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Del socialismo científico al socialismo distópico

“La educación que mueve a la autoeducación es justamente, según mi íntimo convencimiento, la verdadera educación. Enseñar al individuo a autoeducarse es infinitamente más difícil que organizar distracciones dominicales”
(Vasili A. Sujomlinski, Educación y autoeducación, Sovietskaia Pedagoguica, núm 11, 1970)

En el siglo XIX, el 21 de septiembre de 1882 Federico Engels publicaba un folleto con el título “Del socialismo Utópico al socialismo científico” que contenía tres capítulos de su libro “La subversión de la ciencia por el señor E. Dühring”, escrito en 1878.

En el prólogo de la edición inglesa de 1892 hacía referencia a los avances de la ciencia con estas palabras: “La química moderna nos dice que tan pronto como se conoce la constitución química de cualquier cuerpo, este cuerpo puede integrarse a partir de sus elementos. Hoy, estamos todavía lejos de conocer exactamente la constitución de las sustancias orgánicas superiores, los cuerpos albuminoides, pero no hay absolutamente ninguna razón para que no adquiramos, aunque sea dentro de varios siglos, este conocimiento y con ayuda de él podamos fabricar albúmina artificial. Cuando lo consigamos, habremos conseguido también producir la vida orgánica, pues la vida, desde sus formas más bajas hasta las más altas, no es más que la modalidad normal de existencia de los cuerpos albuminoides”.

Esta ilusión respecto a la ciencia y sus avances a finales del siglo XIX, producto de la transformación y cambio del patrón tecnológico a partir de la crisis de 1873, y la desafortunada frase de “habremos conseguido también producir la vida orgánica”, seguramente ha sido un elemento que ha calado en el pensamiento de los escolásticos del socialismo científico hasta el extremo de realizar paralelismos entre la ciencia social que emana del análisis de la sociedad y de la lucha de clases en la misma i la ciencia aplicada por las clases dominantes a efecto de mantener el control social para paliar los efectos de dicha lucha de clases.

Hemos llegado a un punto en el cual la denominada “ciencia” no es utilizada precisamente para alcanzar lo que Engels anunciaba en el citado documento. “Por vez primera, se da ahora, y se da de un modo efectivo, la posibilidad de asegurar a todos los miembros de la sociedad, por medio de un sistema de producción social, una existencia que, además de satisfacer plenamente y cada día con mayor holgura sus necesidades materiales, les garantiza el libre y completo desarrollo y ejercicio de sus capacidades físicas y espirituales”. Todo lo contrario ha ocurrido.

Pero las lecturas interesadas han hecho mella en los cerebros de los paladines del pensamiento crítico, ya sean éstos partidos políticos, movimientos sociales, universidades o intelectuales del ámbito progresista y anticapitalista. Y el concepto de progreso se ha asociado a una mejora del bienestar, prácticamente casi siempre concebido como más posesión de bienes materiales lo cual sería cierto si va asociado a una equidad social, económica, política, cultural, ecológica y de libertad, pero obviando que dicho progreso es una condición necesaria para la revalorización del capital y por lo tanto dirigido, controlado y puesto en práctica por él. Solamente desde esta óptica se puede comprender la claudicación y seguidismo respecto a lo que ha ocurrido durante el año 2020, siguiendo a pies juntillas las recomendaciones y órdenes emanadas desde las más altas instancias del capitalismo mundial.

La pregunta del por qué de esta sumisión no la podemos simplificar con apelativos despectivos al estilo de “se han vendido a las multinacionales” u otros similares. El tema es más complejo y merece una reflexión pausada, reflexión que de no realizarse posiblemente será difícil de comprender esta aceptación acrítica de las interpelaciones del capital y de paso la renuncia total no solamente al socialismo científico, sino a la propia utopía, que por cierto no era desmerecida en el folleto de Engels al que hacía mención refiriéndose a Saint Simón, Owen o Fourier.

Seguramente, la visión de progreso, la valoración de la ciencia, que según se atribuye a Lenin “Comunismo es soviets más electricidad”, podía tener sentido en un país como Rusia de principios de siglo XX en el cual las masas campesinas vivían mayormente en condiciones subhumanas, lo mismo que cuando Engels a medianos del siglo XIX describió la situación de la clase obrera en Inglaterra.

Y no cabe duda que los descubrimientos científicos y las aplicaciones técnicas han jugado un papel importante en la mejora de las condiciones de existencia de una parte muy importante de la población en los países del centro del sistema capitalista, pero que durante un cierto período revolucionario dicha ciencia y dicha técnica quedaban subordinadas en la URSS a la lucha de clases a favor del proletariado hasta medianos del siglo XX.

A partir de este momento, se empezó a teorizar el carácter neutro de la ciencia, también tomando como referencia algunas alusiones de Marx al respecto y de este modo el concepto de progreso quedó tan solo como una carrera para alcanzar el grado de consumo de los países capitalistas. Unos cambios importantes se sucedieron en la Academia de Ciencias de la URSS que se irradiaron hacia en conjunto del movimiento comunista internacional e impregnaron las concepciones éticas, políticas y filosóficas de sus dirigentes y militantes, derivando en demasiados supuestos, cuando no degenerando, a una nueva concepción de conducta moral que se alejaba de las aspiraciones del socialismo.

Dos tópicos se han utilizado durante muchos años para definir las sociedades que en sus principios constitucionales figuraba el concepto socialismo: Salud y educación gratuitas. Uno de estos tópicos no se basaba tanto en el concepto de salud, sino en el de incidir positivamente sobre la enfermedad, con lo cual se ponía en primer lugar el gran número de médicos, el gran número de policlínicos, el gran número de camas hospitalarias y el gran consumo de medicamentos, pero con muy pocas referencias a la salud como concepto de autoconocimiento personal, de cuidado de uno mismo y de la sociedad en conjunto, y poniendo ésta a manos de miles de “técnicos” dispuestos a recomponer una salud maltrecha.

Esta dejación por la salud y esta fijación por “curar la enfermedad” por parte de numerosos especialistas creó un abandono de la educación por la salud y creando con ello una percepción sanitaria alejada del debate democrático, asumida esta dejación tanto por parte de la población como por parte de los militantes comunistas, creando unos hábitos no saludables pero con la confianza que los técnicos o la ciencia resolverían las disfunciones.

Si bien es cierto que el sistema educativo era universal y gratuito, basculaba fundamentalmente en materias técnico-científicas, físicas, matemáticas, etc. , dejando en lugar secundario tanto el tema mencionado del cuidado de la salud, como el conjunto de las denominadas humanidades. Y esta tónica general se fue transmitiendo de generación en generación con un símil a lo que describe Skinner en su novela Walden2: “Resolvimos el problema de las ovejas con una cerca eléctrica portátil que pudiera utilizarse para mover el rebaño por el césped como una segadora gigante, pero dejando libre la mayor parte del prado en cualquier momento deseado.

Pronto nos dimos cuenta de que las ovejas se mantenían dentro del cuadrado y sin tocar la cerca, por lo que ésta ya no necesita estar electrificada. De modo que pusimos una cuerda, que es más fácil de transportar.

“¿Y las crías?” —preguntó Bárbara, volviéndose un poco y mirando a Frazier con disimulo.

“Se las deja sueltas —confesó Frazier—, pero no causan molestia alguna y pronto aprenden a estar con el resto del rebaño. Lo curioso es que la mayoría de estas ovejas nunca les ha dado calambre. La mayoría nacieron después que quitamos el alambre. Se ha hecho ya costumbre entre nuestras ovejas no acercarse nunca a la cuerda. Las crías lo aprenden de sus mayores, cuya sensatez nunca ponen en tela de juicio”.

La competencia en materia científica entre la propuesta socialista y la capitalista se centró básicamente en aplicaciones derivadas de la carrera armamentística, la cual produjo un enorme desequilibrio en las cuentas estatales socialistas cuya consecuencia fue una disminución de los artículos de consumo para la población sobre todo porqué a diferencia del capitalismo no se trasladaron hacia los objetos de consumo las invenciones técnicas de la industria militar. Pero la “ciencia” avanzaba a marchas forzadas.

La autorrealización de las personas, su autonomía, el conocimiento de sí mismos y de su entorno quedaban subordinados a los grandes logros infraestructurales, a veces ciertos, a veces no tanto, pero utilizados como piedra angular del proselitismo. Y la traslación al conjunto del movimiento comunista del ilusorio pensamiento que un mayor número de técnicos médicos o de infraestructuras hospitalarias era una de las soluciones para conseguir salud. Craso error, todas estas infraestructuras eran y son para la enfermedad, pues la salud se debe educar en la escuela, desde los medios de comunicación, desde las organizaciones sociales, desde los barrios, desde los centros de trabajo y además todo ello aparejado con un sistema productivo que no destruya el entorno, que no contamine el aire, el agua, el suelo y los alimentos con tóxicos, en definitiva que no sean elementos de destrucción de la salud.

Esta cultura de la enfermedad, que en su momento se teorizó desde las instancias ideológicas de los comunismos oficiales vino avalada en la década de los años 70 del siglo XX por el concepto de “revolución científico-técnica” como panacea de todos los males tanto del cuerpo como de la sociedad. Concepto mal copiado de la propaganda capitalista en unos momentos que se preparaba para lo que se denominó la revolución microelectrónica o tercera revolución industrial, en la cual se sentaron los cimientos para la industria biotecnológica y cibernética.

Y, el concepto de comunismo dejó de ser la apuesta por una sociedad distinta de la capitalista para convertirse en una competencia de la misma utilizando los mismos parámetros, ya no se trataba de crear una sociedad distinta sino de ganar una carrera cuyas metas coincidían. Así los logros del socialismo se entendían como los mismos que el capitalismo pero atenuando las diferencias sociales existentes en éste, produciéndose paulatinamente un situación en que los modelos morales, y por ende culturales, tendiesen a vibrar en la misma frecuencia, situando en las poblaciones de los países socialistas un anhelo de los modelos de vida de los países centrales del capitalismo, puesto que el objetivo de fondo era la mayor disposición de bienes materiales.

Y cuando se produce la autodestrucción de los países socialistas, sin ningún análisis crítico del mismo, y al mismo tiempo se produce la desbandada del conjunto de las formaciones comunistas en todo el mundo, lo único que quedó para los supervivientes de tal desastre fue el esquema utilizado antes de la autodestrucción, y desde aquel momento, en una parálisis total, simplemente se han venido repitiendo conceptos, consignas, paradigmas que llevaron al desastre.

En lugar de recuperar la memoria teórica y práctica, de adecuarla al momento actual, de reflexionar sobre el presente y elaborar perspectivas de futuro, como hicieron los revolucionarios del siglo XIX, los actuales revolucionarios han sido contagiados por el virus de la distopía, negando la posibilidad de imaginar un mundo y una sociedad distinta. No es de extrañar que estos revolucionarios del siglo XXI se hayan sometido a los dictados del gran capital y hayan aceptado el discurso pandémico con más ahínco que los mismos promotores del mismo.

De todo ello podemos extraer una pequeña lección: no será a través de la ciencia y la técnica del capital que podremos deshacernos de él, sino intentando elaborar, cultivar y defender una alternativa científico-técnica que partiendo de la base de insertarla dentro del debate democrático y con el pensamiento puesto de nuevo en la utopía, nos permita avanzar en un tipo de organización política y social que de forma constante ponga en tela de juicio el sistema capitalista retomando los principios esenciales del socialismo científico para luchar denodadamente contra los intentos distópicos de los teóricos del fin de las ideologías.

Las principales revistas científicas distorsionan la ciencia

Soy científico. El mío es un mundo profesional en el que se logran grandes cosas para la humanidad. Pero está desfigurado por unos incentivos inadecuados. Los sistemas imperantes de la reputación personal y el ascenso profesional significan que las mayores recompensas a menudo son para los trabajos más llamativos, no para los mejores. Aquellos de nosotros que respondemos a estos incentivos estamos actuando de un modo perfectamente lógico —yo mismo he actuado movido por ellos—, pero no siempre poniendo los intereses de nuestra profesión por encima de todo, por no hablar de los de la humanidad y la sociedad.

Todos sabemos lo que los incentivos distorsionadores han hecho a las finanzas y la banca. Los incentivos que se ofrecen a mis compañeros no son unas primas descomunales, sino las recompensas profesionales que conlleva el hecho de publicar en revistas de prestigio, principalmente Nature, Cell y Science.

Se supone que estas publicaciones de lujo son el paradigma de la calidad, que publican solo los mejores trabajos de investigación. Dado que los comités encargados de la financiación y los nombramientos suelen usar el lugar de publicación como indicador de la calidad de la labor científica, el aparecer en estas publicaciones suele traer consigo subvenciones y cátedras. Pero la reputación que tienen las “grandes revistas” solo está garantizada hasta cierto punto. Aunque publican artículos extraordinarios, eso no es lo único que publican. Ni tampoco son las únicas que publican investigaciones sobresalientes.

Estas revistas promocionan de forma agresiva su marca, de una manera que conduce más a la venta de suscripciones que a fomentar las investigaciones más importantes. Al igual que los diseñadores de moda que crean bolsos o trajes de edición limitada, saben que la escasez hace que aumente la demanda, de modo que restringen artificialmente el número de artículos que aceptan. Luego, estas marcas exclusivas se comercializan empleando un ardid llamado “factor de impacto”, una puntuación otorgada por cada revista, que mide el número de veces que los trabajos de investigación posteriores citan sus artículos. La teoría es que los mejores artículos se citan con más frecuencia, de modo que las mejores publicaciones obtienen las puntuaciones más altas. Pero se trata de una medida tremendamente viciada, que persigue algo que se ha convertido en un fin en sí mismo, y es tan perjudicial para la ciencia como la cultura de las primas lo es para la banca.

Es habitual, y muchas revistas lo fomentan, que una investigación sea juzgada atendiendo al factor de impacto de la revista que la publica. Pero como la puntuación de la publicación es una media, dice poco de la calidad de cualquier investigación concreta. Además, las citas están relacionadas con la calidad a veces, pero no siempre. Un artículo puede ser muy citado porque es un buen trabajo científico, o bien porque es llamativo, provocador o erróneo. Los directores de las revistas de lujo lo saben, así que aceptan artículos que tendrán mucha repercusión porque estudian temas atractivos o hacen afirmaciones que cuestionan ideas establecidas. Esto influye en los trabajos que realizan los científicos. Crea burbujas en temas de moda en los que los investigadores pueden hacer las afirmaciones atrevidas que estas revistas buscan, pero no anima a llevar a cabo otras investigaciones importantes, como los estudios sobre la replicación.

En casos extremos, el atractivo de las revistas de lujo puede propiciar las chapuzas y contribuir al aumento del número de artículos que se retiran por contener errores básicos o ser fraudulentos. Science ha retirado últimamente artículos muy impactantes que trataban sobre la clonación de embriones humanos, y sobre la relación entre el tirar basura y la violencia y los perfiles genéticos de las personas centenarias. Y lo que quizá es peor, no ha retirado las afirmaciones de que un microorganismo es capaz de usar arsénico en su ADN en lugar de fósforo, a pesar de la avalancha de críticas científicas.

Hay una vía mejor, gracias a la nueva remesa de revistas de libre acceso que son gratuitas para cualquiera que quiera leerlas y no tienen caras suscripciones que promover. Nacidas en Internet, pueden aceptar todos los artículos que cumplan unas normas de calidad, sin topes artificiales. Muchas están dirigidas por científicos en activo, capaces de calibrar el valor de los artículos sin tener en cuenta las citas. Como he comprobado dirigiendo eLife, una revista de acceso libre financiada por la Fundación Wellcome, el Instituto Médico Howard Hughes y la Sociedad Max Planck, publican trabajos científicos de talla mundial cada semana.

Los patrocinadores y las universidades también tienen un papel en todo esto. Deben decirles a los comités que toman decisiones sobre las subvenciones y los cargos que no juzguen los artículos por el lugar donde se han publicado. Lo que importa es la calidad de la labor científica, no el nombre de la revista. Y, lo más importante de todo, los científicos tenemos que tomar medidas. Como muchos investigadores de éxito, he publicado en las revistas de renombre, entre otras cosas, los artículos por los que me han concedido el Premio Nobel de Medicina, que tendré el honor de recoger mañana. Pero ya no. Ahora me he comprometido con mi laboratorio a evitar las revistas de lujo, y animo a otros a hacer lo mismo.

Al igual que Wall Street tiene que acabar con el dominio de la cultura de las primas, que fomenta unos riesgos que son racionales para los individuos, pero perjudiciales para el sistema financiero, la ciencia debe liberarse de la tiranía de las revistas de lujo. La consecuencia será una investigación mejor que sirva mejor a la ciencia y a la sociedad.

Randy Schekman https://noticiasayr.blogspot.com/2021/01/por-que-revistas-como-nature-science-y.html

La conversión de la ciencia en una chapuza con fines de lucro y a costa de la salud del mundo entero

Los kits de prueba PCR para detectar el coronavirus se basan en un artículo “científico” publicado el 23 de enero de este año en la revista Eurosurveillance, que está firmado, entre otros autores, por Víctor Corman y Christian Drosten (*), el principal asesor científico de Merkel para la pandemia y que aparece en la foto de la portada.

Corman, Drosten y los demás enviaron el artículo para su publicación dos días antes, es decir, el 21 de enero, una fecha que coincide con la decisión de la OMS de tomar su método como canon mundial para la detección del coronavirus (RT-PCR).

Por lo tanto, el carro iba delante de los bueyes: la OMS conocía el nuevo método de Corman y Drosten antes de que se publicara porque los alemanes se lo enviaron previamente a Ginebra. Era algo negociado y pactado antes de que la pandemia saltara en Europa.

Pero no es la única paradoja porque entonces todo se empezaba a hacer contrareloj y de la peor manera posible. Hasta el 24 de enero el CDC chino no informa sobre el nuevo brote aparecido en Wuhan, es decir, que la prueba canónica RT-PCR se crea antes de que se conozca el virus. ¿Cómo es posible crear un método de detección de algo que no estaba aún definido?

El artículo de Corman, Drosten y demás lo reconoce literalmente: “Antes del anuncio público de las secuencias del virus de 2019-nCoV, nos basamos en los informes de los medios sociales anunciando la detección de un virus similar al SARS. Por lo tanto, asumimos que un virus relacionado con el SARS El CoV estuvo involucrado en el brote”.

Es lo mismo que dicen los políticos: no sabíamos nada, nos enteramos por la prensa. También los “científicos” como Corman y Drosten se informan por la prensa y “asumen” que el “nuevo virus” no es tan nuevo, sino más bien “similar” al Sars. Este tipo de “científicos” funcionan así: a ojo de buen cubero.

En tres semanas ya tenían el método para detectar a un virus “similar al Sars”, es decir, del cual no conocían su secuencia genómica. Incluso ya tenían redactado el artículo “científico” correspondiente.

En otro apartado el artículo decía lo siguiente: “En el presente caso de 2019-nCoV el aislamiento del virus o las muestras de pacientes infectados aún no están disponibles para la comunidad internacional con fines de salud pública. Informamos aquí sobre el establecimiento y la validación de un flujo de trabajo de diagnóstico para el cribado de 2019-nCoV y la confirmación específica desarrollada en ausencia de aislamientos de virus disponibles o muestras de pacientes originales. El diseño y la validación fueron posibles gracias a la estrecha relación genética con el SARS-CoV de 2003 y al apoyo del uso de la tecnología de ácido nucleico sintético”.

No se puede ser más claro: el nuevo virus no se había secuenciado y la prueba RT-PCR se apoyaba en su “estrecha relación genética” con el Sars, aparecido 17 años antes. Eso significa que el test RT-PCR no es específico para el coronavirus, en contra de lo que vienen sosteniendo los “expertos” desde hace nueve meses.

El método de Corman y Drosten no puede ser específico porque en Alemania no hubo ningún “caso” de coronavirus hasta el 23 de enero. Por aquellas fecha en todo el mundo sólo había 6 muertes atribuidas al “nuevo” virus.

Uno de los firmantes del artículo seudocientífico es Olfert Landt, fundador de la empresa alemana de equipamiento médico Tib Molbiol que es la titular de la patente de los kits de detección del coronavirus, de cuya comercialización se encarga la multinacional farmacéutica Roche.

Sin embargo, al publicar el artículo, Landt no reveló ningún conflicto de intereses, como es preceptivo en las revistas científicas.

A mayor abundancia, dicho artículo no fue revisado por pares, como es también preceptivo, porque dos de los firmantes, entre ellos Drosten, son miembros del consejo editorial de la revista en la que se publicó, o sea, juez y parte.

A este tipo de chapuzas es a lo que hoy llaman “ciencia”. A nadie debería extrañar que quienes están involucrados en ellas sean los asesores de los gobiernos y se dediquen a vender sus mercancías y a lucrarse a costa de la salud de millones de personas.

(*) https://doi.org/10.2807/1560-7917.ES.2020.25.3.2000045

Doble rasero

El 19 de mayo de 1986, el periódico inglés The Guardian editaba un artículo del profesor de la Universidad de Oxford Jerry Ravertz y la profesora de la universidad de Leeds Sally Macgill que tenía por título “Los desastres ponen a los magos de la tecnología a prueba” en el cual analizaban las explosiones del transbordador espacial Challenger y de la central nuclear de Chernobil, en lo que denominaban el síndrome Ch-Ch.

Planteaban que no fueron “accidentes” sino desastres esperados en un momento u otro debido al catastrófico colapso de la sofisticada megatecnología sometida a presiones políticas y a la falta de controles. Algo similar a lo que actualmente está ocurriendo con la biotecnología, como podemos apreciar diariamente a través de las noticias sobre unas vacunas como panacea frente a un virus al que culpabilizan del desastre económico, socio-cultural, ecológico, alimentario e industrial. En una carrera desenfrenada todo el mundo está inventando vacunas contra algo cuyas características son todavía desconocidas. China, Rusia, Estados Unidos, Gran Bretaña, diferentes universidades, todas las grandes empresas mutinacionales químico-farmacéuticas, la Fundación Bill Gates, etc., etc. Una carrera contra reloj para ver quién llega primero a la meta en la carrera del mercado, importando poco o nada la salud humana, pero amparados todos ellos por legislaciones elaboradas “ad hoc” para eludir cualquier responsabilidad en caso de fallecimientos o graves secuelas derivadas de la inoculación de las mismas.

Estados Unidos cuenta con una ley que excluye las demandas por daños y perjuicios de los productos que ayudan a controlar una crisis de salud pública. El 9 de diciembre de 2015 el Departamento de Salud y Servicios Sociales (HHS) modificó siete declaraciones de la Ley de Preparación Pública ante Emergencias (PREP), sobre la cobertura de las vacunas. Al amparo en la sección 564 de la Ley Federal de Alimentos, Medicamentos y Cosméticos (Ley FD&C), se puede permitir que, en casos de emergencia, se recurra a productos médicos sin aprobar, o a usos sin aprobar de productos médicos. La sección 564 de la Ley FD&C fue modificada por la Ley del Proyecto BioShield de 2004 y la Ley de Reautorización de Preparación contra las Pandemias y Todas las Amenazas (PAHPRA), que fue promulgada en marzo de 2013.

Esta misma legislación es la que están intentando incorporar ahora en el marco de la Unión Europea para la firma de los contratos de compra de vacunas a diversas multinacionales químico-farmacéuticas (AstraZeneka, Moderna, BioNTech, Pfizer, Fosun Pharma, Sinopharm, Sanofi, GSK, Johnson & Johnson)

Del mismo modo que en las megatecnologías de la energía atómica y la fabricación de armamento extremdamente letales, se ha creado un culto a la mega-bio-tecnología basado en la infalibilidad de los expertos y en una representación mediática de la ciencia en la cual dichos expertos, a sueldo de las grandes corporaciones, operan a partir de la suposición que cualquier error no es tan solo imposible, sino inconcebible. Una auténtica teocracia científica negadora de la propia ciencia.

La explosión nuclear en Ucrania tenía los antecedentes de Windscale (Cumbria, Gran Bretaña) en octubre de 1957 y en Three Mille Island Pensilvania, EE.UU.) en marzo de 1979 y posteriormente Fukushima en marzo de 2011.

Pero, uno puede preguntarse: ¿qué tiene que ver una central nuclear o un cohete espacial con un virus? Aparentemente nada, pero a medida que investiguemos un poco podemos ir viendo elementos coincidentes por lo que respecta a las afirmaciones “científicas” de docenas de expertos de diversas organizaciones con vínculos económicos y políticos con la industria atómica y el complejo militar-industrial en las cuales se minimizan las consecuencias de las explosiones antes citadas.

Informes cuyo objetivo es desacreditar aquellas investigaciones independientes que alertan de los peligros de la industria atómica y bélica con sus consecuencias en el medio ambiente y en la salud humana. “La superstición del tributo o del precio del progreso es universalmente aceptada como una verdadera explicación: acarrear accidentes mortales y hasta estragos en los hombres no es considerado como una calamidad o como un inconveniente del progreso, sino como su mejor legitimación, del mismo modo que exigir víctimas en sacrificio, para otorgar sus bienes nunca fue considerado como un abuso, una injusticia o hasta una canallada de los dioses, sino la parte que les correspondía en la relación de intercambio” (1).

Las víctimas de Windscale, Three Mille Island, Chernobil y Fukushima se pueden equiparar a las recientes víctimas producidas por los ensayos en cobayas humanas para la producción de supuestas vacunas para el SARS-Cov2, o en graves afectaciones de las campañas de vacunación como las producidas en Corea del Sur recientemente. Todo ello es insignificante, según los expertos, ya que forma parte indisoluble del quehacer científico.

Paralelamente las diversas instancias que en teoría deberían velar por la salud humana, la primera de ellas la OMS, están avalando la teoría de la pandemia y utilización de miles de millones de “test” para detectar un supuesto virus mediante una técnica que su propio inventor Kary Mullis puso en tela de juicio que sirviera para ello, en la perspectiva de imponer, mediante un terror planificado, un tipo de vacunación bio-tecnológica el objetivo final de la cual, de momento, solamente es conocido por sus productores.

Mientras los científicos, en su quehacer, coinciden con los intereses de las corporaciones, las revistas especializadas y los medios de comunicación los ensalzan, pero en el momento que sus investigaciones contradicen los intereses espúreos de dichas corporaciones, se desencadena una brutal campanya contra ellos a pesar de haberles reconocido, en su momento, sus logros investigativos. Este es el caso tanto de Kary Mullis como de Luc Montaigner.

Ya en el mismo año que le fue concedido el Nobel de Química, en declaraciones a la revista Esquire, Mullis afirmaba que “la búsqueda interminable de más subvenciones y la permanencia en dogmas establecidos ha hecho daño a la ciencia… la ciencia está siendo practicada por personas cuyos pagos dependen de lo que van a descubrir, y no de lo que realmente producen” (2) y posteriormente puso en tela de juicio la instrumentalización del PCR para objetivos distintos de los que realmente servía, y también puso en tela de juicio el origen vírico del SIDA, lo cual le llevó a una enemistad con la industria quiímico farmacéutica que a través de las revistas especializadas que controla y de los medios de comunicación le pusieron el apelativo de “negacionista”, al igual que la campanya actual contra el también Nobel, Luc Montaigner que cuestiona la operación pandemia respecto al Sars-Cov2.

A ambos, además del epíteto de negacionistas, les han dedicado una campanya de difamación acusándolos de locos, anticientíficos, conspiranóicos desde el New York Times hasta El País o el BBVA OpenMind (comunidad científica de la banca española), que con motivo del fallecimiento de Mullis le han “dedicado” notas como ésta: “La creencia en proyecciones astrales, abducciones alienígenas o en la astrología formaban parte de esa faceta más decididamente estrambótica de Mullis, aunque dañaron más su imagen sus posturas negando relación entre el VIH y el sida. Todo ello podrá menoscabar su figura como modelo científico a imitar” (3).

Volviendo a la cuestión atómica, en la primera explosión en Windscale con una liberación del isótopo radioactivo yodo-131, polonio 210, uranio-233, cloro-36, cesio-137, con unas estimaciones que el incendio liberó 740 terabecquereles (20.000 curies) de yodo-131, así como 22 TBq (594 curies) de cesio-137 y 12.000 TBq (324.000 curies) de xenón-133, entre otros radioisótopos. El análisis posterior de los datos de contaminación mostró un nivel de contaminación nacional e internacional más alto de lo previamente estimado.

Entre el 17 y el 25 de octubre de 1957 se reunió una Junta de Investigación que emitió un informe el 26 de octubre de 1957, y entre las conclusiones “científicas” de la misma afirmaba que: “Las medidas tomadas para enfrentar las consecuencias del accidente fueron adecuadas y no hubo daño inmediato a la salud de ningún civil o de los trabajadores de Windscale. Era improbable que se pudiera dar cualquier efecto dañino”.

El accidente de Three Mile Island en 1979 liberó 25 veces más de xenón-135 que Windscale y la cantidad de emisión de gases radioactivos hacia la atmósfera varió entre 2.5 y 15 millones de curios según las fuentes escogidas. La industria pro nuclear sostuvo que “estudios realizados sobre la población demuestran que no hubo daños a las personas, ni inmediatos ni a largo plazo”. Greenpeace, por su parte, apoyada en estudios independientes sostuvo que existió y existe un aumento claro en los casos de cáncer y leucemia sobre la zona cercana a la central.

El 1 de noviembre de 2002, el New York Times publicó un extenso artículo firmado por “eminentes expertos” (4), que llegaba a la conclusión de no encontrar diferencias significativas en la tasa general de muertes por cáncer alrededor de Three Mile Island en comparación con la población general. El estudio, realizado por investigadores de la Universidad de Pittsburgh, dijo que su vigilancia «no proporciona ninguna evidencia consistente de que la radiactividad liberada durante el accidente nuclear haya tenido un impacto significativo en la experiencia de mortalidad general de estos residentes». La autora principal, la Dra. Evelyn O. Talbott, dijo en una entrevista telefónica: “Cuando se compara el cáncer observado con el esperado, prácticamente no hay diferencia”.

La cantidad de radiactividad liberada fue minimizada por el NRC que admitió oficialmente sólo 10 millones de curios. La Union of Concerned Scientists de EE.UU. demostró la existencia de varios indicadores de que se produjo una fuga más grande, los cuales no se tuvieron en cuenta, Investigaciones oficiales llevadas a cabo en las tres décadas pasadas concluyeron que no había habido serios impactos.

Las dosis de radiación se calcularon en virtud de una orden del tribunal que rige el Fondo de Salud Pública de la Three Mile Island. Esta orden prohibía «las estimaciones del límite superior de emisiones de radiactividad o de dosis a la población… a menos que tales estimaciones condujeran a una proyección matemática de menos de 0,01 efectos sobre la salud».

La orden también especificaba que «un analista técnico” designado por el consejo de los Pools (aseguradores de la industria nuclear) elaborara los protocolos de dosimetría» (5).

Sin embargo, según un estudio científico independiente dirigido por el investigador Steven Wing el escape de radiación fue más de diez veces superior al reconocido oficialmente ya que estas restricciones legales sugieren que los investigadores no estaban en condiciones de hacer una evaluación crítica libre sobre las emisiones radiactivas (6).

Después del accidente de Windscale la OMS creó un grupo de trabajo que realizó la siguiente pregunta a diversos expertos en genética del mundo: ¿cuáles son los efectos genéticos de las radiaciones en los seres humanos, ya que esta Industria crece y la radiación nuclear afectará cada vez más a los humanos? El grupo de trabajo incluía a un Premio Nobel de la Genética y otros científicos muy reconocidos. El informe final concluyó que la industria estaba produciendo un aumento en la radiación y que, por tanto, también aumentarían las mutaciones en la población, con lo cual la previsión era que sería perjudicial para las personas y sus descendientes.

Una vez conocido el citado informe, los lobbies de la industria nuclear se pusieron en marcha y en 1959 se firmó el acuerdo WHA 12-40 (Agreement between the International Atomic Energy Agency and the World Health Organization) entre la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA) y la Organización Mundial de la Salud (WHO) que fue aprobado por la Asamblea Mundial de la Salud órgano plenario de la OMS, el 28 de mayo de 1959. Dicho acuerdo establece básicamente el protocolo de actuación, la obligación del mutuo acuerdo y la confidencialidad en asuntos relacionados con la energía nuclear entre la OMS y la OIEA. (Se puede leer completo en inglés en el siguiente enlace).

Dicho acuerdo, actualmente en vigor, impide cualquier actuación independiente de la OMS en relación con la energía nuclear y sus efectos sobre la salud ya que en el artículo 1, apartado 2 la OMS reconoce a la AIEA como responsable última de los asuntos relacionados con la energía nuclear con fines pacíficos y obliga a resolver cualquier asunto por mutuo acuerdo, ya sea un programa, estudio o actividad relacionada con la energía nuclear. Esta última afirmación, que hace hincapié en la necesidad del común acuerdo, ha llevado a distintos observadores a advertir de la pérdida de independencia de la OMS para el estudio y difusión de cuestiones relativas a la influencia en la salud humana de la energía nuclear. Para el académico suizo Jean Ziegler, actualmente vicepresidente del comité asesor del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, la firma del acuerdo WHA 12-40 y su actual vigencia supone la confirmación de que «el lobby nuclear ha conseguido que la OMS renuncie a ocuparse de las víctimas de las catástrofes atómicas”. Ziegler afirma que la OMS está infiltrada por el lobby nuclear y también por la industria farmacéutica. Recordó que una comisión investigadora, creada por la directora Gro Harlem Brundtland (1998-2003), comprobó que algunos funcionarios de la organización eran pagados por la industria tabacalera, mientras la agencia debatía el Convenio Marco para el Control del Tabaco, finalmente aprobado en 2005.

En el 2011 una coalición de organizaciones no gubernamentales, llamada “Por la Independencia de la OMS”, afirmaba que ésta nunca mostró autonomía en sus decisiones y acción para cumplir con el mandato de proteger y curar a las víctimas de fugas radiactivas debido al acuerdo que suscribió en 1959 con la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) y exigía la anulación de dicho acuerdo (7).

La última estimación de víctimas de Chernobyl divulgada por las dos agencias (OMS y AIEA) data del 5 de septiembre de 2005 menciona unos 50 muertos y alrededor de 4.000 casos de cáncer.

La coalición “Por la Independencia de la OMS” califica esas cifras de «irrisorias» porque no toman en cuenta el estado de salud de los niños, hasta 80 por ciento de ellos afectados en zonas contaminadas, ni el número de muertos e inválidos entre los 600.000 y un millón de «liquidadores», como se llamó a quienes acudieron a evitar una catástrofe aun mayor en Chernobyl. El estudio “Chernobyl: Consequences of the Catastrophe for People and the Environment”, traducido del ruso y publicado en diciembre de 2009 por la Academia de Ciencias de Nueva York, estimó en 985.000 la cantidad de muertos por la catástrofe en todo el mundo, entre el día de la explosión del reactor 4 de la central, el 26 de abril de 1986, y 2004.

Por un lado, la OMS hace dejación de cualquier investigación relacionada con los efectos de la energía nuclear y, por el otro lado, se somete al dictado de las corporaciones bio-tecnológicas. Y es precisamente debido a estas subordinaciones que podemos entender el silencio en un caso y las declaraciones apocalípticas en otro, como en la declaración de pandemia del Sars-Cov2, que nutre de sumas millonarias el conglomerado químico-farmacéutico-industrial-militar.

Hablando de la explosión Fukushima, relacionada con el cáncer de tiroides, los científicos, con el visto bueno de la OMS, alegan que: “El cribado sistemático de tiroides produjo como resultado un aumento de anomalías y cánceres detectados que se deben probablemente a la sobredetección, puesto que se detectó una tasa similar en poblaciones no expuestas a la radiación. Este tipo de cribado puede producir más daños que beneficios, generando una ansiedad innecesaria en los padres y en los niños”. Justamente al contrario de lo que están alentando respecto al Sars-Cov2 con la proliferación de cribados mediante PCR.

En 2013 la OMS estimó que los 12 a 25 milisieverts (mSv) de exposición en el primer año después del accidente en las zonas más afectadas podrían dar lugar a aumentos minúsculos en las tasas de cáncer. La OMS señaló que las exposiciones más altas en la zona de Fukushima elevaron ese riesgo en un 0,5% adicional.

Al mismo tiempo, en 2013 Toshihide Tsuda, epidemiólogo ambiental de la Universidad de Okayama (Japón), comenzó a presentar análisis afirmando que el número de cánceres de tiroides en el examen de Fukushima era inusualmente alto y publicó sus resultados en Epidemiology, concluyendo que la primera ronda de pruebas de detección indicaba tasas de incidencia de cáncer que iban de 0 a 605 casos por millón de niños, dependiendo de la ubicación, pero en general «un aumento de aproximadamente 30 veces» sobre la tasa normal de cáncer infantil. Esa afirmación alimentó titulares alarmantes e inmediatamente otros científicos fueron rápidos y severos en sus críticas. Un error fundamental, según varios epidemiólogos, es que Tsuda utilizó avanzados dispositivos de ultrasonido que detectan crecimientos que de otro modo serían imperceptibles, así lo concluyó Richard Wakeford, en marzo de 2016 el epidemiólogo de la Universidad de Manchester, en nombre de 11 miembros de un grupo de trabajo de expertos de la OMS sobre las consecuencias para la salud de Fukushima. La suya fue una de las siete cartas publicadas en Epidemiology para desacreditar las conclusiones de Tsuda (8).

Los mismos “expertos de la OMS” que, con otros nombres, en este momento están avalando el sometimiento de toda la población mundial al cribado mediante PCR, que es un proceso exactamente igual que el utilizado por Tsuda, detectando fragmentos de ARN que de otro modo serían irreconocibles, y detectando millones de casos “asintomáticos” es decir enfermos sin enfermedad pero arduos clientes de los laboratorios farmacéuticos.

Además los expertos aludían a los errores producidos en Corea del Sur en 1999, cuando el gobierno propició que mediante una pequeña tarifa adicional se ofrecían exámenes de ultrasonidos de tiroides. Inmediatamente los diagnósticos de cáncer de tiroides se dispararon y en 2011 la tasa de diagnóstico era 15 veces mayor que en 1999 convirtiéndose en una “epidemia” pero sin producirse cambios en la mortalidad por cáncer de tiroides por lo cual ponen en duda las pruebas rutinarias (9).

En febrero de 2014, en el estudio sobre las consecuencias emocionales sobre la población derivadas de la explosión de Chernobil (10), afirma que “las consecuencias emocionales de los desastres de las centrales nucleares incluyen depresión, ansiedad, trastorno de estrés postraumático y síntomas somáticos médicamente inexplicables. Estos efectos suelen ser a largo plazo y están asociados con el temor a desarrollar cáncer. Las consecuencias emocionales se producen independientemente de la exposición real recibida”.

La importancia del impacto psicológico se pone de relieve por su cronicidad y por varios estudios que muestran que la mala salud mental está asociada con las condiciones de salud física y el uso excesivo de los servicios médicos. Los datos preliminares de Fukushima sugieren, que los trabajadores y las madres de niños pequeños corren el riesgo de sufrir depresión, ansiedad y síntomas psicosomáticos y postraumáticos, tanto como resultado directo de sus temores a la exposición a la radiación como resultado indirecto del estigma social.

Este breve repaso a las inconsistencias de diversas declaraciones de la OMS, sesgadas por intereses económicos, políticos y militares, pueden ser de utilidad para entender la gran campanña orquestada a partir de marzo de 2020 declarando pandemia mundial causada por algo todavía irreconocible pero introducido en el imaginario colectivo. Podemos aventurar que la OMS ha participado en este gran proyecto de ingeniería del comportamiento social relacionado con la aceleración para la implantación de unos nuevos patrones tecnológicos cuyos primeros resultados serán de un sufrimiento inmenso para millones de personas.

Un proceso de reproducción social constituído por un conjunto de procesos económicos, políticos e ideológicos que en cada uno de ellos están previstas unas sanciones que se ponen en pràctica cuando el proceso en cuestión se desvía del curso previsto. Göran Therborn a estas sanciones las denomina mecanismos de reproducción y les da el nombre de “coacción económica”, “violencia” y “excomunión ideológica”.

Es lo que estamos atravesando en estos momentos en pleno goze por el triunfo del capital en la presente lucha de clases.

(1) Rafael Sánchez ferlosio. Mientras no cambien los dioses, nada ha cambiado. 1986
(2) Is Kary Mullis God? Nobel Prize winner’s new life 122, Esquire, 16 de julio de 1994, pág. 68-75
(3) https://www.bbvaopenmind.com/ciencia/grandes-personajes/kary-mullis-genio-cientifico-la-excentricidad-una-celebrity/
(4) https://www.nytimes.com/2002/11/01/us/normal-cancer-rate-found-near-three-mile-island-plant.html
(5) Rambo SH.Civil Action No.79-0432. District Court for the Middle District of Pennsylvania, 15 December 1986.
(6) Wing S, Richardson D, Armstrong D, Crawford-Brown D. A reevaluation of cancer incidence near the Three Mile Island nuclear plant: the collision of evidence and assumptions. Environmental Health Perspectives 1997; vol. 105; pp. 52-57. https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC1469835/pdf/envhper00314-0052.pdf
(7) https://archive.is/20120702211027/www.ipsnoticias.net/nota.asp?idnews=98063#selection-1345.0-1499.192
(8) Mystery cancers are cropping up in children in aftermath of Fukushima, https://www.sciencemag.org/news/2016/03/mystery-cancers-are-cropping-children-aftermath-fukushima
(9) Heyong Sik Ahn, de la Universidad de Corea en Seúl en The New England Journal of Medicine en noviembre de 2014.
(10) Emotional consequences of nuclear power plant disasters, https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/24378494/

Así manipula Newtral nuestra noticia respecto a la joven portuguesa fallecida en un colegio, muerte asociada al uso de mascarilla

La manipulación informativa de Newtral y de otras tantas «agencias de verificación» solo está basada en la cantidad de dinero invertido tras éstas, pero no en hechos reales. La empresa de Ana Pastor ha manipulado una noticia publicada en esta web, relativa al uso de mascarillas en personas con cardiopatías, para censurarla como «fake news», la censura de moda. Leer más

La ciencia progresa a pesar de las zancadillas de los científicos

En un momento, como el actual, en el que muchos científicos están dando ejemplos cotidianos de patetismo en los platós de televisión, hay quien los equipara con la ciencia, para bien y para mal. Incluso hay quien pone en cuestión la ciencia por las aberraciones que escucha de los científicos, asimilando la ciencia con la religión.

Los científicos no suelen ayudar mucho en la comprensión de lo que se traen entre manos y, como es natural, no pueden explicar a los profanos lo que ellos mismos no son capaces de comprender. No hay más que leer lo que difunden acerca de eso que llaman “método científico” para apercibirse del cúmulo de chapuzas que inundan sus cabezas.

Por supuesto que a una ciencia raquítica le corresponde una divulgación científica mucho peor y de las revistas científicos no voy ni a hablar, al menos de momento. No obstante, me parece evidente que hoy ninguna revista publicaría un artículo de Newton y mucho menos le consideraría como un científico. Nadie admitiría jamás su tesis de que el espacio es “el sensorio de dios”. Sería un borrón definitivo en su prestigio que, si hoy día se mantiene, es a costa de ocultar esa frase y otras muchas parecidas.

A lo máximo un lector inquieto alcanza a tener una imagen de los científicos que hace décadas que desapareció. Si hacemos que recite los nombres de diez científicos, ninguno de ellos es equiparable a los del presente siglo.

Son muchos los científicos que han creado la ficción de sí mismos como “comunidad”, es decir, como un colectivo que escribe en sintonía, que sostiene las mismas conclusiones y trabaja sobre los mismos postulados. El que no forma parte de ella, queda fuera de la ciencia y desde luego se le puede menospreciar e insultar, que es siempre la antesala de la hoguera.

Si los científicos formaran una “comunidad”, no hubiéramos podido disfrutar de debates apasionantes, como los que tuvieron Newton y Leibniz, por seguir con el ejemplo, y cualquiera de ellos que tuviera razón no es motivo para descalificar al otro.

A diferencia de los demás seres humanos, los científicos alardean de objetividad, como si alguna vez en la historia el saber (y ellos mismos) se hubieran podido desprender del mundo en el que viven.

Les gusta recordar que sus concepciones no dependen de lo que opinen unos u otros y que una tesis científica no depende de votaciones, mayorías o minorías. Es cierto. La veracidad de una tesis científica ni siquiera depende de un científico, ni de la mayoría de ellos.

El motivo es evidente: la ciencia es predominantemente objetiva, mientras los científicos son su componente subjetivo, es decir, temporal, limitado, superficial o parcial.

Eso quiere decir que la ciencia es, como todo, una contradicción y una unidad de contrarios. Una tesis errónea puede contener un componente veraz y, al revés, una tesis correcta, puede contener falsedades.

La tesis, evidentemente falsa, de que “el espacio es el sensorio de dios” contenía una concepción verdadera que ni siquiera Einstein fue capaz de apreciar: “el espacio es infinito”; no tiene ninguna clase de límites.

Una tesis, evidentemente correcta, como la segunda ley de la termodinámica, contiene interpretaciones falsas, como Engels se encargó de demostrar contundentemente hace siglo y medio.

Las contradicciones de la ciencia son las que impulsan su desarrollo o, dicho con otras palabras, la ciencia se desarrolla porque hay contradicciones. Los avances científicos no llegan viento en popa, como les gusta hacer creer a los divulgadores, sino en medio de una resistencia feroz de los científicos empeñados en defender las doctrinas establecidas, el canon de los libros de texto y los manuales de la asignatura.

La ciencia progresa a pesar de las zancadillas de los científicos. Cuando en 1946 el geólogo australiano Reginald C. Sprigg buscaba uranio para la fabricación de bombas atómicas, realizó uno de los descubrimientos más importantes del pasado siglo: la fauna ediacara, que acreditaba la existencia de formas antiquísimas de vida antes del Cámbrico. El artículo que envió a “Nature” comunicando su descubrimiento fue rechazado y tampoco encontró ningún eco dos años después cuando viajó a Londres para informar del hallazgo al Congreso Geológico Internacional.

Cuando en 1960 Theodore Maiman fabricó el primer rayo láser, la revista “Physical Review Letters” rechazó publicar su descubrimiento. Fue repudiado en Estados Unidos y tuvo que marchar a Canadá para seguir investigando. El conocimiento no acarrea reconocimiento. A Maiman nunca le concedieron el Premio Nobel y relató su marginación científica en un libro titulado “La odisea del láser”.

En 1987 “Nature” y “Science” rechazaron uno de los trabajos iniciales de Kary B. Mullis sobre la hoy famosa técnica PCR. A las revistas científicas, a los divulgadores, lo mismo que a los propios académicos, no les gustan escuchar novedades que les saquen de su error.

A pesar de una dilatada experiencia, hay quien cree que sobre ciencia no se discute y que eso diferencia a las ciencias “de verdad”, que son las ciencias “naturales”, de las ciencias sociales, las humanidades o las letras. Recientemente Rafael Silva publicó (1) al respecto un artículo que, a pesar de ser una mierda, fue reproducido por Contrainformación (2), Rebelión (3) y La Haine (4), sin duda porque se trata de una concepción muy extendida que permite a un cretino llenarse la boca de insultos.

Cualquier tesis es científica porque es discutible, incluso en matemáticas. En 1900 David Hilbert presentó un listado de problemas cuya resolución esperaba el siglo XX. Más de cien años después, algunos de ellos se han resuelto, otros no y otros son materia de discusión entre los matemáticos, dice la Wikipedia (5). Hay quienes aceptan cierto tipo de demostraciones que los demás no admiten.

El saber ni se ha cerrado ni se cerrará jamás. Lo que hoy la ciencia da por sabido y aceptado será derribado más adelante por algún “bicho raro” al que llenarán de desprecio, hasta que cada cual se arranque la venda de los ojos. Entonces la minoría se convierte en su contrario: mayoría. El “bicho raro” pasa a ser una gloria mundial, un pionero halagado por aquellos mismos que antes lo arrastraron por el lodazal.

Siempre ha sido así a lo largo de la historia de la ciencia.

(1) http://rafaelsilva.over-blog.es/2020/08/el-negacionismo-como-activismo-de-la-ignorancia.html
(2) https://contrainformacion.es/el-negacionismo-como-activismo-de-la-ignorancia
(3) https://rebelion.org/el-negacionismo-como-activismo-de-la-ignorancia/
(4) https://www.lahaine.org/est_espanol.php/el-negacionismo-como-activismo-de
(5) https://es.wikipedia.org/wiki/Problemas_de_Hilbert

Científicos y -al mismo tiempo- mercenarios a sueldo de las grandes multinacionales: el caso Doll

Richard Doll fue un epidemiólogo de renombre mundial porque fue el primero en indicar la relación entre el tabaco y el cáncer de pulmón en 1954. Al mismo tiempo, era un lacayo a sueldo de las mayores multinacionales químicas del mundo.

Los estudios de Doll fueron reconocidos en todo el mundo y recibió más de diez títulos honorarios de diferentes universidades. Ganó innumerables premios, incluido el de la ONU para la Investigación del Cáncer en 1962 y la medalla de oro de la Sociedad Europea del Cáncer en 2000. También fue nombrado caballero por la reina Isabel II en 1971.

No es tan conocido que Doll era un sicario a sueldo -entre otras- de la multinacional Monsanto (*). Al morir en 2005, entre sus papeles, que se conservan en el archivo de la biblioteca de la Fundación Wellcome, apareció un contrato que firmó con la multinacional el 29 de abril de 1986.

El contrato del científico con Monsanto ampliaba por un año el acuerdo entre ambas partes que había comenzado en 1979 y mejoraba las condiciones económicas. “Durante el período de un año de esta prórroga, sus honorarios de consultoría serán de 1.500 dólares diarios”, dice el contrato.

Monsanto es la empresa fabricante del “agente naranja” utilizado en Vietnam por el ejército de Estados Unidos. El “agente naranja” también produce cáncer, pero eso no lo descubrió Doll, a pesar de que durante más de 20 años estudió el asunto. Monsanto le pagaba para que mantuviera la boca cerrada.

Doll descubría unas cosas y otras no. Como buen pelele de las multinacionales, se valió de su prestigio científico para escribir a una comisión australiana que investigaba las propiedades cancerígenas del “agente naranja”. No había pruebas de que el producto químico causara cáncer, les dijo.

Pero ese no era el único dinero que le pagaban las empresas. También cobraba 15.000 libras de la Asociación de Fabricantes de Productos Químicos de Reino Unido y de conocidas empresas químicas, como Dow Chemicals e ICI. Su “estudio científico” sobre el cloruro de vinilo (PVC) concluía que no tiene ninguna relación con el cáncer.

El estudio de Doll fue utilizado por los capitalistas del sector para defender el PVC durante más de una década. Desde los científicos hasta la Organización Mundial de la Salud, pasando por la universidades, hay quien cobra por mirar hacia otro lado.

El caso Doll recuerda que cuanto más “prestigioso” es un científico, más dinero tienen que poner las empresas para que convertirlo en un sicario a su disposición.

Por su parte, los falsificadores de la historia exponen los méritos de Doll con el cáncer, pero se olvidan de la otra cara del científico. También miran para otro lado. ¿Cobran por ello o simplemente no saben nada?

(*) https://www.theguardian.com/science/2006/dec/08/smoking.frontpagenews

El organismo de salud de Estados Unidos rectifica y admite que sólo el 6% de los positivos murieron por coronavirus

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades​, también referidos como CDC por las siglas de su nombre en inglés, han actualizado sus números de manera silenciosa para pasar a mostrar que únicamente el 6% de todas las muertes por coronavirus estaban relacionadas directamente con él. El 94% restante tenía enfermedades graves que se les restó importancia en las partidas de defunción. Leer más

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