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Memoria Histórica

El asesinato de Kennedy 50 años después (1)

Ha transcurrido medio siglo del asesinato de Kennedy. El 22 de noviembre de 1963 el presidente promocionaba la renovación de su candidatura con un paseo en coche por las calles de Dallas, en Texas. Eran las 12,30 del mediodía cuando alguien ataviado con una camisa se subió a un banco frente a la caravana de vehículos y levantó un letrero escrito con esmalte negro: “Señor Kennedy, lo desprecio a usted por sus ideas socialistas”.

Inmediatamente después sonó un primer disparo, apenas audible entre el ruido de la caravana de coches. Acto seguido se escuchó otro disparo que hirió a Kennedy en la garganta. Un tercer disparo hizo blanco en la cabeza del presidente, pero aún hubo más disparos, en los que fueron heridas otras personas, como el gobernador de Texas, Connally, sentado delante de Kennedy.

— “¡Oh! ¡Dios mío! ¡Ellos han matado a mi marido! ¡Jack! ¡Jack!”, gritó Jacqueline, que desde el primer momento demostró conocer la identidad de los asesinos. Pero, ¿quiénes eran “ellos”? Sin duda se trataba de lo que Kennedy había llamado pocas semanas antes el “SOB Club” (Son of a Bitch Club), el Club de los Hijos de Puta. Pero, ¿de quién se trataba?

La versión oficial dijo entonces que el autor de los disparos fue Lee Harvey Oswald, quien actuó en solitario. No había, pues, ningún club. Pero a día de hoy lo único que se sabe con certeza es que la vesión oficial es falsa. Lo normal en estos casos. No hay más que recordar el recorrido histórico que va del hundimiento del Maine en 1898 al 11 de setiembre de 2001. Estados Unidos es un país agobiado por las mentiras oficiales como pocos.

Pero lo de menos es que el informe oficial sea mentira, 26 tomos de mentiras exactamente. Lo realmente serio es que la verdad del caso está tan enmarañada con un cúmulo de medias verdades, intoxicaciones e hipótesis que es imposible orientarse entre tan enorme volumen de información.

Cuando Oswald, el supuesto asesino, fue asesinado por Jack Ruby dos días después, cundió la sospecha de que el crimen estaba muy lejos de ser la obra de un hombre solitario, sino que había sido orquestado por los “señores de la guerra”, el “big bussines”, los grandes monopolios que contrataban con el Pentágono, la CIA, los gusanos cubanos y la Mafia, entre otros. Eran ellos los que integraban el SOB Club.

Para acallar los rumores, el vicepresidente Johnson creó la Comisión Warren. Fue como poner al zorro a cuidar de las gallinas.

Entre los integrantes de dicha Comisión estaba Allen Dulles, antiguo director de la CIA, al que Kennedy destituyó en 1961 por el fracaso del desembarco en Playa Girón. Pero cambiar al director no es cambiar a la CIA, máxima responsable del crimen. Allen Dulles no estaba en la Comisión Warren para investigar nada sino para impedir cualquier investigación.

Otro miembro de aquella farsa fue Gerald Ford, entonces diputado y luego presidente en sustitución de Nixon. Fue incluido en la Comisión porque era el soplón de Hoover. Una vez en la presidencia, Ford tomó dos decisiones que resultan otras tantas claves del enredo: puso a Bush al frente de la CIA e indultó a su antecesor Nixon por el escándalo Watergate.

Hay que hacer un inciso con Nixon. Es posible que sea uno de los hijos de puta más reconocidos del pasado siglo, pero quizá no sepamos hasta qué extremos. Uno de sus vínculos inmediatos con Kennedy fue la competencia mutua en las elecciones presidenciales de 1960.

Otro fue John J. McCloy, asesor financiero del gobierno de Mussolini y, junto con Allen Dulles, directivo del banco de Prescott Bush que estaba financiando a Hitler. En 1936 a McCloy se le solía ver en Berlín reunido con Rudolf Hess o Hermann Goering. Las fotos le muestran también sentado en el palco de Hitler viendo las Olimpiadas. Fue abogado del monopolio alemán IG Farben que fabricaba el gas utilizado en los campos de concentración para masacrar a los antifascistas presos. Al terminar la guerra, como comisario en la Alemania ocupada, McCloy protegió a los criminales de guerra, entre ellos a Klaus Barbie, el Carnicero de Lyon. Formaba parte de la Operación Paperclip, un plan para integrar a los agentes nazis en la CIA.

El presidente de la Comisión que daba nombre a la misma era Earl Warren, también presidente del Tribunal Supremo. En 1942 Warren fue elegi­do gobernador de California gracias a la financiación de los monopolios petroleros. Hablar de Dallas, el escenario del crimen, y de petróleo es una redundancia.

Al año siguiente del asesinato, la Comisión emitió un informe inverosímil que encubría hasta las evidencias más estridentes. Si al matar a Oswald se cerraron las puertas, el informe de la Comisión le echó el cerrojo. Es como si Kennedy hubiera sido asesinado dos veces.

Basta repasar las biografías de estos -y otros- zorros de la Comisión Warren para darse cuenta de quiénes eran los hijos de puta a los que se refería Kennedy, empezando por el vicepresidente Lyndon B.Johnson, un tejano que había competido con Kennedy por la nominación del partido demócrata para las elecciones de 1960.

El club de los hijos de puta no estaría completo sin mencionar que en el asesinato de Dallas aparecen implicados los cuatro presidentes de Estados Unidos que sucedieron a Kennedy: Johnson, Nixon, Ford y Bush. Los presidentes eran “todos los hombres del Presidente”.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
– La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

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Trotsky: el hijo pródigo del imperialismo

En torno a la figura de Trotsky existe mucho mito y muy poca realidad. A esto ha contribuido de manera muy importante la propaganda imperialista. En la lucha contra el comunismo y, particularmente, en la labor de destrucción y demonización de una figura histórica como la de Stalin, esta propaganda se ha valido, una vez más, del manido argumento de los buenos y los malos. Y si Stalin, como no se han cansado de repetirnos a lo largo de décadas y décadas, era el malo (y más que el malo, el propio diablo con cuernos y rabo), el bueno debía ser necesariamente Trotsky.

La leyenda que sobre Trotsky ha inventado el imperialismo no es más que una fabulación al servicio de las campañas contra Stalin, vale decir contra el comunismo, por cuanto el antiestalinismo no es más que otra forma de denominar el anticomunismo. Existe una incompatibilidad manifiesta en reivindicarse antiestalinista y comunista a un tiempo. El antiestalinismo es una criatura del imperialismo. Y quien de un modo u otro comparte la propaganda negra sobre Stalin no puede bajo ningún concepto formar en las filas del movimiento comunista.

Trotsky, el ‘legítimo heredero’ de LeninEUU

Una de las grandes mentiras de la historiografía burguesa es la de que el legítimo heredero de Lenin no era otro que Trotsky.

Dejaremos de lado, por el momento, lo que Lenin opinaba sobre Trotsky (aunque citaremos algunas de esas opiniones más adelante), para centrarnos en la relación que éste último mantuvo con el bolchevismo.

Un solo dato sintetiza de la forma más clara la naturaleza de esta relación: Trotsky se hizo bolchevique sólo un par de meses antes de la Revolución de Octubre. Fiel a su inveterado oportunismo, supo subirse a tiempo al carro que más le convenía. Es seguro que si los bolcheviques no hubieran tenido posibilidades de tomar el poder, Trotsky ni se hubiera planteado integrarse en sus filas, como no lo hizo a lo largo de más de una década. De hecho, esperó hasta el último momento para hacerlo, cuando vio confirmado que eran la única fuerza política que podía permitirle hacer carrera como líder revolucionario.

Desde febrero de 1917 hasta su incorporación a los bolcheviques, intentó, como siempre, nadar entre dos aguas, en la fracción de los llamados “interdistritales”, desde la que podía saltar a derecha o izquierda, según se desarrollaran los acontecimientos.

La legitimidad que el trotskismo reclama sobre el bolchevismo no tiene, por tanto, ningún fundamento. Trotsky y el trotskismo han sido siempre completamente ajenos, y, de hecho, hostiles, al bolchevismo. Trotsky, en numerosas ocasiones, a lo largo de más de una década, criticó del modo más acerado a los bolcheviques, acusando a Lenin de querer imponer en el Partido un régimen cuartelero, de querer implantar, no la dictadura del proletariado, sino la dictadura sobre el proletariado. Pronunciamientos de este tipo los hizo por decenas, y no les pueden ser desconocidos a quienes estén mínimamente familiarizados con la trayectoria de este personaje. Se puede decir que los argumentos que utilizó contra Lenin antes de hacerse pasar por bolchevique fueron aproximadamente los mismos que utilizó posteriormente contra Stalin. Hay un hilo conductor que une la lucha de Trotsky contra Lenin antes de 1917 y la que desarrolló después contra Stalin, aunque, en este caso, desarrolló esta lucha, paradójicamente, apoyándose en el propio Lenin.

En una carta a Nikolái Cheidze (líder menchevique) de 1913 (sólo cuatro años antes de la afiliación de Trotsky a los bolcheviques), decía cosas como ésta, cargadas del más radical odio a Lenin y al leninismo: “Los ‘éxitos’ de Lenin no me provocan más preocupaciones. Ahora no estamos en 1903, ni en 1908… En una palabra, todo el edificio del leninismo en el momento presente se levanta sobre mentiras y falsificaciones y lleva consigo el inicio venenoso de su propia disolución. No hay ninguna duda: si el otro bando [los mencheviques] actúa de forma inteligente, en un futuro muy próximo se iniciará una cruel disolución entre los leninistas […]”.

Y todavía al final de su vida, en la seudo-biografía que escribió sobre Stalin (y que no llegó a terminar, debido a un inoportuno accidente con un instrumento de escalada), le vuelve a salir la inquina antibolchevique y llega a afirmar que “lo que sigue siendo misterioso es cómo un Partido [el bolchevique] cuyo Comité Central se componía en sus dos terceras partes de enemigos del pueblo y agentes del imperialismo pudo vencer”.

Dos cosas resultan muy chocantes en esta afirmación, y sólo una conclusión clara sacamos de ella. La primera, que en esta misma “biografía” dice que «un revolucionario de la contextura y los arrestos de Lenin sólo podía estar al frente del partido más intrépido, capaz de llevar sus ideas y acciones a su lógica conclusión» o que la «dirección bolchevique hubiera llegado a encontrar el camino recto sin Lenin, pero despacio, a costa de fricciones y luchas intestinas». ¿En qué quedamos? ¿Era el Partido Bolchevique un partido dirigido por elementos contrarrevolucionarios y, por lo tanto, es un “misterio” que llegara a tomar el poder? ¿O era un partido tan intrépido y revolucionario que hubiera sido capaz de tomar el poder incluso sin el liderazgo de Lenin? Lo que es un “misterio” es como alguien puede ser tan oportunista -y tan estúpido, todo hay que decirlo- como para contradecirse de una manera tan flagrante en el proceso de redacción de un mismo texto.

Por otro lado, no se entiende muy bien que Trotsky, quien reclamaba para sí la herencia bolchevique, hiciera afirmaciones como ésta o que la principal acusación que lanzara contra Stalin fuera la de que en los procesos de Moscú había exterminado a la mayor parte de la vieja guardia bolchevique. ¿Por qué se erigía en defensor de esa vieja guardia si él mismo, después de los procesos de Moscú, consideraba que se «componía en sus dos terceras partes de enemigos del pueblo y agentes del imperialismo»?

Por último, la única conclusión clara que podemos sacar de estas palabras es que bajo el barniz de “bolchevique-leninista” (así se denominaban a sí mismos los trotskistas), Trotsky nunca dejó de ser un feroz antibolchevique y antileninista. Siempre vivió en esta esquizofrenia desde su afiliación a los bolcheviques. Por temperamento, por sus posiciones ideológicas, por su forma de entender la actividad política, tan aristocrática y elitista, no podía ser bolchevique. Pero debía hacerse pasar por bolchevique si quería cumplir algún papel en el movimiento comunista internacional. Finalmente, no consiguió ni una cosa ni la otra: no consiguió hacerse pasar por bolchevique; y el papel que cumplió respecto al movimiento comunista internacional no fue el de un líder, sino el de un enemigo.

Pero regresemos al período anterior a la Revolución de Octubre. A lo largo de este período, Trotsky no fue ajeno únicamente al bolchevismo; lo fue también respecto al propio Partido Socialdemócrata ruso en su conjunto. En su afán por mantener siempre una posición propia (su personalismo rayaba en la patología), Trotsky no terminó de integrarse en ninguna de las diferentes fracciones socialdemócratas; basculó entre unas y otras, si bien con una cierta inclinación hacia los mencheviques. Esta indefinición, este oportunismo llevó a Trotsky a vivir durante años al margen de la disciplina de Partido, sin ninguna relación con el trabajo práctico que éste desarrollaba en el interior de Rusia, fundando periódicos en el exilio para poder dar rienda suelta a su conocida grafomanía y dedicándose a lo único que sabía hacer: a ejercer de charlatán a tiempo completo (en Trotsky, encontramos muchas similitudes con el revolucionario virtual actual, es decir, con aquéllos que se dedican a aleccionar al personal en la red sobre las verdades del marxismo, pero que no desarrollan ni tienen intención de desarrollar ninguna actividad práctica en relación con la ideología que dicen defender). Después de un breve período de militancia juvenil, de un no menos breve paso por prisión, su extrañamiento en Siberia y la posterior marcha al exilio, sólo se dejó caer por el interior de Rusia en los momentos álgidos, con el estallido de la revolución de 1905 (tras la que pasó otro período de prisión y de destierro en Siberia) y la de febrero de 1917. El trabajo gris y ciertamente heroico que desarrollaban los militantes prácticos socialdemócratas en el interior no le merecía la menor atención. Lo suyo eran los grandes mítines, la trascendencia histórica (con la que siempre estuvo obsesionado) y la literatura de altos vuelos. De ahí que sólo se dignara a bajar del pedestal de seudointelectual en el que tan cómodamente se hallaba instalado para realizar alguna actividad realmente relacionada con la lucha revolucionaria cuando dicha actividad consistía en darse un buen baño de masas en algún soviet de San Petersburgo.

Lunacharski (quien fue compañero de Trotsky en los “interdistritales”) manifestaba lo siguiente: “Trotsky está, indudablemente, más inclinado a retroceder y observarse a sí mismo. Trotsky atesora su papel histórico y es posible que estuviese dispuesto a realizar cualquier sacrificio personal, sin excluir el mayor de todos –el de la propia vida–, a fin de permanecer en la memoria humana rodeado de la aureola del genuino líder revolucionario.» (Lunacharski, artículo titulado “A diferencia de Lenin”).

Podemos comparar esta trayectoria con la de quien la historiografía imperialista considera un usurpador del trono de Lenin. Hablamos, cómo no, de Stalin.

Éste, al contrario que Trotsky, fue bolchevique desde el minuto uno en que se conformó esta fracción en el seno de la socialdemocracia rusa; hasta 1917, fue principalmente un militante práctico (sin excluir la labor teórica, como su folleto “El marxismo y la cuestión nacional”), poco amigo de los lucimientos personales, y siempre dispuesto a abordar cualquier tarea que le encomendara el Partido. Es en Stalin, al igual que en otros muchos militantes socialdemócratas, en quien vemos encarnado el auténtico espíritu bolchevique. En Trotsky, por el contrario, se encarnaba lo peor del intelectualismo pequeñoburgués, una innegable tendencia al exhibicionismo y un no menos innegable narcisismo.

Trotsky, por cierto, tachaba a Stalin de estrecho de miras, de política e ideológicamente limitado, de aldeano, en suma. Lo cierto es que Stalin se sitúa muy por encima de Trotsky (como una secuoya respecto de una babosa), no sólo desde el punto de vista de la militancia práctica, sino también como teórico. Podemos contar a Stalin, sin ninguna duda, entre los más prominentes teóricos marxistas. Y podemos contarlo también entre los teóricos marxistas que con mayor sencillez y sentido pedagógico ha tratado las grandes cuestiones del pensamiento comunista. ¿Qué legado dejó Trotsky? Toneladas de frases altisonantes pero completamente vacías de contenido, un continuo desbarrar intelectual, pura morralla, en definitiva. Salta a la vista, para cualquiera que tenga un mínimo de conocimiento del marxismo, que Trotsky era una nulidad teórica absoluta. Hay que reconocerle una cierta habilidad literaria. Pero esto no le convierte en un teórico marxista. Saber escribir y hacer un correcto análisis de la realidad, son dos cosas muy diferentes.

Su conocimiento de la economía política marxista era de lo más superficial. El materialismo dialéctico ni lo conocía ni, por supuesto, sabía aplicarlo (lo que explica muchas de sus tonterías sobre la “revolución permanente” y su incapacidad para entender en qué consiste una táctica auténticamente revolucionaria). Krupskaia, en una crítica que hizo de un texto de Trotsky titulado “Lecciones de Octubre”, dijo de él: “El análisis marxista nunca fue el punto fuerte del camarada Trotsky”.

Trotsky, sencillamente, no era marxista ni podía serlo. Fue un intelectual pequeñoburgués que se vio arrastrado hacia al marxismo, pero nunca pudo comprenderlo y aprehenderlo verdaderamente. De aquí su inadaptación en el seno de la socialdemocracia rusa, el rechazo más o menos velado o más o menos explícito que le profesaban la mayoría de los miembros de todas las corrientes socialdemócratas. De aquí que terminara por convertirse en el mascarón de proa del anticomunismo. Acabó donde tenía que acabar: en el campo de la reacción.

En cuanto a su importancia histórica, Trotsky tampoco aguanta el tipo en la comparación con Stalin. Por un lado, tenemos a quien comandó de forma exitosa la primera experiencia de construcción socialista de la historia, al Ejército Rojo que derrotó, prácticamente en solitario, a los nazis, a quien contribuyó de manera decisiva a la instauración del socialismo en gran parte del globo. Por el otro, tenemos a un buhonero de la política, al líder de una fantasmal IV internacional, a una marioneta del imperialismo, de quien sólo conservamos recuerdo merced a la propaganda imperialista y merced al propio Stalin, en el sentido de que Trotsky no tiene entidad por sí mismo, sino únicamente como contrapunto a Stalin, como el ángel que el imperialismo necesitaba contraponer al diablo georgiano.

Y, por cierto, en relación a la legitimidad o ilegitimidad de Trotsky o Stalin como herederos de Lenin, se suele sacar a colación el llamado Testamento de este último. Al margen del grado de autenticidad que se le pueda atribuir a este documento, Lenin se limitó a achacar a Stalin que era excesivamente brusco, caprichoso y otros calificativos similares. Pero no deja a Trotsky en mejor lugar, a quien dirige adjetivos poco halagüeños y todos relacionados con su presunción, su altanería y, curiosamente, con su tendencia al burocratismo. Y, en cualquier caso, en este pretendido testamento, no se designa a Trotsky como su heredero (si es que podemos utilizar un término como éste en el seno del movimiento comunista), sino que se descarta tanto a uno como otro como futuros secretarios generales del Partido. De modo que tampoco este documento respalda la teoría sobre el “hijo pródigo” que, según algunos (básicamente, según los cuatro trotskistas que aún continúan en la brecha y según los historiadores anticomunistas), sería Trotsky para Lenin.

Para dejar las cosas bien claras, vamos a citar lo que dijo el propio Lenin sobre Trotsky.

“Trotsky […] no tiene precisión ideológica y política, porque su patente para el ‘no fraccionismo’ […] es simplemente una patente para volar libremente, de acá para allá, de un grupo a otro”.
“[…] escudándose en el ‘no fraccionismo’, Trotsky defiende los intereses de un grupo en el extranjero, que carece particularmente de principios definidos y no tiene base en el movimiento obrero de Rusia”.
“[…] no es oro todo lo que reluce. Hay mucho brillo y mucho ruido, pero ningún contenido en las frases de Trotsky”
(artículo de 1914, titulado “Ruptura de la unidad encubierta con clamores sobre la unidad”)

“Trotsky era un ferviente ‘iskrista’ en 1901-1903, y Riazanov describe su papel en el Congreso de 1903 como ‘garrote de Lenin’. A fines de 1903, Trotsky era un ferviente menchevique, es decir, se pasó de los ‘iskristas’ a los ‘economistas’ […] En 1904-1905 abandonó a los mencheviques y ocupó una posición vacilante, ora colaborando con Martov (el ‘economista’), ora proclamando su teoría absurdamente izquierdista de la ‘revolución permanente’. En 1906-1907 se acercó a los bolcheviques, y en la primavera de 1907 declaró estar de acuerdo con Rosa Luxemburgo”.
“En la época de la desintegración, después de largas vacilaciones ‘no fraccionistas’, se situó de nuevo a la derecha, y en agosto de 1912 formó un bloque con los liquidadores. Ahora ha vuelto a abandonarlos, aunque, en esencia, repite sus burdas ideas”.
“Jamás, ni en un solo problema serio del marxismo, ha sostenido Trotsky una opinión firme. Siempre se las ingenió para ‘deslizarse por entre las rendijas’ de tales o cuales divergencias, y para pasar de un campo a otro’ (El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914).

En una carta a Kollontai, en febrero de 1917, expresa Lenin de manera aún más rotunda qué opinión le merece Trotsky:

“¡¡Este Trotsky es un cerdo: frases de izquierda y un bloque con la derecha contra la izquierda de Zimmerwald!! ¡¡Hay que desenmascararlo […]!!”

Y en la misma línea y por las mismas fechas, esta vez en carta a Inesa Armand:

“¡¡Llegó Trotsky y este canalla se entendió en seguida con el ala derecha de Novi Mir contra los zimmerwaldistas de izquierda!! […] ¡¡Ese es Trotsky!! Siempre fiel a sí mismo, se revuelve, estafa, posa de izquierdista y ayuda a la derecha […]”

Basta con estas pocas citas para que no quede ni asomo de duda sobre cómo valoraba Lenin a su hijo pródigo.

Trotsky, el defensor de la democracia obrera y el antiburocratismo

Se ha solido presentar a Trotsky como el representante de la democracia obrera y como el antiburócrata por excelencia, una vez más, en contraposición a Stalin, el dictador sin escrúpulos y el paradigma del burocratismo. Y, una vez más, también nos encontramos ante una leyenda.

En el debate que a principios de los años 20 se desarrolló en torno al papel que los sindicatos debían jugar en el proceso de construcción de la economía soviética, ya se puso de manifiesto hasta qué punto Trotsky era cualquier cosa menos un irreconciliable enemigo del burocratismo. Trotsky defendía que los sindicatos debían ser absorbidos por el Estado, que debían convertirse en parte del aparato administrativo de éste.

Lenin y Stalin (el gran burócrata) se posicionaron contra este planteamiento. Consideraban que los sindicatos debían conservar una cierta independencia respecto al aparato del Estado, entre otras cosas, porque en aquel período ni siquiera se había iniciado la construcción socialista como tal, sino que apenas se estaban sentando las bases para hacerlo y, como es sabido, la NEP permitía, si bien dentro de unos límites, la economía capitalista, por lo que los sindicatos necesitaban de esa independencia para defender los derechos de los trabajadores. Trotsky, el antiburócrata, era partidario de la burocratización y hasta de la militarización de los sindicatos.

Respecto a su concepción del Partido, unas pocas frases del artículo de Krupskaia anteriormente citado: “Trotsky habla mucho sobre el Partido, sin embargo, para él, el Partido son los líderes, los jefes”. “Trotsky no reconoce el papel desempeñado por el Partido en su conjunto, como una organización única y cohesionada. Para Trotsky, el Partido es sinónimo de dirección central”.

Stalin, por su parte, redundando en este mismo planteamiento, en su artículo “La fisonomía política de la oposición rusa”, dice: “Trotsky no comprende lo que es nuestro Partido. No tiene una idea cabal de nuestro Partido. Mira a nuestro Partido como el aristócrata a la plebe o como el burócrata a los subordinados”.

Krupskaia, que en algún momento parece que tuvo cierta cercanía con los postulados de la llamada Oposición Unificada en los años 20 (fracción encabezada por Trotsky, Kamenev y Zinoviev), consideraba a Trotsky en un sentido totalmente contrario a la mentirología que durante décadas nos han vendido: como un burócrata y como un antidemócrata.

Sobre esto último, resulta muy esclarecedora la forma en que Trotsky ejerció el mando en el Ejército Rojo durante la guerra civil. Promocionó de manera excesiva a los antiguos oficiales del ejército zarista (y ésta fue una cuestión que enfrentó a Trotsky con Stalin, quien consideraba que era necesaria una mayor promoción de los mandos bolcheviques, aunque sin dejar de valerse de la experiencia militar de los oficiales zaristas, en espera de que fueran surgiendo nuevos cuadros militares)
e incluso llegó a fusilar a varios oficiales bolcheviques, lo que originó una dura polémica en el seno del Partido.

Trotsky, el perfecto demócrata, promocionaba a unos oficiales cuyo compromiso con la Revolución de Octubre era cuando menos dudoso, al tiempo que marginaba a los cuadros militares nacidos de esa revolución, cuando no los fusilaba.

Por otro lado, cabe hablar del libro de Trotsky “Terrorismo y comunismo” (recientemente editado y prologado por Slavoj Zizek), libro del que los trotskistas parecen avergonzarse, habida cuenta de que rehúyen hablar de él como si fuera la peste. Por lo visto, el contenido de este libro desmontaría la imagen del Trotsky comprometido con la democracia obrera.

En relación con este libro, lo que interesa analizar no es tanto lo que plantea política e ideológicamente como lo que Trotsky pretendía al escribirlo. Lo que éste pretendía es evidente: hacerse pasar por bolchevique. Pero, en su intento por ser más papista que el Papa, acaba desbarrando, como en él era habitual. Pretende hacer una defensa de la dictadura del proletariado y lo que consigue es caricaturizarla. Sitúa el foco de manera unilateral y excesiva en la dimensión represiva de la dictadura del proletariado. Y de aquí la caricatura.

En este libro, queda patente la falta de sintonía de Trotsky con el bolchevismo. Pretende escribir una obra bolchevique, pretende hablar como un bolchevique, casi parece intentar imitar el estilo literario de Lenin en algunos pasajes. Pero todo suena a impostura. Y, además, no acierta a hacer una exposición correcta del concepto bolchevique sobre la dictadura del proletariado.

Y que efectivamente este libro no es más que una impostura lo demuestra el hecho de que Trotsky, en el llamado “programa de transición” de la autodenominada IV internacional, no tiene empacho en defender todo lo contrario a lo que defendía en “Terrorismo y comunismo”. En este programa defiende la necesidad de que el socialismo se estructure en base a un sistema político multipartidista. Propone que, después del derrocamiento de la “casta burocrática estalinista”, los “partidos soviéticos” deberían ser legalizados, e ilegalizada esa casta burocrática. Lo hace en estos términos, cargados de prejuicios demócrata-burgueses: “es imposible la democratización de los soviets sin legalización de los partidos soviéticos”.

¿Cuáles serían esos “partidos soviéticos”? No pueden ser otros que el menchevique, el de los socialrevolucionarios y el propio partido trotskista. De forma que el proyecto trotskista respecto a la URSS consistía en legalizar a los partidos contrarrevolucionarios menchevique, socialrevolucionario y trotskista (los despojos de la revolución soviética, auténticos cadáveres históricos que no representaban a nada ni a nadie en la Unión Soviética) e ilegalizar a los bolcheviques, pues, por mucho que el imperialismo y el trotskismo digan lo contrario, no había en la URSS otro partido bolchevique que el que lideró
Stalin.

El proyecto trotskista era (y es) un proyecto, no sólo incoherente (capaz de defender una versión tan ridículamente radical de la dictadura del proletariado como la que se expone en “Terrorismo y comunismo”, para, unos años después, defender el sistema político multipartidista del llamado “programa de transición”), sino totalmente contrarrevolucionario.

El ‘internacionalismo’ de Trotsky: ¿posición revolucionaria o derrotismo menchevique?

También se nos ha presentado a Trotsky como el acérrimo defensor del internacionalismo y la revolución mundial, y a Stalin como un estrecho nacionalista, fanáticamente aferrado a su teoría del socialismo en un solo país.

Decía Stalin que el trotskismo era una desviación socialdemócrata (cuando el concepto socialdemócrata ya no tenía ningún componente revolucionario, pues los marxistas revolucionarios ya habían pasado a denominarse simplemente como comunistas) y que, detrás de su fraseología revolucionaria, no se escondía más que el planteamiento menchevique que consideraba imposible la construcción del socialismo en un país atrasado como la Rusia de principios del siglo pasado. Stalin tenía toda la razón. El “internacionalismo” trotskista no era más que una reformulación del derrotismo menchevique.

Bajo el liderazgo de Stalin, no sólo pudo construirse el socialismo, sino que la Unión Soviética, en menos de dos décadas, pasó de ser un país extraordinariamente atrasado a la segunda potencia económica mundial. Esto avala sobradamente el planteamiento de Stalin sobre la construcción del socialismo en un solo país.

Acerca de esta cuestión, no obstante, hay que hacer algunas puntualizaciones. Stalin jamás defendió que pudiera obtenerse la victoria definitiva del socialismo en un solo país. Esta victoria definitiva implica ya el paso al comunismo, y el comunismo sólo puede triunfar como revolución mundial. Aquí sí que no cabe la teoría de la “construcción del comunismo en un solo país”. Lo que Stalin defendía era que el socialismo podía construirse en lo fundamental en un país aislado, que era posible resistir el cerco capitalista por mucho tiempo y que, por lo tanto, era necesario centrarse en el fortalecimiento del socialismo en la URSS, pues este fortalecimiento era la condición necesaria para la extensión del socialismo a otros países. Una vez más, tenía razón: el campo socialista surgió bajo las premisas que defendía Stalin. Si se hubiera hecho caso del aventurerismo “internacionalista” de Trotsky y otros mencheviques camuflados, como Bujarin, que, en su período ultraizquierdista, defendía monstruosidades tales como que era concebible el sacrificio del Poder Soviético en aras de la revolución internacional, es seguro que la Unión Soviética hubiera tenido una historia muy corta.

Por otro lado, hay que decir que la Revolución de Octubre tuvo en sí misma la significación de una revolución internacional, teniendo en cuenta la extensión del territorio ruso y las decenas de nacionalidades que englobaba el imperio zarista. Rusia no era un pequeño país, falto de recursos y que pudiera ser estrangulado y pisoteado por cualquier potencia imperialista, sino un país muy rico en recursos, muy atrasado económicamente pero con unas posibilidades de desarrollo enormes (y el socialismo convirtió esas posibilidades en realidades concretas), con una extensión territorial que hacía imposible cualquier intento de invasión imperialista por un tiempo prolongado…

No eran pocas las dificultades a que se enfrentó el Poder Soviético para construir el socialismo, pero negar la posibilidad de hacerlo era una posición totalmente reaccionaria, digna de un derrotista menchevique como Trotsky. Este último, a la hora de defender sus posiciones, solía remitirse a algunos textos de Lenin, en los que éste incidía en la idea de que la construcción del socialismo en Rusia sería un proceso muy complicado si no se veía respaldado por la revolución socialista en otros países. Pero que un dirigente revolucionario, antes de 1917 o en los primeros años de la revolución soviética (y Lenin sólo llegó a conocer los primeros años de la revolución), albergara dudas sobre la viabilidad del socialismo en un solo país, era algo completamente normal. El conjunto de la dirección bolchevique compartía esas mismas dudas en aquel período. Pero Trotsky, insistió en la inviabilidad del socialismo en un solo país, continúo con sus diatribas derrotistas, cuando la revolución soviética ya había alcanzado un grado de estabilidad importante e incluso durante la década de los años 30, en los que el proceso de construcción socialista había obtenido importantísimos progresos. De aquí lo reaccionario del “internacionalismo” de Trotsky.

“¿Y qué hacer si la revolución internacional ha de demorarse? ¿Le queda a nuestra revolución algún rayo de esperanza? Trotsky no nos deja ningún rayo de esperanza, pues “las contradicciones en la situación del gobierno obrero… podrán ser solucionadas sólo… en la palestra de la revolución mundial del proletariado”. Con arreglo a este plan, a nuestra revolución no le queda más que una perspectiva: vegetar en sus propias contradicciones y pudrirse en vida, esperando la revolución mundial” (*).

Una marioneta del imperialismo

“Mis actividades son incomparablemente más peligrosas para Stalin que para Hitler”. Ésta es una de las frases que aparecen en una carta que Trotsky dirigió en 1940 al fiscal general de México. Sintetiza de manera muy clara, y de su propia pluma, qué papel desempeñó Trotsky en la lucha contra el comunismo. No estoy hablando de que Trotsky fuera formalmente un agente del imperialismo o que formara parte de la nómina de alguna agencia de espionaje o de seguridad de este o el otro país capitalista, si bien existen investigaciones que van en esta línea. Pero no es mi intención centrarme en esta cuestión.

Lo que pretendo analizar es a quién beneficiaba, objetivamente, la actividad de Trotsky. La respuesta es bastante clara: beneficiaba al imperialismo, servía al anticomunismo. La frase citada conduce precisamente a esta conclusión: las actividades de Trotsky eran «incomparablemente más peligrosas» para la Unión Soviética y para el PCUS que para un dictador fascista, para un representante (y qué representante) del capital monopolista alemán.

No puede caber ninguna duda respecto a que Trotsky se convirtió en una marioneta en manos del imperialismo y de que esta condición no parecía molestarle, a tenor de que, a sabiendas de las consecuencias que tenía su labor, continuó desarrollándola en la misma dirección y de modo cada vez más acusado, hundiéndose hasta el cuello en la charca de la colaboración con los capitalistas.

Esta carta al fiscal general de México no sólo contiene la perla anteriormente citada, sino que es todo un compendio de delación e intoxicación sobre el movimiento comunista tanto internacional como mexicano. La idea central que pretendía transmitir Trotsky era que los partidos comunistas de todos los países no eran en realidad más que sucursales de lo servicios de información soviéticos, señalando nombres y apellidos de militantes y dirigentes comunistas. También defendía la absurda idea de que estos servicios de información colaboraban estrechamente con los nazis.

Todos conocemos que la excusa del espionaje ha sido siempre una herramienta que se ha utilizado en los países capitalistas para perseguir al movimiento comunista. Podemos recordar el caso de Ethel y Julius Rosenberg, matrimonio comunista ejecutado en la silla eléctrica en EEUU, en 1953, acusados precisamente de espionaje. Podemos contar a Trotsky entre quienes colaboraron con estas campañas represivas y de intoxicación.

De esta carta podemos extraer pasajes como el que sigue: «Antes que nada, es esencial establecer categóricamente que la actividad de la GPU [organismo soviético de seguridad] está estrechamente ligada a la de la Comintern, o más específicamente de su apara­to, de sus elementos dirigentes y sus hombres de confianza. La GPU necesita una cobertura legal o semilegal para su actividad y un marco favorable para el reclutamiento de sus agentes; este marco y protección los encuentra en los llamados partidos «comunistas».

“La GPU y la Gestapo están conectadas de alguna manera; es posible y probable que para casos especiales ambas dis­pongan de los mismos agentes […]

“Como miembro del Comité Central, el representante de la GPU en el país tiene la posibilidad de relacionarse de manera plenamente legal con todos los miembros del partido, estudiar sus características, confiarles comisiones y arrastrarlos poco a poco al trabajo de espionaje y terrorismo, a veces apelando a la lealtad partidaria y otras al soborno […]

“Res­pecto a los Estados Unidos, Krivitski informó que la hermana de Browder, secretario general del partido, se convirtió en agente de la GPU por recomendación de su hermano.

“Para encontrar a los agentes mexicanos com­prometidos en la corrupción, el soborno y la preparación de los actos terroristas hay que buscar en el Comité Central del Partido Comunista y en la periferia de este Comité Central.

“No cabe la menor duda de que los anteriores y los actuales jefes del Partido Comunista saben quién es el director local de la GPU. Permítaseme suponer también que David Alfaro Siqueiros, que participó en la guerra civil española siendo un activo estalinista, debe saber tam­bién quiénes son los miembros más importantes y activos de la GPU, españoles, mexicanos y de otras nacionalida­des, que vienen a México repetidamente, especialmente vía París. Interrogar al ex y al actual secretario general del Partido Comunista, y también a Siqueiros, ayudaría mucho para descubrir a los instigadores del atentado [un pretendido intento de ejecución de Trotsky] y junto con ellos a sus cómplices”.

Las pruebas del colaboracionismo con la reacción de Trotsky las encontramos por decenas. Toda su obra de hecho se orienta en la misma dirección. Antes de 1917, no se dedicó más que a generar problemas en el seno de la socialdemocracia rusa y a combatir a su fracción revolucionaria, a los bolcheviques. Después de octubre de 1917 y de su sorprendente conversión al bolchevismo, continuó generando problemas al Estado soviético desde el minuto uno: es muy conocido cómo, en 1918, en las negociaciones de paz que la Rusia soviética entabló con Alemania, y en las que Trotsky fue el representante del gobierno soviético, se saltaba a la torera los acuerdos del entonces llamado Consejo de Comisarios del Pueblo y actuaba por libre, creando una situación, con su absurdo planteamiento de “ni paz ni guerra”, en la que los soviéticos se vieron obligados a firmar con Alemania un acuerdo de paz aún más deshonroso y perjudicial que el que Trotsky rechazó en un primer momento.

En política económica, se alineó con los sectores ultraizquierdistas, cuyos planteamientos, de haberse aplicado en el momento en que se propusieron, hubieran provocado una desafección absoluta por parte de los campesinos hacia el poder soviético y la consiguiente caída de los bolcheviques, habida cuenta de que el campesinado era la clase ampliamente mayoritaria en Rusia en 1917 y durante los años veinte.

Por no hablar de sus constantes actividades fraccionalistas en el seno del Partido, terminantemente prohibidas, pero que él continuó desarrollando sin ningún problema.

Se acusa a Stalin de haber sido un represor sin escrúpulos. Sin embargo, si uno lee la propia autobiografía de Trotsky, se extrae una conclusión bien diferente. Stalin tuvo demasiada paciencia, un exceso de paciencia respecto a Trotsky. En esta autobiografía, titulada “Mi vida”, este sujeto se jacta alegremente de sus actividades como dirigente del gobierno y el partido soviéticos. Y estas actividades, en un contexto como el que se daba entonces, con la Unión Soviética sometida al más feroz cerco capitalista, le deberían haber conducido al paredón muy poco después de la Revolución de Octubre. La justicia revolucionaria se demoró en exceso respecto a Trotsky. Ramón Mercader llegó con al menos 20 años de retraso.

Y tras su expulsión de la Unión Soviética, las actividades contrarrevolucionarias de Trotsky, continuaron in crescendo. Entre los hitos de estas actividades, nos encontramos que estuvo a punto de acudir como testigo en los procesos del llamado Comité Dies o Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes del Congreso de EEUU, cuyo objetivo era investigar las actividades de las redes de espionaje extranjeras o de los llamados “partidos extremistas”, incluyendo bajo esta denominación tanto a nazis como a comunistas, si bien se centró principalmente en la investigación de estos últimos, siendo precursor de lo que más tarde se conoció como el macarthismo. Trotsky finalmente no pudo prestar declaración en este comité -aunque, literalmente, ardía en deseos de hacerlo- porque, en el último momento, se le denegó el visado de entrada a Estados Unidos.

En un texto titulado “Por qué acepté presentarme ante el Comité Dies”, Trotsky dijo que no tenía intención de colaborar a los objetivos reaccionarios de este comité. Pero si tenemos en cuenta el contenido de la carta al fiscal general de México anteriormente citada, podemos imaginar que Trotsky hubiera servido muy bien a esos objetivos reaccionarios y que, incluso, hubiera superado con creces las expectativas de dicho comité; el anticomunismo no hubiera podido contar con un mejor colaborador para criminalizar al movimiento comunista estadounidense.

Por otra parte, casi en la víspera de la agresión hitleriana contra la URSS, y prácticamente desde su expulsión del país, se dedicaba un día sí y otro también a llamar a la insurrección contra lo que él llamaba “la casta burocrática” o los “termidorianos”, es decir, contra el partido y el gobierno soviéticos. Ahí está la “Carta a los obreros de la URSS, publicada en abril de 1940. En 1939, además, se posicionó también en favor de la independencia de Ucrania de la URSS, coincidiendo en esto con la extrema-derecha ucraniana, cuyo filonazismo era bien conocido. Y todo esto guarda mucha relación con lo que los trotskistas hicieron durante la guerra civil española. Hablo, cómo no, del POUM, partido que, si bien no estaba formalmente afiliado a esa fantasmal IV internacional y mantenía algunas diferencias con Trotsky, ideológicamente debe ser adscrito al
trotskismo.

En mayo de 1937, este partido, estando la II República en una situación ciertamente complicada, con las tropas franquistas y sus aliados italianos y alemanes avanzando en gran parte de los frentes, orquestaron en Barcelona un golpe de estado contra el gobierno del Frente Popular. Es decir, el gobierno del Frente Popular debía combatir en el frente contra los fascistas y en la retaguardia contra los trotskistas. Los trotskistas ejercían de manera efectiva de quintacolumnistas del fascismo. Una muestra más de que el trotskismo no es una variante del marxismo, ni un hijo descarriado del movimiento comunista, sino que siempre ha servido a los intereses del imperialismo, sea por acción, por omisión, por izquierdistas, por derechistas, por aventureros, por pura estupidez o porque estaban manejados de un modo u otro por las potencias imperialistas.

En relación con los famosos procesos de Moscú, que tienen todo que ver con esto que estamos hablando, a la luz de todos estos datos, las acusaciones de traición y terrorismo que se imputaron a personajes como Bujarin, Zinoviev o Kamenev, todos ellos aliados de Trotsky, aunque en algunos momentos tuvieran discrepancias con él (la ya mencionada autobiografía de este último revela algunas cosas sobre las relaciones entre estos sujetos), resultan totalmente creíbles. Debemos recordar que a estos procesos asistió el por entonces embajador de EEUU en la URSS, Joseph E. Davis, quien no siendo sospechoso en absoluto de connivencia con Stalin, reconoció que estos juicios no le resultaron el montaje que después se dijo que habían sido. Reflejó su opinión en un libro titulado “Misión en Moscú”, y lo hizo con las siguientes palabras:

El proceso “reveló las grandes líneas de un complot que estuvo muy cerca de lograr el objetivo de derrocar al gobierno soviético actual […]

“El testimonio extraordinario de Krestinski, de Bujarin y de los otros parecería indicar que los temores del Kremlin estaban bien fundados. Porque parece hoy evidente que existía a comienzos de noviembre de 1936 un complot para ejecutar un gope de Estado dirigido por Tujachevski para el año siguiente. Aparentemente la decisión estaba tomada y estaban decididos a ejecutar el golpe de Estado.

“Pero el gobierno ha reaccionado con mucho vigor y rapidez. Los generales del Ejército Rojo han sido eliminados y toda la organización del partido ha sufrido una purga y una limpieza completa. Apareció inmediatamente que a varios dirigentes les había picado el virus de la conspiración para derrocar al gobierno y trabajaban en connivencia con los agentes de los servicios secretos de Alemania y Japón.

“Este hecho explica la actitud hostil del gobierno respecto a los extranjeros, el cierre de diversos consulados extranjeros en el país, etc. Francamente, nosotros no podemos condenar a la gente en el poder por haber reaccionado como lo han hecho si estaban persuadidos de lo que el proceso revela actualmente”.

La propaganda imperialista y los trotskistas (siempre en comandita) se han dedicado durante años a difundir la idea de que estos juicios no contaron con ninguna garantía, que fueron una farsa, que incluso se drogó a los acusados o que se les sometió a un efectivísimo proceso de manipulación psicológica para que declararan lo que declararon. Y se ha terminado por aceptar esto como una verdad incontrovertible (como los millones de víctimas de la represión estalinista). Pero resulta que estos juicios no se realizaron a puerta cerrada, sino de forma pública, con la presencia de periodistas y personal diplomático de los países capitalistas y parece ser que la opinión de quienes asistieron a las sesiones difiere ostensiblemente de la falacia que nos han vendido siempre.

Y, por cierto, fue gracias a estos procesos, y esto sí que es una verdad innegable, que la URSS pudo afrontar la agresión hitleriana en unas condiciones adecuadas, con una estabilidad y una unidad de voluntad en lo militar, en lo político y en lo social imprescindibles para afrontar un conflicto y un drama como el que vivió la URSS en la II guerra mundial. En este sentido, los procesos de Moscú no sólo fueron conformes a derecho, como diría algún avezado jurista, sino una imperiosa necesidad. Por otro lado, quien esté interesado en procesos judiciales manipulados, en falsificación de pruebas, en imputaciones de delitos inexistentes, no hace falta ni que se vaya a Moscú ni que se retrotraiga 70 años atrás en el tiempo. En la calle Génova, imparten cátedra sobre estas cuestiones casi cada día.

Y, en relación con el carácter de marioneta del imperialismo que sin duda fue Trotsky, un último apunte: ¿qué dirigente soviético rehabilitó a Trotsky, y con Trotsky, a Bujarin, Zinoviev y otros? No fue otro que el agente de la CIA Gorbachov, el máximo responsable de la destrucción de lo que quedaba de la URSS y del campo socialista. Esto, por sí mismo, es suficientemente esclarecedor. El imperialismo los crea y ellos se juntan.

Otra de las grandes contribuciones de Trotsky a la causa anticomunista es la del concepto de totalitarismo y la equiparación del nazismo con el “estalinismo” (pongo estalinismo entre comillas porque éste no existe como corriente diferenciada del leninismo). La teoría de los “monstruos gemelos”, el nazismo y el comunismo, bajo el epígrafe de “totalitarismos”, tiene su origen en Trotsky, es un desarrollo de las posiciones que éste defendía. Son numerosos los artículos en los que incidió enesta idea (“Stalin es todavía el satélite de Stalin”, “Stalin, el comisario de Hitler”, “El acercamiento entre Stalin y Hitler está a la vista”, “Los astros gemelos: Hitler-Stalin”, la carta al fiscal general de México, ya citada en este artículo, y otros muchos textos), la cual fue perfeccionada más tarde por otros agentes imperialistas como la sionista Hannah Arendt; y, desde entonces, llevan machacándonos incansablemente con la cantinela de que los “extremos se tocan”, los nazis y los comunistas son lo mismo y otras tonterías reaccionarias similares. Por lo tanto, el trotskismo, volvemos a insistir, no es una variante del marxismo; existe un nítido hilo conductor que lo une con la forma que la ideología burguesa ha adoptado en las condiciones del imperialismo de los últimos 70 años en su lucha contra el movimiento comunista; Trotsky elaboró en buena medida los fundamentos en los que se basa el anticomunismo.

Las causas de la demonización de Stalin, las razones de su reivindicación

Ya hemos dicho que la leyenda inventada sobre Trotsky por la propaganda imperialista no tenía otro objetivo que la demonización de Stalin. Analizar la figura de Trotsky implica la necesidad de analizar las causas de la demonización de Stalin.

¿Por qué esa inquina contra Stalin, por qué este empeño en destruirlo política, ideológica e históricamente a cualquier precio, imputándole todo tipo de crímenes que, por su magnitud, por su exageración, por su perversidad, resultan del todo increíbles y no pueden ser tomados en serio por ninguna persona cabal (hasta del asesinato de Lenin o de su propia esposa se le ha acusado)? Si diéramos por buenos los datos que los historiadores burgueses reportan sobre la represión “estalinista”, para los que Trotsky y los trotskistas han sido toda una inspiración, nos encontraríamos con que la URSS prácticamente hubiera quedado despoblada después de la II guerra mundial, teniendo en cuenta los 25 millones de soviéticos que perdieron la vida en aquel conflicto y los no sabemos cuántos millones más que exterminó Stalin en su “locura asesina”.

Soljenitsin, eminente premio Nobel, cuyos únicos méritos para obtener este galardón son su ultrarreaccionarismo y su anticomunismo visceral, hablaba, como apunta Olarieta en su artículo “El mito del gulag”, de que en la URSS, desde 1917 hasta la muerte de Stalin, se habrían exterminado por una u otra causa a 110 millones de personas (ahí es nada); Robert Conquest, como también apunta Olarieta en este mismo artículo, es más contenido en sus cifras: apunta unos 26 millones de muertos. En fin, de ser ciertas estas cifras, aparte de que en la URSS después de la muerte de Stalin debieron quedar cuatro gatos y un tambor, nos encontraríamos con que todo el territorio de la antigua URSS vendría a ser una fosa común gigantesca, por la que no se puede dar un paso sin tropezar con algún resto humano. La falsedad de todos estos datos, que no son fruto sino de la imaginación de cuatro “historiadores” que no saben lo que es salir de su despacho y de algún disidente filofascista como Soljenitsin, empeñados durante años en un “¿quién da más?” en cuanto a las cifras de la represión soviética o las famosas hambrunas, se pone de manifiesto por el simple hecho de que los archivos de la seguridad soviética fueron abiertos por Gorbachov en el año 89, y nada aparece en ellos que se acerque ni de lejos a lo que plantean estos “historiadores”. Por otro lado, si las cifras fueron tan elevadas, no sería difícil encontrar los restos de esas decenas de millones de víctimas. Aquí, en España, donde las cifras de la represión franquista fueron de en torno a un cuarto de millón de personas, aparecen fosas un día sí y otro también. Nada de esto ha ocurrido en el territorio de lo que fue la URSS.

El genocidio de los nazis está sobradamente respaldado por todo tipo de documentos y testimonios. El “genocidio” de la URSS es como una verdad revelada, como un dogma católico que no necesita someterse a ningún criterio objetivo, que no necesita de ninguna base material y que se ha dado por bueno por gran parte de la opinión pública de todos los países merced a un machaque constante durante siete décadas, en las que una mentira se ha sobrepuesto a otra y así ad infinitum.

Viene a ser como los rumores de ciertos pueblos, que se inician con un “fulanito es homosexual” y, en el devenir de ese rumor, se acaba diciendo que fulanito está liado con el cura del pueblo. El pueblo en este caso tiene dimensión planetaria y la exageración, la manipulación de la verdad y los añadidos creativos son aún más exagerados. Y si a esto se suma el interés del imperialismo por destruir el movimiento comunista internacional y a sus más importantes dirigentes, la magnitud de la mentira alcanza proporciones inconmensurables.

Para entender todo este montaje contra Stalin y contra el movimiento comunista internacional, necesitamos retrotraernos a lo que el dirigente soviético representaba después de la II guerra mundial, que es cuando la campaña anticomunista adquiere mayor intensidad, para no remitir ya nunca.

Stalin consiguió que la URSS, en apenas dos décadas, pasara de ser un país muy atrasado a la segunda potencia mundial en lo
económico, en lo militar y en lo político, debido esto último a su ascendencia entre los trabajadores de todos los países. La URSS, bajo el liderazgo de Stalin, derrotó prácticamente en solitario a los nazis. El famoso desembarco de Normandía no jugó apenas ningún papel en la derrota de los hitlerianos, teniendo en cuenta que el espinazo del ejército alemán ya estaba roto. Lo rompió la URSS en su contraofensiva, con un coste humano absolutamente brutal; como ya hemos dicho, 25 millones de soviéticos perdieron la vida en la II guerra mundial. Las llamadas potencias occidentales, lejos de colaborar a la derrota nazi, contemporizaron, en espera de que los nazis y los soviéticos se destruyeran entre sí, y así reforzar su propia posición. Se equivocaron en sus cálculos. La Unión Soviética salió de aquel conflicto más fuerte que nunca. Los imperialistas no esperaban este desenlace y temían seriamente por la supervivencia del sistema capitalista ante la pujanza de los comunistas.

Bajo el liderazgo de Stalin, surgió el campo socialista. Y la admiración que la figura de Stalin despertaba en millones de trabajadores de todo el mundo, representaba un fenómeno desconocido hasta entonces.

Todos estos elementos resultaban muy peligrosos para el capitalismo mundial. Era necesario desatar una campaña para acabar con la amenaza comunista. Y es a partir de ese momento que el antiestalinismo, estrechamente imbricado con la llamada “guerra fría”, se torna más agresivo. Había que destruir la figura de Stalin porque era la forma de destruir el movimiento comunista. Y para conseguir este objetivo valía y sigue valiendo todo; no hay crimen que no se le haya imputado a Stalin. Existe tal grado de exageración, que todo resulta caricaturesco y falso. Es inconcebible un ser humano con un grado de maldad y de crueldad como el que se le achaca a Stalin; parece ser que no hubo ni un minuto en su vida en que no estuviera planeando la destrucción o asesinato de algún adversario, cuando no de los miembros de su propia familia.

No tengo intención de entrar en una guerra de cifras sobre la represión en la URSS contra los elementos contrarrevolucionarios. No hay duda de que esa represión fue enorme y que no podía ser de otro modo. La Unión Soviética hubo de enfrentarse a una situación extremadamente conflictiva desde su mismo nacimiento. La Unión Soviética nace al calor de la I guerra mundial e inmediatamente se ve arrastrada a una guerra civil absolutamente cruel entre el nuevo poder surgido de la Revolución de Octubre y los elementos del viejo régimen, respaldados éstos por las potencias imperialistas, que también destacaron tropas en territorio soviético. Se ve sometida al más asfixiante cerco capitalista. El sabotaje de la economía soviética y las conspiraciones internas y externas contra el poder soviético fueron constantes. Tuvo que enfrentarse a la agresión hitleriana.

No pretendo hacer, sin embargo, una defensa acomplejada de la figura de Stalin, como las que suelen hacer ciertos “estalinistas”, en el sentido de que el pobre Stalin se vio obligado a hacer lo que hizo, o caer en las concesiones a los prejuicios burgueses diciendo aquello de que “yo defiendo a Stalin, pero hay que reconocer que se cometieron desmanes”, que es una forma absolutamente vergonzante y vergonzosa de defender al gran dirigente soviético.

He definido, en líneas muy generales, el contexto en el que se desarrolló la construcción del socialismo en la URSS y he intentado explicar los porqués de la represión soviética. Pero, eso, he intentado explicar, que no justificar esa represión soviética, pues los comunistas no debemos justificar nada ni mucho menos justificarnos ante la burguesía, casi pidiendo perdón por existir. Los comunistas nunca hemos defendido aquello de que “el fin justifica los medios”. Las justificaciones son para los curas y los moralistas. Los comunistas nos guiamos por un principio mucho más sencillo y menos hipócrita: el fin determina los medios.

En la URSS, se hizo lo que dictaban las circunstancias de la época. Ni más ni menos. Los comunistas no elegimos las condiciones en que se debe hacer una revolución. Éstas vienen dadas. Evidentemente, lo ideal es que el proceso revolucionario sea lo más incruento posible. Pero, en el terreno de la realidad, nos encontramos con que las revoluciones se desarrollan siempre en unas condiciones muy difíciles. Y esto determina que las revoluciones se hayan desarrollado y se habrán de desarrollar de forma cruenta. La lucha de clases determina este carácter cruento.

En el período que va de 1917 al XX congreso del PCUS (momento en que se produce el giro revisionista, también sobre la plataforma del antiestalinismo), no todo debió ser perfecto, ni tampoco podía serlo (toda actividad humana es necesariamente imperfecta). Pero todo marxista-leninista debe reivindicar este período. Y quien se muestre titubeante en esta reivindicación, quien recurra a argumentaciones tangenciales, quien caiga en los “sí, pero…”, lo único que estará demostrando es que los prejuicios burgueses, la propaganda imperialista y anticomunista con la que nos han machacado en todo tiempo y desde todos los frentes, se le ha introducido hasta el tuétano; y esto, en tanto no sea superado, le incapacitará para militar en el movimiento comunista.

No hago, desde luego, un llamamiento a aceptar de forma acrítica ninguna conclusión respecto a aquel período. Esto tampoco es propio de comunistas. Si por un lado tenemos a los “estalinistas” acomplejados, por otro también tenemos a quienes reivindican a Stalin, de un modo que podríamos definir como talibánico, sabiendo muy poco o nada sobre su papel histórico o sobre su obra teórica y práctica. Los primeros son incapaces de desprenderse totalmente de los prejuicios burgueses; los segundos padecen exactamente del mismo mal, pero lo ocultan bajo una pose de puros y duros estalinistas; y suele ocurrir que estos superestalinistas terminan en no pocas ocasiones yendo a dar con sus huesos en el revisionismo y en las peores formas del oportunismo político.

No hay que caer, por tanto, ni en posiciones acomplejadas ni en el talibanismo. Hay que hacer siempre un análisis profundo de todas las cuestiones. Ahora bien, no hay que hacer nunca este análisis desde la óptica de la ideología burguesa, nunca desde los prejuicios que nos han sido inoculados por el capitalismo.

Por último, del mismo modo que las razones por las que la propaganda imperialista ha engrandecido a un sujeto tan despreciable como Trotsky son las razones que deben llevarnos a señalarlo como un enemigo del movimiento comunista, las razones por las que esa misma propaganda ha demonizado a Stalin son las que obligan a cualquier comunista consecuente a reivindicarle y a restituirle en el lugar que le corresponde en la historia y en el movimiento comunista internacional. No hay ningún dirigente político que haya sido más denostado que Stalin. Nos corresponde a los comunistas desmontar las mentiras que sobre él se han construido. La rehabilitación de Stalin es parte fundamental de la lucha contra la ideología burguesa; es parte, por tanto, de la lucha por la reconstrucción del movimiento comunista. El antiestalinismo, ya lo hemos dicho, no es sino otro de los nombres que adopta el melifluo anticomunismo. Y como tal debemos combatirlo.

(*) Stalin: La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos, diciembre de 1924.

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Memoria Histórica

La masacre de Katyn

Tras el final de la Primera Guerra Mundial, la frontera entre Rusia y Polonia fue establecida a lo largo de una línea que paso a conocerse como la línea Curzon, siendo Lord Curzon el hombre de estado británico que la propuso.

Esta línea de demarcación no era del agrado de los polacos, que pronto entraron en guerra contra la Unión Soviética para hacer retroceder sus fronteras hacia el este. La Unión Soviética contraatacó y estaba preparada no solamente para defenderse a sí misma, sino también, y en contra de los consejos de Stalin, para liberar a Polonia entera. Stalin consideraba que tal propósito estaba condenado al fracaso, porque según él el nacionalismo polaco todavía era muy fuerte. Los polacos habían dejado claro que NO querían ser liberados por lo que no valía ni la pena intentarlo. De ahí que los polacos opusieran una feroz resistencia al avance de los soviéticos. En último momento la unión Soviética se vio forzada a retirarse e incluso a ceder territorios al este de la línea Curzon a Polonia. Los territorios en cuestión eran el oeste de Bielorrusia y el oeste de Ucrania (unos territorios inmensamente más poblados por bielorrusos e ucranianos respectivamente, en comparación con la población polaca). Todos estos incidentes no podían sino exacerbar la desconfianza mutua entre polacos y rusos…

El 1 de septiembre de 1939, la Alemania Nazi invadió Polonia. El 17 de septiembre, la Unión Soviética movilizó sus fuerzas para reocupar aquellas partes de Polonia que se encontraban al este de la línea Curzon. Tras haber ocupado estos territorios, la Unión Soviética inició el reparto de la tierra a los campesinos e implementó el tipo de reformas democráticas que son tan populares para el pueblo e muy impopulares para los explotadores. Durante la batalla para retomar los territorios al este de la línea Curzon, la Unión Soviética capturó a unos 10 000 oficiales polacos, que se convirtieron en prisioneros de guerra. Estos prisioneros fueron luego llevados a unos campos en el territorio disputado y se les puso a trabajar en la construcción de carreteras, etc.

Dos años más tarde, el 22 de junio de 1941, la Alemania Nazi atacó esa a la Unión Soviética por sorpresa. El Ejército Rojo se vio forzado a retirarse urgentemente y Ucrania fue ocupada por los alemanes. Durantes esta retirada urgente no fue posible evacuar a los prisioneros polacos de guerra hacia el interior del país. El jefe del campo nº 1, el Mayor Vetoshnikov, declaró que había solicitado al jefe de tráfico de la Sección de Smolensk de los Ferrocarriles del Este que se le proporcionaran vagones para la evacuación de los prisioneros pero le respondieron que esto estaba lejos de ser posible. El ingeniero Ivanov, que había sido Jefe de Tráfico en aquella época, confirmó que no había vagones que compartir. “Además,” dijo, “no podíamos enviar vagones a la línea Gussino, donde estaban la mayoría de los prisioneros polacos, porque aquella línea ya estaba en la línea de fuego”. El resultado fue que, debido a la retirada soviética del territorio, los prisioneros polacos se convirtieron en prisioneros de los alemanes. En abril de 1943, los hitlerianos anunciaron que los alemanes habían encontrado varias fosas comunes en el bosque de Katyn, cerca de Smolensk, que tenían enterrados los cadáveres de cientos de oficiales polacos supuestamente asesinados por los rusos.

Este anuncio fue preparado para minar más en adelante los esfuerzos de cooperación de polacos y rusos para derrotar a los alemanes. La alianza ruso-polaca siempre fue dificultosa porque el gobierno polaco en el exilio, instalado en Londres, era obviamente un gobierno de las clases explotadoras. Tenía que enfrentarse a los alemanes debido a la posterior cínica invasión de su país para el lebensraum. La posición de la Unión Soviética era que mientras ésta pueda conservar el territorio al este de la línea Curzon, no tendría ningún problema en que se restableciera un gobierno burgués en Polonia. Pero la alianza ya se encontraba en dificultades porque el gobierno polaco en el exilio, liderado por el general Sikorski, instalado en Londres, no estaba dispuesto a que se devolvieran estos territorios. Y esto pese a que en 1941, cuando Hitler invadió Polonia, la Unión Soviética y el gobierno polaco en el exilio no solamente establecieron relaciones diplomáticas sino que además acordaron que la Unión Soviética financiaría “bajo las órdenes de un jefe designado por el gobierno polaco en el exilio pero aprobado por el gobierno soviético” la formación de un ejército polaco, siendo este jefe el general Anders (un prisionero de los soviéticos desde 1939), un antisoviético redomado. El 25 de octubre de 1941 este ejército ya tenía 41 000 hombres, incluyendo 2630 oficiales. No obstante el general Anders rechazaría ulteriormente luchar en el frente germano-soviético por la disputa por la frontera entre la Unión Soviética y Polonia, y el ejército polaco tuvo que ser enviado a otro lugar para luchar, en concreto Irán.

Sin embargo, pese a las hostilidades del gobierno polaco en el exilio, hubo una parte importante de los residentes polacos en la Unión Soviética que no eran antisoviéticos y que aceptaron la reclamación soviético de los territorios al este de la línea Curzon. Muchos de ellos eran judíos. Estos ciudadanos formaron la Unión de Patriotas Polacos que fue la columna vertebral de un gobierno polaco alternativo en el exilio.

La propaganda nazi en relación a la masacre de Katyn fue preparada para volver imposible el que los soviéticos pudieran hacer cualquier trato con los polacos. El general Sikorski utilizó la propaganda nazi para vengarse, afirmándole a Churchill que tenía “abundantes pruebas”. El cómo había obtenido estas “pruebas” de forma simultánea al anuncio alemán de esta supuesta atrocidad soviética no está claro, aunque dice mucho sobre la colaboración secreta entre Sikorski y los nazis. Los alemanes habían hecho pública su acusación el 13 de abril. El 16 de abril el gobierno soviético emitió un comunicado oficial en el que negaba “las fabricaciones calumniosas sobre los supuestos fusilamientos en masa por órganos soviéticos en el área de Smolensk durante la primavera de 1940”. Añadió:

“La declaración de los alemanes no deja ninguna duda acerca del fatal destino de los antiguos prisioneros de guerra polacos, que en 1941 fueron contratados para obras de construcción en el área oeste de Smolensk y que, junto con muchos otros ciudadanos soviéticos, han caído en manos de los verdugos alemanes tras la retirada de las tropas soviéticas”.

Con la fabricación de esta historia, los alemanes decidieron adornarla con un toque antisemita, afirmando que podían dar los nombres de oficiales soviéticos encargados de la masacre que tenían todos nombres judíos. El 19 de abril Pravda respondió lo siguiente:

“Sintiendo la indignación de toda la humanidad progresista por su masacre de civiles pacíficos, y en particular de judíos, los alemanes ahora tratan de provocar la ira de gente crédula contra los judíos. Por este motivo han inventando toda una colección de ‘comisarios judíos’ que según ellos participaron en la masacre de 10 000 oficiales polacos. Para tales expertos en falsificación no ha sido difícil inventarse un par de nombres de gente que nunca ha existido – Lev Rybak, Abraham Brodninsky, Chaim Fineberg. Ninguna de esas personas ha existido jamás, ni en la ‘sección de Smolensk del GPU’ ni en ningún otro departamento del NKVD…”

La insistencia de Sikorski en querer divulgar la propaganda alemana llevó a la total ruptura de relaciones entre el gobierno polaco en el exilio de Londres y el gobierno soviético – tal como lo comentó Goebbels en su diario:

“Esta ruptura supone en un ciento por ciento una victoria de la propaganda alemana y especialmente para mí personalmente… hemos sido capaces de convertir el incidente de Katyn en una importante cuestión política”.

Al mismo tiempo la prensa británica condenaba a Sikorski por su intransigencia:

El diarioThe Times del 28 de abril escribió: “Es sorprendente y lamentable que los que tenían muy buenas razones para comprender la perfidia y la ingenuidad que había en la maquinaria de propaganda de Goebbels, hayan caído ellos mismos en la trampa que había creado. Era difícil que los polacos hubiesen olvidado el volumen de propaganda que se difundió ampliamente durante el primer invierno de la guerra y que describía con todo lujo de detalles unas evidencias circunstanciales, incluyendo una fotografía, que mostraban unas supuestas atrocidades polacas contra los pacíficos habitantes alemanes de Polonia”.

Lo que hay detrás de la insistencia de Sikorski en que la masacre haya sido perpetuada por los soviéticos antes que por los alemanes, es la disputa del territorio al este de la línea Curzon. Sikorski estaba tratando de utilizar la propaganda alemana para movilizar al imperialismo occidental en defensa las exigencias polacas sobre este territorio, de evitar pues, tal como él lo vio, que tomaran partido por la Unión Soviética en la cuestión de la disputa de esta frontera.

Cuando leemos hoy en día las fuentes burguesas, vemos que todas aseguran que la Unión Soviética era responsable de la masacre de Katyn, y lo hacen con tanta seguridad y frecuencia que al tratar de argumentar lo contrario uno se siente como un nazi revisionista intentando negar la masacre de judíos por Hitler. Después de la desintegración de la Unión Soviética, Gorbachov se sumó a esta campaña de desinformación y produjo material que supuestamente provenía de los archivos soviéticos que ‘demostraba’ que los soviéticos cometieron esa atrocidad, y que por supuesto lo hicieron por órdenes de Stalin. Conocemos el interés que todos los Gorbachovs tenían en satanizar a Stalin. Su objetivo no era tanto Stalin como el socialismo. Al denigrar el socialismo, su propósito era el de restablecer el capitalismo y de disfrutar de unas vidas de lujo parasítico para ellos y sus lacayos en detrimento del sufrimiento colectivo de los pueblos soviéticos. Su cinismo equivale al de los nazis alemanes y no nos podemos sorprendernos al verles cantar con la misma cantinela.

Las fuentes burguesas afirman despreocupadamente que las pruebas ofrecidas por los soviéticos que culpaban a los alemanes son totalmente inexistentes o bien se basan en testimonios de habitantes aterrorizados de la región. No mencionan nada acerca de una prueba que hasta el mismo Goebbels reconoció como algo inconveniente, desde su punto de vista. En su diario el 8 de mayo de 1943, escribió: “Desgraciadamente, la munición alemana ha sido encontrada en Katyn… es fundamental que este incidente se mantenga en secreto. Si llegara a ser conocido por el enemigo todo el asunto de Katyn tendría que ser abandonado”.

En 1971 hubo una carta al director The Times que sugería que la masacre de Katyn no pudo haber sido perpetrada por los alemanes puesto que ellos habrían empleado las ametralladoras y las cámaras de gas antes que deshacerse de los prisioneros de la manera en que las víctimas de Katyn fueron asesinados, esto es, mediante un tiro en la nuca. Entonces un antiguo soldado alemán residente en Godalming, Surrey, intervino en la correspondencia con el periódico:

“En tanto que soldado alemán, en esa época convencido de la justeza de nuestra causa, había participado en muchas batallas y acciones durante la campaña rusa. No había estado en Katyn ni en el bosque cercano al lugar. Pero recuerdo bien el escándalo que se produjo cuando en 1943 llegaron las noticias sobre el descubrimiento de la espantosa fosa común cerca de Katyn, cuyo territorio había sido amenazado por el Ejército Rojo.

Joseph Goebbels, tal como lo muestran los archivos históricos, ha engañado a mucha gente. Después de todo, era su trabajo y pocos discutirían su casi total maestría a la hora de hacerlo. Sin embargo, lo que es verdaderamente sorprendente es que se siga considerando una prueba en las páginas del Times treinta años después. Escribiendo desde mi experiencia, no creo que en aquel momento de la guerra Goebbels maquinara para engañar a muchos soldados alemanes en Rusia con el asunto de Katyn… Los soldados alemanes sabían perfectamente que habían sido disparos en la nuca… los soldados alemanes sabíamos que los oficiales polacos no habían sido eliminados por otra gente que la nuestra”.

Además, muchos testigos vinieron después para atestiguar sobre la presencia de oficiales polacos en la región después de que los alemanes la hayan ocupado.

Maria Alexandrovna Sashneva, una maestra de una escuela primaria local, declaró a una comisión especial organizada por la Unión Soviética en septiembre de 1943, inmediatamente después de que el territorio fuera liberado de los alemanes, y dijo que en agosto de 1941, dos meses después de la retirada soviética, ella había escondido a un prisionero de guerra polaco en su casa. Su nombre era Juzeph Lock, y le había hablado de los malos tratos sufridos por los prisioneros polacos bajo la ocupación alemana:

“Cuando los alemanes llegaron, se apoderaron del campo de prisioneros polacos y establecieron allí un régimen estricto. Los alemanes no consideraban a los polacos como seres humanos. Los oprimieron y vejaron de todas las maneras posibles. En alguna ocasión se disparaba a los polacos sin motivo alguno. Él decidió escapar…”

Otros testigos prestaron declaración diciendo que habían visto a los polacos durante los meses de agosto y septiembre de 1941 trabajando en las carreteras.

Además, unos testigos también atestiguaron sobre la persecución de los alemanes a los prisioneros polacos fugados durante el otoño de 1941. Danilenko, un campesino local, era uno de los muchos testigos que testimoniaron sobre ello:

“Se realizaron operaciones de persecución en nuestra aldea para capturar a los prisioneros de guerra polacos que habían escapado. Algunas búsquedas se hicieron en mi casa 2 o 3 veces. Tras una de ellas, le dije al cabecilla… ¿a quién buscáis en nuestra aldea? [Él] respondió que una orden había sido recibida del Estado mayor alemán, por la cual se debían realizar rastreos por todas las casas sin excepción, puesto que unos prisioneros de guerra polacos que habían escapado del campo se estaban escondiendo en nuestra aldea”.

Obviamente los alemanes no le dispararon a los polacos ante la vista de testigos locales, pero hay no obstante testimonios significativos de la gente local acerca de lo que estaba ocurriendo. Un testigo fue Alexeyeva que había sido elegida por el líder de su aldea para servir al personal alemán en una casa de campo en el sector del bosque de Katyn conocido como Kozy Gory, que había sido la casa de descanso de la administración de Smolensk del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos. Esta casa se situaba a unos 700 metros del lugar donde se encontraron las fosas comunes. Alexeyeva dijo:

“Hacia el final de agosto y durante la mayor parte de septiembre de 1941 varios camiones solían venir prácticamente cada día a la casa de campo de Kozy Gory. Al principio no presté atención a ello, pero más tarde advertí de que cada vez que estos camiones llegaban al lugar de la casa de campo paraban allí media hora, y a veces una hora, en algún lugar de la ruta que conectaba a la casa de campo con la carretera. Saqué esta conclusión porque al poco tiempo de llegar al lugar de la casa de campo el ruido que hacían se detenía.

Simultáneamente a la detención del ruido se oían disparos. Los disparos se iban siguiendo uno detrás del otro por intervalos cortos pero aproximadamente regulares. Después los disparos dejaban de oírse y los camiones se dirigían directos a la casa de campo. Los soldados alemanes y los oficiales salían de los camiones. Hablando ruidosamente, venían a lavarse en los baños, tras lo cual realizaban orgías de alcohol.

En los días en que llegaban los camiones, solían venir a la casa de campo más soldados provenientes de unidades militares alemanas. Se les preparaban camas especiales… Evidentemente, poco después de que los camiones llegaran a la casa de campo, unos soldados armados se iban al bosque, al lugar donde paraban los camiones porque en una media hora volvían en aquellos camiones con los soldados que vivían permanentemente en la casa de campo.

… En varias ocasiones vi manchas de sangre fresca en la ropa de dos cabos. De todo esto inferí que los alemanes traían a gente a la casa de campo y las fusilaba”.

Alexeyeva también descubrió que la gente que era ejecutada eran prisioneros polacos.

“Una vez me quedé algo más tarde de lo normal en la casa de campo… Antes de terminar el trabajo que me retenía allí, un soldado entro súbitamente y me dijo que me podía ir… Me… acompañó hasta la carretera.

Sobre la carretera, a 150 ó 200 metros del lugar donde la carretera se bifurcaba hacia la casa de campo, vi un grupo de unos 30 prisioneros de guerra polacos caminando a lo largo de la carretera, fuertemente escoltados por alemanes… Me paré cerca del borde de la carretera para ver adónde los llevaban, y vi que se habían desviado hacia nuestra casa de campo en Kozy Gory.

Desde ese momento comencé a observar de cerca todo lo que iba ocurriendo en la casa de campo, empecé a interesarme por ello. Una vez que había caminado una cierta distancia sobre la carretera, daba marcha atrás y me escondía en los arbustos cerca de la carretera, y esperaba. En unos 20 o 30 minutos oía los familiares ruidos de disparos”.

Las otras dos sirvientas solicitadas para la casa de campo, Mijailova y Konajoskaya, hicieron declaraciones que apoyaban esta versión. Otros residentes del área dieron testimonios similares.

Basilevsky, el director del observatorio de Smolensk, fue elegido ayudante del burgomaestre Menshagin, un colaboracionista nazi. Basilevsky, trataba de asegurar la liberación de Zhiglinski, un profesor arrestado por los alemanes, y persuadió a Menshagin de hablar con el comandante alemán de la región, Von Schwetz, sobre esta cuestión. Menshagin lo hizo pero luego informó que era imposible asegurar esa liberación porque “se habían recibido instrucciones de Berlín ordenando que el régimen más estricto sea mantenido”.

Basilevsky luego contó su conversación con Menshagin:

“Involuntariamente repliqué ‘¿Puede algo ser más estricto que el régimen existente en el campo?’ Menshagin me miró de una manera extraña y aproximándose a mi oído, me respondió: ¡sí, puede haberlo! Los rusos pueden al menos ser abandonados para dejarlos morir, pero en cuanto a los prisioneros polacos, la orden es sencillamente la de exterminarlos”.

Tras la liberación el cuaderno de notas de Menshagin fue encontrado con escritos de su propia letra, tal como lo confirmaron grafólogos expertos. En la página 10, con fecha el 15 de agosto de 1941, anotó:

“Todos los prisioneros de guerra fugitivos deben ser detenidos y entregados en la oficina del comandante”.

En sí mismo, esto prueba que los prisioneros polacos todavía estaban en vida en ese momento. En la página 15, que no tiene fecha, aparece la entrada siguiente: “Hay algún rumor entre la población en relación a las ejecuciones de prisioneros de guerra polacos en Kozy Gory (según Umnov)” (Umnov era el jefe de la policía rusa).

Un gran número de testigos declararon que habían sido presionados en 1942-43 por los alemanes para dar falsos testimonios sobre la ejecución de polacos por los rusos.

Parfem Gavrilovich Kisselev, un residente de la aldea cercana a Kozy Gory, declaró que en otoño de 1942 le había llamado la Gestapo y que había sido entrevistado por un oficial alemán:

“El oficial declaró, de acuerdo con la información que disponía la Gestapo, que en 1940, en la zona de Kozy Gory, en el bosque de Katyn, miembros del personal del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos dispararon a oficiales polacos y me preguntó qué testimonio podría dar yo para dar fe de ello. Le respondí que nunca había oído nada acerca de que el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos disparase a gente en Kozy Gory, y que de todas maneras eso era imposible. Le expliqué al oficial que Kozy Gory era un lugar completamente abierto y muy frecuentado, y que si hubiese habido disparos allí toda la población de las aldeas de los alrededores lo habría sabido…

… Sin embargo, el intérprete no quiso escucharme, y cogió un documento escrito sobre el despacho y me lo leyó. Decía que yo, Kisselev, residente en un caserío de la zona de Kozy Gory, había presenciado personalmente los disparos a los oficiales polacos por miembros del personal del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos en 1940.

Tras haber leído el documento, el intérprete me dijo que lo firmara. Rechacé hacerlo… Finalmente gritó ‘O bien lo firmas de una vez o bien le destruimos. Haga una elección.’

Atemorizado por estas amenazas, firmé el documento y pensé que esto sería el fin del problema”.

Pero no fue el fin del problema, porque los alemanes esperaban que Kisselev diera su palabra de lo que había ‘presenciado’ a unos grupos de ‘delegados’ invitados por los alemanes a la zona para que sean testigos del relato de unas supuestas atrocidades soviéticas.

Poco después de que las autoridades alemanas hubiesen anunciado al mundo la existencia de fosas comunes en abril de 1943, “el intérprete de la Gestapo vino a mi casa y me llevó al bosque en el área de Kozy Gory.

“Cuando habíamos salido de la casa y estábamos solos, el intérprete me aviso de que tenía que decirle todo a la gente presente en el bosque exactamente como lo había escrito en el documento que había firmado en el cuartel de la Gestapo.

Cuando llegué al bosque vi las fosas abiertas y a un grupo de extranjeros. El intérprete me dijo que eran delegados polacos que habían llegado para inspeccionar las fosas. Cuando nos acercamos a las fosas los delegados empezaron a hacerme varias preguntas en ruso en relación a las ejecuciones de los polacos, pero como había pasado más de un mes desde que me había convocado la Gestapo, olvidé todo lo que aparecía en el documento que había firmado, me confundí, y finalmente dije que no sabía nada sobre las ejecuciones de los oficiales polacos.

El oficial alemán se puso muy furioso. Bruscamente, el intérprete me apartó de la ‘delegación’ y me echó fuera. A la mañana siguiente un coche con un oficial de la Gestapo llegó a mi casa. Éste me encontró en el jardín, me dijo que estaba arrestado, me metió en el coche y me llevó a la prisión de Smolensk.

Después de mi arresto fue interrogado muchas veces, aunque más que hacerme preguntas, me golpeaban. La primera vez que me llamaron me pegaron muy fuerte y abusaron de mí, se quejaban de mí diciéndome que les había fallado, y me llevaron de nuevo a mi celda. Durante los siguientes interrogatorios me dijeron que debía declarar públicamente que había presenciado las ejecuciones a oficiales polacos por los bolcheviques, y que hasta que la Gestapo no se creyera que lo hubiera hecho de buena fe, no sería liberado de prisión. Le dije al oficial que preferiría quedarme en prisión antes que decirle mentiras a la gente en su cara. Después de esto me volvieron a pegar duramente.

Hubo varios interrogatorios acompañados de golpes, y como resultado perdí toda mi fuerza, mi sentido del oído se volvió muy pobre y no pude mover mi brazo derecho. Aproximadamente un mes después de mi arresto un oficial alemán me llamó y me dijo: ‘Puede ver las consecuencias de su obstinación, Kisselev. Hemos decido ejecutarle. Por la mañana le llevaremos al bosque de Katyn y le colgaremos.’ Le pedí al oficial que no lo hiciera, y empecé a suplicarles alegando que yo no era la persona adecuada para hacer de ‘testigo’ puesto que yo no sabía cómo contar mentiras y que por lo tanto volvería a mezclarlo todo de nuevo.

El oficial siguió insistiendo. Algunos minutos más tarde unos soldados llegaron a la sala y comenzaron a golpearme con porras. Siendo incapaz de aguantar los golpes y las torturas, acordé aparecer en público con un cuento falaz sobre ejecuciones a polacos por los bolcheviques. Después sería liberado de prisión, con la condición de que en cuanto lo solicitaran los alemanes, hablaría delante de una ‘delegación’ en el bosque de Katyn…

En cada ocasión, antes de llevarme al lugar de las fosas en el bosque, el intérprete solía venir a mi casa, llamarme desde el jardín, llevarme hacia un lado para que nadie oyera, y durante media hora me hacía memorizar todo lo que tendría que decir acerca de las supuestas ejecuciones de oficiales polacos por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos en el 1940.

Recuerdo que el intérprete me dijo algo así: ‘Vivo en una casita en el área de ‘Kozy Gory’, no muy lejos de la casa de campo del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos. En la primavera de 1940 vi como varias noches se llevaban polacos al bosque y los fusilaban allí’. Después era imperativo que yo declarase literalmente que ‘éstos eran los métodos del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos.’ Tras haber memorizado lo que me dijo el intérprete me llevaba al lugar donde estaban las fosas abiertas en el bosque y me pedía que repitiera todo eso en presencia de las ‘delegaciones’ que acudían al lugar.

Mis declaraciones estaban estrictamente supervisadas y orientadas por el intérprete de la Gestapo. Una vez, cuando hablé delante de algunas ‘delegaciones’, me hicieron la siguiente pregunta: ‘¿Vio usted personalmente a los polacos antes de que fuera ejecutados por los bolcheviques?’ No estaba preparado para responder a una pregunta así y respondí contándoles la verdad, esto es que yo vi prisioneros de guerra polacos antes de la guerra, caminando sobre las carreteras. Entonces el intérprete me sacó bruscamente de ahí y me condujo a mi casa.

Por favor, créanme cuando les digo siempre que tuve remordimientos de conciencia, porque sabía que realmente los oficiales polacos habían sido ejecutados por los alemanes en 1941. No tuve elección, puesto que estaba constantemente bajo la amenaza de que se repitiera mi arresto y la tortura”.

Mucha gente ha corroborado el testimonio de Kisselev, y un examen médico corroboró igualmente la veracidad de su historia de torturas por parte de los alemanes.

También se presionó a Ivanov, un empleado de la estación local de ferrocarriles de Gnezdovo para que diera un falso testimonio:

“El oficial preguntó si yo sabía que una gran parte de los oficiales polacos capturados había llegado en varios trenes a la estación de Gnezdovo durante la primavera de 1940. Luego me preguntó si sabía que durante la misma primavera de 1940, poco después de la llegada de los oficiales polacos, los bolcheviques los habían ejecutado a todos en el bosque de Katyn. Le dije que había oído hablar de ello, y que no podía ser de otra manera puesto que durante los años 1940-41 hasta la ocupación de Smolensk por los alemanes, me había encontrado a oficiales polacos que habían llegado durante la primavera de 1940 en la estación de Gnezdovo y que fueron empleados en la construcción de carreteras.

El oficial me dijo que si un oficial alemán decía que los polacos habían sido ejecutados por los bolcheviques, eso significaba que era un hecho. ‘Por lo tanto’, dijo el oficial, ‘no tiene nada que temer, y usted puede firmar con la conciencia tranquila un informe que dice que los oficiales polacos capturados fueron ejecutados por los bolcheviques y que usted fue testigo de ello’.

Le respondí que yo ya era un hombre muy viejo, que tenía 61 años, y que no quería cometer un pecado en la edad anciana. Solo podía testificar que los oficiales polacos capturados llegaron a la estación de Gnezdovo durante la primavera de 1940. El oficial alemán comenzó a persuadirme de que diera el testimonio exigido, prometiéndome de que si aceptaba me promocionaría de mi puesto de vigilante en el cruce de ferrocarriles al de jefe de la estación de Gnezdovo, que había ocupado durante el gobierno soviético, y también de que satisfaría todas mis necesidades materiales.

El intérprete subrayó que mi testimonio como antiguo oficial de ferrocarriles de la estación de Gnezdovo, la más cercana al bosque de Katyn, era extremadamente importante para el Estado Mayor alemán, y que no me iba a arrepentir si daba testimonio de ello. Comprendí que yo me encontraba en una situación extremadamente complicada, y que me esperaba un triste destino. Pese a todo, volví a negarme a dar un testimonio falso al oficial alemán. Empezó a gritarme, a amenazarme con golpearme y dispararme, y dije que no podía saber qué era lo mejor para mí. Sin embargo, me mantuve en pie. Entonces el intérprete redactó un breve informe de una página en alemán, y me dio una traducción de su contenido. El informe solamente hacia constar, tal como me lo dijo el intérprete, el hecho de la llegada de los prisioneros de guerra polacos a la estación de Gnezdovo. Cuando pedí que mi testimonio fuera registrado no solamente en alemán sino también en ruso, al final el oficial se enfureció, me golpeó con una porra y me sacó del local…”

Sawateyev fue otra persona que fue presionada por los alemanes para dar un falso testimonio. Declaró a la Comisión Soviética de Investigación:

“En el cuartel de la Gestapo testifiqué que durante la primavera de 1940 los prisioneros de guerra polacos llegaron a la estación de Gnezdovo en varios trenes y luego siguieron su camino subidos en camiones, pero no sabía hacia donde iban. También añadí que más tarde vi a esos polacos de forma repetida en la carretera de Moscú a Minsk, donde estaban trabajando en tareas de reparación en pequeños grupos. El oficial me dijo que estaban confundiendo las cosas, que no podía haberme encontrado a los polacos en la carretera, puesto que habían sido ejecutados por los bolcheviques, y me pidió que testificara sobre ello.

Me negué. Tras amenazarme y convencerme de mil maneras durante mucho tiempo, el oficial consultó algo en alemán con el intérprete, y entonces el intérprete escribió un breve informe y me lo dio para que lo firmara. Me explicó que era un registro de mi testimonio. Le pedí al intérprete que me dejara leerlo yo mismo, pero me interrumpió soltándome improperios, ordenándome que lo firmara inmediatamente y me largara. Dudé durante un minuto. El intérprete agarró una porra que colgaba de la pared e hizo ademán de golpearme. Acto seguido firmé el informe que me enseñaron. El intérprete me pidió que saliera y me fuera a casa, y que no hablara con nadie de este tema o entonces sería fusilado…”

Otros dieron un testimonio similar.

Se han proporcionado también pruebas de cómo los alemanes ‘trataron’ las fosas comunes para tratar de eliminar cualquier indicio de que la masacre no tuvo lugar durante el otoño de 1941 sino durante la primavera de 1940, poco después de que los polacos llegaran en primer lugar a la zona. Alexandra Mikhailovna había trabajado durante la ocupación alemana en la cocina de una unidad militar alemana. En marzo de 1943 encontró un prisionero de guerra ruso escondido en su cobertizo:

“De las conversaciones que mantuve con él supe que su nombre era Nikolai Yegorov, un nativo de Leningrado. Había estado en el campo de prisioneros alemán número 126 en la ciudad de Smolensk desde el final del año 1941. Al comienzo del mes de marzo de 1943, fue enviado con una columna de varios cientos de prisioneros de guerra desde el campo hacia el bosque de Katyn. Una vez ahí, todos fueron obligados, incluyendo a Yegorov, a desenterrar unas fosas que contenían los cadáveres de oficiales polacos con el uniforme puesto, a sacarlos fuera de las fosas y retirar de sus bolsillos documentos, cartas, fotografías y todo artículo que pudieran encontrar.

Los alemanes dieron la estricta orden de que nada podía quedar en los bolsillos de los cadáveres. Dos prisioneros de guerra fueron ejecutados porque tras haber registrado algunos cadáveres, un oficial alemán encontró algunos papeles en los mismos. Los artículos, documentos y cartas extraídas de las ropas de los cadáveres fueron examinados por los oficiales alemanes, quienes entonces obligaron a los prisioneros a recolocar de nuevo parte de los papeles en los bolsillos de los cadáveres, mientras que el resto fue arrojado a un montón de artículos y documentos que habían extraído, para ser luego quemado.

Aparte de esto, los alemanes hicieron que los prisioneros colocaran en los bolsillos de los oficiales polacos algunos papeles que habían tomado de las maletas o maletines (no recuerdo exactamente) que habían traído consigo. Todos los prisioneros de guerra vivieron en el bosque de Katyn bajo el cielo abierto en pésimas condiciones, y estaban siendo extremadamente vigilados. A principios del año 1943, todo el trabajo planificado por los alemanes parecía aparentemente estar completado, porque durante tres días ninguno de los prisioneros de guerra tuvo trabajo alguno que hacer…

De repente de noche todos fueron despertados sin excepción alguna y fueron llevados a algún lugar. Se había reforzado la guardia. Yegorov sintió que algo iba mal y comenzó a observar detenidamente todo lo que estaba ocurriendo. Caminaron durante tres o cuatro horas en dirección desconocida. Se detuvieron en el bosque cerca de un hoyo que había en un claro. Vio como separaban un grupo de prisioneros del resto, éstos fueron llevados hacia el hoyo y luego fusilados. Los prisioneros de guerra empezaron a inquietarse y a ponerse nerviosos haciendo ruido. No muy lejos de donde estaba Yegorov varios prisioneros de guerra atacaron a los guardias. Otros guardias vinieron corriendo hacia el lugar. Yegorov aprovechó la confusión reinante y se fue corriendo hacia la oscuridad del bosque, oyendo gritos y disparos.

Después de oír esta terrible historia, que se me quedó grabada en la mente para el resto de mi vida, empecé a sentir mucha pena por Yegorov, y le dije que viniera a mi habitación a calentarse y que se escondiera en mi casa hasta que hubiera recobrado su fuerza. Pero Yegorov rechazó mi proposición… Dijo que pasara lo que pasara iba a irse esta misma noche, para intentar atravesar la línea de frente del Ejército Rojo. Por la mañana, cuando vine para asegurarme de que Yegorov se había ido, todavía estaba en el cobertizo. Al parecer por la noche había intentado irse, pero tras solamente haber dado 50 pasos se sintió tan débil que se vio obligado a volver. Decidimos que se quedara en mi casa durante varios días más para recobrar su fuerza. Después de alimentar a Yegorov me fui al trabajo. Cuando volví a casa por la tarde mis vecinos Branova, Mariya Ivanovna, Kabanovskaya y Yekaterina Viktorovna me dijeron que al mediodía hubo un registro, por lo que el prisionero del Ejército Rojo había sido encontrado y se lo habían llevado”.

Posteriormente, un ingeniero mecánico llamado Sujachev, que había trabajado bajo la ocupación alemana como mecánico en el molino de la ciudad de Smolensk, corroboró esos hechos:

“Yo estaba trabajando en el molino durante la segunda quincena de marzo de 1943. Ahí hablé con un chófer alemán que hablaba un poco de ruso, y como transportaba harina al pueblo de Savenki para la tropas, y volvía a Smolensk el día siguiente, le pregunté si podía llevarme con él para que pudiera comprar mantequilla al pueblo. Mi idea era que viajar en un camión alemán me evitaría el ser detenido en el punto de control. El alemán aceptó a cambio de dinero.

El mismo día a las 10 de la noche yo y el conductor alemán nos dirigimos en el camión hacia la carretera que iba de Smolensk a Vitebsk. La noche era liviana, y solamente una ligera niebla reducía la visibilidad. Aproximadamente a unos 22 o 23 kilómetros de Smolensk, a la altura de un puente en ruinas sobre la carretera, hay una ruta con una pendiente bastante inclinada. Cuando estábamos empezando a bajar por ahí, de repente surgió un camión desde dentro de la niebla, dirigiéndose hacia nuestra posición. Bien porque nuestro frenos no funcionaban correctamente, o bien porque el conductor no tenía experiencia, no fuimos capaces de detener el camión, y como el paso era bastante estrecho, nos chocamos con el camión que venía hacia nosotros. El impacto no fue muy violento porque el conductor del otro camión viró bruscamente hacia un lado, motivo por el cual los camiones se chocaron y se deslizaron el uno contra el otro.

Sin embargo la rueda derecha del otro camión se metió en la zanja, y el camión se cayó por la ladera de la carretera. Nuestro camión se mantuvo en posición vertical. El conductor y yo salimos inmediatamente fuera de la cabina y corrimos hacia el camión que se había caído. Nos cruzamos con un fuerte hedor a carne putrefacta que salía del camión.

Según nos íbamos acercando, vi que el camión transportaba un cargamento cubierto con una lona y atado con cuerdas. Con el impacto, las cuerdas se habían roto, y parte del cargamento se había caído sobre la ladera. Era un horrible cargamento – cadáveres humanos vestidos con uniformes militares. Según recuerdo había unos seis o siete hombres cerca del camión, un conductor alemán, dos alemanes armados con metralletas – el resto eran prisioneros de guerra rusos, puesto que hablaban ruso y se vestían como tales.

Los alemanes comenzaron a insultar a mi conductor y luego varias veces intentaron poner el camión en pie. Unos dos minutos después otros dos camiones llegaron al lugar del accidente y se acercaron. Un grupo de alemanes y de prisioneros de guerra rusos, unos diez en total, salieron de esos camiones y vinieron hacia nosotros… Juntando esfuerzos comenzamos a enderezar el camión. Aprovechando un momento oportuno le pregunté a uno de los prisioneros de guerra rusos en voz baja: ‘¿Qué es esto?’ Él respondió, muy tranquilamente: ‘Ya llevamos varias noches transportando cadáveres al bosque de Katyn’.

Antes de que el camión que se había volcado se enderezara, un oficial alemán se acercó a mí y a mi conductor y nos ordenó que marcháramos inmediatamente. Como nuestro camión no había sufrido daños serios, el conductor cogió el volante y lo llevó hacia un lado, se metió en la carretera, y así nos fuimos. Mientras pasábamos al lado de los dos camiones cubiertos que habían llegado más tarde pude oler de nuevo el horrible hedor de los cadáveres”.

Hubo varias personas más que también aseguraron haber visto los camiones cargados con cadáveres.

Un tal Zhukov, un patólogo que visitó las fosas en abril de 1943 por invitación de los alemanes, también dio su testimonio:

“Las ropas de los cadáveres, en particular las casacas, las botas y los cinturones, se encontraban en buen estado de preservación. La parte metálicas de las ropas – las hebillas de los cinturones, los ganchos de los botones y los clavos de la suelas de los zapatos, etc. – no estaban muy oxidadas, y en algunos casos el metal todavía conservaba el brillo. Las secciones de la piel de los cadáveres que se podían ver – rostros, nucas, brazos – eran en general de un sucio color verde, y en algunos casos marrón, pero no había una desintegración total de los tejidos, ni putrefacción. En algunos casos se podían ver tendones cortados de un color blanquecino y partes de músculos.

Mientras estaba en las excavaciones había gente trabajando en clasificar y extraer cadáveres del fondo de una gran fosa. Para ellos usaron palas y otras herramientas, e incluso agarraban los cadáveres con las manos y se los llevaban de un lugar a otro cogiéndolos de los brazos, las piernas o la ropa. No vi un solo cadáver desmembrarse o caer al suelo.

Considerando todo ello, llegué a la conclusión de que los cadáveres no se habían mantenido bajo tierra durante tres años, tal como afirmaban los alemanes, sino mucho menos. Sabiendo que en las fosas comunes, y particularmente sin ataúdes, la putrefacción de los cadáveres progresa más rápidamente que en simples tumbas, concluí que las ejecuciones masivas de los polacos habían tenido lugar hacía aproximadamente año y medio, y que podían haber ocurrido durante el otoño de 1941 o la primavera de 1942. Como resultado de mi visita al lugar de las excavaciones me convencí firmemente de que los alemanes habían cometido un crimen monstruoso”.

Varias otras personas que visitaron las fosas en aquel momento dieron un testimonio parecido.

Además, unos patólogos que examinaron los cadáveres en 1943 llegaron a la conclusión de que no podría llevar muertos más de dos años. Por si fuera poco, se encontraron documentos en algunos de los cadáveres que obviamente se les escaparon a los alemanes cuando trataron de adulterar las pruebas. Entre aquellos se encontraban una letra con fecha de septiembre de 1940, una tarjeta postal con fecha del 12 de noviembre de 1940, una papeleta de empeño recibida el 14 de marzo de 1941 y otra recibida el 25 de marzo de 1941, unos recibos con fechas del 6 de abril de 1941, 5 de mayo de 1941, 15 de mayo de 1941 y una tarjeta postal en polaco sin enviar con fecha del 20 de junio de 1941. Aunque todas estas fechas sean anteriores a la retirada de los soviéticos, todas se posteriores al momento en que se produjeron los presuntos asesinatos por parte de las autoridades soviéticas durante la primavera de 1940, fecha de la supuesta masacre que dieron todos los que los alemanes fueron capaces de intimidar para que dieran un falso testimonio. Si, como dicen los propagandistas burgueses, esos documentos son falsos, habría sido de lo más fácil falsificar documentos que fueran posteriores a la retirada soviética, sin embargo esto no se hizo – y no se hizo porque los documentos encontrados eran indudablemente auténticos.

Ella Rule, Stalin Society

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Memoria Histórica

La lucha de los comunistas griegos contra el revisionismo

A finales de agosto de 1949, después de tres años y medio de lucha armada contra la reacción monárquico-fascista griega y el imperialismo angloamericano, siguiendo una decisión tomada por el Comité Central del Partido Comunista de Grecia (KKE), los partisanos del Ejército Democrático de Grecia (DSE) dejaron atrás su patria y se replegaron a Albania. Fue un exilio masivo.

En 1949-1950, un número total de 55.381 personas (de las cuales un 67,6 por cien eran adultos de 18 a 55 años, un 1,7 por cien eran muy ancianos y 17.352 eran niños de hasta 17 años) abandonaron Grecia y se asentaron en las diferentes Repúblicas Populares y en la Unión Soviética. Casi 18.000 refugiados comunistas se fueron a Taskent, la capital de la República Socialista Soviética de Uzbekistán, donde fueron organizados en campamentos residenciales llamados Politeias.