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Autor: Juan Manuel Olarieta (página 18 de 60)

Si quieres informarte sobre la pandemia ‘no confíes demasiado en el espionaje estadounidense’

Desde el año pasado, la declaración de pandemia viene expresando el nudo de contradicciones que envuelven al mundo entero y de las cuales la OMS no es el sujeto sino el instrumento. La OMS no es un organismo técnico sino político y baila al son de la música que suena por los altavoces.

Lo dijo la anterior directora, Margaret Chan, en una rueda de prensa cuando le preguntaron por el respaldo que tenían las recomendaciones del OMS. Su respuesta no pudo ser más lacónica: la que presta Estados Unidos.

Pero el imperialismo no sólo apoya las decisiones que aprueba la OMS sino que las promueve. El organismo sanitario internacional sólo pone su membrete y, en ocasiones, encarga algún informe a sus “expertos” para guardar las apariencias.

La respuesta de Chan era tanto más interesante en cuanto que fueron los chinos quien le pusieron a ella al frente del cargo porque lo veían venir después de las sucesivas epidemias asiáticas que concluyeron con el Sars. Su papel al frente de la OMS fue el de minimizar los daños a China, y lo mismo está ocurriendo ahora.

Si el respaldo de la OMS procediera de China, no habría ni un catarro y mucho menos tendría su origen en un país asiático. Lo mismo cabe decir de las vacunas, el balsamo de Fierabrás de la pandemia: no puede pasar a los manuales de historia que una vacuna fabricada en China salvó a la humanidad de la plaga.

Como organismo político, la OMS tiene más vaivenes que un barco a la deriva, primero con la eliminación de las pandemias, luego con la declaración de “emergencia sanitaria internacionial” y, finalmente, con la vuelta al punto de partida sólo unos días después.

Su naturaleza política, más el fracaso del proyecto de Estados Unidos, explica que Trump saliera de la OMS y que Biden vuelva a él… con la condición de que el nuevo equipo de investigación que ha ido a Wuhan a buscar “el origen” lo encuentre.

Pero si en 1883 Koch no pudo demostrar que el Vibrio cholerae fuera la causa de la epidemia de cólera en India, a los “expertos” de la OMS les ha pasado otro tanto. Al primero le envió el gobierno de Bismarck y al segundo la OMS, por presiones de Estados Unidos. Las cartas que Koch envió a su gobierno desde Calcuta son apasionantes y los mensajes de los “expertos” de la OMS, como Peter Daszak, que aparece en la foto, no le van a la zaga. Parece que no ha pasado más de un siglo desde la epidemia de 1883 y que Calcuta y Wuhan son intercambiables.

“No confíes demasiado en la inteligencia estadounidense”, porque es “francamente errónea en muchos aspectos”, escribió el “experto” el último día de su visita a Wuhan tras una estancia de cuatro semanas.

Lo que movió al gobierno de Berlín a enviar a Koch a India fue su pugna con los colonialistas británicos y lo que movió a la OMS a enviar a sus “expertos” a Wuhan forma parte de otra pugna, por lo demás muy conocida y en pleno proceso de desarrollo.

Para desgracia de su gobierno, Koch no pudo demostrar su conocida doctrina del contagio y la OMS y sus “expertos” tampoco han podido demostrar nada de la suya (lo cual no es ninguna sorpresa).

Ahora bien, los mensajes de Daszak llaman la atención en muchos sentidos. Primero porque -como opinan casi todos- es un obviedad decir que en esta pandemia no deberíamos creer en los espías sino en los epidemiólogos, virólogos y demás académicos. Segundo porque podemos caer en la tentación de pensar que no debemos confiar en los espías estadounidenses, pero sí en los chinos.

En cualquier caso es evidente que, desde 1883 las doctrinas que imperan acerca de este tipo de fenómenos no se han impuesto por sus virtudes científicas, sino por las oportunidades políticas y económicas que brindan que, por lo demás, saltan a la vista, sin necesidad de abrir mucho los ojos.

‘Todo está prohibido, excepto si el gobierno lo autoriza expresamente’

Cada vez que los histéricos oyen hablar de relajar las restricciones, se ponen más nerviosos y a su hipocondria contribuyen alborozados los “expertos” con el as en la manga: las nuevas cepas. El viejo coronavirus está muy manoseado; el verdadero problema es la variante británica, o la sudafricana, o la brasileña, o… ya veremos. Se propagan más, son más letales, las vacunas no les afectan… Tienen seudociencias preparadas para este tipo de estupideces y más.

Los primeros toques de queda han salido tan bien, por la falta de oposición popular suficiente, que conviene convertirlos en permanentes. Son otros tantos cheques en blanco a cualquier clase de política que los gobiernos quieran imponer. La pandemia lo justifica todo.

El confinamiento no acabará nunca y durante el resto de nuestras vidas veremos a personas acobardadas tras sus mascarillas, día y noche, en la calle y en la casa, desinfectando su entorno, limpiándose con hidrogel, alejándose de sus familiares y de sus compañeros de trabajo cada vez más, con un móvil en la mano que les acerque al mundo virtual en el que aún les permiten sobrevivir.

Ya no nos rodeamos de personas sino de teléfonos móviles, pendientes de nuestra conexión, de nuestras redes de contactos. Los partidos políticos, los sindicatos y los movimientos sociales han desaparecido. Hace un año que no se reúnen, no se ven, no comparten nada. Le han regalado un cheque en blanco al gobierno, al que nunca le preocuparon el paro, la precariedad, la vivienda, la educación… Pero ahora se preocupa de nuestra salud y todo lo hace en interés de ella.

Los ancianos que han logrado sobvrevivir a la matanza llevan un año recluidos en sus asilos, o quizá incluso en sus habitaciones, encerrados y pendientes de que su hijo o su nieto le llame para poder escuchar una voz cercana. Lo hacen por su bien: el gobierno, la comunidad autónoma, la empresa que gestiona el asilo, los trabajadores del mismo… quieren lo mejor para ellos, pero nadie les pregunta si es eso lo que quieren para sí mismos.

Se trata, sin duda, del mayor régimen de terror conocido en la historia. Aparentemente estamos en tiempos de paz, pero nunca una guerra tuvo este coste. Las calles están vacías y cuando anochece hay que estar pendientes del reloj, como la Cenicienta, para llegar a casa antes de que comience el toque de queda. Nadie se había atrevido jamás a imponer restricciones de tal alcance a cada uno de los derechos y libertades de millones de personas, ni tampoco encarcelamientos, palizas, detenciones y multas.

Como los seudorrevolucionarios están entusiasmados con el régimen de terror que justifica su absoluta pasividad, como ni siquiera apuntan ni el más leve asomo de crítica, los terroristas están crecidos y no ocultan sus intenciones.

El ministro británico de Sanidad, Matt Hancock, que aparece en la portada, calificó las restricciones sanitarias de “napoleónicas”. El confinamiento “ha dado un vuelco al principio habitual de la legislación inglesa de que todo lo que no está explícitamente prohibido está permitido”. Ya no es así. “Se prohibe a la gente hacer cualquier cosa a menos que la legislación dijera, con palabras, que pueden hacerlo”.

Un juez británico ha calificado el toque de queda como “el régimen más restrictivo jamás aplicado a la vida pública de los individuos y las empresas” sin un control parlamentario previo, porque los diputados están acostumbrados a lidiar con los presupuestos, la política exterior o el Ministerio de Interior, pero no con virus, contagios, brotes, cepas o mascarillas.

La política ya no es lo que era. Se ha transformado en una de los peores cepas del fascismo. Al ministro británico de Sanidad le bastó firmar un decreto para imponer un confinamiento total el 24 de marzo del año pasado. Ya no hay debates parlamentarios, ni callejeros, ni jueces, ni prensa incómoda. Han bastado políticos, expertos y programas de televisión para domesticar a un país durante un año, encerrar a las personas en sus casas y en sus asilos, cerrar las empresas y acabar con las protestas en la calle.

Es inútil que los negacionistas se lamenten porque el draconiano régimen impuesto no ha servido para nada, que no logró contener la primera ola, que ahora sigan haciendo lo mismo y estemos ya en la tercera. Excepto el virus, todo lo demás ha fallado estrepitosamente, pero la política sanitaria sigue empeñada en volver a fracasar cuantas veces sea necesario y para eso necesitan “nuevas cepas” de las que los “expertos” no saben más de lo que sabían de las viejas, o sea, casi nada.

La política sanitaria estaba fracasando antes de la pandemia, siguió fracasando durante ella y no va a cambiar, por lo que la mortalidad seguirá en aumento, incluso en enfermedades que siempre han tenido tratamiento médico. Ahora sólo hay ojos para eso que llaman “covid”; los demás enfermos se morirán abanonados, lo mismo que los ancianos, y a la hora del recuento dirán que han muerto “por covid”.

No hay más que leer los titulares: todo está causado por el “covid”, no sólo el colapso hospitalario. Los efectos colaterales del virus van mucho más allá. La crisis económica tiene su origen en un virus. El paro ha aumentado por la pandemia (no por el confinamiento). Los despidos también, y el endeudamiento, y los suicidios…

Es algo que pasará así a la historia, que dentro de unos años enseñarán a los niños en las escuelas, a los alumnos de las universidades y difundirán los documentales de National Geographic por la televisión. El lavado de cerebro no ha hecho más que comenzar.

Conspiranoicos, conspiradores y pedófilos

Recientemente un periódico típicamente socialdemócrata como le Nouvel Observateur, el de mayor tirada de Francia, publicaba un noticia típicamente conspiranoica: el presidente del Club Siglo, Olivier Duhamel, había tenido que dimitir tras ser acusado de incesto por su yerno.

Duhamel, que aparece en la foto de portada, es miembro del Partido Socialista y eurodiputado entre 1997 y 2004. También es un “experto” que preside la Fundación Nacional de Ciencias Políticas.

Cuando en 1944 Georges Bérard-Quélin fundó el Club Siglo sólo puso un veto: los comunistas no podían formar parte de algo tan exclusivo.

El tinglado reúne a la oligarquía francesa de manera confidencial para conspirar o, si se quiere, para presionar a las marionetas visibles del Estado para que aprueben formalmente lo que les recomiendan quienes nunca aparecen ante los focos.

Once miembros del gobierno francés pertenecen al Club Siglo, es decir, que juegan un doble papel: uno en público y otro clandestino. El periódico hace un listado pormenorizado de ellos, entre los que figura el antiguo primer ministro Edouard Philippe (*).

Es una característica del moderno Estado monopolista y uno de los secretos de polichinela. Quienes lo sacan a relucir son insultados como conspiranoicos precisamente por quienes se dedican a conspirar.

Lo mismo que el capitalismo tiene un mercado “negro” y otro “blanco”, también hay quien toma entre bastidores unas decisiones que luego pasan por las cámaras de la televisión. A los sitios discretos, como el Club Siglo, compuesto por unos 300 miembros, los manuales universitarios de sociología política los llaman desde 1956 “lugares de sociabilidad para las élites”.

También se les podría cosiderar como un grupo de presión que reúne a lo que antes se llamaba “alta sociedad” y ahora “influencers”: patronos de la industria, banqueros, periodistas, funcionarios de primer rango, sindicalistas, políticos, editores…

Con el escándalo de pedofilia el Club Siglo apesta más que el coronavirus, porque cuando a los conspiradores se les suman los pedófilos, el morbo está garantizado y nadie querrá reconocerse en lo que antes tenía un toque de distinción y se divulgaba en voz baja.

Este tipo de tinglados oligárquicos merecen ser deshuesados, empezando por personajes execrables de la escena política francesa, como Bernard Kouchner, que en 1977 firmó una petición para despenalizar las relaciones sexuales con niños menores de 15 años.

Ahora la víctima de la pedofilia es su hijo y eso ya no le gusta nada. Ha amenazado con “partirle la cara” a Olivier Duhamel. Antes eran como hermanos y pasaban largas temporadas juntos, por lo que el caso de pedofilia es casi un incesto.

Kouchner fue ministro francés de Sanidad y de Asuntos Exteriores, eurodiputado, fundador de Médicos Sin Fronteras y Médicos del Mundo. Pero se le recuerda, sobre todo, por su criminal intervención durante la Guerra de Yugoeslavia. La política actual está en manos de sujetos tan repugnantes como Duhamel, Kouchner, Cohn-Bendit y similares.

(*) https://www.nouvelobs.com/politique/20210203.OBS39705/info-obs-un-secret-bien-garde-qui-sont-les-onze-ministres-membres-du-siecle.html

Más información:
– Esos cabrones que ejercen de imperialistas por la mañana y de benefactores por la tarde
– Cohn-Bendit, uno de tantos degenerados del parlamento europeo
– Teoría de la conspiración
– La única historia de las conspiraciones y las teorías de la conspiración empieza con la CIA

La pandemia en España: ¿cuántos han muerto y a cuántos han dejado morir?

A mediados de junio el Ministerio de Sanidad aprobó un protocolo titulado “Manejo en domicilio de pacientes al final de la vida que requieran sedación paliativa en el contexto de la pandemia por Covid-19” (1). En la misma exponía abiertamente que, en muchos casos, la sedación paliativa era la única estrategia eficaz para mitigar el sufrimiento de los pacientes con coronavirus en fase terminal.

El protocolo fue redactado “por profesionales de las diferentes sociedades científicas” (2) y aprobado tras una consulta con la Federación de Asociaciones de Enfermería Comunitaria y Atención Primaria (Faecap) y otras organizaciones sanitarias, que lo divulgaron (3).

Este tipo de protocolos sanitarios expresan con mucha claridad, mejor que cualquier discurso oficial de cara a la galería, la mayor parte de las contradicciones de la pandemia y de las medidas aprobadas con el pretexto de “contenerla”.

Por ejemplo, la vigencia del protocolo coincide en el tiempo con el debate legislativo sobre la ley de eutanasia, presentada como una gran novedad, como si la eutanasia no se estuviera practicando en los hospitales y asilos en ese mismo momento. Es otro ejercicio de cinismo a gran escala. Parecía que la eutanasia estaba prohibida hasta la aprobación de la ley, pero el protocolo demuestra que no es así.

Un protocolo aprobado por un Ministerio de Sanidad es una decisión política y su naturaleza no cambia por el hecho de que los “expertos” la avalen. No existe separación entre la política y la técnica, salvo a efectos propagandísticos: el gobierno esconde su política sanitaria tras una cortina de “expertos” y, al mismo tiempo, dichos “expertos” comparten la responsabilidad de las políticas aprobadas y las llevan a la práctica, es decir, son los ejecutores materiales de una guía que ha conducido a la muerte a muchos enfermos durante la pandemia o, por lo menos, la ha acelerado.

La política sanitaria determina tanto el hacer como el no hacer del médico. Es ciencia (o no) y a la vez política. El hecho de enviar a un enfermo a casa y dejar que se muera plácidamente inyectándole morfina no es sólo una decisión de un médico, acertada o no. El gobierno la ha convertido en una parte de su política.

Los sanitarios apoyan al gobierno y éste les respalda. Es la política de Poncio Pilatos y de lavarse las manos: no puede haber responsabilidad criminal o profesional de los médicos porque obedecen órdenes, por más que la ejecución de las mismas conduzca a la muerte del enfermo o la acelere.

La política sanitaria del Ministerio de Sanidad y de los “expertos” determina, pues, si está cercano el momento de la muerte de alguien: “Un porcentaje de pacientes con Covid-19 sufre un deterioro importante de su estado de salud que va a llevar a muchos de ellos a la muerte”, decía el Ministerio.

Es un aspecto interesante del documento, porque el abandono de los ancianos en los asilos al no trasladarlos a los hospitales ha sido un clamor a lo largo de la pandemia. Lo que muchos no advierten es que no los trasladaron a los hospitales porque allá tampoco iban a hacer nada por ellos.

El caso de los hospitales no es, pues, diferente al de los asilos: durante la pandemia todos los ancianos han sido abandonados, tanto en un sitio como en otro.

¿Por qué abandonaron a los ancianos? Porque eran enfermos terminales. El Ministerio de Sanidad reconoce que un número elevado de los pacientes de coronavirus “son personas de edad avanzada en situación de fragilidad avanzada y comorbilidad, en los que es posible establecer un mal pronóstico a corto plazo, lo que no les hace susceptibles de beneficiarse clínicamente ni de mejorar su pronóstico de vida a través de la atención en medio hospitalario, siendo, por tanto, candidatos a incluirse en un programa de cuidados paliativos a domicilio que asegure un adecuado control de síntomas”.

La ventaja de los ancianos en los hospitales ha sido que a algunos de ellos los enviaron a casa a morir, a diferencia de los internados en los asilos, a quienes dejaron morir en soledad: “La sociedad, la ciencia, los profesionales sanitarios y, por supuesto, las administraciones y los poderes públicos han de dar respuesta a la necesidades de estos pacientes, incluida la atención en el domicilio, garantizando la dignidad al final de sus vidas”.

De ahí mismo se desprende otro aspecto fundamental del documento ministerial: el reconocimiento de la comorbilidad en los ancianos, es decir, que si en España el 90 por ciento de los fallecidos que se imputan al coronavirus son personas mayores de 70 años, tales muertos no lo fueron sólo por coronavirus. El abandono de los ancianos no fue por el hecho de tener coronavirus sino por el hecho de estar enfermos. Sin embargo, a efectos de contabilidad la causa de la muerte es única: coronavirus. La comorbilidad no cuenta y el abandono tampoco.

De esa manera el Ministerio se encarga de responder a la pregunta -tan habitual- sobre los motivos por los cuales han muerto tantas personas durante la pandemia: no murieron por un único motivo. Ni siquiera se puede decir que murieron, sino que los dejaron morir.

Por lo tanto, tienen razón tanto los negacionistas como la revista médica The Lancet: no ha habido una pandemia sino una “sindemia” (4) que no se puede reducir al habitual discurso simplista de los “expertos” de pacotilla. Es algo que comparte esta pandemia con las anteriores, porque no se puede dar una explicación unilateral de un fenómeno tan complejo, extendido por diferentes países del mundo, con sistemas sanitarios diferentes.

Como consecuencia de la eutanasia protocolaria, durante la pandemia el único “medicamento” que suministraron a los asilos fue morfina y el alcance de la “muerte dulce” llegó a tal punto que a finales de marzo del año pasado ya se habían agotado las provisiones, no sólo en las residencias sino también en los hospitales. “La demanda ha sido brutal en muy poco tiempo”, titulaba El País (5).

La muerte no es sólo “ley de vida”, sino “ley” a secas, o sea, una decisión política. Según interese en cada caso se contempla desde uno u otro lado, pero a muchos les tranquiliza escuchar que alguien ha muerto porque le ha llegado la hora, sobre todo si es anciano y está muy enfermo. A eso se aferra el discurso oficial: en España la esperanza de vida está en los 73 años, por lo que la inmensa mayoría de quienes han muerto durante la pandemia ha sido de forma “natural”, no por política. Es una fatalidad. Nadie tiene “la culpa”. No hay responsabilidades, ni políticas, ni criminales, ni profesionales.

Pero veamos la cara oculta de la Luna: la política sanitaria, de la que forman parte medidas drásticas como el confinamiento, no se puede justificar de esa manera. A ciertos efectos, no pueden decir oficialmente que la inmensa mayoría de los fallecidos han muerto durante la pandemia de muerte “natural”, porque en tal caso no podrían hablar de pandemia. Ni siquiera pueden reconocer que han muerto por varias causas diferentes y previas a la pandemia, porque la política les obliga a poner al virus en el primer plano.

Pero, por encima de todo, no pueden admitir que durante la pandemia han dejado morir a los enfermos, porque el axioma es que todas las medidas políticas y sanitarias implementadas se han puesto en funcionamiento para salvar vidas. Lo contrario sería un escándalo y por eso los defensores de la oficialidad callan y asienten como los perros mejor domesticados.

(1) https://www.mscbs.gob.es/profesionales/saludPublica/ccayes/alertasActual/nCov-China/documentos/18_06MANEJOENDOMICILIODEPACIENTESREQUIERENSEDACION.pdf
(2) https://www.faecap.com/noticias/show/manejo-en-domicilio-de-pacientes-al-final-de-la-vida-que-requieran-sedacion-paliativa-en-el-contexto-de-la-pandemia-por-covid-19lt-o-p-lt-o-p
(3) https://semap.org/wp-content/uploads/2020/07/Manejo-en-domicilio-de-pacientes-que-requieren-sedaci%C3%B3n.pdf
(4) https://mpr21.info/covid-19-no-es-una-pandemia-admite-por-fin-la-revista-medica-the-lancet/
(5) https://elpais.com/sociedad/2020-03-31/las-uci-recurren-a-farmacos-en-desuso-ante-la-escasez-de-sedantes.html

En Cuba no hay pandemia pero el gobierno hace como si la hubiera

A falta de argumentos propios, los reformistas acogen los de autoridad, remiténdose a lo que dicen y hacen algunos gobiernos del mundo que a ellos les sirven de referencia, como el cubano. La política del gobierno cubano frente a la pandemia, es equivalente o muy parecida a la de los demás, lo cual demuestra que la salud pública es ciencia pura: está por encima de las clases y de la lucha de clases.

Cuba avala las políticas sanitarias canónicas de la OMS, como avala -por cierto- muchas otras cosas (que son altamente discutibles).

También hay otra coincidencia con otras políticas de otros países del mundo: las medidas restrictivas implementadas en Cuba no tienen su origen en ninguna pandemia y, por lo tanto, las motivaciones reales hay que buscarlas en otro lugar.

En Cuba no ha habido y no hay ninguna pandemia. El número de muertos que se atribuyen al coronavirus es de 167, una cifra insignificante, sobre todo si se tienen en cuenta que en la isla fallecen anualmente más de 100.000 personas. No aparece, pues, ningún exceso de mortalidad.

Si se examina el catálogo de enfermedades con mayor efecto sobre la mortalidad en la isla, las cifras del coronavirus ni siquiera aparecerían. Por ejemplo, a la neumonía y la gripe se le atribuyen más de 8.000 muertes al año. Las enfermedades respiratorias causan más de 4.000.

Si la pandemia hubiera tenido la más mínima incidencia en Cuba, las televisiones nos hubieran saturado con “informaciones” y, sobre todo, con imágenes.

A nadie debería caberle ninguna duda de que Cuba tiene uno de los mejores sistemas de salud del mundo. Desde luego que ningún otro en América Latina se le aproxima siquiera. La mortalidad infantil (4,2 por cada mil nacimientos) es inferior a la de Estados Unidos.

Pero al mejor cirujano se le queda un enfermo en la mesa de operaciones y lo mismo ocurre con la política sanitaria, cuya vinculación con la política económica es en Cuba más evidente aún que en otros países. La Isla exporta sanidad. Es su mayor fuente de divisas, muy por encima del turismo. En 2019 la sanidad cubana aportó 6.400 millones de dólares para equilibrar la balanza de pagos.

Al mercado internacional no se puede ir con mercancías alternativas; hay que competir con las mismas reglas del juego y por eso Cuba hace y dice lo mismo que la OMS y la mayoría de países del mundo. Cuba no necesita confinamientos, ni mascarillas. Tampoco necesita vacunas, pero ha creado una, no para vacunar a su población sino porque tiene intención de venderla a los países que se la demanden.

Como el resto del mundo, a falta de enfermos, Cuba envuelve su política sanitaria contra la pandemia en una nube ficticia de “casos”, “positivos” y “contagiados” que, desde el punto de vista médico son irrelevantes porque son personas completamente sanas.

La política sanitaria es tanto peor cuanto más se supedita a la política económica, aunque en el caso de Cuba hay que agradecer que con el coronavirus no haya llegado a los extremos aberrantes que alcanzó con otra pandemia anterior: la del Sida.

¡Silencio! ¡Estamos vacunando!

Las personas que han fallecido tras la inoculación de las vacunas contra el coronavirus no merecen ni media línea de ningún medio de comunicación español, incluidos los de “contrainformación” y los “alternativos”, es decir, que unos y otros han adoptado la misma actitud lo cual, desde luego, no es ninguna casualidad.

Lo que no aparece en los medios no existe. No sólo no está habiendo muertos sino que tampoco hay efectos adversos, ni graves ni leves. Nada de nada. Todo va bien. El canon se confirma: las vacunas contra el coronavirus están salvando vidas, lo mismo que las demás. Las vacunas han erradicado muchas enfermedades en el pasado y lo mismo harán con ésta.

Para saber algo del asunto hay que acudir, lo mismo que en el franquismo, a fuentes extranjeras, y entonces nos encontramos con que, en efecto, hay personas que están muriendo inmediatamente después de ser vacunadas. Algo es algo.

Ahora bien, su muerte no tiene relación con las vacunas, nos dicen las fuentes oficiales (que son casi todas), lo cual nos alivia enormemente. Esa falta de relación sólo aparece cuando se trata de muertes. Si hablamos de efectos secundarios no letales, entonces el discurso cambia: los efectos secundarios sí están causados por las vacunas.

No obstante, a veces las explicaciones oficiales sobre las vacunas y las muertes no se sostienen y entonces el argumento retrocede a la siguiente trinchera: el número de casos es insignificante con respecto al total de vacunados. Es preferible el remedio a la enfermedad. Luego las vacunas salvan vidas, “quod erat demonstrandum”.

Con la muerte de 33 ancianos en Noruega, los responsables de salud dicen que el porcentaje está por debajo del uno por mil. Es muy poquito. Casi nada. Pero eso es algo que se lo deben decir a los familiares de los fallecidos y, si es posible, a la cara.

No podemos olvidar que la disparatada pretensión de la mayor parte de los gobiernos del mundo es vacunar a millones de personas, por lo que esos “pequeños porcentajes” van a multiplicar el número de cadáveres. Si en España vacunan a 20 millones de personas, tendremos 20.000 muertos y el sistema de “salud” seguirá mirando para otro lado. Como si la cosa no fuera con ellos.

Si la vacuna es un instrumento de prevención de la salud, como reza el canon, hasta el más reacio puede comprender que esos 20.000 fallecidos son personas sanas.

La vacuna contra el coronavirus es voluntaria. Para poder inocular a una persona, debe prestar su consentimiento expreso y el médico le debe informar cabalmente acerca -entre otras cosas- de los riesgos, lo cual no se está haciendo en absoluto por muchas razones, entre otras porque la única preocupación es hacerlo rápido, e incluso que lo haga quien sea, aunque no sea médico.

Es una chapuza aunque, bien visto, no cambiaría mucho si el informador es un médico, porque la mayor parte de ellos se atienen al canon. Ninguno de ellos admitirá en presencia del candidato que el riesgo es mínimo y que él puede estar dentro del uno por mil que va a caer en el hoyo. Los médicos están haciendo lo mismo que los medios de comunicación: callar. El plan de vacunación masivo y acelerado sería impensable sin ese silencio.

Por su propia naturaleza, un problema de salud pública adquiere inmediatamente una dimensión política y social. Cuando se están produciendo miles de muertes, la primera obligación es la determinar su causa, investigar y poner remedio. Sin embargo, la directora de salud pública de Noruega, Camilla Stoltenberg, ha confesado públicamente en rueda de prensa que no han analizado las causas del fallecimiento de 33 ancianos después de recibir la vacuna porque todos los días mueren 45 ancianos en los asilos del país escandinavo y porque eran personas muy enfermas, terminales. Se hubieran muerto de todas maneras, tarde o temprano.

La intervención de la responsable noruega no pudo ser más vergonzosa, a la altura del cúmulo de declaraciones oficiales de todo tipo que llevamos escuchando desde que apareció la pandemia hace un año. No hay relación de causa a efecto, dice Stoltemberg, aunque quizá sí: los efectos secundarios “pudieron haber coadyuvado en un desenlace fatal en algunos enfermos frágiles”.

La respuesta oficial es, pues, un “no” pero “sí”. Es posible. Puede ser, y en consecuencia Noruega ha cambiado el protocolo médico y ahora exige realizar una evaluación médica previa antes de la inoculación. Si los muertos no han tenido relación con la vacuna, ¿por qué cambian ahora los procedimientos médicos?

Si los efectos adversos más inmediatos, a corto plazo, de las vacunas no se admiten de ninguna manera, ¿qué ocurrirá con los efectos a largo plazo? Es algo que no interesa a nadie y mucho menos interesará cuanto más tiempo transcurra. La atención estará centrada entonces en otros asuntos. Nadie se acordará de los muertos y nadie preguntará nada.

Una manta para soportar el frío en las aulas

La imagen de portada muestra una de las numerosas taras de esta pandemia: en plena ola de frío polar, las ventanas del aula permanecen abiertas por miedo al coronavirus y la alumna acude provista de una manta, preparada para combatir el frío durante horas.

Es evidente que el miedo al virus lo supera todo, incluido el miedo a lo que en la posguerra los médicos llamaban “pulmonía”, luego “neumonía” y, finalmente, con la pandemia, han rebautizado como “covid”, porque lo pretenden atribuir al “nuevo virus”. Un virus nuevo tiene que causar enfermedades igualmente “nuevas” para dar la impresión de algo distinto que emerge ahora por vez primera.

Si los jóvenes estudiantes comienzan a llenar las UCI con pulmonías, los médicos lo diagnosticarán como covid, lo cual ayudará a demostrar que ya estamos en la tercera ola de la pandemia, por culpa de las celebraciones colectivas de Fin de Año.

Por fin tendrán la demostración que necesitan de que el coronavirus no sólo afecta a los ancianos y que la edad de los “afectados” por la pandemia se sigue reduciendo. De esa manera se resuelve una de las incógnitas: ¿cómo es posible que el virus sólo “ataque” a unos pero no a otros?, ¿se fija en los certificados de nacimiento?

En la posguerra la pulmonía fue una de las causas más frecuentes de muerte, aunque en aquella época los franquistas no se preocupaban por disimular las condiciones de vida recurriendo a los virus.

La población pasó unas hambrunas cuya memoria se ha transmitido a lo largo de generaciones, mientras los franquistas acaparaban los alimentos de primera necesidad.

Los trabajadores y campesinos carecían de ropa y calzado para soportar las heladas o los temporales de lluvia. Las gabardinas eran un artículo de lujo que debían conservarse toda la vida y las botas también. Era más barato comprar un paraguas, que permitía mantener seca la parte superior del tronco, mientras la otra quedaba empapada de agua.

Antes de enviar a sus hijos a la escuela, los padres les anudaban una bufanda de lana al cuello. Querían llevarles a la escuela no sólo para que aprendieran, sino porque en la escuela había un brasero que mantenía caliente el aula.

En las escuelas rurales, los vecinos se encargaban de llevar leña para mantener el calor; en las urbanas, los colegios incluían los gastos de calefacción en la factura que enviaban a los padres todos los meses, algo que fue característico de los colegios religiosos.

A lo largo de la historia, muchas enfermedades y, desde luego, las epidemias, han sido consecuencia de las condiciones de vida y trabajo de la población, del hambre, la miseria y las penurias de millones de personas pobres. Lo que ha cambiado, lo moderno, es el intento de ocultarlo culpabilizando a los virus.

Tras los virus orgánicos llegan los virus informáticos, donde las mascarillas no sirven de nada

Hasta ahora el mundo sabía muy poco de los virus, e incluso tampoco quería saber más. Pero a la fuerza ahorcan…

Tampoco sabía mucho de informática; lo justo para teclear en el móvil. Pero con el tiempo no le quedará más remedio que aprender algo.

El año pasado conocimos la mayor pandemia desde hace un siglo por culpa de un virus y hace un mes hemos conocido el mayor ataque informático de la historia por culpa de otro virus, esta vez algorítmico.

Los que esperan una guerra mundial diferente de la que tienen delante de sus narices, se equivocan.

Los que creen que los ataques de unos virus (informáticos) u otros (orgánicos) no tienen ninguna relación, también se equivocan.

La distancia social, que ha llegado para quedarse, conduce a la dependencia de las personas respecto a sus terminales informáticas y, por lo tanto, les deja a expensas de intrusiones de todo tipo, y las mascarillas no les van a librar de ellas.

Lo mismo le ocurre a las instituciones y organismos políticos y sociales, que van a quedar convertidos en terminales automáticas y, por consiguiente, expuestos a todo tipo de ataques.

La nueva normalidad es la guerra y el estado de guerra. Se trata de una guerra económica y tecnológica, dirigida contra terceros países y contra la propia población.

Si hacemos caso de los “expertos informáticos”, que son iguales que los otros, el ataque informático del 13 de diciembre, el mayor de la historia, sería obra del gobierno chino, como dijo Trump. Según otros “expertos”, los responsables serían los rusos, como dijo Pompeo (1).

La empresa de seguridad informática FireEye le ha puesto el nombre de “Sunburst” al ataque, del que ella misma fue víctima, mientras que Microsoft lo llama “Solarigate”.

El ataque permitió a los piratas penetrar en muchas instituciones del gobierno de Estados Unidos y va a sacudir las relaciones diplomáticas entre las grandes potencias, sin ningún género de dudas. Según Microsoft, además de Estados Unidos, los piratas han atacado a Bélgica, España y Gran Bretaña.

Sunburst se infiltró en la red Orion, de la empresa estadounidense SolarWinds, utilizada por más de 33.000 organizaciones, incluyendo muchas instituciones públicas y los más grandes monopolios estadounidenses. Más de la mitad de dichas organizaciones han sido afectadas por el virus, aunque todos los días se van conociendo nuevas víctimas.

Entre ellas sólo hay dos empresas privadas, FireEye y Microsoft (2). El resto son organismos del gobierno estadounidense: el Tesoro, el Departamento de Comercio, el Departamento de Seguridad Nacional, el Departamento de Energía, el Departamento de Asuntos Exteriores… Biden ya ha anunciado que hará de la seguridad informática una prioridad de su mandato.

Estos métodos de ataque que no persiguen fines lucrativos, ya tienen un nombre: APT (“amenaza persistente avanzada”). Por ejemplo, el Washington Post califica a Sunburst como APT29. Son típicos del espionaje y, normalmente, los “expertos” se los adjudican al Eje del Mal, Rusia, China, Corea del Norte o Irán, aunque la mayor parte de las veces no saben si son unos u otros. Otras veces lo saben, pero no lo dicen.

Es lo que ocurre con Sunburst, que es como “el virus de Wuhan”. El Washington Post se lo adjudica a Cozy Bear, que en tiempos de Obama ya atacó a las instituciones públicas estadounidenses. Atribuírselo a Cozy Bear es tanto como poner a Rusia en el punto de mira, que es lo que hace también Microsoft.

En estos casos, da lo mismo apuntárselo a uno u otro porque nos comeremos lo que nos den. Nadie sabe de informática y nadie sabe de pandemias. Si interesa apretar las clavijas a Rusia, se lo atribuirán a Rusia y si interesa hacerlo con Irán, dirán que fue la Guardia Revolucionaria de la República Islámica. Nadie va a decir lo contrario. Si todos están callados con una pandemia, no tienen motivos para protestar por un ataque informático (salvo que les saquen el dinero de la cuenta corriente).

(1) https://www.nbcnews.com/news/us-news/secretary-state-pompeo-says-hack-was-pretty-clearly-russian-n1251798
(2) https://www.reuters.com/article/us-global-cyber-microsoft/exclusive-microsoft-breached-in-suspected-russian-hack-using-solarwinds-sources-idUSKBN28R3BY

Más información:
– Las operaciones de bandera falsa contra Rusia involucran ataques informáticos igualmente falsos

Los grandes monopolios tecnológicos están en la cuerda floja

En muy poco tiempo los gigantes digitales, como Facebook, Amazon o Microsoft, han acumulado tanta riqueza y poder que, en algunos casos, es mayor que el de muchos Estados, entre otros motivos porque su mercado es de alcance mundial.

No es sólo un problema económico. Los monopolios viruales son capaces de cambiar el comportamiento de millones de personas en todo el mundo y de influir sobre las elecciones y, desde luego, sobre las compras y el empleo.

En la medida en que con la “nueva normalidad” se imponga una sociedad sin contacto directo entre las personas, el poder monopolista de las grandes empresas tecnológicas se acrecentará, ganando terreno con la venta al por menor en línea, las redes sociales y el transporte.

El monopolismo se complementa con las bases de datos, la recopilación, el análisis y la compraventa de la información de las empresas y los usuarios.

Pero el monopolismo, como explicó Lenin, es la pescadilla que se muerde la cola. Acumula tanto poder que genera suspicacias, poniendo en marcha diversas cortinas de humo, como la “protección de los consumidores”.

El 9 de diciembre la Comisión Federal de Comercio y 48 estados de Estados Unidos demandaron a Facebook con el objetivo de desmantelar la empresa obligándola a vender dos de sus principales filiales: Instagram y WhatsApp. Lo mismo le ha ocurrido a Google.

El Estado no hizo nada para que Facebook comprara esas empresas y ahora quiere que las venda. Tras la colonización llega la descolonización. Es algo similar a lo que ya ocurrió con Standard Oil y la ATT, por lo que es posible que las consecuencias sean las mismas… o más irrelevantes, incluso.

El gobierno va a tener muchos problemas para fraccionar los monopolios tecnológicos recurriendo a argumentos viejos, como la manipulación de los precios porque la mayor parte de los servicios digitales son gratuitos.

Es posible que lo intenten por medio del control del mercado de la publicidad, una invocación muy endeble.

Desde luego que no van a recordar la manipulación de los algoritmos, la desinformación, las agresiones a la intimidad, la especulación bursátil, la gestión del capital riesgo, el manejo de información privilegiada, la imposición del trabajo precario o la persistente evasión fiscal.

Pero hay algo aún más importante que la teoría económica burguesa califica como “monopolio natural” y que en el mundo virtual es el “efecto de red”: cuantos más usuarios están enganchados a las plataformas digitales, más alta es la barrera de entrada a las nuevas empresas, incapaces de ofrecer niveles competitivos de utilidad a los usuarios. Una empresa que tiene a su página de Facebook como escaparate, no encuentra el mismo mercado en ninguna otra red social.

Los problemas que plantean los monopolios tecnológicos no tienen solución dentro del capitalismo. Para ello habría que nacionalizarlos y convertir a las empresas de telecomunicaciones en servicios públicos, una de cuyas obligaciones fundamentales es preservar la intimidad y la confidencialidad de los datos de sus usuarios.

400 años de negacionismo: el Caso Moliere

Hace falta mucha mala leche para representar “El enfermo imaginario” de Moliere en medio de una pandemia, como está haciendo la Compañía Nacional de Teatro Clásico en Madrid, bajo la dirección de Josep Maria Flotats.

Es una crítica brutal y corrosiva de la sociedad de hace 400 años a través de sus médicos y sus enfermos. Por eso los más grandes, como Moliere, son clásicos. No importa el momento en el que sus obras se representen: parece que han sido escritas para hoy mismo.

En la obra Moliere habla de sí mismo y aclara que “no se mete con los médicos, sino con la ridiculez de la medicina”. Hasta la época moderna eso ha sido bastante habitual. Que el cómico francés critique “el cuento de la medicina” se puede explicar; que haga lo mismo con los enfermos, aunque sean imaginarios, puede enfadar a más de uno. Está feo burlarse de los que sufren. Hoy sería encarcelado por un delito de odio.

Sin embargo, para Moliere los médicos y los enfermos son dos partes de la misma ecuación, de tal manera que al final de la obra el enfermo (imaginario) acaba logrando el título de médico (igualmente imaginario). Es la negación de la negación. Los enfermos necesitan un médico, pero estos también necesitan enfermos, y si no los tienen se los inventan, los crean y los fabrican.

La producción mundial de enfermos está alcanzando ahora su culminación con la pandemia, todo un mercado que aún está por explorar.

Moliere tiene varias obras maestras sobre medicina, además de “El enfermo imaginario”. Lo mismo que hoy, los médicos del siglo XVII trataban de impresionar a sus pacientes vistiéndose de una manera solemne y hablando una jerga incomprensible. Como entonces no existía el Sars-Cov2 ni el ARN, recurrían al latín y al griego para demostrar nuestra ignorancia.

“Clysterium donare, postea saignare, ensuita purgare” (primero meter una lavativa, luego hacer una sangría y finalmente purgar). En el siglo XVII era una fórmula tan mágica como hoy las vacunas, y la escena del médico recorriendo el escenario con una lavativa gigantesca en la mano para metérsela por el culo al enfermo (imaginario) es tan potente como la de Pfizer a la caza de millones de personas sanas para hacer lo mismo… aunque sea por otro orificio distinto.

Al comediante francés no le bastó con los médicos y la emprende con la enseñanza, las universidades y los catedráticos, que hace 400 años hacían lo mismo que hacen hoy universidadades, como la Rey Juan Carlos, entre otras: vender títulos de medicina y de cualquier otra disciplina al primer patán que se presenta acreditado por enchufes, recomendaciones o simplemente poniendo el dinero encima de la mesa.

Lamentablemente ya no hay apenas autores clásicos en ninguna disciplina, ni del arte ni de la ciencia, y a medida que alguien se acerca a las universidades, la situación empeora. La enseñanza mutila casi por completo el más mínimo sentido crítico de los alumnos. El atrevimiento salvaje de Moliere ha sido erradicado y el mundo se ha llenado de tabúes, de los cuales la medicina no es más que un triste ejemplo.

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