Un planeta sin límites

 Juan Manuel Olarieta

En Rebelión Gustavo Duch publica un artículo titulado «Los límites del planeta» que, por sí mismo, constituye el núcleo central de las ideologías ecologistas, un cúmulo de tópicos modernos que nada tienen que ver con la ciencia de la ecología. Es otro ejemplo de la manera íntima en que la ideología está entreverada con la ciencia. ¿Cómo separar a una de otra?

Las ideologías ecologistas son una proyección religiosa y, en la medida en que las corrientes dominantes actuales son británicas y estadunidenses, su raíz está en el cristianismo y son esencialmente lineales, basadas en un relato bíblico según el cual todo tiene un principio, que está en la creación, y tendrá un final, indudablemente desastroso, el Armagedón.

Para el cristianismo en la Tierra las cosas siempre acaban mal, o al menos peor de lo que empezaron. La evolución sobre la Tierra no sólo es lineal sino que empeora o degenera continuamente, consecuencia del pecado original que convierte en malvado al ser humano, frente a la naturaleza que, como obra de dios, es perfecta: el paraíso terrenal. La relación de los seres humanos con la naturaleza es, pues, destructiva y perversa. El ser humano debería conservar intactas las maravillas que la creación divina puso a su disposición, lo que se traduce en el deseo de preservar el medio ambiente o el «equilibro» ecológico.

Las ideologías ecologistas tienen este fundamento pesimista y agónico de raigambre religiosa. Por el contrario, la ciencia de la ecología nació en la URSS articulada en torno al concepto de ciclo biogeoquímico de Vernadski, que es el opuesto al anterior. La naturaleza cambia por sí misma, sin necesidad de que nadie impulse sus transformaciones, de manera que todo intento de conservarla tal y como la vemos ahora es absurdo. Como cualquier otro proceso, esos cambios se producen siguiendo leyes regulares, las cuales a su vez son oscilantes, se suceden unas a otras inexorablemente, como la rotación de la Tierra cada 24 horas, las estaciones anuales, los vientos o las mareas.

Un movimiento cíclico es esencialmente infinito y no se agota nunca, es decir, que no tiene límites. Los ciclos naturales no tienen un origen y no se pueden detener; sólo cambia la forma del ciclo, tanto si se trata de un ciclo orgánico como si es inerte. Por ejemplo, la biodiversidad ni se ha reducido ni se puede reducir. Unas especies se extinguen y aparecen otras.

Lo mismo sucede con la materia inorgánica. El cobre, por ejemplo, se conoce desde los tiempos más antiguos de la humanidad, lo mismo que el oro y otros elementos químicos. Desde hace miles de años, la humanidad ha extraído grandes cantidades de cobre del suelo sin que se haya observado no ya su agotamiento sino ni siquiera su escasez. Por cuantiosas que sean hoy las extracciones de cobre o de cualquier otro metal, no hay ningún indicio de que se vayan a agotar, por más que su consumo se multiplique aún más.

El planeta es, pues, infinito. La historia de la humanidad no conoce ningún caso en el que algún recurso se haya agotado; ni siquiera que esté en vías de agotarse, entre otras cosas porque no sabemos la cuantía de existencias de que disponemos para ninguno de ellos. En caso de que sucediera lo contrario, no existe ningún recurso que no sea sustituible. El carbón se puede sustituir por el petróleo, el petróleo se puede sustituir por el gas, el gas por el viento, y así sucesivamente.

La sustitución conduce a otro factor que las ideologías ecologistas dominantes no pueden tener en cuenta, el desarrollo de las fuerzas productivas, porque muestra un tipo de evolución opuesto al que tratan de sostener. Las fuerzas productivas no decaen sino que, como muestra la historia, su progreso nunca se ha detenido. Por lo tanto, no es posible hablar de recursos sin tener en cuenta el grado de desarrollo de las fuerzas productivas.

La consideración de las fuerzas productivas conduce, además, a otro aspecto que juega en contra de la ideología dominante: no es posible aludir a los recursos en términos físicos sin tener en cuenta simultáneamente el modo de producción, es decir, factores que son de tipo económico, político y social. Sin embargo, desde los años sesenta se están abriendo camino una colección de teorías económicas burguesas que camuflan los fenómenos económicos como si se tratara de fenómenos físicos. Argumentan en términos de toneladas, litros o metros cudrados, dejando al margen el valor, el mercado o el beneficio.

Los verdes y ecosocialistas, como todas las demás teorías económicas burguesas, orquestan sus argumentos en torno a una supuesta «escasez» que encubre la lucha de clases y oculta que sólo hay escasez para unos, en tanto que otros disfrutan de la mayor exuberancia, por lo que no es nada diferente de la propiedad privada y del reparto derivado de la producción capitalista.

Lo mismo sucede con los desiertos, que son ecosistemas como cualesquiera otros de los cuales, sin embargo, nadie pretende su conservación, sino todo lo contrario. El desierto tiene mala imagen porque forma parte de la ideología de la decadencia. Desde los tiempos de David Ricardo, hace 200 años, la economía burguesa sostiene la existencia de una supuesta «ley de los rendimientos decrecientes» que empezaron aplicando a la agricultura y luego han llevado a toda la economía. La producción no compensa la inversión, por lo que el planeta acabará convertido en un desierto, lo cual es sinónimo de yermo, estéril.

De la economía, el irremediable desplome pasó a la física. Así, en 1848 Mayer calculó que el Sol se apagaría dentro de 5.000 años. Por su parte, Kelvin planteó que, como consecuencia de ello, el planeta será cada vez más frío e inhabitable y Clausius fue mucho más allá al pronosticar la muerte térmica del universo en su conjunto: llegará un momento en el cual el universo se habrá quedado frío, ya no tendrá vida.

Las teorías del caos, la noción de «sostenibilidad» y muchas otras participan de esa agonía que va mucho más allá del modo de producción capitalista. No es que la burguesía esté en la etapa final y decadente de su historia. Ella cree representar a la humanidad, por lo que nos habla del final de su clase como si fuera el final de la humanidad y la muerte de la civilización.

La ciencia de la ecología no tiene nada que ver con ese tipo de teorías. El planeta no conoce ninguna clase de límites.

(*) Gustavo Duch: Los límites del Planeta, Rebelión, 15 de enero de 2014, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=179449&titular=los-l%EDmites-del-planeta-

comentarios

  1. vaya, asi que no es posible que se agote ningun recurso?

    no es posible que las condiciones de la vida cambien tanto en la tierra (o en algun lugar de esta) como para que no pueda existir vida humana?

    no es posible que el sol muera, como hacen tantas y tantas estrellas, en estos momentos?

    estoy de acuerdo en la caraterizacion del ecologismo como ideologia burguesa, pero soltar esas cosas no se si tiene mucha base cientifica

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