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Opinión

A propósito de un texto de Sacristán contra Stalin

Durante la transición Manuel Sacristán pronunció una conferencia que luego se ha reproducido en internet con el título “Sobre el estalinismo”, en lugar de titularla “Contra el estalinismo”, que es más apropiado.Se trata de un claro ejemplo de la manipulaciones de Sacristán, cuyos textos ya habían sido publicados en papel varias veces en los medios oportunistas así como en la web de la Fundación Andreu Nin. No es casualidad que vuelvan ahora a la carga cuando el reforzamiento del movimiento comunista internacional pasa por Stalin, como es fácilmente comprobable. El interés por Stalin se acrecienta.

Por el contrario, Sacristán está justamente olvidado. Que sus nostálgicos epígonos traten de rescatar el cúmulo de despropósitos de aquel a quien, haciendo gala de culto a la personalidad, califican como el profeta Sacristán, sólo demuesta la plena vigencia de la vida, el pensamiento y –lo que es más imprtante- la obra de Stalin.

En este proceso nosotros no tenemos ningún interés especial en defender a Stalin; lo único que tratamos de hacer es impedir que bajo la excusa de la crítica a Stalin siga infiltrándose la podrida ideología burguesa, el revisionismo y el trotskismo, que vienen a ser lo mismo. Ni Stalin, ni Lenin, ni Marx, ni nadie están por encima de la crítica, de manera que todas las que puedan dirigirnos no hacen más que fortalecer el comunismo. Tenemos que dar la bienvenida a todas las críticas porque, en efecto, Stalin o, mejor dicho, la época de Stalin, la III Internacional, la construcción del socialismo en la URSS siguen siendo las claves sobre las que debemos proseguir el reforzamiento de nuestro trabajo ideológico. Pero necesitamos buenas críticas, fundadas, solventes, no las asquerosas papillas cocinadas por la CIA, por los catedráticos de historietas o por el informe secreto de Jruschov.

De esas estamos hartos y Sacristán forma parte de esa hartura. Dejad descansar en paz a quien pasó del falangismo al ultrarevisionismo sin solución de continuidad. A quien insultó a los estalinistas llamándoles “peleles”, para que luego digan que son los demás los que padecen incontinencia verbal….

Ultrarrevisionismo

Sacristán cuenta la historia al revés. Dice que después de la crisis de Budapest en 1956 y la crisis del canal de Suez del año siguiente hubo un refuerzo innegable de los duros, por así decirlo, de los estalinistas de corte más ortodoxo. Por tanto, según él, en la URSS no sólo no hubo desestalinización sino estalinización.

Las tesis ultrarrevisionistas de Sacristán quieren decir que Jruschov, Breznev y compañía (a diferencia de Gorbachov) no fueron suficientemente revisionistas y debieron abrir las puertas al capitalismo ya en 1956. Como Carrillo se debió afiliar al PSOE aquel mismo año y no esperar tanto tiempo. Por eso Sacristán y los eurocomunistas defendieron a Dubcek y la Primavera de Praga, e incluso la intentona de la CIA y el Vaticano en Budapest en 1956. ¿Acaso es casualidad que Sacristán impartiera sus magistrales lecciones en el convento de los Capuchinos de Sarriá y que confesara divertirse estando con teólogos?

En cualquier caso, en Dubcek como en Sacristán, es la típica postura del revisionismo, más o menos acendrado: alinearse con el imperialismo. Lo que está feo es hacerle frente porque eso es terrorismo, gulag, purgas, represión, etc. Por eso, el “camarada” Solé Barberá, diputado del PCE-PSUC en las Cortes españolas durante la transición, defendía la Audiencia Nacional, la ley antiterrorista, el estado de excepción y los antidisturbios. ¿O es que ya nadie se acuerda de los discursos oficiales de la bazofia eurocomunista de la época? Estaban contra los métodos del KGB pero la Guardia Civil era lo más democrático del mundo.

Y ¡cómo no! en todo esto siempre tienen que salir a flote los sesenta millones de rusos asesinados en el gulag, según los datos más modestos que Sacristán expone como el arma arrojadiza más típica y tópica, para que no falte de nada.

Revisionistas y trotskistas

Pero el caso estrella de la represión es el del pobrecillo Nin, ejemplo de la intrínseca perversidad estalinista. Como sabe casi todo el mundo, en la guerra civil de 1936 a 1939 no murieron cientos de miles de republicanos defendiendo a la democracia contra el fascismo; parece que sólo murió el tal Andrés Nin, o por lo menos este muerto ocupa más páginas en los libros de historia que todos los demás juntos. ¿Por qué será que este muerto es tan sumamente importante?

No sólo hay colusión de los revisionistas con los imperialistas, sino también con las nauseabundas camarillas trotskistas que no se pierden ni una oportunidad de salir en los papeles, ni así se trate de la prensa rosa. Por ejemplo, ¡faltaría más!, en la tertulia de Sacristán aparece el inefable Solano, capo de las extintas juventudes del POUM, aunque los escribanos de Sacristán ni siquiera son capaces de poner bien su nombre. Allí se juntaron Sacristán y Solano como antes lo hicieran Trotski y Jruschov para destripar a Stalin.

Y aunque Sacristán reconoce que no es historiador, no le hace ascos a sostener que el verdadero legatario de Lenin no es otro que Bujarin (pero en ningún caso Stalin). Por eso, el presentador del opúsculo habla de la URSS como del país de Lenin, Gorki y Bujarin. Efectivamente, los eurocomunistas nos confirman que no son historiadores y, por tanto, ni saben nada acerca de Lenin, ni tampoco de Gorki, ni tampoco de Bujarin. Nada sucede por casualidad y que los mismos que liquidaron definitivamente el socialismo en la URSS rehabilitaran finalmente a Bujarin lo dice todo acerca de sus fuentes inspiradoras y de los mágicos hilos conductores de la historia. Lo que le sucedió a Bujarin, como a otros muchos impacientes, es que se anticipó y trató de llevar a cabo en 1929 lo que debió esperar a 1953. Pero lo de Bujarin lo dejamos para otra ocasión.

Socialfascismo

Quizá ya nadie recuerde que hacia mediados de los años setenta del pasado siglo, los eurocomunistas como Sacristán eran los más enérgicos valedores de la unidad de la izquierda, que entonces significaba unidad de los partidos socialistas y revisionistas para salvar al capitalismo de la crisis en Europa occidental. De ahí que uno de los más fervientes ataques contra Stalin vaya dirigido al concepto de socialfascismo. Ahí Sacristán cree que puede cebarse y, sin embargo, deja al descubierto que para nada es un historiador.

Nosotros pensamos que, con justificación plena, la III Internacional calificó a la socialdemocracia como socialfascistas por muchas razones, entre otras porque fueron ellos los que dejaron expedito el camino a los fascistas para que se hicieran con el poder. Que luego los fascistas y los nazis no se compadecieran de ellos (de los militantes de base) y los pasaran a cuchillo, es algo posterior: Roma no paga a traidores.

Pero Sacristán no debió llegar a la página de 1933 de la historia y podía haberse quedado en 1919: quien asesinó a los espartaquistas (Luxemburgo, Jogiches, Liebknecht) no fue la derecha, los conservadores, los reaccionarios: fue la socialdemocracia alemana.

Avanzando en el tiempo sobre la historia de la Alemania contemporánea, hay una pregunta que quizá los historiadores de verdad nos puedan responder: durante el denominado gobierno Kiesinger-Brandt, sabemos quién era Willy Brandt, pero ¿quién era Kiesinger? ¿nos pueden contar sin sonrojarse su biografía durante la época hitleriana?

Otro dato: cuando asesinaron a los militantes de la Fracción del Ejército Rojo en las cárceles, precisamente en las fechas en las que Sacristán impartía sus monsergas, quien dio las órdenes desde el gobierno federal alemán no fue otro que el canciller Helmut Schmidt, el hijo bastardo de Willy Brandt. Esas sangrías sólo las llevan a cabo los socialfascistas.

Pero Sacristán no tenía por qué irse hasta Alemania; los hispánicos cien años de honradez del PSOE son igual de evidentes:

— el PSOE colaboró activamente al más alto nivel con la dictadura de Primo de Rivera
— el PSOE colaboró activamente con Casado para dar un golpe de Estado en Madrid en 1939 que abrió el camino a las hordas franquistas
— el PSOE conspiró en el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 para hacerse con el poder al año siguiente
— aquel año el PSOE asesinó a Martín Luna y luego creó los GAL como brazo armado que cometió más de 30 asesinatos (sin contar los asesinatos legales) para acabar con la resistencia antifascista
— …

Casi estamos tentados de continuar con Francia y la procelosa historia de Mitterrand, primer presidente socialista de la República, funcionario vichysta, íntimo de los pistoleros de la ultraderecha, defensor ante los jueces de los criminales de guerra…

Cuando en 1981 el vichysta Mitterrand accede al poder, su gobierno es la unidad de la izquierda, los socialfascistas con los revisionistas, que se pusieron a la faena entregando a la guardia civil a los refugiados políticos vascos y deteniendo en París a los militantes del PCE(r). La liquidación del derecho de asilo político y la colaboracion con los GAL fueron una conquista especialmente suya.

Pero ¿para qué seguir? Lo dejaremos también para otra ocasión.

Los marxistas asiáticos

Como cualquier otro vulgarizador ramplón, Sacristán no podía dejar de recurrir al tópico de Rusia como país atrasado, campesino, y casi se le escapa el adjetivo racista de asiático, es decir, bárbaro, inculto, salvaje, brutal, etc. ¿Qué se podía esperar de un país así? Pues marxistas asiáticos, es decir, bárbaros, incultos, salvajes y brutales. En países feudales como Rusia, que no estudian filosofía del arte ni lógica simbólica, no se puede construir el socialismo: eso es lo que nos quieren decir todos esos exquisitos académicos de pacotilla. Damos por supuesto que cualquier semejanza de esas ideuchas con el marxismo sólo puede aparecer en un mal guión de Hollywood.

Quizá Lenin se pueda salvar, pero para eso hay que practicar la cirugía y escindirle del malévolo Stalin. A partir de ahí ya sabemos; luego vienen otros que dicen: Lenin tampoco, los que valen son Marx y Engels, que eran centroeuropeos y urbanos, mientras que Lenin era un aldeano que prostituyó el marxismo pulido y limpio de los alemanes. Detrás llegan los que separan a Engels de Marx: éste sí era un pensador profundo y original, mientras Engels era un positivista, un evolucionista vulgar que ridiculizó la dialéctica. Finalmente nos quedamos sólo con Marx, pero hay que diferenciar: hay un joven Marx, humanista, y un Marx viejo, encallecido, dogmático…

Hay tonterías de esas para todos los gustos: nos presentan el marxismo como un hipermercado donde cada cual puede elegir aquel producto made in Marx que le tranquiliza mejor su conciencia. Por eso todos los oportunistas nos dicen al unísono: no hay un solo marxismo, vosotros (por nosotros) sois unos dogmáticos alucinados, dice Sacristán, o iluminados, dicen hoy. Pues la verdad es que tenemos que reconocer que sí: unos somos unos iluminados y a otros se les han fundido los plomos. Es la lucha de clases de toda la vida, de las luces contra el oscurantismo, que diría Voltaire.

Ingeniería socialista

Como no le faltaba valor para meter la cuchara en todos los pucheros, Sacristán también se lanza a opinar sobre economía, aún reconociendo que tampoco es un economista competente. Y así lo demuestra cabalmente cuando habla sin ninguna información acerca de la acumulación originaria socialista, una tesis de Prebrajenski que Stalin nunca aceptó. A pesar de ello afirma que lo que allí se construyó no fue el socialismo sino esa acumulación originaria de Preobrajenski, una tarea puramente ingenieril, de obras públicas. También pedimos explicaciones en este punto porque nosotros, los peleles estalinistas, no comprendemos cómo un tirano omnímodo como Stalin consintió una acumulación originaria a la que se oponía…

Aficionadillo a los lugares comunes, Sacristán dice también que en la Unión Soviética no podía haber dictadura del proletariado porque no había proletariado mayoritario. Esta es una cuestión que ya fue discutida, aclarada y resuelta en la propia URSS por Lenin, de manera que si aún hay quien aún no ha sido capaz de asimilarlo es su problema. En la URSS podía haber y hubo dictadura del proletariado bajo la forma de una alianza obrero-campesina dirigida por la clase obrera y en donde los campesinos eran la fuerza mayoritaria en la que se apoyó el proletariado. Que una clase sea minoritaria no significa que no esté en condiciones de dirigir una revolución, cualquiera que ésta sea. La única condición para el éxito es que se apoye en una mayoría oprimida, y no otra es la experiencia de la URSS, de China y de tantos otros países que lo han probado con creces. Parece hasta mentira tener que insistir en ello, pero ni Sacristán ni nadie nos hizo entonces ni nos hará ahora comulgar con ruedas de molino.

¿Quién ‘inventó’ la lucha de clases?

Siguiendo el recorrido por el colmo de la frivolidad ideológica, Sacristán sostiene también que la doctrina de la lucha de clases de Marx le vino de un policía reaccionario prusiano llamado Von Stein. Pues es falso. Quizá Sacristán se refería a Lorenz Von Stein (1815-1890) y lo confundió con Karl Von Stein (1757-1831), pero esa tesis es siempre falsa en cualquiera de los dos casos. Ninguno de ellos era policía y tampoco encajan en la categoría de reaccionarios. Lorenz Von Stein estuvo en París por la misma época en que estuvo Marx, posiblemente se conocieron porque se movieron en un círculo similar de conocidos y la obra de L.Von Stein “Historia de los movimientos sociales en Francia desde 1789 hasta nuestros días” es paralela al “Manifiesto Comunista”. De ningún modo fue la obra de la que Marx tomó el concepto de lucha de clases.

Marx jamás dijo haber sido el primero en hablar de la lucha de clases, porque bien sabía que muchos otros antes que él lo habían estudiado. Además, la doctrina de la lucha de clases no sólo no tiene un origen reaccionario sino que se apoya en las concepciones más evolucionadas de la burguesía revolucionaria, especialmente de Montesquieu. Lo más probable es que la primera noción le llegara a través del mismo Hegel, un fiel seguidor de Montesquieu en este aspecto.

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Memoria Histórica

Para que la memoria de Marcus Klinberg no se pierda nunca

El 30 de noviembre murió en París, absolutamente olvidado, Marcus Klinberg, un comunista del que no deberíamos olvidarnos porque su biografía nos ayuda a entender algunos de los más importantes acontecimientos del siglo pasado.

Al morir con 97 años, Klinberg es casi una metáfora del mismo siglo XX y su vida como espía soviético, más apasionante que cualquier película de acción. Además de comunista, fue también un conocido científico, otra de tantas facetas que convierten a su personalidad en algo fuera de lo común.

El año pasado, poco antes de morir, publicó su autobiografía, “El último espía”, redactada en hebreo, en la que sólo relata una parte de lo que le tocó vivir, más que suficiente para apercibirse de que Klinberg fue el espía más importante que tuvo la URSS en Israel. Su tarea y la de su mujer, Wanda, era la de descubrir los planes israelíes para fabricar armas bacteriológicas.

De origen judío, Klinberg fue detenido en 1983 en Israel acusado de espionaje. En su interrogatorio dijo que él no tenía patria, que no trabajaba para un país sino para una causa: la del comunismo. La hija de ambos, que tradujo la autobiografía al francés, resumió así la vida de su padre: “Era un comunista que actuó por convicción y por reconocimiento hacia el Ejército Rojo, por haberle permitido combatir a los nazis que masacraron a toda su familia en Polonia”.

Le condenaron a él y a su mujer, a 20 años de cárcel, de los que cumplió 15 en régimen cerrado en la cárcel de máxima seguridad de Ashkelon. En 1998, cuando ya no existía la URSS, le conmutaron la pena por la de confinamiento y en 2003 se trasladó a vivir con su hija y sus nietos a París. Era un tipo de judío tan especial que no le dejaban vivir en Israel.

En Israel Klinberg estaba considerado como un universitario, un reputado científico, un investigador de primera línea que participaba en los mejores foros mundiales de su especialidad, la epidemiología. Su nieto, un conocido político francés, Ian Brossat, ha escrito otro libro, “El espía y el niño”, sobre las visitas que hizo a sus abuelos a las cárceles israelíes. Brossat recuerda el trago amargo de la transformación del prestigioso hombre de ciencia en el preso encerrado y repudiado y, finalmente, al hombre que en 1990 observa el hundimiento de aquello por lo que había luchado, la decepción y la desmoralización vividas desde el fondo de una mazmorra.

El preso más enigmático de Israel

En las cárceles israelíes Klingberg siguió siendo tan misterioso como en su vida anterior. Le juzgaron a puerta cerrada y nadie ha podido leer las actas del proceso. Luego le registraron en prisión con un nombre falso, “Greenberg”. Un famoso científico israelí había desaparecido y nadie sabía nada. Todo eran rumores. Israel dijo que había “desertado” a la URSS.En 1988 un diario neoyorkino en hebreo mencionó su detención por primera vez y poco después Peter Pringle, un periodista inglés del diario “The Observer” emprendió una investigación que fue brutalmente interrumpida por el Mossad con los métodos que le caracterizan: le abrieron el coche y se llevaron sus pertenencias, su pasaporte y sus documentos.

En 1993 el diario Haaretz tuvo que ganar un pleito contra el Estado israelí para poder contar la historia de aquel enigmático científico encerrado en la cárcel en unas condiciones de aislamiento total. Es el lastre de la “libertad de expresión”: durante 10 años la prensa israelí no pudo narrar que Klinberg había sido encarcelado por espionaje a favor de la URSS y que el castigo se mantenía a pesar de que la URSS había desaparecido. Junto con la URSS también Klinsberg había desaparecido.

¿Hacia dónde se podía huir en 1939?

Klinberg había nacido en 1918 en Varsovia en aquel ghetto que la película “El pianista” ha hecho famoso y donde su abuelo era rabino. En 1936 se matriculó en la Facultad de Medicina de Varsovia. Entonces aún no era comunista, aunque se definía como agnóstico y de convicciones progresistas. Quienes le forjaron como comunista fueron los que se habían empeñado en la lucha contra el comunismo: los nazis. En un diario juvenil fue escribiendo la repugnancia que le producían las nuevas y viejas teorías racistas, tanto nazis como polacas, que se convirtieron en la puerta de entrada a un desarrollo político personal.

En 1939 vio a los nazis ocupar Varsovia. En un momento de lucidez, su padre atisbó que la tragedia se aproximaba y le propuso huir para que, al menos, alguien de la familia se salvara del desastre. Huir, sí, pero ¿hacia dónde? A pesar de que los estúpidos manuales de “historia” de la burguesía dicen que la URSS “invadió” Polonia o se la repartió con los nazis, ni los polacos ni nadie lo vivieron así y muchísimos judíos, como Klinberg, no dudaron en el camino que debían tomar para salvar sus vidas: debían ir a la URSS. Toda la familia de Klinberg fue exterminada, tanto la paterna como la materna. Sólo se salvó él, por lo que la lección para la humanidad es más que evidente: los nazis eran la muerte y la URSS era la vida. Algunos aún no se quieren enterar de algo que entonces era tan sencillo pero tan vital para millones de personas.

La URSS no sólo acogió a un refugiado como Klinberg sino que le facilitó que culminara sus estudios de medicina en Minsk, Bielorrusia, en junio de 1941, justo en el momento en el que, tras el ataque a la URSS, los nazis volvieron a acercarse peligrosamente. La URSS le concedió la nacionalidad y el Ministerio de Sanidad le trasladó a Lida para que hiciera sus primeras prácticas de epidemiología, pero él no quiso huir por segunda vez. Aquella barbarie había que pararla en algún sitio. Prefirió combatir al fascismo de la única manera posible: con las armas en la mano.

¿Cómo pagar un tributo de sangre?

Su vida se confundió con la de la misma URSS. Estudiaba al mismo tiempo que combatía. La situación era tan delicada que no permitía elegir sólo una de las dos cosas. Siguió cursos de especialización en Perm, cerca de los Urales, de donde le trasladaron a un centro epidemiológico de Moscú.

En diciembre de 1943 le nombraron jefe de epidemiología del Ministerio bielorruso de Sanidad y acabó la guerra con el grado de capitán del Ejército Rojo. En aquel momento de euforia sus meditaciones debían ser como las de tantos millones de seres humanos a los que la URSS había rescatado del infierno: ¿cómo pagar aquel tributo de sangre?

En diciembre de 1944 Klinberg entra con el Ejército Rojo en una Polonia exterminada y arrasada por el fascismo. En muy pocos años todo su mundo anterior había desaparecido: la familia, los vecinos, los amigos, las casas, las escuelas, las calles…

En junio del siguiente año se casa con Wanda Jasinska, una colega epidemióloga, también judía, que había logrado escapar del ghetto de Varsovia, donde su familia también había sido completamente exterminada. Para los supervivientes del fascismo, Polonia era un gran vacío. Marcus y Wanda sólo se tenían el uno al otro.

En 1946 el nuevo gobierno polaco les envía a ambos con un puesto en la embajada en Estocolmo, que cambian para trabajar en un hospital de contagiosos, hasta que dos años después se crea el Estado Israel, a donde emigran. Era el momento de pagar el tributo pendiente.

El Instituto de Guerra Bacteriológica Nes Ziona

Allá obtiene en 1969 una plaza en la Facultad de Medicina de Tel-Aviv, donde a partir de 1978 dirige la Escuela de Medicina Preventiva y Social. Escribió y dirigió la publicación de una veintena de libros científicos, así como más de cien artículos de su especialidad en revistas internacionales. Desde 1979 presidía la Asociación de seguimiento de malformaciones congénitas, presidente del comité internacional que realizó al seguimiento a la catástrofe química de Seveso, en Italia, profesor de las universidades de Pensilvania, Filadelfia, Oslo, Londres, Oxford…

Como suele ocurrir en la ciencia moderna, sus galones académicos eran el reverso de la tarea que desempeñaba para el ejército israelí. Desde 1950 fue jefe de medicina preventiva militar, director del Instituto de Medicina Militar, director del Instituto de Investigación Biológica Nes Ziona…

Esa es la palabra clave: el Instituto Nes Ziona es el centro de guerra bacteriológica israelí que dirige directamente el Primer Ministro. Se saben muy pocas cosas de la repugnante tarea que llevan a cabo los “científicos” (matarifes, en realidad) que trabajan en ese centro, pero una de ellas es que han logrado elaborar 43 tipos diferentes de eso que llaman púdicamente “armamento no convencional” y que en otros sitios se conoce como “armas de destrucción masiva” que ha costado la devastación de todo un país, como Irak. Se trata de la fabricación de bacterias, virus, hongos, toxinas y venenos sintéticos para matar en masa a las poblaciones.

A unos “científicos” canallas les corresponden unos amos de la misma naturaleza. A pesar de que el Estado de Israel firmó en 1993 en París el tratado de desarme que prohíbe la fabricación, el uso y el almacenamiento de armas bacterioquímicas, actualmente en el Instituto Nes Ziona de Tel-Aviv hay (sigue habiendo) ese mismo tipo de armamento.

La firma de dicho tratado por Israel hubiera debido poner en libertad a Klinberg automáticamente, pero no fue así porque Israel necesitaba mantener todo el asunto en el más estricto secreto: el caso Klinberg era el fracaso más importante de sus todopoderosos servicios de seguridad, una prueba de la vulnerabilidad del Estado de Israel.

Eso explica algunas cosas pero no todas ni mucho menos. Si Israel es una parte de esta historia, la URSS es la otra ¿Por qué Klinberg no fue uno de aquellos espías que los países del este se intercambiaron con los del oeste? La familia realizó gestiones con Gorbachov en este sentido. Por todos los rincones del mundo se hicieron listados de espías y presos a intercambiar, con ramificaciones que llegaban hasta Nelson Mandela… Quizá no hay que buscarle tres pies al gato: no hubo tiempo. Cuando cayó la URSS ya no había nada que negociar porque no había nada que ofrecer. Unos lo tenían todo y otros, como Klinberg, lo habían perdido. Hasta sus ilusiones.

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Noticias

Los cambios en la política exterior de Rusia desde 1990

Andrei V. Kozyrev
Juan Manuel Olarieta

El ruso tiene una capacidad sorprendente para formar neologismos, algunos de los cuales son tan coyunturales como el tiempo que un ministro permanece en su cargo. Es el caso de “kozyrevtchina” una palabra que designa la etapa en la cual Andrei V. Kozyrev estuvo al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, que va de los tiempos de Chevardnadze (1990) a los de Primakov (1996).

Pero “kozyrevtchina” no sólo designa a una época de la diplomacia rusa, la primera posterior al hundimiento de la URSS, sino que también se puede traducir por el tipo de política exterior que entonces Rusia puso en práctica, caracterizada por el servilismo hacia Estados Unidos. Por utilizar una palabra más gráfica, diríamos que Kozyrev era un vendido o que vendió Rusia a intereses ajenos.

Lo que se predica de Kozyrev al frente de los asuntos exteriores de Rusia, se puede decir de otros departamentos, como la economía, en donde la propiedad socialista no sólo fue saqueada sino subastada a capitalistas que, en buena parte, eran extranjeros.

Pero el primer ministro y ministro de Economía Ygov Gaidar, a pesar de su sumisión, no tiene una palabra acuñada que lo exprese, a diferencia de Kozyrev.

Los neologismos como “kozyrevtchina” expresan, sin ninguna duda, la sorpresa ante el punto al que podía llegar el gobierno ruso en los tiempos de Yeltsin, y un asombro no menor produjo luego el viraje posterior de Putin tratando de remediar el desastre provocado por Yeltsin, Gaidar, Kozyrev y otros parecidos.

Tampoco puede extrañar, por tanto, que tras la “kozyrevtchina” la política de Putin se califique de hegemonismo o expansionismo y que se equipare a la de Estados Unidos, de la cual hay que reconocer que no ha cambiado en todo este tiempo.

Si huimos de los personalismos, de las diferencias entre Yeltsin y Putin, y si no creemos que los gobiernos “elijan” entre unas u otras políticas, y menos en asuntos exteriores, hay que preguntarse por los factores que obligaron a Rusia a cambiar y pasar del servilismo inicial a la firmeza actual.

Desde los tiempos de Gorbachov, es decir, desde la última etapa de la URSS, por no hablar de las anteriores, todo fueron concesiones, incluida la más importante de ellas, la liquidación de un Estado, a pesar de lo cual el imperialismo no cedió -en absoluto- en sus pretensiones, sino todo lo contrario.

Primero los imperialistas sentaron sus campamentos en los antiguos países del Pacto de Varsovia y luego en las antiguas repúblicas que habían pertenecido a la URSS, desde el Báltico hasta el Caspio. Fueron los años que Rostislav Ischenko calificaba recientemente como “guerra invisible”.

Al menos así lo vivieron los rusos “desde dentro”. No sólo Rusia quedó rodeada sino que el tercer escalón era el asalto a la propia Rusia. A finales de los noventa el propio aparato político del Estado tenía varios caballos de Troya en su interior: estaba copado (colonizado) por grupos de presión al servicio de Estados Unidos, incluida la diplomacia, los medios de comunicación y determinados sectores económicos.

La equiparación de Rusia con Estados Unidos o con cualquier potencia imperialista no sólo muestra la errónea comprensión de la política internacional de un país determinado, sino sobre el imperialismo, en general, del imperialismo como “etapa” de la historia.

No sólo es un error equiparar el imperialismo a la dependencia, es decir, a una de sus características, sino que el propio concepto de dependencia es erróneo por varias razones. En primer lugar, porque no se pueden poner a los países dependientes a un lado y los independientes al otro. En el segundo, porque la dependencia es un concepto amplio en el que influyen varios factores, entre ellos el económico.

Lo que caracteriza al imperialismo, decía Lenin hace cien años, es que el capital financiero es una fuerza tan considerable que subordina incluso “a los Estados que gozan de la independencia política más completa”. Entre las grandes potencias y los países coloniales existen toda clase de situaciones intermedias y de formas diversas de dependencia, poniendo Lenin el ejemplo de Argentina (1).

Lenin advirtió sobre la posibilidad de que el imperialismo se convirtiera en una trivialidad vacía de contenido, el tipo que concepciones simplistas que van ligadas a la pobreza y al “Tercer Mundo” en general. Las anexiones, los repartos del mundo, decía Lenin, no son sólo territoriales, geográficos o geoestratégicos, sino “económicos”. Por mi parte, añadiría que a medida que el imperialismo ya tiene al mundo repartido desde hace años, los nuevos repartos tienen cada vez más un significado económico, como Lenin apuntó sagazmente: “Lo característico del imperialismo es precisamente la tendencia a la anexión no sólo de las regiones agrarias, sino incluso de las más industriales” (2).

El rasgo fundamental por el que Lenin diferencia al imperialismo moderno de otras formas históricas anteriores que se parecen a él son las contradicciones interimperialistas, en las cuales no puede haber equilibrio ni equiparación económica, militar o política. Cuando tal equilibrio existe, es sólo una fase que dará lugar al desequilibrio y, en última instancia, a la guerra.

Es la ley del desarrollo desigual, según la cual el capitalismo crece más rápidamente precisamente “en las colonias”, dice Lenin, entre las cuales aparecen “nuevas potencias imperialistas” de tal manera que en el reparto del botín una parte considerable del mismo “va a parar a países que no siempre ocupan el primer lugar desde el punto de vista del ritmo de desarrollo de las fuerzas productivas” (3).

Para entender el imperialismo en los últimos años no hay más que mirar un mapa de 1990 para compararlo con otro dibujado 25 años después en regiones como el Báltico, el Cáucaso o Asia central. Un poco de geografía basta para darse cuenta de que en 1990 Rusia perdió tres cuartas parte del territorio y la mitad de la población.

Podemos hacer las comparaciones que se quieran. Por ejemplo, en 1990 Rusia se había reducido incluso respecto a 1725, el año en el murió Pedro el Grande. Con el desmembramiento de la URSS 25 millones de rusos quedaron viviendo fuera de las fronteras de Rusia.

En 1990 Rusia perdió a sus viejos aliados en Europa central y oriental. A partir de entonces aquellos países son una cuña que Estados Unidos tiene introducida entre Europa y Rusia, como se ha comprobado en la reciente crisis de los refugiados.

Pero lo que se le venía encima en un futuro inmediato a Rusia era (es) aún peor. Por si en Moscú aún tenían dudas, la OTAN se lo dejó bien claro durante la guerra de los Balcanes: el futuro de Rusia era el mismo que el de Yugoeslavia, es decir, ninguno.

No obstante, a pesar de las numerosas evidencias, algunos dudan sobre si Rusia está siendo sujeto u objeto de un nuevo reparto del mundo, es decir, si Rusia pretende anexionarse algo o son otros los que pretenden anexionarse a Rusia.

Rusia es hoy el bocado de los imperialistas. Su singular posición en el mundo es lo que la convierte en una especie de paladín de otros países que están en un posición idéntica, como Siria sin ir más lejos. En Siria el ejército ruso no está actuando de manera desinteresada, sino todo lo contrario: está defendiendo sus propios intereses.

Ahora bien, esos intereses coinciden con los de Siria y con los de muchos otros pueblos del mundo y lo que es más importante: esos intereses son plenamente legítimos, tanto por parte de Rusia como de Siria, por lo que no cabe ninguna clase de neutralidad entre los agresores y los agredidos.

Por último, hay que decir que lo de Putin no tiene mérito ninguno, que no ha tenido ninguna clase de opciones, salvo la de adoptar el camino actual de enfrentamiento sin concesiones a los planes de Estados Unidos porque el anterior, la “kozyrevtchina”, conducía a Rusia a convertirse en otro Afganistán, otro Libia, otro Siria, otra Ucrania u otro Estado paria cualquiera envuelto en guerras interminables, necesitado de un protectorado internacional, de la “ayuda exterior” de las ONG y de la presencia de “cascos azules” u otros ejércitos de ocupación.

(1) Lenin, El imperialismo fase superior del capitalismo, Obras Escogidas, tomo I, pgs.748 y 751.
(2) Lenin, El imperialismo, cit., pg.756.
(3) Lenin, El imperialismo, cit., pg.761.
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Memoria Histórica

La conquista del corazón de los pueblos de oriente (y 5)

Entre otras funciones, el capitán Theodor Oberländer había sido delegado regional en Prusia oriental de la VDA (Verein für das Deutschtum im Ausland, Asociación para la promoción de la identidad alemana en el extranjero) y en 1955 fue ministro “des Vertriebenen”, que podemos traducir como ministro “para los alemanes emigrados o expatriados”. Desde el final de la guerra había formado el “Bund der Vertriebenen”, la Liga de los Emigrantes, un partido nazi integrado en la vida política de la República Federal de Alemania y hacia aquellas fechas fusionado con la CSU.

Oberländer no solamente salvó su vida sino la de muchos nazis impidiendo que cayeran en manos soviéticas. Sabía que en manos de los imperialistas todo iba a ser diferente y que Alemania sería lo que tenía que ser. Sólo había que intentar lo mismo por otras vías. La República Federal de Alemania tenía que convertirse un III Reich sin cruces gamadas… pero con los mismos nazis de siempre.

La VDA es una asociación privada que desde la unificación alemana en 1871 despliega las posiciones pangermanistas con las que los imperialistas alemanes han justificado siempre su expansionismo. Se trata de crear enclaves alemanes, como ya hicieron en 1920, y germanizar Dinamarca, Yugoslavia, Polonia y determinadas regiones de la URSS. Para ello crearon un banco en Holanda que blanqueaba dinero procedente de operaciones secretas. Con fondos públicos alemanes compraron empresas y grupos de prensa en el extranjero. Había que formar poderosos consorcios de intereses que reclamaran la autonomía cultural, luego la independencia y, finalmente, la anexión a Alemania.

Bajo el nazismo, la VDA ocupó un lugar central en la estrategia hitleriana, sobre todo en Checoslovaquia. El espionaje sólo era una de sus variadas funciones.

A comienzos de la II Guerra Mundial, las minorías alemanas en el este de Europa prestaron una ayuda logística muy importante para la entrada de la Wehrmacht. Los miembros de la VDA desempeñaban funciones policiales, perseguían a la resistencia y exterminaban a la población local. En la URSS los especialistas de la VDA seguían un programa de germanización y, como en Argentina en 1973, secuestraron a niños que podían formar parte de dichos programas para integrarlos en familias alemanas. Los que no podían ser asimilados eran entregados a la SS para su exterminio.

En 1945 los aliados prohibieron la VDA clasificándola entre las organizaciones nazis importantes y confiscando sus propiedades. Pero dos años después los viejos cuadros ya la habían revitalizado de nuevo, a pesar de la prohibición. Su jefe entonces era Hans Steinacher y su lema “raza y hegemonía”. Lo único que cambió fue su rabioso antisemitismo.

A partir de 1952 las biografías se cruzaron. Oberländer es nombrado ministro para los alemanes emigrados y, con su apoyo, la VDA, sin cambiar su nombre, recupera su estatuto oficial y sus sólidos contactos con el Ministerio de Asuntos Exteriores, que recomienza a utilizar a los afiliados de la VDA para “tareas precisas en el extranjero”.

En 1961 Steinacher mantiene una entrevista con el gobierno federal para realizar “trabajos conjuntos” y obtiene financiación secreta para ejecutarlas. Todas las redes de la VDA en el este de Europa coinciden con las antiguas que previamente había tendido Reinhardt Gehlen y forman parte del espionaje previo y posterior a la guerra mundial.

Tras Steinacher, Rudolf Aschenauer dirige la VDA hasta finales de los años setenta. Su biografía es como la de Oberländer y todos los demás: nazi y miembro de la SA, las tropas de asalto, tras la guerra mundial fue abogado de la organización nazi “Stille Hilfe” (Ayuda Silenciosa) que defendía a los criminales de guerra en los procesos judiciales. En los años cincuenta perteneció a diversos movimientos nazis y servía de enlace entre el “Deutsche Reichspartei” (Partido del Imperio Alemán) y el Ministerio del Interior, cuyo titular era Schröder, otro de sus colegas en la SA.

En muchos aspectos, por ejemplo en la diplomacia, la política oficial alemana llega a confundirse con la política nazi de la VDA y destacados miembros de esta asociación ocupan cargos clave no solamente en partidos políticos alemanes sino incluso en la Presidencia de la República y en la Unión Paneuropea. Por supuesto, en nómina también figuran europarlamentarios, de esos que denuncian el genocidio checheno de 1944…

Así que volvemos a hablar de Chechenia.

En enero de 1995 el máximo dirigente de la VDA, Karsten Schlamelcher, apareció muerto en su apartamento, muy cerca de Bonn. Su familia dijo que había sido asesinado, pero el caso se cerró sin averiguar los culpables. Schlamelcher era conocido en Alemania como el hombre de la maleta: tras la caída del muro de Berlín era quien llevaba el dinero alemán, millones de marcos, hacia el este y los Balcanes, hasta el punto de que había convertido a la VDA en un poder fáctico en los antiguos países del Pacto de Varsovia. El carácter aparentemente privado de la VDA no le impidieron percibir fuertes sumas procedentes de fondos reservados que no eran precisamente subvenciones. Sólo en 1990 y 1991 recibió de los ministerios alemanes del Interior y de Asuntos Exteriores, cien millones de marcos, teóricamente para repatriar a los alemanes que vivían en el exterior. En realidad se trataba de vincular a esos países al imperialismo alemán, sacándolos de la influencia de Estados Unidos.

Schlamelcher recorrió todo el este de Europa. Curiosamente sólo se denunciaron las actividades de la VDA en países como Dinamarca o Bélgica, es decir, en occidente, pero sabemos que su penetración en el este y en los Balcanes fue mucho más intensa. La división y la guerra de Yugoeslavia son obra directa de esta tarea subterránea porque no era suficiente con liquidar el socialismo: había que dividir aquellos países, repartirse las áreas de influencia, alejar a los competidores y rivales.

Chechenia es otro ejemplo parecido de eso.

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Memoria Histórica

La conquista del corazón de los pueblos de oriente (4)

El 23 de febrero de 1944 los chechenos estaban o en el exilio o en su país, o combatiendo en el Batallón Bergmann o combatiendo en el Ejército Rojo. La inmensa mayoría estaban en su país y combatiendo en las filas del Ejército Rojo. Los demás, los que acompañaban a la Wehrmacht en su retirada, se dedicaban a ahorcar guerrilleros en Grecia. Sin embargo, los que se quedaron en la URSS fueron introducidos -todos- en 180 trenes y trasladados al otro lado del Mar Caspio, a Kazajistán.

A partir de aquí todo lo demás es falso y forma parte de la guerra sicológica imperialista:

— no fueron trasladados a Siberia
— no murió la mitad en el trayecto porque duró unas pocas horas
— no se trataba de ninguna venganza.

En este punto habría que establecer muchas precisiones históricas. La evacuación no cayó sólo sobre los chechenos sino sobre varios pueblos caucásicos. En aquellos trenes entraron -insistimos- todos los chechenos: también los militantes del Partido bolchevique, los funcionarios soviéticos, los cooperativistas de los koljoses, etc. Por tanto, no sólo se desplazó a la sociedad sino que se desplazó al Estado, a la propia República chechena, con todo lo que se pudo poner sobre los raíles: no marcharon las escuelas pero marcharon los maestros, no marcharon los hospitales pero marcharon los médicos, y así sucesivamente.

Menos atrevidos, algunos como Jruschov no hablan de genocidio pero sí de deportación, de castigo. El Ejército Rojo no se vengó sino que impartió justicia con los chechenos colaboracionistas en cuanto los capturaron, especialmente al finalizar la guerra mundial. No era el caso de los que se quedaron, que fueron evacuados por razones puramente militares.

En febrero de 1944 la guerra continuaba y aún no se podía saber si Alemania estaba en condiciones de contratacar, en qué dirección lo haría y si, en tal caso, Turquía entraría en ella o no. Lo cierto es que al otro lado de la frontera estaban desplegadas gran número de divisiones turcas.

No hay ninguna guerra moderna sin grandes desplazamientos de población. En la guerra civil española, el gobierno del PNV envió por barco a Londres a una buena partida de niños vascos y lo mismo hizo el Frente Popular, que envió otro contingente a Moscú. Cuando al final de la guerra cayó Barcelona, salieron a Francia casi dos millones de republicanos, cuatro veces más que los chechenos. Lo que diferencia a los desplazamientos soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial de todos los demás (y de todas las demás guerras) es que, en lugar de caóticos, fueron cuidadosamente preparados y planificados para que las poblaciones padecieran el mínimo posible. En 1941, antes del comienzo de la guerra, Stalin (de quien dicen que el ataque nazi le pilló de improviso) también desplazó grandes contingentes de población, unas por razones económicas y otras, como los alemanes del Volga, por evidentes razones políticas. No es por casualidad que todos esos desplazamientos afectaran a poblaciones fronterizas o que podían ser alcanzadas por la guerra. Como bien sabían los imperialistas, las fronteras fueron siempre el punto débil de la defensa soviética y la guerra con Finlandia y las anexiones de los países bálticos en 1940 tenían ese objetivo estratégico.

El desplazamiento era puramente temporal. En 1956 el pueblo checheno retornó a su tierra natal. La República Autónoma de Chechenia e Ingushetia volvió a figurar en los mapas (imaginamos que también en el de Michelín y en el de Repsol). Se establecieron diversas reparaciones para ellos. El gobierno soviético otorgó facilidades especiales para la educación superior de los chechenos, lo cual permitió que se graduaran numerosos profesionales e incluso oficiales del Ejército soviético. Por ejemplo, Dudaiev y Masjadov, los dos primeros dirigentes de Chechenia tras la caída de la URSS, eran de aquellos niños deportados durante la guerra y alcanzaron -nada menos- que el rango de generales del Ejército soviético. Nos tratan de hacer creer en una oposición irredenta de los chechenos a integrarse en la URSS que nosotros no advertimos por ninguna parte. Se nos antoja un poco difícil comprender cómo aquellos dos niños, Dudaiev y Masjadov, que padecieron tan salvaje deportación y que vieron exterminar a su pueblo (a sus familiares, a sus vecinos, a sus amigos) a manos del Ejército soviético, se integraran luego en ese mismo Ejército, cómo juran bandera, alcanzan el grado de generales y se les pone al mando de escuadrones enteros de bombarderos atómicos. Y se nos hace imposible comprender cómo luego, en 1991, vuelven a su país y su pueblo les elige como máximos dirigentes de la nueva República…

Aquí algo falla estrepitosamente. Las cosas no encajan. Por ejemplo, nos quieren hacer creer que al regresar de su deportación a los chechenos se les habían quitado sus propiedades, cuando todos pensábamos que la propiedad privada se había abolido en la URSS…

Por cierto, hablando de este retorno, tenemos otra duda aritmética: cómo es posible que Chechenia haya padecido el primer y único genocidio de la historia en el que regresan más habitantes de los que tuvieron que marchar. La propaganda imperialista nos quiere hacer creer que la mitad de los chechenos murieron durante el viaje que los trasladó a Kazajistán; si salieron 400.000, llegaron 200.000 a su destino y cincuenta años después -a pesar de un continuo genocidio soviético- eran 1.200.000, eso significa que la población se había multiplicado por seis, lo cual arroja un fabuloso crecimiento demográfico.

¿Genocidio o explosión demográfica?

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La conquista del corazón de los pueblos de oriente (3)

Dentro de la Wehrmacht se formaron en 1942 unidades de combate georgianas, azeríes y norcaucásicas a las que se le dio el nombre de Legiones Voluntarias Orientales. A diferencia de otras parecidas, como las bálticas, no formaban parte de la Waffen SS sino del ejército regular alemán y estaban dirigidas por mandos alemanes. Estas Legiones eran las siguientes: de Turkestán, de Azerbaián, de Georgia, de Armenia, de los Tártaros y de los Montañeses, que es donde se integraron los chechenos (“Nordkaukasische Sondergruppe”) formando tres batallones: los 801, 802 y 803. Cada batallón musulmán disponía de un “mullah” para las ceremonias religiosas y para arengar a la tropa en la batalla contra los impíos bolcheviques. Habían sustituido la media luna por la cruz gamada, cualquier cosa antes que la hoz y el martillo.

Georgiano con el uniforme nazi

En total las Legiones Orientales sumaban 90.000 mercenarios encuadrados en 90 batallones (seis divisiones) de los que sólo 20 entraron en combate en el Cáucaso; a ellos hay que añadir 200 compañías con labores de retaguardia, es decir, para hacer el trabajo sucio represivo. Estas fuerzas eran superiores a las que Alemania dispuso en la región durante la I Guerra Mundial. Los mercenarios de estas Legiones fueron reclutados por el general Ernst Köstring: alemán nacido en Moscú, participó en la I Guerra Mundial, luego fue asesor del atamán Skoropadski durante la guerra civil rusa y la etapa de “independencia” de Ucrania y, finalmente, desde 1927 fue agregado militar de la embajada alemana en Moscú hasta el dia antes del ataque a la URSS.

Otro personaje de las Legiones era el general Bicerachov, un fanático zarista que ya había combatido a los bolcheviques en Bakú en 1918 a sangre y fuego. Otra joya era el príncipe cherkés Klyc-Girej, antiguo comandante de la “División Salvaje”, la caballería caucásica que había participado en la I Guerra Mundial y luego contra el Ejército Rojo en la guerra civil. Las hordas que se aprestaban a “liberar” el Cáucaso, además de los jefes nazis, tenían mandos autóctonos de esta calaña.Pero esto no es lo principal ni tampoco lo más interesante; lo verdaderamente significativo es que, además de esas Legiones, y siempre bajo el mando de oficiales alemanes, los nazis formaron unidades autóctonas del Abwehr, el Servicio de Inteligencia Militar, para la cual realización de operaciones “especiales”, espionaje, sabotaje y guerra sicológica, tanto en el frente como en la retaguardia. Eran conocidas con el nombre de “Brandenburgo” y fueron las primeras en utilizar a los viejos contrarrevolucionarios y exiliados, lo cual es lógico porque el espionaje y el sabotaje son la antesala de la guerra.

Entre las operaciones “especiales” de los brandenburgueses está la creación de la “Organización Tamara” anotada en el Diario de Operaciones del Alto Mando del Ejército alemán tres días antes del ataque a la URSS. Su objetivo era desencadenar una insurrección en Georgia a las órdenes del teniente Kramer y del suboficial Hauffe, ambos del Abwehr, aunque promovida por comandos especiales compuestos por georgianos. Estos comandos se reclutaron y entrenaron en Rumanía, un país que formaba parte del Eje fascista y donde desde 1917 había una colonia muy importante de exiliados zaristas y “nacionalistas”. El jefe del Abwehr en persona, el almirante Canaris, pasó revista a “sus” hombres durante la jura de bandera. Es fácil imaginar a todos aquellos “nacionalistas” (en realidad contrarrevolucionarios de la más baja estofa) vestidos con uniforme alemán, jurando lealtad eterna y ofrendar su vida para mejor gloria de Alemania y su Führer.

La “Organización Tamara” fracasa por el propio fracaso del Plan Barbarroja y la dilatación de la guerra.

Entonces el Abwehr encomienda a Theodor Oberländer, un profesor universitario convertido en capitán del servicio de inteligencia militar, la formación de la Unidad Especial Bergmann (“Sonderverband Bergmann”). El capitán Oberländer era otro experto conocedor de los pueblos caucásicos, materia de la que impartía sus cursos en la Universidad y que vio entonces la oportunidad de llevar sus teorías a la práctica. Su concepción era similar a la de Rosenberg: para ganar la guerra no se podía aplastar a los pueblos de la URSS, sino todo lo contrario, había que aprovecharlos, engañarlos y prometerles cualquier cosa, incluso la “independencia”, con tal de utilizarlos como carne de cañón contra la URSS.

Oberländer dividió la unidad Bergmann en tres compañías: en la primera estaban los georgianos, en la tercera los azeríes y en la segunda los norcaucásicos, entre ellos los chechenos. Desde Berlín se impidió que las unidades extranjeras que combatían en la guerra dentro del ejército alemán sobrepasaran el rango de un batallón, por lo que la unidad Bergmann llegó a ser el Batallón Bergmann, si bien sus fuerzas reales eran muy superiores. Sus tareas eran las propias de las operaciones “especiales”: preparar el terreno para la llegada de las fuerzas de vanguardia, promover el descontento entre la población, socavar la retaguardia del Ejército Rojo, incendio, sabotaje, etc. Es ocioso subrayar que muchas de estas operaciones se realizaban previa infiltración tras las líneas enemigas, vistiendo uniformes del Ejército Rojo y con armamento soviético. Una vez conquistado el Cáucaso y mientras los alemanes seguían avanzando, la misión del Batallón era de “limpieza” represiva: ahorcar a los comunistas, a los koljosianos, a los guerrilleros, a los funcionarios soviéticos y, finalmente, formar los ejércitos de los nuevos Estados “independientes”…

Pero el Batallón Bergmann no era más que uno de tantas otras fuerzas autóctonas que luchaban bajo uniforme alemán contra sus propios compatriotas (lo cual resulta también muy “nacionalista”), y no en el frente precisamente sino en las tareas más sucias y criminales de retaguardia. Ya hemos mencionado el caso de las Legiones de Voluntarios; vamos a enumerar algunas otras:

— RNNA o Ejército Nacional del Pueblo Ruso al mando del coronel Bojarski (seis batallones, unos 10.000 criminales) que no luchaba en el frente sino contra la guerrilla en tareas policiacas de “limpieza”
— el 120 Regimiento de Cosacos del Don al mando del coronel Kononov, unos 3.000 también dedicados a labores policiacas de retaguardia
— el Ost Ausbildung Regiment “Mitte”, cinco batallones bajo la dirección del teniente coronel Janenko; también realizaba operaciones antiguerrilleras
— RONA o Ejército de Liberacion del Pueblo Ruso, casi 20.000 pistoleros a las órdenes del general Kaminski, siempre en misiones de “limpieza”
— la Brigada Druzina del teniente coronel Rodionov, creada por la Waffen SS.

Dentro de los planes de guerra del Cáucaso, el Ministerio alemán de Asuntos Exteriores convocó una reunión con los dirigentes en el exilio de los pueblos autóctonos del Cáucaso para abordar la ocupación como una auténtica liberación y atraerse así a Turquía a esta campaña. Presidió la reunión el conde Von Schulemburg, el mismo que había dirigido a las tropas alemanas destacadas en Georgia al final de la I Guerra Mundial, el mismo que en 1939, cuando era embajador en Moscú, preparó la firma del Pacto Molotov-Von Ribbentrop. En la reunión había muchos viejos conocidos que llegaron hasta Berlín desde Turquía. Estaba el checheno Said Beck Shamil; estaba el ingushe Dzabagi, antiguo Presidente de la República de los Pueblos del Cáucaso; estaba Jakub, dirigente del partido azerí “Mussawat”; estaba Bagration, príncipe heredero de Georgia…

Los temas de negociación no sólo concernían a la limpieza de comunistas del Cáucaso; también había que expulsar de allá a todos los rusos, eslavos y, en general, a los no originarios de la región. La limpieza debía ser a la vez política y étnica.

No vamos a narrar la guerra del Cáucaso que, al mando de Von Kleist, se inició en el verano de 1942 y llegó justo hasta el rió Terek, penetrando sólo unos pocos kilómetros en territorio checheno. Seis meses después, en diciembre del mismo año, los nazis y sus acompañantes volvieron a fracasar y recularon hasta las estepas del Don. Con ellos huyeron los colaboracionistas que no pudieron ser inmediatamente apresados. En combates feroces, las Legiones Orientales tuvieron numerosas bajas y se tuvieron que unir al Batallón Bergmann que, fuera de su ámbito y de la misiones previstas, tuvo que reconvertirse en Crimea en una unidad de combate, algo para lo que no estaba entrenado.

Al final de la guerra, conscientes del destino que les esperaba, las compañías del Batallón Bergmann trataron de entregarse a los británicos y a los norteamericanos, sabedores de que con ellos tenían más posibilidades de salvar el pellejo que con los soviéticos. No todos lo lograron; algunos fueron entregados al Ejército Rojo, identificados y pasados por la armas. Ya hemos presentado muy brevemente las biografías de algunos de aquellos pretendidos “libertadores” del Cáucaso. Podemos explorar la biografía de algunos otros que lograron escapar, como el comandante azerí Fatalibejli-Dudanginski, un desertor del Ejército Rojo que se pasó al bando contrario, donde ascendió en el Batallón Bergmann y llegó a mandar una compañía cuando cayeron muertos los mandos alemanes. No fue capturado al final de la guerra y de la represión se pasó a la política, llegando a convertirse en uno de los dirigentes del exilio anticomunista azerí. Pero no se libró de su justo castigo: un agente del contraespionaje soviético le ejecutó en Munich en 1954.

El mariscal Von Kleist fue capturado por los ingleses en 1945, entregado a los yugoslavos, quienes a su vez lo entregaron a los soviéticos, donde murió en un presidio en 1954. Escapó Theodor Oberländer, el creador del Batallón, que luego fue diputado y ministro en la República Federal de Alemania en la década de los años cincuenta. Fue juzgado en rebeldía en la República Democrática Alemana en 1960 y condenado por crímenes de guerra a cadena perpetua. Había dirigido la matanza de Lvov. Lamentablemente la sentencia no se pudo ejecutar. Tras la caída del muro, Oberländer tuvo la desfachatez de limpiar -era su especialidad- su memoria: en 1993 inició un pleito para anular la sentencia dictada en Alemania oriental y lo peor es que lo logró porque -dijeron los nuevos tribunales “democráticos” de Berlín- el fallo anterior se había fundado en pruebas “falsas”. Pudo morir plácidamente cinco años después en Bonn con la conciencia muy tranquila.

Para mayor gloria del Batallón Bergmann, vamos a finalizar narrando que continuó cumpliendo las funciones para las que había sido adiestrado, especialmente la lucha antiguerrilera en Ucrania, Grecia y Yugoslavia, cuyos habitantes conocieron la brutalidad y el salvajismo de sus métodos de “limpieza”. La II Compañía, en la cual servían precisamente los chechenos, fue destinada al final de la guerra a Polonia; más concretamente fue la que aplastó inmisericordemente la sublevación del ghetto de Varsovia…

El uniforme de los soldados de las Legiones Orientales sólo se diferenciaba del de la Wehrmacht por un pequeño detalle: en su gorro llevaban como insignia un “kindjal”, la navaja caucásica. Los chechenos que asesinaron dentro de las unidades alemanes, son criminales de guerra, aunque imaginamos que también serían absueltos por los tribunales imperialistas alemanes, como su jefe, el capitán Oberländer. Limpieza de sangre, limpieza étnica, limpieza política… la política nazi e imperialista es siempre limpia y por eso queda también limpia de pruebas. A ellos sí hay que absolverles; a nosotros, los comunistas, a los que estamos en las barricadas contra el fascismo, a nosotros hay que condenarnos. Nosotros además de criminales somos mentirosos. Y somos criminales porque llevamos al pueblo checheno al “genocidio” el 23 de febrero de 1944.

Vamos a comprobar también esto…

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La conquista del corazón de los pueblos de oriente (2)

Pero los imperialistas no dejan de acechar. El 10 de junio de 1921 el gobierno francés promueve en París la formación de la Unión de Repúblicas del Cáucaso, integrada por contrarrevolucionarios zaristas georgianos, azeríes, armenios y montañeses. Se produce un levantamiento reaccionario en Georgia en agosto de 1924, al año siguiente es derrotado el imán Najmudin, aunque la situación se agrava especialmente partir de la colectivización de 1929 que desata la lucha contra los “bey”, los campesinos acomodados, equivalente de los kulaks en Rusia. Los jeques islámicos reaparecen encabezando una resistencia feroz. Entre 1931 y 1934 se registran 69 atentados contra bolcheviques, cooperativistas y funcionarios sólo en Ingushetia-Chechenia. Se produce un éxodo -otro más- hacia Turquía de los montañeses que no aceptan la colectivización.

Al otro lado de la frontera turco-soviética, se mantenía la misma política de Ataturk de preservar buenas relaciones con la URSS. Sin embargo, en algunos sectores reaccionarios, el panturquismo seguía latente; en Turquía seguían viviendo los desplazados por el Imperio zarista y a ellos se unirían los contrarrevolucionarios que salieron de la URSS en tres las oleadas sucesivas: tras la Revolución de Octubre (1917), la guerra civil (1920) y la colectivización (1929). Al otro lado de la frontera, todos esos desplazados esperaban la revancha y aunque ya no tenían el apoyo del gobierno, otro apoyo -aún más fuerte- vino a sustituirle: Alemania. Las tesis panturquistas coinciden con las pangermanistas. En 1936 Gerhard Von Mende publica su obra “Der nationale Kamf der Russlandturken” (La lucha nacional de los turcomanos de Rusia) y muy poco después tendrá ocasión de llevar a cabo sus proyectos como dirigente del Ministerio alemán para los Territorios Ocupados del Este. Los nazis también publican en 1938 el libro de Mirza Bala “Historia de la nación azerí” y tratan de captar la atención de Turquía sobre los pueblos musulmanes del Cáucaso para integrarla en los planes que los nazis tienen sobre la región.

No se trató sólo de los pueblos islámicos. Salvo los armenios, la mayor parte de los contrarrevolucionarios del Cáucaso en el exilio se agruparon en 1928 en la Liga Prometeo, con sede en Varsovia, que se atribuía la representación de los pueblos “oprimidos” de la URSS.

Los imperialistas alemanes también utilizaron a los georgianos durante la I Guerra Mundial para socavar la retaguardia rusa. En Berlín existía un Comité Nacional Georgiano encabezado por el príncipe Macabeli y Tsereteli, que en 1915 reclutó una Legión Georgiana de 1.200 hombres para combatir junto al Ejército turco en Transcaucasia.

Lo mismo cabe decir de los armenios, si bien en este caso, la vinculación de los contrarrevolucionarios es con las potencias occidentales, a causa de su enfrentamiento con Turquía, que ocasionó -no lo olvidemos- un siniestro genocidio. Pero también hasta allá llegaban los tentáculos alemanes: entre 1926 y 1945 Paul Rohrbach, especialista en las minorías nacionales soviéticas, es presidente de la Sociedad Germano-Armenia.

Por tanto, tras la I Guerra Mundial los imperialistas alemanes retoman una parte de las redes contrarrevolucionarias organizadas fuera de la URSS, especialmente las panturquistas, con el fin de utilizarlas en su propio beneficio, y pronto las reforzarán para ponerlas en funcionamiento. Los servicios secretos de Alemania controlaban los contactos que el Imperio Otomano había tenido en Chechenia y las afianzaron con los “bey” opuestos a la colectivización y que diez años después formaron el denominado gobierno checheno en el exilio encabezado por Israilov y Sheripov. En junio de 1942 este gobierno fantoche checheno reparte una circular pidiendo a la población que “reciba a los alemanes como huéspedes bienvenidos” y declara que los nazis serían saludados con hospitalidad si reconocían la independencia de Chechenia.

El Cáucaso entra en el Plan Barbarroja de invasión de la URSS de una forma directa y estratégica. Los nazis calculan derribar a la URSS en 10 semanas, pero la heroica resistencia del Ejército Rojo les obliga a prorrogarlo y modificar el proyecto original. Una vez frenados en 1941, los nazis se aprestan a una guerra más prolongada. Durante el verano del año siguiente concentran sus fuerzas en el frente sur, donde la gigantesca batalla de Stalingrado ha eclipsado a la guerra caucásica, en la que los nazis llegaron hasta la ribera del rio Terek, a las mismas puertas de Grozni.

Atacando el Cáucaso los objetivos nazis eran múltiples, entre otros:

— alcanzar los pozos de petróleo de Bakú
— forzar a Turquía a entrar en la guerra al lado del Eje
— enfrentarse a los británicos en Persia y Asia central.

Es bien sabido que, en su escalafón racista, los nazis consideran a los eslavos como infrahumanos (“untermensch”), por lo que podemos imaginarnos la estimación que tenían hacia otros pueblos, como el checheno. A efectos prácticos había dos posiciones entre ellos. Algunos, como Alfred Rosenberg, eran partidarios de la “independencia” de los pueblos del este, de respetar su idiosincrasia y mantener relaciones de colaboración con ellos. Pero también había quienes pretendían simplemente someterlos a la fuerza y reducir a sus habitantes a la servidumbre. Esta última política es la que impusieron el primer año de la guerra, donde las espantosas masacres cometidas en Ucrania y Bielorrusia lanzan a las masas a la resistencia y a la guerra de guerrillas. Al año siguiente aprendieron del fracaso, suavizaron sus modales y trataron de incorporar a los pueblos auctóctonos del Cáucaso a sus filas. Se imponían las tesis de Rosenberg, uno de tantos nazis nacidos en la Rusia zarista, grandes conocedores del país, su idioma y su cultura. De origen alemán pero nacido en Estonia, Rosenberg había estudiado ingeniería en Moscú, de donde huyó tras la Revolución de Octubre, trasladándose a Alemania, siendo con Hitler uno de los fundadores del partido nazi.

Tras la derrota de la URSS, Rosenberg estaba destinado a ser el ministro del Reich para los Territorios Ocupados del Este, y para cada uno de ellos (Báltico, Ucrania, Bielorrusia, Cáucaso) tenía planes específicos del papel que debían desempeñar en el futuro (“Generalplan Ost”).

En Alemania, Rosenberg reclutó para los nazis a muchos viejos zaristas y “nacionalistas”, como el georgiano Alexander Nikuradze. Físico, seguidor de las teorías reaccionarias de Spengler y Haushofer, Nikuradze se nacionalizó alemán, se afilió al Partido nazi y fue uno de los que colaboró con Rosenberg para establecer una alianza entre el III Reich y los países del Cáucaso con el fin de “liberar” a éstos del “yugo” soviético. Esa alianza tomaría la forma de una “Confederación” de todos los pueblos caucásicos encabezada por Georgia, que era el único país de la región que tras la I Guerra Mundial, durante su “independencia”, se había alineado con el Reich.

Por tanto, en 1942, una vez fracasado el año anterior el plan de colonización y sometimiento en Ucrania y Bielorrusia, se imponen para el Cáucaso las tesis de Rosenberg y su “Generalplan Ost”. Pero este plan no asume las tesis panturquistas sino las del georgiano Nikuradze. Por tanto, para los nazis, los chechenos y demás pueblos islámicos del Cáucaso sólo eran carne de cañón preparada para ser triturada en el frente. En efecto, una parte del Plan General para el Este es utilizar tropas autóctonas, caucásicas, en la lucha contra el Ejército Rojo, dar la apariencia de que no se trataba de una invasión extranjera sino de una guerra civil contra los bolcheviques, continuación de la anterior.

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La conquista del corazón de los pueblos de oriente (1)

Hoy apenas podemos concebir siquiera la magnitud impresionante que supuso la creación de la URSS como una comunidad de naciones precisamente en un momento histórico en el que en todo el mundo capitalista los Estados multinacionales desaparecían y en el que se producían gravísimos dramas, como el salvaje genocidio armenio en 1920. A muy pocos kilómetros de distancia, el panorama nacional a un lado y otro de las fronteras soviéticas era radicalmente dispar. En el Imperio Austro-Húngaro había once nacionalidades; en la Unión Soviética más de cien.

Certeramente apuntó Stalin que mientras en occidente las naciones habían precedido a los Estados, en oriente sucedió al revés (1). Lo mismo cabe decir de la URSS, donde se concedió un estatuto nacional (y por tanto un reconocimiento político) a pueblos que, por su enorme atraso, no formaban verdaderamente unidades nacionales. La política nacional de la URSS, dijo Stalin, era igualitaria y otorgó el mismo tratamiento político a las nacionalidades clásicas (como Ucrania o Georgia) que a las pequeñas tribus, muchas de ellas inmersas en otros conjuntos nacionales y subyugadas por ellos. Así, existía un enclave armenio en territorio azerí (Nagorno Karabaj) y un enclave azerí en Armenia (Najichevan). Lo mismo sucedía con el encave abjasio dentro de Georgia. Según la nueva disposición nacional igualitaria de la URSS, los georgianos tenían los mismos derechos que los rusos, pero, a su vez, los abjasios tenían los mismos derechos que los georgianos.

En el V Congreso de la Internacional Comunista un militante turco dijo que los imperialistas aspiraban a conquistar los territorios de oriente, mientras los comunistas aspiraban a conquistar el corazón de oriente. Esto supuso un impacto social de primer orden en las sociedades caucásicas, especialmente entre aquéllas de tradición nómada, que fueron dotadas de todas los servicios de un Estado: un aparato político, un partido comunista local, una estructura estatal (Consejo de Ministros, gobierno republicano, jefe de Estado), una cultura nacional de la que la lengua era la piedra angular, una Universidad y una Academia de Ciencias y unos símbolos nacionales, como bandera e himno. La Revolución de Octubre aplica todos los derechos nacionales a una región que, por tradición histórica y cultural, los desconoce y forja todos los elementos conceptuales históricos, etnográficos y lingüísticos que proporcionan legitimidad al estatuto político de las nuevas repúblicas nacionales. Su existencia, a falta de un nacionalismo anterior que las fundamentara, está justificada por el desarrollo del estatuto que el proletariado soviético les confiere.

Esas naciones existen y sobreviven hoy gracias a la Revolución; esas naciones progresaron gracias al titánico esfuerzo de la URSS. Y por tanto, su dramática situación actual tiene ese mismo origen: ya no existe la URSS. Los imperialistas jamás han reconocido y jamás reconocerán nunca este gigantesco avance de la humanidad que, en medio de las más terribles condiciones externas, es ejemplar y sin precedentes en la historia. Por todo ello es comprensible que su esfuerzo esté destinado a ocultarlo y tergiversarlo.

Aquello rompió los moldes tradicionales: la URSS dividió para unir y unió para dividir. En primer lugar, fragmentó las grandes superestructuras que se pretendían crear artificialmente sobre bases lingüísticas, culturales (panturquismo) o religiosas (panislamismo). En segundo lugar, rompió con las arcaicas estructuras sociales basadas en los linajes o en la religión. Por ejemplo, Stalin dirigió un mensaje al I Congreso de Mujeres de la República Montañesa, que agrupaba -entre otras- a las mujeres chechenas e ingushes. Stalin, que no pudo asistir por encontrarse enfermo, les llama a que se organicen para impulsar la revolución (2). No es difícil imaginar el impacto que este tipo de situaciones tuvo que tener en una sociedad islámica que relegaba a la mujer a las labores del hogar.

Como es natural, los janes tradicionales perdieron sus prerrogativas políticas, pero no las abandonaron de buena gana. Esto se observa con más claridad aún en 1929, con la colectivización, que en 1917.

En 1917 estalló una gran revolución en Rusia pero en muchas regiones el viejo Estado zarista simplemente se desplomó y los bolcheviques, acuciados por la guerra civil, no llegaron inmediatamente. Por ello, varios pueblos del Cáucaso proclamaron su independencia. En mayo de 1918 se proclamó la República de los Pueblos del norte del Cáucaso, de la que formaron parte los chechenos junto con otros pueblos. Como dijo Stalin, esa República era inviable desde todos los puntos de vista:

— no interesaba a las potencias imperialistas vencedoras de la guerra mundial
— tampoco a la contrarrevolución zarista
— Turquía había sido derrotada y, a su vez, debía defenderse de los tiburones imperialistas.

Durante la guerra civil el viejo ejército zarista que invade el Cáucaso lo integran cosacos, los viejos enemigos de los montañeses musulmanes, comandados por el general blanco Anton Denikin. Su objetivo es tanto aplastar a los bolcheviques como a los independentistas caucásicos. En la nueva Turquía a la que se dirigen los independentistas, Ataturk no les presta apoyo y, además, firma un tratado internacional con los bolcheviques. Además se reproducen las ancestrales disputas internas entre ellos. En marzo de 1919 armenios y azeríes se enfrentan por Nagorno-Karabaj.

La única posibilidad para todos los pueblos de la región es unirse entre ellos y unirse a los bolcheviques. Así lo hace el jeque dagestano Unzun Hayi y, partir de septiembre de 1919, las zonas liberadas por la alianza de los bolcheviques y los independentistas forman el Emirato del norte del Cáucaso.

En 1920 acaba la guerra civil en el Caúcaso con la derrota de Denikin. El Ejército Rojo controla Chechenia, donde es recibido como una fuerza de liberación. Los imperialistas aprenden rápido y cambian de estrategia. Tras la muerte de Unzun Hayi, se vuelven “nacionalistas” y convierten a los nuevos países independizados en plataformas desde las que preparan el ataque a los soviets. Como observó el IV Congreso de la Internacional Comunista, “se armó un dique de pequeños estados vasallos alrededor de Rusia para sofocar a esta última en la primera ocasión”. Para aplastar a los bolcheviques, los imperialistas promueven en setiembre de 1920 un levantamiento de los montañeses contra los soviets. Lo dirige Said Beck Shamil, nieto del mítico León de Daguestán. Los bolcheviques no caen en la provocación y el enfrentamiento. El 16 de octubre de 1920 Stalin viaja a Vladikavkaz y, con el apoyo de Ordjonikidzé y Kirov, convoca dos Congreso de representantes, uno de los pueblos de Daguestán y otro de los montañeses. En este último pronuncia un discurso clave en el que afirma que los bolcheviques no van a hacer concesiones porque se encuentren en una situación de debilidad sino todo lo contrario; tras la victoria en la guerra civil están fuertes y esa es la importancia de los planes que les presentan a los caucasianos. Van a adoptar una serie de medidas a largo plazo porque están convencidos de que son justas. Por el contrario, dice Stalin, las que se toman bajo presión, a regañadientes, no pueden ser duraderas. En fin, les dice que no trata de ganarse su apoyo, y añade:

“Camaradas montañeses, el antiguo periodo de la historia de Rusia, aquel durante el cual los zares y los generales zaristas menospreciaban vuestros derechos, aniquilaban vuestras libertades, aquel periodo de opresión y de esclavitud ha acabado para siempre. Hoy, cuando el poder ha pasado en Rusia a manos de los obreros y de los campesinos, no debe haber oprimidos en el país”.

“Acordando vuestra autonomía, Rusia os restituye con ella la libertades que os robaron los zares sedientos de sangre y los generales zaristas opresores. Es decir que vuestra vida interior se debe edificar según vuestro modo de existencia, vuestros usos y costumbres, bien entendido, dentro del marco de la Constitución general de Rusia.De inicio, Stalin decreta una amnistía para los sublevados y, sobre todo, consigue el apoyo del campesinado pobre checheno con la reforma agraria. Finalmente, explica el proyecto de crear una Unión de Repúblicas Socialistas en la que todos los pueblos montañeses dispondrán de una amplia autonomía que, en la práctica, significaba la independencia total. Moscú no podía interferir en los asuntos internos de la República montañesa ni en su ordenamiento legal. Ahora bien, les dice Stalin, aunque el poder soviético ha tomado medidas contra los cosacos, que habían agredido a los montañeses, y les ha desahuciado de las granjas para instalar en ellas a los chechenos, eso no autoriza a éstos a humillar a aquellos, agredirles, robarles el ganado o violar a sus mujeres porque el poder soviético defiende a los ciudadanos de Rusia a título igual, sin distinción de nacionalidad, sean cosacos o montañeses” (3).

Las propuestas de Stalin fueron aceptadas y el levantamiento de Said Beck Shamil cesó sin derramamiento de sangre. El Congreso de los pueblos de la Montaña acabó constituyendo la República Autónoma Socialista Soviética de la Montaña (Gorskaya), junto con Nazran, Vladikavkaz, Kabardia, Balkaria y Karatchaev. Luego se fueron desgajando de ella estas últimas nacionalidades, hasta que desapareció el 7 de julio de 1924. A partir de entonces Chechenia fue una Región Autónoma (Oblast) integrada en la República Autónoma de Chechenia-Ingushetia.

(1) Stalin, Las tareas inmediatas del Partido en la cuestión nacional, Oeuvres, tomo V, pg.26.
(2) Stalin, Las tareas inmediatas del Partido en la cuestión nacional, Oeuvres, tomo V, pg.59.
(3) Stalin, Congreso de los pueblos de Terek, Oeuvres, tomo IV, pg.347.

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Memoria Histórica

La Organización Gehlen

Reinhard Gehlen fue un oficial del Estado Mayor del ejército nazi, donde ascendió a teniente coronel. Fue trasladado a la Abwehr, el servicio de inteligencia militar, y durante la Segunda Guerra Mundial le enviaron a combatir contra la URSS.

Estudio profundamente las tácticas militares y de inteligencia del Ejército Rojo. En 1942 reclutó a unos 100.000 antiguos prisioneros rusos formando el “Ejército Ruso de Liberación”. En diciembre de 1944 ascendió a general.

Junto con sus hombres, en marzo de 1945 Gehlen microfilmó todo el material de inteligencia que había recopilado, lo guardó en cilindros herméticos de acero y lo enterró en varios lugares en los Alpes austriacos.

Luego negoció con Estados Unidos su libertad y la de sus más destacados subalternos, a cambio de ponerse a su servicio con todos sus conocimientos y todo el material que había ocultado. Su contacto fue el general Walter Bedell Smith, Jefe del Estado Mayor General de Eisenhower, quien luego trabajó con William Donovan y Allen Dulles, Jefe de la OSS en Berna, Suiza.

El 22 de mayo de 1945 Gehlen se rindió en Bavaria al Cuerpo de Contrainteligencia de Estados Unidos. Durante los interrogatorios, reveló los nombres de un buen número de oficiales de la OSS, el espionaje de Estados Unidos, que eran miembros del Partido Comunista de Estados Unidos. Entonces, Estados Unidos ya planeaba la Guerra Fría  y carecía de suficiente información sobre la inteligencia soviética.

El 20 de setiembre de 1945 Gehlen y tres de sus más destacados oficiales nazis, fueron enviados a Estados Unidos por vía aérea para comenzar a trabajar para la OSS. Washington asignó a la OSS una partida secreta de 5 millones de dólares para que Gehlen pudiera empezar a operar.

En julio de 1946 fue oficialmente liberado de su condición de prisionero de guerra especial. Además, Estados Unidos liberó a otros 350 oficiales nazis de inteligencia, que también pudieron abandonar los campos de prisioneros para ponerse a las órdenes de Estados Unidos.

Gehlen fue enviado a Alemania, donde comenzó a planificar la organización de inteligencia de la futura República Federal, que luego sería conocida como «Organización Gehlen».

Estableció su cuartel general en las montañas Spessart en el centro de Alemania. Cuando la plantilla aumentó hasta alcanzar el número de 4.000 agentes encubiertos, se trasladaron a un terreno situado en Pullach al sur de Munich donde establecieron sus operaciones encubiertas bajo la legalidad de una “empresa de desarrollo industrial para el sur de Alemania”. Durante la Guerra Fría aquellos antiguos nazis fueron conocidos como los “V-Men” (Hombres-V).

Los hombres de Gehlen fueron infiltrados tras el Telón de Acero. Se convirtieron en los ojos y oídos de la CIA. Nutrieron los archivos del la inteligencia imperialistas. Apoyaron a los grupos anticomunistas. Fomentaron levantamientos contra los países del Pacto de Varsovia…

La Organización Gehlen suministraba la inteligencia y la CIA prestaba apoyo logístico, equipos, contactos, dinero, armas, radios, sabotajes y transporte.

Construyó el Túnel de Berlín bajo del Muro de Berlín para espiar las comunicaciones soviéticas y de Alemania oriental.

La Operación Sunrise infiltró a más de 5.000 espías nazis de ascendencia europeo-oriental y rusa. Los agentes fueron entrenados en 1946 en el campo de Oberammergau, bajo el mando del general Sikes y el general nazi Burckhardt.

En Ucrania esas operaciones continuaron hasta 1956, trabajando con el dirigente nacionalista Stepan Bandera, hasta que finalmente Bandera fue ejecutado por el KGB en Munich.

Gehlen trabajó en estrecha relación con las antiguas organizaciones fascistas: Guardia de Hierro en Rumania, la Ustasha en Yugoslavia y Vanagis en Letonia. Aunque miles de colaboradores fueran ejecutados, acusados de cooperar con la Organización Gehlen, las redes nunca pudieron ser completamente desmanteladas y reaparecieron tras el desplome de 1990.

La Organización Gehlen empleó a miles de miembros de las SS y nazis buscados por crímenes de guerra. Les ayudó a escapar a América Latina suministrándoles identidades falsas, documentos y pasaportes. La CIA también participó activamente para lograr la liberación de algunos de los acusados por crímenes de guerra.

Más de 5.000 antiguos oficiales nazis fueron reubicados en diferentes lugares del mundo. La mayoría fueron a Centro y Sudamérica, en especial a Nicaragua, El Salvador, Chile y Argentina. James Jesus Agleton, antiguo oficial de la OSS y luego Jefe de Inteligencia de la CIA fue el encargado de suministrar identidades falsas a los fugados.

Entre los espías reclutados por Gehlen que estaban acusados de crímenes de guerra se encontraban los jefes de la Gestapo de París y de Kiel y al famoso Willi Krichbaum ex jefe de la Gestapo en el sureste europeo.

Gehlen también reclutó a Franz Six y Emil Augsburg miembros de las SS, acusados de asesinar a los guerrilleros en la URSS.

En 1956 la Organización Gehlen fue reasignada al gobierno de Alemania occidental con las siglas de BND (Bundesnachrichtendienst) y Gehlen fue ascendido a teniente general.

En 2005 se publicaron en Estados Unidos los archivos que relacionan a Gehlen y al espionaje nazi con la CIA. La documentación desclasificada por la CIA consta de dos volúmenes llamados “Secreto Relger” y fue compilada por el historiador de la CIA Kevin Ruffner.

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Memoria Histórica

Holodomor: nuevos puntos de vista sobre un capítulo de la historia de la URSS

La campaña de propaganda sobre la hambruna ucraniana de los años treinta fue un invento de Goebbels que luego ha tenido éxito entre ciertos “historiadores”, hasta el punto de convertirse en un tópico periódicamente recordado por los medios de comunicación, los documentales de la televisión y los reportajes a todo color.

Durante la guerra fría se calificó como “Holodomor” para equipararla al “Holocausto” de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial y equiparar a Stalin con Hitler.

Hoy es un tema de moda en todo el este de Europa, un asunto recurrente, como la matanza de Katyn, que el gobierno ucraniano recuerda cada cierto tiempo para demostrar que rusos y ucranianos siempre han mantenido pésimas relaciones mutuas.

En un libro publicado en 2009, titulado “Crisis: ¿cómo se organizó?”, el economista ruso Nikolai Starikov le ha dado la vuelta haciendo un paralelismo con otro asunto de actualidad, recordando el bloqueo económico y las sanciones de las potencias imperialistas contra la URSS a finales de los años veinte. Starikov afirma, además, que entonces y ahora el bloqueo contra la URSS, lo mismo que contra Rusia hoy, se volvió contra los propios países capitalistas, siendo uno de los factores que agravaron la crisis del 1929.

La situación económica en los primeros años de la URSS estuvieron marcados por la Primera Guerra Mundial y la posterior guerra civil. Los soviets tuvieron que reconstruir un devastado y no cabe duda que fueron años muy difíciles y que la responsabilidad de ellos recae sobre los imperialistas, única y exclusivamente.

Para mejorar las condiciones de vida de las masas, el Estado soviético se propuso reconstruir su industria y modernizar su agricultura. Se iniciaron los planes quinquenales, que tuvieron dos fases. La primera fue la construcción de nuevas instalaciones industriales. La segunda, aumentar la producción agrícola mediante la introducción de maquinaria agrícola.

Con la exportación de una parte de la producción agrícola, el Estado trató de importar nuevos equipos y maquinaria agrícola, dice Starikov, y ahí fue donde los imperialistas trataron de presionar a la URSS.

Justificándose con que los bolcheviques se negaron al pago de las deudas de la autocracia zarista, en 1925 impusieron un bloqueo del oro, de manera que no aceptaban que la URSS pagara con dicho metal. Exigieron una permuta de la maquinaria industrial a cambio de madera, petróleo y cereales.

Además, desde 1930 los imperialistas impusieron un embargo sobre el comercio con la URSS, negándose a exportar nada hacia el país soviético, especialmente grano.

Las presiones económicas del imperialismo aparecieron en el preciso momento en el que el gobierno soviético trataba de poner en marcha los planes quinquenales.

Desde finales del siglo XIX la Rusia zarista había padecido repetidas hambrunas y tras la Primera Guerra Mundial la superficie sembrada se redujo significativamente.

Al comienzo de la Revolución socialista, en los años veinte, no sólo Ucrania padeció un hambre crónica sino también Rusia y los demás países que formaban parte de la URSS. Las hambrunas se reproducían cada dos o cuatro años, dependiendo de las regiones afectadas.

Grover Furr cita al profesor Mark B. Tauger como experto en las hambrunas de la historia. Las mismas eran consecuencia de varios factores, como el atraso de la agricultura rusa, las catástrofes naturales o los efectos a largo plazo de las sucesivas guerras que asolaron al país.

Entonces Starikov pregunta: sabiendo los imperialistas los problemas que estaba padeciendo el gobierno soviético para alimentar a la población, ¿por qué exigieron que las importaciones fueran pagadas en grano y no con oro?

La respuesta es obvia: los imperialistas querían agravar el problema del hambre forzando una carestía artificial de grano que, en lugar de destinarlo a la población, debía enviarse al extranjero como medio de pago.

Se trataba de que la población hambrienta se amotinara, de provocar desórdenes contra el gobierno soviético, obligarle a recurrir a la represión.

Starikov apunta que las presiones del imperialismo coinciden con la gran crisis capitalista de 1929 y contribuyeron a agravarla, es decir, que la URSS no fue el único país perjudicado por la política imperialista.

No obstante, el embargo comercial no fue más que una de las causas de las hambrunas de aquella época. Hay otras que, en cualquier caso, demuestran que no se trató de una política deliberada del gobierno soviético contra Ucrania, que puso todo su empeño en impedirla y luego en paliar sus efectos.

No obstante, la propaganda fascista afirma que la causa de dicha hambruna radicó en la colectivización “forzosa” del campo en 1929. Es todo lo contrario: la colectivización se aprueba precisamente para erradicar de manera definitiva el hambre entre la población rural.

Se puede añadir, además, que la colectivización fue un pleno éxito del gobierno soviético y que a partir de entonces los ciclos de hambre se acabaron en la URSS para siempre, a diferencia de los países capitalistas, donde han seguido hasta hoy.

El hambre de 1932-1933, que no fue exclusivamente ucraniana, fue la última que conoció la URSS.