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Stalin y Eisenstein: un debate abierto sobre cine, historia y batallas políticas

Por aquí es demasiado pedir que alguien sea capaz de escribir algo mínimamente sensato sobre la URSS sin incurrir en una imbecilidad tópica. Ha sido el caso de las reseñas sobre el genial cineasta soviético Serguei Eisenstein, en las que nunca falta una mención a la censura impuesta por Stalin sobre la película “Iván el Terrible”, por una razón obvia: Stalin se veía asimilado a un Iván cuyo apodo lo decía todo. Terrible.

Ninguno de los que escriben esas bobadas tiene ni la más lejana idea de quién fue Iván el Terrible, aunque imaginarán que sería una versión rusa a medio camino entre Calígula y Robespierre. Es como preguntarles si saben quién fue Juana la Loca o si realmente creen que estaba loca. Sin embargo, les consta fechacientemente que Iván el Terrible sí era realmente terrible, que a Stalin le molestaba que le compararan con él y que eso es precisamente lo que pretendía hacer el sibilino de Eisenstein…

En la URSS los debates sobre el arte y la literatura siempre fueron particularmente enconados porque no son otra cosa que los mismos debates políticos metamorfoseados. Esos debates se recrudecieron tras la Segunda Guerra Mundial y Stalin tuvo un papel protagonista en ellos, cuidadosamente silenciado por Jruschov y los suyos a partir de 1953.

Un reflejo de ese debate es el denostado artículo de Zdanov sobre arte y literatura, en el que -además de Stalin- participaron Molotov, Eisenstein y Cherkasov, que es -por cierto- el actor que encarna a Iván el Terrible en la película de Eisenstein.

No es sencillo resumir los términos del debate, pero hay que empezar diciendo que la comparación con el Iván el Terrible no le podía importar lo más mínimo a Stalin porque prefería eso a que le comparan con Pedro el Grande o Catalina la Grande porque mientras estos seguían los cánones occidentales, el zar Iván era un “oriental” y eso a Stalin le parecía bien. No tenía ese tipo de complejos.

Dentro del debate, los participantes estaban de acuerdo en cosas que aquí muchos también pondrían encima de la mesa. El principal de ellos es que para un revolucionario el arte no es un fin en sí mismo (“ars gratia artis”, el lema de la Metro Goldwyn Mayer) sino que está al servicio de las masas y no de los directores, los productores, los actores o los exhibidores.

El segundo es que eso no justifica cualquier mediocridad panfletaria, sino todo lo contrario. El debate de 1947 tenía por objeto elevar la calidad artística del cine soviético, tanto como su contenido político, ideológico e histórico. El PCUS reprocha a Eisenstein que en la segunda parte de la película Ivan el Terrible muestra su ignorancia de la historia que relata, lo cual en un país capitalista no importa, pero en la URSS era fundamental. ¿O debían los comunistas admitir que una película transmitiera cualquier clase de falsedades sobre el pasado con la excusa de que se trata de ficción?

Eisenstein no pintaba al ejército de Iván IV, o Iván Grozni, como le llamaba el PCUS, como un ejército (“oprichnina”) progresista sino como una banda de matones y al propio zar como una especie de Hamlet, un hombre dubitativo, lo cual no era cierto.

Después de criticar la película, el PCUS pasa a criticar al Ministerio de Cinematografía y a su ministro Bolchakov, que “gasta mucho dinero en el cine pero no hace nada por mejorarlo”. El ataque continúa por los vidriosos temas del amiguismo y el compadreo, tan típicos del arte y los artistas, incluso los soviéticos:

“Los trabajadores del arte deben comprender que quienes adoptan una actitud irresponsable y superficial respecto a su trabajo se arriesgan a situarse fuera del alcance del arte soviético progresista, porque las exigencias culturales y las exigencias del público soviético se han desarrollado. El gobierno continuará cultivando entre las personas el buen gusto y estimulará la exigencia sobre las obras de arte”.

Que el PCUS no estuviera de acuerdo con la película y la criticara, no significa que hubiera censura, porque también criticó otras películas de Eisenstein, incluidas las más coocidas, como La Huelga, Acorazado Potemkin, Octubre y La Línea General, todo lo cual está cabalmente documentado entre los acuerdos aprobados. Incluso se conservan actas de las entrevistas de la dirección del PCUS (Stalin, Molotov y Zdanov) con los cineastas.En una de ellas Stalin se disculpa con ellos, que le habían escrito y no había podido responderles de la misma manera. El inicio de la reunión demuestra que no se trataba de censura sino de crítica y que la decisión sobre la película era de los propios cineastas: “¿Qué pensáis hacer con la película?”, una vez recibida la crítica, les pregunta Stalin. Eisenstein le responde que han decidido dividir la segunda parte en otras dos. Pero, ¿habéis estudiado la historia?, insiste Stalin. “Más o menos”, le contesta el cineasta.

Era lo peor que le podía decir. Stalin se da cuenta de que a Eisenstein le pasa como a tantos otros: no tiene ni la más remota noción de lo que tiene entre manos. Ni se ha molestado en documentarse sobre un acontecimiento fundamental en la historia de Rusia que Stalin le detalla, insistiendo en la importancia de la “oprichnina” de Iván el Terrible, que marca el fin de los ejércitos feudales y el surgimiento de un ejército regular, moderno, avanzado.

Cuando Stalin le indica a Eisenstein que ha pintado dicho ejército como si fuera el Ku Kux Klan americano, el cineasta le suelta un chiste: los del Klan llevaban capuchón blanco y nosotros lo hemos puesto negro.

Las actas no dejan lugar a dudas del contenido del debate, así como el tono del mismo, que en ocasiones es de risa. Molotov le reprocha a Eisenstein que ha tratado de hacer un retrato sicológico de Iván el Terrible. Stalin añade que Iván fue un zar “extramadamente cruel” pero que deberían haber explicado los motivos de ello.

Como todos los documentos originales del PCUS, las actas no tienen desperdicio y el lector salta de una sorpresa a otra, como cuando Stalin le recuerda a Eisenstein que en aquella época el cristianismo desempeñó un papel progresista.

El actor Cherkasov admite que la crítica les ha ayudado y que tras recibirla otro director de cine, Pudovkin, había realizado una buena película sobre el almirante Najimov. “Estamos convencido de que nosotros no lo haremos peor”, añade el actor, quien dice que está trabajando sobre la figura de Iván el Terrible tanto en el cine como en el teatro. “Estoy enamorado de este personaje y pienso que nuestra alteración de las escenas será correcta y verídica”, concluye.

En un momento dado, Eisenstein pide un voto de confianza: la primera parte nos ha salido bien y eso nos indica que podemos hacerlo bien también en la segunda, y lanza una pregunta muy significativa: “¿Hay más instrucciones sobre la película?” Es algo muy inusual para lo que estamos acostumbrados, aunque mucho más sorprendente le resultará a más de uno la respuesta de Stalin: “Yo no te doy instrucciones sino que te expreso la opinión de un espectador”.

La segunda parte de la película no fue censurada. Quedó inconclusa porque Eisenstein no pudo acabarla ya que murió pocos meses después de esta reunión.

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Rusia censura una película sobre la muerte de Stalin

La sombra de Stalin es muy alargada
Anoche la policía moscovita cerró el cine Pioner en el que proyectaban la película franco-británica “La muerte de Stalin”, una comedia del director Armando Iannucci que está prohibida en Rusia.

La empresa devolverá el dinero a los espectadores que hayan comprado entradas para las sesiones de hoy.

El jueves el Ministerio de Cultura amenazó con “juicios administrativos” a los cines que proyectaran la película, cuyos permisos se denegaron el martes.

A pesar de ello, el cine Pioner se arriesgó a exhibir una comedia que en Rusia muchos políticos y cinestas califican de “extremista”.

Tras la sesión matinal del viernes, seis policías rusos se presentaron en el cine, interrogaron a los trabajadores y tomaron fotos de la pantalla del prdenador de la taquilla.

La película de Iannucci, que en Rusia estaba reservada para su exhibición sólo a los adultos, relata de manera burlesca la intensa lucha interna que se desató en la dirección del Partido Comunista de la Unión Soviética a la muerte de Stalin en 1953.

El lunes el Ministerio de Cultura la proyectó de manera reservada para pulsar la opinión de cinestas, críticos, diputados y otros políticos y fueron ellos quienes tomaron la iniciativa de solicitar la censura en una carta dirigida a Vladimir Medinski, el ministro de Cultura.

En su carta, los firmantes la califican de “extremista”, de “provocación” y de humillar los “símbolos nacionales rusos”.

El presidente de la Sociedad Militar rusa, Mijail Miagkov, convocó una rueda de prensa para defender la censura.

“Creo que los rusos siguen teniendo miedo de reírse de esto”, dijo Olga Gannuchkina, una espectadora de 64 años que pudo ver la proyección del cine Pioner. “Claro que no es una comedia, es una película trágica. Pero como el destino de nuestro país es más bien triste, tenemos la costumbre de reir mediante lágrimas”, dijo Roman Laing, otro espectador de 25 años.

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120 años del nacimiento de Eisenstein, pionero soviético del cine

Recientemente se han cumplido 120 años del nacimiento de Serguei Mijailovich Eisenstein, un director de cine y teatro soviético, considerado un auténtico pionero en la técnica del montaje y edición de películas.

Nacido en Riga (Letonia) en enero de 1898, Eisenstein se crió en el seno de una familia de clase media como un cristiano ortodoxo debido a su madre, una rusa ortodoxa, y pesar de que su padre era judío. En todo caso la religión no fue uno de los pilares de su vida, ya que con el tiempo se acabó haciendo ateo. Estudió arquitectura e ingeniería, en Petrogrado (San Petersburgo) y en 1918 Sergei dejó la escuela y se unió al Ejército Rojo para servir a la Revolución Bolchevique.

Tras mudarse a Moscú en 1920, Sergei Eisenstein comenzó su carrera en el teatro, trabajando en producciones como “Máscara de Gas”, “Hombre sabio”, o “Escucha Moscú”. A partir de 1923 fue cuando comenzaría también su carrera como teórico del cine, realizando en ese año su primera película “El diario de Glumov”, un cortometraje en el que el propio Eisenstein interpretaba uno de los papeles protagonistas.

Poco después, en 1924, Eisenstein dirigía el que sería su primer largometraje “La huelga”, un film que narra los acontecimientos de una huelga ocurrida en 1903 por los trabajadores de una fábrica en la Rusia prerrevolucionaria, y en la que destaca su escena final como uno de los mejores ejemplos de las innovadoras técnicas de montaje de Eisenstein.

Al año siguiente el director soviético estrenaba “El acorazado Potemkin”, una película aclamada en todo el mundo y cuyo éxito le sirvió para poder producir su siguiente gran largometraje, “Octubre” (1928), siendo realizada como parte de la celebración del décimo aniversario de la Revolución de octubre de 1917. En algunos países esta película se tituló “Diez días que transformaron el mundo”.

Siendo un cineasta ya reconocido en todo el mundo, la siguiente película de Sergei Eisenstein sería “La línea general” (1929), realizando poco después un viaje por Europa y posteriormente a Estados Unidos en 1930 para realizar un proyecto con Paramount Pictures que por diversos motivos no llegó nunca a realizarse. También conoció a Charles Chaplin y se especuló con la posibilidad de producir algún proyecto juntos, aunque tampoco se concretó nada finalmente.

En lugar de regresar a Rusia, Eisenstein viajó a México, y allí realizó la película “¡Que viva México!” (1932), aunque el film no se terminó y es una película inconclusa. Décadas después, el material filmado sería utilizado por Grigori Alexandrov para estrenar finalmente la película en 1979.

Tras estos fracasos, Eisenstein regresó a Rusia y su siguiente película fue “El prado de Bezhin” (1937), que sufrió numerosas ediciones sobre el montaje original del director.

Los últimos trabajos del director serían “Alexander Nevsky” (1938), un film sobre el héroe nacional ruso y por el que recibió el premio “Stalin“; y la trilogía “Iván el terrible” durante los años 40, en la que la tercera parte quedó inacabada debido a la controversia que había causado el segundo film y a la repentina muerte del director en 1948 debido a un infarto.

A pesar de todos los contratiempos y problemas que tuvo que afrontar en su trabajo, Eisenstein es reconocido como uno de los mejores directores de cine soviético que ha habido, dejando un importante legado a la historia del cine, cuyas películas y escritos influirían enormemente en otros directores y cineastas posteriores.

Al igual que otras películas soviéticas, que están libres de derechos al alcance de todos, la propia productora Mosfilm con la que trabajó el director durante años, ha sido la encargada de poner a disposición del público la mayoría de películas de Eisenstein, estando disponibles para ver en línea de forma gratuita por internet.

—https://cinelibreonline.blogspot.com.es/2018/01/peliculas-sergei-eisenstein-dominio-publico.html

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Los atletas rusos podrían participar en los Juegos Olímpicos de Invierno bajo la bandera soviética

La posibilidad de que la simbología soviética sea utilizada por parte de los deportistas rusos en los Juegos Olímpicos de Invierno será decidida por una comisión especial del Comité Olímpico Internacional (COI). La idea de usar la bandera y el himno de la Unión Soviética ha sido sugerida por usuarios de las redes sociales, indignados después de que el COI prohibiera a los rusos representar a su país.

Los Juegos Olímpicos de este año tendrán lugar del 9 al 25 de febrero en Pyeongchang, Corea del sur.

El pasado 5 de diciembre el presidente del Comité Olímpico Internacional, Thomas Bach, anunció que la delegación olímpica rusa no podrá participar en los Juegos Olímpicos de Invierno de 2018. En cambio, el COI determinó que los llamados deportistas “limpios” de este país pudieran tomar parte en la competiciones de manera individual.

Esta decisión del organismo olímpico fue un intento de encontrar un equilibrio entre castigar a Moscú por su supuesta “manipulación sistemática de las normas antidopaje” y “proteger los derechos de los atletas limpios”.

Por el momento, a los deportistas de la Federación de Rusia que han obtenido la invitación de participar en las competiciones no les quedará otra que verse obligados a hacerlo bajo bandera olímpica. Igualmente, en las ceremonias de entrega de medallas los rusos no podrán escuchar su himno ni podrán ir vestidos con su uniforme nacional.

Mientras que una parte de los deportistas rusos han optado por boicotear los Juegos Olímpicos de Pyeongchang al considerar que las condiciones son humillantes, otros han decidido competir bajo las circunstancias actuales.

La Asamblea Olímpica del Comité Olímpico de Rusia (COR) votó a favor de la participación de los atletas rusos en los Juegos Olímpicos de Invierno. Putin también apoyó a los deportistas que planean competir bajo bandera “neutra”.

Una comisión especial del COI decidirá si los deportistas rusos pueden utilizar los símbolos soviéticos en los Juegos Olímpicos de Pyeongchang 2018 después de que se les prohibieran representar a su país.

El dopaje es una excusa, según se deprende de una investigación publicada por el grupo de piratas informáticos Fancy Bears. Hace años que en los deportes mundiales hay una lucha por el poder y, por lo tanto, del dinero (*). La cruzada no es contra Rusia sino contra toda Europa. Se trata de eliminar a los europeos de la dirección del COI, del movimiento olímpico e incluso del fútbol, donde la FIFA tiene abierto un juicio en Nueva York por corrupción.

El antiguo director de asuntos jurídicos del COI, Howard Stupp, manifestó que a Richard McLaren, jefe de la comisión de la Agencia Mundial Antidopaje (WADA), le dieron una orden política clara de expulsar al equipo ruso de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro. Por eso en el caso de Rusia los casos de dopaje no se tratan de manera individualizada, sino en bloque.

(*) https://fancybear.net/pages/wada-vs-ioc.html

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El proyecto antimperialista de Perón y sus relaciones con la URSS

 Darío Herchhoren
Corre el año 1945 en Argentina. En el mes de octubre, y concretamente el día 17, una enorme manifestación en las calles de Buenos Aires, sorprende al gobierno militar surgido del golpe del 4 de junio de 1943. Dicha manifestación tenía unas características distintas a las que se había sucedido antes en el país. En efecto, las gentes que marchaban por las calles en esa fecha, tenían un aspecto distinto. Muchos de ellos iban descalzos, y muchos otros vestían ropas propias del trabajo rural. Algunos venían a caballo, y se expresaban en su lenguaje con términos inusuales en la jerga porteña.

¿Qué estaba pasando? Simplemente, que la nueva clase obrera surgida de un proletariado de origen rural, y recién incorporado al desarrollo industrial estaba empezando a ocupar un lugar de enorme importancia en el devenir histórico argentino, donde todo ocurría en Buenos Aires y para la oligarquía argentina.

El gobierno militar que era presidido en ese tiempo por el General Edelmiro Farrell, muy presionado por la vieja oligarquía criolla, y por el embajador norteamericano Spruille Braden, había destituido y encarcelado al Secretario de Trabajo y Previsión Coronel Juan Domingo Perón, y para aislarlo más todavía lo había internado en una prisión militar en la isla de Martín García, en el Río de la Plata, en aguas argentinas, y muy cerca de la costa uruguaya de ese río.

Ante la popularidad que estaba adquiriendo Perón en sus contactos con los bisoños sindicatos de trabajadores, y con la nueva central obrera CGT (Confederación General del Trabajo), su persona estaba siendo peligrosa para el imperio USA, que acababa de salir victorioso de la guerra mundial, y gozaba de las mieles de su gran poder militar.

Hay que tener en cuenta que Estados Unidos no habían sufrido la guerra en su territorio, a diferencia de los actores europeos, que sufrieron importantes y muy graves daños en sus infraestructuras, y una importante mortandad sobre todo de hombres jóvenes. La URSS tuvo en esa guerra 27 millones de muertos, además de la ruina de ciudades como Stalingrado, Leningrado, Moscú, Minsk, Kiev, además de la destrucción de sus industrias y fábricas de máquina herramienta.

La enorme movilización popular del día 17 de octubre de 1945, hizo recular al gobierno del General Farrell que tuvo que liberar a Perón, reponerlo en la Secretaría de Trabajo y Previsión, y permitirle hablar a las masas desde el balcón de la Casa Rosada (Casa de Gobierno).

Esto significaba una grave derrota para el imperio y para su embajador Spruille Braden, ya que todos los embajadores USA, se ingieren en los asuntos internos de los países a donde son enviados.

A partir de ese momento, el paso siguiente de Perón es proponerse como candidato a la presidencia de la República. Pero Perón no tiene un partido político que lo proponga, y para eso un dirigente sindical de entonces, Cipriano Reyes, le ofrece un partido que había registrado como tal, pero que era totalmente desconocido. Se trataba del Partido Laborista, que inmediatamente se lanza a una campaña de recogida de apoyos y gana por goleada las elecciones que se celebran el 24 de febrero de 1946. Contra toda la prensa escrita y radiofónica (no había todavía televisión) y contra el importante apoyo financiero de la embajada USA, y contra también las encuestas, la candidatura de Perón y Quijano (vicepresidente), gana las elecciones. Entre otras cosas, la campaña electoral peronista, se basa en una apuesta, que la débil propaganda electoral peronista divulga, y que era «Braden o Perón». Y gana Perón.

Los inicios del nuevo gobierno encuentran a la República Argentina con un nuevo estilo de gobernar. La vieja oligarquía ligada a los intereses británicos y norteamericanos asiste impotente a la pérdida de muchos de sus privilegios, que estaban ligados al negocio de la venta de carnes y granos. Se crea la Junta Nacional de Carnes y la Junta Nacional de Granos, nuevos organismos estatales que fijan los precios de carnes y granos, siendo los únicos vendedores y monopolizando el comercio exterior de esos bienes. Se crea la empresa Yacimientos Carboneros Fiscales, que monopoliza para el estado la producción de carbón mineral y su venta, se nacionalizan los ferrocarriles y se crea la Flota Mercante del Estado; se crea la empresa Aerolíneas Argentinas.

En la provincia de Córdoba se crea la primera fábrica de aviones militares, y se fabrica el primer avión caza argentino a reacción con el nombre de Pulqui, que curiosamente es casi igual al Mikoyan (Mig 15 soviético). En ese mismo año 1946, se pone en marcha el Primer Plan Quinquenal, que relanza la economía nacional con el objetivo de logar la independencia económica. El nuevo gobierno se propone tres objetivos fundamentales a saber: Soberanía Política, Independencia Económica y Justicia Social. Pero para todo ello necesitaba apoyo exterior que le ayude a romper el asedio imperial y con esa necesidad comienzan a explorarse las posibilidades de lograr la ayuda de la URSS.

Las primeras exploraciones se llevan a cabo entre el Ministro de Economía argentino Miguel Miranda que viaja a Moscú, y el entonces ministro de Asuntos Exteriores de la URSS Viacheslav Molotov.

Es así, que en el mes de febrero de 1948 una delegación argentina viaja a Moscú, invitada por el gobierno soviético para comenzar a intercambiar productos alimenticios por material ferroviario, máquina herramienta, material de exploración petrolífera, camiones y automóviles, rieles, artículos de piel, muebles, etc.

La delegación estaba integrada por el ministro de AAEE que era Atilio Bramuglia, un hombre brillante, el ministro de comercio que era el Doctor Ramón Cereijo, el ministro de economía que era Miguel Miranda y el ministro de asuntos agrarios de la Provincia de Buenos Aires que era mi padre, el ingeniero agrónomo Gregorio Herchhoren.

A raíz de ese viaje, en el año 1949 se celebró en Buenos Aires, y concretamente en el puerto, una exposición de la industria soviética enorme que ocupó casi 20 kilómetros cuadrados, y que estaba programada para durar un mes, y que gracias a la enorme afluencia de interesados duró dos meses más.

Sin ninguna duda, el gobierno de Perón significó una auténtica revolución, y la importancia de la misma quedó de resalto, cuando la delegación argentina que viajó a la URSS, fue recibida en el Kremlin en el salón Catalina por el mismo Stalin. Mi padre que era hijo de un capitán de fragata que tuvo que emigrar a Argentina en 1910 por haber sido uno de los dos oficiales que se plegaron a los marineros en la famosa sublevación del acorazado Potemkin, concitó la atención de Stalin, que le hizo depositario de un abrigo de piel para que se lo entregara a Evita.

Pero, ¿qué clase de revolución era esa? Era una revolución burguesa que había desplazado a la vieja y parasitaria oligarquía rural vinculada a los frigoríficos ingleses y al negocio de la carne.

Esos frigoríficos manejaban el principal renglón de la economía nacional, y fueron nacionalizados, y en la provincia de Buenos Aires, se crearon los frigoríficos regionales, que pertenecían al estado provincial, y que estaban gestionados por el ministerio de asuntos agrarios como medida de protección a los pequeños ganaderos.

Pero, ¿dónde estaba la «izquierda» argentina durante los gobiernos de Perón? Estaba enfrentada al gobierno peronista en un ejercicio de torpeza y ceguera absoluta. La clase obrera estaba masivamente apoyando a Perón y su gobierno y el Partido Comunista Argentino acusaba a Perón de fascista, aplicando categorías impropias de un país dependiente como era Argentina en esos tiempos. Mientras tanto, por la red ferroviaria nacional circulaban trenes arrastrados por las locomotoras soviéticas que llevaban en su frente una estrella roja, que era un emblema de la URSS. Ese era el gobierno fascista de Perón.

En 1955, el día 16 de septiembre, se produce un golpe contra el gobierno legítimo de Perón, este si de matriz fascista, que desata una represión contra la clase obrera e inaugura la cadena de muertes y desapariciones. Ese gobierno contó con un apoyo pasivo del PCA, con la única excepción de una fracción liderada por el escritor Rodolfo Puiggrós, que renuncia a la afiliación al PCA, y apoya firmemente al gobierno depuesto de Perón.

La clase obrera pagaría muy caro ese apoyo, y perdería todos los beneficios que había logrado en toda la historia de la Argentina reciente.

Al día de hoy, la clase obrera sigue siendo peronista; pero al día de hoy hay que decir sin ambages que la burguesía argentina ya no apoyaría un proyecto político como el de 1946, y que la clase obrera de estos tiempos usando la figura de Perón ya no se plantea asociarse con la burguesía cipaya de 1955, sino que el peronismo ha evolucionado y su objetivo es ahora el socialismo. La izquierda desde hace ya muchos años, está en la clase obrera peronista y no peronista, y sabe que su liberación pasa por una argentina revolucionaria, que yugule definitivamente a la vieja oligarquía que ahora ya no es terrateniente solamente, sino que es financiera y que está ligada a los bancos extranjeros, y a los organismos internacionales de crédito como el FMI y el Banco Mundial.

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La recepción de la noticia de la Revolución de Octubre en Estados Unidos

Juan E. Duque

Los obreros, campesinos y soldados rusos, representados en los Sóviets —o Consejos Populares— organismos democráticos, muestra de la capacidad organizativa del pueblo en su lucha contra el despotismo, conquistaron el poder político el 7 de noviembre de 1917. John Reed, periodista estadounidense, poeta y ardiente revolucionario, partícipe y testigo ocular de este gran acontecimiento conocido como la Revolución Bolchevique, quien dos años después la narrara detalladamente en su famoso libro Diez días que estremecieron al mundo, fue el primero en dar a conocer este hecho al pueblo de Estados Unidos; desde Petrogrado, envió la noticia por cable al New York Call, diario socialista que la publicó el 22 de noviembre del mismo año.

Incluía el despacho una página de eventos acaecidos en días anteriores al 7 de noviembre y afirmaba: “Los Consejos de las bases populares, de obreros, soldados y campesinos tienen el control; Lenin y Trostky sus líderes. Su programa: dar la tierra al campesino, socializar los recursos naturales y la industria, y llamar a una conferencia pro armisticio y paz democrática”.

Ocurre esta revolución cuando el mundo se encontraba sumergido en el caos y el horror de la primera guerra mundial, contienda de encarnizadas batallas y estremecedora destrucción, entre países imperialistas que se despedazaban por el reparto del mundo. Alemania, los imperios austrohúngaro y turco-otomano combatían a los llamados aliados, Gran Bretaña, Estados Unidos, la Rusia zarista, Italia y Japón. Al otro lado del Atlántico, bajo el gobierno de Woodrow Wilson, Estados Unidos, enfrentado interiormente a la militancia de sus clases trabajadoras que luchaban por mejores condiciones laborales y económicas, perseguía y encarcelaba sindicalistas, pacifistas, y líderes de derechos civiles; deportaba inmigrantes y coartaba toda manifestación democrática. En este contexto Estados Unidos recibía la noticia de la revolución bolchevique.

Philip S. Foner, prominente historiador marxista, en su compilación y estudio de diversos documentos publicados en Estados Unidos durante los años de 1917 y 1921, atestigua la bienvenida que a la Revolución Bolchevique daban amplios sectores desafiando las redadas de Palmer, la histeria anti roja, y en general, la política anti rusa y anti obrera del gobierno.

Foner incluye en su recopilación valiosos documentos —resoluciones, comentarios, demostraciones, comunicados procedentes de sindicatos y partidos políticos, de iglesias y de organizaciones, de periódicos y de prominentes políticos y personalidades, incluyendo afrodescendientes, judíos y otras nacionalidades— que evidencian, bajo diferentes perspectivas, una entusiasta acogida a la Revolución Bolchevique; pero no sólo en palabras, a su vez, demuestran que estos sectores exigían al gobierno de Estados Unidos tomar medidas cruciales, tales como, suspender el bloqueo económico a que sometió la nación rusa, suspender su apoyo militar y financiero a la Guardia Blanca que atacaba al Ejército Rojo, y detener en el Oriente la invasión a Siberia; los documentos señalan, asimismo, las mentiras, calumnias e increíbles historias de horror, con que los capitalistas y su prensa trataban de desprestigiar la revolución y sus dirigentes, pues ellos vieron en el poder de los sóviets una tétrica pesadilla: ¡sus próximos sepultureros! Consternados, los gobiernos de los países beligerantes, amigos y enemigos, se unieron en coro para difamar y desconocer la democracia popular recién instaurada en Rusia y, sobre todo, para tratar de asfixiarla sumergiéndola en ataques económicos, militares y mediáticos. Puede observarse, haciendo aquí un paréntesis, que estas mismas maniobras, apuntadas contra Rusia por los imperialistas hace cien años, las apuntan hoy día contra las revoluciones democráticas en Venezuela, Cuba y otras naciones.

Entre los primeros que manifestaron su apoyo a la revolución, figuran en los documentos Los amigos de la Revolución rusa, organización que, a los pocos días de conocida la noticia, convocó un mitin con el propósito de instar al Congreso a establecer relaciones amistosas con el nuevo poder democrático y adoptar su demanda por una paz inmediata, libre de anexiones e indemnizaciones. En otra manifestación, “Paz, paz, queremos la paz”, clamaban 3.000 personas reunidas en el casino New Star en la avenida Park y la calle 107, en Nueva York, el 5 de diciembre, cuando el economista y activista político, doctor Issac Hourwich, ante la multitud, llamaba a la paz y exponía en su discurso las mentiras que diseminaba la prensa sobre la Revolución rusa. No por casualidad, el mismo grito resuena hoy día en Venezuela: ¡Queremos la paz, exclaman al unísono y repetidamente el gobierno y el pueblo venezolanos! Varios meses después, en 1918, el Chicago Daily News, periódico popular, no de izquierda, aunque cuestionaba el liderazgo bolchevique, abrazaba en un editorial el carácter de los sóviets: “Pero es absolutamente necesario para nosotros creer en los sóviets… de cada villa rusa vemos delegaciones asistiendo al sóviet provincial y de éste vemos delegados asistiendo al Congreso de Sóviets de toda Rusia, el sóviet se ha convertido en el sistema nervioso de comunicación y en el cerebro que decide en Rusia”. Hoy en día, cien años después, vemos en la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela una réplica del espíritu democrático de los Sóviets. Así como los bolcheviques lideraron transfiriendo el poder a los Sóviets, así mismo el gobierno de Venezuela se fundamenta en el poder del pueblo, en el poder de los más amplios sectores sociales venezolanos, aglutinados en la Asamblea Nacional Constituyente.

En particular, los partidos de izquierda estadounidenses, a pesar de sus discrepancias, sobre todo entre los que proponían adoptar a los sóviets en Estados Unidos y los que afirmaban que éstos no encajaban en las condiciones de esta nación, espontáneamente se unieron en bloque olvidando las diferencias, aunque sólo temporalmente, y reconocieron la organización más democrática que surgía de la ardua lucha por establecer un nuevo orden social: los Sóviets o Consejos Populares.

http://semanariovoz.com/la-noticia-la-revolucion-bolchevique-usa/

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Rusia vuelve sus ojos hacia Stalin y el pasado soviético

La semana pasada Alexandre Bortnikov, el jefe del FSB, el servicio secreto ruso, concedió una entrevista al diario Rossiiskaya Gazeta en la que alude a las purgas internas emprendidas por el Partido bolchevique (o sea, por Stalin) en los años treinta.

El motivo de la entrevista es el 100 aniversario de la fundación de la Cheka, la policía soviética, antecedente del KGB y luego del FSB.

Pero para que el lector ubique política e ideológicamente a Bortnikov hay que aclarar que es miembro de lo que en Rusia llaman el “Clan de San Petersburgo”, un grupo cercano al Primer Ministro Medvedev, o sea, neoliberales y oligarcas, muy impopulares en la Rusia actual. Nada más opuesto al bolchevismo o a Stalin.

A diferencia de los charlatanes que soportamos por estos lares, Bortnikov ha consultado los archivos, en los que ha descubierto que, en efecto, como dijeron entonces los bolcheviques, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial los imperialistas trataron de dar un golpe de Estado en la URSS con el apoyo de ciertos sectores internos del propio Partido bolchevique que, además, mantenían relaciones con el espionaje exterior.

Como consecuencia de la entrevista, más de 30 miembros de la Academia de Ciencias han enviado una carta colectiva al sitio del Kommersant en internet porque temen que la revisión del papel del KGB en los años treinta sea “intencional” y concluya en una rehabilitación de Stalin.

Resultaría paradógico que un “comunista” como Jruschov condenara a Stalin y 60 años después un burgués como Putin lo rehabilitara.

El caso es que, al menos en Rusia, muchos se van dando cuenta de que la historia no ha sido como se la han contado. Incluso la rehabilitación llega a figuras denostadas hasta el ridículo durante la Guerra Fría, como el botánico Lysenko, y no sólo en Rusia sino también en occidente. Las máscaras van cayendo. Revistas científicas, como Current Biology o Evolutionary Biology, vuelven sobre sus pasos y le consideran como un precursor.

Si pudiéramos simplificar el arco ideológico de la oligarquía dominante en Rusia, a los neoliberales de Medvedev habría que sumar los nacionalistas de Putin, cuyo partido Rusia Unida está cada vez más desprestigiado (a diferencia del propio Putin).

No obstante, el nacionalismo ruso es un valor en alza a causa del asedio de las grandes potencias imperialistas. Los rusos ya no buscan referencias fuera de sí mismos, de su propia historia, de toda ella, incluida la historia soviética.

Estamos tentados de asegurar rotundamente que tras la “desestalinización”, Rusia se vuelve a “stalinizar”, pero sería un error. Ni la URSS ni Rusia se “desestalinizaron” nunca. Fue cosa de los papeles, de los “historiadores” de pacotilla, de los intelectuales burgueses, de los altavoces del imperialismo y de sus sicarios revisionistas que caló mucho menos de lo que cabría pensar, dado lo agobiante de la propaganda.

Dentro y fuera de la URSS, las masas siempre reservaron un lugar para Stalin, como máximo símbolo del poderío del movimiento obrero mundial, cuya cabeza visible fue la URSS.

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El viaje de Lenin en el tren blindado a través de una Europa en guerra

Lenin y su mujer Krupskaia llegaron a Berna, Suiza, en 1914 en calidad de exiliados políticos. Años antes, la pareja había vivido en Ginebra. En esta segunda ocasión se establecieron en la capital helvética hasta febrero de 1916, cuando se mudaron al número 14 de Spiegelgasse, en el casco antiguo de Zurich. Una placa junto al portal recuerda la estancia de Lenin.

Las razones del traslado fueron políticas: en plena guerra imperialista, Lenin buscaba aliados para reconstruir la Internacional y los socialistas de Zurich estaban más avanzados que los de Berna. En la ciudad a orillas del Limmat, Lenin pasó buena parte de su tiempo asistiendo a las reuniones de los socialistas suizos. En Zurich escribió su obra “El imperialismo, fase superior del capitalismo”, publicada hace 100 años.

Lenin permaneció durante poco más de un año en Zurich. La Revolución de Febrero y la caída del zarismo le abrían las puertas para regresar a Rusia.

Pero para volver necesitaba pasar por Alemania, entonces en guerra con Rusia. A Alemania le interesaba Lenin y a Lenin le interesaba Alemania. Por eso Alemania organizó la expedición en un tren blindado que evitara cualquier contacto entre la población alemana y los bolcheviques rusos.

El 9 de abril de 1917, cuando la dirección bolchevique se reunió en la Estación y se preparaban para salir, apareció otro grupo de exiliados rusos (eseristas, mencheviques y otros) que se les acercó para insultarles, gritándoles que se habían vendido al imperialismo alemán.

Los bolcheviques se habían guardado un as en la manga, una ficción jurídica: obligaron a los alemanes a declarar que el tren era “extraterritorial”, es decir, que es como si nunca hubieran pisado suelo alemán.

El tren dejó la estación de Zurich para adentrarse en la historia. Lenin viajaba en el último vagón del convoy, acompañado de Krupskaia y otros 32 dirigentes bolcheviques que, hasta entonces, habían vivido exiliados repartidos por toda Europa. La mayoría eran rusos, pero también había un suizo y un polaco.

El tren llegó a Berlín el 11 de abril, de donde continuó hacia el Báltico, al puerto de Sassnitz, donde un memorial recuerda la llegada del legendario tren blindado.

En el puerto tomaron un ferry que los trasladó a Malmoe, Suecia, en la otra orilla del Báltico, desde donde se trasladaron a Estocolmo. En la capital sueca hicieron una breve parada para mantener una reunión con los internacionalistas suecos.

Luego no tomaron otro ferry para ir directamente a Petrogrado sino un tren que recorrió toda la costa del Báltico, cruzó la frontera con Finlandia en Tornio e hizo una breve escala en Tampere, el lugar donde Lenin había conocido por primera vez a Stalin en 1905. Hoy en la localidad sigue existiendo el Museo Lenin que evoca los numerosos lazos comunes entre la URSS y Finlandia.

Tras ocho días de viaje, el 16 de abril el tren arribó finalmente a San Petersburgo, donde a Lenin le esperaban muchos bolcheviques en la Estación de Finlancia, la mayor parte de ellos recién salidos de la cárcel.

Estaban exultantes. Creían que la Revolución de Febrero colmaba sus muchos años de lucha y le insistieron a Lenin para que pronunciara un discurso allí mismo. No le quedó más remedio que tomar la palabra, que fue como un jarro de agua fría para sus camaradas: la Revolución no había acabado, como suponían, sino que empezaba en ese momento.

Para eso había viajado enfrascado en la redacción de las Tesis de Abril.

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Kim Philby: el fascismo y el imperialismo nunca perdonan sus humillantes derrotas

El británico Kim Philby (1912-1988) fue el agente doble más importante de la historia del siglo XX y un auténtico encantador de serpientes durante 30 años. Reclutado por los soviéticos con 22 años, dinamitó el prestigio del MI6, el servicio secreto británico, porque nadie podía sospechar que el hijo de un héroe de la Inglaterra colonial pudiera ser un comunista militante.

Philby demostró que es posible vencer al fascismo y al imperialismo, algo que jamás le van a perdonar. Se preguntan cómo es posible que les engañara y eso les ha hecho escribir infinidad de estudios. Su vida inspiró la novela “El topo” de John le Carré. Durante 30 años Philby luchó por el comunismo y por la defensa de la URSS y nunca renunció. El comunista británico tiene más biografías que muchos primeros ministros, litros y litros de tinta gastados en una historia que inquieta al imperialismo.

Formó parte del “Círculo de Cambridge”, un grupo de estudiantes comunistas formado por Guy Burgess, Donald MacLean, que luego sería diplomático y responsable, junto a otros, de transmitir a Moscú toda la información disponible sobre el programa de armamento nuclear norteamericano, Anthony Blunt, director de la colección de arte de la Reina, y Roger Hollis, el jefe del Servicio Secreto británico entonces.

Philby inició su carrera en la Guerra Civil española, donde alcanzó su plena madurez como espía al servicio de la URSS. El franquismo se cuidó de ocultarlo porque el propio Franco estuvo en su lista de embaucados, lo cual tampoco era demasiado complicado. El contacto de Philby en los servicios secretos soviéticos le ordenó que encontrara la forma de ejecutarlo, pero -lamentablemente- no pudo cuplimentar esa misión.

Siempre fue un enamorado de España y hasta sus últimos días afirmó que, de volver a Occidente, le hubiera gustado visitar España. Llegó por primera vez a España en 1937 como periodista autónomo con la doble misión de informar sobre el armamento que los italianos y los alemanes estaban empleando aquí y, sobre todo, para recabar datos sobre aquel general mediocre en auge a golpe de matanzas en masa.

Gracias a los contactos de su padre, Harry St. John Philby, le nombraron corresponsal del “Times” en España. Estuvo en Sevilla, después en Salamanca y Burgos. Cubrió muchísimas batallas: la ofensiva del Norte en Bilbao y también en la batalla de Teruel en diciembre de 1937, donde sobrevivió al impacto de un obús republicano contra su coche, que mató a otros tres corresponsales anglosajones que viajaban con él. Philby solo sufrió una herida en la cabeza.

El ataque le dio acceso directo a los mandos franquistas. Poco después recibió una llamada telefónica de Pablo Merry del Val: “Franco quiere verte. Te va a condecorar por haber demostrado tu valor en el frente de batalla ante los comunistas”. Philby recogió la Cruz Roja al Mérito Militar de manos del propio criminal Franco, le que le permitió moverse con libertad entre las líneas fascistas. Hasta entonces los golpistas le había hecho la vida imposible a los corresponsales, porque pensaban que iba a ser una guerra muy corta. Él representaba exactamente la clase de periodista que buscaban para revertir esto: un joven reaccionario comprensivo con los fascistas.

Mientras se dejaba agasajar, Philby se dedicaba a enviar cartas -en apariencia de amor- a una dirección en París usando tinta invisible con información precisa para los soviéticos. Sus contactos españoles y su buen trabajo en la Península dejaron satisfechos a los soviéticos y también a los jefes de su diario. Le condecoraron con la Orden del Imperio Británico.

En 1939 la Segunda Guerra Mundial le llevó a aparcar el periodismo (que en su caso era una tapadera) para dedicarse a labores de espionaje en el MI6. Su influencia le aseguró un puesto en este organismo como encargado del contraespionaje en la Península Ibérica durante el verano de 1941.

En 1949 fue destinado a Washington con un puesto capital: enlace entre el espionaje inglés y la recién nacida CIA. Se convirtió en amigo íntimo y consejero de James Angleton, el primer director de la CIA, a la que dio uno de sus golpes maestros: informó al KGB de un plan para enviar terroristas a desestabilizar Albania.

Llegó a ser jefe del servicio de contraespionaje frente a los mismos soviéticos a los que informaba. En 1950 alertó a otros dos miembros del “Círculo de Cambridge”, Burgess y MacLean, de las sospechas que se cernían sobre ellos. Al año siguiente ambos huyeron a Moscú. La situación de Kim se tornó enormemente comprometida, insostenible.

Hasta entonces nadie había sospechado que aquel hombre apadrinado por el franquismo y de un entorno reaccionario pudiera ser un doble agente.

En julio de 1951 fue apartado provisionalmente del MI6 e interrogado. Estaba próximo a ascender a la cúpula de los servicios secretos. MacLean era un íntimo amigo. O había sido muy tonto o era un agente doble.

Caído en desgracia, Philby vio en España la oportunidad de recuperar la confianza de los servicios secretos. En 1952, regresó aquí para, supuestamente, dedicarse a la importación. No sabía nada de comercio y este era el país más atrasado de Europa. Utilizó de nuevo a los franquistas para limpiar las sospechas.

En 1955 montó su mayor espectáculo: una rueda de prensa en casa de su madre para desmentir que fuera un espía soviético.

Al año siguiente el MI6 le destinó a Beirut en la última de sus misiones en compañía de uno de sus antiguos compañeros, Nicholas Elliott,  que tenía la misión de arrancarle una confesión.

En 1963 Elliott logró que asumiese verbalmente su compromiso con la URSS. Seis días después fue convocado a una cita en la Embajada británica en Beirut. Era una trampa para detenerle. Llamó a su enlace del KGB y el 23 de enero de 1963, en una noche de tormenta embarcó en un carguero que le trasladó a Odesa, de donde viajó a Moscú.

En la URSS alcanzó el grado de coronel del KGB con la máxima condecoración. Tras fallecer en 1965, recibió un funeral de héroe de la URSS, con máximos honores, y hasta emitieron un sello de correos con su rostro.

Un vídeo de 1981 emitido por la BBC muestra a Philby instruyendo a los agentes de la Stasi, el servicio secreteto de la República Democrática Alemana: “Mi consejo es no confesar jamás”, les dice.

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El último escondite de Lenin

Libardo Muñoz
La lluvia de las dos últimas noches le da a Petrogrado un aspecto húmedo y sucio. A tres kilómetros de la casa de Margarita Wassiljewna Fofanova el zar Nicolás lleva dos noches de insomnio. Un mensaje llega antes de las 7 de la mañana al escritorio del monarca que luce extraño a lo que está ocurriendo: “Empeora aún más la situación, urge tomar decisiones inmediatas, mañana será demasiado tarde, llegó la hora suprema en la que se van a resolver el destino del país y de la dinastía” – Rodzianko-
En vano, Nicolás trata de recuperar algo de sueño y deja el mensaje con un gesto displicente. La historia sigue su marcha. La madera de los coches cruje y los cascos de los caballos suenan contra el empedrado. En las afueras, unos cortejos fúnebres se entrecruzan, son los entierros de ambos bandos, la parte más triste de la Revolución, allí van los que ya no escucharán los cañonazos del “Aurora”, que están más próximos de lo que se cree.
En muchas ventanas hay fusiles emplazados, guardias rojos, como el zar, llevan varias noches sin dormir, y tienen las cartucheras con sus revólveres colgados al pecho. Los alzados tienen su propia decoración en la atmósfera cargada y tensa de la ciudad. Los parias de la tierra, escriben la epopeya que dejará al mundo sin respiración.
En la nomenclatura de la época, Lenin, más impaciente y desesperado que nunca, se esconde en el apartamento 41 de Sverdlovskaia Street. El jefe de la revuelta está de incógnito protegido por Margarita Fofanova, militante bolchevique desde 1902.
Como la Fofanova, así a secas, la conocería el Estado Mayor que le encomendó la tarea de esconder a Lenin, ella y Eino Rahja, con dos revólveres debajo del abrigo, serán las únicas dos personas que estarán más cerca del líder revolucionario antes de la toma del poder.
La mujer que esconde a Lenin
Margarita Fofanova sufrió su primer arresto en 1903, se convirtió en experta en agronomía, en 1917 después de la Revolución de Octubre fue Diputada del Sóviet de Petrogrado. El papel de La Fofanova era, además de protegerlo en su apartamento de un 4º Piso, mantener a Lenin informado de todo y ser su enlace con el Comité Central. Murió La Fofanova el 29 de marzo de 1976 en Moscú, donde nació el 2 de octubre de 1883, mantuvo una gran lucidez mental y nos deja este relato divertido, dramático y estremecedor de aquellas horas cruciales: “A fines de septiembre, Lenin llegó directamente a mi casa, recuerdo que fue un viernes a eso de las cinco de la tarde. Venía directamente de la estación del tren que quedaba cerca de mi casa. Cuando nos quedamos solos, me pidió que le mostrara el apartamento. Cuando entramos a la habitación y le mostré el balcón, Vladimir Illich sonrió alegremente y dijo: ‘Magnífico. Ahora debemos ver si el canalón pasa cerca de mi pieza en caso de que tenga que bajar por él, salió al balcón, contó las ventanas y observó: la pieza está bien elegida’”.
Lenin era un lector insaciable, como correspondía a su papel de ideólogo y conductor de la que iba a ser una sacudida de la humanidad, la de los parias de la tierra, de millones de seres anónimos que ya no tenían más que las cadenas para perder.
Continuemos de la mano de la Fofanova: “Por lo general Lenin leía todos los periódicos que entonces se publicaban en Petrogrado. Como yo no siempre podía comprarlos todos, me veía obligada a ir al centro. Pero incluso allí tenía que buscar los que necesitaba. Si yo no conseguía comprar algún periódico, Lenin se afligía. Por la tarde me daba un papelito en el que anotaba los números que le hacían falta para que yo se los consiguiera de alguna manera. Recuerdo que una vez me pidió que le trajera todos los números de las noticias del Sóviet de diputados campesinos de toda Rusia. Eran muchos y Lenin estuvo dos días leyéndolos, incluso, por las noches. Por último dijo: ‘Bueno, creo que me he estudiado a los socialdemócratas al derecho y al revés. Sólo me queda por leer el mandato de sus campesinos. No es broma el mandato ha sido firmado por 242 diputados locales. Nosotros lo pondremos como base de la Ley sobre la tierra. ¡Que traten entonces de desentenderse los socialdemócratas de izquierda!’”.
Un enérgico mensaje
Desesperado, acosado por el torbellino de los rumores que llegaban a su piso, Lenin envía a Margarita Fofanova al Smolny: “Vaya al Comité Central, averigüe que pasa, ya no se puede seguir aplazando la sublevación armada”. ¿De qué tienen miedo? Pregunta Lenin, y él mismo se responde: no esperaré más allá de las once.
Lenin se queda sólo y da vueltas en la habitación y cada rato mira su antiguo reloj de plata, que siempre lleva en un bolsillo del chaleco.
En un bote de remos, La Fofanova llega por el Neva a cumplir su misión.
Cuando regresa son las once de la noche, sube a tientas casi porque el pasillo no está bien iluminado, mete la llave en la cerradura y no encuentra los fósforos, no puede encender la lámpara pero el cristal aún está caliente.
Lenin deja la cama arreglada y no parece que alguien se haya acostado en ella.
Tampoco está el gabán de Lenin en el perchero. Margarita Fofanova se devuelve y observa que hay una cena servida que apenas fue tocada, los cubiertos están limpios, un papel pisado con el salero dice: “He ido donde vosotros no queríais que fuese. Hasta la vista. Ilich”. Lenin firmó aquella nota por primera vez, en muchos años, con su verdadero nombre.
Petrogrado ya es toda roja y se escucha un tiroteo que viene de la vieja estación de correos.
La victoria
Las prisiones están atestadas y Gorki, con algunas páginas en borrador de “Los hermanos Karamazov” en su bolsillo, llega a Petrogrado para desmentir las noticias alarmistas que daban a San Basilio, en Moscú, como una enorme hoguera ya reducida a cenizas.
Lenin salió a su cita con la historia, trató de ocultarse con la peluca y la vieja gorra grasienta que todos le conocían.
Eino Rahja va un poco más atrás, lleva los dos revólveres empuñados, uno en cada mano dentro de su abrigo también descolorido.
Gracias a un conductor de tranvía, estas dos sombras, Lenin y Rahja, que se deslizan bajo otra llovizna gris, evitan la larga caminata de tres kilómetros que los separan del grito: “Todo el poder a los Sóviets”.
El Smolny es una caldera que hierve, y en el palacio, el Zar cumplirá su tercera noche de insomnio.
Rusia está sin gobierno, a las 10 de la mañana del 25 de ese octubre de 1917, ya se había entregado a la imprenta el llamamiento “A los ciudadanos de Rusia” anunciando que el gobierno provisional acaba de caer.
Es el parto de un mundo nuevo.


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