




Tras realizar estudios en la Universidad de Cambridge y licenciarse en matemáticas y ciencias en 1922 siguió estudios de postgrado bajo la tutela de William Bragg en los laboratorios Davy-Faraday en Londres.
Hacia 1924 logró determinar la estructura molecular del grafito, una forma del carbono. En la Universidad de Cambridge, y junto con su discípula y futura ganadora del Premio Nobel Dorothy Crowfoot Hodgkin, tomó las primeras fotografías de rayos X de cristales proteicos, dando uno de los primeros pasos para los estudios de las macromoléculas orgánicas basados en cristalografía.
No le otorgaron el Premio Nobel a causa de la Guerra Fría, a pesar de que varios de sus discípulos y compañeros de investigación fueron laureados. Justo por entonces la cristalografía de proteínas se convertía en una herramienta clave para el avance de la biología molecular, pero a Bernal le dejaron fuera. Sin embargo, en 1962 sus colegas Max Perutz y John Kendrew se llevaron el Nobel de Química por sus estudios cristalográficos de las proteínas hemoglobina y mioglobina, y Francis Crick, James Watson y Maurice Wilkins obtuvieron el de medicina por sus descubrimientos sobre la estructura de la doble hélice del ADN.
Siempre le entusiasmó la conquista del espacio exterior. El monolito negro que expresa la inteligencia extraterrestre en la saga de novelas de Arthur Clarke («2001 Una odisea del espacio») también procede de Bernal. Fue un pionero de las estaciones espaciales orbitales, verdadera ciencía ficción para aquella época. En 1929 propuso la construcción de una estructura en forma de asteroide hueco y esférico, que se conoció como la Esfera de Bernal, de 16 kilometros de diámetro, capaz de mantener contingentes de 30.000 personas en el espacio de forma permanente.
En 1937 le nombraron miembro de la Royal Society de Londres, la máxima institución científica de Gran Bretaña. En 1958 le nombraron para la Academia de Ciencias de la URSS.
En junio de 1994 la revista francesa de divulgación científica «La Recherche»
publicó un número especial dedicado a un acontecimiento histórico que
se ha querido mantener oculto: el decisivo papel de un comunista en el desembarco de los aliados en las playas de Normandía. Para ello Bernal inventó los llamados puertos prefabricados Mulberry que se usaron en el desembarco y realizó la topografía del terreno y el suelo marino. La Armada Británica le asignó el rango de comandante para minimizar problemas relacionados con tener a un civil al cargo de las fuerzas de desembarco. Tras orquestar el Día D, Bernal desembarcó en Normandía al día siguiente.
Otra de sus aportaciones más importantes concierne al debate sobre el origen de la vida. En los países capitalistas conocemos al soviético Alexander Oparin gracias a que Bernal tradujo su obra al inglés. Pero Bernal propuso sobre el asunto hipótesis novedosas, como la intevención de la arcilla en la formación de quiralidad de las moléculas orgánicas. Luego las investigaciones de James Ferris confirmaron que las arcillas pueden actuar como catalizadores en la formación de las cadenas de ARN. El Premio Nobel Jack Szostak también ha demostrado que las arcillas pueden producir los ácidos grasos que componen las membranas de las células.
Bernal fue profesor en la Universidad de Londres. Junto con el soviético Boris Hessen, revolucionó la historia de la ciencia y sus obras, basadas en el materialismo dialéctico, han tenido gran difusión. En 1939 escribió un libro con el que inició de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, llamado «La función social de la ciencia». En 1954 publicó otra obra maestra «La ciencia en la historia».
A la muerte de su amigo, también científico y comunista, Frédéric Joliot-Curie, ocupó la presidencia del Consejo Mundial de la Paz y en 1953 la URSS le concedió el premio Stalin de la Paz por su contribución a la amistad entre las naciones.
En 1923 se afilió al Partido Comunista, una ideología que defendió a capa y espada hasta su muerte, ocurrida en 1971. Por eso en los países capitalistas la obra de Bernal ha sido salvajemente censurada, combatida e ignorada. Sin embargo, después de su muerte, en 1989, se celebró en Hamburgo un Simposio al más alto nivel para conmemorar el 50 aniversario de la publicación de su obra pionera «La función social de la ciencia».
«Indudablemente, los demócratas creen en las trompetas, cuyos toques habían derribado las murallas de Jericó. Y cuantas veces se enfrentan con las murallas del despotismo, intentan repetir el milagro» (Carlos Marx)
Por su parte, Anguita sostenía lo mismo con otras palabras, también en la última reunión del Comité Central del PCE. Venía a decir que sólo existe aquello que es racional: más o menos aquella frase que se atribuye a Hegel en defensa del absolutismo prusiano: «Todo lo real es racional y todo lo racional es real». En términos castizos: «No hay más cera que la que arde». Hay que dejarse de sueños e ilusiones y atenerse a lo que hay, a lo que verdaderamente existe.
Hace años se decía que todo aquello que desborda la realidad era utopía: no existía y -lo que es peor- nunca existiría. El socialismo utópico estaba desacreditado, pero en beneficio de una forma de socialismo calificado -ni más ni menos- que de científico. Hoy nadie es utópico y al científico se le tacha de fundamentalista, porque verdadera ciencia -dicen- no hay más que a la hora de estudiar la naturaleza. En cuestiones sociales y políticas hay que ser práctico, tecnócrata, moverse por cálculos utilitarios y no por principios o máximas, que solo existen en la religión, en el dogma.
Vamos a tratar de ver cómo, en realidad, lo que constittuye religión pura y simple es este nuevo pragmatismo, tan en boga en todos los ámbitos políticos, ya que si bien antes se reducía a una forma de pensamiento político propio y característico de la derecha, hoy ha contagiado a la izquierda, incluso a los más fervientes y viejos revisionistas. Y vamos a ver también cómo ese pragmatismo es, además, pese a todo su prurito laico, una de las peores y más burdas formas de religión.
La ‘paz’ de Westfalia
En realidad las cosas fueron bastante más lejos, porque el protestantismo significó el declive de la religión (de todas las religiones) en Europa, por varias razones. Entre otras, su idea de «sacerdocio universal» hacía de cada creyente un intérprete del dogma y, en consecuencia, inició una diáspora de corrientes, tendencias y movimientos, dogmáticos cada uno de ellos pero anti-dogmáticos en su conjunto. Inició la separación entre la Iglesia -reformada- y el Estado -burgués- lo que constituía un suicidio, porque ninguna teología podía sobrevivir separada -y por tanto no apoyada- políticamente.
La Iglesia no había sido más que una especie de Estado cuando el Estado no existía como tal, tras la caída del Imperio Romano, y la teología, un sucedáneo de las ideologías políticas: dogma cuando provenía de la clase dominante y herejía cuando se trataba de la clase dominada. En cada lucha contra la herejía no había -generalmente- más que represión de un movimiento popular. Así ha venido sucediendo hasta que la filosofía y la política adquirieron su mayoría de edad y se independizaron de todo ropaje bíblico, lo que históricamente coincide con el avance del protestantismo, que no fue más que un repliegue de la religión hacia el mundo privado, de la conciencia, dejando a las ideologías políticas su propio terreno. Pero lo dejaron abonado de escepticismo, de agnosticismo: tanto en teología como en ideología, los protestantes introdujeron la duda, el anti-dogmatismo, la incertidumbre permanente. Al final, la teoría cede en beneficio de la práctica, la teología en beneficio de la ingeniería y el escolasticismo en beneficio del empirismo. El mundo pasa a dividirse en dos campos: los dogmáticos y los escépticos, los fundamentalistas y los relativistas, los fanáticos y los tolerantes. Por supuesto, «nosotros» lo europeos, los «occidentales» somos los de «mente abierta»; lo de los demás es eso: fundamentalismo, un calificativo con pretensiones despectivas al que se trata de asociar lo peor de la intolerancia religiosa (fanatismo, oscurantismo, barbarie, violencia, etc.).
Ortodoxia
Se trataba del imperio del sincretismo, de la mezcla, del baile eterno de distintas ideologías que nunca llegan a acostarse juntas. Pero había algo: incoherentes, contradictorias y confusas, esas corrientes ofrecían proposiciones positivas. Ahora ya -casi- nadie se atreve a proponer nada por estos lares, ni bueno ni malo ni regular; todos están a la defensiva, a criticar lo que los «ortodoxos» y «fundamentalistas» proponen, para luego llamarles eso precisamente: ortodoxos y fundamentalistas. Pero eso ya lo saben los propios fundamentalistas.
Hoy predomina el vacío ideológico más espantoso; nadie se atreve ya a dar alternativas, a proponer programas, a convocar a nada; todo suena utópico e inútil. Pretenden que no seamos protagonistas sino espectadores, que observemos los sucesos con frialdad, desde la lejanía. Se puede opinar, comentar y hasta criticar, pero siempre que se trate de lo ajeno, de aquello en lo que no se interviene ni participa. Y los acontecimientos se deben analizar tal y como el periodista o el fotógrafo nos presentan la realidad: en la distancia, como árbitros imparciales.
Tal actitud deriva, como decía Lenin, de la posición clasista de los intelectuales en el capitalismo los cuales «ocupan una posición peculiar entre las otras clases, perteneciendo en parte a la burguesía por sus relaciones, por sus concepciones, etc., y en parte a los obreros asalariados, ya que el capitalismo, a medida que va privando a los intelectuales de su posición independiente, los transforma en asalariados dependientes y amenaza con rebajar su nivel de vida. Esta situación de transición, inestable, contradictoria de la capa social que examinamos, se refleja en el hecho de que en su seno se propagan más ampliamente esas concepciones indecisas, eclécticas, esa mescolanza de principios y criterios contradictorios; esa aspiración a elevarse a los dominios de la retórica y a esfumar con bellas frases los conflictos que enfrentran a los grupos históricos de la población» (Obras Completas, tomo IV, pg.205).
Hoy quedas desacreditado como juez si te conviertes en parte, o sea, si participas. Así que debes renunciar a intervenir para poder opinar. Especialmente si lo que propones se sale de los cánones de lo establecido, o no concuerda con el modo de operar unitario.
Todo esto agravado, además, por el hecho de que «hay que ser» demócrata, aceptar, admitir y no salirse de las pautas de la «mayoría». No importa lo que esa «mayoría» proponga, exija o decida: independientemente de ello, hay que hacer lo que esa «mayoría» resuelva. Tampoco importa cómo se forme esa «mayoría»; se supone que todo funciona automáticamente, que la opinión «mayoritaria» se reúne y se forma espontáneamente, que nadie es capaz de influirla, condicionarla o manipularla en su propio interés. Esa «mayoría» no es más que el mercado (o mejor, el supermercado) de las opiniones, creencias e ideologías en su libre y espontáneo desenvolvimiento. En lo político no hay monopolios: cada hombre tiene un voto. Nadie está en posesión de la verdad absoluta -dicen- por lo que hay que sumar las «medias verdades» de cada uno para poder decidir.
Pragmatismo
A los posesos de dicha enfermedad todo les parece neutro, aséptico y funcional. El pragmatismo se convierte en la filosofía de esa «mayoría». Pero el pragmatismo es la filosofía más estúpida que se ha inventado; es la única que ha tenido su origen en los Estados Unidos y fue elaborada por piadosos protestantes. Es la «filosofía de la praxis» pero sin filosofía. No aporta ninguna solución positiva a nada, carece de soluciones o iniciativas novedosas: trata simplemente de convencernos de que la «democracia» y la «mayoría» son como una botella vacía que se puede llenar con cualquier líquido. No hay democracia burguesa, ni democracia popular, ni democracia parlamentaria, ni democracia cristiana. La democracia -según ellos- carece de adjetivos.
Ese mismo relativismo es el que trata de imponer la burguesía hoy por todas partes. No se puede ser creyente ni ateo; hay que se agnóstico porque de lo contrario te tachan de fundamentalista, de teólogo, cuando son quienes así piensan los que no son capaces de salir de la teología, o mejor quizá, de una determinada forma de teología, aquella que impuso la burguesía hace cuatrocientos años, la de la reforma protestante. Fue el calvinismo quien rompió la teocracia medieval, separó la Iglesia -presbiteriana- del Estado -burgués- sobre la base de dos claves: la Iglesia -protestante- carece de organización y jerarquía; es sólo doctrina y dogma; el Estado -capitalista- es sólo organización y jerarquía: carece de doctrina y dogma.
Este Estado burgués calvinista no sólo admite todas las creencias, opiniones e ideologías, sino que, además, es «neutral» ante ellas, tolerante, abierto y no intervencionista: aconfesal en lo religioso, neutral en lo ideológico y abstencionista en lo económico. Tan aséptico como la máquina de vapor de Watt.
Quisiera, no obstante, hacer una salvedad que juzgo intersante. Me referiré a un piadoso calvinista inglés, padre y teórico del moderno Estado burgués, John Locke, quien en su «Carta sobre la tolerancia» dejó escritos cuáles eran los límites de esa tolerancia burguesa: «No deben ser de ninguna forma tolerados -y cito literalmente- quienes niegan la existencia de Dios. Las promesas, convenios y juramentos, que son los lazos de la sociedad humana, no pueden tener poder sobre un ateo. Prescinir de Dios, aunque sólo sea de pensamiento, disuelve todo».
Los modernos intelectuales agnósticos, objetivos, escépticos y fríos no son más que la correa de transmisión, los portavoces de la ideología oficial del Estado burgués: calvinistas empedernidos, vamos. Naturales como el Estado; pragmáticos como el gobierno; asépticos como el comentarista de un partido de «cricket»; vacíos como una botella de «whisky» escocés presbiteriano; cínicos, en fin, como el luterano que piensa que se salvará no por sus obras, sino por su sola fe. La teología protestante, como la de nuestros intelectuales, se singulariza por la predestinación ¿para que tratar de cambiar el mundo que está «condenado» a ser como es, o sea, capitalista? Así convierten la cultura en el nuevo «opio del pueblo».
Esos intelectuales son, igual que el Estado burgués, indiscutiblemente demócratas, partidarios de «lo que diga la mayoría», encadenados siempre a su palabra favorita: «depende». El invento de la democracia -palabra aborrecida hasta entonces- fue obra de otro ginebrino, Rousseau, seguramente vecino de Calvino y tan neutral como él, como la mismísima Suiza, su Cruz Roja y sus cuentas bancarias numeradas; tan mecánicos y objetivo como sus relojes de precisión.
Rousseau, sin embargo, sólo parcialmente redujo los problemas y discusiones políticas a términos cuantitativos y homogeneos: «cada hombre un voto y a sumar» es algo que sólo después han tratado de imponer. Pero incluso algo tan sencillo como eso envuelve una contradicción insoluble: sólo se pueden sumar cantidades homogéneas; la democracia y las «mayorías» no se basan en la pluralidad, en la diversidad, en la heterogeneidad, sino en todo lo contrario.
La construcción del Estado burgués se lleva a cabo sobre la base de la uniformidad a la que se denomina nación que no es más que la burguesía como clase y de la que se excluyen a todos los demás grupos sociales, incluso mediante el exterminio. Burke (irlandés, de padre protestante y madre católica) la definía como una unidad orgánica de rangos ordenados. La concepción burguesa de la nación como unidad, uniformidad y homogeneidad no sólo excluye, por supuesto, al proletariado, sino que además es lo que da lugar precisamente a las diversas, «cuestiones nacionales», a la opresión de las naciones minorizadas que comienza a producirse ya en los mismos orígenes del capitalismo. Así sucedió en Estados Unidos con los indios, en Alemania con los judíos o en España con los moriscos. Se perseguía una homologación cultural, religiosa, social y nacional. El «Estado representativo» de la burguesía no representa a todos, ni mucho menos, sino solo a unos pocos. Un filósofo tan querido por la burguesía como Kant decía que los trabajadores, por ejemplo, no eran personas, sino sólo peones de la sociedad que, por ello mismo, no podían votar en las elecciones. Nos han repetido hasta la saciedad aquello de que «todos navegamos en el mismo barco» cuando, en realidad, unos viajaban en primera, otros fregaban la cubierta y sólo unos pocos se instalaban en la cabina de mando.
Democracia
Rosseau decía que no bastaba que las leyes fueran expresión de la «voluntad general» sino que, además, debían estar destinadas al «bien común». No puede haber voluntad general ni intereses comunes entre clases, grupos y colectivos opuestos y enfrentados. Lo que normalmente se califica hoy de «mayoría» no es realidad tal mayoría, sino precisamente una minoría oligárquica economicamente dominante. Quien se atiene al criterio de esa «mayoría» no hace más que seguir la política de la burguesía; quien acata esa «mayoría» está esclavizado por la burguesía.
Ni la democracia ni la mayoría tienen nada que ver con lo que ahora existe. No reflejan la voluntad mayoritaria ni se ejercen en interés de la mayoría. La burguesía sólo concedió el sufragio universal cuando pudo formar «mayorías» a medida de sus intereses, cuando fue capaz de conseguir que las elecciones hicieran de una minoría real una mayoría aparente.
Los mecanismos a través de los cuales se obtiene una mutación de esas características son muy variados y prolijos. Hoy una infinita gama de mecanismos que van desde el terror puro y simple hasta la intoxicación ideológica más sutil y refinada. Hoy no es difícil para el Estado de los monopolios recabar en cada momento la «mayoría» justa que necesita. Dispone del ejército, de la banca, de los medios de comunicación, de la ley electoral, de los partidos y de un largo etcétera de herramientas suficientes como para colocar la etiqueta democrática de un día para otro al despotismo más exagerado.
Y todo esto porque el Estado -según los calvinistas- es neutral y apolítico: un día está al servicio de una dictadura feroz y corrupta, y al día siguiente es un servicial gestor de los intereses de la «mayoría»; un día la policía te tortura y al siguiente te indica gentilmente una calle. Si hay dictadura es por culpa de una minoría; si hya democracia es reflejo de la mayoría. En las dictaduras la minoría aplasta a la mayoría; en las democracias, la mayoría respeta a las minorías. En las dictaduras la minoría es siempre minoritaria; en la democracia la mayoría puede transformarse en minoría, y viceversa.
El carácter fraudulento de esa forma de agnosticismo político no puede ser más descarado. Una mayoría no puede ser siempre más que mayoritaria: los órganos políticos deben expresar sus intereses y la gestión pública debe hacerse en su favor. Si no sucede de esa forma lo que hay que cambiar no es la mayoría, no hay que hacer de la minoría la mayoría, sino cambiar el sistema político.
Hoy la mayoría es la clase obrera: la única democracia posible es la que exprese la voluntad de los trabajadores y la única política la que defienda los intereses de esta clase. No basta que un diputado sea elegido por los trabajadores, sino que debe actuar en cada momento en pro de sus aspiraciones. En consecuencia, debe poder ser revocado por quienes le votaron si no promueve las necesidades de sus votantes. No bastan elecciones periódicas: hay que participar consciente y activamente en las decisiones y en la gestión pública. Si la democracia tiene hoy sentido no es más que ese exactamente, y es todo lo contrario de lo que nos rodea.
El diluvio universal
Es inconcebible pretender analizar cualquier fenómeno social sin comprender el antagonismo que envuelve. Calvino envió a Servet a la hoguera, pero éste hubiera hecho lo mismo con Calvino: la unidad o la trinidad de Dios no podían resolverla de otra manera, no cabían votaciones, «mayorías», «democracias» ni parlamentos. Si los cistercienses hacian del Estado -feudal- el «brazo armado» de la Iglesia -romana- los luteranos invirtieron los términos: los sacerdotes no eran más que funcionarios del Estado, su «brazo ideológico», idea ésta que fue la que finalmente se impuso, incluso en los Estados católicos, hasta que finalmente tan distinguidos funcionarios fueron relevados por otros más eficaces: la policía, los militares y los recaudadores de impuestos.
Fueron los protestantes, pues, quienes convirtieron a los ministros de Dios en ministros del gobierno burgués. Reirnos del Islam y criticar sus normas y costumbres cuando no somos capaces de evaluar críticamente nuestra propia historia, me parece un «intolerable» ejercicio de petulancia. Eso de cortar la mano por determinados delitos, no solamente no es privativo de los países musulmanes, sino que aparece en el Fuero de Vizcaya (teóricamente vigente según la actual Constitución) y fue Kant quien justificó la «ley de talión»; la blasfemia todavía es delito en España; los repertorios de jurisprudencia aún enseñan cómo nuestro Tribunal Supremo declaraba en 1974 procedente el despido de un maestro que en sus enseñanzas no tenía en cuenta la providencia divina; y el «Jefe del Estado» venía nombrando a los obispos con el beneplácito de Roma hasta hace bien poco. Entonces, ¿de qué podemos vanagloriarnos?, ¿Habrá que recordar que en esta España «democrática», lo mismo que en los Estados Unidos, aún existen los capellanes castrenses?, ¿No es la reina de Inglatera al tiempo la jefa de la iglesia de su país?, ¿No nos dicen los medios de comunicación que lo del Ulster es una guerra entre católicos y protestantes? Todas las constituciones monárquicas europeas han declarado «sagrada» la persona del rey, incluída la de alguien como Alfonso XIII. Y tampoco queda tan lejos la imagen del Papa bendiciendo los cañones que Mussolini enviaba a conquistar Abisinia.
Es más: todos los modernos Estados nacionales europeos son construcciones influenciadas por el cisma religioso iniciado por los protestantes y en base precisamente a sus principios políticos. Las propias lenguas nacionales fueron desarrolladas contra el latín papista; la predicación en el lenguaje popular vernáculo es una idea básica de los protestantes. Lutero y Calvino están considerados entre los forjadores de los idiomas alemán y francés respectivamente. «La traducción que Lutero hizo de la Biblia -escribió Hegel- ha sido de un valor inapreciable para el pueblo alemán. Este ha recibido en ella un libro nacional, como no lo tiene nación alguna del mundo católico. Las naciones católicas tienen un sinnúmero de libritos de oraciones; pero no un libro fundamental para el adoctrinamiento del pueblo». En Euskadi sabemos que nuestro idioma escrito hasta hace bien pocos años consistía en devocionarios, misales y salmos religiosos. Que Sabino Arana, nuestro padre fundador (tanto del nacionalismo como del idioma vasco), establece la ecuación «euskaldun = fededun» (vasco = creyente) y que el ideario «jelkide» (nacionalista) no es otro que «Jaungoikoa eta lege zaharrak» (Dios y leyes viejas).
La religión era el opio del pueblo; su función fue siempre recabar e imponer disciplina a los trabajadores en beneficio de las clases dominantes. Los mayores peligros para la religión han derivado siempre de las revoluciones, de las sublevaciones populares, porque demostraban el fracaso y la ineficacia de la función sacerdotal, el divorcio entre el pueblo y el púlpito. El protestantismo fue la cuna que acabó rompiendo el monopolio ideológico de la Iglesia, de todas las Iglesias cristianas. Es por ello que desde su aparición, el Estado burgués ha tenido que ir recambiando a los predicadores religiosos por otros nuevos predicadores; los intelectuales, esos nuevos funcionarios escépticos y cínicos, esos plumíferos que dicen «pasar» de todo, especialmente de «mullahs», de «ayatollahs» y de «guerras santas». En realidad no pasan de nada: no podrían pasar sin el sueldo que les viene del Estado. Porque ellos mismos no son más sacerdotes secularizados; porque su dogma es el relativismo, el pragmatismo, el escepticismo, el servilismo -en fin- hacia sus amos, hacia quienes les pagan.
La Guerra Santa
A falta de otros recursos ideológicos, la teología islámica -como todas las teologías- es capaz de proporcionar lo necesario para captar el ánimo de los musulmanes de un bando y de otro, lo mismo que la Biblia servía en Inglaterra tanto a los episcopalianos del arzobispo Laudo como a los presbiterianos del reverendo Knox o a los puritanos de Thomas Cartwright. Entre nosotros: la polémica sobre si la Guerra del Golfo [1990] ha sido una guerra justa o injusta, no ha sido más que una discusión teológica, una vieja discusión en términos teológicos, que incluso Lenin utilizó para referirse a la Primera Guerra Mundial como guerra «injusta», o sea, «imperialista». Que alguien trate de calificarla como «santa» no es más que otra forma de hablar de lo mismo. El problema consiste en discutir precisamente si es o no «santa». La tropa que Cromwell reclutaba por las tabernas para hacer la revolución -burguesa- en Inglaterra acabó transformándose en «el ejército de los santos», al que también se le llamó «ironside» (costilla de hierro) porque jamás se rendía: hoy los llamarían fanáticos y fundamentalistas, pero fueron los forjadores de Inglaterra.
El carácter belicoso de la teología brota por todos los poros. El evangelio de San Mateo (26,51) como el de San Lucas (22,47) cuentan que al ir a detener a Jesús cuando rezaba en el huerto de los Olivos, algunos de sus seguidores pretendieron evitarlo sacando sus espadas, hasta el punto de que llegaron a cortar la orreja de un ayudante del Sumo Sacerdote (San Juan 18, 10): no cabe duda, pues, de que se trataba de una organización armada. En otro apartado, el evangelio de San Lucas cuenta (22,36) cómo Jesús recomendaba a sus seguidores que lo vendieran todo y compraran armas, porque iban a ser perseguidos y debían defenderse.
Las guerras de religión del siglo XVII fueron la expresión más clara de ese intento de resolver los problemas políticos a cañonazos: «La existencia de los protestantes -recurrimos otra vez a Hegel- no podía asegurarse sin lucha en ninguna parte, pues se trataba no de la conciencia como tal, sino del poder político y propiedad privada que los protestantes habían tomado contra los derechos de la Iglesia y que ésta reclamaba».
Las diferencias con la ideología secular actual son evidentes; el intelectual tolerante de nuestros días carece de ideas propias y, por tanto, no está dispuesto a luchar por ellas, a sacrificarse; el fundamentalista está convencido y, pese a padecer tortura y cárcel no cede; por el contrario, la misma práctica, el mismo choque de sus ideas con la realidad y con el antagonista, o le hacen cambiar o se las confirman cada vez con mayor rotundidad. El escéptico no quiere verificar sus ideas; dice que él no es el mesías y que no quiere imponer su forma de pensar a los demás; no puede contrastar su pensamiento, de manera que es siempre errático. Por contra, el fundamentalista acaba transformando en ciencia sus convicciones: solo los fundamentalistas han triunfado en la historia porque sólo ellos han estado dispuestos a luchar, a batirse en la «guerra santa».
La clave no es más que esa: la práctica. Las teorías y las teologías se esfuman cuando se enfrentan al «rudo mundo exterior» y se tienen que transformar en ciencia. Y la ciencia no está sólo para interpretar el mundo, sino para modificarlo. En contra de lo que los pragmáticos pretenden, solo hay verdaderas ideas cuando el pensamiento tiene relación con la realidad y pretende cambiarla. Eso no sólo no es utopía, sino auténtica ciencia: socialismo científico.
Que esa modificación requiera violencia no depende más que del oponente, del que pretende seguir beneficiándose de lo existente, de lo real. Según Hegel, «el pensamiento se ha convertido en violencia allí donde lo positivo que tenía enfrente era violencia».
Esa obligación se impuso por decreto, y lo mismo ocurre con la renta básica, que también se aprueba por decreto, para lo cual hay un acuerdo institucional casi unánime. En mayo del año pasado el Parlamento de Extremadura aprobó el proyecto de ley de Renta Básica por consenso: votaron a favor 63 de los 65 diputados autonómicos, incluidos los del PP.
El 9 de noviembre de 2011 el diario «El País», siempre atento a las causas justas, hizo de portavoz del 15-M y tituló: “Una renta básica universal nos sacará de la crisis”.
Es la pócima mágica para el capitalismo en crisis. Según el economista Daniel Raventós, “eliminaría casi de golpe la pobreza”. Sus posibilidades son insospechadas. Es posible que la renta básica acabe con el cáncer, los maremotos y los accidentes de aviación. Puede acabar con todo. Si sigue el ejemplo de Extremadura y aprueba un decreto parecido en Madrid, el PP puede acabar con el capitalismo de un plumazo.
La burguesía no da un palo al agua; sólo mira su cuenta corriente y sus beneficios, que se imagina que le llueven del cielo. Especialmente desde la entrada del capitalismo en su fase imperialista, la burguesía se ha convertido en una clase rentista, parásita y algunos quieren crear una sociedad a la imagen y semejanza de esa clase social: rentista y parasitaria.
El movimiento obrero, por el contrario, siempre ha luchado contra el paro, que es una de las lacras del capitalismo. Precisamente por ello, pone el énfasis en el trabajo, en las condiciones de trabajo, en la remuneración del trabajo. Además el proletariado juzga a las personas en función del trabajo: quien no quiere trabajar es un holgazán que vive a costa de los demás.
Por más que insistan en decir lo contrario, la crisis no tiene culpables. Lo que tiene son causas. Para acabar con los efectos, con la crisis y la pobreza, antes hay que acabar con la causa, el capitalismo, de manera que si el capitalismo se reproduce, si no se acaba con él, la crisis será cada vez más profunda y la pobreza cada vez más severa.
La renta básica no puede acabar ni con la crisis, ni con la pobreza, porque no acaba con las causas de ambos: el capitalismo.
«El Estado-rentista, decía Lenin, es el Estado del capitalismo parasitario y en descomposición, y esta circunstancia no puede dejar de reflejarse tanto en las condiciones político-sociales de los países correspondientes en general como en las dos tendencias del movimiento obrero en particular» (El imperialismo, fase superior del capitalismo).
No es posible luchar contra la burguesía rentista sin luchar al mismo tiempo contra el rentismo y el parasitismo. Las consignas están, pues, donde siempre: el movimiento obrero se manifiesta contra el paro, exige el pleno empleo y unas condiciones dignas de trabajo que sólo son posibles en el socialismo.
Por el contrario, esos a los que Domenec califica como encapuchados (blanquistas, anarquistas) no pueden exponer abiertamente sus propuestas. El debate está, pues, trucado desde el principio. Domenec sabe que tiene carta blanca, que no le van a acusar de «apología del terrorismo», mientras que los otros tienen un problema mucho más serio: tienen que callarse la boca, lo que los oportunistas como Domenec aprovechan a la perfección para explayarse en exclusiva.
Bajo la ridícula pretensión de una «observación empírica de la sociedad» el artículo hace apología del fascismo y de la represión; critica un tipo de violencia, la de las masas, y oculta la violencia de los antidisturbios, que deja en un segundo plano.
Según el cabecilla de CJC, en Gamonal la lucha ha revestido un carácter violento, lo cual es sólo una parte de la realidad. Esa ocultación va luego seguida de una segunda, aún más importante: ¿por parte de quién ha sido violenta?, ¿quién es el violento?, ¿a quién llama violento Domenec?, y ¿quién hizo que lo que hasta un determinado momento era pacífico cambie de signo? ¿Acaso la lucha en Gamonal empieza con las barricadas o más bien acaba en ellas?
Para lavar la cara a los antidisturbios los apologistas del Estado burgués dicen que la policía acude a una manifestación para reprimir la violencia de los manifestantes y, por lo tanto, son los manifestantes los que tienen la culpa de ella, de la intervención de la policía y de la violencia que desencadena. Pero no explican los motivos por los cuales la policía acude a una manifestación. ¿Qué pinta la policía en una manifestación? Es más: ¿qué pinta la policía en una manifestación antes de que suceda ningún episodio de violencia?, ¿no tratan de intimidar a la gente para que no acuda?, ¿no es eso violencia y amenaza de la violencia?, ¿no es la policía la causa de la violencia en las manifestaciones? Eso es lo que merece una explicación para entender lo que Domenec y demás oportunistas llaman «la violencia».
En un ejercicio de maniqueísmo infantil, Domenec establece una dicotomía absurda según la cual hay dos tipos de personas. En primer lugar, el obrero de Gamonal que decide emplear la violencia para resistir a las cargas de los antidisturbios y, en el otro, el anarquista que quema un contenedor en una manifestación. Pero, ¿acaso los anarquistas no son obreros, ni son de Gamonal?, ¿son extraterrestres llegados de Euskadi, como dicen los fascistas, con el manual de la kale borroka en la mano?, ¿quemar un contenedor no es una forma de resistir a las cargas de los antidisturbios o tiene Domenec su propio manual de kale borroka sobre el mejor modo de resistir a las porras y los pelotazos?
Ese maniqueísmo corre paralelo con el invento de otras dos concepciones que Domenec considera «profundamente arraigadas» en la sociedad. Por una parte, los no violentos y, por la otra, los herederos de Blanqui, los de la «cara tapada». Pero ese planteamiento es falso. En realidad Domenec sólo quiere hablar en contra de estos últimos para apoyar a los anteriores, a los no violentos, de una manera camuflada, sin que se le vea el plumero demasiado.
Para despacharse a gusto contra los «herederos de Blanqui», Domenec se tiene que inventar las dos cosas, es decir, tanto a Blanqui como a sus herederos. Entre los oportunistas como Domenec el recurso al comodín de Blanqui y el blanquismo es una constante. Lenin fue acusado de blanquismo por los mencheviques y Rosa Luxemburgo ya avisó de las manipulaciones que los revisionistas hacían hace cien años de la etiqueta de Blanqui, aunque lo más corriente es que no tengan ni la más remota idea de quién fue Blanqui y qué fue el blanquismo.
El cabecilla de CJC dice que Blanqui pasó media vida detrás de los barrotes por su lucha revolucionaria, añadiendo que la misma fue «absolutamente ignorada por la clase obrera». ¿También eso lo ha observado empíricamente este manipulador? Domenec necesita tergiversar las cosas para que queden a su gusto, de manera que pueda introducir por la rendija la «vocación de masas» de su grupo, su afán por ser conocidos, de convertirse en referente y actuar a cara descubierta. Pues si CJC quieren ir por ese camino lo que deberían hacer es tomar ejemplo de Femen, que son más conocidos aún y actúan completamente al descubierto.
Los blanquistas tuvieron una relación con las masas que CJC no es capaz de imaginar siquiera. Ellos fueron, junto a los proudhonistas, el partido obrero dominante en Francia en el siglo XIX, participaron de una manera decisiva en la Revolución de 1848 y en la Comuna de París de 1870, tras la cual algunos se exiliaron a Londres, donde Marx los acogió solidariamente e incorporó a la Primera Internacional. ¿No fue eso «vocación de masas»?
Engels dijo que Blanqui había sido un «precursor». Los oportunistas deberían lavarse bien su sucia boca antes de hablar de alguien que pasó 35 años de su vida encerrado en las cárceles por participar activamente en los acontecimientos europeos más importantes del siglo XIX al lado de la clase obrera. La liberación de Blanqui de la cárcel fue una exigencia constante del movimiento obrero francés, que logró sus objetivos en varias ocasiones mediante la lucha popular, es decir, que no fue el personaje aislado y solitario que Domenec quiere dibujar, que no fue de esos que «renuncian a tener contacto con las masas» porque los blanquistas fueron los únicos que tuvieron diez delegados en el Consejo de la Comuna de París, convocaron manifestaciones de decenas de miles de obreros, obtuvieron escaños en el Parlamento con otros tantos miles de votos procedentes del proletariado y reunieron a otros 100.000 en el funeral de Blanqui.
¿Pero acaso hay alguien que renuncie tener contacto con las masas o más bien a lo que renuncian es al contacto oportunista, legalista y pacifista con ellas, que es lo que este capitoste de CJC aplaude?
El oportunismo de Domenec se torna en puro idealismo infantil cuando dice que prefiere «una manifestación pacífica con miles de obreros a un altercado violento protagonizado exclusivamente por gente politizada». El problema es que no se trata de elegir entre una cosa u otra, porque lo corriente es que ocurran ambas cosas, es decir, que una manifestación pacífica acabe en un altercado violento. Otro problema es que quien elige no es él, ni nadie diferente de la policía porque ella es la única responsable de la violencia y sólo a un infame sicario suyo se le ocurre asegurar que la violencia la protagoniza «exclusivamente» la gente politizada.
La infamia va alcanzando tonos realmente vergonzosos cuando Domenec propone dar la espalda a los encapuchados porque «bien podrían ser policías». Para cualquier antifascista con la policía no cabe otra: darle la espalda. Pero Domenec es un cínico sin escrúpulos que trata de justificarse en la infiltración policial para «dar la espalda» al manifestante, lleve capucha o no, y su cinismo le sirve para disimular que, en realidad, él a quien defiende es a los antidisturbios.
Domenec va alcanzando el éxtasis cuando dice que la revolución de 1917 «se logró prácticamente sin muertos». Como los demás reformistas, para sostener ese infundio utiliza el truco de reducir la revolución al asalto al Palacio de Invierno, y poco más. Pero la revolución nace dentro (y es inseparable) de una brutal guerra imperialista y fue seguida de una no menos brutal guerra civil, de la que también es inseparable. Para que la revolución triunfara los bolcheviques prepararon un meticuloso dispositivo militar, de manera que las fotos del momento no muestran a los obreros y campesinos con las manos vacías sino bien armados de fusiles, de los que conocían su manejo.
Lenin escribió muchas cosas, pero no recuerdo que dijera, como pretende Domenec, que «una revolución no tiene por qué ser violenta» y que «la violencia depende de la resistencia que ofrezca la burguesía». Pero lo dijera o no, eso es rigurosamente cierto y para entenderlo cabalmente Domenec debería haber añadido que la burguesía no sólo va a resistir sino que lo va a hacer de la manera feroz y brutal que acostumbra. Lo que ocurre es que, al alinearse Domenec con los fascistas, tiene su mismo punto de vista, lo que le lleva a dar la vuelta al asunto una vez más.
La violencia es responsabilidad del aparato del Estado fascista y de la contrarrevolución; ahora mismo no tiene sentido decir que la burguesía resiste; quien resiste es el proletariado.
(*) Domenec Merino: Un acercamiento al debate sobre el uso de la violencia y la no-violencia en la lucha popular, Tinta Roja, 30 de enreo de 2014, http://www.tintaroja.es/opinion/260-un-acercamiento-al-debate-sobre-el-uso-de-la-violencia-y-la-no-violencia-en-la-lucha-popular
La situación en Euskadi pivota sobre tres ejes fundamentales, sin los cuales es imposible entender los acontecimientos más recientes. El primero es la persistencia del fascismo, de España como Estado fascista y a eso, y no a otra cosa, es a lo que se enfrenta el movimiento de liberación en Euskadi. El segundo es la degeneración revisionista del PCE, que en Euskadi tuvo su prólogo en los tiempos de la guerra civil con Astigarrabía, es decir, ya antes de 1956, y cuyas consecuencias fundamentales fueron la confusión y el seguidismo respecto del movimiento nacionalista. El tercero es el cambio social ocurrido a partir de los años sesenta, que incorporó al proletariado urbano sectores campesinos rurales, que aportaron sus propias concepciones ideológicas, las cuales acabaron por imponerse porque el revisionismo les abonó el terreno.
Se puede decir, pues, que el movimiento nacional en Euskadi es ambiguo por partida doble y se alimenta a sí mismo con la riada de chovinismo y centralismo que llueve cada día. Por su propia naturaleza de clase todo movimiento nacionalista es ambiguo hasta cierto punto, por lo que el vasco no se diferencia de otros, sino que es una ambigüedad mucho más acusada, cuantitativa y cualitativamente. Dado que la confusión viene de lejos, la mezcolanza está profundamente arraigada, y dado que el movimiento se ha enfrentado de una manera consecuente al Estado, ha tenido una repercusión mucho mayor que otros.
Aunque un movimiento nacional es siempre socialmente amplio, quien lo define es su fuerza dirigente, que es quien impone las formas de organización, las líneas, los programas, e incluso una terminología propia y característica. No obstante su composición social, la masa que lo conforma, en el movimiento abertzale esa fuerza dirigente ha sido la pequeña burguesía, a la que el revisionismo le ha permitido arrastrar tras de sí a una parte importante del proletariado. A eso es a lo que llaman “pueblo trabajador vasco”.
Si hay un lugar en el que la claridad es más necesaria que en otros, ese es Euskadi, y no caben eufemismos; todos los intentos por escurrir el bulto son contraproducentes. No será necesario decir que tal clarificación sólo puede redundar en un reforzamiento y un avance del propio movimiento de liberación nacional. Si hay alguien a quien hay que hablarle claro es a aquel con el que hay confianza, al amigo, al aliado, mientras que con el enemigo no se discute nada. Tampoco creo necesario recordar que con los amigos no valen medias tintas. Yo no puedo ser amigo de nadie que no me hable claro, que piense una cosa y me diga otra, que no sea franco conmigo. Finalmente, tampoco creo necesario puntualizar que no se puede confundir la amistad con el amiguismo. El aliado, el amigo no es el amiguete, ni el colega, es decir, ese tipo de relaciones, más personales que políticas, que tanto abundan en determinados círculos.
Aparentemente ha sido la liquidación de lo que durante estos años ha sido la izquierda abertzale lo que ha creado la confusión, pero no es así. El movimiento de liberación nacional ya ha empezado a liberarse, por fin. Esa liquidación, lo mismo que la liquidación de la URSS en 1991, es lo que va a favorecer una aclaración que era necesaria desde hace mucho tiempo. La izquierda abertzale necesita imperiosamente un ajuste de cuentas consigo misma y veremos la manera en que lo aborda porque si se escuda en el “tono” o en las “formas” de la crítica, o si se las toma como una agresión, sigue por el mal camino, lo mismo que siempre.
En lo que el proletariado respecta, una amplia experiencia histórica demuestra, una y otra vez, que no puede abandonar la dirección ni de la lucha antifascista ni del movimiento de liberación nacional, y para dirigir necesita un partido comunista, que no se parece, ni de lejos, a ninguna otra forma de organización de ninguna otra clase social, que tiene un programa propio, su línea política, su propia ideología y sus propios principios. Ese es el punto de partida, de manera que si en Euskadi no hay un partido comunista, lo primero que hay que hacer es crearlo, y si ya existe hay que unirse a él. No se puede empezar nada por ningún otro sitio, y menos por el final. El partido comunista es el eje de coordenadas; todo lo demás empieza a contar a partir de ahí.
Pero la experiencia del “frente norte” en la guerra civil demuestra que ni siquiera eso es suficiente. A pesar de la demagogia que durante décadas ha alimentado el PNV, en dicho “frente norte” no hubo realmente guerra porque bajo Astigarrabía el PCE entregó la dirección a la burguesía, una tarea que ésta no puede llevar a cabo. En la medida en que la liberación nacional de Euskadi hoy es más de lo mismo, hay que acabar con el seguidismo de los comunistas en Euskadi respecto a la burguesía y al movimiento nacional, o lo que es lo mismo, poner ese movimiento en manos del proletariado y su partido comunista.
Pero no es eso lo que han llevado a cabo en Euskadi la mayor parte de los grupos que se llaman comunistas que, como en los tiempos de Astigarrabía, siguen siendo un apéndice de la burguesía, que se mueven cómodamente dentro de la confusión, de los “frentes” y las “alianzas”, como pez en el charco. Nunca han pretendido ser otra cosa que una parte residual de ese movimiento nacional y en la medida en que dicho movimiento está en trance de liquidación, forman parte integrante de su naufragio.
Las tendencias liquidacionistas siempre han estado presentes dentro del movimiento abertzale, cuya historia es un continuo tejer y destejer de escisiones, corrientes y siglas cuyo hilo conductor es casi imposible seguir a lo largo del tiempo, hasta que, finalmente, se metió en el embudo de sus propias ambigüedades, de las que incluso tanta ostentación ha hecho gala. No se trata de que no haya identificado quiénes son sus enemigos, sino que nunca ha sabido quiénes eran sus amigos, lo cual conduce siempre a tener a los enemigos por amigos y a ver enemigos (“españolistas”) donde no los hay.
Lo nuevo no es que ahora haya liquidadores sino que se han impuesto precisamente en un momento en el que, dada la crisis económica, las condiciones son más favorables que nunca para el movimiento independentista. El momento que han elegido para proclamar su rendición a los cuatro vientos no es ninguna casualidad, coincide con la crisis capitalista de 2007, que ha puesto las cosas en el sitio justo en el que la izquierda abertzale nunca las quiso tener. Ahora el protagonismo corresponde a la clase obrera y eso es justamente lo que la liquidación trata de impedir, vincular las reivindicaciones nacionales a la revolución socialista, que es el núcleo de la olvidada (y nunca aclarada) consigna de “independentzia eta sozialismoa”.
La crisis económica, pues, vuelve a poner al partido comunista en el eje de coordenadas, cuya línea debe ser distinta, cuyo programa debe ser distinto y cuyas formas de organización también deben ser distintas de las del movimiento nacional.
Esas lacras del capitalismo son la esencia misma del lerrouxismo que hoy, con los medios de comunicación burgueses en primer plano, especialmente la televisión, toman nuevos aires en los índices de audiencia. En épocas de crisis los medios llevan la demagogia al terreno político; sustituyen la prensa rosa por El Intermedio y a Belén Esteban por Pablo Iglesias. Necesitan cambiar los rostros, nuevas vedettes del entretenimiento político y nuevas siglas que sustituyan a las ya viejas, gastadas y desacreditadas.
El lema del capitalismo es «renovarse o morir», tanto en el supermercado como en las urnas. Pero a la hora de hacer cualquier cambio la reacción (la derecha, los conservadores) muestra un serio handicap: son siempre más de lo mismo, aburridos, grises, tediosos. Por ello, toda renovación del Estado burgués procede de la izquierda, que es capaz de hacer desfilar unas siglas tras otras, de aportar nuevos figurines críticos, programas ilusionantes y piquitos de oro.
En Francia ocurre lo mismo y ha encontrado en José Bové su Pablo Iglesias particular, pero mientras éste es el típico diletante hispánico, charlista infatigable y vendedor de humo, con 60 años el galo tiene una tarjeta de visita que presentar: es nada menos que un campesino contestatario, radical y varias veces represaliado antes de ser eurodiputado.
A diferencia de Iglesias, Bové ha demostrado que se pueden prestar importantes servicios al capitalismo europeo luchando contra el neoliberalismo. Cuando en 2005 peligró la Constitución europea por la oposición de la sopa de grupos de izquierda, verdes y alternativos, Bové se postuló a sí mismo como candidato a la presidencia de la Unión Europea para 2007. Su propósito era el de unir ese marasmo contra el neoliberalismo, es decir, para promocionar el viejo programa socialdemócrata al que calificaba como «la izquierda de la izquierda».
Desde 2009 Bové es el cabeza de lista de Europa Ecología que reagrupa a los principales grupos verdes franceses que, a diferencia de los alemanes, siempre han sido oposición; aún no se han destapado políticamente como los caniches del capitalismo que son. Por eso aún pueden ser utilizados para seguir sembrando ilusiones y que las urnas no queden vacías.
A europarlamentarios como Bové hay que llenarles los bolsillos y darles relieve para que no dejen nunca de ser figurines televisivos. Por ello en 2009 le hicieron vicepresidente de la Comisión de Agricultura, desarrollo rural y comercio internacional del Parlamento de Bruselas.
Es posible que su viejo sueño de presidir la Comisión Europa no tenga que esperar mucho. Este mismo año Durao Barroso se larga. Su sustituto tiene que salir de las elecciones europeas de mayo, en las que tambien participará Pablo Iglesias. Los diferentes partidos tienen que proponer a sus candidatos y los verdes son la segunda fuerza europea.
¿Hay algo más viejo que Europa y más acabado que su Unión Europea? De no ser por los medios de comunicación en Europa casi nadie se enteraría de las convocatorias electorales porque hace ya tiempo que las elecciones las hacen las televisiones, en las televisiones y para las televisiones. El circo electoral necesita el mismo tipo de personajes que la prensa del corazón; no hay ninguna diferencia entre una tertulia rosa y otra política.
La Unión Europea acaba este año con su Prachanda particular y necesita un nuevo timonel, alguien que le de un poco de luz y color, que cambie las cortinas, rodapiés y gotelé hasta las próximas elecciones. Eso sólo lo puede hacer «la izquierda de la izquierda», nuevas personas para viejos personajes, alguien que nos motive, camaleones como Iglesias y Bové. Sabemos que no van a hacer nada, que no quieren hacer nada, que no les dejan hacer nada, que no saben hacer nada. Pero nos caen bien y por eso les votaremos. ¿O no?
Lo mismo que la vida, la obra de ambos es una misma obra. Siempre ha resultado imposible editar las obras de uno separadas de las del otro. Muchos de los escritos que se atribuyen a uno, los redactó el otro. Algunos de los libros que uno escribió el otro los revisó. Al acabar de redactar «El Capital» en 1867 Marx le escribió a Engels: «Te debo solamente a tí haber podido hacerlo. Sin tu sacrificio no me hubiera sido posible llevar adelante los enormes trabajos necesarios para estos tres volúmenes».
En las luchas políticas se embarcaron en el mismo empeño, con una coordinación que no tiene parangón en la historia. No se les conoce ningún tipo de divergencias entre ellos, ni permitían que nadie hablara mal de uno en presencia del otro, como demuestra una carta de la hija de Kugelmann dirigida en 1928 al Partido Bolchevique en la que narraba los recuerdos suyos y de sus padres sobre Marx, quien había pasado largas jornadas en su casa de Hannover. Describe a Marx como un hombre al que nunca vio sobresaltarse, excepto una vez que escuchó a un militante hablar mal de Engels: «Las relaciones que existen entre Engels y yo son tan estrechas y cordiales que nadie tiene el derecho de inmiscuirse en ellas», dijo Marx.
No obstante, hay unos cuantos trileros empeñados en sostener lo insostenible: oponer el uno al otro. Creen que Engels es un segundón, un escalón inferior a Marx en el que creen haber encontrado un punto débil para atacar al marxismo. Uno de esos trileros fue Sidney Hook, profesor de la Universidad de Nueva York, que reunía dos condiciones indispensables: además de filósofo era un agente de la CIA y la finalidad de sus cursillos fue la de ofrecer a sus alumnos una interpretación realmente «revolucionaria» de Marx, según confesaba en uno de sus libros, que consistía en liberarla de las formulaciones «anticuadas» de Engels. Hook quería refundir a Marx con el pragmatismo, lo mismo que otros lo han intentado con el kantismo, con el hegelismo, con el sicoanálisis… con cualquier cosa menos con el ruin Engels. Desde entonces el marxismo tiene muchos sabores diferentes.
No es algo reciente sino que la burguesía empezó su batalla ideológica contra Engels durante la vida de ambos camaradas, como le escribió a Bernstein un mes después de la muerte de Marx: «El sainete del ruin Engels que ha falseado al bravo Marx se ha representado un número incalculable de veces desde 1844».
El propio Bernstein, que durante un tiempo tuvo la confianza de Engels, estuvo en el meollo del intento de dividir a ambos. En los últimos años de la vida de Engels, la socialdemocracia alemana manipuló la «Introducción» que escribió para una reedición de «Las luchas de clases en Francia» de Marx. Por consiguiente, el intento de desacreditar a Engels y enfrentarle con Marx es un empeño típico del revisionismo y, sin embargo, la desfachatez llega al punto de que algunos le imputan a Engels la degeneración revisionista de la socialdemocracia alemana: no fue víctima sino responsable de ella.
Pero mientras vivió Engels la socialdemocracia alemana no tuvo el coraje de atacarle de frente en el terreno político. Los primeros en hacerlo, los austriacos Victor Adler y Karl Vorländer, plantearon el ataque en términos filosóficos con la pretensión declarada de sustituir el repugnante materialismo dialéctico de Engels por el kantismo. A finales del siglo XIX en el Imperio Austro-Húngaro el revisionismo político se ligó al kantismo filosófico. El verdadero fundador de la socialdemocracia alemana había sido Kant y su verdadero fundamento no era científico sino ético, un ejercicio de la voluntad y un imperativo categórico disfrazado de «praxis». Adler, Vorländer y sus herederos introdujeron al marxismo en las polémicas filosóficas de la burguesía para convertirlo en otra corriente filosófica (burguesa) más, dentro de las varias que existen.
Los revisionistas austriacos pusieron todos y cada uno de los fundamentos filosóficos del ataque, que otros continuaron luego. Empezaron a hablar del marxismo como si fuera una teoría «crítica» de la sociedad, de la existencia de un «sujeto» revolucionario, denostaron el determinismo de Engels, su naturalismo, su metafísica, su dogmatismo, su cientificismo… Mientras Engels decía que Marx había puesto los fundamentos científicos del movimiento obrero, el socialismo científico, los revisionistas decían (y siguen diciendo) que el marxismo no es ciencia sino conciencia, una «cosmovisión» o ideología (crítica, eso sí) acerca de la sociedad en que vivimos. La ciencia, dicen ellos, es otra cosa diferente que nada tiene que ver con el marxismo.
El ataque dio un verdadero vuelco tras la Revolución de 1917, obligando a la burguesía a emplearse a fondo en la tarea de combatir al marxismo. Los que más se empeñaron en ello fueron los miembros de la Escuela de Frankfurt que llevaron la batalla a un frente distinto. Tras las marrullerías de aquellos autores (Adorno, Horckheimer, Habermas, Marcuse) Marx y Engels dejaron de ser los políticos que había creído la burguesía hasta entonces, elevando el marxismo a la categoría más digna de teoría. Desde entonces un puñado de intelectuales están enfrascados en sacar al marxismo de la práctica para convertirlo en una filosofía capaz de competir con otras. Como consecuencia de ello, a lo largo de un siglo el marxismo se ha convertido en algo tan refinado y exquisito que sólo los pensadores dominan la jerga cabalmente. Los demás son muy toscos y primitivos.
Como remate del proceso, aquel puñado de intelectuales burgueses se viste unos ropajes que en absoluto les corresponden. Se llaman a sí mismos «marxianos». En la medida en que la mayor parte de ellos son funcionarios de los aparatos ideológicos del Estado burgués, especialmente de la universidad, ostentan una imagen impecable: representan al marxismo mejor que nadie y sus obras alcanzan un eco que sólo sorprende por su mediocridad.
La experiencia de 100 años prueba que cuando alguno de esos intelectuales ha ingresado en un partido comunista, ha durado poco y se ha visto obligado a salir por la puerta falsa. El comunismo se ha llevado (y se lleva) muy mal con la intelectualidad, mucho peor de lo que imaginamos. A los académicos no se les suele ver en la reunión de una célula de barrio, haciendo pintadas por la noche o en un piquete. Pero como ellos tienen la sartén (de la producción intelectual) por el mango, han presentado las cosas de tal manera que en el choque el comunismo pierde frente a lúcidos escritores, injustamente vilipendiados por los grises burócratas del aparato.
¿Hay algo que aborrezca más un intelectual «marxiano» que el aparato? Sin embargo, aborrecen mucho menos el aparato del Estado burgués que les paga sus cátedras y sus simposios. El prototipo del «marxiano» es el de un funcionario que habla de luchar contra el Estado que le sostiene para que pueda seguir impartiendo lecciones.
La mayor parte de la intelectualidad burguesa mutila al marxismo de manera que sólo tiene en cuenta las obras de Marx y Engels, no sus biografías. Para ellos lo importante son los papeles, no el trabajo de organización, ni las barricadas, ni las huelgas, ni la Primera y la Segunda Internacionales. Pero mientras Marx y Engels trabajaron para la organización, todos esos intelectuales han trabajado siempre contra la organización, contra cualquier clase de organización y su propósito no es otro que el de desorganizar.
Por lo tanto, no sólo los escritos de los intelectuales burgueses, por más «marxianos» que se disfracen, no valen un pimiento, sino que ellos personalmente tampoco han llevado a cabo ninguna clase de tarea de organización que merezca la pena. En la medida en que su tarea ha sido la contraria, desorganizar, dichos intelectuales merecen el mismo tratamiento que Engels dispensó a Dühring.
En 1877 Dühring era profesor de la Universidad de Berlín, uno de los pocos, por no decir el único, que en aquella época se pronunció públicamente a favor del socialismo, lo cual era tanto como pronunciarse hoy a favor del «terrorismo». Era un autor de reconocido prestigio que podía servir como banderín de enganche de un partido entonces incipiente. Pero los escritos de Engels, especialmente el feroz tono que empleó, cayeron como un jarro de agua fría. No se le podía haber ocurrido nada más inoportuno para la socialdemocracia, que tuvo que incluir los artículos de Engels en Vorwärts (Adelante), su periódico. Si Engels es uno de los más odiados por los «marxianos» se debe en gran parte al Anti-Dühring, una de las obras marxistas más difundidas de todos los tiempos.
Dühring vivió casi 50 años después de que Engels publicara los artículos en su contra. Sus viejas simpatías socialistas habían sido una moda efímera de las que, como tantos otros intelectuales, acabó renegando para convertirse en un chovinista, racista y antisemita, autor de obras reaccionarias realmente repugnantes. Lo mismo le sucedió a Hook. Después de su interpretación «revolucionaria» del marxismo defendió la caza de brujas de McCarthy en Estados Unidos. Es típico de la intelectualidad desarraigada: con el mismo ardor con el que sostienen una teoría, defienden luego la contraria.
Engels hizo lo que los intelectuales «marxianos» más repudian: puso al marxismo en movimiento, lo convirtió en una fuerza organizada. Cuando Engels murió no sólo dejó papeles sino cooperativas, sindicatos, partidos y una organización internacional del proletariado con millones de militantes. Esa también es su obra. Ni él ni Marx escribieron para ninguna universidad sino para esa organización, para dotarla de un línea, de un programa y de una ciencia revolucionarias. Su filosofía (que es la misma que la de Marx) es partidista, decía Lenin. Se escribió por y para el proletariado, forma parte integrante de su vanguardia organizada y no tiene ningún sentido fuera de ella.
Los ataques contra Engels van, pues, dirigidos contra las organizaciones del proletariado. Una vez liberado el marxismo de Engels, es decir, de la organización, la burguesía devuelve la filosofía a la teoría, al punto inofensivo en el que puede neutralizarla. De ahí pasa a las universidades, a los libros y a las librerías, en cuyos escaparates compite con otras teorías, otros libros y otras librerías.
En Rebelión Gustavo Duch publica un artículo titulado “Los límites del planeta” que, por sí mismo, constituye el núcleo central de las ideologías ecologistas, un cúmulo de tópicos modernos que nada tienen que ver con la ciencia de la ecología. Es otro ejemplo de la manera íntima en que la ideología está entreverada con la ciencia. ¿Cómo separar a una de otra?
Las ideologías ecologistas son una proyección religiosa y, en la medida en que las corrientes dominantes actuales son británicas y estadunidenses, su raíz está en el cristianismo y son esencialmente lineales, basadas en un relato bíblico según el cual todo tiene un principio, que está en la creación, y tendrá un final, indudablemente desastroso, el Armagedón.
Para el cristianismo en la Tierra las cosas siempre acaban mal, o al menos peor de lo que empezaron. La evolución sobre la Tierra no sólo es lineal sino que empeora o degenera continuamente, consecuencia del pecado original que convierte en malvado al ser humano, frente a la naturaleza que, como obra de dios, es perfecta: el paraíso terrenal. La relación de los seres humanos con la naturaleza es, pues, destructiva y perversa. El ser humano debería conservar intactas las maravillas que la creación divina puso a su disposición, lo que se traduce en el deseo de preservar el medio ambiente o el “equilibro” ecológico.
Las ideologías ecologistas tienen este fundamento pesimista y agónico de raigambre religiosa. Por el contrario, la ciencia de la ecología nació en la URSS articulada en torno al concepto de ciclo biogeoquímico de Vernadski, que es el opuesto al anterior. La naturaleza cambia por sí misma, sin necesidad de que nadie impulse sus transformaciones, de manera que todo intento de conservarla tal y como la vemos ahora es absurdo. Como cualquier otro proceso, esos cambios se producen siguiendo leyes regulares, las cuales a su vez son oscilantes, se suceden unas a otras inexorablemente, como la rotación de la Tierra cada 24 horas, las estaciones anuales, los vientos o las mareas.
Un movimiento cíclico es esencialmente infinito y no se agota nunca, es decir, que no tiene límites. Los ciclos naturales no tienen un origen y no se pueden detener; sólo cambia la forma del ciclo, tanto si se trata de un ciclo orgánico como si es inerte. Por ejemplo, la biodiversidad ni se ha reducido ni se puede reducir. Unas especies se extinguen y aparecen otras.
Lo mismo sucede con la materia inorgánica. El cobre, por ejemplo, se conoce desde los tiempos más antiguos de la humanidad, lo mismo que el oro y otros elementos químicos. Desde hace miles de años, la humanidad ha extraído grandes cantidades de cobre del suelo sin que se haya observado no ya su agotamiento sino ni siquiera su escasez. Por cuantiosas que sean hoy las extracciones de cobre o de cualquier otro metal, no hay ningún indicio de que se vayan a agotar, por más que su consumo se multiplique aún más.
El planeta es, pues, infinito. La historia de la humanidad no conoce ningún caso en el que algún recurso se haya agotado; ni siquiera que esté en vías de agotarse, entre otras cosas porque no sabemos la cuantía de existencias de que disponemos para ninguno de ellos. En caso de que sucediera lo contrario, no existe ningún recurso que no sea sustituible. El carbón se puede sustituir por el petróleo, el petróleo se puede sustituir por el gas, el gas por el viento, y así sucesivamente.
La sustitución conduce a otro factor que las ideologías ecologistas dominantes no pueden tener en cuenta, el desarrollo de las fuerzas productivas, porque muestra un tipo de evolución opuesto al que tratan de sostener. Las fuerzas productivas no decaen sino que, como muestra la historia, su progreso nunca se ha detenido. Por lo tanto, no es posible hablar de recursos sin tener en cuenta el grado de desarrollo de las fuerzas productivas.
La consideración de las fuerzas productivas conduce, además, a otro aspecto que juega en contra de la ideología dominante: no es posible aludir a los recursos en términos físicos sin tener en cuenta simultáneamente el modo de producción, es decir, factores que son de tipo económico, político y social. Sin embargo, desde los años sesenta se están abriendo camino una colección de teorías económicas burguesas que camuflan los fenómenos económicos como si se tratara de fenómenos físicos. Argumentan en términos de toneladas, litros o metros cudrados, dejando al margen el valor, el mercado o el beneficio.
Los verdes y ecosocialistas, como todas las demás teorías económicas burguesas, orquestan sus argumentos en torno a una supuesta “escasez” que encubre la lucha de clases y oculta que sólo hay escasez para unos, en tanto que otros disfrutan de la mayor exuberancia, por lo que no es nada diferente de la propiedad privada y del reparto derivado de la producción capitalista.
Lo mismo sucede con los desiertos, que son ecosistemas como cualesquiera otros de los cuales, sin embargo, nadie pretende su conservación, sino todo lo contrario. El desierto tiene mala imagen porque forma parte de la ideología de la decadencia. Desde los tiempos de David Ricardo, hace 200 años, la economía burguesa sostiene la existencia de una supuesta “ley de los rendimientos decrecientes” que empezaron aplicando a la agricultura y luego han llevado a toda la economía. La producción no compensa la inversión, por lo que el planeta acabará convertido en un desierto, lo cual es sinónimo de yermo, estéril.
De la economía, el irremediable desplome pasó a la física. Así, en 1848 Mayer calculó que el Sol se apagaría dentro de 5.000 años. Por su parte, Kelvin planteó que, como consecuencia de ello, el planeta será cada vez más frío e inhabitable y Clausius fue mucho más allá al pronosticar la muerte térmica del universo en su conjunto: llegará un momento en el cual el universo se habrá quedado frío, ya no tendrá vida.
Las teorías del caos, la noción de “sostenibilidad” y muchas otras participan de esa agonía que va mucho más allá del modo de producción capitalista. No es que la burguesía esté en la etapa final y decadente de su historia. Ella cree representar a la humanidad, por lo que nos habla del final de su clase como si fuera el final de la humanidad y la muerte de la civilización.
La ciencia de la ecología no tiene nada que ver con ese tipo de teorías. El planeta no conoce ninguna clase de límites.
(*) Gustavo Duch: Los límites del planeta, Rebelión, 15 de enero de 2014, https://rebelion.org/los-limites-del-planeta/