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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 15 de 60)

El triunfo de la medicina cínica

Si el teatro español está obsesionado con los curas, al francés le ocurre lo mismo con los médicos. Ya lo vimos con Moliere y podemos insistir con Jules Romains, que hace un siglo escribió otra obra clásica, “El triunfo de la medicina”, que en 1951 inspiró una película dirigida por Guy Lefranc (1).

Si Moliere puso al enfermo en el centro del escenario, Romains pone al médico, y el espectador actual no puede dejar de pensar que le hablan de algo muy cercano. En efecto, no es la primera vez que la medicina se introduce en un túnel bochornoso, ni mucho menos.

Tampoco es sólo literatura. Hace 20 años el “Journal of Medical Humanities” se hizo eco de la obra de Romains para hablar del “cinismo médico” (2), lo cual resultará hoy aún mucho más cercano que en 1922, cuando Romains escribió el libreto y Mussolini llegaba al gobierno de Italia. ¿No han visto a la horda de cínicos por la televisión? Cada vez es más difícil saber si nos están hablando de ciencia o sólo es un espectáculo con guión previo. ¿Dónde acaba la realidad y empieza a funcionar la imaginación, el show y el teatro?

En la obra de Romains, el protagonista, el doctor Knock, confiesa que escribió su tesis doctoral sobre “Los estados de salud imaginarios”, con una conclusión muy simple: quien se siente bien “está realmente enfermo y no lo sabe”. Por lo tanto, también los que se se encuentran bien de salud deberían ir al médico.

Knock trabaja en un pequeño pueblo cuyos vecinos sólo le visitan ocasionalmente porque no padecen ninguna enfermedad y urde un plan para aumentar su consulta y que también el farmacéutico se beneficie. Primero habla con el maestro porque no educa a sus alumnos en materia de higiene y salud. Le propone que imparta una conferencia sobre los peligros de la fiebre tifoidea. Luego hace lo mismo con el pregonero, que en aquellos tiempos desempeñaba la función que hoy cumplen los medios de intoxicación.

Al final de la obra, el único hotel de la localidad se ha convertido en un hospital y cuando el doctor anuncia a los vecinos que traslada su consulta a otra ciudad, se oponen porque están muy enfermos y necesitan de sus cuidados.

A través del doctor Knock, la obra expone el punto de vista de los “expertos”, porque lo importante, dice Knock, no es el enfermo sino la medicina, es decir, eso que hoy llaman “ciencia”. “Sólo me preocupa el bienestar de la medicina”, concluye. La salud es una palabra vacía, añade Knock. Habría que eliminarla del vocabulario.

Romains anticipa la medicalización de la sociedad, donde los manuales de medicina se han llenado de nuevos “síndromes” y “enfermedades emergentes” que le dejan a uno postrado. Requieren el auxilio de otro, de un “experto” que te reconforta, se preocupa de tí y te receta pastillas, cada vez más pastillas. De esta manera la medicina y los fármacos se han convertido hoy en el centro de la vida de muchas personas, especialmente los ancianos.

Cualquiera que lea los catálogos de síntomas elaborados por los “expertos” de las comunidades autónomas se apercibirá de que “todo es covid” y lo mismo ha ocurrido recintemente en Inglaterra cuando uno de los asesores del gobierno, Calum Semple, ha tratado de introducir el dolor de cabeza, la fatiga, la diarrea y el dolor de garganta como “covid” (3). Afortunadamente, en un momento en el que quieren empezar la desescalada, los medios se han echado encima de este cretino gubernamental. Estamos en otra etapa. Necesitan pasar de la intoxicación a la desintoxicación. Ya no pueden seguir inflando las cifras como al principio de la pandemia.

(1) https://www.youtube.com/watch?v=U-NtO0uKhyo
(2) https://mh.bmj.com/content/28/1/14
(3) https://www.thetimes.co.uk/article/5fd1fc80-da57-11eb-b92f-5fe539a30c29

Más información:
— 400 años de negacionismo: el Caso Moliere

Los sumisos y los rebeldes nunca pueden estar de acuerdo

La humanidad la formamos seres sociables, que es una manera elegante de decir que somos gregarios. Hacemos lo que hace todo el mundo, es decir, repetimos comportamientos que hemos aprendido en algún lugar y en algún momento, por más que a veces aparezcan “ovejas negras”.

A ese carácter social del ser humano no son ajenos los médicos, los científicos, los académicos, los matemáticos… que también tienen sus propias “ovejas negras”, siempre maldecidas porque exponen doctrinas extrañas, inverosímiles.

Lo mismo ocurre con los países del mundo: todos hacen lo mismo e imponen normas parecidas. Algunos esperan a ver qué es lo que hacen los otros, que toman como referencia. Funcionan con mecanismos de imitación y a veces no son más que caricaturas de los originales. Hay mucho de seguidismo y, a veces incluso de competencia. Hay países que no sólo hacen lo mismo que otros, sino que se empeñan en hacerlo mejor que los otros.

Es el caso de Rusia, un país con muchas peculiaridades, la más importante de las cuales es su pasado soviético, que sigue pesando ostensiblemente. En 1991 Rusia se homologó a cualquier otro país capitalista, pero al ser un recién llegado, los nuevos gobiernos se lo creyeron a pies juntillas. Al otro lado del Telón de Acero, en “occidente”, todo era mejor, más bonito, más limpio y, por supuesto, se respetaban los derechos humanos a rajatabla.

Pero no todos los rusos son tan permeables a las modas “occidentales” como los ministros, los parlamentarios o los altos funcionarios. La mayor parte de la población rusa sigue con la cabeza en la URSS; como si no todo hubiera cambiado. Muchos incluso se resisten a las novedades y a la (pos)modernidad porque piensan que no todo lo nuevo es mejor que todo lo viejo.

La pandemia lo ha vuelto a poner de manifiesto: la población rusa se ha mostrado mucho más resistente a las restricciones y, desde luego, al apartheid sanitario, a los salvoconductos y a la vacunación obligatoria.

Ocurre al revés de lo que siempre ha dicho la propaganda imperialista: los rusos no son tan gregarios como los “occidentales”. A pesar de las amenazas y la propaganda invasiva, el plan de vacunación del Kremlin no ha cuajado. Ya lo ha anunciado Peskov, el portavoz del Kremlin: ni siquiera en septiembre alcanzarán el 60 por ciento de personas vacunadas.

El gobierno ha tenido que cambiar de táctica para que su campaña salga adelante y, lo mismo que en “occidente”, la paradoja se reproduce: quienes se vacunan no lo hacen por motivos sanitarios. Es el gran fracaso de esta ola de histeria. En todo el mundo, la mayor parte de las personas se vacuna porque ha perdido todos sus derechos y le están diciendo que no se los van a devolver más que gota a gota y con condiciones: con vacunas.

Como el miedo a perder la salud no ha funcionado, los gobiernos tienen que seguir presionando por otras vías para sacar sus planes adelante. En Rusia el gobernador de una región turística del sur impuso la obligación de vacunarse para acceder a los hoteles, y las reservas cayeron en 24 horas. Se cancelaron el 30 por ciento de las reservas para el mes de julio y el 70 por ciento para agosto.

Las vacunas y los salvoconductos que las acreditan tienen que convertir a los reacios en parias, impedirles el ejercicio de cualquier derecho y, finalmente, encerrarlos por las buenas o por las malas, en sus casas o en hoteles, como en Mallorca.

“El tabaco mata” y antes de convertir a los fumadores en apestados, crearon los bantustanes: las zonas de fumadores y no fumadores. Sólo era el primer paso. Es el arte de domesticar poco a poco, mientras la propaganda aprieta infatigable. Ahora ya tenemos zonas con y sin mascarillas, cada una de las cuales está a un centímetro de la otra, porque los virus sí entienden de fronteras (aunque muchos crean que no).

En Moscú fracasó el intento del alcalde de crear zonas “libres de covid” en cafés y restaurantes, pero eso no le ha desanimado; sólo le ha obligado a dar un paso más en su afán fascista: a partir del lunes lo que era voluntario se ha convertido en obligatorio. La consecuencia también es típica del envidiable carácter rebelde de los rusos que -lamentablemente- no vemos en otros países: se quedan en casa, beben, comen en casa y se reúnen en ella con sus amigos.

La asistencia a los locales públicos que exigen el salvoconducto vacunal se ha hundido, pero el Ayuntamiento de Moscú no desiste y ha anunciado que extenderá el apartheid a otro tipo de locales, además de la hostelería.

“¿Dónde están los rebeldes?”, pregunta Van Morrison en una de sus últimas canciones. Tiene buenos motivos para ello. Hay un serio problema con una variante del ser humano que ha aparecido durante la pandemia: el neopuritano, ese tipo que alardea de “progresismo” y pone la salud por encima de todo, incluso de las clases sociales. Se consideran a sí mismos como los únicos “responsables”. Son la “gente de orden” de toda la vida, esos que dicen que los adolescentes encerrados en los hoteles de Mallorca no están secuestrados. Los mismos que sacan al fascista que llevan dentro para criticar el botellón, los bares, el “turismo de borrachera” o el denostado “ocio nocturno”.

Se lo deberían hacer mirar. El proletariado nació como clase social con consignas tales como “8 horas de trabajo y 8 de descanso” y en un país fascista, como España, donde no hay locales sociales para nada, los trabajadores (y la población en general), se reúnen en los bares y charlan en los bares. Para poder organizarse, en el siglo XIX los anarquistas crearon ateneos que no eran otra cosa que bares, el PSOE creó “casas del pueblo” que también eran bares, el PNV tiene sus “batzokis” y la izquierda abertzale las “herriko tabernas”, o sea, más de lo mismo.

Cuando encierren a todos en campos se concentración, se llamen como se llamen, aunque sean hoteles de cinco estrellas o la propia vivienda, el proletariado habrá perdido otra batalla. Otra más.

La OTAN tiene un programa que resume la ideología típica de la posmodernidad: B3M

En su última reunión, celebrada en Bruselas, la OTAN ha acuñado el término B3W (Build Back Better World, reconstruir un mundo mejor) con varios significados. Aparentemente es una respuesta simétrica a la nueva Ruta de la Seda que trata de llevar a cabo China y, en consecuencia, de seguir acosándola en sus fronteras occidentales.

Pero también se refiere a la “amenaza rusa”, que aparece mencionada 63 veces en el comunicado final, para que no queden dudas. El remedio a estos males es siempre el mismo: rearme y aumento del gasto militar, que deberá alcanzar una cifra fabulosa, por encima de los 1.000 millones de dólares.

Pero si a los programas de la OTAN se les borra la palabrería típica sobre los países del Eje del Mal, parece una organización posmoderna, del estilo de la de Errejón, BNG o cualquier otra “ecosocialista”. No es posible diferenciar el lenguaje de unos y otros.

La OTAN califica el proyecto B3M como “verde” e “inclusivo”. Incluso Boris Johnson fue un poco más allá en su infinita estulticia: la construcción de infraestructuras debe ser más “neutral” o “femenina”.

La Casa Blanca caracteriza a B3M como una “asociación de infraestructuras transparente, de alto nivel y basada en valores” que “movilizará el capital del sector privado en cuatro áreas de interés -clima, salud y seguridad sanitaria, tecnología digital e igualdad de género- con inversiones catalizadoras de nuestras respectivas instituciones de desarrollo”.

Son los Cuatro Jinetes del Apocalipsis, la síntesis del recetario que inculcan a los niños antes de que vayan a la universidad a culminar el lavado de cerebro: pandemias, móviles, CO2 y queer. En torno a esta receta, el imperialismo ha creado en todo el mundo otros tantos movimientos dopados de subvenciones que se dedican a darle un carácter reivindicativo a su propio programa.

La OTAN promete un diluvio de dinero para implementar el programa BW3: 100.000 millones de dólares, una parte del cual irá a parar a ese reformismo posmoderno y sus medios “alternativos”, como Contexto, que lo mismo defiende el toque de queda que al bielorruso Protasevitch, porque todo forma parte del mismo paquete ideológico.

Ya lo dijo Lenin hace un siglo: no hay manera alguna de diferenciar al imperialismo de lo que él calificaba como “socialimperialismo”, que entonces era la socialdemocracia casi exclusivamente y hoy esa constelación de oportunistas de la misma receta. Los países de la OTAN quieren que en la calle les exijan cumplir el programa que quieren implementar de antemano. No es que se les haya ocurrido a ellos, sino que cumplen con la “voluntad popular”. En eso consiste la democracia.

Operación Barbarroja: cuando el Ejército Rojo atacó al III Reich, ¿o fue al revés?

Se llama Operación Barbarroja al ataque iniciado por el III Reich contra la URSS el 22 de junio de 1941, que continuaba con otros ataques parecidos llevados anteriormente por la Alemania nazi contra varios países europeos.

Hasta hace muy poco tiempo el relato histórico de esos ataques iniciados en 1939 era uniforme: en todos los casos el agresor -y por tanto, el responsable de los mismos- era el III Reich.

Sin embargo, en la medida en que la capacidad de intoxicación imperialista es mayor, su atrevimiento para falsear la realidad histórica también crece proporcionalmente, y ha llegado al punto en el que puede alterar los más evidentes acontecimientos con una penetración ideológica sorprendente y masiva.

Paralelamente, el movimiento obrero y comunista internacional retrocede y no reacciona, o lo hace muy débilmente, por lo que en gran parte ya está absorbido por la propaganda imperialista, que cada vez es más claramente favorable a las posturas del III Reich, incluso en los ámbitos académicos y universitarios.

Recientemente ha aparecido una corriente historiográfica según la cual la Alemania nazi atacó a la URSS preventivamente, para adelantarse a los “planes expansionistas soviéticos”. A mayor abundancia, el malvado plan de Stalin no consistía sólo en invadir Alemania sino toda Europa occidental.

Ciertos historiadores contemporáneos, que acabarán convirtiéndose en mayoritarios dentro de muy poco tiempo, sostienen lo mismo que los nazis en 1941. En la madrugada del 22 de junio, el embajador soviético en Berlín recibió una declaración oficial de guerra, que leyó posteriormente en una conferencia de prensa internacional. Los nazis justificaban su ataque por la “concentración cada vez mayor de todas las fuerzas armadas rusas disponibles en un amplio frente que se extiende desde el Báltico hasta el Mar Negro”.

El ataque nazi era preventivo y, en consecuencia, estaba justificado, decía la declaración: “Ahora que la movilización general rusa ha terminado, no menos de 160 divisiones están desplegadas contra Alemania. Los resultados de los reconocimientos realizados en los últimos días han demostrado que el despliegue de las tropas rusas, y en particular de las unidades motorizadas y blindadas, se ha llevado a cabo de tal manera que el Alto Mando ruso está preparado en cualquier momento para emprender acciones agresivas en varios puntos contra la frontera alemana”.

En sus posteriores discursos, Hitler repitió varias veces la tesis del ataque preventivo y lo mismo dijeron los generales alemanes que fueron juzgados en Nuremberg en 1945. El mariscal de campo Wilhelm Keitel, jefe del Alto Mando de las Fuerzas Armadas, argumentó que “el ataque a la Unión Soviética se llevó a cabo para evitar un ataque ruso a Alemania” y, por tanto, fue un acto de guerra legal.

Su segundo al mando, el general Alfred Jodl, Jefe del Estado Mayor, hizo una declaración similar: “Fue innegablemente una guerra puramente preventiva. Lo que descubrimos después fue la certeza de los enormes preparativos militares rusos al otro lado de nuestra frontera. Rusia estaba totalmente preparada para la guerra”.

El tribunal no admitió sus argumentos y ambos fueron condenados y ahorcados. En aquel momento las potencias occidentales lo tenían claro: la Operación Barbarroja era una agresión nazi contra la URSS sin paliativos de ningún tipo.

En 1961 la tesis de la guerra preventiva fue defendida por A.J.P.Taylor en su libro sobre los orígenes de la Segunda Guerra Mundial, que no tuvo ningún eco. Sin embargo, tras la apertura de los archivos soviéticos, la intoxicación ha creído encontrar nuevos argumentos para defender a los nazis.

En 1988 Vladimir Rezun, un antiguo oficial de la inteligencia militar soviética que había desertado diez años antes, escribió un libro bajo el seudónimo de Viktor Suvorov: “Rompehielos: ¿Quién empezó la Segunda Guerra Mundial?”, seguido en 2010 por otro: “El principal culpable: el gran diseño de Stalin para empezar la Segunda Guerra Mundial”.

Según Suvorov, el 22 de junio de 1941 Stalin estaba a punto de lanzar una ofensiva masiva contra Alemania. Los preparativos habían comenzado en 1939, justo después de la firma del Pacto Molotov-Ribbentrop, y se habían acelerado a finales de 1940, con el despliegue de las primeras divisiones en la frontera con el III Reich y Rumanía en febrero de 1941.

El Ejército Rojo no se preparaba para defenderse, sino para atacar. La movilización alcanzó los 5,7 millones de soldados, un ejército gigantesco imposible de mantener durante mucho tiempo en tiempos de paz. A partir del 13 de junio, un incesante movimiento de trenes nocturnos transportó miles de tanques, millones de soldados y cientos de miles de toneladas de municiones y combustible hacia la frontera.

Según Suvorov, si Hitler no hubiera atacado primero, el gigantesco poderío militar que Stalin había acumulado en la frontera le habría permitido llegar a Berlín sin mayores dificultades y luego, en el curso de la guerra, tomar el control de toda Europa. Sólo la decisión de Hitler de adelantarse a la ofensiva de Stalin frenó los planes del Ejército Rojo.

La Operación Barbarroja fracasó; los nazis no pudieron acabar la URSS, ni apoderarse de su territorio. Sin embargo, dice Suvorov, gracias al ataque el III Reich salvó a Europa del comunismo. Para el imperialismo actual, ésta es la conclusión más jugosa.

Las tesis de Suvorov han comenzado a ser seguidas por muchos historiadores. Algunos son alemanes y otros incluso rusos, aunque una teoría, como la de Suvorov sólo se expande si se escribe o se traduce al inglés. Suvorov también ha despertado muchas críticas, que han comenzado a crear una ciénaga de criterios en algo que hasta poco parecía muy claro. Ni todos los defensores están en la misma línea, ni todos los críticos tampoco.

La confusión se suma a la que ya es típica en todos los asuntos que conciernen a la historia de la URSS: el “expansionismo” de la III Internacional, el socialismo en un solo país, el Pacto Molotov-Von Ribbentrop, la “sorpresa” de Stalin ante el ataque alemán, el desastre del Ejército Rojo al comienzo de la guerra… En cualquier caso, el centro de gravedad de la Segunda Guerra Mundial ha cambiado de sitio: ya no se mueve en torno a Hitler sino a Stalin. Para buscar las raíces de aquella guerra, ahora los historiadores tienen que ir a Moscú.

Una vez que los historiadores empiecen a buscar en otros archivos, la mayor parte de la intoxicación estará lograda, porque sobre la URSS y Stalin se puede contar cualquier cosa. Todo cuela.

(1) Icebreaker: Who Started World War II, Pluk Publishing, 2012
(2) The Chief Culprit : Stalin’s Grand Design to Start World War II, Blue Jacket Books, 2013

Vigilancia, información, control total de la población

A raíz de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Estados Unidos aprobó la Ley Patriótica con el pretexto de combatir el terrorismo. Los servicios de inteligencia se encargaron de la represión y, sobre todo, de la prevención. En torno a este fenómeno se fabricó la Doctrina Rumsfeld, basada en ejércitos más pequeños, empresas de seguridad y, sobre todo, información, mucha información.

Desde el Pentágono, Rumsfeld cambió la estrategia del ejército estadounidense. Ahora el campo de batalla es digital y la tecnología ocupa el centro del territorio. “Hacer que el Pentágono pase de la era de la Guerra Fría a la era de la información”, anunció Rumsfeld tras la toma de posesión de su cargo.

Un año después Darpa creó la IAO (Information Awareness Office), la I2O (Information Innovation Office) y la IXO (Information Exploitation Office). Las puso en manos del almirante John Poindexter para “concebir, desarrollar, aplicar, integrar, demostrar y hacer evolucionar las técnicas, los componentes y los prototipos informáticos dentro de los sistemas de información de bucle cerrado que frustrarán las amenazas asimétricas mediante la obtención de un conocimiento completo de la información”.

Se puso en marcha el programa TIA (Total Information Awareness), posteriormente denominado Terrorism Information Awareness. Al principio el Congreso financió la TIA, aunque la guerra empezaba a privatizarse. Tanto el Pentágono, como Darpa y la IAO no hacían más que subcontratar con empresas privadas, entre ellas Syntek, que es propiedad del almirante Poindexter. La CIA también privatizó sus tecnologías de búsqueda y las convirtió en lo que hoy es Google, el brazo armado para la recolección de información junto con Facebook, Twitter y Microsoft.

La inteligencia estadounidenses colabora estrechamente con los monopolios tecnológicos privados para rastrear a cada uno de los ciudadanos gracias a los móviles e internet. El origen de Google se encuentra en las subvenciones de la CIA y la Agencia de Seguridad Nacional para la vigilancia masiva.

El último impulso a estas técnicas represivas es la declaración de pandemia y la creación de una identidad digital. Los caracoles dejan un rastro de baba cuando se desplazan por el suelo y lo mismo les ocurre a los internautas, incluidas las empresas, cuando navegan por la red. “Díme qué páginas visitas y te diré quién eres”. Los motores de búsqueda, como Google, recopilan información sobre los enlaces que pulsa cada uno de los usuarios de internet para establecer su identidad digital.

A ella se añade el rastro dejado en las redes sociales, como Facebook o Twitter, o a través de las publicaciones en los foros. El volumen de información obtenida es incomparablemente mayor que el que se obtiene del DNI, Hacienda, la Seguridad Social, Tráfico o un banco. Es mejor que las huellas dactilares o el ADN; el rastro de internet no se puede borrar de ninguna manera. Tampoco se puede cambiar.

En sólo 20 años el mundo ha caído en una ratonera. Muchos países han aprobado leyes para enviar esa acumulación de información sobre una persona, pero es inútil. Instituciones como la Agencia de Protección de Datos, no sirven para nada. También hay empresas privadas para borrar o cambiar la imagen que las personas tienen en internet, pero no hay manera de lograrlo. El derecho a la intimidad se ha esfumado y la mayor parte de la población no le concede ninguna importancia.

Cuando alguien quiere conocer a una persona, recurre a un buscador. Antes de contratar a un trabajador, las empresas no hacen entrevistas personales a los candidatos, sino que le buscan en las redes sociales.

El ratón quiere el queso y se despreocupa del cepo. La quiebra de los derechos fundamentales aparece en medio de la más absoluta indiferencia y quienes lo denuncian aparecen como chiflados y paranoicos. Los países tienen vía libre para llevar sus planes hasta el final. Si es posible conseguir que la población se ponga un bozal en la boca, es mucho más sencillo que acepte un pasaporte sanitario.

En particular, los colectivos populares se han olvidado muy pronto de que “la información es poder”. No hay ninguna clase de resistencia porque a cada paso son muchos los que demuestran que están dispuestos a entregar pacíficamente cada vez más información y cada vez más poder al Estado, favoreciendo el desarrollo de mecanismos tecnológicos de dominación política y social, como las bases de datos, la inteligencia artificial o el reconocimiento facial.

Por eso todo marcha viento en popa. La semana pasada el Senado estadounidense destinó 250.000 millones de dólares a la investigación de nuevas tecnologías. Paralelamente, Biden ha creado un grupo de trabajo de 12 miembros que permitirá a las empresas privadas, como Google, y a los investigadores, acceder a grandes bases de datos confidenciales sobre los estadounidenses que antes sólo estaban disponibles para las instituciones públicas.

Estados Unidos quiere mantener la hegemonía frente a otros países, como China y Rusia, en el campo de la inteligencia artificial. Pero las bases de datos que quedan a disposición de las empresas tecnológicas incluyen el censo, la sanidad, los vehículos, las viviendas, los seguros… Son informaciones que no tienen nada que ver con Rusia o China. Más bien se dirigen hacia lo que la IAO llama “amenazas asimétricas”, es decir, sus propios ciudadanos.

El presidente es el vicepresidente

La senadora Liz Cheney, la hija del Vicepresidente de Estados Unidos en tiempos de George W. Bush, ha realizado unas declaraciones contra Trump que muestran la profundas disensiones que sacuden a los más altos círculos de Washington y, en particular, dentro del Partido Republicano.

Su discurso será una sorpresa para quienes hayan visto la película “El vicio de poder”, un juego de palabras donde el “vicio” es el “vice”, o sea, Dick Cheney, que de facto fue quien ejerció las funciones de Presidente, ya que Bush era un inepto total.

En suma, Liz Cheney imputa a Trump lo que su padre llevó a cabo sin ninguna clase de escrúpulos, gracias a una de esas “interpretaciones creativas” de la Constitución que realizaron el abogado David Addington y John Yoo, asesor del Ministerio de Justicia.

Por decirlo más claramente: lo de Dick Cheney fue un Golpe de Estado dulce, aprovechando los atentados contra las Torres Gemelas el 11 de setiembre de 2001.

En España estamos acostumbrados a que tanto el Tribunal Constitucional como el Tribunal Supremo lleven a cabo ese tipo de “interpretaciones creativas” de las leyes. No hay más que leer el informe de indulto a los presos del “procès”.

Quienes ejercen el poder, sean Cheney o sean jueces, no están sometidos a ninguna ley; es la ley la que está sometida a quienes tienen poder para “interpretarla” de una forma u otra.

Por eso el reciente discurso de Liz Cheney sobre el “Estado de Derecho” es tan interesante, y hay que recordar que es la número tres en el escalafón del Partido Republicano.

Cuando Dick Cheney era Presidente de facto, aprobó el programa de torturas de la CIA, que no eran tales sino “interrogatorios reforzados”, y cuando en la película se dejan de eufemismos y le llaman a las cosas por su nombre, Cheney no puede ser más claro: las torturas dejan de serlo cuando las practican los sicarios de Estados Unidos.

Las sutilezas jurídicas funcionan de esa manera hipócrita, pero cuando ni siquiera es posible hacer malabarismos con las palabras, hay que recurrir a las mentiras puras y duras, como en el caso de las “armas de destrucción masiva”, otra de las grandes hazañas fabricadas por Cheney para justificar la invasión militar de Irak en 2003.

Cheney y Rumsfeld, el jefe del Pentágono, comenzaron su carrera a la sombra de Nixon y Kissinger, aunque nunca estuvieron de acuerdo con su línea política. El Watergate les dio la oportunidad que esperaban para cambiar el rumbo trazado por el Partido Republicano después de la derrota de Vietnam.

La época dorada llegó con otro Presidente pelele del Partido Republicano, Reagan, y la posterior caída de la URSS. En los años noventa el mundo se convirtió en el erial que padecemos en la actualidad. Ya no había necesidad de respetar ningún compromiso internacional porque quien los garantizaba había desaparecido. Estados Unidos podía ejercer un poder omnímodo, dentro y fuera de sus fronteras.

Pero no hay peor cosa que entregar facultades ilimitadas a un burócrata oscuro y mediocre como Dick Cheney, una personalidad que contrasta poderosamente con la su mujer y su hija, bastante más capaces intelectualmente, aunque tampoco demasiado. De esa combinación surgen frutos conjuntos, como el libro “Excepcional: Por qué el mundo necesita una América poderosa”, firmados por el padre y la hija, pero donde el primero no hace otra cosa que figurar en la portada.

Al margen de escribir un libro con la muleta de su padre, durante años la senadora Cheney apenas ha tenido relieve político ninguno. La oportunidad le ha llegado con Trump o, mejor dicho contra Trump, porque las esferas políticas de Washington están marcadas por la mediocridad de esos personajes. Cuando alguien despunta es sólo ante las cámaras de la televisión. Detrás de él alguien mueve los hilos.

Antes ese “alguien” era Dick Cheney, que envió a Colin Powell a dar la cara con las “armas de destrucción masiva”. El Vicepresidente siempre se mantuvo en la oscuridad, e incluso alardeaba de que no concedía entrevistas ni hablaba con reporteros. En el mundo moderno quien realmente ejerce el poder político nunca se asoma a los micrófonos y quien se arrima a ellos es porque no puede tomar decisiones.

Las constituciones son papel mojado; el presidente es el vicepresidente.

Ya no es conspiranoico hablar de ovnis porque el Pentágono ha confirmado su existencia

Como hemos explicado tantas veces, una tesis es conspiranoica y anticientífica en función de quién la exprese. Da igual que sea sobre virus que sobre ovnis. En medio de la avalancha de intoxicación sobre los primeros, los virus, ha comenzado la intoxicación sobre la segunda, los ovnis.

Antes los ovnis era un asunto del que sólo se ocupaban elementos como Iker Jiménez, o sea, que resultaba ridículo el mero hecho de hablar de ellos. Antiguamente a los ovnis los llamaban “platillos volantes”. Fueron característicos de la Guerra Fría y lo que se llamó “la conquista del espacio” por los soviéticos: el vuelo tripulado de Gagarin, el lanzamiento del Sputnik…

Los soviéticos habían llegado al cielo y en Estados Unidos hablaban de platillos volantes y marcianos, o sea, lo que hoy llaman extraterrestres y exobiología.

Ahora los avistamientos de ovnis ya no están en los expedientes secretos del Pentágono y las seudociencias se han puesto de moda, de la mano de los medios de intoxicación más “prestigiosos”, esos cuyas noticias nunca son bulos, no necesitan fuentes, ni verificadores de hechos que las contrasten. “Los ovnis existen y el Pentágono lo ha confirmado: ¿por qué no nos lo tomamos en serio?”, pregunta GQ (1).

Los ovnis ya no son cosa de magufos. Ya podemos hablar sobre ellos sin miedo de que nos acusen de chalados. Hace un año el New York Times escribió sobre tres vídeos de ovnis desclasificados por la Marina. La semana pasada el New Yorker publicó otro y la veda se ha abierto en la prensa mundial, incluso en la deportiva (2). El Pentágono es la fuente para hablar de ovnis y los medios estadounidenses ejercen de correa de transmisión.

Los ovnis desafían las leyes de la física, e incluso las de la lógica. Pero eso no significa que sea mentira, un fraude, sino todo lo contrario. Al argumento se le da una vuelta de tuerca para decir que se trata de extraterrestres, una civilización avanzada. Posiblemente acabaremos leyendo que los ovnis proceden de un laboratorio chino.

La palabra “ovni” es un acrónimo para referirse a algo no identificado. Por lo tanto, cualquier cosa puede ser un ovni o, en otraas palabras, los ovnis no son nada. Lo que les da credibilidad son las fuentes que propagan los avistamientos, que ahora proceden de los despachos oficiales, e incluso del mismo Pentágono, un origen del que no cabe dudar. “La confesión del Pentágono sobre los ovnis lo cambia todo”, dice El Confidencial (3).

Los que han cambiado no son, pues, los ovnis sino el Pentágono, que los ha sacado del armario, y hay que preguntarse por los motivos de ello. La explicación es la misma que con los virus, que son siempre una amenaza. Los ovnis y los extraterrestres también son una amenaza porque si Estados Unidos no tuviera amenazas, tampoco tendría armas y sin ellas no hay dinero.

El nuevo jefe de la NASA, Bill Nelson, se ha subido al carro y quiere “investigar” la existencia de ovnis. En una entrevista publicada el martes, Nelson dijo que nadie -ni siquiera la dirección de la agencia espacial- sabe qué son exactamente los ovnis detectados por las fuerzas de la Marina (4). La NASA hace lo mismo que el Pentágono: cuando necesita dinero excita la imaginación de los diputados que aprueban los presupuestos con leyendas sobre ovnis y extraterrestres.

Las amenazas de la OMS se llaman virus y pandemias. Su solución son vacunas. Las del Pentágono son extraterrestres y su remedio son las armas.

No sabemos nada de los extraterrestres, excepto que quieren acabar con Estados Unidos y su estilo de vida, lo cual es intolerable. En todas las películas de extraterrestres aparece el ejército para salvar al mundo de sus pretensiones de invadirnos. Hay que matarlos en cuanto pisen el suelo terrícola. Para ello, el Pentágono necesita nuevas armas, más sofisticadas, y más dinero para fabricarlas.

Esta película ya la vimos en los ochenta, cuando Reagan inventó la “guerra de las galaxias” para acabar con la URSS. “Los funcionarios de inteligencia creen que al menos algunos de los fenómenos aéreos podrían ser obra de la tecnología experimental de una potencia rival, muy probablemente Rusia o China”, según el Times. “Un alto funcionario informado del asunto dijo sin dudar que los funcionarios estadounidenses sabían que no era tecnología estadounidense. Añadió que los funcionarios de inteligencia y militares temían que China o Rusia estuvieran experimentando con la tecnología hipersónica” (5).

De esta manera pasamos a un asunto más terrenal: los extraterrestres son países como Rusia, China, Corea o Irán, y las naves espaciales son en realidad armas hipersónicas para las cuales el Pentágono no está suficientemente preparado. Tanto si son extraterrestres como rusos, la conclusión es la misma: el ejército de Estados Unidos necesita más armas y más dinero para fabricarlas.

(1) https://www.revistagq.com/noticias/articulo/ovnis-existen-pentagono-confirmacion
(2) https://www.marca.com/tiramillas/actualidad/2021/05/31/60b46796ca47411c1b8b45c1.html
(3) https://www.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/2019-07-21/confesion-pentagono-ovnis-cambia-todo-area-51_2018738/
(4) https://edition.cnn.com/2021/06/04/tech/ufos-nasa-study-scn/index.html
(5) https://caitlinjohnstone.substack.com/p/msm-wastes-no-time-using-senate-ufo

Decir que el coronavirus procede de un laboratorio ya no es propio de conspiranoicos

Por fin, decir que el coronavirus procede de un laboratorio ya no es propio de conspiranoicos. ¿Por qué? Porque ya lo ha dicho la tele. ¿Y por qué lo ha dicho la tele? Porque el gran Anthony Fauci ha abierto la veda.

Facebook ya ha modificado sus algoritmos informáticos y dejará de borrar las entradas que hablen de ello.

En un año la censura ha cambiado. Es más, ahora mismo una parte de la teoría de la conspiración empieza a interesar a la propaganda imperalista. Lo diré con otras palabras: ahora la doctrina oficial es la conspiranoia.

¿Por qué ha cambiado el canon doctrinal? Por las necesidades de intensificar la campaña de presión contra China. Como ven, China está al principio y al final de la pandemia, a pesar de que en China no ha habido ninguna pandemia.

En consecuencia, en esta pandemia no hay otra cosa que decisiones políticas revestidas en una jerga seudocientífica.

¿Qué es lo que la tele nunca a contar? Que el laboratorio de Wuhan estaba en China, pero no era chino, sino estadounidense. Como ya hemos contado aquí, fue el propio Fauci quien puso el dinero para hacer en China lo que no podía hacer en Estados Unidos.

Ahora los “expertos” pasarán por alto explicar cómo es posible que un virus (o dos, quizá) se “escapen” de un laboratorio. ¿Se disfrazaron para no llamar la atención?, ¿fue sin querer?, ¿se quedaron pegados a la suela de los zapatos de algún virólogo despistado?

Una vez que los virus lograron su ansiada libertad, ¿cómo se reprodujeron?, ¿por generación espontánea?

Las imbecilidades de los “expertos” están creando —delante de nuestros ojos— nuevas leyendas modernas, que se han incorporado al acervo ideológico de la humanidad. Una de ellas concierne a los virus y aparece en términos, como “viralidad”, que indica una multiplicación exponencial de algo.

Pero los virus no son seres vivos y, por lo tanto, no se pueden reproducir. Los virus, cuyo estatuto científico deja mucho que desear cien años después de su descubrimiento, forman parte de la fisiología celular, tanto en estado de salud como de enfermedad.

El origen de los virus no está en ningún laboratorio. Los virus existían antes que los laboratorios. El origen que andan buscando desesperadamente los “expertos” no está en otro virus sino en una célula. Son ellas las que fabrican virus y los expulsan, en la misma medida en que los incorporan del exterior.

Una de las tesis más estúpidas de las seudociencias modernas, que está en todos los manuales, es esa de que “los virus se apoderan de la maquinaria celular para reproducirse”.

A partir de ahí sólo cabe esperar delirios, como el que padecemos desde hace un año.

Más información:
— Un cuento chino: el laboratorio de Wuhan estaba financiado por Estados Unidos
— Wuhan: el regreso al escenario del crimen no encuentra el rastro que esperaba
— La CNN descubre el ‘Expediente Wuhan’ y lo encuentra vacío
— El coronavirus ya circulaba por Estados Unidos antes de que lo detectaran en Wuhan

De la cartilla covid a la cartilla de racionamiento

Con carácter de urgencia la Comisión Europea está preparando un reglamento para restringir el consumo de carne. Al viejo argumento del “cambio climático” se le añade ahora el coronavirus que todo lo justifica.

Según la comisaria europea de Sanidad, la chipriota Stella Kyriakides, las últimas investigaciones de los “expertos” muestran vías de propagación del virus hasta ahora insospechadas. No sólo los murciélagos, a través de los pangolines, son difusores masivos de coronavirus, sino también muchos animales de granja.

Las sospechas se centran sobre la carne de vacuno, en particular, así como sobre la carne de cerdo y de cordero. También de las aves de corral, pero en este punto los “expertos” de Bruselas son más cautos.

Kyriakides no lo querido confirmar públicamente, pero el algodón no engaña. Su colega Frans Timmermans, vicepresidente primero de la Comisión Europea y responsable del Pacto Verde sobre el Cambio Climático, ha dado el visto bueno, señalando que un descenso del consumo de carne -o incluso una prohibición- sería “un paso importante” en la contribución de la Unión Europea a eso que llaman “sostenibilidad”.

“Los europeos comen demasiada carne”, asegura el socialdemócrata holandés, haciéndose eco de la frase de Raymond Barre (“Los franceses comen demasiado chocolate”), el Primer Ministro francés que en 1976 se lanzó contra quienes se resistían a la política de “apretarse el cinturón”, que es como llamaban entonces a los recortes.

La Comisión Europea ya ha firmado contratos con imprentas y empresas de logística para elaborar cartillas de racionamiento de la carne, aunque hay alternativas más modernas, digitales, al estilo de la “cartilla covid” recién aprobada.

La carne no es tan buena como creen los carnívoros y, como se ha demostrado a lo largo del último año, en Bruselas se preocupan por nuestra salud. Prefieren que comamos insectos y gusanos. Lo autorizó el martes la Comisión Europea, como ya informamos aquí. “Los gusanos amarillos secos son una fuente alta en proteínas que promueve la transición hacia un sistema alimentario más sostenible”, dicen en Bruselas (*).

Además, hay 11 solicitudes para comercializar insectos para el consumo humano que está estudiando la EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria). Hay que “cambiar hacia dietas saludables y sostenibles”, asegura la Comisión Europea en un comunicado oficial.

En unas ocasiones la ingesta de insectos se justifica por motivos sanitarios; en otras por motivos ecologistas. Lo que jamás va a reconocer la Comisión Europea es que en el futuro nos veremos obligados a comer insectos y gusanos porque ni el salario ni la pensión nos alcanzará para comer un filete con patatas.

Ya lo hemos dicho, pero lo volveremos a repetir: el hambre, la carestía y las cartillas de racionamiento ya están aquí.

(*) https://www.efeagro.com/noticia/los-gusanos-amarillos-secos-son-un-nuevo-alimento-en-la-ue/

Más información:
— Hoy el menú del día se compone de una amplia variedad de insectos comestibles

Las razones del Golpe de Estado militar en Myanmar

Desde el Golpe de Estado de febrero, un país desconocido como Myanmar está en un primer plano, especialmente por la sanguinaria represión desatada por la Junta Militar (Tatmadaw) que se ha apoderado de las riendas del país. Del resto se habla más bien poco.

Myanmar también interesa mucho al imperialismo. La reunión de ministros de Asuntos Exteriores del G7 celebrada en Londres a principios de mayo puso al país en el orden del día. Ninguna de las partes dio detalles, pero las filtraciones indican que discutieron sobre Myanmar al mismo tiempo que sobre China.

El Secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, se ha reunido con su homólogo indio, S. Jaishankar, tres veces desde que los militares tomaron el poder. El imperialismo se apresta a “restablecer los derechos humanos” en Myanmar y para ello cuenta con India en el marco del proyecto Quad, dirigido contra China.

Lo que no han hecho y no harán nunca será aprobar sanciones contra el ejército, ni imponer un embargo de armas que le arroje -aun más- a los brazos de Rusia y China.

Myanmar es un país estratégico, ubicado entre Tailandia, Laos, Bangladesh e India, con una ventana al Océano Índico, una ruta de acceso al Mar Rojo y al Canal de Suez. Pero, sobre todo, Myanmar tiene 2.200 kilómetros de frontera con China.

Cuenta con grandes reservas de gas, principalmente en el estado de Arakan, una región controlada por su propio ejército que hoy es conocida por albergar a la población rohingya, de religión islámica y privada de la nacionalidad birmana.

Desde su fundación tras la Segunda Guerra Mundial, Myanmar ha sido gobernado, de forma más o menos brutal, por militares, aunque tiene poco parecido con los gobiernos golpistas latinoamericanos clásicos. El ejército birmano se forjó en la lucha contra el colonialismo británico. Se le podría calificar de nacionalista o tercermundista, aunque lo más importante es que es dueño de industrias clave del país y está interesado en fomentar la inversión extranjera, cuyo principal origen es China.

Como tantos otros Estados surgidos de la descolonización, es un Estado artificial, un mosaico de diferentes pueblos muy mal avenidos. Cada una de las regiones son militarmente autónomas.

Tanto los chinos como las diferentes religiones forman parte de ese mosaico. Como ya se ha explicado aquí en otra entrada, Myanmar se puede considerar como un Estado confesional budista, implacable con otras religiones, como el islam.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el Ejército Nacional Birmano dirigido por el general Aung San luchó junto a Japón para expulsar al ejército colonial británico. Por su parte, Gran Bretaña, que en aquella época también controlaba la India, utilizó a las minorías étnicas kachin y karen para librar una guerra de guerrillas contra Japón y sus aliados birmanos.

Una revolución de colores y luego otra más

En 2010 el imperialismo logró que los militares pasaran a un aparente segundo plano y empezó a creer que se le abría un mercado muy próspero. El plan de Estados Unidos siempre consistió en hacerse con el control de Myanmar, apartar a los militares e instalar un gobierno civil que se plegara a sus exigencias. Washington vio la oportunidad que andaba buscando. Puso en marcha a las 77 ONG que financia a través de la Fundación Nacional para la Democracia. Comenzaron las manifestaciones y los ataques a empresas e instalaciones chinas.

Lo que resulta significativo es la rapidez con la que comenzaron las revueltas. Las revoluciones de color suelen tardar años en crear colectivos y preparar a sus figurines. Necesitan apoyo financiero y de comunicaciones, así como orientación política de los asesores de las embajadas imperialistas. En Myanmar sólo tardaron diez días en salir a la calle.

En 2016 la candidata preferida de Estados Unidos, Suu Kyi, la hija del antiguo dirigente militar y padre de la nación, Aung San, se instaló al frente de un nuevo gobierno. Pero no cambió nada porque Aung San Suu Kyi también era amiga de China y, además, resultó ser otra nacionalista, tan implacable con las minorías étnicas del país como los militares. Ganó las elecciones de 2020 porque excluyó del voto a muchas regiones.

Aung San Suu Kyi representa a una oligarquía que quiere apoderarse de una parte de las industrias controladas por los militares, un plan en el que está muy interesado el imperialismo. Tras el Golpe Militar de 1962, el ejército había emprendido lo que calificó como la “vía budista al socialismo” que nunca fue otra cosa que capitalismo de Estado y un extenso sector público de la economía, que los militares gestionaban y que hacía negocios con las empresas privadas de los militares y de sus familiares.

Pero en Myanmar son tan importantes como los negocios legales como los ilegales. El contrabando, el tráfico de drogas, los casinos ilegales y la corrupción también están controlados por los militares.

Las industria pesada y las empresas más lucrativas están bajo el control de dos monopolios públicos controlados por los militares: la Myanmar Economic Corporation (MEC) y la Myanmar Economic Holdings Limited (MEHL). En 2016 había 50 empresas y 500 fábricas públicas propiedad de los ministerios y organismos del Estado. Muchas de ellas estaban obsoletas y requerían inversiones que sólo podían proceder del extranjero.

Las empresas públicas desempeñan un papel decisivo en la economía. Emplean a unos 150.000 trabajadores y generan la mitad de los ingresos fiscales. Están presentes en casi todos los sectores, desde el transporte al textil, desde la banca a los recursos naturales. Sus administradores pueden adjudicar contratos a socios del sector privado, que muy a menudo son empresas propiedad de altos oficiales del ejército.

Al año de llegar al gobierno, Aung San Suu Kyi y los suyos no sólo pretendieron privatizar ese extenso sector público, sino apoderarse de él a precios de ganga. Nombró vicepresidente a Myent Swe, un antiguo militar de alto rango, que también era presidente del comité que supervisaba las privatizaciones.

Fue su perdición. El reparto no satisfizo a todos y los militares dieron un Golpe de Estado para conservar su tajada.

Más información:
— El golpe en Myanmar es un golpe a la política exterior de Estados Unidos y a su principal agente birmana, Suu Kyi
— El exterminio de los rohingyas muestra las contradicciones del imperialismo en el sudeste asiático
— Los medios acaban con el mito que ellos mismos crearon por encargo del imperialismo: Aung san Suu Kyi
— Aung San Suu Kyi, Premio Nobel de la represión
— Cuando el terror viste ropajes budistas

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