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La conquista del corazón de los pueblos de oriente (3)

Dentro de la Wehrmacht se formaron en 1942 unidades de combate georgianas, azeríes y norcaucásicas a las que se le dio el nombre de Legiones Voluntarias Orientales. A diferencia de otras parecidas, como las bálticas, no formaban parte de la Waffen SS sino del ejército regular alemán y estaban dirigidas por mandos alemanes. Estas Legiones eran las siguientes: de Turkestán, de Azerbaián, de Georgia, de Armenia, de los Tártaros y de los Montañeses, que es donde se integraron los chechenos (“Nordkaukasische Sondergruppe”) formando tres batallones: los 801, 802 y 803. Cada batallón musulmán disponía de un “mullah” para las ceremonias religiosas y para arengar a la tropa en la batalla contra los impíos bolcheviques. Habían sustituido la media luna por la cruz gamada, cualquier cosa antes que la hoz y el martillo.

Georgiano con el uniforme nazi

En total las Legiones Orientales sumaban 90.000 mercenarios encuadrados en 90 batallones (seis divisiones) de los que sólo 20 entraron en combate en el Cáucaso; a ellos hay que añadir 200 compañías con labores de retaguardia, es decir, para hacer el trabajo sucio represivo. Estas fuerzas eran superiores a las que Alemania dispuso en la región durante la I Guerra Mundial. Los mercenarios de estas Legiones fueron reclutados por el general Ernst Köstring: alemán nacido en Moscú, participó en la I Guerra Mundial, luego fue asesor del atamán Skoropadski durante la guerra civil rusa y la etapa de “independencia” de Ucrania y, finalmente, desde 1927 fue agregado militar de la embajada alemana en Moscú hasta el dia antes del ataque a la URSS.

Otro personaje de las Legiones era el general Bicerachov, un fanático zarista que ya había combatido a los bolcheviques en Bakú en 1918 a sangre y fuego. Otra joya era el príncipe cherkés Klyc-Girej, antiguo comandante de la “División Salvaje”, la caballería caucásica que había participado en la I Guerra Mundial y luego contra el Ejército Rojo en la guerra civil. Las hordas que se aprestaban a “liberar” el Cáucaso, además de los jefes nazis, tenían mandos autóctonos de esta calaña.Pero esto no es lo principal ni tampoco lo más interesante; lo verdaderamente significativo es que, además de esas Legiones, y siempre bajo el mando de oficiales alemanes, los nazis formaron unidades autóctonas del Abwehr, el Servicio de Inteligencia Militar, para la cual realización de operaciones “especiales”, espionaje, sabotaje y guerra sicológica, tanto en el frente como en la retaguardia. Eran conocidas con el nombre de “Brandenburgo” y fueron las primeras en utilizar a los viejos contrarrevolucionarios y exiliados, lo cual es lógico porque el espionaje y el sabotaje son la antesala de la guerra.

Entre las operaciones “especiales” de los brandenburgueses está la creación de la “Organización Tamara” anotada en el Diario de Operaciones del Alto Mando del Ejército alemán tres días antes del ataque a la URSS. Su objetivo era desencadenar una insurrección en Georgia a las órdenes del teniente Kramer y del suboficial Hauffe, ambos del Abwehr, aunque promovida por comandos especiales compuestos por georgianos. Estos comandos se reclutaron y entrenaron en Rumanía, un país que formaba parte del Eje fascista y donde desde 1917 había una colonia muy importante de exiliados zaristas y “nacionalistas”. El jefe del Abwehr en persona, el almirante Canaris, pasó revista a “sus” hombres durante la jura de bandera. Es fácil imaginar a todos aquellos “nacionalistas” (en realidad contrarrevolucionarios de la más baja estofa) vestidos con uniforme alemán, jurando lealtad eterna y ofrendar su vida para mejor gloria de Alemania y su Führer.

La “Organización Tamara” fracasa por el propio fracaso del Plan Barbarroja y la dilatación de la guerra.

Entonces el Abwehr encomienda a Theodor Oberländer, un profesor universitario convertido en capitán del servicio de inteligencia militar, la formación de la Unidad Especial Bergmann (“Sonderverband Bergmann”). El capitán Oberländer era otro experto conocedor de los pueblos caucásicos, materia de la que impartía sus cursos en la Universidad y que vio entonces la oportunidad de llevar sus teorías a la práctica. Su concepción era similar a la de Rosenberg: para ganar la guerra no se podía aplastar a los pueblos de la URSS, sino todo lo contrario, había que aprovecharlos, engañarlos y prometerles cualquier cosa, incluso la “independencia”, con tal de utilizarlos como carne de cañón contra la URSS.

Oberländer dividió la unidad Bergmann en tres compañías: en la primera estaban los georgianos, en la tercera los azeríes y en la segunda los norcaucásicos, entre ellos los chechenos. Desde Berlín se impidió que las unidades extranjeras que combatían en la guerra dentro del ejército alemán sobrepasaran el rango de un batallón, por lo que la unidad Bergmann llegó a ser el Batallón Bergmann, si bien sus fuerzas reales eran muy superiores. Sus tareas eran las propias de las operaciones “especiales”: preparar el terreno para la llegada de las fuerzas de vanguardia, promover el descontento entre la población, socavar la retaguardia del Ejército Rojo, incendio, sabotaje, etc. Es ocioso subrayar que muchas de estas operaciones se realizaban previa infiltración tras las líneas enemigas, vistiendo uniformes del Ejército Rojo y con armamento soviético. Una vez conquistado el Cáucaso y mientras los alemanes seguían avanzando, la misión del Batallón era de “limpieza” represiva: ahorcar a los comunistas, a los koljosianos, a los guerrilleros, a los funcionarios soviéticos y, finalmente, formar los ejércitos de los nuevos Estados “independientes”…

Pero el Batallón Bergmann no era más que uno de tantas otras fuerzas autóctonas que luchaban bajo uniforme alemán contra sus propios compatriotas (lo cual resulta también muy “nacionalista”), y no en el frente precisamente sino en las tareas más sucias y criminales de retaguardia. Ya hemos mencionado el caso de las Legiones de Voluntarios; vamos a enumerar algunas otras:

— RNNA o Ejército Nacional del Pueblo Ruso al mando del coronel Bojarski (seis batallones, unos 10.000 criminales) que no luchaba en el frente sino contra la guerrilla en tareas policiacas de “limpieza”
— el 120 Regimiento de Cosacos del Don al mando del coronel Kononov, unos 3.000 también dedicados a labores policiacas de retaguardia
— el Ost Ausbildung Regiment “Mitte”, cinco batallones bajo la dirección del teniente coronel Janenko; también realizaba operaciones antiguerrilleras
— RONA o Ejército de Liberacion del Pueblo Ruso, casi 20.000 pistoleros a las órdenes del general Kaminski, siempre en misiones de “limpieza”
— la Brigada Druzina del teniente coronel Rodionov, creada por la Waffen SS.

Dentro de los planes de guerra del Cáucaso, el Ministerio alemán de Asuntos Exteriores convocó una reunión con los dirigentes en el exilio de los pueblos autóctonos del Cáucaso para abordar la ocupación como una auténtica liberación y atraerse así a Turquía a esta campaña. Presidió la reunión el conde Von Schulemburg, el mismo que había dirigido a las tropas alemanas destacadas en Georgia al final de la I Guerra Mundial, el mismo que en 1939, cuando era embajador en Moscú, preparó la firma del Pacto Molotov-Von Ribbentrop. En la reunión había muchos viejos conocidos que llegaron hasta Berlín desde Turquía. Estaba el checheno Said Beck Shamil; estaba el ingushe Dzabagi, antiguo Presidente de la República de los Pueblos del Cáucaso; estaba Jakub, dirigente del partido azerí “Mussawat”; estaba Bagration, príncipe heredero de Georgia…

Los temas de negociación no sólo concernían a la limpieza de comunistas del Cáucaso; también había que expulsar de allá a todos los rusos, eslavos y, en general, a los no originarios de la región. La limpieza debía ser a la vez política y étnica.

No vamos a narrar la guerra del Cáucaso que, al mando de Von Kleist, se inició en el verano de 1942 y llegó justo hasta el rió Terek, penetrando sólo unos pocos kilómetros en territorio checheno. Seis meses después, en diciembre del mismo año, los nazis y sus acompañantes volvieron a fracasar y recularon hasta las estepas del Don. Con ellos huyeron los colaboracionistas que no pudieron ser inmediatamente apresados. En combates feroces, las Legiones Orientales tuvieron numerosas bajas y se tuvieron que unir al Batallón Bergmann que, fuera de su ámbito y de la misiones previstas, tuvo que reconvertirse en Crimea en una unidad de combate, algo para lo que no estaba entrenado.

Al final de la guerra, conscientes del destino que les esperaba, las compañías del Batallón Bergmann trataron de entregarse a los británicos y a los norteamericanos, sabedores de que con ellos tenían más posibilidades de salvar el pellejo que con los soviéticos. No todos lo lograron; algunos fueron entregados al Ejército Rojo, identificados y pasados por la armas. Ya hemos presentado muy brevemente las biografías de algunos de aquellos pretendidos “libertadores” del Cáucaso. Podemos explorar la biografía de algunos otros que lograron escapar, como el comandante azerí Fatalibejli-Dudanginski, un desertor del Ejército Rojo que se pasó al bando contrario, donde ascendió en el Batallón Bergmann y llegó a mandar una compañía cuando cayeron muertos los mandos alemanes. No fue capturado al final de la guerra y de la represión se pasó a la política, llegando a convertirse en uno de los dirigentes del exilio anticomunista azerí. Pero no se libró de su justo castigo: un agente del contraespionaje soviético le ejecutó en Munich en 1954.

El mariscal Von Kleist fue capturado por los ingleses en 1945, entregado a los yugoslavos, quienes a su vez lo entregaron a los soviéticos, donde murió en un presidio en 1954. Escapó Theodor Oberländer, el creador del Batallón, que luego fue diputado y ministro en la República Federal de Alemania en la década de los años cincuenta. Fue juzgado en rebeldía en la República Democrática Alemana en 1960 y condenado por crímenes de guerra a cadena perpetua. Había dirigido la matanza de Lvov. Lamentablemente la sentencia no se pudo ejecutar. Tras la caída del muro, Oberländer tuvo la desfachatez de limpiar -era su especialidad- su memoria: en 1993 inició un pleito para anular la sentencia dictada en Alemania oriental y lo peor es que lo logró porque -dijeron los nuevos tribunales “democráticos” de Berlín- el fallo anterior se había fundado en pruebas “falsas”. Pudo morir plácidamente cinco años después en Bonn con la conciencia muy tranquila.

Para mayor gloria del Batallón Bergmann, vamos a finalizar narrando que continuó cumpliendo las funciones para las que había sido adiestrado, especialmente la lucha antiguerrilera en Ucrania, Grecia y Yugoslavia, cuyos habitantes conocieron la brutalidad y el salvajismo de sus métodos de “limpieza”. La II Compañía, en la cual servían precisamente los chechenos, fue destinada al final de la guerra a Polonia; más concretamente fue la que aplastó inmisericordemente la sublevación del ghetto de Varsovia…

El uniforme de los soldados de las Legiones Orientales sólo se diferenciaba del de la Wehrmacht por un pequeño detalle: en su gorro llevaban como insignia un “kindjal”, la navaja caucásica. Los chechenos que asesinaron dentro de las unidades alemanes, son criminales de guerra, aunque imaginamos que también serían absueltos por los tribunales imperialistas alemanes, como su jefe, el capitán Oberländer. Limpieza de sangre, limpieza étnica, limpieza política… la política nazi e imperialista es siempre limpia y por eso queda también limpia de pruebas. A ellos sí hay que absolverles; a nosotros, los comunistas, a los que estamos en las barricadas contra el fascismo, a nosotros hay que condenarnos. Nosotros además de criminales somos mentirosos. Y somos criminales porque llevamos al pueblo checheno al “genocidio” el 23 de febrero de 1944.

Vamos a comprobar también esto…

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La conquista del corazón de los pueblos de oriente (2)

Pero los imperialistas no dejan de acechar. El 10 de junio de 1921 el gobierno francés promueve en París la formación de la Unión de Repúblicas del Cáucaso, integrada por contrarrevolucionarios zaristas georgianos, azeríes, armenios y montañeses. Se produce un levantamiento reaccionario en Georgia en agosto de 1924, al año siguiente es derrotado el imán Najmudin, aunque la situación se agrava especialmente partir de la colectivización de 1929 que desata la lucha contra los “bey”, los campesinos acomodados, equivalente de los kulaks en Rusia. Los jeques islámicos reaparecen encabezando una resistencia feroz. Entre 1931 y 1934 se registran 69 atentados contra bolcheviques, cooperativistas y funcionarios sólo en Ingushetia-Chechenia. Se produce un éxodo -otro más- hacia Turquía de los montañeses que no aceptan la colectivización.

Al otro lado de la frontera turco-soviética, se mantenía la misma política de Ataturk de preservar buenas relaciones con la URSS. Sin embargo, en algunos sectores reaccionarios, el panturquismo seguía latente; en Turquía seguían viviendo los desplazados por el Imperio zarista y a ellos se unirían los contrarrevolucionarios que salieron de la URSS en tres las oleadas sucesivas: tras la Revolución de Octubre (1917), la guerra civil (1920) y la colectivización (1929). Al otro lado de la frontera, todos esos desplazados esperaban la revancha y aunque ya no tenían el apoyo del gobierno, otro apoyo -aún más fuerte- vino a sustituirle: Alemania. Las tesis panturquistas coinciden con las pangermanistas. En 1936 Gerhard Von Mende publica su obra “Der nationale Kamf der Russlandturken” (La lucha nacional de los turcomanos de Rusia) y muy poco después tendrá ocasión de llevar a cabo sus proyectos como dirigente del Ministerio alemán para los Territorios Ocupados del Este. Los nazis también publican en 1938 el libro de Mirza Bala “Historia de la nación azerí” y tratan de captar la atención de Turquía sobre los pueblos musulmanes del Cáucaso para integrarla en los planes que los nazis tienen sobre la región.

No se trató sólo de los pueblos islámicos. Salvo los armenios, la mayor parte de los contrarrevolucionarios del Cáucaso en el exilio se agruparon en 1928 en la Liga Prometeo, con sede en Varsovia, que se atribuía la representación de los pueblos “oprimidos” de la URSS.

Los imperialistas alemanes también utilizaron a los georgianos durante la I Guerra Mundial para socavar la retaguardia rusa. En Berlín existía un Comité Nacional Georgiano encabezado por el príncipe Macabeli y Tsereteli, que en 1915 reclutó una Legión Georgiana de 1.200 hombres para combatir junto al Ejército turco en Transcaucasia.

Lo mismo cabe decir de los armenios, si bien en este caso, la vinculación de los contrarrevolucionarios es con las potencias occidentales, a causa de su enfrentamiento con Turquía, que ocasionó -no lo olvidemos- un siniestro genocidio. Pero también hasta allá llegaban los tentáculos alemanes: entre 1926 y 1945 Paul Rohrbach, especialista en las minorías nacionales soviéticas, es presidente de la Sociedad Germano-Armenia.

Por tanto, tras la I Guerra Mundial los imperialistas alemanes retoman una parte de las redes contrarrevolucionarias organizadas fuera de la URSS, especialmente las panturquistas, con el fin de utilizarlas en su propio beneficio, y pronto las reforzarán para ponerlas en funcionamiento. Los servicios secretos de Alemania controlaban los contactos que el Imperio Otomano había tenido en Chechenia y las afianzaron con los “bey” opuestos a la colectivización y que diez años después formaron el denominado gobierno checheno en el exilio encabezado por Israilov y Sheripov. En junio de 1942 este gobierno fantoche checheno reparte una circular pidiendo a la población que “reciba a los alemanes como huéspedes bienvenidos” y declara que los nazis serían saludados con hospitalidad si reconocían la independencia de Chechenia.

El Cáucaso entra en el Plan Barbarroja de invasión de la URSS de una forma directa y estratégica. Los nazis calculan derribar a la URSS en 10 semanas, pero la heroica resistencia del Ejército Rojo les obliga a prorrogarlo y modificar el proyecto original. Una vez frenados en 1941, los nazis se aprestan a una guerra más prolongada. Durante el verano del año siguiente concentran sus fuerzas en el frente sur, donde la gigantesca batalla de Stalingrado ha eclipsado a la guerra caucásica, en la que los nazis llegaron hasta la ribera del rio Terek, a las mismas puertas de Grozni.

Atacando el Cáucaso los objetivos nazis eran múltiples, entre otros:

— alcanzar los pozos de petróleo de Bakú
— forzar a Turquía a entrar en la guerra al lado del Eje
— enfrentarse a los británicos en Persia y Asia central.

Es bien sabido que, en su escalafón racista, los nazis consideran a los eslavos como infrahumanos (“untermensch”), por lo que podemos imaginarnos la estimación que tenían hacia otros pueblos, como el checheno. A efectos prácticos había dos posiciones entre ellos. Algunos, como Alfred Rosenberg, eran partidarios de la “independencia” de los pueblos del este, de respetar su idiosincrasia y mantener relaciones de colaboración con ellos. Pero también había quienes pretendían simplemente someterlos a la fuerza y reducir a sus habitantes a la servidumbre. Esta última política es la que impusieron el primer año de la guerra, donde las espantosas masacres cometidas en Ucrania y Bielorrusia lanzan a las masas a la resistencia y a la guerra de guerrillas. Al año siguiente aprendieron del fracaso, suavizaron sus modales y trataron de incorporar a los pueblos auctóctonos del Cáucaso a sus filas. Se imponían las tesis de Rosenberg, uno de tantos nazis nacidos en la Rusia zarista, grandes conocedores del país, su idioma y su cultura. De origen alemán pero nacido en Estonia, Rosenberg había estudiado ingeniería en Moscú, de donde huyó tras la Revolución de Octubre, trasladándose a Alemania, siendo con Hitler uno de los fundadores del partido nazi.

Tras la derrota de la URSS, Rosenberg estaba destinado a ser el ministro del Reich para los Territorios Ocupados del Este, y para cada uno de ellos (Báltico, Ucrania, Bielorrusia, Cáucaso) tenía planes específicos del papel que debían desempeñar en el futuro (“Generalplan Ost”).

En Alemania, Rosenberg reclutó para los nazis a muchos viejos zaristas y “nacionalistas”, como el georgiano Alexander Nikuradze. Físico, seguidor de las teorías reaccionarias de Spengler y Haushofer, Nikuradze se nacionalizó alemán, se afilió al Partido nazi y fue uno de los que colaboró con Rosenberg para establecer una alianza entre el III Reich y los países del Cáucaso con el fin de “liberar” a éstos del “yugo” soviético. Esa alianza tomaría la forma de una “Confederación” de todos los pueblos caucásicos encabezada por Georgia, que era el único país de la región que tras la I Guerra Mundial, durante su “independencia”, se había alineado con el Reich.

Por tanto, en 1942, una vez fracasado el año anterior el plan de colonización y sometimiento en Ucrania y Bielorrusia, se imponen para el Cáucaso las tesis de Rosenberg y su “Generalplan Ost”. Pero este plan no asume las tesis panturquistas sino las del georgiano Nikuradze. Por tanto, para los nazis, los chechenos y demás pueblos islámicos del Cáucaso sólo eran carne de cañón preparada para ser triturada en el frente. En efecto, una parte del Plan General para el Este es utilizar tropas autóctonas, caucásicas, en la lucha contra el Ejército Rojo, dar la apariencia de que no se trataba de una invasión extranjera sino de una guerra civil contra los bolcheviques, continuación de la anterior.

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La conquista del corazón de los pueblos de oriente (1)

Hoy apenas podemos concebir siquiera la magnitud impresionante que supuso la creación de la URSS como una comunidad de naciones precisamente en un momento histórico en el que en todo el mundo capitalista los Estados multinacionales desaparecían y en el que se producían gravísimos dramas, como el salvaje genocidio armenio en 1920. A muy pocos kilómetros de distancia, el panorama nacional a un lado y otro de las fronteras soviéticas era radicalmente dispar. En el Imperio Austro-Húngaro había once nacionalidades; en la Unión Soviética más de cien.

Certeramente apuntó Stalin que mientras en occidente las naciones habían precedido a los Estados, en oriente sucedió al revés (1). Lo mismo cabe decir de la URSS, donde se concedió un estatuto nacional (y por tanto un reconocimiento político) a pueblos que, por su enorme atraso, no formaban verdaderamente unidades nacionales. La política nacional de la URSS, dijo Stalin, era igualitaria y otorgó el mismo tratamiento político a las nacionalidades clásicas (como Ucrania o Georgia) que a las pequeñas tribus, muchas de ellas inmersas en otros conjuntos nacionales y subyugadas por ellos. Así, existía un enclave armenio en territorio azerí (Nagorno Karabaj) y un enclave azerí en Armenia (Najichevan). Lo mismo sucedía con el encave abjasio dentro de Georgia. Según la nueva disposición nacional igualitaria de la URSS, los georgianos tenían los mismos derechos que los rusos, pero, a su vez, los abjasios tenían los mismos derechos que los georgianos.

En el V Congreso de la Internacional Comunista un militante turco dijo que los imperialistas aspiraban a conquistar los territorios de oriente, mientras los comunistas aspiraban a conquistar el corazón de oriente. Esto supuso un impacto social de primer orden en las sociedades caucásicas, especialmente entre aquéllas de tradición nómada, que fueron dotadas de todas los servicios de un Estado: un aparato político, un partido comunista local, una estructura estatal (Consejo de Ministros, gobierno republicano, jefe de Estado), una cultura nacional de la que la lengua era la piedra angular, una Universidad y una Academia de Ciencias y unos símbolos nacionales, como bandera e himno. La Revolución de Octubre aplica todos los derechos nacionales a una región que, por tradición histórica y cultural, los desconoce y forja todos los elementos conceptuales históricos, etnográficos y lingüísticos que proporcionan legitimidad al estatuto político de las nuevas repúblicas nacionales. Su existencia, a falta de un nacionalismo anterior que las fundamentara, está justificada por el desarrollo del estatuto que el proletariado soviético les confiere.

Esas naciones existen y sobreviven hoy gracias a la Revolución; esas naciones progresaron gracias al titánico esfuerzo de la URSS. Y por tanto, su dramática situación actual tiene ese mismo origen: ya no existe la URSS. Los imperialistas jamás han reconocido y jamás reconocerán nunca este gigantesco avance de la humanidad que, en medio de las más terribles condiciones externas, es ejemplar y sin precedentes en la historia. Por todo ello es comprensible que su esfuerzo esté destinado a ocultarlo y tergiversarlo.

Aquello rompió los moldes tradicionales: la URSS dividió para unir y unió para dividir. En primer lugar, fragmentó las grandes superestructuras que se pretendían crear artificialmente sobre bases lingüísticas, culturales (panturquismo) o religiosas (panislamismo). En segundo lugar, rompió con las arcaicas estructuras sociales basadas en los linajes o en la religión. Por ejemplo, Stalin dirigió un mensaje al I Congreso de Mujeres de la República Montañesa, que agrupaba -entre otras- a las mujeres chechenas e ingushes. Stalin, que no pudo asistir por encontrarse enfermo, les llama a que se organicen para impulsar la revolución (2). No es difícil imaginar el impacto que este tipo de situaciones tuvo que tener en una sociedad islámica que relegaba a la mujer a las labores del hogar.

Como es natural, los janes tradicionales perdieron sus prerrogativas políticas, pero no las abandonaron de buena gana. Esto se observa con más claridad aún en 1929, con la colectivización, que en 1917.

En 1917 estalló una gran revolución en Rusia pero en muchas regiones el viejo Estado zarista simplemente se desplomó y los bolcheviques, acuciados por la guerra civil, no llegaron inmediatamente. Por ello, varios pueblos del Cáucaso proclamaron su independencia. En mayo de 1918 se proclamó la República de los Pueblos del norte del Cáucaso, de la que formaron parte los chechenos junto con otros pueblos. Como dijo Stalin, esa República era inviable desde todos los puntos de vista:

— no interesaba a las potencias imperialistas vencedoras de la guerra mundial
— tampoco a la contrarrevolución zarista
— Turquía había sido derrotada y, a su vez, debía defenderse de los tiburones imperialistas.

Durante la guerra civil el viejo ejército zarista que invade el Cáucaso lo integran cosacos, los viejos enemigos de los montañeses musulmanes, comandados por el general blanco Anton Denikin. Su objetivo es tanto aplastar a los bolcheviques como a los independentistas caucásicos. En la nueva Turquía a la que se dirigen los independentistas, Ataturk no les presta apoyo y, además, firma un tratado internacional con los bolcheviques. Además se reproducen las ancestrales disputas internas entre ellos. En marzo de 1919 armenios y azeríes se enfrentan por Nagorno-Karabaj.

La única posibilidad para todos los pueblos de la región es unirse entre ellos y unirse a los bolcheviques. Así lo hace el jeque dagestano Unzun Hayi y, partir de septiembre de 1919, las zonas liberadas por la alianza de los bolcheviques y los independentistas forman el Emirato del norte del Cáucaso.

En 1920 acaba la guerra civil en el Caúcaso con la derrota de Denikin. El Ejército Rojo controla Chechenia, donde es recibido como una fuerza de liberación. Los imperialistas aprenden rápido y cambian de estrategia. Tras la muerte de Unzun Hayi, se vuelven “nacionalistas” y convierten a los nuevos países independizados en plataformas desde las que preparan el ataque a los soviets. Como observó el IV Congreso de la Internacional Comunista, “se armó un dique de pequeños estados vasallos alrededor de Rusia para sofocar a esta última en la primera ocasión”. Para aplastar a los bolcheviques, los imperialistas promueven en setiembre de 1920 un levantamiento de los montañeses contra los soviets. Lo dirige Said Beck Shamil, nieto del mítico León de Daguestán. Los bolcheviques no caen en la provocación y el enfrentamiento. El 16 de octubre de 1920 Stalin viaja a Vladikavkaz y, con el apoyo de Ordjonikidzé y Kirov, convoca dos Congreso de representantes, uno de los pueblos de Daguestán y otro de los montañeses. En este último pronuncia un discurso clave en el que afirma que los bolcheviques no van a hacer concesiones porque se encuentren en una situación de debilidad sino todo lo contrario; tras la victoria en la guerra civil están fuertes y esa es la importancia de los planes que les presentan a los caucasianos. Van a adoptar una serie de medidas a largo plazo porque están convencidos de que son justas. Por el contrario, dice Stalin, las que se toman bajo presión, a regañadientes, no pueden ser duraderas. En fin, les dice que no trata de ganarse su apoyo, y añade:

“Camaradas montañeses, el antiguo periodo de la historia de Rusia, aquel durante el cual los zares y los generales zaristas menospreciaban vuestros derechos, aniquilaban vuestras libertades, aquel periodo de opresión y de esclavitud ha acabado para siempre. Hoy, cuando el poder ha pasado en Rusia a manos de los obreros y de los campesinos, no debe haber oprimidos en el país”.

“Acordando vuestra autonomía, Rusia os restituye con ella la libertades que os robaron los zares sedientos de sangre y los generales zaristas opresores. Es decir que vuestra vida interior se debe edificar según vuestro modo de existencia, vuestros usos y costumbres, bien entendido, dentro del marco de la Constitución general de Rusia.De inicio, Stalin decreta una amnistía para los sublevados y, sobre todo, consigue el apoyo del campesinado pobre checheno con la reforma agraria. Finalmente, explica el proyecto de crear una Unión de Repúblicas Socialistas en la que todos los pueblos montañeses dispondrán de una amplia autonomía que, en la práctica, significaba la independencia total. Moscú no podía interferir en los asuntos internos de la República montañesa ni en su ordenamiento legal. Ahora bien, les dice Stalin, aunque el poder soviético ha tomado medidas contra los cosacos, que habían agredido a los montañeses, y les ha desahuciado de las granjas para instalar en ellas a los chechenos, eso no autoriza a éstos a humillar a aquellos, agredirles, robarles el ganado o violar a sus mujeres porque el poder soviético defiende a los ciudadanos de Rusia a título igual, sin distinción de nacionalidad, sean cosacos o montañeses” (3).

Las propuestas de Stalin fueron aceptadas y el levantamiento de Said Beck Shamil cesó sin derramamiento de sangre. El Congreso de los pueblos de la Montaña acabó constituyendo la República Autónoma Socialista Soviética de la Montaña (Gorskaya), junto con Nazran, Vladikavkaz, Kabardia, Balkaria y Karatchaev. Luego se fueron desgajando de ella estas últimas nacionalidades, hasta que desapareció el 7 de julio de 1924. A partir de entonces Chechenia fue una Región Autónoma (Oblast) integrada en la República Autónoma de Chechenia-Ingushetia.

(1) Stalin, Las tareas inmediatas del Partido en la cuestión nacional, Oeuvres, tomo V, pg.26.
(2) Stalin, Las tareas inmediatas del Partido en la cuestión nacional, Oeuvres, tomo V, pg.59.
(3) Stalin, Congreso de los pueblos de Terek, Oeuvres, tomo IV, pg.347.

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La Organización Gehlen

Reinhard Gehlen fue un oficial del Estado Mayor del ejército nazi, donde ascendió a teniente coronel. Fue trasladado a la Abwehr, el servicio de inteligencia militar, y durante la Segunda Guerra Mundial le enviaron a combatir contra la URSS.

Estudio profundamente las tácticas militares y de inteligencia del Ejército Rojo. En 1942 reclutó a unos 100.000 antiguos prisioneros rusos formando el “Ejército Ruso de Liberación”. En diciembre de 1944 ascendió a general.

Junto con sus hombres, en marzo de 1945 Gehlen microfilmó todo el material de inteligencia que había recopilado, lo guardó en cilindros herméticos de acero y lo enterró en varios lugares en los Alpes austriacos.

Luego negoció con Estados Unidos su libertad y la de sus más destacados subalternos, a cambio de ponerse a su servicio con todos sus conocimientos y todo el material que había ocultado. Su contacto fue el general Walter Bedell Smith, Jefe del Estado Mayor General de Eisenhower, quien luego trabajó con William Donovan y Allen Dulles, Jefe de la OSS en Berna, Suiza.

El 22 de mayo de 1945 Gehlen se rindió en Bavaria al Cuerpo de Contrainteligencia de Estados Unidos. Durante los interrogatorios, reveló los nombres de un buen número de oficiales de la OSS, el espionaje de Estados Unidos, que eran miembros del Partido Comunista de Estados Unidos. Entonces, Estados Unidos ya planeaba la Guerra Fría  y carecía de suficiente información sobre la inteligencia soviética.

El 20 de setiembre de 1945 Gehlen y tres de sus más destacados oficiales nazis, fueron enviados a Estados Unidos por vía aérea para comenzar a trabajar para la OSS. Washington asignó a la OSS una partida secreta de 5 millones de dólares para que Gehlen pudiera empezar a operar.

En julio de 1946 fue oficialmente liberado de su condición de prisionero de guerra especial. Además, Estados Unidos liberó a otros 350 oficiales nazis de inteligencia, que también pudieron abandonar los campos de prisioneros para ponerse a las órdenes de Estados Unidos.

Gehlen fue enviado a Alemania, donde comenzó a planificar la organización de inteligencia de la futura República Federal, que luego sería conocida como «Organización Gehlen».

Estableció su cuartel general en las montañas Spessart en el centro de Alemania. Cuando la plantilla aumentó hasta alcanzar el número de 4.000 agentes encubiertos, se trasladaron a un terreno situado en Pullach al sur de Munich donde establecieron sus operaciones encubiertas bajo la legalidad de una “empresa de desarrollo industrial para el sur de Alemania”. Durante la Guerra Fría aquellos antiguos nazis fueron conocidos como los “V-Men” (Hombres-V).

Los hombres de Gehlen fueron infiltrados tras el Telón de Acero. Se convirtieron en los ojos y oídos de la CIA. Nutrieron los archivos del la inteligencia imperialistas. Apoyaron a los grupos anticomunistas. Fomentaron levantamientos contra los países del Pacto de Varsovia…

La Organización Gehlen suministraba la inteligencia y la CIA prestaba apoyo logístico, equipos, contactos, dinero, armas, radios, sabotajes y transporte.

Construyó el Túnel de Berlín bajo del Muro de Berlín para espiar las comunicaciones soviéticas y de Alemania oriental.

La Operación Sunrise infiltró a más de 5.000 espías nazis de ascendencia europeo-oriental y rusa. Los agentes fueron entrenados en 1946 en el campo de Oberammergau, bajo el mando del general Sikes y el general nazi Burckhardt.

En Ucrania esas operaciones continuaron hasta 1956, trabajando con el dirigente nacionalista Stepan Bandera, hasta que finalmente Bandera fue ejecutado por el KGB en Munich.

Gehlen trabajó en estrecha relación con las antiguas organizaciones fascistas: Guardia de Hierro en Rumania, la Ustasha en Yugoslavia y Vanagis en Letonia. Aunque miles de colaboradores fueran ejecutados, acusados de cooperar con la Organización Gehlen, las redes nunca pudieron ser completamente desmanteladas y reaparecieron tras el desplome de 1990.

La Organización Gehlen empleó a miles de miembros de las SS y nazis buscados por crímenes de guerra. Les ayudó a escapar a América Latina suministrándoles identidades falsas, documentos y pasaportes. La CIA también participó activamente para lograr la liberación de algunos de los acusados por crímenes de guerra.

Más de 5.000 antiguos oficiales nazis fueron reubicados en diferentes lugares del mundo. La mayoría fueron a Centro y Sudamérica, en especial a Nicaragua, El Salvador, Chile y Argentina. James Jesus Agleton, antiguo oficial de la OSS y luego Jefe de Inteligencia de la CIA fue el encargado de suministrar identidades falsas a los fugados.

Entre los espías reclutados por Gehlen que estaban acusados de crímenes de guerra se encontraban los jefes de la Gestapo de París y de Kiel y al famoso Willi Krichbaum ex jefe de la Gestapo en el sureste europeo.

Gehlen también reclutó a Franz Six y Emil Augsburg miembros de las SS, acusados de asesinar a los guerrilleros en la URSS.

En 1956 la Organización Gehlen fue reasignada al gobierno de Alemania occidental con las siglas de BND (Bundesnachrichtendienst) y Gehlen fue ascendido a teniente general.

En 2005 se publicaron en Estados Unidos los archivos que relacionan a Gehlen y al espionaje nazi con la CIA. La documentación desclasificada por la CIA consta de dos volúmenes llamados “Secreto Relger” y fue compilada por el historiador de la CIA Kevin Ruffner.

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Memoria Histórica

Al Qaeda empezó siendo una base de datos de la CIA

Lo dijo ante la Cámara de los Comunes Robin Cook, antiguo SecrLo dijo ante la Cámara de los Comunes Robin Cook, antiguo Secretario británico de Asuntos Exteriores, poco antes de su muerte: Al Qaeda, que en árabe significa “La Base”, no era el nombre de una organización terrorista. Nació, como su propio nombre indica, siendo la base de datos de los yihadistas que estaban al servicio de la CIA (*).

Entonces los yihadistas ejercían como traficantes internacionales de armas y su protagonismo creció en 1979 con la Operación Ciclón, que a fecha de hoy sigue siendo la más importante emprendida nunca por la CIA.

Un dispositivo de esa envergadura en hombres, dinero y armas no podía tener por objeto, obviamente, Afganistán sino la URSS misma. El elemento más importante del dispositivo era que el impulso de Estados Unidos no podía aparecer en público bajo ninguna circunstancia, por lo que emergen una serie de personajes de paja (Hekmatyar, Bin Laden), organizaciones de paja (Maktab al-Khadamat, Al Qaeda), bancos de paja (BCCI) e incluso países de paja (Pakistán, Arabia saudí).

En Afganistán la CIA organizó, pues, la primera yihad de la era moderna. El arquitecto de la estrategia fue Michael G. Vickers, un joven oficial de la CIA que trabajaba para Gust Avrakotos, el jefe regional de la CIA.

William Casey, director de la CIA durante el gobierno de Reagan, convenció al gobierno saudí de que financiase a los yihadistas del mismo modo que lo estaba haciendo la CIA. El BCCI fue el cajero y el tráfico de heroína abarató la operaciones.

El dinero, las armas y el adiestramiento se canalizaban a través del ISI, el Servicio de Inteligencia de Pakistán, que a su vez actuaba a través de una organización llamada MAK (Maktab al-Khadamat), dirigida por Hekmatyar, que se ocupó de su distribución en Afganistán.

El MAK reclutó a unos 100.000 yihadistas procedentes de 43 países distintos repartidos por todo el mundo, a los que la CIA entrenó para luchar contra la URSS en Afganistán. Todos ellos recibían dinero, armas y entrenamiento en campamentos de Pakistán. Uno de los primeros en llegar fue Bin Laden, que se puso a las órdenes de Hekmatyar con sus 4.000 fanáticos saudíes, hasta que ambos se separaron en 1989, momento en el que apareció Al Qaeda.

En aquella época no existían las mismas palabras que ahora. Los yihadistas eran valerosos muyaidines. Reagan los llamaba “combatientes por la libertad”.

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Memoria Histórica

Holodomor: nuevos puntos de vista sobre un capítulo de la historia de la URSS

La campaña de propaganda sobre la hambruna ucraniana de los años treinta fue un invento de Goebbels que luego ha tenido éxito entre ciertos “historiadores”, hasta el punto de convertirse en un tópico periódicamente recordado por los medios de comunicación, los documentales de la televisión y los reportajes a todo color.

Durante la guerra fría se calificó como “Holodomor” para equipararla al “Holocausto” de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial y equiparar a Stalin con Hitler.

Hoy es un tema de moda en todo el este de Europa, un asunto recurrente, como la matanza de Katyn, que el gobierno ucraniano recuerda cada cierto tiempo para demostrar que rusos y ucranianos siempre han mantenido pésimas relaciones mutuas.

En un libro publicado en 2009, titulado “Crisis: ¿cómo se organizó?”, el economista ruso Nikolai Starikov le ha dado la vuelta haciendo un paralelismo con otro asunto de actualidad, recordando el bloqueo económico y las sanciones de las potencias imperialistas contra la URSS a finales de los años veinte. Starikov afirma, además, que entonces y ahora el bloqueo contra la URSS, lo mismo que contra Rusia hoy, se volvió contra los propios países capitalistas, siendo uno de los factores que agravaron la crisis del 1929.

La situación económica en los primeros años de la URSS estuvieron marcados por la Primera Guerra Mundial y la posterior guerra civil. Los soviets tuvieron que reconstruir un devastado y no cabe duda que fueron años muy difíciles y que la responsabilidad de ellos recae sobre los imperialistas, única y exclusivamente.

Para mejorar las condiciones de vida de las masas, el Estado soviético se propuso reconstruir su industria y modernizar su agricultura. Se iniciaron los planes quinquenales, que tuvieron dos fases. La primera fue la construcción de nuevas instalaciones industriales. La segunda, aumentar la producción agrícola mediante la introducción de maquinaria agrícola.

Con la exportación de una parte de la producción agrícola, el Estado trató de importar nuevos equipos y maquinaria agrícola, dice Starikov, y ahí fue donde los imperialistas trataron de presionar a la URSS.

Justificándose con que los bolcheviques se negaron al pago de las deudas de la autocracia zarista, en 1925 impusieron un bloqueo del oro, de manera que no aceptaban que la URSS pagara con dicho metal. Exigieron una permuta de la maquinaria industrial a cambio de madera, petróleo y cereales.

Además, desde 1930 los imperialistas impusieron un embargo sobre el comercio con la URSS, negándose a exportar nada hacia el país soviético, especialmente grano.

Las presiones económicas del imperialismo aparecieron en el preciso momento en el que el gobierno soviético trataba de poner en marcha los planes quinquenales.

Desde finales del siglo XIX la Rusia zarista había padecido repetidas hambrunas y tras la Primera Guerra Mundial la superficie sembrada se redujo significativamente.

Al comienzo de la Revolución socialista, en los años veinte, no sólo Ucrania padeció un hambre crónica sino también Rusia y los demás países que formaban parte de la URSS. Las hambrunas se reproducían cada dos o cuatro años, dependiendo de las regiones afectadas.

Grover Furr cita al profesor Mark B. Tauger como experto en las hambrunas de la historia. Las mismas eran consecuencia de varios factores, como el atraso de la agricultura rusa, las catástrofes naturales o los efectos a largo plazo de las sucesivas guerras que asolaron al país.

Entonces Starikov pregunta: sabiendo los imperialistas los problemas que estaba padeciendo el gobierno soviético para alimentar a la población, ¿por qué exigieron que las importaciones fueran pagadas en grano y no con oro?

La respuesta es obvia: los imperialistas querían agravar el problema del hambre forzando una carestía artificial de grano que, en lugar de destinarlo a la población, debía enviarse al extranjero como medio de pago.

Se trataba de que la población hambrienta se amotinara, de provocar desórdenes contra el gobierno soviético, obligarle a recurrir a la represión.

Starikov apunta que las presiones del imperialismo coinciden con la gran crisis capitalista de 1929 y contribuyeron a agravarla, es decir, que la URSS no fue el único país perjudicado por la política imperialista.

No obstante, el embargo comercial no fue más que una de las causas de las hambrunas de aquella época. Hay otras que, en cualquier caso, demuestran que no se trató de una política deliberada del gobierno soviético contra Ucrania, que puso todo su empeño en impedirla y luego en paliar sus efectos.

No obstante, la propaganda fascista afirma que la causa de dicha hambruna radicó en la colectivización “forzosa” del campo en 1929. Es todo lo contrario: la colectivización se aprueba precisamente para erradicar de manera definitiva el hambre entre la población rural.

Se puede añadir, además, que la colectivización fue un pleno éxito del gobierno soviético y que a partir de entonces los ciclos de hambre se acabaron en la URSS para siempre, a diferencia de los países capitalistas, donde han seguido hasta hoy.

El hambre de 1932-1933, que no fue exclusivamente ucraniana, fue la última que conoció la URSS.

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Memoria Histórica

España fue el refugio de los criminales de guerra nazis

La ficha de Franz Liesau Zacharias, un alemán que residía en el número 52 de la madrileña calle de Alcalá, es espeluznante. Fue escrita en 1945 y retrata en pocas líneas las atrocidades del nazismo. “Este hombre se hace llamar doctor. En realidad fue agente del servicio de contraespionaje [la Abwehr, de dependencia militar] involucrado en la compra de animales del Marruecos español y de la Guinea española para fines experimentales en Alemania, entre ellos la propagación de horribles enfermedades, como la peste, en los campos de concentración”.

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Memoria Histórica

‘La transición se hizo bajo la amenaza y el chantaje permanente’

Así lo asegura alguien que conoció aquella época muy de cerca: el antiguo secretario general del PCE entre 1982 y 1988 y fundador de Izquierda Unida, Gerardo Iglesias.

Lo que no dice es su responsabilidad, la del PCE y la de Izquierda Unida en aquella transición. ¿Acaso el PCE no es también responsable de la amenaza y el chantaje?

Aunque seamos capaces de suponer quiénes fueron los chantajistas, los franquistas, Gerardo Iglesias no dice quiénes fueron los chantajeados: los antifascistas, los que siguieron luchando contra el fascismo.

Tampoco dice nada acerca de las consecuencias lógicas que se derivan de una amenaza y un chantaje permanentes: que nadie puede admitir la validez de los actos, leyes y constituciones impuestas en tales condiciones.

En consecuencia, ¿por qué seguimos admitiendo la legitimidad de un Estado edificado bajo una amenaza permanente?

“La transición ha hecho que asumamos muchos elementos de la dictadura franquista”, dice Gerardo Iglesias ahora en una reciente entrevista. Pero, ¿quién es el que asume todos esos “elementos” de la dictadura?, ¿por qué lo hace?, ¿por las amenazas?, ¿por miedo?

Si es así, ¿por qué casi nadie denuncia que padecemos un “chantaje permanente”?, ¿por qué casi todos dicen lo contrario, que hay un estado de libertad?, ¿quién miente?

En efecto, mienten quienes hablan de libertad, pero también ha mentido Gerardo Iglesias en la presentación de su último libro “La amnesia de los cómplices”.

¿Los cómplices? ¡Él es el cómplice! Lo fue antes, cuando era secretario general del PCE, y lo es ahora, cuando llama a votar a Podemos, que es la Izquierda Unida que él quiso crear hace 30 años, es decir, más de lo mismo, por no decir peor.

Gerardo Iglesias fue el hijo predilecto de Carrillo y nunca se ha desprendido de esa lacra. Sin embargo, carece de las malas artes de su padrino político, que era un verdadero perro. De ahí derivan sus incongruencias. En su época al frente del PCE enarboló la bandera fascista; ahora da conferencias por Asturias bajo la republicana.

Ante una pregunta, el antiguo capo de Izquierda Unida responde lo siguiente: “Los descendientes de las víctimas son los que mejor pueden decir hasta qué punto las heridas siguen abiertas, hasta qué punto esa afirmación de ‘no hay que reabrir las heridas’ es falsa. Las heridas nunca se cerraron, se cubrieron con un tupido velo. Los crímenes del franquismo hay que juzgarlos, vivan o no los responsables”.

Es otra de sus incongruencias. Los crímenes del franquismo no hay que juzgarlos. Se juzgarán, más pronto de lo que algunos creen.

Pero los criminales y los franquistas no son los demás. También hubo y hay cómplices, encubridores, instigadores y delatores, como Gerardo Iglesias y sus colegas, sin ir más lejos.

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Memoria Histórica

Cuando Lenin se iba de putas

Sin ningún género de dudas, Lenin fue el personaje más importante del siglo pasado y uno de los más relevantes de toda la historia de la humanidad. Pero tampoco caben dudas acerca de que su atractivo reside en su actividad pública y en sus escritos. Fuera de sus batallas políticas, la vida personal es casi irrelevante, entre otras cosas porque la subordinó deliberadamente a su lucha revolucionaria.

Es algo que la burguesía no entiende porque su concepción de la vida, tanto de la pública como de la privada, es hedonista, naturalmente porque se lo puede permitir. Es una clase social que no duda si tiene que optar entre un revolcón en la cama y una tediosa reunión política.

En el terreno intelectual la burguesía tiene un punto de vista subjetivo de la historia, donde las biografías heroicas y su voluntad personal, desempeñan un papel decisivo. Convierte la historia en un apartado de la sicología, o algo peor: de la sicopatología.

Así lo entiende Helen Rappaport, profesora de la Universidad de Oxford, que en 2009 escribió una obra en la que hasta el título (“Conspirator: Lenin in Exile”) es engañoso porque no trata sobre un “conspirador”, ni tampoco de un exiliado, sino sobre un Lenin doméstico, en donde la vida íntima se reduce a la vida sexual.

Se trata de un libro de cotilleo sofisticado, pulcro y universitario. Demuestra que a la burguesía lo que le preocupa no es el ancho mundo sino algo que tiene bien cerca: la vida privada del vecino.

Una vez que introduce a Lenin entre las sábanas, Rappaport puede proceder al típico dualismo del hombre contra la mujer, en este caso Nadia Krupskaia. Naturalmente que la “historiadora” de Oxford pone de manifiesto un punto de vista de clase, el de la burguesía. Lo que se trata de saber son otras dos cosas: si, además, como mujer, pone de manifiesto también un punto de vista feminista y, finalmente, si algo de todo esto tiene que ver con la historia o sólo son chorradas en las que no merece la pena perder el tiempo.

Empezaré por el último punto, a partir del cual se explica todo lo demás. La “historia” que la burguesía escribe es una fábula. Por ejemplo, en una entrevista sobre su libro, Rappoport confesó sus fantasías disfrazadas de “historia” de la siguiente manera:

“Lenin tenía, estoy convencida de ello, una faceta sexual oscura, que ha sido completamente borrada de los archivos rusos. Estoy convencida que cuando vivía en París frecuentaba a las prostituídas; se encuentran indicios en las fuentes francesas, pero es difícil de probar”(1).

Les ocurre a todos los “historiadores” burgueses: están convencidos de algo pero no tienen pruebas de nada. Buscan pero no encuentran, aunque para ellos eso no es motivo suficiente para mantener la boca cerrada.

La pregunta que hay que hacerles a esos “historiadores” es la siguiente: si no hay pruebas de nada, ¿de donde surge su convencimiento?

Todo se aclara si tenemos en cuenta que, en realidad, sí hay pruebas, aunque los “archivos rusos” las han borrado, lo cual es normal en una dictadura como la soviética en donde todo se manipulaba para ocultar la verdad.

También hay que prestar atención al detalle de que “los rusos” no sólo alteraban la realidad de los acontecimientos para engañar a sus conciudadanos, sino que eliminaban, además, los documentos de los archivos, es decir, ese tipo de papeles que no se pueden leer inmediatamente pero se descubrirán en el futuro.

Pongámonos en situación. Imaginemos que los faraones egipcios (que también eran unos dictadores) hubieran hecho lo mismo con los jeroglíficos de las pirámides para ocultar su vida privada. La tarea de los historiadores resultaría casi imposible.

Lo mismo que los faraones, “los rusos” siempre han tenido la pretensión de engañar a las generaciones futuras, de manera que aunque se abran los archivos a la vista pública, no servirá de nada. Fueron tan previsores que todo lo borraron, lo corrigieron y lo alteraron, incluso los documentos en los que debe constar que Lenin se gastaba el tiempo y el dinero en recorrer los burdeles de París.

Los historiadores de la URSS no pueden fiarse de los archivos y documentos, como en cualquier otro trabajo historiográfico. Deben apoyarse en su olfato, como si fueran perros.

Hay otro aspecto escabroso de la vida privada de Lenin que los archivos de la URSS ocultan: que tenía una “doble vida” con la militante bolchevique Inés Armand, su amante.

Tampoco de eso hay ninguna prueba, pero si alguien se toma la molestia de hacer una búsqueda en internet encontrará las páginas llenas de este idilio romántico, otro “secreto de Estado” en la URSS y otra página borrada de la biografía de Lenin, dice la Wikipedia.

En este caso la desgracia no es tanto para Lenin como para Armand, que sólo es conocida por este episodio, no por su lucha revolucionaria. También aquí la burguesía tiene sus folletines universitarios, como el de Michael Pearson, titulado “Lenin’s Mistress” (La amante de Lenin). Armand es una revolucionaria sin individualidad, sin vida propia.

La trotskista Bárbara Funes empieza así un artículo sobre ella: “Injustamente, Inessa Armand es más conocida por los historiadores como amante de Lenin que como dirigente bolchevique. Lo cierto es que también fue amiga y camarada de Nadhezda Krupskaia, la compañera de Lenin y, lejos de las intrigas pasionales que algunos chismosos de la historia hubieran preferido, ésta –conociendo el amor que había nacido entre su compañero y su amiga– les ofreció hacerse a un lado. Sin embargo, el respeto y el cariño que tanto Inessa como Lenin le profesaban hicieron que resignaran una posible relación amorosa y mantuvieran, hasta la temprana muerte de Inessa, una intensa colaboración política revolucionaria” (2).

Funes incurre en el mismo vicio que denuncia: el chismorreo. No le importa que, como en todo lo demás que concierne a la historia de la URSS, no haya pruebas de nada de lo que dice. No son otra cosa que cotilleos de la burguesía feminista, que recorren luego las páginas de los basureros que los avalan, como Rebelión en este caso.

Tanto Rappaport como Funes comparten la misma ideología, que no es otra que la burguesa, porque es de ahí, de esa clase social, de donde procede la opresión de la mujer, no del hombre. Al mismo tiempo que alardea de “feminismo” y lamenta la invisibilidad de la mujer, es la burguesía la que reduce su papel al de esposa de alguien, amante de alguien, o hija de alguien.

(1) www.bookdepository/interview/with/author/helen-rappaport, esta página ha sido borrada de internet, a pesar de que no es soviética ni rusa.
(2) http://www.rebelion.org/noticia.php?id=49611

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Memoria Histórica

Stalin, un mito moderno

Ahora mismo en Francia se ha vuelto a desatar el interminable debate sobre Stalin, la URSS y las purgas en el que se pone de manifiesto de nuevo esa confluencia entre los revisionistas y los trotskistas en contra de la historia y, por consiguiente, de la ciencia.

Al trotskista Jean Jacques Marie se le ocurrió volver a traducir del ruso el Informe de Jruschov al XX Congreso con tan mala fortuna que Grover Furr se le adelantó con su obra “Jruschov miente”. A estas alturas no creo que nadie se sorprenda de que los revisionistas y los trotskistas están en plena sintonía hoy lo mismo que hace 60 años y que su anillo de compromiso sean la mentira, el fraude y la falsificación.

No es un fenómeno nada extraño. En la historia la mentira siempre ha jugado un papel importante y lo que le diferencia de la verdad, que necesita aferrarse a los hechos, es que adquiere vida propia. El tiempo convierte a la mentira en un fantasma o en un mito, en teatro, canciones, lienzos o cine. A veces las leyendas son de color blanco, pero las más morbosas son siempre las negras, ese tipo de relatos turbios en los que el poder se mezcla con su pizca de locura o perversión.

El propio Marie pone de manifiesto que se trata de otra leyenda negra cuando, de un modo retórico, equipara a Stalin con el emperador romano Calígula, estandarte de la maldad, el delirio y el despotismo que acechan a esos grandes personajes que salpican la historia en los momentos cruciales.

Basta hacer una prueba típica: introduce en un buscador la palabra mágica “calígula” y verás todos los brutales crímenes de aquel emperador romano que, como no podía ser de otra forma, el idealismo histórico atribuye a problemas síquicos que tienen relación con excesos enfermizos de todo tipo, personales y políticos. “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”, dice la burguesía, seguramente por experiencia propia. No quiere que los demás nos corrompamos como ella.

Si en lugar de “calígula” buscas con la palabra “stalin” no notarás ninguna diferencia, salvo que hay 2.000 años de diferencia. Pero si los “historiadores” nos engañan con acontecimientos ocurridos -o inventados- hace 2.000 años, ¿qué no harán con acontecimientos mucho más recientes?

A diferencia del proletariado, la burguesía necesita mitos, leyendas y fábulas creados en función de sus propias necesidades ideológicas. En el caso de Stalin cuenta con auxiliares que le resultan inestimables porque se trata de renegados, es decir, cuñas de la propia madera, resentidos que dan a la historia un tono testifical: “nosotros estuvimos allí y lo vimos con nuestros propios ojos”, vienen a decir revisionistas y trotskistas.

Jruschov es el prototipo de testigo fiable en cualquier juicio, porque se trata de eso, de un juicio, en el que alguien se sienta en el banquillo a la espera de ser llevado al cadalso. No se trata de historia, en absoluto.

El proletariado no necesita mitos; necesita saber la verdad y, además, explicar los motivos por los cuales su enemigo de clase vive de mitos, los mima y los reproduce insaciablemente, una y otra vez.

La burguesía necesita crear mitos, leyendas blancas y negras, como la de Stalin, lo mismo que el Imperio Romano necesitó crear el mito de Calígula: para dominar, es decir, porque su dominación debe llegar hasta lo más recóndito de las conciencias.

El mito de Calígula se apoya en la obra “Vida de los doce césares” del historiador romano Suetonio. La escribió tras la muerte del emperador, que fue asesinado y condenado después de muerto a la “damnatio memoriae”. A la historia se le dio una vuelta de 180 grados: la infamia no recayó sobre el asesino sino sobre su víctima.

La muerte del emperador no fue suficiente; había que difamar también su memoria para siempre. La biografía de Suetonio no es histórica sino jurídica, repito, un instrumento de poder que se extiende más allá de la vida de las personas. El historiador escribe al dictado; cumple con lo que le obligan los jueces.

Suetonio narra un enfrentamiento entre el emperador y la aristocracia, representada por el Senado. Es la lucha de clases de hace 2.000 años. Atrapado en medio de un reparto del poder político entre unos y otros, el historiador ni es objetivo, ni lo pretende. Ni siquiera trata de restablecer los hechos en su integridad. Simplemente toma partido contra la autocracia y a favor de la aristocracia. Por eso miente, difama, insulta y desprecia a un personaje histórico.

Ya lo denunció otro historiador, Tácito, en sus Anales, pero la verdad nunca ha importado a nadie porque las clases dominantes y los “historiadores” a su servicio siguen necesitando mitos, como Calígula, Robespierre, Stalin o Bashar Al-Assad. Son comodines que representan el Eje del Mal, un tipo de mitos ante los cuales cualquier otra maldad parece menos mala; el mal menor. No hay tertuliano mediocre que ante un apuro no suelte aquello de que “tenemos la menos mala de las formas de gobierno posibles”. ¿No te gusta este Estado? ¡Ten cuidado! Hay otros que son peores aún.

El cine es el gran escaparate para los mitos de cualquier clase, incluidos los romanos. En 1979 el director italiano Tinto Brass dirigió la película “Calígula” con un fantástico Malcom McDowell en el papel del emperador. Han transcurrido 2.000 años y es como si nada hubiera cambiado desde entonces. Como no conoce la historia, la burguesía cree que va a dominar otros 2.000 años más alimentando a los viejos mitos, como el de Calígula, y creando otros nuevos, como el de Stalin.

El papel de la clase obrera es el contrario. Por eso Lenin decía que la verdad es revolucionaria siempre.