de que los comunistas asuman la dirección de la lucha por la defensa de los mismos.

Pero si alguien cree que ahí sólo hay un asunto nacional, propio de Rusia o de Siria, se equivoca. De Putin dicen que es un “nacionalista”, algo que no dijeron de Yeltsin. Pero no se trata sólo de un problema nacional. En el siglo XX las revoluciones respectivas en Rusia (1917) y China (1949) pusieron a ambos países en el centro del mundo y la liquidación del socialismo en ellos no ha cambiado esa situación porque tampoco se trata sólo de un problema de clase.

Tanto Rusia, como China, son países que han pasado del socialismo al nacionalismo y volverán otra vez al punto de partida más rápidamente que ningún otro porque las espadas siguen el alto: en ellos aún no se ha resuelto ni un problema (modo de producción) ni otro (problema nacional). Por el contrario, se han agudizado, como corresponde a la etapa imperialista en la que vivimos, de la que no deberíamos olvidar nunca que -entre otras cosas- supone una “intensificación del yugo nacional”.

(1) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, pgs.142 y 156.
(2) Mao, Sobre la táctica de lucha contra el imperialismo japonés, Obras Escogidas, tomo I, pg.171
(3) Mao, ibid, pg.170.

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Memoria Histórica

Las guerras de Cáucaso (1)

Cuando se vislumbra el final de la etapa soviética, los imperialistas comienzan a meter la cuchara en la región, aprovechado la debilidad de la Rusia de Yeltsin. Se producen varias guerras sucesivas, que se desarrollan en paralelo a la ampliación de la OTAN hacia el este, en un intento de cercar a Rusia.En 1988 a través de Norilsk
Eugenia Gaier, los imperialistas promueven la creación de la Asociación de los Pequeños Pueblos (AsPP), de la que forma parte Chechenia. Por su parte, los chechenos impulsan en 1991 la creación de la Confederación de los Pueblos Montañeses del Cáucaso, una organización pancaucásica originariamente de carácter estrictamente cultural que experimentó una rápida transformación y pasó a convertirse en una formación básicamente política, dotada incluso de milicias armadas. Esta Confederación desempeñó un importante papel en los conflictos del Cáucaso norte y la Transcaucasia, desplegando una intensa actividad política.

En la república checheno-ingush se constituyó, también en 1991, el Congreso Nacional del Pueblo Checheno (CNPC), organización de oposición informal al Gobierno central, que tenía la independencia como objetivo. Estaba presidido por un militar soviético de origen checheno, el general Dzhojar Dudaiev, un veterano de Afganistán que había dirigido una unidad de bombarderos estratégicos soviéticos en Estonia entre 1987 y 1990.

En aquellos momentos, Doku Zavgaiev, primer secretario del PCUS y presidente del Soviet Supremo de Chechenia-Ingushetia, era el máximo dirigente de la República y respaldó el golpe de Estado del Comité de Emergencia en agosto de 1991. Dudaiev, por el contrario, se opuso. El fracaso del golpe en Moscú actuó como un revulsivo en Chechenia. Provocó otro golpe en Grozni, esta vez triunfante. Yeltsin vió entonces la oportunidad de librarse de la vieja guardia y el 15 de septiembre, con el apoyo del Congreso Nacional del Pueblo Checheno, ordenó la disolución del Parlamento, destituyó a su presidente y creó un Consejo Supremo Provisional con la tarea de asumir el poder hasta la celebración de elecciones el 27 de octubre.

Los ingushes no participaron en ellas. Dudaiev obtuvo el 85 por ciento del respaldo popular. Sin embargo, fueron los jefes de los clanes los que eligieron a Dudaiev como Presidente. La población está dividida en 131 clanes, de los cuales 28 desempeñan un papel principal y esa estructura social arcaica se completa con los jefes religiosos y los ancianos. El 1 de noviembre se proclama la independencia de la República de Ichkeria (nombre autóctono de Chechenia) de la que Ingushetia permanece al margen.

Aslan Masjadov

También regresa Aslan Masjadov para participar en la creación de las Fuerzas Armadas, de las que es nombrado comandante en jefe. Masjadov tenía sobre sus espaldas una dilatada carrera militar. Antiguo oficial del ejército soviético, estudió en la Academia de Artillería de Leningrado y estuvo destinado en Hungría entre 1978 y 1981. Equipa al nuevo ejército checheno con el material que dejaron abandonado las tropas soviéticas.

Hasta entonces Yeltsin había defendido las declaraciones de independencia de todos los pueblos, ya que le resultaban útiles para debilitar el poder de su antecesor, Gorbachov. Pero tras el contragolpe de Estado, no reconoció los resultados electorales en Chechenia e impuso el estado de emergencia. Poco después, el Parlamento anuló la orden para evitar un enfrentamiento abierto con los dirigentes chechenos.

Desde el principio Chechenia vivió inmersa en una permanente crisis que afectó a todos los sectores del país y nunca hubo mecanismos institucionales para resolverla. La proclamación de independencia dio lugar al éxodo de los rusos residentes en la región, que se cifra entre 45.000 y 240.000 personas. La presidencia de Dudaiev se caracterizó por su tono personalista y autoritario. Las divisiones internas dentro de los independentistas, paralizaron a la nueva República. En junio de 1993 se produjo un choque entre el Presidente y el Parlamento; los diputados destituyeron a Dudaiev y al primer ministro Mamodaiev, y éstos ordenaron su disolución.

La nueva República articuló su política sobre dos grandes pilares. El primero, de índole religiosa, basado en el islam como elemento cohesionador, no sólo de la sociedad
chechena, sino fundamentalmente de todos los pueblos musulmanes del Cáucaso norte, es decir, el panislamismo. El segundo, el reforzamiento de la CoPC para consolidar la unidad política de los pueblos del norte del Cáucaso. Sin embargo, la Confederación fue adoptando paulatinamente una actitud conciliadora en las relaciones con Moscú, en contra de las tesis antirusas propiciadas por los chechenos.

Entre 1991 y 1994 la respuesta rusa a la independencia de Chechenia fue ambigua: no se reconoció pero tampoco se adoptaron acciones en contra. De hecho, Moscú pareció aceptar la independencia. Practicó una política a la vez de conciliación (negociaciones con los dirigentes chechenos) y de desestabilización (bloqueo económico, apoyo a la oposición, ataques armados). En mayo de 1992, la misma Federación Rusa que negaba legitimidad a los dirigentes chechenos, firmaba con ellos un acuerdo por el que se aceptaba la retirada de las tropas rusas estacionadas en la zona y la distribución, a partes iguales, de los arsenales disponibles en su territorio. Para Moscú cualquier intento secesionista era inaceptable. El reconocimiento de la independencia chechena suponía un precedente para otros pueblos de la Federación, que provocaría su desestabilización.

El norte del Cáucaso constituye una región estratégica para las relaciones de Moscú con Transcaucasia (Georgia, Azerbaián, Armenia) y las potencias rivales en la zona, Irán y Turquía. Económicamente, Chechenia era la zona de paso del petróleo proveniente del Caspio y de los países de Asia central.

El bloqueo impuesto por Moscú y los problemas que derivados del petróleo afectaron drásticamente a la economía chechena, ya extraordinariamente debilitada durante la era Gorbachov, que había llevado hasta las estribaciones del Cáucaso recortes de salarios, escasez de comida y desempleo. Luego, la primera guerra con las tropas federales rusas empobreció aún más a los chechenos. La penuria económica condujo a la aparición de dos fenómenos nuevos en la región:

— la consolidación de redes criminales que se lucraron con la independencia y desestabilizaron la sociedad chechena
— el debilitamiento de las órdenes sufíes, que fueron incapaces de funcionar en estas condiciones, siendo sustituidas por el wahabismo.

Estos nuevos fenómenos, si bien tienen raíces internas en la propia evolución de la sociedad chechena, fueron alentadas por el imperialismo, singularmente por Estados Unidos. El wahabismo en Chechenia comenzó a expandirse en los años ochenta, durante el desmantelamiento de la URSS por Gorbachov y luego tras la guerra de Kosovo. En plena bancarrota económica chechena, los wahabíes llevaron mucho dinero desde algunos países del Golfo y esto incrementó notablemente su popularidad en la región. A través de Arabia saudí, los imperialistas estradounidenses expandieron un nuevo tipo de religión y con ella su influencia política.

El dinero procedente de países tales como Arabia Saudí, Pakistán y Afganistán era abonado a los que se convertían al wahabismo y a aquellos que reclutaban a otros para unirse a la secta militante. Directamente como estado o a través de religiosos prominentes y hombres de negocios, Arabia Saudí apoyó el independentismo checheno bajo la supervisión de Estado Unidos. Como dijo el antiguo Secretario de Estado norteamericano James Baker: “Solo en la medida de nuestros intereses debemos oponernos al integrismo”.

El wahabismo se originó en Arabia Saudí en la segunda mitad del siglo XVIII sosteniendo una interpretación estricta del islam que rechaza las innovaciones introducidas en la religión tras la muerte de Mahoma. Unió a las tribus de la península arábiga y a principios del siglo XX proporcionó los fundamentos sobre los que se construyó el moderno estado de Arabia Saudí. Algunas interpretaciones wahabíes están vinculadas estrechamente al régimen saudí y denuncian todas las formas de disidencia que amenazan el orden político actual en el reino. Se opone la veneración de los santos, las peregrinaciones a los mausoleos y otras manifestaciones de religiosidad popular, algo muy habitual en las órdenes sufíes. También niega el papel del maestro, que es muy importante para los sufíes. Por todo ello, los wahabíes consideran al sufismo como una desviación de las enseñanzas islámicas originales.

Entre los musulmanes del Cáucaso, y entre los chechenos en particular, están muy extendidos los ritos funerarios. Cuando alguien fallece, existe un ritual de condolencias que es seguido por los parientes del fallecido y todo el pueblo. Sin embargo, los wahabíes creen que es inútil realizar un ritual de condolencias y que basta con enterrar al fallecido. Con la crisis los chechenos ni siquiera podían sufragar las costosas tradiciones funerarias. Así pues, muchos jóvenes comenzaron a pensar que los wahabíes enseñaban principios que tenían más relevancia para la vida actual en Chechenia y que las tradiciones funerarias se hallaban en oposición a los auténticos principios islámicos.

A través de Arabia saudí, la penetración wahabita fue un instrumento de presión de Estados Unidos dirigido contra Gorbachov y corrió paralela con el rearme de los talibanes en Afganistán. Al salir los soviéticos de Afganistán  en 1989, los imperialistas enviaron a los que entonces se llamaban muyahidines pasaron diez años después a combatir en la guerra de Kosovo que, finalmente, acabaron en el Cáucaso luchando por la independencia de Rusia.

El máximo exponente del apoyo de los wahabitas al independentismo checheno fue el saudí Ibn al-Jattab, cuyo nombre real era Samir Saleh Abdalah Al-Suwailem. Tras la guerra de Kosovo, se trasladó en 1999 a Chechenia y participó con Basaiev en la invasión del Daguestán. Fue asesinado en circunstancias nada claras en 2002.

Como Osama Ben Laden, Basaiev, aunque checheno, era de religión wahabita y combatió como muyahidín en Afganistán contra los soviéticos, donde el ISI (los servicios secretos paquistaníes), lo entrenaron en secuestros y otras operaciones terroristas. El ISI servía de puente entre la CIA y los combatientes islámicos afganos. Allí se
entrevistó con los ministros pakistaníes Aftab Shahban Miran y Nazerrullah Babar, más el jefe de los servicios secretos, Javed Ashar, todos ellos colaboradores de la CIA. Basaiev reaparece como peón de la CIA en 1991, cuando se unió a Yeltsin en las barricadas durante el intento de golpe del Comité de Emergencia en Moscú.

La influencia wahabí dividió a Chechenia. Los sufíes aún componen probablemente el 95 por ciento de la población. Las órdenes sufíes trataron de mantener las distancias con respecto a la guerra chechena. Muchos dirigentes religiosos optaron por abandonar Chechenia para buscar refugio en la vecina Ingushetia o en otras partes de Rusia, dejando el campo libre a los wahabitas, que aunque representan una minoría, son un grupo muy organizado con ambiciones independentistas, que está tratando de promover sus propios intereses (y los de sus patrocinadores) en toda la región del Cáucaso. Los wahabitas tuvieron que enfrentarse con las órdenes sufíes locales. La política wahabí en Chechenia ha intensificado el independentismo, atrayendo la brutal represión rusa y extendiendo así su propia influencia frente a los sufitas. Tras ellos, antes y después de la caída de Gorbachov, siempre ha estado la larga mano de los imperialistas estadounidenses.

En agosto de 1994, tres meses antes de la intervención rusa, Dudaiev contaba con menos de 5.000 hombres armados y el gran muftí prohibió a los musulmanes que tomaran las armas. Sin embargo, disponía de un formidable arsenal de armas: un elevado número de aviones (unas 200 unidades, no todas operativas debido al reducido número de pilotos cualificados) y helicópteros, carros de combate, piezas de artillería, gran cantidad de fusiles y lanzagranadas, ametralladoras y fusiles, unas 20.000 granadas de mano y hasta 15 millones de balas. La aviación fue prácticamente destruida en su totalidad en los primeros días de la intervención rusa.

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Memoria Histórica

La conquista del corazón de los pueblos de oriente (y 5)

Entre otras funciones, el capitán Theodor Oberländer había sido delegado regional en Prusia oriental de la VDA (Verein für das Deutschtum im Ausland, Asociación para la promoción de la identidad alemana en el extranjero) y en 1955 fue ministro “des Vertriebenen”, que podemos traducir como ministro “para los alemanes emigrados o expatriados”. Desde el final de la guerra había formado el “Bund der Vertriebenen”, la Liga de los Emigrantes, un partido nazi integrado en la vida política de la República Federal de Alemania y hacia aquellas fechas fusionado con la CSU.

Oberländer no solamente salvó su vida sino la de muchos nazis impidiendo que cayeran en manos soviéticas. Sabía que en manos de los imperialistas todo iba a ser diferente y que Alemania sería lo que tenía que ser. Sólo había que intentar lo mismo por otras vías. La República Federal de Alemania tenía que convertirse un III Reich sin cruces gamadas… pero con los mismos nazis de siempre.

La VDA es una asociación privada que desde la unificación alemana en 1871 despliega las posiciones pangermanistas con las que los imperialistas alemanes han justificado siempre su expansionismo. Se trata de crear enclaves alemanes, como ya hicieron en 1920, y germanizar Dinamarca, Yugoslavia, Polonia y determinadas regiones de la URSS. Para ello crearon un banco en Holanda que blanqueaba dinero procedente de operaciones secretas. Con fondos públicos alemanes compraron empresas y grupos de prensa en el extranjero. Había que formar poderosos consorcios de intereses que reclamaran la autonomía cultural, luego la independencia y, finalmente, la anexión a Alemania.

Bajo el nazismo, la VDA ocupó un lugar central en la estrategia hitleriana, sobre todo en Checoslovaquia. El espionaje sólo era una de sus variadas funciones.

A comienzos de la II Guerra Mundial, las minorías alemanas en el este de Europa prestaron una ayuda logística muy importante para la entrada de la Wehrmacht. Los miembros de la VDA desempeñaban funciones policiales, perseguían a la resistencia y exterminaban a la población local. En la URSS los especialistas de la VDA seguían un programa de germanización y, como en Argentina en 1973, secuestraron a niños que podían formar parte de dichos programas para integrarlos en familias alemanas. Los que no podían ser asimilados eran entregados a la SS para su exterminio.

En 1945 los aliados prohibieron la VDA clasificándola entre las organizaciones nazis importantes y confiscando sus propiedades. Pero dos años después los viejos cuadros ya la habían revitalizado de nuevo, a pesar de la prohibición. Su jefe entonces era Hans Steinacher y su lema “raza y hegemonía”. Lo único que cambió fue su rabioso antisemitismo.

A partir de 1952 las biografías se cruzaron. Oberländer es nombrado ministro para los alemanes emigrados y, con su apoyo, la VDA, sin cambiar su nombre, recupera su estatuto oficial y sus sólidos contactos con el Ministerio de Asuntos Exteriores, que recomienza a utilizar a los afiliados de la VDA para “tareas precisas en el extranjero”.

En 1961 Steinacher mantiene una entrevista con el gobierno federal para realizar “trabajos conjuntos” y obtiene financiación secreta para ejecutarlas. Todas las redes de la VDA en el este de Europa coinciden con las antiguas que previamente había tendido Reinhardt Gehlen y forman parte del espionaje previo y posterior a la guerra mundial.

Tras Steinacher, Rudolf Aschenauer dirige la VDA hasta finales de los años setenta. Su biografía es como la de Oberländer y todos los demás: nazi y miembro de la SA, las tropas de asalto, tras la guerra mundial fue abogado de la organización nazi “Stille Hilfe” (Ayuda Silenciosa) que defendía a los criminales de guerra en los procesos judiciales. En los años cincuenta perteneció a diversos movimientos nazis y servía de enlace entre el “Deutsche Reichspartei” (Partido del Imperio Alemán) y el Ministerio del Interior, cuyo titular era Schröder, otro de sus colegas en la SA.

En muchos aspectos, por ejemplo en la diplomacia, la política oficial alemana llega a confundirse con la política nazi de la VDA y destacados miembros de esta asociación ocupan cargos clave no solamente en partidos políticos alemanes sino incluso en la Presidencia de la República y en la Unión Paneuropea. Por supuesto, en nómina también figuran europarlamentarios, de esos que denuncian el genocidio checheno de 1944…

Así que volvemos a hablar de Chechenia.

En enero de 1995 el máximo dirigente de la VDA, Karsten Schlamelcher, apareció muerto en su apartamento, muy cerca de Bonn. Su familia dijo que había sido asesinado, pero el caso se cerró sin averiguar los culpables. Schlamelcher era conocido en Alemania como el hombre de la maleta: tras la caída del muro de Berlín era quien llevaba el dinero alemán, millones de marcos, hacia el este y los Balcanes, hasta el punto de que había convertido a la VDA en un poder fáctico en los antiguos países del Pacto de Varsovia. El carácter aparentemente privado de la VDA no le impidieron percibir fuertes sumas procedentes de fondos reservados que no eran precisamente subvenciones. Sólo en 1990 y 1991 recibió de los ministerios alemanes del Interior y de Asuntos Exteriores, cien millones de marcos, teóricamente para repatriar a los alemanes que vivían en el exterior. En realidad se trataba de vincular a esos países al imperialismo alemán, sacándolos de la influencia de Estados Unidos.

Schlamelcher recorrió todo el este de Europa. Curiosamente sólo se denunciaron las actividades de la VDA en países como Dinamarca o Bélgica, es decir, en occidente, pero sabemos que su penetración en el este y en los Balcanes fue mucho más intensa. La división y la guerra de Yugoeslavia son obra directa de esta tarea subterránea porque no era suficiente con liquidar el socialismo: había que dividir aquellos países, repartirse las áreas de influencia, alejar a los competidores y rivales.

Chechenia es otro ejemplo parecido de eso.

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Memoria Histórica

La conquista del corazón de los pueblos de oriente (4)

El 23 de febrero de 1944 los chechenos estaban o en el exilio o en su país, o combatiendo en el Batallón Bergmann o combatiendo en el Ejército Rojo. La inmensa mayoría estaban en su país y combatiendo en las filas del Ejército Rojo. Los demás, los que acompañaban a la Wehrmacht en su retirada, se dedicaban a ahorcar guerrilleros en Grecia. Sin embargo, los que se quedaron en la URSS fueron introducidos -todos- en 180 trenes y trasladados al otro lado del Mar Caspio, a Kazajistán.

A partir de aquí todo lo demás es falso y forma parte de la guerra sicológica imperialista:

— no fueron trasladados a Siberia
— no murió la mitad en el trayecto porque duró unas pocas horas
— no se trataba de ninguna venganza.

En este punto habría que establecer muchas precisiones históricas. La evacuación no cayó sólo sobre los chechenos sino sobre varios pueblos caucásicos. En aquellos trenes entraron -insistimos- todos los chechenos: también los militantes del Partido bolchevique, los funcionarios soviéticos, los cooperativistas de los koljoses, etc. Por tanto, no sólo se desplazó a la sociedad sino que se desplazó al Estado, a la propia República chechena, con todo lo que se pudo poner sobre los raíles: no marcharon las escuelas pero marcharon los maestros, no marcharon los hospitales pero marcharon los médicos, y así sucesivamente.

Menos atrevidos, algunos como Jruschov no hablan de genocidio pero sí de deportación, de castigo. El Ejército Rojo no se vengó sino que impartió justicia con los chechenos colaboracionistas en cuanto los capturaron, especialmente al finalizar la guerra mundial. No era el caso de los que se quedaron, que fueron evacuados por razones puramente militares.

En febrero de 1944 la guerra continuaba y aún no se podía saber si Alemania estaba en condiciones de contratacar, en qué dirección lo haría y si, en tal caso, Turquía entraría en ella o no. Lo cierto es que al otro lado de la frontera estaban desplegadas gran número de divisiones turcas.

No hay ninguna guerra moderna sin grandes desplazamientos de población. En la guerra civil española, el gobierno del PNV envió por barco a Londres a una buena partida de niños vascos y lo mismo hizo el Frente Popular, que envió otro contingente a Moscú. Cuando al final de la guerra cayó Barcelona, salieron a Francia casi dos millones de republicanos, cuatro veces más que los chechenos. Lo que diferencia a los desplazamientos soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial de todos los demás (y de todas las demás guerras) es que, en lugar de caóticos, fueron cuidadosamente preparados y planificados para que las poblaciones padecieran el mínimo posible. En 1941, antes del comienzo de la guerra, Stalin (de quien dicen que el ataque nazi le pilló de improviso) también desplazó grandes contingentes de población, unas por razones económicas y otras, como los alemanes del Volga, por evidentes razones políticas. No es por casualidad que todos esos desplazamientos afectaran a poblaciones fronterizas o que podían ser alcanzadas por la guerra. Como bien sabían los imperialistas, las fronteras fueron siempre el punto débil de la defensa soviética y la guerra con Finlandia y las anexiones de los países bálticos en 1940 tenían ese objetivo estratégico.

El desplazamiento era puramente temporal. En 1956 el pueblo checheno retornó a su tierra natal. La República Autónoma de Chechenia e Ingushetia volvió a figurar en los mapas (imaginamos que también en el de Michelín y en el de Repsol). Se establecieron diversas reparaciones para ellos. El gobierno soviético otorgó facilidades especiales para la educación superior de los chechenos, lo cual permitió que se graduaran numerosos profesionales e incluso oficiales del Ejército soviético. Por ejemplo, Dudaiev y Masjadov, los dos primeros dirigentes de Chechenia tras la caída de la URSS, eran de aquellos niños deportados durante la guerra y alcanzaron -nada menos- que el rango de generales del Ejército soviético. Nos tratan de hacer creer en una oposición irredenta de los chechenos a integrarse en la URSS que nosotros no advertimos por ninguna parte. Se nos antoja un poco difícil comprender cómo aquellos dos niños, Dudaiev y Masjadov, que padecieron tan salvaje deportación y que vieron exterminar a su pueblo (a sus familiares, a sus vecinos, a sus amigos) a manos del Ejército soviético, se integraran luego en ese mismo Ejército, cómo juran bandera, alcanzan el grado de generales y se les pone al mando de escuadrones enteros de bombarderos atómicos. Y se nos hace imposible comprender cómo luego, en 1991, vuelven a su país y su pueblo les elige como máximos dirigentes de la nueva República…

Aquí algo falla estrepitosamente. Las cosas no encajan. Por ejemplo, nos quieren hacer creer que al regresar de su deportación a los chechenos se les habían quitado sus propiedades, cuando todos pensábamos que la propiedad privada se había abolido en la URSS…

Por cierto, hablando de este retorno, tenemos otra duda aritmética: cómo es posible que Chechenia haya padecido el primer y único genocidio de la historia en el que regresan más habitantes de los que tuvieron que marchar. La propaganda imperialista nos quiere hacer creer que la mitad de los chechenos murieron durante el viaje que los trasladó a Kazajistán; si salieron 400.000, llegaron 200.000 a su destino y cincuenta años después -a pesar de un continuo genocidio soviético- eran 1.200.000, eso significa que la población se había multiplicado por seis, lo cual arroja un fabuloso crecimiento demográfico.

¿Genocidio o explosión demográfica?

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