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Negocio + Ideología = Hollywood

No abundan los estudios sobre el poder ideológico de Hollywood, sobre todo en las películas que tratan -más o menos explícitamente- de la política exterior de Estados Unidos. Por eso es conveniente publicitar el libro publicado en 2010 por el académico británico Matthew Alford sobre la relación entre la industria cinematográfica y la hegemonía estadounidense.

Alford revisa docenas de obras estrenadas desde principios de la década de 1990, desde éxitos de taquilla hasta películas independientes. Descubre la manera en que reflejan la acción estadounidense en todo el mundo y su influencia civil y militar. “La propaganda de Hollywood” analiza el funcionamiento interno de una industria politizada, muy sensible a las preocupaciones de Washington, el Pentágono y Wall Street.

Cada año en la ceremonia de los Óscar, Hollywood invita al mundo a compartir la ilusión de que la industria trabaja por el bien de la humanidad, ofreciendo un entretenimiento magnífico y conmovedor que lleva alegría, ternura, tristeza, películas ricas tanto en impresionantes escenas de acción como en promesas reconfortantes. Ante la autocelebración festiva, olvidamos que el mundo del cine es una industria con ánimo de lucro que, como todas las grandes industrias, está firmemente centralizada y mucho más preocupada por llenar el bolsillo que por crear un arte que alimente nuestros sueños.

Hollywood opera dentro de parámetros ideológicos bien definidos. La industria cinematográfica busca constantemente la gloria y el dinero pero, sin embargo, es una industria cultural. Las mercancías que comercializa se componen de personajes, imágenes, historias, experiencias y, a su manera, ideas, elementos que afectan directamente a la conciencia pública. Si el objetivo principal de los grandes estudios es obtener beneficios sustanciales, tienen otro, se asuma o no explícitamente: el control ideológico. Hollywood nunca se aventura más allá del marco del sistema de creencias dominante, que representa como si fuera una representación natural y auténtica de la vida. Por lo tanto, podría ser más apropiado describir a la industria cinematográfica no sólo como dedicada al control ideológico, sino también al autocontrol ideológico.

Los jefes de la industria argumentarían que nuestra sociedad es una democracia cultural cuyos productos finales no están determinados por la ideología, sino que son generados por muchas elecciones libres dentro de un mercado libre. A sus ojos, es la mano invisible de Adam Smith la que va desde el corazón de Hollywood hasta el centro de las ciudades. Para hacer dinero para sus accionistas, la industria debe llegar a los mercados más extensos posibles, es decir, debe dar a las personas lo que quieren.

Según los magnates de Hollywood, la cultura popular es producto de la demanda popular. Si el negocio del cine ofrece películas nulas, dicen, es porque eso es lo que el público aprecia; eso es lo que vende. Las personas prefieren que las entretengan y las distraigan en lugar de que las informen y las detengan.

Pero, como decía Marx, la producción engendra la demanda, y no al revés. Más que el gusto del público, lo que determina el tamaño de su audiencia es la fuerza de la publicidad y las distribuidoras de las películas. Millones de personas han visto las secuelas de “Rambo”, producciones extravagantes que glorifican los actos más militaristas y sangrientos. Cada uno de los episodios de “Rambo” se estrenó en más de 2.000 salas de cine en Estados Unidos tras campañas publicitarias multimillonarias.

En 2001, a pesar de unas críticas merecidas, Disney decidió extender la explotación de “Pearl Harbor” a siete meses en lugar de los usuales dos o cuatro, lo que significó que un éxito de taquilla para el verano se proyectó finalmente hasta diciembre. Con una distribución tan invasiva, era imposible que una película tan floja como “Pearl Harbor” no llegara a un gran número de personas.

Sólo unos pocos miles de personas han visto alguna vez “La sal de la tierra”, una película de bajo presupuesto de 1954 sobre las luchas de los obreros mexicanos en Estados Unidos. Esa vibrante y llamativa película, conservada décadas más tarde por la Biblioteca del Congreso y el Museo de Arte Moderno de Nueva York, estuvo sometida a todo tipo de restricciones durante su producción y distribución, y tuvo que contentarse con una corta vida en la pantalla, con sólo once pequeños exhibidores.

Si las películas disidentes como “La sal de la tierra” no llegan a un público amplio, ¿no será porque se las mantiene alejadas debido a la distribución mínima y la publicidad limitada que reciben? Sin fondos suficientes, deben confiar en el boca a boca y en las críticas que, a menudo, son políticamente hostiles. Eso contrasta con las campañas publicitarias multimillonarias que promueven la creación de mercados masivos para películas supuestamente más famosas. Si “Rambo” o una película como “Pearl Harbor” tienen una audiencia de millones de espectadores, entonces ¿por qué es necesario gastar una fortuna en publicidad con el único objetivo de construir una audiencia masiva?

La demanda no crea, pues, la oferta. La primera condición necesaria para cualquier consumo es la disponibilidad del producto. Ya se trate de películas, programas de televisión o refrescos, el consumo dependerá en gran medida de la distribución y la visibilidad del producto. Una película que se estrena en todos los multicines de Estados Unidos llega a un público amplio no porque haya una ola espontánea de demanda desde abajo, sino porque se está comercializando con una explosión desde arriba.

Con el tiempo, al público se le condiciona a aceptar películas fáciles, superficiales, mediocres y políticamente sesgadas. Con un embalaje suficiente, los consumidores ven incluso lo que no les entusiasma. Rara vez expuestos a otra cosa, están más inclinados a buscar distracción en lo que se les ofrece.

Pero este argumento no debe ser exagerado. El público no es maleable a voluntad. La oferta no siempre crea demanda. Algunas ofertas de Hollywood son un fracaso abyecto, a pesar de la abundante publicidad y de una distribución agresiva. A pesar de sus declaraciones sobre la importancia de dar a la audiencia lo que quieren, los directores de los estudios a menudo se equivocan. Las preferencias del público pueden ser difíciles de predecir, especialmente cuando la percepción que uno tiene de ellas está influenciada por sus propias inclinaciones ideológicas.

Durante más de dos décadas, incluyendo todos los años setenta y ochenta, expertos de los principales medios de comunicación repitieron que el público norteamericano se ganaba con un estado de ánimo reaccionario. Los jefes de las estaciones de televisión y de los principales estudios se unieron rápidamente al coro, en lo que finalmente se convirtió en uno de los intentos más largos de profecía autocumplida de la historia. Como habían decidido que la nación se dejaba abrumar por un estado de ánimo reaccionario, se lanzaron a promover ese estado de ánimo. Las emisoras de televisión produjeron series como Walking Tall, Strike Force y Today’s FBI (1981-1982) que tuvieron audiencias lamentables y se interrumpieron rápidamente. Volvió a ocurrir en la década de 2000 con series como Agence Matrix (2003-2004), Las chicas espías (2002-2004) y Espías de Estado (2001-2003), esta última apoyada por la CIA.

Lo mismo ocurrió con la industria cinematográfica. “Elegidos para la gloria” (The Right Stuff, 1983), una película sobre las aventuras espaciales estadounidenses, fracasó en la taquilla. Películas de acción como Cobra (1986), Rambo III (1988) y “The Dead Pool” (La lista negra, 1988), la quinta y última película de la saga “Harry El Sucio”, también fracasaron. Gracias a campañas publicitarias multimillonarias, tuvieron un buen comienzo en su primer fin de semana, pero luego colapsaron rápidamente.

Inchon (1982), otra película bélica reaccionaria, con un presupuesto de 48 millones de dólares y entre 10 y 20 millones de dólares en publicidad, tenía todo lo que se supone que el público quiere: un reparto prestigioso, una producción espectacular, una historia de amor, escenas sangrientas de batallas, un patrioterismo exacerbado, una reescritura simplista de la historia política y una trama alucinante sobre agresores comunistas listos para matar que están siendo liberados por un héroe de guerra reaccionario… Sin embargo, fue otro desastre en la taquilla. Incluso los espectadores más condicionados se cansan a veces de consumir la misma tontería una y otra vez.

Decir que la industria cinematográfica ofrece a la gente lo que la gente quiere es una explicación demasiado simple. Los grandes estudios nos imponen lo que creen que queremos, y a menudo promocionan películas que nunca hemos pedido y que no nos gustan especialmente. Pero con suficiente publicidad y distribución, incluso estas películas están destinadas a llegar a mucha más gente que las películas disidentes con financiación escasa, a las que no se les da una distribución adecuada o publicidad masiva.

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Los fantasmas de Publico.es juegan a los cazafantasmas con fastasmadas

En un artículo firmado por Pablo Romero, los fantasmas de Publico.es juegan a los cazafantasmas en su guerra contra los bulos y, además, hacen fantasmadas: dicen que no sólo hay que luchar contra los bulos sino prevenirlos. Es el nuevo estilo “Minority Report” que otros cazafantasmas, los policiales, quieren poner de moda, como ya apuntamos aquí en entradas anteriores.

El nuevo periodismo se nutre, pues, de fantasmas, fantasmadas y cazafantasmas, que vienen a ser lo mismo. Si, tienen razón los fantasmas de Publico.es: el periodismo está totalmente desacreditado, pero no sólo por los bulos y fantasmadas que difunden. No tienen más que mirarse el ombligo y explicarnos la siguiente bazofia que publicaron el 4 de enero de 2014: Kim Jong Un ajustició a su tío con una jauría de perros de presa (*).

Con ese nivel, es lógico que Publico.es y gacetilleros parecidos, como Maldita, estén desacreditados. Es imposible diferenciarlos de un vertedero de basura y no van a cambar por más algoritmos que utilicen en su ridícula cacería de bulos; podrían acabar pegándose un tiro en la oreja.

Lo de la prevención de las noticias falsas ya lo hizo el franquismo en 1939; se llama censura y ahora se practica con la mayor naturalidad en redes sociales, como Facebook, entre otras, que cierran todas aquellas páginas que no gustan en Washington o en Tel Aviv.

La caza de bulos es el oficio más viejo del mundo y nunca ha necesitado algoritmos; basta con enviar a la Inquisición o a la Guardia Civil y cerrar un periódico, como ya hicieron con Egunkaria en 2003. El quemar vivos a los periodistas o despellejarlos es optativo.

Quien crea, como el autor del artículo que comentamos, que una máquina puede ayudar a prevenir la difusión de la desinformación, debe hacérselo mirar. De lo que se trata es de disimular la censura con uno de esos programas informáticos asépticos y neutrales, “made in MIT”, que encandilan a los “geeks”.

Naturalmente que los inquisidores, como Clara Jiménez, de Maldita, no quieren limitar su furia a las publicaciones sino también a las conversaciones privadas, de tal manera que a través de chats, como WhatsApp, sólo se expresen afirmaciones verídicas, contrastadas y fiables.

No vamos a aburrirles con más chorradas. Les dejamos con la frase de Preslav Nakov, uno de esos cretinos que elaboran los algoritmos para detectar noticias falsas: “La dicotomía izquierda-derecha no es una división universal”, afirma. “Por ejemplo, estas nociones aparecen invertidas en Europa del Este, donde la izquierda es conservadora y la derecha es liberal”.

Hace falta ser rematadamente tonto para decir tal cosa; imagínense ahora qué tipo de algoritmos fabrican esos descerebrados.

(*) https://www.publico.es/actualidad/kim-jong-ajusticio-tio-jauria.html

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Los ejércitos controlan las redes sociales a través de empresas privadas de tecnología

Durante los últimos cuatro años el ejército de Australia ha pagado a empresas privadas de minería de datos más de un millón de dólares para acceder y analizar lo que publican los usuarios en las redes sociales.

Un portavoz del Ministerio de Defensa le dijo a News Corp Australia que el departamento “tuvo en cuenta muchas fuentes de información al planificar y llevar a cabo operaciones, incluidas las redes sociales”.

Desde 2015 la división de la División de Sistemas Conjuntos del departamento, que cuenta con la vigilancia entre sus responsabilidades, ha pagado 356.252 dólares a la empresa minera de Twitter Gnip (1).

El Ministerio de Defensa ha pagado otros 839.207 dólares a la empresa de análisis DataSift desde 2014, así como otros 105.052 a Geofeedia, una empresa que promete un “acceso especial” a los datos privados de los usuarios de Facebook, Instagram y Twitter.

En Brasil la Policía Militar del Estado de Río de Janeiro está aumentando su presencia en las redes sociales. En febrero del año pasado, aprobó un plan para convertir a los vecinos y comerciantes de los barrios en confidentes gratuitos, una prolongación de sus ojos y oídos.

Con más de 45.000 efectivos, la Policía Militar ya presenta números impactantes en las plataformas sociales: su página de Facebook tiene más de 540.000 seguidores, y sus perfiles de Twitter, Instagram y Youtube, en total, poseen 144.000 seguidores.

Las ONG locales y los movimientos vecinales son claves para la Policía Militar. El 12 Batallón del barrio de Niteroi, junto con la ONG local Viver Bem, creó una estrategia de vigilancia preventiva, que consiste en instalar cámaras de seguridad en algunas de las escuelas de Niteroi y comunicarse a través de Telegram. Whatsapp se ha convertido en el principal canal de comunicación entre la población del barrio y el 18 Batallón.

La asociación entre el Batallón de la Policía Militar de Barra da Tijuca y la población del área condujo a la creación de la aplicación “Linha Direta” (Línea Recta), que permite que la unidad reciba información de las viviendas y comercios en tiempo real.

“Los resultados son realmente positivos. La información es más rápida, lo que nos permite actuar de inmediato. Hemos estado reduciendo las tasas de criminalidad en el área desde los últimos dos años”, dice el coronel Figueiredo, comandante del 18 Batallón de Jacarepaguá.

La estrategia de rastreo de la Policía Militar incluye a efectivos que vigilan constantemente las redes sociales. Si hay alguna situación que requiera más investigación, el caso se envía a la inteligencia de policial. Si la situación consiste en un informe policial, se envía a la sala de operaciones, que envía inmediatamente un automóvil de la policía al lugar.

(1) http://support.gnip.com/sources/twitter/
(2) http://riotimesonline.com/brazil-news/rio-politics/rios-military-police-invests-in-social-media-for-security-purposes/

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La Gran Fábrica de Mentiras: el ‘prestigioso’ New York Times

El New York Times sigue destacando por la fabricación de noticias falsas, para las que no hay fuente más fiable que la CIA, que regularmente alimenta a sus sicarios periodistas con historietas sensacionales, que son tan inverificables como sus fuentes anónimas.

Un ejemplo es el anuncio el 24 de agosto de que los servicios secretos estadounidenses no sabían nada sobre los planes de Rusia de arruinar las elecciones del próximo noviembre, porque sus “informantes cercanos a… Putin y al Kremlin” no les estaban diciendo nada.

Pero en el periodismo más convencional, no saber nada sobre algo que no existe o para lo que no hay pruebas, es la nada; no puede ser ni noticia ni primicia.

Este tipo de “informaciones” en torno a la nada persiguen un objetivo: asegurar la presencia constante del mantra “Rusia sabotea la democracia occidental” en primera plana.

El 5 de septiembre el New York Times volvía a la carga, sustityendo a Putin por Trump en un artículo sin firma titulado “Formo parte de la resistencia dentro del gobierno de Trump”. Es otra pequeña obra maestra del arte de la estafa periodística. El anónimo autor se presenta como un reaccionario indignado por la “amoralidad” de Trump, o sea, un traidor (otro) dentro de un gobierno que se permite pontificar sobre “moralidad” (así es el New York Times).

Tanto en Washigton como en Moscú, el prototipo del New York Times es el mismo que el de Shakespeare: Yago, el traidor en la tragedia “Otelo, el moro de Venecia”, al que destruye al empujarlo a desconfiar de su mujer y de sus amigos más cercanos. Es el mito de un personaje que gobierna en un lugar (Venecia) que no es el suyo: Otelo es de la otra ribera del Mediterráneo, africano, un moro o quizá peor: un negro.

El Yago del New York Times pone como ejemplo a seguir al difunto senador John McCain y dice aprobar las medidas reaccionarias de Trump, que considera como positivas: desregulación, reforma fiscal, un ejército más robusto y otras en las que (hábilmente) se olvida de mencionar la política de inmigración.

De Trump el traidor apoya todo excepto una única cosa: la política exterior de Trump y, en especial, la tentativa de mantener buenas relaciones con Rusia y Corea del norte.

Los cazadores de fraudes y falsedades bien podrían incluir este tipo de montajes dentro de su elenco de basura, como han hecho el Boston Globe y algunos medios belgas (Le Soir, RTBF) que se preguntan por la identidad del nuevo “garganta profunda”. Ya se lo decimos nosotros: los anónimos de esa prensa tan “prestigiosa” no pueden engañar a nadie; apestan a CIA allá por donde van.

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Las nuevas tecnologías encubren las campañas de intoxicación de la CIA: el Caso Genbeta

Un blog sobre tecnología, informática y tendencias digitales, Genbeta (1), ha iniciado una cruzada santa contra las noticias falsas, a las que llaman “fakes” porque no se molestan en acudir a un diccionario. “Díme de qué presumes y te diré de qué careces” es un refrán conocido que casa como anillo al dedo a Genbeta.

Los modernos inquisidores son aún peores, mucho peores, cuando visten ropajes asépticos, neutrales, imparciales, arropados por el disfraz de las ciencias de la naturaleza, exactas y puramente técnicas; nada que ver con las ciencias sociales, las ideologías, las religiones o el chamanismo.

Su desfachatez es la que les permite difundir a los cuatro vientos titulares amañados como “Descubren una enorme red de desinformación iraní en Facebook, Twitter, Instagram y YouTube”. Entonces caemos en la cuenta de que, a diferencia de la BBC, por ejemplo, lo que la la República Islámica difunde no es información, sino todo lo contrario: desinformación.

También nos sorprendemos de que las redes que maneja Irán no son insignificantes, como suponíamos, sino todo lo contrario. Son un peligro porque son “enormes” y amenazan con embaucar al resto del mundo con sus (des)informaciones porque nosotros -ignorantes- no somos capaces de diferenciar una cosa, la información, de otra, la desinformación.

Estamos en peligro. Antes estábamos bien informados gracias a cadenas como la BBC, pero ahora a las “enormes” redes rusas se le suman las iraníes y dentro de poco los de Corea del norte harán lo propio y acabaremos todos engañados y confundidos.

Menos mal que tenemos a expertos, como los de Genbeta, que disponen de un elenco de “cazadores de fakes” capaces de diferenciar las verdades de las mentiras y prevenirnos de Rusia, Irán y otros países del Eje del Mal que no hacen más que contar fabulaciones.

La noticia de Genbeta tiene como fuente a FireEye, a la que presentan como si fuera una “empresa de seguridad”, cuando se trata de una de tantas pantallas de la CIA, como cabía sospechar sólo con tener una mínima capacidad de crítica.

Por lo tanto, como tantos otros, Genbeta se convierte en un altavoz de la CIA y de sus campaña de intoxicación permanente que, a diferencia de otras, sí es realmente “enorme”, como vemos entre quienes hacen gala de un seguidismo gregario.

Basta con ser capaz de analizar un poco para saber que FireEye es una de tantas empresas de tecnología de vanguardia creadas por la CIA, como dijo hace seis años Business Insider (2). A través de In-Q-Tel, la CIA ha invertido en FireEye desde 2009, pero Genbeta se preocupa de encubrir le naturaleza imperialista, terrorista y criminal de sus fuentes.

El trasfondo militarista de empresas tecnológicas como FireEye es tan descarado que en 2014 la agencia Bloomberg volvió a denunciarlo (3): los clientes internacionales de FireEye estaban “planteando preguntas” sobre sus vínculos evidentes y conocidos con el espionaje.

Es normal que para la intoxicación Genbeta necesite utilizar una pantalla, como FireEye, porque convertirse en un portavoz directo de la intoxicación de la CIA no es propio de quienes alardean de neutralidad, imparcialdad y lucha contra las mentiras en nombre de las “nuevas tecnologías”.

(1) https://www.genbeta.com/actualidad/no-solo-rusia-descubren-enorme-red-desinformacion-irani-facebook-twitter-instagram-youtube
(2) https://www.businessinsider.com/25-cutting-edge-companies-funded-by-the-central-intelligence-agency-2012-8
(3) https://www.bloomberg.com/news/articles/2014-05-08/fireeye-cybersecurity-leader-with-cia-ties-tries-to-expand-abroad

Más información:
— La CIA quiere manipular las redes sociales
— El Pentágono creó Google para dominar la guerra de la información en el mundo
— El Pentágono apuesta por internet para la guerra imperialista
— El espionaje imperialista controla al mayor fabricante mundial de tarjetas SIM

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El Caso Browder: un aspecto siniestro de la campaña de propaganda contra Rusia

El lunes en Helsinki, en la conferencia de prensa conjunta con Trump, Putin devolvió la pelota a las grandes cadenas de comunicación del mundo cuando le preguntaron por su injerencia en las elecciones presidenciales estadounidenses. La campaña de Clinton había percibido 400 millones de dólares del financiero William Browder, dijo Putin, de procedencia ilegal. En la operación, añadió, estaba involucrado el espionaje estadounidense que “acompañó y dirigió las transacciones”.

Públicamente Putin ofreció permitir una investigación de Estados Unidos en Rusia, a cambio de que ellos pudieran hacer lo mismo en Estados Unidos.

El asunto es apasionante e involucra numerosos flecos, que precisarían de un espacio muy grande para poderlos desentrañar cabalmente, empezando por William Browder, un oscuro personaje desconocido en España, pero que goza de un enorme eco en los medios anglosajones.

La biografía de Browder explica muchas cosas de Rusia y del mundo actual. Es nieto del antiguo secretario general del Partido Comunista de Estados Unidos, Earl Browder, destituido en 1945. En 1998 renunció a la ciudadanía estadounidense para no pagar impuestos y ahora es ciudadano británico.

Acumuló miles de millones en los noventa con el hundimiento de la URSS y el retorno del capitalismo a Rusia. Es uno de esos oligarcas del estilo Boris Berezovsky a los que Putin tuvo que meter en cintura al llegar a la Presidencia y, desde entonces, son enemigos feroces. Por eso los medios se hacen eco de las declaraciones de Browder sobre la corrupción y la falta de derechos humanos en Rusia.

Putin acusa a Browder de ganar ilegalmente más de 1.500 millones de dólares sin pagar impuestos, ni en Rusia ni en Estados Unidos. En 2013 un tribunal de Moscú le condenó por evasión fiscal y en diciembre volvió a ser condenado en rebeldía a nueve años de prisión por quiebra fraudulenta.

El dinero que Browder saqueó en Rusia se lo llevó a Estados Unidos y en 2012 sirvió para que el Congreso de Estados Unidos aprobara la “Ley Magnitsky” que sanciona a los rusos que “violan los derechos humanos”. El principal impulsor de la Ley Magnitsky fue el senador por Maryland Ben Cardin, quien a su vez estaba financiado por Browder.

Los medios presentan a Serguei Magnitsky a su manera, como un abogado que luchaba contra la corrupción en Rusia, lo que le llevó a la cárcel, donde murió en 2009. Según organizaciones de defensa de los derechos humanos, falleció por falta de asistencia médica. Según Browder, Magnitsky murió porque se negó a admitir su implicación en la evasión de impuestos de Hermitage Capital.

Pero Magnitsky no luchaba contra la corrupción en Rusia sino que era parte de ella. Tampoco era un abogado sino el contable de Browder precisamente.

La versión de Browder es que Magnitsky descubrió un plan de evasión fiscal de 230 millones de dólares que involucraba a su financiera, Hermitage Capital, que tenía fondos ocultos en una cuenta que, en realidad, fue creada por policías rusos corruptos que detuvieron a Magnitsky y permitieron su muerte en una prisión.

Al respecto el cineasta ruso Andrey Nekrasov, otro furibundo enemigo de Putin, realizó en 2016 un documental titulado “Magnitsky Act: Behind The Scenes” que versa sobre ambos, Browder y Magnitsky, donde el primero no sale bien parado.

Pero los tentáculos de Browder llegan tan lejos que logró que el Parlamento Europeo cancelara la proyección del documental porque importantes fuerzas están trabajando sin descanso para tensar todo lo posible las relaciones entre Rusia y Estados Unidos.

La policía española deja escapar a Browder

Al estar condenado por sentencia firme, Browder tiene órdenes internacionales de busca y captura emitidas por la Interpol. Por eso fue detenido en un hotel Madrid en mayo de este año, aunque por muy poco tiempo porque el cartel de “disidente ruso” vende mucho y, como todo lo que afecta a Rusia, es rocambolesco.

Fue el propio Browder quien informó de su detención a través de su cuenta de Twitter: “Acabo de ser detenido por la policía española en Madrid en base a una orden de detención rusa de Interpol. Camino de la comisaría de policía en estos momentos”. Es evidente: la policía española ni siquiera le esposó, ni le retiró su móivil, como ordenan los protocolos. Son los privilegios de ser un “disidente ruso”.

Una vez en libertad, Browder siguió explicando en Twitter que la secretaría general de Interpol en Lyon “aconsejó” a la policía española que no hiciera ni casode  la orden de detención emitida por Rusia. “Es la sexta vez que Rusia abusa de Interpol en mi caso”, añadió.

Pero la complicidad con este delincuente no procedió sólo de la Interpol, ni de la policía española, porque fue invitado a venir a España por la fiscalía, concretamente por José Grinda, que investiga a las mafias rusas y el dinero del caso Magnitsky que ha acabado en España.

Los encargados de perseguir a los delincuentes funcionan así: en lugar de detenerlos se reúnen con ellos y los dejan marchar para que todo siga como siempre.

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El trabajo de difusión ‘cultural’ de la CIA contra la URSS durante la Guerra Fría

El Washington Post acaba de descubrir ahora (*) que la CIA publicó y distribuyó “Doctor Zhivago”, la novela épica de Boris Pasternak, para socavar a la URSS, pero para los historiadores de la Guerra Fría y los que vivían al otro lado del Telón de Acero, es una noticia muy vieja.

Desde su mismo origen en 1947 la CIA comprendió que para derrocar a la Unión Soviética, además de bombas, eran necesarias pinturas, sinfonías y prosa.

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No hubo ningún ataque químico del ejército sirio contra Duma en abril

La imagen de portada es una captura de pantalla de una manipulación de la CNN divulgada en abril en la que aparece la corresponsal de la cadena, Clarissa Ward, olisqueando la ropa para demostrar que el ejército sirio había lanzado armamento bioquímico contra la población de Duma, un barrio en los alrededores de Damasco.

La campaña no sólo fue una de las tantas desinformaciones de las grandes cadenas, sino que los imperialistas lo tomaron como pretexto para una operación de represalias masivas en la que la aviación de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia bombardearon Siria.

En España en los embustes ha venido destacado durante años el farsante de Mikel Ayestarán, premio Periodistas Vascos 2015, que entonces escribía en ABC que “además del cloro, el régimen ha empleado también gas sarín, un agente nervioso extremadamente potente, según recogió el informe publicado por Naciones Unidas en septiembre. El organismo internacional investigó durante cinco meses el ataque contra la aldea de Jan Sheijun, en el que 83 personas murieron, y concluyó que la bomba lanzada por un avión sirio era un artefacto de gas sarín producido por la antigua URSS con 40 kilos de sarín y otros agentes nerviosos” (1).

Este manipulador mezclaba torpemente el ataque a Duma con el de Jan Sheijun, como mezclaba el cloro con el sarín, a Siria con la desaparecida URSS, e incluso con Rusia, a la que había que poner siempre en primer plano, porque “Rusia ampara por sistema todos los ataques químicos lanzados por Al Assad”, concluía Ayestarán.

Otra información decía que Estados Unidos disponía de “multitud de informes” que demostraban que el Gobierno de Siria había empleado gas cloro y sarín contra la localidad de Duma. “El uso de armas químicas -aseguraba- se suma al cúmulo de ‘brutalidades’ cometidas por el ‘régimen’ de Bachar Al Assad contra su propio pueblo” (2).

Pues bien, el viernes la OIPC publicó un informe preliminar sobre el asunto en el que concluye lo siguiente: “No se ha detectado ningún agente neurotóxico organofosforado o sus productos de degradación en las muestras ambientales o en los restos de plasma obtenidos de las supuestas víctimas”.

No hay nada de nada. Por no haber no hay ni víctimas, que son “supuestas” aunque la Cadena Ser cifró su número en 40, por lo menos (3).

Era sabido, y la campaña de mentiras en las grandes cadenas sólo trataban de justificar los bombardeos porque los imperialistas siempre necesitan un pretexto. Tanto la ONU como la OIPC advirtieron entonces, a quien quisiera escuchar, que había que tener prudencia antres de acusar al “animal Al-Assad”.

(1) https://www.abc.es/internacional/abci-damasco-burla-todos-vetos-y-sigue-produciendo-cloro-y-empleando-sarin-201804110222_noticia.html
(2) https://www.lainformacion.com/mundo/ataque-siria-eeuu-acusa-a-assad-de-usar-gas-cloro-y-sarin-en-duma/6346222
(3) http://www.cadenaser.com/ser/2018/04/08/internacional/1523174978_919047.html

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Odio, discurso de odio, delito de odio, grupo de odio

El odio y sus conexos, como el llamado “discurso de odio”, son uno de los mejores ejemplos de la basurilla intelectual que fabrican las facultades de sociología de Estados Unidos, las ONG, los periodistas, los grupos reformistas y los movimientos LGTB, entre otros.

Lo políticamente correcto está de moda y el odio se ha quedado fuera. Le han dado sustantividad propia y lo han convertido en un delito por sí mismo. Hay fiscalías y grupos de la policía dedicados especialmente a perseguir este tipo de delitos. Cabe suponer que si los grupos de estupefacientes han erradicado las drogas, los grupos antiodio acabarán con el odio y el rencor, y harán realidad el mandato bíblico de “amaos los unos a los otros”.

Esta imbecilidad intelectual cumple numerosas funciones de control social, diversión ideológica y ataque a la libertad de expresión.

El recurso al odio es una explicación extremadamente subjetiva de un fenómeno social, de una conducta personal y de un delito del estilo que difunde la telebasura, como “mentes criminales”.

Te radicalizas porque lees páginas radicales en internet. De ese modo, tienes que tener cuidado porque puedes acabar en la extrema derecha o en la extrema izquierda. Así los “expertos” aseguran que los yihadistas cometen crímenes atroces porque leen ese tipo de propaganda y se “reconvierten”. Si leyeran a Bakunin pondrían en práctica la acción directa y si leyeran a Mao, la guerra popular prolongada.

Por eso es imprescindible acabar con el odio, el extremismo y las páginas extremistas en internet, que es su incubadora. “El discurso del odio invade la red”, decía el año pasado un informe del Ministerio del Interior (1).

Es la típica falsedad propagada al unísono desde un Ministerio tan propenso, como el de Interior, cuyas tonterías los medios jalean para crear una (falsa) alarma: internet es el moderno Sodoma y Gomorra, un ámbito especial de criminalidad repleto de piratería y pornografía.

Convierten a lo que es puramente virtual en real. Por ejemplo, es habitual el empleo de expresiones como “ataque” o “agresión” para referirse a mensajes aparecidos en las redes sociales. Alguien se ha debido quedar hipnotizado: un mensaje no es una paliza ni una cuchillada.

El segundo paso es convertir lo virtual en viral. Es otro vuelco de 180 grados. Quieren aparentar que un determinado mensaje se ha expandido por la red, cuando en realidad lo que expande el mensaje es la censura y la represión.

En fin, es una cadena que luego pasa de lo viral a lo “visible”, otra expresión absurda de la jerga moderna.

Un mensaje no es en sí mismo viral; lo viral es la represión. Los delitos cometidos en el ejercicio de la libertad de expresión, como el de enaltecimiento (artículo 578 del Código Penal), requieren publicidad. Pero un mensaje en Twitter no es público; alguien lo convierte en público. Quien ha elevado a Casandra Vera a los altares de la fama no es un chiste, sino la policía, los tribunales y los medios de comunicación.

Además de constituir un delito por sí mismo (artículo 510 del Código Penal), el odio es una circunstancia agravante (artículo 22.4 del Código Penal) en cualquier otro delito, como en el Caso Altsasu.

Por estúpida que resulte, la ideología dominante se propaga como la peste a golpe de subvenciones, ONG y prensa. En el caso del odio ha llegado al delirio, como se comprueba en la noticia del diario ecuatoriano “El Universo” de la semana pasada, donde se informa de que el actual Presidente de la República, Lenín Moreno, había denunciado por un delito de odio a su predecesor Correa porque le llamó “Efialtes” en su cuenta de Twitter (2).

Hay que recurrir a Herodoto para averiguar que Efialtes fue un ateniense de hace 2.500 años que, durante la batalla de las Termópilas, envió a los persas a masacrar a los espartanos que defendían el desfiladero. Es, pues, sinónimo de traidor, el Malinche azteca o el Caín bíblico.

La leyenda es común a muchos pueblos: los extranjeros no nos derrotaron porque fueran más valientes, sino porque uno de los nuestros nos traicionó…

Si dos políticos que ocupan los cargos de máximo relieve de un país, tienen que recurrir a los tribunales llevándoles este tipo de “delitos”, es porque estamos rodeados de gilipollas, y no se trata sólo de periodistas, sino de juristas (jueces, abogados, fiscales, profesores universitarios) y de todos esos colectivos seudoprogres.

A pesar de la represión, el odio aumenta a través de internet, que es su correa de transmisión. “Las redes sociales han permitido el aumento de los ataques y casos de odio en Estados Unidos”, asegura el SPLC (Southern Poverty Law Center).

Además internet pone en contacto a unos odiadores con otros, los recluta y los organiza, de tal modo que el referido SPLC ha registrado unos 900 grupos de odio en Estados Unidos, que Rick Halperin uno de esos “expertos” de pacotilla de una universidad metodista, atribuye a los mensajes de Trump: “Todo empieza con el Presidente”, sostiene Halperin. “Ha demostrado quién es: un intolerante, un mentiroso, una persona que odia”(3).

La conclusión es obvia: si todo empieza con Trump, para acabar con el odio primero deberíamos acabar con él… Pero no podemos. Lo que sí podemos hacer es censurar internet de manera que el odio, el racismo, el yihadismo y el extremismo no se propaguen.

Ahora bien, la censura está mal vista y es antipática si llega desde fuera, sobre todo desde el Estado y sus funcionarios. Lo mejor -y más barato- es que internet se autocensure: que los buscadores se autocensuren, poner a Facebook y Twitter a vigilar a sus usuarios, cerrar los servidores a saco…

(1) https://politica.elpais.com/politica/2017/06/08/actualidad/1496913111_575299.htm
(2) https://www.eluniverso.com/noticias/2018/06/20/nota/6821237/denuncian-rafael-correa-supuesto-delito-odio-tras-llamar-efialtes
(3) https://mundohispanico.com/noticias/aumenta-racismo-y-odio-en-redes-sociales-experto-lo-atribuye-a-trump-video

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Guerra psicológica

El secreto del enorme éxito de Russia Today está en el fracaso de los demás

Moscú podría haber creado una red de medios mucho más eficaz que la oxidada red de las agencias Tass y Novosti, las revistas en idiomas extranjeros como Tiempos Nuevos o Novedades de Moscú o el servicio internacional de Radio Moscú, todos muy mediatizados por el KGB y cuyas relaciones internas darían para escribir miles de folletines alguno de ellos completamente kafkiano.

“Habría bastado”, decía el exjefe analista, “con copiar a nuestros adversarios: crear un canal que diera voz a todos los disidentes del mundo occidental”. Los adversarios disponían de tal red. En realidad una red de redes que se llamaba Voz de América, Radio Liberty, Radio France International (RFI), Deutsche Welle, BBC, etc. La mayoría de ellas tenía programas en ruso y ucraniano, y algunas en casi todas las lenguas importantes de las diversas nacionalidades de la URSS (¡y había muchas lenguas en la URSS!). Los disidentes soviéticos, fuera en Lituania, San Petersburgo, Tbilisi o Moscú, se expresaban a través de aquellos medios, que difundían sus papeles y noticias. Millones de ciudadanos soviéticos escuchaban aquellas “voces”; ese era el eufemismo con el que la prensa oficial se refería a veces a aquella red, eficaz, profesional, bien pagada. Pues bien, muchos años después, ya con Putin y concluida oficialmente desde hacía quince años la guerra fría, Moscú creó un aparato similar.

Fue en 2005. Entre tanto el ex gran jefe analista volvió a servir a la patria. Quizá fue su vieja idea, quizá estaba en el aire, pero con el canal Russia Today (RT), Moscú hizo las cosas bien.

Desde entonces el canal y las agencias internacionales no han hecho más que crecer. El presupuesto de RT es de unos 300 millones de dólares. Contrataron a competentes profesionales extranjeros y se han consolidado como un formidable medio de comunicación global en muchas lenguas. Naturalmente, la hegemonía informativa occidental es aplastante y naturalmente RT defiende intereses rusos, pero su mera existencia contribuye al pluralismo. Quiero decir al pluralismo realmente existente, que especialmente en materia de medios de televisión es un pluralismo de propagandas, algo que está muy lejos de ser ideal, pero que es mucho mejor que el monopolio que sufrimos durante la primera guerra de Irak (CNN) o la inducida disolución bélica de Yugoslavia (CNN+BBC, etc.).

La red propagandística occidental sigue siendo la principal, pero el mundo emergente multipolar ya tiene sus aparatos alternativos: los canales del Golfo, la china CCTV (también en varios idiomas), RT, Tele Sur, y otras.

En el pulso Rusia-Occidente la desproporción de medios salta a la vista. RT no forma parte de una inexistente red de los emergentes. Frente a sus 300 millones, la Deutsche Welle dispone de un presupuesto de 350 millones, RFI 380 millones, la BBC 524 millones y el complejo americano mucho más. Y todos esos medios actúan al unísono en cuanto a la difamación de Rusia se refiere. Pese a todo, RT se ha convertido en un adversario de peso.

Su canal en inglés, por ejemplo, se parece mucho a un medio alternativo: ahí es donde el ciudadano americano puede enterarse de muchas noticias relevantes que sus medios no dan. Aunque la idiosincrasia del régimen ruso sea bien de derechas, una versión nacional-eslava de eso que calificamos como espíritu neocon, su posición en el mundo redunda en un posicionamiento mucho más liberal (partidario de la diplomacia y del multilateralismo) y crítico con el belicismo realmente existente (que es occidental) en cuestiones internacionales. El resultado es interesante. Por eso, pese a la modestia de sus medios, esta competencia se ha hecho muy incordiante en occidente, cuyas potencias no soportan que el adversario les responda, aunque sea modestamente, con su propia moneda.

Todos ustedes conocen las denuncias por atropello a la libertad de información que se producen en Rusia, pero seguramente desconocen que los periodistas y colaboradores de RT trabajan en Estados Unidos en unas condiciones muy parecidas a las que los periodistas occidentales estábamos sujetos en la URSS. En Estados Unidos el canal ruso se ha tenido que registrar como “agente extranjero” (igual que algunas ONG financiadas por dinero occidental en Rusia) y están obligados a trabajar con esa etiqueta. Los periodistas deben enviar copias de su trabajo a las autoridades en un plazo de 48 horas y sus movimientos están estrictamente supervisados.

Por supuesto, empresas privadas como Google y Twitter, estrechas colaboradoras de la NSA como se ha demostrado, discriminan al canal ruso todo lo que pueden. En el parlamento británico se han escuchado voces de diputados para “clausurar” RT. En Alemania, con el complejo mediático más uniforme y retrógrado de Europa occidental, la campaña antirrusa ha batido todos los récords y con ella la demonización de los medios rusos. El Parlamento europeo ha aprobado resoluciones discriminatorias contra los medios de comunicación rusos. Twitter y Facebook ya han cerrado las cuentas de portales rusos como USAReally.com, donde  pueden leerse informes tan sorprendentes como el de que uno de cada cuatro americanos apoyaría la secesión pacífica de su estado de los Estados Unidos…

Y en el este de Europa las cosas son aún más rudas: una periodista de RT, Paula Slier, acaba de ser expulsada de Ucrania y su entrada en el país vetada por cinco años, al acudir a un certamen de la OSCE sobre libertad de información organizado en Kiev. En Estonia, el periodista y exdiputado italiano Giulietto Chiesa, habitual colaborador de RT, fue también expulsado cuando acudió a una conferencia. Son solo algunos ejemplos recientes entre muchos otros.

Los procedimientos que Occidente utiliza para remediar que los rusos hayan logrado establecer cierta competencia con el antiguo monopolio informativo occidental, son claros atentados a la libertad de información y bastante reveladores de hacia donde soplan los vientos en nuestras democracias. En cualquier caso, gracias al pluralismo de propagandas es mucho más fácil orientarse en los actuales conflictos que sacuden nuestro agitado mundo.

Rafael Poch http://ctxt.es/es/20180627/Politica/20441/Rafael-Poch-Imperios-combatientes-RT-propaganda-medios-Occidente-Rusia.htm