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Los revisionistas españoles tratan de ocultar la vigencia de la Resistencia Antifascista

El mejor homenaje: continuar la lucha

Los revisionistas españoles tratan de ocultar la vigencia de la Resistencia
Antifascista

Juan Carlos Delgado de Codes, Secretario General provisional del PCE(r)

(Sobre el comunicado de hoy de los CJC recordando a las
13 Rosas Rojas. Memoria selectiva)



En 1939, Roberto Conesa fue partícipe del asesinato de las 13 rosas. En 1979,
participó en el asesinado de Delgado de Codes, Secretario General del PCE(r).

¿Diferencias?


Las 13 Rosas Rojas eran heroínas ejemplares de la resistencia contra el
fascismo, mientras Juan Carlos Delgado de Codes era un blanquista y
pequeñoburgués. O eso al menos nos enseñan los CJC a través de sus
comunicados. 


Los CJC son la muestra más exaltada del bipolarismo. Defienden a unos
antifascistas y a otros los mandan a la hoguera, que nada se sepa de ellos.


Tan pronto están “homenajeando” a la resistencia antifascista, como más tarde
están denunciando como terroristas a aquellos que continuaron esa resistencia.
Esa resistencia antifascista no continúa, porque para ellos ya no hay nada a lo
que resistir. 


Nuestros revisionistas dicen querer que nombres como los de la 13 Rosas Rojas
no se borren. Es decir, que no quieren sepultar esos nombres de la resistencia
obrera y popular contra el fascismo en este país de 1936 a 1975. 


¿Y quién quiere borrar los nombres de la resistencia antifascista? El fascismo,
sin duda. ¿Y qué es lo que le permite al fascismo deshacerse de esta? El cuento
de la transición. Del que ellos son cómplices a través de su silencio. 


Realmente sin el caramelo de la transición ni siquiera hay motivo para hablar
de la memoria del movimiento antifascista. Más que nada porque no habría ningún
pretexto por el cual esa resistencia hubiese finalizado. Esa resistencia
antifascista tendría que ser continuada. No sería una memoria a la que “homenajear”
(a través de blogs de internet), sino sería el presente. La resistencia
antifascista continuaría hoy hasta alcanzar su fin: la ofensiva contra el
fascismo y la posterior derrota de este. 


Pero para los CJC la historia deja ciertos vacíos, como el niño que coge un
lápiz para dibujar y en medio del dibujo lo suelta para ver la televisión. Los
hechos se muestran incompletos.


Los revisionistas establecen una línea histórica de la resistencia antifascista
española desde 1936. Pasan por las batallas más importantes de nuestra Guerra,
luego por la lucha republicana en la resistencia francesa y en la defensa de la
URSS. Nos hablan del maquis en España, las agrupaciones de guerrilleros, sus
enlaces, la lucha clandestina de las organizaciones obreras y populares, la
organización en el exilio etc… Y toda una historia de guerrillas urbanas y de
un temple de acero de aquellos que sufrieron las consecuencias de esta lucha:
como Julián Grimau. Incluso nos hablan del gran papel que jugó el PCE de José
Díaz, al que ellos pretenden continuar, eso sí, folclóricamente, no continuando
su papel como dirigente del movimiento antifascista. 


Porque los CJC “homenajean” a todos y a cada uno de estos combatientes y exigen
que se les recuerde. Lo que pasa es que no cuentan que ellos son los propios
culpables del olvido de la resistencia antifascista.


Si seguimos el hilo histórico del que estamos hablando, nos daremos cuenta que
en 1975 se produce un parón. Ya no hay hilo. La historia de resistencia
antifascista no continúa. Se queda ahí, se detiene para siempre: queda para el
recuerdo, para la memoria, para los “homenajes” a través de Internet. La Guerra
Popular Antifascista queda entonces como motivo de homenaje e historietas, una
mera estética… lo mismo han hecho con la revolución bolchevique. 


A partir de entonces nuestros revisionistas no quieren saber nada de la
historia. El niño ha dejado de dibujar y se ha puesto a ver la televisión. Y
toda la lucha obrera y popular duerme hasta 2009 cuando el PCPE descubre que
hay una crisis capitalista y que ya no queda otra alternativa que la Revolución
Socialista (a diferencia de antes que propugnaban la República Antimonopolista
y el Frente de Izquierdas). España empieza de nuevo en el 2007, con la crisis
sistémica. ¿Lo demás? ¿Lo que hay entre 1975 y 2007? Como si no hubiera
sucedido. Quizás porque durante esas fechas sus dirigentes estaban bailándole
el agua a la socialdemocracia reformista y en consecuencia, al régimen. 

1. España es un ente abstracto. 


Como España ha perdido su historia y su sentido, no hay ningún elemento
nacional que incorporar a la línea revolucionaria en España. Solamente la mera
importación de consignas universales. Es decir, que sirven para España, para
Portugal, para Grecia y para Alemania: la lucha de la clase obrera contra el
monopolismo. 


Si bien esta consigna es correcta, no puede quedarse en una mera abstracción.
Habrá que explicar muy bien que forma toma, por ejemplo, el monopolismo en
España y esto no podemos hacerlo sin el materialismo histórico, sin la
historia. Y tendremos que darnos cuenta de que los que hacen posible que el
monopolismo se instaure en nuestro país son los que se levantan contra la
República Popular en 1936. Si no, nos quedaríamos en abstracciones
internacionales, pero sin línea particular. 


El Camarada G. Dimitrov acertadamente identifica este error:

“La teoría revolucionaria es la experiencia condensada, generalizada del
movimiento revolucionario; los comunistas deben utilizar cuidadosamente en sus
países no sólo la experiencia de las luchas pasadas, sino también, la de las
luchas actuales de otros destacamentos del movimiento obrero internacional. Pero,
utilizar acertadamente esta experiencia, no significa, en modo alguno,
trasplantar mecánicamente, en forma acabada, las formas y los métodos de lucha
de unas condiciones a otras, de un país a otro, como se hace con harta
frecuencia en nuestros Partidos. La imitación escueta, el limitarse a copiar
los métodos y las formas de trabajo, aunque sean los del mismo Partido
Comunista de la Unión Soviética, en países donde todavía impera el capitalismo,
puede, con las mejores intenciones del mundo, dañar más que favorecer, como ha
ocurrido en realidad no pocas veces. Precisamente, la experiencia de los
bolcheviques rusos debe enseñarnos a aplicar de un modo vivo y concreto la
línea internacional única de la lucha contra el capital a las particularidades
de cada país, extirpando implacablemente, poniendo en la picota, entregando a
las burlas de todo el pueblo las frases, los patrones, la pedantería y el
doctrinarismo. ”


Hoy en día podemos escuchar decir incluso a los más reaccionarios reformistas
que la transición fue una falacia. Lo dicen incluso periodistas del El País y
de los medios que precisamente no destacan por ser los más revolucionarios. Lo
dicen en La Tuerka, lo dice Julio Anguita e incluso los más variopintos
filósofos apolíticos. ¿Quién se cree la historia oficial de los fascistas?


¿Quién puede negar hoy que la transición no fue más que una maniobra del
fascismo? ¿Quién puede negar que no fue más que una reforma de un régimen
monopolista en crisis? ¿Cuáles eran las tareas del movimiento antifascista ante
esta situación?


G. Dimitrov y la III Internacional, que son los que  desarrollaron el
concepto marxista-leninista de fascismo, es decir, le dieron un significado y
un estudio científico (a través del materialismo histórico), ya avisaron de lo que
podía suceder en un Estado fascista en crisis, que era la situación en la que
se encontraba el fascismo español en los años 70 (donde empieza ese vacío
histórico de nuestros revisionistas). 

“En unos países, principalmente allí, donde el fascismo no cuenta con una
amplia base de masas y donde la lucha entre los distintos grupos en el campo de
la propia burguesía fascista es bastante dura, el fascismo no se decide
inmediatamente a acabar con el parlamento y permite a los demás partidos
burgueses, así como a la socialdemocracia, cierta legalidad. En otros países,
donde la burguesía dominante teme el próximo estallido de la revolución, el
fascismo establece el monopolio político ilimitado, bien de golpe y porrazo,
bien intensificando cada vez más el terror y el ajuste de cuentas con todos los
partidos y agrupaciones rivales, lo cual no excluye que el fascismo, en el
momento en que se agudezca de un modo especial su situación, intente extender
su base para combinar -sin alterar su carácter de clase- la dictadura
terrorista abierta con una burda falsificación del parlamentarismo.”


¿Acaso la incorporación del PSOE y del PCE al régimen fascista en los 70, no es
un pilar fundamental para el cuento de la transición? ¿Es esto una democracia burguesa
con tintes fascistas o es, al contrario un Estado fascista con tintes
democrático-burgueses?


Los CJC no responden a esta pregunta. Porque no quieren hablar de la
transición. Porque no quieren hablar de la historia. No saben explicar cómo
desaparece el fascismo en España y solo pueden hacerlo mediante teorías
abstractas, como siempre. Por ejemplo que el fascismo y la democracia burguesa
son formas de dominación de cualquier Estado burgués y mientras más
autoritarismo y represión hay, se están usando formas de dominación fascistas y
mientras más aperturismo y democracia se están usando métodos democráticos
burgueses. Teoría falsa puesto que la democracia-burguesa y el fascismo son
formas de dominación, por lo tanto son siempre represivas y autoritarias. La
cuestión está en que unas son formas de dominación correspondientes a la etapa
premonopolista del capitalismo y las otras a la etapa imperialista. Esto es lo
que dicen los comunistas de la III Internacional, es decir, los que se
enfrentaron a sangre y fuego con el fascismo. 


Pero como decimos, ni PCPE, ni PCOE ni ninguna banda revisionista quiere hablar
de los 70, porque ellos en los 70 o estaban en el PCE o estaban escondidos
debajo de las piedras cuando el régimen impuso el terror por todo el país. O
estaban con los que besaron la bandera de Franco y la Corona del Rey designado
por Franco o estaban con el rabo entre las piernas. 


Claro, luego ellos rompieron con el PCE en los 80, no por motivos de la
traición de Carrillo a la clase obrera y al pueblo español, no, sino por
motivos de la traición al prosovietismo que estaban haciendo los
eurocomunistas. Como vemos, España y su historia nunca les han interesado. Solo
la URSS, las banderas rojas y el folclore socialista (que en ese momento
representaban sus hermanos del este, sería una vergüenza llamarlos soviéticos).
“Cuando la URSS cayó, cavamos una trinchera y nos resguardamos en ella”, decía
Carmelo Suarez (Secretario General del PCPE) hace unos meses. 


En cuanto a los del PCOE, también manifestaban ese prosovietismo capitulador.
Incluso hoy en día se les puede ver rescatando ese mote de “¡pro-chinos!” (qué
era como los revisionistas llamaban a los que se oponían a la traición jruschevista)
cuando intentan atacar a los comunistas. 


El PCOE se funda antes de la transición, de la reforma del régimen, de la
mentira que perpetuo el monopolismo en este país…¿Y qué hizo para
detenerlo? 


Por cierto, en aquella época el PCOE defendía la “democratización de España”.
Ese “etapismo” del que les gusta hablar últimamente a todos estos grupos, es el
que ellos profesaron por mucho tiempo. De todos modos, “etapistas” o no, hay
una regla general en el revisionismo: quedarse solo en los papeles. 

2. El Movimiento Antifascista del 36 se difumina en los 70 sin motivo
aparente



Como revisionistas, como burguesía disfrazada dentro del movimiento obrero, nos
reproducen en la teoría y en la práctica todas y cada una de las chapuzas
historiográficas del fascismo: España dejó de ser fascista y pasó a ser un
Estado democrático-burgués, el Rey ni pincha ni corta y no importa nada que un
país sea monárquico o republicano y la Guerra “Civil” y la posterior
resistencia antifascista son cosas del pasado y no hay que reabrir viejas
heridas.


No hay que reabrir viejas heridas, estas fueron cerradas en la transición. La
Resistencia contra el fascismo, que era el movimiento revolucionario de la
clase obrera y el pueblo, acaba en 1975 (cuando Carrillo se casa con el Borbón)
y no hay nada más que hablar. Siguen la máxima de la ideología burguesa
del carpe diem. Vivamos el presente y no
hablemos del pasado. 


Historiografía burguesa y revisionismo se unen. No es raro. Unos son los
enemigos externos y otros los enemigos internos, dentro de las propias filas
del proletariado. 


Sin embargo vemos como en todas las manifestaciones y concentraciones que se
dan a lo largo y ancho del país, salen jóvenes con la bandera republicana, la
bandera de la resistencia. Vemos como cada día hay decenas de personas que
condenan el golpe de Estado del 18 de Julio, que no quieren que esto quede como
una derrota. Por eso hablan de la III República. Pero hay un vacío creado
intencionadamente, como decimos, para no ligar el presente con el pasado y para
así no darle forma a la línea revolucionaria en este país. 


Si el enemigo de 1936 era el mismo que en 1940, el mismo que en 1950, el mismo
que en 1965, el mismo que en 1975 y, como se ve cada día, el mismo enemigo que
lo fue en 1980 y lo es en 2013 (el monopolismo y sus formas de dominación
fascistas), la resistencia antifascista también tiene que tener una
continuidad: una historia paralela. Y es que efectivamente la hay. 


Porque el PCPE y el PCOE nos cuenten que hay un vacío histórico desde 1975
hasta hoy, no significa que esto sea así. Por mucho que, al igual que los
burgueses, tengan la total libertad para difundir esto en su propaganda, en sus
webs y ante nuevos jóvenes que intentan captar. 


Por tanto, si los socialdemócratas están aceptando incluso que en la transición
se da una reforma del propio Estado. ¿Cuál debería haber sido la tarea
principal del movimiento antifascista que nació en 1936? Denunciar la farsa.
¿Había otra alternativa?

3. Nuestros revisionistas mienten, la resistencia que ellos traicionaron:
continúa. 



El PCPE y el PCOE no lo cuentan, pero hubo organizaciones antifascistas de todo
tipo que denunciaron la maniobra del régimen. Por ejemplo: el Partido Comunista
de España (reconstituido), los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de
Octubre, el Socorro Rojo, la Organización Democrática de Estudiantes
Antifascistas, la Unión de Juventudes Antifascistas, Pueblo y Cultura, Mujeres
Antifascistas etc… En definitiva, una serie de organizaciones que denunciaron
la farsa hasta las últimas consecuencias (a las cuales se le impusieron la
persecución y la ilegalidad).


Estamos hablando de hombres y mujeres que no salieron de la nada. Muchos venían
de organizaciones traidoras y claudicadoras, incluso del mismo PCE. Y en un
proceso que duró años, intentaron retomar la dirección e impulsar ese
movimiento antifascista traicionado.


La represión fascista recayó entonces sobre su enemigo natural: los
antifascistas que no se vendieron. Los legítimos continuadores de las 13 Rosas
Rojas y José Díaz. No eran legítimos porque lo dijesen los papeles, no, sino
porque lo demostraron con hechos, en la calle. 


Al final hay que darle la razón a Roque Dalton cuando decía: 

“La política se hace jugándose la vida o no se habla de ella. Claro, se
 puede hacerla sin jugarse la vida, pero uno suponía que sólo en el campo
enemigo.”


Y es cierto, por supuesto, que el movimiento antifascista perdió a una gran
parte de su fuerza durante la transición. ¿Pero quién tiene la culpa?


¿De quién es la culpa de que hoy en día no se hable de la actualidad de la
resistencia? ¿De los propios antifascistas? ¿O de los que defienden y propagan
el cuento de la transición? O sea: de los que le hacen el juego al
fascismo. 


No será la culpa de los 31 asesinados o de los 1300 encarcelados de las
anteriores organizaciones citadas (de los cuales algunos continúan en las
cárceles). Ni tampoco del Movimiento de Liberación Nacional Vasco y parte del
Catalán y Gallego que siguieron la lucha (con decenas de muertos y centenas de
presos actualmente, recordemos). Mucho menos culpa de los 600 muertos durante
la transición en las manifestaciones contra el régimen.


Gracias a nuestros revisionistas el movimiento obrero y popular en este país no
se encuentra a sí mismo, porque le han robado su historia. Le han aturdido. Y
el movimiento obrero y popular tiene que reencontrarse con su pasado para
entender su presente. Su significado: la lucha contra el mismo enemigo.


En las manifestaciones por toda Europa, aún resuenan consignas como el “No
pasarán”. La consigna del pueblo madrileño se ha internacionalizado, pero el
movimiento que la engendró ha sido traicionado. 


¿Cómo hablarles a los progresistas venezolanos de su lucha sin Bolívar y la independencia
del Imperio Español? ¿Cómo hablarles a los revolucionarios cubanos sin la lucha
en el Bayamo contra el colonialismo a finales del siglo XIX? ¿Y a la
resistencia francesa contra el nazismo sin 1789? Es imposible.


Porque el Movimiento Antifascista en este país no solamente nace como expresión
del movimiento obrero y popular contra el fascismo y el monopolismo, sino que,
además, tiene unos objetivos muy claros: la recuperación de la República
Popular que los fascistas nos robaron para así poder realizar la tarea histórica
del socialismo. Por el carácter monopolista de este Estado, ya no caben medias
tintas. Sin la Dictadura del Proletariado no se puede hablar de una República
Popular y sin República Popular no podemos hablar de la Dictadura del
Proletariado. No hace falta decir que la lucha por el derecho de
autodeterminación del pueblo vasco, catalán y gallego va estrechamente unido a
los objetivos estratégicos de la resistencia antifascista.


El silencio intencionado del revisionismo deja estos objetivos como inconclusos.
Para ellos la historia de la resistencia antifascista se pierde en los 70 para
siempre, solo porque ellos, los del PCPE y el PCOE, no hicieron nada en los 70
para parar la reforma del régimen. 


La burguesía no considera a la Historia como una ciencia porque a través de
ella su chiringuito se cae a pedazos en todo el mundo. 


Aquel 20 de Abril de 1979, cuando Juan Carlos Delgado de Codes se encontraba en
la puerta del metro de Lavapiés, fue rodeado por tres policías. Uno de ellos
acercó la pistola a la sien de Juan Carlos (que estaba desarmado) y disparó. Su
delito: continuar la resistencia.

Decíamos al principio que el responsable de su asesinato fue el mismo que el de
los fusilamientos de las 13 Rosas Rojas. Casualmente 40 años después. Es decir,
que cuando los revisionistas del PCPE dicen que nuestro país ya había dejado
atrás el fascismo y se había incorporado a las magníficas bendiciones y
derechos de la democracia-burguesa (aunque no expliquen cómo se da este
proceso), la misma bota que aplastaba antes a los revolucionarios, seguía
haciéndolo.

Para el revisionismo hay héroes de la resistencia antifascista que son de
primera y héroes de segunda (o tercera o incluso olvidados y silenciados).
Mientras más alejados en el tiempo están, mejor, así no tendrán que ser
consecuentes y responder con actos a aquellos que denuncian.

En definitiva: la Resistencia Antifascista en España no es ninguna memoria que
llorar, señores de los CJC, está más viva que nunca y cumplirá el papel por el cual
nació. Hablamos de su “homenaje” a las 13 Rosas Rojas entre comillas porque no
hacen ningún homenaje.

El mejor homenaje: continuar la lucha.

Emilio Moyano Aguado


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Sobre la estrategia y la táctica de la revolución proletaria

M.P.M. (Arenas)
Antorcha núm. 3, junio de 1998





«Sólo un partido dirigido por una teoría de vanguardia puede cumplir la
misión de combatiente de vanguardia»

Esta frase de Lenin se ha repetido tantas veces entre nosotros,
que algunos la han convertido en una fórmula capaz de resolver por sí misma
hasta los problemas más difíciles o escabrosos. Otros, en cambio, se refieren a
ella para subrayar nuestras carencias teóricas, como si en este terreno quedara
todo por hacer o debiéramos partir de cero, proponiendo por su parte algunas
teorías completamente desconectadas de las experiencias del movimiento
revolucionario y de la vida real. Por otra parte, encontramos también a los
que, al mostrarse contrarios a todo vanguardismo y dirigismo,
no sólo desdeñan la importancia de la teoría y del debate en torno al programa
revolucionario, sino que para ellos ese tipo de debates carece de toda
significación práctica. Por lo general, estos practicistas identifican la labor
teórica y la crítica revolucionaria de las ideas y concepciones burguesas, con
la práctica teórica que realizan algunos charlatanes, por lo
que no es de extrañar que anden desorientados.

Lenin resaltaba que para Marx todo el valor de su teoría residía
en que por su misma esencia es una teoría crítica y revolucionaria
. Y esta
última cualidad es, en efecto, inherente al marxismo por entero y sin ningún
género de duda porque dicha teoría se plantea directamente la tarea de poner al
descubierto todas las formas de antagonismo y explotación en la sociedad
moderna, estudiar su evolución, demostrar su carácter transitorio, la
inevitabilidad de su conversión en otra forma, y servir al proletariado, para
que éste termine lo antes posible y con la mayor facilidad posible, con toda
explotación (1). En la teoría de Marx y Engels está contenida la
estrategia y la táctica de la revolución proletaria, una estrategia y una
táctica que son válidas para el proletariado de todos los países. De ellas
partimos los comunistas para elaborar la línea política y el programa de la
revolución (para lo cual debemos tener en cuenta las condiciones específicas de
nuestro país, las tradiciones de lucha del proletariado, etc.), de manera que
cuando nos referimos a la estrategia y la táctica (a la teoría general), lo
primero que pensamos es que no tenemos necesidad de inventarlas o elaborarlas,
ya que éstas hace tiempo que fueron elaboradas, fundamentadas científicamente,
por el marxismo. Claro que esto no nos exime de la obligación de tener que
estudiarlas y asimilarlas, de modo que podamos aplicarlas en la práctica y en
cada situación concreta como lo que resultan ser: una guía para la
acción
. Esta guía nos proporciona el conocimiento de las leyes y
contradicciones fundamentales que determinan la evolución y el cambio brusco de
la sociedad, en particular las leyes que rigen en la aparición, desarrollo y
transformación de la sociedad burguesa en una sociedad nueva esencialmente
distinta: la sociedad comunista.

Como es bien sabido, la estrategia y la táctica de lucha del proletariado
revolucionario de todos los países, formuladas por Marx y Engels, están
fundadas sobre los sólidos cimientos del materialismo histórico, en la economía
de Marx y en su teoría de la lucha de clases y de la dictadura del
proletariado. La concepción del materialismo histórico nos demuestra, a decir
de Lenin, cómo en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas, de
un sistema de vida social surge otro más elevado
 (2). La
economía de Marx nos ofrece la radiografía de la
sociedad burguesa, su estructura económica y social, sus leyes y contradicciones
específicas, que la distingue de los demás sistemas económico-sociales, en
tanto que la teoría de la lucha de clases y de la dictadura del proletariado
expresa el antagonismo, la lucha de intereses contrapuestos, que enfrenta al
proletariado y a la burguesía y el modo en que habrá de ser resuelto. Tales
son, muy a grandes rasgos, las concepciones, las leyes, principios e ideas que
definen la estrategia y la táctica del proletariado revolucionario de todos los
países, por lo que si alguno quisiera o tuviera necesidad de encontrar una
nueva estrategia y una nueva táctica deberá buscar en otra parte, no en los
textos del marxismo, sino en los textos de los revisionistas y otros teoricistas.

I

Aparentemente, son contados los textos marxistas que tratan sobre la
estrategia o sobre lo que generalmente se entiende como los fines u objetivos
últimos
 de la lucha proletaria, mientras que abundan los dedicados a
la táctica. Si estudiamos, por ejemplo, a Lenin encontramos que, con la
excepción de sus trabajos dedicados a la divulgación o defensa de las
concepciones e ideas de Marx y Engels, la mayor parte de su voluminosa obra
está dedicada a la elaboración del programa y la táctica del partido, y eso aun
cuando, como es sabido, la revolución en Rusia no tenía como meta inmediata de
la acción revolucionaria la toma del poder por la clase obrera, por lo que, si
nos dejamos llevar por esa primera impresión a que hemos aludido (la falta de
una estrategia), su atención debería haber estado centrada en la formulación de
una estrategia diferenciada, distinta a la definida por Marx y
Engels. Es lo que siempre han tratado de hacer los revisionistas, para quienes
los textos clásicos de Marx y Engels, incluso hoy día los de Lenin, son algo viejos,
están desfasados, han sido superados por la
evolución histórica o están pasados de moda. De ahí que no
desaprovechen ninguna ocasión para revisarlos y proponer en su lugar -basados
en algunos aspectos nuevos, pero siempre secundarios de la evolución del
régimen capitalista, o bien en las necesidades momentáneas del movimiento
obrero- una estrategia nueva, original o muy creadora.
Y es que en la literatura marxista-leninista se da por sentado que el
proletariado revolucionario de cualquier país no tiene más objetivo estratégico
que la demolición del Estado de la dictadura burguesa y la construcción de otro
Estado nuevo de dictadura del proletariado, a fin de poder comenzar la obra de
edificación comunista. Todas las obras de Marx y Engels no contienen, en
realidad, sino la fundamentación teórica de esa estrategia, que aparece
resumida o abreviada en El Manifiesto Comunista elaborado por
ambos y en otras importantes obras en las que abordan cuestiones de la táctica
revolucionaria, aunque, como es lógico suponer, en esto último (en lo
relacionado con la táctica) el análisis y la solución concreta de los problemas
dependen más de las condiciones de cada época y de cada país. Esto explica que
haya sido en este terreno donde Lenin y Mao hayan centrado más su atención. Sólo
si se tiene en cuenta en forma objetiva 
-escribe Lenin- el
conjunto de las relaciones mutuas de todas las clases, sin excepción, de una
sociedad dada y, por tanto, también el grado objetivo de desarrollo de esta
sociedad, lo mismo que las relaciones mutuas entre ellas y otras sociedades, es
posible disponer de una base para una táctica correcta de la clase de
vanguardia
 (3).

Como vemos, Lenin se refiere expresamente a táctica correcta,
dando por sentado que la estrategia no puede ser otra distinta de la que ya
hemos comentado. ¿Podría ser de otro modo? ¿Puede tener el proletariado de
cualquier país otro objetivo distinto al derrocamiento del poder de la
burguesía y el establecimiento de su propio poder? Los revisionistas siempre
han utilizado esa necesidad que se le plantea a la clase obrera de disponer
de una base
 sobre la que establecer una táctica correcta, para
introducir en el seno del movimiento la ideología y la política liberal burguesa
y conducirlo por el camino trillado del reformismo y la conciliación de clases. Determinar
de cuando en cuando la conducta que se debe seguir, adaptarse a los
acontecimientos del día, a los virajes de las minucias políticas, olvidar los
intereses cardinales del proletariado y los rasgos fundamentales de todo el
régimen capitalista, de toda la evolución del capitalismo y sacrificar esos
intereses cardinales por ventajas reales o supuestas del momento: ésa es la
política revisionista
 (4).

Otros oportunistas de la misma escuela que los revisionistas, sólo que
más radicales o izquierdosos, complementan la labor de
confusión y división que realizan aquéllos dentro del movimiento obrero
parloteando sin cesar de la dictadura del proletariado y
tachando de reformista la táctica verdaderamente
revolucionaria, marxista-leninista, que habrá de permitir a la clase obrera
aproximarse y finalmente alcanzar su objetivo. Esos charlatanes de izquierda hacen
así el juego a los derechistas más contumaces y les dejan todo el campo libre.

Para que esto no suceda, el Partido Comunista tiene que plantear
correctamente y ponerse al frente de la lucha por los intereses inmediatos de
los trabajadores a la vez que defiende dentro del movimiento sus intereses u
objetivos futuros. Esa lucha por los intereses inmediatos de las masas no entra
en contradicción con la defensa de sus intereses últimos, y de hecho, los
posibilita. También la defensa intransigente de los objetivos revolucionarios
supone la única garantía para la obtención de mejoras inmediatas, pues une y
fortalece al proletariado frente a sus enemigos y dota a su movimiento de una
perspectiva clara, por lo que jamás ha de hacerse ninguna concesión en el
terreno de los principios, debiendo ser éstos salvaguardados en todo momento. A
ello habrá de contribuir la aplicación de una táctica acertada de lucha que se
corresponda a las circunstancias internas e internacionales de cada momento.
Sobre este particular conviene recordar lo que decía Lenin quien, retomando una
idea de Marx, llama a tener en cuenta como parte de la táctica, en cada etapa o
fase de desarrollo social, la dialéctica de los periodos de estancamiento político
y de los cambios bruscos: Por una parte, aprovechando las épocas de
estancamiento político o de desarrollo a paso de tortuga, el llamado
‘pacífico’, para desarrollar la conciencia, la fuerza y la capacidad combativa
de la clase avanzada, y por otra parte, encauzando toda esta labor de
aprovechamiento hacia el ‘objetivo final’ del movimiento de dicha clase,
capacitándola para resolver prácticamente las grandes tareas en los grandes
días
 que concentran en sí veinte años (5).

II

Un rasgo que podríamos considerar común a todo proceso revolucionario es
que éstos se efectúan siempre a través de etapas diferenciadas. En unos casos,
el comienzo de una etapa coincide con la culminación de toda una fase de
desarrollo histórico, económico y social; tal sucede con las revoluciones
socialistas iniciadas como continuación de la revolución democrático-popular.
En otros, se trata del final de una fase y del comienzo de otra en el
desarrollo de una misma revolución. El proceso revolucionario nunca es lineal,
sino zigzagueante y se efectúa por etapas, en oleadas y a
través de saltos. En todo esto influye enormemente la situación general del
capitalismo y la fuerza con que puede contar en un momento dado el movimiento
revolucionario, no sólo dentro del país, sino también a escala internacional,
lo que a su vez obliga al proletariado revolucionario a revisar su táctica:
bien para emprender una ofensiva o para replegarse ordenadamente en espera de
una situación más favorable que le permita proseguir su avance. Naturalmente,
esto exige que se mantenga firme en sus concepciones y principios
revolucionarios así como en las posiciones políticas que haya podido conquistar.

Es en estas condiciones, particularmente, cuando se debe poner cuidado
para no confundir el objetivo final de la lucha con los
objetivos que se pueden alcanzar para una determinada etapa del proceso
revolucionario. Estos otros objetivos pueden ser también estratégicos para
dicha etapa, lo que no quiere decir que no exista ninguna otra o que nos
debamos proponer marchar desde ella siempre en línea recta hasta el
objetivo final
, sin reparar en las nuevas circunstancias que, por otra
parte, sin ninguna duda, habrá que cambiar en uno u otro momento. De aceptar
esa concepción tan unilateral, estrecha, rígida, del proceso revolucionario
¿qué haríamos, por ejemplo, en una situación de receso generalizado del
movimiento o, como ha sucedido recientemente, cuando la revolución ha sufrido
una severa derrota en todo el mundo? ¿no habría que fijar como objetivo estratégico inmediato
la recomposición de las fuerzas revolucionarias? ¿no exigiría el cumplimiento
de esta tarea una etapa más o menos prolongada de trabajo orientado según la
táctica definida por Marx y Lenin para los periodos llamados pacíficos,
en los que el movimiento marcha a paso de tortuga? La etapa que
siguió a la terminación de la guerra antifascista y revolucionaria de 1936-39
en España, no obstante el corto periodo de la guerrilla, tuvo ese carácter de repliegue y
de reposición de fuerzas, pero en lugar de eso lo que se produjo, por
influencia revisionista, fue una verdadera liquidación del Partido y el
movimiento, lo que ha hecho mucho más difícil y prolongada esa labor. Pero
incluso en una situación de ascenso revolucionario ¿se puede saltar por encima
de la fase preparatoria, del nivel de conciencia de las amplias masas del
pueblo y pasar de un día para otro, del régimen burgués al socialismo? ¿se puede
plantear la implantación de la dictadura del proletariado desde la situación
del régimen capitalista sin que medie un periodo de lucha política que permita
capacitar a las masas en el democratismo más consecuente, que las lleve a
comprender la necesidad del socialismo y que las prepare realmente, en base a
sus propias experiencias, para ejercer el poder?

Tomemos el ejemplo de la revolución rusa de 1917, que es el que mejor
puede servirnos para poner en claro este problema de las etapas que hemos
encuadrado en la categoría de la estrategia entre comillas, es
decir, en el concepto de la estrategia considerada dentro de las distintas
etapas, fases o periodos por los que necesariamente atraviesa todo proceso
revolucionario.

III

El hecho de que la revolución rusa, como la definiera Lenin desde un
principio, tuviera un carácter democrático-burgués, no socialista, no invalidó
la estrategia proletaria orientada al derrocamiento de la burguesía y al
establecimiento del poder obrero; tan sólo obligaba a adoptar una táctica
acorde con la correlación de las fuerzas sociales en presencia que les
permitiera aproximarse al objetivo y capacitar al mismo tiempo al proletariado para
resolver prácticamente las grandes tareas en los grandes días que concentran en
sí veinte años
. Sobre este particular, Lenin ya había mostrado la
imposibilidad de que la burguesía rusa pudiera llevar hasta el fin la
revolución democrática así como su inclinación al compromiso con la reacción,
lo que ofrecía a la clase obrera la posibilidad de encabezar y dirigir la
revolución democrática y de llevarla hasta sus últimas consecuencias, es decir,
hasta su transformación en revolución socialista. La democracia tiene
una enorme importancia en la lucha de la clase obrera contra los capitalistas
por su liberación
, escribió Lenin. Y continuaba:

Pero la democracia no es, en modo alguno, un
límite insuperable, sino solamente una de las etapas en el camino del
feudalismo al capitalismo y del capitalismo al comunismo […]

La democracia es una forma de Estado, una de
las variedades del Estado. Y consiguientemente, representa, como todo Estado,
la aplicación organizada y sistemática de la violencia sobre los hombres. Esto,
por una parte. Por la otra, la democracia significa el reconocimiento formal de
la igualdad entre los ciudadanos, el derecho igual de todos a determinar el
régimen del Estado y a gobernar el Estado. Y esto, a su vez, se halla
relacionado con que, al llegar a cierto grado de desarrollo de la democracia,
ésta, en primer lugar, cohesiona al proletariado, la clase revolucionaria
frente al capitalismo, y le da la posibilidad de destruir, de hacer añicos, de
barrer de la faz de la tierra la máquina del Estado burgués y de sustituirla
por una máquina más democrática, pero todavía estatal, bajo la forma de las
masas obreras armadas, como paso previo hacia la participación de todo el
pueblo en las milicias.

Aquí la cantidad se transforma en calidad;
este grado de democratismo se sale ya del marco de la sociedad burguesa, es ya
el comienzo de su reestructuración socialista (6).

Esa es la verdadera concepción del marxismo-leninismo acerca de la
táctica de la revolución proletaria en relación con la democracia. De ahí que
Lenin no previera una etapa prolongada de revolución democrático-burguesa y
concibiera el proceso revolucionario de Rusia de manera diferente a como se
había dado en los países de Occidente, pero no de manera distinta a como la
concibiera Marx en su tesis sobre la revolución permanente; que,
por cierto, nada tiene que ver con la concepción trotskista. Fue este mismo
planteamiento lo que le llevó a formular la táctica del gobierno
obrero-campesino como un tipo especial de alianza de clases revolucionaria
dirigida por el proletariado y cuyo fin no era otro que el establecimiento de
la dictadura proletaria. Este programa, como es sabido, se cumplió en la
práctica antes incluso de lo que se esperaba. A ello contribuyeron una serie de
circunstancias como la guerra imperialista, la bancarrota del Estado zarista y
el hecho de que los obreros y campesinos se hallaban armados. Sobre esta base
surgieron los Soviets, las organizaciones políticas de masas que habrían de
desempeñar tan importante papel en el desarrollo de los acontecimientos.

¿Qué deben hacer los Soviets de diputados obreros?, pregunta Lenin entonces, y he aquí su
respuesta: Deben ser considerados como órganos de la insurrección; como
órganos del poder revolucionario 
[…] necesitamos un poder
revolucionario, necesitamos (para cierto periodo de transición) de un Estado
[…] pero
no como el que necesita la burguesía -con los órganos de poder en forma de
policía, ejército, burocracia- separados del pueblo y en contra de él. Todas
las revoluciones burguesas se han limitado a perfeccionar esta máquina del
Estado, a hacer pasar esa máquina de manos de un partido a las del otro. Si se
quiere salvaguardar las conquistas de la presente revolución y seguir adelante,
si se quiere conquistar la paz, el pan y la libertad, el proletariado debe,
empleando la palabra de Marx, ‘demoler’ esa máquina del Estado ‘ya hecha’ y
sustituirla por otra nueva, fundiendo la policía, el ejército y la burocracia
con todo el pueblo en armas
 (7).

Repárese en que en este largo pasaje que acabamos de citar, Lenin se está
refiriendo a la necesidad del Estado para cierto periodo de transición y
no para una etapa política cualquiera; es decir, se está refiriendo al Estado
de la dictadura revolucionaria del proletariado y no, como podría parecer a
simple vista, a un gobierno provisional nacido de una alianza de clases. Esta
alianza existió durante un corto periodo y desempeñó el papel de dictadura
democrático-revolucionaria del proletariado y los campesinos, pero no llegó a
constituirse en Estado. Su función principal consistió en facilitar el
establecimiento de ese nuevo Estado que estaba surgiendo y que en aquellas
circunstancias sólo podía ser ya el Estado de la dictadura del proletariado.

La dictadura revolucionaria-democrática del proletariado y de los
campesinos ya se ha realizado en la revolución Rusa (en cierta forma y hasta
cierto grado); puesto que esta fórmula sólo prevé una correlación de clases y
no una institución política concreta llamada a realizar esta correlación, esta
colaboración
 (8).
Es en ese momento cuando la cantidad se transforma en calidad,
cuando el grado de democratismo se sale ya del marco de la sociedad
burguesa, es ya el comienzo de su reestructuración socialista
. Este
fenómeno que describe Lenin se produjo durante el periodo de la dualidad
de poderes
 que marca la existencia de la dictadura
democrático-revolucionaria de los obreros y campesinos, representados en los
Soviets, y el gobierno provisional contrarrevolucionario burgués, el cual
habría de dar paso, tras la insurrección de Octubre, al poder único de los
Soviets en los que los representantes de los obreros obtendrían la mayoría que
les permitió ejercer el poder sin compartirlo con ninguna otra clase. Así
nacería el nuevo Estado, la nueva institución política en la que se funden
la policía, el ejército y la burocracia con todo el pueblo en armas
.

Lenin explica, en el mismo texto que hemos citado más arriba, en contra
de los que le acusaban de putchismo y de los que conciben como un
juego
 la toma del poder, la absoluta necesidad de ganar a las masas
así como la actividad que a tal fin desplegaron los bolcheviques en vísperas de
la insurrección:

En mis tesis -se refiere a las Tesis de
Abril- me aseguré completamente contra todo salto por encima del movimiento
campesino o, en general, pequeñoburgués, que no ha culminado, contra todo juego
a la ‘toma del Poder’ por parte de un gobierno obrero, contra cualquier
aventura blanquista, puesto que me refería directamente a la experiencia de la
Comuna de París. Como se sabe, y como indicaron detalladamente Marx en 1871 y
Engels en 1891, esta experiencia excluía totalmente al blanquismo, asegurando
completamente el dominio directo, inmediato e incondicional de la mayoría y la
actividad de las masas sólo en la medida en que la propia mayoría actuase
conscientemente.

En las tesis reduje la cuestión, con plena
claridad, a la lucha por la influencia dentro de los soviets de diputados y
obreros, jornaleros, campesinos y soldados. Para no dejar ni sombra de duda al
respecto, subrayé dos veces, en las tesis, la necesidad de un trabajo de
paciente e insistente ‘explicación’, que se adapte a las necesidades prácticas
de las masas (9).

Ahí aparece expuesta, en líneas generales, la táctica bolchevique para el
tránsito de la democracia más consecuente al establecimiento del gobierno
obrero con el que culmina el proceso revolucionario anterior, tras una etapa de
acumulación de fuerzas y de preparación de las mismas para ejercer el poder. El
que este proceso se diera en un país y en unas circunstancias particulares, que
puede que no se repitan, no resta validez a esa táctica, sobre todo, en lo que
se refiere a su aspecto estratégico, a la necesidad de observar las
etapas o fases por las que atraviesa todo el proceso. Esto resulta importante a
la hora de determinar las consignas u objetivos políticos que corresponden a
cada una de esas etapas, especialmente en lo que se refiere a la preparación
política de las masas.

¿Puede, acaso, considerarse que el partido debe asumir la iniciativa y la
dirección en la organización de las acciones decisivas de las masas 
-escribe Stalin-basándose sólo en que su
política es, en general, acertada, si esta política no goza aún de la confianza
y del apoyo de la clase, a causa, pongamos por ejemplo, del atraso político de
ésta, si el partido no ha logrado convencer aún a la clase de lo acertado de su
política, a causa, pongamos por ejemplo, de que los acontecimientos no estén
todavía lo suficientemente maduros? No, no puede. En tales casos, el partido,
si quiere ser el verdadero dirigente, debe saber esperar, debe convencer a las
masas de lo acertado de su política, debe ayudar a las masas a persuadirse por
experiencia propia de lo acertado de su política
(10). Stalin abunda
en esta idea fundamental de la táctica comunista en la que venimos insistiendo
recordando algunos pasajes de las obras de Lenin que no dejan lugar a ninguna
duda sobre este aspecto: Si no se produce un cambio en la opinión de la
mayoría de la clase obrera, la revolución es imposible, y ese cambio se
consigue a través de la experiencia política de las masas
 […] La
vanguardia proletaria está conquistada ideológicamente. Esto es lo principal.
Sin ello es imposible dar ni siquiera el primer paso hacia el triunfo. Pero de
esto al triunfo hay todavía un buen trecho. Con la vanguardia sola es imposible
triunfar. Lanzar sola a la vanguardia a la batalla decisiva, cuando toda la
clase, cuando las grandes masas no han adoptado aún una posición de apoyo
directo a esta vanguardia, o al menos de neutralidad benévola con respecto a
ella… sería no sólo una estupidez, sino, además, un crimen. Y para que
realmente toda la clase, para que realmente las grandes masas de los
trabajadores y de los oprimidos por el capital lleguen a ocupar esa posición,
la propaganda y la agitación, solas, son insuficientes. Para ello se precisa la
propia experiencia política de las masas
 (11).

IV

En España, como señala el proyecto de Programa de nuestro Partido,
no existe ninguna etapa revolucionaria intermedia, ningún peldaño
de la escalera histórica anterior a la revolución socialista
. El desarrollo
industrial, la transformación capitalista del campo, etc., la entrada, en suma,
del capitalismo en la fase monopolista, imperialista, última de su desarrollo,
ha terminado hace ya tiempo con los remanentes del régimen semifeudal y ha
creado las bases económicas y sociales que hacen posible y necesario el paso al
socialismo. Por consiguiente, el objetivo estratégico que persigue el
partido es la expropiación de la oligarquía financiero-terrateniente, la
demolición del Estado fascista e imperialista y la implantación de la República
Popular
. Como vemos, aquí queda claramente establecido que en España no
queda más revolución pendiente que la socialista, y en consonancia con ese
objetivo estratégico se avanzan algunas de las medidas que van a permitir
acercarnos a ese periodo de comienzo de la reestructuración socialista.
Para ese comienzo, no pueden ser lanzadas consignas netamente socialistas,
tales como poder obrero o dictadura del proletariado, que ni
serían comprendidas ni aceptadas por las grandes masas. A esa etapa
corresponden consignas de carácter democrático-revolucionario que pueden ser
compartidas por amplios sectores de la población, no sólo por el proletariado,
aunque, ciertamente, sólo la clase obrera está interesada y luchará por llevarlas
a cabo de manera consecuente hasta el final, es decir, hasta propiciar el salto
de la cantidad de democracia a la nueva cualidad socialista una vez que se
han creado todas las condiciones para ello, para que ese salto sea realmente
revolucionario, encuentre una sólida base de masas, y no sea un salto en el
vacío.

Aquí cabe preguntar: ¿cuál va a ser el contenido de clase de esa República
Popular
 que habrá de ser construida sobre los escombros del viejo
Estado de la reacción?, ¿puede ser confundida con una república
democrático-burguesa?, ¿acaso un Estado socialista no puede adoptar una forma
republicana, o puede no ser popular y democrático? No entraremos a considerar
la posibilidad de que hoy día, bajo el capitalismo monopolista de Estado, se
pueda retroceder en la historia hacia la restauración de un Estado de
democracia burguesa, ya que éste es un absurdo teórico que
muchas veces ha sido rebatido por nosotros. Centremos la atención en el
concepto de lo popular así como en el análisis de clase que
sirve de base a nuestra posición política.

Según la concepción marxista, ese concepto designa a las clases y capas
sociales que en un momento dado pueden estar, objetivamente, interesadas en
luchar unidas por sus intereses comunes. Sin embargo, esa coincidencia momentánea
no ha de llevarnos a perder de vista las contradicciones y las luchas de
intereses distintos, y hasta contrapuestos, que se dan en el seno del pueblo.
Cuando, por causas que no vienen al caso exponer aquí, dichas contradicciones
se agravan y se hacen antagónicas y un sector de la población se pasa al campo
del enemigo, de la contrarrevolución, deja automáticamente de pertenecer al
pueblo, por lo que éste deberá ejercer la dictadura sobre dicho sector. La
dictadura no se aplica jamás contra las masas populares que defienden la
revolución, es decir, contra el pueblo, por la sencilla razón de que son éstas,
precisamente, las que sostienen al nuevo poder.

En general, se puede decir que en España no existe una burguesía nacional, popular o
democrática que esté interesada en un cambio profundo de la sociedad. Esto se
debe al hecho de que las transformaciones económicas y sociales
correspondientes a la revolución burguesa hace tiempo que han sido realizadas
por el capital monopolista. Quedan aún por resolver algunos problemas como, por
ejemplo, los relacionados con la opresión de las nacionalidades y otros de
carácter superestructurales (culturales, etc.), pero tales problemas que aún
están por resolver no hacen de la burguesía española, en ninguna de las naciones
que componen el Estado, una clase revolucionaria. De manera que ya
sólo quedan, junto a esos remanentes de la revolución burguesa, algunas capas
de la pequeña burguesía en rápido proceso de proletarización, especialmente en
el campo. El proyecto de Programa del Partido resume esta cuestión de
la estrategia y la táctica como sigue: Entre esos sectores, los más
próximos al proletariado son los semiproletarios y pequeños campesinos cargados
de deudas por los bancos. En la perspectiva de sus intereses futuros, todos
esos sectores están objetivamente interesados en la revolución socialista,
aunque vacilan (oscilan) continuamente entre las posiciones consecuentemente
democráticas y revolucionarias del proletariado y el reformismo burgués
.

Pues bien, es de suponer que, con la instauración de la República y la
nueva etapa del proceso revolucionario a que dará lugar, se producirá una
polarización política dentro del pueblo. Con la aplicación de esas medidas de
carácter democrático-revolucionario se abre un periodo de lucha política que
sólo podrá conducir, en un corto espacio de tiempo (aunque éste dependerá de la
correlación de las fuerzas en pugna) a la instauración de un gobierno obrero
apoyado en las grandes masas armadas del pueblo trabajador, el cual habrá de
proseguir las transformaciones económico-sociales, políticas, culturales, etc.
De esta manera se habrá consumado el salto, se habrá establecido la
dictadura proletaria sobre los enemigos de las conquistas populares y éstas
podrán seguir adelante profundizando en esas conquistas bajo la
dirección de la clase obrera en el poder.

En el proyecto de Programa, este proceso que hemos descrito queda
explicado de la forma que sigue: Con la instauración de la República
Popular se inicia el periodo que va desde el derrocamiento del Estado burgués a
la implantación de la dictadura revolucionaria del proletariado y que marca una
corta etapa de transición política, la cual habrá de estar presidida por un
gobierno provisional que actúe como órgano de las amplias masas del pueblo
alzado en armas
. Entre las medidas que se proponen en el proyecto de Programa del
Partido para que sean aplicadas inmediatamente por el Gobierno provisional, hay
algunas que no dejan ni la menor sombra de duda respecto de su carácter
verdaderamente democrático y revolucionario: Creación de consejos
obreros y populares como base del nuevo poder; disolución de los cuerpos
represivos de la reacción y armamento general del pueblo; nacionalización de la
banca, de las grandes propiedades agropecuarias, de los monopolios industriales
y comerciales y de los principales medios de comunicación
. El proyecto de Programa del
Partido explica, además, que sólo un gobierno revolucionario formado
por los representantes de las organizaciones populares, que actúe como órgano
de la insurrección popular victoriosa, poseerá la fuerza y la autoridad
necesarias para organizar las elecciones a una asamblea (constituyente) de
representantes del pueblo. El nuevo gobierno llevará a cabo la demolición
completa de la vieja máquina estatal de la burguesía, arrasará desde los
cimientos los pilares sobre los que se asienta la dominación y los privilegios
del capital (pues ésta es la condición primera de toda revolución
verdaderamente democrática y popular) y emprenderá inmediatamente las
transformaciones económicas y sociales necesarias, facilitando así el
establecimiento del poder popular y, dentro de él, la hegemonía política del
proletariado
.

Vemos, pues, que el gobierno provisional y todas las medidas que habrá de
tomar obedecen a una necesidad, la que corresponde a esa corta etapa de
transición
que deberá permitir el establecimiento de la dictadura
proletaria. Para ello contará con el apoyo y la participación activa de todos
los trabajadores dirigidos por su vanguardia y organizados en sus partidos,
sindicatos, milicia, etc. De ahí que se pueda asegurar que ese gobierno será
democrático, mil veces más democrático que cualquier gobierno burgués y, aunque
no constituirá todavía un Estado, en el sentido estricto, institucional,
de este concepto, deberá proceder dictatorialmente contra la reacción y arrasar con
todos los privilegios, siendo legitimado para ello por la nueva correlación
de clase
 surgida de la revolución.

Este periodo a que se refiere el texto citado y que se inicia tras el
derrocamiento del Estado fascista y monopolista no puede ser confundido, por
tanto, con una etapa de revolución democrático-burguesa, ni siquiera de nuevo
tipo
, puesto que el poder económico y político en que basa la burguesía su
dominación, ha sido (o está siendo) demolido, lo que quiere decir que debemos
inscribirlo dentro de la táctica destinada a alcanzar el objetivo final de la
revolución. Esta táctica, aparte de cubrir las necesidades políticas,
organizativas, etc., que ya hemos referido, correspondientes a ese periodo de
transición, se basa en la consideración de que existen sectores populares,
además de la clase obrera (tales como los pequeños campesinos, los
semiproletarios y los pueblos oprimidos de las nacionalidades) que están
también interesados y pueden tomar parte activa en la lucha por el
derrocamiento del Estado fascista e imperialista u observar una posición de
neutralidad. La táctica del Partido busca atraerlos al lado del
proletariado, al objeto de derrocar por la fuerza a la oligarquía financiera y
terrateniente, ganar a la pequeña burguesía o tratar de neutralizarla
. A
continuación de este párrafo, el proyecto de Programa hace hincapié
en la idea que ya hemos explicado: El Partido no se puede proponer
conducir directamente a la clase obrera, desde la situación presente, a la toma
del poder. Para eso son necesarias determinadas condiciones interiores y
exteriores, una potente organización y abundantes experiencias políticas, tanto
por parte de las masas como del propio Partido. Todo esto habrá de aparecer o
se irá creando en el curso de la lucha revolucionaria y en el proceso mismo de
derrocamiento del régimen capitalista
.

En todo este proceso, la lucha política por el poder se destaca como la
cuestión más importante, verdaderamente decisiva, y toda la labor y la táctica
del Partido no tienen otro objeto o finalidad más que preparar las condiciones
que permitan a la clase obrera aproximarse y acceder, finalmente, al poder.
Para ello se deberán tener en cuenta las condiciones tanto generales (internas
y exteriores) como las concretas de cada situación o periodo por el que
atraviesa el movimiento. No hacerlo así sólo puede ocasionar fracasos y reveses
y hacer, por consiguiente, mucho más lenta y costosa la marcha.

Es en esa perspectiva de lucha por el poder, y ateniéndonos en todo
momento a las condiciones políticas imperantes, a la correlación de fuerzas, al
grado de conciencia política y combatividad de las masas, etc., donde se debe
situar la lucha de resistencia frente al fascismo, el capitalismo y el
imperialismo y por la obtención de verdaderas mejoras económicas, sociales y
políticas de carácter democrático para las masas populares. El Partido plantea
la lucha por esas reivindicaciones, tales como las libertades políticas, de
expresión, asociación y manifestación, los derechos sindicales y sociales de
los trabajadores, el derecho de autodeterminación de las naciones oprimidas por
el Estado español, la amnistía para los presos y exiliados políticos, etc.,
como parte de su táctica orientada a poner aún más al descubierto y aislar al
régimen fascista y ofrecer un programa de lucha común que permita la unidad o
el reagrupamiento de las fuerzas populares. A tal fin habrá de contribuir
también la lucha armada de resistencia, así como el boicot activo y sistemático
a los partidos, sindicatos y mascaradas electorales organizadas por el régimen.
Estos son, en resumen, los objetivos, las tareas, el programa y las
consignas que corresponden a este momento, y el Partido debe luchar por ellos
con firmeza y ahínco, en la seguridad de que están en el camino justo.
Notas:

(1) Lenin: Apéndice III del libro Quiénes son los amigos del pueblo
y cómo luchan contra los socialdemócratas
.


(2) Lenin: Tres fuentes y tres partes integrantes
del marxismo
.
(3) Lenin: Carlos Marx.
(4) Lenin: Marxismo y revisionismo.
(5) Lenin: Carlos Marx.
(6) Lenin: El Estado y la revolución.
(7) Lenin: Tesis de Abril, 29 (11) de Marzo
de 1917.
(8) Lenin: Cartas sobre táctica.
(9) Lenin: Cartas sobre táctica.
(10) Stalin: Cuestiones del Leninismo.
(11) Lenin: Obras completas, tomo XXV;
citado por Stalin en Cuestiones del Leninismo.

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[Audio] Entrevista a Manuel Pérez Martínez (2000)

Conversaciones con el camarada Arenas

Noviembre 2000



Esta conversación-entrevista con Arenas, Secretario
General del PCE(r), se realizó pocos días antes de que fuese detenido junto a
algunos miembros de la Dirección del Partido en París, donde estaban
refugiados. Dicho documento se distribuyó en cassette y por escrito.
En el transcurso de este documento, Arenas denuncia el
carácter fascista y terrorista de la ofensiva represiva emprendida por el régimen, al mismo tiempo que señala que, no sólo va dirigida contra el pueblo
vasco y sus organizaciones de vanguardia, sino también contra el conjunto del
Movimiento de Resistencia Antifascista de todo el Estado y sus organizaciones
revolucionarias. De forma concreta advierte de que el mismo Partido puede ser
atacado en cualquier momento, tal como ha ocurrido.

No obstante, también nos hace ver como esta ofensiva
fascista del Gobierno del PP no es sinónimo de fortaleza sino una prueba de su
debilidad y nos muestra que haciéndoles frente, utilizando todos los medios de
lucha y enfrentándoles con decisión y firmeza se les va a volver a hacer
recular en sus planes como ha ocurrido en otras ocasiones. De este modo podemos
convertir su ofensiva en un fracaso para ellos y en una victoria del movimiento
de resistencia.

Arenas habla también de forma minuciosa y concreta de las
tareas inmediatas de los militantes y simpatizantes del PCE(r) en la
perspectiva de consolidar la organización y llevarla a los barrios, a las
fábricas; de cómo buscar y conectar con los obreros avanzados, con los jóvenes,
etc. para establecer y estrechar sus vínculos con el Partido y con el
Movimiento de Resistencia Antifascista.

Finalmente, aborda el tema de la situación internacional,
las contradicciones interimperialistas y la guerra mundial hacia la que nos están
conduciendo los imperialistas, los explotadores; señala la necesidad que
tenemos de ser conscientes de ello y de prepararnos para hacerle frente. A la
vez que destaca la importancia de trabajar para crear una nueva organización
internacional revolucionaria de los trabajadores.

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[Audio] Entrevista a Manuel Pérez Martínez (Área Crítica, 1992)

“Entrevista realizada a Manuel Pérez Martínez, secretario
general del PCE(r), por Vitorino Diéguez, director de la revista “Área
Crítica”, en Octubre de 1992. La detención del mencionado periodista cuando
regresaba de París de realizar la entrevista, y el secuestro por parte de la
Policía de la misma así como del número de la revista en la que iba a ser
incluida hicieron imposible su publicación hasta estos momentos casi un año
después de ser realizada. A pesar del tiempo transcurrido y de los diversos
acontecimientos políticos que han ocurrido en nuestro país entre las dos
fechas, incluida la celebración de nuevas elecciones al Parlamento español, nos
ha parecido que las declaraciones de Manuel Pérez Martínez mantienen un
relevante interés. Se trata de una entrevista a tumba abierta en La que ninguno
de los dos interlocutores se corta; ni el uno preguntando, ni el otro
respondiendo.  En cerca de dos horas se da un repaso a todos aquellos
acontecimientos políticos de importancia, tanto en aquel momento como en el
actual. Desde la situación política internacional, hasta la más particular de
España, incluyendo un extenso repaso a las peculiaridades políticas de Euskadi.
La entrevista no ha sido editada, y por lo tanto se ofrece tal
cual fue realizada. Sin quitar ni poner nada. Si por una parte esto significa
una mayor duración, por otra las intervenciones de Manuel Pérez Martínez tienen
la frescura de las conversaciones coloquiales en directo donde nada esta
preparado previamente. Estamos seguros de que quienes la escuchéis no os
sentiréis defraudados. Encontrareis una exposición política clara y amena desde
la perspectiva de este partido revolucionario del que tanto se ha hablado en
los medios de comunicación durante los últimos 18 años, aunque solo haya sido
para vilipendiarlo y desvirtuar su ideario político. Esperamos que la
divulgación de este documento sirva para dar a conocer de una forma objetiva
tanto sus posiciones como la personalidad de sus militantes.”
Para escuchar online:

Primera parte:
http://www.goear.com/listen/cef547a/arenas-ac–i–1992-area-critica

Segunda parte:
http://www.goear.com/listen/2bdd188/arenas-ac–ii–1992-area-critica

Para descargar:

Primera parte:
https://mega.co.nz/#!mQhQxI7C!e3Y08GT3ZEKLw5NO33YmwSv5jUZ7SiBg-PqTV7fi7Nw

Segunda parte:
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En Chechenia el problema fundamental es el imperialismo

Alguien con el seudónimo de I. Larrea ha publicado (*) un
artículo en euskara sobre Chechenia (Txetxenia, herri madarikatu hori,
Chechenia, ese pueblo maldito) que,
con la excusa de la opresión nacional, se arroja a los brazos del imperialismo,
lo cual viene siendo algo característico de ciertas corrientes independentistas
en Euskadi, Catalunya y Galicia desde la caída de la URSS, por lo menos.

La difusión que tienen artículos como éste, reproducidos por
numerosas páginas, supuestamente de izquierda,
demuestra la facilidad con la que el imperialismo justifica sus crímenes y por
ello merecen una crítica a la altura, no sólo del artículo sino de los medios y
grupos que lo difunden.

Aquí vamos a suponer su buena fe, es decir, vamos a escribir
como si pensáramos que, simplemente, están equivocados, cuando lo cierto es que
en nuestro fuero interno estamos convencidos de que no son más que altavoces
del imperialismo. Larrea cree que hay alguna clase de divergencia entre dos
puntos de vista “en el campo de la izquierda” y pretende unir esos
dos puntos de vista de “una manera integral”.

No hay más que un único punto de vista. Nosotros sólo hablamos
de la lucha contra el imperialismo y consideramos que ellos no forman parte de
esa lucha sino del propio imperialismo. Aunque por pura cortesía les concedamos
el beneficio de la duda, deben tener presente que no discutimos con ellos sino
que estamos en su contra. Con el imperialismo no se discute sino que se
combate.

Dichas corrientes se defienden afirmando que quienes nos
oponemos al terrorismo de los grupos fundamentalistas chechenos y a su política
de alineamiento a favor del imperialismo, somos unos “alucinados” que
consideramos que la Rusia actual es la “reencarnación” de la vieja URSS
e incluso que Rusia se enfrenta al imperialismo, el cual es el enemigo
principal y otras concepciones parecidas. Se equivocan otra vez: somos nosotros
quienes venimos diciendo que la URSS desapareció hace mucho tiempo, más del que
ellos suponen y, además, no creemos en la reencarnación.

En Chechenia el problema fundamental es el imperialismo, no
el fundamentalismo, ni el tráfico de drogas, que no son más que sus consecuencias,
como sabemos al menos desde el asunto Irán-contra. El problema es que quienes difunden ese tipo de textos no entienden el imperialismo de la
misma manera en la que lo entendemos los leninistas. Por ello mismo, tampoco
encajan la opresión nacional dentro del imperialismo, como hacemos los
leninistas.

Al no entender lo que es el imperialismo, tampoco entienden
lo que es el nazismo, por lo que ingenuamente Larrea dice cosas como que
durante la II Guerra Mundial “el Gobierno rebelde checheno pide a la
población que dé la bienvenida a los nazis si estos se comprometen a respetar
la independencia chechena”
. Es realmente asombroso que en plena etapa de expansión
a sangre y fuego alguien sea capaz de imaginar que los nazis fueran capaces de
respetar la “independencia” de ningún país. ¿Es sólo ingenuidad por
su parte o algo peor?

Aquellos nazis acababan de pisotear un pacto de no agresión
con la URSS y aún existían sobre la faz de la tierra incautos dispuestos de seguir
firmando pactos parecidos con ellos. ¿Quiénes eran esos “incautos”?
Nada más y nada menos que esos que Larrea califica de gobierno “rebelde”, un adjetivo que hay que matizar porque su “rebeldía”
se dirigía contra el imperialismo sino contra la URSS o, dicho de otra forma,
que no era otra cosa que un títere del imperialismo y que todo lo demás es
consecuencia de eso, hasta el punto de que, como no podía ser de otra forma,
estaba dispuesto a firmar un tratado con sus padrinos nazis para cobijarse bajo
su tutela. Es a eso a lo que algunos llaman “independencia”.

Naturalmente, todos los demás decimos: estamos en contra de
eso que llamáis “independencia” y para evitar vuestras ingenuidades
os aclaramos el asunto un poco más: no es que estemos en contra de la independencia
de Chechenia, ni ahora ni antes. Es más, a nosotros nos viene muy bien hablar
de independencia para demostraros que sois precisamente vosotros los que no
estáis a favor de ella sino de cambiar de amo, que es la pretensión ingenua de
todos los esclavos: piensan que hay otro negrero mejor que el que ahora les
fustiga con su látigo.

Dado que hay varios imperialismos, Larrea pregunta, otra vez
con la misma ingenuidad: “¿Cuántos imperialismos hay?”, y se responde
a sí mismo: “Tantos como naciones oprimidas”, lo cual confirma la
raíz de su error. No se puede hacer de la opresión nacional el motor de la historia,
es decir, analizarlo todo desde el punto de vista nacional y, en particular, el
imperialismo no se define por la opresión nacional sino al revés, la opresión
nacional es consecuencia del imperialismo y, por lo tanto, para resolver la
cuestión nacional hay que luchar contra el imperialismo, lo cual a su vez exige
saber lo que es el imperialismo, en singular: no hay varios imperialismos sino
un único imperialismo que, según Lenin, es la fase superior del capitalismo y
se caracteriza, entre otras cosas, porque varias grandes potencias se disputan
la hegemonía.

Lo característico del imperialismo no es, pues, la hegemonía
de una potencia sino el hecho de que las grandes potencias rivalizan por ella,
se la disputan y una de las maneras de hacerlo ha sido siempre la
instrumentalización de la opresión nacional.

Ahora bien, para reconocer esa circunstancia, que conocemos
desde que Marx y Engels lo denunciaron en 1849, hay que entender que no se
puede convertir la cuestión nacional en algo absoluto porque siglo y medio de
lucha de clases demuestra que las pequeñas naciones han sido históricamente utilizadas
como forma de dominación y expansión de las grandes potencias, lo cual se
intensificó desde la entrada del capitalismo en su fase imperialista, es decir,
hacia 1900.

No se acaba con la esclavitud buscando un patrono que pegue
menos, ni con la explotación con uno que pague más. La liberación nacional, en Chechenia
y en Euskadi, no puede tener como objetivo cambiar de bando, aliarse con unos
imperialistas para oponerse a los otros sino acabar con ellos.

Una vez que se entiende la opresión nacional como una (no la
única, ni la principal) de las consecuencias del imperialismo, las demás preguntas
de Larrea se responden por sí mismas. No sólo porque no todos los movimientos
de liberación nacional son idénticos, sino porque algunos ellos forman parte
del mismo imperialismo. Entonces los leninistas no podemos proceder, como
Larrea, metiendo en el mismo paquete a todos los movimientos islamistas
(Palestina, Afganistán, Líbano) porque ni el islamismo ni la liberación
nacional son nada en sí mismos, al margen de las clases y de la lucha de
clases.

El punto de vista de la clase obrera no es otro que el punto
de vista de la lucha contra el imperialismo, el cual nos impide confundir a los
imperialistas con los antiimperialistas, es decir, que en Chechenia no hay
ninguna lucha contra el imperialismo. Los
grupos de criminales chechenos son uno de los tentáculos del imperialismo
estadounidense.

A quienes se prestaban a los manejos del zarismo en Europa
central, Lenin los calificaba como “puestos de avanzada” del zarismo.
A quienes se prestan hoy a los manejos del imperialismo en el Cáucaso hay que calificarlos,
pues, como
“puestos de avanzada” del imperialismo, es decir, como una
parte del mismo imperialismo, no como algo contrario a él.
(*) https://borrokagaraia.wordpress.com/2013/06/10/txetxenia-herri-madarikatu-hori/
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Memoria Histórica

Trotsky: el hijo pródigo del imperialismo

En torno a la figura de Trotsky existe mucho mito y muy poca realidad. A esto ha contribuido de manera muy importante la propaganda imperialista. En la lucha contra el comunismo y, particularmente, en la labor de destrucción y demonización de una figura histórica como la de Stalin, esta propaganda se ha valido, una vez más, del manido argumento de los buenos y los malos. Y si Stalin, como no se han cansado de repetirnos a lo largo de décadas y décadas, era el malo (y más que el malo, el propio diablo con cuernos y rabo), el bueno debía ser necesariamente Trotsky.

La leyenda que sobre Trotsky ha inventado el imperialismo no es más que una fabulación al servicio de las campañas contra Stalin, vale decir contra el comunismo, por cuanto el antiestalinismo no es más que otra forma de denominar el anticomunismo. Existe una incompatibilidad manifiesta en reivindicarse antiestalinista y comunista a un tiempo. El antiestalinismo es una criatura del imperialismo. Y quien de un modo u otro comparte la propaganda negra sobre Stalin no puede bajo ningún concepto formar en las filas del movimiento comunista.

Trotsky, el ‘legítimo heredero’ de LeninEUU

Una de las grandes mentiras de la historiografía burguesa es la de que el legítimo heredero de Lenin no era otro que Trotsky.

Dejaremos de lado, por el momento, lo que Lenin opinaba sobre Trotsky (aunque citaremos algunas de esas opiniones más adelante), para centrarnos en la relación que éste último mantuvo con el bolchevismo.

Un solo dato sintetiza de la forma más clara la naturaleza de esta relación: Trotsky se hizo bolchevique sólo un par de meses antes de la Revolución de Octubre. Fiel a su inveterado oportunismo, supo subirse a tiempo al carro que más le convenía. Es seguro que si los bolcheviques no hubieran tenido posibilidades de tomar el poder, Trotsky ni se hubiera planteado integrarse en sus filas, como no lo hizo a lo largo de más de una década. De hecho, esperó hasta el último momento para hacerlo, cuando vio confirmado que eran la única fuerza política que podía permitirle hacer carrera como líder revolucionario.

Desde febrero de 1917 hasta su incorporación a los bolcheviques, intentó, como siempre, nadar entre dos aguas, en la fracción de los llamados “interdistritales”, desde la que podía saltar a derecha o izquierda, según se desarrollaran los acontecimientos.

La legitimidad que el trotskismo reclama sobre el bolchevismo no tiene, por tanto, ningún fundamento. Trotsky y el trotskismo han sido siempre completamente ajenos, y, de hecho, hostiles, al bolchevismo. Trotsky, en numerosas ocasiones, a lo largo de más de una década, criticó del modo más acerado a los bolcheviques, acusando a Lenin de querer imponer en el Partido un régimen cuartelero, de querer implantar, no la dictadura del proletariado, sino la dictadura sobre el proletariado. Pronunciamientos de este tipo los hizo por decenas, y no les pueden ser desconocidos a quienes estén mínimamente familiarizados con la trayectoria de este personaje. Se puede decir que los argumentos que utilizó contra Lenin antes de hacerse pasar por bolchevique fueron aproximadamente los mismos que utilizó posteriormente contra Stalin. Hay un hilo conductor que une la lucha de Trotsky contra Lenin antes de 1917 y la que desarrolló después contra Stalin, aunque, en este caso, desarrolló esta lucha, paradójicamente, apoyándose en el propio Lenin.

En una carta a Nikolái Cheidze (líder menchevique) de 1913 (sólo cuatro años antes de la afiliación de Trotsky a los bolcheviques), decía cosas como ésta, cargadas del más radical odio a Lenin y al leninismo: “Los ‘éxitos’ de Lenin no me provocan más preocupaciones. Ahora no estamos en 1903, ni en 1908… En una palabra, todo el edificio del leninismo en el momento presente se levanta sobre mentiras y falsificaciones y lleva consigo el inicio venenoso de su propia disolución. No hay ninguna duda: si el otro bando [los mencheviques] actúa de forma inteligente, en un futuro muy próximo se iniciará una cruel disolución entre los leninistas […]”.

Y todavía al final de su vida, en la seudo-biografía que escribió sobre Stalin (y que no llegó a terminar, debido a un inoportuno accidente con un instrumento de escalada), le vuelve a salir la inquina antibolchevique y llega a afirmar que “lo que sigue siendo misterioso es cómo un Partido [el bolchevique] cuyo Comité Central se componía en sus dos terceras partes de enemigos del pueblo y agentes del imperialismo pudo vencer”.

Dos cosas resultan muy chocantes en esta afirmación, y sólo una conclusión clara sacamos de ella. La primera, que en esta misma “biografía” dice que «un revolucionario de la contextura y los arrestos de Lenin sólo podía estar al frente del partido más intrépido, capaz de llevar sus ideas y acciones a su lógica conclusión» o que la «dirección bolchevique hubiera llegado a encontrar el camino recto sin Lenin, pero despacio, a costa de fricciones y luchas intestinas». ¿En qué quedamos? ¿Era el Partido Bolchevique un partido dirigido por elementos contrarrevolucionarios y, por lo tanto, es un “misterio” que llegara a tomar el poder? ¿O era un partido tan intrépido y revolucionario que hubiera sido capaz de tomar el poder incluso sin el liderazgo de Lenin? Lo que es un “misterio” es como alguien puede ser tan oportunista -y tan estúpido, todo hay que decirlo- como para contradecirse de una manera tan flagrante en el proceso de redacción de un mismo texto.

Por otro lado, no se entiende muy bien que Trotsky, quien reclamaba para sí la herencia bolchevique, hiciera afirmaciones como ésta o que la principal acusación que lanzara contra Stalin fuera la de que en los procesos de Moscú había exterminado a la mayor parte de la vieja guardia bolchevique. ¿Por qué se erigía en defensor de esa vieja guardia si él mismo, después de los procesos de Moscú, consideraba que se «componía en sus dos terceras partes de enemigos del pueblo y agentes del imperialismo»?

Por último, la única conclusión clara que podemos sacar de estas palabras es que bajo el barniz de “bolchevique-leninista” (así se denominaban a sí mismos los trotskistas), Trotsky nunca dejó de ser un feroz antibolchevique y antileninista. Siempre vivió en esta esquizofrenia desde su afiliación a los bolcheviques. Por temperamento, por sus posiciones ideológicas, por su forma de entender la actividad política, tan aristocrática y elitista, no podía ser bolchevique. Pero debía hacerse pasar por bolchevique si quería cumplir algún papel en el movimiento comunista internacional. Finalmente, no consiguió ni una cosa ni la otra: no consiguió hacerse pasar por bolchevique; y el papel que cumplió respecto al movimiento comunista internacional no fue el de un líder, sino el de un enemigo.

Pero regresemos al período anterior a la Revolución de Octubre. A lo largo de este período, Trotsky no fue ajeno únicamente al bolchevismo; lo fue también respecto al propio Partido Socialdemócrata ruso en su conjunto. En su afán por mantener siempre una posición propia (su personalismo rayaba en la patología), Trotsky no terminó de integrarse en ninguna de las diferentes fracciones socialdemócratas; basculó entre unas y otras, si bien con una cierta inclinación hacia los mencheviques. Esta indefinición, este oportunismo llevó a Trotsky a vivir durante años al margen de la disciplina de Partido, sin ninguna relación con el trabajo práctico que éste desarrollaba en el interior de Rusia, fundando periódicos en el exilio para poder dar rienda suelta a su conocida grafomanía y dedicándose a lo único que sabía hacer: a ejercer de charlatán a tiempo completo (en Trotsky, encontramos muchas similitudes con el revolucionario virtual actual, es decir, con aquéllos que se dedican a aleccionar al personal en la red sobre las verdades del marxismo, pero que no desarrollan ni tienen intención de desarrollar ninguna actividad práctica en relación con la ideología que dicen defender). Después de un breve período de militancia juvenil, de un no menos breve paso por prisión, su extrañamiento en Siberia y la posterior marcha al exilio, sólo se dejó caer por el interior de Rusia en los momentos álgidos, con el estallido de la revolución de 1905 (tras la que pasó otro período de prisión y de destierro en Siberia) y la de febrero de 1917. El trabajo gris y ciertamente heroico que desarrollaban los militantes prácticos socialdemócratas en el interior no le merecía la menor atención. Lo suyo eran los grandes mítines, la trascendencia histórica (con la que siempre estuvo obsesionado) y la literatura de altos vuelos. De ahí que sólo se dignara a bajar del pedestal de seudointelectual en el que tan cómodamente se hallaba instalado para realizar alguna actividad realmente relacionada con la lucha revolucionaria cuando dicha actividad consistía en darse un buen baño de masas en algún soviet de San Petersburgo.

Lunacharski (quien fue compañero de Trotsky en los “interdistritales”) manifestaba lo siguiente: “Trotsky está, indudablemente, más inclinado a retroceder y observarse a sí mismo. Trotsky atesora su papel histórico y es posible que estuviese dispuesto a realizar cualquier sacrificio personal, sin excluir el mayor de todos –el de la propia vida–, a fin de permanecer en la memoria humana rodeado de la aureola del genuino líder revolucionario.» (Lunacharski, artículo titulado “A diferencia de Lenin”).

Podemos comparar esta trayectoria con la de quien la historiografía imperialista considera un usurpador del trono de Lenin. Hablamos, cómo no, de Stalin.

Éste, al contrario que Trotsky, fue bolchevique desde el minuto uno en que se conformó esta fracción en el seno de la socialdemocracia rusa; hasta 1917, fue principalmente un militante práctico (sin excluir la labor teórica, como su folleto “El marxismo y la cuestión nacional”), poco amigo de los lucimientos personales, y siempre dispuesto a abordar cualquier tarea que le encomendara el Partido. Es en Stalin, al igual que en otros muchos militantes socialdemócratas, en quien vemos encarnado el auténtico espíritu bolchevique. En Trotsky, por el contrario, se encarnaba lo peor del intelectualismo pequeñoburgués, una innegable tendencia al exhibicionismo y un no menos innegable narcisismo.

Trotsky, por cierto, tachaba a Stalin de estrecho de miras, de política e ideológicamente limitado, de aldeano, en suma. Lo cierto es que Stalin se sitúa muy por encima de Trotsky (como una secuoya respecto de una babosa), no sólo desde el punto de vista de la militancia práctica, sino también como teórico. Podemos contar a Stalin, sin ninguna duda, entre los más prominentes teóricos marxistas. Y podemos contarlo también entre los teóricos marxistas que con mayor sencillez y sentido pedagógico ha tratado las grandes cuestiones del pensamiento comunista. ¿Qué legado dejó Trotsky? Toneladas de frases altisonantes pero completamente vacías de contenido, un continuo desbarrar intelectual, pura morralla, en definitiva. Salta a la vista, para cualquiera que tenga un mínimo de conocimiento del marxismo, que Trotsky era una nulidad teórica absoluta. Hay que reconocerle una cierta habilidad literaria. Pero esto no le convierte en un teórico marxista. Saber escribir y hacer un correcto análisis de la realidad, son dos cosas muy diferentes.

Su conocimiento de la economía política marxista era de lo más superficial. El materialismo dialéctico ni lo conocía ni, por supuesto, sabía aplicarlo (lo que explica muchas de sus tonterías sobre la “revolución permanente” y su incapacidad para entender en qué consiste una táctica auténticamente revolucionaria). Krupskaia, en una crítica que hizo de un texto de Trotsky titulado “Lecciones de Octubre”, dijo de él: “El análisis marxista nunca fue el punto fuerte del camarada Trotsky”.

Trotsky, sencillamente, no era marxista ni podía serlo. Fue un intelectual pequeñoburgués que se vio arrastrado hacia al marxismo, pero nunca pudo comprenderlo y aprehenderlo verdaderamente. De aquí su inadaptación en el seno de la socialdemocracia rusa, el rechazo más o menos velado o más o menos explícito que le profesaban la mayoría de los miembros de todas las corrientes socialdemócratas. De aquí que terminara por convertirse en el mascarón de proa del anticomunismo. Acabó donde tenía que acabar: en el campo de la reacción.

En cuanto a su importancia histórica, Trotsky tampoco aguanta el tipo en la comparación con Stalin. Por un lado, tenemos a quien comandó de forma exitosa la primera experiencia de construcción socialista de la historia, al Ejército Rojo que derrotó, prácticamente en solitario, a los nazis, a quien contribuyó de manera decisiva a la instauración del socialismo en gran parte del globo. Por el otro, tenemos a un buhonero de la política, al líder de una fantasmal IV internacional, a una marioneta del imperialismo, de quien sólo conservamos recuerdo merced a la propaganda imperialista y merced al propio Stalin, en el sentido de que Trotsky no tiene entidad por sí mismo, sino únicamente como contrapunto a Stalin, como el ángel que el imperialismo necesitaba contraponer al diablo georgiano.

Y, por cierto, en relación a la legitimidad o ilegitimidad de Trotsky o Stalin como herederos de Lenin, se suele sacar a colación el llamado Testamento de este último. Al margen del grado de autenticidad que se le pueda atribuir a este documento, Lenin se limitó a achacar a Stalin que era excesivamente brusco, caprichoso y otros calificativos similares. Pero no deja a Trotsky en mejor lugar, a quien dirige adjetivos poco halagüeños y todos relacionados con su presunción, su altanería y, curiosamente, con su tendencia al burocratismo. Y, en cualquier caso, en este pretendido testamento, no se designa a Trotsky como su heredero (si es que podemos utilizar un término como éste en el seno del movimiento comunista), sino que se descarta tanto a uno como otro como futuros secretarios generales del Partido. De modo que tampoco este documento respalda la teoría sobre el “hijo pródigo” que, según algunos (básicamente, según los cuatro trotskistas que aún continúan en la brecha y según los historiadores anticomunistas), sería Trotsky para Lenin.

Para dejar las cosas bien claras, vamos a citar lo que dijo el propio Lenin sobre Trotsky.

“Trotsky […] no tiene precisión ideológica y política, porque su patente para el ‘no fraccionismo’ […] es simplemente una patente para volar libremente, de acá para allá, de un grupo a otro”.
“[…] escudándose en el ‘no fraccionismo’, Trotsky defiende los intereses de un grupo en el extranjero, que carece particularmente de principios definidos y no tiene base en el movimiento obrero de Rusia”.
“[…] no es oro todo lo que reluce. Hay mucho brillo y mucho ruido, pero ningún contenido en las frases de Trotsky”
(artículo de 1914, titulado “Ruptura de la unidad encubierta con clamores sobre la unidad”)

“Trotsky era un ferviente ‘iskrista’ en 1901-1903, y Riazanov describe su papel en el Congreso de 1903 como ‘garrote de Lenin’. A fines de 1903, Trotsky era un ferviente menchevique, es decir, se pasó de los ‘iskristas’ a los ‘economistas’ […] En 1904-1905 abandonó a los mencheviques y ocupó una posición vacilante, ora colaborando con Martov (el ‘economista’), ora proclamando su teoría absurdamente izquierdista de la ‘revolución permanente’. En 1906-1907 se acercó a los bolcheviques, y en la primavera de 1907 declaró estar de acuerdo con Rosa Luxemburgo”.
“En la época de la desintegración, después de largas vacilaciones ‘no fraccionistas’, se situó de nuevo a la derecha, y en agosto de 1912 formó un bloque con los liquidadores. Ahora ha vuelto a abandonarlos, aunque, en esencia, repite sus burdas ideas”.
“Jamás, ni en un solo problema serio del marxismo, ha sostenido Trotsky una opinión firme. Siempre se las ingenió para ‘deslizarse por entre las rendijas’ de tales o cuales divergencias, y para pasar de un campo a otro’ (El derecho de las naciones a la autodeterminación, 1914).

En una carta a Kollontai, en febrero de 1917, expresa Lenin de manera aún más rotunda qué opinión le merece Trotsky:

“¡¡Este Trotsky es un cerdo: frases de izquierda y un bloque con la derecha contra la izquierda de Zimmerwald!! ¡¡Hay que desenmascararlo […]!!”

Y en la misma línea y por las mismas fechas, esta vez en carta a Inesa Armand:

“¡¡Llegó Trotsky y este canalla se entendió en seguida con el ala derecha de Novi Mir contra los zimmerwaldistas de izquierda!! […] ¡¡Ese es Trotsky!! Siempre fiel a sí mismo, se revuelve, estafa, posa de izquierdista y ayuda a la derecha […]”

Basta con estas pocas citas para que no quede ni asomo de duda sobre cómo valoraba Lenin a su hijo pródigo.

Trotsky, el defensor de la democracia obrera y el antiburocratismo

Se ha solido presentar a Trotsky como el representante de la democracia obrera y como el antiburócrata por excelencia, una vez más, en contraposición a Stalin, el dictador sin escrúpulos y el paradigma del burocratismo. Y, una vez más, también nos encontramos ante una leyenda.

En el debate que a principios de los años 20 se desarrolló en torno al papel que los sindicatos debían jugar en el proceso de construcción de la economía soviética, ya se puso de manifiesto hasta qué punto Trotsky era cualquier cosa menos un irreconciliable enemigo del burocratismo. Trotsky defendía que los sindicatos debían ser absorbidos por el Estado, que debían convertirse en parte del aparato administrativo de éste.

Lenin y Stalin (el gran burócrata) se posicionaron contra este planteamiento. Consideraban que los sindicatos debían conservar una cierta independencia respecto al aparato del Estado, entre otras cosas, porque en aquel período ni siquiera se había iniciado la construcción socialista como tal, sino que apenas se estaban sentando las bases para hacerlo y, como es sabido, la NEP permitía, si bien dentro de unos límites, la economía capitalista, por lo que los sindicatos necesitaban de esa independencia para defender los derechos de los trabajadores. Trotsky, el antiburócrata, era partidario de la burocratización y hasta de la militarización de los sindicatos.

Respecto a su concepción del Partido, unas pocas frases del artículo de Krupskaia anteriormente citado: “Trotsky habla mucho sobre el Partido, sin embargo, para él, el Partido son los líderes, los jefes”. “Trotsky no reconoce el papel desempeñado por el Partido en su conjunto, como una organización única y cohesionada. Para Trotsky, el Partido es sinónimo de dirección central”.

Stalin, por su parte, redundando en este mismo planteamiento, en su artículo “La fisonomía política de la oposición rusa”, dice: “Trotsky no comprende lo que es nuestro Partido. No tiene una idea cabal de nuestro Partido. Mira a nuestro Partido como el aristócrata a la plebe o como el burócrata a los subordinados”.

Krupskaia, que en algún momento parece que tuvo cierta cercanía con los postulados de la llamada Oposición Unificada en los años 20 (fracción encabezada por Trotsky, Kamenev y Zinoviev), consideraba a Trotsky en un sentido totalmente contrario a la mentirología que durante décadas nos han vendido: como un burócrata y como un antidemócrata.

Sobre esto último, resulta muy esclarecedora la forma en que Trotsky ejerció el mando en el Ejército Rojo durante la guerra civil. Promocionó de manera excesiva a los antiguos oficiales del ejército zarista (y ésta fue una cuestión que enfrentó a Trotsky con Stalin, quien consideraba que era necesaria una mayor promoción de los mandos bolcheviques, aunque sin dejar de valerse de la experiencia militar de los oficiales zaristas, en espera de que fueran surgiendo nuevos cuadros militares)
e incluso llegó a fusilar a varios oficiales bolcheviques, lo que originó una dura polémica en el seno del Partido.

Trotsky, el perfecto demócrata, promocionaba a unos oficiales cuyo compromiso con la Revolución de Octubre era cuando menos dudoso, al tiempo que marginaba a los cuadros militares nacidos de esa revolución, cuando no los fusilaba.

Por otro lado, cabe hablar del libro de Trotsky “Terrorismo y comunismo” (recientemente editado y prologado por Slavoj Zizek), libro del que los trotskistas parecen avergonzarse, habida cuenta de que rehúyen hablar de él como si fuera la peste. Por lo visto, el contenido de este libro desmontaría la imagen del Trotsky comprometido con la democracia obrera.

En relación con este libro, lo que interesa analizar no es tanto lo que plantea política e ideológicamente como lo que Trotsky pretendía al escribirlo. Lo que éste pretendía es evidente: hacerse pasar por bolchevique. Pero, en su intento por ser más papista que el Papa, acaba desbarrando, como en él era habitual. Pretende hacer una defensa de la dictadura del proletariado y lo que consigue es caricaturizarla. Sitúa el foco de manera unilateral y excesiva en la dimensión represiva de la dictadura del proletariado. Y de aquí la caricatura.

En este libro, queda patente la falta de sintonía de Trotsky con el bolchevismo. Pretende escribir una obra bolchevique, pretende hablar como un bolchevique, casi parece intentar imitar el estilo literario de Lenin en algunos pasajes. Pero todo suena a impostura. Y, además, no acierta a hacer una exposición correcta del concepto bolchevique sobre la dictadura del proletariado.

Y que efectivamente este libro no es más que una impostura lo demuestra el hecho de que Trotsky, en el llamado “programa de transición” de la autodenominada IV internacional, no tiene empacho en defender todo lo contrario a lo que defendía en “Terrorismo y comunismo”. En este programa defiende la necesidad de que el socialismo se estructure en base a un sistema político multipartidista. Propone que, después del derrocamiento de la “casta burocrática estalinista”, los “partidos soviéticos” deberían ser legalizados, e ilegalizada esa casta burocrática. Lo hace en estos términos, cargados de prejuicios demócrata-burgueses: “es imposible la democratización de los soviets sin legalización de los partidos soviéticos”.

¿Cuáles serían esos “partidos soviéticos”? No pueden ser otros que el menchevique, el de los socialrevolucionarios y el propio partido trotskista. De forma que el proyecto trotskista respecto a la URSS consistía en legalizar a los partidos contrarrevolucionarios menchevique, socialrevolucionario y trotskista (los despojos de la revolución soviética, auténticos cadáveres históricos que no representaban a nada ni a nadie en la Unión Soviética) e ilegalizar a los bolcheviques, pues, por mucho que el imperialismo y el trotskismo digan lo contrario, no había en la URSS otro partido bolchevique que el que lideró
Stalin.

El proyecto trotskista era (y es) un proyecto, no sólo incoherente (capaz de defender una versión tan ridículamente radical de la dictadura del proletariado como la que se expone en “Terrorismo y comunismo”, para, unos años después, defender el sistema político multipartidista del llamado “programa de transición”), sino totalmente contrarrevolucionario.

El ‘internacionalismo’ de Trotsky: ¿posición revolucionaria o derrotismo menchevique?

También se nos ha presentado a Trotsky como el acérrimo defensor del internacionalismo y la revolución mundial, y a Stalin como un estrecho nacionalista, fanáticamente aferrado a su teoría del socialismo en un solo país.

Decía Stalin que el trotskismo era una desviación socialdemócrata (cuando el concepto socialdemócrata ya no tenía ningún componente revolucionario, pues los marxistas revolucionarios ya habían pasado a denominarse simplemente como comunistas) y que, detrás de su fraseología revolucionaria, no se escondía más que el planteamiento menchevique que consideraba imposible la construcción del socialismo en un país atrasado como la Rusia de principios del siglo pasado. Stalin tenía toda la razón. El “internacionalismo” trotskista no era más que una reformulación del derrotismo menchevique.

Bajo el liderazgo de Stalin, no sólo pudo construirse el socialismo, sino que la Unión Soviética, en menos de dos décadas, pasó de ser un país extraordinariamente atrasado a la segunda potencia económica mundial. Esto avala sobradamente el planteamiento de Stalin sobre la construcción del socialismo en un solo país.

Acerca de esta cuestión, no obstante, hay que hacer algunas puntualizaciones. Stalin jamás defendió que pudiera obtenerse la victoria definitiva del socialismo en un solo país. Esta victoria definitiva implica ya el paso al comunismo, y el comunismo sólo puede triunfar como revolución mundial. Aquí sí que no cabe la teoría de la “construcción del comunismo en un solo país”. Lo que Stalin defendía era que el socialismo podía construirse en lo fundamental en un país aislado, que era posible resistir el cerco capitalista por mucho tiempo y que, por lo tanto, era necesario centrarse en el fortalecimiento del socialismo en la URSS, pues este fortalecimiento era la condición necesaria para la extensión del socialismo a otros países. Una vez más, tenía razón: el campo socialista surgió bajo las premisas que defendía Stalin. Si se hubiera hecho caso del aventurerismo “internacionalista” de Trotsky y otros mencheviques camuflados, como Bujarin, que, en su período ultraizquierdista, defendía monstruosidades tales como que era concebible el sacrificio del Poder Soviético en aras de la revolución internacional, es seguro que la Unión Soviética hubiera tenido una historia muy corta.

Por otro lado, hay que decir que la Revolución de Octubre tuvo en sí misma la significación de una revolución internacional, teniendo en cuenta la extensión del territorio ruso y las decenas de nacionalidades que englobaba el imperio zarista. Rusia no era un pequeño país, falto de recursos y que pudiera ser estrangulado y pisoteado por cualquier potencia imperialista, sino un país muy rico en recursos, muy atrasado económicamente pero con unas posibilidades de desarrollo enormes (y el socialismo convirtió esas posibilidades en realidades concretas), con una extensión territorial que hacía imposible cualquier intento de invasión imperialista por un tiempo prolongado…

No eran pocas las dificultades a que se enfrentó el Poder Soviético para construir el socialismo, pero negar la posibilidad de hacerlo era una posición totalmente reaccionaria, digna de un derrotista menchevique como Trotsky. Este último, a la hora de defender sus posiciones, solía remitirse a algunos textos de Lenin, en los que éste incidía en la idea de que la construcción del socialismo en Rusia sería un proceso muy complicado si no se veía respaldado por la revolución socialista en otros países. Pero que un dirigente revolucionario, antes de 1917 o en los primeros años de la revolución soviética (y Lenin sólo llegó a conocer los primeros años de la revolución), albergara dudas sobre la viabilidad del socialismo en un solo país, era algo completamente normal. El conjunto de la dirección bolchevique compartía esas mismas dudas en aquel período. Pero Trotsky, insistió en la inviabilidad del socialismo en un solo país, continúo con sus diatribas derrotistas, cuando la revolución soviética ya había alcanzado un grado de estabilidad importante e incluso durante la década de los años 30, en los que el proceso de construcción socialista había obtenido importantísimos progresos. De aquí lo reaccionario del “internacionalismo” de Trotsky.

“¿Y qué hacer si la revolución internacional ha de demorarse? ¿Le queda a nuestra revolución algún rayo de esperanza? Trotsky no nos deja ningún rayo de esperanza, pues “las contradicciones en la situación del gobierno obrero… podrán ser solucionadas sólo… en la palestra de la revolución mundial del proletariado”. Con arreglo a este plan, a nuestra revolución no le queda más que una perspectiva: vegetar en sus propias contradicciones y pudrirse en vida, esperando la revolución mundial” (*).

Una marioneta del imperialismo

“Mis actividades son incomparablemente más peligrosas para Stalin que para Hitler”. Ésta es una de las frases que aparecen en una carta que Trotsky dirigió en 1940 al fiscal general de México. Sintetiza de manera muy clara, y de su propia pluma, qué papel desempeñó Trotsky en la lucha contra el comunismo. No estoy hablando de que Trotsky fuera formalmente un agente del imperialismo o que formara parte de la nómina de alguna agencia de espionaje o de seguridad de este o el otro país capitalista, si bien existen investigaciones que van en esta línea. Pero no es mi intención centrarme en esta cuestión.

Lo que pretendo analizar es a quién beneficiaba, objetivamente, la actividad de Trotsky. La respuesta es bastante clara: beneficiaba al imperialismo, servía al anticomunismo. La frase citada conduce precisamente a esta conclusión: las actividades de Trotsky eran «incomparablemente más peligrosas» para la Unión Soviética y para el PCUS que para un dictador fascista, para un representante (y qué representante) del capital monopolista alemán.

No puede caber ninguna duda respecto a que Trotsky se convirtió en una marioneta en manos del imperialismo y de que esta condición no parecía molestarle, a tenor de que, a sabiendas de las consecuencias que tenía su labor, continuó desarrollándola en la misma dirección y de modo cada vez más acusado, hundiéndose hasta el cuello en la charca de la colaboración con los capitalistas.

Esta carta al fiscal general de México no sólo contiene la perla anteriormente citada, sino que es todo un compendio de delación e intoxicación sobre el movimiento comunista tanto internacional como mexicano. La idea central que pretendía transmitir Trotsky era que los partidos comunistas de todos los países no eran en realidad más que sucursales de lo servicios de información soviéticos, señalando nombres y apellidos de militantes y dirigentes comunistas. También defendía la absurda idea de que estos servicios de información colaboraban estrechamente con los nazis.

Todos conocemos que la excusa del espionaje ha sido siempre una herramienta que se ha utilizado en los países capitalistas para perseguir al movimiento comunista. Podemos recordar el caso de Ethel y Julius Rosenberg, matrimonio comunista ejecutado en la silla eléctrica en EEUU, en 1953, acusados precisamente de espionaje. Podemos contar a Trotsky entre quienes colaboraron con estas campañas represivas y de intoxicación.

De esta carta podemos extraer pasajes como el que sigue: «Antes que nada, es esencial establecer categóricamente que la actividad de la GPU [organismo soviético de seguridad] está estrechamente ligada a la de la Comintern, o más específicamente de su apara­to, de sus elementos dirigentes y sus hombres de confianza. La GPU necesita una cobertura legal o semilegal para su actividad y un marco favorable para el reclutamiento de sus agentes; este marco y protección los encuentra en los llamados partidos «comunistas».

“La GPU y la Gestapo están conectadas de alguna manera; es posible y probable que para casos especiales ambas dis­pongan de los mismos agentes […]

“Como miembro del Comité Central, el representante de la GPU en el país tiene la posibilidad de relacionarse de manera plenamente legal con todos los miembros del partido, estudiar sus características, confiarles comisiones y arrastrarlos poco a poco al trabajo de espionaje y terrorismo, a veces apelando a la lealtad partidaria y otras al soborno […]

“Res­pecto a los Estados Unidos, Krivitski informó que la hermana de Browder, secretario general del partido, se convirtió en agente de la GPU por recomendación de su hermano.

“Para encontrar a los agentes mexicanos com­prometidos en la corrupción, el soborno y la preparación de los actos terroristas hay que buscar en el Comité Central del Partido Comunista y en la periferia de este Comité Central.

“No cabe la menor duda de que los anteriores y los actuales jefes del Partido Comunista saben quién es el director local de la GPU. Permítaseme suponer también que David Alfaro Siqueiros, que participó en la guerra civil española siendo un activo estalinista, debe saber tam­bién quiénes son los miembros más importantes y activos de la GPU, españoles, mexicanos y de otras nacionalida­des, que vienen a México repetidamente, especialmente vía París. Interrogar al ex y al actual secretario general del Partido Comunista, y también a Siqueiros, ayudaría mucho para descubrir a los instigadores del atentado [un pretendido intento de ejecución de Trotsky] y junto con ellos a sus cómplices”.

Las pruebas del colaboracionismo con la reacción de Trotsky las encontramos por decenas. Toda su obra de hecho se orienta en la misma dirección. Antes de 1917, no se dedicó más que a generar problemas en el seno de la socialdemocracia rusa y a combatir a su fracción revolucionaria, a los bolcheviques. Después de octubre de 1917 y de su sorprendente conversión al bolchevismo, continuó generando problemas al Estado soviético desde el minuto uno: es muy conocido cómo, en 1918, en las negociaciones de paz que la Rusia soviética entabló con Alemania, y en las que Trotsky fue el representante del gobierno soviético, se saltaba a la torera los acuerdos del entonces llamado Consejo de Comisarios del Pueblo y actuaba por libre, creando una situación, con su absurdo planteamiento de “ni paz ni guerra”, en la que los soviéticos se vieron obligados a firmar con Alemania un acuerdo de paz aún más deshonroso y perjudicial que el que Trotsky rechazó en un primer momento.

En política económica, se alineó con los sectores ultraizquierdistas, cuyos planteamientos, de haberse aplicado en el momento en que se propusieron, hubieran provocado una desafección absoluta por parte de los campesinos hacia el poder soviético y la consiguiente caída de los bolcheviques, habida cuenta de que el campesinado era la clase ampliamente mayoritaria en Rusia en 1917 y durante los años veinte.

Por no hablar de sus constantes actividades fraccionalistas en el seno del Partido, terminantemente prohibidas, pero que él continuó desarrollando sin ningún problema.

Se acusa a Stalin de haber sido un represor sin escrúpulos. Sin embargo, si uno lee la propia autobiografía de Trotsky, se extrae una conclusión bien diferente. Stalin tuvo demasiada paciencia, un exceso de paciencia respecto a Trotsky. En esta autobiografía, titulada “Mi vida”, este sujeto se jacta alegremente de sus actividades como dirigente del gobierno y el partido soviéticos. Y estas actividades, en un contexto como el que se daba entonces, con la Unión Soviética sometida al más feroz cerco capitalista, le deberían haber conducido al paredón muy poco después de la Revolución de Octubre. La justicia revolucionaria se demoró en exceso respecto a Trotsky. Ramón Mercader llegó con al menos 20 años de retraso.

Y tras su expulsión de la Unión Soviética, las actividades contrarrevolucionarias de Trotsky, continuaron in crescendo. Entre los hitos de estas actividades, nos encontramos que estuvo a punto de acudir como testigo en los procesos del llamado Comité Dies o Comité de Actividades Antiamericanas de la Cámara de Representantes del Congreso de EEUU, cuyo objetivo era investigar las actividades de las redes de espionaje extranjeras o de los llamados “partidos extremistas”, incluyendo bajo esta denominación tanto a nazis como a comunistas, si bien se centró principalmente en la investigación de estos últimos, siendo precursor de lo que más tarde se conoció como el macarthismo. Trotsky finalmente no pudo prestar declaración en este comité -aunque, literalmente, ardía en deseos de hacerlo- porque, en el último momento, se le denegó el visado de entrada a Estados Unidos.

En un texto titulado “Por qué acepté presentarme ante el Comité Dies”, Trotsky dijo que no tenía intención de colaborar a los objetivos reaccionarios de este comité. Pero si tenemos en cuenta el contenido de la carta al fiscal general de México anteriormente citada, podemos imaginar que Trotsky hubiera servido muy bien a esos objetivos reaccionarios y que, incluso, hubiera superado con creces las expectativas de dicho comité; el anticomunismo no hubiera podido contar con un mejor colaborador para criminalizar al movimiento comunista estadounidense.

Por otra parte, casi en la víspera de la agresión hitleriana contra la URSS, y prácticamente desde su expulsión del país, se dedicaba un día sí y otro también a llamar a la insurrección contra lo que él llamaba “la casta burocrática” o los “termidorianos”, es decir, contra el partido y el gobierno soviéticos. Ahí está la “Carta a los obreros de la URSS, publicada en abril de 1940. En 1939, además, se posicionó también en favor de la independencia de Ucrania de la URSS, coincidiendo en esto con la extrema-derecha ucraniana, cuyo filonazismo era bien conocido. Y todo esto guarda mucha relación con lo que los trotskistas hicieron durante la guerra civil española. Hablo, cómo no, del POUM, partido que, si bien no estaba formalmente afiliado a esa fantasmal IV internacional y mantenía algunas diferencias con Trotsky, ideológicamente debe ser adscrito al
trotskismo.

En mayo de 1937, este partido, estando la II República en una situación ciertamente complicada, con las tropas franquistas y sus aliados italianos y alemanes avanzando en gran parte de los frentes, orquestaron en Barcelona un golpe de estado contra el gobierno del Frente Popular. Es decir, el gobierno del Frente Popular debía combatir en el frente contra los fascistas y en la retaguardia contra los trotskistas. Los trotskistas ejercían de manera efectiva de quintacolumnistas del fascismo. Una muestra más de que el trotskismo no es una variante del marxismo, ni un hijo descarriado del movimiento comunista, sino que siempre ha servido a los intereses del imperialismo, sea por acción, por omisión, por izquierdistas, por derechistas, por aventureros, por pura estupidez o porque estaban manejados de un modo u otro por las potencias imperialistas.

En relación con los famosos procesos de Moscú, que tienen todo que ver con esto que estamos hablando, a la luz de todos estos datos, las acusaciones de traición y terrorismo que se imputaron a personajes como Bujarin, Zinoviev o Kamenev, todos ellos aliados de Trotsky, aunque en algunos momentos tuvieran discrepancias con él (la ya mencionada autobiografía de este último revela algunas cosas sobre las relaciones entre estos sujetos), resultan totalmente creíbles. Debemos recordar que a estos procesos asistió el por entonces embajador de EEUU en la URSS, Joseph E. Davis, quien no siendo sospechoso en absoluto de connivencia con Stalin, reconoció que estos juicios no le resultaron el montaje que después se dijo que habían sido. Reflejó su opinión en un libro titulado “Misión en Moscú”, y lo hizo con las siguientes palabras:

El proceso “reveló las grandes líneas de un complot que estuvo muy cerca de lograr el objetivo de derrocar al gobierno soviético actual […]

“El testimonio extraordinario de Krestinski, de Bujarin y de los otros parecería indicar que los temores del Kremlin estaban bien fundados. Porque parece hoy evidente que existía a comienzos de noviembre de 1936 un complot para ejecutar un gope de Estado dirigido por Tujachevski para el año siguiente. Aparentemente la decisión estaba tomada y estaban decididos a ejecutar el golpe de Estado.

“Pero el gobierno ha reaccionado con mucho vigor y rapidez. Los generales del Ejército Rojo han sido eliminados y toda la organización del partido ha sufrido una purga y una limpieza completa. Apareció inmediatamente que a varios dirigentes les había picado el virus de la conspiración para derrocar al gobierno y trabajaban en connivencia con los agentes de los servicios secretos de Alemania y Japón.

“Este hecho explica la actitud hostil del gobierno respecto a los extranjeros, el cierre de diversos consulados extranjeros en el país, etc. Francamente, nosotros no podemos condenar a la gente en el poder por haber reaccionado como lo han hecho si estaban persuadidos de lo que el proceso revela actualmente”.

La propaganda imperialista y los trotskistas (siempre en comandita) se han dedicado durante años a difundir la idea de que estos juicios no contaron con ninguna garantía, que fueron una farsa, que incluso se drogó a los acusados o que se les sometió a un efectivísimo proceso de manipulación psicológica para que declararan lo que declararon. Y se ha terminado por aceptar esto como una verdad incontrovertible (como los millones de víctimas de la represión estalinista). Pero resulta que estos juicios no se realizaron a puerta cerrada, sino de forma pública, con la presencia de periodistas y personal diplomático de los países capitalistas y parece ser que la opinión de quienes asistieron a las sesiones difiere ostensiblemente de la falacia que nos han vendido siempre.

Y, por cierto, fue gracias a estos procesos, y esto sí que es una verdad innegable, que la URSS pudo afrontar la agresión hitleriana en unas condiciones adecuadas, con una estabilidad y una unidad de voluntad en lo militar, en lo político y en lo social imprescindibles para afrontar un conflicto y un drama como el que vivió la URSS en la II guerra mundial. En este sentido, los procesos de Moscú no sólo fueron conformes a derecho, como diría algún avezado jurista, sino una imperiosa necesidad. Por otro lado, quien esté interesado en procesos judiciales manipulados, en falsificación de pruebas, en imputaciones de delitos inexistentes, no hace falta ni que se vaya a Moscú ni que se retrotraiga 70 años atrás en el tiempo. En la calle Génova, imparten cátedra sobre estas cuestiones casi cada día.

Y, en relación con el carácter de marioneta del imperialismo que sin duda fue Trotsky, un último apunte: ¿qué dirigente soviético rehabilitó a Trotsky, y con Trotsky, a Bujarin, Zinoviev y otros? No fue otro que el agente de la CIA Gorbachov, el máximo responsable de la destrucción de lo que quedaba de la URSS y del campo socialista. Esto, por sí mismo, es suficientemente esclarecedor. El imperialismo los crea y ellos se juntan.

Otra de las grandes contribuciones de Trotsky a la causa anticomunista es la del concepto de totalitarismo y la equiparación del nazismo con el “estalinismo” (pongo estalinismo entre comillas porque éste no existe como corriente diferenciada del leninismo). La teoría de los “monstruos gemelos”, el nazismo y el comunismo, bajo el epígrafe de “totalitarismos”, tiene su origen en Trotsky, es un desarrollo de las posiciones que éste defendía. Son numerosos los artículos en los que incidió enesta idea (“Stalin es todavía el satélite de Stalin”, “Stalin, el comisario de Hitler”, “El acercamiento entre Stalin y Hitler está a la vista”, “Los astros gemelos: Hitler-Stalin”, la carta al fiscal general de México, ya citada en este artículo, y otros muchos textos), la cual fue perfeccionada más tarde por otros agentes imperialistas como la sionista Hannah Arendt; y, desde entonces, llevan machacándonos incansablemente con la cantinela de que los “extremos se tocan”, los nazis y los comunistas son lo mismo y otras tonterías reaccionarias similares. Por lo tanto, el trotskismo, volvemos a insistir, no es una variante del marxismo; existe un nítido hilo conductor que lo une con la forma que la ideología burguesa ha adoptado en las condiciones del imperialismo de los últimos 70 años en su lucha contra el movimiento comunista; Trotsky elaboró en buena medida los fundamentos en los que se basa el anticomunismo.

Las causas de la demonización de Stalin, las razones de su reivindicación

Ya hemos dicho que la leyenda inventada sobre Trotsky por la propaganda imperialista no tenía otro objetivo que la demonización de Stalin. Analizar la figura de Trotsky implica la necesidad de analizar las causas de la demonización de Stalin.

¿Por qué esa inquina contra Stalin, por qué este empeño en destruirlo política, ideológica e históricamente a cualquier precio, imputándole todo tipo de crímenes que, por su magnitud, por su exageración, por su perversidad, resultan del todo increíbles y no pueden ser tomados en serio por ninguna persona cabal (hasta del asesinato de Lenin o de su propia esposa se le ha acusado)? Si diéramos por buenos los datos que los historiadores burgueses reportan sobre la represión “estalinista”, para los que Trotsky y los trotskistas han sido toda una inspiración, nos encontraríamos con que la URSS prácticamente hubiera quedado despoblada después de la II guerra mundial, teniendo en cuenta los 25 millones de soviéticos que perdieron la vida en aquel conflicto y los no sabemos cuántos millones más que exterminó Stalin en su “locura asesina”.

Soljenitsin, eminente premio Nobel, cuyos únicos méritos para obtener este galardón son su ultrarreaccionarismo y su anticomunismo visceral, hablaba, como apunta Olarieta en su artículo “El mito del gulag”, de que en la URSS, desde 1917 hasta la muerte de Stalin, se habrían exterminado por una u otra causa a 110 millones de personas (ahí es nada); Robert Conquest, como también apunta Olarieta en este mismo artículo, es más contenido en sus cifras: apunta unos 26 millones de muertos. En fin, de ser ciertas estas cifras, aparte de que en la URSS después de la muerte de Stalin debieron quedar cuatro gatos y un tambor, nos encontraríamos con que todo el territorio de la antigua URSS vendría a ser una fosa común gigantesca, por la que no se puede dar un paso sin tropezar con algún resto humano. La falsedad de todos estos datos, que no son fruto sino de la imaginación de cuatro “historiadores” que no saben lo que es salir de su despacho y de algún disidente filofascista como Soljenitsin, empeñados durante años en un “¿quién da más?” en cuanto a las cifras de la represión soviética o las famosas hambrunas, se pone de manifiesto por el simple hecho de que los archivos de la seguridad soviética fueron abiertos por Gorbachov en el año 89, y nada aparece en ellos que se acerque ni de lejos a lo que plantean estos “historiadores”. Por otro lado, si las cifras fueron tan elevadas, no sería difícil encontrar los restos de esas decenas de millones de víctimas. Aquí, en España, donde las cifras de la represión franquista fueron de en torno a un cuarto de millón de personas, aparecen fosas un día sí y otro también. Nada de esto ha ocurrido en el territorio de lo que fue la URSS.

El genocidio de los nazis está sobradamente respaldado por todo tipo de documentos y testimonios. El “genocidio” de la URSS es como una verdad revelada, como un dogma católico que no necesita someterse a ningún criterio objetivo, que no necesita de ninguna base material y que se ha dado por bueno por gran parte de la opinión pública de todos los países merced a un machaque constante durante siete décadas, en las que una mentira se ha sobrepuesto a otra y así ad infinitum.

Viene a ser como los rumores de ciertos pueblos, que se inician con un “fulanito es homosexual” y, en el devenir de ese rumor, se acaba diciendo que fulanito está liado con el cura del pueblo. El pueblo en este caso tiene dimensión planetaria y la exageración, la manipulación de la verdad y los añadidos creativos son aún más exagerados. Y si a esto se suma el interés del imperialismo por destruir el movimiento comunista internacional y a sus más importantes dirigentes, la magnitud de la mentira alcanza proporciones inconmensurables.

Para entender todo este montaje contra Stalin y contra el movimiento comunista internacional, necesitamos retrotraernos a lo que el dirigente soviético representaba después de la II guerra mundial, que es cuando la campaña anticomunista adquiere mayor intensidad, para no remitir ya nunca.

Stalin consiguió que la URSS, en apenas dos décadas, pasara de ser un país muy atrasado a la segunda potencia mundial en lo
económico, en lo militar y en lo político, debido esto último a su ascendencia entre los trabajadores de todos los países. La URSS, bajo el liderazgo de Stalin, derrotó prácticamente en solitario a los nazis. El famoso desembarco de Normandía no jugó apenas ningún papel en la derrota de los hitlerianos, teniendo en cuenta que el espinazo del ejército alemán ya estaba roto. Lo rompió la URSS en su contraofensiva, con un coste humano absolutamente brutal; como ya hemos dicho, 25 millones de soviéticos perdieron la vida en la II guerra mundial. Las llamadas potencias occidentales, lejos de colaborar a la derrota nazi, contemporizaron, en espera de que los nazis y los soviéticos se destruyeran entre sí, y así reforzar su propia posición. Se equivocaron en sus cálculos. La Unión Soviética salió de aquel conflicto más fuerte que nunca. Los imperialistas no esperaban este desenlace y temían seriamente por la supervivencia del sistema capitalista ante la pujanza de los comunistas.

Bajo el liderazgo de Stalin, surgió el campo socialista. Y la admiración que la figura de Stalin despertaba en millones de trabajadores de todo el mundo, representaba un fenómeno desconocido hasta entonces.

Todos estos elementos resultaban muy peligrosos para el capitalismo mundial. Era necesario desatar una campaña para acabar con la amenaza comunista. Y es a partir de ese momento que el antiestalinismo, estrechamente imbricado con la llamada “guerra fría”, se torna más agresivo. Había que destruir la figura de Stalin porque era la forma de destruir el movimiento comunista. Y para conseguir este objetivo valía y sigue valiendo todo; no hay crimen que no se le haya imputado a Stalin. Existe tal grado de exageración, que todo resulta caricaturesco y falso. Es inconcebible un ser humano con un grado de maldad y de crueldad como el que se le achaca a Stalin; parece ser que no hubo ni un minuto en su vida en que no estuviera planeando la destrucción o asesinato de algún adversario, cuando no de los miembros de su propia familia.

No tengo intención de entrar en una guerra de cifras sobre la represión en la URSS contra los elementos contrarrevolucionarios. No hay duda de que esa represión fue enorme y que no podía ser de otro modo. La Unión Soviética hubo de enfrentarse a una situación extremadamente conflictiva desde su mismo nacimiento. La Unión Soviética nace al calor de la I guerra mundial e inmediatamente se ve arrastrada a una guerra civil absolutamente cruel entre el nuevo poder surgido de la Revolución de Octubre y los elementos del viejo régimen, respaldados éstos por las potencias imperialistas, que también destacaron tropas en territorio soviético. Se ve sometida al más asfixiante cerco capitalista. El sabotaje de la economía soviética y las conspiraciones internas y externas contra el poder soviético fueron constantes. Tuvo que enfrentarse a la agresión hitleriana.

No pretendo hacer, sin embargo, una defensa acomplejada de la figura de Stalin, como las que suelen hacer ciertos “estalinistas”, en el sentido de que el pobre Stalin se vio obligado a hacer lo que hizo, o caer en las concesiones a los prejuicios burgueses diciendo aquello de que “yo defiendo a Stalin, pero hay que reconocer que se cometieron desmanes”, que es una forma absolutamente vergonzante y vergonzosa de defender al gran dirigente soviético.

He definido, en líneas muy generales, el contexto en el que se desarrolló la construcción del socialismo en la URSS y he intentado explicar los porqués de la represión soviética. Pero, eso, he intentado explicar, que no justificar esa represión soviética, pues los comunistas no debemos justificar nada ni mucho menos justificarnos ante la burguesía, casi pidiendo perdón por existir. Los comunistas nunca hemos defendido aquello de que “el fin justifica los medios”. Las justificaciones son para los curas y los moralistas. Los comunistas nos guiamos por un principio mucho más sencillo y menos hipócrita: el fin determina los medios.

En la URSS, se hizo lo que dictaban las circunstancias de la época. Ni más ni menos. Los comunistas no elegimos las condiciones en que se debe hacer una revolución. Éstas vienen dadas. Evidentemente, lo ideal es que el proceso revolucionario sea lo más incruento posible. Pero, en el terreno de la realidad, nos encontramos con que las revoluciones se desarrollan siempre en unas condiciones muy difíciles. Y esto determina que las revoluciones se hayan desarrollado y se habrán de desarrollar de forma cruenta. La lucha de clases determina este carácter cruento.

En el período que va de 1917 al XX congreso del PCUS (momento en que se produce el giro revisionista, también sobre la plataforma del antiestalinismo), no todo debió ser perfecto, ni tampoco podía serlo (toda actividad humana es necesariamente imperfecta). Pero todo marxista-leninista debe reivindicar este período. Y quien se muestre titubeante en esta reivindicación, quien recurra a argumentaciones tangenciales, quien caiga en los “sí, pero…”, lo único que estará demostrando es que los prejuicios burgueses, la propaganda imperialista y anticomunista con la que nos han machacado en todo tiempo y desde todos los frentes, se le ha introducido hasta el tuétano; y esto, en tanto no sea superado, le incapacitará para militar en el movimiento comunista.

No hago, desde luego, un llamamiento a aceptar de forma acrítica ninguna conclusión respecto a aquel período. Esto tampoco es propio de comunistas. Si por un lado tenemos a los “estalinistas” acomplejados, por otro también tenemos a quienes reivindican a Stalin, de un modo que podríamos definir como talibánico, sabiendo muy poco o nada sobre su papel histórico o sobre su obra teórica y práctica. Los primeros son incapaces de desprenderse totalmente de los prejuicios burgueses; los segundos padecen exactamente del mismo mal, pero lo ocultan bajo una pose de puros y duros estalinistas; y suele ocurrir que estos superestalinistas terminan en no pocas ocasiones yendo a dar con sus huesos en el revisionismo y en las peores formas del oportunismo político.

No hay que caer, por tanto, ni en posiciones acomplejadas ni en el talibanismo. Hay que hacer siempre un análisis profundo de todas las cuestiones. Ahora bien, no hay que hacer nunca este análisis desde la óptica de la ideología burguesa, nunca desde los prejuicios que nos han sido inoculados por el capitalismo.

Por último, del mismo modo que las razones por las que la propaganda imperialista ha engrandecido a un sujeto tan despreciable como Trotsky son las razones que deben llevarnos a señalarlo como un enemigo del movimiento comunista, las razones por las que esa misma propaganda ha demonizado a Stalin son las que obligan a cualquier comunista consecuente a reivindicarle y a restituirle en el lugar que le corresponde en la historia y en el movimiento comunista internacional. No hay ningún dirigente político que haya sido más denostado que Stalin. Nos corresponde a los comunistas desmontar las mentiras que sobre él se han construido. La rehabilitación de Stalin es parte fundamental de la lucha contra la ideología burguesa; es parte, por tanto, de la lucha por la reconstrucción del movimiento comunista. El antiestalinismo, ya lo hemos dicho, no es sino otro de los nombres que adopta el melifluo anticomunismo. Y como tal debemos combatirlo.

(*) Stalin: La Revolución de Octubre y la táctica de los comunistas rusos, diciembre de 1924.

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Comentario a un documento ‘interno’ de los CJC

Por
uno de esos azares del destino, ha venido a caer en nuestras manos un
documento “interno” de los llamados Colectivos de Jóvenes Comunistas,
titulado “El izquierdismo hoy: nuevas formulaciones, misma práctica”. En
él, sus “ideólogos” se dedican, durante unas 25 páginas, a exorcizar
los temores que en estos momentos parece que atenazan al revisionismo, y
que vienen a sintetizarse en uno solo: los cabecillas del PCPE y de sus
juventudes saben que, en un contexto de agudización de la crisis
general del capitalismo como el que estamos viviendo, no tienen nada que
ofrecer ni a la clase obrera ni a la juventud combativa y temen que en
algún momento se produzca una desbandada en sus filas, ante el
escoramiento a la izquierda que se está dando entre los sectores
avanzados.

Este documento, y la contrarrevolucionaria y cobarde
crítica que en él dirigen a nuestro Partido (ni siquiera se han atrevido
a hacerla pública, como correspondería a una auténtica organización
comunista), son un intento desesperado por evitar esa desbandada, que no
cabe duda que se producirá más pronto que tarde. Ningún comunista
honesto puede permanecer por mucho tiempo en las filas del revisionismo.

Una cuestión previa

Antes
de entrar en mayores honduras sobre el documento que estamos tratando,
nos gustaría mencionar un pequeño detalle que nos ha llamado
poderosamente la atención. No es otro que el sorprendente hecho de que
los “teóricos” de los CJC pretendan respaldar sus posiciones recurriendo
a varias citas de Stalin.

Nos dicen que algunos jóvenes “sin la
suficiente formación o información” se pueden ver atraídos por nuestro
Partido. Pues bien, para que quienes militen o pretendan militar en el
PCPE-CJC cuenten con la suficiente información y no vayan por el mundo a
ciegas, como parece que les ocurre a los jóvenes que se acercan a
nuestro Partido, nos gustaría aportar alguna información sobre estos
comunistas de los pueblos de España, sobre cuáles son sus orígenes y
hasta qué punto sus postulados no tienen nada que ver en absoluto con
los que defendiera Stalin.

El PCPE no surge, como surgimos otros,
hace ya más de cuarenta años, en la lucha que en aquellos momentos se
desató entre el revisionismo y el comunismo revolucionario. Surge bien
entraditos los 80, por lo que comparten con los carrilistas no sólo todo
el proceso de degeneración política e ideológica que se inició a partir
de la adopción por el PCE de la política de reconciliación nacional,
sino también lo que fue la culminación de ese proceso; es decir, la
llamada transición, donde se plegaron hasta casi partirse el espinazo a
los intereses de la oligarquía financiera y de los franquistas. El PCPE,
en este sentido, es partícipe y cómplice del carrillismo en aquella
farsa en la que se echó por tierra y se pisotearon décadas de la más
heroica lucha antifascista.

Por otra parte, el PCPE no nace como
una “escisión revolucionaria” del PCE, sino que simplemente es una
criaturita del ultradegenerado PCUS de los años 80. El PCE se había
desmarcado de la URSS para abrazar el eurocomunismo, y, ante eso, el
PCUS necesitaba crear un partido que continuara cumpliendo el papel de
testaferro del revisionismo soviético en nuestro país. De aquí nace el
PCPE, son éstos sus heroicos orígenes: mientras algunos continuamos
manteniendo en alto la bandera de la resistencia y de la lucha por el
socialismo (cuando esta bandera ya había sido arrojada al barro por la
mayor parte de las organizaciones que se autodenominaban “comunistas”),
otros se dedicaban a “trincar rublos” (como diría algún periodista),
generosamente donados por la mafia que en aquellos momentos se había
instalado en el gobierno, el partido y el Estado soviéticos. ¿Puede dar
lecciones de marxismo-leninismo una organización semejante?

El PCPE puede hacer todos los requiebros ideológicos que quiera; ha sido, es y será parte del campo revisionista.

Y
es aquí donde entra la cuestión de Stalin. Pocas organizaciones hay más
ajenas a Stalin que el PCPE. Ni siquiera cabe aplicarles el concepto de
jruschovistas. Su revisionismo no es ni siquiera el del XX Congreso del
PCUS. Es algo mucho peor. El PCUS de los años 80, su “alma mater”, más
que revisionista, era un semillero de agentes del imperialismo apenas
disimulados. ¿A cuento de qué se dedican los peceperos a citar a Stalin?
Su pretensión de hacerse pasar por “estalinistas” (entendiendo
“estalinista” como sinónimo de marxista-leninista) resulta, más que
cómica, patética. El PCPE representa un proyecto viciado en origen,
emparentado con los Carrillo, los Gorbachov y elementos similares.

Actualmente,
no es más que el ala izquierda del revisionismo. Es más, resulta
incomprensible que no opte por integrarse directamente en IU, coalición
de la que fue miembro fundador. Desde la óptica de los comunistas
revolucionarios, no se aprecian grandes diferencias entre el tal Carmelo
Suárez y los Cayo Lara y Llamazares. Todos comparten la misma impronta
ideológica, la que les viene del tronco común del carrillismo.

Sobre el carácter del Estado, la República Popular y los lugares comunes del oportunismo

Parece
que todas las variantes del oportunismo, de “izquierda” y de derecha,
coinciden en los mismos elementos a la hora de hacer una crítica de la
línea de nuestro Partido. Los peceperos no iban a ser menos.

Niegan
que el Estado español tenga un carácter fascista. Dicen que “España, a
la muerte de Franco y con la posterior “transición política” se equipara
al resto de las democracias burguesas occidentales, quedando una
serie de reminiscencias del antiguo régimen (tribunales especiales,
corona, etc.) pero que en ningún momento condicionan la correcta
caracterización de España como una democracia burguesa al uso. Además,
una vez finalizada la dictadura fascista, España se incorpora de facto a
la cadena imperialista europea”.

La última frase de esta cita
resulta bastante incomprensible. ¿Es que España, antes de la farsa
transicional, era un Estado antiimperialista y sólo después “se
incorpora de facto a la cadena imperialista”? Por el tono que los
“ideólogos” de los CJC utilizan a lo largo de este documento, da la
impresión de que tienen un alto concepto de sí mismos en el plano
teórico. Sin embargo, en ciertas afirmaciones, como ésta que
mencionamos, demuestran tener graves carencias políticas e ideológicas y
ser más unos diletantes que marxistas más o menos formados. El
franquismo estaba incorporado a la cadena imperialista desde el 18 de
julio de 1936.

Por otro lado, hay algunos datos que se les olvida
mencionar a los “ideólogos” de marras, aunque quizá no deberíamos
tenérselo en cuenta, pues, ciertamente, el PCPE sí ha vivido en una
“democracia burguesa al uso”, en el sentido de que estas más de tres
décadas que han transcurrido desde la farsa transicional han
representado para este partido un período extraordinariamente apacible,
parafraseando a Mayor Oreja (que, al igual que los peceperos, también
cree firmemente que vivimos en una democracia, y, en su momento, cuando
desempeñaba las funciones de ministro del interior, se marcó el objetivo de convencernos a todos de ello, con lo medios más pedagógicos).

Lo
que olvidan mencionar nuestros jóvenes “comunistas” es que las
reminiscencias del franquismo que arrastramos, no sólo consisten en la
existencia de un tribunal especial o de la institución monárquica (que
más que una reminiscencia franquista es una reminiscencia feudal), sino
en otras muchas; a saber: la utilización de la tortura de forma
sistemática en la represión de la disidencia política, la utilización
del terrorismo de Estado y la guerra sucia (en fechas tan recientes
como 2009 todavía el Estado secuestró, torturó, asesinó y desapareció a
un militante antifascista, como es el caso del independentista vasco Jon
Anza), la ilegalización de organizaciones políticas, el encarcelamiento
de militantes políticos, cuyas condenas se cuentan por décadas (esas
condenas que en este documento se consideran “ridículas desde el punto
de vista militante”)… La democracia española “al uso” resulta en realidad
muy “sui generis”, y mantiene tantas concomitancias con el franquismo
que a algunos nos lleva a cometer el imperdonable error, propio de unos
incorregibles izquierdistas, absolutamente ignaros de los principios del
marxismo-leninismo, de considerar que vivimos bajo un Estado fascista.
Pero es que nosotros vivimos en una realidad paralela… la que le toca
vivir a las organizaciones revolucionarias. La realidad de los
comunistas “al uso” que viven en democracias “al uso” es bien diferente.

Y,
a riesgo de resultar reiterativos, nos gustaría traer aquí una cita muy
interesante, cuya procedencia revelaremos al final de la misma: “España
es el Estado europeo donde más población reclusa existe, donde más duro
es el Código Penal y donde las normas sancionadoras se aplican con
menores garantías, respecto a otros Estados del continente.

”Con
más de un millar de presos políticos, con más de una veintena de
organizaciones ilegalizadas o disueltas a base de persecuciones, con
reiterados informes de los diferentes relatores de Naciones Unidas,
constatando la práctica reiterada de la tortura durante las custodias de
detenidos o presos, así como las escasas o nulas consecuencias penales
para sus autores, merece la pena analizar la represión con especial
hincapié”

”Tras las leyes de amnistía dictadas por las Cortes
franquistas en 1976 y 1977, izquierdas y derechas parlamentarias han
proclamado al mundo la plena consecución de las libertades públicas en España, así como la absoluta inexistencia de presos políticos en su territorio.

”En
la medida en que la estructura política, económica y militar del Estado
español quedó apenas intacta tras la promulgación de la Constitución de 1978, era evidente que volvería a
haber presos políticos, y la realidad que hoy vivimos deja muy clara
esta afirmación.

”En el año 2002, los dos grandes partidos de la
burguesía, PSOE y PP, lanzaban la promulgación de la conocida como Ley
de Partidos, instrumento legal que ha sido indispensable en la conculcación de los derechos civiles de miles de personas en todo el Estado.

”En
virtud de este texto, más de una veintena de organizaciones políticas,
sociales, de defensa de los derechos humanos o culturales han sido
ilegalizadas, y decenas de dirigentes y militantes encarcelados, así
como de mucha gente que ha sido relacionada con organizaciones o
movimientos sin ser parte de ellos, para poder condenarles sin ningún
tipo de prueba real, bajo la argumentación de ser un instrumento legal
con fines terroristas. Este tipo de condenas se han dado en procesos
judiciales con múltiples irregularidades, mediante tribunales de
excepción y sin las debidas garantías procesales.

”De una manera o
de otra, los procesos penales que se han dado en los últimos 30 años
contra la disidencia en todo el Estado, han sido denunciados por
diferentes organismos internacionales por la total ausencia de garantías
de los mismos: autoinculpaciones y confesiones obtenidas bajo tortura
durante los días que la Ley Antiterrorista habilita para que el detenido
no tenga medios de defensa, condenas formuladas en base a diligencias
policiales y sin pruebas, o la existencia de tribunales de excepción
como la Audiencia Nacional, son la base para una represión que afecta
a militantes comunistas, anarquistas, independentistas, antimonárquicos
y jóvenes inconformistas con este sistema en general.

”Este
marco represivo que, con unos medios de comunicación totalmente
domesticados y el silencio general en la izquierda reformista, abre el
camino para que se reabran viejas fórmulas represivas y el terrorismo
de Estado, fórmulas que de hecho nunca fueron cesadas. Actualmente,
existe un pacto de Estado sobre malos tratos y tortura, que involucra a
jueces, que ni investigan ni condenan a fuerzas policiales; políticos,
que dirigen en la sombra; policías y guardias civiles, que ejecutan; y
medios de comunicación, que silencian o desacreditan las denuncias.

 
”Es igualmente ilustrativo el sistema carcelario
español que, reconocido por sus propios mentores como uno de los más
crueles de Europa, se configura no solamente como aparato de represión,
sino que supone el medio esencial para la anulación física de las
personas reclusas, donde la represión abarca todas sus formas. Torturas y
aislamiento son los métodos habituales de trabajo del personal de
prisiones”.

Sólo cabe extraer una conclusión de estas líneas, y
no es otra que la de la pervivencia del fascismo tras el tongo de la
transición. ¿Qué otra conclusión cabe sacar cuando se dice que en “la
medida en que la estructura política, económica y militar del Estado
español quedó apenas intacta tras la promulgación de la Constitución de
1978, era evidente que volvería a haber presos políticos” o que
prácticas como el terrorismo de Estado “nunca fueron cesadas”?

¿Y
de dónde ha sido extraída esta cita? ¿Tal vez es un producto de nuestra
ultraizquierdista y retorcida mente? Va a ser que no. Esta cita viene
de otro lado. El título del documento, muy poético y combativo, es
“La juventud a la ofensiva construyendo revolución”, y sus autores
son… los propios CJC. Y no es un simple articulillo publicado por
alguna oveja descarriada de estos colectivos, sino que viene a ser algo
así como el informe político que se sometió a debate en el 7º congreso
de las juventudes del PCPE. Sorprendente, ¿no?

Y ahora lo que hay
que analizar es cuál es la verdadera posición de los CJC: si la que se
expresa en el documento “interno” “ultrasecreto” o el documento del 7º
congreso. Nosotros consideramos que en ambos documentos se expresa la
verdadera posición de los CJC (el oportunismo, siempre por encima del
bien y del mal, puede permitirse el lujo de defender una cosa y la
contraria). Y nos explicamos: con el documento del 7º congreso
pretendían contentar al sector más combativo de sus militantes; y con el
documento “ultrasecreto” lo que pretenden es neutralizar las tendencias
revolucionarias de esos mismos sectores combativos. Hay una
compatibilidad total entre ambos documentos, desde el punto de vista de
la estrategia de los peceperos y de sus juventudes para retener a sus
militantes, no vaya a ser que, faltos de “formación e información”, se
decidan a ir por otros derroteros políticos e ideológicos, alejándose
para ya no volver de este producto de la perestroika que es el PCPE-CJC.

Continuando
con los lugares comunes en que suelen incurrir gran parte de las
organizaciones oportunistas a la hora de criticar a nuestro Partido,
debemos entrar en la cuestión de la República Popular y qué papel juega
en la estrategia y la táctica que defendemos.

Los oportunistas
suelen defender que nuestro Partido no lucha por el socialismo, sino que
nos limitamos a defender un proyecto “populista” (en el sentido en el
que el leninismo entiende este concepto), meramente
democrático-revolucionario. Quienes hacen esta interpretación de
nuestras posiciones, y no son pocos, o bien no saben leer o bien se
dedican a acercar el ascua a su sardina y no entienden otro modo de
atraer al personal a su organización que manipulando y falseando
lasposiciones de la “competencia”. Los CJC, a este respecto, dicen en su
documento que nuestro posicionamiento sobre el carácter fascista del
Estado español “tiene un único objetivo: rechazar la necesidad
estratégica de la revolución socialista”. A esto podríamos contestar que
el posicionamiento de los peceperos sobre el carácter no fascista del
Estado español tiene también un único objetivo: el de justificar su
apego a la legalidad burguesa, al electoralismo y a los métodos de lucha
no revolucionarios.

Nuestro Partido, por activa y por pasiva,
siempre ha dicho que la revolución pendiente en España sólo puede tener
un carácter socialista. ¿Podría ser de otro modo en un país de capitalismo monopolista de Estado como el nuestro?

Ahora
bien, ¿cómo llegamos al socialismo? ¿Cómo nos “acercamos” al
socialismo? ¿Es necesaria alguna fase intermedia? Nosotros creemos que
sí.

Partimos de la base de que toda revolución socialista, aunque
se dé en un país imperialista, tiene, nos guste o no, un cierto
componente popular. Esos purismos de “clase contra clase” tienen más que
ver con el trotskismo que con el marxismo. Ciertamente, las clases
determinantes en las sociedades capitalistas son la burguesía y el
proletariado; son estas dos clases los principales actores en la lucha
por el socialismo.

Pero existen también los llamados sectores
populares (trabajadores autónomos, pequeños propietarios,
campesinos…), sectores no proletarios que los comunistas debemos saber
ganarnos para la revolución o neutralizarlos en caso de que lo primero
no sea posible, sencillamente porque, de no hacerlo, los tendremos
enfrente, en el campo de la burguesía, del fascismo. Y hay que tener en
cuenta que estos sectores no proletarios representan todo un “ejército”
formado por millones de personas. Sería, desde luego, una política muy
poco inteligente dejar que esta fuerza social se “decantara” hacia el
campo de la reacción.

No se puede derrotar a un Estado fascista,
armado hasta los dientes y dispuesto a desencadenar, como ya ha
demostrado en numerosas ocasiones (antes y después de 1978), la más
sanguinaria y terrorista represión contra el movimiento revolucionario,
sin forjar la más amplia unidad obrera y popular, que es a lo que
nosotros denominamos como Movimiento de Resistencia Popular.

Existen,
además, algunas cuestiones democráticas que resolver, como es el caso
de la opresión nacional; y, en relación con esto, debemos establecer
relaciones de colaboración y entendimiento con las expresiones
progresistas de los movimientos de liberación nacional de las
nacionalidades oprimidas por el Estado español, cuyo componente de clase
tampoco es precisamente proletario.

Éste es el sentido de
nuestras posiciones democrático-populares y ésta es la razón por la que
consideramos que la revolución socialista deberá pasar por un breve
período de transición (tal vez de sólo unos meses) que prepare las
condiciones para iniciar el proceso de construcción del socialismo como
tal. En nuestro programa, se expresa con bastante claridad: “Con la
instauración de la República Popular se inicia el periodo que va desde
el derrocamiento del Estado fascista e imperialista a la implantación de
la dictadura del proletariado. Dicho periodo cubrirá una corta etapa de
transición que puede ser considerada también como de comienzo de la
reestructuración socialista”.

Nuestro planteamiento sobre la
República Popular y el gobierno provisional democrático-revolucionario
encaja perfectamente con lo que Dimitrov, en el VII Congreso de la
Internacional Comunista, definía, siguiendo a Lenin, como las “formas
especiales de transición o de acercamiento a la revolución proletaria”.
Quien quiera encontrar contradicciones, ambigüedades o posiciones ajenas
al marxismo-leninismo en un planteamiento como el nuestro, o es un
manipulador o no entiende absolutamente nada de la teoría, de la
práctica y de la historia del movimiento comunista. Encontramos un poco
de todo esto en el documento de los jóvenes “comunistas”.

No hay
en nuestra posición ninguna “innovación” en lo que se refiere a la lucha
por el socialismo. Todos los procesos de construcción socialista que se
han dado a lo largo de la historia han tenido este componente popular:
antes de la Revolución de Octubre se dio la revolución de febrero, y el
gobierno surgido de Octubre no era un gobierno puramente obrero, sino
un gobierno obrero y campesino; por no hablar del período de la NEP, en
el que se estableció una alianza temporal no sólo con la pequeña
burguesía campesina, sino también con la pequeña y mediana burguesía
industrial y comercial. Ahí tenemos también la revolución china o los
procesos que se dieron en las “democracias populares” de Europa del
este. Y este componente popular, aunque en menor medida, dado el grado
de desarrollo actual del capitalismo en todos los países, que tiende a
simplificar al máximo el conflicto de clase (sin llegar a reducirlo
totalmente a la “purísima” fórmula de burguesía “versus” proletariado),
continuará jugando un papel en el futuro. Nuestro Partido cree que este
papel debe ser tomado en cuenta y tener su reflejo en la táctica
revolucionaria. Por el contrario, las organizaciones que pretendan
soslayarlo, sólo estarán demostrando que tienen una concepción
abstracta, puramente teoricista y metafísica de la lucha de clases y una
manifiesta incapacidad para desenvolverse en el plano de la realidad,
en el plano de lo concreto.

El ‘señuelo’ de los presos políticos

En
otra parte del documento se dicen cosas como ésta: “Mediante su praxis,
el PCE(r) busca en los frentes no la hegemonía, como debiera hacer un
destacamento comunista, sino atraer a militantes a su organización
utilizando por ejemplo la solidaridad hacia los presos políticos (…)
Debido a esto, muchos militantes están en la cárcel cumpliendo condenas
ridículas desde el punto de vista militante, lo cual es verdaderamente
peligroso y resulta improductivo para el avance de las posiciones
revolucionarias en el seno de la clase obrera”.

Al margen de la
cuestión de los presos políticos, esta parrafada nos suscita un par de
reflexiones. La primera es que nos vuelve a dejar estupefactos la
capacidad que tienen nuestros críticos para decir tonterías a diestro y
siniestro (más a diestro que a siniestro, teniendo en cuenta la
organización en la que militan). Lanzan contra nuestro Partido la
“gravísima” acusación de que queremos atraer militantes a nuestra Organización, en vez de buscar la hegemonía.

Nuestro
Partido, como todos los partidos comunistas que son y han sido, tiene
entre sus objetivos fundamentales el de atraer militantes a sus filas y
fortalecerse orgánicamente. ¿Es que el PCPE acude a los
frentes de lucha buscando únicamente “adhesiones morales”? Y, por otro
lado, ¿de qué manera se puede obtener esa hegemonía si no se cuenta con
una organización fuerte, no sólo en lo político e ideológico, sino también en lo orgánico?

Y,
en la última parte de la cita, se lanza una advertencia a quienes
pretendan tomar el camino de la lucha revolucionaria, intentando
meterles el miedo en el cuerpo y demostrando cuál es el carácter del
PCPE-CJC. Vienen a decir que hacerse militante del PCE(r) es algo
“verdaderamente peligroso” (y no es propio de comunistas… al menos no
lo es en el caso de los comunistas de los pueblos de España… correr
peligros de ningún tipo) porque se puede acabar en la cárcel y, lo que
es peor, terminar haciendo el ridículo, pues las condenas que se nos
imponen son “ridículas desde el punto de vista militante”. No sabemos
qué se pretende expresar con esto de lo ridículo desde el punto de vista
militante. Debe ser otra ocurrencia de nuestros aprendices de
marxistas, que cuando no saben qué decir, salen por la tangente con
frases rimbombantes de este tenor. Lo que ocurre es que, en este caso,
les han traicionado los duendes del subconsciente y ha salido el
contrarrevolucionario que llevan dentro.

¿Ridículas las condenas a
los militantes del PCE(r)? ¿Deben considerar igualmente ridículas
“desde el punto de vista militante” la muerte de José Ortín, de
Sevillano, de Crespo Galende y de muchos otros presos políticos y
militantes comunistas asesinados por el terrorismo de Estado?

Los
cabecillas del PCPE-CJC, aunque no lo manifiesten a menudo (si lo
hicieran, buena parte de sus propias bases se los comerían vivos),
profesan un profundo odio a nuestro Partido y a nuestros militantes,
presos incluidos. Su documento “interno” es una clara prueba de ello. Y
es bastante entendible este odio, en el que coinciden todos los
reformistas y oportunistas: somos el espejo en el que se deben mirar y
lo que ven no les gusta nada; somos el contrapunto a su claudicación, a
su venalidad, a su inconsecuencia. Desean de todo corazón que desaparezcamos
del mapa de una vez para siempre, pues, de ese modo, podrían hacerse
pasar por revolucionarios ante la imposibilidad de establecer una
comparativa entre los “bolcheviques de postal”, que tienen la completa
seguridad de que dormirán cada noche en su casa -después de leer
apaciblemente algún clásico del marxismo con la bata y las pantuflas-, y
entre quienes creen que la lucha por el socialismo exige un grado de
compromiso y de sacrificio que está a años luz del que están dispuestos a
asumir estos señores. Los auténticos comunistas no tienen ningún
complejo y no temen hacer el mayor de los “ridículos” dando con sus
huesos en la cárcel si a eso les conduce su compromiso revolucionario; y
el compromiso revolucionario, cuando es auténtico, suele tener la
desagradable consecuencia de conducir a los militantes comunistas a los
cuarteles, comisarías y mazmorras del fascismo.

Y aquí enlazamos
con la cuestión de los presos políticos, que según los peceperos no son
más que el señuelo que utilizamos para captar militantes “sin la
suficiente formación e información”. Como siempre, y siendo consecuentes
con la mezquindad política que rezuma el documento que estamos
analizando, nuestros jóvenes diletantes interpretan las cosas de la peor
manera, pretendiendo adjudicarnos sus propias cualidades morales.

Nosotros
no nos dedicamos a manipular a la gente (como hacen los CJC en su
documento) ni utilizamos la cuestión de los presos políticos como un
caramelito con el que embaucar a ningún pobre ingenuo (los peceperos
parten de la base de que todos aquéllos que no militan en sus
organizaciones están aquejados de la más profunda estupidez y falta de
luces).


Los presos políticos no son ningún señuelo; más bien son un
testimonio. ¿Un testimonio de qué? Pues, sencillamente, son el
testimonio de quiénes están dispuestos en este país a luchar hasta las
últimas consecuencias.

Sí, los presos políticos representan un
“polo de atracción” para los militantes más honestos. Pero no
por los motivos que creen los peceperos, no por un humanista sentido de
la solidaridad, no porque nos dediquemos a explotar la vena sensible del
personal relatándoles compungidos la situación tan penosa en que están
nuestros pobres presos. Ést no es nuestro estilo. En las charlas que dan
nuestros ex-presos o en las cartas que escriben los que aún se
encuentran dentro, se transmiten cosas muy diferentes a esta patética
sensiblería. Se denuncia, como no podía ser de otro modo, la situación
en que viven los presos, las palizas, el aislamiento, etc. (sobre lo
cual el PCPE-CJC guarda en general, salvo honrosas y contadas excepciones,
un sepulcral silencio, haciéndose con ello cómplice de los actos
criminales del fascismo). Pero, sobre todo, se anima a continuar la
lucha, a organizarse, a seguir combatiendo por el socialismo. Y esto es
lo que valoran los jóvenes combativos y los sectores avanzados de la
clase obrera: cómo en las condiciones más difíciles se pueden mantener
la moral, el espíritu y los principios revolucionarios. Ya lo hemos
dicho: un movimiento que cuenta con presos políticos demuestra que va en
serio en esto de hacer la revolución. Y esto no es un señuelo de
nada; es un hecho objetivo, tangible, que se explica por sí mismo. ¿Qué
demuestra, por su parte, el PCPE-CJC? Con presentarse a las elecciones,
obtener dos concejales en todo el Estado, practicar el más mezquino
seguidísimo respecto a las mafias sindicales al servicio del capital (ya
hasta hace sus mítines en la sede central de la UGT) y enmierdar a las
organizaciones revolucionarias de aquí a la India (la posición del PCPE
respecto a los naxalitas dice mucho de la naturaleza
contrarrevolucionaria de este partido) tiene suficiente. Y esto también
se explica por sí mismo.

¿Alguien se va a extrañar cuando a la
vuelta de no mucho tiempo no quede en este partido ni un solo militante
honesto? Quedarán el tal Carmelo Suárez (insigne dirigente y “teórico”
marxista) y los cuatro gatos de la extinta Unión Proletaria (dónde
quedaron los buenos tiempos de “La Forja”, en que estos señores se
presentaban como los sumos guardianes de las esencias del
marxismo-leninismo, partidarios de la organización clandestina y de los
métodos ilegales de lucha…). Si en este momento son algunos más, ello
sólo se debe a que la represión se ha encargado durante cuarenta años
de que en este país la alternativa auténticamente revolucionaria se
haya visto imposibilitada de desarrollarse a un mayor nivel. Ésta es la
razón de que organizaciones como el PCPE hayan adquirido alguna fuerza.
Y, siendo así, resulta muy llamativo que los peceperos afirmen en su
documento que el relativo desarrollo que en momentos de agudización de
la lucha de clases se produce en lo que ellos llaman el “izquierdismo”
se debe a “la ayuda que le brinda el Estado burgués a estos grupos para
acometer lo que mejor saben hacer, dinamitar el trabajo del Partido de
la revolución marxista-leninista”. Una de dos: o los “ideólogos” del
PCPE-CJC tienen serios problemas en el córtex frontal y perciben la
realidad como les viene en gana o pretenden tomarnos a todos por
imbéciles. ¿A quién ha ayudado el Estado burgués? ¿Al PCE(r), contra el
que el Estado ha practicado todas las formas habidas y por haber de
represión y terrorismo? ¿O al PCPE,
“el-partido-de-la-revolución-marxista-leninista”, que lleva vegetando en
la legalidad burguesa desde su mismo nacimiento?

Animamos
encarecidamente al PCPE-CJC a que continúe por esta línea, a que siga
hundiéndose en la charca revisionista. La crisis y el colapso de esta
organización son tan inevitables como la crisis y el colapso del propio
capitalismo, por cuanto el proceso de destrucción del capitalismo está
indisolublemente ligado al proceso de destrucción del revisionismo y el reformismo.
Por nuestra parte, tenemos la certeza de que, a pesar de la represión y
de la labor que los oportunistas de todos los colores desarrollan
contra nosotros, seremos capaces de articular la alternativa
revolucionaria que la clase obrera, los sectores populares y la propia
situación política y económica están reclamando. No nos cabe duda de que
aún nos quedan muchos golpes por recibir, de que aún debemos superar no
pocas dificultades, de que aún tenemos por delante un ingente trabajo
que realizar. Pero sabremos estar a la altura de las exigencias de la lucha revolucionaria. El futuro, ya lo hemos dicho muchas veces, es de los que persisten.

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Vídeo del PCE (1937)

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Fascismo

Cambiar algo para que todo siga igual

El materialismo histórico es una concepción científica acerca de la sociedad y de la historia que, como cualquier otra, tiene sus propios conceptos, uno de los cuales es el fascismo, que fue acuñado por la Internacional Comunista sobre la base de las tesis que Lenin dejó establecidas acerca del imperialismo, y que él mismo resumió de la siguiente manera:

“El viraje de la democracia a la reacción política constituye la superestructura política de la nueva economía, del capitalismo monopolista (el imperialismo es el capitalismo monopolista). La democracia corresponde a la libre competencia. La reacción política corresponde al monopolio […]

“Tanto en la política exterior como en la interior, el imperialismo tiende por igual a conculcar la democracia, tiende a la reacción. En este sentido resulta indiscutible que el imperialismo es la ‘negación’ de la democracia en general, de toda la democracia” (1).

Naturalmente quienes están al margen del materialismo histórico no están de acuerdo con esa y otras tesis leninistas, ni utilizan los mismos conceptos científicos, ni son capaces tampoco de criticar a Lenin, Dimitrov y la Internacional Comunista, el núcleo de cuyas posiciones es que el imperialismo es la negación de la democracia.

Una burda falsificación del parlamentarismo

Además de legalidad, los Estados se rodean de legitimidad, tanto más en cuanto que la dominación de clase se impone sobre una base social muy estrecha, como es el caso de la burguesía monopolista, cuya legitimación reposa sobre la democracia. Por consiguiente, en la época imperialista la burguesía entra en contradicción con los propios fundamentos de su dominación y trata de esconderlos bajo diferentes disfraces que, en última instancia, como decía Dimitrov, son otras tantas falsificaciones burdas del parlamentarismo (2), es decir, del binomio pluripartidismo y elecciones, lo cual conduce a ese lema tan extendido de que “tenemos el gobierno que nos merecemos” (3). En definitiva, que la responsabilidad es nuestra, como siempre, porque no votamos a la opción correcta, que siempre suele ser reformista.

Esas concepciones son intolerables. Derivan de la confusión de la legitimidad con la legalidad, que corre paralela con la del Estado y el gobierno, olvidando que lo que habitualmente se conoce como “cuestiones de Estado” están por encima de los gobiernos, los partidos y las elecciones. Es más, no cambian (casi) nunca y, sin embargo, no suelen ser objeto de atención. En palabras de Dimitrov, el fascismo no concierne al gobierno sino al Estado; no es un simple cambio de gobierno sino de la “forma estatal de la dominación de clase de la burguesía” (4).

En 1935 Dimitrov tituló su informe a la Internacional Comunista como la “ofensiva del fascismo” porque en aquel momento ese era su rasgo más característico. Históricamente el fascismo nace por la manera brutal en que la burguesía enfrenta una situación de crisis provocada por el desafío del movimiento obrero tras la Revolución de Octubre. La ofensiva fascista de la burguesía supuso, correlativamente, la defensiva del movimiento obrero, por no decir su derrota y aplastamiento, con las conocidas secuelas represivas, campos de concentración, clandestinidad, exilio, etc.

Esa situación explica los motivos por los que el fascismo nace históricamente, así como sus consecuencias, pero no la esencia del fascismo mismo como superestructura política del Estado burgués característica de la época del imperialismo. Por lo tanto, el fascismo no se identifica ni con aquella etapa, ni tampoco con alguna de las formas concretas que ha revestido en alguno de los países, por ejemplo, con el corporativismo italiano.

Ahora bien, afirma Dimitrov, no se puede establecer un esquema general sobre el desarrollo del fascismo (5) y, en cualquier caso, el partido comunista debe prever el paso de las formas defensivas a las ofensivas (6). Con tanta más razón en aquellos países, como España y Portugal, en los que el fascismo ha tenido una historia larga, que no coincide con la experiencia política de otros países, como Alemania o Italia, donde fue derrotado en 1945, es decir, en donde la experiencia fue relativamente breve, lo que ha contribuido a su mixtificación al presentarlo como un régimen excepcional, un paréntesis político, tras el cual el Estado burgués vuelve siempre a su forma “normal”, que es la democracia burguesa.

Sobre la base de la experiencia de esos países, los oportunistas consideran que el materialismo histórico está equivocado y que la historia es reversible, que la tendencia general del imperialismo es hacia la democracia burguesa. Cuando Lenin habla de una “ley histórica”, como el viraje de la democracia hacia la reacción política en la época del imperialismo, se refiere a una “tendencia” sobre la cual actúan fuerzas que operan ese sentido y fuerzas que operan en el opuesto y, aunque se pueden poner ejemplos opuestos, la tendencia dominante es la que Lenin, Dimitrov y la Internacional Comunista establecieron correctamente.

El caso de España así lo demuestra y es inconcebible que el regreso a la democracia burguesa se traslade a nuestro país, en donde el fascismo ni ha sido derrotado, ni ha tenido una historia corta. Del mismo modo que Marx y Engels pudieron desentrañar la esencia del capitalismo en aquel país, Inglaterra, el que había tenido una trayectoria más larga, la naturaleza política del fascismo se debe analizar en países como España, que es su modelo más acabado y teniendo en cuenta, como exigía Dimitrov, su evolución a lo largo del tiempo, sus cambios históricos y, muy especialmente, la transición.

¿Obstaculiza el fascismo el desarrollo de las fuerzas productivas?

En España el análisis del fascismo empieza con una vieja batalla ideológica contra las concepciones eurocomunistas de Carrillo, según las cuales el fascismo no le interesa a la burguesía, o al capital financiero, porque impide el desarrollo de las fuerzas productivas. Pero la evidencia histórica al respecto no puede ser más contundente: el fascismo es la más poderosa palanca de acumulación de capital porque somete al movimiento obrero a un régimen brutal de terror y a unas condiciones laborales leoninas. Así sucedió en España en la posguerra, donde miles de trabajadores fueron explotados en un régimen de semi-esclavitud y en donde tras el Plan de Estabilización de 1959 millones de campesinos tuvieron que emigrar, bien al exterior o bien a las ciudades. Los planes de desarrollo posteriores que el fascismo implementó convirtieron a España de un país semi-feudal a otro de capitalismo monopolista.

A veces esa misma tesis revisionista presenta otro formato, según el cual el fascismo impedía el desarrollo de las fuerzas productivas porque en la Europa democrática no admitían el ingreso de un régimen fascista como España. Esto también es rotundamente falso. Para justificar su claudicación, Carrillo y los eurocomunistas invirtieron la relación causal. Según ellos la incorporación económica formal a la Unión Europea era la causa y no la consecuencia de la integración económica. Pero España ya formaba parte integrante del mercado europeo antes del ingreso de España en la Unión Europea. En 1959 el capitalismo español se incorporó plenamente al mercado mundial y, específicamente, al europeo. La transformación monopolista de los años sesenta fue acelerada precisamente por esa inserción de España en los mercados exteriores y, más exactamente, por tres palancas fundamentales: la emigración al exterior, las inversiones de capital extranjero y el turismo.

Para llegar a dicha conclusión no es necesaria ninguna argumentación alambicada, porque es más que evidente que el capitalismo no aparca un buen negocio con un país por la naturaleza de su régimen político. Es sabido que los capitalistas de las democracias más relucientes no tienen escrúpulos en firmar sabrosos contratos con los criminales más sanguinarios, y lo mismo hizo la Unión Europea con el franquismo. Por ejemplo, el 29 de junio de 1970 la Comunidad Económica Europea, como se llamaba entonces, firmó con el gobierno franquista lo que se llamaba “un acuerdo preferencial”.

No se trata sólo del vínculo de España con Europa, sino con cada uno de los países europeos. Uno de los ejemplos más llamativos fue la construcción en 1969 de la central nuclear de Vandellós I, prevista para la fabricación de armas atómicas. El capital de la central no sólo era propiedad de una empresa mixta hispano-francesa, sino que su tecnología también era francesa. A un país capitalista como Francia, cuna de los derechos humanos, no sólo no le importaba la naturaleza fascista del régimen español sino que estaba dispuesto a dotarle de armamento nuclear.

El fascismo es consecuencia de la crisis general del capitalismo

Entre los rasgos con los que Lenin caracterizó al imperialismo destaca que en dicha fase el capitalismo entra en una etapa de crisis generalizada, que no sólo es económica sino también política. Le dedica un capítulo completo a analizar este fenómeno, que le parece “muy importante” (7). El parasitismo, la descomposición, el estancamiento, son otras tantas “tendencias” actuales del capitalismo a las que también se le pueden encontrar excepciones que confirman la regla. Las crisis económicas, como la actual, no son cíclicas, por lo que no van a encontrar salida dentro del propio capitalismo. El fascismo es la adaptación del Estado burgués a esa situación de descomposición y crisis general, es decir, tanto económica como política, que en España alcanza cotas de verdadera degeneración, como estamos comprobando a diario.

La transición española fue uno de esos ejemplos de crisis general, a la vez económica y política, del sistema de dominación burgués que el franquismo pretendió resolver no suicidándose sino sucediéndose a sí mismo. La naturaleza de un régimen político, como cualquier fenómeno social y político, no se puede estudiar recurriendo a los tópicos seudo-marxistas sobre “hegemonía”, “bloques de clases”, “alianzas entre fracciones de clase” y demás. Ese tipo de recursos vacíos lo que pretenden es encubrir los hechos que hay que poner encima de la mesa: si España fue en un tiempo un régimen fascista y actualmente es democrático burgués es porque hubo un momento en el cual se produjo una modificación en la naturaleza Estado, tan profunda que se puede caracterizar como una excepción a las leyes del materialismo histórico, e incluso más: se puede decir que el materialismo histórico ha vuelto a equivocarse de nuevo y que la historia marcha en la dirección contraria de la prevista por Lenin, Dimitrov y la Internacional Comunista.

Salvo los más recalcitrantes reformistas, hoy no hay ninguna organización antifascista -que yo sepa- que reivindique el Estado actual como una conquista propia, es decir, que afirme: “Desde 1939 nosotros estuvimos luchando por este Estado”. Más bien lo que dicen es lo contrario: “Desde 1939 nosotros estuvimos luchando contra este Estado”. Por lo tanto, el cambio producido durante la transición no fue una conquista de ninguna organización popular sino una maniobra interna del propio régimen. La historia no muestra el caso de un régimen político que se suicide, es decir, deje de ser lo que es para convertirse en otra cosa distinta. De ello se desprende que a partir de 1975 la reforma política la dirigieron los propios fascistas y que el objetivo que perseguían con ella no era el de debilitar su dominación sobre las masas populares, sino reforzarla. Por último, si los fascistas hicieron algún tipo de cambio no fue porque dejaran de ser lo que siempre habían sido, fascistas, sino porque se vieron obligados a ello por el movimiento popular que durante la transición les había puesto en una situación de crisis muy peligrosa.

Al exponer quién estaba detrás del cambio y para qué hizo el cambio, con qué propósitos actuó, hay que descartar lo obvio: efectivamente, es verdad, hubo un cambio. Ante una crisis, el régimen dominante tiene que hacer algo para salir de ella, tiene que introducir innovaciones. Lo que se trata de saber es si esos cambios tuvieron una entidad cualitativa suficiente como para alterar la naturaleza política del Estado y, además, invertir la “tendencia” política del imperialismo hacia la reacción, la destrucción de las organizaciones de clase y la liquidación de las libertades. Eso es lo que tienen que mostrar.

En ese sentido el posicionamiento de las organizaciones revolucionarias hacia la transición es significativo porque, si el materialismo histórico no se equivoca, deberíamos suponer que quienes consideran que la transición supuso una transformación cualitativa del Estado a la democracia burguesa es porque han analizado al detalle aquella época y pueden mostrar muchos ejemplos de que en España la historia se volvió del revés. Pero no es eso lo que está ocurriendo, sino más bien al contrario, la transición está fuera de la agenda de los grupos comunistas y antifascistas en España; incluso lo consideran algo superado y exótico y, por decirlo más claramente, para ellos la transición es un tabú. No han explicado lo que deberían.

El materialismo histórico no admite vacíos ideológicos, y menos en la historia más reciente, porque favorecen la penetración de la ideología burguesa entre las filas del proletariado, que es lo que viene sucediendo actualmente en España. Al no replantear la transición, el movimiento antifascista en España ha asumido como propia la argumentación de la burguesía, que habla a través de los periodistas, los historiadores y sus políticos profesionales. No es que las organizaciones revolucionarias no tengan una posición propia sobre la transición, sino algo peor: han asumido y aceptado la de la burguesía. El discurso de unos (fascistas) y otros (antifascistas) coincide plenamente: durante la transición se produjo un cambio sustancial en la naturaleza del Estado.

Esa coincidencia con la ideología dominante conduce al abandono de las armas antes de empezar el combate y le está sirviendo en bandeja a la burguesía española lo que para ella es lo más importante, su gran coartada. Los fascistas escuchan de los labios de sus enemigos de clase lo que querían oír: que son demócratas. Incluso algunos comunistas legitiman a un Estado como el español que carecía de legitimidad hasta la transición. Sin embargo, no son capaces de responder a la pregunta: ¿qué ocurrió durante la transición que fuera capaz de legitimar a un Estado que hasta entonces carecía de ella? ¿dónde está esa legitimidad? ¿en qué se fundamenta?

Esas preguntas se multiplican con las recientes propuestas reformistas acerca de la necesidad de una “segunda transición”, que seguramente pretenden que sea igual (de fraudulenta) que la primera. ¿No será que reivindican la segunda precisamente porque no ha habido una primera, es decir, porque nada cambió entonces y quieren que nada cambie tampoco ahora? El hecho es que la transición, que creían olvidada o que querían olvidar, retorna de nuevo. Está otra vez en las calles, donde se oyen cosas como “Lo llaman democracia y no lo es”. Pues si España no es una democracia, ¿qué es entonces?

La naturaleza de la represión fascista

La asimilación del fascismo a la represión es otro estereotipo erróneo: un régimen no es democrático cuando reprime poco, ni es fascista cuando reprime mucho. En España este argumento tan absurdo es reiterativo en los momentos de represión intensa, como los actuales, o cuando saltan los casos de torturas. Parece que los días que no hay detenidos se puede hablar de democracia y cuando los hay lo que corresponde es tildar al régimen de “franquista” o protestar por el “regreso a la dictadura”. Naturalmente es una frase retórica y oportunista cien por cien que demuestra que para ellos el fascismo es un arma arrojadiza, no un concepto fundamental del materialismo histórico. Como explicó Dimitrov, es un error calificar como fascismo cualquier medida reaccionaria de la burguesía (8).

La identificación del fascismo por el volumen de represión nace del propio origen del fascismo como fuerza de choque de la burguesía en la época del imperialismo para frenar el auge del movimiento obrero y revolucionario. Dado que en algunos países esa primera ofensiva del fascismo fue derrotada en la Segunda Guerra Mundial, el fascismo se identifica con sus formas coyunturales originarias, especialmente con Hitler y Mussolini, los campos de concentración, las torturas brutales o la liquidación de los derechos fundamentales.

Pero el fascismo no es consecuencia de la represión, sino al revés. Las formas de represión cambian con las formas de dominación. Hay tribunales, cárceles y policías en todos los Estados, de donde los oportunistas deducen que los tribunales, las cárceles y los policías funcionan de la misma manera. Es una opinión muy extendida que se apoya sobre comodines selectos, el principal de los cuales es la manoseada “naturaleza de clase del Estado burgués”, que acude al empleo de una represión que, en ocasiones, es incluso brutal, a pesar del carácter democrático del Estado, como ocurrió tras la Comuna de París.

Aquí hay un profundo error metodológico. El marxismo-leninismo es, como repitió Lenin, un análisis de lo concreto, de lo diferencial y, por lo tanto, de lo histórico. En todos los países capitalistas el capitalismo no es el mismo. El análisis empieza a partir del momento en el que se identifica a un país como capitalista y, sin embargo, se diferencia de otros países que también son capitalistas, es decir, cuando es capaz de establecer tanto la unidad como la diferencia de cada país.

El materialismo histórico no conoce argumentaciones que estén por encima de la historia, es decir, que se refieran a cualquier país en cualquier época. Es lo que sucede con la represión, que en este país padece el mismo vacío ideológico que la transición: también está fuera de la agenda de las organizaciones comunistas, seguramente porque la represión pasa a su lado pero no va contra ellas. Consideran preferible discutir los planes quinquenales, la coexistencia pacífica o los koljoses en la URSS que la ley de seguridad ciudadana, la ley de partidos, la de videovigilancia, la doctrina Parot, el régimen FIES, Interpol, Schengen, Echelon o las órdenes europeas de detención.

Cuando no se analiza la represión, no se analiza la historia. Donde hay una manifestación, al lado hay un policía antidisturbios. No se puede hablar de una cosa sin mencionar la otra. Una organización que no es capaz de analizar la represión, sus formas y su historia, no conoce al Estado contra el que pretende enfrentarse. Pero a esa organización no sólo le debería interesar conocer a fondo el contenido de la represión sino la naturaleza de la misma, las formas concretas que adopta porque, a veces, la represión es un acto extraordinariamente formalizado, mientras que otras los aparatos del Estado se sumergen en el funcionamiento paralelo, la tortura, las desapariciones y, en fin, los demás crímenes de Estado.

Pondré un ejemplo: en 1956 se prohibió en la República Federal de Alemania al Partido Comunista, algo que parece idéntico a la prohibición en España del PCE(r) en 2003. Sin embargo, no hay paralelismo posible, ambos fenómenos tienen poco que ver entre sí; ni Alemania es España, ni 1956 es 2003. Como corresponde a dos acontecimientos distintos, las formas no son las mismas. El KPD se prohibió tras un largo juicio ante el Tribunal Constitucional, con la parafernalia propia del caso; el PCE(r) lo prohibió un auto, es decir, una decisión de ínfimo rango de un único juez, en el que no hubo ni juicio, ni defensa, ni recurso de ninguna clase. El KPD había sido legal y luego cambió sus siglas por las de DKP y recuperó su legalidad; el PCE(r) nunca ha sido legal. El KPD nunca tuvo detenidos ni presos; el PCE(r) ha tenido unos 3.000 aproximadamente. Al KPD no le han asesinado militantes; al PCE(r) le han asesinado unos 30 aproximadamente. En fin, la prohibición del KPD responde a una situación coyuntural; la del PCE(r) es definitiva.

No creo necesario abundar en que para un comunista estudiar la represión es una práctica que consiste en luchar contra ella, y no sólo en denunciar su existencia. Tampoco me parece necesario repetir que para luchar contra un Estado hay que luchar también contra la represión de ese Estado.

Notas:

(1) Lenin, Sobre la caricatura del marxismo, Obras Completas, tomo 30, pg.98.
(2) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.581.
(3) “Los dirigentes que tenemos reflejan cómo somos”, dice en una entrevista el grupo musical Deff con Dos, que titula un reciente disco “España es idiota”: http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/49241-entrevista-a-def-con-dos-%E2%80%9Clos-dirigentes-que-tenemos-reflejan-c%C3%B3mo-somos.html
(4) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.581.
(5) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.664.
(6) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.604.
(7) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Obras Escogidas, tomo I, pgs.762 y stes.
(8) Dimitrov, Obras Escogidas, tomo I, pg.666.

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