Categorías
Noticias

El primer levantamiento popular contra el fascismo

Juan Manuel Olarieta

El Partido Comunista de Bulgaria fue uno de los primeros que se formó en el mundo y, desde luego, siempre fue uno de los más fuertes, si por tal se entiende que era muy numeroso y con más de 200.000 votantes. En 1922 tenía más de 3.000 concejales, que en un país tan pequeño es una cifra gigantesca.

En junio de 1923 Bulgaria también fue uno de los primeros países en padecer un golpe de Estado fascista que, como el de España, estuvo promovido por altos oficiales del ejército organizados de manera secreta en torno a la Liga Militar. Pero los fascistas no impusieron un régimen de partido único ni suprimieron las elecciones sino que, lo mismo que hoy en España, aprobaron una ley de partidos y cambiaron la ley electoral para dejar fuera a los comunistas y concurrir ellos y sus cómplices bajo denominaciones tales como «concordia democrática», «bloque constitucional» y similares.

Otro de sus rasgos comunes es que, a pesar de que justificaban sus acciones en nombre de la lucha contra el bolchevismo, en realidad la política fascista en Bulgaria también estaba enfilada contra las amplias masas populares, en general, cuyas condiciones de vida después de la Primera Guera Mundial, eran calamitosas.

En fin, lo mismo que en la España de hoy, entonces Bulgaria también era una monarquía fascista, que tras la abdicación de Fernando estaba capitaneada por su hijo Boris III.

Los ataques fascistas contra el PCB empezaron antes del golpe de 1923. Por ejemplo, en 1921 arrasaron con dos locales comunistas. Los grupos de autodefensa del PCB lograron rechazar el primero pero no el segundo, cuando los fascistas quemaron la Casa del Pueblo de Sofia, donde el PCB tenía su sede central. En aquella época el lema de los comandos de autodefensa era «golpe por golpe».

El PCB denunció que la ofensiva fascista preparaba un golpe de Estado y que en el mismo participarían las unidades de guardias blancos del general Wrangel, una parte de las cuales, unos 10.000 mercenarios, se habían replegado a Bulgaria tras ser derrotadas en la guerra civil rusa.

Espontáneamente el golpe de Estado suscitó un levantamiento en armas de cientos de miles de obreros y campesinos por todo el país, que llegó a tomar ciudades parcialmente, como Pleven. El Presidente del gobierno derrocado, Stamboliski, se puso al frente de la resistencia, siendo derrotado después de varios días de combates. Como muchos otros, el propio Stamboliski fue detenido, torturado y finalmente asesinado por los fascistas.

Frente al golpe el PCB adoptó una posición errónea de neutralidad que fue criticada por la Internacional Comunista, lo que los comunistas búlgaros no aceptaron, hasta que en agosto rectificaron, lanzando un llamamiento a la insurrección contra el fascismo, a cuyo fin empezaron los preparativos militares correspondientes: entrenamiento militar, organización de comandos y almacenamiento de explosivos.

Para impedir la insurrección el gobierno fascista empezó a detener en masa a los comunistas, a cerrar sus locales, a prohibir la prensa, los sindicatos y las cooperativas agrarias. Los fascistas no lograron su propósito y la insurrección estalló de manera precipitada.

El gobierno fascista tuvo que recurrir a la ayuda de las grandes potencias imperialistas para que le autorizaran a movilizar tropas contra las masas, lo cual estaba prohibido por el Tratado de Neuilly que había puesto fin a la Primera Guerra Mundial.

El levantamiento antifascista de Bulgaria fue el primero del mundo dirigido contra el fascismo (1), pero el PCB no pudo coordinar bien sus fuerzas, por lo que no estalló de una manera simultánea en todas las regiones. En el noroeste se llegó a formar un poder paralelo obrero y campesino, pero en otras zonas ni siquiera se formó una fuerza guerrillera capaz de atacar al enemigo en su retaguardia. Tampoco se llevó a cabo un trabajo de zapa dentro de las unidades del Ejército, que pudieron mantener su unidad y concentrarse contra los insurrectos.

Fue salvajemente aplastado, cobrándose los fascistas un tributo sanguinario. Según cifras de Dimitrov, más de 5.000 comunistas fueron asesinados, otros 15.000 fueron detenidos y torturados y muchos miles más se tuvieron que exiliar en los países limítrofes, hasta el punto de que ante la avalancha de refugiados Rumanía tuvo que cerrar la frontera. Sobre el país cayó «una negra y sangrienta noche», escribió Dimitrov (2). Ni bajo el yugo otomano Bulgaria conoció una cacería humana de tan vastas proporciones.

El PCB tuvo que pasar a la clandestinidad. Inició «un largo periodo de renovación interior», en palabras de Dimitrov porque «es preferible un fin horrible que un horror sin fin». Llamó a los comunistas a encabezar la lucha armada (3) y con las unidades guerrilleras que lograron replegarse, el PCB formó la OM (Organización Militar). Los comunistas se aprestaban a defenderse contraatacando, a pesar de que las condiciones eran muy difíciles por el clima de terror sembrado por el gobierno.

Una vez aplastada la sublevación, los fascistas convocaron elecciones, las ganaron -como estaba previsto- e ilegalizaron al PCB, que se vio oligado a reestructurar su Organización Militar, poniéndose al frente Jako Dorosiev. La OM se distribuyó en comandos que emprendieron audaces acciones armadas, como la ejecución el 10 de marzo de 1925 del alto dirigente fascista Valcho Ivanov, a la que el gobierno repondió 16 días más tarde con el asesinato de Dorosiev.

Entonces los guerrilleros diseñaron una de sus acciones más audaces. Se trataba de ejecutar al jefe de la policía Vladimir Nacev y preparar una trampa para sus funerales, a los que acudirían el rey y la plana mayor del gobierno, los partidos y el Estado fascista. Una bomba colocada en la catedral de Santa Dominga, en pleno centro de Sofia, daría un golpe contundente al fascismo.

La OM no pudo llevar a cabo la ejecución de Nacev, por lo que tuvieron que cambiar de objetivo, centrándose en el general Konstantin Georgiev, jefe de la Liga Militar fascista, diputado y uno de los cabecillas del golpe de Estado de 1923. Un guerrillero, Atanas Todovitchin, le disparó mortalmente cuando acudía a misa el 14 de abril de 1925.

Dos días después, jueves santo, se celebró su funeral en la catedral de Santa Dominga, donde la guerrilla había dispuesto 25 kilos de explosivos para que explotaran cuando la plana mayor del Estado fascista estuviera allí congregada. A las 15:20 de la tarde una brutal explosión desplomó la cúpula de la catedral sobre los asistentes, matando a 128 de ellos e hiriendo gravemente a cerca de 500 políticos fascistas, oficiales del ejército y grandes capitalistas.

El rey Boris III salvó su vida porque llegó tarde a la ceremonia fúnebre. Regresaba de otro funeral por otro atentado ocurrido el día anterior contra él en las montañas de Stara Planina. En la acción habían muerto dos personas muy cercanas. En aquella época Bulgaria vivía bajo el fascismo, que es tanto como decir: en medio de un funeral permanente. Durante las dos semanas siguientes la policía detuvo a 3.194 personas, de las que 1.182 fueron acusadas y 268 condenadas a muerte. Otras 450 personas fueron asesinadas sin condena judicial previa. En menos de dos años el fascismo había aniquilado a 20.000 obreros y campesinos revolucionarios: «El rasgo más característico del terror búlgaro reside en el exterminio sistemático y organizado de la vaguardia de la clase obrera y de las masas campesinas», escribió Dimitrov (4).

Notas:

(1) Nikifor Gorenski: La lucha del pueblo búlgaro contra el fascismo, Sofia, pg.19.
(2) Dimitrov, Después del levantamiento, Obras Escogidas, tomo I, pg.236.
(3) Dimitrov, Cómo actuar en el futuro, Obras Escogidas, tomo I, pgs.251 y 289.
(3) Dimitrov, La lección búlgara, Obras Escogidas, tomo I, pg.337.

Categorías
Noticias

Los oportunistas no nacen: se hacen

Juan Manuel Olarieta

Ni siquiera eso es cuestión de cromosomas: los oportunistas se hacen. Pero no se hacen a sí mismos, como ellos creen, sino que el Estado burgués -quienes llevan sus riendas- los hacen porque los necesitan. Ellos sólo se dejan hacer. Son los sujetos pasivos.

Un Estado necesita su oposición, como el organismo necesita sus propios anticuerpos. Si la burguesía no tiene una oposición, la crea como un traje a la medida porque necesita un determinado tipo de oposición, una oposición domesticada, no una oposición verdadera. Si no hubiera oposición, tampoco habría democracia. Es más, lo que demuestra que hay democracia es que hay oposición, ese tipo de oposición leal que es tan necesaria para la supervivencia del moderno Estado monopolista.

Pero nadie se convierte en oposición de la noche a la mañana. Los aspirantes a opositores tienen que pasar su Via Crucis; no se lo dan todo hecho sino que tienen que poner algo de su parte. En fin, tienen que demostrar cierta valía, cumplir determinadas funciones que son paradójicas: pronunciarse en contra del Estado que defienden.

Se les llama oportunistas porque son gentes sin principios, o sea, que al principio son muy radicales pero acabarán adocenados. Los oportunistas aparecen cuando al Estado, lo mismo que al mando a distancia, se le acaban las pilas y se echa de menos un recambio. Su ascenso es el termómetro que detecta el malestar social. La gente está harta, descontenta y reniega de todo, pero sobre todo del viejo andamiaje oficial, de los gastados partidos e instituciones. Hacen falta caras nuevas, modernas, que digan cosas que no estamos acostumbrados a escuchar. A veces ni siquiera son necesarias migajas para ilusionar a la gente y que todo vuelva a su cauce.

La crisis es a los oportunistas lo que la mierda a las moscas. Proliferan en esos ecosistemas. Por eso nunca hay sólo un único oportunista sino varios al acecho de su oportunidad, a la espera del momento de trepar. A medida que la crisis se profundiza, los oportunistas se multiplican como la gangrena. No debe sorprender que algunos de ellos logren un puñado de votos porque el gran oportunista de los tiempos recientes siempre fue Felipe González, que logró 10 millones de ellos en 1982.

Los del PSOE de hace 30 años sí que eran oportunistas de verdad, no los de ahora. Aquello sí que fueron campañas de imagen, no el circo de ahora. Para ser oportunista hay que ser joven, tener recorrido por delante, ya que, de lo contrario, no te da tiempo para dar el cambiazo. Los viejos no cambian, mientras que a Felipe González le pusieron de «primer secretario» con 33 años. Se preparaba la transición.

Hasta que ocupó su cargo, la secretaría del PSOE era colectiva, algo que está reñido con el marketing moderno, eso que procede de las universidades gringas y que llaman «liderazgo». La política burguesa es electoralismo puro; votamos a personajillos y fantoches, no a partidos, ni a programas. ¿Cómo promocionar a una dirección colectiva? De ahí que con Felipe González en el PSOE se acabaran los órganos colegiados de dirección.

El oportunista es fruto de un diseño. En la transición los oportunistas como Felipe González exhibían una cuidada imagen descuidada: pelo largo, patillas y chaqueta de pana. Lo de menos es lo que uno sea; lo que vale es una imagen que sea nueva, distinta. Por eso en tiempos de la transición al PSOE se le llamaba «renovado». Ya no era el de la guerra, sino un partido a la última moda, lo mismo que la movida madrileña y su lema «Enamorado de la moda juvenil» que cantaba Radio Futura:

Y yo caí enamorado de la moda juvenil
de los precios y rebajas que yo vi
enamorado de tí.
Sí, yo caí enamorado de la moda juvenil
de los chicos, de las chicas, de los maniquís
enamorado de tí.

En la transición la tele no era tan importante y quienes te vendían eran periódicos y revistas. Por ejemplo, el Congreso del PSOE en Suresnes lo promocionó hasta Pedro Rodríguez, un conocido columnista del diario de los sindicatos franquistas «Pueblo», que hizo una reseña del mismo en octubre de 1974. El PSOE necesitaba al franquismo casi tanto como el franquismo al PSOE.

Como toda la política burguesa y demás modas, los oportunistas son de usar y tirar. Tienen fecha de caducidad. Más tarde o más temprano se quedan obsoletos para que la rueda de la política siga funcionando. Son la respiración asistida: estiran un poquito más la agonía, necesitan ganar un tiempo precioso que les permita llegar hasta las próximas ilusiones.

Sí, he escrito ilusiones y no elecciones porque la política burguesa vive de ilusiones más que de elecciones. Me imagino que el lector se habrá apercibido, como yo, de lo siguiente: todos los partidos políticos quieren cambiar las cosas, lo cual significa que todos ellos reconocen que las cosas están mal. Es más, hay partidos y elecciones precisamente porque hay que cambiarlas. Sin embargo, las cosas no van a cambiar nunca mediante los votos, porque para eso están las elecciones: para que todo siga como hasta ahora. De lo contrario, ¿con qué cambio nos engañarían en las siguientes elecciones?

Para quienes votan, la verdadera elección es sólo una: o bien votas a alguien que nunca va a poder poner en marcha su programa electoral, porque nunca va a gobernar, o bien votas a alguien que va a traicionar su programa electoral en cuanto gobierne. Ésta última es siempre mayoritaria, es decir, que la mayoría vota a un oportunista que le va a engañar. Pero casi todos saben que hablar de elecciones y engaños es un redundancia. Lo importante es la ley de la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos: el engaño es mayor cuantos más sean los votos. No me refiero a hayan engañado a más votantes sino al aspecto cualitativo del fraude, que se convierte en un fiasco. Las elecciones de 1982 son el mejor ejemplo de ello.

Pero, ¿como lograr muchos votos? Los que buscan votos en la blandenguería política se equivocan de estrategia. En la transición Felipe González, el PSOE y la UGT eran extremistas y radicales, la izquierda de la izquierda. A nadie se les calentaba la boca tanto como a ellos. Cuando Felipe González se oponía a la reforma del franquismo para exigir la ruptura, le acusaban de incitar a la violencia, o sea, al terrorismo. Pero en la política burguesa no importa lo que digan de tí; el caso es que hablen. En eso los tiempos no han cambiado nada: si los franquistas te atacan es para promocionarte.

No hay más que recordar los mítines de Felipe González en contra de la OTAN, entonces el asunto de moda: «OTAN de entrada no», fue el lema de la campaña electoral que recaudó 10 milones de votos. Naturalmente que muy poco después Felipe González nos metió en la OTAN de cabeza y otro del mismo equipo, Javier Solana, fue secretario general de la OTAN, que fue el criminal que ordenó el bombardeo de Yugoeslavia con armamento radiactivo, y así sucesivamente.

De Suresnes (1974) al gobierno (1982) sólo transcurrieron ocho años. Pero mientras en París prometieron construir el socialismo, en Madrid lo que hicieron fue iniciar la reconversión industrial. En Suresnes el PSOE se pronunció en contra de la Unión Europea, pero quien introdujo a España en ella fue el gobierno de Felipe González…

Etcétera. ¿O hay que seguir contando batallitas?
Categorías
Noticias

Pequeño homenaje a Labriola 110 años después

Juan Manuel Olarieta

Es una excusa tan buena como cualquier otra, aunque no sea una cifra redonda: se cumplen 110 años de la muerte del marxista italiano Antonio Labriola que -supongo- seguirá pasando desapercibido para que la manipulación de su obra, lo mismo que la del marxismo, continue su camino.
¿Se dejarían algo en el tintero los clásicos del marxismo? Si podemos transitar de Marx y Engels a Lenin, ¿para qué queremos a Labriola? Lo tenemos casi todo ya cocinado, no hay más que repetir las citas de unas obras muy completas…
Con el pensamiento de Labriola ocurre lo mismo que con el cálculo infinitesimal 150 años antes: existían todas las condiciones necesarias que apareciera una nueva ciencia y, naturamente, apareció de forma paralela e independiente en la obra de dos científicos como Newton y Lebniz. Siempre ha ocurrido así en cualquier tipo de disciplina científica. En palabras de Marx se puede decir que la tarea del científico no es la de una parturienta sino la del partero: sacar a la luz algo que está en pleno proceso de gestación.
Es algo que confirma el carácter científico del marxismo: en el siglo XIX existían las condiciones materiales e intelectuales suficientes para alumbrar una nueva ciencia, la historia, a la que Marx y Engels llamaron materialismo histórico. Tenía que aparecer otra ciencia y apareció, no por obra exclusivamente de Marx y Engels sino de ellos y de otros autores de manera paralela e independiente.
Uno de ellos fue Labriola, un autor que es casi una generación más joven que Marx y Engels y que tuvo la fortuna de encontrar en ellos lo que personalmente andaba buscando tiempo atrás: una explicación científica de la historia, que era la asignatura que impartía en las universidades de Nápoles y Roma. Labriola nunca fue un filósofo ni un historiador sino un científico de la historia, alguien que buscaba una explicación a la historia.
Hasta el siglo XIX los historiadores eran como hoy los periodistas: coleccionistas de hechos, más o menos fantásticos, atribuidos a personajes que también eran más o menos del tipo del Cid Campeador en el poema épico. Desde un principio todo el esfuerzo de Marx y Engels estuvo volcado en acabar con ese tipo de relatos que, como Hollywood, «se basaban en hechos reales», pero ahí acababa todo parecido con la realidad. Marx y Engels llevaron a cabo una «revolución intelectual», escribe Labriola. Su gigantesco esfuerzo por desentrañar los resortes del capitalismo, el mayor que ha conocido la historia del pensamiento humano, con diferencia, no tiene otro sentido que el de explicar la historia, lo cual encierra dos descubrimientos decisivos. El primero es que vivimos en la historia, es decir, que toda la realidad es histórica, cambiante. El segundo es que si el hombre es capaz de entender la historia también es capaz de dirigirla, lo cual -como siempre- hay que entender a la inversa: sólo podemos dirigir la historia si la entendemos.
Lo histórico se opone a lo natural, si esto se concibe -erróneamente- algo como fijo e inmutable, otro viejo esquema que también se había derrumbado en el siglo XIX, la «segunda revolución intelectual», dice Labriola. Es un punto en el que resulta imprescindible recordar aquello que Marx escribe en El Capital: la diferencia entre la naturaleza y la historia es que podemos actuar sobre la segunda pero no sobre la primera.
Es la esencia misma del materialismo, que ahora los seudomarxistas combaten. El marxismo defiende el materialismo y, por consiguiente, no sólo pone en el centro a la materia (y no a la práctica) sino que la pone al principio. Para que haya madera antes tiene que haber un árbol. El trabajo, dice Marx, metaboliza las condiciones naturales y las convierte en condiciones sociales. Eso signifca que hay lugares a los que el ser humano no ha llegado, y ni siquiera conoce de su existencia, aunque cada vez llega más lejos y conoce más. Lo que está al principio, pues, no es la práctica sino la materia. No es casualidad que la economía hable de materia «prima», o sea, de la primera materia.
La historia empieza cuando los seres humanos transforman el árbol en madera con su trabajo. Después la práctica no acaba nunca, de tal modo que sigue transformando unas condiciones sociales en otras diferentes, mejores, más favorables. Por eso Labriola pone a la práctica en el centro no sólo de la historia sino de la ciencia de la historia.
La filosofía de la praxis, que es la esencia del materialismo histórico, todo lo pone a ras de suelo. En una comparación muy típica del siglo XIX Labriola pone el ejemplo de la fisiología, cuyo objeto no es el estudio de la vida sino de los seres vivos. De ahí que la historia no sea otra cosa que «la historia del trabajo», entendiendo que eso «abarca a todo el hombre histórico y social» y que no es una pura actividad sino «conocer en tanto obramos». Podríamos decir que no es tanto la vida sino las condiciones de vida, que se componen de pequeñas cosas, no de hazañas ni grandes aventuras. La historia y la ciencia de la historia empiezan cuando alguien como Engels escribe acerca de algo que a nadie le había interesado jamás: la situación de clase obrera en Inglaterra.
El problema de la historia es que padece el pernicioso influjo de la actualidad, que nos arrastra con el espejismo de toda esa inmundicia de personajes y personajillos a los que ponen en primera plana de las noticias. La historia se escribirá en contra de todas esas noticias y no recordará a ninguno de esos energúmenos que aparecen en ellas. La historia empieza a convertirse en ciencia cuando busca a los verdaderos protagonistas de la misma, que son las masas, o sea, esos millones de trabajadores anónimos que están haciendo la historia ahora mismo en las oficinas del paro, en los polígonos industriales, en los desahucios, en las pequeñas reuniones, en las minúsculas concentraciones… en todas esas cosas, en fin, a las que nadie presta ninguna importancia, salvo los marxistas.

Categorías
Noticias

¡Policías! ¡Vuestro sitio está en ‘Podemos’!

Juan Manuel Olarieta

Hace sólo dos años Pablo Iglesias era muy radical. Seguía siendo un payaso, lo mismo que ahora, pero muy radical, casi de extrema izquierda, como dice la caverna. El 14 de noviembre ante las cámaras de televisión calificó a los policías de matones. Entonces aún le quedaba mucho para trepar hasta donde está ahora. No era diputado sino sólo el presentador del programa de televisión La Tuerka, que es tanto como decir la segunda división del famoseo político.

Iglesias se refería a la detención de una colaboradora de su programa durante la huelga general. Entonces decía cosas como ésta: «A los que gobiernan este país les huelen los pies a franquismo y a muchos policías se les debería caer la cara de vergüenza cuando en lugar de proteger a la gente se convierten en matones al servicio de los ricos».

Al año siguiente ya había ascendido en su fulgurante carrera como estrella de la televisión, pero seguía siendo el mismo payaso radical, casi de extrema izquierda, como dice la caverna. En julio de 2013 en el programa «Te vas a enterar» de Cuatro, calificó a los antidisturbios como «pistoleros uniformados cometiendo delitos ante las cámaras» y «dando palizas». El motivo era que aquellos pitoleros uniformados habían cargado contra una manifestación en protesta por los planes de Sanidad sobre reproducción asistida.

En unos pocos meses las cosas han cambiado mucho. A la policía se le ha caído la cara de vergüenza, o por lo menos la careta. Ya no son matones ni pistoleros uniformados. Iglesias ha podido conocerles mejor y, por fin, ahora puede opinar con pleno conocimiento de causa. Conclusión: no se puede hablar en esos términos de la misma manera que antes.

En este país a la hora de lanzar acusaciones contra la policía la gente tiene la manía de generalizar, y es un error. Durante un acto público celebrado el miércoles en Bruselas Iglesias manifestó que «hay policías que quieren poner grilletes a banqueros y corruptos». Lo mismo repitió en su blog: «A la policía no se le paga para que piense, sino para que obedezca. Es indudable que habrá policías crueles que disfruten pegando y policías de extrema derecha encantados de cargar contra gente de izquierdas, pero también es indudable que habrá agentes demócratas y sensibles que preferirían detener a banqueros antes que a la gente que protesta».

No se puede meter a todos los policías en el mismo saco. Es verdad que hay policías de extrema derecha que son, a la vez, unos sádicos que tienen orgasmos múltiples cada vez que agarran la porra con la mano. Pero no todos son así. También los hay sensibles, que son tan demócratas y de izquierdas como los de «Podemos». ¿Os acordáis de aquello del poli bueno y el poli malo? Pues de eso se trata. Como en todas partes, en la policía hay de todo porque, aunque no lo parezca, los policías también son seres humanos. Tienen su corazoncito.

Por eso mismo ayer «Podemos» se dirigió a la policía animándoles a sumarse a su proyecto político, al que califican de «regenerador», al estilo de Joaquín Costa, como si aún estuviéramos en 1900. Por lo menos a mí no me caben dudas de que el mejor lugar para la policía está en «Podemos».

Según estos campeones del famoseo político, «cuando la policía se convierte en guardaespaldas de los poderosos en lugar de en protectores de los ciudadanos es que nuestra democracia tiene un serio problema». Los de «Podemos» conocen bien a la policía, por lo que en su comunicado repiten los mismos consejos sabios de Iglesias: «A muchos de ellos también les gustaría poner las esposas a los políticos y banqueros corruptos en vez de tener que seguir sus órdenes y arrestar a quienes denunciamos esta situación. Hagámoslo posible. ¡Podemos!»

Pero me parece que esto es una contradicción que no acabo de entender: si a los policías no les pagan para que piensen, ¿por qué piensan?, ¿acaso piensan gratis?, ¿piensan por su cuenta?, ¿piensan diferente de quienes les pagan? Es más: ¿cómo podemos saber si los policías piensan realmente?, ¿acaso «Podemos» no sabe sino que sólo lo sospecha, es decir, que «Podemos» funciona igual que la policía, por meras sospechas?

(Al Excelentísimo Señor Fiscal: quien ha llamado matones y pistoleros a los policías ha sido Pablo Iglesias, no yo, que en este artículo me he limitado a reproducir sus palabras. Si quiere meter a alguien a la cárcel, métale a él, joder, que siempre nos toca a los mismos. ¿O hay que salir por la tele para tener carta blanca?)

Categorías
Guerra psicológica

Teoría de la conspiración

Después de un año del hipócrita escándalo del espionaje masivo en internet, me quedo con las palabras de Obama ante el Senado: «Os aseguro que nadie está escuchando vuestras conversaciones». Muchos creyeron que Obama mentía, como acostumbran a hacer de manera sistemática los presidentes de Estados Unidos, pero no se trataba de eso, como aclaró Dianne Feinstein, presidenta del Comité de Inteligencia del Senado: los espías no vigilaban el contenido de las conversaciones sino «sólo» los metadatos. Le faltó añadir lo que todo buen sofista y jurista diría en un caso así: para eso no hace falta autorización judicial.

Ojo al dato: quienes nos espían no tienen los mismos gustos que nosotros, que sólo prestamos atención al contenido de nuestras conversaciones. Ellos prefieren los metadatos a los datos. Es como si en una carta no les interesara el contenido de la misma sino «sólo» el sobre que la contiene, el sello, el remitente, el lugar de franqueo, la saliva con la que se pega la solapa… Sin embargo, las personas funcionamos al revés: cuando recibimos una carta solemos tirar el sobre a la papelera. Eso es lo que no nos interesa. Sólo queremos saber el contenido, no el continente.

Un marxista petardo vería aquí otra de esas famosas y maravillosas unidades dialécticas: la carta y el sobre, contenido y continente, datos y metadatos. Pero las cosas no funcionan así, no hay tal unidad: a unos les interesa una parte del asunto (el dato) y a los otros la otra (el metadato). Sin embargo, en cualquier discusión siempre hay alguien que dice que se atiene a los hechos o a la realidad, o sea, al dato. Pero ¿de qué realidad habla?, ¿qué parte de la realidad le interesa?, ¿los datos o los metadatos?

De eso se trata: ¿en qué nos fijamos?, ¿a qué parte de la realidad le prestamos atención?, ¿qué es lo que nos atrae de los muchos acontecimientos de la realidad? Nada menos que en «El Capital» el mismísimo Marx aborda este asunto cuando se refiere al fetichismo de las mercancías, de las cuales dice que ocultan bastante más (metadatos) de los (datos) que aparentemente vemos. Resulta que las mercancías, como los sobres, guardan un secreto en su interior: donde los demás no veían más que cosas, Marx dice que también hay «relaciones de producción», o sea, relaciones entre personas, obreros y capitalistas, trabajo, plusvalía…

Sin embargo, la ideología burguesa es tan sumamente superficial que se apoya en lemas tales como «no hay más cera que la que arde», «esto es lo que hay» o «no hay buscarle tres pies al gato». Los marxistas vemos fantasmas por todas partes que los demás no ven, no quieren ver o no son capaces de ver. Así funciona la ideología. Cuando alquien saca una carta del buzón caben dos posibilidades. La primera es que no sea capaz de ver nada más que un sobre que, además, no le interesa porque cree que no hay nada dentro. Por el contrario, si no está abducido por la ideología burguesa, supondrá que algo tiene que haber en su interior, tendrá curiosidad y lo abrirá.

Eso debería ser lo más normal, sobre todo sabiendo -como sabemos- que la burguesía vende gato por liebre. Entonces, ¿por qué nos resignamos con lo que hay? ¿Por qué admitimos que nos den gato por liebre? Antes se solía hablar de la «cruda realidad», es decir, de una realidad sin cocinar. Pero ahora vivimos en tiempos de envoltorios, de metadatos, que crean muchos aspectos diversos de la realidad, y eso nos confunde (nos confundimos y nos confunden). Una actitud científica (y por lo tanto marxista) ante la realidad debería tener en cuenta la mayor parte de sus aspectos, tanto si son explícitos como si van disimulados en el interior de un sobre. Esta actitud es fundamental en la lucha de clases contemporánea ya que la política, igual que la mermelada de frambuesa en los supermercados, va dentro de recipientes opacos.

La politiquería institucional es la única política que algunos tienen en cuenta como realidad, a pesar de que sabemos que es justamente la parte más superficial de la política: partidos, elecciones, parlamento… Hasta el más incauto se habrá dado cuenta de que toda esa politiquería está dominada por los portavoces, las ruedas de prensa y los gabinetes de imagen, es decir, por técnicos que la envuelven exteriormente ante los medios de comunicación. Son ellos los que elaboran toda la parafernalia oficial, empezando por el lenguaje, la puesta en escena y el protocolo. Es lo más parecido al teatro. La politiquería burguesa es el fetiche, el sobre que disimula un contenido algo diferente, que es el que un científico (y un marxista) debería tratar de averiguar.

Alguien diría que «las apariencias engañan», pero tampoco es eso: nos dejamos llevar por ellas. Para evitarlo hay que mirar detrás del telón de este ridículo teatro de la política burguesa para ver qué realidad es la que se oculta detrás. Todo el esfuerzo de la burguesía, por el contrario, se encamina a saciar nuestra curiosidad con «la más completa información», pero siempre ocurre lo mismo: lo único que sabemos con certeza es que la versión oficial es mentira. A partir de ahí hay que empezar a buscar la verdad.

El objetivo de la «versión oficial» es impedir que asomes el ojo por detrás del telón. Si te empeñas en fisgar te llaman «conspiranoico» cuando ellos pasan las 24 de horas del día conspirando contra nosotros, como el caso Snowden demostró el pasado año.

El mundo no sólo se divide entre espías y espiados sino entre conspiradores y conspiranoicos. Una de dos: o formas parte de la conspiración, o te esfuerzas por descubrirla.

Categorías
Memoria Histórica

Los católicos igual que los nazis

El 6 de junio el Irish Daily Mail publicaba (1) que, en la década de los treinta, médicos y científicos irlandeses vacunaron en secreto a más de 2.051 niños en instituciones benéficas gestionadas por monjas católicas. El empleo de niños como cobayas humanas se ha destapado como consecuencia de la aparición de los cuerpos de 800 bebés en una fosa séptica en una antigua casa de acogida en Tuam, en el condado de Glaway.

El primer ministro Irlandés, Enda Kennedy ha ordenado una investigación exhaustiva sobre el escándalo. Los niños abandonados y tutelados en hogares irlandeses de acogida en aquella década se cuentan por miles. De ellos más de 2.000 fueron utilizados como conejillos de Indias en vacunaciones forzadas y clandestinas. La depuración de responsabilidades concierne tanto a los científicos como a las instituciones católicas de beneficencia.

Los niños, recién nacidos muchos de ellos, procedían de familias muy humildes, cuyos padres no podían hacerse cargo de su manutención. En algunos casos fueron acogidos en internados católicos y, en otros, entregados en adopción en terceros países. La investigación se encamina a comprobar si las instituciones católicas eran una tapadera para encubrir experimentos con nuevos fármacos.

La investigación también afecta de lleno a la multinacional farmacéutica Burroughs Wellcome, ahora llamada GlaxoSmithKline. Los viejos historiales médicos que se han logrado conservar muestran que entre 1930 y 1936 en Irlanda 2.051 niños y bebés de los hogares de la beneficencia fueron vacunados contra la difteria por cuenta de Burroughs Wellcome.

Los registros también confirman que no es que no hubiera ninguna clase de consentimiento, sino que ni siquiera se preocuparon de solicitarlo. La estimación de los recien nacidos que fallecieron como consecuencia de los experimentos o de sus efectos secundarios tampoco se conoce exactamente, aunque al menos hay constancia de 800 bebés arrojados a una fosa séptica. Pero podría tratarse de la punta del iceberg. Por ello el primer ministro irlandés, Enda Kenny, ha exigido información sobre si aún hay más fosas comunes con enterramientos colectivos de niños o recién nacidos. Dichas fosas se buscan en terrenos anexos a monasterios, antiguos colegios e internados religiosos.

Las sospechas sobre un escándalo aún mucho más amplio proceden de que una revisión de los archivos públicos de las instituciones sanitarias comarcales y municipales, e incluso en el mismo Dublín, no ha detectado ningún caso de vacunación, ni de campaña controlada o autorizada por las organismos competentes de la Administración, y lo que resulta más sospechoso es que tampoco en la multinacional GlaxoSmithKline hay ninguna constancia de dichas vacunaciones infantiles, ni siquiera en sus dependencias centrales en Londres.

Sin embargo, los informes de los experimentos se publicaron en las revistas médicas de la época. Se llevaron a cabo en paralelo a los experimentos médicos de los nazis en los campos de concentración, que dieron lugar a que en Nuremberg se tuviera que redactar un Código Deontológico sobre la práctica de la medicina. Pero los experimentos médicos con seres humanos no fueron sólo responsabilidad de los nazis, ni se acabaron con la II Guerra Mundial. Así lo demuestra que en 1964 se tuviera que repetir una declaración similar en Helsinki.

La salud es un negocio capitalista como otro cualquiera. El empleo de cobayas humanas en experimentos médicos es, pues, una lacra del capitalismo típica de las multinacionales farmacéuticas, especialmente trágica en los países del Tercer Mundo. GlaxoSmithKline está involucrada en varios casos turbios con vacunas. En 2009 fue la causante -con la complicidad del gobierno británico- del desastre sanitario causado por las vacunaciones masivas con Pandermix contra la gripe H1N1, que provocaron narcolepsia, especialmente en los niños y adolescentes hasta los 19 años de edad, que fueron el 80 por ciento de los vacunados. La narcolepsia causada por el Pandermix es un trastorno del sueño que está resultando incurable y ha obligado al gobierno británico a indemnizar a los afectados por ella (2).

Al mismo tiempo resultó condenada por no haber alertado sobre el riesgo de suicidio asociado al consumo del antidepresivo Seroxat y también ocultó los datos negativos referentes a otro de sus fármacos, Avandia, que se utiliza en todo el mundo para tratar la diabetes. En setiembre de 2010 Europa y Estados Unidos recomendaron la suspensión de la venta de este fármaco.

(1) Thousands of children in Irish care homes at centre of ‘baby graves scandal’ were used in secret vaccine trials in the 1930s, http://www.dailymail.co.uk/news/article-2650475/More-mass-baby-graves-Ireland-Prime-Minister-Enda-Kenny-orders-investigation-memorial-800-dead-babies-planned.html
(2) Brain-Damaged UK Victims of Swine Flu Vaccine to Get £60 Million Compensation, International Business Times, 2 de marzo de 2014, http://www.ibtimes.co.uk/brain-damaged-uk-victims-swine-flu-vaccine-get-60-million-compensation-1438572

Categorías
Noticias

¿Cómo es la filosofía marxista?

Juan Manuel Olarieta

Quizá sea posible explicar cómo es la filosofía marxista, el materialismo dialéctico, por comparación con las demás filosofías que ha conocido la historia, poniendo el ejemplo de un partido comunista, que no es otro partido más, de los varios que existen, sino que es un partido distinto. Si tomamos a cualquier otro partido como referencia, un partido comunista no es un partido. Pero lo que diferencia a un partido comunista de cualquier otro no es sólo el hecho de ser comunista, su ideología, sino que como tal partido, como organización, también es diferente, aunque se llame de la misma manera: «partido».

Lo mismo ocurre con el materialismo dialéctico, que no es una filosofía más de las varias que se han propuesto a lo largo de la historia. En ese sentido no es una filosofía sino que es la superación de la filosofía, de todas ellas, del concepto mismo de filosofía. Eso es exactamente lo que dice la Tesis número 11 que Marx escribió sobre Feuerbach: «Los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de distintos modos, de lo que se trata es de transformarlo».

La burguesía cree que Marx y Engles anuciaron el fin de la filosofía, de toda la filosofía, de cualquier clase de filosofía o, al menos, que expresaban desprecio hacia ella. Lo nuevo sería la práctica, la política, la lucha. Es como decir: ya vale de hablar, pongámonos manos a la obra.

El rechazo a la filosofía se refuerza con otra frase de Engels igualmente tergiversada hasta el aburrimiento: «El marxismo no es un dogma muerto, no es una doctrina acabada, terminada, inmutable, sino una guía viva para la acción» (1). Llegaban momentos de menosprecio para la filosofía, de la que habría que despedirse por completo.

Se pueden recordar varias frases de Marx y Engels que conducen a ese tipo de conclusiones opuestas a la filosofía. Resucitando viejos fantasmas Marx dijo en «El Capital» que a Hegel le trataban como a un «perro muerto» (2). Pues muerto el perro se acabó la rabia. ¿Para qué continuar?

El rechazo a la filosofía fue -sigue siendo- característico del revisionismo, de la socialdemocracia alemana de finales del siglo XIX. Bernstein separó la teoría de la práctica afirmando que el movimiento obrero era «independiente del destino de las teorías que se han elaborado sobre él […] Lo que el movimiento obrero existente debe a las teorías no pesa más que lo que le deben a él las teorías socialistas. Más que producto, el movimiento es actualmente creador de teorías. Hoy, cuando la lucha de los trabajadores en el campo político y económico es más real y efectiva que nunca, no es realmente necesario ponerse nervioso porque el dogma de la lucha de clases pueda sufrir algún daño». El propio Bernstein resumía su concepción en la tesis de que «el movimiento lo es todo, y nada lo que comúnmente se denomina meta final del socialismo» (3).

Entre otras taras, el revisionismo es puro pragmatismo burgués, que se expresa como tal en afirmaciones que hemos escuchado muchas veces, tales como «la revolución se puede llevar a cabo con cualquier teoría», «todas ellas son válidas», «todas caben en las filas del proletariado», «las teorías dividen y la acción unifica»… Lo contrario era (y es) dogmatismo. El marxismo puede hacer tabla rasa, borrón y cuenta nueva; a cada momento la acción empieza de cero, o lo que es lo mismo: el movimiento se repite, no avanza. Es lo que pretendían (y siguen pretendiendo) los revisionistas.

Bernstein y los suyos se convirtieron en la gangrena del movimiento obrero. Durante un congreso de la socialdemocracia alemana celebrado en 1902 un militante tomó la palabra y, en medio del aplauso generalizado de los asistentes, arremetió contra «las cavilaciones de algunos camaradas que no encuentran resonancia entre la amplia masa». Proponía encerrar a todos los teóricos juntos «hasta que se hayan devorado unos a otros».

A veces la Tesis 11 sobre Feuerbach se reproduce de la manera siguiente: los filósofos se dedican a interpretar el mundo, mientras que nosotros lo que queremos es transformarlo y por eso somos algo distinto a ellos, e incluso opuesto: no somos filósofos. Esto es erróneo y tratándose de algo que está grabado en la lápida mortuoria de Marx, el error es muy importante porque la Tesis número 11 lo que sostiene es exactamente lo contrario: para transformar el mundo hay que interpretarlo, es decir, hay que ser un filósofo, entre otras cosas. Lo que ocurre es que un filósofo que quiere transformar el mundo no es exactamente un filósofo tal y como lo hemos conocido hasta hoy (y como lo seguimos conociendo).

«Transformar el mundo» es a lo que los marxistas llaman «práctica», lo cual facilita un poco la compresión de las cosas. Sin embargo, ¿qué es la práctica?, ¿a qué llamamos práctica? Cuando a un marxista le mencionas la palabra «práctica» inmediatamente la asocia a la teoría y piensa en la unidad entre ambas, e incluso en la contradicción entre una y otra. En este sentido se puede decir que la práctica es todo aquello que no es teoría, es decir, que el marxismo está «mezclando» (uniendo) cosas que son muy distintas, e incluso contrapuestas, algo capaz de sacar de quicio al profesor universitario más asentado.

En efecto, la práctica son muchas cosas distintas aparentemente, y ésa es una de ellas: los filósofos marxistas han sacado (y sacan) su filosofía de las bibliotecas apolilladas, las aulas silenciosas y las lecciones tediosas. La filosofía marxista, a diferencia de la filosofía, se escribe por y para los obreros, los explotados y los hambrientos. Una exposición ejemplar de la filosofía marxista es la de Politzer. Hoy ese tipo de exposiciones se lleva a cabo, por ejemplo, entre los trabajadores de cualquier barrio de cualquier ciudad del mundo, que toman contacto con ella en un local inmundo, húmedo y sin luz. Como manual de iniciación a la lectura utiliza el mismo que todos los revolucionarios del mundo: el «Materialismo histórico y materialismo dialéctico» de Stalin.

Por eso a Stalin los profesionales de la filosofía, los que viven de ella, le consideran dogmático, vulgar y superficial: a diferencia de otros, a Stalin los explotados le entienden. Gracias a Stalin y a otros escritos filosóficos parecidos, y no gracias a las facultades de filosofía del mundo, ni a los filósofos, los explotados conocen lo que es una contradicción, quién fue Hegel, que todo está en movimiento… incluso saben que tienen mucho que aprender, que hay algo que se llama filosofía y que no es tan difícil de entender como los filósofos quieren hacer creer. ¿Por qué? Porque quieren mantenernos en nuestra ignorancia.

«El movimiento obrero de Alemania es el heredero de la filosofía clásica alemana», sentenció Engels. Lo mismo podría haber dicho de cualquier clase de filosofía de cualquier otra parte del mundo: que no pertenece a los filósofos sino al proletariado. En eso consiste la superación de todas las filosofías. Lenin lo llamó «partidismo», otra paradoja chocante con la que se superan todas las filosofías: a diferencia de las demás, la filosofía marxista es un asunto «de partido», no de universidad, ni de aulas, ni de masters. Por si alguien está pensando en que la filosofía está fuera, o es ajena, o está en contra de ese tipo de sitios, lo vuelvo a repetir: la filosofía sólo la confinan ahí quienes no quieren que se supere a sí misma.

Pero eso es también sólo una parte del asunto, al que se le debe dar la vuelta: a los herederos, es decir, al proletariado (y muy especialmente a su vanguardia) le corresponde cuidar de esa herencia, lo mismo que de otras herencias que también recibimos y estamos dilapidando. El marxismo no liquida la filosofía sino que la supera. ¿Cómo lo hace? Con filosofía. Pero una filosofía que se ha superado a sí misma es filosofía y no lo es al mismo tiempo…

(1) Engels, carta a Sorge, 29 de noviembre de 1886.
(2) Marx, El Capital, tomo I, Postfacio a la segunda edición, pg.XXIII.
(3) Horst Heimann, Textos sobre el revisionismo. La actualidad de Eduard Bernstein, México, pgs.87, 113, 127, 151 y 152.
Categorías
Noticias

El mito de Normandía, el día D

Juan Manuel Olarieta
¿Qué país contribuyó más a la derrota del III Reich en la Segunda Guerra Mundial? En 1945 cualquier encuesta de opinión pública hubiera respondido a esa pregunta de una manera unánime: la URSS. Medio siglo después le han dado la vuelta a la historia: en un reciente sondeo realizado en Francia el 58 por ciento de los encuestados opinó que el artífice de la victoria fue Estados Unidos (1).

La propaganda logra resultados milagrosos. Es capaz de sacarnos hasta la evidencia de los ojos para poner otra cosa en su lugar y, a medida que pasa el tiempo, la historia deja de ser un asunto político para convertirse en cosa de los archivos, los bibliotecarios, los historiadores y las universidades. Pero para entonces la verdad importa una mierda porque necesitamos la verdad como presente, para la lucha de clases, no como fósil.

Suele ocurrir cuando alguien se ve acorralado y parece que te pregunta, cuando en realidad afirma: ¿te crees en posesión de la verdad? Pues si alguien era poseedor de la verdad, se la han robado, como ese sondeo demuestra. Puestos a robar, la burguesía te roba hasta la verdad. Pero si te roban la verdad es porque existe, lo cual contradice a los agnósticos, esos que van por ahí acusando a los demás de dogmáticos por decir que la verdad existe. Ellos creen que sólo hay opiniones subjetivas, que nada es verdad ni es mentira, que todo es del color del cristal con que se mira…

El robo de la verdad es igual que el de la cartera, es decir, no es una opinión, no es discutible. Lo que ocurre es que cuando la propaganda burguesa va logrando sus objetivos, te ponen contra las cuerdas, te convierten en un bicho raro. En historia a eso le llaman «revisionismo»: cuando hay un canon histórico impuesto por los investigadores, cualquier otro criterio se mira con malos ojos y entonces ocurre lo de siempre: al historiador lo tachan de autor «polémico», «discutido» y «controvertido». Le ocurre a Grover Furr, por ejemplo. A diferencia de los demás historiadores, no se apoya en hechos sino en teorías que no están bien demostradas; no tiene pruebas de lo que sostiene…

¿Os dáis cuenta? Ya podéis poneros a la faena ahora mismo y demostrarles a esa mafia de historiadores, periodistas y tertulianos que fue la URSS quien llevó a cabo el peso decisivo en la derrota del III Reich. ¿Tenéis pruebas o no? Da lo mismo. Una vez que tengáis las pruebas en la mano no cantéis victoria: vuestras pruebas os convencen a vosotros pero no a ellos. ¿Os habéis creído muy listos o qué?, ¿Acaso sabéis vosotros más que un catedrático de la Universidad de Princeton?

Normandía fue el origen de un mito contemporáneo que dura 70 años: el de Europa «occidental», el del mundo libre y Estados Unidos como su guardián. Si en España le debemos la libertad al rey, en Europa se la debemos a Estados Unidos. El primero nos libró del franquismo y el segundo del nazismo. A ver si os enteráis de una vez. Eso es lo que pone en los libros de historia y no hay más que hablar.

Las universidades no son diferentes a Hollywood, los comics o las tertulias de la tele. Los héroes de la libertad son los que todos conocemos: generales como Eisenhower, Patton, MacArthur y, en segundo plano, el inglés Montgomery. ¿La resistencia? ¿La guerrilla? ¿Las masas son las protagonistas de la historia? Ni hablar. Quien liberó a Francia de la ocupación nazi fue De Gaulle hablando por la radio desde Londres. Sin pegar un tiro. Fue la mejor demostración de que, por difíciles que se pongan, las cosas se pueden cambar pacíficamente, lanzando soflamas por los micrófonos de la BBC.

Stalin, la URSS y el Ejército soviético no salen en las películas. ¿Es posible convencernos de que es a alguien como Stalin al que Europa le debe lo que conquistó en la posguerra? ¿Stalin puede ser el artífice de la libertad? No nos entra en la cabeza. Lo que hizo Stalin fue repartirse el mundo en 1945 con Roosvelt y Churchill como si fuera un pastel de cumpleaños. Porque una vez que estéis a punto de convencer a vuestro interlocutor, se escapará de esa manera: son todos iguales. Cualquier cosa antes que reconocer la verdad.

Es así de curioso. Si en lugar de discutir sobre algo concreto, como Normandía, el debate es más general, no cabe duda de lo que te van a decir: la verdad siempre resplandece por sí misma, estoy dispuesto a dejarme convencer por tus argumentos… Es mentira. Como todo, la verdad es una guerra, una lucha o, por decirlo de otra manera, una contradicción. Ni siquiera es un acto de la inteligencia o del conocimiento, sino también de la voluntad, como decía Gramsci (2). Dejaros de bobadas: no sólo hay quien no quiere saber la verdad sino que no quiere saber nada de nada. Hay quien vive mejor con la mente en blanco. ¿Como os creéis que vais a convencer a alguien así, que no quiere saber nada? Ahora empezar a preguntaros por qué no quiere saber nada…

Ya habéis escuchado las noticias, ahora os contaré la verdad: si las cosas siguen como hasta ahora, los niños en el futuro creerán que la Segunda Guerra Mundial se desató porque la URSS atacó alevosamente al III Reich, que fue derrotado porque Estados Unidos se equivocó de bando, porque Roosvelt debió aliarse con Hitler. Lo leerán en un manual de historia contemporánea de la Universidad de Princeton que escribirá un prestigioso profesor de la misma. Los que no leen ese tipo de libros lo verán en un documental de la tele, o en una entrevista por la radio, o en el Facebook, o en un artículo de la revista Muy Interesante, o en… No se en dónde; de lo que estoy convencido es de que se lo harán leer por cojones.

(1) Frédéric Dabi: 1938-1944: Des accords de Munich à la libération de Paris ou l’aube des sondages d’opinion en France, febrero de 2012, http://www.revuepolitique.fr/1938-1944-laube-des-sondages-dopinion-en-france/

(2) Hay que poner a la voluntad en la base de la filosofía, escribió Gramsci (Antología, pg.435).

Categorías
Noticias

¿Nos hemos vuelto todos locos o qué?

Juan Manuel Olarieta
El 18 de mayo del año pasado la Asociación Americana de Psiquiatría presentó la última edición del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), conocido como DSM-5, en el marco de su congreso anual, celebrado en San Francisco. Como todo lo que tiene su origen en Estados Unidos, han logrado convertirlo en una obra de referencia en la materia. Es la Biblia para los siquiatras del mundo.

La primera edición del Manual, publicada en 1952, tenía 120 páginas y la cuarta, publicada en 1994, casi alcaza las mil. Una edición especial del “Journal of Mental Health” planteaba en 2010 si queda alguien en el mundo al que podamos considerar mentalmente sano.

Lo mismo escribió Allen Frances, que estuvo a cargo de la edición anterior, el DSM-4, en un editorial del diario Los Angeles Times: “Aprendí a través de una dolorosa experiencia cómo pequeños cambios en la definición de los desórdenes mentales pueden crear enormes e indeseadas consecuencias”. Reconoce que con su obra habían contribuído a la creación de tres falsas epidemias que desde entonces se estaban diagnosticando más de la cuenta.

Pero hay algo que nos alivia del este agobio siquiátrico: la transexualidad ya no es un trastorno mental. Por fin se han curado. Antes eran enfermos; ahora ya no. Pero no me preguntéis que pócima mágica les ha curado de su enfermedad, porque el manual no habla de eso para nada.

Otra enfermedad que también desaparece es lo que antes llamaban “trastorno por hiperactividad sexual”, seguramente no porque los enfermos que la padecían se hubieran curado, sino porque no querían curarse por más pastillas de bromuro que les recetaran. En los tiempos de la Viagra era un trastorno demasiado estúpido.

En mi opinión, los transexuales y los hiperactivos sexuales no estaban locos ni antes ni ahora, pero no se si se puede decir lo mismo de los siquiatras, es decir, no se si los que no están bien de la cabeza son ellos que, como tantos otros científicos, se creen sus propias bobadas.

Resulta que en una sociedad capitalista saturada de publicidad, padecemos adicciones de todo tipo. Ahora a las aficiones se les llama adicciones. El que no es adicto a una cosa, es adicto a otra. Estamos trastornados por todo. Somos sicópatas y sociópatas. Somos adictos al juego pero la publicidad de la lotería, el cuponazo, los concursos, los bingos, las apuestas y el póker están por todas partes. Otros son adictos al porno, a las comilonas, a la cocaína, a los videojuegos, a las compras, a la tele…

Lo que está claro es que estas -y otras- enfermedades son inventadas, es decir, no existen en absoluto. Como bien solía decir el doctor Sydney Burwell, profesor de la Universidad de Harvard, “durante los próximos 10 años la mitad de lo que hoy se enseña a los estudiantes de medicina habrá demostrado ser falso, el problema es que ningún profesor sabe qué mitad”(*). ¿Sólo la mitad? Yo creo que bastante más.

Tampoco cabe descuidar otra posibilidad: que los trastornos mentales sean consecuencia del podrido capitalismo que padecemos, es decir, que en lugar de tomar tantas pastillas deberíamos curarnos de nuestros trastornos, delirios y adicciones saliendo a la calle a sujetar una pancarta.

Sobrevivimos gracias a las pastillas. Los especialistas que no las recetan, como los sicoanalistas por ejemplo, padecen todo tipo de ataques por parte de los lacayos de la industria farmacéutica, un negocio que funciona al revés que el resto del mundo: cuantos más enfermos, más saneada marcha su cuenta de resultados. Allen Frances lo ha calificado como “una catástrofe de salud pública”. Un antidepresivo como el Prozac se vende casi tanto como la Coca-Cola: 10 millones de consumidores diarios.

Lo curioso de este asunto es que no vamos al médico para que nos cure nada sino para que nos recete algo, lo que sea, y los médicos recetan lo que antiguamente se llamaba “la purga de Benito”: cualquier cosa para remediar cualquier enfermedad. Por ejemplo, el Prozac está oficialmente indicado para los deprimidos, para los obsesivo-compulsivos, para la bulimia, para la pérdida de la autoestima, la anhedonia (imposibilidad de sentir placer), el estrés, la ansiedad, la timidez, la tristeza y -sobre todo- para la distimia, que es una especie de depresión de segunda clase.

Una sociedad podrida todo lo pudre. Cualquiera que sea el diagnóstico, quien realmente está enferma es la medicina. Lo mismo te recetan pastillas para que te duermas, que pastillas para que te espabiles por la mañana. Padecemos sobredosis, sobrediagnóstico, sobrefármacos, especialmente con los niños, que no pueden defenderse, no solamente de los médicos sino tampoco de sus padres, que quieren “lo mejor para ellos”. ¿Cada vez hay más niños hiperactivos o cada vez hay más padres que no aguantan a sus hijos en casa?

(*) Cfr. Riding the waves of change together: are we all paying
attention?, Journal of the Medical Library Association, abril de 2008,
vol.96, núm, 2, pgs. 85-87,
http://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC2268220/
Categorías
Noticias

Asesinados dos espías israelíes en Bruselas

Juan Manuel Olarieta
El sábado 24 de mayo alguien disparó una ráfaga con un Kalashnikov dentro del museo judío de Bruselas, matando a cuatro personas. El País tituló que se trataba de un «atentado antisemita». Naturalmente se trataba también de una acción indiscriminada, terrorista, en vísperas de unas elecciones europeas.

Sin embargo, el lunes un diario judío de Estados Unidos, The Forward, decía que se trataba de un «asesinato político» (*). The Forward ocultaba algunos detalles de cierto interés, como que dos de las víctimas pertenecían al espionaje israelí. Uno de ellos, Emanuel Riva, trabajaba para Nativ, una organización pública clandestina de Israel encargada de promover la deserción de judíos soviéticos.

Miriam Riva, la mujer de Emanual, también trabajaba para el Primer Ministro israelí, lo que sus vecinos han confirmado a preguntas de los periodistas. Ambos trabajaban camuflados como «contables».

Nativ fue creada en 1952, depende directamente del Primer Ministro del gobierno de Tel Aviv y mantiene relaciones muy tensas con los otros dos organismos de espionaje: Mossad y Shin Beth. Tras la caída de la URSS en 1990 Nativ fue considerada como una reliquia del pasado, algo en vías de extinción. En 2005 el diario Haaretez decía que Natv sobrevivía gracias al empeño del primer ministro Ariel Sharon, recientemente fallecido.

Pero Nativ no sólo no desapareció sino que su carácter clandestino se estrechó aún más, como lo prueba el goteo de información sobre el matrimonio asesinado en Bruselas. El 27 de mayo el diario Israel Hayom decía que en 2009 el matrimonio Riva fue destinado a Berlín por el Ministerio israelí de Asuntos Exteriores, donde vivieron dos años.

Aquel año el ministro de Asuntos Exteriores era Avigdor Lieberman, un ultranacionalista judío de origen soviético y dirigente de la extrema derecha israelí, que está enfrentada tanto al Mossad como al Shin Beth. De 2006 a 2008 Lieberman fue ministro de Asuntos Estratégicos. Al llegar a su cargo retomó la línea de Ariel Sharon, anunciando que pretendía seguir utilizando Nativ para favorecer la emigración de los 200.000 judíos rusos que actualmente viven en Alemania.

Desde hace siete años la directora de Nativ es Naomi Ben-Ami, antigua embajadora de Israel en Ucrania y antigua consejera política de Lieberman. En 2008 le acusaron de provocar una crisis política con Alemania por el empeño de su jefe de forzar la emigración judía hacia Israel.

En enero de 2008 un artículo del diario Jerusalem Post informaba de la dimisión de Lieberman del Ministerio de Asuntos Exteriores presionado por su plan de enviar a dos emisarios de Nativ a Berlín.

Pero un año después Liberman volvió al gobierno y a su puesto al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, y fue entonces cuando enviaron al matrimonio Riva a Berlín.

Con el golpe de Estado en Ucrania, en el que Nativ ha participado activamente, el asunto tomó una nueva dimensión. La organización es una cabeza de puente con los antiguos países que formaron parte de la Unión Soviética y sus choques internos con el Mossad son cada vez más evidentes, lo cual es muy pintoresco porque el servicio secreto isaraelí le acusa de «opacidad» y exige el cese de sus actividades.

En fin, que el tiroteo de Bruselas parece un ajuste cuentas interno dentro de la intrincada madeja de espías que Tel Aviv tiene repartidos por el mundo entero. Más que un atentado antisemita parece un atentado semita.

(*) Was Brussels Jewish Museum Attack a Hate Crime — or Professional Assassination?, 26 de mayo
http://forward.com/articles/198889/was-brussels-jewish-museum-attack-a-hate-crime-o/?