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Los imperialistas garantizaron a la URSS en 1990 que la OTAN nunca se ampliaría con los países del este de Europa

Nuevos documentos recién desclasificados (*) revelan que Bush padre y Manfred Wörner, secretario general de la OTAN, entre otros dirigentes imperialistas, aseguraron a Gobachov que, tras la reunificación alemana, la OTAN no se ampliaría hacia el este de Europa, más allá de las fronteras de Alemania del este.

Dos investigadores de los archivos de la Universidad de Seguridad Nacinoal de Washington, Svetlana Savranskaja y Tom Blanton, analizan dichos documentos y han declarado que eran los dirigentes que en 1990 y 1991 se opusieron a la integración en la OTAN de los países de Europa central y oriental.

En 1990 Wörner, un antiguo ministro alemán de Defensa, consideraba dicho compromiso como una garantía de seguridad ofrecida a la URSS a cambio del acuerdo de reunificación alemana, consolidado el 3 de octubre de aquel año.

Gorbachov siempre afirmó que la URSS había aceptado la reunifición alemana a cambio de la no ampliación de las OTAN hacia el este, una expresión que en una carta de James Baker al canciller alemán Hemut Kohl, era mucho más expresiva: la OTAN no se movería “ni una pulgada” de las posiciones que tenía en aquel momento.

No obstante, la promesa nunca se consignó por escrito, por lo que si bien Gorabachov tenía razón en lo que ha estado declarando a lo largo de este cuarto de siglo, era un incauto, algo incompatible con el cargo que ocupaba; y lo mismo cabe decir de los demás dirigentes de la URSS de aquella época.

Nadie se puede fiar lo más mínimo de las promesas de un imperialista, ni siquiera cuando se ponen por escrito. A Gorbachov nunca la faltaron agasajos de los imperialistas occidentales y los documentos ponen de relieve que en el compromiso estaba la plana mayor de la época: George Bush padre, Helmut Kohl, Hans-Dietrich Genscher, Margaret Thatcher, John Major, François Mitterrand e incluso el director de la CIA, Robert
Gates.

Los archivos consultados proceden de numerosas fuentes: URSS, Francia, Alemania, Estados Unidos y se pueden consultar en el sitio https://nsarchive.gwu.edu/.

La ampliación de la OTAN comenzó en 1994, durante el gobierno de Clinton, que condujo a la OTAN a los países de Visegrad: Polonia, Hungría y Chequia cinco añoñs más tarde. Diez años más tarde se sumaron Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia. En 2009 se incorporaron Alabania y Croacia y en junio este año se añadió Macedonia.

El Pacto de Varsovia, el sistema de defensa conjunto de los antiguos países del bloque del este, se disolvió en julio de 1991. Ya sólo queda la OTAN, que no disuelve. Habrá que disolverla.

(*) https://nsarchive.gwu.edu/briefing-book/russia-programs/2017-12-12/nato-expansion-what-gorbachev-heard-western-leaders-early

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Estados Unidos planeó fabricar aviones soviéticos para cometer atentados de falsa bandera

McGeorge Bundy
Estados Unidos planeó fabricar aviones soviéticos para atacar sus propias bases o las de sus aliados, lo que serviría de excusa para desencadenar una guerra contra la URSS, según muestran los documentos sobre el asesinato de Kennedy desclasificados recientemente (1).

Uno de ellos es el acta de la reunión celebrada el 22 de marzo de 1962 para discutir la cuestión planteada por el Fiscal General sobre la posibilidad de fabricar o adquirir aviones soviéticos.

La reunión fue convocada por el “grupo especial” que, según la enciclopedia de la CIA, incluía al Fiscal General, Robert Kennedy, al director de la CIA, John McCone, el consejero de seguridad nacional, McGeorge Bundy, y el presidente del Estado Mayor Interarmas, Lyman Lemnitzer.

Aunque no formaban parte de dicho grupo, también asistieron a la reunión el Presidente Kennedy y el secretario de Estado, Dean Rusk. Los presentes expusieron tres argumentos para una operación de esas características:

(A) un avión así se podría utilizar en una operación para inducir a engaño en el aire
(B) también serviría para lanzar un ataque sorpresa contra instalaciones enemigas
(C) en una provocación en la que el avión soviético simularía atacar instalaciones estadounidenses o aliadas a fin de suministrar la excusa para una intervención de represalia

La táctica de utilizar falsos aviones soviéticos en un ataque simulado apareció por vez primera en la obra de Robert Dallek “An Unfinished Life: John F. Kennedy, 1917-1963”, publicada en 2001.

Según Dallek, la idea de fabricar u obtener aviones soviéticos partió del director de la CIA, McCone, aunque los documentos desclasificados se la atribuyen al Fiscal General, Robert Kennedy.

Más que aclarar el asesinato de Kennedy, los documentos que van saliendo a la luz son una colección de manejos de falsa bandera, complots y planes del espionaje, más o menos rocambolescos o sanguinarios, cuyos destinatarios son siempre la URSS y Cuba.

Otra nota común de todos ellos es que se trataba de agresiones, de mayor menor intensidad, que podían ir desde los atentados terroristas hasta la guerra nuclear.

En octubre el Miami New Times desvelaba (2) que en abril de 1962 la CIA tuvo la original idea de desatar una “campaña cubana de terror comunista” en Miami y otras localidades de Florida, e incluso en Washington. La campaña estaría dirigida contra gusanos cubanos exiliados.

“La explosión de algunas bombas de plástico en lugares cuidadosamente elegidos, le detención de un agente cubano y la publicación de documentos que prueben la implicación cubana también serían útiles para proyectar la idea de un gobierno irresponsable”, le decía el general Edward Landsdale al general Maxwell Taylor.

(1) https://www.archives.gov/files/research/jfk/releases/docid-32977055.pdf
(2) http://www.miaminewtimes.com/news/jfk-docs-cia-plotted-to-bomb-miami-kill-refugees-and-blame-castro-9782696

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Gulag: otro descenso a un infierno lleno de… papeles

La historia del gulag la escribió -de una vez y para siempre- la maquinaria de propaganda del imperialismo durante la Guerra Fría y no hay nada más que decir. Es imposible convencer a nadie de lo contrario. Ni siquiera se puede matizar: Stalin (o el comunismo, que viene a ser lo mismo) mató a 100 millones de personas (mucho más que Hitler).

Tampoco debemos suponer que dicha maquinaria era algo sofisticado. Sería un error. Era lo más parecido a Radio Macuto y el relato siempre se construyó a base de lo que los historiadores llaman “fuentes indirectas”, opositores, anticomunistas, antiguos convictos… Es algo puramente emocional y sentimental. La mayor parte de ellos aprovechan el Informe Secreto de Jruschov, presentado en 1956, por aquello de que “no hay peor cuña que la de la propia madera”.

El gulag es como un organismo vivo. Lo interesante no es lo que haya de verdad o de mentira sino su propia biografía, cómo nace, crece, se desarrolla y -hay que esperar- que algún día muera, como cualquier otra fábula literaria. ¿O se convertirá en un zombi inmortal, en nuestra peor pesadilla?

Cualquier lector atento de este tipo de leyendas se apercibe inmediatamente de su carácter fantástico, y lo mismo debería haber ocurrido con un profesional de la historia porque en una fecha tan temprana como 1948 Timasheff se apoyó en las listas electorales para demostrar que la población del gulag nunca pudo superar los dos millones de represaliados.

Hay que aclarar, además, que el acrónimo “gulag” se refería a todo el sistema penitenciario, tanto a los presos contrarrevolucionarios como a los de derecho común, tanto a los campos de trabajo como a las zonas a las que se desterraban a los convictos, donde no permanecían encerrados.

A pesar de los pesares, en los años cincuenta las estimaciones de Dallin y Nicolayevski, que luego retoman tanto Conquest como Courtois, es que en 1940 había diez millones de convictos en los campos de trabajo, una cifra imposible a la que, sin embargo, el Informe de Jruschov respaldó.

En 1965 Conquest se convierte en la referencia bibliográfica de aquella fábula, extrapolando las fuentes indirectas e interesadas e ignorando los documentos originales. Según Conquest, a comienzos de 1939 había un mínimo ocho millones de reclusos en la URSS, la policía detuvo a siete millones entre enero de 1937 y diciembre de 1938, un periodo en el que ejecutaron a un millón de presos y en el que se produjeron otros tres millones más de muertos.

El apogeo de los millones llegó en los setenta con el represaliado anticomunista más famoso de todos, Alexander Soljenitsin, el Premio Nóbel de Literatura (no de historia), que se paseó por todas las televisiones del mundo, incluida la franquista, para inflar las cifras hasta los 12 millones de presos en 1941.

Cuando se abrieron los archivos y se demostró que todo era falso, no importó. En 1990 Conquest se mantuvo en sus trece y la Wikipedia también. ¿A quién le importa la realidad cuando tenemos una ficción mucho más adecuada?

El historiador Stephen G. Wheatcroft comenta que en los momentos de mayor represión, la tasa de reclusión en la URSS fue del orden del 0,5 por ciento de la población, muy inferior al 2,8 por ciento de la de Estados Unidos, donde siete millones de presos trabajan a la fuerza en cárceles privadas.

Estados Unidos ni siquiera se puede excusar, como la URSS, con las invasiones que llevaron a cabo los imperialistas y los nazis sobre su suelo.

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Los rusos que no se resignan a dejar de ser soviéticos

Dos clientes de un banco ruso de Vladivostok se han negado a devolver un préstamo porque unicamente reconocen la legitimidad de la URSS. También se niegan a pagar las multas de tráfico por el mismo motivo. Afirman que son ciudadanos soviéticos y que los funcionarios de la Rusia actual son extranjeros.

No es una anécdota singular sino que responde a una campaña para denunciar que los Estados surgidos de la URSS, como Rusia, Bielorrusia y Ucrania, fueron creados ilegalmente por otros tantos jefes de Estado, entre ellos Yeltsin, en estado de embriaguez.

Unos meses antes de la disolución de la URSS, los ciudadanos soviéticos habían aprobado su continuidad.

El caso es que los dos moros de Vladivostok son hermanos y deben 1,5 millones de rublos a un banco que no tienen ningún intención de pagar. Cuando un agente judicial llamó a la puerta de su casa le amenazaron de muerte, después de darle una detenida explicación jurídico-constitucional sobre los motivos por los cuales no se sienten obligados a obedecer a un Estado surgido ilegalmente.

Algunas horas más tarde, llegó la policía, que los ha mantenido 7 días detenidos, mientras los agentes judiciales entraban en su casa y se llevaban todo lo que podían para saldar la deuda con el banco, desde las alfombras hasta la tele.

La URSS nunca fue una nación sino un Estado, por lo que el problema de la ciudadanía (“grazhdantsvo”), la nacionalidad (“natsionalnost”) y la vecindad eran más complejos y no se resolvieron con su disolución en 1991. Muchos quedaron como extranjeros en el lugar en el que siempre vivieron y otros como apátridas. Una de las consecuencias de ello es que numerosas personas no pueden votar y carecen de muchos derechos porque no tienen documentación.

Se dan casos, como el del boxeador Ruslan Chagaev, que sus padres tienen un origen (tártaros), mientras que él nació en Uzbekistán cuando sus padres fueron condenados al destierro.

El problema es especialmente acuciante en los países bálticos, como Letonia, donde hay 300.000 no-ciudadanos, es decir, descendientes de emigrados rusos. Muchos de ellos quieren obtener papeles letones porque de esa manera ingresan automáticamente en la Unión Europea y pueden emigrar a occidente a trabajar, que es su deseo.

Es paradógico: los ciudadanos de la Unión Europea que viven en Letonia pueden votar en las elecciones municipales, pero los rusos no aunque hayan nacido y vivido siempre en el país.

Pero todo es un cálculo: si quieres jubilarte es mejor que lo hagas como ciudadano ruso, porque lo puedes lograr con 55 años; si eres báltico u occidental debes esperar diez años más.

La URSS fue un Estado multinacional, el más complejo que la historia ha conocido, en el que se identificaron unas 100 nacionalidades. Dada la igualdad de derechos de todas ellas, fueron muchos los que emigraron desde la periferia a Rusia. A proximadamente sólo un 80 por ciento de los rusos lo son de origen. En la jerga rusa se les llama “ruski”, mientras que los de segunda generación se los conoce como “rusiyan”.

El desmantelamiento de la URSS ha creado un problema, un verdadero laberinto, que antes no existía, tanto en Rusia como en los demás Estados surgidos desde 1991. El capitalismo y el deterioro de las condiciones de vida y salud causan estragos en la población, que disminuye de forma acelerada. De 1991 a la actualidad Rusia ha pasado de tener 150 millones de habitantes a los 142 de hoy.

A pesar de que el saldo migratorio es positivo, Rusia pierde población, la tasa de mortalidad aumenta y la esperanza de vida se ha reducido.

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El III Reich planeó asesinar a toda la población de Moscú y convertir la ciudad en un lago

Hitler pretendía convertir la Unión Soviética en una serie de comisariados del Reich una vez hubiese derrotado al Ejército Rojo. Moscú hubiese acabado dentro del ya bautizado como Reichskommissariat Moskowien. Siegfried Kasche, embajador alemán en el estado satélite de Croacia, fue designado el 16 de julio de 1941 como futuro Reichskommissar, un auténtico virrey para territorios que comprenderían el norte y centro de Rusia hasta los Urales. Kasche se quedaría esperando el resto de la guerra a que los panzer germanos entrasen en la ciudad del Kremlin, cosa que nunca ocurrió. Murió ejecutado el 7 de junio de 1947 tras ser condenado en Yugoslavia por sus crímenes de guerra.

También el 16 de julio de 1941 Hitler declaró sus deseos personales sobre la división de los territorios orientales que adquiría Alemania. La península de Crimea, junto con un gran hinterland al norte que hubiese abarcado gran parte del sur de Ucrania, sería «desalojada» de toda la población local y repoblada similar. Además, los estados bálticos, la «colonia del Volga» y el distrito de Bakú (como concesión militar) también anexados al Reich. Dentro del Reichskommissariat Moskowien existirían a su vez una serie de Generalkommissariat más pequeños. Se llegaron a nombrar a las personas encargadas de administrar estos territorios. El terrible Odilo Globocnik, jefe de la SS de Lublin (Polonia) dirigiría el Generalkommissariat de Sverdlovsk.

A Wolf-Heinrich Graf von Helldorf, General de la SS, jefe de policía de Berlín que se hizo rico extorsionando judíos a mediados de los años 30, se le encargó la tarea de esclavizar y expoliar a los habitantes de la región de Yaroslavl. 

Los nazis habían asumido que la Unión Soviética no sería totalmente derrotada por medios militares, incluso conquistando la capital y sus principales ciudades, por lo que se pensó crear una “frontera” en la bautizada como «línea A-A» (Arkanguelsk y Astraсán). De alcanzar las divisiones de Hitler estas posiciones, significaría que el país más grande del mundo perdía un 86% de sus recursos petrolíferos. Los tanquistas alemanes podían parar sus vehículos y salir a fumarse un cigarrillo. Para acabar con la capacidad de producción de la URSS, se iniciaría entonces una campaña estratégica de bombardeos con aviones diseñados para ellos.

El 20 de abril de 1943, día de su cumpleaños, Hitler mostró a su arquitecto Albert Speer un diseño que había dibujado personalmente para la construcción de un búnker con capacidad para seis personas, equipado con ametralladoras, cañones anti tanque y lanzallamas. El dictador comentó que debían construirse centenares de fuertes similares a lo largo de la nueva frontera con los restos de Rusia.

Cuando los alemanes avanzaban en la Operación Tifón hacia Moscú, Hitler decidió que Moscú, Leningrado (actual San Petersburgo) y Kiev serían arrasadas, y sus cuatro millones de habitantes, exterminados para impedir la creación de focos de resistencia. La ciudad de Moscú sería sumergida abriendo las esclusas del canal Moscú-Volga. ¿Pensaba Hitler hacerlo sin evacuar la población antes? Muy probablemente.

Durante el avance a Moscú, el conocido como “el hombre más peligroso de Europa”, el especialista en operaciones especiales que liberaría en 1943 a Mussolini de su detención en el Gran Sasso, Otto Skorzeny, tenía asignada la tarea de capturar estas estructuras y dinamitarlas.

En una conversación mantenida el 2 de noviembre de 1942 con el Ministro Danés de Exteriores Scavenius, el canciller Ribbentrop le comentó que los alemanes creían que la Rusia asiática superviviente a la conquista de la parte europea de la URSS, acabaría convertida en una serie de “inofensivas repúblicas campesinas”. El futuro de los territorios conquistados era el de ser colonizado por colonos alemanes o por minorías raciales locales. Por otro lado, Hitler ordenó que no se permitiese, incluso a sus sucesores en el futuro, la existencia de ningún estado ruso al este de la línea A-A. El 16 de septiembre de 1941, Hitler había mencionado a Otto Abetz, embajador alemán en París, que todo el territorio al este de los Urales sería, estableciendo un paralelismo con el Imperio Británico, “la India de Alemania”.

Afortunadamente, nada de esto ocurrió. La maquinaria de guerra de Hitler fracasó en su lucha contra los eslavos a los que tanto despreciaba, tratándolos de “subhumanos”. La victoria del Ejército Rojo frenó los megalómanos planes expansionistas del líder nazi, que parecían no conocer límites.

https://es.rbth.com/historia/79271-plan-hitler-asesinar-poblaci%C3%B3n-mosc%C3%BA

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Otra calumnia más contra Stalin

Una de las tantas mentiras, descalificaciones, injurias que se vertieron y todavía se vierten contra Stalin, es que era un antisemita y persiguió a los judíos. Solo falta decir que se comía a los niños judíos crudos. Pero ¿por qué ese ensañamiento con Stalin? La respuesta hay que buscarla en su enorme compromiso con la revolución socialista, con la clase obrera de todo el mundo, y con su insobornable defensa de los principios del socialismo, y seguramente porque derrotó al nazismo y llevó la bandera de la URSS victoriosa desde los Urales hasta el Adriático.

Lo de los judíos y su persecución en la URSS, es sin duda una de las mayores monstruosidades que se dijeron de Stalin, y que se desmiente con el hecho de que en 1926, por iniciativa del propio Stalin se crea en el lejano oriente soviético una república judía en Birobiyan, que linda con la región china de Manchuria, y que existe a la fecha de hoy, y que alberga a aproximadamente 70.000 habitantes.

La política de Stalin con respecto a los judíos perseguía un doble objetivo. Por un lado quería contrarrestar la propaganda sionista que había impulsado Teodoro Herzl fundador del sionismo, y que preconizaba la vuelta de los judíos a Palestina expulsando a los palestinos de sus tierras; y por otro, permitir a los judíos de la diáspora contar con un estado propio dentro de la URSS, donde estaban a salvo de persecuciones y «pogromos» que los habían diezmado.

Si tenemos en cuenta que en 1926 cuando se crea Birobiyan la URSS estaba recién saliendo de la guerra civil y de la agresión sufrida por los ejércitos imperialistas que había penetrado en la URSS para destruirla, nos daremos cuenta de la enorme generosidad que mostró Stalin hacia los judíos invitándolos a venir y a instalarse en la URSS en pie de igualdad con los demás pueblos que habitaban el país.

Pero hablemos de Birobiyan y sus inicios. El territorio está en la frontera de la URSS con Manchuria, y en sus inicios estaba casi deshabitado. Era la tundra con sus veranos muy cálidos y sus crueles inviernos con temperaturas de 20 grados bajo cero. En ese tiempo la región fue visitada por una de los arquitectos que formaron la famosa Bauhaus alemana, que diseñó las ciudades, la estación de ferrocarril del famoso transiberiano, las escuelas y otros edificios públicos que se fueron alzando a medida que crecía el número de habitantes. En su plaza mayor hay una «menorá» (candelabro de siete brazos típico de la cultura judía) y una estatua de Lenin, que sigue presidiendo la plaza.

El idioma oficial es el yidish (una deformación del alemán que hablaban los judíos de Europa oriental) y el ruso. Todos los documentos oficiales se redactan en los dos idiomas, y la estación de ferrocarril tiene sus carteles en ambos idiomas. En Birobiyan conviven judíos y rusos en forma absolutamente pacífica y son muchos los rusos que han aprendido el yidish, que se escribe con caracteres hebreos. En este momento se está produciendo una verdadera invasión de judíos que provienen de Israel, escapando de la política agresiva de la entidad sionista, y como medio de proteger a los hijos para que  no hagan el servicio militar. Esta es la obra del tirano, déspota, dictador y asesino Stalin.

Panorámica de la ciudad rusa de Birobiyan
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Memoria Histórica

La nueva Armenia recurre a los viejos nazis para encontrar lo peor de su historia

La caída de la URSS no sólo supuso el cambio de un modelo de producción sino una gran venganza, aunque sólo sea literaria, de papel. La historia no sólo se está volviendo a escribir en Ucrania y los países bálticos, sino también en Armenia.

Es muy significativo que en los antiguos países soviéticos esa re-escritura coincide siempre en un punto común a todos ellos: la glorificación de los nazis locales, de los peores carniceros y asesinos de la Segunda Guerra Mundial.

Los armenios tienen varios héroes así. Pertenecían a partidos políticos muy diversos, aunque el más importante era el “dachnak”, una organización de la socialdemocracia armenia.

Durante la Segunda Guerra Mundial el dirigente “dachnak” más conocido era Drastamat Kanayan, alias “Dro”, quien se puso a la cabeza del 812 Batallón armenio de la Wehrmacht, compuesto por 20.000 soldados.

En 1942 se inauguró en Berlín, apadrinado por Alfred Rosenberg, el Consejo Nacional Armenio, encabezado por Ardaches Apeghian, presidente la Asociación Germano-Armenia y corresponsal del periódico Drochak, órgano oficial de los “dachnaks”.

Casi al mismo tiempo, en 1935 el representante de los “dachnaks” en Italia, Ichjanian, propuso a Musolini la creación de una Legión Armenio-Georgiana para combatir en la expedición fascista y colonial a Etiopía.

El nazi armenio Gareguin Nzhdeh
Otro ejemplo es Gareguin Nzhdeh, uno de los “dachnaks” que durante la Segunda Guerra Mundial se unió en Crimea a los ocupantes nazis para servir de torturador y verdugo. Tras la guerra fue capturado en Bulgaria en 1944 y condenado a 25 años de cárcel, donde murió en 1955.

Ahora en Erevan, la capital de Armenia, hay una estación de metro, una avenida y una plaza que llevan su nombre. Incluso han rebautizado a una ciudad para honrar su memoria y en mayo del año pasado se inauguró un monumento suyo, un acto solemne que estuvo encabezado por el Presidente de la República.

Nzhdeh era mucho más que un nacionalista. Había combatido al Ejército Rojo en los tiempos de la guerra civil y se declaraba defensor de la superioridad de la raza armenia que, lo mismo que la alemana, formaba parte de la raza aria, o sea, indoeuropeos.

Tras la Revolución de Octubre, Armenia logró esa “independencia” de la que hablan siempre los nacionalistas que, por un lado, es sumisión al imperialismo y, por el otro, avasallamiento de los vecinos. Nzhdeh fue su ministro de Defensa.

Los “dachnaks” pretendían la Gran Armenia (“desde el Cáucaso al Mediterráneo”) y no vacilaron en imponer la limpieza étnica sobre los azeríes en el Zanguezur, hasta que llegó el Ejército Rojo en 1921.

Es lo mismo que pretendió el III Reich en la Segunda Guerra Mundial: la Gran Alemania. Quizá por eso a Nzhdeh se le atribuye una frase muy común entre los chovinistas armenios: “Los que luchan por Alemania, luchan por Armenia”.

Tras la caída de la URSS, el 30 de marzo de 1992 la nueva República independiente de Armenia le rehabilitó de las calumnias que los soviéticos siempre le imputaron. Era todo mentira. La televisión armenia le considera como la figura histórica más importante. En 2013 el gobierno puso siete millones de dólares para rodar una película biográfica…

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Memoria Histórica

Jruschov explica en la televisión ucraniana la situación histórica de Crimea

La península de Crimea formó parte de la Federación rusa hasta el 19 de febrero de 1954, en tiempos de Jruschov, cuando fue transferida a Ucrania de forma ilegal.

Secretario general del PCUS entre 1953 y 1964, Jruschov vivió en Ucrania y recientemente su hijo Serguei ha aparecido en la televisión ucraniana para explicar que en 1954 el cambio en la adscripción administrativa de Crimea se hizo por razones económicas: por la construccion del canal de Crimea del norte.

“El Gosplan aseguró que era mejor construir [el canal] bajo la autoridad de una única persona jurídica”, dijo Jruschov en la televisión, destacando que en la decisión no intervinieron factores políticos.

El hijo de Jruschov desmintió a los rusos que sostienen que fue un intento de engatusar a la burocracia ucraniana, ni tampoco un regalo a mi madre, nacida en Ucrania occidental. “Fue una decisión estructural y justa. Y Crimea conoció un renacimiento. Se plantaron muchos viñedos”, añadió ante las cámaras.

Al hijo de Jruschov le ocurre como a su padre: no le funcionan las neuronas como a los demás humanos. La construcción del canal comenzó en 1961, es decir, siete años después de que la península formara parte de Ucrania.

El canal fue cerrado definitivamente en 2014 y durante su funcionamiento llevaba el agua del río Dnieper a la península, que se utilizaba principalmente para la irrigación de los cultivos agrícolas.

La anexión de Crimea a Rusia ha sido rechazada por la mayor parte de los países del mundo, a pesar de que fue ampliamente aprobada en las tres consultas que se han celebrado desde la caída de la URSS en 1990. Sólo Corea del norte, Afganistán, Cuba, Venezuela, Siria y Nicaragua votaron a favor.

Más información:
— El proceso de incorporación de Crimea a Rusia

Nikita Jruschov con Stalin en 1936
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La lujosa biografía sexual de un mártir del bolchevismo llega a la gran pantalla

Hace unos días en otra entrada ya aludimos a la superproducción rusa “Matilda”, una película centrada en las relaciones amorosas entre el zar Nicolás II y la bailarina de ballet Mathilde Kschessinska sobre la que se ha levantado una enorme polvareda en Rusia, como decíamos, más humo que otra cosa.

El estreno estaba previsto para el 30 de marzo, pero se ha tenido que posponer hasta el 23 de octubre en el teatro Marinsky de San Petesburgo y al día siguiente en el cine Octubre en Moscú.

Como en tantas otras ocasiones, muchas de las protestas, que proceden de los sectores más reaccionarios de la Rusia actual, especialmente eclesiásticos, critican que la película tergiversa la historia, lo cual es siempre una estupidez, incluso cuando el guión “se basa en hechos reales”. Es vergonzoso tener que recordarlo a cada paso: el cine es mentira, o sea, ficción.

La historia (la de verdad) de Rusia no empieza en octubre de 1917. El zar Nicolás II abdicó del trono imperial al producirse la revolución de febrero (de 1917) y fue fusilado en julio del siguiente año, tras la de octubre.

Un actor porno encarna al zar
Quizá no sea tan conocido que una contrarrevolución es sagrada, una guerra santa: la yihad de los cristianos. Para la Iglesia Ortodoxa las dos revoluciones de 1917 fueron como para la católica la guerra civil española de 1936: una cruzada. No es que el zar fuera dios, pero casi; era un santo, por lo que fue canonizado, es decir, elevado a los altares: en 1981, cuando la URSS no había desaparecido, los popes (en el exilio) le declararon “mártir” (del bolchevismo).

En fin, que Rusia es como España, más o menos. Aquí no se puede hacer un chiste del almirante Carrero y allí no se puede mostrar al zar con las pasiones típicas de los humanos. La única pasión imaginable es la divina: la que Cristo padeció en el monte Calvario. La diferencia es que en Rusia no te llevan a la cárcel por ello (de momento).

No obstante, atacar al zar es tan intolerable como atacar a San Juan Evangelista o a la Virgen de la Macarena en plena procesión de Semana Santa. En ningún país católico podría aparecer un santo o un mártir en pelotas en plena noche de pasión (sexual), tras una juerga regada generosamente con champán francés o vodka de los Urales.

El gobierno ruso se ha gastado 25 millones de dólares con la ridícula pretensión de que “Matilda” sea aceptada en el Olimpo de Hollywood y gane uno de los próximos Óscar de la Academia, lo cual no ocurrirá por más que Nicolás II enseñe sus cojones en la pantalla.

Para los amantes de la historia, lo peor de la película es que el personaje central no es el zar sino su amante, la bailarina Mathilde Kschessinska, lo cual no es ni varonil ni suficientemente regio.

Mathilde Kschessinska
La vida de Matilda es suficientemente conocida porque murió en 1971 en París con 99 años y el relato de su fastuosa vida, llena de palacios, príncipes y otros lujos, atrajo a muchos escritores.

La bailarina conoció a Nicolás cuando aún era un príncipe (zarevitch) adolescente que aspiraba a heredar un Imperio y aún no se había prometido a la zarina, en fin, en la época en que Rusia era aún más rosa que roja. Incluso hay quien dice que ambos tuvieron una hija en 1911.

El problema es cuando llegan esos historiadores para impedir que el cine nos engañe impunemente: “no está demostrado que el zar se emborrachara en las juergas y se acostara con la bailarina”, aseguran. La pretensión de los científicos es siempre la misma: quieren que la realidad ensucie un buen relato de ficción, que en los títulos de crédito aparezca la bibliografía que ampara cada frase del guión.

No les basta, además, con su propia autoridad, sino que acuden a la de la Iglesia Ortodoxa, a la del gobierno y a la de la fiscalía para impedir, como sea, que los espectadores veamos la película. Velan por nosotros; nunca dejan que nos equivoquemos o que alegremos la vista con las escenas más calientes de alcohol y sábanas.

Todo nuestro gozo en un pozo por culpa de los científicos rigurosos: el zar Nicolás II tampoco eran tan campechano como creían los rusos. Se presupone que los reyes, como representantes de dios en la tierra, son siempre justos y benéficos; por lo tanto, si alguien afirma, aunque sea en el cine, que un rey es un chorizo, un borracho y un sinvergüenza (no piensen en nadie) debe demostrarlo fehacientemente.

De lo contrario, ya saben, los científicos pondrán una querella por injurias “a la Corona”, tanto en Rusia como en Hispanistán. ¿Aún no lo saben? Cuando alguien insulta al rey (o a la bandera) a quien insulta es “a todos”, a la nación, al país. ¿No se ofenden Ustedes con los pitidos al himno “nacional”?

La fiscal Poklonskaia defiende al zar
Aquí es donde entra en juego la típica fiscal que ven en la foto con uniforme de gala, como corresponde al tema que tratamos (el cine). Se trata de Natalia Poklonskaia, que ejerció su tarea represiva en Crimea y ahora es una diputada que defiende el zarismo como nadie en Rusia. Se ha dirigido a todas y cada una de las instituciones públicas en defensa del zar y de la verdad por antonomasia frente a la provocación “antirrusa” y “antireligiosa”, una difamación y una “amenaza a la seguridad nacional” [sic].

La diputada tiene un blog en el que publica artículos con títulos significativos como “Nicolás II no necesita protección: Dios mismo le glorifica” o “También se puede traicionar a Dios con el silencio”.

Hace un par de años Poklonskaia encargó varios retratos de los Romanov para colgar del Palacio Livadia, en Crimea. Luego participó en el desfile del Regimiento Inmortal enarbolando un icono de Nicolás II. Finalmente encabezó una petición para esculpir un busto del Emperador en el edificio de oficinas de la fiscalía.

Es de esas científicas que quiere que los rusos conozcan la verdadera historia de la familia Romanov: “Es inadmisible que se difunda una película que deforma la descripción de los hechos históricos y desacredita, difama y ridiculiza a uno de los santos más respetados de nuestra iglesia: el zar Nicolás II”, escribe en su blog.

Naturalmente, como buena fiscal, no le basta con defender la verdad contra viento y marea; quiere que el Ministerio Público procese al director de la película por haber “violado la vida privada del zar”.

Lo que debería hacer es venir a España y poner una querella en la Audiencia Nacional, el único tribunal en todo el mundo que nunca abandona a los zares, las princesas y los marqueses. Las injurias coronarias son el peor crimen que se puede cometer contra una nación. ¿No han visto Ustedes la película Sisí Emperatriz?, ¿no le gustan los desfiles de la Guardia Real?, ¿las cenas de gala?, ¿los bailes de salón?, ¿las recepciones oficiales?

¿Cómo es posible que hace 100 años los bolcheviques acabaran con todas esas maravillas versallescas?

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La Segunda Guerra Mundial la ganó Hollywood

Fernando Arancón

[…] El mundo occidental ha distorsionando el tamaño de los distintos actores que participaron en un momento tan importante para la Historia como la caída del nazismo. Con un mínimo de rigor histórico, a nadie escapará que el papel de la Unión Soviética fue, como mínimo, tan importante como el del bando aliado. Sin embargo, la representación de este hecho en la cultura popular es prácticamente inexistente. Como es de esperar, motivos no faltan, desde una medida campaña publicitaria y propagandística proveniente de Estados Unidos por razones geopolíticas a la rentabilidad que todavía hoy suscitan los productos relacionados con la Segunda Guerra Mundial. No es un tema menor; a fin de cuentas se dilucidaba quién había ganado uno de los conflictos bélicos más importantes de la Historia.

El poder del cine es espectacular. Su papel histórico para moldear conciencias ha ido intrínsecamente ligado a una opción de ocio tremendamente popular en los países occidentales desde los años veinte y treinta del siglo pasado. Era lo suficientemente barato como para que las clases trabajadoras pudiesen permitírselo con asiduidad y lo suficientemente popular para que los más pudientes también quisiesen asistir a las proyecciones. Esta afición hizo del cine el primer producto cultural consumido a gran escala en las sociedades desarrolladas. El poder de la imagen le otorgaba una ventaja fundamental sobre la radio, por lo que rápidamente algunos Gobiernos tomaron conciencia de los beneficios que se podían obtener de su instrumentalización política.

El uso del cine en la propaganda de la Alemania nazi es bien conocido y supone uno de los primeros ejemplos de cómo este arte se convierte en un pilar clave en la homogeneización del pensamiento, no ya por la censura, que cribaba qué se podía ver y qué no, sino por el despliegue técnico y artístico que hacía de la propaganda un producto agradable de ver. No hay que olvidar que el cine siempre ha sido la suma de un conjunto de elementos y el mensaje es solo uno de ellos, no necesariamente el más importante. Así, el cómo se contaba era tan importante como qué se contaba.

Estados Unidos comenzó a tomar buena nota de aquello en los años previos a su entrada en la Segunda Guerra Mundial (IIGM) y realizó un importante —aunque en muchos casos torpe— despliegue una vez quedó inmerso en el conflicto. Antes del ataque a Pearl Harbor, la división en la sociedad estadounidense entre los que propugnaban la entrada en la guerra y aquellos que reclamaban el aislacionismo más absoluto era evidente, por lo que el entonces presidente Roosevelt y especialmente su Estado Mayor eran conscientes de la acuciante necesidad de que toda la sociedad tuviese una opinión medianamente uniforme en caso de que el país tuviese que entrar en guerra. Huelga decir que la Administración de entonces, si bien tenía inclinaciones intervencionistas, eran más una cuestión estratégica que deseos reales de entrar en el conflicto. Hasta aproximadamente 1942, el único potencial del que gozaba Estados Unidos era el económico-industrial y el naval. Solo cuando la guerra estalló en Europa comenzaron a plantearse en Washington una verdadera modernización y expansión de los efectivos militares.

Ante la inminencia de la guerra, un doble problema se cernía sobre la sociedad estadounidense. Por un lado, la población, en su mayoría ajena a los sucesos que se estaban viviendo en Europa, debía ser puesta al día sobre qué ocurría en el Viejo Continente y cuáles eran los motivos por los que la Alemania nazi —y posteriormente el Imperio japonés— debían ser derrotados. La segunda cuestión consistía en formar adecuadamente a los millones de reclutas que se incorporarían a filas en cuanto fuese firmada la primera declaración de guerra. Para ambos aspectos, el cine se convertiría en una herramienta fundamental, un elemento de cohesión identitaria tanto en el territorio nacional estadounidense como en el frente.

Las Fuerzas Armadas estadounidenses plantearon reclutar a algunos de los directores de cine más reputados de la época, hoy auténticas leyendas de la cinematografía. En aquellos turbulentos cuarenta se unieron a la empresa John Ford —ya consagrado con La diligencia y Las uvas de la ira—, John Huston, William Wyler o Frank Capra, entre otros. Su misión: trascender los hasta entonces simples documentales militares y llegar al público estadounidenses con producciones de calidad, profundas y que revelasen el trasfondo de la guerra —siempre y cuando la censura militar lo permitiese, lógicamente—. Aquel proyecto tuvo una acogida dispar pese a contar con ambiciosos despliegues como el diseñado por Capra, llamado Por qué luchamos. Sin embargo, este episodio, que ha pasado a la Historia de manera bastante discreta, marcó tanto a los directores personalmente —Ford fue herido en Midway y Wyler se quedó sordo tras volar en un B-25— como su filmografía posterior y el propio devenir del cine en décadas posteriores. En absoluto es casualidad que nada más regresar de la guerra, en 1946, Capra se pusiese tras las cámaras con Qué bello es vivir, película merecidamente presente en cualquier clasificación de las mejores producciones de la Historia del cine como un alegato de la bondad humana y la primacía del bien sobre el mal.

¿Conocen Cuando pasan las cigüeñas, Masacre: ven y mira o La infancia de Iván? Las tres son películas soviéticas —de las mejores, según los críticos— sobre la Segunda Guerra Mundial. Un vistazo rápido por repositorios especializados de cine nos muestra que su popularidad es notoriamente más baja entre el público general que largometrajes como El puente sobre el río Kwai, La gran evasión o Patton, contrapartes occidentales de la misma época. Es lógico pensar que esto se puede deber a un simple sesgo de proximidad: durante la IIGM, los europeos occidentales consumen cine más cercano geográficamente, mientras que el público europeo oriental prefiere películas que se desarrollan en el extenso frente ruso. Esto, si bien tiene cierta validez por cuestiones de mercado —el europeo occidental es un mercado numeroso y de alto poder adquisitivo—, choca con la enorme asimetría de filmes que abordan la lucha en los distintos escenarios donde se desarrolló el mayor conflicto jamás visto por el ser humano.

El ejercicio es bien sencillo: ¿cuántas películas conocidas tienen como centro el frente soviético? Puede que la más conocida sea Enemigo a las puertas (Reino Unido, 2001) y Stalingrado (Alemania, 1993) como posible segunda opción. Si hilásemos en extremo, podríamos incluir El pianista, lo que también haría entrar La lista de Schindler, pero estas, temáticamente hablando, tienen más relación con el Holocausto —que sí ha sido tratado en el cine con cierta profundidad— que con la guerra en sí. La ausencia de producciones audiovisuales sobre el frente oriental es, por tanto, abrumadora. Leningrado, Moscú, Járkov, Sebastopol, Kursk, el avance sobre Europa oriental o la batalla por Berlín  aquí aparece El Hundimiento— son logros soviéticos no correspondidos en la cinematografía, por lo que no es extraño que esta tendencia continuada haya favorecido la invisibilización de la labor soviética en el conflicto.

En los años inmediatamente posteriores a la finalización del conflicto hubo en los países europeos una ola importante de cine desde esta perspectiva. En buena medida, era una forma de recomponer la identidad nacional y demostrarse cómo se habían deshecho de la Alemania nazi. Guerrilleros, mártires y héroes se entremezclaban con un costumbrismo de posguerra que intentaba aparentar cierta normalidad. La danesa La tierra será roja o la conocida cinta de Rossellini Roma, ciudad abierta, ambas de 1945, son buenos ejemplos de un estilo que se volvió común en Europa. Sin embargo, la moda no duró mucho tiempo. Conforme los países involucrados entraron en nuevas dinámicas económicas e internacionales, la IIGM, artísticamente e identitariamente hablando, perdió importancia.

En los estudios estadounidenses y británicos sí hubo un goteo constante de películas sobre el tema. Había historias y momentos de sobra para narrar, especialmente en el doble frente europeo —Italia y, posteriormente, Francia—. Sin embargo, esta etapa, que se extiende sobre todo entre los años 60 y 80, es probablemente la de mayor peso propagandístico. La guerra se convierte en algo bastante limpio, sin sangre y sin los niveles de destrucción que se verán en las pantallas a partir de los noventa, y la infalibilidad estadounidense contrasta con la suma torpeza de quienes tienen la desgracia de formar parte de la Wehrmacht —Fuerzas Armadas de la Alemania nazi—. Este cine repasa todas las grandes contiendas en las que los estadounidenses —y quizás algunos de sus aliados— se vieron envueltos en Europa o el Pacífico. Además, la industria no escatima en reunir a las caras más conocidas de la época para cada una de sus películas; La batalla de Midway, con Charlton Heston, Henry Fonda, Glenn Ford y Robert Mitchum, refleja claramente cómo se enfocaban este tipo de películas.

Será durante estos años cuando el trasvase histórico se consolide. Estas películas no son cualitativamente buenas, pero sí suponen un despliegue y un tirón de público elevado. De esta manera, ante la inexistencia de cine sobre el frente oriental en Europa, se crea la percepción de que solo Estados Unidos hizo el esfuerzo necesario para vencer al nazismo. Lo que pasase en lo que en aquellos años era el otro lado del Telón de Acero era irrelevante.

También hay que considerar que, desde un punto de vista cinematográfico, el frente ruso es más homogéneo que la diversidad de escenarios del resto del conflicto. Sin entrar en la narrativa, cuyas posibilidades son siempre prácticamente infinitas, el frente oriental se divide en la gran llanura oriental europea o las ciudades. Por ello, este cine parece haberse atascado en el “Vista una, vistas todas”. Evidentemente, esta lógica no hace honor a la cantidad de situaciones políticas, sociales y bélicas vividas en el este de Europa entre 1939 y 1945; más allá de los filmes centrados en Stalingrado se han conseguido hacer otros tan decentes como La cruz de hierro (1977). No obstante, al contrario que Estados Unidos, la Unión Soviética no consiguió explotar su papel en este episodio histórico.

A pesar de hacer numerosas películas —un largometraje patriótico era un seguro para evitar la censura—, la lógica ideológico-cultural soviética los alejaba de ese escenario. Nada tenía que ver aquel cine con el de Serguei Eisenstein, quien además de introducir grandes innovaciones había fortalecido enormemente la identidad nacional soviética. Ya fuese por los menos recursos disponibles, el menor talento artístico de los directores soviéticos dedicados a este género o la omnipresencia de las autoridades en la producción de las películas —cosa que acabó cansando a directores como Tarkovski, que huyó a Suecia—, en el este de Europa no se generó un relato sólido a través del cine sobre su papel en la mayor de todas las guerras. Otra derrota soviética, como ya ocurriese con la música, en la lucha por la hegemonía cultural.

[…] El público europeo occidental sigue creyendo que la victoria aliada en la IIGM —o, más concretamente, la derrota de la Alemania nazi— fue gracias al esfuerzo estadounidense. Esta creencia está lejos de revertirse, aunque países como Rusia, por ejemplo, en un refuerzo de su identidad nacional, está rescatando episodios de su Historia durante esos seis años en largometrajes, al menos en lo visual, impactantes. Puede que con el tiempo consiga colocar alguna producción entre las más vistas o las más premiadas del año, si bien esto aún se antoja lejano. Entretanto, la Segunda Guerra Mundial la habrá ganado quien Hollywood diga.

http://elordenmundial.com/2017/07/06/hollywood-el-ganador-de-la-segunda-guerra-mundial/
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