Para sacar a Newton fuera del armario

Juan Manuel Olarieta

A la mayor parte de los científicos no les gusta desprenderse de sus fantasías, aunque critican las de los demás. Han creado un parque temático en torno a sí mismos y a lo que llaman «divulgación científica» que, en numerosas ocasiones, es una ideología, como cualquier otra. Idolatrando a la ciencia se encumbran a sí mismos como pequeños ídolos de barro.

Para saber lo que es la ciencia hay que olvidarse por un momento de sus apestosos aduladores y analizarla históricamente como cualquier otro conocimiento, a la luz de la dialéctica materialista. Lo que la ciencia es no suele coincidir con los succedáneos que ponen en su lugar, porque ese mundillo es como cualquier otro: también vive de sus propias leyendas.

Una de ellas dice que Isaac Newton (1642-1727) es el científico por antonomasia, que realizó aportaciones decisivas a determinados aspectos del conocimiento que han perdurado mucho tiempo después. Como toda leyenda, contiene una verdad relativa que permite descubrir en Newton lo que la ciencia y los científicos son realmente, para lo cual lo primero que hay que hacer es desprenderla de tópicos, como la manzana que le cayó del árbol a Newton mientras dormía la siesta.

A la verdad relativa hay que añadirle luego el resto del iceberg, los manuscritos que a la muerte de Newton fueron heredados por su sobrina, Catherine Barton, varios miles de papeles que encerraban su mundo interior. Aquel legado se troceó, publicándose sólo aquellas partes que alguien consideró como «ciencia auténtica», y rechazando la mayor parte, que fue olvidada porque desde aquel mismo momento los «auténticos científicos» empezaron a forjar la leyenda. Se creyeron mejores que el propio Newton y consideraron que aquellos manuscritos desmerecían su fama de «científico por antonomasia» con la que debía pasar a la posteridad.

La ideología dominante empezó, pues, cuando quienes se consideraron sus más fieles herederos intelectuales metieron un bisturí donde Newton no lo había metido. Si reunimos todos esos trozos dispersos obtenemos una imagen del científico y de la ciencia muy distinta de la que la que ha transmitido la ideología burguesa como «ciencia auténtica». Merece la pena destacar tres aspectos de Newton que me parecen importantes. El primero es que, aunque reacio al cuerpo a cuerpo, Newton toma partido en una polémica científica con la misma decisión con la que toma partido en las luchas de clases de su época. El segundo es que Newton fue un revolucionario también en el sentido más general de la palabra y, por supuesto, fue eso lo que le condujo a sentar los fundamentos de la mecánica, bien entendido que cualquier revolución en el conocimiento empieza por una crítica del conocimiento establecido. El tercero es que, a diferencia de quienes se consideran como sus herederos, en Newton el conocimiento formaba una unidad, un sistema donde unas partes se pueden diferenciar pero no separar de otras.

Como la mayor parte de los grandes intelectuales, sus inquietudes no se circunscribieron sólo al conocimiento científico, sino a cuestiones de lo más diversas, como las políticas. Quizá uno de los rasgos más olvidados de su biografía sea su participación en la segunda revolución inglesa, donde llegó a ser parlamentario por los «whigs», el partido liberal que en aquella época era lo más parecido a la extrema izquierda actual. Lo mismo que la revolución cubana llevó al Che Guevara a dirigir el Banco Central, la revolución de 1688 llevó a Newton a dirigir la Casa de la Moneda.

Lo que le condujo a un cargo político tan delicado para la burguesía fue otra circunstancia convenientemente descuidada de su biografía: su interés por la alquimia, un conocimiento precursor de la química hoy profundamente despreciado. Pero a finales del siglo XVII la acuñación de moneda más que conocimientos financieros requería de una pericia metalúrgica que sólo los alquimistas poseían. No es posible entender el atomismo de Newton -y por extensión la física moderna- sin entender su estrecho vínculo con alquimistas como Robert Boyle, autor de la conocida ley de los gases que lleva su apellido. Newton heredó el laboratorio de los alquimistas de Cambridge y escribió un «Index Chemicus» que suma cerca de 2.500 páginas, sin duda la parte más voluminosa de sus reflexiones científicas. Pero como no solo la Iglesia tiene censores sino también la ciencia, después de su muerte la Royal Society dictaminó que aquellos manuscritos no se debían publicar porque carecían de interés científico.

El pensamiento de Newton es ideológicamente ambiguo; refleja el compromiso político de la segunda revolución inglesa entre la aristocracia dominante y la burguesía emergente, por lo que oscila entre el materialismo y el idealismo. Sin duda, los escritos teológicos de Newton demuestran un costado que -incluso- va más allá del idealismo objetivo, con incursiones claramente teológicas y místicas que se dejan sentir en la física clásica. En palabras del científico y comunista británico John Bernal, se trataba de una nueva transacción -otra más- entre la religión y la ciencia.

El materialismo de Newton es, además de mecanicista, puramente embrionario, lo que ha conducido a la física moderna a la ratonera en la que hoy se encuentra. Sus conceptos más básicos, entre otros el movimiento (inclinatio ad quietem) y el espacio (tanquam sensorium dei), apenas soportan ya ese peaje que en el siglo XVII se abonó al idealismo, la teología y la mística. En cuanto escarbas un poco en la física te tropiezas con las Sagradas Escrituras hoy lo mismo que entonces.

En la revolución inglesa el materialismo no desempeñó el mismo papel que en Francia un siglo después. El caso de Hobbes demuestra que en las islas el materialismo y el ateísmo tenían un componente aristocrático, mientras que los movimientos populares revolucionarios adoptaron formas religiosas, que eran otras tantas formas de criticar a la Iglesia en su mismo lenguaje.

La teología de Newton hay que encuadrarla también dentro de los parámetros de la revolución inglesa del siglo XVII. Como en cualquier otro país, en Inglaterra la principal oposición a la revolución procedió de la Iglesia y los escritos de Newton constituyen un ataque en toda línea en su contra que entusiasmó a Voltaire y, a través suyo, a la Ilustración francesa. En primer lugar Newton se enfrentó a la Iglesia como institución, llegando a identificarla con la Bestia del Apocalipsis. En segundo lugar combatió los fundamentos que sustentaban su influencia ideológica y, en particular, el dogma de la Trinidad. Como otros revolucionarios de aquella época, adoptó las tesis arrianas hacia 1673, que fueron declaradas fuera de la ley por el Acta de Tolerancia de 1689.

Por una burla de la historia Newton era entonces profesor del Trinity College en Cambridge, es decir, que el profesor negaba hasta el nombre de la institución a la que pertenecía. Para fundamentar sus prejuicios teológicos Newton rechazó las interpretaciones y estudió hebreo para empaparse de las fuentes originales de los fundadores del cristianismo anteriores al Concilio de Nicea.

Pero también aquí Newton estuvo a la altura del compromiso político de 1688 y no hubo necesidad de que nadie le censurara porque se censuró a sí mismo. Para no ser perseguido nunca tuvo el coraje de salir del armario para defender públicamente sus convicciones. Su caso contrasta poderosamente con el de su sucesor en Cambridge, William Whiston, quien admitió públicamente su arrianismo, por lo que le destituyeron de su cátedra de matemática en la universidad, viéndose obligado a vagabundear el resto de su vida por los bares, intercambiando predicciones sobre calamidades meteorológicas por unas monedas para subsistir.

El pensamiento de Newton forma un sistema en el que sus prejuicios teológicos van de la mano de los filosóficos, como él mismo dejó establecido al titular su principal obra como «filosofía natural». Pero, ¿cuál fue esa filosofía? El idealismo objetivo, el platonismo, la misma que encontró entre los fundadores originarios del cristianismo y que estaba de moda entonces entre los círculos universitarios de Cambridge, la misma que aparece en varios de sus conceptos físicos y metafísicos, como el de «fuerzas matemáticas» o «cualidades ocultas».

Lo mismo que en el siglo XVII, también hoy los científicos más mediocres esconden su ateísmo, su teología, su filosofía y todos sus prejuicios políticos en el armario. Siguen con su manía de trocear el conocimiento: la religión llega hasta aquí… la filosofía es aquello otro… las ideologías no les interesan… pero ante todo, ¡vade retro con la lucha de clases! De esa manera se creen los únicos seres humanos que no tienen ni religión, ni ideología, ni filosofía, ni política, ni nada de nada.

comentario

  1. Al igual que la Iglesia se negaba a que se tradujera la biblia, los médicos, los físicos, los juristas y demás gremios modernos, construyen su superioridad jerárquica mediante un lenguaje exclusivo, secreto e ininteligible, haciéndolo así libre de críticas externas

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