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Memoria Histórica

Los católicos igual que los nazis

El 6 de junio el Irish Daily Mail publicaba (1) que, en la década de los treinta, médicos y científicos irlandeses vacunaron en secreto a más de 2.051 niños en instituciones benéficas gestionadas por monjas católicas. El empleo de niños como cobayas humanas se ha destapado como consecuencia de la aparición de los cuerpos de 800 bebés en una fosa séptica en una antigua casa de acogida en Tuam, en el condado de Glaway.

El primer ministro Irlandés, Enda Kennedy ha ordenado una investigación exhaustiva sobre el escándalo. Los niños abandonados y tutelados en hogares irlandeses de acogida en aquella década se cuentan por miles. De ellos más de 2.000 fueron utilizados como conejillos de Indias en vacunaciones forzadas y clandestinas. La depuración de responsabilidades concierne tanto a los científicos como a las instituciones católicas de beneficencia.

Los niños, recién nacidos muchos de ellos, procedían de familias muy humildes, cuyos padres no podían hacerse cargo de su manutención. En algunos casos fueron acogidos en internados católicos y, en otros, entregados en adopción en terceros países. La investigación se encamina a comprobar si las instituciones católicas eran una tapadera para encubrir experimentos con nuevos fármacos.

La investigación también afecta de lleno a la multinacional farmacéutica Burroughs Wellcome, ahora llamada GlaxoSmithKline. Los viejos historiales médicos que se han logrado conservar muestran que entre 1930 y 1936 en Irlanda 2.051 niños y bebés de los hogares de la beneficencia fueron vacunados contra la difteria por cuenta de Burroughs Wellcome.

Los registros también confirman que no es que no hubiera ninguna clase de consentimiento, sino que ni siquiera se preocuparon de solicitarlo. La estimación de los recien nacidos que fallecieron como consecuencia de los experimentos o de sus efectos secundarios tampoco se conoce exactamente, aunque al menos hay constancia de 800 bebés arrojados a una fosa séptica. Pero podría tratarse de la punta del iceberg. Por ello el primer ministro irlandés, Enda Kenny, ha exigido información sobre si aún hay más fosas comunes con enterramientos colectivos de niños o recién nacidos. Dichas fosas se buscan en terrenos anexos a monasterios, antiguos colegios e internados religiosos.

Las sospechas sobre un escándalo aún mucho más amplio proceden de que una revisión de los archivos públicos de las instituciones sanitarias comarcales y municipales, e incluso en el mismo Dublín, no ha detectado ningún caso de vacunación, ni de campaña controlada o autorizada por las organismos competentes de la Administración, y lo que resulta más sospechoso es que tampoco en la multinacional GlaxoSmithKline hay ninguna constancia de dichas vacunaciones infantiles, ni siquiera en sus dependencias centrales en Londres.

Sin embargo, los informes de los experimentos se publicaron en las revistas médicas de la época. Se llevaron a cabo en paralelo a los experimentos médicos de los nazis en los campos de concentración, que dieron lugar a que en Nuremberg se tuviera que redactar un Código Deontológico sobre la práctica de la medicina. Pero los experimentos médicos con seres humanos no fueron sólo responsabilidad de los nazis, ni se acabaron con la II Guerra Mundial. Así lo demuestra que en 1964 se tuviera que repetir una declaración similar en Helsinki.

La salud es un negocio capitalista como otro cualquiera. El empleo de cobayas humanas en experimentos médicos es, pues, una lacra del capitalismo típica de las multinacionales farmacéuticas, especialmente trágica en los países del Tercer Mundo. GlaxoSmithKline está involucrada en varios casos turbios con vacunas. En 2009 fue la causante -con la complicidad del gobierno británico- del desastre sanitario causado por las vacunaciones masivas con Pandermix contra la gripe H1N1, que provocaron narcolepsia, especialmente en los niños y adolescentes hasta los 19 años de edad, que fueron el 80 por ciento de los vacunados. La narcolepsia causada por el Pandermix es un trastorno del sueño que está resultando incurable y ha obligado al gobierno británico a indemnizar a los afectados por ella (2).

Al mismo tiempo resultó condenada por no haber alertado sobre el riesgo de suicidio asociado al consumo del antidepresivo Seroxat y también ocultó los datos negativos referentes a otro de sus fármacos, Avandia, que se utiliza en todo el mundo para tratar la diabetes. En setiembre de 2010 Europa y Estados Unidos recomendaron la suspensión de la venta de este fármaco.

(1) Thousands of children in Irish care homes at centre of ‘baby graves scandal’ were used in secret vaccine trials in the 1930s, http://www.dailymail.co.uk/news/article-2650475/More-mass-baby-graves-Ireland-Prime-Minister-Enda-Kenny-orders-investigation-memorial-800-dead-babies-planned.html
(2) Brain-Damaged UK Victims of Swine Flu Vaccine to Get £60 Million Compensation, International Business Times, 2 de marzo de 2014, http://www.ibtimes.co.uk/brain-damaged-uk-victims-swine-flu-vaccine-get-60-million-compensation-1438572

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Memoria Histórica

El primer ciudadano del Tercer Mundo

Henri Curiel nació en El Cairo en 1914, cuando las primeras balas de la Guerra Mundial empezaban a silbar. Su cuna fue la de una familia de usureros y banqueros judíos de origen español (sefardí) que llegaron al país en 1800 formando parte de la retaguardia del ejército napoleónico que invadió Egipto, en aquella época una colonia británica.Cuando los egipcios no iban al colegio, los hijos de los colonialistas, como Curiel, aprendían que Egipto se había acabado con los faraones dos mil años antes. Luego llegó el vacío y el silencio, como si las dunas se hubieran tragado al país entero. Si Egipto era un país, en él la familia Curiel eran extrajeros. ¿Egipcios? ¿Árabes? ¿Palestinos? ¿Nubios? ¿Judíos? ¿Que era todo eso? Fuera lo que fuera, era algo que no se aprendía ni en la familia, ni en la escuela, sino en otros lugares, hablando con otras personas, como las que forman parte del servicio doméstico: cocineros, nodrizas, jardineros, amas de llaves, mayordomos, guardeses… El proletariado es para la burguesía una fuente de información, de conocimientos, la que le pone en contacto con el mundo real.

Así le ocurrió al joven Curiel con Rosette Aladjem, la enfermera de la casa, una mujer árabe que le muestra las condiciones de vida de los campesinos del delta del Nilo, incluidos los que trabajan en condiciones miserables en las tierras de su padre. Fue el principio del matrimonio entre un judío y una árabe que se prolongó hasta la muerte de Curiel.

Desde muy joven Curiel supo el origen de su fortuna familiar y de un nivel de vida de lujo que le situaba fuera del mundo real, pero, ¿cómo sublevarse contra un padre ciego, por explotador que fuera? No era un problema personal sino de clase. En Egipto una mula era más costosa que un obrero de las fábricas de algodón que su familia poseía, apenas niños entre 7 y 13 años de edad cuyos pulmones se llenaban cada día con el polvo sofocante de los telares. Como máximo un niño obrero sólo duraba un año en su puesto de trabajo antes de contraer la tuberculosis, o la malaria, o cualquier otra enfermedad que le llevaría a la tumba fulminantemente.

Henri fue de esos comunistas que no pudo escoger su origen de clase, pero sí el destino que quiso para sí mismo y para los suyos, el de aquellos cuya causa había abrazado para siempre. Esa es la única libertad, la de verdad, la que se puede elegir. Por eso desde muy joven Curiel se incorporó a las filas del comunismo, convirtiéndose en uno de los más importantes faros del movimiento anticolonialista de Oriente Medio.

Cuando en setiembre de 1939 estalló la II Guerra Mundial, fundó la Unión Democrática para promover la lucha contra el fascismo. Junto con su hermano Raoul trató de incorporarse al ejército francés de De Gaulle. Entonces Rommel asediaba Egipto y mientras la comunidad judía huyó hacia Jerusalén, Curiel se quedó dentro del país para hacer frente a los tanques del Afrikakorps. Sin embargo, la policía le detuvo e ingresó en prisión por primera vez.

Frente al colonialismo británico muchos egipcios se habían arrojado en los brazos del III Reich, como otros tantos en los países de Oriente Medio. Los independentistas se alían hasta con el diablo. Es pura dialéctica, la negación de la negación. «El enemigo de mi enemigo se convierte en mi amigo». Pero el contraespionaje británico detuvo a la quinta columna egipcia y la envió a prisión, donde coincidieron con Curiel. Tras la previsible victoria nazi, los fascistas y los antifascistas, los judíos y los nazis, iban a servir de moneda de trueque del imperialismo británico. Como siempre.

En la cárcel Curiel se apercibe de la fuerza de la causa anticolonial y, una vez en libertad, al año siguiente funda el Movimiento Egipcio de Liberación Nacional, una organización comunista pionera en la descolonización de Oriente Medio y más allá, hacia las fuentes del Nilo, está las primeras semillas del Partido Comunista de Sudán, un país que entonces formaba parte de Egipto. El Movimiento desempeñó un papel capital en la posguera. Tradujo los textos de Marx, Engels, Lenin y Stalin, publicó folletos, creó escuelas de cuadros políticos y guerrilleros pero sobre todo, convocó las primeras huelgas y manifestaciones masivas que obligaron al colonialismo británico a evacuar las ciudades de Egipto en febrero de 1946.

La situación se complicó hasta el paroxismo con la proclamación del Estado de Israel y las primeras guerras con los palestinos, que dividieron profundamente a las masas según su origen religioso y nacional, a las que habría que sumar las propias querellas intestinas entre los comunistas egipcios. El imperialismo hizo el resto. Divide et impera. No había egipcios sino musulmanes, judíos, sudaneses, nubios, coptos… ¿No se habían convertido los judíos ahora en la nueva quinta columna del país? ¿Quién entendía eso de que el proletariado no tiene patria? ¿Qué es el internacionalismo? No había posibilidad de crear un partido de clase por encima de otras consideraciones (nacionales, religiosas) allá donde algunos sólo podían ser considerados como extranjeros, aunque permanecieran donde siempre habían estado.

En la posguerra a Curiel le encarcelaron varias veces en campos de concentración y finalmente en 1950 el rey Faruk demostró que Marx y Engels tenían razón: el proletariado no tiene patria y a Curiel le privaron de la suya, de su nacionalidad. Se convirtió en uno de esos parias de la Tierra, a los que se puede expulsar de cualquier sitio porque en cualquier sitio el apátrida siempre será un extranjero. No tener nacionalidad es como tenerlas todas. Los verdaderos internacionales son los sin papeles, los que no tienen un pasaporte que mostrar en la aduana, los que no pueden presentarse en ningún sitio. Como tituló el periódico «Le Monde Diplomatique», Curiel fue el primer ciudadano el Tercer Mundo.

De Egipto se tuvo que trasladar a Francia, donde dos años después le sorprendió la llegada de Nasser al poder. Algunos de los «oficiales libres» que encabezaron la revuelta eran el colmo de las paradojas políticas de Oriente Medio. Habían estado muy próximos a Curiel; formaban parte de aquella quinta columna nazi que había conocido en la cárcel en 1942, lo que provocó una nueva confusión, no sólo interna sino internacional. El movimiento comunista denunció el golpe de Estado de Nasser como «fascista».

Ese «fascismo» era un término viejo para una situación nueva, un comodín que servía para no decir nada y no tener que rectificar luego nada tampoco. Ya había sucedido antes con acontecimientos históricos indigestos, como los de Ataturk o Perón, que no venían en el manual de instrucciones que los comunistas siguen arrastrando de mala manera. Tan pronto son lacayos del imperalismo como antimperialistas, o nacionalistas, o populistas, en fin, un amplio surtido de adjetivos para todos los gustos y situaciones que requieran una etiqueta y no comprometan a nada.

Curiel lo tuvo claro, no sólo porque conocía bien a los «oficiales libres» que, como Annuar al Sadat, habían coincidido con él en la cárcel, sino porque otros habían formado parte de su organización. Una mezcla muy extraña, paradógica, llena de contrastes, signo de unos nuevos tiempos, característicos de unos movimientos también nuevos, como son los del Tercer Mundo. Curiel no sólo entendía esa ambigüedad sino que en Francia siempre formó parte integrante de ella porque el manual de instrucciones exige la clarificación de un proceso que está en plena fase de gestación. ¿Será un niño o una niña? Entonces no había ecografías…

En Francia Curiel ni lee un manual de instrucciones, ni habla de oídas sobre el Tercer Mundo: forma parte de él, de todos sus rasgos característicos. Es un precursor de un fenómeno nuevo que estaba a punto de estallar y que marcaría definitivamente la segunda mitad del sigo XX: el fin del colonialismo. Sólo los ambiguos entienden las situaciones ambiguas. Cuando en Francia los comunistas decían que los «oficiales libres» de Nasser eran fascistas, para Curiel se trataba de un movimiento progresista y antimperialista, cualquiera que fuera su pecado original. Acertó y fueron los demás los que tuvieron que rectificar, tarde y mal. Su posición política le costó enfrentarse a los comunistas franceses y a algunos egipcios. En París le tocó ser tan incómodo como en El Cairo. Él siempre supo, además, que el nasserismo suscitaría un amplio apoyo de las masas, no sólo en Egipto sino en el mundo entero. Es el tipo de situaciones que los comunistas nunca deberían descuidar.

A pesar de su nombre, los movimientos de liberación no eran nacionales sino internacionales, y también ese punto está presente en la biografía Curiel, que a partir de 1957 apoya al movimiento independentista argelino, mientras las posiciones de los revisionistas franceses degeneran a pasos agigantados, lo que le conduce a una ruptura abierta con ellos. Como vasos comunicantes, unos se hunden mientras los otros se desarrollan. Pero hay un matiz decisivo que diferencia a Egipto de Argelia y que empeora aún más las cosas para Curiel y para el Partido Comunista reconvertido en «francés»: Argelia forma parte integrante de Francia, de su propio imperio. Tomar parte por la liberación nacional supone convertirse en un traidor a la propia patria… pero sólo para quienes tienen patria.

Como no es el caso de Curiel, se incorpora a la red Jeanson de apoyo al FLN argelino en París, las tripas de la metrópoli. Cuando en 1960 el contraespionaje francés detiene a Francis Jeanson, asume la dirección de la red, al tiempo que organiza el Movimiento anticolonialista francés. Aquel mismo año le detienen, encarcelándole en Fresnes (París) y ordenando su expulsión de Francia, lo que la policía nunca logró ejecutar.

A su salida de la cárcel organiza el grupo clandestino Solidaridad que aglutinó a los refugiados políticos de los países del Tercer Mundo que vivían escondidos en Francia, y otros represaliados, como los antifranquistas españoles, latinoamericanos, portugueses, griegos y sudafricanos. Otro campo de actividades de la organización fue el apoyo a los desertores estadounidenses que se negaban a colaborar en la guerra de Vietnam.

La solidaridad seguía -sigue- siendo el gran proyecto pendiente. El plan de Curiel era parecido a otros de aquella época como la OSPAL (Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina) surgida en 1957 de la mano del marroquí Mehdi Ben Barka o la Tricontinental del Che Guevara, que se debía inaugurar en 1966 en La Habana. El imperialismo aún no había empezado a tapar sus vergüenzas con las ONG.

De aquella red solidaria formaron parte muchos comunistas habituados al trabajo clandestino desde la época de la Resistencia contra la ocupación nazi de Francia. La red no sólo proporcionaba apoyo sino formación teórica y práctica en organización política, agitación, tácticas de lucha clandestina, tránsito de fronteras, falsificación de documentos de identidad, impresión y transporte de propagada, de fondos…

Algunos de ellos se fueron desligando de las posiciones del Partido Comunista «francés». Otros eran viejos combatientes que procedían de las colonias, como la comunista egipcia Didar Fawzy-Rossano, fallecida en 2011. En su autobiografía, titulada Memorias de una militante comunista (1942-1990), Fawzy-Rossano cuenta que fue Curiel quien la incorporó al comunismo en 1942, junto con su entonces marido Osman, que era oficial del ejército egipcio y participó en el golpe militar nasserista. En 1954 Osman fue nombrado agregado militar de la embajada de Egipto en Moscú. Dos años después Fawzy-Rossano se separó de él y se trasladó a París para fundar el grupo Solidaridad. Fue detenida por la policía francesa pero escapó de prisión y en 1960 logró llegar clandestinamente hasta Argel, ciudad en la que creó un ramal del grupo.

El levantamiento de mayo de 1968 fue como si el movimiento anticolonial rebotara en forma de huelgas en la fábricas y barricadas en el mismo centro de París. Causó un empeoramiento de la situación de una organización clandestina como Solidaridad. La reacción francesa necesitaba contener un movimiento de masas que, lo mismo que en los países vecinos (Irlanda, Italia, Alemania, España) se encaminaba hacia la lucha armada a pasos agigantados, una tendencia que requería poner en marcha todos los resortes sucios del Estado burgués.

Empezando por la prensa. Desde 1976 la prensa francesa fue preparando el asesinato de Curiel con una repugnante campaña orquestada por el periodista Georges Suffert desde la revista «Le Point» bajo un titular sonoro: «El jefe de las redes de ayuda a los terroristas». En la prensa intoxicadora de entonces Curiel fue una especie Bin Laden con el agravante del KGB, es decir, con las peores recomendaciones del momento. Naturalmente la red terrorista internacional (Brigadas Rojas, IRA, Fracción del Ejército Rojo) que Curiel dirigía estaba orquestada desde Moscú.

Las campañas de intoxicación siempre van dialecticamente unidas a la guerra sucia y a las actividades paralelas y parapoliciales del Estado burgués. El contraespionaje francés salió de sus cloacas. El 4 de mayo de 1978 unos pistoleros penetraron en la casa de Curiel en Paris y le asesinaron junto al ascensor de tres disparos percutidos a quemarropa.

No fue un caso aislado. Su asesinato forma parte de otros muchos cometidos en la capital francesa siguiendo el mismo estilo provocador, en el que el contraespionaje francés actúa al unísono con matones de países en los que imperan brutales gobiernos fascistas, como es el caso de la España de la transición. Un año después de Curiel asesinaron en el mismo sitio a Martín Eizaguirre y Fernández Cario, militantes del PCE(r) siguiendo el mismo formato: previa campaña de intoxicación de la prensa franquista, en este caso, de Alfredo Semprún y el diario ABC.

A finales de los setenta del pasado siglo París se había convertido en una ratonera para los revolucionarios que se habían instalado allá huyendo de sus países respectivos, creyendo que Francia seguía siendo la cuna de los derechos humanos, un país de asilo y refugio. En un reciente libro René Gallissot lista la cadena de asesinatos políticos cometidos allá entre 1965 y 1996, que suman un total de 60. No me salen las cuentas; creo que son algunos más…

La investigación del asesinato de Curiel sigue siendo secreto de Estado a fecha de hoy. El Estado se tapa a sí mismo, pero no hay nada que tapar. ¿Como asesinar a alguien tan estrechamente vigilado por la policía francesa? La pregunta desvela la respuesta: quien asesinó a Curiel fue la propia policía francesa.

Tras la mentira, el secreto crea una segunda cortina de humo. A partir de él lo que se convierte en una tarea de investigación periodística es la muerte, no la vida. ¿Quién fue Curiel? ¿Qué fue Curiel? Lo explica Fawzy-Rossano en un documental grabado poco antes de su muerte, cuando le define como un «revolucionario profesional».

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Memoria Histórica

En toda Europa los nazis ocupan el sitio que les corresponde

Los hipócritas se rasgan las vestiduras. En Europa sorprende la proliferación de organizaciones nazis por todas partes. Por ejemplo, en Ucrania. Para empezar, las llaman neonazis, como si efectivamente fueran nuevas y hubieran resurgido después de desaparecer. Dicen que en toda Europa -pero especialmente en el este- el fascismo está en auge… Otra vez.Cuando se refieren a los neonazis no aluden al Estado sino a una constelación difusa de grupúsculos, como si fuera posible diferenciar ambas cosas: el Estado burgués, por un lado, y los movimientos nazis, por el otro. Esto demuestra que alguien no ha entendido la historia del III Reich desde 1922 y no puede, por ello, explicar cómo fue posible que un burdo sicario como Hitler llegara a las más altas cumbres de la Cancillería.

Naturalmente que cuando algo no se explica, resulta sorprendente, como si fuera un milagro. La resurrección de los muertos no existe. El fascismo tampoco resucita. Si los nazis habían sido derrotados en 1945, ¿por qué reaparecen?, ¿por qué la jauría nazi vuelve a acaparar los titulares de los medios?

Cuando vemos que los perros andan sueltos tenemos todo el derecho a preguntar: ¿dónde están los dueños?, ¿por qué todos hablan de los perros y nadie habla de sus dueños? ¿Están tratando de desviar la atención?

Por supuesto, es igualmente claro que la relación de los nazis -y del fascismo en general- con el imperialismo -y específicamente con el imperialismo estadounidense- está ausente por completo. Por ejemplo, ya nadie se acuerda de la Ruta de las Ratas, la Operación Paperclip o Gladio. Tampoco de la masacre de Piazza Fontana en Milán en 1969, cuando una bomba asesinó a 17 personas, un crimen cometido al alimón por los fascistas, la OTAN y el propio Estado. Pero, ¿no había sido derrotado el fascismo en Italia?

Seamos claros: no es posible explicar absolutamente nada de lo que está pasando en Europa porque los ingredientes más básicos de esta situación se están ocultando, y eso no es ninguna casualidad.

Seamos más claros todavía: nos estamos dejando engañar por todos esos papanatas domesticados que relacionan al fascismo con el pasado, con el brazo en alto, la cruz gamada o la svástica, es decir, con los símbolos y no con lo que ya nos advirtió la Internacional Comunista y de lo que no queremos hacer ningún caso porque -faltaba más- los comunistas estaban equivocados, para variar.

Para referirse a esta maraña de confusión en la que nos enredan, la Internacional Comunista acuñó el término «socialfascismo», que son todos esos hipócritas como Beiras que -cada vez más- tienen al fascismo en la boca, al que identifican con el PP, por ejemplo. Para escapar del fascismo hay que dejar de votar al PP y hay que votar… ¿A quién? No importa, a quien sea. Por ejemplo a Beiras. El caso es votar.

El fascismo resultaría imposible sin esos monaguillos, como Pablo Iglesias, que le lavan la cara, tanto a Suárez, el audaz piloto de la transición, como a Zapatero, un referente progresista mundial y alternativo a Estados Unidos… por más que instalara el escudo antimisiles en Rota. El fascismo necesita del socialfascismo, de pintamonas, demagogos y trepas de esa calaña. El socialfascismo, decía la III Internacional, es el brazo izquierdo del fascismo, lo cual a algunos les parece una disculpa: están en el costado izquierdo.

Pero lo que más está sorprendiendo es que haya nazis -y que haya tantos nazis además- en los países del este de Europa. No debería ser tan sorprendente: la mayor parte de los criminales de la Waffen SS no eran alemanes, sino de esos países. Desde la caída de la URSS las SS desfilan por Riga cada año. Entonces, ¿no sirvieron para nada la II Guerra Mundial ni el socialismo? La URSS y los demás países del este de Europa sólo habían tendido un velo por encima de algo que seguía subsistiendo, alimentado por el imperialismo estadounidense, lo mismo que en occidente.

Una vez desmantelada la URSS empezamos a entender algo, tenemos una dimensión más precisa de lo que ocurrió y de la necesidad de recurrir a los métodos draconianos que se pusieron en funcionamiento en Moscú desde 1936, en Budapest en 1956 o en Praga en 1968. El que no quiera ver el paralelismo de esos sucesos con Ucrania es porque mira para otro lado. De cualquier manera no cabe olvidar que el fascismo no se erradica por decreto, ni basta tampoco el NKVD ni la Stasi, ni el gulag.

Es algo muy curioso. Ahora son muchos los que se quejan de que los Estados «democráticos» europeos no hacen nada frente al auge del fascismo, la persecución a los antifascistas, los gitanos o los emigrantes. Al respecto se nos ocurren dos reflexiones. La primera es que si a pesar de la experiencia histórica un Estado no hace nada frente al fascismo es porque ese Estado no es tan democrático como dicen: promueve el auge del fascismo porque es fascista. La segunda es que no somos congruentes: nunca nos ha parecido bien que en los años treinta un Estado como la URSS hiciera frente al fascismo de una manera consecuente. A eso le llamamos dictadura; la democracia consiste en dejar las puertas abiertas al fascismo.

La lucha contra el fascismo es algo democrático que nosotros mismos debemos emprender ahora mismo. Sin tregua, sin concesiones. No lo dejemos para ningún Estado, ni siquiera para el más revolucionario. Y menos para el futuro porque el fascismo ya está aquí. Nunca se ha ido.

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Transición y constitución

No sólo hemos dejado que nos engañen en lo que a la transición concierne, sino que tampoco sabemos lo que es una constitución, por lo que llamamos de esa manera a cualquier trozo de papel impreso. Naturalmente que por una repetición insistente también tenemos asociada la democracia a la constitución e ingenuamente nos hemos convencido de que los países fascistas lo eran porque no tenían una constitución, ni la parafernalia que la acompaña: libertades, derechos, elecciones, partidos, separación de poderes, etc.

¿Qué es una constitución? En 1862, hace ya 150 años, Lasalle, el socialdemócrata alemán que mantenía una relación de amor, odio y otros estados de ánimo hacia Marx y Engels, pronunció un ciclo de conferencias para responder a esa pregunta: ¿qué es una constitución? Diferenciaba entre la constitución en sentido formal, una norma jurídica escrita sobre el papel, y la constitución real, el conjunto de fuerzas que dominan en una sociedad. Según Lasalle, los problemas constitucionales no son, en última instancia, problemas jurídicos, sino de poder (1).

¿Es necesario insistir sobre algo tan obvio? Si, por muchas razones, entre ellas porque también hay una mala comprensión de las relaciones entre lo formal (jurídico) y lo real (sociológico). Hay quienes desprecian lo jurídico y hay quienes miran la realidad sólo a través de los agujeros legales y redactan manuales sobre los derechos de los detenidos.

Cuando Montesquieu habla de “separación de poderes” se refiere a ambas cosas al mismo tiempo. Sus “poderes” no son el legislativo, el ejecutivo y el judicial sino las clases sociales. A lo que se refiere Montesquieu es al reparto del poder entre las clases sociales, o mejor dicho, a un nuevo reparto del poder entre ellas, de una redistribución de ese poder político (2). Eso es una constitución: la formalización jurídica de un cambio político.

De ahí se desprende algo obvio: no es la constitución la que redistribuye el poder sino que es un cambio en el poder el que redacta una nueva constitución. Al poder de crear e imponer una nueva constitución Sieyés, un representante típico de la burguesía revolucionaria, lo llamaba “poder constituyente”. Pero también lo podemos decir en términos actuales, más comprensibles: la lucha de clases es el motor de la historia y, por lo tanto, también es la que redacta, cambia y anula las constituciones.

Las primeras constituciones aparecen con las revoluciones burguesas. Son expresiones suyas, es decir, reflejan el asalto de la burguesía al poder político y la construcción de un nuevo Estado, diferente del anterior. Uno de los mayores exponentes de la nueva teoría constitucional fue Sieyés, quien lo expresó claramente. “¿Qué es el Tercer Estado?”, preguntaba Sieyés refiriéndose a la burguesía. “No es nada”, respondía él mismo. “¿Qué debe ser el Tercer Estado?”, volvía a preguntar. “Todo”. La burguesía quería todo el poder para sí misma.

Sieyés forjó el núcleo fundamental de lo que es una constitución, el de “poder constituyente”, que luego Lenin expresó a su manera al decir que “no basta con dar a la Asamblea representativa la denominación de constituyente. Es preciso que dicha asamblea tenga poder y fuerza para constituir” (3). Entonces, para juzgar la Constitución de 1978 hay que tener en cuenta ambos factores. En primer, el aspecto formal: si las Cortes surgidas de las elecciones de 1977 fueron constituyentes, o no. Y segundo, el aspecto material, si dichas Cortes tenían la fuerza suficiente para constituir, es decir, para cambiar la naturaleza política del Estado.

Es lo que Lasalle calificaba como los “factores reales de poder”, lo que en tiempos de la transición se llamaban “poderes fácticos”, una expresión que ya nadie utiliza ahora, pero que entonces era muy corriente precisamente porque esos poderes, los de verdad, no sólo no estaban en las Cortes, sino fuera de ellas y, además, porque esos poderes no sólo no querían cambiar sino que estaban en contra de cualquier cambio.

Así que todas las respuestas a las preguntas anteriores son negativas, incluso las de tipo formal, lo que conduce a concluir que España no tiene constitución, que la Constitución de 1978 no es tal constitución o, dicho en términos más claros, que dicha constitución es un fraude que procede de otro fraude y que fue redactada por unos defraudadores. En el derecho todo fraude, de ley o de cualquier otro tipo, conduce a la nulidad. Un certificado de nacimiento falso es nulo, un billete de 7 euros es nulo y una constitución falsa es también nula: no existe como tal.

¿Por qué no hay constitución? Porque no hubo transición, ni cambio político. Lenin preguntaría lo siguiente: ¿tenían las Cortes de 1977 poder para cambiar algo?, ¿eran las Cortes de 1977 un poder? Naturalmente que no. Pero la respuesta tiene que ir mucho más allá: ni eran constituyentes ni lo pretendieron jamás. Las elecciones de junio de 1977 no se convocaron para cambiar el Estado, derogar las Leyes Fundamentales franquistas y elaborar una nueva constitución.

Una constitución no implanta la libertad sino que es consecuencia de ella, de una situación previa de libertad que nunca hubo en España, y menos en 1977. No es necesario leer la prensa de entonces. Cualquiera que haya vivido la transición al cabo de la calle no hablará sino de un estado de terror, de crímenes, de miedo, de palos, de detenciones, de torturas y de cárceles.

Por el contrario, la libertad forma parte esencial del poder constituyente y para que haya libertad hay que liberar a los presos políticos de las cárceles, reconocer los derechos de reunión, asociación, manifestación, legalizar a los partidos políticos y la libertad de expresión, el acceso de todos a los medios de comunicación públicos… Nada de esto se produjo en 1977. La consecuencia política fundamental de este hecho es que la legitimidad de este régimen es la misma que la del franquismo, es decir, ninguna. Nadie puede calificar de legítimo a un Estado edificado sobre el criminal alzamiento de 1936 y la matanza subsiguiente. La transición no fue más que una prórroga de esa situación de guerra y posguerra. Más de lo mismo.

Las cosas no cambian nada por el hecho de que las imitaciones de los falsificadores sean tan buenas que embauquen a los incautos. Siempre que hay una imitación hay que compararla con el original. Si hablamos de fraude hay que mirar en la trastienda, analizar la historia, los hechos, la práctica. Si no hubo ningún tipo de poder constituyente, lo que hay que analizar es eso que en 1977 se llamaban “poderes fácticos”.

Los incautos se quedan con el aspecto formal de las cosas, lo que debió ser y no fue. Pero los diputados de 1977 no inventaron el fraude. Sieyés, que era cura, sabía mucho de fraudes y, a pesar de ello, le ocurrió lo mismo hace más 200 años, lo que le movió a escribir su conocida obra, en la que dice: “El conocimiento de lo que hubiera debido hacerse puede llevar al conocimiento de lo que se hará” (4). Si no queremos que nos vuelvan a timar de nuevo los mismos timadores de siempre, deberemos exigir ahora lo que no tuvimos en 1977 ni hemos tenido nunca, empezando por la liberación de los presos políticos.

(1) Lasalle: ¿Qué es una constitución?
(2) La separación de poderes en el constitucionalismo burgués
(3) Lenin: Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, Obras Escogidas, tomo I, pg.475.
(4) Sieyés: ¿Qué es el Tercer Estado?, Madrid, 1973, pg. 92.

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El asesinato de Kennedy 50 años después (y 11)

¿Quién dice que el crimen perfecto no existe? El asesinato de Kennedy es un buen ejemplo de lo contrario, aunque para ello hubiera que borrar todas las pistas y aunque fuera de la manera chapucera en que lo hicieron. Oswald y Ruby sólo eran algunas de las pruebas más importantes que había que eliminar, pero no eran las únicas.

Inmediatamente después del atentado y de jurar su cargo de presidente, Johnson ordenó que la limusina presidencial manchada de sangre fuera limpiada por los agentes del Servicio Secreto en el mismo aparcamiento de ambulancias del hospital en el que ingresaron a Kennedy. Fue su primera orden. No podía quedar ningún cabo suelto. Si se hubiera abierto algún juicio por el asesinato de Kennedy, la mesa de las pruebas hubiera estado vacía. No por ineptitud de la policía de Dallas sino porque nadie pensó nunca en un juicio.

Ni siquiera hubiera habido autopsia porque, según la legislación, se hubiera debido realizar en el hospital de Dallas, pero el Servicio Secreto secuestró el cadáver por la fuerza y lo embarcó en el avión presidencial rumbo a Washington. ¿Un juicio por asesinato con una autopsia ilegal? Si la verdad no interesaba a nadie, un juicio mucho menos y, por lo tanto, ¿para qué investigar nada?

El congresista Thomas Hale Boggs fue otro de los integrantes de la Comisión Warren, pero llegó a conclusiones muy distintas. En 1971 afirmó que el informe oficial de la Comisión era falso e involucró a Hoover y a otro miembro de la Comisión, Arlen Specter, de aquella patraña. El congresista Boggs desapareció durante un vuelo a Alaska al año siguiente. Ni siquiera apareció la avioneta en la que volaba.

En 1976, trece años después del asesinato, la Cámara de Representantes creó un comité para esclarecer los asesinatos políticos cometidos en la década anterior. La investigación de la Comisión Warren pasó al olvido. Ahora la conclusión era la contraria: fueron dos los tiradores que dispararon sobre Kennedy, el tercer tiro partió de Oswald y, además, se podía afirmar “que el presidente John F. Kennedy fue probablemente asesinado como resultado de una conspiración”. ¿Probablemente?

Hasta este punto, es decir, hasta el borrado de las huellas del crimen, Estados Unidos en nada se diferencia de cualquier otro país capitalista. La diferencia es que, además, en Estados Unidos el vacío se llena con la sobredosis de información, las cortinas de humo, la intoxicación y el exceso. Así han ido apareciendo las miles de teorías de la conspiración. A partir de una única verdad, que la versión oficial de la Comisión Warren es mentira, todo lo demás es legitimo porque cuando alguien esconde algo es cuando hay que empezar a buscar.

El problema es qué es lo que hay que buscar, qué interesa buscar. La concepción idealista de la historia busca personas y personajes, se interroga por el quién, por el autor de los disparos y los responsables del asesinato. Por el contrario, en la ciencia de la historia los sujetos se objetivan progresivamente y las personas acaban siendo personificaciones. Entonces pregunta por los motivos, los giros y los cambios que los personajes ponen en marcha.

Kennedy fue víctima de su propia concepción idealista de la historia, aunque una semana antes de su asesinato, en un discurso en la Universidad de Columbia reconoció que existían presiones para convertir el cargo de Presidente “en algo meramente figurativo”. Estaba equivocado: el cargo de Presidente ya era figurativo, por más que él tratara de impedirlo. Eso le costó la vida. Creyó que desde ese cargo se podía cambiar una política firmemente asentada en Washington. Formaba parte de los que quieren cambiar las cosas desde dentro.

A partir de ahí se forja otra leyenda más: el Kennedy reformista, progresista, idealista, el recién llegado al nido de vívoras que es la Casa Blanca, el último representante de la época de Jefferson, Adams y Lincoln. Tampoco es eso. Kennedy ni siquiera alcanza el rango de caricatura de los “padres fundadores” de Estados Unidos.

Kennedy personifica a una parte del imperialismo estadounidense, que durante los años más críticos de la guerra fría se definía -fundamentalmente- por su posición respecto a la URSS. Frente a los “halcones”, ellos eran las “palomas”. En Estados Unidos no había una única línea respecto de la URSS, de la misma manera que en la URSS no había una única línea respecto a Estados Unidos. Es más: en 1962 la crisis de los misiles en Cuba puso de manifiesto que en Washington tampoco había uniformidad para responder a los cambios que en la URSS se estaban produciendo desde 1953, con el ascenso de Jruschov al Kremlin.

El asunto de la proliferación nuclear o, mejor dicho, la prohibición de la proliferación, lo que hoy llaman “armas de destrucción masiva”, es una derivación de aquel pulso con la URSS. Esto se ha analizado desde el punto de vista del desarme y de la oposición del Pentágono, junto con la industria armamentista, al mismo. Pero también es una parte del asunto, no el asunto en sí mismo.

La guerra fría y el armamento nuclear lo que estaban poniendo de manifiesto era el grado de desarrollo (científico, técnico, económico, político) de la URSS y el bloque socialista en su conjunto, que en 1955 firmaban el Pacto de Varsovia. La revolución china (1949), la guerra de Corea (1953), la derrota de Dien Bien-Phu (1955), la revolución cubana (1959), junto con el movimiento de los no alineados en el Tercer Mundo, la crisis del canal de Suez (1956)… no presagiaban nada bueno para el imperialismo.

El bloque socialista estaba en su apogeo y el imperialismo buscaba la mejor manera de hacer frente a la situación, que no podía reducirse a una amenaza permanente del uso del armamento nuclear. Desde Hiroshima y Nagasaki entre los círculos dominantes del Pentágono se había extendido la creencia de que esa era la única manera de tratar a sus enemigos más importantes. Aún hoy entre ellos es muy común creer que hay remedios técnicos (militares, policiales, represivos) para los problemas políticos. El prototipo de esa convicción fue John Foster Dulles, el hermano del jefe de la CIA y secretario de Estado con Eisenhower.

La guerra -decía Clausewitz- no es más que la continuación de la política por otros medios. Para poner a la URSS a la defensiva el imperialismo tenía que utilizar también medios políticos y diplomáticos, es decir, tenía que negociar con la URSS. Sin embargo, es propio de una concepción militarista interpretar la negociación como una claudicación, como un gesto de debilidad. Los fuertes siempre cometen el error de no negociar con quienes están -o consideran que están- en una situación de debilidad.

La crisis de los misiles se saldó con una negociación, que al año siguiente condujo al Tratado de Moscú de prohibición de pruebas nucleares. El objetivo era que la URSS se pusiera la soga al cuello, como así ocurrió. Era la única manera de acabar con el socialismo. En septiembre de 1959, cuando visitó Estados Unidos, Jruschov debió quedar hipnotizado por Eisenhower y lo que se llamó el “Espíritu de Camp David”. Siempre dijo que la coexistencia pacífica con el imperialismo era posible; bastaba con hacer concesiones, con dar lo que pedían. A cambio sólo exigían que les dejaran “en paz”.

El asesinato de Kennedy no logró sus objetivos. La destitución de Jruschov un año después tampoco consiguió los suyos. Las decisiones no dependían de ninguno de ellos, por lo que fueron sustituidos por otros aún más mediocres, figurines de esos que ni siquiera se molestan en disimular sus limitaciones.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

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Memoria Histórica

El asesinato de Kennedy 50 años después (10)

Cuando la policía detuvo a Oswald, la comisaría se convirtió en un circo al más puro estilo cinematográfico de aquel país. Los periodistas y las cámaras de televisión inundaban los pasillos. En los traslados al calabozo, le interrogaban al detenido tanto o más que los propios policías. Las grabaciones registraron para la posteridad que Oswald siempre negó su participación en el asesinato, e incluso que la policía le estaba impidiendo la defensa de un abogado, algo que en Estados Unidos es muy significativo, no sólo porque se trataba de una ilegalidad televisada, sino porque si Oswald hubiese admitido su culpabilidad la policía no hubiera podido utilizar su confesión como prueba en un juicio.

¿Qué estaba pasando? Parece obvio que a la policía no le interesaba ninguna confesión y, desde luego, que no iba a haber ningún juicio. 48 horas después de su detención, la policía se disponía a trasladar a Oswald a la cárcel para «protegerle» porque habían recibido amenazas de muerte contra él. Pero si eso era cierto, ¿por qué no impedir la entrada de los periodistas a la comisaría?

La policía lo hizo al revés y cuando se disponían a introducir a Oswald en el furgón, en el sótano de la comisaría apareció el pistolero Ruby entre una multitud de periodistas e impunemente asesinó a Oswald a la vista de todos. También quedó grabado para siempre.

Si Oswald no fue quien disparó contra Kennedy, ¿por qué le asesinaron? Sin duda porque formaba parte integrante del complot, aunque no se sepa exactamente cuál es esa parte.

Desde el mismo momento de la detención de Oswald, uno de los que merodeaba por los pasillos de la comisaría era Ruby. ¿Otro fallo de seguridad? ¿Por qué la policía autorizó el acceso a la comisaría de un pistolero de la mafia? Porque eran clientes habituales de los prostíbulos de Ruby, en los que no pagan ni un céntimo. Una bailarina de su cabaret, Nancy Hamilton, dijo que el 75 por ciento de los policías de Dallas habían pasado alguna vez por los burdeles de Ruby en Dallas.

Pero, ¿quién era Jack Ruby? Su nombre originario era Jacob Rubinstein y era un pistolero de la Mafia de Chicago, donde había nacido. El resto de su biografía es intercambiable con cualquiera de los protagonistas del asesinato de Kennedy. Por ejemplo, Ruby estuvo en Cuba en 1959 invitado por el empresario estadounidense de prostíbulos Lewis McWillie, quien a su vez estaba en contacto con Sturgis en La Habana. Lo mismo que Sturgis, McWillie también participó en la Operación 40 para derrocar a Fidel.

La mafia le encargó trasladarse a Dallas para hacerse cargo de varios garitos ruinosos. Ruby no le disparó a Oswald ni en el corazón ni en la cabeza, sino en el vientre, como siempre hacía la Mafia, y con un calibre 38, el que siempre utiliza la mafia.

Oswald y Ruby se conocían desde hacía tiempo porque Oswald había sido un cliente habitual de los prostíbulos de Ruby. Las chicas de su garito vieron a Oswald entre el público días antes del atentado.

Ante el Comité de Asesinatos del Congreso, Marita Lorenz aseguró el 31 de mayo de 1978 que estuvo presente en una reunión en casa de Orlando Bosch Ávila, dos meses antes del asesinato de Kennedy, en la que participaron Oswald, Sturgis y los mercenarios de Operación 40. En su testimonio dijo que el 15 de noviembre dos vehículos partieron de Miami con destino a Dallas y que ella viajó en uno de ellos junto a Sturgis y Oswald. En un punto del trayecto contactaron con Ruby.

Al mismo tiempo, Ruby era un peón de Nixon, quien en 1947 le propuso como testigo de cargo del Comité de Actividades Antiamericanas de McCarthy. Desde entonces Ruby estuvo en la nómina del Congreso como miembro del equipo de Nixon. Ruby se trasladó a Dallas en 1947 por encargo tanto de Nixon como de la mafia, que vienen a ser otras dos caras de la misma moneda.

Según un informe del FBI descubierto en los años setenta, Nixon presionó varias veces para impedir que el FBI investigara los crímenes de Ruby y que no se le citara a declarar ante un Comité del Congreso que estaba investigando a la mafia.

Una vez detenido, Earl Warren visitó a Ruby en prisión acompañado de Gerald Ford, que luego sería presidente. El mafioso les dijo que temía por su vida y dirigiéndose personalmente a Warren le dijo que era el único que podía salvarle. En la cárcel de Dallas no podía hablar. A cambio de revelar todo lo que sabía, Ford le sugirió la posibilidad de trasladarle a una cárcel de Washington bajo protección.

Ruby se disponía a contar lo que sabía. En su declaración el mafioso también dio a entender que detrás del complot estaba el propio presidente Johnson. Pero en este asunto lo que menos interesaba era la verdad, especialmente a quienes tenían la tarea de informarse e informar acerca de ella. Warren le negó el traslado. Dejarle en la cárcel de Dallas fue una auténtica condena a muerte, que se ejecutó en 1967 mientras Ruby esperaba un juicio por tráfico de drogas. Le diagnosticaron una neumonía pero murió de cáncer 28 días después.

Fue otra muerte oportuna. Los cuatro abogados de Ruby también murieron, uno detrás de otro: en 1965 Tom Howard, en 1971 Clayton Fowler, en 1995 Phil L. Barleson y en 1996 Melvin Belli. Todas las puertas se volvieron a cerrar.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

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Memoria Histórica

El asesinato de Kennedy 50 años después (9)

Todos los nombres que tienen relación con el asesinato de Dallas forman parte de un círculo reducido de pistoleros presentes en los mismos lugares y en los mismo momentos. Se conocían entre sí. En agosto de 1978 Victor Marchetti, agente de la CIA, publicó un artículo en el periódico “Spotlight” en el que aludía a un informe de la central de 1966 según el cual Sturgis, E. Howard Hunt y otros habían estado involucrados en el asesinato de Kennedy. Marita Lorenz habría provisto la información para el operativo.

Hunt le acusó de un delito de injurias, pero Marchetti no se había inventado el artículo. Su fuente principal había sido William Corson, coronel de la inteligencia naval, aunque también había entrevistado, entre otros, a un sujeto tan oscuro como James Angleton, miembro de la CIA, de Gladio y de otras cloacas parecidas. Hubo numerosos litigios con resultados contradictorios, pero en 1995 un jurado absolvió a Marchetti.

Ese mismo mes, Joseph Trento y Jacquie Powers escribieron una historia similar para el “Sunday News Journal”.

Aunque Hunt, asistente personal de Allen Dulles, escribió muchas novelas de espías, le costó empezar a hablar sobre algo que no fuera ficción. Desde el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954, estuvo en todos los guisos. Es posible que fuera uno de los que estuviera en Bolivia para transmitir la orden de asesinar al Che. En 1971 se unió al equipo de “fontaneros” de Nixon que organizó el asalto a Watergate, por lo que fue condenado por conspiración.

Al salir de la cárcel militar en la que cumplió casi tres años de su reclusión, Hunt siguió siendo fiel a sí mismo. No hizo otra cosa que seguir tejiendo los infundios y las cortinas de humo para los que le habían entrenado en la CIA. En 1973 publicó su libro «Give Us This Day» en el que dice que Oswald era un marxista, partidario de Fidel y de “la revolución roja en La Habana”.

No se soltó la lengua hasta 2004, cuando poco antes de morir su hijo le grabó varios audios en los que confirmaba que el presidente Johnson fue el instigador del asesinato de Kennedy, que fue organizado, entre otros, por su viejo colega Sturgis. Tampoco entonces añadió nada que no se sospechara, pero contribuyó a reafirmar algunas líneas de investigción. Buena prueba de su interés es que dichas grabaciones pasaron casi desapercibidas, en un país donde el asesinato de Kennedy vende cualquier exclusiva.

Según publicó el diario “Florida Sun Sentinel” el 4 de diciembre de 1963, Sturgis conoció a Oswald en Miami dos días antes del asesinato de Kennedy. Oswald le pidió incorporarse a la Brigada Anticomunista que había formado Sturgis para invadir Cuba. Hay fotos de ambos en un campo de entrenamiento de Operacion 40.

Watergate es, pues, uno de los hilos perdidos del asesinato de Kennedy. Habían transcurrido nueve años desde entonces. Además de una cortina de humo, Watergate fue un robo organizado por la CIA para encubrir su participación en la invasión de Playa Girón y el asesinato de Kennedy. No se trataba de un caso de espionaje político, como decían Woodward y Bernstein.

Así lo explicó Sturgis cuando estaba en prisión. En agosto de 1974 este pistolero de la CIA concedió una entrevista al semanario «True Magazine» en la que afirmó que lo que buscaban en Watergate era un informe del gobierno cubano sobre las operaciones encubiertas de la CIA dentro de Estados Unidos, algo que prohíbe la legislación de aquel país. Desde luego que el asesinato de un presidente también está prohibido, pero para algunos era más importante esa injerencia de la CIA en sus asuntos internos.

El 7 de mayo de 1990, en otra entrevista, Sturgis fue más concreto. Reconoció a un periodista del «San Francisco Chronicle» que Nixon ocultó la verdad sobre el asesinato de Kennedy, al tiempo que reconoció su participación en el mismo: «La razón por la que nosotros robamos en Watergate fue porque Nixon estaba interesado en parar las filtraciones de noticias relacionadas con las fotos de nuestro rol en el asesinato del Presidente John F. Kennedy».

Pero Sturgis seguía sin aclarar cual había sido ese rol. En 1978 ante el Comité de Asesinatos del Congreso, Marita Lorenz aseguró que fue él, Sturgis, uno de los autores de los disparos contra Kennedy en Dallas.

En un artículo publicado en la revista “The Realist” Paul Kangas afirma: “Entre otros miembros de la CIA que George Bush reclutó para la invasión [de Playa Girón] estaban Frank Sturgis, Howard Hunt, Bernard Baker y Rafael Quintero […] El día que JFK fue asesinado, Hunt y algunos del posterior equipo de Watergate fueron fotografiados en Dallas, así como un grupo de cubanos, uno de ellos con una sombrilla en alto, como señal, al lado de la limusina del Presidente, justo donde Kennedy fue tiroteado […] Hunt y Sturgis le dispararon a JFK desde el montículo de hierba. Fueron fotografiados y vistos por 15 testigos”.

Pero si quienes dispararon a Kennedy fueron Hunt y Sturgis, ¿cuál fue el rol de Oswald?

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

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Memoria Histórica

El asesinato de Kennedy 50 años después (8)

Por instigación de De Mohrenschildt y con el fin de procurarse una coartada, Oswald se instaló en Nueva Orleans en marzo de 1963, donde se infiltró en los movimientos progresistas que apoyaban la revolución cubana. Realizó dos intervenciones radiofónicas en las que se declaró marxista y secretario del comité local de una supuesta asociación llamada “Fair Play for Cuba”; más tarde se comprobó que era una invención del propio Oswald.

Incluso le detuvieron por repartir octavillas en favor de la revolución cubana por las calles de Nueva Orleans que causaron graves enfrentamientos con los gusanos exiliados. El policía que detuvo a Oswald declaró en su informe que aquello le había parecido «un montaje».

El incidente se publicó en los periódicos y el 15 de agosto Oswald apareció en una cadena de televisión de Nueva Or­leans en un foro sobre Cuba donde él era la estrella invitada.

Años después Garrison investigó la dirección de contacto que aparecía en los panfletos que repartía Oswald en Nueva Orleans. Aquella dirección correspondía al mismo edificio donde había trabajado Guy Banister, un antiguo agente del FBI y del Servicio de Inteligencia de la Marina quien, además, era un conocido fascista de Nueva Orleans, presidente de la Liga Anticomunista del Caribe. ¿Compartían edificio en Nueva Orleans los castristas con los anticastristas? La única diferencia era que el edificio daba a dos calles diferentes.

Oswald conocía a Banister y la pelea en la calle le proporcionó una aureola de militante procastrista que le podía permitir infiltrarse en las organizaciones progresistas de Nueva Orleans. Era un topo.

La infiltración es una técnica policial en la que el FBI siempre demostró maestría. Según un informe de 1962 entregado a Robert Ken­nedy por el FBI, el Partido Comunista de Esta­dos Unidos estaba compuesto de 5.000 militantes, de los que 1.576 eran confidentes.

La conclusión que se deslizó a la prensa no pudo ser más simple: el asesinato de Kennedy había sido cometido por un comunista partidario de la revolución cubana. Todo había sido un enorme descuido ante un comunista tan peligroso como Oswald. El jefe de la policía de Dallas, Jesse Curry, apareció en televisión pocas horas después del atentado diciendo que el FBI tenía controlado a Oswald. Es normal que vigilaran a uno de los «comunistas» más peligrosos de la ciudad. Sin embargo, sólo unos minutos después se desdijo públicamente. El FBI reconoció ante la Comisión Warren que no había vigilado a Oswald ni antes ni durante el viaje presidencial. ¿Para qué?

En el paraíso de la seguridad, todo parece reducirse a una cuestión de negligencia. La policía no pareció preocuparse porque días antes Oswald hubiera comprado un fusil por correo. La CIA, el FBI, el Servicio Secreto y la policía habían permitido que la comitiva presidencial pasara justo debajo de la ventana donde trabajaba aquel comunista.

En plena guerra fría se podían contar con los dedos de una mano los estadounidenses emigrados a la URSS y después retornados al país de nuevo. Eran aún menos quienes después desempeñaban una actividad política procubana abierta. ¿Nadie vigilaba en el país de la vigilancia? ¿O más bien cerraron los ojos?

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

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Memoria Histórica

El asesinato de Kennedy 50 años después (7)

En 1961 J. Walton Moore, el jefe local de la CIA en Dallas, le habló a De Mohrenschildt de Oswald, un agente de ínfimo rango de la Agencia que entonces residía en Minsk, Bielorrusia, donde De Mohrenschildt había vivido de niño.

Unos años antes, en 1956, Oswald se había alistado en los marines. Su formación inicial fue como operador de radar y su primer destino la estación aérea del Cuerpo de Marines del Toro. Luego fue trasladado a la base de la CIA en Atsugi, Japón, de donde partían los aviones espía U-2 que sobrevolaban el espacio aéreo soviético. Finalmente estuvo en la base de U-2 de la bahía de Subic, Filipinas.

Además del aprendizaje del ruso, las tareas encomendadas a Oswald requerían un permiso especial de seguridad. Resulta imposible que un marine maneje información clasificada y sea enviado a varias bases secretas de la CIA en el Pacífico si previamente no ha sido reclutado como agente de la Oficina de Inteligencia Naval o similar.

Su oficial de instrucción se había graduado en la Escuela de Servicio Exterior, una de las múltiples instituciones del espionaje militar imperalista. Todo apunta, pues, a que Oswald fue entrenado para ejecutar operaciones encubiertas.

A petición propia se licenció del ejército en setiembre de 1959, un año antes del tiempo convenido y con los 1.500 dólares que había ahorrado en su trabajo como marine, en octubre embarcó en Nueva Orleans hasta Finlandia como paso previo para entrar en la URSS, donde al llegar solicitó la nacionalidad soviética.

Resulta poco creíble que el gobierno de Estados Unidos permitiera tan fácilmente su marcha, por los secretos militares que conocía, salvo que Oswald viajara formando parte de alguna operación inteligencia militar.

Una vez en la URSS, Oswald fue interrogado durante un mes por el KGB. Tras el derrumbe del Telón de Acero la parte desclasificada de los archivos del KGB revela que sospechaban de Oswald como agente de la CIA.

Como le denegaron el refugio, cayó en una depresión y el 21 de octubre intentó cortarse las venas en un hotel de Moscú. Le permitieron la estancia en la URSS por un tiempo limitado y trabajó como obrero en una fábrica de material electrónico en Minsk, donde conoció a Marina Prusakova, hija de un coronel del KGB y sobrina de un funcionario del servicio secreto. Ambos se casaron y al año siguiente tuvieron una hija.

Pero el espionaje y los espías van y vienen. En junio de 1962 el antiguo marine pidió a la embajada estadounidense en Moscú la devolución de la ciudadanía y el pasaporte, lo que logró en sólo 48 horas, autorizando a los tres miembros de la familia a viajar a Estados Unidos y anticipándoles los gastos del viaje.

La familia se estableció en Fort Worth, Texas. Ni el FBI ni la CIA se preocuparon de interrogarles. Seguramente no hacía falta porque lo sabían todo al respecto.

En Fort Worth la CIA hizo las presentaciones y Oswald conoció a De Mohrenschildt y a su mujer Jeanne, que le introdujeron en la camarilla zarista de la ciudad. También le presentaron a Ruth Paine, cuyo marido trabajaba en Bell Helicopters, una empresa que se salvó de la quiebra gracias a la guerra de Vietnam. Cuando el fiscal Garrison solicitó estudiar las declaraciones de la renta de la familia Paine, no se lo permitieron, lo cual era ilegal y denota que ambos estaban protegidos por la CIA. Ruth Paine fue la que consiguió el trabajo a Oswald en el almacén de libros pocas semanas antes del atentado.

Gracias a la colonia zarista de Dallas, Oswald entró a trabajar en la empresa Jaggars-Chiles-Stovall. No se trataba de una tarea cualquiera. Allí se dibujaban los planos cartográficos para el Pentágono que no sólo estaban clasificados como secreto militar, sino que era la empresa que el año anterior había obtenido la ubicación de los misiles soviéticos en Cuba.

Luego Oswald trabajó en la empresa cafetera de un famoso anticastrista en Nueva Orleans. Cuando el fiscal Garrison investigó a los compañeros que habían trabajado allí con Oswald descubrió que, años después, todos ellos estaban trabajando para la Nasa. ¡Qué casualidad! ¿Quién intercedió por ellos? ¿Con qué propósito?

En esta historia siempre aparecen muchas más preguntas que respuestas.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’

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Memoria Histórica

El asesinato de Kennedy 50 años después (6)

En 1949 De Mohrenschildt obtuvo la ciudadanía de Estados Unidos y se trasladó a Dallas, donde había una colonia de exiliados zaristas que formaban parte de los sectores más reaccionarios de la ciudad.

En la capital del petróleo De Mohrenschildt trabajó como geólogo para diversas empresas, entre ellas Humble Oil, propiedad de Prescott Bush, quien había financiado al partido nazi. Se hizo amigo de su hijo George H. W. Bush, que entonces era a la vez director de Zapata Off Shore y agente de la CIA. Le llamaba «Poppy», un apodo que sólo utilizaban sus más íntimos amigos.

El aristócrata ruso viajó frecuentemente por Latinoamérica y trabajó para la empresa Cubano-Venezolana Oil Voting Trust Company, fundada por William Buckley Sr. Por aquela época conoció a Jack Alston Crichton, uno de los petroleros que negociaron con Batista.

A partir de 1957 comenzaron las reuniones de De Mohrenschildt con J. Walton Moore, jefe local de la CIA en Dallas. En el expediente que conserva la CIA sobre De Mohrenschildt, que está desclasificado, constan sus informes a Moore sobre la Yugoeslavia de Tito.

En 1955 De Mohrenschildt conoció a Jeanne LeGon, con quien se casó en 1959. LeGon era socia de Abraham Zapruder, un capitalista ruso-judío que huyó de la URSS en 1920. Zapruder era uno de aquellos integrantes de la camarilla zarista de Dallas y de dos organizaciones que funcionaban como pantallas de la CIA: The Dallas Council On World Affairs y The Crusade For A Free Europe.

Zapruder filmó el asesinato de Kennedy en Dallas. Su película es la única que registró el crimen en su totalidad y, probablemente, se ha convertido en la película más vista de la Historia. Pero hay preguntas que permanecen sin contestar. En aquella época las cámaras de vídeo no eran de uso tan corriente como ahora. Si el itinerario había cambiado la noche anterior, ¿quién le informó a Zapruder para que estuviera en el sitio exacto a la hora convenida?, ¿quién le indicó que llevara una cámara para grabar el asesinato?

Henry Luce, propietario de las revistas Time y Life, compró la película filmada por Zapruder. Lo lógico es pensar que su objetivo era el de vender los derechos de imagen. Entre sus manos tenía mucho más que la primicia periodística de un acontecimiento histórico. Se trataba de una grabación en directo del asesinato del presidente de Estados Unidos. Pues bien, Luce guardó la grabación bajo llave, que no reapareció hasta que bastantes años después el fiscal Garrison reabrió el caso.

Desde que durante su juventud ambos coincidieron en la universidad, Luce era amigo personal de Bush. Su mujer Claire Boothe Luce, formó parte las operaciones encubiertas de la CIA. Cuando viajaban a Nueva York los mercenarios cubanos de la Operación 40 se alojaban en su casa.

En junio de 1963 De Mohrenschildt se trasladó a Haití, donde la CIA le consiguió un contrato con el gobierno para extraer petróleo. En la operación entraron otros especuladores de baja estofa que luego se hicieron conocidos, como Mohamed Al Fayed, a su vez socio de Bush en Singer, la fabricante de las máquinas a coser. Más tarde a Bush le relacionaron con Khashoggi (cuñado de Mohamed al Fayed y vecino de Marbella) en el asunto Irán-contra.

Los hilos de la trama van tan lejos como el camino que uno quiera recorrer.

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— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— Epílogo para un crimen perfecto (y 11)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’