‘Todo está prohibido, excepto si el gobierno lo autoriza expresamente’

Cada vez que los histéricos oyen hablar de relajar las restricciones, se ponen más nerviosos y a su hipocondria contribuyen alborozados los “expertos” con el as en la manga: las nuevas cepas. El viejo coronavirus está muy manoseado; el verdadero problema es la variante británica, o la sudafricana, o la brasileña, o… ya veremos. Se propagan más, son más letales, las vacunas no les afectan… Tienen seudociencias preparadas para este tipo de estupideces y más.

Los primeros toques de queda han salido tan bien, por la falta de oposición popular suficiente, que conviene convertirlos en permanentes. Son otros tantos cheques en blanco a cualquier clase de política que los gobiernos quieran imponer. La pandemia lo justifica todo.

El confinamiento no acabará nunca y durante el resto de nuestras vidas veremos a personas acobardadas tras sus mascarillas, día y noche, en la calle y en la casa, desinfectando su entorno, limpiándose con hidrogel, alejándose de sus familiares y de sus compañeros de trabajo cada vez más, con un móvil en la mano que les acerque al mundo virtual en el que aún les permiten sobrevivir.

Ya no nos rodeamos de personas sino de teléfonos móviles, pendientes de nuestra conexión, de nuestras redes de contactos. Los partidos políticos, los sindicatos y los movimientos sociales han desaparecido. Hace un año que no se reúnen, no se ven, no comparten nada. Le han regalado un cheque en blanco al gobierno, al que nunca le preocuparon el paro, la precariedad, la vivienda, la educación… Pero ahora se preocupa de nuestra salud y todo lo hace en interés de ella.

Los ancianos que han logrado sobvrevivir a la matanza llevan un año recluidos en sus asilos, o quizá incluso en sus habitaciones, encerrados y pendientes de que su hijo o su nieto le llame para poder escuchar una voz cercana. Lo hacen por su bien: el gobierno, la comunidad autónoma, la empresa que gestiona el asilo, los trabajadores del mismo… quieren lo mejor para ellos, pero nadie les pregunta si es eso lo que quieren para sí mismos.

Se trata, sin duda, del mayor régimen de terror conocido en la historia. Aparentemente estamos en tiempos de paz, pero nunca una guerra tuvo este coste. Las calles están vacías y cuando anochece hay que estar pendientes del reloj, como la Cenicienta, para llegar a casa antes de que comience el toque de queda. Nadie se había atrevido jamás a imponer restricciones de tal alcance a cada uno de los derechos y libertades de millones de personas, ni tampoco encarcelamientos, palizas, detenciones y multas.

Como los seudorrevolucionarios están entusiasmados con el régimen de terror que justifica su absoluta pasividad, como ni siquiera apuntan ni el más leve asomo de crítica, los terroristas están crecidos y no ocultan sus intenciones.

El ministro británico de Sanidad, Matt Hancock, que aparece en la portada, calificó las restricciones sanitarias de “napoleónicas”. El confinamiento “ha dado un vuelco al principio habitual de la legislación inglesa de que todo lo que no está explícitamente prohibido está permitido”. Ya no es así. “Se prohibe a la gente hacer cualquier cosa a menos que la legislación dijera, con palabras, que pueden hacerlo”.

Un juez británico ha calificado el toque de queda como “el régimen más restrictivo jamás aplicado a la vida pública de los individuos y las empresas” sin un control parlamentario previo, porque los diputados están acostumbrados a lidiar con los presupuestos, la política exterior o el Ministerio de Interior, pero no con virus, contagios, brotes, cepas o mascarillas.

La política ya no es lo que era. Se ha transformado en una de los peores cepas del fascismo. Al ministro británico de Sanidad le bastó firmar un decreto para imponer un confinamiento total el 24 de marzo del año pasado. Ya no hay debates parlamentarios, ni callejeros, ni jueces, ni prensa incómoda. Han bastado políticos, expertos y programas de televisión para domesticar a un país durante un año, encerrar a las personas en sus casas y en sus asilos, cerrar las empresas y acabar con las protestas en la calle.

Es inútil que los negacionistas se lamenten porque el draconiano régimen impuesto no ha servido para nada, que no logró contener la primera ola, que ahora sigan haciendo lo mismo y estemos ya en la tercera. Excepto el virus, todo lo demás ha fallado estrepitosamente, pero la política sanitaria sigue empeñada en volver a fracasar cuantas veces sea necesario y para eso necesitan “nuevas cepas” de las que los “expertos” no saben más de lo que sabían de las viejas, o sea, casi nada.

La política sanitaria estaba fracasando antes de la pandemia, siguió fracasando durante ella y no va a cambiar, por lo que la mortalidad seguirá en aumento, incluso en enfermedades que siempre han tenido tratamiento médico. Ahora sólo hay ojos para eso que llaman “covid”; los demás enfermos se morirán abanonados, lo mismo que los ancianos, y a la hora del recuento dirán que han muerto “por covid”.

No hay más que leer los titulares: todo está causado por el “covid”, no sólo el colapso hospitalario. Los efectos colaterales del virus van mucho más allá. La crisis económica tiene su origen en un virus. El paro ha aumentado por la pandemia (no por el confinamiento). Los despidos también, y el endeudamiento, y los suicidios…

Es algo que pasará así a la historia, que dentro de unos años enseñarán a los niños en las escuelas, a los alumnos de las universidades y difundirán los documentales de National Geographic por la televisión. El lavado de cerebro no ha hecho más que comenzar.

comentario

  1. Recuerdo que nos decían en clase de Política Social que había dos tipos de intervencionismo social, el negativo y el positivo, dando por supuesto que el negativo sólo era teórico y el positivo el llevado a la práctica en las «democracias». Pero, ¿en qué podría consistir esa intervención social negativa de las políticas sociales de los gobiernos?, nos preguntábamos. Y la respuesta era muy breve y nítida: «en matar». Ese intervencionismo es el que ha venido para no irse. Están, efectivamente, matando. Literalmente. Por acción y por omisión. La política social en su sentido positivo ha desaparecido. Incluyendo la salud en el sentido integral de salud bio-psico-social. La única política que existe, y que se reforzará, es la de seguridad, la política militarizada y policíaca de control y represión. Y eso es el fascismo, que fue lo que faltó por decir cuando nos dijeron qué era el intervencionismo negativo, matar en el fascismo…

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