400 años de negacionismo: el Caso Moliere

Hace falta mucha mala leche para representar “El enfermo imaginario” de Moliere en medio de una pandemia, como está haciendo la Compañía Nacional de Teatro Clásico en Madrid, bajo la dirección de Josep Maria Flotats.

Es una crítica brutal y corrosiva de la sociedad de hace 400 años a través de sus médicos y sus enfermos. Por eso los más grandes, como Moliere, son clásicos. No importa el momento en el que sus obras se representen: parece que han sido escritas para hoy mismo.

En la obra Moliere habla de sí mismo y aclara que “no se mete con los médicos, sino con la ridiculez de la medicina”. Hasta la época moderna eso ha sido bastante habitual. Que el cómico francés critique “el cuento de la medicina” se puede explicar; que haga lo mismo con los enfermos, aunque sean imaginarios, puede enfadar a más de uno. Está feo burlarse de los que sufren. Hoy sería encarcelado por un delito de odio.

Sin embargo, para Moliere los médicos y los enfermos son dos partes de la misma ecuación, de tal manera que al final de la obra el enfermo (imaginario) acaba logrando el título de médico (igualmente imaginario). Es la negación de la negación. Los enfermos necesitan un médico, pero estos también necesitan enfermos, y si no los tienen se los inventan, los crean y los fabrican.

La producción mundial de enfermos está alcanzando ahora su culminación con la pandemia, todo un mercado que aún está por explorar.

Moliere tiene varias obras maestras sobre medicina, además de “El enfermo imaginario”. Lo mismo que hoy, los médicos del siglo XVII trataban de impresionar a sus pacientes vistiéndose de una manera solemne y hablando una jerga incomprensible. Como entonces no existía el Sars-Cov2 ni el ARN, recurrían al latín y al griego para demostrar nuestra ignorancia.

“Clysterium donare, postea saignare, ensuita purgare” (primero meter una lavativa, luego hacer una sangría y finalmente purgar). En el siglo XVII era una fórmula tan mágica como hoy las vacunas, y la escena del médico recorriendo el escenario con una lavativa gigantesca en la mano para metérsela por el culo al enfermo (imaginario) es tan potente como la de Pfizer a la caza de millones de personas sanas para hacer lo mismo… aunque sea por otro orificio distinto.

Al comediante francés no le bastó con los médicos y la emprende con la enseñanza, las universidades y los catedráticos, que hace 400 años hacían lo mismo que hacen hoy universidadades, como la Rey Juan Carlos, entre otras: vender títulos de medicina y de cualquier otra disciplina al primer patán que se presenta acreditado por enchufes, recomendaciones o simplemente poniendo el dinero encima de la mesa.

Lamentablemente ya no hay apenas autores clásicos en ninguna disciplina, ni del arte ni de la ciencia, y a medida que alguien se acerca a las universidades, la situación empeora. La enseñanza mutila casi por completo el más mínimo sentido crítico de los alumnos. El atrevimiento salvaje de Moliere ha sido erradicado y el mundo se ha llenado de tabúes, de los cuales la medicina no es más que un triste ejemplo.

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