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Memoria Histórica

La Reina Nanny (Negros, esclavos y rebeldes)

La parte más escondida de la historia de la esclavitud es la historia de las revueltas de esclavos. En los 300 años en los que los negros padecieron esclavitud protagonizaron 250 levantamientos, sin contar las fugas, los incendios, sabotajes, envenenamientos y otras formas de resistencia, entre las que hay que destacar los cursos clandestinos de lectura y escritura.

En 1598 los africanos crearon sobre el territorio actual de Brasil una república de Palmares sobre un territorio mayor que el de Bélgica. Los africanos tuvieron que defenderse de los ataques portugueses y holandeses hasta el siglo XVIII.

Desde 1642 existía en Florida, sometida entonces a la Corona española, una comunidad cimarrona (“maroon”) compuesta por negros fugados a la que un siglo después se unieron los indios seminolas que huían de las matanzas y el saqueo de las tierras de los colonos blancos. En 1816 la comunidad trató de convertirse en el Estado seminola afro-indio y lograron resistir la expansión de los colonos hasta 1842.

Como consecuencia de la resistencia en los asentamientos cimarrones, Jaimaica nunca pudo ser totalmente colonizada por los británicos. Una de las dirigentes de la lucha fue la Reina Nanny, más que una heroína, un personaje legendario y un símbolo nacional jamaicano. La mayor parte de lo que se conoce sobre su biografía procede de fuentes orales, transmitidas durante 300 años a través de generaciones.

Nanny nació en la tribu de los Ashanti, en el actual territorio de Ghana en 1686. Cuando era una niña los negreros la trasladaron a Jamaica y fue vendida como esclava en Saint Thomas Parish, una región próxima a Port Royal donde los esclavos trabajaban las plantaciones de caña de azúcar.

Sus hermanos Accompong, Cudjoe, Johnny y Quao pertenecían al mismo amo y se fugaron al mismo tiempo de la plantación. Nanny y Quao crearon una comunidad cimarrona en Portland Parish donde Nanny conoció a su marido, Adu.

Hacia 1720, Nanny y Quao llegaron a controlar la región de Blue Mountains, a la llamaron Nanny Town, un territorio de 2,4 kilómetros cuadrados que fueron ocupando los cimarrones que Nanny logró liberar de la esclavitud.

La comunidad cimarrona vivía de la agricultura, la ganadería y el trueque de alimentos por vestidos y armas. La zona, situada sobre un collado de 300 metros de altitud y junto aun precipicio, era estratégica y fácil de defender. Los centinelas avistaban la presencia de los negreros a distancia soplando un cuerno que cumplía las funciones de alarma. Hoy el soplo del cuerno, llamado “abeng”, es en Jamaica un símbolo de libertad en todas las fiestas.

Nanny fue una audaz estratega y dirigente militar de los cimarrones, precursora de la moderna guerra de guerrillas y de las emboscadas en la que los mercenarios de los esclavistas eran implacablemente aniquilados. En Jamaica se la conoce como la Reina Nanny.

Pero entre 1728 y 1734 la comunidad cimarrona fue atacada sistemáticamente por los negreros y las fuerzas británicas. En uno de esos combates cayó Nanny en 1733. El Diario de la Asamblea de Jamaica de 29 de marzo de aquel año mencionaba a un esclavo negro que combatió en la guerra contra los cimarrones, el Capitán Sambo, también conocido como William Cuffee, como modelo de esclavo leal: “Este buen negro ha matado a Nanny, la mujer rebelde”, dice la mención.

Tras la derrota, algunos cimarrones se suicidaron lanzándose por el acantilado. Otros fueron capturados vivos. Pero unos 300 pudieron huir y unirse a otra comunidades clandestinas, donde continuaron la lucha. El capitán Kojo (Cudjoe) se convirtió en el jefe militar de los clandestinos que, periódicamente, hacían incursiones por las plantaciones liberando a los esclavos, quemando los campos y ejecutando a los terratenientes, muchos de los cuales tuvieron que regresar a Inglaterra.

Lo mismo que Nanny, Kojo había sido capturado en la actual Ghana por negreros españoles, que le llevaron a Jamaica, donde nadie pudo nunca someterle. El gobernador Edward Trelawney tuvo que firmar un tratado de paz con él en 1793. Los negros se quedaron con sus tierras y crearon su propio gobierno. Desde entonces el 6 de enero los jamaicanos celebran una fiesta de homenaje a Kojo.

Los blancos nunca regalaron nada. Hasta 1833, después de grandes levantamientos de esclavos, no se abolió la esclavitud en Jamaica.

Haití fue el primer país en sacudirse la dominación colonial. De 1791 a 1804 Toussaint L’Ouverture dirigió una revuelta contra el colonialismo francés en la isla de Santo Domingo con Christophe y Dessalines. Su objetivo fue crear un Estado negro que fuera reconocido por los países del mundo. Toussaint L’Ouverture está considerado como el fundador del nacionalismo negro. Fue quien superó el aislacionismo característico de los negros cimarrones que trataron de refugiarse en quilombos o comunidades aisladas.

El movimiento fue aplastado en 1844 con la llegada de los españoles, que dividieron la isla en dos: Haití sometida los franceses y la República Dominicana a España y luego a Estados Unidos.

El movimiento de liberación se fue desarrollando en todo el mundo, incluso en Estados Unidos. El 7 de octubre de 1800 unos 1.000 africanos armados dirigidos por el general Gabriel Prosser marcharon hacia Richmond, en Virginia. Se convirtió en una fecha simbólica para el movimiento de los afro-americanos en Estados Unidos.

Los blancos respondieron de la manera acostumbrada, con la represión y la organización de milicias paralelas. Prohibieron a los negros salir entre las 6 horas de la tarde y las 6 de la madrugada. A su vez la represión condujo a que el movimiento negro adoptara la violencia como forma de respuesta. Los esclavos empezaron a apoderarse de las armas de fuego y aprender su manejo.

En 1831, durante una segunda oleada abolicionista, David Walker, un esclavo liberto, plantea una propuesta de la Sociedad Americana de Colonización, que quería devolver a los negros a un nuevo Estado, Liberia, que se crearía en el noroeste de África. El Estado estaría compuesto por negros que tendrían su propio gobierno negro. Es una “alternativa” que, sobre todo, mucho blancos no ven con malos ojos. En el fondo no es otra cosa que segregacionismo y dejar a Estados Unidos sólo con los blancos.

Jamaicano soplando el “abeng”
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Memoria Histórica

El terrorismo racista en Estados Unidos es tan antiguo como el país

Mi abuela contaba de los hombres del Klan que andaban a caballo por la noche en Luisiana. Ella los había visto con sus ropas blancas que brillaban en la oscuridad como también había visto a personas negras que se escondían en los pantanos para escapar de ellos. Antes de que ella llegara a este mundo, durante la Reconstrucción, los miembros del Ku Klux Klan creían que podían asustar a una población negra supersticiosa y con una libertad recién conquistada. Llevaban trajes terroríficos pero no se escondían exactamente –muchos antiguos dueños de esclavos y algunos vecinos podían ser reconocidos debajo de las sábanas blancas. Ellos eran los exorcistas enmascarados, una manera de mantener el control usando el terror. Además de matar y golpear a los negros, a menudo afirmaban ser los fantasmas de los soldados confederados muertos.

Se podría argumentar, por supuesto, que no hay fantasmas de la Confederación, porque la Confederación aún no ha muerto. Las estrellas y las barras viven, orgullosamente estampadas, en las camisetas y las placas de los carros; el símbolo por excelencia de la esclavitud, la bandera, aún vuela sobre el Capitolio de Carolina del Sur. El asesinato no ha parado tampoco, y como botón de muestra ahí está la muerte de nueve personas de raza negra en una iglesia en Charleston esta semana. El sospechoso, que es de raza blanca y que el viernes fue acusado de nueve cargos de asesinato, le dijo al grupo de estudio bíblico al que después masacró: “Tengo que hacerlo… Ustedes violan a nuestras mujeres y están tomando nuestro país y se tienen que ir”.

Los medios de comunicación han sido reacios a clasificar el tiroteo de Charleston como terrorismo, a pesar de lo inquietante que es el eco de la historia del terrorismo en nuestro país. El terrorismo estadounidense se originó con el fin de restringir el movimiento y la libertad de los recién liberados estadounidenses negros quienes, por primera vez, comenzaron a ganar un poco de poder político. El Acta del Ku Klux Klan fue una de las primeras piezas que tuvo en cuenta la legislación antiterrorista de Estados Unidos. Cuando se promulgó la ley federal en 1871, nueve condados de Carolina del Sur se colocaron bajo la ley marcial, y decenas de personas fueron arrestadas. Los temores del pistolero Charleston –hombres negros que violan a mujeres blancas, negros que toman el país– son los mismos temores que sentían los miembros del Klan, que utilizaron la violencia y la intimidación para controlar a las comunidades de negros libertos.

Incluso con estos paralelismos, todavía escuchamos interminables especulaciones sobre los motivos del atacante de Charleston. La gobernadora Nikki Haley de Carolina del Sur difundió un mensaje de Facebook en el que decía que “aunque todavía no conocemos todos los detalles, sí sabemos que nunca vamos a entender lo que motiva a alguien a entrar en uno de nuestros lugares de culto y quitarle la vida a otra persona”.

A pesar de los informes de que el asesino declaró su odio racial antes de disparar a los miembros del grupo de oración, sus motivos son inescrutables. Incluso después de que se difundieran fotos en las que el sospechoso llevaba una chaqueta adornada con las banderas de Rhodesia y de Sudáfrica durante la era del apartheid o que estuviera junto a un automóvil con las placas de la bandera confederada -una prueba tangible de su alineación con la ideología violenta, segregacionista- sus acciones se mantuvieron supuestamente indescifrables. Un tweet del Seattle Times (ahora suprimido) preguntaba si en el pistolero se “concentra el mal o es un dulce niño”, The Wall Street Journal lo calificó “solitario” y el alcalde de Charleston lo llamó “sinvergüenza”, sin embargo, las designaciones aparentemente obvias –asesino, terrorista, criminal, racista– no aparecen en ninguna parte.

Este es el privilegio de la tez blanca en Estados Unidos: si un terrorista es blanco, sus actos de violencia nunca serán relacionados con su color de piel. Un terrorista blanco tiene motivos únicos y complejos; está más allá de toda comprensión. Puede ser un solitario perturbado o un monstruo. Es un enfermo mental o el mal personificado. El terrorista blanco existe únicamente como una díada de extremos: o es humanizado hasta el punto de despertar simpatía o es casi tan monstruoso como un ser mitológico. De cualquier manera, nunca es indicativo de un problema global que tiene que ver con el color de piel, ni está relacionado con una sociedad racista. Él solo se representa a sí mismo. Un terrorista blanco será definido de cualquier modo que permita calificarlo como una anomalía, sin conexión con la larga historia del terrorismo racista de Estados Unidos.

Siempre me llamó la atención esta reticencia no sólo para nombrar al terrorismo cometido por los blancos estadounidenses, sino al propio adjetivo “blanco” en los actos de violencia racial. En un artículo reciente del New York Times sobre la historia de los linchamientos, las víctimas son descritas repetidamente como negros. Ni una sola vez, sin embargo, los protagonistas de los actos violentos han sido descritos como lo que son: blancos. En cambio, las turbas blancas dedicadas al linchamiento son simplemente descritas como “un grupo de hombres” o “una turba”. En un artículo sobre la violencia racial, esta supresión es absurda. El color de las víctimas es relevante, sin embargo, la raza de los asesinos no lo es.

Si estamos dispuestos a admitir el color de la piel de los negros que fueron linchados, ¿por qué no estamos dispuestos a admitir que la raza es la razón de por qué fueron linchados? En el discurso tras la matanza de Charleston, el presidente Obama mencionó el color blanco sólo una vez –en una cita del reverendo Martin Luther King Jr. que intenta fomentar la armonía interracial. Obama reconoció ambiguamente que “esta no es la primera vez que las iglesias negras han sido atacadas”, pero omitió especificar las causas de los ataques a dichas iglesias. Usa un tiempo verbal pasivo que es el eco de la misma extraña vaguedad, la renuencia a nombrar incluso al terrorismo de los blancos, como si las iglesias negras hubieran sido atacadas por una fuerza sin cuerpo; y no por gente real motivada por una ideología racista cuyas raíces se extienden más allá de la fundación del país.

Entiendo que resulte cómodo guardar silencio. Si no se habla de la violencia blanca, si no se la reconoce, si se considera que los terroristas blancos son santos o demonios, no tenemos que lidiar con la realidad mucho más complicada de la violencia racial. En la actualidad, el terror por razones raciales ya no se presenta con capuchas y batas blancas. Usted puede ser alguien de 21 años de edad, que tiene muchos amigos negros en Facebook y cuenta chistes racistas inofensivos y cometer un acto atroz de violencia racial. No podemos separarnos de los monstruos porque los monstruos no existen. Los monstruos han sido siempre seres humanos.

En la imaginación contemporánea de Estados Unidos, el terrorismo es extranjero y tiene la piel oscura. Los terroristas no tienen motivaciones complejas. No nos exhortamos, unos a otros, a no emitir ningún juicio hasta conocer su historia en Facebook o escuchar las entrevistas a sus amigos. No se invita a psicólogos para analizar el estado mental de esas personas. Sabemos de inmediato por qué matan. En cambio, un terrorista blanco es un enigma. Un terrorista blanco no tiene historia, ni contexto, ni origen. Sigue siendo por siempre una incógnita. De su existencia no se habla. Lo vemos pero fingimos no verlo. Es un fantasma que flota en la noche.

Brit Bennett http://www.telesurtv.net/opinion/El-terrorismo-racista-en-EE.UU.-es-tan-antiguo-como-el-pais-20150625-0056.html

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La masacre de Rosewood

En los años veinte del siglo pasado, Rosewood era una pequeña localidad en las ciénagas del noroeste de Florida con una población de 150 habitantes, siendo todos ellos negros, excepto una familia blanca.

El nombre de Rosewood procede de los cedros del pantano. Los negros trabajaban como leñadores o en el aserradero y muchas de las negras limpiaban las casas de los blancos en un pueblo cercano.

Los trabajadores eran propietarios de sus tierras, lo que les proporcionaba una posición social relativamente independiente que los blancos de los alrededores no podían admitir, por más que la esclavitud hubiera sido abolida 50 años antes.

En 1922 el Ku Klux Klan convocó una manifestación en un pueblo cercano y poco después, en otro mataron al maestro de una escuela blanca.

El día de Año Nuevo de 1923 una joven blanca de un pueblo cercano, Fanny Taylor, acusó falsamente a un negro de forzar la entrada de su casa, violarla y golpearla. Si ya era muy grave que un negro levantara la mano contra un blanco, si además era mujer y con una acusación sexual de por medio el caso tomaba un sesgo dramático.

Una hora después se organizó el linchamiento. Unos 1.500 blancos de los pueblos cercanos se trasladaron a Rosewood para aterrorizar a los negros. Decían buscar a Jesse Hunter, un fugitivo de un grupo local de presos encadenados, pero en realidad desencadenaron su furia contra todos los hombres, las mujeres y los niños de Rosewood.

La orgía de linchamientos se prolongó durante una semana. Los negros fueron violados, mutilados y torturados. Se produjeron tiroteos e incendios y sólo dos edificios quedaron en pie. Los negros tuvieron que huir. Muchos se escondieron en los pantanos próximos. El pueblo de Rosewood desapareció para siempre de la faz de la Tierra. Los blancos se apoderaron de las tieras que habían sido propiedad de los negros.

En 1993 se creó una fundación para investigar y recordar la matanza. Hasta el año siguiente el Congreso de Florida no reconoció el crimen e indemnizó a los 9 supervivientes y a los descendientes con 150.000 dólares.

Tres años después el director de cine John Singleton rodó la película “Rosewood” que rememora el linchamiento, aunque pasó desapercibida por los circuitos comerciales.

Fundación Rosewood: http://www.rosewoodflorida.com/history
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Memoria Histórica

En la antesala de la Guerra Fría

Apasionante el artículo que publica Yuri Rubtsov, profesor de la Universidad Militar del Ministerio ruso de Defensa (*). Los documentos secretos que pone encima de la mesa demuestran que los imperialistas aún no habían acabado una horrible guerra y ya estaban haciendo planes para la siguiente.

Cuenta Rubtsov que poco después de acabar la Segunda Guerra Mundial, en mayo de 1945 el mariscal Zhukov estaba en Berlín tratando de cumplir con uno de los acuerdos aprobados por los aliados en las reuniones que celebraron en plena guerra: desarmar y disolver a las unidades militares alemanas y enviarlas a los campos de prisioneros.

Incumpliendo dichos acuerdos, Gran Bretaña estaba haciendo todo lo contrario: estaban preservando la capacidad de combate de las unidades militares del III Reich. La inteligencia militar soviética había captado un telegrama secreto enviado por Churchill al mariscal Montgomery, comandante de las fuerzas británicas, en el que le encomendaba recoger el armamento alemán y conservarlo preparado para devolvérselo a los nazis en el caso de que continuara la ofensiva soviética en Europa.

Por dicho motivo, en el Consejo Aliado de Control, compuesto por Estados Unidos, Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia, Zhukov protestó contra las actividades británicas. Dijo que la historia del mundo conocía pocos ejemplos de una traición de esas dimensiones y que Gran Bretaña se negaba a respetar los compromisos contraídos con el resto de naciones que, además, eran sus aliadas. Por su parte, Montgomery negó las acusaciones, aunque algunos años más tarde admitió que eran ciertas y que había recibido instrucciones en tal sentido y las había ejecutado.

Desde 1917 Churchill estaba obsesionado por la revolución socialista, a la que consideraba como un peligro mortal para el “mundo libre” y quiso abrir un frente en el este para contener la ofensiva soviética contra el nazismo en la Segunda Guerra Mundial. Consideraba la caída de la Alemania nazi como una amenaza y pretendió que fueran las tropas británicas las que tomaran Berlín y que fueran los estadounidenses los que liberaran Checoslovaquia y Praga, mientras que Austria quedaría controlada por todos los aliados en pie de igualdad.

En abril de 1945 Churchill encargó al Estado Mayor de su ejército la Operación Impensable, nombre en clave de un conflicto de las potencias occidentales con la Unión Soviética cuyo objetivo era “imponer a Rusia la voluntad de Estados Unidos y del Imperio Británico”. El 1 de julio de 1945 era fecha prevista para la invasión de la Europa ocupada por el ejército soviético. Por lo tanto, cuenta Rubtsov, ya en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, Churchill se preparaba para atacar a la Unión Soviética por la espalda.

La Operación Impensable pretendía desencadenar una guerra total para ocupar aquellas regiones de la Unión Soviética que hubieran tenido una importancia crucial en su esfuerzo bélico, a fin de dar un golpe decisivo a las fuerzas armadas soviéticas, haciendo imposible que la Unión Soviética pudiera continuar los combates.

El plan también tenía en cuenta la posibilidad de que el ejército soviético iniciara una retirada estratégica al interior de su territorio, siguiendo tácticas militares que ya habían utilizado en las guerras precedentes.

Dichos planes fueron estimados irrealizables por el Estado Mayor británico, dada la superioridad numérica de las fuerzas terrestres soviéticas, en una proporción de uno a tres en Europa y en Oriente Medio, a donde también alcanzaría la agresión contra la Unión Soviética. Por dicho motivo, Gran Bretaña necesitaba contar con las unidades del III Reich recién derrotadas.

El gabinete de guerra declaraba: “El ejército ruso ha desarrollado un alto mando capaz y experimentado. El ejército es extremadamente robusto, vive y se desplaza con medio de supervivencia más ligeros que todos los ejército occidentales y emplea tácticas audaces fundadas en gran parte en el desprecio de las pérdidas para la realización de su objetivo. El equipo ha mejorado rápidamente durante la guerra y ahora es bueno. Sabemos lo suficiente sobre su desarrollo como para asegurar que no es, ciertamente, inferior al de las grandes potencias. La facilidad que los rusos han demostrado en el desarrollo y la mejora de las armas y los equipos existentes y en su producción en masa, ha sido chocante. Ha habido casos conocidos en los que los alemanes han copiado las funciones básicas del armamento ruso”.

Los planificadores británicos llegaron a una conclusión pesimista. Efectivamente, el informe declara: “Si nosotros nos lazamos a la guerra contra Rusia, debemos estar preparados a comprometernos en una guerra total, que sería a la vez larga y costosa”. La superioridad numérica de las fuerzas terrestres soviéticas dejaba poco margen para el éxito. La evaluación, firmada el 9 de junio de 1945 por el jefe de Estado Mayor del ejército, concluye: “Está más allá de nuestro alcance lograr un éxito rápido pero limitado y nos veremos comprometidos en una guerra prolongada con posibilidades muy aleatorias. Por otra parte, esas probabilidades se convertirían en fantasías si los americanos se abandonan y se comportan de manera indiferente, atraídos por la guerra en el Pacífico”.

El 8 de junio el Primer Ministro recibió una copia del informe. Como era sagaz, Churchill no podía hacer gran cosa, dada la superioridad del ejército soviético. Incluso con una bomba nuclear en la despensa del ejército estadounidense, Harry Truman, el nuevo Presidente americano, tuvo que tenerlo en cuenta.

En un encuentro con el ministro soviético de Asuntos Exteriores, Molotov, Truman cogió el toro por los cuernos. Lanzó una amenaza apenas disimulada de empleo de las sanciones económicas contra la Unión Soviética. El 8 de mayo, sin previo aviso, el Presidente estadounidense ordenó reducir considerablemente los suministros, hasta el punto de que los buques americanos que navegaban con rumbo a la Unión Soviética regresaron a sus puertos. Poco tiempo después, anuló la orden de reducir los suministros. De lo contrario, la Unión Soviética no hubiera emprendido la guerra contra Japón, algo que Estados Unidos necesitaba imperiosamente. Pero la relación bilateral quedó comprometida. El memorándum firmado por el secretario de Estado Joseph Grew el 19 de mayo de 1945 declaraba que la guerra contra la Unión Soviética era inevitable. Llamaba a tomar una posición más firme en las relaciones con Moscú. Según él, era conveniente empezar la lucha antes de que la URSS pudiera reponerse de la guerra y restaurar su inmenso ejército, su potencial económico y territorial.

Los militares estaban impulsados por los políticos. En agosto de 1945, con la guerra contra Japón en plena ebullición, sometieron al general L.Groves, que estaba al frente del programa nuclear estadounidense, un plan de objetivos estratégicos en la URSS y en Manchuria. El plan contenía un listado de las 15 ciudades más grandes de la Unión Soviética: Moscú, Bakú, Novosibirsk, Gorki, Sverdlovsk, Cheliabinsk, Omsk, Kuibyshev, Kazan, Saratov, Molotov (Perm), Magnitogorsk, Grozny, Stalinsk (actual Donetsk) y Nijny Tagil.

Los objetivos militares se describían en términos de geografía, potencial industrial y prioridades de ataque. Washington abría un nuevo frente, esta vez contra su aliado. Lo mismo que Londres, olvidó inmediatamente que habían combatido codo a codo con la Unión Soviética durante la Segunda Guerra Mundial, así como los compromisos adquiridos en las Conferencias de Yalta, Postdam y San Francisco.

(*) Yuri Rubtsov, Operation Unthinkable – Allies Were Bearing Secret Malice, http://www.strategic-culture.org/news/2015/05/25/operation-unthinkable-allies-were-bearing-secret-malice.html

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Nuevas revelaciones sobre el asesinato del dirigente comunista belga Julien Lahaut

El secretario general del Partido Comunista de Bélgica, Julian Lahaut, fue asesinado en la puerta de su casa el 18 de agosto de 1950, en plena guerra fría. El crimen quedó impune. Nadie se preocupó jamás de investigar, ni de detener, ni de juzgar a los autores. A lo poco que el sumario judicial había indagado, le prendieron fuego. Entonces aquello no importaba nada porque el muerto era un conocido dirigente comunista, que entonces era tan insultante como decir hoy que era yihadista. Hay determinadas etiquetas de los medios de comunicación que son como una condena a muerte.

Afortunadamente la memoria histórica sigue viva y, aunque ya no pueda convertirse en denuncia política, por el paso del tiempo, sigue teniendo vigencia, por encima de las ocultaciones y las mentiras. En 1985 Rudi Van Doorslaer y Etienne Verhoeven escribieron el primer libro sobre el asesinato, apuntando a las cloacas del Estado modernos, que son siempre las mismas: OTAN, espías, capitalistas…

En 2008 el Senado encargó al Ceges (Centro Estudios Guerra y Sociedades Contemporáneas) una investigación que llevaron a cabo Emmanuel Gérard, Widukind de Ridder y Françoise Muller, quienes presentaron el martes sus conclusiones, en las que sitúan el crimen en las coordenadas de la Guerra Fría, es decir, la OTAN, Gladio, policías paralelas, redes anticomunistas y financieros agradecidos.

No ha sido una sorpresa para nadie que entre los asesinos aparezca cada vez con más insistencia el nombre de André Moyen, el subdirector del contraespionaje militar belga, un viejo pistolero de los años más oscuros de la Guerra Fría, que es tanto como decir un mercenario de la OTAN. Su carrera de asesino empezó en la Alemania nazi y terminó en los turbios manejos con los que Bélgica llevó a cabo la descolonización de sus posesiones en África y Asia.

Pero los mercenarios como Moyen son el último eslabón. Junto a ellos están siempre los cajeros, en este caso la patronal belga en pleno: la Société Générale, Brufina y la Unión Minera. Los asesinatos políticos, como el de Lahaut, no son jamás obra de unos u otros, y menos de unos pistoleros. Ni siquiera es suficiente afirmar que son crímenes “de Estado” si junto al Estado no se ponen a los grandes capitalistas y financieros.

En el amplio elenco de complicidades están, además, los partidos políticos. El crimen jamás se hubiera podido mantener oculto durante medio siglo sin la participación de todos los partidos políticos burgueses de la época y en particular de la social-democracia, que en aquel momento encabezaba el Ministerio del Interior.

Pero hablar de silencio es muy poco. No es que los representantes políticos no hablaran del asunto sino todo lo contrario: hablaron para justificarlo. A fin de cuentas, se decía en aquella época, Lahaut no era un patriota, no servía a Bélgica sino a intereses extranjeros: a Moscú. Su asesinato fue un alivio tan grande para la burguesía que al gobierno no le bastó con la sangre derramada sino que, además, emprendió una feroz campaña anticomunista. El Partido Comunista fue expulsado del Consejo de Estado y se desencadenó una caza de brujas, como en Estados Unidos y en Alemania, para depurar a fondo todas las instituciones públicas.

Naturalmente que en aquella época la etiqueta de “comunista” se la ponían como luego pusieron la de “terrorista” o la de “yihadista”. Se empleó para que en el aparato de Estado no quedara ni la más mínima sombra de progresismo. El Estado monopolista quedó reservado para la reacción pura y dura. De aquellos viejos polvos llegan ahora a Europa los nuevos lodos neonazis, xenófobos y racistas.

Desde 1950 no ha faltado ni un solo verano en el que los antifascistas belgas no se reúnan ante la puerta de la vivienda de Julien Lahaut, recordando su memoria y que en todo el mundo lo que sostiene a la burguesía en el poder no es otra cosa que el terror, el asesinato y la represión.

Más información:
—Juan Manuel Olarieta, El hombre que llevaba el Sol en su bolsillo y repartía un poco a cada uno

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El agente naranja sigue matando vietnamitas 40 años después del fin de la guerra

El 30 de abril se cumplieron 40 años de la caída de Saigón, lo que supuso el fin de la guerra de Vietnam y la derrota de los EEUU. Pero continúan los efectos del Agente Naranja, uno de los herbicidas y defoliantes lanzados por EEUU.

El agente, fabricado por Monsanto y Dow Chemical, es la mezcla dos herbicidas hormonales con combustible de aviones. EEUU lanzó 76 millones de litros sobre Vietnam, el Este de Laos y zonas de Camboya. El objetivo del programa de guerra química, llamada Operación Ranch Hand, era defoliar la selva para dejar sin cobertura al Vietcong y destruir las tierras de cultivo para obligar a los campesinos a huir a las ciudades controladas por los EEUU, dejando a la guerrilla sin apoyos y sin suministro de alimentos. EEUU utilizó además otros agentes químicos, el Agente Blanco y el Agente Azul. El 42% de todas las fumigaciones fueron dirigidas a los cultivos de alimentos. El 12% de la superficie de Vietnam fue rociada con estos agentes, a una concentración 13 veces superior a la dosis recomendada. Fueron destruidas 10 millones de hectáreas de tierra agrícola.

Como resultado 400.000 personas murieron o resultaron mutiladas y han nacido ya 500.000 niños con malformaciones. La Cruz Roja cifra en 1 millón de personas los discapacitados o enfermos a causa de este agente tóxico.

EEUU hasta el presente no acepta ninguna responsabilidad y Monsanto declara que creó el Agente Naranja “para salvar vidas de norteamericanos”. En 1966 etiquetaban el producto con la leyenda “este defoliante no es tóxico para la vida humana o animal” aunque conocían sus devastadores efectos desde 1949. Miles de veteranos estadounidenses regresaron con secuelas y tuvieron hijos con malformaciones, pero los fabricantes atribuyeron el problema a causas psicológicas, el llamado Síndrome Vietnam.

Se estima en unos 500.000 casos la cifra de niños afectados por el Agente Naranja en Vietnam. Más de cuarenta millones de litros de Agente Naranja se irrigaron sobre los bosques del país asiático entre 1962 y 1970 desde aviones estadounidenses. Vietnam no ha recibido ninguna compensación económica por parte de EEUU.

Phuong, una niña de unos ocho años, delgadita como casi todas las vietnamitas, no deja de abrazar al periodista. Es alegre y parlanchina y parece sufrir un síndrome muy similar al de Down. Pero puede decirse sin temor a equivocarse que es la más afortunada de estas varias docenas de criaturas que son atendidas en un ala especial del hospital Tû Dû de Ho Chi Minh City, la antigua Saigón.

En este pabellón situado junto a la cantina del centro médico viven grupos de niños afectados gravemente por el terrible legado del Agente Naranja, el defoliante utilizado por Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam –que terminó ayer hace 40 años- para destruir la jungla y dejar a los guerrilleros Vietcong sin posibilidad de camuflaje.

Cuatro décadas después del fin del conflicto aún siguen naciendo criaturas con deformidades terribles. “No podemos estar seguro todavía del tiempo durante el que se extenderán sus efectos, pero muchos científicos ya lo estiman en tres generaciones”, dice la doctora Lanh.

En la misma habitación donde vive Phuong, hay varias cunas en las que vegetan críos que nunca podrán levantarse. Algunos tienen una cabeza hasta seis veces mayor de lo normal y aplanada, otros enormes ojos de pez… Un pobre adolescente muestra toda la piel de su cuerpo como si estuviera rayada y además padece un síndrome nervioso extremo que obliga a sus cuidadores a esposarlo a los barrotes de una cama para no autolesionarse. No cesa de llorar y gritar histérico.

Hay 120 niños y 60 veteranos de guerra en este centro. “No es fácil asegurar la cifra de niños afectados por el Agente Naranja en Vietnam, pero se estima en unos 500.000 los casos que podría haber en los hospitales de todo el país y en muchas aldeas donde sobreviven con sus familias”, declara la enfermera Kim Hoa.

El Agente Naranja, del que se irrigaron más de cuarenta millones de litros entre 1962 y 1970 desde aviones estadounidenses sobre los bosques de Vietnam era un poderoso herbicida compuesto por una mezcla de dos productos químicos: el 2,4,5-T y el 2,4-D. El primero de ellos provoca la aparición de minúsculas cantidades de dioxina conocida como TCDD, el veneno más tóxico de los elaborados por el hombre, que en tiempos de la guerra nadie se preocupó de depurar.

El defoliante destruía la foresta prácticamente en 24 horas, pero sus efectos iban a perpetuarse mucho más allá de que en esos terrenos no volviera a formarse una jungla. En los primeros años de la posguerra se dieron la aparición de un número inusual de tumores raros de cáncer en las zonas donde se había irrigado con el herbicida. Paralelamente se dispararon los casos de bebés nacidos con malformaciones muy graves: cabezas enormes, brazos que eran muñones terminados en dos o tres dedos, bocas sin paladar, ojos ciegos, síndromes nerviosos, parálisis, etcétera. Y también se multiplicaron los inusuales nacimientos de siameses. En muchos casos, los padres no habían padecido ni un dolor de cabeza, pero su ADN había sido dañado por la dioxina, un veneno del que basta un microgramo ingerido directamente para causar la muerte.

Al mismo tiempo, miles de veteranos estadounidenses, australianos o neozelandeses también empezaron a sufrir a dolencias idénticas a los de sus antiguos enemigos. Y también tuvieron una tasa disparatada de nacimientos de niños con minusvalías, efectos coincidentes con los que se se habían dado entre las víctimas del escape de dioxina en Seveso (Italia) en 1976.

Más de 230.000 veteranos de guerra reclamaron indemnizaciones a siete compañías químicas productoras del Agente Naranja –una ley norteamericana prohíbe querellarse contra el Gobierno por acciones de guerra- y Víctor Yanacone, el abogado principal del consorcio de firmas que representaba a los veteranos, expuso ante los jueces una realidad incuestionable: durante la guerra las compañías Dow Chemical y Monsanto produjeron grandes cantidades del herbicida sin preocuparse por eliminar la dioxina; la Fuerza Aérea estaba pidiendo cantidad y no calidad.

Los ejecutivos de las compañías rechazaron cualquier conexión de su producto con el problema, que atribuyeron a causas psicológicas, el llamado síndrome Vietnam -que afectaba a miles de jóvenes que volvían derrotados y rechazados por su propia sociedad-, hasta que el número de afectados fue tan alto que hizo absurdas sus alegaciones.

Los directivos de la Dow alegaron que las autoridades se negaron a aceptar los peligros que corrían con su empleo. “Pero nos prohibieron hasta que etiquetáramos el producto con señales de advertencia”, declaró un directivo de la compañía. Así, una hoja de instrucciones entregada en 1966 a las tripulaciones de los aviones encargados de fumigar la selva se afirmaba que “este defoliante no es tóxico para la vida humana o animal”.

Sin embargo, los efectos letales de la dioxina ya eran conocidas para la Administración estadounidense. Una explosión en la fábrica de herbicidas de la compañía Monsanto en 1949 en Virginia (EEUU) y un escape en 1964 durante su producción en una planta de la Dow Chemical habían mostrado las fatales consecuencias entre sus trabajadores.

En 1984 las siete compañías productoras del herbicida -Dow Chemical, Monsanto, Diamond, Uniroyal, TH, Hercules y Thompson- aceptaron en un tribunal de Nueva York la creación de un fondo de más de 162 millones de euros para cubrir los gastos médicos que requirieran las víctimas y sus hijos durante un período de 25 años.

Pero, aunque Vietnam también se ha querellado contra estas empresas químicas, sus alegaciones se han desestimado. Monsanto aduce en su página web que “crearon el Agente Naranja para salvar vidas de norteamericanos” y que es una cuestión “que corresponde debatir entre los gobiernos”.

Los vietnamitas no recibirán ni un dólar de compensación. Por su parte, el Gobierno de EEUU exige con presteza pagos por reparaciones de guerra cuando gana una contienda, pero no concede indemnizaciones si la pierde, como sucedió en Vietnam, de donde se retiró en 1973 con 58.000 de sus militares muertos y muchos más con graves secuelas.

Ni siquiera acepta pagos cuando ha cometido un error, o que se lo pregunten a las familias de los 290 pasajeros y tripulantes del avión comercial iraní abatido en 1988 por un misil de un buque estadounidense en el Golfo Pérsico, al confundirlo con un caza iraquí.

Además del Agente Naranja, EE UU fumigó las selvas de Vietnam con unos 30 millones de litros de otros defoliantes de efectos dañinos: el Agente Blanco y Agente Azul. Todo un arsenal de armas químicas que acompañaron al tristemente célebre napalm que dejó a miles de víctimas con gravísimas quemaduras en las aldeas de este hermoso país.

Al abandonar el hospital Tû Dû, que ya visité en 1995 con motivo del veinte aniversario del fin de la guerra, me despido de Nhung, un chico de unos catorce años cuyas piernas terminan abruptamente en las rodillas y su cabeza en pico. Me sonríe tristemente e intenta darme la mano con dificultad, porque tiene los dedos unidos por membranas.

En la calle, los vietnamitas se preparan para celebrar los festejos de los 40 años del fin de la guerra contra Vietnam del Sur, una república títere de EEUU. Y Minh Quân, un veterano del Vietcong, que regenta un puesto de frutas tropicales cerca del hospital, me recuerda orgulloso que su ejército ha vencido en todas las guerras a las que se ha enfrentado en el siglo XX: a Francia, EEUU y hasta a los chinos que invadieron brevemente el norte del país en represalia a la victoria vietnamita sobre la Camboya de Pol Pot.

Pero hoy, Vietnam pasa casi por primera vez en su historia por un largo período de paz. Aunque los causantes del “síndrome naranja” no ayuden a las víctimas, varias asociaciones de otros países sí lo están haciendo, y EEUU, al menos, ha comenzado recientemente a colaborar con la descontaminación de amplias zonas de terreno destruido por sus armas químicas.

Montserrat Mestre http://www.eldiario.es/internacional/Agente-Naranja_0_383212103.html

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Memoria Histórica

Ucrania para los (fascistas) ucranianos

Con motivo del 70 aniversario de la victoria del Ejército soviético en la Segunda Guerra Mundial el 9 de mayo de 1945, traemos esta foto de una pancarta colgada en los tiempos de la Ucrania “independiente” de Stepan Bandera, dirigente de la OUN (Organización de Nacionalistas Ucranianos) y de la UPA (su brazo armado).

La foto se tomó en 1941 en la iglesia de San Jura, en Lvov, la principal iglesia uniata ucraniana. Las consignas de la misma son: “¡Heil Hitler!, ¡Viva Bandera, ¡Viva el Estado independiente ucraniano!, ¡Viva nuestro Führer Stepan Bandera!”

Para preparar su ataque a la Unión Soviética, los nazis reclutaron a los miembros de la OUN de Bandera para actuar como policías enrolados en dos batallones represivos. Bandera quería una Ucrania “independiente” sometida el III Reich.

Cuando en junio de 1941 Alemania invadió la Unión Soviética, se apoderó de Lvov y los miembros de la OUN de Bandera publicaron una declaración de independencia en su nombre. Prometieron colaborar con los ocupantes, lo que cumplieron iniciando una redada que costó la vida a 4.000 judíos de Lvov sólo en los primeros días. En total en Ucrania murieron un millón y medio de judíos.

También asesinaron a miles de polacos que vivían en Ucrania para que abandonaran el país. Ucrania debía quedar reservada sólo para los ucranianos.

Pero los nazis querían Ucrania para sí. Detuvieron a Bandera y sólo lo liberaron en 1944 para que les ayudara a defenderse del avance soviético.

Tras la guerra, Bandera se instaló en Munich. La inteligencia británica le utilizó para infiltrar agentes en Ucrania y recopilar inteligencia para ayudar a la clandestinidad ucraniana contra los soviets. La CIA usó a algunos de los antiguos colaboradores de Bandera para la misma labor.

En 1959 Bandera ayudó al BND, espionaje alemán que dirigía el antiguo general nazi Reinhard Gehlen, a infiltrar espías dentro de la Unión Soviética. Gehlen había dirigido la inteligencia nazi en la Unión Soviética durante la guerra.

El KGB ejecutó a Bandera en Múnich en 1959.

Tras el desmantelamiento de la URSS, en 2010 el presidente ucraniano Viktor Yushchenko le nombró “Héroe de Ucrania” a título póstumo. Poco después el gobierno de Yanukóvich le retiró dicho nombramiento.

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Memoria Histórica

Stalin sobre la revolución china

Aunque son muchos los que suponen lo contrario, hay muy pocas intervenciones de Stalin en la Internacional Comunista, al menos que sean conocidas. Aún hay menos referencias suyas acerca del desarrollo de la revolución en China. La mayor parte de sus intervenciones -por no decir todas- son réplicas derivadas de la traición del Kuomintang en 1927 y las repercusiones internas que tuvo dentro del Partido bolchevique. No abundan, sin embargo, las opiniones directas de Stalin sobre la revolución china.

El discurso de 30 de noviembre de 1926 ante la comisión china de la Internacional es una excepción muy poco conocida, que merece la pena recordar. No es un artículo sino una opinión emitida en vivo que, posteriormente, se documentó en las actas. Tiene un carácter crítico, es decir, que Stalin se opone a los informes que los miembros de la comisión china habían redactado sobre la puesta en práctica de la línea política del PCCh.

Su intervención reúne dos de las mejores virtudes que siempre acompañaron a Stalin. En primer lugar, desde el principio pone de manifiesto su modestia, ya que reconoce que no dispone de todos los materiales necesarios para hacer una exposición completa sobre la situación en China. En segundo lugar, es uno de los documentos más claros, más sencillos y más sintéticos sobre las peculiaridades de China y de la revolución china.

El discurso de Stalin no es, pues, interesante sólo por sus opiniones sobre China, sino también porque es una joya del estilo argumentativo de los marxistas, que se ha perdido hace tiempo. Es conveniente aclarar también que Stalin se está dirigiendo directa y personalmente a aquellos a los que critica, como demuestran las actas.

El dirigente bolchevique empieza por una cuestión formal, criticando el pésimo estilo con el que están redactados los informes que tiene en la mano. Son ese tipo de devocionarios repletos de citas de Lenin sacadas de acá y allá e incorporadas por los pelos a una argumentación que, la mayor parte de las veces, está más vacía que la olla de un mendigo.

En aquel caso, los responsables de los asuntos de China en la Internacional Comunista se aferraban a una frase de Lenin en la que equiparaba al país asiático con la Rusia de 1905 lo cual, dice Stalin, es sólo una parte del asunto: China se parece a Rusia en 1905 pero también es diferente a ella. A partir de ahí, Stalin utiliza el contraste para exponer los rasgos fundamentales propios y característicos de la revolución china.

Lo mismo que en Rusia en 1905, en China la revolución también es de naturaleza democrático-burguesa, dice Stalin, pero adopta una forma diferente porque es una “revolución de liberación nacional”. Es toda una declaración de principios que podría ayudar a todos esos independentistas que quieren ser comunistas y no saben cómo. La lucha contra el imperialismo, dice Stalin en 1926, “juega un papel preponderante en China”. Naturalmente que tras la ocupación de China por Japón en 1934, lo preponderante se convirtió en omnipresente.

En un movimiento de esas características, como en todo movimiento de masas, se plantean dos asuntos estrechamente relacionados. El primero es el movimiento en sí mismo, las clases sociales que participan en él, especialmente el campesinado, su naturaleza burguesa, nacional y antimperialista a la vez. No creo necesario repetir que la falta de homogeneidad de un movimiento así no excluye que tuviera un carácter revolucionario.

El segundo es la dirección de dicho movimiento, que sí tiene que ser homogénea “e incumbe fatalmente al proletariado chino”. En apoyo de esa dirección juega la existencia de la URSS, dice Stalin: “Si antiguamente, antes de la época de la revolución mundial, el movimiento de liberación nacional era una parte del movimiento democrático en general, hoy, tras la victoria de la revolución soviética en Rusia y el comienzo de la época de la revolución mundial, es una parte de la revolución proletaria mundial”.

La Internacional Comunista, apunta también Stalin, no está sabiendo analizar la intervención imperialista en China y, por lo tanto, tampoco la guerra civil. Detrás de los choques entre los “señores de la guerra”, los generales del ejército y las mesnadas feudales estaban unos u otros imperialistas. Además, Stalin diferencia entre las distintas formas de intervencionismo imperialista entre unas u otras potencias, poniendo de manifiesto que la posición “dulce” de algunos imperialistas, como los japoneses o los estadounidenses, aparentemente favorables al gobierno nacionalista de Cantón, era falsa.

La fragmentación política de China, típicamente feudal, como cualquier clase de división del enemigo de clase, es uno de los factores más favorables para un movimiento revolucionario. Dentro de aquel complejo panorama, los nacionalistas y los comunistas, aunque formaban un único frente, con su propio gobierno, no eran más que una de tantas facciones que combatían en China. En 1926 dicho gobierno había desencadenado la “marcha hacia el norte”, una expedición militar para aplastar al ejército contrarrevolucionario afincado en Pekín.

La forma en que dicha “marcha” se estaba desarrollando había creado otra concepción errónea en la Internacional Comunista, dice Stalin, que también se reproduce en la actualidad. Aunque la expedición parecía una lucha entre dos ejércitos, se trataba de “un desarrollo de la revolución china”. Detrás de la forma militar que revestían los acontecimientos, había que ver una lucha política y social: “Las tropas revolucionarias chinas son un factor de los más importantes de lucha de los obreros y campesinos por su emancipación”.

A partir de esta constatación, Stalin desarrolla una exposición sobre la forma militar que los movimientos revolucionarios han desarrollado desde el siglo XVIII, cuando los levantamientos populares se enfrentaban desarmados a un ejército regular. Por el contrario, en China quien se enfrenta al ejército es “el pueblo en armas representado por su ejército revolucionario”. Es otra de las ventajas que tiene la revolución china, añade Stalin, quien expone una concepción político-militar de la revolución, que a lo largo del siglo XX se haría típica, pero que en 1926 era totalmente novedosa.

Como consecuencia de esa característica, los comunistas chinos deben “emprender seriamente el estudio del arte militar” y prestar atención al trabajo en el seno del ejército, bien entendido que se trataba del ejército de Cantón, es decir, de un ejército adiestrado y equipado por la Internacional Comunista para los nacionalistas del Kuomintang y del que formaban parte también los comunistas chinos.

Luego Stalin analiza el aspecto político-militar de la revolución china en relación con la intervención en ella del campesinado, volviendo a criticar las equiparaciones que estaba llevando a cabo la Internacional Comunista en China con los soviets. La Internacional Comunista tenía muy presente el papel que el campesinado desempeñaría en la revolución china, pero no de una manera suficiente. Creía que la movilización del campesinado podría romper el frente único antimperialista. A diferencia de la III Internacional, Stalin dice que hay que acabar con la “neutralidad” hacia los campesinos. La revolución en el campo fortalecerá el frente antimperialista.

También aparecen diferencias en la forma en que se debería empezar a organizar al campesinado. A diferencia de la Internacional Comunista, Stalin considera que en aquel momento no se podía empezar por crear soviets campesinos en China. Destaca el peso social abrumador de la población rural en la sociedad china y propone empezar por crear comités campesinos. Sin embargo, ese punto de partida nunca podrá ser suficiente para movilizar tan gigantesca masa de campesinos. Para ello es necesario “el aparato de un nuevo poder nacional revolucionario”, con lo que Stalin anticipa lo que luego fueron las “zonas rojas”, esto es, amplias regiones dominadas por el movimiento revolucionario.

Pero eso tampoco será suficiente, por lo que Stalin introduce un tercer factor de organización del campesinado: el ejército revolucionario. Es otra de las novedades que Stalin introduce en el acervo marxista. Hasta entonces las organizaciones revolucionarias únicamente habían hablado de organizar a las masas en formaciones sindicales, políticas o culturales. La organización militar había sido olvidada, y así continúa.

En fin, estas consideraciones de Stalin tanto acerca del aspecto nacional como del militar de la revolución china, van más allá del lugar y el momento en el que se expusieron. Conciernen a todos los países del mundo porque se refieren a la fase imperialista en la que vivimos ahora.

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Memoria Histórica

Las esterilizaciones masivas en Estados Unidos inspiraron al III Reich

A Lewis Reynolds le diagnosticaron una epilepsia y a principios de los años cuarenta fue esterilizado de manera forzada. No se enteró hasta mucho después, al intentar tener hijos. “No tengo recuerdos”, dice Reynolds tajante. Sólo sabe –y porque se enteró mucho después- que pasó cuatro años de su vida en Lynchburg Training Center, una colonia para epilépticos y enfermos mentales en Virginia, Estados Unidos, donde se realizaban esterilizaciones forzadas. Y en algún punto de esos cuatro años, cuando tenía 13, a Reynolds le realizaron una.

Es una de las 11 víctimas de esterilizaciones forzadas implementadas en Virginia que quedan vivas. Pero como él hubo más de 7.000 sólo en ese Estado. El jueves pasado, tras años de lucha, recibieron una buena noticia: el Estado les indemnizará con 25.000 dólares. Más allá del dinero, lo que Reynolds considera su mayor victoria es “el 100 por ciento de reconocimiento de lo que me hicieron”.

Mucho después de su esterilización, al intentar infructuosamente que su mujer se embarazara, supo que había sido esterilizado. “En ese entonces estaba en la Marina y uno de los doctores me lo comentó”, recuerda Reynolds. Su hermano se lo confirmó y le contó la forma: había estado interno en Lynchburg tras ser diagnosticado como «epiléptico».

La eugenesia es una de las más claras intervenciones de los científicos en la política, en una política de la peor especie. En aquella época era habitual que los mendelistas y neodarwinistas realizaran incursiones en la denominada “genética humana” proponiendo diversas medidas racistas más o menos drásticas, entre el exterminio y la esterilización. Los científicos estadounidenses, tarados como como Charles Davenport y Sewall Wright, impulsaron la legislación eugenésica para impedir la degeneración de la raza o el declive de la civilización.

Tras la Primera Guerra Mundial, la eugenasia fue una práctica generalizada en cerca de 30 estados de Estados Unidos. En 1914 Harry Laughlin de la Oficina de Registro de Eugenesia publicó un modelo de Ley de Esterilización para autorizar este procedimiento forzado para los “socialmente inadecuados”. Es decir, los débiles mentales, locos, criminales, epilépticos, alcohólicos, enfermos, ciegos, sordos, deformes y dependientes –incluidos los huérfanos, vagabundos y mendigos, según la lista.

“Este horroroso programa nació en Estados Unidos y fue trasplantado en la Alemania nazi tras la Primera Guerra Mundial”, explica Edwin Black, escritor y columnista del New York Times, autor de «La guerra contra los débiles», investigación sobre la eugenesia en Estados Unidos.

Una de las leyes pioneras y más radicales basadas en este modelo fue implementada en Virginia, a partir de 1924. Amparadas bajo el “Acta de Esterilización Forzada de Virginia”, se realizaron entre 7.000 y 8.000 esterilizaciones forzadas en este estado. Lewis Reynolds fue una de ellas.

“No hay información ni cifras exactas. No se sabe cuántos hombres, cuántas mujeres y el estado de Virginia todavía se niega a entregarla amparado en la privacidad de los pacientes”, explica Mark Bold, abogado y presidente de Christian Law Institute, organización que representa a las víctimas.

Aparentemente en Suecia las esterilizaciones fueron voluntarias, aunque en algunos casos también las aplicaban a los enfermos mentales. Sin embargo, al menos en un 10 por ciento de los casos se han encontrado evidencias de que fueron forzosas. En 1996 los socialdemócratas se opusieron a una ley para indemnizar a las víctimas de eugenesia, que no se pudo aprobar hasta 1999.

El caso de Australia es parecido. Las legislación eugenésica, que se centró en los aborígenes, no se derogó hasta los setenta.

En la actualidad las esterilizaciones de las “razas inferiores” continúan vigentes en el Tercer Mundo, aunque camufladas como vacunas. El 6 de marzo de 2004 la revista nigeriana Weekly Trust publicó una entrevista con el doctor Haruna Kaita en la que denunciaba que las vacunas orales contra la polio que se estaban suministrando a los niños de aquel país contenían contaminantes tóxicos con efectos anticonceptivos.

También se han camuflado esterilizantes en las vacunas del tétanos en Filipinas. A pesar de que el tétanos afecta a dos tercios de los hombres y sólo a un tercio de las mujeres, la vacuna se administró sólo a las mujeres en edad de procrear. Ante las sospechas, un grupo de religiosas envió una muestra de las vacunas a un laboratorio y los análisis mostraron que contenían BetaHCG, un anticonceptivo que, a la larga, esteriliza. Los resultados fueron confirmados por otros análisis en varios centros médicos. Las mujeres que habían recibido las vacunas presentaron niveles altos de anticuerpos antiHCG (Gonadotrofina coriónica) que impiden el embarazo. Las que estaban embarazadas abortaron al día siguiente o en el transcurso de la primera semana, independientemente del número de meses de embarazo.

La asociación Human Life International denunció que la introducción de HCG en las vacunas también se había comprobado en México, Nicaragua e India. Esto supone una corrupción de la estructura sanitaria del Estado, de la OMS y otras instituciones internacionales que promueven la vacunaciones masivas e indiscriminadas. Prescindiendo de los efectos secundarios que comportan estos métodos anticonceptivos, en el futuro podrían esterilizar a millones de mujeres sin su conocimiento.

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Memoria Histórica

La era de la salud pública nació en la URSS

El concepto y, sobre todo, la práctica de la salud pública no han existido siempre sino que son una conquista de la Revolución de Octubre. Algo tan sencillo como esa práctica cotidiana y actual que consiste en acudir a un centro médico para cuidar nuestras enfermedades gratuitamente se la debemos al esfuerzo de los bolcheviques. La atención médica ha existido siempre… para unos pocos privilegiados; la atención a los obreros, los campesinos y la población, en general, sólo existen desde 1917 y sólo existirá en el futuro si somos capaces de defenderla al menos con tanta energía como pusieron otros en conseguirla.

La primera red sanitaria general de la historia fue obra de Nikolai A. Semashko, fundador del partido bolchevique y primer comisario (ministro) de Sanidad desde 1918 hasta 1930. En su libro sobre la “Protección de la salud en la URSS”, publicado en 1934, Semashko estableció tres principios básicos que debía reunir el servicio soviético de salud: unidad en la organización, participación de la población en la totalidad del trabajo de protección de salud y medidas profilácticas, es decir, la prevención.

La sanidad soviética, por tanto, no era un servicio especialmente destinado a los obreros y campesinos sino una tarea en cuya planificación participaban activamente los sindicatos obreros, las cooperativas agrarias, los soviets y la población en general, es decir, millones de personas que atendían y eran atendidos por la red sanitaria más grande que nunca se había puesto en funcionamiento, alcanzado a cada uno de los rincones de la extensa URSS, incluidos los más alejados y remotos.

La implantación del modelo de medicina soviética en el mundo capitalista fue obra del suizo Henry E. Sigerist que, entre otros, impartió cursos en el Instituto de Historia de la Medicina de la Universidad John Hopkins de Estados Unidos. Sigerist viajó varias veces a la URSS y estudió meticulosamente su sistema sanitario, del que se convirtió en su divulgador más entusiasta: “Los estudios que he hecho durante tres veranos en la URSS -escribió- fueron quizás los más inspiradores de toda mi carrera. Admito francamente que estoy impresionado por todo lo que vi, por el esfuerzo honesto de una nación entera para darle atención médica a todo el pueblo”. El médico suizo siempre reconoció honestamente las aportaciones pioneras de la revolución socialista a la medicina mundial, que describió en su libro “Socialized Medicine in the Soviet Union” publicado en Nueva York en 1937.

Durante la I Guerra Mundial Sigerist fue movilizado como médico del ejército francés, lo que le permitió comprender el carácter imperialista de aquella terrible masacre y, a la vez, valorar la trascendencia histórica de la revolución de 1917: “Un nuevo orden político, económico y social ha nacido de allí y ha modificado muy profundamente las formas de la atención médica […] Puesto que la salud es un bien al que todos tienen derecho el servicio médico es gratuito […] La medicina preventiva tiene prioridad decisiva […] El servicio médico se lleva a la población cada vez más por centros médicos, dispensarios, policlínicos […] La cultura física se ha hecho popular […] Lo que está sucediendo allá es el inicio de un nuevo período de la historia de la medicina”.

Médico e historiador de la medicina, Sigerist se convirtió en un socialista convencido. Sin llegar a ser nunca un marxista militante, gracias al estudio de la medicina se apercibió de que el socialismo era una forma superior de vida para la humanidad. Para el médico suizo el sistema sanitario soviético no sólo era un modelo válido de atención sanitaria que había que llevar al mundo entero; era algo mucho más importante que eso: la sanidad soviética culminaba una larga evolución histórica de los servicios de salud.

En 1938 escribió el artículo “Medicina socializada” para la “Yale Review” donde decía que “el pueblo tiene derecho a la atención médica y la sociedad tiene la responsabilidad de cuidar a sus miembros […] Cada ciudadano debe tener una asistencia médica gratuita, los médicos, como los demás trabajadores de la salud, deben recibir un salario”. La salud no es sólo un problema técnico de asistencia al enfermo sino que se promueve activamente proporcionando condiciones de vida decentes, buenas condiciones de trabajo, educación, cultura física y formas de esparcimiento y descanso.

En 1943 en su libro “Civilization and desease” (Civilización y enfermedad) escribió que el mundo se disponía a dar el paso “de la sociedad de competencia a la sociedad de cooperación; irá hacia el socialismo”. La obra incorpora importantes tesis del materialismo histórico sobre la enfermedad en dos capítulos en los que analiza los determinantes materiales y económicos de la enfermedad. El libro le convirtió en un referente para los estudiantes y jóvenes médicos progresistas de todo el mundo. El 30 de enero de 1939 la revista “Time” ya había publicado su retrato en portada, calificándole como el historiador de la medicina más importante del mundo.

A través de Sigerist la influencia de la medicina soviética alcanzó a Estados Unidos. Con la ayuda de conocidos investigadores, el médico suizo creó la “American Soviet Medical Society”, que presidió Walter B. Cannon, amigo de Pavlov y profesor emérito de Fisiología de la Universidad de Harvard. La asociación editó la revista “The American Review of Soviet Medicine”. La promoción de la comprensión entre los pueblos era su modo de ayudar al intercambio cultural y científico.

Sin embargo, durante la caza de brujas de la posguerra fue ferozmente atacado por la Asociación Médica Norteamericana y el círculo más reaccionario de estudiantes de medicina de la Universidad Johns Hopkins. Fue purgado por la Comisión del Servicio Civil Gubernamental, lo que le impidió ocupar cargos públicos en lo sucesivo. Entonces decidió regresar a Suiza, donde comenzó a redactar su obra cumbre “Historia de la Medicina”, de la cual llegó a publicar el primer volumen.

Por influencia de la Revolución de Octubre y de Sigerist, en Inglaterra también apareció un movimiento en favor de la nueva medicina social y en 1930 Major Greenwood fundó la Asociación Médica Socialista que influyó decisivamente en el programa sanitario del partido laborista. Posteriormente con la ampliación del campo socialista en 1945 y la llegada del partido laborista al gobierno, los obreros británicos pudieron disfrutar de una red pública de atención sanitaria como la que ya disfrutaba la URSS desde hacía décadas.

Desde Suiza, Sigerist hizo varios viajes a Londres que culminaron en las Conferencias de Health-Clark en 1952, pronunciadas en la Escuela Londinense de Higiene y Medicina Tropical. Hasta su muerte en 1957 la ingente obra de Sigerist, que llena las bibliotecas de las facultades de medicina, inspiró la creación del nuevo sistema público de salud británico y otros parecidos en el mundo entero.

El remate de este proceso que se inició en la URSS también acabó en la URSS, en 1978, en Alma-Ata, durante la asamblea de la Organización Mundial de la Salud, cuando el bloque de países socialistas logró aprobar una resolución en la que, por primera vez, se definía a la medicina como un servicio público, con un único voto en contra: el de Estados Unidos. En medicina este principio se conoce como la Declaración de Alma-Ata y dice lo siguiente: “El pueblo tiene el derecho y el deber de participar individual y colectivamente en la planificación y aplicación de su atención en salud”.

Hoy en cada dispensario médico, hospital o clínica pública del mundo siguen latiendo -inmortales- los principios de la Revolución de Octubre y su éxito al llevar a toda la humanidad algo tan preciado como es la salud.

(artículo publicado por vez primera en 2010)