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Categoría: Opinión (página 6 de 17)

El cuento de nunca acabar

Desde que empezó este festival de virus y vacunas, los medios no hacen más que hablar de “expertos” a los que nunca citan con nombre y apellidos, y de una comunidad científica que como tal es un vago concepto porque su naturaleza es la de científicos dispersos cuya relación entre sí y la eficacia de sus estudios están basados en la total independencia entre unos y otros. Leer más

La justicia y el orden

Tuvo que ser un romántico en etapa tardía, Goethe, quien prefiriera lo segundo, el orden, a la justicia. El orden burgués, se entiende. Sin embargo, en aras de la justicia es que ha habido motines y revueltas, levantamientos y asonadas, en épocas esclavistas y feudales. Sólo con la aparición del modo de producción capitalista y su desarrollo, surgió un término que sólo se reservaba a la física y la mecánica celeste: la revolución. Económico-política, se entiende.

El genio de Marx y Engels despanzurró las entrañas del capitalismo e indicó la senda revolucionaria. Ya no era bastante conseguir la «justicia» social -propio de anarquistas pequeñoburgueses-, sino que se trataba de hacer la Revolución, esto es, voltear el sistema imperante, acabar con él. Habrá ya reformistas y revolucionarios. Habrá quien pretenda «que se haga justicia», y habrá quien luche para crear las condiciones para que haya justicia. Los primeros tendrán un lugar en el sistema;los segundos, no.

Mientras tanto, sabemos ya por el sofista del siglo V a.C., Trasímaco, nacido en Calcedonia (Asia Menor), que la justicia es el interés del más fuerte (Ihering dirá en el XIX que el Derecho viene de la fuerza). Las leyes son dictaminadas por los que ejercen el poder con vistas a su propio beneficio o conveniencia. La justicia es aquello que beneficia, interesa y conviene al gobierno establecido y, por lo tanto, beneficia al más fuerte.

A Trasímaco no le interesa lo que debería ser la justicia sino lo que es realmente. Lo que denuncia este sofista -de primera generación con los Gorgias, Pródico, Protágoras, Hipias, Antifón- es que, debajo de todo el tejemaneje del poder, nos encontramos siempre con el dominio del fuerte sobre el débil. Trasímaco opina que lo justo no era sino lo más conveniente o útil al más fuerte, es decir, al interés de los fuertes o poderosos.

Sócrates refutaría la noción tradicional que define la justicia como «hacer bien a los amigos y mal a los enemigos». Para él, la justicia sería hacer el bien sin más.

Hoy los bienpensantes serían socráticos… sin más. La diferencia entre Trasímaco y Sócrates es que lo que es según el calcedonio, es lo que debe ser según Sócrates. Y hoy, en una sociedad dividida en clases, y con una justicia de clase, se sigue la prédica de Trasímaco, por mucho que haya llovido.

Una enfermedad mortal para la democracia

Creonte: ¡Cómo! ¿Ha de ser la ciudad la que ha de dictarme lo que debo hacer?
Creonte: ¿Es que incumbe a otro que a mí el gobernar a este país?
Hemón: No hay ciudad que pertenezca a un solo hombre.
Creonte: Pero ¿no se dice que una ciudad es legítimamente del que manda?
(Antígona)

Estas palabras escritas por Sófocles (442 a.n.e) hace más de dos mil cuatrocientos años, deben haber sido el espejo en el cual se han mirado y regocijado las hordas gobernantes mundiales desde marzo de 2020. Así como en la tragedia griega el resultado de la acción de Creonte tiene como resultado la desesperación y la muerte, la acción de los que han actuado como él han sembrado el mundo de desesperación y muerte. Y en su afán autoritario niegan cualquier posibilidad de razonamiento.

Y los Creontes mundiales, agazapados en una legitimidad servil respaldada por los dioses de las grandes corporaciones, incluso han negado por primera vez desde Antígona, despedir a los muertos. “¿Cómo hemos podido aceptar, tan solo en nombre de un riesgo que era imposible de precisar, que las personas a las que apreciamos, y los seres humanos en general, no solo muriesen solos –algo que nunca había sucedido en la historia desde Antígona hasta hoy–, sino que sus cadáveres fuesen incinerados sin funerales? (1)

“El entierro de los muertos, el riesgo personal, el desdén por los reglamentos abstractos, el suicidio como acto de inmolación, es lo que antepone Antígona a la Ley mala, la ley abstracta. La que acusa a los que mantienen la norma estatal sin el respaldo moral que pueda convencer al último o a la última de las discrepantes… si perdemos el cuidado más hondo, el del abrazo y la visita a nuestros muertos, esto es, el tema de las grandes leyendas de la humanidad, nos será más difícil el rudo debate con los mercaderes de la muerte estadística, que como parece abstracta, la consideran como la cuota necesaria para seguir dominando el mundo” (2).

Lo que nos ha traído la impuesta pandemia ha sido un esfuerzo inimaginable para borrar cualquier signo de humanidad en los habitantes del planeta. La pérdida de humanidad es necesaria para conseguir las metas propuestas por el “nuevo espíritu del globalismo” que precisa de seres amorfos, obedientes, centrados solamente en sí mismos capaces de pisotear incluso a sus seres queridos para poder alcanzar la gloria de pertenencia a una sociedad posthumana o transhumana, en la cual las personas estén regidas por sofisticados algoritmos que decidan su comportamiento en el momento de tomar decisiones respecto a sí mismos y en relación al conjunto de la sociedad.

Ciertas clases sociales hace tiempo inmemorial que han relegado a la basura los rasgos característicos de la raza humana, lo cual hemos comprobado durante estos dos últimos años. Mientras una parte de la sociedad se hundía en la desesperación, la muerte y la pobreza, los organizadores de este apocalipsis han amasado en un breve período temporal, fortunas inmensas que los han convertido en los auténticos amos del mundo.

¿Pero y el proletariado mundial?, que ha sido junto a la desmembrada clase media, el objeto de este descalabro, al igual que en las grandes guerras. Y así como en las guerras se ha comprometido en la salvación de los capitales de “su clase dominante” esperando con ello una gratificación posterior, o imaginando que con su sacrificio se convertirían en sujetos de la historia, en esta nueva versión del agonismo del capital caracterizado por la presencia de enemigos invisibles, también se ha comprometido en la salvación de su clase dominante y ha defendido la puesta en circulación de armas de destrucción masiva.

Pero a diferencia de otras guerras mundiales, en la actual las armas se disparan contra la población indefensa ya que el supuesto “enemigo” no se sabe donde radica, ni tan solo si existe. Dicen que se trata de inocular las nuevas armas de destrucción en el interior de cada ciudadano para disponer de ellas ante la agresión de este enemigo invisible. Pero ya se está dando el caso que dichas armas explotan en el interior de cada individuo. Son daños colaterales, dicen los expertos.

Aceptado el sacrificio de participar en esta guerra, armados con algo inexplicable e inescrutable, protegido por el derecho de patente, el mundo se encamina presto a una aventura en la cual cualquier semejante puede ser portador del enemigo invisible. Y para conjurar este peligro nada más indicado que ser portador de un certificado de “limpieza de sangre” como salvoconducto, quedando los que no disponen de él como potenciales fuerzas enemigas a las cuales es preciso aislar, reprimir y si es preciso eliminar tanto social como físicamente.

En esta guerra, que inicialmente estaba encabezada por militares, policías y sayones, se han ido incorporando huestes del más variado colorido. Ahora, con porte militar, cualquier camarero o camarera, dependientes de comercio, porteros de cines, teatros y espectáculos varios se han investido de autoridad para poder exigir los certificados de limpieza de sangre a las personas que pretendan introducirse en unos espacios de los cuales estos pobres asalariados con contratos precarios, se sienten por primera vez en su vida “dueños” de la vida ajena y actúan como representantes de la legalidad otorgada por los nuevos dioses.

A este extremo ha llegado la degeneración del proletariado.

El sacrificio a los nuevos dioses tecnológicos, pandémicos, algorítmicos, mediáticos, políticos y académicos, ha sido considerado por una parte importante de la población mundial como un compromiso con los causantes de la desesperación y la muerte a la espera de una anunciada retribución al amparo de la nueva normalidad conocida como “el gran reinicio” de una carrera hacia un futuro ignoto.

Los que ya hemos visto nacer y crecer dos o tres generaciones, mantenemos el recuerdo de un tiempo en el cual el enemigo no era invisible, sino tangible y perteneciente a una clase social antagónica. Tal vez dentro de dos o tres generaciones posteriores renazca un nuevo proletariado que se niegue a ser el complemento de los actuales dioses y se niegue a obedecer cuando se le intente inocular estas armas de destrucción masiva y se le impida despedir y enterrar a sus muertos.

(1) Trazos de Antígona en pandemia. Carlos Gutiérrez, Juan Jorge Michel Fariña. Universidad de Buenos Aires, https://www.aesthethika.org/Trazos-de-Antigona-en-pandemia
(2) https://www.pagina12.com.ar/261547-antigona

Jaime Richart: «Las Agencias sólo informan con cuentagotas y con mucha más malicia que prudencia»

Tengo el inmenso placer de deciros que MPR21 es la única fuente de información que me interesa de verdad.
Todos los demás soportes digitales o impresos o radiofónicos, y qué decir de los televisivos a los que hace más de un año no presto la más mínima atención, no es que no me inspiren confianza en los asuntos y dominios graves: sanidad, pandemia, vacunas, política, es que los considero autores, cómplices o parte de su artificiosa creación y por consiguiente de la realidad y atmósfera que respiramos.

No sólo en España, sino también en el resto del mundo aunque en éste menos. Porque de fuera las Agencias sólo informan con cuentagotas y con mucha más malicia que prudencia…

Casi desde el principio, por la forma y estructura de que se dota la información, siempre exhaustiva respecto a los datos de hechos, personas, entidades, etc mi lectura de los posts o noticias comienza siempre con la convicción de que MPR21 es absolutamente fiable.

Y, siendo como soy, no sólo por la edad y la experiencia sino también por auto didactismo filosófico, escéptico en tiempos además de un positivismo aniquilador, no encuentro solaz intelectivo más que en MPR21. No sé cómo os las arregláis para compilar tal número de datos que hacen para mí tan convincentes los relatos, pero el caso es que es el único espacio fuera de mi mismidad (nunca estoy menos solo que cuando estoy solo) en el que me encuentro sumamente cómodo leyendo todas vuestras veraces noticias.

Un cordial saludo para todos los que contribuís a tan seria y trabajado soporte en un país como éste en el que no hay espacio alguno que no imagine uno vendido, comprado, corrupto… y dedicado casi exclusivamente a adulterar todo lo posible la noticia, salvo los avatares dramáticos del volcán. Y eso sólo en la exposición exclusiva del fenómeno natural, pero tampoco fiable en cuanto a los efectos colaterales y sus posibles reparaciones…

Lo dicho. Mi felicitación y con yo mi ánimo para que prosigáis vuestro valioso trabajo. Llegará un momento en que de censurados pasaréis por ser el referente y ejemplo de lo que espera un país serio de un pueblo serio…

Nunca antes

Entre todas las vacunas que he conocido en mi vida (tos ferina, difteria, tétanos, sarampión, rubéola, sarampion, hepatitis, meningitis y tuberculosis): nunca he visto una vacuna que me obligue a usar una mascarilla y mantener mi distancia social incluso cuando estás completamente vacunado.

Nunca he oído hablar de una vacuna que haga que el virus se propague incluso después de la vacunación antes de esto.

Nunca habíamos oído hablar de recompensas, descuentos, incentivos para vacunarse.

No hubo discriminación para aquellos que no lo hicieron.

Si no estabas vacunado, nadie intentó hacerte sentir mala persona.

Nunca he visto una vacuna que amenace la relación entre familiares, compañeros y amigos.

Nunca he visto que una vacuna sea usada para amenazar los medios de vida, trabajo o escuela.

Nunca he visto una vacuna que permita a un niño de 12 años reemplazar el consentimiento de sus padres.

Después de todas las vacunas que he enumerado anteriormente,
Nunca he visto una vacuna como esta, que discrimine, divida y juzgue a una sociedad como es.

Y como el tejido social se aprieta… mientras luchamos entre nosotros.

Electricidad cara
Gas súper caro
Gasolina carísima
etc etc etc etc etc…

¡Es una vacuna poderosa! Hace todas estas cosas mencionadas excepto la inmunización.

Si aún necesitamos una dosis de refuerzo después de estar completamente vacunados y aún así necesitamos obtener una prueba negativa de test después de estar completamente vacunados, y aún necesitamos usar una mascarilla después de estar completamente vacunados, y aún así ser hospitalizados después de haber sido completamente vacunados…

Probablemente llegó el momento de que admitamos que nos han engañado por completo.

La ‘izquierda’ es el baluarte del Estado capitalista en crisis

Hace unos días Toby Green y Thomas Fazi publicaban unas reflexiones sobre los motivos por los cuales lo que ellos consideran como “la izquierda” estaba apoyando “todas y cada una de las medidas covid” (1).

La pandemia dura ya dos años y tiene numerosos aspectos de todo tipo, desde sociales hasta médicos, pero esa “izquierda” se está caracterizando por haberlos sostenido todos absolutamente, sin fisuras.

La explicación es que en la época del imperialismo “la izquierda” es uno de los sostenes más importantes del capitalismo en crisis. El imperialismo necesita su brazo izquierdo socialimperialista (2) y el fascismo tiene el suyo propio, que la Internacional Comunista calificó como “socialfascismo”.

Unos y otros son “de izquierdas” sólo de palabra, cuando tienen que hablar y escribir; en la práctica sostienen al Estado para que no se hunda. Son un factor de estabilización política y se han callado con los confinamientos, los estados de alarma, las patadas en la puerta, el aluvión de multas de la ley mordaza y las detenciones masivas sin orden judicial. En ellos es inútil buscar el más mínimo sentido crítico porque están volcados en el apoyo a la represión del Estado.

En España eso no es una sorpresa porque ya ocurrió en la transición, que hubiera resultado impensable sin la contribución de “la izquierda” al trabajo de chapa y pintura de un Estado envejecido que se desmoronaba.

En su charlatanería sobre la pandemia, “la izquierda” ha recurrido al mismo truco que en la transición: sacar al Estado de la ecuación para reducir el fascismo a lo que entonces se llamaba “el búnker” o, sea, a los grupos de la “ultraderecha”. Apoyaron al Estado en la transición porque “la ultraderecha” se oponía a ella.

Ahora utilizan el mismo ardid: los que se oponen a la pandemia y a las vacunas son Bolsonaro y otros como él. Le hacen el juego a “la ultraderecha”.

La mejor defensa es un buen ataque y en eso no hay quien gane a los demagogos que alimentan su reformismo con una continua retórica verbal contra organizaciones que, como Vox, sostienen todas y cada una de las medidas políticas aprobadas con el pretexto de la pandemia.

A otro perro con ese hueso.

El mejor apoyo que prestan los bocazas de “la izquierda” al Estado es la persistente devaluación de las libertades y derechos fundamentales de las personas, que si en este país han estado tradicionalmente bajo mínimos, ellos contribuyen a infravalorar aún más. Hay que confinarse, hay que ponerse la mascarilla y hay que vacunarse por motivos como la “conciencia colectiva” o la “responsabilidad social”. Las presiones y las amenazas importan menos.

Cuando el gobierno “de izquierda” se ha saltado a la torera las libertades fundamentales, al peor estilo franquista, con el estado de alarma, los confinamientos, las detenciones y las patadas en la puerta, era necesario que algún oportunista le echara un capote diciendo que eso son derechos burgueses, individualistas y egocéntricos, mientras que ellos tienen “conciencia”: piensan en el colectivo.

No servirá de nada recordar a los demagogos que la conciencia no es nada diferente de la ciencia y que la ofensiva de represión que padecemos desde hace dos años no tiene ninguna clase de apoyo en la medicina, ni en la epidemiología, ni en la virología, disciplinas de las que hasta ahora nunca oyeron hablar. Es disculpable que hace dos años no supieran lo que es una PCR, pero desde entonces han tenido tiempo para informarse un poco.

Lo que está ocurriendo con esta pandemia ni es casualidad ni es reciente. Ciertas corrientes seudomarxistas llevan cien años alimentándose de la vieja separación escolástica entre “ciencias naturales” y “ciencias sociales”, donde éstas no tienen el mismo estatuto que las anteriores, que son el canon por excelencia. Por el contrario, la dialéctica materalista sólo concierne a las ciencias de la segunda división: historia, sicología, economía… Un informe de los expertos del Banco de España se puede discutir, pero no ocurre lo mismo con uno de la Agencia Española del Medicamento. Las ciencias verdaderas, como la geometría o la física, son indiscutibles.

El imperialismo no hubiera podido desatar la pandemia con declaraciones de los políticos o los militares de la OTAN. Ha necesitado vestirla llevando a los “expertos” a la televisión y antes han necesitado situarlos en un Olimpo incalcanzable para el resto de los mortales, incapaces de entender una jerga repleta de Sars-Cov2, covid-19, omicron y demás entelequias.

En el futuro “la izquierda”, que alardea de ser un baluarte de la ciencia, se tragará también los informes de los “expertos” del Banco de España, que son siempre los mismos: hay que trabajar más y ganar menos, reducir las pensiones, contener el déficit público… Los charlatanes -que llevan dos años quedando en evidencia- se han ligado de una manera tan estrecha al capitalismo en crisis, que le acompañarán en su caída.

(1) https://unherd.com/2021/11/the-lefts-covid-failure/
(2) Lenin, El imperialismo, fase superior del capitalismo, Pekín, 1972, pg.140.

No es ciencia, es superstición: la muerte del catolicismo y el nacimiento del dogma pandémico

La etiqueta de «negacionista» es ya una realidad, y se ha convertido en el adjetivo preferido de cualquiera que se oponga a un cuestionamiento del relato oficial. Al comienzo de la llamada «pandemia» y de los confinamientos, cuando había únicamente una única versión sobre lo que ocurría, fue necesario investigar un poco para encontrar otras hipótesis científicas. Leer más

R.Meijide: un héroe con un par

Risto Mejide, en su programa “Todo es mentira” (él no se incluye), dice con desparpajo torero: “Creo tanto en las vacunas, tanto, tanto, que por muchas restricciones que pongan pienso saltármelas todas, así que ya pueden empezar a multarme”. Un ciudadano ejemplar, como puede verse.

Y añade: “Y los que no se vacunen que se atengan a las consecuencias, oye”, dice este modelo de temperancia y epiqueya siguiendo la última consigna de desviar el mosqueo creciente entre la grey vacunadísima, con la persecución -esta es la palabra- de los no vacunados.

Y remata la faena con una chicuelina de alto fuste, vean: “Si, supongamos, hubiera un pasaporte covid extendido en toda la península, lo que deberíamos hacer los vacunados es ir a los cines, teatros, restaurantes, museos, conciertos, etc. y entrar en ellos para que los no vacunados vean lo que se pierden, ¿veis, estúpidos?, os jodéis por no vacunaros”, termina fomentando el pecado teologal, o cardinal, de la envidia saltándose toda la Ilustración que habla de enseñar y explicar las cosas y fenómenos.

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