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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 51 de 60)

Aroma de corrupción entre la burguesía catalana

Juan Manuel Olarieta

Hace un año y medio el militante de «Podemos» y antiguo fiscal del Estado Carlos Jiménez Villarejo publicó un artículo sobre el caso Banca Catalana (*), que conocía muy bien porque fue quien lo «investigó» en 1984: un agujero de 20.000 millones de las antiguas pesetas. Eran los primeros tiempos del gobierno del PSOE.

Lo primero que hay que poner de manifiesto es el carácter oportunista de Villarejo, que entonces guardó silencio porque le importó más su carrera en la fiscalía. Ha tenido que esperar a asegurarse su jubilación para publicar la denuncia, cuando ya no tenía la obligación profesional de denunciar. El mundo al revés.

Pero el artículo de Villarejo tampoco era información exactamente, sino un relato inconexo de corruptelas en el que el fondo de asunto, el capitalismo monopolista de Estado, quedaba enterrado. No hace falta ser fiscal ni investigar mucho en la corrupción para que aparezca siempre la estrecha conexión del capital con el Estado (del que formaba parte Villarejo), la necesidad que tienen los monopolios de recurrir al Estado para competir unos con otros (y con el exterior), así como el chantaje de crear otro Estado si el que tienen no les da lo que necesitan.

Aunque ambos están estrechamente relacionados, el caso Banca Catalana fue mucho más importante que el actual caso Pujol y ambos demuestran la verdadera naturaleza de la burguesía catalana y su juego con el Estado español: la corrupción en Catalunya es el precio que ha tenido que pagar el Estado para mantenerse como tal en Catalunya y para que en Madrid la burguesía catalana (Unió, Convergencia, ERC) sostuviera a la monarquía y a los gobiernos del PSOE.

Hablando de capitalismo lo más normal es que siempre aparezca un precio, o sea, uno que paga y otro que cobra. Al tiempo que la burguesía catalana se convertía en uno de los puntales más importantes del Estado fascista, el precio pagado por el PSOE en los ochenta sirvió para engordar política y económicamente a aquella burguesía. En las condiciones actuales del capitalismo monopolista de Estado una cosa (la política) siempre va ligada a la otra (la economía). No es posible competir (políticamente) sin competir (económicamente) y eso un figurante como Villarejo en una organización de figurantes como «Podemos» deberían saberlo.

Es el catecismo: los partidos típicamente oportunistas nunca tendrán ninguna oportunidad política sin un tinglado capitalista a su lado que les ponga el dinero encima de la mesa, lo cual es especialmente cierto en el caso de los «independentistas», como el BNG o Bildu. Si no disponen de uno, lo tienen que crear, y ese ha sido siempre el llamado «problema de la corrupción» que han padecido los trepas y advenedizos.

En Catalunya la quiebra de Banca Catalana no fue lo que cuenta Villarejo. No fue un asunto personal de los consejeros que, como Pujol, se lucraron sino algo de más calado: el intento de la burguesía catalana de crear algo que nunca tuvo, un grupo financiero propio ligado a un proyecto político. Pero llegó tarde, no sólo porque en los tiempos del monopolismo queda ya muy poco sitio para nadie más, sino porque la banca estaba en crisis y el PSOE se embarcó en un plan de rescate del conjunto del sistema financiero. Sobraban más de la mitad de los bancos.

El PSOE hizo dos cosas en favor de la burguesía catalana: no sólo pagó las deudas con dinero público, faltaba más, sino que manipuló el sistema judicial para que ningún financiero ni político catalán se tuviera que sentar en el banquillo. Como recordó Villarejo, el Fiscal General del Estado prohibió llevar a los tribunales a los implicados en el caso Macià Alavedra aunque cínicamente reconoció que los hechos desprendían “un aroma de corrupción”.

Fue un chantaje mutuo, un acuerdo entre caballeros que contribuyó a asegurar la «gobernabilidad», a reconducir los acontecimientos tras el golpe de Estado del 23-F. Ganaron tiempo, engordaron las arcas (las economicas y las electorales), e incluso arrinconaron al PP, los voceros del centralismo en Catalunya, a quienes relegaron a la marginalidad política. Lo mismo sucedió con otro tipo de organizaciones, típicamente reformistas y de «izquierda», que son tentáculos de la burguesía catalana.

Si tuviéramos memoria histórica recordaríamos la Operación Roca de 1986, otro eslabón del esfuerzo de la burguesía catalana por meter las narices en «Madrid», que para los nacionalistas (catalanes, vascos y gallegos) es una entelequia como El-País-de-Nunca-Jamás. El nombre de Roca sonará como abogado de Cristina de Borbón en el caso Noos. ¿Cómo es posible que la Corona ponga su defensa en manos de un catalanista como Roca? Por lo mismos motivos por los que la referida Cristina empezó su carrera con La Caixa de Catalunya.

¿Se acuerda alguien de todo eso? ¿Se acuerda alguien de que quien llevó de la mano a Roca en su Operación madrileña no era otro que Florentino Pérez? Pero, ¿no es Florentino Pérez un representante típico del monopolismo más vinculado al centralismo madrileño? ¿Acaso no es el presidente del Real Madrid? Al mismo tiempo, ¿no ascendió como testaferro de la Banca March?

La Operación Roca llegó el mismo año en que los tribunales tapaban definitivamente el fraude de Banca Catalana y fue otro fracaso más a apuntar en el pasivo del balance. La Operación Roca fracasó por los mismos motivos por los que fracasó Banca Catalana: iban con retraso, llegaban tarde a la historia.

Pero no todo fueron pérdidas…

Algún eslabón se ha tenido que romper ahora para que alguien haya logrado hundir a un puntal de la transición como Pujol. La historia de la transición ya no se va a poder escribir como hasta la fecha. No sólo Pujol: el propio sistema impuesto durante aquella época (en Catalunya y fuera de ella) ha dejado de ser un poco menos honorable (si es que alguna vez tuvo una pizca de honorabilidad).

Pero no se ha roto un único eslabón sino muchos, por no decir todos: el Estado que pusieron en pie durante la transición se ha venido abajo. El rey abdica, la prensa (El País, El Mundo, La Vanguardia) padece una purga a gran escala, el PSOE naufraga, llegan caras nuevas para sotener los podridos pilares y en el horizonte están a punto de aparecer los nuevos alineamientos de España en el seno del imperialismo.

Nada va a ser como antes. La burguesía catalana ya no espera nada de El-País-de-Nunca-Jamás y vuelve a la carga de la única manera que le queda. Desde «Madrid» la caverna les ha enseñado los dientes cuando preparaban una Diada triomfant para después del verano, una exhibición que les debía llevar a la consulta soberanista en unas condiciones pletóricas. Han hundido su buque insignia. Lo que quizá no se hayan dado cuenta es que han hundido mucho más que eso y con el tiempo se acabarán arrepintiendo. El-País-de-Nunca-Jamás funciona así: quien fabrica más separatistas en Barcelona es el separador de Madrid.

Lo que está claro es que todos y cada uno de los mimbres con los que se tejió el actual tinglado político se han venido abajo. La crisis es galopante, por supuesto la crisis capitalista, pero también la crisis política.

(*)
http://www.elplural.com/opinion/persecuci%c3%b3n-a-catalu%c3%b1a-nada-m%c3%a1s-lejos-de-la-realidad-el-agujero-de-20-000-millones-fue-asumido-por-el-estado/

El punto de vista partidista

Juan Manuel Olarieta

A diferencia de lo objetivo, su contrario, lo subjetivo, tiene mala fama. La ciencia y la buena información tienen que ser objetivas, necesariamente, por antonomasia. Si a una información le acusan de ser subjetiva, es sinónimo de parcial, es decir, de que es sólo una parte que oculta el resto de la información. La buena información es imparcial, o sea no parcial, o sea, aquella que lo cuenta todo, que no oculta absolutamente nada.

Ya lo dijo Hegel: «lo verdadero es el todo»(1). Pero como consecuencia de una trampa estúpida de la ideología modernista y posmodernista hoy a Hegel le acusan, precisamente por ello, lo mismo que a los marxistas, de «totalitario». Los grandes sistemas filosóficos han sido abandonados en favor de las menudencias, lo cual demuestra el tamaño intelectual de los pensadores modernos, que son insignificantes porque no expresan más que menudencias e insignificancias filosóficas, es decir, vulgaridad.

El todo es una aspiración admirable. Al emprender la gigantesca obra intelectual de la Enciclopedia, la burguesía revolucionaria lo intentó, pero es un empeño imposible. Por ejemplo, no hay un manual de economía que explique toda la economía política. Lo que hacen los científicos (y los planes de estudio) es un resumen: de la totalidad toman en consideración una parte que consideran importante y dejan el resto al margen porque la consideran menos importante. Son, pues, esencialmente parciales, es decir, subjetivos.

Pero ni siquiera se dan cuenta. Hacen esa selección (más o menos) conscientemente en función de criterios más o menos acertados y a eso, a una parte, le llaman «imparcialidad». Algunos científicos, como los historiadores, suelen ser aún peores. Dicen bobadas como que han escrito una obra imparcial sobre la guerra civil de 1936, por encima de «prejuicios» porque no se decantan ni por unos (fascistas) ni por otros (antifascistas) porque todos son iguales, todos ellos cometieron crímenes… Este tipo de historiadores son los más cretinos porque son fascistas pero ni siquiera se han dado cuenta de su adscripción ideológica.

Todos en cualquier aspecto del conocimiento (y de la práctica) tenemos un «punto de vista», miramos al universo, al planeta y a la sociedad desde una determinada perspectiva. No puede ser de otra forma. Las cuestiones a plantear son, pues, de dos tipos. El primero es si somos conscientes de nuestro partidismo, porque en caso contrario, el conocimiento degenera a marchas forzadas. El segundo es: una vez que somos conscientes de ello, se trata de comprobar si nuestro punto de vista es el punto de vista correcto, el único que es capaz de empujar el conocimiento hacia adelante.

Eso conduce al aspecto capital del asunto: la subjetividad y la objetividad no son un estado sino un movimiento: el conocimiento marcha unilateralmente desde lo subjetivo a lo objetivo, sin dejar nunca de ser ni una cosa ni la otra. En palabras de Hegel, «el todo es solamente la esencia que se completa mediante su desarrollo»(2), un desarrollo que va de la verdad relativa a la absoluta (3).

Sigamos con el ejemplo de la guerra civil. Antes los manuales de historia mostraban el punto de vista fascista, pero hoy ya nadie lo hace porque los fascistas lo disimulan con su supuesta «neutralidad». Lo que se está imponiendo cada vez con más fuerza es el punto de vista de los republicanos y antifascistas que, como no podía ser de otra forma, es el punto de vista de las masas. Lo mismo ocurre con cualquier otra disciplina. Siempre hay un punto de vista (un punto de partida) desde el cual el conocimiento se desarrolla, de manera que los demás acaban en vías muertas.

En referencia a la filosofía, Lenin lo calificó como «partidismo», un término repleto de contenidos. El partidismo, por ejemplo, proporciona el punto de vista de la práctica, es decir, no el de aquel «neutral», el de quien no se moja, el de quien ve las cosas desde fuera y desde lejos, sino el de quien está en medio de las batalla, el que forma «parte» del asunto, el militante.

Pero el partidismo de Lenin tiene otro aspecto importante: un punto de vista (subjetivo) desarrolla el conocimiento en oposición y lucha con su contrario. En contra de la creencia de los neutrales, un punto de vista no se suma al contrario sino que se enfrenta él. La burguesía no se suma al proletariado, ni el idealismo al materialismo. Si el conocimiento es una forma de movimiento, un desarrollo o un progreso, es porque, al mismo tiempo, es una contradicción, una lucha de contrarios.

Otra ventaja que tienen los que reconocen su partidismo es que reconocen
también el partidismo del contrario, por más que ellos no sean capaces
de verlo y de verse a sí mismos como parciales. Ellos no se consideran a
sí mismos como una parte sino como la totalidad. Por lo tanto, los
demás no tienen cabida, no son científicos, no son objetivos y tienen
que ser expulsados de la ciencia, de la universidad y de todas partes.
Ellos, pobrecillos, creen que las discusiones sólo tienen cabida en el
fútbol o en la política, pero nunca en la ciencia.

La subjetividad no es sólo la de una persona singular. El pensamiento
humano, escribió Engels, no es el de un individuo, «pero no existe sino
como pensamiento individual de muchos millones de hombres pasados,
presentes y futuros»
(4). Por lo tanto, es subjetivo no sólo porque sea
el pensamiento de alguien sino porque es siempre el de una época, el de
una cultura, el de un país o el que corresponde a un determinado grado
de desarrollo de las fuerzas productivas. El conocimiento, decía Engels,
es una categoría histórica: «Sólo podemos conocer en las condiciones de
nuestra época y hasta donde éstas lo permiten»
(5).

La verdad, la ciencia, el conocimiento no son fantasmas ni abstracciones
sino fuerzas históricas, políticas, sociales y morales. Pero también
aquí hay un error bastante común. Por ejemplo, es corriente escuchar que
la historia la escriben los vencedores. De ahí algunos suponen que el
conocimiento se puede imponer o que la verdad es consecuencia de la
fuerza, cuando es justamente al revés, como escribió el filósofo
soviético Kursanov: la fuerza es consecuencia de la verdad (6). Del
mismo modo que hay teorías y concepciones, como las religiosas, que
conducen a callejones sin salida, hay otras que se abren camino, y al
revés: una determinada concepción y una determinada práctica sólo se
abren camino si realmente son científicas.

(1) Hegel, Fenomenología del espíritu, México, 1966, pg.16.
(2) Hegel, Fenomenología del espíritu, cit.
(3) Engels, Anti-Dühring, México, 1968, pgs.80 y stes.
(4) Engels, Anti-Dühring, cit., pg.75.
(5) Engels, Dialéctica de la naturaleza, pgs.44 y 192.
(6) G.Kursanov, Veritas. Fundamentos de le teoría leninista de la verdad y crítica de las concepciones idealistas modernas, Moscú, 1977, pg.6.

El Tribunal Supremo como cómplice de la corrupción

Juan Manuel Olarieta

La corrupción no es una disfunción sino que ha formado parte integrante del capitalismo y el Estado burgués desde siempre. Nunca ha habido ningún problema de corrupción. La burguesía (sus monaguillos, sus diputados, sus funcionarios) no puede luchar contra la corrupción porque no puede luchar contra sí misma.

La indignación generalizada contra corrupción procede de dos errores. El primero es suponer que bajo el capitalismo lo público (Estado, políticos, jueces) es algo distinto de lo privado (lucro, empresa, acumulación) en lugar de constatar que lo público es un dispositivo al servicio de lo privado, de ganar más y de enriquecerse pronto.

El segundo error procede de imaginar que si bien hay algunos corruptos, también hay que tener en cuenta a los limpios, los buenos de la película, de tal manera que cuando un funcionario o cargo público se corrompe el limpio le vencerá: hará justicia y devolverá el dinero a las arcas de donde lo sacaron.

En este segundo aspecto de la película están involucrados los jueces y fiscales que, junto a la policía, juegan siempre el papel de limpios. Ellos son un mecanismo de seguridad al que recurrir cuando falla del primero, cuando se corrompe. Si un alcalde (el malo) mete mano a la caja del dinero, el asunto se soluciona poniendo los hechos en conocimiento del juez (denuncia), que le meterá en la cárcel, depuranado así el mecanismo de funcionamiento.

La historia de España no conoce ningún caso de ese tipo porque el remedio (jueces, fiscales) es peor que la enfermedad (corrupción). El juez no es nada distinto del alcalde sino más de lo mismo, empezando por el propio Tribiunal Supremo, cuyo papel histórico no sólo ha consistido en garantizar la impunidad sino en reafirmar una y otra vez que si algún juez se creía su papel de limpio y condenaba a un corrupto, debía echar abajo la condena en segunda instancia.

A mediados del siglo XIX la corrupción, es decir, el Estado caciquil fue una de las palancas más importantes de acumulación especulativa de capitales, de frenética corrupción de la oligarquía, que se estaba enriqueciendo répidamente con las emisiones de deuda pública o las concesiones de ferrocarriles, con el dinero público, en definitiva, hasta llegar a la Restauración (1874), caracterizada por Ortega y Gasset como «la corrupción organizada y el turno de los partidos, como manivela de ese sistema de corrupción». Según él, Cánovas fue «un gran corruptor; como diríamos ahora, un profesor de corrupción. Corrompió hasta lo incorruptible».

El Tribunal Supremo, un órgano judicial típicamente burgués, fue la clave de bóveda de aquella corrupción. Basta repasar las sentencias originales de la Sala Segunda, es decir, criminales, dictadas entre 1856, en que se conservan las primeras, y 1860: no aparece ningún proceso dirigido contra aforados, es decir, contra altos cargos. No había corrupción en España, por lo que todos esos historiadores que hablan de plagas tales como el caciquismo, están equivocados.

Sin embargo, en agosto de 1854 el gobierno tuvo que expulsar del país a María Cristina de Borbón (antigua Regente y madre de Isabel II) y Luis José Sartorius (antiguo Presidente del Gobierno) por el llamado caso de «las piedras», una compra fraudulenta de adoquines para unos caminos que jamás se construyeron. Muchísimo dinero que salió de las arcas públicas y fue a parar a los bolsillos (privados) de los Borbones y de un Presidente del Gobierno. En aquel caso destacan varios aspectos a tener en cuenta:

a) fue el gobierno, no los tribunales, quien tomó la medida de expulsarles de España
b) no lo hizo para castigar a los culpables sino para evitar males mayores a los Borbones y a Sartorius y calmar a los indignados de entonces
c) no se hizo gracias a la legalidad sino en contra de ella, es decir, gracias a un previo golpe de Estado que acabó con el gobierno

No obstante, en 1854 algunos diputados de la Asamblea constituyente demostraron su interés por exigir responsabilidades a María Cristina de Borbón, a la que culpaban, junto a los jefes del partido moderado, de muy graves delitos. Solicitaron también la redacción de una nueva ley de responsabilidades, pero sin mayor trascendencia. La Comisión encargada de depurar responsabilidades, de la que formaba parte Alonso Martínez, encontró que las acusaciones eran «habladurías populares», excesivamente genéricas, no demostradas, por lo que había que crear una de esas comisiones parlamentarias «de investigación» que no investiga nada, deja pasar el tiempo hasta que los indignados se calman… o hasta que organizan otro golpe de Estado que devueva las cosas a su sitio.

Por el contrario, en los diez años comprendidos entre 1860 y 1869 hay once casos resueltos por el Tribunal Supremo contra aforados. De ellos siete son en primera instancia, tres son apelaciones y una súplica, interpuesta contra una de las sentencias dictadas en primera instancia por la Sala Segunda y que resolvió el pleno del Tribunal. Son, por tanto, diez asuntos distintos, uno por año, una cifra insignificante para el saqueo de los fondos públicos que estaba llevando a cabo la oligarquía.

Aunque son muy pocos, en todos esos casos hay aspectos muy destacables. El primero es que los cargos públicos nunca violan ni matan. Los delitos que les imputan tienen que ver, o con el dinero o con seguir manteniéndose en el poder, es decir, con pucherazos electorales, que son una consecuencia de los anteriores, o sea, del dinero. Mantener el cargo es una manera de mantener el negocio, y una manera de hacer negocio consiste en detener a las personas o amenazarlas con enviarle a la guardia civil a su casa.

El segundo es que la mayor parte de ellos van dirigidos contra funcionarios judiciales: en seis supuestos se dirige la acción contra jueces, magistrados y fiscales, en tanto tres son contra gobernadores civiles y uno contra un delegado de hacienda. Parece, pues, obvio que los jueces no son nada distinto de la corrupción sino una parte muy importante de ella, o dicho de otra manera, que es el zorro quien cuida de las gallinas.

Otro dato importante es que en cuatro supuestos el procedimiento tiene su origen en las colonias, y más exactamente, todas las apelaciones se dirigen contra sentencias dictadas por las Audiencias de Manila (dos) y La Habana (una), a las que hay que añadir una causa seguida en primera instancia ante el Tribunal Supremo, dirigida contra el presidente de la Audiencia de Puerto Rico. Como se pudiera pensar, no se trata de que en las colonias hubiera más corrupción, sino que había un mayor control sobre la misma, por la propia naturaleza colonial del lugar, que se encontraba militarizado.

Los asuntos sometidos al Tribunal Supremo eran intrascendentes, centrados en el sector más débil del Estado, los funcionarios judiciales, y relativos a asuntos muy alejados del centro neurálgico peninsular donde estaba el poder. En dos de los litigios, además, los acusados estaban ya jubilados, por lo que los hechos no tenían relación con el ejercicio de sus antiguos cargos, pese a lo cual mantenían el aforamiento. Los jubilados no eran tales: seguían controlando los resortes típicos del laberinto burocrático: amiguismo, enchufes, recomendaciones y prebendas.

Los delitos no fueron perseguidos por la fiscalía, que en asuntos de corrupción siempre se lavó las manos como Pilatos porque era una parte de la corrupción. Quienes acusaron fueron personas particulares que sostuvieron la acusación por dos motivos:

a) porque habían sido perjudicados por el saqueo
b) porque también ellos tenían una parte del poder, es decir, influencia, enchufes y recursos para contraatacar judicialmente

Por ejemplo, sólo una de las acusaciones alude a coacciones electorales, y es debido a que se pretendió derribar el molino de un particular, quien denunció los hechos, amén de que en otro caso aparecía el típico  pucherazo de la época: se destituyó a un ayuntamiento en pleno para colocar otro en su lugar de tal manera que se enriquecieran todos un poco.

¿Cuál fue el papel del Tribunal Supremo ante esta situación? Reafirmar la impunidad y proteger a los corruptos:

a) en las causas resueltas en primera instancia contra aforados, todos los fallos, excepto uno, con condena de veinte duros, determinan la libre absolución del acusado.

b) en las apelaciones (segunda instancia), la sentencia revoca siempre la resolución condenatoria dictada en primera instancia y absuelve libremente, excepto un caso en que rebaja las condenas sensiblemente.

La única condena impuesta por el Tribunal Supremo en primera instancia, lo fue en un delito de detención ilegal imputado a un gobernador civil. Pero en un delito tan grave el Tribunal Supremo aprecia dos atenuantes, una, la de obrar «en interés del orden público», y la otra, la de concurrir algo imposible para alguien con los más elementales nociones jurídicas: se trataba de un delito culposo y no doloso. La pena resultó irrisoria, por tratarse de una multa contra un título nobiliario, el Vizconde del Cerro, que disponía de una cuantiosa fortuna.

En segunda instancia, el Tribunal Supremo anule sistemáticamente las sentencias condenatorias de las Audiencias. La única excepción en que mantiene la condena, aún rebajándola sustancialmente, merece también ser destacada ya que es quizá el único delito de cierta relevancia. Tuvo se origen en Colón, en la isla de Cuba, y estuvieron implicados numerosas e importantes autoridades (párroco, teniente de la Guardia Civil, alcaldes, secretarios del gobierno civil y de los ayuntamientos, etc.) encabezados por el teniente gobernador de la provincia, José Agustín Argüelles.

La sentencia tiene el número 81 y fue dictada el 27 de octure de 1866. Se imputaba a los acusados haberse quedado en su propio beneficio con los esclavos procedentes de un alijo introducido en contrabando en la isla, así como de varias falsificaciones de documentos. La condena de la Audiencia de La Habana contra Argüelles fue de 19 años de cárcel, inhabilitación perpetua para todo tipo de cargos públicos y multa de 50.000 pesetas, entre otros conceptos.

Pero el Tribunal Supremo encuentra también esta vez un atenuante, el de obrar parcialmente con autorización del Capitán General de la isla, cuando lo cierto es precisamente todo lo contrario, según se desprende de los propios resultados de la sentencia. Así, deja la condena en 10 años, suspensión sólo por el tiempo de la condena más 700 duros de multa. La condena del párroco fue rebajada de ocho años más la inhabilitación perpetua para cargos parroquiales, a siete años con suspensión para el ejercicio de cargos públicos por el tiempo de la condena. Otras seis condenas privativas de libertad se reducen a multas, al precisar el Tribunal Supremo que la participación de los inculpados lo fue en grado de complicidad o encubrimiento, y no de autoría.

Lo más significativo en la reducción de las condenas son las inhabilitaciones, que pasan de ser perpetuas a limitarse al periodo de la condena, y además, la inhabilitación específica del párroco para el desempeño de sus funciones, se transforma en una suspensión para cargos públicos. Tampoco podemos dejar de reseñar que ello está en relación con un párrafo del fallo que no podemos dejar de transcribir: «Diríjase exposición al Gobierno Provisional -dice la sentencia- manifestando que el Tribunal entiende que la pena de prisión impuesta a los procesados es notablemente excesiva, atendido el grado de malicia y el daño causado por el delito, y que el Gobierno, haciendo uso de su prerrogativa, puede conmutarla en la de cumplimiento».

Los que tienen recursos son los que pueden recurrir. Cuando no es al Tribunal Supremo es al gobierno de turno.

Fascismo y revisionismo

Juan Manuel Olarieta

Una de las concepciones más extendidas entre los círculos que debaten sobre la naturaleza de este Estado es la de que España es un país democrático burgués, si bien aún permanecen restos o residuos del fascismo.

Desde luego que esto ya es un pequeño avance porque hasta hace muy poco tiempo nadie ponía en duda que España era un país democrático sin reservas, «con todas las de la ley». Por fin, algunos le empiezan a ver las orejas al lobo.

No obstante, ese avance les permite a los revisionistas seguir emboscados sin dar la cara. La teoría de los residuos parece que lo dice todo pero no dice nada o, mejor dicho, le sigue lavando la cara al fascismo.

La teoría de los residuos no es una concepión nueva, que haya surgido ayer mismo sino la marca de agua de todos los revisionistas españoles desde siempre. Nace como consecuencia de la degeneración del revisionismo en España. A Carrilo y a la dirección del PCE siempre le sirvió para justificar la claudicación y subsiguiente colaboración con el régimen de Franco.

Dicho con otras palabras, para que no quepan dudas: al menos desde finales de los años sesenta, o sea, antes de la muerte del criminal Franco, los revisionistas ya decían que España no era exactamente un país fascista, sino un híbrido, una mezcla de fascismo y democracia, por lo que era posible (y aún necesario) negociar con los «democratas» para que evolucionaran hacia la democracia.

A medida que los revisionistas negociaban más, o sea, claudicaban más, la composición química entre el fascismo y la democracia cambiaba sus porcentajes de pureza: España era cada vez menos fascista y más democrática. Así es como hemos llegado hasta el día de hoy. Por lo tanto, esta tesis residual siempre ha servido para:

a) lavar la cara al fascismo, al que casi se le puede calificar de democrático
b) justificar al revisionismo en su política colaboracionista porque la participación forma parte de la democracia

Los revisionistas explicaron su teoría de varias maneras diferentes, que no cambiaban la esencia del asunto. Un buen ejemplo es el libro de Carrillo en forma de entrevista con Regis Debray, publicado en francés en 1974 y en castellano al aña siguiente que reúne los ingredientes básicos de la teoría revisionista del fascismo con unas ínfulas típicas de esos dos mediocres que eran Carrillo y Debray, que se creían el oráculo de Delfos.

El punto de partida de Carrillo es tópico: el Estado (todos los Estados) han cambiado mucho desde los tiempos de Lenin, dice en términos pedantes, sin aclarar nada. En lo que a la España respecta, aseguraba también que el «aparato del Estado» ya no era el «aparato fascista del pasado. Con retoques casi podría convertirse en un Estado democrático burgués». Como ejemplo Carrillo decía que las torturas «se hacen menos habituales»(1).

Además de un ejemplo de lavado de cara, la tesis revisionista conducía sin disimulo a conclusiones políticas evidentes: ya antes de la muerte de Franco España era un país tan democrático que no necesitaba grandes cambios, sino sólo retoques, cambios cosméticos, que fueron la esencia de la transición. No hacía falta más.

Desde luego que pocas semanas después los hechos iban en dirección opuesta a las teorías revisionistas. El verano sangriento de aquel mismo año 1975 y los fusilamientos del 27 de setiembre obligaron a otro cambio cosmético, añadiendo apresuradamente al libro un breve «Prefacio» a la edición en castellano que al cabo de los años da vergüenza recordar.

Justo antes de las masacres de aquel fatídico verano, el PCE celebró su II Conferencia, cuyos documentos se publicaron muy poco después. En uno de ellos se podían leer cosas como ésta: «La zona de libertad conquistada por el movimiento obrero y por las amplias masas trabajadoras confiere ya a éste [al fascismo] unas características muy diferentes de la imagen clásica de un país fascista»(2).

A muchos ese tipo de concepciones sobre la necesidad de conquistar «zonas de libertad» o «parcelas de contrapoder popular» dentro del «sistema» les sonarán como plenamente actuales y modernas, pero está en la boca de los reformistas desde hace mucho tiempo. No obstante, nunca ha habido nada de eso y si no lo ha habido antes es muy posible que no lo haya nunca.

Hacia 1975 ya había grupos que habían roto con el PCE, por lo que se puede (y se debe) analizar si esa ruptura era sólo organizativa o realmente habían roto con el revisionismo y sus concepciones liquidacionistas. Por ejemplo, a finales de los sesenta, como consecuencia de la Primavera de Praga, bajo la dirección de Enrique Líster, Eduado García y otros, un grupo de militantes del PCE se escindieron para crear otro partido. En 1971 empezaron a publicar una revista llamada «Nuestra Bandera» con los documentos preparatorios del VIII Congreso en los que el análisis del fascismo, además de marginal, es realmente penoso. Según «Nuestra Bandera» en 1971 España ya se había «desfalangistizado» paulatinamente (3). Es pues evidente que, a pesar de las apariencias, Líster, García y los demás no habían roto con el revisionismo. Eran una forma más de revisionismo que en muy poco se diferenciaba del de Carrillo.

Durante la transisión ese tipo de concepciones siempre estuvieron presentes en casi todas las organizaciones que criticaban al PCE para hacer exactamente los mismo que el PCE. Por ejemplo, Carlos Tuya, dirigente del Partido Comunista de los Trabajadores, exponía en aquellos momentos toda esa colección de tópicos en los que nadan los oportunistas: las dictaduras (en general) son regímenes excepcionales, lo normal es que burguesía sea democrática… El mejor ejemplo de ello era que la oligarquía española había logrado desatar lo que Franco había dejado atado, es decir, que nuestra oligarquía no formaba parte del franquismo sino que se oponía a él.

Pero había una contradicción flagrante entre las concepciones revisionistas y los hechos más evidentes. Casi en letra pequeña Tuya contabiliza 11 muertos en los cien primeros días de transición política (4), es decir, un asesinato cada diez días. Me parece que esa cifra más que de una excepción aparece una regla: que el asesinato político formó parte integrante de la transición. Nunca fue nada excepcional sino algo cotidiano y normal. Lo mismo que el fascismo.

Con la perspectva de los años releer toda aquella literatura seudomarxista de la transición deja en evidencia que el papel lo soporta todo o, dicho en otras palabras, entre los revisionistas no hay nunca más que palabrería. Antes igual que ahora. Aquel formidable dirigente comunista que fue entonces Carlos Tuya hoy es el afamado enólogo que escribe en periódicos como El País con el nombre de Carlos Delgado, el verdadero. Pero en sus artículos no aparece nada sobre plusvalía, imperialismo ni cosas parecidas, sino claretes, blancos y tintorros, espumosos o no. Tempus fugit.

(1) Santiago Carrillo, Mañana España, París, 1975, pgs 22 y 23.
(2) Manifiesto Programa del Partido Comunista de España, 1975, pg.48.
(3) Nuestra Bandera, núm.1, enero de 1971, pg.22.
(4) Carlos Tuya, Aspectos fundamentales de la revolución española, Partido Comunista de los Trabajadores, 1977, pgs.10, 12, 42 y 57.

Los dos rostros antagónicos de internet

La informática, la era digital e internet tienen dos rostros opuestos, como todo en esta vida y como no podía ser de otra forma. Se pueden resumir diciendo que muestran la esencia misma de las contradicciones del capitalismo moderno en su etapa final, agónica. Por un lado, el imperialismo nos ha metido el ordenador en nuestras casas, nuestros trabajos, e incluso los que se van de vacaciones llevan un portátil o un móvil en la maleta junto a su pasaporte y sus chanclas. Los han introducido en nuestros trabajos y en nuestras vidas porque la informática, como todo conocimiento, no es inofensiva, sino todo lo contrario; tiene otro rostro, es un instrumento de control y dominación, cuando es (debería ser) un instrumento de liberación y de comunicación ente los seres humanos.

Aquí no hay nada nuevo que no sepamos pero, como decía Hegel, lo que es conocido es lo menos reconocido. Por lo tanto es bueno volver una y otra vez sobre lo que todos conocen y nadie reconoce: la técnica es otro de esos grandes mitos de la sociedad moderna. Está a la altura de Pegaso, el caballo volador, Jano, el hombre de los dos rostros, o Minotauro, el hombre con cabeza de toro. Las cosas no han cambiado nada. Hoy a los que adoran a los artilugios modernos de la técnica se les llama “geeks” y hay muchos, sobre todo en internet y los ordenadores.

Si hay algo en lo que hoy estamos profundamente equivocados es en nuestra concepción sobre el carácter instrumental de la técnica, como de cualquier otra máquina o artefacto. Las cosas no son buenas ni malas; depende del uso que cada cual le de. Ya se sabe: las cosas son independientes del uso, las cosas pueden tener muchos usos distintos, incluso opuestos, el uso es posterior al invento de las cosas… Es como si las cosas no se hubieran inventado para que tuvieran un uso determinado.

Pues bien, el capitalismo desarrolla la informática como una técnica de guerra y esclavización de la clase obrera y bajo su imperio no puede ser otra cosa diferente, de tal manera que cuando las masas lo convierten en su contrario, en una técnica de liberación, el capitalismo (y su Estado) trata de impedirlo por la fuerza bruta. Lo mismo que las sirenas son una unidad de contrarios (mitad mujer, mitad pez), la informática y toda la técnica que la rodea también forman una unidad de contrarios; tiene dos partes muy distintas y se trata de descubrir aquella que no conocemos.

A diferencia de ahora, en tiempos de Marx y Engels las personas apenas se comunicaban ente sí a distancia. Los medios más importantes eran la correspondencia escrita o las diligencias. Por lo tanto, la informática debería constituir un caso claro de la obsolescencia del marxismo, de su carácter trasnochado.

No obstante, si se lee el Capítulo 13 de El Capital (1) es imposible no darse cuenta de que los ordenadores demuestran a la perfección que Marx no sólo escribió para 1860, sino para 1960, para 2060 y para la posteridad. Es como si por sus escritos no hubiera pasado el tiempo; no han envejecido lo más mínimo.

Hoy no puede dejar de sorprender que, fiel a su estilo, el Capítulo que dedica a “Maquinaria y gran industria” empiece con un apartado que tiene que resultar sorprendente para unos ingenieros e informáticos acostumbrados a otro tipo de explicaciones: Marx empieza hablando del “Desarrollo histórico de las máquinas“ y nos descubre que, como todo, no es que las máquinas tengan historia sino que forman parte de ella. Marx llega al punto de criticar a los matemáticos y a los “mecánicos” porque “no tienen en cuenta el elemento histórico” en su concepción de las máquinas.

Además, las máquinas son “un medio para la producción de plusvalía”, lo cual tampoco aparece en los planes de estudio de ninguna facultad universitaria. La “ciencia” económica no habla de máquinas para nada porque cree que eso es cosa de los ingenieros. En esas facultades, lo mismo que en otras, no se habla de casi nada. En fin, un desastre cuyo origen surge del propio carácter ilusorio del mecanicismo, otra de esas concepciones (ideológicas) profundamente arraigadas y asociadas a la metafísica y al materalismo vulgar, o sea, a la vulgaridad que se presenta a sí misma como “ciencia” o ingeniería.

La explicación radica en un ejemplo bastante conocido de una cierta manera de proceder, que parece analítica y es puramente unilateral: si le das un martillazo a un teléfono móvil y lo rompes en mil pedazos, puedes comprobar lo que contiene, sus partes, como la pila, la tarjeta, la carcasa o la pantalla. ¿Dónde está ahí la plusvalía, la historia o las relaciones de producción? Por más que rompas el móvil en trozos más pequeños no los verás por ninguna parte, ni aunque los mires con un microscopio. Conclusión “científica“: nada de eso existe, es un invento de los marxistas, que siempre ven cosas donde no las hay. La plusvalía no forma parte de un móvil. Es más: la plusvalía no existe. Marx y Engels estaban equivocados.

La plusvalía ni la vemos ni tampoco la oímos. Al mismo tiempo que escribo esto, escucho a través del ordenador la V Sinfonía de Beethoven y después de analizar cada uno de los bits de que se compone el archivo digital he llegado a la conclusión de que en las sinfonías tampoco existe un director de orquesta, ni una partitura. Mi conclusión “científica” es la misma: la música carece de partitura, ni de director de orquesta. Es mentira. También es mentira que la música, lo mismo que la maquinaria, tenga historia. La historia no existe. Las facultades de ingenieros de minas, no tienen una asignatura que se titule “historia de las minas”, ni tampoco un manual dedicado a la explotación de los mineros. ¿Para qué? Los ingenieros aprenden lo que es una mina pero no saben lo que es un minero.

Cuando en la habitación de su casa alguien se sienta delante de su ordenador no puede entender que Marx escriba que la maquinaria “sólo funciona en manos del trabajo directamente socializado o colectivo”. Si le quitas los tornillos al ordenador lo que ves es un disco duro, un teclado, un procesador, una placa base o una tarjeta de sonido. ¿Dónde está el carácter social de mi ordenador?

También dice Marx que una de las diferencias entre una herramienta y una máquina es que mientras en la primera el instrumento es una prolongación de la mano del hombre, en la segunda el hombre es una prolongación del instrumento. Por eso solemos decir que “nos sentamos al volante del coche”. Pero los ingenieros no ven ninguna diferencia, ni aquí ni en muchas otras cosas. Por eso tenemos una concepción ludita de todas las máquinas e instrumentos que nos rodean: en las cosas no vemos ni oímos más que cosas. Lo demás son ganas de complicar (las cosas).

Pero al aprobar la “tasa Google“ el Congreso de los Diputados nos acaba de sacar de nuestro estupor otra vez más. Nos vuelven a demostrar que en las máquinas, en internet y la informática hay hasta impuestos, una palabra derivada de imponer. Los ordenadores también muestran al fisco, al dinero, a la propiedad privada, a las sanguijuelas, al poder político y al capitalismo monopolista de Estado.

Desde 2006 se han ido creando partidos piratas que defienden derechos básicos que casi todos daban como ampliamente reconocidos y aceptados en nuestras sociedades civilizadas. Pero los piratas han aparecido precisamente porque esos derechos elementales han desaparecido. El asunto es mucho más serio de lo que parece porque lo que antes eran derechos el capitalismo los ha convertido en su contrario: en crímenes. Es lo mismo que escribía Marx hace 150 años: para expandir el capitalismo la burguesía desahució a los campesinos de sus tierras “a sangre y fuego” y cuando los campesinos volvieron a “okupar” luego las tierras que siempre habían sido suyas, les acusaron de ser “okupas”, es decir, delincuentes. ¿Cuál es la solución al problema? Si hoy Marx pudiera acudir a un escrache llevaría una pancarta con la siguiente consigna: hay que desahuciar a los desahucidores, que es lo que propone en El Capital: expropiar a los expropiadores (2).

Cuando abro uno de los sitios piratas de internet me encuentro con un enlace que se titula “Amenazas legales” (3). No sólo vivimos en una sociedad que ha sido expropiada de sus derechos, sino que, además, los monopolios (Microsoft, Warner, Sega) se atreven a amenazarnos, no sólo a los piratas, o sea, a los que ponen la cultura a disposición de millones de seres humanos como jamás se había conocido en la historia, sino que me amenazan a mí porque me he descargado la V Sinfonía de Beethoven gratis. Nadie le ha preguntado a Beethoven si escribió aquella Sinfonía para que otros ganaran dinero con ella. ¿Quienes son realmente los piratas?, ¿qué pensaría Beethoven si le dijeran que 200 años después, en pleno siglo XXI, hay personas perseguidas y encarceladas por poner su música a disposición de las masas del mundo entero?

Las justificaciones que al respecto exponen los diputados, verdaderos sicarios de los monopolios, son parecidas a las que dan los ingenieros informáticos: defienden la cultura. Pero ocurre que a veces se les escapa algo que es un poco distinto: en realidad lo que defienden es la industria cultural, el “show bussines”, es decir, que con la excusa de la cultura se trata de defender el capitalismo, la propiedad privada y el saqueo de todos y cada uno de los derechos de las personas.

Pero el mayor enemigo somos nosotros mismos, nuestra (de)formación cultural. En los conservatorios enseñan música, y nada más. A los estudiantes de arte les enseñan a pintar, y nada más. Nadie les ha explicado el capitalismo, es decir, que junto al pintor hay un marchante, es decir, un traficante de arte, alguien que hace del arte un negocio, que la historia de la música y la pintura es también la historia de los mecenas y de los patrocinadores a los que hoy se les llama “sponsors”, o sea, los capitalistas que ponen el dinero para que vayamos a un concierto de Bisbal pero no vayamos nunca a uno de Valtonic, para que Bisbal vaya de gira y Valtonic vaya a la Audiencia Nacional.

La era digital, esta revolución moderna de las fuerzas productivas, confirma que el capitalismo carece ya de recorrido, ha llegado a su final y antes de caer fulminado se revuelve como una fiera herida de muerte.

(Este artículo no acababa así sino dando vivas a la piratería, pero las he borrado por si acaso. He consultado el Código Penal y los libros de jurisprudencia y aunque no parece que por el momento la exaltación de la piratería sea delito, no me fío de la fiscalía, por cierto, una institución que deriva del fisco. Es una laguna legal que Soraya Sáenz de Santamaría tiene que ponerse a rellenar rápidamente porque aún quedan cosas que no están prohibidas y eso es un peligro para la sociedad. También es intolerable que el partido pirata no haya sido ilegalizado todavía. ¿A qué esperan?, ¿Garzón se ha quedado sin relevo? Internet, o sea, la red, ¿es una palabra que deriva de redada? Si es así, ¿a qué espera la fiscalía de la Audiencia Nacional para ordenar la próxima redada contra las redes?)

(1) Marx, El Capital, tomo I, pgs.302 y stes.
(2) Idem, tomo I, pg.649
(3) The Pirate Bay, http://thepiratebay.se/legal

Las ilusiones del sueño biotecnológico

Un estudiante de biotecnología responde al artículo sobre los transgénicos afirmando, entre otras cosas, que yo he recurrido a la manipulación, aunque no dice en dónde está la misma, quizá porque opina que todo el artículo no es más que una manipulación. Naturalmente que por mi parte sostengo que no he manipulado ni una sola línea, y voy mucho más allá: como vivimos en un mundo de manipulaciones, bajo ninguna circunstancia el lector debe aceptar la más mínima manipulación y, por consiguiente, si alguien advierte una manipulación en cualquier autor o cualquier medio, debe denunciarlo pública y claramente como tal. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

El estudiante ha leído con demasiada precipitación el artículo, pues dice que yo no he demostrado “con seguridad” que los alimentos transgénicos sean nocivos. Naturalmente: no puedo demostrar algo que no he dicho porque no constituía el objeto del artículo. Lo que sucede es que, como buen estudiante de biotecnología, él quiere llevar la polémica a ese terreno. No se preocupe: habrá ocasión para ello, pero no por ahora.

Luego dice que le hubiera gustado que yo hubiera incluido más referencias, pero es que no he incluido ninguna y lo he dicho desde el principio: “No voy a citar fuentes científicas ni no-científicas”, entre otras razones porque tampoco era ese el objeto del artículo.

Su réplica acoge varios tópicos erróneos, propios de la (de)formación científica que imponen las universidades, como una supuesta necesidad que surgirá en el futuro de mejorar las técnicas de cultivo en el socialismo para cubrir las necesidades alimenticias de la población. Pues bien, en todo el mundo la deficiente alimentación es consecuencia única y exclusivamente de algo que no enseñan en las facultades de agrónomos, ni en las de biotecnología: el capitalismo. Por consiguiente, el remedio no es técnico (agrario, químico o biotecnológico) sino económico, político y social. En este punto la respuesta realmente científica no la han hallado las universidades sino el movimiento obrero, que desde hace 150 años lleva exigiendo el socialismo frente al hambre y la desnutrición de los explotados (que son los que la padecen, no lo olvidemos).

En el asunto de los transgénicos, lo mismo que en otras polémicas políticas disfrazadas de ciencia, mi interés primordial no está ni en las consecuencias ecológicas, ni en las sanitarias, sino en otros aspectos que el autor de la respuesta deja apuntadas de pasada porque las da por buenas, y para mi no lo son. Como ambas me parecen muy importantes porque conciernen a la esencia misma del marxismo (y por lo tanto de la ciencia), aprovecharé la oportunidad para exponer otra vez mi punto de vista.

A diferencia de la ideología burguesa, el marxismo enseña a adoptar siempre dos actitudes sin las cuales no hay manera de avanzar en ningún terreno, ni político, ni económico, ni social, ni cultural. Las dos actitudes son infantiles y absolutamente científicas. Por lo demás, son más viejas que la tos, por más que estén empeñados en que las olvidemos.

La primera es que, como dijo Engels, la esencia del marxismo consiste en preguntar siempre por qué cansinamente, igual que los niños. En general a todas las ciencias, tal y como se explican hoy en las universidades españolas, en general, hay que reprocharles lo que Marx decía de la teoría economica burguesa: que “parte de aquello que debía explicar” (1). Por su posición de clase en la sociedad a la burguesía sólo le interesa el cómo; a nosotros, además de eso, nos interesan las razones últimas de todo, y si no las conocemos no paramos hasta que las encontramos.

Hay quien se conforma pasivamente con lo que le dan, por ejemplo, con las explicaciones de un profesor de biotecnología o con lo que dice un manual de la asignatura. Los marxistas procedemos de otra manera: buscamos, indagamos y preguntamos. Eso es exactamente lo que significa la palabra “investigar” que es la esencia de la ciencia y que exige una actitud activa, iniciativa propia. También se le llama “profundizar» en lo que ocurre y luchar contra los argumentos superficiales que, como decía Descartes, no son más verdaderos que “las ilusiones de mis sueños” (2).

La segunda actitud científica es la negación: lo mismo que los niños, los marxistas decimos que no cuando la mayoría claudica y dice que sí. Pero no sólo los marxistas: la negación es un principio dialéctico que forma parte del método científico desde hace muchos siglos. Basta leer lo que decía Francis Bacon en 1600, que a algunos les recordará sorprendentemente a Engels: “Todo lo que puede nuestra inteligencia, se reduce a proceder primeramente por negaciones y llegar en último término a las afirmaciones, hechas previamente todas las exclusiones necesarias” (3).

La actitud de negación (crítica o antítesis) es aún más importante que la de preguntar, porque si los marxistras nos hacemos preguntas que otros no se hacen es porque no admitimos (o sospechamos) que las respuestas que nos ofrecen no son solventes. Nosotros (y los científicos de verdad) somos inconformistas: no tenemos por demostradas esas “ilusiones de los sueños” que a otros les bastan y sobran.

No voy a entrar aquí en una teoría de la demostración científica. Lo que sí voy a apuntar es algo que me está pareciendo cada vez más importante en los debates: que toda demostración exige lo que los juristas llaman “la carga de la prueba”. ¿Quién es el que tiene que demostrar? No me refiero a la persona sino a la tesis: ¿qué es lo que hay que demostrar? Cuando pedimos a alguien que nos demuestre algo es porque no estamos de acuerdo con lo que está afirmando. En caso contrario no se lo exigiríamos. Por lo tanto, el que pide una demostración ya tiene tomada una posición al respecto, aunque no se aperciba de ello.

Las demostraciones no son simétricas en ninguna ciencia. No es lo mismo demostrar una tesis que una antítesis o tesis contraria, lo cual tiene múltiples aspectos, pero si hablamos de la salud de los explotados pondré como ejemplo lo que los nutricionistas llaman “principio de precaución”: con la salud de las personas no se debería jugar. Antes de aprobar un alimento que se va a consumir en masa es necesario tener cuidado. Por lo tanto, lo que hay que demostrar no es si los transgénicos son perjudiciales sino lo contrario. Por lo tanto, quien debe demostrarlo es el fabricante, no el consumidor.

Las demostraciones no son simétricas porque un monopolio, por pequeño que sea, tiene muchas más posibilidades que yo de demostrar cualquier cosa. Nadie debería admitir (y menos en nombre de la ciencia) que por enésima vez los que tienen la sartén por el mango le den la vuelta a la tortilla para imponer a los demás la prueba de algo que sólo ellos deberían demostrar, como exige el estudiante, “con seguridad”. ¿Por qué nadie exige a los monopolios que demuestren que lo que nos venden como exquisita liebre de campo no es, en realidad, más que un gato callejero?

Como quienes tienen la sartén por el mango plantean el debate al revés (para eso manejan la sartén) y dado que se niegan en rotundo a etiquetar sus transgénicos, es decir, dado que me están engañando, estoy con la mosca detrás de la oreja, empiezo a hacer preguntas y a decir que no. Para que me convenzan de lo contrario los monopolistas deberán empezar por dejar de darme gato por liebre.

No es sólo un problema de transparencia o etiquetado. La ocultación demuestra que hay gato encerrado no sólo con lo que nos venden en el supermercado sino con los terrenos que se cultivan con semillas transgénicas. No tengo por qué consumir un salmón transgénico como si fuera natural, pero si tengo una huerta tampoco tengo por qué admitir que los cultivos transgénicos del vecino contaminen los míos.

La desconfianza se puede multiplicar tanto como uno quiera, pero especialmente cuando el objetivo de una empresa capitalista no es mi salud sino su propio lucro, es decir, que gana dinero a mi costa y, además, no me cuenta (toda) la verdad.

Mi mosqueo no para de crecer en todos y cada uno de los aspectos que observo: ¿por qué las revistas “de referencia” como Nature o Science no publican artículos científicos en contra de los transgénicos?, ¿acaso no existen o los censuran?, ¿no hay polémica?, ¿no valen para nada los experimentos rusos?, ¿saben más los científicos estadounidenses que los rusos? La prohibición de los transgénicos por parte de Rusia, ¿es infundada?, ¿es arbitraria? Así lo ha sostenido una estúpida página web de esas que defienden a la “ciencia” de todos los peligros habidos y por haber, al tiempo que critican las “atrocidades” del castrismo en Cuba (4). Todo lo que no está conforme con ellos no es ciencia. La ciencia son ellos.

Pero no es sólo Rusia. También Suiza ha impuesto una moratoria sobre los transgénicos (5) y recientemente el ejército nigeriano y el chino los han prohibido en el rancho de sus tropas, e incluso en el aceite de cocina (6). ¿Eso no demuestra nada? La pregunta no debe dirigirse sólo sobre los motivos de esa prohibición sino también sobre lo siguiente: es evidente que a esos Estados les importa un bledo la salud de sus ciudadanos. En cambio sí se preocupan por sus ejércitos, y para evitar que sean diezmados por la comida, o sea, para salvaguardar su poderío militar, prohiben los transgénicos en la alimentación de los soldados. De ahí yo deduzco lo siguiente: si se preocuparan por los civiles lo mismo que por los militares, la prohibición se generalizaría.

El enésimo engaño es que la mayor parte de las revistas especializadas están aparentando que en la ciencia no hay una polémica sobre los transgénicos (ni sobre nada), lo cual es falso. Por lo tanto, pregunto: ¿quién es realmente el que manipula?, ¿acaso no está poniendo el mundo al revés, quien puede hacerlo, es decir, quien tiene el poder para hacerlo y la desfachatez de acusar de manipulación al bando contrario?

No desviemos la atención ni nos engañemos con la ciencia: las semillas transgénicas de Monsanto suponen ya el 80 por ciento del maíz y el 93 por ciento de la soja cultivada en Estados Unidos y aspiran a alcanzar esa misma proporción en todo el mundo, o sea, a poner al mundo entero a sus pies. De eso (y no de otra cosa) hablaba mi “manipulador” artículo.

(1) Marx, Manuscritos: filosofía y economía, Madrid, 1968, pg.104.
(2) Descartes, Discurso del método, Barcelona, 1980, pg.120.
(3) Bacon, Novum Organum, Barcelona, 2002, pg.106.
(4) http://magufos.com/17842/por-que-rusia-se-opone-a-los-transgenicos
(5) http://vistoenlaweb.org/2012/09/28/suiza-se-suma-a-rusia-y-dice-no-a-los-transgenicos/
(6) http://fooddemocracynow.org/blog/2014/may/14/breaking_chinese_army_bans_all_GMO_grains_and_oil/

Los transgénicos son un instrumento de dominación del imperialismo

Rusia acaba de prohibir totalmente los transgénicos, basándose en que su consumo es nocivo para la salud, según han demostrado los científicos de la Academia de Ciencias rusa. Quiero destacar de manera telegráfica varias aspectos que me parecen relevantes en este debate, lo mismo que en otros parecidos.

El primero es que como los científicos que han demostrado la nocividad del consumo de alimentos transgénicos son rusos, sus investigaciones van a pasar desapercibidas porque para la “ciencia” actual las únicas investigaciones que existen son las que se originan en los laboratorios de Estados Unidos y países cómplices suyos. No es la primera vez que esto ha ocurrido y no sólo ha ocurrido con Rusia, sino con científicos de otros países, como Francia el año pasado (sin ir más lejos).

He escrito lo de “ciencia” entre comillas por lo siguiente: porque no es tal ciencia sino ideología dominante, que en este caso no es la de una clase social sino la de una potencia mundial: por medio de los transgénicos Estados Unidos intenta imponer unas determinadas concepciones políticas e ideológicas (imperialistas) acerca de ellos como si fueran ciencia de verdad.

El segundo aspecto es que en los transgénicos, lo mismo que en las habitaciones, hay cuatro paredes que forman una única habitación, pero que en los debates aparecen desconectados entre sí:

a) la primera es una pared ecológica, es decir, los efectos que pueden causar en la naturaleza los seres vivos modificados genéticamente

b) la segunda es médica: los efectos que pueden causar los alimentos transgénicos sobre aquellos que los consumen, es decir, que la salud de las personas está en manos de monopolios agroalimentarios cuyo objetivo es ganar dinero (a costa de lo que sea y especialmente a costa de la salud de las personas)

c) el tercer aspecto es criminal: la estafa más vieja del mundo que consiste en dar gato por liebre, es decir, que compras una cosa y te venden otra distinta sin informarte, o sea, que los transgénicos no están etiquetados como tales de manera que el consumidor pueda elegir

d) el cuarto es el imperialismo, o como se dice ahora, la hegemonía: éste es el aspecto que voy a desarrollar.

Los monopolios de cualquier tipo intentan dominar un mercado y los monopolios agroalimentarios tratan de dominar la agricultura mundial. Los que no hemos creído nunca en el neoliberalismo añadimos además: a través de los monopolios dominan las potencias imperialistas que los sostienen.

Algunos quieren quitar hierro al asunto y dicen: eso pasa con todos los sectores económicos, los monopolios agroalimentarios en nada se diferencian de los demás. Es erróneo: podemos prescindir del móvil pero no de un mendrugo de pan. Por lo tanto, para todos los países del mundo la agricultura es un sector estratégico. Ahora a eso le llaman “soberanía alimentaria” en el Tercer Mundo, pero hay algo más; no se trata sólo de los países sino de que la superviviencia física de millones de seres humanos depende de dos cosas:

a) la primera de que suceda algo imposible: que se mantengan las formas actuales de agricultura, es decir, las formas agrarias anticuadas, autárquicas, lo cual no va a suceder porque en todo el mundo la expansión del capitalismo es inexorable

b) que se imponga su contrario (dialéctica), la revolución socialista, que es la única alternativa con futuro para el campesinado, o sea, para la inmensa mayoría de la humanidad; esto es lo que sí va a suceder en todo el mundo inexorablemente

Ya lo explicó Marx en “El Capital”, lo volvió a explicar Kautski en “La cuestión agraria”, lo repitió Rosa Luxemburgo en “La acumulación de capital” y por enésima vez Lenin volvió sobre el mismo asunto en sus primeros escritos: en todos los países del mundo la agricultura ha sido el último sector económico en ser sometido al capitalismo, lo cual ha permitido sobrevivir a la mayor parte de la humanidad que de otra forma hubiera sido aniquilada por la expansión del capitalismo. El “retraso” de la agricultura ha favorecido formas autárquicas de producción y subsistencia que hoy están amenazadas por las multinacionales agroalimentarias.

El imperialismo de Estados Unidos está tratando de sostener su hegemonía de varias formas, entre ellas imponiendo un determinado desarrollo de las fuerzas productivas en la agricultura, especialmente las patentes sobre semillas y los transgénicos, de tal manera que el campesinado que hoy es autosuficiente deje de serlo y pase a depender de las empresas comercializadoras, que son monopolios de Estados Unidos (en su inmensa mayoría).

Hay países, como Francia y Rusia, que se oponen a esa hegemonía y, por lo tanto, son los países en los que la ciencia presenta un aspecto radicalmente opuesto a la “ciencia” que nos llega de Estados Unidos, que es la única que algunos conocen y reconocen como tal. De ahí el cariz canallesco de las lecciones impartidas en España en algunos cursos universitarios de genética, de agrónomos o de medicina. Realmente repugnante.

El lector se dará cuenta de que la ciencia está muy cerca de la ideología y a causa de ello es posible que padecezca dos tentaciones simétricas (dialécticas) casi irresistibles: unos dirán que la ciencia no existe, que todo es ideología (“nada es verdad ni es mentira, todo es del color del cristal con que mira”); otros incurrirán en el vicio opuesto para sostener que todo es ciencia, que la ciencia no tiene nada que ver con la ideologia, ni con el capitalismo, ni con las clases sociales…

Ahora mismo en algunos Estados de Estados Unidos, como California, está en marcha una campaña popular a favor de la celebración de un referéndum para que los transgénicos se etiqueten, es decir, sobre el aspecto criminal de este asunto. Dialécticamente las multinacionales en los medios (que son sus medios) han desatado su propia campaña para contrarrestar a la anterior (lucha de contrarios). Dicha campaña consiste en preguntar lo siguiente: ¿acaso un asunto científico se puede someter a referéndum?, ¿tiene el mismo valor el voto de un experto que el de un ignorante que no ha sido capaz de aprobar los exámenes del instituto?

Como véis un debate apasionante… apasionantemente fascista. Es otro intento de que mantengamos la boca cerrada. Nuestra opinión no vale nada. Nosotros no podemos tener una opinión distinta de la que nos aconsejen los expertos, los que saben de estas cosas. Lo que nos corresponde a la chusma como nosotros es lo siguiente:

a) convencernos a nosotros mismos de que somos unos ignorantes y que estamos mejor calladitos
b) aprender a obedecer, a decir que sí sin rechistar: los expertos saben lo que se traen entre manos

Voy a dejar para más adelante unas declaraciones repugnantes de un “científico” español (del CSIC) que se ha burlado de nosotros diciendo lo siguiente: hace tiempo que las multinacionales agroalimentarias están engañando al mundo entero al vender transgénicos sin etiquetar que todos hemos consumido. Seguimos vivitos y coleando. No pasa nada. Los transgénicos no son nocivos para nuestra salud.

Es otro ejemplo de lo cercanos que están algunos “científicos” al imperialismo y a la criminalidad. Hacen apología de un delito como la estafa. Comprendo que es difícil separar a esa “ciencia” de una estafa vulgar y corriente, pero hay que seguir intentándolo.

La dialéctica es el álgebra de la revolución

Juan Manuel Olarieta

Le agradezco sinceramente a Eduardo Rojas el nuevo comentario que escribe, que me anima a volver a la carga sobre el mismo asunto. Para mi no es ninguna molestina sino un estímulo que, además, me ayuda a aclararme a mí mismo y espero que también contribuya a aportar algo a los lectores.

No puedo ahora entrar ahora a responder a cada uno de los aspectos que aborda, aunque espero hacerlo en un futuro próximo porque creo que son interesantes. No obstante, me gustaría dejar apuntadas al menos algunas cosas. La primera es que sus comentarios sí son un ataque directo y frontal al materialismo y a Engels. Cuestión distinta es que no sea consciente del alcance de sus afirmaciones, algo bastante frecuente que podríamos calificar como el síndrome Monsieur Jourdain que padecemos todos los seres humanos (unos más que otros) por el hecho de ser humanos, o sea, por el hecho de ser inconscientes (al menos en parte).

La conciencia, decía Lenin, es un grado, y yo añado de mi cosecha: y la inconsciencia también es un grado. Lo que ocurre es que los marxistas, como la mayor parte de los seres humanos, hablan mucho de la conciencia, muy poco de la inconsciencia, casi nada de la subconsciencia y aún queremos ir mucho más allá para no hablar absolutamente nada de la ciencia.

Si algún lector cree que esto es juego de palabras se equivoca rotundamente: la ciencia es una parte de la conciencia y quien no quiere hablar de ciencia tampoco quiere hablar de conciencia. Pues bien: una revolución no es posible sin conciencia; luego tampoco es posible sin ciencia. El marxismo no es más que una ciencia de la revolución; su conciencia.

La segunda observación que quiero exponer es que, en efecto, Lenin no leyó la «Dialéctica de la naturaleza» ni muchas otras cosas de las que hoy disponemos, lo mismo que los comunistas de habla hispana no pudieron leer «El Capital» porque no se tradujo hasta hace apenas 40 años, lo cual no les impidió dirigir importantes batallas contra el capitalismo, como la guerra civil en 1936 o la revolución cubana en 1959. Muchos otros, la mayoría, siguen hoy sin leer «El Capital» y eso no les convierte en menos revolucionarios que a los que sí lo han hecho.

Si como dice Rojas los militantes revolucionarios no utilizan la dialéctica para avanzar hacia el socialismo, pueden suceder dos cosas: o bien no son tan revolucionarios como ellos creen (y así nos luce el pelo), o en caso contrario, si son auténticos revolucionarios padecen el síndrome Monsieur Jourdain: no saben que hablan dialéctica.

Como el aire que respiramos, la dialéctica -repito- está en todas partes. Todo el mundo hace uso de ella cotidianamente. Ese no es el problema. El problema es hacer un uso consciente de ella.

Como Monsieuer Jourdain todos los seres humanos hacemos cosas que no sabemos lo que son y nos quedamos sorprendidos cuando empezamos a saberlo. Como máximo sabemos el funcionamiento de las cosas. Yo he aprendido a golpear las teclas del ordenador, a borrar las errores ortográficos de mis escritos y a leer un correo electrónico. Pero no tengo ni idea de informática, no se lo que es un algoritmo matemático, ni el álgebra de Boole. Eso no me autoriza a afirmar que el álgebra de Boole no es necesaria para que yo escriba esto y los lectores lo puedan leer. Cada vez que arranco el ordenador, estoy utilizando el álgebra de Boole y no me entero, o sea: no soy consciente de ello.

Lo mismo ocurre con las revoluciones. Como dijo el gran revolucionario ruso Herzen, la dialéctica es el álgebra de la revolución. Por lo tanto, un revolucionario la está utilizando cada minuto del día (si es un revolucionario de verdad). La cuestión es siempre misma: si lo hace consciente o inconscientemente. Para que el lector entienda que no es juego de palabras voy a poner algunos ejemplos banales al más puro estilo Engels.

Como creo que todos, yo aprendí a nadar sin necesidad de leer ningún manual de instrucciones. Lo mismo me ocurrió con la bicicleta. No tenía ni idea de las razones por las cuales mi cuerpo flota en el agua, ni tampoco por qué es capaz de mantener el equilibrio sobre dos ruedas. No se lo que es el Principio de Arquímedes, ni soy capaz de calcular el centro de gravedad de las masas. No se lo que hago pero lo hago inconscientemente, como la mayor parte de las cosas que todos hacemos en la vida, porque la vida es sobre todo eso: práctica.

Con los años he practicado la natación, un monitor me enseñaba la manera correcta de nadar más y mejor. También se que hay gente profesionalizada que compite en la natación como en el ciclismo. Se entrenan para ello diariamente. Incluso hay quien lo estudia, hay manuales, centros especializados de educación física, han aparecido las ciencias biomecánicas, la medicina deportiva… En resumen: a pesar de que para nadar y correr en bicicleta no hace falta leer ni saber nada, también hay quien lo hace conscientemente, practica, se entrena y estudia. Son una minoría de atletas.

Pues bien, traslademos eso a la revolución: las revoluciones las hacen las masas, la inmensa mayoría de ellas ni siquiera han oido hablar nunca de dialéctica, pero están al cabo de la calle. Además de ellas hay una minoría de atletas de la revolución, profesionales que dedican a ella su vida y sus energías, que estudian, que se entrenan, que discuten, es decir, que hacen lo mismo que hacen las masas, pero conscientemente: sabiendo lo que hacen.

Esto ya lo explicó Spinoza, uno de los verdaderos «padres fundadores» del materialismo moderno. A su manera, Lenin dijo lo mismo cuatro siglos después: además de las masas, la revolución también tiene sus profesionales entrenados para ella. Hacen lo mismo que las masas, pero lo hacen conscientemente, y una conciencia sólo es verdadera cuando se sostiene sobre la ciencia.

Los ataques contra Engels están dirigidos contra el materialismo

Un escrito anterior ha suscitado comentarios críticos que, aparentemente, se dirigen sólo contra Engels, de quien dicen que le hizo un daño inmenso al marxismo con su “Dialéctica de la naturaleza”. No obstante, a pesar de las apariencias, el objetivo de ese tipo de críticas no está enfilado contra Engels sino contra el materialismo, es decir, que se trata de otro intento más de convertir al marxismo en una variante del idealismo subjetivo, que es el propósito de esos “marxistas occidentales” partidarios de la filosofía “de la praxis”, que se pretenden amparar en la Tesis 11 sobre Feuerbach acerca de “cambiar el mundo”.

La burguesía no sólo tiene una concepción errónea acerca de la naturaleza sino que su error desemboca en otra concepción no menos errónea acerca de eso que llaman “ciencias de la naturaleza” por contraposición a las ciencias humanas o sociales. Son dos variedades del mismo error. Un ejemplo de ello es cuando el Vaticano rechaza la homosexualidad por ser una práctica “antinatural”, cuando entre los animales el índice de homosexualidad oscila de un 2 a un 15 por ciento, según las especies. Como no podía ser de otra forma, el récord del orgullo gay lo ostenta la cacatúa rosa, una especie de loro con un 44 por ciento de ejemplares que mantienen relaciones “íntimas” con los de su mismo sexo. Decir que en el sexo hay algo natural o antinatural es absurdo, lo mismo que hablar del índice de crecimiento “natural” o “vegetativo” de la población. Por cierto: ¿la demografía es una ciencia social o natural?

El “marxismo occidental” quiere reducir el marxismo al materialismo histórico porque así es como entienden ellos la práctica y la consigna de “cambiar el mundo”. También dicen que “extender la dialéctica a todo lo que existe en la naturaleza es salirse completamente del objeto del marxismo”. El propósito del idealismo es que la burguesía pueda proseguir indefinidamente lanzando todo tipo de sandeces en nombre de la ciencia, mientras que los marxistas deben mantener la boca cerrada porque lo suyo son sólo las ciencias sociales. Es fácil adivinar que se trata de un desarme en toda regla del proletariado y, naturalmente, un intento de vaciar al marxismo de contenido, que empieza por expulsar a Engels del olimpo de los “padres fundadores”, del que hace tiempo que ya han sacado a Lenin y Stalin.

El ataque fue iniciado por Lukacs quien imputó a Engels (nada menos que) una profunda incomprensión de la naturaleza práctica de la industria y la experimentación científica que, según Lukacs, son puramente contemplativos (1). En este punto el problema de los idealistas como Lukacs es doble. Por un lado, tienen una noción muy diferente de la de Marx y Engels acerca de la práctica: lo mismo que los partidarios de la filosofía “de la praxis”, Lukacs no sabe lo que es la praxis. Por el otro, el tortuoso concepto de naturaleza (y de la dialéctica de la naturaleza) que trata de esbozar (2), también es ajeno al marxismo.

Lo mismo le ocurre a Alfred Schmidt, un seguidor de la llamada Escuela de Frankfurt que en los años sesenta escribió una penosa obra titulada “El concepto de naturaleza en Marx”, en la que se saca de la manga un supuesto enfrentamiento entre Marx y Engels y le imputa a la “Dialéctica de la naturaleza” un tratamiento exterior al objeto de la ciencia (3), algo superpuesto a él, artificioso. Lo ha repetido la burguesía muchas veces: la dialéctica de la naturaleza de Engels se superpone a la naturaleza e incluso a la ciencia, adherida como si fuera un apósito, un postizo.

Por ejemplo, según Schmidt, Engels aplica categorías hegelianas a la célula, incluso despreocupándose de sus presupuestos idealistas especulativos. Es falso. Engels no aplica nada a la célula y mucho menos categorías hegelianas, es decir idealistas. Schmidt oculta que Engels no se refiere a la célula sino a la teoría celular, que es algo muy distinto. Por lo demás, hasta el menos informado se apercibe de que la esencia del desarrollo celular es dialéctica: uno se divide en dos y dos forman uno.

En estos ataques Engels sólo es la coartada. El verdadero propósito del “marxismo occidental” es lanzar un torpedo a la línea de flotación del materialismo en su conjunto y, por consiguiente, Marx es la otra parte del asunto porque, como materialista, se le pueden hacer exactamente las mismas imputaciones que a Engels, ya que ambos defienden el mismo materialismo. En la obra de Marx no existe ninguna dicotomía entre el ser humano y la naturaleza. Ésta no es algo externo o exterior al ser humano: “El hombre no está en la naturaleza sino que es naturaleza”, dice Marx.

A diferencia de Lukacs, Marx no considera al hombre como un espectador que no interviene en la naturaleza sino que, muy al contrario, habla de “metabolismo” (“Stoffwechsel”) entre el hombre y la naturaleza. El trabajo humano, la producción, es la parte principal de ese metabolismo del que habla Marx.

Pero, por cierto, hagamos un inciso: el concepto de metabolismo procede de la filosofía griega (“metabolei”), en donde significaba “movimiento”, de donde pasó a la biología para sustituir al término “intosuscepción” con el que hasta principios del siglo XIX se había explicado la especificidad de los cambios (dialécticos) que experimentan los seres vivos, a diferencia de los objetos llamados “inertes”.

Es obvio que hoy (como en tiempos de Marx) el metabolismo es un concepto propio de las ciencias naturales y, más en concreto de la fisiología y la bioquímica. Pero el metabolismo supera la descripción científica de un mera interacción dialéctica de la manera en que habitualmente se entiende: se trata de una auténtica interpenetración, de una progresiva asimilación de la naturaleza por la sociedad. Ciertamente hay una diferencia: donde las ciencias naturales hablan de digestión, Marx habla de producción.

El concepto de metabolismo que utiliza Marx ayuda a entender su definición de naturaleza: “La naturaleza es el cuerpo inorgánico del hombre, es decir, la naturaleza en cuanto no es ella misma el cuerpo humano. El hombre vive de la naturaleza; esto quiere decir que la naturaleza es su cuerpo, con el que debe permanecer en un proceso continuo, a fin de no perecer. El hecho de que la vida física y espiritual del hombre depende de la naturaleza no significa otra cosa sino que la naturaleza se relaciona consigo misma, ya que el hombre es una parte de la naturaleza”.

Las citas de Marx se pueden multiplicar a gusto del lector, pero me quedaré con aquella en la que afirma que la historia misma, la historia social, no es más que una parte de la historia natural, es decir, de la transformación (desdoblamiento lo llama) de la naturaleza en sociedad y, por consiguiente, que no existe ninguna diferencia entre las ciencias de la naturaleza y las de la sociedad (4). Lo mismo cabe decir de Darwin, del que parece que cuando habla del origen de las especies se refiere sólo a la naturaleza; pero cuando habla del origen del hombre, ¿no habla Darwin también de la naturaleza? Si eso es así, ¿cuál es la diferencia entre unas ciencias y otras?

Los marxistas tienen un concepto erróneo de sí mismos si creen que Marx y Engels procedieron de una manera diferente al resto de los pensadores más grandes de la humanidad al “mezclar” a la ciencia con “otras cosas” que (por ello mismo) parece que no lo son, es decir, que no son científicas. Newton hizo exactamente lo mismo que ellos al llamar “filosofía natural” a la física. Lo mismo cabe decir de Descartes, conocido tanto por su filosofía como por su geometría analítica. Además de un conocido filósofo, Aristóteles escribió varias obras sobre biología, Kant fue el pionero de la cosmología…

Ya que he hablado antes de la sexualidad, recordaré que Darwin la ponía como ejemplo de selección “natural”, después de llevar a cabo su propia selección, que era muy poco “natural” y, desde luego nada científica: las mujeres, decía Darwin, seleccionan a los hombres por su atractivo físico (5). Mi duda es si una afirmación como esa:

a) forma parte de las ciencias sociales
b) forma parte de las ciencias naturales
c) es una chorrada, o sea, ideología y prejuicios de la peor especie

Los guapos, las guapas, los feos y las feas son un ejemplo claro de lo que los biólogos llaman “dimorfismo” o sea otro ejemplo de dialéctica: a lo largo de su evolución “natural” las especies, lo mismo que las células, experimentan un desdoblamiento dialéctico (uno se divide en dos) entre ejemplares sexualmente diferenciados, macho y hembra, que en las especies menos evolucionadas no existe porque son “unisex”.

Etcétera. La dialéctica está por todas partes, incluida la naturaleza, las galaxias, los átomos, la geometría y la lucha de clases. Al defenderlo así Engels llevó a cabo un trabajo magistral, escribió una obra pionera y revolucionaria en su campo, tanto que, por esos escritos y por otros a la misma altura, Engels pasará a la historia como uno de los más grandes pensadores de la humanidad: el que sentó las bases del materialismo realmente científico. Los marxistas deberían sentirse muy orgullosos de contar entre sus filas con un gigante de la talla de Engels.

(1) Lukacs, Historia y conciencia de clase, Grijalbo, México, 1969, pgs. 179 y stes.
(2) Historia y conciencia de clase, cit., pgs. 263 a 265.
(3) Schmidt, El concepto de naturaleza en Marx, Siglo XXI, Madrid, 1977, pgs. 46 y stes.
(4) Marx, Manuscritos: economía y filosofía, Alianza, Madrid, 1968, pgs.110-111 y 152-153.
(5) Darwin, El origen del hombre, Madrid, 2006, tomo II, pg.376.

La dialéctica está por todas partes

Juan Manuel Olarieta

En un foro comunista uno de los participantes abre un hilo para exponer que a pesar de que los marxistas afirman que las contradicciones están por todas partes, él no es capaz de verlas, sin embargo, en una piedra que hay tirada en un camino. A mi ocurre lo mismo cuando me asomo al balcón de mi casa: veo pasar a la gente por la calle pero no se quiénes son. Para encontrar la dialéctica en una piedra hay que saber qué es la dialéctica. Cuando en un camino te encuentras con alguien a quien conoces le saludas, pero pasas de largo en caso contrario. Lo mismo ocurre con la dialéctica. Pasamos de largo ante ella porque no sabemos lo que es.

Para reconocer a la dialéctica hay que ver las cosas en movimiento porque donde hay movimiento hay contradicciones y, por lo tanto, dialéctica. Dado que todo está en movimiento, la dialéctica está por todas partes. Si estamos rodeados por ella deberíamos ser capaces de verla. Si no es así es porque no la conocemos: o no sabemos lo que es o no vemos que todo está en movimiento.

En el caso de la piedra, que nos parece como algo inerte, sin movimiento, se me ocurre que su composición atómica es consecuencia de una larga transformación a lo largo del tiempo, como tantos otros compuestos químicos. Por ejemplo, es muy posible que antiguamente esa piedra estuviera compuesta de elementos radiactivos inestables que con el tiempo han modificado su composición atómica hasta convertirse en estables, bien entendido que esa estabilidad es relativa, es decir, que a pesar de las apariencias sigue siendo inestable, que sigue cambiando como consecuecia del viento o la lluvia u otros fenómenos físicos, químicos, geológicos o de otro tipo.

La radiactividad es un fenómeno típicamente dialéctico, una contradicción que se produce en el núcleo de los átomos de determinados elementos químicos entre los protones y los neutrones, por la cual dicho elemento se transforma en otro distinto. Lo que ocurre es que la radiactividad no se ve a simpe vista y da la impresión de que la piedra no está cambiando.

«Mientras contemplamos las cosas como en reposo -escribió Engels en el Anti-Dühring- cada una para sí, junto a las otras y tras la otras, no tropezamos ciertamente con ninguna contradicción en ellas«. A su vez, si no somos capaces de analizar las cosas en movimiento es como consecuencia de una larga tradición metafísica, es decir, como consecuencia de una deformación intelectual que es típica de la cultura occidental, a diferencia de la oriental.

Pero padecemos otra deformidad aún más característica: tenemos la estúpida creencia de suponer que la cultura occidental es toda la cultura, la cultura por antonomasia, mientras que las concepciones orientales las tomamos por exóticas, curiosas e irrelevantes. Donde en China ven contradicciones por todas partes, nosotros no somos capaces de ver nada.

Además de ignorancia, lo nuestro es pura soberbia intelectual que, con el tiempo, no ha hecho más que crecer y desarrollarse, por lo que vivimos en medio de la estupidez y disfrutamos con ella. Por eso es costumbre burlarse de la dialéctica y considerarla como una reliquia de la que sólo se acuerdan los marxistas. Desprecian la dialéctica aquellos que no saben lo que es.

El ejemplo más conocido es el de Dühring, que consideraba la contradicción como un contrasentido que tenemos que rechazar porque es ilógico o incoherente. Lo mismo que Dühring han repetido otros autores, como el jurista austriaco Hans Kelsen o el filósofo Karl Popper. En la cultura occidental todo conocimiento que se precia de ser científico empieza por el principio de no-contradicción, es decir, desde el principio tiene la voluntad de no incurrir en contradicciones, de tal manera que si, a pesar de ello las contradicciones aparecen, hay que rechazar la teoría por incoherente.

No voy a entrar ahora a criticar un punto de partida (el repudio de las contradicciones) que carece de justificación, es decir, a preguntarle a un científico algo que parece una obviedad: ¿por qué rechaza Usted las contradicciones desde un principio? ¿En qué se fundamenta? Lo que sí quiero poner de manifiesto es algo que me parece mucho más importante: aún en el supuesto de que las contradicciones se intenten rechazar, reaparecen igualmente, lo cual demuestra que ninguna ciencia puede prescindir de ellas.

El ejemplo más clamoroso fue el intento que desde finales del siglo XIX se llevó cabo para axiomatizar la matemática, fundamentándola en la lógica, es decir, en el principio de no-contradicción. El intento «fracasó» porque las no- contradicciones produjeron contradicciones.

Pero resulta aún más curioso recordar lo que le ocurrió a Niels Bohr cuando propuso los fundamentos de la Mecánica Cuántica. Entonces muchos físicos le dijeron que los postulados de aquella teoría eran contradictorios, lo cual parecía obvio. Bohr no fue capaz de encontrar ninguna explicación, hasta que durante un viaje a China se topó con una frase de Heráclito que a partir de entonces se convirtió en el lema que defendió toda su vida: Contraria sunt complementaria. Para el físico danés no había otra manera de explicar algo tan moderno como la Mecánica Cuantica que la dialéctica: los contrarios forman una unidad, son complementarios.

Con la dialéctica siempre nos topamos con una contradicción. Por un lado están aquellos que se burlan de Engels diciendo que los ejemplos que pone para explicarla son simplones, banales y ridículos. A esos tipejos les ocurre lo mismo que a Monsieur Jourdain, que era tan ignorante que no sabía que hablaba en prosa. Como la dialéctica es tan corriente, se pueden ejemplos tan sencillos que los vemos por todas partes, o deberíamos y, desde luego, podemos entenderlos a la perfección. Pero para los listillos las cosas nunca pueden ser simples ni sencillas; hay que complicarlas.

El otro polo de la contradicción está en aquellos que dicen: ciertamente la dialéctica está por todas partes, pero hay una manera más sencilla de explicar los fenómenos. Es típica del positivismo anglosajón, lo que pasa es que esas personas también les ocurre lo mismo que a Monsieur Jourdain: no saben que están defiendo una ideología (no una posición científica) y que la misma les lleva a otra contradicción: a tratar de explicar un fenómeno dialéctico de una manera no-dialéctica.

Los que no gustan de las contradicciones viven en medio de una contradicción, y a los demás nos pasa lo mismo.

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