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Memoria Histórica

El islam en la URSS (1)

Desde el 11-S, la invasión de Irak y las posteriores agresiones del imperialismo a los países de Oriente Medio y el norte de África, el islam está en el punto de mira, aunque el mirón suele colocar los prismáticos al revés de tal manera que son los imperialistas los que se consideran atacados, lo mismo que los capitalistas se consideran explotados por sus obreros.

El punto de vista del imperialismo hunde sus raíces en la experiencia propia de la Europa del siglo XVII, las llamadas guerras “de religión” y la paz de Westfalia que dieron identidad religiosa a los Estados absolutistas en base al principio “cuius regio eius religio”. La religión es parte de la dominación, la impone el Estado y es única; al que no le guste que se vaya. Como consecuencia de ello se dice sin sonrojo que Europa es cristiana, España es católica y barbaridades parecidas.

A ese punto de vista se le añade la soberbia derivada del Siglo de las Luces que impuso el relativismo en todos los terrenos ideológicos e incluso, entre las corrientes más progresistas, el laicismo, el agnosticismo y ciertas formas de ateísmo que miran por encima del hombro a los creyentes como personas atrasadas e incultas. Si además alguien es muy creyente, es porque es muy fanático, es decir, mucho más atrasado y, por lo tanto, mucho más despreciable aún.

La mayor parte de los ateos considera que todas las religiones son iguales, o sea, igualmente despreciables. En el caso de los revolucionarios, ese desprecio por la religión se fundamenta también sobre la base de la connivencia de las religiones dominantes con el Estado, con las clases dominantes que, en el caso de las potencias centrales, son cristianas. Cuando pensamos en la religión, en cualquiera de ellas, tenemos al cristianismo como prototipo, es decir, una religión asociada a una dominación económica y política.

Por ejemplo, el Imperio español no sólo impuso la uniformidad religiosa expulsando a los judíos y los musulmanes sino que su colonización latinoamericana estuvo acompañada de la imposición de la religión católica. La espada colgaba de la sotana. Es exactamente lo que el imperialismo pretende hacer hoy en Oriente Medio.

En Europa occidental medimos todos los fenómenos históricos siguiendo nuestra propia experiencia y todo lo juzgamos con ese criterio, que sólo concierne a esta parte del Viejo Continente y a los países herederos de su influencia. En la otra parte de Europa, la oriental, comprendido el Imperio otomano y el Imperio zarista, no existieron las guerras de religión, lo que ofrece una perspectiva diferente de las religiones.

Muchos de los judíos expulsados de España fueron acogidos bajo el Imperio otomano de manera que, en ciudades como Salónica, el castellano fue el idioma dominante hasta 1945. La Carta de Gülhan, aprobada por el sultán Abdul Medjid I en 1839, proclamó la igualdad ante la ley de todos los ciudadanos del Imperio, sin distinción de religión.

Bajo el Imperio zarista tampoco había una uniformidad confesional, como en España. Sin embargo, a diferencia del Otomano, en el siglo XIX el Imperio ruso estaba en una fase de expansión colonial, que se llevó a cabo en nombre de la Iglesia ortodoxa y en detrimento de otras, como el islam o el budismo. Fue un intento de asimilación política, nacional, cultural, lingüística y religiosa. El Imperio ruso no conoció las guerras religión del oeste de Europa porque una prevaleció sobre las demás y las fue sometiendo implacablemente.

La evolución histórica del islam estuvo, pues, ligada primero al colonialismo y luego al imperialismo y Rusia siempre fue un ejemplo de ambas cosas. El islam era la religión de los colonizados, una condición ligada al atraso histórico, económico, social y cultural.

Ese atraso es relativo; hay que entenderlo en relación con el adelanto, de tal manera que tras la Revolución burguesa de Febrero de 1917 en Rusia las mujeres pudieron votar, algo que en España aún no se conocía.

Se pueden apuntar otros datos para ilustrar esa situación. Por ejemplo, el 1 de mayo de 1917 se celebró en Moscú el Primer Congreso Pan-ruso de musulmanes, en el que los delegados aprobaron la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, algo que en aquella época era poco común, tanto si eran musulmanes como no.

En 1917 en Rusia había unos 16 millones de musulmanes, un 10 por ciento de la población total que, en su mayor parte, habitaban en la periferia, constituyendo sociedades feudales que poco tenían que ver con los musulmanes que en Moscú aprobaban unas resoluciones impecables que eran otros tantos brindis al sol.

Tras la Revolución de Octubre, fueron los bolcheviques quienes se preocuparon de que aquellas resoluciones -que parecían un sueño lejano- se hicieran realidad de forma inmediata. Para ello introdujeron una discriminación positiva entre las religiones, separando a la Iglesia ortodoxa, que había estado vinculada al zarismo, de todas las demás: judíos, musulmanes, católicos, budistas, protestantes…

En Rusia la Iglesia ortodoxa no era sólo una religión sino un poder económico y político, uno de los mayores terratenientes. En octubre de 1917 se produjo una “revolución” en el sentido más literal de la palabra, es decir, se le dio la vuelta a una situación previa. Es justo lo contrario de la Constitución fascista de 1978, que discrimina las religiones para privilegiar a la dominante.

En la URSS, pues, no hubo una política religiosa sino dos políticas opuestas. No se toleró una lucha de religiones, otra más, como en el siglo XVII, ni tampoco una lucha contra las religiones, en general, sino una lucha victoriosa por quebrar el poder de un Estado, y en la medida en que la Iglesia ortodoxa formaba parte del mismo, fue pulverizada: perdió sus tierras y perdió sus privilegios.

Cien años después de la Revolución de Octubre, a eso la burguesía le sigue llamando represión, prohibición, persecución… La realidad fue bien diferente. Sobre todo para las minorías religiosas. A partir de 1917 en Rusia se acabaron los “pogromos”, es decir, las matanzas y linchamientos colectivos de las minorías, por poner un ejemplo, que bajo el zarismo eran habituales.

La Revolución de Octubre inauguró la época de mayor esplendor de la libertad que la humanidad ha conocido jamás y en el terreno religioso no fue una excepción. Si a fecha de hoy la burguesía sigue sin entenderlo es porque la historia le aleja inexorablemente de los principios que ella misma proclamó en 1800.

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Historia de uno de los halcones de Hillary: los crímenes de Negroponte

En los últimos meses una plétora de reaccionarios han saltado del barco republicano para dar su apoyo a Hillary Clinton. Hay neoconservadores y militaristas que apoyaron abiertamente todas las atrocidades de la política exterior de Estados Unidos, desde las guerra de Irak y Libia hasta los campos de tortura. Pero, a pesar de que resultaron valiosos por haber respaldado estas acciones, son pocos los que tienen una responsabilidad directa en la elaboración de los desastres.

No es el caso de John Negroponte, ex diplomático de carrera que sirvió bajo cuatro presidentes republicanos y uno demócrata, cuyo apoyo a Hillary Clinton fue anunciado la semana pasada.

Los apoyos, a Hillary Clinton, de figuras del “Salón de la Fama reaccionaria” como John Negroponte, no han surgido de la nada. La razón es esta: muchos de los elementos de la política exterior de Clinton coinciden con el intervencionismo del Partido Republicano.

La campaña de Hillary que ha cortejando activamente a importantes figuras del GOP (Grand Old Party) culminó con el lanzamiento de ” Juntos por América”, un sitio web que promociona la creciente lista de destacados republicano que respaldan a la candidata del partido demócrata.

A todas vista se trata de un proceso muy llamativo ; sobre todo cuando en su primer debate Clinton proclamó su orgullo porque sus enemigos de siempre han sido “los republicanos”; palabras que le valieron una ovación de la multitud y una amplia sonrisa suya .

Dada su declarada animosidad hacia los republicanos, buscar el apoyo de alguien como Negroponte debe tener mucho valor para Hillary. Pero, ¿quién es exactamente Negroponte y por qué Clinton aprecia tanto el respaldo de alguien como él?

El hombre de Reagan en Tegucigalpa

Hijo de un magnate naviero griego, John Negroponte se curtió en los manejos diplomáticos durante la guerra de Vietnam, donde sirvió bajo las ordenes del criminal de guerra Henry Kissinger (otra “estrella republicana” que Clinton quiere conquistar) durante las conversaciones de paz de París.

Kissinger ayudó a Nixon a ganar en 1968 echando a pique el secreto de las negociaciones de paz con Vietnam del Norte. Pero, una vez en el poder, ambos decidieron que Estados Unidos debería salir de la guerra, sobre todo porque “ese pantano “ dañaría políticamente a Nixon.

“¿Quieres que nos quedemos allí para siempre?”, preguntó Kissinger al joven Negroponte cuando este se resistió el acuerdo de paz que permitió a los norvietnamitas estacionar tropas en el sur, después de la retirada de Estados Unidos. Aparentemente, para Negroponte no eran suficiente años de derramamiento de sangre en Vietnam, Camboya y Laos.

Negroponte trabajó durante años en cargos diplomáticos poco prominentes porque fue “condenado” por Kissinger a causa de las divergencias sobre Vietnam. La elección de Ronald Reagan dio a Negroponte su gran oportunidad.

Bajo Reagan, la política en América Latina dio un giro hacia la reacción más dura. Ronald Reagan envió a tropas a Granada y patrocinó, sin remilgos, gobiernos fascistas que cometieron atrocidades contra la población.

En 1981 Reagan nombró a Negroponte embajador en Honduras. Negroponte había ocupado cargos menores en Grecia y Ecuador; con Honduras ingreso en las grandes ligas.

En 1980 el país vecino de Honduras, El Salvador, estaba sumido en una guerra civil entre la guerrilla y un gobierno fascista (respaldado por Estados Unidos) y fuerzas paramilitares de la reacción que incluían escuadrones de la muerte. Un año antes, otro país vecino, Nicaragua, había depuesto a Somoza (también apoyado por Estados Unidos) y los sandinistas habían accedido al gobierno.

Al gobierno sandinista Estados Unidos contrapuso una coalición de contrarrevolucionarios brutalmente violentos que incluía a miembros de la Guardia Nacional, soldados, miembros del partido conservador y agricultores descontentos. Eran conocidos como los Contras.

En ambos países, el gobierno de Reagan dio sustento a los torturadores y asesinos. Las acciones criminales se ejecutaron, básicamente, en Nicaragua y El Salvador. Sin embargo Negroponte no estaba olvidado en un recodo insignificante.

En realidad, Honduras ocupó el lugar central de los esfuerzos de Reagan para detener la propagación de gobiernos progresistas en América Central, sirviendo como base de operaciones para una guerra encubierta en la región.

Honduras acogió a miles de soldados estadounidenses porque, a la sazón, tenía una de las mayores embajadas de Estados Unidos en América Latina y albergaba la estación de la CIA más grande del mundo.

Aunque Honduras tenían un gobierno civil –por primera vez en más de un siglo– el ejército era muy poderoso, y el general Gustavo Álvarez, jefe de las fuerzas armadas, ejercía una considerable influencia. Bajo Álvarez, la nación se convirtió en el campo de entrenamiento y en la sede de la “Contra” y de otras fuerzas de la reacción que, más tarde, fueron enviadas a cometer estragos en Nicaragua y El Salvador.

También en Honduras los miembros de los escuadrones de la muerte recibieron instrucción militar, incluyendo el famoso Batallón 3-16, responsable de la desaparición de al menos 184 personas y de la tortura de muchos más.

Todo esto se hizo con el apoyo de Estados Unidos y su hombre en el terreno era Negroponte.

La ayuda militar norteamericana aumentó de 4 millones de dólares a 200 millones entre 1980 y 1985, porque el gobierno de Reagan pagó a los altos mandos militares y a las fuerzas represivas, incluyendo el Batallón 3-16. Esta organización terrorista fue entrenada por la CIA y el FBI, y fue Estados Unidos quien proporcionó el dinero para contratar a agentes de contrainsurgencia argentinos, que participaron apoyados también por Estados Unidos, en la horrible década de la “guerra sucia” contra las fuerzas progresistas latinoamericanas.

Las “técnicas coercitivas” que aprendieron fueron tomadas de los manuales de interrogatorio de la CIA que instruyen en el uso de la violencia y en la interrupción de los “patrones de tiempo, espacio y percepción sensorial” de los prisioneros.

Con este manual en el bolsillo trasero, las fuerzas hondureñas y los escuadrones de la muerte procedieron a actuar con brutalidad en todo el país y en los vecinos. En Honduras, cientos de personas sospechosas de ser subversivos fueron secuestradas, torturadas, desaparecidas. Todos lo sabían y Negroponte lo aprobó.

La tortura de presos cubrió todo el espectro de la depravación; incluía asfixia, golpes, privación del sueño, electrocución de los genitales, violación, y amenazas de violación a los miembros de la familia del torturado. En algunos casos, las fuerzas militares utilizaban cuerdas para arrancar los testículos del hombre antes de matarlo.

Las víctimas eran arrojadas desde camionetas sin identificación. Algunos eran totalmente inocentes, como un sindicalista, que siendo amigo de un miembro del batallón 3-16 fue torturado y asesinado con falsas acusaciones.

Las fuerzas militares irrumpieron en casas, saquearon, detuvieron a sus ocupantes solo por sí se encontraba algún “tipo de literatura marxista”. A los “Contras” Reagan los llamó “ejemplo de moralidad, igual que nuestros Padres Fundadores”.

Negroponte jugó un papel clave en el encubrimiento de esta época macabra. El trabajo del embajador consistió en asegurar que los abusos cometidos en Honduras no llegaran a la opinión pública y los congresistas norteamericanos.

De todas maneras el Congreso supo de las atrocidades cometidas y el gobierno de Reagan tuvo que terminar con el flujo de decenas de millones de dólares en ayuda militar para Honduras que, en virtud de la Ley de Ayuda Exterior, prohíbe financiar a gobiernos que participan en violaciones de los derechos humanos.

Era lo último que Reagan y Negroponte deseaban. Ellos estaban decididos a derrotar a los progresistas, aunque ello supusiera hacer la vista gorda a la tortura generalizada, la violación y el asesinato.

Oficialmente no hay escuadrones de la muerte

El éxito de Reagan en aquella “cruzada” fue posible gracias a la constante ocultación de la embajada en Honduras y del propio Negroponte.

En un cable de 1983 dirigido a Thomas Enders, Secretario de Estado adjunto para asuntos interamericanos, Negroponte lo reprendió por hablar abiertamente sobre la presencia de la “Contra” en Honduras. “¿Desde cuando, en los mensajes por canal abierto, nos referimos al apoyo de Estados Unidos a los exiliados instalados en Honduras, como lo hace una declaración del Departamento de Estado?”, le reprochaba.

En ese momento, el apoyo del gobierno de Reagan a la “Contra” seguía siendo un secreto. Probablemente Negroponte quería impedir que las referencias de la ayuda a la “Contra” aparecieran en documentos oficiales, con el fin de evitar reclamaciones posteriores.

En una nota de 1984, solicitó a la secretaría de Estado, que Washington censurara la información acerca de las acciones de la “Contra” en Honduras, porque esas noticias son “obviamente exageradas” y es necesario “bajar su perfil al mínimo absoluto”.

Públicamente, Negroponte sostuvo sistemáticamente que todo era una “exageración”. En 1988 declaró en The Economist: “Es simplemente falso afirmar que los escuadrones de la muerte estén apostados en Honduras”.

Un año más tarde escribió un artículo para el diario Los Ángeles Times donde reconocía que había habido “detenciones arbitrarias” y “algunas desapariciones”, pero que “no hay indicios de que estas violaciones, poco frecuentes, de los derechos humanos, sean parte de una política gubernamental deliberada”.

Todavía en el año 2001 insistió en este punto en la audiencia que lo confirmó como embajador de Bush en la ONU: “Nunca he visto un testimonio convincente de que el Batallón 3-16 de Estados Unidos, estuviera involucrado en los escuadrones de la muerte o en actividades de ese tipo”.

En consecuencia, los informes anuales sobre derechos humanos elaborados por la embajada en Honduras, bajo la estrecha vigilancia de Negroponte, fueron higienizados hasta el punto de la parodia.

Algunos extractos de 1983 lo ilustran: “No hay presos políticos en Honduras”; el “habeas corpus parece ser una práctica estándar”; “el acceso a los detenidos no es un problema para familiares, abogados, funcionarios consulares u organizaciones internacionales humanitarias”; “la santidad del hogar está garantizada por la Constitución y, en general, se observa correctamente”.

Comentando las mentiras del informe, un funcionario de la embajada dijo en broma en su momento: “¿Qué es esto, el informe de derechos humanos de Noruega?”

Ocultar la evidencia

Por supuesto, Negroponte sabía muy bien que la realidad era todo lo contrario a lo que él afirmaba en esos informes.

En su momento, la prensa hondureña denunció cientos de historias sobre los abusos de los militares y las familias de las víctimas protestaron en las calles contra la intervención de funcionarios estadounidenses y contra el mismo Negroponte.

Cuando John Negroponte se hizo cargo de la embajada, su predecesor, Jack Binns, le informó personalmente sobre las atrocidades que se estaban cometiendo.

No hay ninguna duda que Negroponte siempre estuvo al tanto de las barbaridades. En 1982, cuando le informaron de que los militares habían secuestrado y estaban torturando a un destacado periodista y a su esposa, Negroponte intervino, no porque le preocuparán los derechos humanos, sino por los potenciales daños para los programas intervencionistas de Estados Unidos. Los prisioneros fueron liberados y viajaron a Estados Unidos con la condición de que nunca hablarían de su experiencia.

El episodio fue dejado fuera del informe de la embajada y los funcionarios limpiaron todas las referencias a estos abusos sistemáticos.

En 1997 un informe, consecuencia de una habitual inspección de la CIA, dejó claro que “el embajador Negroponte suprime periódicamente toda información incómoda sobre los militares de Honduras”. En 1984-1985 varios informes fueron clasificados como” políticamente sensibles” por la embajada, que solicitó su no publicación o su difusión restringida.

En otro informe se lee: “Personas no especificadas de la embajada no quieren que la información relativa a violaciones de los derechos humanos durante la operación militar en Honduras sea difundida, porque es un asunto interno de ese país”.

Este informe demuestra que Negroponte estaba preocupado por las derivaciones políticas de la Operación Olancho, que acabó con el asesinato de un sacerdote estadounidense. También el documento subraya la preocupación de Negroponte por “el injustificado énfasis por las violaciones de los derechos humanos en Honduras”.

Estados Unidos no quería la paz en Nicaragua

Muchos años más tarde, cables diplomáticos desclasificados por una solicitud del Washington Post, muestran que Negroponte hizo mucho más que suprimir información perjudicial.

A pesar de la disposición declarada –en repetidas ocasiones– de los sandinistas para iniciar negociaciones con la “Contra” y llegar a un acuerdo de paz, el embajador en Honduras sostuvo que las negociaciones eran un “caballo de Troya” que ayudaría a consolidar la revolución sandinista.

Negroponte insistió en que el proceso de Contadora, las negociaciones de paz auspiciadas por los estados de América Latina en 1983, iba a “liquidar nuestro proyecto especial”. En lugar de aceptar la oferta de los sandinistas que pondría fin a la tortura y al derramamiento de sangre, Negroponte empujó con fuerza el mantenimiento de las acciones de las fuerzas respaldadas por Estados Unidos.

Distanciándose de sus funciones de embajador, Negroponte apareció en muchas ocasiones dando el apoyo directo de Estados Unidos a la “Contra”. En un cable sugirió reforzar a los antisandinistas con el fin de contrarrestar la idea que “todo está emanando de Honduras”. En otro el Departamento de Estado suministró información detallada sobre los movimientos militares sandinistas en la frontera entre Nicaragua y Honduras.

Al hablar con el presidente de Honduras, Roberto Suazo Córdova en abril de 1982, Negroponte declaró “que deberían tomarse fuertes medidas preventivas para adelantarse a la violencia revolucionaria”. En la práctica la declaración era una incitación velada para proseguir con los abusos cometidos por los militares hondureños.

Gracias a la desclasificación de documentos secretos –como lo demostró las investigación periodística de “Baltimore Sun” en 1995– se ha documentado que Negroponte permitió las violaciones de los derechos humanos durante su misión en Honduras. Sin embargo, lo que debería haber sido un escándalo político, promovió su carrera diplomática.

El ‘diplomático de los diplomáticos’

John Negroponte fue nombrado embajador en México en 1989 por George H. W. Bush, para promocionar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC). Como era de esperar, también es un fan de la Asociación Trans-Pacífico (TPP).

Luego pasó a servir en diferentes cargos en el segundo gobierno de Bush. Fue director nacional de inteligencia y el primer embajador post-Saddam en Irak. A pesar de las críticas sobre su pasado, en cada nueva ocasión fue confirmado con facilidad.

En círculos de la oligarquía estadounidense es simplemente un “diplomático de diplomáticos”, un estadista venerado, en que su acción en los países donde se cometieron terribles crímenes, son tan relevantes como su número de zapato.

Con personajes como éste muy difícil no advertir que la política exterior de Hillary Clinton estará contaminada con una primacía deshumanizada por los intereses estratégicos y políticos a expensas de la paz, los derechos humanos y la vida de las personas pobres en los países extranjeros.

Digan lo que digan sobre las creencias políticas de Hillary, ella ha tenido una constante en su visión de la política exterior: siempre ha estimulado un enfoque intervencionista, sin complejos, que la ha convertido en la favorita de los halcones mucho antes de su elección como candidata.

Al igual que Negroponte, tiene su propia y reciente historia intervencionista en Honduras y ha apoyado tanto el TLC y el TPP (a menos que cambie de opinión acerca de este último). En estos temas son almas políticas gemelas.

Algunos dirán que el apoyo de Negroponte puede ser visto simplemente como el respaldo a Hillary por parte de figuras respetadas. Otros dirán que el apoyo de Negroponte no importa en realidad porque sólo es boato y no la señal de una futura política exterior.

Incluso si aceptamos esto, el hecho de abrazar y buscar el apoyo de un hombre que facilitó activamente durante años atrocidades que revuelven el estómago es particularmente indecoroso. Sobre todo cuando tanto los demócratas como la propia Clinton –con aire de suficiencia– han argumentado que su partido ha puesto en la picota a Trump por su elogio de los gobernantes autoritarios como Putin y Saddam Hussein.

“El elogio de Donald Trump a hombres brutales no conoce límites”, decía Clinton el mes pasado en una declaración. “Los cumplidos de caballero de Trump a dictadores brutales y las retorcidas lecciones que parece haber aprendido de su historia, demuestran lo peligroso que sería como comandante en jefe y lo indigno que es para la presidencia”.

Clinton golpeó a Trump al denunciar las palabras del millonario a favor de gobiernos autoritarios. Pero ella no tiene nada de qué ufanarse, porque buscó el apoyo de alguien como John Negroponte, que protegió a quienes llevaron a cabo terribles crímenes contra la población.

Branko Marcetic http://socialismo21.net/historia-de-uno-de-los-halcones-de-hillary-los-crimenes-de-negroponte/

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Watergate: todos los hombres del presidente (y alguno que se quedó olvidado)

“El [Washington] Post mintió a sus lectores publicando historias que sabía falsas y permitió a Woodward mentir con impunidad. Esto incluía la publicación de historias que afirmaban que Moorer u otros nunca hablaron del Golpe Silencioso cuando, de hecho, los redactores del [Washington] Post no solamente sabían que habían sido entrevistados, sino que habían sido grabados. Sus editores y aliados efectuaron una campaña de desinformación e intimidación contra otras empresas de información que evaluaron la publicación de parte del Golpe Silencioso o airear historias sobre el libro” (Lan Colodny, Silent Coup, St. Martin Press, Nueva York, 1 de mayo de 1991).

Si dices una mentira lo suficientemente grande y se repite lo suficiente, la gente llegará a creerlo. La mentira podrá mantenerse sólo el tiempo que el Estado tenga aislada a la gente de las consecuencias políticas, económicas y militares de esa mentira. De esta forma es de importancia vital para el Estado usar toda su fuerza para reprimir disensiones, porque la verdad es el enemigo mortal de la mentira y, por extensión la verdad es el mayor enemigo del Estado” (Joseph Goebbels, Ministro de Propaganda en la Alemania nazi).

Un texto histórico frecuentemente usado en las “high schools” estadounidenses dice lo siguiente sobre la dimisión del presidente Richard Nixon: “Idea central: La participación del presidente Richard Nixon en el escándalo Watergate le obligó a dimitir de su puesto. El escándalo Watergate afectó a cuestiones de confianza pública que aún afectan al escepticismo con que el público y los medios ven a los políticos”.

Hay una referencia a la habitual lista de personajes relacionados con el “Comité para la Reelección del Presidente” y de los miembros del Congreso que participaron en las audiencias del asunto Watergate. La entrada en Wikipedia sobre Nixon y su caída exhiben la misma narrativa aséptica.

Hay cráteres profundos en estas presentaciones de Nixon. Está llena de alegres relatos sobre la efectividad de los sistemas de controles y balances mediante los que el Congreso de Estados Unidos llegó a desafiar a la presidencia imperial y volvió a poner al país en la senda de una democracia libre y abierta. Nixon sigue siendo el rostro de la maldad política para muchos norteamericanos. Y en los colegios y escuelas enseñan que la paranoia, la inseguridad, el racismo y el desprecio de Nixon por todo el mundo excepto por sus más cercanos colaboradores fueron las principales causas de su dimisión el 9 de agosto de 1974. Esas narrativas han sido aprobadas por las élites políticas, militares, académicas y empresariales porque son simplistas y fáciles de “vender”, a unas (como cantó una vez Jim Morrison, del grupo The Doors) “frágiles mentes de cáscara de huevo” (fragile eggshell mind), es decir, el público norteamericano.

La presidencia de Nixon se define por sus defectos y por el Watergate. Pero en realidad es una escena del crimen confusa y con muchas cuestiones dudosas y sin resolver. En este sentido, sigue siendo una especie de “caso pendiente” que necesita desesperadamente una revisión que incluya el papel de la Junta de Jefes de Estado Mayor del ejército, y su operación de espionaje dentro del National Security Council (NSA), una aclaración sobre el hombre que orquestó la entrada en el Watergate, las dudosas acciones del general Alexander Haig en el National Security Council y las arriesgadas informaciones de Bob Woodwards y el Washington Post.

La Teoría Mister Proper

Afortunadamente, Len Colodny ha expuesto los fallos de la historia. “Silent Coup: The Removal of a President” (1992, reeditado en 2015) y “The Forty Years War: The Rise and Fall of the Neocons, from Nixon to Obama” (2010) dañan severamente las narrativas oficiales. Es fácil quitar importancia a sus trabajos como teorías de la conspiración, si se es seguidor de la “Teoría Mister Proper” del Watergate: todos los hechos inconvenientes son borrados de la escena del crimen.

Pero ambos trabajos están impecablemente escritos en estilo sencillo, apoyados por una cantidad enorme de entrevistas y referencias. La recopilación de Colodny sobre Nixon y Watergate están en la Texas A&M University. Contienen “aproximadamente 800 horas de entrevistas grabadas, con más de 100 personas que estuvieron relacionadas con la Administración Nixon y sus sucesores. Los historiadores que vayan a la Texas A&M y al portal en línea que la Universidad está desarrollando encontrarán las extensas entrevistas de Colodny con los más cercanos colaboradores y asociados de Nixon, incluyendo a H.R.Haldeman, su jefe de gabinete, el juez John Mitchell, y su jefe de Política Interna, John Ehrlichmann. También cuenta con entrevistas exclusivas con el reportero del Washington Post Bob Woodward y el consejero de la Casa Blanca John Dean, cuyos testimonios durante las audiencias del caso en 1973 ayudaron a detallar las implicaciones de Nixon en la ocultación del Watergate”.

Aquí se enumeran (en citas directas) algunas de las claves encontradas por Colodny. Pueden consultarse en http://www.watergate.com

Además de demostrar los lazos entre Woodward y Haig, demostramos como Dean ordenó la entrada en los apartamentos Watergate principalmente para cubrir su relación con un círculo de prostitución dirigido por una “madam”, Heidi Rikan, cercana amiga de la novia y esposa de Dean, Maureen Biner Dean. Por aquel entonces, los Dean se escondieron tras la cortina de humo de que el alias de Rikan, Kathie Dieter, no era Rikan. Sabíamos que Rikan y Dieter eran la misma persona, y lo demostramos. En conjunto, las revelaciones proporcionaron una versión muy diferente de los sucesos que llevaron a la salida de Nixon. Dean, Haig y Woodward reaccionaron como se esperaba: nos atacaron pero nunca establecieron ninguna crítica esencial de los hallazgos presentes en el libro.

Las conexiones de Woodward con el espionaje

Bob Woodward mintió para ocultar sus antiguos lazos con el general Alexander Haig. En 1969 y 1970 el teniente de la Marina Bob Woodward manejaba la sala secreta de comunicaciones del Pentágono, que transmitía mensajes por todo el mundo, incluyendo el canal de comunicación para Henry Kissinger y el presidente Richard Nixon. En esas funciones, Woodward a menudo entregó mensajes de dirigentes de todo el mundo al general Alexander Haig, el representante de Kissinger en el National Security Council… Esta relación es crítica para el escándalo Watergate, ya que Haig era la fuente clave para Woodward en su historia más importante, el “borrado deliberado” de una grabación esencial de Nixon en la Casa Blanca.

‘Garganta Profunda’

Usando a “Garganta Profunda”, Woodward oculta a la persona que borró efectivamente la cinta o que al menos fue testigo del borrado. Colodny dice a Woodward en la transcripción de la entrevista: “La palabra que apunta hacia usted es ‘deliberada’. Porque si alguien está deliberadamente borrando cintas que están ante el juez Sirica, estamos hablando de un delito”. Es importante saber si “Garganta” sabía que era algo deliberado, o bien borró la cinta, o fue testigo de la destrucción. Está claro que, tanto por el proceso de eliminación y la modificación de Woodward sobre el papel de “Garganta” como fuente, que fue Alexander Haig la fuente que le comunicó que hubo un borrado deliberado de las cintas de la Casa Blanca.

En los siete días siguientes, los equipos de investigación de la Casa Blanca y el Pentágono entraron en acción, y pronto encontraron al culpable inmediato, Charles E. Radford. Radford era un funcionario de la Marina que trabajaba en las oficinas del National Security Council, y frecuentemente copiaba documentos clasificados e incluso admitió haber revuelto el maletín de Kissinger. Su confesión y la de su superior, almirante Robert O. Welander, comenzaron a desentrañar la pista del espionaje que se remontaba 13 meses atrás, hasta noviembre de 1970. Según esta perspectiva histórica, comenzó cuando el Secretario de la Junta de Jefes de Estado Mayor, almirante Thomas H. Moorer sospechó de las decisiones de política exterior de Nixon y el consejero de seguridad nacional Henry Kissinger. Estas políticas incluían cómo se estaba llevando la guerra de Vietnam, su búsqueda de un acuerdo con la URSS y sus planes de entablar comercio con China. En resumen, el ejército creía que Nixon estaba vendiendo el país a sus mayores enemigos, los comunistas. Por estos motivos se organizó un círculo de espionaje dentro de la oficina del National Security Council en la Casa Blanca, a fin de robar los secretos más importantes del presidente y sabotear sus políticas. Esto llevó a los sucesos del 21 de diciembre de 1971, el séptimo día.

Ese día Nixon tuvo conocimiento de las operaciones de espionaje hasta el último detalle, y tomó una decisión funesta y desastrosa, que afectaría profundamente al curso de su administración y sería un factor de su dimisión en 1974. Enterado de la operación, Nixon la declaró inicialmente como “un delito federal del más alto nivel”. Pero no exigió que nadie fuera acusado. Más bien, tapó lo que supo, y más tarde confirmó a Moorer como el secretario de su Junta de Jefes [de Estado Mayor].

El círculo de espionaje y su falta de reacción y represalia serían el más profundo y mejor guardado secreto de su Administración. El presidente incluso consiguió ocultar la existencia del espionaje durante el escándalo Watergate, cuando, si lo hubiera revelado, hubiera salvado su presidencia. En los años posteriores rehusó reconocer la verdad sobre esto, incluso cuando se le mostraron las pruebas más sólidas, llevándose el secreto a la tumba.

Los fontaneros espiaban incluso al presidente

En 2012 dije sobre la obra de Colodny que “La guerra de los cuarenta años” es un relato chispeante y excepcionalmente documentado de las políticas norteamericanas desde los años de la II Guerra Mundial hasta los primeros días del presidente Obama. Los principales hechos, nombres y organizaciones comunes en los análisis políticos e históricos de hoy están todos presentes destacadamente en el libro: Kissinger, Nixon, Haig, Reagan, Clinton, Bush (primero y segundo), Obama, Rumsfeld, Cheney, Carter, Bin Laden, Paul Wolfowitz, Richard Perle, Watergate, Iran-Contra, 11-S, Bob Woodward, la Guerra Fría, el Proyecto para un Nuevo Siglo Americano, la Unión Conservadora Americana, etc.

Pero la auténtica fuerza del libro procede de la búsqueda de Colodny bajo las narrativas históricas “standard” del elenco de hechos, asuntos y personalidades de 1945 a 2009 para revelar astutamente las muchas historias del poder; la lucha política entre la Casa Blanca y la CIA, el Departamento de Estado, el de Defensa y el Congreso; el armamento ideológico constitucional; y, discutiblemente, ruines actividades criminales que bordean la traición. Todo ello apoyado por 432 notas a pie de página y una excelente bibliografía. En una reciente actualización de “Silent Coup”, Colodny comentaba sobre las cuestiones de “La guerra de los cuarenta años” publicada en 2009:

“Por entonces la guerra en Irak estaba en un punto muerto que causaba comparaciones continuas con Vietnam. Empezamos a investigar cómo llegó Estados Unidos a quedar atrapado en otra guerra terrestre sin fin, esta vez en Oriente Medio. Alexander Haig, el general que fue jefe de gabinete de Nixon en 1973, fue el foco de parte de nuestra investigación. Nos preguntamos cómo acabó Haig trabajando en el National Security Council para Henry Kissinger. Supimos que Haig fue recomendado por dos colegas del Pentágono, el antiguo consejero Joseph Califano y el mentor de Haig, Fritz G. A. Kraemer, un analista político nacido en Alemania que también descubrió a Kissinger cuando era un soldado raso durante la II Guerra. Nuestra investigación mostró el alcance de la influencia de Kraemer en el ejército y en el gobierno federal. Las firmes convicciones de Kraemer modelaron las de Haig, que a menudo frenaba las políticas impulsadas por Kissinger y Nixon. Fue Haig quien proporcionó información al Pentágono que Nixon y Kissinger querían esconder de los militares.

La influencia de Kraemer continuó después de Nixon en la Administración Ford, en donde trabajó con el jefe de gabinete del presidente Ford Donald Rumsfeld y su sucesor, Dick Cheney. Estos serían con el tiempo Secretario de Defensa y vicepresidente, y ayudaron a guiar al presidente George W. Bush en la desastrosa invasión de Irak. El mantra republicano ‘Paz mediante la Fuerza’ de Ronald Reagan hasta el último día, está basado totalmente en la ‘Teoría de la Debilidad Provocativa’. La ‘Guerra de los cuarenta años’ fue publicado en diciembre de 2009. El libro reforzó los descubrimientos de ‘Silent Coup’, e incorporó los avances hechos por aquellos que se vieron influenciados por ‘Silent Coup’. Los descubrimientos de ‘La guerra de los cuarenta años’ no han sido discutidos…”

La clase dirigente estadounidense está contando enormes mentiras sobre su apoyo directo a los simpatizantes nazis instrumentados en el golpe de Ucrania; su intento de desmantelar Rusia mediante sanciones, manipulación de divisas y manipulaciones en la producción mundial de petróleo; su caprichosa criatura del Califato Islámico; su asedio militar a China y su voluntad de diezmar la población de Estados Unidos mediante los programas de austeridad y la creación de guerras de clase y exteriores. Todo es fácil de ver.

En el sitio web Fabius Maximus se discutían los resultados de una reciente encuesta YouGov sobre un golpe militar en Estados Unidos: “Luego están las peores noticias. La encuesta demuestra que el 29 por ciento de los norteamericanos pueden imaginar una situación en la que apoyarían la toma del poder federal por los militares… Es una vieja historia… Es el rechazo del pueblo de Roma a llevar la carga del autogobierno. Los fuertes combatían por el trono, algo que cada vez es más probable que suceda en Estados Unidos, cuando miramos hacia la policía y el ejército en busca de ayuda en los momentos difíciles. El pueblo de Roma reaccionó a la caída de la República y el ascenso del Imperio con resignación, tales como estoicismo, epicureísmo, hedonismo y cristianismo. ¿Que filosofías o religiones crearemos para adormecer nuestro sentimiento de responsabilidad? Los [Padres] Fundadores modelaron Estados Unidos siguiendo el ejemplo de Roma, y estamos preocupados de que pueda seguir el mismo curso. Sus escritos, tales como los Documentos Federales, describen nuestro amor por la libertad como el cimiento de la República. La siguiente generación pondrá a prueba si merecemos o no su confianza”.

John Stanton https://dissidentvoice.org/2015/09/watergate-and-the-washington-posts-big-lie/

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Memoria Histórica

En Krajina no se han cerrado las heridas de la Guerra de los Balcanes

En 1995 numerosos habitantes fueron obligados a abandonar Croacia, y sobre todo la región de Krajina, porque eran serbios. Su regreso ha topado con una política de obstrucción por parte de las autoridades croatas. ¿Cómo ha ido evolucionando la situación desde el fin de los años 90, especialmente en el contexto de la integración europea de Croacia?

Hasta los conflictos de los años noventa, la Krajina era una región mayoritariamente poblada de serbios, en el interior de la república socialista croata. En 1991 la República Serbia de Krajina proclamó su independencia. El 4 de agosto de 1995 las fuerzas croatas lanzaron la operación “Tempestad” para “reconquistar” la región. Esta ofensiva militar provocó la partida forzada de más de 200.000 serbios hacia Bosnia Herzegovina y Serbia sobre todo. Hasta 2010 solamente una cuarta parte había regresado a Krajina.

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Memoria Histórica

La caza de brujas contra los comunistas en Estados Unidos

Cuando el senador Joseph McCarthy llegó al coto de caza, la temporada ya estaba empezada. Y cuando volvió con sus presas a casa, herido y borracho, la partida continuó sin él. Sin embargo, su nombre quedó ligado a los límites del coto. En diciembre de 1954, McCarthy fue condenado por el propio Senado estadounidense. “Ha actuado en contra de la ética senatorial y ha pretendido llevar al Senado a la deshonra y al descrédito, obstruir los procedimientos constitucionales del Senado y perjudicar su dignidad”. Así quedaba reprobado el senador por Wisconsin. Y con ello salvadas las excusas para justificar y disculpar la “caza de brujas” anticomunista a lo largo y ancho del país. No solo eso. La “caza de brujas”, el “terror rojo”, una actividad y un clima que suponían un todo de amplio espectro, quedaban englobados bajo un nuevo término: “mcarthysmo”. Tanto fue así que adoptaría traducción universal. Toda persecución política por parte de elementos del Estado se podía calificar de episodio macartista, ya sucediera en cualquier parte del mundo. Porque lo importante no eran los elementos de fondo de tales persecuciones, sino los formales. El primero, la participación de “elementos del Estado”, lo que hacía al propio Estado un ente intocable en su conjunto, y lo humanizaba en su imperfección y en su capacidad de reconversión y limpia. Y segundo, en la cualidad episódica, en lo que se circunda temporalmente y, de nuevo, se disculpa como una mancha académica que no debe emborronar el expediente.

Joseph McCarthy le fue a los EEUU -discúlpese en lenguaje- un tonto útil. Y el macarthysmo, como término, un truco historiográfico que cercena sutilmente gran parte de la historia. Algo así como un saco donde entra todo, desde el famoso Comité de Actividades Antiamericanas -HUAC, siglas inglesas de House Committee on Un-American Activities- al clima generalizado de persecución. El nombre de McCarthy quedó ligado a “caza de brujas”, a los “Diez de Hollywood”, al “terror rojo”. El senador reportó méritos para ello. Pero él mismo fue un capítulo más en una historia compleja.

Evidentemente toda la “caza de brujas” y el clima de histeria anticomunista no dependió de McCarthy. Pero la estrategia del “todo es McCarthy” era la que mejor podía funcionar para que el gobierno de los EEUU saliese indemne de una aventura que se estaba volviendo demasiado arriesgada.

El Comité de Actividades Antiamericanas existía como organismo dependiente del Congreso de los Estados Unidos desde 1934, cuando fue creado para investigar la presencia de propaganda política extranjera en el país. Se centró particular y oficialmente en la posible actividad nazi entre estadounidenses de origen alemán y en el seno del Ku Klux Klan. La pronta conclusión fue que no había indicios concluyentes de penetración nazi, menos aún en el Klan, que era, a fin de cuentas, una “antigua institución estadounidense”. Tras ello, el Comité viró sus investigaciones hacia la influencia y extensión del comunismo, especialmente sobre aquellos sectores o gremios de notable influencia social, como podían ser los artistas e intelectuales. En el marco del New Deal y de las políticas de la administración Roosevelt -sustentadas en la Works Progress Administration- el principal y más famoso de los proyectos subvencionados fue el del Federal Theatre Project, que trató entre 1935 y 1939 -cuando fue cancelado- de desarrollar un amplio programa de actividades teatrales por todo el país que diera trabajo a miles de profesionales de las artes escénicas y que entretuviera a los trabajadores, en aquellos años de la Gran Depresión. Aprovechando la oportunidad, talentos como Arthur Miller y Orson Welles encontraron hueco para sus obras en el proyecto. El tono político de muchas de las representaciones pronto alarmó al gobierno estadounidense, cuyo Departamento de Estado llegó a a prohibir la representación de varias obras, como una que criticaba abiertamente la invasión de Etiopía por la Italia fascista y que hacía una representación crítica de Mussolini. El Departamento arguyó que no podía representarse en los escenarios a Jefes de Estado extranjeros, porque existía riesgo de provocar conflictos diplomáticos. La dramaturga y directora del Federal Theatre Project, Hallie Flannagan, tuvo que comparecer ante el Comité de Actividades Antiamericanas en 1938, para responder a preguntas tan insospechadas como la presunta militancia comunista de Christopher Marlowe, uno de los autores cuyas obras habían sido representadas -Christopher Marlowe, el autor isabelino, nacido en 1564-. Era el macarthysmo, antes de McCarthy.

Los interrogatorios de McCarthy, con un estilo agresivo y chabacano, grabados y difundidos públicamente, le confirieron la acertada imagen de estandarte anticomunista. En 1952 fue reelegido senador con el 54% de los votos. Había conseguido hacerse con el fervor popular de los católicos e incluso con el favor personal de la familia Kennedy, a pesar de encuadrarse en partidos políticos diferentes.

La persecución y las listas negras que se hicieron famosas por incluir notorios nombres de Hollywood comenzaron su sistemático curso en 1947, a cargo del Comité de Actividades Antiamericanas, con naturaleza de Comité Permanente desde dos años antes y presidido por el demócrata Edward Joseph Hart. Ya un año antes, en 1946, el diario The Hollywood Reporter publicaba una columna titulada Un voto para Stalin, donde se daban nombres y apellidos de supuestos infiltrados comunistas primordialmente en el mundo del cine. Walt Disney y Ronald Reagan fueron los profesionales que abrieron las audiencias del Comité, como abanderados contra la infiltración soviética en la industria del cine. Después de la primera salva, once testigos -en calidad de testigos fueron convocados por el HUAC- terminaron siendo declarados abiertamente hostiles; entre ellos, Bertolt Brecht, que procedió a abandonar los Estados Unidos. Quedaron los famosos “Diez de Hollywood”, acogidos en vano a la Primera Enmienda y a su derecho a no declarar. Fueron condenados por desacato al Congreso. Sólo uno de ellos revertirá su condena, evitará la prisión y el destierro profesional, el director Edward Dmytrik, tras reconocer su pertenencia al Partido Comunista, renegar de ello y delatar a otros colegas -para “salvar su piscina”, como apuntaría genéricamente Orson Welles sobre los delatores-. En 1950 se publica el folleto Red Channels -Canales Rojos: Informe sobre la influencia comunista en la radio y la televisión- que incluía el nombre de 151 personajes públicos -cineastas, escritores, periodistas, músicos, actores- de militancia o simpatía comunista. El folleto, publicado por el periódico semanal Counterattack -Contraataque-, órgano de American Business Consultants Inc., ponía de manifiesto la amplísima red gestada para declarar un absoluto estado de terror colectivo.

Los intereses corporativos funcionaron perfectamente engrasados con la HUAC y el FBI de Hoover, que tenía ya por entonces cientos de miembros infiltrados en el Partido Comunista de los Estados Unidos -CPUSA-. McCarthy, el senador, era la figura propicia para ponerse en primera línea de fuego de aquella cruzada anticomunista dentro del país.

Los interrogatorios de McCarthy, con un estilo agresivo y chabacano, grabados y difundidos públicamente, le confirieron la acertada imagen de estandarte anticomunista. En 1952 fue reelegido senador con el 54% de los votos. Había conseguido hacerse con el fervor popular de los católicos e incluso con el favor personal de la familia Kennedy, a pesar de encuadrarse en partidos políticos diferentes. McCarthy, por mucho que se le asocie con la persecución de Hollywood, no fijó su atención principal en el mundo del arte. Las listas negras de artistas e intelectuales habían crecido en el seno del Comité de Actividades Antiamericanas, del que McCarthy nunca formó parte. La lista que confeccionó el senador republicano y le sirvió de trampolín, quedó dibujada como una mera amenaza en febrero de 1950, cuando durante un discurso, sin dar nombres, dice tener una relación de 205 comunistas infiltrados no en entre bambalinas y sets, sino en el mismo Departamento de Estado. La cruzada de McCarthy se dirigía hacia la supuesta infiltración en el ejército y en el propio gobierno. En el momento de iniciar su inquisición el Presidente del gobierno era el demócrata Truman. Pero dos años más tarde, Eisenhower ganó las elecciones presidenciales, el primer republicano en veinte años. Y McCarthy encontrará en sus propias filas el principal escollo que salvar, finalmente insuperable.

Tras su reelección como senador se le asignó la presidencia del Subcomité de Seguridad Interna del Senado. Se le consideraba un puesto y una responsabilidad menor, pero McCarthy supo utilizar la posición para llevar a efectos la ofensiva final contra cualquier indicio de actividad comunista. Nombró a dos jóvenes de confianza como abogados del Subcomité, Roy Cohn -abogado principal- y Robert F. Kennedy -asistente-. En nombre de este Subcomité, interrogará a numerosos intelectuales, resultando paradigmática la audiencia a Dashiell Hammett, casi un ejercicio dramático de pura farsa. En el otoño de 1953 McCarthy inició su acometida contra el ejército, el caso Peress -el del dentista del Ejército al que el senador acusó de infiltración comunista en el cuerpo militar- supuso un desgaste y un cierto revés para McCarthy, que se granjeó la enemistad de importantes sectores dentro del Ejército cuando involucró al respetado General Ralph W. Zicker, inmediato superior de Peress.

En 1954 el tiempo de McCarthy comenzaba a acabarse. En la primavera de ese año, McCarthy y Roy Cohn fueron denunciados por favorecer el trato dentro del cuerpo de un asesor del Subcomité. Las audiencias del Ejército contra McCarthy fueron televisadas. McCarthy salió absuelto de toda culpa, no así Cohn, ni tampoco algunos de los cargos militares enfrentados a McCarthy. Las deliberaciones, en cualquier caso, importaban poco. La estrategia de la acusación contra McCarthy se centró en dejarle que se mostrase tal y como era, agresivo y un tanto simplón, y esperar que el público, ahora que no le veía enfrentado a la “amenaza comunista” sino a una de las más “antiguas instituciones estadounidenses”, el Ejército, le sentenciara. El senador de Vermont, Ralph Flandes, forzó finalmente la moción de censura del de Wisconsin, que quedó bajo investigación de un Comité específico compuesto por otros cinco senadores, dirigido por Arthur V. Watkins.

McCarthy, después del varapalo en la cámara, pasó a un segundo plano. Había sido reprobado, pero no por su visceral anticomunismo, sino por su alboroto. Con un severo problema de alcoholismo, murió apenas dos años después, en mayo de 1957. Él desapareció, pero la caza de brujas continuó, entonces sí, arreglando los desajustes de tono que el senador había introducido. Ni mucho menos desapareció el Comité de Actividades Antiamericanas, complemento y ejemplo inspirador para McCarthy. Aún en 1961 fueron condenados por desacato al Congreso -al acogerse a la Quinta Enmienda ante el HUAC- figuras como el cantante Pete Seeger o el dramaturgo Arthur Miller. En 1969 el Comité cambió de nombre, asumiendo el de Comité de Seguridad Interna. En 1975 fue formalmente disuelto y sus funciones pasaron a competencias del Comité Judicial del Senado. Al gobierno estadounidense le quedaban múltiples recursos, los programas del FBI y de la CIA para atacar las “nuevas amenazas subversivas” sobre suelo de los Estados Unidos serían más funcionales y sigilosos que los exabruptos del senador McCarthy.

Olvido Rus http://drugstoremag.es/2015/01/la-caida-de-mccarthy-y-la-continuidad-de-la-caza-de-brujas/

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Memoria Histórica Noticias

La ‘deportación’ de los tártaros de la Unión Soviética

Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, en 1944, los tártaros que vivían en Crimea fueron trasladados por el gobierno soviético a Asia central de forma masiva.La sucia propaganda imperialista califica el traslado como una “deportación”, es decir, como un castigo colectivo y habla de los sufrimientos causados a la población, pero no dice nada acerca de los motivos del mismo, salvo las rituales menciones a la brutalidad de Stalin (¡siempre Stalin!) que son de mención obligatoria y ya aburren.

Los tártaros son los antiguos turcos o turcomanos, una población de origen asiático, que antiguamente ocupaba todas las riveras del Mar Negro. Aunque Turquía no se decidió a participar en la Segunda Guerra Mundial, mantuvo relaciones muy estrechas con el III Reich, por varios motivos, entre ellos la afinidad ideológica entre el pangermanismo y el panturquismo, que pretendían la expansión de la República de Turquía más allá de sus fronteras hacia las poblaciones que tenían el mismo origen étnico.

El III Reich logró penetrar entre la población tártara, una parte de la cual se convirtió en autora y cómplice de las grandes matanzas cometidas por los nazis en Crimea. Una vez que los nazis se retiraron, el resto de la población se aprestó a la venganza y empezaron a producirse importantes represalias contra los tártaros.

Si no llegan a ser traslados, muchos de ellos hubieran perecido a manos de los antifascistas. Aunque fueron varias las poblaciones que colaboraron con los nazis en la Segunda Guerra Mundial, el gobierno soviético sólo ordenó el traslado de las más pequeñas, como los tártaros, dejando que las más grandes, como los ucranianos del oeste, siguieran en sus lugares de origen, lo cual explica la historia reciente de Ucrania y el resurgimiento allá del nazismo.

El traslado fue muy duro para los tártaros, e incluso se puede calificar de “inhumano”. Algunos murieron durante el mismo, pero entonces la URSS aún estaba en medio de la guerra y la destrucción. Toda la población soviética vivía en condiciones inhumanas.

El blog de Pavel Shipilin (1) comenta que el gobierno soviético era internacionalista y no podía admitir, bajo ninguna excusa, los enfrentamientos de unos pueblos contra otros, como había ocurrido durante el zarismo.

Para proteger a los pueblos autóctonos, como los tártaros o los ucranianos del oeste, los crímenes de guerra cometidos por ellos fueron imputados de manera sistemática a los nazis o a las SS, mientras que los documentos sobre su complicidad se archivaron bajo secreto militar, donde permanecieron siempre.

Los papeles pueden callar, pero las personas no, y a los habitantes de Crimea y Polonia jamás se les olvidó quiénes fueron los que llevaron a cabo las matanzas durante la guerra mundial. Aunque la frontera entre Polonia y Ucrania se podía volver a dibujar sobre un mapa, la de Crimea no existe desde los tiempos de la guerra entre Rusia y Turquía a mediados del siglo XIX, es decir, 100 años antes.

En 1939 apenas el 20 de la población de Crimea eran tártaros. Al comienzo de la guerra, los tártaros fueron llamados a filas para cumplir el servicio militar, como las demás poblaciones soviéticas, produciéndose deserciones masivas, casi en su totalidad. Cuando Crimea fue ocupada, los tártaros no tuvieron ningún escrúpulo en alistarse, tanto en la Wehrmacht como en la Waffen SS.

Shipilin documenta el artículo de su blog con enlaces externos y fotografías de los tártaros que sirvieron en las filas nazis (2). Tras la guerra el mariscal de campo nazi Von Manstein escribió que cuando Crimea fue ocupada por los nazis, el resto de la población formó una poderoso movimiento guerrillero, uno de cuyos objetivos militares, además de los nazis, fueron los colaboracionistas tártaros que, a su vez, formaron contraguerrillas para defender la ocupación nazi.

Uno de los crímenes de guerra cometidos por los tártaros nazis fue la destrucción de la ciudad de Laki, cuyo  origen histórico se remontaba al siglo VI y que desde entonces ni siquiera está ya en los mapas porque fue absolutamente incendiada y arrasada junto con toda su población (3).

Tras la guerra se descubrieron las cenizas de la ciudad y junto a ellas, una gran fosa común con restos de cadáveres carbonizados, que aún tenían un agujero de bala en la nuca.

Se pueden poner más ejemplos de ciudades destruidas, viviendas incendiadas, cadáveres descuartizados, torturados, quemados y asesinados, incluidos niños y ancianos. Pero, ¿para qué? Lo que debe preocuparnos es el terror… stalinista, que es de lo que nos habla la canción que ha ganado Eurovisión.

A pesar del horror de los crímenes tártaros, al final de la guerra el gobierno soviético se preocupó de protegerlos enviándolos a Asia central. Los tártaros que combatieron en el Ejército Rojo fueron condecorados, como cualquier otro combatiente antifascista de cualquier otro pueblo. Pero como tártaros, los héroes de guerra también fueron deportados a Asia central.

Hay algo que la burguesía no entiende: la igualdad. Tras la anexión de Crimea, en 20014 Putin aprobó un decreto por el cual “rehabilitaba” a los tártaros de Crimea para echar tierra encima y cicatrizar viejas heridas. Tuvo que ser duro para los hijos y nietos de los antifascistas masacrados en la guerra.

La vida es así de dura, y la muerte mucho más. En Asia central coincidieron todos los deportados tártaros; los héroes tuvieron que convivir con los criminales de guerra durante muchos años. Eso también tuvo que ser realmente duro.

(1) http://pavel-shipilin.livejournal.com/571128.html
(2) http://www.stena.ee/blog/kak-krymskie-tatary-sluzhili-fashistam
(3) http://palom.info/?page_id=1109

Los oficiales nazis pasan revista a sus tropas tártaras de Crimea

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Memoria Histórica

7 años en el Tíbet

El 9 de enero de 2006, a los 93 años de edad, falleció el alpinista austríaco Heinrich Harrer, campeón olímpico de su especialidad en 1936.

El nombre de Harrer apenas hubiera recordado absolutamente nada de no ser por el estreno diez años antes de la película “7 años en el Tibet”, protagonizada por el famoso Brad Pitt, basada en el libro autobiográfico de Harrer. Pero ni en el libro, publicado en 1953, ni en la película, casi medio siglo más tarde, la expedición de Harrer al Himalaya se relaciona con los nazis y la II Guerra Mundial.

Cuando la revista Stern desveló el pasado nazi de Harrer, éste lo negó todo rotundamente; lo suyo era sólo deporte.

Harrer nació en Austria en 1912, en los Alpes de Carintia. Estudió geografía y educación física en la Universidad de Graz, mientras se ganaba algún dinero como guía montañero y entrenador de esquí alpino.

Tras la llegada de Hitler al poder en 1933, Harrer se afilió a las juventudes hitlerianas. Luego él lo justificó diciendo que era para poder competir y realizar sus famosas expediciones montañeras en Asia.

Mentira.

Lo cierto es que desde 1933 Harrer era miembro de las SA y más tarde de las SS, pero no en Alemania sino en Austria, que era peor todavía. En 1933 el partido nazi era ilegal en Austria, que no fue anexionada hasta cinco años después en el ya famoso Anschluss. Al pertenecer a las SA desde 1933, es evidente que Harrer era un traidor a su propio país.

En 1936 Harrer participó en los Juegos Olímpicos en el equipo de esquí austriaco. Dos años después fue pionero en escalar la cara norte del Eiger, hazaña por la que fue llamado por Hitler, que lo recibió personalmente.

Tras la anexión de Austria a Alemania, Harrer se convirtió en entrenador del equipo alemán de esquí femenino de descenso y eslalon.

Al año siguiente Harrer viajó al Himalaya no por razones deportivas sino estratégicas, enviado por la Alemania nazi para preparar el ataque al Imperio británico en sus posesiones coloniales de la India. En el festival de Breslatt, Himmler en persona había invitado a Harrer a participar en una expedición de reconocimiento del Nanga Parbat. Varios años antes Himmler ya había enviado a Lasha, capital del Tibet, un equipo de reconocimiento.

Uno de los hombres de aquella primera expedición, Bruno Beger, era un nazi, luego oficial de las SS que se destacó asesinando y mutilando a varios prisioneros del campo de concentración de Auschwitz. Beger permaneció varios meses en Lasha, donde logró el apoyo de Tsarong, el mismo tibetano que luego ayudó a Harrer y a Aufschnaiter a entrar en la ciudad prohibida. Tsarong era uno de los caciques más ricos de Lasha. En el relato 7 años en el Tíbet, Harrer describe con grandes muestras de cariño a Tsarong que se convirtió en protector y amigo íntimo de los dos alpinistas nazis.

De acuerdo con la estrategia trazada por Himmler, el arquitecto del genocidio de Hitler, con la excusa de eliminar a los judíos del continente asiático, los nazis se proponían aliarse con los tibetanos, a quienes Himmler consideraba descendientes de los arios, para destruir las fuerzas británicas desplegadas en la India.

En 1939 comienza la expedición al Nanga Parbat para explorar el Diamir, pero la coartada alpinista de Harrer no engañó a los británicos, que le internaron en un campo de prisioneros en la India, donde aprendió tibetano e hindi.

En 1944 consiguió escapar y llegar a Lasha, donde conoció a Tsarong, que a su vez le presentó al Dalai Lama (Jamyang Wangchuck), de quien llegó a ser maestro personal así como asesor de ministros y funcionarios en la gestión de un Estado teocrático y esclavista, muy lejano del país idílico y bucólico, lleno de esos hipócritas santurrones que se empeñan en presentarnos los imperialistas.

Las cosas se complican en 1949: los comunistas chinos liberan al país de canallas como aquellos monjes que vivían del comercio y la explotación salvaje de los esclavos que trabajaban las tierras de los monasterios y templos.

El nazi Harrer está en la primera línea de defensa de Lasha frente al Ejército Popular de Liberación. Los monjes no oponen precisamente rezos y plegarias a las tropas revolucionarias y la lucha es muy larga en el techo del mundo. Finalmente la derrota le obliga a Harrer a huir del país en 1951. Dos años después escribe su libro, presentado como una aventura personal y casi mística. Desde los países imperialistas el nazi se convierte en el mayor defensor del independentismo tibetano frente a la invasión de los bárbaros comunistas chinos que habían quemado los templos y santuarios lamaístas.

Tras la victoria revolucionaria, la amistad con el Dalai Lama no se interrumpe: Harrer fue condecorado por el Gobierno tibetano en el exilio con la Luz de la Verdad por su apoyo al Tíbet independiente.

Harrer también fue autor de “Mi vida en la corte del Dalai Lama” del que se vendieron 50 millones de ejemplares. El mito se seguía explotando con buenos beneficios.

Pero los imperialistas tienen que invertir mucho dinero para seguir promocionando la causa del Dalai Lama y las calumnias contra el comunismo. Con 70 millones de dólares (10.000 millones de pesetas) de presupuesto, el director de cine francés Jean Jacques Annaud emprende el rodaje de 7 años en el Tibet en 1997. Desde el principio Harrer en persona fue un colaborador entusiasta de la película, que no se pudo realizar en la India como estaba previsto y se tuvo que desplazar a Argentina y a las montañas Rocosas.

Pero Hitler había muerto hacía mucho tiempo y el Dalai Lama tuvo que buscarse otros patrocinadores para su causa. Nada mejor que Estados Unidos.

… Pero este es otro capítulo de la misma historia.

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Memoria Histórica

La guerra civil rusa (1918-1921): La Campaña Meridional

Mientras Yudenitch atacaba por el norte a Petrogrado, Denikin, ex militar zarista, dirigía su ataque desde el sur. Su ejército que se decía el salvador de Rusia, era conocido como el sádico, por sus métodos de hacer la guerra.

Ucrania era un punto estratégico al igual que el Don en cuanto a recursos se refiere; al establecerse la república soviética ucraniana en diciembre de 1917, el general Simón Petliura, antisoviético, instó a los alemanas a derrocar junto a él el régimen soviético.

Nikolai N. Yudenitch

Las tropas alemanas inundaron Ucrania, las fuerzas soviéticas fueron desalojadas de Kiev y Kharkov, quedando un estado títere, a la cabeza contaba con Petliura, pero dominado por las tropas alemanas de ocupación. Se iniciaron unas medidas punitivas para acabar con obreros y campesinos revolucionarios.A pesar de esto, el movimiento revolucionario seguía en ascenso. Se sustituyó al gobierno de Petliura por una dictadura militar, al mando, Skoropadski. Pero este, a finales de 1918 huyó de Ucrania junto con el ejército alemán de ocupación, que había sido diezmado por el ejército rojo y por los guerrilleros ucranianos.

Pero esto no supuso el fin de los problemas, los aliados también habían apoyado a los antisoviéticos en la Rusia meridional. Un ejército de voluntarios de cosacos del Don al mando de Kaledin, Kornilov y Denikin y otros ex generales zaristas. Al principio, la campaña emprendida por este ejército sufrió fuertes contratiempos, Kaledin y Kornilov no aguantaron, y Denikin tuvo que tomar el ejército, que se batía en retirada, hostigado por los soviéticos.

En este momento oscuro para los blancos, aparecieron los aliados, franceses e ingleses, con armamento y provisiones en su ayuda. Se le repuso su ejército y se armó para iniciar una nueva ofensiva. En las últimas semanas de 1918 Odesa y Sebastopool fueron tomadas por ingleses y franceses. Denikin emprendió una ofensiva contra Moscú. Su más cercano compañero era Wrangel, un despiadado asesino y de repugnantes métodos bélicos. Marchando hacia el norte tomaron Tsaritsyn, la futura Stalingrado.

A unas 120 millas de Moscú, se inició una magnífica contraofensiva trazada por el miembro del Comité Militar Revolucionario, Stalin, el Ejército Rojo respondía. El ejército blanco, sorprendido, iniciaba la retirada hacia el Mar Negro, el ejército terminó por desintegrarse. Los restos de este llegaron a Novorossisk; a su llegada a esta ciudad del Ejército Rojo fue recibido por bombardeos de ingleses y franceses, Denikin huyó en un buque, y la ciudad fue tomada por los soviéticos.

La campaña oriental

Al mismo tiempo que se trazaba el plan de Denikin, el almirante Kolchak debía sitiar la ciudad desde el este. Los periódicos occidentales aclamaban las grandiosas victorias del Almirante, pero a mediados de 1919 emprendió la huida, en vanguardia tenía al Ejército Rojo, en retaguardia a las guerrillas. En noviembre evacuó la capital que había establecido, Omsk. En su retirada llegó a Irkurtsk, cuyo pueblo se le rebeló, estableció un soviet y lo arrestó; en el juicio se justificó con la falta de ayuda extranjera. Fue condenado a morir fusilado.

La cuestión polaca y Wrangel

Piotr Wrangel

Los aliados, ingleses y franceses, lanzaron dos ofensivas más contra Rusia. Los polacos invadieron Ucrania, gracias a la generosa financiación de Estados Unidos, llegando a ocupar Kiev. Allí fueron detenidos y rechazados por el ejército rojo. Este aprovecha y consigue llegar a las puertas de Varsovia. Con motivo del fuerte avance soviético, los aliados fortalecieron las ayudas a los polacos, pero debido a la mala organización militar de Trotsky y Tujachevisky, los soviéticos se vieron obligados a firmar la Paz de Riga, Polonia se quedó con una parte de Bielorrusia y Ucrania.

Esta paz había posibilitado la concentración de las fuerzas soviéticas hacia el barón Wrangel, que reemplazó a Deniki, quien junto con el apoyo francés había marchado hacia el norte desde Crimea hasta Ucrania. Pero en 1920 se le rechazó hasta Crimea, y se vio embotellado por las fuerzas rojas, que asaltaron el Perekop, se extendieron por toda Crimea y lazaron al ejército de Wrangel hacia el mar.

La última resistencia

El último ejército en suelo ruso era el del Japón imperial, en Siberia para ser exactos. Los japoneses, junto con los blancos, iniciaron una última campaña desde Vladivostok contra los soviets. Uno de los barones a cargo de fuerzas blancas y japoneses se creyó la reencarnación de Gengis Khan, sentía la necesidad de recuperar los antiguos territorios del Imperio Mongol.

Pronto emprendió su campaña contra el ejército rojo desde Siberia. Su táctica era más bien el de razias, pasaba a cuchillo a todo aquel judío, comunista o simpatizantes de la democracia. En julio de 1921, el Ejército Rojo emprendió una contraofensiva destinada a terminar con este ejército. Tras varios encontronazos, se alcanzó la victoria soviética con la ayuda de guerrillas. Las tropas del reencarnado huyeron, su guardia personal se le amotinó y lo entregaron a las fuerzas soviéticas.

Fue juzgado y sentenciado a ser fusilado, acto que ocurrió en el mes de septiembre de ese mismo año (1921). Al año siguiente el Ejército Rojo cercó Vladivostok, los japoneses que estaban allí se rindieron, fueron expulsados y la bandera roja ondeó sobre la ciudad. Poniendo fin así al último ejército extranjero en suelo soviético.

Situación posterior a la Guerra Civil

Durante los dos años y medio que duró la sangrienta y cruel guerra civil, unos siete millones de rusos, niños, hombres y mujeres, murieron. Las pérdidas materiales, calculadas por el futuro gobierno soviético, ascendieron a sesenta mil millones de dólares; añadir que ningún invasor pagó reparaciones.

Los gastos aliados ascendieron por parte de Gran Bretaña a casi cien millones de libras esterlinas; Francia entre 30 y 40 millones de la misma moneda, estos dos gastos en tan solo ayudar a Denikin. La campaña inglesa del norte costó otros 18 millones de libras, y los japoneses se gastaron 900 millones de yenes en la manutención de sus tropas en Siberia.Y el porqué de gastar tanto en una guerra no declarada, tan inútil como costosa. Principalmente los aliados querían los recursos que Rusia ofrecía, y vieron la oportunidad de restaurar el sistema anterior a la Revolución si ayudaban a los blancos. Grandes intereses imperialistas por parte de los imperios, como por ejemplo del Británico, que quería cerrar el paso de Rusia hacia la India.Recordar que las primeras medidas que se tomaron en el gobierno soviético fue la nacionalización de los grandes trusts económicos del imperio zarista.

En palabras del propio Lenin: “Al combatir con amplitud en todos los frentes a la contrarrevolución patria, hemos aprovechado un momento difícil para la burguesía internacional y asestado a tiempo un poderoso golpe al cuerpo de la contrarrevolución, hoy aplastada. Puede afirmarse con toda seguridad que la guerra civil se ha acabado en lo fundamental”.

La creación del Ejército Rojo

Hubo una transición entre un ejército imperialista hacia uno revolucionario, la construcción de este último ha de ser desarrollada bajo los principios básicos de los planteamientos de la Revolución de Octubre de 1917. El ejército ha de ser uno de los principales instrumentos en político; el Ejército Rojo es el instrumento de la Revolución Bolchevique, como afirmaba Lenin.

Acerca de cuáles han de ser las condiciones para la creación de una fuerza que defienda al proletariado escribió Lenin: “Tal como han insistido frecuentemente Marx y Engels, el primer precepto para los que quieran llevar a cabo una revolución exitosa es lograr la destrucción y desintegración del viejo ejército y su reemplazo por uno nuevo. Una nueva clase, que por primera vez toma las riendas del gobierno, jamás podrá conquistar el poder y consolidarlo, sin la desintegración (o, como lo llaman los reaccionarios y los cobardes filisteos, la ‘desorganización’) del viejo ejército; sin soportar necesariamente un difícil y doloroso período de transición sin ningún ejército y sin construir, gradualmente, en el curso de una dura guerra civil, una nueva organización militar como fuerza de defensa de la nueva clase”.

Ya antes de la Revolución de Febrero de 1917 el ejército ruso había comenzado un proceso de desintegración. Durante la Gran Guerra fueron 19 millones los hombres llamados a combatir, pero no había el armamento ni el material suficiente ni necesario para cubrir sus necesidades. Los procesos y lo sucedido en el período revolucionario entre febrero y octubre sirvieron para acelerar este proceso de desintegración ya iniciado.

No hubo formación antes de la revolución para la construcción de un futuro ejército. El Partido Bolchevique contaba con sus propias organizaciones militares, clandestinas evidentemente, dentro del ejército zarista, cuyo destino era la extensión de la propaganda y la preparación de la insurrección armada. Pero tras la revolución y su triunfo, su función cambiaría, ahora serían los defensores del país y de la patria socialista, como afirmaba Lenin. Pasaron de ser desorganizadores de un ejército, a tener que configurar uno nuevo. Ahora tenían que evitar la formación de ejércitos contrarrevolucionarios. Petrogrado sería el centro de trabajo militar bolchevique.

Para desintegrar por completo el ejército zarista, cada soldado debía volver a su ocupación civil, y a partir de ahí, de los trabajadores, campesinos y soldados construir un nuevo ejército, popular y revolucionario. Las células bolcheviques serían las cumplidoras de un importantísimo papel a la hora de organizar este nuevo ejército.

El 12 de enero de 1918 el Consejo de Comisarios del Pueblo estableció un decreto concerniente a la “formación del Ejército Socialista” que debía construirse “desde abajo en base a los principios de elección de los oficiales y del mutuo respeto y disciplina entre camaradas”. No fue hasta febrero de 1918 cuando se crearon las primeas formaciones del Ejército Rojo, cuando las fuerzas imperialistas alemanas marcharon sobre Petrogrado.

Entonces sería un ejército de voluntarios, que en mayo sumaba unos 300.000 hombres, a los que se les incorporaron la mayor arte de los guardias rojos. La carestía de armas aún era evidente y marcaba la tendencia; no todos los voluntarios pudieron ser armados debidamente. Esto era debido a la parálisis que sufría la industria armamentística del país debido a la guerra civil, sumada a las consecuencias de la Gran Guerra.

Como consecuencia de la Guerra Civil y los motivos anteriormente recogidos la creación fehaciente de un verdadero ejército pleno y funcional, bien equipado y con una instrucción no fue hasta 1924. Se construiría a partir de los principios generales definidos por el programa militar del 9 Congreso del Partido Bolchevique.

Primera parte | La intervención de las potencias imperialistas en la guerra civil rusa

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Memoria Histórica

La guerra civil rusa (1918-1921)

Primeramente hay que mencionar el miedo, el terror, que tenían los países capitalistas al poder incipiente de la Revolución Bolchevique y de los ideales que en ella habitaban. Como por ejemplo se tiene constancia de la creación de soviets en países capitalistas como Alemania, en Berlín, Hamburgo y en toda Baviera. También presente en Hungría, y por toda Europa recorre un fantasma que pedía el fin de la guerra con aires revolucionarios.

A pesar del triunfo de la revolución en Rusia, todavía sigue existiendo una serie de generales, la Remanente Zarista, que tienen a su cargo, sus ejércitos correspondientes, liderados por los almirantes Alexandr Kolchak y Denikin. Se configuraban como un estado paralelo al estado soviético.La victoria de los soviéticos liderados por Lenin en la Revolución de Octubre es la principal razón de los acontecimientos que transcurren a posteriori, debido a sus acciones políticas revolucionarias, que iniciaron la nacionalización de los servicios vitales del antiguo estado zarista, para hacerlos del estado.

A la llegada del verano de 1919, ya las fuerzas armadas de catorce estados habían penetrado en territorio ruso, sin previa declaración de guerra. Eran los ejércitos de los siguientes países: Francia, Japón, Alemania, Italia, Estados Unidos, Checoslovaquia, Gran Bretaña, Serbia, China, Finlandia, Grecia, Polonia, Rumanía y Turquía.

La posición de los ejércitos blancos es la siguiente: al norte y al noroeste, en Arkángel, Murmansk y en los estados del Báltico están los británicos y las tropas blancas del general Yudenitch; al sur, en el Cáucaso y en el Mar Negro está el general Denikin con los franceses; al este, está Kolchak acampado a lo largo de los montes Urales, junto con los ingleses; al oeste, están los franceses y los polacos, bajo la dirección del general Pilsudski.

La justificación que plantearon los invasores fue la siguiente: evitar que las provisiones de guerra cayeran en manos de los alemanes, ayudar a los checoslovacos a retirarse de Rusia y ayudar a los rusos a restaurar el poder en agitado país.

El joven gobierno soviético se enfrentaba a una defensa en una situación muy complicada. El país a consecuencia de la I Guerra Mundial había quedado estéril y exhausto, había hambrunas por las que millones morían, fábricas paradas, tierras sin labrar, transportes parados. Daba la impresión que un país en estas condiciones no podía ser capaz de resistir las embestidas imperialistas, de un enemigo dotado de granes y bien equipados ejércitos, de amplios recursos económicos, reservas de alimentos y provisiones.

Sitiado en todas direcciones por los invasores extranjeros, amenazado por las incesantes conspiraciones internas, el Ejército Rojo se retiró lentamente a través del país, pero luchando valientemente a medida que se retiraba. El territorio controlado por Moscú quedó reducido a un dieciseisavo del área total de Rusia.

La evolución de la Guerra Civil

La guerra civil ya estaba presente antes de la Revolución de Octubre en las manifestaciones de Lenin. Cuando la burguesía atropellaba los derechos de los proletarios, de los obreros, estos lo tomaban como una guerra civil. Tras 1917 los términos guerra civil y lucha de clases cobraron un mismo significado, y lo utilizaron dentro del proceso de expropiación de fábricas y fincas agrícolas.

La guerra civil es la forma más enconada de la lucha de clases. Una lucha entre la burguesía y el proletariado. La sublevación de Kornilov, apoyada por los terratenientes y los capitalistas, junto con los kadetes (partido demócrata constitucionalista), condujo al comienzo de la guerra civil. Lenin sostuvo que en abril de 1917 se llegó al acercamiento de la guerra civil.

El partido bolchevique habló alto y claro de la finalidad de la guerra civil proletaria: la dictadura del proletariado y de los campesinos pobres, la paz y la propuesta inmediata de paz y la confiscación de las tierras de los latifundistas.El enemigo exterior de la Rusia Soviética es el imperialismo anglo-francés y el norteamericano-nipón. Atacan, saquean y penetran en suelo ruso, también derriban el poder establecido. Como veremos más adelante con la sustitución de los poderes locales por los imperialistas. Lenin siguió exponiendo: “los capitalistas anglo-nipones quieren restaurar el poder de los terratenientes y los capitalistas en Rusia, para repartirse el botín de guerra, para someter a los obreros y campesinos rusos al capital anglo-francés”. Siguiendo la división que establecieron M. Sayers y A. E. Kahn la Guerra Civil Rusa se compuso de cuatro campañas.

La campaña septentrional

A comienzo de 1918 unos agentes del servicio secreto inglés planeaban un levantamiento armado contra el gobierno soviético local en Arkángel. Trabajando bajo la dirección de G. Ermolaevich Chaplin, ex oficial zarista, a quien los ingleses le habían dado trabajo.

El levantamiento estalló un 2 de agosto. El general Frederick C. Poole, inglés, desembarcó en Arkángel con el apoyo de buques ingleses y franceses. Al mismo tiempo, tropas serbias y rusos blancos al mando del coronel Thornill iniciaron una marcha para atacar a la retaguardia de los bolcheviques en retirada.Tras derrocar al soviet, Poole organizó un gobierno títere encabezado por Nikolai Tchaikovsky. Pero no fue muy duradero este gobierno antisoviético hasta que fue demasiado liberal para las pretensiones del general Poole y de sus aliados zaristas. Decidieron disolver el gobierno y establecer una dictadura militar.Este golpe de estado se hubo perpetrado tal que así: el presidente Tchaikosvky había sido secuestrado junto con todos los miembros de la Administración, y llevados a un apartado monasterio, custodiado por guardias armados.

Estados Unidos no apoyó este golpe de estado, y al día siguiente fueron reinstaurados en sus puestos los miembros del gobierno y el presidente, quedando restablecida la democracia a ojos de Estados Unidos.

En los primeros meses de 1919 las fuerzas británicas en Arkángel y Murmansk eran de 18400 hombres. Que junto a ellos estaban 5100 americanos, 1800 franceses, 1200 italianos, 1000 serbios y unos 20000 rusos blancos.

Los norteamericanos se comenzaron a preguntar por qué combatían contra Rusia, si ya la guerra había acabo. Los oficiales intentaron darles respuestas, pero no llenaron el vacío de sus preguntas. Comenzaron riñas entre soldados franceses, ingleses y rusos blancos, que provocaron motines. Pero amenazados con la ley marcial, se apaciguaron, pero no contuvieron sus preguntas acercas de su misión allí.

En Estados Unidos, a pesar de la propaganda antibolchevique, las madres, padres y familiares de los soldados desplegados en Rusia no paraban de preguntarse qué hacían allí si la guerra ya había concluido. A pesar también de la oposición del pueblo de Francia y Gran Bretaña, la guerra, sin ser declarada, prosiguió.

La campaña en el noroeste

En la firma del armisticio en noviembre de 1918 entre los aliados y las potencias centrales, se estableció que las tropas alemanas que estuvieran en territorio ruso ocupado, permanecerían por todo el tiempo que los aliados vieran necesario. Entendiéndose que estas tropas actuarían contra los bolcheviques. En las provincias del Báltico el ejército del Kaiser se desintegró rápidamente, soldados cansados ya del enfrentamiento, desertaron.

Ante la gran presencia del movimiento soviético en Lituania, Letonia y Estonia, el alto mando inglés concentró su actividad en esta zona, apoyando a los guardias blancos, al mando del general conde Rüdiger von der Goltz. Este emprendió una campaña contra la república finlandesa tras conseguir esta su independencia.

Como jefe de las fuerzas el general conde Rüdiger von der Goltz lanzó una campaña de terror para acabar con el movimiento soviético en Letonia y Lituania. Pueblo de estas dos naciones que no pudo resistir el embiste, el general se estableció como dictador virtual de las dos naciones.

Los aliados vieron que a pesar de que el control de la zona del Báltico había sito controlada, estaba en mano de un general alemán, por lo que veían peligro de que Alemania predominase estos estados. En 1919 los ingleses lo sustituyeron por otro general más cercano a sus directrices.

Yudenitch fue nombrado comandante de las fuerzas blancas reorganizadas; los británicos le facilitaron material bélico para su campaña contra Petrogrado. Los estadounidenses calcularon la cantidad necesaria de alimentos para que los “blancos” tomasen la ciudad de Petrogrado.

Bajo el mando de Yudenitch se lanzó una ofensiva contra Petrogrado, a mediados de octubre de 1919 su caballería se encontraba en los suburbios de la ciudad; los aliados pensaban que en cuestión de días o semanas se conseguiría la victoria. Pero gloriosamente fue detenido en las puertas de la ciudad; contra todo pronóstico, la revolucionaria ciudad asestó un importante golpe e hizo tambalear las tropas de Yudenitch.

Por su parte, Yudenitch huyó con 100 millones de marcos, abandonando a su ejército, el cual pereció, en medio de las hambrunas y enfermedades.

Segunda parte | La intervención de las potencias imperialistas en la guerra civil rusa

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Memoria Histórica

Aniversario

Hoy, 25 de abril, se cumplen 42 años del glorioso 25 de abril de 1974 en que la llamada «revolución de los claveles» acabó con la dictadura en el vecino país y desconocido Portugal. Fue una asonada protagonizada por militares hartos de una dictadura salazarista sin salida y putrefacta con su testaferro Marcelo Caetano en su última etapa, y de las onerosas y engorrosas colonias africanas (Angola y Mozambique, sobre todo). No hubo sangre ni tiros y sí una alegría desbordante en el pueblo. La señal fue el compás radiofónico de una canción «Grandola Vila Morena» (terra da fraternidade) interpretada por el revolucionario bardo Jose “Zeca” Afonso cuyo eco y sonido todavía nos pone la carne de gallina a quienes vivimos aquellas inolvidables fechas.

Se habló de una «Cuba comunista» en Europa, algo que, al margen de la evidente exageración, no se podía consentir, y a ello se puso, desde el primer minuto, la embajada norteamericana en Lisboa y la CIA. Primero ensayaron con golpes de mano de militares nativos cuasi fascistas como el vetusto general Spinola y, fallando este espadón, echaron mano de un político en el exilio con vitola de socialdemócrata y líder del Partido Socialista portugués, Mario Soares, el Felipe González luso que no tardó mucho en enfriar los ánimos hasta finalmente traicionar las expectativas populares, como no se cansara de denunciar el gran dirigente del Partido Comunista portugués, Alvaro Cunhal, y otros militares de corte revolucionario como Vasco Gonçalves, Rosa Coutinho u Otelo Saraiva de Carvalho, por ejemplo.

Mucho tiempo ha pasado, es cierto. Más tiempo ha pasado desde los idus de marzo, y nos seguimos acordando tanto de estos como de aquella efeméride. Hay quien cree que el tiempo, su paso, lo cura todo y que todo se olvida; pues bien, el tiempo, su paso, cura y no cura nada, y se olvida y no se olvida nada, eso es todo y como todo. En nuestra mano está y de ello depende todo.

Desde este modesto blog sólo queríamos recordar -no vemos su evocación en ninguna parte- aquella fecha donde, al menos, en cierto modo, hubo una ruptura democrática que hizo temblar y temer con un posible efecto contagio a la vecina España con Franco agonizante mientras ya estaban diseñando desde los cuarteles de la CIA y militares españoles la milagrosa «Transición democrática» lampedusiana, es decir, cambiar algo para que todo, o casi todo, siga igual.

Allí, ruptura; aquí, ni eso. Por lo menos, una diferencia cualitativa.

Buenas tardes.