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Dios los cría y ellos se juntan

Quién
es Pablo Iglesias.
Una
breve
contextualización
del intelectual posmoderno y reformista*

Decía
Gramsci que, a la par que una clase social
fundamental**
nace
(casi siempre, con la única excepción del proletariado, de la
descomposición general del modo de producción anterior -ya se sabe:
la muerte también da vida, que sostenía Engels), a la vez que esta
se forja, crea, asimismo, para consigo, la intelectualidad que
defienda sus intereses de clase (antagónicos con los de otra).
La
crisis del feudalismo empezó con la pérdida de poder económico por
parte de la clase dominante, terreno en el cual sólo conservaba
apenas fuerza en el campo. Los señores feudales tenían que lidiar
en política con el ascenso de una burguesía envalentonada.

Ante
la descomposición del modo de producción feudal, la burguesía, en
su fase incipiente, creó con ella los intelectuales que defendían
sus
intereses
de clase. La Ilustración es el

paradigma
de la filosofía burguesa revolucionaria. Voltaire,
Montesquieu,
Diderot,
Locke, D’Alambert, etc. fueron el cimiento filosófico e ideológico
de la revolución burguesa, que precedió a la revolución política
-la revolución francesa- pero que sucedió a la revolución
económica -la revolución industrial. Un mismo proceso,
evidentemente con sus particularidades, tiene lugar en el seno de
cada clase social
fundamental.

Sin
embargo, no sólo la clase social dominante produce a sus defensores,
sino que, además, en tanto que dominante, produce a los dominados,
con la excepción única del proletariado, ya que la burguesía, a la
que que oprime bajo su dictadura, ya había nacido junto a él. La
condición para que exista la propiedad privada es la privación de
propiedad a un grupo de seres humanos. Más de uno acusaba a la
propiedad privada de «privarnos de todo». La expropiación de la
burguesía a gran parte de la población provoca el surgimiento de la
clase desposeída: el proletariado.

La
clase obrera pronto se organiza. Primero lo hace por motivos de tipo
económico
(salario,
asistencia laboral, condiciones de trabajo, accidentes, etc.); luego,
a medida que se va cohesionando, los socialistas introducen desde
fuera el comunismo y se cambia de miras. La lucha ya no es tanto una
lucha económica como una lucha política, un campo de batalla donde
se hallan dos clases antagónicamente enfrentadas, donde una tiene el
poder y la otra no, y esta última es oprimida de múltiples maneras
por la primera. Los trabajadores han de conquistar el poder mediante
la violencia
para
suprimir su explotación y, con ella, la de toda la humanidad
.

Debido
a la comprensión de la necesidad de la revolución por parte de los
obreros, la burguesía, dueña de todo el poder, se ve obligada a
recurrir a la clase obrera (de nuevo) para perpetuar su orden.
Soborna a una parte de los obreros para que estos introduzcan la
ideología y la política burguesa en el seno de la clase proletaria.

Algo
parecido ocurre en las capas de los intelectuales: muchos defensores
de la política y de la ideología burguesa adoptan el marxismo de
palabra para tergiversarlo, llaman a los obreros (la posmodernidad
hace que ahora sean
ciudadanos
los
apelados) a actos inofensivos, históricamente neutralizados y
asimilados por la clase dominante. Este fenómeno se conoce como
reformismo
o
revisionismo
y
tiene como base social a la pequeña burguesía y, sobre todo, el
grupo mencionado anteriormente, la aristocracia obrera. Sin embargo,
no hay que olvidar que,
aunque
la base social de esta ideología sean los pequeño-burgueses y los
más privilegiados de la clase obrera,

quien produce, quien hace nacer esta política, es la misma
burguesía, la gran burguesía, que siembra la corrupción entre las
filas obreras,
y
es ella quien más sale ganando con esto
.

La
burguesía, creadora del orden económico
y
social
existente, también crea a sus intelectuales.
Es
oportuno, no obstante, hacer una distinción en función de la época
histórica:

los
intelectuales de ahora
no
son de ninguna forma
iguales
a los intelectuales de la Ilustración. Antes de la revolución
burguesa, antes de la toma del poder por parte de la burguesía, esta
necesitaba el conocimiento verdadero del mundo (limitado por el
desarrollo de las fuerzas productivas
y
su posición de clase
)
para transformar la realidad. En este sentido, los intelectuales
burgueses del siglo XVIII y parte del XIX en los países capitalistas
más avanzados eran progresistas, aportaban con su obra a la causa de
la humanidad. Sin embargo, después de haber subido la burguesía al
poder, necesita intelectuales, necesita de ideología que justifique
el statu quo. En este sentido, los intelectuales burgueses se vuelven
reaccionarios. Las distintas ideologías burguesas que tienen lugar
en la fase reaccionaria de
l
dominio de la

burguesía no es más que un
intento
brusco y a la vez rebuscado de legitimar
la
explotación, el saqueo y la masacre del proletariado y de los
pueblos oprimidos.

Ella misma se ve obligada a crear intelectuales de 
distintas
tendencias
 para
controlar
ideológicamente a

la población, pero asimismo cerca el terreno: los 
disidentes de
su orden deben estrictamente encorsetar toda su crítica dentro de
los márgenes 
propios,
es decir, dentro de su Constitución, sus normas y sus leyes.
Las
diferencias no son pues
significativas,
como sí lo eran en su época incipiente.

La
crisis general
en
la que el
capitalismo
se
halla sumergido
exige
a la burguesía
recambiar
las
piezas ya degastadas. El PP y el PSOE, partidos que venían a
sustituir al Movimiento Nacional
(que
ya estaba desgastado en los años 60 y 70, por eso se cambió por el
bipartidismo)
,
se hallan en una profunda crisis. Y sólo desde este contexto podemos
enfocar el auge, promocionados por los poderosos mismos, de muchos
intelectuales
de
izquierda
(Pablo
Iglesias, Juan Carlos Monedero, etc.) que tienen voz en los medios
del régimen, ya sean en formato televisivo (Intereconomía, Cuatro,
La Sexta) o
por
escrito

(Público, El País).
No
son más que un recambio de los actuales políticos decadentes
de
los poderosos; l
a
voz de la aristocracia obrera y la pequeña burguesía, que no
propone, ni en la teoría ni en la práctica, la superación del modo
de producción capitalista.
Las
tertulias en especial cobran cierto interés respecto a lo que
estamos tratando, donde en un plató televisivo se reúnen todos
los
pregoneros de la clase dominante

a discutir cómodamente
las
distintas maneras de gestionar

un asunto, donde se aparentan incluso
enfados.
Pero
no son más que sillones para todos, charlataneo e incluso risas.
Todo
para distraer al personal, con la que está cayendo
por
otros lares
,
lluvia
de males
que
sólo puede ser combatid
a
por
otra
senda
.
No es más que apariencia: el circo mediático, ahora con
más
mano
izquierda, tiene dueño, tiene Sumo Creador.
Dios
los cría y ellos se juntan
.

Notas:

*
El
autor no se ha encomendado la tarea de elaborar una crítica general
de las concepciones de Pablo Iglesias mediante este artículo, sino
intentar de ilustrar al lector con un esbozo (con las limitaciones
que ello conlleva) de los factores económicos, políticos,
ideológicos, sociales, etc. que propician el actual auge de
intelectuales similares a Pablo Iglesias.
Para
una crítica
algo
más
detallada de este tipo de sujetos, véase el siguiente artículo de
Manuel Navarrete
http://www.insurgente.org/index.php/template/politica/item/9156-el-egorrevisionismo-teor%C3%ADa-y-praxis

**
Cuando
Gramsci dice clase social “fundamental”, se está refiriendo a
aquellas clases que “
históricamente
se
encuentran en disposición de asumir el Poder y la dirección de las
otras clases, como, por ejemplo, la burguesía y el proletariado
”
(A.
Gramsci,
La
formación de los intelectuales
,
Ed. Grijalbo, Barcelona, 1974)
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Noticias

Saber y ganar

El 27 de julio de 2012 el diario alemán «Handelsblatt» informaba que en China el monopolio Volkswagen había sido víctima de espionaje industrial por parte de FAW, la empresa pública con la que opera de manera conjunta en aquel país. El objetivo de FAW era copiar los motores y cajas de cambio originales de la multinacional alemana.

Si es extraño espiar a un socio, aún más extraño es que en China ambos socios pretendieran lanzar un nuevo vehículo para el mercado ruso para competir con Skoda, una marca que pertenece al grupo Volkswagen, un monopolio que está en competencia consigo mismo.

El asunto no podía ser ninguna sorpresa para Volkswagen. Dos años antes su soció le había pirateado los planos de los motores para los nuevos modelos Polo y Golf para equipar a sus propios vehículos. Entonces el jefe de FAW se excusó diciendo que había sido «un error humano» y que iba a poner fin a la piratería. Pero FAW construyó una fábrica con los planos pirateados de los motores de su socio.

En enero de 2011 sucedió algo muy parecido en Francia. Renault presentó una denuncia contra una empresa de la que no dio el nombre, diciendo que se trataba de la «filial de una organización internacional» y despió a tres directivos de su «Tecnocentro» por espionaje industrial sobre su programa de vehículos eléctricos, el proyecto estelar del fabricante francés en el que había invertido 4.000 millones de dólares, de los cuales 1.500 concernían sólo al diseño de la batería.

En aquellos momentos Renault había registrado 56 patentes sobre vehículos eléctricos, tenía otras 34 a punto, más 115 en perspectiva.

Para referirse al asunto el ministro de Industria, Eric Besson, utilizó el término «guerra económica», por lo que se trataba de sabér quién era el adversario de la multinacional francesa. Según «Le Figaro» (7 de enero de 2011), que citaba fuentes del contraespionaje de la Dirección Central de Inteligencia Interior, las pistas conducían hasta China.

El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de China, Hong Lei, reaccionó diciendo que las acusaciones eran «totalmente infundadas, irresponsables e inaceptables». Pero lo cierto es que China ha puesto en marcha un ambicioso programa para fabricar vehículos eléctricos en el que participan 16 empresas públicas con una inversión prevista que se acerca a los 15.000 millones de dólares en diez años.

Estas guerras económicas muestran el verdadero rostro de la competencia imperialista, muy alejada de los bobalicones discursos de la pequeña burguesía sobre la «globalización». La guerra económica responde a su nombre; comporta tanto el espionaje industrial como la piratería, que en China estuvieron a cargo del hoy primer ministro Li Keqiang y que constituyen toda una disciplina académica desarrollada por el profesor Miao Qihao desde los tiempos de Deng Xiao-Ping.

Son muchos los países que tratan de reducir su atraso con respecto a las grandes potencias, pero pocos tienen planes tan minuciosos y completos como China. El presupuesto que el país asiático dedica a la investigación no conoce ningún tipo de recortes. En menos de 20 años ha pasado del uno al ocho por ciento del total mundial. Por primera vez, en 2009 el gobierno chino presentó un presupuesto para investigación que es el segundo del mundo, por detrás de Estados Unidos pero por delante de Japón.

Cualquiera no puede copiar ni piratear; antes hay que saber y China tiene 1,15 millones de investigadores. En 2025 una tercera parte de todos los investigadores del mundo será chino. Hay unos 200.000 estudiantes chinos realizando cursos por todo el mundo, financiados con dinero público. Uno de ellos era Wang Lili, una licenciada de la universidad francesa de ingeniería de Compiègne que estaba de prácticas en la multinacional Valeo, que fabrica accesorios para automóviles. En 2005 le descubrieron en sus seis ordenadores personales de gran capacidad miles de archivos confidenciales sobre la empresa para la que trabajaba.

En 2011 China se convirtió en el país que más patentes registró. Dentro de poco pasará de ser un país pirata a ser un país que se defiende de los piratas.

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Ciencia

Para sacar a Newton fuera del armario

A la mayor parte de los científicos no les gusta desprenderse de sus fantasías, aunque critican las de los demás. Han creado un parque temático en torno a sí mismos y a lo que llaman «divulgación científica» que, en numerosas ocasiones, es una ideología, como cualquier otra. Idolatrando a la ciencia se encumbran a sí mismos como pequeños ídolos de barro.

Para saber lo que es la ciencia hay que olvidarse por un momento de sus apestosos aduladores y analizarla históricamente como cualquier otro conocimiento, a la luz de la dialéctica materialista. Lo que la ciencia es no suele coincidir con los succedáneos que ponen en su lugar, porque ese mundillo es como cualquier otro: también vive de sus propias leyendas.

Una de ellas dice que Isaac Newton (1642-1727) es el científico por antonomasia, que realizó aportaciones decisivas a determinados aspectos del conocimiento que han perdurado mucho tiempo después. Como toda leyenda, contiene una verdad relativa que permite descubrir en Newton lo que la ciencia y los científicos son realmente, para lo cual lo primero que hay que hacer es desprenderla de tópicos, como la manzana que le cayó del árbol a Newton mientras dormía la siesta.

A la verdad relativa hay que añadirle luego el resto del iceberg, los manuscritos que a la muerte de Newton fueron heredados por su sobrina, Catherine Barton, varios miles de papeles que encerraban su mundo interior. Aquel legado se troceó, publicándose sólo aquellas partes que alguien consideró como «ciencia auténtica», y rechazando la mayor parte, que fue olvidada porque desde aquel mismo momento los «auténticos científicos» empezaron a forjar la leyenda. Se creyeron mejores que el propio Newton y consideraron que aquellos manuscritos desmerecían su fama de «científico por antonomasia» con la que debía pasar a la posteridad.

La ideología dominante empezó, pues, cuando quienes se consideraron sus más fieles herederos intelectuales metieron un bisturí donde Newton no lo había metido. Si reunimos todos esos trozos dispersos obtenemos una imagen del científico y de la ciencia muy distinta de la que la que ha transmitido la ideología burguesa como “ciencia auténtica”. Merece la pena destacar tres aspectos de Newton que me parecen importantes. El primero es que, aunque reacio al cuerpo a cuerpo, Newton toma partido en una polémica científica con la misma decisión con la que toma partido en las luchas de clases de su época. El segundo es que Newton fue un revolucionario también en el sentido más general de la palabra y, por supuesto, fue eso lo que le condujo a sentar los fundamentos de la mecánica, bien entendido que cualquier revolución en el conocimiento empieza por una crítica del conocimiento establecido. El tercero es que, a diferencia de quienes se consideran como sus herederos, en Newton el conocimiento formaba una unidad, un sistema donde unas partes se pueden diferenciar pero no separar de otras.

Como la mayor parte de los grandes intelectuales, sus inquietudes no se circunscribieron sólo al conocimiento científico, sino a cuestiones de lo más diversas, como las políticas. Quizá uno de los rasgos más olvidados de su biografía sea su participación en la segunda revolución inglesa, donde llegó a ser parlamentario por los “whigs”, el partido liberal que en aquella época era lo más parecido a la extrema izquierda actual. Lo mismo que la revolución cubana llevó al Che Guevara a dirigir el Banco Central, la revolución de 1688 llevó a Newton a dirigir la Casa de la Moneda.

Lo que le condujo a un cargo político tan delicado para la burguesía fue otra circunstancia convenientemente descuidada de su biografía: su interés por la alquimia, un conocimiento precursor de la química hoy profundamente despreciado. Pero a finales del siglo XVII la acuñación de moneda más que conocimientos financieros requería de una pericia metalúrgica que sólo los alquimistas poseían. No es posible entender el atomismo de Newton -y por extensión la física moderna- sin entender su estrecho vínculo con alquimistas como Robert Boyle, autor de la conocida ley de los gases que lleva su apellido. Newton heredó el laboratorio de los alquimistas de Cambridge y escribió un «Index Chemicus» que suma cerca de 2.500 páginas, sin duda la parte más voluminosa de sus reflexiones científicas. Pero como no solo la Iglesia tiene censores sino también la ciencia, después de su muerte la Royal Society dictaminó que aquellos manuscritos no se debían publicar porque carecían de interés científico.

El pensamiento de Newton es ideológicamente ambiguo; refleja el compromiso político de la segunda revolución inglesa entre la aristocracia dominante y la burguesía emergente, por lo que oscila entre el materialismo y el idealismo. Sin duda, los escritos teológicos de Newton demuestran un costado que -incluso- va más allá del idealismo objetivo, con incursiones claramente teológicas y místicas que se dejan sentir en la física clásica. En palabras del científico y comunista británico John Bernal, se trataba de una nueva transacción -otra más- entre la religión y la ciencia.

El materialismo de Newton es, además de mecanicista, puramente embrionario, lo que ha conducido a la física moderna a la ratonera en la que hoy se encuentra. Sus conceptos más básicos, entre otros el movimiento (inclinatio ad quietem) y el espacio (tanquam sensorium dei), apenas soportan ya ese peaje que en el siglo XVII se abonó al idealismo, la teología y la mística. En cuanto escarbas un poco en la física te tropiezas con las Sagradas Escrituras hoy lo mismo que entonces.

En la revolución inglesa el materialismo no desempeñó el mismo papel que en Francia un siglo después. El caso de Hobbes demuestra que en las islas el materialismo y el ateísmo tenían un componente aristocrático, mientras que los movimientos populares revolucionarios adoptaron formas religiosas, que eran otras tantas formas de criticar a la Iglesia en su mismo lenguaje.

La teología de Newton hay que encuadrarla también dentro de los parámetros de la revolución inglesa del siglo XVII. Como en cualquier otro país, en Inglaterra la principal oposición a la revolución procedió de la Iglesia y los escritos de Newton constituyen un ataque en toda línea en su contra que entusiasmó a Voltaire y, a través suyo, a la Ilustración francesa. En primer lugar Newton se enfrentó a la Iglesia como institución, llegando a identificarla con la Bestia del Apocalipsis. En segundo lugar combatió los fundamentos que sustentaban su influencia ideológica y, en particular, el dogma de la Trinidad. Como otros revolucionarios de aquella época, adoptó las tesis arrianas hacia 1673, que fueron declaradas fuera de la ley por el Acta de Tolerancia de 1689.

Por una burla de la historia Newton era entonces profesor del Trinity College en Cambridge, es decir, que el profesor negaba hasta el nombre de la institución a la que pertenecía. Para fundamentar sus prejuicios teológicos Newton rechazó las interpretaciones y estudió hebreo para empaparse de las fuentes originales de los fundadores del cristianismo anteriores al Concilio de Nicea.

Pero también aquí Newton estuvo a la altura del compromiso político de 1688 y no hubo necesidad de que nadie le censurara porque se censuró a sí mismo. Para no ser perseguido nunca tuvo el coraje de salir del armario para defender públicamente sus convicciones. Su caso contrasta poderosamente con el de su sucesor en Cambridge, William Whiston, quien admitió públicamente su arrianismo, por lo que le destituyeron de su cátedra de matemática en la universidad, viéndose obligado a vagabundear el resto de su vida por los bares, intercambiando predicciones sobre calamidades meteorológicas por unas monedas para subsistir.

El pensamiento de Newton forma un sistema en el que sus prejuicios teológicos van de la mano de los filosóficos, como él mismo dejó establecido al titular su principal obra como “filosofía natural”. Pero, ¿cuál fue esa filosofía? El idealismo objetivo, el platonismo, la misma que encontró entre los fundadores originarios del cristianismo y que estaba de moda entonces entre los círculos universitarios de Cambridge, la misma que aparece en varios de sus conceptos físicos y metafísicos, como el de “fuerzas matemáticas” o “cualidades ocultas”.

Lo mismo que en el siglo XVII, también hoy los científicos más mediocres esconden su ateísmo, su teología, su filosofía y todos sus prejuicios políticos en el armario. Siguen con su manía de trocear el conocimiento: la religión llega hasta aquí… la filosofía es aquello otro… las ideologías no les interesan… pero ante todo, ¡vade retro con la lucha de clases! De esa manera se creen los únicos seres humanos que no tienen ni religión, ni ideología, ni filosofía, ni política, ni nada de nada.

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El fetichismo por los clásicos

 Juan Manuel Olarieta
El 3 de enero en La Haine Frabetti escribe un artículo relativo a un debate que, según interpreto, versa más sobre la validez que sobre la importancia de que los textos marxistas conduzcan a la lectura de Marx y Engels directamente.

Para defender su postura contraria, Frabetti pone los ejemplos de Newton y Darwin que, según mi criterio, demuestran lo contrario de lo que él pretende. Mi opinión, pues, milita a favor de que cualquier texto científico, del tipo que sea, convoque al lector a recurrir a las fuentes, a los clásicos. Soy un fetichista de los clásicos cada vez más convencido, practico el culto a la personalidad como un rito pagano y sostengo que si alguien quiere saber sobre física debe leer a Galileo y Newton, si quiere saber sobre biología debe leer a Darwin y si quiere saber sobre materialismo histórico debe leer a Marx, Engels y Lenin (no sólo a Marx).

Es más, apoyado en una experiencia secular sostengo que los alumnos tienen el vicio de tergiversar las enseñanzas de sus maestros, aún invocando su nombre, es decir, que se aprovechan del nombre de su maestro para introducir sus propias tesis de contrabando. Dado que pocas veces los alumnos llegan a la altura de los grandes maestros de los que estamos hablando, sus imitadores suelen ser muy deplorables. Es el problema de los newtonistas con Newton, los darwinistas con Darwin y de los marxistas con Marx. Los seguidores -en general- se convierten en una verdadera pesadilla.

No puedo estar más en desacuerdo con Frabetti cuando afirma que «si bien la lectura de los libros de Galileo, Newton o Darwin es fundamental para un epistemólogo o un filósofo de la ciencia, no es ni mucho menos imprescindible para un científico actual», y hasta se atreve a añadir -según sus palabras- que es inadecuada para el profano que desea acercarse a la física o a la biología.

Es un lastre que vienen padeciendo los científicos, al menos desde la implantación del positivismo a mediados del siglo XIX que, a su vez, es una de las causas de la profunda decadencia actual de la ciencia. La filosofía y la ciencia (la epistemología y la ciencia) no son universos separados (lo cual tampoco significa que sean el mismo universo). Los mejores filósofos, incluidos Marx y Engels, han construido su filosofía sobre una ciencia, de la cual eran, además, profundos conocedores, de manera que en su obra no es posible separar al filósofo del científico.

Dado que el positivismo introdujo artificialmente esa separación con un basto machete de sierra, y dado que el positivismo se considera hoy como «la» ciencia por antonomasia, cuando no es otra cosa que ideología burguesa, llegamos al lastimoso panorama actual que nos brindan la inmensa mayoría de los científicos actuales. Nos están dando gato por libre.

Iré aún más allá: todos los intentos llevados a cabo por separar a la filosofía de la ciencia conducen a groseras manipulaciones. Por ejemplo, todos los intentos que a la muerte de Newton llevó a cabo la Royal Society (máxima autoridad científica inglesa) por separar al Newton «realmente científico» del Newton político, matafísico y alquimista son -y siguen siendo- un engaño a los lectores que se ha prolongado durante siglos. Por eso más allá de cuatro generalidades seguimos sin saber quién era Newton, cuál fue su exactamente su teoría, por qué llegó a ella y qué es lo que trató de demostrar.

A falta de referencias directas, lo mismo que el marxismo, la ciencia actual acaba convertida en un rumor, en algo impreciso que los institutos y universidades transmiten de unos (profesores) a otros (alumnos) con la misma infidelidad con la que las leyendas se transmiten de padres a hijos.

Así leemos que -según Frabetti- Kohan ha puesto el concepto de fetichismo en el centro de su pensamiento, mientras que, por el contrario, cualquier marxista tiene otras preocupaciones diferentes y muchísimo mayores que esa, las cuales han estado y están en el centro del pensamiento de todos los marxistas, como el concepto de «partido comunista», por poner un caso. La primera manipulación de las muchas de Kohan sobre Marx, es precisamente esa. La burguesía no necesita desprestigiar al marxismo. Para esa tarea ya tiene a muchos anti-fetichistas, como Kohan, sin ir más lejos.

Me niego a sustituir mi fetichismo por Marx con un fetichismo por Kohan. El que quiera beber agua limpia que vaya a la fuente. Lo demás suele bajar bastante mezclado con porquería.

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Opinión

La producción de samovares y acordeones en la Rusia pre-revolucionaria

Como en el resto de Europa el movimiento revolucionario ruso surge de la revolución de 1848 y, dada la represión zarista, se gesta entre los emigrantes, es decir, fuera de la propia Rusia y en un contacto muy estrecho con las demás corrientes revolucionarias europeas, entre otras la que Marx y Engels encabezaban. El movimiento revolucionario ruso a finales del siglo XIX presenta, pues, tanto rasgos comunes con el resto de Europa junto a otros que son propios y característicos.

En muy poco tiempo, apenas 50 años, ese movimiento atravesó tres etapas fundamentales en las que la influencia del marxismo fue creciendo progresivamente. Inicialmente aparece como un movimiento democrático revolucionario (Chernichevski), posteriormente surge el populismo (Mijailovski), y la tercera etapa se inicia con el grupo Emancipación del Trabajo encabezado por Plejanov, que desemboca en la creación del partido socialdemócrata en 1898.

De dicho partido surgen posteriormente los bolcheviques que, al encabezar la revolución de 1917, desencadenan un proceso de retorno: lo que llegó a Rusia procedente del oeste, regresa de nuevo a Europa occidental, naturalmente profundamente transformado y enriquecido por el leninismo. Desde el punto de vista geográfico, por tanto, a Europa occidental retorna algo de lo que salió de la propia Europa occidental.

La intelectualidad seudomarxista critica ese proceso calificándolo despectivamente como “eurocentrismo”. Pero el marxismo no es una teoría, que es como ellos la consideran, sino una teoría revolucionaria, es decir, deducida de la revolución, un fenómeno que entonces sólo se podía analizar cabalmente en Europa y en ninguna otra parte. Eso es lo que hicieron entonces y lo que hacen ahora los revolucionarios, a diferencia de los profesores de historia, de los escritores y de los diletantes de salón.

A lo largo de varios años Marx y Engels mantuvieron una estrecha relación política, directa e indirecta, con varios exiliados rusos y, como no tenían por costumbre hablar de lo que no sabían, estudiaron ruso para poder conocer mejor el país y discutir con conocimiento de causa. Además de reuniones, ambas partes intercambiaron correspondencia, que en aquella época era una de las principales formas de comunicación. Aquella correspondencia iba dirigida a los personajes de Rusia más insospechados que cabe imaginar y versó sobre los asuntos más variopintos, como es el caso de la carta de Marx a Annenkov (un burgués liberal) sobre Proudhon o la de Engels a Lavrov (un populista) sobre Darwin.

Esa correspondencia demuestra que ya entonces Marx y Engels estaban en el centro del movimiento revolucionario europeo (o sea, mundial) y que sus diferentes corrientes (incluido Bakunin, otro ruso) les consideraban como los más reputados maestros.

Es también remarcable que una correspondencia privada, no destinada a la publicación, resulte de tanta actualidad y tenga tan extraordinaria importancia. En parte esa correspondencia se ha perdido, pero los populistas tradujeron y distribuyeron varias obras, como el Manifiesto Comunista y El Capital, y publicaron en sus revistas algunos artículos de Marx y Engels.

Como no podía ser de otra forma, uno de los debates fundamentales con los rusos fue la singularidad del gran Imperio, un tema recurrente en el movimiento obrero mundial desde siempre, normalmente mal planteado, en la forma de unos supuestos “modelos” (soviético, chino, yugoeslavo), o del “eurocomunismo” y las diversas “vías” hacia el socialismo de Togliatti. En términos filosóficos el debate aludía a la relación entre lo abstracto (modo de producción) y lo concreto (formación histórico-social). Marx y Engels analizan el capitalismo (lo abstracto) en la Inglaterra de su época (lo concreto) y, del mismo modo, el socialismo se analiza en la URSS. Pero al analizar el capitalismo en España no se encuentran “roundsmen” como en Inglaterra, ni al analizar el socialismo en Cuba se encuentran “kulaks” como en la URSS. Un marxista tiene que analizar el capitalismo (o el socialismo) en algún país y en algún tiempo concretos. Lo que no tiene sentido, ni marxista ni de ningún tipo, es hablar del capitalismo como un espectro fantasmagórico, intemporal.

Con el tiempo el mismo vicio ha ido creciendo, cambiando de formato y empeorando cada vez más. Kevin Anderson, uno de los intelectuales seudomarxistas en boga, ha vuelto recientemente al mismo error de la misma manera errónea. Lo llama marxismo unilineal o multilineal (*). Otros dicen que el marxismo es del siglo XIX, que ahora las cosas han cambiado (pero no dicen cuáles) y que hay que retocarlo un poco (o mucho) para poder “aplicarlo” al siglo XXI.

Son variaciones sobre el mismo tema, como el “determinismo” que algunos confunden con el fatalismo, la sucesión inexorable de esos modos de producción que tienen que aparecer por todos los rincones de la historia. En resumen, según algunos el marxismo no es “aplicable” a determinadas sociedades o épocas históricas, que es como decir que la aritmética no es “aplicable” a todos los números.

Los populistas no se oponían al marxismo, sino que decían que no era “aplicable” a Rusia, con lo cual querían decir que Rusia jamás sería un país capitalista. Lo mismo que Togliatti, ellos también creían que el marxismo, lo mismo que el capitalismo, eran “europeos”. Lo verdaderamente ruso era el populismo. Entonces al menos una parte de la cuestión reside en entender lo que es el marxismo.

En 1899 se celebró en San Petersburgo un debate público sobre un tema que llevaba exactamente el título “¿Es posible conciliar el populismo con el marxismo?”, lo cual ya es bastante significativo. Los populistas eran nacionalistas. Lo que preguntaban en realidad era: ¿es posible conciliar a Europa con Rusia?, ¿es Rusia una parte de Europa? Pero es aún más significativo lo que en ella dijo Vorontsov, un populista: los marxistas “europeos” están más ceca del populismo que los “rusos”. Naturalmente que cuando Vorontsov se refería a los “marxistas rusos” ni siquiera se refería a Plejanov sino a oportunistas como Piotr Struvé, presente en aquel acto, es decir, a los “marxistas legales”.

Traer ahora aquel debate aquí puede parecer oportunista en cierta medida porque “El desarrollo del capitalismo en Rusia”, una de las obras de historia más extraordinarias jamás escritas, a cuya redacción Lenin dedicó tres largos años (1896-1899), dejó las cosas bien claras. El marxismo no sólo se podía “aplicar” a Rusia sino que se “aplicó” de una manera tan magistral que en 1917 condujo al proletariado a la Revolución. Hoy sabemos que los populistas no tenían razón.

Pero aferrarse a esos argumentos “ex post facto” es jugar con ventaja; además de poner las cosas en su sitio, lo cual no es fácil, hay que ponerlas en su época. Una carta de 1877 dirigida por Marx a la revista rusa “El memorial de la patria” trata sobre esto: ¿qué es el marxismo? Afirma que el dirigente populista Mijailovski había “metamorfoseado” su explicación de la génesis del capitalismo en el occidente europeo, convirtiéndola en una “teoría histórico-filosófica de la marcha general que el destino impone a todo pueblo, cualesquiera que sean las circunstancias históricas en que se encuentre”. En otras palabras, los populistas convertían algo histórico en algo suprahistórico.

Los errores de los populistas procedían de dos orígenes distintos: no sólo tenían una concepción distorsionada del marxismo sino que, además, tenían una concepción distorsionada de Rusia, y cuando hoy se leen con un poco de atención esos mismos debates, como el de Anderson, se observa exactamente el mismo error que Marx y Engels observaban en los populistas: son suprahistóricos, es decir, abstracciones, teorías que pretenden suplantar a otras teorías simétricas a ellas. Lo que todas estas teorías tienen en común es que son una exégesis permanente. Están hechas de frases y citas que cuadran casi exactamente con lo que el escritor quiere sostener.

Al leer una obra maestra, como “El desarrollo del capitalismo en Rusia” aparece lo concreto, además de lo abstracto. Más que datos hay detalles. Las publicaciones marxistas son tan exahustivas y minuciosas que al repasarlas un siglo después agobian al lector, como cuando “El Capital” se refiere a los clanes celtas de la alta Escocia, o cuando Lenin dedica un apartado a analizar la orfebrería y la producción de samovares y acordeones en Rusia.

Anderson no habla para nada de acordeones, no habla de nada concreto, no habla de historia sino sobre la historia, después de convertirla en un fantasma. Por ejemplo, larga la siguiente patada: “Un ejemplo común del uso continuado de este modelo unilineal es la máquina de propaganda estatal China, cuando apoda la cultura tibetana como ‘feudal’ y consecuentemente atrasada”. Si los chinos tienen una máquina de propaganda estatal, Anderson tiene el estilo publicitario burgués, que consiste en soltar las frases típicas de los letreros de neón, huérfanas de argumentos, absolutamente vacías, como el resto de su artículo.

Lo de menos es si Anderson tiene razón o no. Lo que es seguro es que no es marxista, lo que se confirma cuando manifiesta las mismas intenciones que Vorontsov en Rusia: conciliar el marxismo con otras corrientes ideológicas, tan oportunistas como él mismo. Es algo típico de quienes no son marxistas, una conclusión que se confirma cuando Anderson busca las diferencias entre Marx y Engels: el primero es multilineal, mientras que Engels cayó en el mismo vicio que la maquinaria de propaganda estatal china.

Un debate o una obra de historia en la que no se habla de cosas como samovares y acordeones podrá resultar interesante, pero no tiene relación con el marxismo. Si además, está repleta de citas de Marx, hay motivos para temer lo peor.

(*) De los ‘Grundrisse’ al ‘Capital’: Temas Multilineales, Marxismo Crítico, 12 de diciembre de 2013, http://marxismocritico.com/2013/12/12/de-los-grundisse-al-capital/

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Memoria Histórica

Transición y constitución

No sólo hemos dejado que nos engañen en lo que a la transición concierne, sino que tampoco sabemos lo que es una constitución, por lo que llamamos de esa manera a cualquier trozo de papel impreso. Naturalmente que por una repetición insistente también tenemos asociada la democracia a la constitución e ingenuamente nos hemos convencido de que los países fascistas lo eran porque no tenían una constitución, ni la parafernalia que la acompaña: libertades, derechos, elecciones, partidos, separación de poderes, etc.

¿Qué es una constitución? En 1862, hace ya 150 años, Lasalle, el socialdemócrata alemán que mantenía una relación de amor, odio y otros estados de ánimo hacia Marx y Engels, pronunció un ciclo de conferencias para responder a esa pregunta: ¿qué es una constitución? Diferenciaba entre la constitución en sentido formal, una norma jurídica escrita sobre el papel, y la constitución real, el conjunto de fuerzas que dominan en una sociedad. Según Lasalle, los problemas constitucionales no son, en última instancia, problemas jurídicos, sino de poder (1).

¿Es necesario insistir sobre algo tan obvio? Si, por muchas razones, entre ellas porque también hay una mala comprensión de las relaciones entre lo formal (jurídico) y lo real (sociológico). Hay quienes desprecian lo jurídico y hay quienes miran la realidad sólo a través de los agujeros legales y redactan manuales sobre los derechos de los detenidos.

Cuando Montesquieu habla de “separación de poderes” se refiere a ambas cosas al mismo tiempo. Sus “poderes” no son el legislativo, el ejecutivo y el judicial sino las clases sociales. A lo que se refiere Montesquieu es al reparto del poder entre las clases sociales, o mejor dicho, a un nuevo reparto del poder entre ellas, de una redistribución de ese poder político (2). Eso es una constitución: la formalización jurídica de un cambio político.

De ahí se desprende algo obvio: no es la constitución la que redistribuye el poder sino que es un cambio en el poder el que redacta una nueva constitución. Al poder de crear e imponer una nueva constitución Sieyés, un representante típico de la burguesía revolucionaria, lo llamaba “poder constituyente”. Pero también lo podemos decir en términos actuales, más comprensibles: la lucha de clases es el motor de la historia y, por lo tanto, también es la que redacta, cambia y anula las constituciones.

Las primeras constituciones aparecen con las revoluciones burguesas. Son expresiones suyas, es decir, reflejan el asalto de la burguesía al poder político y la construcción de un nuevo Estado, diferente del anterior. Uno de los mayores exponentes de la nueva teoría constitucional fue Sieyés, quien lo expresó claramente. “¿Qué es el Tercer Estado?”, preguntaba Sieyés refiriéndose a la burguesía. “No es nada”, respondía él mismo. “¿Qué debe ser el Tercer Estado?”, volvía a preguntar. “Todo”. La burguesía quería todo el poder para sí misma.

Sieyés forjó el núcleo fundamental de lo que es una constitución, el de “poder constituyente”, que luego Lenin expresó a su manera al decir que “no basta con dar a la Asamblea representativa la denominación de constituyente. Es preciso que dicha asamblea tenga poder y fuerza para constituir” (3). Entonces, para juzgar la Constitución de 1978 hay que tener en cuenta ambos factores. En primer, el aspecto formal: si las Cortes surgidas de las elecciones de 1977 fueron constituyentes, o no. Y segundo, el aspecto material, si dichas Cortes tenían la fuerza suficiente para constituir, es decir, para cambiar la naturaleza política del Estado.

Es lo que Lasalle calificaba como los “factores reales de poder”, lo que en tiempos de la transición se llamaban “poderes fácticos”, una expresión que ya nadie utiliza ahora, pero que entonces era muy corriente precisamente porque esos poderes, los de verdad, no sólo no estaban en las Cortes, sino fuera de ellas y, además, porque esos poderes no sólo no querían cambiar sino que estaban en contra de cualquier cambio.

Así que todas las respuestas a las preguntas anteriores son negativas, incluso las de tipo formal, lo que conduce a concluir que España no tiene constitución, que la Constitución de 1978 no es tal constitución o, dicho en términos más claros, que dicha constitución es un fraude que procede de otro fraude y que fue redactada por unos defraudadores. En el derecho todo fraude, de ley o de cualquier otro tipo, conduce a la nulidad. Un certificado de nacimiento falso es nulo, un billete de 7 euros es nulo y una constitución falsa es también nula: no existe como tal.

¿Por qué no hay constitución? Porque no hubo transición, ni cambio político. Lenin preguntaría lo siguiente: ¿tenían las Cortes de 1977 poder para cambiar algo?, ¿eran las Cortes de 1977 un poder? Naturalmente que no. Pero la respuesta tiene que ir mucho más allá: ni eran constituyentes ni lo pretendieron jamás. Las elecciones de junio de 1977 no se convocaron para cambiar el Estado, derogar las Leyes Fundamentales franquistas y elaborar una nueva constitución.

Una constitución no implanta la libertad sino que es consecuencia de ella, de una situación previa de libertad que nunca hubo en España, y menos en 1977. No es necesario leer la prensa de entonces. Cualquiera que haya vivido la transición al cabo de la calle no hablará sino de un estado de terror, de crímenes, de miedo, de palos, de detenciones, de torturas y de cárceles.

Por el contrario, la libertad forma parte esencial del poder constituyente y para que haya libertad hay que liberar a los presos políticos de las cárceles, reconocer los derechos de reunión, asociación, manifestación, legalizar a los partidos políticos y la libertad de expresión, el acceso de todos a los medios de comunicación públicos… Nada de esto se produjo en 1977. La consecuencia política fundamental de este hecho es que la legitimidad de este régimen es la misma que la del franquismo, es decir, ninguna. Nadie puede calificar de legítimo a un Estado edificado sobre el criminal alzamiento de 1936 y la matanza subsiguiente. La transición no fue más que una prórroga de esa situación de guerra y posguerra. Más de lo mismo.

Las cosas no cambian nada por el hecho de que las imitaciones de los falsificadores sean tan buenas que embauquen a los incautos. Siempre que hay una imitación hay que compararla con el original. Si hablamos de fraude hay que mirar en la trastienda, analizar la historia, los hechos, la práctica. Si no hubo ningún tipo de poder constituyente, lo que hay que analizar es eso que en 1977 se llamaban “poderes fácticos”.

Los incautos se quedan con el aspecto formal de las cosas, lo que debió ser y no fue. Pero los diputados de 1977 no inventaron el fraude. Sieyés, que era cura, sabía mucho de fraudes y, a pesar de ello, le ocurrió lo mismo hace más 200 años, lo que le movió a escribir su conocida obra, en la que dice: “El conocimiento de lo que hubiera debido hacerse puede llevar al conocimiento de lo que se hará” (4). Si no queremos que nos vuelvan a timar de nuevo los mismos timadores de siempre, deberemos exigir ahora lo que no tuvimos en 1977 ni hemos tenido nunca, empezando por la liberación de los presos políticos.

(1) Lasalle: ¿Qué es una constitución?
(2) La separación de poderes en el constitucionalismo burgués
(3) Lenin: Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática, Obras Escogidas, tomo I, pg.475.
(4) Sieyés: ¿Qué es el Tercer Estado?, Madrid, 1973, pg. 92.

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Noticias

El alzheimer en el análisis comunista español

José Guillén

Hace unos días
llegó a mis manos, después de mucha insistencia y hasta persecución
por parte de un militante del PCPE, su archiconocido periódico
“Unidad y Lucha”, periódico que en las próximas fechas
realizará una folclórica fiesta en el madrileño barrio de Vallekas
celebrando no sé muy bien el qué, será que el movimiento comunista
español ha dado un salto cualitativo y hay motivos para realizar
celebraciones con cantidades ingentes de banderitas, canciones y
demás, en vez de estar a pie de calle organizando la resistencia
popular contra el Estado español, pero este no es el tema al que
pretendo ceñirme en este texto. Una vez dispuse de un momento de
tranquilidad y sosiego, le eché un ojo a la publicación en
cuestión. No iré artículo por artículo porque me parece que tiene
poco sentido, además de que no valen tampoco mucho la pena, pero
hubo uno de los artículos que me llamó la atención nada más
verlo, por la pomposidad de su título y a posteriori por su
contenido que es lo que pretendo criticar en este artículo, el
título era: “República Socialista: ¿Opción o necesidad?”
En dicho artículo a primera vista, lo que parece entenderse es
que la intención del PCPE/CJC es criticar el etapismo del PCE y su
revisionismo explicando que el partido en cuestión no quiere llegar
al socialismo sino quedarse en una fase intermedia, “la III
República”, hasta aquí estoy de acuerdo con ellos, el PCE no es
ni un partido revolucionario, ni lucha por el socialismo, pero a
partir de aquí comienzan los problemas y se demuestra como el
PCPE/CJC no tiene una línea política para conseguir el poder
político en el estado español, su falta de memoria histórica, y
que además obvia y pasa de largo el desarrollo histórico particular
y propio del Estado capitalista español, yendo a rebufo de los
análisis generales del capitalismo y limitándose a repetir
consignas como: “Llegado el momento, esta misma burguesía
podría acceder a la república sin que ello supusiera ningún
quebranto de su sistema de dominación”
o “Los
revisionistas y oportunistas llaman a convocar a la ciudadanía para
instaurar un régimen republicano a imagen y semejanza de la
república del 31”.

Para nuestros buenos
amigos del PCPE/CJC, parece ser que la monarquía no les afecta, y
que se han tragado el cuento de la transición, del rey como florero
que no pinta nada en las decisiones del Estado. Parece ser que
cargarse la monarquía en este Estado no serviría de nada, todo y
eso cuando tenemos la experiencia de dos repúblicas, la del 1873 y
la de 1931, que han sido los momentos de mayor efervescencia
revolucionaria en este Estado y donde mayor movimiento popular y
democrático ha habido, hasta que a través de golpes de Estado se ha
vuelto a los regímenes anteriores reaccionarios. Pero claro, esto a
PCPE/CJC les da absolutamente igual. Para ellos una república
española es lo mismo que una república francesa, que una italiana y
que una alemana. Una buena clase de historia no les vendría mal:
fíjense que ni el propio fascismo, en su momento de mayor
contrarrevolución en los años 40 y 50, fue capaz de tumbar la
institución monárquica, debido a la influencia que tenía dentro
del propio Estado. Curioso es también que después de tumbar a la
institución monárquica en el 31, todo el sistema caciquil se
viniera abajo y se instaurara la primera y hasta ahora única etapa
donde se respetaban y se daban derechos democráticos a las masas.
Pero claro, tirar a una institución no tumba un Estado, claro que
no, por eso la figura en la que el fascismo español se apoyó para
perpetuarse y hacer que su Estado aguantara fue en el rey, y por eso
el rey es el jefe del Ejército español. Vaya… ¿a que va a
resultar que la monarquía tiene más importancia de la que dicen? En
definitiva dejar claro, que si, en esencia la república española en
sus puntos generales sería igual que cualquier república actual,
pero en su contenido particular, ese matiz revolucionario que tienen
las repúblicas en nuestro país, y que la historia ha demostrado, no
lo tendría ninguna, porque el baluarte sobre el que se apoya el
fascismo en este país y todo sus mecanismos represivos estatales, se
centran en la figura de la monarquía y es indispensable para ello.
Todo el terrorismo de Estado o el golpe de Estado del 23-F ha pasado
por las manos de la monarquía previamente. El Ejército le debe
lealtad a esta institución y la lucha por el socialismo en este país
no puede ir separada de la lucha republicana y antifascista, tumbar a
la monarquía con todo el peso que tiene en el aparato estatal
español no es algo que sea precisamente fácil para los capitalistas
(que ya lo intentaron en su momento) porque en España la palabra
república va ligada a revolución, va ligada a democracia y va
ligada a socialismo, por eso el monopolismo español no puede
defender la república, porque sería estar defendiendo su propia
sentencia de muerte. Esto los revisionista del PCPE/CJC es algo que
no alcanzan a comprender, sencillamente porque caen un mecanicismo
simplista, no hacen uso del materialismo histórico, es decir, no se
paran un momento a analizar nuestro desarrollo histórico, sino a
repetir palabrería que bien valdría tanto para España como para
Grecia, Italia, Turquía o Kazajistán… es necesario explicar a la
gente lo que es la monarquía y lo que fue la transición, aunque
acabará pasando que las masas serán la que se lo acaben explicando
a este partido que se autoconsidera la “vanguardia”.

Debemos extender la
organización y resistencia contra el Estado fascista, no debemos
olvidarnos de nuestras propias experiencias históricas, sino usarlas
de fuente para el análisis, para saber valorar el desarrollo
particular que tiene el Estado español como Estado capitalista, que
si en lo general coincide con el resto de Estados (gobierno de la
burguesía, existencia de la propiedad privada de los medios de
producción, explotación del proletariado, campesinado y capas
populares, etc.), en lo particular lo hace totalmente único. Y para
poder conseguir la toma del poder, se deben analizar también esas
cuestiones particulares y no universales. Saber entender la historia
de un Estado es imprescindible para poder elaborar una línea
política contra él. Claro que no quedan fases intermedias, porque
España ya es un Estado imperialista, y que el único camino es el
socialismo, pero para ello debemos combatir al Estado y por ende a la
monarquía, no subordinarla a un segundo plano, porque es
indispensable acabar con ella para llegar a la república popular y
el socialismo.
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Una, grande y libre: el nuevo falangismo de «izquierda»

Óscar Miguélez

En
plena celebración de la Diada el Diario Octubre publica un infame
artículo de Eduardo J. García titulado nada menos que «Los fachalanes»
en donde arremete sin el más mínimo pudor contra el independentismo
catalán. El encabezamiento ya deja claro que, según García, el fascismo
no está entre los opresores sino entre los oprimidos. A partir de ahí
cualquier cosa es posible y para comprobarlo no hay más que tener
estómago para digerir el artículo en su integridad.

En las tres décadas y media transcurridas desde la
transición y, a pesar de la creación del Estado de la Autonomías, las
contradicciones nacionales en España no se han amortiguado, sino todo lo
contrario. Los centralistas tienen la impresión de que han cedido
inútilmente, reaccionan para disimular que la opresión nacional sigue
existiendo y pasan a la ofensiva lanzando el siguiente argumento:
durante la transición España se transformó en un Estado democrático,
prueba de lo cual es que concedió las más amplias competencias a las
autonomías (naciones). ¿Qué más quieren los independentistas?

Son insaciables y no se conforman con nada. En la
argumentación centralista no sólo la opresión nacional ha desaparecido,
sino incluso la propia Catalunya, «un país que no ha existido jamás»,
según García. Entonces la duda es lógica: si no hay opresión nacional,
¿de qué se quejan los independentistas? Y lo que es aún más extraño:
¿cómo es posible que el nacionalismo no sólo no haya sido desactivado,
sino todo lo contrario, haya multiplicado sus fuerzas? ¿Cómo puede
crecer un problema que ya está solucionado?

El artículo de García que publica el Diario Octubre,
como tantas otras publicaciones fascistas, no reconoce la existencia de
una situación oprobiosa de hecho, el sometimiento nacional de
Cayalunya, sino sólo un problema subjetivo, que son los nacionalistas
(la burguesía nacionalista) o, dicho de otra manera, los nacionalistas
(la burguesía nacionalista) están creando un problema donde no lo hay.

La maniobra no puede ser más repugnante. Constituye
un alineamiento descarado con el Estado fascista en contra de los
oprimidos, afirmando que el verdadero problema son ellos. Los que
realmente están oprimidos son los fascistas y su España (una, grande y
libre). En este país el oportunismo sigue despeñándose por los abismos
de la más descarada degeneración moral e intelectual, presentando al
viejo falangismo con un nuevo rostro de «izquierda». La UCE no es más
que un ejemplo, de los que hay varios. A García y el Diario Octubre se
les ha quedado pegado al paladar hasta el lenguaje fascista, cuando
califican de «batasunos» a los miembros de la CUP.

Los oportunistas son al comunismo lo que el inglés a
Ana Botella. Pretenden que es algo consustancial al comunismo crear
«grandes Estados», o que la unidad del Estado (por las buenas o por las
malas) garantiza la unidad de la clase obrera, o que son los
imperialistas (extranjeros) quienes pretenden dividir a la sagrada
patria (que es España), lo mismo que hicieron en los Balcanes.

Cuando en España se habla de nacionalismo el
subconsciente nos traslada mecánicamente a Galicia, Euskadi o Catalunya.
Fuera de ahí no hay nacionalismo; los españoles no son nacionalistas,
un término que hoy, en los tiempos del Banco Mundial, la UE y la OTAN se
ha convertido en sinónimo de terrorismo, violencia, intolerancia, etc.
Además de arcaico, el nacionalismo es hoy contraproducente… siempre
que se trate del nacionalismo de los demás, el de los oprimidos, porque
el propio no necesita presentarse como tal nacionalismo, sino todo lo
contrario. Más bien alardean de internacionalismo y cosmopolitismo.

Para justificar su alineamiento con la opresión, los
nuevos falangistas de «izquierda», además de recordar la naturaleza
burguesa del nacionalismo, exponen el amplio repertorio de «trapalladas»
que cometen a cada paso en sus respectivos cortijos. Pero, ¿qué
esperaban de la burguesía? A cada paso los falangistas (de derechas y de
«izquierdas») nos recuerdan el victimismo de los independentistas. Es
verdad, el victimismo existe, pero no es ficticio. Sus «trapalladas» son
reactivas: se alimentan de las que proceden de Madrid que, por cierto,
permanecen en un segundo plano.

Es el propio centralismo fascista el que durante 35
años ha estado alimentando el crecimiento del independentismo en
Catalunya y demás naciones oprimidas. A lo largo de las últimas décadas
la burguesía catalana ha demostrado verdadera maestría política a la
hora de explotar todas y cada una de las torpezas que proceden de
Madrid. Pero algunos, como García y el Diario Octubre, siguen sin querer
enterarse: los pequeños ejércitos ganan las guerras aprovechando los
errores de los grandes.

Aunque ese es un principio importante, no es en
absoluto lo principal en este asunto. Lo que le está permitiendo a la
burguesía catalana una hegemonía sin precedentes en su cortijo es la
inhición, la absoluta torpeza de los que le hacen el caldo gordo al
fascismo. Lo llamamos falangismo de «izquierda» pero la III
Internacional lo calificó como «socialfascismo»: socialistas de palabra y
fascistas de hecho. Eso es lo que mejor define a García y a medios como
al Diario Octubre, que se mantienen dentro de círculos insignificantes
mientras las fuerzas de los «batasunos» crecen cada día.

(*) Eduardo J. García: Los fachalanes (The catalan Way)
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El programa nacional del proletariado

Óscar
Miguélez
Marx y
Engels no pudieron elaborar una línea general capaz de orientar al proletariado
en su lucha contra la opresión nacional, aunque entre sus escritos abundan las
aproximaciones concretas, inspiradas por las circunstancias particulares de
cada país. El motivo es que entonces las naciones estaban en periodo de
formación, lo que bajo el Imperio Austro-Húngaro se conoció como la
«primavera de los pueblos», en referencia a la revolución de 1848. En
tales condiciones no era posible que el proletariado tuviera un programa propio
al respecto que, naturalmente, no puede ser idéntico al de la burguesía.
A pesar de
ello, abundan los oportunistas que partiendo de cartas y apuntes al vuelo han
tratado de deducir conclusiones generales, válidas para cualquier nación y
cualquier momento histórico. Esos intentos son tanto más infructuosos en cuanto
que no tienen en cuenta algunas circunstancias, que son muy importantes:
a) en la
primera mitad del siglo XIX el capitalismo estaba en su fase de expansión
b) los
escritos de Marx y Engels sólo ocasionalmente van más allá de Europa
c) Europa
estaba en proceso de formación, su mapa político era bien diferente del actual
d) los
movimientos nacionales en Europa formaban parte de la revolución democrático-burguesa
Esas
condiciones desaparecieron. En la actualidad la cuestión nacional está ligada a
algo mucho más general, el imperialismo, una fase superior del capitalismo que
Marx y Engels no conocieron. A diferencia de aquella época, en la actualidad,
la cuestión nacional no sólo forma parte de la revolución socialista sino,
además, de otra serie de cuestiones, tales como el colonialismo, el indigenismo
o la cuestión racial.
Sólo al
llegar esta nueva fase el proletariado pudo disponer de una perspectiva más
amplia, verdaderamente internacional, para elaborar una línea política de igual
dimensión, una tarea que llevaron a cabo Lenin, Stalin y la Internacional
Comunista. Bajo el imperialismo, los principios elaborados por los comunistas
para resolver la cuestión nacional, sirven también de fundamento para resolver
las demás cuestiones conexas a ella: colonial, indígena, racial, etc.
Durante la
primera etapa del capitalismo Marx y Engels no pudieron adoptar una postura
única ante unas u otras naciones, de manera que mientras hoy unos oportunistas
se aferran a un repertorio de citas literales, los otros se apoyan en otro
diferente, e incluso opuesto. Traídas a la actualidad, la mayor parte de esas
referencias están fuera de contexto y constituyen otras tantas manipulaciones
históricas del pensamiento de Marx y Engels, que en unos casos parece que eran
independentistas, como en sus conclusiones sobre Irlanda o Polonia, mientras en
otros son furibundos unionistas, como en el caso de los eslavos del sur.
A ello hay
que añadir que su criterio con respecto a algunas naciones, por ejemplo
Irlanda, cambió con el tiempo, como reconoció el propio Marx, entre otros
escritos, en una carta a Engels de 2 de noviembre de 1867. Lenin no sólo
analizó aquel giro de Marx sino que explicó sus dos motivos:
a) la
posición hegemónica del imperialismo británico en el mundo a lo largo del siglo
XIX y la formación de la aristocracia obrera en Inglaterra
b) que Marx
no hacía de los movimientos nacionales algo «absoluto», algo con
entidad por sí mismos, al margen de las clases y de las luchas entre ellas
Es
importante retener este segundo motivo: los movimientos nacionales no son nada
en sí mismos, sino movimientos de las clases social
es. Ahí Stalin reconocía la
«esencia de clase de la cuestión nacional» (1) 
y en uno de sus
primeros escritos lo explicó así: «La cuestión nacional sirve en las
distintas épocas a distintos intereses y adopta distintos m
atices según la
clase que la promueve y la época en que se promueve» (2).
Los
escribanos de bajos vuelos han creído encontrar aquí contradicciones,
incoherencias o incongruencias. Aún no han entendido que la cuestión nacional
cambia con la situación de las clases sociales o el momento histórico o, por
decirlo de otra manera, la cuestión nacional, como cualquier otra cuestión, hay
que analizarla en concreto, es decir, hay que llevar a cabo un análisis
concreto de la situación concreta.
Hay un
segundo aspecto en las cartas de Marx sobre Irlanda que desarticula uno de los
tópicos más manoseados (y falsos) del materialismo histórico, según el cual
Marx y Engels se equivocaron porque ingenuamente creyeron que la revolución
empezaría en los países más adelantados. Siempre que los escribanos lanzan
estos tópicos absurdos nunca mencionan sus fuentes. ¿En que obra defendieron
esa tesis? La lectura de los apuntes de Marx sobre Irlanda demuestra más bien
lo contrario: Marx no sólo dice que la revolución puede empezar en un país
atrasado, como Irlanda, sino que sería conveniente que así fuera:
«Durante
mucho tiempo creí que sería posible derrocar al régimen irlandés por el ascenso
de la clase obrera inglesa […] El estudio más profundo ahora me ha convencido
de lo contrario. La clase obrera inglesa nunca logrará nada antes de que se
haya liberado Irlanda. La palanca debe ser aplicada en Irlanda. Es por ello que
la cuestión irlandesa es tan importante para el movimiento social en
general»
Introducir
dentro de la agenda de la Primera Internacional la lucha contra la opresión
nacional fue una de tantas batallas libradas contra el falso «internacionalismo»
de los proudhonistas. En 1870, en una comunicación confidencial que remitió a
la Primera Internacional, Marx propuso formalmente a la organización
internacional del proletariado la aprobación del siguiente programa: «La
actitud de la Asociación Internacional en el problema de Irlanda es
absolutamente clara. Su primer objetivo es acelerar la revolución social en
In
glaterra. Con tal fin es preciso asestar el golpe decisivo en Irlanda» (3).
Pero el
programa del proletariado no es un brindis al sol sino, ante todo, una práctica
y por eso el 24 de octubre de 1869 la Primera Internacional convocó en Londres
una manifestación exigiendo la amnistía para los presos políticos irlandeses,
una preocupación sobre la que Marx insistió en varias reuniones de la dirección
de la Internacional.
Los hechos
volvieron a dar la razón a Marx y Engels: la revolución estalló primero en
Irlanda. Pero eso no es más que una parte de la cuestión: cuando ellos dijeron
que lo más conveniente era que la revolución empezara en Irlanda, ¿a qué se
referían exactamente? ¿A Irlanda? No. Se referían al proletariado inglés (y
secundariamente también al irlandés). Por eso la manifestación en defensa de
los presos políticos irlandeses no se convocó en Dublín, sino en Londres.
Esa es la
esencia clasista de la cuestión nacional. No se trata de dejar la lucha contra
la opresión nacional circunscrita dentro de los límites de la nacionalidad
oprimida sino, ante todo, de llevarla a la nacionalidad opresora y, en última
instancia, al proletariado internacional. Ahora sólo queda que los comunistas
españoles empiecen a pensar seriamente en celebrar en Madrid la Diada Nacional
de Catalunya o en convocar manifestaciones por la liberación de los presos
políticos vascos.
En
consecuencia, a pesar de la singular casuística de cada nación y cada momento,
Marx y Engels abordaron el problema nacional sobre criterios de clase,
partidistas. En 1917 Stalin dejó muy clara la disyuntiva en la VII Conferencia
del partido bolchevique sobre el mismo asunto: «Existe un movimiento por
la independencia en Irlanda. ¿Con quién estamos nosotros camaradas? O estamos
con Irlanda, o estamos con el imperialismo inglés».
Puesto que
los movimientos nacionales son movimientos de las clases sociales, Marx y
Engels aportaron el punto de vista de la clase obrera al respecto. A diferencia
de los proudhonistas y anarquistas actuales, que se desentienden de la cuestión
nacional porque dicen estar en contra de las naciones y las fronteras, que son
asuntos propios de «burgueses», los marxistas siempre los hemos
incluimos dentro de nuestro programa.
Sin embargo,
hoy algunos que se llaman marxistas siguen defendiendo ese criterio nihilista,
justificándose con aquello de que son «internacionalistas» y que
«el proletariado no tiene patria». Son apartidistas y, por
consiguiente, ajenos al marxismo. Se les olvida la segunda parte de esa frase
del «Manifiesto Comunista»: la lucha del proletariado es
internacional por su contenido pero nacional por su forma. Stalin lo explicó de
una manera muy precisa y elegante en un discurso pronunciado en 1925:
«Proletaria
por su contenido, nacional por su forma: tal es la cultura universal hacia la
que marcha el socialismo. La cultura proletaria no suprime la cultura nacional,
sino que le da contenido. Y, por el contrario,
la cultura nacional no suprime
la cultura proletaria, sino que le da forma» 
(4)
.
Al
proletariado le interesa, pues, abordar la cuestión nacional, tiene que
incorporarla a su propio programa aunque, lógicamente, en ningún caso puede
incurrir en el seguidismo respecto a la burguesía, es decir, el programa
nacional del proletariado no es el mismo que el de la burguesía. Puede
coincidir en parte con el de la burguesía, pero no puede ser idéntico a él.
Notas:
(1) Stalin,
Informe al XII Congreso
(2) Stalin,
Cómo entiende la socialdemocracia la cuestión nacional
(3) Marx,
Extracto de una comunicación confidencial a la dirección de la Internacional
(4) Stalin,
Sobre las tareas políticas de la Universidad de los Pueblos de Oriente
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Antifascistas sólo a partir de las 8 de la tarde

Juan Manuel Olarieta

Hace
unos días un militante de UJC del barrio de Tetuán (Madrid) fue
agredido en la estación del metro de Estrecho. Parece ser que el
agresor, que exhibía una estética nazi-fascista, arremetió a golpes
contra el joven comunista por ir vestido con una camiseta con el lema
“Antifascista Siempre”.

Otro militante de la misma organización ya fue
agredido hace unas semanas durante las fiestas de Leganés (Madrid) por
militantes de las juventudes del PP. No sabemos si llevaba la misma
camiseta u otra diferente. Es un detalle importante para saber si nos
encontramos en presencia de una guerra estética, es decir, si en la
estética también han empezado las guerras, lo cual sería una novedad en
la historia que habría que tomar en consideración para incorporarla al
materialismo histórico.

El comunicado que con motivo de esta guerra estética
ha difundido UJC es como el muro de las lamentaciones de Jerusalén,
donde los creyentes introducen papelitos con sus buenos deseos entre las
grietas de las piedras.

Primero UJC se lamenta de que el fascista atacante
pudiera darse a la fuga sin que los guardias de seguridad hicieran nada
por impedirlo. Luego también se lamenta de que las autoridades no pongan
los medios necesarios para atajar «este tipo de situaciones», que es
una manera con la que posiblemente se quieran referir a «este tipo de
crímenes»
. O por lo menos eso creo yo, porque no me imagino que la
propia organización afectada por el crimen haya querido disminuir
deliberadamente la importancia del ataque, rebajándolo a la condición de
mera «situación».

Como no podía ser de otra forma, en el comunicado
llega finalmente esa retórica de las «condenas» que se ha impuesto en
España de un tiempo a esta parte. Es como cuando te asaltan en la calle
para que firmes un comunicado de condena. Yo siempre firmo, pero no
porque esté en contra de todo, no, sino porque no hay nada más
gratificante que sentirte en la condición de juez (independiente, claro,
por encima del bien y del mal), que es como un pequeño dios que se
dedica a investigar, juzgar y sentenciar los crímenes porque así es como
acaba con ellos, condenándolos, o sea, enviándolos al infierno.

La «condena» es un tipo de lucha no violenta que me
entusiasma especialmente. ¿Condenas la violencia de género? ¿Y al
fascismo? ¿Y la tortura? ¿Y el terrorismo? ¿Y el paro? ¿Y los recortes?
Si los problemas se resolvieran con comunicados de condena, España sería
el paraíso. El problema es que nunca han hecho caso a nuestras
«condenas», que yo sepa, y es algo muy serio porque a veces se trata
sólo de una condena vulgar y corriente, pero la mayor parte de las
veces, como en el comunicado de UJC, expresan su «más firme» condena;
nada menos. Si yo fuera una autoridad pública estaría muerto de miedo.
Pero las autoridades de este país, según parece, son unos valientes y no
tienen miedo de ir al infierno después de tantas condenas como se
emiten a diario.

La retórica del comunicado de UJC prosigue como es
habitual en estos casos: con el exabrupto del «fascismo», que se ha
puesto de moda otra vez en España. La UJC dice que el fascismo ha vuelto
a actuar impunemente en las calles de Madrid, donde vuelve a mostrar su
cara más violenta. ¿De veras esa es la cara más violenta del fascismo o
es la más violenta que conoce UJC? Yo conozco otras muchas que son aún
peores. Les harían poner el grito en el cielo y redactar muchos más
comunicados para expresar su «más firme condena».

Todo se aclara cuando UJC habla de «estética
nazi-fascista»
o califica al fascismo como una «ideología criminal». Que
se lo digan a su camarada apalizado. ¿Realmente los golpes se los
propinó una estética? ¿Una ideología quizás? ¿Fue también la II Guerra
Mundial cuestión de estética o de ideología? Y la guerra civil española,
¿tenía algo que ver con la estética o la ideología? Dicho de otra
manera: ¿qué le dolió más al joven comunista: los golpes o la estética y
la ideología de su agresor? Por ejemplo, si los golpes se los hubiera
propinado alguien con estética UPyD, ¿le hubieran dolido menos?

Pero la sangre no llega al río. El exabrupto
«fascista»
sólo aparece en este tipo de comunicados cuando la cosa se
pone fea, cuando hay agresiones, torturas, etc. Cuando eso no ocurre,
todo vuelve a la normalidad, que es siempre la democracia, las
elecciones, el pluripartidismo, las libertades y los derechos humanos.
El fascismo es de quita y pon, típico de un Estado camaleónico,
demócrata por la mañana y fascista en cuanto el sol se pone.

Si eso es así, si este Estado es camaleónico, no
cabe duda de que el lema que el joven comunista llevaba en su camiseta,
eso de “Antifascista Siempre”, es un error porque no es camaleónico, es
decir, no está a tono con este país. Debería poner: “Soy antifascista
sólo a partir de las 8 de la tarde”
. No tiene sentido serlo por las
mañanas.

Lo mismo podemos decir del agresor que, seguramente,
es otro camaleón, uno de esos demócratas de las juventudes del PP. Lo
que ocurre es que su estética y su ideología, que son fascistas, le
incitan a cometer ese tipo de ataques.

Otro de los papelitos que UJC mete en el muro de las
lamentaciones de Jerusalén es su deseo de que las autoridades atajen
estas «situaciones» tan condenables. Pero, ¿a quién reconoce UJC como
«autoridad» en este país? ¿Considera UJC que la «autoridad» es algo
distinto del mamporrero del barrio de Estrecho que vestía con estética
nazi-fascista?

Es un error que ya cometieron Stalin, Voroshilov y
compañía cuando los fascistas empezaban a atacar: no sólo no emitieron
un comunicado para expresar su «más firme condena» sino que, además,
tampoco acudieron a la autoridad de la Sociedad de Naciones para
atajarlo. Así nos luce el pelo.

Si UJC va a recoger firmas, desde ahora les digo que
cuenten con la mía (pero sólo a partir de las 8 de la tarde) y quedo a
la espera del siguiente comunicado de condena.

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