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La CIA utilizó a los secuaces de Tito para luchar contra los comunistas

Juan Manuel Olarieta

En inglés «cloven» se puede traducir como escindir y en 1952 la CIA aprobó el Plan Cloven para introducir una cuña dentro del Partido Comunista Francés, para dividirlo. No obstante, la dirección del proyecto no estuvo directamente en manos de la CIA sino del embajador de Estados Unidos en París, David Bruce, miembro de la OSS, porque al gobierno francés de la época (Pleven, Faure, Pinay) le correspondía un papel muy activo.

El Plan se ejecutaba en paralelo a otro, el Demagnetize, del cual el gobierno francés nunca tuvo conocimiento. Aunque en el Plan el objetivo último no es explícito, parece que se trataba de prohibir al PCF, lo mismo que al KPD en Alemania: una vez escindido el Partido, mientras los comunistas serían ilegalizados, los domesticados podrían continuar la actividad política. En aquellla época el barómetro que utilizaba la CIA para poner una frontera entre unos y otros (los buenos y los malos comunistas) era la URSS, es decir, que quedarían fuera de la ley quienes defendieran a la Kominform o a los países socialistas.

La ilegalización explica el motivo por el cual la CIA introdujo dentro del Plan al gobierno francés, a quien correspondería poner en marcha la maquinaria policial y judicial que debía conducir a un proceso judicial espectacular, unido a una campaña de prensa de las mismas dimensiones. Por eso la CIA creó dos equipos de trabajo, uno en Washington y otro en París.

Como punto de partida inicial la CIA se apoyó en los estudios de Charles A. Micaud, un profesor universitario de ciencias políticas que había estudiado las interioridades del PCF, sobre el que en 1963 escribiría un libro: «Communism and the French Left». El plan de Micaud se basaba en utilizar a los renegados, a todos aquellos que había sido expulsados del PCF en distintas épocas, así como en explotar las disensiones internas que existían y crear otras nuevas.

En aquella época el trotskismo en Francia estaba muy desprestigiado, entre otras cosas por su colaboración con el fascismo durante la ocupación nazi, mientras que el titismo acababa de explotar y, además, tenía el respaldo de la embajada de Yugoeslavia en París.

En Francia el revisionismo titista se había agrupado en un reducido círculo en torno a la revista «Unir». La CIA hizo lo mismo que antes ya habían hecho otras agencias de inteligencia imperialistas con el trotskismo: inflar el fenómeno, dotarle de medios, financiarle e incluso incorporar algunas marionetas a sus filas.

En Washington un equipo de trabajo fue el que redactó el Plan Cloven. Se trata del Psychological Strategy Board, un organismo de la CIA creado especialmente por Truman y dirigido por Charles R. Norberg, un abogado de Harvard implicado en algunos de los proyectos más sucios del imperialismo, como MK-Ultra y métodos de interrogatorio bajo torturas.

Por su parte, el gobierno francés creó una oficina secreta dirigida por el prefecto de policía de París Jean Baylot, miembro de la SFIO, es decir, socialdemócrata.

Hay que destacar tres notas fundamentales en el equipo formado por la CIA en París, aunque sea muy brevemente. La primera es que, además de policía y socialista, Baylot era miembro de la masonería, lo cual es un detalle importante a tener en cuenta tras la experiencia italiana, en donde se ha sabido que la CIA, Gladio y la Logia P2 eran las tres piernas de un único proyecto anticomunista.

La segunda es que en su lucha contra el comunismo, la CIA no se apoyaba sólo en grupos políticos burgueses sino en los más próximos al comunismo. No es casualidad que un socialista, un viejo sindicalista como Baylot, estuviera al frente del equipo de París. «No hay peor cuña que la de la propia manera», dice el refrán. El imperialismo se apoya en los renegados, los desertores y todos aquellos que se oponen al comunismo en nombre del verdadero comunismo, del auténtico, como Boris Souvarine, uno de tantos intelectuales trotskistas que empezó a trabajar para la CIA desde su fundación. Otro renegado que cambió de bando para integrarse en el Plan Cloven fue Henri Barbé, un antiguo militante del PCF que se hizo colaboracionista bajo la ocupción nazi y luego fue reciclado para la CIA a cambio de un sueldo importante.

La tercera nota a destacar es una obviedad: este tipo de organismos clandestinos del Estado suele reunir en su seno a la peor escoria de la política burguesa, personajes siniestros como George Albertini, viejo fascista y director de Beipi, una una revista financiada por la CIA.

Otra pieza de las cloacas era Antoine Pinay, otro fascista, antiguo miembro del Consejo Nacional de Vichy que se encargó de la coordinación del Plan Cloven con el gobierno francés y acabó como presidente del propio gobierno.

Otra pieza de aquel inframundo fue Jean Paul David, dirigente del movimiento denominado «Paz y Libertad», creado en 1950 por la CIA y la OTAN para contrarrestar al Movimiento por la Paz, creado por la Kominform.

En 1951 Baylot, Albertini y Barbé ya utilizaban a los disidentes para atacar al PCF en su propio terreno, desmoralizar, confundir y lograr que los militantes desertaran. Clandestinamente la policía francesa estaba apoyando a los que difundían La Lucha, un periódico creado en 1949 por un renegado, el antiguo diputado comunista Darius Le Corre. Después de abandonar el PCF Le Corre fue reciclado por la SFIO, la socialdemocracia francesa, para trabajar en el equipo de Albertini como portavoz de un autodenominado «Movimiento Comunista Independiente» cuyo sustento no eran los militantes sino el dinero que llegaba de la CIA, unas cifras tan astronómicas que La Lucha imprimía su portada en color, algo inverosímil en aquella época.

Cuando los partidarios de Tito fueron expulsados del PCF, la CIA los condujo a aquel fantasmagórico «Movimiento Comunista Independiente». En las elecciones legislativas de junio de 1951 trataron de captar los votos del PCF presentando una lista que fracasó estrepitosamente al no lograr presentarse en más de dos circunscripciones ni reunir más de 7.000 votos.

Tras el fracaso por medio de Albertini la CIA se concentró en el periódico titista «Unir», dirigido por Jacques Courtois, cuyo verdadero nombre era Fernand Tocco, que ya entonces era un confidente de la policía francesa. En cumplimiento del Plan Cloven fue Barbé quien empezó a dirigir los pasos de Tocco, una manipulación que se prolongará hasta 1974, es decir, durante más de 20 años.

Al grupo «Unir» se le fueron sumando luego algunos trotskistas, convirtiéndose en el refugio de todos los desertores del PCF, el lugar en el que podían explayarse contra el comunismo, contra Stalin y contra la URSS, contar las interioridades, airear los trapos sucios, en fin, esparcir el morbo anticomunista. Ahora es mucho más común, pero en aquella época «Unir» fue una de las primeras experiencias en las que al reformismo derechista de Tito se le unió la histeria de los izquierdistas.

La revista comunista «France Nouvelle» ya destapó aquella trama en febrero de 1959 con un artículo que dio en el clavo con una precisión sorprendente, aunque entonces nadie le dio ninguna importancia, considerando que se trataba de las típicas imputaciones «stalinistas» carentes de todo fundamento. «Unir es un boletín policiaco por sus orígenes, por la persona que lo dirige, por sus patrocinadores, por sus fuentes de información y por sus métodos», dijo el PCF.

Los vigilados también vigilan y quien estaba mejor informado de las andanzas de Tocco era el PCF. El semanario comunista hacía un preciso retrato biográfico suyo. Había sido expulsado antes de la guerra de las juventudes comunistas. Entre 1941 y 1943 había trabajado para la Gestapo y los Renseignements Généraux, una especie de comisaría de información de la policía francesa. Luego, con el nombre de Jacques Gabin, se había incorporado a la legión SPER y al SNKK, dos comandos nazis de choque a los que Tocco siguió hasta Italia con Darnand, el jefe de las milicias fascistas.

No era la primera vez que Tocco quedaba desenmascarado. Bajo el nombre de Nollot en 1946 Tocco publicó en Perreux el primer número del boletín «Unir», antes de irse a Niza, donde fue nuevamente desenmascarado en 1951 con el nombre de Jean d’Érèbe. De vuelta a París Tocco se puso en contacto con Pierre Rostini, uno de los dirigentes de Paz y la Libertad, que pondrá a su secretaria a trabajar para Tocco en «Unir».

Los comunistas sólo cometieron un error: Tocco no estaba bajo las órdenes de Rostini sino de las de Barbé. Por lo demás, la revista comunista exponía detalles sorprendentes del grado de manipulación de los grupos oportunistas que hicieron de la lucha contra el «stalinismo» una manera de vivir holgadamente.

El boletín «Unir» se publicó por primera vez en Toulon en una imprenta socialista, y luego en Arras, la ciudad bastión de Guy Mollet, el jefe de la socialdemocracia francesa, mientras que la correspondencia que le dirigían los lectores pasaba antes por las manos de un policía marítimo jubilado, militante de los socialistas y secretario del ayuntamiento de un pequeño pueblo que servía como apartado de correos para borrar las pistas.

Entonces nadie hizo caso a los comunistas. Era la típica acusación «stalinista», fraguada sin pruebas para desacreditar a un luchador tan conocido como Tocco, que pudo seguir embaucando a la gente durante 20 años más, hasta que fue desenmascarado por tercera y última vez en 1974, fecha en la que huyó a Estados Unidos. El provocador desaparece y con él «Unir» desaparece también.

Fue el colmo de la sutileza lingüística, además de política: la CIA había creado «Unir» para dividir.

Fuente: Frédéric Charpier: La CIA en France, Seuil, 2008, pgs.159 y stes.

Una policía paralela para acabar con los comunistas (Plan Cloven 2) 
Cuando las calles se regaron con sangre y luego con olvido (Plan Cloven 3)

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La mafia contra el movimiento obrero

Juan Manuel Olarieta

A través del cine la ideología dominante ha hecho creer que la mafia tenía comprados y sobornados a los policías, jueces, fiscales y políticos de Estados Unidos en los años veinte, cuando en realidad sucedía todo lo contrario: la mafia es un instrumento de los grandes capitalistas para impedir la organización sindical y política del proletariado. Una de las facetas más conocidas de los mafiosos ha sido siempre el asesinato de los dirigentes obreros, la disolución de manifestaciones y reuniones sindicales, la organización del esquirolaje, etc.

La multinacional Ford utilizó hasta 1940 un ejército de 3.000 pistoleros con la misión de impedir que sus trabajadores organizaran sindicatos. De él formaba parte el lumpen, ex-policías, ex-boxeadores, gangsters y gran número de presidiarios, que la empresa sacaba de la cárcel, previo pago de fuertes fianzas, para contratarlos como matones. En una extraordinaria obra de investigación el danés Henrik Krüger ha demostrado los estrechos vínculos que siempre han existido entre la mafia y el fascismo, aliados en la lucha contra el movimiento obrero y comunista internacional (1).

En la Segunda Guerra Mundial el Ejército norteamericano reorganizó y reforzó la mafia siciliana para preparar el desembarco en aquella isla. Su objetivo era impedir que los comunistas tomaran el poder en Italia tras la liberación y situar a los mafiosos en los cargos públicos. En esta función colaboró Vito Genovese, gángster conocido y fascista apenas disimulado, de modo que tras la guerra pudo regresar a Estados Unidos, donde se le exculparon los asesinatos que había cometido, reconociendo expresamente el Ejército en el juicio «los servicios prestados a la nación». Al respecto escribe Catanzaro:

«El Gobierno aliado, que necesitaba apoyarse en las fuerzas locales para gobernar, no encontró nada mejor que terratenientes, separatistas y mafiosos. La reconquistada autonomía de acción de los grupos mafiosos fue otro elemento que contribuyó a dar importancia a los conflictos políticos y sociales en Sicilia. En este proceso la mafia tendría también amplios espacios para reafirmarse con prepotencia […]

«Así, muchos mafiosos se convirtieron en alcaldes de los municipios de la Sicilia ocupada […] Como alcaldes, los mafiosos reanudaron sus antiguas funciones de ‘brokers’ entre gobierno aliado y población. Pero no volvieron a ejercer sus funciones tradicionales sólo con este puesto; hacen de intérpretes para los mandos militares, ocupan cargos importantes, como Vito Genovese en Nola y desempeñan funciones relevantes que los sitúan de nuevo en los enlaces críticos de las relaciones entre autoridades políticas y población […]

«Esta posición les permitió asumir otra vez funciones de mediación que se extendían del sector político al económico. La economía de guerra había abierto increíbles oportunidades para los cohechos y el mercado negro, al que se dedicaron plenamente los elementos mafiosos aprovechando su situación privilegiada ante el gobierno aliado de ocupación.

«La impunidad y la protección de las que gozaban los mafiosos se demuestra en episodio de las investigaciones llevadas a cabo por un agente del ejército norteamerica­no en relación con Vito Genovese. Genovese había vuelto a Italia para huir de las imputaciones que se le hacían en Estados Unidos y se había convertido en uno de los jefes indiscutibles del hampa desde el periodo fascista hasta 1944 año en el que fue arrestado. Tras su detención hubo una serie de presiones y episodios poco claros que demostraron que Genovese, pese a ser responsable de robos en los almacenes del ejército norteamericano, disfrutaba de apoyos importantes… El asunto acabó nueve meses después con su embarque para Norteamérica, donde más tarde conseguiría nuevamente la libertad»(2).

En la invasión de Sicilia estuvo Irving Brown, que entonces era un joven teniente de la OSS encargado de las relaciones con la mafia y, por lo tanto, con Lucky Luciano, el jefe del clan al que la Casa Blanca agradeció su contribución al esfuerzo bélico de la Segunda Guerra Mundial en pleno juicio en 1954. Bajo la protección de Brown, de la OSS y luego de la CIA, Luciano organizó a través de Cuba la importación de heroína a los Estados Unidos en la posguerra.

Aquella heroína procedía de Marsella, donde la mafia tenía el mismo origen mediterráneo, corso en este caso, y el mismo objetivo. Desde 1930 en Marsella los diferentes clanes mafiosos se repartieron sabiamente las afinidades políticas. Mientras la relación de los hermanos Guerini con el partido socialista francés siempre fue muy estrecha, la rama de Spirito y Carbone se arrimó a los fascistas, aportando las hordas de matones que se dedicaban a tirotear las manifestaciones obreras y antifascistas.

La división se mantuvo durante la Segunda Guerra Mundial. Mientras los Guerini optaron por la resistencia, los otros dos fueron colaboracionistas. Pero en 1943 la guerrilla antifascista voló por los aires el tren en el que viajaba Carbone y Spirito tuvo que huir a España tras la Liberación. Los Guerini se quedaron con el monopolio del crimen organizado, especialmente de la prostitución, que siempre fue su gran especialidad. Ellos controlaban los garitos, clubes de alterne, hoteles, salas de baile y bares.

Según el historiador Alfred McCoy, el pacto de la mafia marsellesa con el Estado francés incluía una condición básica: la heroína no se podía quedar en el interior de Francia. McCoy también ha descrito muy gráficamente la instrumentalización política de los mafiosos corsos en Marsella:

«Los fascistas franceses los utilizaron para combatir a los manifestantes comunistas en la década de 1930; la Gestapo los utilizó para espiar a la resistencia comunista durante la Segunda Guerra mundial; y la CIA les pagó para romper las huelgas de los comunistas en 1947 y 1950. La última de estas alianzas demostró ser la más importante porque es la que dio a los corsos una posición suficientemente fuerte como para hacer de Marsella después de la guerra, la capital de la heroína del hemisferio occidental y el cimiento de una asociación de largo plazo con los traficantes de drogas de la mafia»(3).

En 1945 el comisario de policía Robert Blemant llegó a un acuerdo con los Guerini para ampliar el negocio: les pasó los expedientes de los colaboracionistas para chantajearles, apoderarse de las apuestas y el contrabando de tabaco, y extender los tentáculos a lo largo de la Costa Azul. De esa manera los hermanos corsos amasaron una fortuna gigantesca y su asociación con los socialistas se estrechó aún más: fueron los más fieles colaboradores de Gaston Defferre, alcalde casi eterno de Marsella y patrón de la socialdemocracia francesa. El servilismo del hampa era total. Los mafiosos no sólo ejercían de guardaespaldas de Defferre en los actos públicos sino que pegaban los carteles de los socialistas por las calles.

Marsella es una ciudad con fama de radicalismo político desde los tiempos de la Revolución Francesa. En el mundo entero La Marsellesa es el himno revolucionario por antonomasia. En los años cuarenta era la segunda ciudad de Francia, después de París, y tenía el núcleo obrero más importante. En la posguerra el ayuntamiento lo dirigieron los comunistas hasta la llegada de Defferre en 1947. Una de las tareas encomendadas a la mafia corsa consistió en aniquilar al Partido Comunista que, con casi el 40 por ciento de los votos, era la primera fuerza política de Francia.

Pero Marsella también es la Chicago francesa. El 10 por ciento de la población marsellesa es de origen corso. No obstante, detrás de los corsos y de la socialdemocracia, era la recién creada CIA la que movía los hilos. El interés del imperialismo estadounidense derivaba de la situación estratégica del puerto de Marsella que, además de la vía de comunicación con el norte de África, servía de enlace con Indochina, en plena guerra de descolonización. A Marsella se la conocía como la «Puerta de Oriente». Eran los tiempos en los que las fronteras de Francia llegaban hasta el sudeste asiático, la fábrica de la heroína, que tanto de los colonialistas franceses como luego Estados Unidos siempre utilizaron como instrumento de guerra.

Al mismo tiempo la CIA promovió una escisión de la CGT, creando el sindicato amarillo Fuerza Obrera, que puso a disposición de los socialistas, que carecían de influencia entre los trabajadores franceses. En un artículo publicado en 1967 en el Saturday Evening Post, el antiguo director del Departamento de Asuntos Internacionales de la CIA, Thomas W. Braden, reconoció que sin la intervención del imperialismo estadounidense la historia de la posguerra en Europa hubiera sido muy diferente. La estrategia del imperialismo, escribió Braden, consistió en «utilizar a la izquierda para derrotar a la izquierda».

A través de Lucky Luciano, la CIA encomendó a los hermanos Guerini la organización de la denominada «French connection», el transporte de la heroína que llegaba a Marsella desde Indochina con destino a Estados Unidos y escala en Cuba. Durante años el puerto de Marsella fue el centro mundial más importante del transporte de heroína. Era un recorrido de doble dirección: la heroína circulaba en un sentido y las armas en el sentido contrario. Una parte de las armas acabaron en Palestina en manos de los sionistas, que entonces empezaban a organizar sus primeras matanzas. Una parte del dinero se utilizó para financiar a la socialdemocracia francesa, a su periódico Le Populaire y al «sindicato» Fuerza Obrera. Cualquier cosa que no oliera a comunismo, pero sobre todo el anticomunismo más feroz.

Hasta 1972 la CIA no creó un banco, el Banco de Crédito y Comercio Internacional, dedicado específicamente a lavar el dinero procedente del tráfico internacional de drogas. Hasta entonces todo era mucho más sencillo: el dinero de la heroína francesa pasaba por una cuenta bancaria abierta en Suiza a nombre de Pierre Ferri-Pisani, socialista, dirigente portuario de Fuerza Obrera, corso y conocido rompe-huelgas.

Pero la organización de aquel dispositivo político mafioso, además de los nombres franceses, los tenía también estadounidenses porque desde entonces en todos estos asuntos empezó a mandar la CIA, que no sólo actuaba directamente sobre el movimiento obrero, sino también a través de los sindicatos AFOL y CIO (4). De ahí que intervinieran figuras, hoy desconocidas, a medio camino entre el sindicalismo y el espionaje, como Jay Lovestone, James Jesus Angleton y, sobre todo, el mencionado Irving Brown. La coordinación corría a cargo de John Phillipsborn, agregado sindical de la embajada de Estados Unidos en París.

También estaba un joven William Colby, quien llegaría a la cúspide de la CIA participando en estos enredos. Al cabo de los años, recordando aquellos tiempos, Colby equiparó a la CIA con la Orden de los Templarios: aunque hubiera que vender drogas, lo más importante era salvar la libertad de occidente de las tinieblas comunistas. El fin justifica los medios.

En la posguerra la CIA llenó Marsella de espías con varias tareas sobre el terreno. Pero en 1947 una de ellas, la aniquilación del Partido Comunista, se volvió perentoria al estallar el Otoño Rojo. Cuando los comunistas perdieron la alcaldía, los burdeles de la mafia se reabrieron, sacaron a los matones de la cárcel y subieron los precios de los tranvías, desencadenando una movilización popular que se prolongó durante un mes, paralizando el tráfico portuario e interrumpiendo el gran negocio de la heroína y el contrabando de tabaco.

En Marsella la diferencia entre un policía y un mafioso era sutil. El gobierno había depurado a los antidisturbios de antifascistas para reclutarlos entre los pistoleros de los bajos fondos. Como recuerda McCoy:

«Merced a sus relaciones con el Partido Socialista, la CIA envió agentes a Marsella y a un equipo de especialistas en guerra psicológica que trató directamente con los jefes de las organizaciones corsas a través de Guerini. La CIA suministró armas y dinero a los corsos para que atacaran a los piquetes y hostigaran a los principales dirigentes sindicales comunistas. Durante el mes de la huelga, los gángsteres de la CIA y los CRS [antidisturbios] depurados maltrataron a los piquetes y asesinaron a varios huelguistas».

En la mañana del 12 de noviembre, siguiendo órdenes de los socialistas, los hampones apalearon a los concejales comunistas dentro del propio ayuntamiento. La noticia corrió como la pólvora y una multitud de 40.000 personas se concentró delante del consistorio. Entonces los matones de la mafia se pusieron en primera línea a apalear y aterrorizar a los manifestantes por las calles.

Por la tarde, los piquetes respondieron de la misma manera: se fueron al barrio de Ópera, donde los hermanos Guerini tenían sus burdeles, con el objetivo de clausurarlos. Uno de ellos era Vincent Voulant, un joven obrero del metal, militante de las juventudes comunistas y antiguo miembro de la resistencia antifascista durante la ocupación de Francia por los nazis. Desde uno de los garitos uno de los Guerini disparó contra él un certero tiro mortal. Muy pocos días después el sumario se archivó, exculpando a los mafiosos del crimen.

La indignación se adueñó de toda la ciudad y la huelga se generalizó. La ciudad quedó paralizada. Al día siguiente el diario comunista La Marseillaise afirmó que actuando de acuerdo con la mafia, los concejales socialistas habían restablecido los viejos métodos fascistas en la alcaldía. Se produjo un cruce de acusaciones. Defferre mintió y dijo que no conocía a los Guerini, pero un primo de los corsos era redactor del diario Le Provençal que él dirigía…

La CGT convocó una huelga general que alcanzó a tres millones de trabajadores en toda Francia. La CIA organizó el traslado de esquiroles italianos para que trabajaran en el puerto de Marsella, escoltados por los pistoleros de la mafia. Los piquetes sindicales no pudieron paralizar la actividad portuaria por completo. A pesar de la huelga la mafia siguió cargando armas y descargando heroína. La represión hizo el resto. A primeros de diciembre fue asesinado Sylvain Bettini, un obrero portuario, antiguo resistente y deportado en el campo de concentración de Dachau, que fue asesinado por la policía de un disparo por la espalda.

La huelga acabó con una dura derrota del movimiento obrero marsellés. El Estado francés y, sobre todo, su ministro del Interior, el socialista Jules Moch, supo a quién le debía un favor. Los hermanos Guerini estuvieron las décadas siguientes cobrándose aquella factura de 1947. Es la política de la «vista gorda»: la policía había que lanzarla contra los trabajadores, no contra la mafia.

La consecuencia de aquello fue que, tras la Revolución China de 1949 y la descolonización del sudeste asiático, Marsella dejó de ser sólo un punto del tránsito de la heroína para convertirse en la fábrica mundial de la heroína, que adquirió justa fama dentro del comercio internacional por su elevada pureza. Hasta que los químicos corsos entraron en acción, la heroína sólo alcanzaba un 70 por ciento de pureza; los laboratorios marselleses patentaron la fusión de la pasta a 229 grados centígrados para elevar la pureza más allá 95 por ciento. Un prodigio de perfección técnica de los hermanos Guerini para envenenar al mundo entero con el visto bueno del Estado francés, de los socialistas, de la CIA y de…

(1) The Great Heroin Coup: Drugs, Intelligence & International Fascism, South End Press, 1980, http://es.scribd.com/doc/43675049/The-Great-Heroin-Coup
(2) El delito como empresa. Historia social de la mafia, Taurus, Madrid, 1992, pgs.184 a 186.
(3) The Politics of Heroin in Southeast Asia. CIA complicity in the global drug trade, Harper & Row, 2003, pg.25, http://knizky.mahdi.cz/52_Alfred_McCoy___The_politics_of_heroin_in_Southeast_Asia.pdf
(4) Cfr. George Morris: La CIA y el movimiento obrero, México, 1967.
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A tomar por el culo, cabrones

En los siglos XVIII y XIX la burguesía obtuvo otro de sus muchos triunfos: convirtió a las expresiones lingüísticas populares en algo grosero, soez, propio de analfabetos, de un pueblo despreciable. A partir de entonces el lenguaje escrito se divorció del oral. En el diccionario hay palabras y palabrotas. Estas últimas son propias del léxico coloquial, de la bronca, de los bares y de las gradas de los campos de fútbol.La educación burguesa se convirtió en la buena educación, en la educación por antonomasia. El objetivo de la escuela es inculcar esa buena educación, frente a la mala que el alumno ha adquirido en su familia y en la calle. Es el segundo divorcio, que convierte al taco en un tabú, en una palabra prohibida que no se debe utilizar. En 1713 una de las funciones para las que se crea la Academia de la Lengua es la de «limpiar» el diccionario de palabras «sucias» y «malsonantes». El escritor, el periodista, el Boletín Oficial del Estado tienen que utilizar un vocabulario burgués, políticamente correcto, el de los hipócritas, lleno de eufemismos, donde los pechos, por ejemplo, han sustituido a las tetas.

Hay una marca de espárragos que se llama «Cojonudos», pero el puto capitalismo acabará amargándonos la vida. Hace un par de años la Unión Europea rechazó el registro de la marca «Hijoputa» de un orujo asturiano porque consideraron que esta palabra es ofensiva y por tanto «contraria a las buenas costumbres en una parte de la Unión Europea». ¡Que les den por el culo!

Antes las cosas eran distintas. El taco forma parte de la literatura castellana desde sus mismos orígenes. Los cancioneros medievales son un compendio de improperios, como las conocidas Coplas de Mingo Revulgo, publicadas en el siglo XV. Los escritores del Siglo de Oro también utilizaron el lenguaje de la calle, el barriobajero, el auténtico. Los tacos son un arte y son cultura. La mejor cultura popular.

A diferencia del habla popular, el habla burguesa esconde su naturaleza clasista recurriendo a expresiones neutrales. En lugar de maricón, que ha quedado como un insulto, una toma de posición, prefiere inventar un neologismo como homosexual. Pero con ese cambio, una obra tan clásica como «Fuenteovejuna» de Lope de Vega perdería mucho. En la mejor escena una mujer llamada Laurencia apela a las armas contra la opresión e insulta a la multitud que no toma el camino de la resistencia frente a los opresores:

Gallinas, ¡vuestras mujeres
sufrís que otros hombres gocen!
Poneos ruecas en la cinta.
¿Para qué os ceñís estoques?
Vive Dios, que he de trazar
que solas mujeres cobren
la honra de estos tiranos,
la sangre de estos traidores,
y que os han de tirar piedras,
hilanderas, maricones,
amujerados y cobardes,
poco hombres y traidores.

Como en tantas otras obras clásicas de la literatura, Lope de Vega deja bien claro que, como la Mariana de la Revolución Francesa, Laurencia representa al pueblo en armas. Pero le añade algo aún mucho más importante: ella es, además, analfabeta. Son las mujeres del pueblo oprimido las que asumen la dirección de la lucha. Su lenguaje es el único posible contra los neutrales, los que se quieren mantener al margen.

¡Lo que cambian las cosas con el transcurso del tiempo! Es imposible no recordar lo que ocurrió durante la República, al interpretar este personaje la actriz Margarita Xirgú. Lo intentaron todo para no tener que decir maricones: recortar el pasaje, buscar sinónimos… En el ensayo general Xirgú aparentó una afonía en el momento de recitar el fragmento y fue García Lorca, que estaba presente, quien se lo echó en cara, llamándola pudorosa. Cuando por fin logró soltar el taco, la representación desató toda su carga dramática. En medio de las lágrimas la actriz dijo: “Esto no es arte; esto de abandonarse así a los sentimientos de una está mal. Porque yo hoy no he insultado al concejo de Fuenteovejuna. He llamado maricones a los concejales de Madrid que estaban en su palco del Ayuntamiento. Esto ya no es teatro ni arte. Es un mitin”. Había dado en el clavo. Una obra clásica como «Fuenteovejuna» es mucho más que teatro: es un llamamiento a la revolución.

Xirgú recordó el tercer desdoblamiento que la burguesía ha impuesto al lenguaje: el contenido intelectual se ha separado del emocional. Todo tiene que ser, como quería Leibniz, unívoco: a cada palabra le corresponde un significado. Por el contrario, los tacos expresan un estado de ánimo, y por eso van ligados a las interjecciones, que es la función más primitiva del lenguaje. Son una válvula de escape para las penurias que atravesamos. Ya que no podemos ni protestar, al menos los tacos sirven para desahogarnos, para aliviar nuestro sufrimiento.

Si estamos redactando un comunicado, cuando el gobierno aprueba recortes sociales escribimos cosas como que ha aumentado la tasa de plusvalía. Así nos lo han enseñado. Pero si estamos charlando en la barra del bar, decimos algo muy distinto: que cada vez estamos más puteados, en donde la palabra «putear» significa «joder» o, en términos elegantes, fastidiar o molestar.

Desde la literatura del Siglo de Oro el taco es pura negación de la negación, o sea, dialéctica. El habla popular le ha dado dos vueltas de rosca al tabú y lo ha convertido en todo lo contrario de lo que pretendía Leibniz: es tan ambivalente que un mismo término puede significar dos cosas opuestas: «joder» es un placer pero «joderse» o «te jodes» es justamente lo contrario.

Algunas palabras han acabado como tabúes porque van ligadas a los tabúes políticos, sociales, morales y culturales de la burguesía, como el sexo. Ahora bien, también ahí funciona la negación de la negación, de tal manera que donde una ideología clasista pretendió aminorar las referencias sexuales, lo que ha logrado ha sido lo contrario: multiplicarlas exponencialmente, de manera que el tabú se rompe por todos los costados. Son muy numerosos los tacos que tienen una carga sexual. El taco ha sobredimensionado el sexo y en pocas materias hay más sinónimos que en la sexual.

Sólo hay algo aún peor que el sexo, la homosexualidad, que es el colmo del vicio y la perversión sexuales, un tabú dentro de otro tabú y que, por si fuera poco, en ocasiones concierne al culo, en donde al sexo se le une otro tabú: la suciedad y la mierda. Un maestro de la escatología como Quevedo tiene una obra titulada «Gracias y desgracias del agujero del culo». Una cagada es un error y «vete a tomar por el culo» es lo mismo que «vete a la mierda«. Expresiones como «Iros todos a tomar por culo», el título del disco de Extremoduro, son dignas del Siglo de Oro.

Ante esta avalancha la burguesía ha reaccionado para llevarnos de nuevo al terreno de lo políticamente impecable acusando al lenguaje popular de «sexismo» y pretendiendo impedir su difusión. El feminismo burgués ha vuelto a demostrar que es un caballo de Troya, una de las vías más importantes de penetración de la ideología burguesa dentro del movimiento obrero. No hay reunión en la que alguien no trate de impedir el vocabulario popular, al que tachan de machista y homófobo atenieńdose al canon de los buenos modales burgueses que siguen tratando de inculcar.

En enero el ministro de Guindos mandó a dos periodistas a tomar por el culo, literalmente. Esperanza Aguirre también llamó «hijoputa» a Gallardón cuando creyó que no había micrófonos delante de la boca. La burguesía tiene un doble lenguaje lo mismo que tiene una doble moral. Está llena de prejuicios. Su diccionario es el de la Academia de la Lengua, no el de la Academia de la Calle en donde un burgués no sólo es un explotador sino un cabrón. Si decimos que el burgués explota al trabajador no hemos pasado aún de un estadio descriptivo. Pero cuando decimos que es un cabrón es porque, además, hemos logrado un avance: estamos de mala ostia.

La buena educación es contrarrevolucionaria; los buenos modales no conducen a nada; sin mala ostia la revolución socialista es imposible. Hace falta que las masas adquieran un cierto estado de ánimo, que se expresa tanto en las consignas como en los insultos y el vocabulario soez y lleno de imprecaciones. Puro Fuenteovejuna.

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El fantasma de Putin recorre Europa

Juan Manuel Olarieta

La prensa europea viene publicando una serie de curiosos artículos sobre Rusia, que sólo en parte se resumen en el llamamiento de Adam Michnik, el viejo perro de presa del imperialismo, a «crear un frente común contra el nuevo imperialismo ruso«. Putin ha abierto la caja de Pandora, dice. Es el único culpable de lo que pasa en Europa central. «En Ucrania se juega el porvenir de toda Europa», amenaza el periodista polaco.

Como no podía ser de otra forma, los artículos están personalizados en Putin con una extraña mezcla de admiración y animadversión. No hay esa unanimidad que Michnik pretende. Putin también tiene buenos amigos, titula un artículo de otro semanario polaco, Newsweek Polska (1). Es más, a diferencia de la parte occidental, en Europa central algunos países vueven por donde solían, es decir, a los tiempos de la fraternidad con Rusia. Como si el muro de Berlín no hubiera caído.

Pero Newsweek Polska no es una revista polaca y aunque la publica la editorial alemana Springer, forma parte del despliegue ideológico que Estados Unidos tiene repartido por el mundo. Es lógico que Rusia les traiga de cabeza, especialmente a uno de sus puntales en el este, Polonia, que parece volver a los tiempos de la guerra contra Rusia de 1920.

Aquí el materialismo histórico no sirve para nada. Lo de Putin no tiene explicación política, ni económica, ni estratégica, ni cultural. Hay que acudir a la sicología: «Es un embaucador experto», dice la revista polaca, una afirmación propia de esos cretinos que dejan a los demás como si fueran incapaces de tener un criterio propio. A lo máximo su diagnóstico acaba por llevar a Putin a las filas del populismo.

En Europa central amenazan con que, a su vez, el populismo puede conducir al socialismo porque, como dice el medio rumano HotNews, esos países «no están en disposición de satisfacer las expectativas de ciudadanos que aspiran a una vida mejor». Entonces HotNews lanza una curiosa pregunta: «¿Existe el peligro de que países como Rumanía o Bulgaria vayan a verse afectados por una restauración [socialista]?» La respuesta es aún más curiosa: «No asistiremos a una restauración [socialista]. Tanto en cuanto Alemania y otros países permanezcan estables políticamente, la Unión Europea podrá luchar contra este tipo de dirigentes populistas»(2). Como ya sabíamos, el destino de esos pueblos no está en sus propias manos sino en las de Alemania o la Unión Europea.

Ni Estados Unidos ni la Unión Europea lo tienen tan fácil como creían en centroeuropa. La seducción posterior a la caída del muro de Berlín en 1990 ha dejado paso a sensaciones menos placenteras. Al menos la unanimidad empieza a resquebrajarse. Por un lado están los incondicionales: Polonia, Estados bálticos y Rumanía. Por el otro, Chequia, Eslovaquía y Hungría, cuyo primer ministro Orban ha puesto a Putin como modelo a seguir.

En los Balcanes, dice Newsweek Polska, la situación es aún peor. Gran parte de la población se identifica con los rusos. No solo por motivos históricos. Los búlgaros consideran que la posición de su país se ha deteriorado en los últimos 25 años. Por supuesto, Serbia se identifica plenamente con Rusia. Pero la cosa va mucho más lejos: a los viejos países ligados históricamente a Alemania, como Eslovenia y Croacia, tampoco les agradan las sanciones contra Rusia, pero eso no es nada extraño: la mayor parte de los alemanes también se opone a las sanciones. Por lo tanto, Alemania no puede presionar para tratar de que otros países apoyen las sanciones. Es muy posible que ni siquiera lo quiera.

El presidente checo Milos Zeman también ha lanzado un llamamiento para levantar de inmediato las sanciones. Cuando estalló la guerra en Ucrania ya declaró que el Gobierno de Kiev era el único responsable de la misma. A Newsweek Polska, o sea, al imperialismo estadounidense le preocupa que Zeman se haya rodeado de capitalistas cuyos negocios no están en Nueva York sino en Moscú.

Lo mismo ocurre en Eslovaquia, donde el primer ministro Robert Fico, al igual que Zeman, siempre ha expresado su oposición a las sanciones contra Rusia. Fico no admite una mayor presencia de la OTAN en Europa central, pues lo considera un peligro. A mediados de septiembre, tras la cumbre de la OTAN en Newport, destacó que no aceptaría jamás que se construyeran bases de la Alianza en Eslovaquia.

(1) http://swiat.newsweek.pl/europa-srodkowo-wschodnia-wplywy-rosji-wladimir-putin-newsweek-pl,artykuly,349217,1.html

(2) Pericolul ascensiunii regimurilor populiste in estul Europei, 21 de setiembre de 2014, http://www.hotnews.ro/stiri-esential-18150762-pericolul-ascensiunii-regimurilor-populiste-estul-europei-ivan-krastev-dupa-castigarea-alegerilor-incearca-consolideze-puterea-pana-ajung-imposibil-inlocuit-prin-mijloace-democratice.htm
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Kamo, el brazo armado del partido bolchevique

Juan Manuel Olarieta

Como Stalin, el bolchevique Simon Aryakovich Ter-Petrosian nació en Gori, Georgia, aunque era tres años más joven. Pero a diferencia de Stalin, Ter-Petrosian era de origen armenio. Ambos se conocieron cuando Stalin trabajaba en el Observatorio de Tiflis y Ter-Petrosian sólo tenía 19 años. Stalin le prestó la novela «Germinal» de Zola para que la leyera y, cuando su padre murió, ocupó su lugar: «el camarada Stalin es mi tutor», solía decir. Formaban parte de la brigada de hierro bolchevique en el Cáucaso, donde sus camaradas le conocían por el apodo de «Kamo».

Padeció su primera detención en 1903, aunque logró escapar de la cárcel al año siguiente, reincorporándose al Partido inmediatamente, como miembro de los comandos armados que dirigía Leonid Krasin, un ingeniero que fabricaba los explosivos en un laboratorio clandestino en Finlandia. «Kamo» se encargó de la compra de armas por toda Europa, así como de su transporte e introducción en el interior de Rusia.

En diciembre de 1905 resultó herido en un enfrentamiento armado con los cosacos. Le encerraron en el castillo de Metej, en Tiflis, donde fue torturado y obligado a cavar su propia tumba. Le llevaron dos veces al pie de la horca, antes de que se escapara de nuevo.

Al año siguiente se trasladó a Finlandia disfrazado de oficial del ejército, donde conoció a Lenin. En compañía de Krasin y vestidos ambos con uniforme del ejército ecuatoriano, compraron un cargamento de armas en Hamburgo que Ter-Petrosian trasladó al Cáucaso junto con un alijo de explosivos fabricados por Krasin. En el Cáucaso Ter-Petrosian dirigió varios asaltos a armerías y bancos, alguno de los cuales resultó fallido y estuvo apunto de perder su ojo izquierdo por la explosión imprevista de una de las bombas que portaba.

Los bolcheviques no sólo mantenían en secreto su actividad armada ante la policía zarista, sino también ante los mencheviques. Estaba a punto de celebrarse el Congreso de Londres, otro intento de unidad entre ambos grupos, y los mencheviques se oponían frontalmente a la lucha armada, especialmente las expropiaciones bancarias, que practicaban los bolcheviques.

Las acciones armadas no sólo salpicaban a los mencheviques sino a la propia socialdemocracia alemana. En un registro la policía descubrió en Berlín el almacén de papel que utilizaban los bolcheviques para falsificar dinero. Detuvieron a varios militantes y la prensa dijo que una parte de aquel alijo de papel se utilizaba para imprimir el periódico «Vorwärts» de la socialdemocracia alemana. Al unísono los reformistas, alemanes y rusos, respondieron insultando a los bolcheviques de la manera que hoy conocemos de sobra en España: anarquismo, terrorismo individual, delincuentes comunes…

En el mes de abril la dirección bolchevique (Lenin, Stalin, Krasin, Bogdanov y Litvinov) se reunió en Berlín para preparar el asalto al furgón blindado de Tiflis, la capital de Georgia. La información del traslado de fondos la llevaba Stalin. Se la había proporcionado Gigo Kasradze, un empleado del Banco del Estado, y Voznesensky, que trabajaba en la oficina de correos. Éste conocía la fecha exacta de un gigantesco movimiento secreto de dinero en efectivo previsto para el 13 de junio de 1907.

Al mes siguiente se celebró en Londres el congreso de unidad de la socialdemocracia rusa. Los mencheviques siguieron con su chantaje. No podían cambiar la línea política de los bolcheviques pero, al menos, podían impedir sus espectaculares golpes de mano. Al fin y al cabo las acciones armadas también les comprometían a ellos, que aún formaban parte del mismo Partido. Para ellos era una fuente de disgustos. A cambio de preservar una cierta unidad, lograron que los bolcheviques se comprometieran a abandonar la lucha armada y disolver los comandos guerrilleros.

Pero para los bolcheviques la lucha guerrillera aseguraba su supervivencia a largo plazo casi tanto como su programa. El asalto al furgón blindado de Tiflis era un operativo que, si salía bien, les podía asegurar las finanzas durante un buen periodo de tiempo. Pero exigía un despliege importante por parte de la «brigada de hierro» del Cáucaso y, por lo tanto, un enorme riesgo. De madrugada «Kamo» había llegado a Tiflis en una carroza, disfrazado de oficial del ejército zarista. En un bar de la capital georgiana llamado Tiliputchuri reune a un equipo de 20 bolcheviques armados con bombas y revólveres para enfrentarse a dos diligencias escoltadas por la caballería zarista.

Mientras algunos se distribuyen por la Plaza de Erevan, hoy llamada Plaza de la Libertad, para esperar la llegada del convoy, otros vigilan desde los tejados. Precedidas por el ruido de los cascos de los caballos, las dos diligencias entran en la Plaza procedentes de la oficina de correos. En la que va el dinero viajan también el cajero y el contable junto con dos escoltas armados. La otra está repleta de policías.

El asalto se inicia con el resplandor de una bomba que estalla, seguida por una potente detonación y luego otras nueve más que se escuchan en toda la ciudad. Las cristaleras de los escaparates y las viviendas caen en pedazos. Con los policías y militares el comando bolchevique emprende un frenético tiroteo. Uno de los bolcheviques intenta entrar en el furgón del dinero. En ese momento uno de los caballos se espanta, arrastrando al furgón, hasta que Kupriashvili, otro de los miembros del comando, le lanza una granada que le detiene.

Entonces «Kamo» se acerca con su carroza y otro miembro del comando, Chibriashvili, introduce en ella las sacas con el dinero, llevándose 341.000 rublos. Quedan dentro otros 20.000 rublos, de los que se apodera uno de los conductores del furgón, que luego será detenido por el robo. En su huida «Kamo» se cruza con un vehículo de la policía, que se detiene para advertirle de que tenga cuidado porque acaba de producirse un ataque armado.

Nunca se había producido una acción armada de semejante envegadura. Fue la portada de toda la prensa del mundo. El zarismo alertó a la policía y a los militares. Se produjeron redadas por todo el país, pero el comando logró romper el cerco.

El problema fue el botín. Del total, unos 90.000 rublos eran billetes pequeños, fáciles de poner en circulación. Pero el grueso estaba en billetes de 500 rublos y la policía disponía del número de serie. Guardaron los sacos en casa de unos amigos de Stalin, donde los camuflaron dentro de colchones para no levantar sospechas. «Kamo» logró sacar una parte a Finlandia, donde entonces vivía Lenin. Con otra estuvo comprando armas y explosivos por Bulgaria, Francia y Bélgica. Pero la policía zarista logró encontrar su pista y cuando se desplazó a Berlín, le detuvieron. Al registrar su maleta le encontraron armas y explosivos.

La caza a los bolcheviques se extendió por toda Europa. Varios militantes fueron detenidos cuando cambiaban los billetes de 500 rublos en Estocolmo, Munich y Ginebra. Lenin tuvo que abandonar Finlandia para trasladarse a Suiza. En París a Litvinov le sorprendió la policía con 12 billetes robados. Krasin y Bogdanov lograron enviar una parte a Estados Unidos. Lenin ordenó quemar el resto.

Los mencheviques montaron en cólera. Se sienten traicionados e insultan públicamente a los bolcheviques en la prensa: criminales, bandidos, terroristas… El escándalo trasciende a la II Internacional y al conjunto del movimiento obrero internacional. Chicherin, que luego fue ministro de Asuntos Exteriores de la URSS, abrió una investigación interna, de la que se desprendía que «Kamo» se disponía a colocar varios explosivos en la sede central de la banca Mendelssohn en Berlín.

Por consejo de Krasin, en la cárcel de Berlín «Kamo» simuló que estaba loco, por lo que después de un año y medio le extraditaron a Rusia, donde le volvieron a encerrar en el castillo de Metej, desde donde le llevaron a un siquiátrico del que volvió a escapar. Huyó a Alemania y luego escondido en un barco llegó hasta Paris, donde volvió a encontrarse con Lenin y con un panaroma muy desagradable: el partido bolchevique se había escindido. Lenin se fue por un lado y Bogdanov y Krasin por el otro. En lo personal fue una dura situación porque el georgiano se sentía «ardientemente ligado» a los tres, según escribió Krupskaia, la mujer de Lenin.

Pero había que continuar la tarea de comprar armas, así que «Kamo» se desplazó a Estambul donde fue detenido y casi inmediatamente logró ser liberado. De ahí pasó a Bulgaria, donde le ocurrió lo mismo: le volvieron a detener comprando armas pero Dimitri Blagoev, el fundador del comunismo ruso y búlgaro, volvió a lograr que le pusieran en libertad. Finalmente, le detienen en Tiflis en 1912 en un intento de expropiación de una sucursal bancaria. Le condenan a muerte pero, a última hora, le conmutan la pena por la cadena perpetua.

Ya no lograría volverse a fugar de la cárcel. No salió en libertad hasta la Revolución de Febrero de 1917. Cuando tras el triunfo de Octubre estalló la guerra civil, Ter-Petrosian se encargó de organizar la guerra de guerrillas en la retaguardia de los ejércitos blancos. Luego estudió en la Academia Militar de Moscú. En 1922 murió en Tiflis en un accidente de circulación cuando conducía una bicicleta por la calle.

En sus memorias Krupskaia le definió así: audaz sin límites, ingenuo como un niño y de corazón ardiente.

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Cultura

En la muerte ayer del novelista Ramiro Pinilla

Con 91 años murió ayer el novelista Ramiro Pinilla, una de las plumas más importantes de la literatura vasca del siglo XX. Había nacido en Bilbao en 1923, un mal momento en un siglo de oscuridad casi total. Su nombre y su obra han pasado desapercibidos porque la cultura siempre ha estado reñida con el fascismo. Es posible que nadie recuerde ahora una entrevista en televisión o una reseña de sus novelas en una revista literaria. Su caso demuestra que en el siglo XX ha existido cultura a pesar del fascismo.

Hace ya más de medio siglo que Pinilla obtuvo el Premio Nadal y el Nacional de la Crítica. En 1971 quedó finalista del Premio Planeta. Antes del fallo le llamaron por teléfono para decirle que había ganado y que debía ir a la gala a Barcelona para recogerlo, momento en el cual se consuma el fraude: el primer premio se lo dan al franquista José María Gironella. Para taparle la boca, aquella noche Lara, el propietario de la Editorial, otro franquista, le dio 5.000 pesetas. Así funciona la cultura que, en una sociedad capitalista es un mercancía como cualquier otra.

Un paralelismo entre Gironella y Pinilla daría para mucho. Precisamente para evitar comparaciones entre ambos, la Editorial Planeta demoró seis meses la publicación de “Seno”, la novela finalista de Pinilla.

Gironella fue quien más novelas vendió con el franquismo. Entonces la gente leía aún menos que ahora y, desde luego, casi nadie guardaba novelas en los armarios de su casa, pero es casi seguro que, si había alguna, era “Los cipreses creen en Dios” o “Un millón de muertos” del autor catalán, que forman parte de la mala conciencia del franquismo sobre la guerra civil y sobre sí mismo.

Por el contrario, los escaparates de las librerías ignoraron a Pinilla, que tuvo que crear su propia editorial, Libropueblo, para vender sus novelas llamando a las puertas de las casas porque en un escritor la autenticidad es aún más importante que la veracidad, una sensación que no se puede fabricar y que está en muy pocos autores: Rosalía de Castro, Luis Cernuda, Miguel Hernández…

Como todos los clásicos, Pinilla siempre estuvo fuera del mercado, las modas, la frivolidad y la superficialidad del momento. Sus novelas son lo que siempre fueron las novelas, el arte de contar historias, aunque en su caso la historia no sea más que una: el fin de una época y el inicio de otra distinta. En sus novelas los personajes se repiten y las localizaciones siempre son las mismas, aunque cambia el paisaje: los caseríos se derriban para dejar sitio a los esqueletos de hierro de los altos hornos o los astilleros.

Hay novelistas (Balzac, Zola, Galdós, Sholojov) en los que se describen las clases y la lucha de clases mejor que en cualquier manual. En Pinilla el motor de la historia asume una forma genealógica, biográfica, en un entorno reducido en lo personal, casi exclusivamente familiar, y en lo geográfico, Getxo, un arenal donde una ría y una época se acaban para romperse, como la Santísima Trinidad, en tres pedazos: la oligarquía, la burguesía nacionalista y el proletariado.

En la posguerra el novelista bilbaino tomó partido, formando parte de aquellos comunistas que en 1947, en las condiciones más difíciles que cabía imaginar, desencadenaron una huelga general a lo largo de la ría, la primera que conoció el franquismo. En sus novelas están presentes aquellos acontecimientos, cuando salir a la calle no era divertido sino que significaba quedarse sin pan para comer, o morir defendiendo una barricada, o acabar en la cárcel de Santoña durante muchos años.

No hace tanto que Anasagasti se permitió el lujo de insultar públicamente a Pinilla y su obra. Como buen garrulo, el senador del PNV no tenía ni puta idea, pero ese es otro retrato de los políticos que padecemos. Hace un siglo Pérez Galdós ya dijo que aquí “la política” es una conjugación del verbo comer. Esto no da para más. Es el momento de comerles o de que nos coman, y me refiero al alimento del cuerpo tanto como al del alma.

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Podemos defiende la política imperialista de desestabilización mundial

Juan Manuel Olarieta

La defensa del imperialismo estadounidense siempre ha sido una de las señas de identidad del trotskismo, porque esta degeneración del movimiento obrero se ha nutrido siempre, especialmente durante la guerra fría, del apoyo de la CIA. Su presencia es obvia en esos pequeños círculos de intelectuales burgueses que son típicos de los países imperialistas, y se conserva sólo por sus serviles ataques contra el socialismo y el movimiento obrero.

La eurodiputada de Podemos, Teresa Rodriguez-Rubio, forma parte de esos círculos trotskistas, antes adheridos a Izquierda Unida y ahora a Podemos, como parte integrante de una de esas «corrientes internas» en las que los entristas se mueven como pez en el agua.

Lo mismo que la revista trotskista «Sin Permiso»(1), Rodríguez-Rubio también ha saludado la campaña de desestabilización emprendida por Estados Unidos contra China en Hong Kong bajo el lema «Arriba los que luchan» (2), que no es sólo una consigna característica del trotskismo para sembarar confusión y desorganización, sino una marca del momento que estamos atravesando, de la que se están aprovechando en la forma oportunista que siempre ha sido típica suya: en la forma de la organización de tinglados como Podemos.

Bajo un tufo izquierdista, consignas como «Arriba los que luchan» son las típicas del reformismo de hace un siglo: «los objetivos no son nada, el movimiento lo es todo«, escribió Bernstein, lo que ha quedado como indicativo de un revisionismo despreciable. Me da lo mismo que me hablen de España que de Hong Kong. Personalmente a mí las mareas ciudadanas me han acabado mareando. ¿Hay una lucha en Hong Kong?, ¿quién está luchando?, ¿por qué lucha?, ¿cómo lucha?, ¿contra quién lucha?

Los revisionistas como Bernstein, los partidarios del mogollón y de «la lucha», no sólo no me motivan nada sino que me generan una profunda desconfianza. Hong Kong ha sido una colonia británica durante 150 años dirigida desde Londres por un sátrapa sin escrúpulos y una marina de guerra. Hasta ahora, o sea, hasta que en 1997 a China le devolvieron lo que era suyo, nunca escuché a nadie preocuparse por la democracia en aquel enclave comercial.

Los imperialistas, y esos estudiantes de Hong Kong que son sus tentáculos, no luchan contra nada porque no lo necesitan: lo tienen todo. Los que realmente luchan son los que combaten al imperialismo y a sus monaguillos «occupys», en España y en Hong Kong. No existe ninguna otra lucha.

Desde 1847 bajo el colonialismo británico, Hong Kong, el «puerto perfumado», prosperó mucho. Lo que nadie quiere contar es que esa prosperidad procedía de su conversión en el centro mundial más importante del tráfico de opio. Nadie quiere contar que mientras los imperialistas británicos y sus delegados chinos acumularon fortunas gigantescas, en el continente millones de personas padecían los estragos de los fumaderos de droga, hasta que en 1900 las masas se levantaron contra aquel envenenamiento masivo, desencadenando la guerra de los boxers, un problema que no acabó hasta la revolución socialista de 1949.

Pero en Hong Kong no es oro todo lo que reluce. Si esos estudiantes se hubieran sentado en las calles de un barrio obrero no hubieran salido en los telediarios del mundo entero. Lo que los «ocuppys» han ocupado es Central, el lugar de la bolsa, las finanzas y los negocios de Hong Kong, donde el nivel de vida es engañoso. En contra de lo que dicen los imperialistas a través de los medios de comunicación a su servicio, una quinta parte de la población de Hong Kong vive en la pobreza.

Para paliar las pésimas condiciones de vida de los obreros del enclave, China ha introducido algo que los colonialistas nunca hicieron: un salario mínimo de 3,60 dólares, absolutamente insuficiente para cubrir el astronómico alquiler de una vivienda. La miseria es tan espantosa que los obreros de Hong Kong han tenido que emigrar al continente. Desde que Hong Kong fue devuelto a China, está ocurriendo lo contrario de lo que dicen los medios imperialistas: el antiguo centro comercial colonial ha perdido alrededor de un 80 por ciento de sus puestos de trabajo industriales y las fábricas se han desplazado a la parte continental.

En Hong Kong los obreros no pueden subsistir con el salario que les pagan los capitalistas. Su problema, pues, no es esa «democracia» a la que se refiere Rodríguez-Rubio, «que no tiene nada que ver con las monstruosas experiencias burocráticas del estalinismo»(3), otra típica expresión babosa que siempre está en boca de los trotskistas. A diferencia de los estudiantes de Hong Kong, que pertenecen a la burguesía, los obreros no pueden elegir el sitio en el que viven. No les queda otro remedio que refugiarse en una de esas «monstruosas experiencias burocráticas del estalinismo» que es China. Si no pueden elegir su lugar de residencia, es decir, si tienen que emigrar fuera de Hong Kong, tampoco pueden votar. Hablar de democracia en Hong Kong es un sarcasmo, propio de verdaderos degenerados burgueses: cuando los obreros se hayan ido de la localidad sólo van a poder votar los que tienen los bolsillos llenos; son ellos los que quieren tener todo el poder en sus manos.

Pero eso no es más que una excusa burda, propia de farsantes. En realidad nadie pretende ninguna clase de democracia en Hong Kong: se trata de una campaña imperialista de desestabilización -otra más- dirigida contra China, a la que pretenden atenazar de un extremo (Hong Kong) a otro (Xinjiang). Eso es lo que los caciques de Podemos, como Rodríguez-Rubio, están apoyando.

(1) http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/4izqhk.pdf, http://www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/hk.pdf
(2) https://twitter.com/TeresaRodr_/status/517782388580290562
(3) http://www.reddit.com/r/podemos/comments/2b1baf/soy_teresa_rodr%C3%ADguezrubio_y_puedes_preguntarme_lo/

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La ingeniería genética multiplica la imbecilidad

Juan Manuel Olarieta

Sin mencionar la fuente originaria, el Insurgente inserta una «información» de Rusia Today según la cual un «científico» llamado Stephen Hsu asegura que la ingeniería genética podría multiplicar la inteligencia. El artículo es una buena síntesis de todas y cada una de las imbecilidades que desde 1900 rodean a la genética, la primera de las cuales es suponer que existe algo así como una «ingeniería genética», otro término que a base de repetirlo acabará incorporándose al diccionario.

No existirá nunca ningún tipo de «ingeniería genética» por un motivo que el materialismo vulgar, tan presente en la genética, no acaba de asimilar: los cambios en los seres vivos no son de tipo mecánico, es decir, no se rigen por las leyes de la mecánica, ni tampoco de la física, sino fundamentalmente por leyes biológicas que son características y propias de ellos. El genoma no se compone de genes intercambiables que se quitan y se ponen como las ruedas de un coche.

Dicho de otra manera: las formas superiores de movimiento de la materia, en este caso, de los seres vivos, no se pueden reducir a las inferiores, como son las mecánicas, aunque estén presentes. Todas las taras de la genética del siglo pasado se pueden resumir en ese empeño reduccionista absurdo.

Lo mismo cabe decir de la inteligencia, que acusa ese mismo reduccionismo. Hace muchos años que las (seudo)ciencias se esfuerzan por reducir una facultad humana, como es la inteligencia, a alguno de sus componentes más simples. Es típico del pensamiento anglosajón positivista que alude a la inteligencia como «mind», lo que se ha colado al castellano con la horrorosa traducción de «mente». Por eso miden la inteligencia por el tamaño del cerebro al más puro estilo del materialismo vulgar de mediados del siglo XIX, tan criticado por Marx y Engels, que sostenía que el cerebro segregaba pensamientos lo mismo que el riñón segrega orina.

El concepto positivista de «mente» conduce la inteligencia al terreno subjetivo: una persona es inteligente lo mismo que es zurda o tiene el pelo rubio. Entonces la inteligencia (o la falta de ella) forma parte de la identidad de cada ser humano. Es un factor de invidualización y diferenciación que, como cualquier otro, también es consecuencia de los genes, al estilo del nefasto artículo de Rusia Today. Uno o varios genes determinados producen humanos inteligentes y otros los producen imbéciles. Su cambiamos unos por otros, como cambiamos de zapatos, entonces obtendremos personas más (o menos) inteligentes.

En este tipo de seudociencia concurre, finalmente, otro rasgo característico del positivismo anglosajón, según el cual sólo hay verdadera ciencia cuando se puede medir, por lo que para estudiar científicamente la inteligencia hay que medirla, es decir, hay que reducir sus aspectos cualitativos a su dimensión cuantitativa. Entonces aparece ese fraude de medición al que la estúpida sicología de las facultades universitarias llama «cociente de inteligencia».

Cada uno de los eslabones de ese tipo de argumentos es falsa. La inteligencia es una facultad humana compleja que no se reduce a sus rasgos síquicos individuales, ni tampoco a su aspecto cuantitativo. Por ejemplo, muchas exposiciones de la teoría de la evolución toman el volumen del cerebro como un índice del desarrollo de los precursores del ser humano. A mayor volumen craneal, más inteligencia y, por lo tanto, más humano o más cercano al hombre.

Es más, durante décadas la ciencia ha soportado a numerosos imbélices titulados (catedráticos, profesores, maestros) que durante décadas trataron de demostrar que la mujer era un ser inferior al hombre porque el tamaño de su cerebro era menor. Por lo tanto, las mujeres son menos inteligentes que los hombres. Casi no tienen cabeza. Ni luces.

Estas concepciones ideológicas proceden de la burguesía del siglo XVIII, que reduce el ser humano a su inteligencia (animal racional, «Homo sapiens»). Lo propio del humano es la inteligencia. De ahí que la revolución burguesa estuviera presidida por la Ilustración, por el conocimiento, que es un ejercicio de eso que llaman «la razón» y que sobrevalora «las luces», algo que el artículo deja bastante claro: el superhombre tiene que ser alguien superinteligente. Lo que hace avanzar a la humanidad es la inteligencia, la ciencia o los conocimientos. Ya sólo nos falta que nos digan qué es lo que hace avanzar al conocimiento científico. ¿O acaso avanza sólo, por su propio impulso?

El ser humano no es sólo inteligencia, por importante que ésta sea, y la inteligencia no es sólo una facultad síquica, individual, sino social, y por eso está relacionada con el lenguaje, como dijeron Marx y Engels. La inteligencia deriva la capacidad humana de relacionarse mutuamente a través del lenguaje, la comunicación y el intercambio de los seres humanos unos con otros. La inteligencia es social porque es dialéctica y se expresa como tal, dialécticamente, en actos colectivos tales como reuniones, debates, coloquios y polémicas de unos seres humanos con otros.

Si entendemos que la inteligencia es la capacidad para acumular y coordinar conocimientos, de ella podemos decir lo que Leibniz decía de la lógica: que es el arte de debatir. En palabras de Marx y Engels: es el dinero del espíritu. Lo mismo que el dinero sirve para el intercambio de mercancías, la inteligencia sirve para el intercambio de información, de conocimientos.

Del afán reaccionario que obsesiona a determinados científicos desde el siglo XIX por crear superhombres, no quiero ni hablar… de momento. Pero no puedo resistir la tentación de decir que en realidad no tratan de crear superhombres sino superbobos. Para lograrlo no hace falta cambiar de genes; basta pasar el rato mirando la televisión. ¿No queda claro que lo que pretenden es crear superidiotas?

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Al-Qaeda agarra la sartén por el mango en Libia

Juan Manuel Olarieta

Tras la intervención imperialista y el asesinato de Gadafi en 2011, decir que en Libia se impuso el caos es una redundancia que, por lo demás, no dice nada: ¿qué es el caos? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que cuando emerge, cualquier remedio es mejor. Por lo tanto se puede decir que el caos es aquello que hace bueno a quien venga después, a quien acabe con él. Pues en Libia eso es Abdelhakim Belhadj, al que los imperialistas pusieron de comandante militar de Trípoli durante la agresión.

Belhadj no es el caos, como habíamos creído, sino quien va a acabar con el caos. Además, es el cabecilla del partido Al-Watan (La Nación) a través del cual dirige la coalición Fajr Libya (Amanecer de Libia), compuesta por las milicias fundamentalistas de Misrata y Trípoli que en agosto acabaron con los grupos armados en Zintan, una ciudad situada a unos 160 kilómetros al sur de Trípoli que es clave para el control del aeropuerto.

Esta victoria militar ha puesto a Belhadj en el centro del tablero de ajedrez. Ya sabeis: el poder nace de la punta del fusil, o algo así decía Mao. Tras su hazaña ha saltado de los tiroteos callejeros al universo de la alta diplomacia. Ha viajado a Argel y París y también se ha entrevistado con el enviado especial de la ONU, Bernardino León.

En plena guerra civil la agencia rusa de noticias Ria Novosti ya denunció que la continua aparición de Belhadj en el canal de televisión Al-Jasira (que pertenece a Qatar, uno de los países implicados en el ataque a Libia junto con Estados Unidos, Francia, Inglaterra) presagiaba su papel clave en la Libia del mañana (*).

Acertaron de pleno. A finales de setiembre de este año Belhadj se entrevistó en Pretoria, Sudáfrica, con Jacob Zuma, que preside el comité de la Unión Africana creado especialmente para tratar la crisis de Libia, confirmándole que si bien había roto sus vínculos con Qatar por atizar la guerra civil en el país, los mantenía con el primer ministro turco Erdogán.

Además de furibundo antiislamista, Zuma siempre fue un valedor de Gadafi. Pero Belhadj le dijo lo que quería escuchar: le habló de reconciliación nacional, de incluir en ella a todos los libios sin distinciones, de perdonar a sus enemigos y, sobre todo, de poner fin al caos.

No hay nada como escuchar lo que uno quiere oir y Zuma salió de la reunión diciendo a los periodistas que Belhadj no era nada de lo que todos creíamos, sino que tenía talla de Jefe de Estado.

¿Qué es lo que hasta entonces creíamos de Belhadj? Pues que era uno de tantos terroristas de manual incubados por la CIA en las montañas de Afganistán, donde combatió a los infieles soviéticos al lado de los talibanes y de Al-Qaeda.

Precisamente por su pertenencia a Al-Qaeda, Francia siempre le denegó el visado de entrada, hasta que, por fin, las cosas se han aclarado: en Libia es posible que los terroristas de antes sean los gobernantes de ahora, así que hace unos pocos meses París invitó al viejo terrorista para ser entrevistado por una cadena de televisión y pronunciar una conferencia que, dicho sea de paso, fue reventada por los partidarios de Gadafi.

En 1992, después de que los talibanes masacraran Kabul, Belhadj se trasladó a Libia para hacer contra Gadafi lo que la CIA le había enseñado. Creó el Grupo de Lucha Islámica para combatir al gobierno, al servicio de los mismos, o sea, del imperialismo. Las Fuerzas Especiales de Estados Unidos entrenaron en secreto durante dos meses a sus milicianos, que lograron capturar Trípoli después de sangrientos combates.

Siempre creimos que Belhadj es uno de tantos peones, carne de cañón, una sospecha que se confirmó cuando las tornas cambiaron tras la voladura de las Torres Gemelas en 2001, momento en el cual Gadafi se arrodilló ante los imperialistas y, a cambio, estos pusieron al Grupo de Lucha Islámica en su listado de organizaciones terroristas, lo cual dejaba las cosas bien claras: eran ellos, los imperialistas, quienes habían estado entrenando a los terroristas. Toda una confesión de culpabilidad.

La carne de cañón, como Belhadj, es la mejor para hacer picadillo y los imperalistas lo aprovechan para cocinar sus guisos: tras el 11-S le sirvieron en bandeja a Gadafi al que hasta entonces había sido un fiel y devoto peón. En 2004 Belhadj fue detenido en el aeropuerto de Kuala Lumpur, Malasia, desde donde fue trasladado a Bangkok, Tailandia, donde estuvo retenido en una prisión secreta que tenía la CIA en el mismo aeropuerto.

Los imperialistas aún cometieron contra él una traición más repugnante, la tercera, cuando le entregaron atado de pies y manos en Libia. Se lo sirvieron en bandeja a Gadafi y permaneció siete años en la cárcel de Abu Salim, hasta que en 2010 fue amnistiado a cambio de renunciar al terrorismo.

En la cárcel de Abu Salim Belhadj fue interrogado por la policía española, que le acusa de ser el instigador del atentado contra los trenes de Atocha el 11 de marzo de 2004. Días antes de las voladuras “El Tunecino”, cabecilla de la célula del 11-M le llamó por teléfono. A su vez Belhadj también llamó a España dos meses antes del atentado. Su interlocutor fue Mohd Othman, un jordano que era socio de “El Tunecino”.

Quizá sea ahora el mejor momento para que la Audiencia Nacional emita una orden internacional de busca y captura. ¿O también le van a dar un visado, como Francia, para que venga aquí a pronunciar una conferencia al más alto nivel?

(*) Ex-líder de un grupo islamista fanático fundamentalista a la cabeza de los ‘rebeldes’ libios, 28 de agosto de 2011, http://www.voltairenet.org/article171236.html
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Todos los caminos conducen… ¿a Roma o al fascismo?

La semana pasada el juez antiterrorista francés Marc Trévidic se trasladó a Argel para investigar la decapitación de siete monjes trapenses en 1996, una atrocidad que hasta hace bien poco los medios de intoxicación imputaban a los islamistas del GIA argelino. Es un asunto macabro que abrió la veda islamofóbica en Francia: los islamistas asesinan a los cristianos con sus conocidos y bárbaros procedimientos. Como en el imperio romano, el martirio continúa.

El juez Trévidic reabrió un asunto que su predecesor, el vichysta Bruguière, había tenido enterrado en uno de los muchos cajones de su despacho, hasta que en 2009 el general François Buchwalter, antiguo agregado militar en Argel y miembro del espionaje, declaró ante el juez que el degollamiento no fue obra de los islamistas sino del ejército argelino.

Los siete religiosos fueron secuestrados por el GIA, que pretendía canjearlos por presos pertenecientes a su organización. El cautiverio se prolongó durante dos meses, hasta que en el curso de un rastreo del ejército argelino, los helicópteros localizaron un campamento del GIA, lo ametrallaron, matando a todos, tanto a los islamistas como a los cristianos.

Al comprobar sobre el terreno los “daños colaterales” hicieron la puesta en escena macabra de la decapitación, de manera que sólo aparecieron sus cabezas abandonadas en un camino.

No cabían ninguna clase de dudas: aquello sólo podía ser obra de unos fanáticos religiosos opuestos a religión de las víctimas. Para sostener el fraude el gobierno argelino hizo desaparecer los cuerpos y, con ellos, desapareció la manera en la que habían fallecido.

En el relato completo de los hechos hay, sin embargo, una parte del fraude que corresponde al gobierno francés que, a través del general, conocía la versión exacta de los hechos porque -según contó al juez- él personalmente informó de ello por escrito al Ministerio de Defensa, al Estado Mayor del ejército y al embajador. Pero en los gobiernos europeos -como en la mafia- impera la ley del silencio.

En cualquier mafia un asesinato se tapa con otro y dos meses después del asesinato de los trapenses se produjo el asesinato de Claverie, el obispo de Orán, seguramente silenciado porque sabía la verdad de lo sucedido. Como en el siglo XVII, parecía haber estallado una nueva guerra de religiones.

Otro al que hubo que silenciar fue el canadiense Armand Veilleux, actual abad del monasterio de Scourmont, en Bélgica, que fue enviado a Argel por los cistercienses para informarse de lo sucedido. Para poder ver los cadáveres tuvo que protestar enérgicamente y se se encontró sólo con sus cabezas. El embajador le permitió abrir los féretros a cambio de que guardara silencio… Siempre el silencio.

Así son las cosas. Un poder sólo se resigna ante otro poder y, en este caso, el Estado francés sólo descargó su mala conciencia con el abad Veilleux. De no ser por él nadie hubiera sospechado nunca que aquellos féretros no contenían los cadáveres íntegros sino únicamente las cabezas.

Desde 1996 el asesinato de los monjes es un tema recurrente en los medios franceses. Sobre el asunto en 2010 se estrenó la película “Des hommes et des dieux” (Hombres y dioses) que fue premiada en Cannes. También la cadena Canal+ ha rodado un documental. No cabe duda de que en Francia es un tema tan candente como mal planteado, ya que ahora los medios se refieren a ello como si se tratara de un asunto “interno” del gobierno argelino. Los imperialistas franceses se lavan las manos.

Pero es indudable que el crimen macabro ni es sólo responsabilidad de Argelia ni tampoco tiene ningún carácter religioso sino que replantea por enésima vez -y de una manera dramática- las relaciones entre cierto tipo de organizaciones fundamentalistas y el imperialismo, en este caso el imperialismo francés. En el caso de Al-Qaeda es el imperialismo estadounidense. El asunto no cambia; lo que cambia es el escenario, que se desplaza de la costa atlántica de África a las profundidades de Asia central.

No obstante, es verdad que en este caso también cambia la presencia del Vaticano, al que le interesa imputar el crimen al “islamismo”, por lo que ha guardado silencio (otro silencio) sobre la matanza. Nadie habla de los miembros del GIA que fueron ametrallados y murieron junto con los monjes católicos. Si aquí hay un conflicto religioso el asunto se deberá plantear -en todo caso- al revés: no es una matanza imputable a los fundamentalistas sino dirigida contra ellos. Los islamistas son las víctimas, no los verdugos.

Pero una vez más la intoxicación mediática le ha dado la vuelta a la tortilla. Según el capitán argelino Abdelkader Tigha, la puesta en escena del asesinato de los monjes pretendía conducir a la cristiandad a condenar definitivamente el islamismo, es decir, a poner a los cristianos de todo el mundo a sostener las políticas imperialistas en Oriente Medio y el norte de África, o dicho de otra manera, de llevar adelante la política imperialista en nombre del cristianismo, lo mismo que en la época de las Cruzadas.

No fue el único montaje publicitario sino uno más de la cadena. Otro consistió en una carta remitida en 1995 a la embajada francesa en Argel en la que, además de revindicar un atentado en París, el GIA instaba a Chirac, Presidente de la República, a convertirse al Islam.

Hoy en Francia los fascistas del Frente Nacional hacen de la lucha contra los musulmanes su particular caballo de batalla. Pero no tiene mucho sentido votar a un partido para que haga algo que el propio Estado ya está llevando a cabo. Por ejemplo, en nombre de la laicidad llevar velo ya está prohibido para los musulmanes. Como en el resto de Europa, también en Francia todos los caminos conducen… ¿a Roma o al fascismo?