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Memoria Histórica

Sigue la ofensiva de la OTAN y los países bálticos en defensa del nazismo

La Cancillería rusa afronta una ola de mensajes basura en sus cuentas por publicar datos sobre los delitos cometidos contra civiles por los grupos rebeldes en los países bálticos tras la II Guerra Mundial.Desde la desintegración de la URSS, dos de los países bálticos, Letonia y Lituania, elogian la actividad en sus territorios de la clandestinidad antisoviética conocida bajo el término genérico de “Hermanos del bosque”. Este mes dicha práctica de alabanza ha recibido un nuevo impulso, al publicar la OTAN un vídeo que representa a aquellos guerrilleros como héroes en defensa de sus repúblicas frente a la invasión del este.

El Ministerio de Asuntos Exteriores de Rusia dedicó varios comentarios a ese “vergonzoso intento de reescribir la historia y glorificar a los ignominiosos combatientes de las SS y nacionalistas”. Los diplomáticos recordaron también las cifras de las víctimas mortales del terror y la acción subversiva que se desencadenó en la segunda posguerra.

Así, según cálculos de la Historical Memory Foundation, entre 1944 y 1953 los integrantes del Ejército de Libertad Lituana y otros grupos nacionalistas rebeldes mataron a 887 personas en Estonia, 2.208 personas en Letonia y 25.108 personas en Lituania, de las cuales 1.045 eran niños.

Este jueves un portavoz oficial de la diplomacia rusa ha denunciado una campaña de comentarios y mensajes basura que atacan las páginas del Ministerio de Asuntos Exteriores y embajadas de Rusia en las redes sociales. Provienen en su mayoría desde Lituania, acompañados con una misma etiqueta en ruso, que se traduce a castellano como “Kremlin, no se reescribirá nuestra historia”.

Su contenido es idéntico y negativo, busca eliminar el trabajo en internet que llevan a cabo los diplomáticos para explicar el pasado común de los pueblos europeos y defender la verdad histórica. Algunos medios digitales, como fromua.news, han catalogado esta actividad como “un flashmob”.

Además, el 19 de julio fueron registradas varias llamadas a distintos teléfonos de la Cancillería con elementos de gamberrismo. Aquellos que llamaban exigieron retirar los datos sobre las salvajadas de la clandestinidad lituana en el tiempo soviético. Sin embargo, el Ministerio ha prometido continuar informando al público sobre aquellos que actualmente son alabados por la OTAN y sus países miembros.

“En mi opinión, decapitar a una persona aún viva o atormentar a muerte con una barra metálica a un representante de otra etnia para ostentar luego ante los vecinos cuántos tiene en su cuenta no es la lucha por la libertad, ni mucho menos un logro de la democracia”, comentó el presidente de la Asociación Rusa de Investigaciones Bálticas, Nikolái Mezhévich. Sin embargo, estas eran las prácticas habituales de los denominados “hermanos del bosque”, la clandestinidad antisoviética que actuaba con crueldad extrema.

“Los delitos más cruentos, horribles y escalofriantes, que estaban más allá de lo humano, se asocian específicamente con Lituania y no con Estonia o Letonia”, dijo el politólogo.

Asimismo el colaborador científico del Instituto de la Historia rusa de la Academia de Ciencias de Rusia, Alexánder Diúkov, estima que los “Hermanos del Bosque” lituanos eran “peores que los letones”. “Tenían menos vínculos con los nazis, pero en la escala de su actividad terrorista contra la población civil superan a todos los demás hermanos del bosque de las repúblicas bálticas”, explicó.

La diplomacia rusa no ha sido el único objetivo de ataques en esta campaña de alabanza de los partisanos nacionalistas. En el 2016 la periodista Ruta Vanagaite publicó un libro sobre la participación de lituanos en masacres de las población judía, cuyo título se traduce como “Los Nuestros”.

Ahora la autora sufre amenazas de venganza física y no es la actitud de un sector particular de la sociedad. El gobierno de Lituania tachó el libro como un “proyecto de Putin” y “amenaza a la seguridad nacional”.

Así son percibidos en Vilna los hechos que socavan la mitología nacionalista. “El objetivo está claro”, comentaron en el Ministerio de Exteriores ruso. “Es borrar de la historia nacional aquel hecho miserable, que entre 1944 y 1952, cuando unos lituanos acuchillaban con una rabia animal, sin piedad a los niños y los ancianos, a otros lituanos, que simplemente querían una vida tranquila y pacífica dentro de la URSS”.

—https://actualidad.rt.com/actualidad/244883-delitos-lituania-hermanos-bosque

Más información:
– La OTAN hace apología de los críminales de guerra nazis que actuaron contra la URSS

La mayor parte de los ucranianos que lucharon en la ‘División Galicia’ de las SS eran ‘uniatas’, un rito católico, por lo que los curas celebraban misas rodeados de estandartes nazis
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Memoria Histórica

La OTAN hace apología de los críminales de guerra nazis que actuaron contra la URSS

La OTAN ha difundido un vídeo de ocho minutos sobre la “Hermandad del Bosque” (en ruso Lesnie Bratya), un grupo armado nazi que actuó al final de la Segunda Guerra Mundial en los países bálticos contra lo que calificaban de “ocupación soviética”.

Al finalizar la guerra y hasta 1953 los comandos nazis del Báltico siguieron sembrando el terror, hasta que fueron exterminados por las fuerzas especiales del Ministerio soviético del Interior. Se trataba de antiguos miembros de las Legiones Bálticas de las SS o de los servicios auxiliares de la policía de ocupación que actuaron al servicio del III Reich en los territorios soviéticos.

La mayor parte de ellos eran los sanguinarios miembros de la “División Galicia” formada principalmente por ucranianos de la OUN-UPA que organizaron brutales carnicerías en los primeros años de la ocupación, tanto contra soldados del Ejército Rojo como de civiles, especialmente en la región polaca de Volinija.

Ahora la OTAN los justifica diciendo que luchaban por un “Estado báltico” porque aquellos siniestros carniceros nazis pasaron de depender del III Reich a depender de la CIA casi sin solución de continuidad. Para la URSS la guerra contra el fascismo no acabó en 1945. Estados Unidos siguió suministrando armas, documentación y toda clase de apoyo logístico a los nazis bálticos y ucranianos.

La documentación sobre el apoyo de la CIA a la OUN-UPA ya fue desclasificada y no deja lugar a dudas, a pesar de que fue una organización calificada como nazi por Washington. Ahora la OTAN reescribe la historia para calificarlos como “resistentes antisoviéticos”.

El golpe de Estado de 2014 en Ucrania favorece esta nueva manera de reescribir la historia para lavar la cara al fascismo, el de antes y el de ahora, algo que ya se había comprobado en los países bálticos, donde los nazis campan a sus anchas desde la caída de la URSS en 1991. “El espíritu de los ‘Hermanos del Bosque’ pervive en las unidades especiales de las fuerzas armadas de los tres países bálticos”, se oye en el vídeo de la OTAN con la mayor naturalidad.

Pero la OTAN se cuida de ocultar las heroicidades de sus “Hermanos” nazis, como la aniquilación del 80 por ciento de los judíos que en 1940 vivían en los países bálticos, así como los asesinatos masivos de los prisioneros de guerra soviéticos. Tras la guerra, a finales de 1946 y comienzos de 1947, numerosos campesinos lituanos fueron asesinados por los “Hermanos”, que también incendiaron viviendas y cometieron crímenes selectivos contra todos aquellos que no eran originarios de los países bálticos, entre ellos tres niños, soldados desmovilizados, militantes del Komsomol, funcionarios de los koljoses, miembros de las mesas de colegios electorales y, naturalmente, militantes comunistas lituanos.

Según datos del Fondo para la Memoria Histórica, hubo unos 900 estonios asesinados a sangre fría por los “Hermanos”, de los que un 56 por ciento eran civiles y el resto antiguos soldados del Ejército Rojo, militantes comunistas y policías.

En Letonia hubo más de 2.200 asesinatos, la mayor parte de ellos víctimas de represalias contra civiles, bombardeos, sabotajes, saqueos y destrucción de las propiedades koljosianas.

Pero, con diferencia, fue Lituania quien padeció el mayor número de víctimas: 25.000 asesinatos, de los que un 84,6 por ciento eran lituanos y el resto de otras nacionalidades. El director científico de la Asociación de Historia Militar rusa, Mijail Mjagkov, ha declarado a Ria Novosti que entre las 25.000 víctimas lituanas había 1.054 niños, de los que 52 tenían menos de dos años de edad.

http://contropiano.org/news/internazionale-news/2017/07/17/gli-eroi-nazisti-della-nato-094003

Himmler pasa revista a la División Galicia de las SS, formada por nazis ucranianos y bálticos
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Chechenia en la caída de la URSS: ni independencia ni todo lo contrario

El general checheno Dzhojar Dudaiev
Las Guerras del Cáucaso (7)

Cuando se vislumbra el final de la etapa soviética, los imperialistas comienzan a meter la cuchara en el Cáucaso y se produce entre ellos una dura disputa. La guerra de Chechenia se desarrolla en paralelo a la ampliación de la OTAN hacia el este, lo que genera un clima de extrema tensión entre Rusia, Estados Unidos y sus aliados occidentales.

En 1988 a través de Norilsk Eugenia Gaier, los imperialistas promueven la creación de la Asociación de los Pequeños Pueblos (AsPP), de la que forma parte Chechenia. Por su parte, los chechenos impulsan en 1991 la creación de la Confederación de los Pueblos Montañeses del Cáucaso, una organización pancaucásica originariamente de carácter estrictamente cultural que experimentó una rápida transformación y pasó a convertirse en una formación básicamente política, dotada incluso de milicias armadas. Esta Confederación desempeñó un importante papel en las guerras del Cáucaso norte y la Transcaucasia, desplegando una intensa actividad política.

En la república checheno-ingush se constituyó, también en 1991, el Congreso Nacional del Pueblo Checheno (CNPC), organización de oposición informal al Gobierno central de Moscú, que tenía la independencia como objetivo. Estaba presidido por un militar soviético de origen checheno, el general Dzhojar Dudaiev, un veterano de Afganistán que había dirigido una unidad de bombarderos estratégicos soviéticos en Estonia entre 1987 y 1990.

En aquellos momentos, Doku Zavgaiev, primer secretario del PCUS y presidente del Soviet Supremo de Chechenia-Ingushetia, era el máximo dirigente de la República y respaldó el golpe de Estado del Comité de Emergencia en agosto de 1991. Dudaiev, por el contrario, se opuso. El fracaso del golpe en Moscú actuó como un revulsivo en Chechenia. Provocó otro golpe en Grozni, esta vez triunfante. Yeltsin vió entonces la oportunidad de librarse de la vieja guardia y el 15 de septiembre, con el apoyo del Congreso Nacional del Pueblo Checheno, ordenó la disolución del Parlamento, destituyó a su presidente y creó un Consejo Supremo Provisional con la tarea de asumir el poder hasta la celebración de elecciones el 27 de octubre.

Los ingushes no participaron en ellas. Dudaiev obtuvo el 85 por ciento del respaldo popular. Sin embargo, fueron los jefes de los clanes los que eligieron a Dudaiev como Presidente. La población chechena está dividida en 131 clanes, de los cuales 28 desempeñan un papel principal y esa estructura social arcaica se completa con los jefes religiosos y los ancianos. El 1 de noviembre se proclama la independencia de la República de Ichkeria (nombre autóctono de Chechenia) de la que Ingushetia permanece al margen.

También regresa Aslan Masjadov para participar en la creación de las Fuerzas Armadas, de las que es nombrado comandante en jefe. Masjadov tenía sobre sus espaldas una dilatada carrera militar. Antiguo oficial del ejército soviético, estudió en la Academia de Artillería de Leningrado y estuvo destinado en Hungría entre 1978 y 1981. Equipa al nuevo ejército checheno con el material que dejaron abandonado las tropas soviéticas.

Hasta entonces Yeltsin había defendido las declaraciones de independencia de todos los pueblos, ya que le resultaban útiles para debilitar el poder de su antecesor, Gorbachov. Pero tras el contragolpe de Estado, no reconoció los resultados electorales en Chechenia e impuso el estado de emergencia. Poco después, el Parlamento anuló la orden para evitar un enfrentamiento abierto con los dirigentes chechenos.

Desde el principio Chechenia vivió inmersa en una permanente crisis que afectó a todos los sectores del país y nunca hubo mecanismos institucionales para resolverla. La proclamación de independencia dio lugar al éxodo de los rusos residentes en la región, que se cifra entre 45.000 y 240.000 personas. La presidencia de Dudaiev se caracterizó por su tono personalista y autoritario. Las divisiones internas dentro de los independentistas, paralizaron a la nueva República. En junio de 1993 se produjo un choque entre el Presidente y el Parlamento; los diputados destituyeron a Dudaiev y al primer ministro Mamodaiev, y éstos ordenaron su disolución.

La nueva República articuló su política sobre dos grandes pilares. El primero, de índole religiosa, basado en el islam como elemento cohesionador, no sólo de la sociedad chechena, sino fundamentalmente de todos los pueblos musulmanes del Cáucaso norte, es decir, el panislamismo. El segundo, el reforzamiento de la CoPC para consolidar la unidad política de los pueblos del norte del Cáucaso. Sin embargo, la Confederación fue adoptando paulatinamente una actitud conciliadora en las relaciones con Moscú, en contra de las tesis antirusas propiciadas por los chechenos.

Entre 1991 y 1994 la respuesta rusa a la independencia de Chechenia fue ambigua: no se reconoció pero tampoco se adoptaron acciones en contra. De hecho, Moscú pareció aceptar la independencia. Practicó una política a la vez de conciliación (negociaciones con los dirigentes chechenos) y de desestabilización (bloqueo económico, apoyo a la oposición, ataques armados). En mayo de 1992, la misma Federación Rusa que negaba legitimidad a los dirigentes chechenos, firmaba con ellos un acuerdo por el que se aceptaba la retirada de las tropas rusas estacionadas en la zona y la distribución, a partes iguales, de los arsenales disponibles en su territorio. Para Moscú cualquier intento secesionista era inaceptable. El reconocimiento de la independencia chechena suponía un precedente para otros pueblos de la Federación, que provocaría su desestabilización.

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El Ministerio alemán para los ‘emigrantes’ como instrumento de expansión imperialista

Aschenauer, con toga
Las Guerras del Cáucaso (6)

Entre otras funciones, el capitán Theodor Oberländer había sido delegado regional en Prusia oriental de la VDA (Verein für das Deutschtum im Ausland, Asociación para la promoción de la identidad alemana en el extranjero) y en 1955 fue ministro “des Vertriebenen”, que podemos traducir como ministro “para los alemanes emigrados o expatriados”. Desde el final de la guerra había formado el “Bund der Vertriebenen”, la Liga de los Emigrantes, un partido nazi integrado en la vida política de la República Federal de Alemania y hacia aquellas fechas fusionado con la CSU. Oberländer no solamente salvó su vida sino la de muchos nazis impidiendo que cayeran en manos soviéticas. Sabía que en manos de los imperalistas todo iba a ser diferente y que Alemanía sería lo que tenía que ser. Sólo había que intentar lo mismo por otras vías. La República Federal de Alemania tenía que convertirse un III Reich sin cruces gamadas… pero con los mismos nazis de siempre.

La VDA es una asociación privada que desde la unificación alemana en 1871 despliega las posiciones pangermanistas con las que los imperialistas alemanes han justificado siempre su expansionismo. Se trata de crear enclaves alemanes, como ya hicieron en 1920, y germanizar Dinamarca, Yugoeslavia, Polonia y determinadas regiones de la URSS. Para ello crearon un banco en Holanda que blanqueaba dinero procedente de operaciones secretas. Con fondos públicos alemanes compraron empresas y grupos de prensa en el extranjero. Había que formar poderosos consorcios de intereses que reclamaran la autonomía cultural, luego la independencia y, finalmente, la anexión a Alemania.

Bajo el nazismo, la VDA ocupó un lugar central en la estrategia hitleriana, sobre todo en Checoslovaquia. El espionaje sólo era una de sus variadas funciones.

A comienzos de la II Guerra Mundial, las minorías alemanas en el este de Europa prestaron una ayuda logística muy importante para la entrada de la Wehrmacht. Los miembros de la VDA desempeñaban funciones policiales, perseguían a la resistencia y exterminaban a la población local. En la URSS los especialistas de la VDA seguían un programa de germanización y, como en Argentina en 1973, secuestraron a niños que podían formar parte de dichos programas para integarlos en familias alemanas. Los que no podían ser asimilados eran entregados a la SS para su exterminio.

En 1945 los aliados prohibieron la VDA clasificándola entre las organizaciones nazis importantes y confiscando sus propiedades. Pero dos años después los viejos cuadros ya la habían revitalizado de nuevo, a pesar de la prohibición. Su jefe entonces era Hans Steinacher y su lema “raza y hegemonía”. Lo único que cambió fue su rabioso antisemitismo.

A partir de 1952 las biografías se cruzaron. Oberländer es nombrado ministro para los alemanes emigrados y, con su apoyo, la VDA, sin cambiar su nombre, recupera su estatuto oficial y sus sólidos contactos con el Ministerio de Asuntos Exteriores, que recomienza a utilizar a los afiliados de la VDA para “tareas precisas en el extranjero”.

En 1961 Steinacher mantiene una entrevista con el gobierno federal para realizar “trabajos conjuntos” y obtiene financiación secreta para ejecutarlas. Todas las redes de la VDA en el este de Europa coinciden con las antiguas que previamente había tendido Rinhardt Gehlen y forman parte del espionaje previo y posterior a la guerra mundial.

Tras Steinacher, Rudolf Aschenauer dirige la VDA hasta finales de los años setenta. Su biografía es como la de Oberländer y todos los demás: nazi y miembro de la SA, las tropas de asalto, tras la guerra mundial fue abogado de la organización nazi “Stille Hilfe” (Ayuda Silenciosa) que defendía a los criminales de guerra en los procesos judiciales. En los años cincuenta perteneció a diversos movimientos nazis y servía de enlace entre el “Deutsche Reichspartei” (Partido del Imperio Alemán) y el Ministerio del Interior, cuyo titular era Schröder, otro de sus colegas en la SA.

En muchos aspectos, por ejemplo en la diplomacia, la política oficial alemana llega a confundirse con la política nazi de la VDA y destacados miembros de esta asociación ocupan cargos clave no solamente en partidos políticos alemanes sino incluso en la Presidencia de la República y en la Unión Paneuropea. Por supuesto, en nómina también figuran europarlamentarios, de esos que denuncian el genocidio checheno de 1944…

Así que volvemos a hablar de Chechenia.

En enero de 1995 el máximo dirigente de la VDA, Karsten Schlamelcher, apareció muerto en su apartamento, muy cerca de Bonn. Su familia dijo que había sido asesinado, pero el caso está cerrado sin culpables. Schlamelcher era conocido en Alemania como el hombre de la maleta: tras la caída del muro de Berlín era quien llevaba el dinero alemán, millones de marcos, hacia el este y los Balcanes, hasta el punto de que había convertido a la VDA en un poder fáctico en los antiguos países del Pacto de Varsovia. El carácter aparentemente privado de la VDA no le ha impedido percibir fuertes sumas procedentes de fondos reservados que no eran precismente subvenciones. Sólo en 1990 y 1991 recibió de los ministerios alemanes del Interior y de Asuntos Exteriores, cien millones de marcos, teóricamente para repatriar a los alemanes que vivían en el exterior. En realidad se trataba de vincular a esos países al imperialismo alemán, sacándolos de la influencia de Estados Unidos.

Schlamelcher recorrió todo el este de Europa. Curiosamente sólo se denunciaron las actividades de la VDA en países como Dinamarca o Bélgica, es decir, en occidente, pero sabemos que su penetración en el este y en los Balcanes fue mucho más intensa. La división y la guerra de Yugoeslavia son obra directa de esta tarea subterránea porque no era suficiente con liquidar el socialismo: había que dividir aquellos países, repartirse las áreas de influencia, alejar a los competidores y rivales.

Chechenia es un ejemplo de eso.

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El supuesto ‘genocidio’ de los chechenos

Oberländer en tiempos nazis
Las Guerras del Cáucaso (5)

El 23 de febrero de 1944 los chechenos estaban o en el exilio o en su país, o combatiendo en el Batallón Bergmann o combatiendo en el Ejército Rojo. La inmensa mayoría estaban en su país y combatiendo en las filas del Ejército Rojo. Los demás, los que acompañaban a la Wehrmacht en su retirada, se dedicaban a ahorcar guerrilleros en Grecia. Sin embargo, los que se quedaron en la URSS fueron introducidos -todos- en 180 trenes y trasladados al otro lado del Mar Caspio, a Kazajistán.

A partir de aquí todo lo demás es falso y forma parte de la guerra sicológica imperialista:

— no fueron trasladados a Siberia
— no murió la mitad en el trayecto porque duró unas pocas horas
— no se trataba de ninguna venganza.

En este punto habría que establecer muchas precisiones históricas. La evacuación no cayó sólo sobre los chechenos sino sobre varios pueblos caucásicos. En aquellos trenes entraron -insistimos- todos los chechenos: también los militantes del Partido bolchevique, los funcionarios soviéticos, los cooperativistas de los koljoses, etc. Por tanto, no sólo se desplazó a la sociedad sino que se desplazó al Estado, a la propia República chechena, con todo lo que se pudo poner sobre los raíles: no marcharon las escuelas pero marcharon los maestros, no marcharon los hospitales pero marcharon los médicos, y así sucesivamente.

Menos atrevidos, algunos como Jruschov no hablan de genocidio pero sí de deportación, de castigo. El Ejército Rojo no se vengó sino que impartió justicia con los chechenos colaboracionistas en cuanto los capturaron, especialmente al finalizar la guerra mundial. No era el caso de los que se quedaron, que fueron evacuados por razones puramente militares.

En febrero de 1944 la guerra continuaba y aún no se podía saber si Alemania estaba en condiciones de contratacar, en qué dirección lo haría y si, en tal caso, Turquía entraría en ella o no. Lo cierto es que al otro lado de la frontera estaban desplegadas gran número de divisiones turcas.

No hay ninguna guerra moderna sin
grandes desplazamientos de población. En la guerra civil española, el
gobierno del PNV envió por barco a Londres a una buena partida de niños
vascos y lo mismo hizo el Frente Popular, que envió otro contingente a
Moscú. Cuando al final de la guerra cayó Barcelona, salieron a Francia
casi dos millones de republicanos, cuatro veces más que los chechenos.
Lo que diferencia a los desplazamientos soviéticos durante la II Guerra
Mundial de todos los demás (y de todas las demás guerras) es que, en
lugar de caóticos, fueron cuidadosamente preparados y planificados para
que las poblaciones padecieran el mínimo posible. En 1941, antes del
comienzo de la guerra, Stalin (de quien dicen que el ataque nazi le
pilló de improviso) también desplazó grandes contingentes de población,
unas por razones económicas y otras, como los alemanes del Volga, por
evidentes razones políticas. No es por casualidad que todos esos
desplazamientos afectaran a poblaciones fronterizas o que podían ser
alcanzadas por la guerra. Como bien sabían los imperialistas, las
fronteras fueron siempre el punto débil de la defensa soviética y la
guerra con Finlandia y las anexiones de los paises bálticos en 1940
tenían ese objetivo estratégico.

El desplazamiento era puramente
temporal. En 1956 el pueblo checheno retornó a su tierra natal. La República Autónoma de Chechenia e Ingushetia volvió
a figurar en los mapas. Se establecieron diversas reparaciones para ellos. El
gobierno soviético otorgó facilidades especiales para la educación
superior de los chechenos, lo cual permitió que se graduaran numerosos
profesionales e incluso oficiales del Ejército soviético. Por ejemplo,
Dudaiev y Masjadov, los dos primeros dirigentes de Chechenia tras la
caída de la URSS, eran de aquellos niños deportados durante la guerra y
alcanzaron -nada menos- que el rango de generales del Ejército
soviético. Nos tratan de hacer creer en una oposición irredenta de los
chechenos a integrarse en la URSS que nosotros no advertimos por ninguna
parte. Se nos antoja un poco difícil comprender cómo aquellos dos
niños, Dudaiev y Masjadov, que padecieron tan salvaje deportación y que
vieron exterminar a su pueblo (a sus familiares, a sus vecinos, a sus
amigos) a manos del Ejército soviético, se integraran luego en ese mismo
Ejército, cómo juran bandera, alcanzan el grado de generales y se les
pone al mando de escuadrones enteros de bombarderos atómicos. Y se nos
hace imposible comprender cómo luego, en 1991, vuelven a su país y su
pueblo les elige como máximos dirigentes de la nueva República…

Aquí
algo falla estrepitosamente. Las cosas no encajan. Por ejemplo, nos
quieren hacer creer que al regresar de su deportación a los chechenos se
les habían quitado sus propiedades, cuando todos pensábamos que la
propiedad privada se había abolido en la URSS…

Por cierto,
hablando de este retorno, tenemos otra duda aritmética que quienes
hablan acerca de ello quizá nos puedan responder: cómo es posible que
Chechenia haya padecido el primer y único genocidio de la historia en el
que regresan más habitantes de los que tuvieron que marchar. Los farsantes nos quieren hacer creer que la mitad de los chechenos murieron durante el
viaje que los trasladó a Kazajistán; si salieron 400.000, llegaron
200.000 a su destino y cincuenta años después -a pesar de un continuo
genocidio soviético- eran 1.200.000, eso significa que la población se
había multiplicado por seis, lo cual arroja un fabuloso crecimiento
demográfico.

¿Genocidio o baby boom?


Imagen de la evacuación de los chechenos: ¿dónde ven el genocidio
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La Segunda Guerra Mundial en el Cáucaso

Las Guerras del Cáucaso (4)

El Cáucaso entra en el Plan Barbarroja de invasión de la URSS de una forma directa y estratégica. Los nazis calculan derribar a la URSS en 10 semanas, pero la heroica resistencia del Ejército Rojo les obliga a prorrogarlo y modificar el proyecto original. Una vez frenados en 1941, los nazis se aprestan a una guerra más prolongada. Durante el verano del año siguiente concentran sus fuerzas en el frente sur, donde la gigantesca batalla de Stalingrado ha eclipsado a la guerra caucásica, en la que los nazis llegaron hasta la ribera del rio Terek, a las mismas puertas de Grozni.

Atacando el Cáucaso los objetivos nazis eran múltiples, entre otros:

— alcanzar los pozos de petróleo de Bakú
— forzar a Turquía a entrar en la guerra al lado del Eje
— enfrentarse a los británicos en Persia y Asia central.

Es bien sabido que, en su escalafón racista, los nazis consideran a los eslavos como infrahumanos (“untermensch”), por lo que podemos imaginarnos la estimación que tenían hacia otros pueblos, como el checheno. A efectos prácticos había dos posiciones entre ellos. Algunos, como Alfred Rosenberg, eran partidarios de la “independencia” de los pueblos del este, de respetar su idiosincrasia y mantener relaciones de colaboración con ellos. Pero también había quienes pretendían simplemente someterlos a la fuerza y reducir a sus habitantes a la servidumbre. Esta última política es la que impusieron el primer año de la guerra, donde las espantosas masacres cometidas en Ucrania y Bielorrusia lanzan a las masas a la resistencia y a la guerra de guerrillas. Al año siguiente aprendieron del fracaso, suavizaron sus modales y trataron de incorporar a los pueblos auctóctonos del Cáucaso a sus filas. Se imponían las tesis de Rosenberg, uno de tantos nazis nacidos en la Rusia zarista, grandes conocedores del país, su idioma y su cultura. De origen alemán pero nacido en Estonia, Rosenberg había estudiado ingeniería en Moscú, de donde huyó tras la Revolución de Octubre, trasladándose a Alemania, siendo con Hitler uno de los fundadores del partido nazi.

Tras la derrota de la URSS, Rosenberg estaba destinado a ser el ministro del Reich para los Territorios Ocupados del Este, y para cada uno de ellos (Báltico, Ucrania, Bielorrusia, Cáucaso) tenía planes específicos del papel que debían desempeñar en el futuro (“Generalplan Ost”).

En Alemania, Rosenberg reclutó para los nazis a muchos viejos zaristas y “nacionalistas”, como el georgiano Alexander Nikuradze. Físico, seguidor de las teorías reaccionarias de Spengler y Haushofer, Nikuradze se nacionalizó alemán, se afilió al Partido nazi y fue uno de los que colaboró con Rosenberg para establecer una alianza entre el III Reich y los países del Cáucaso con el fin de “liberar” a éstos del “yugo” soviético. Esa alianza tomaría la forma de una “Confederación” de todos los pueblos caucásicos encabezada por Georgia, que era el único país de la región que tras la I Guerra Mundial, durante su “independencia”, se había alineado con el Reich.

Por tanto, en 1942, una vez fracasado el año anterior el plan de colonización y sometimiento en Ucrania y Bielorrusia, se imponen para el Cáucaso las tesis de Rosenberg y su “Generalplan Ost”. Pero este plan no asume las tesis panturquistas sino las del georgiano Nikuradze. Por tanto, para los nazis, los chechenos y demás pueblos islámicos del Cáucaso sólo eran carne de cañón preparada para ser triturada en el frente. En efecto, una parte del Plan General para el Este es utilizar tropas autóctonas, caucásicas, en la lucha contra el Ejército Rojo, dar la apariencia de que no se trataba de una invasión extranjera sino de una guerra civil contra los bolcheviques, continuación de la anterior.

Dentro de la Wehrmacht se formaron en 1942 unidades de combate georgianas, azeríes y norcaucásicas a las que se le dio el nombre de Legiones Voluntarias Orientales. A diferencia de otras parecidas, como las bálticas, no formaban parte de la Waffen SS sino del ejército regular alemán y estaban dirigidas por mandos alemanes. Estas Legiones eran las siguientes: de Turkestán, de Azerbaián, de Georgia, de Armenia, de los Tártaros y de los Montañeses, que es donde se integraron los chechenos (“Nordkaukasische Sondergruppe”) formando tres batallones: los 801, 802 y 803. Cada batallón musulmán disponía de un “mullah” para las ceremonias religiosas y para arengar a la tropa en la batalla contra los impíos bolcheviques. Habían sustituido la media luna por la cruz gamada, cualquier cosa antes que la hoz y el martillo. En total las Legiones Orientales sumaban 90.000 mercenarios encuadrados en 90 batallones (seis divisiones) de los que sólo 20 entraron en combate en el Cáucaso; a ellos hay que añadir 200 compañías con labores de retaguardia, es decir, para hacer el trabajo sucio represivo. Estas fuerzas eran superiores a las que Alemania dispuso en la región durante la I Guerra Mundial. Los mercenarios de estas Legiones fueron reclutados por el general Ernst Köstring: alemán nacido en Moscú, participó en la I Guerra Mundial, luego fue asesor del atamán Skoropadski durante la guerra civil rusa y la etapa de “independencia” de Ucrania y, finalmente, desde 1927 fue agregado militar de la embajada alemana en Moscú hasta el dia antes del ataque a la URSS. Otro personaje de las Legiones era el general Bicerachov, un fanático zarista que ya había combatido a los bolcheviques en Bakú en 1918 a sangre y fuego. Otra joya era el príncipe cherkés Klyc-Girej, antiguo comandante de la “División Salvaje”, la caballería caucásica que había participado en la I Guerra Mundial y luego contra el Ejército Rojo en la guerra civil. Las hordas que se aprestaban a “liberar” el Cáucaso, además de los jefes nazis, tenían mandos autóctonos de esta calaña.

Sonderverband Bergmann

Pero esto no es lo principal ni tampoco lo más interesante; lo verdaderamente significativo es que, además de esas Legiones, y siempre bajo el mando de oficiales alemanes, los nazis formaron unidades autóctonas del Abwehr, el Servicio de Inteligencia Militar, para la realización de operaciones “especiales”, espionaje, sabotaje y guerra sicológica, tanto en el frente como en la retaguardia. Eran conocidas con el nombre de “Brandenburgo” y fueron las primeras en utilizar a los viejos contrarrevolucionarios y exiliados, lo cual es lógico porque el espionaje y el sabotaje son la antesala de la guerra.Entre las operaciones “especiales” de los brandenburgueses está la creación de la “Organización Tamara” anotada en el Diario de Operaciones del Alto Mando del Ejército alemán tres días antes del ataque a la URSS. Su objetivo era desencadenar una insurrección en Georgia a las órdenes del teniente Kramer y del suboficial Hauffe, ambos del Abwehr, aunque promovida por comandos especiales compuestos por georgianos. Estos comandos se reclutaron y entrenaron en Rumanía, un país que formaba parte del Eje fascista y donde desde 1917 había una colonia muy importante de exiliados zaristas y “nacionalistas”. El jefe del Abwehr en persona, el almirante Canaris, pasó revista a “sus” hombres durante la jura de bandera. Es fácil imaginar a todos aquellos “nacionalistas” (en realidad contrarrevolucionarios de la más baja estofa) vestidos con uniforme alemán, jurando lealtad eterna y ofrendar su vida para mejor gloria de Alemania y su Führer.

La “Organización Tamara” fracasa por el propio fracaso del Plan Barbarroja y la dilatación de la guerra.

Entonces el Abwehr encomienda a Theodor Oberländer, un profesor universitario convertido en capitán del servicio de inteligencia militar, la formación de la Unidad Especial Bergmann (“Sonderverband Bergmann”). El capitán Oberländer era otro experto conocedor de los pueblos caucásicos, materia de la que impartía sus cursos en la Universidad y que vio entonces la oportunidad de llevar sus teorías a la práctica. Su concepción era similar a la de Rosenberg: para ganar la guerra no se podía aplastar a los pueblos de la URSS, sino todo lo contrario, había que aprovecharlos, engañarlos y prometerles cualquier cosa, incluso la “independencia”, con tal de utilizarlos como carne de cañón contra la URSS.

Oberländer dividió la unidad Bergmann en tres compañías: en la primera estaban los georgianos, en la tercera los azeríes y en la segunda los norcaucásicos, entre ellos los chechenos. Desde Berlín se impidió que las unidades extranjeras que combatían en la guerra dentro del ejército alemán sobrepasaran el rango de un batallón, por lo que la unidad Bergmann llegó a ser el Batallón Bergmann, si bien sus fuerzas reales eran muy superiores. Sus tareas eran las propias de las operaciones “especiales”: preparar el terreno para la llegada de las fuerzas de vanguardia, promover el descontento entre la población, socavar la retaguardia del Ejército Rojo, incendio, sabotaje, etc. Es ocioso subrayar que muchas de estas operaciones se realizaban previa infiltración tras las líneas enemigas, vistiendo uniformes del Ejército Rojo y con armamento soviético. Una vez conquistado el Cácaso y mientras los alemanes seguían avanzando, la misión del Batallón era de “limpieza” represiva: ahorcar a los comunistas, a los koljosianos, a los guerrilleros, a los funcionarios soviéticos y, finalmente, formar los ejércitos de los nuevos Estados “independientes”…

Pero el Batallón Bergmann no era más que uno de tantas otras fuerzas autóctonas que luchaban bajo uniforme alemán contra sus propios compatriotas (lo cual resulta también muy “nacionalista”), y no en el frente precisamente sino en las tareas más sucias y criminales de retaguardia. Ya hemos mencionado el caso de las Legiones de Voluntarios; vamos a enumerar algunas otras:

— RNNA o Ejército Nacional del Pueblo Ruso al mando del coronel Bojarski (seis batallones, unos 10.000 criminales) que no luchaba en el frente sino contra la guerrilla en tareas policiacas de “limpieza”
— el 120 Regimiento de Cosacos del Don al mando del coronel Kononov, unos 3.000 también dedicados a labores policiacas de retaguardia
— el Ost Ausbildung Regiment “Mitte”, cinco batallones bajo la dirección del teniente coronel Janenko; también realizaba operaciones antiguerrilleras
— RONA o Ejército de Liberacion del Pueblo Ruso, casi 20.000 pistoleros a las órdenes del general Kaminski, siempre en misiones de “limpieza”
— la Brigada Druzina del teniente coronel Rodionov, creada por la Waffen SS.

Dentro de los planes de guerra del Cáucaso, el Ministerio alemán de Asuntos Exteriores convocó una reunión con los dirigentes en el exilio de los pueblos autóctonos del Cáucaso para abordar la ocupación como una auténtica liberación y atraerse así a Turquía a esta campaña. Presidió la reunión el conde Von Schulemburg, el mismo que había dirigido a las tropas alemanas destacadas en Georgia al final de la I Guerra Mundial, el mismo que en 1939, cuando era embajador en Moscú, preparó la firma del Pacto Molotov-Von Ribbentrop. En la reunión había muchos viejos conocidos que llegaron hasta Berlín desde Turquía. Estaba el checheno Said Beck Shamil; estaba el ingushe Dzabagi, antiguo Presidente de la República de los Pueblos del Cáucaso; estaba Jakub, dirigente del partido azerí “Mussawat”; estaba Bagration, príncipe heredero de Georgia,…

Los temas de negociación no sólo concernían a la limpieza de comunistas del Cáucaso; también había que expulsar de allá a todos los rusos, eslavos y, en general, a los no originarios de la región. La limpieza debía ser a la vez política y étnica.

No vamos a narrar la guerra del Cáucaso que, al mando de Von Kleist, se inició en el verano de 1942 y llegó justo hasta el río Terek, penetrando sólo unos pocos kilómetros en territorio checheno. Seis meses después, en diciembre del mismo año, los nazis y sus acompañantes volvieron a fracasar y recularon hasta las estepas del Don. Con ellos huyeron los colaboracionistas que no pudieron ser inmediatamente apresados. En combates feroces, las Legiones Orientales tuvieron numerosas bajas y se tuvieron que unir al Batallón Bergmann que, fuera de su ámbito y de la misiones previstas, tuvo que reconvertirse en Crimea en una unidad de combate, algo para lo que no estaba entrenado.

Al final de la guerra, conscientes del destino que les esperaba, las compañías del Batallón Bergmann trataron de entregarse a los británicos y a los norteamericanos, sabedores de que con ellos tenían más posibilidades de salvar el pellejo que con los soviéticos. No todos lo lograron; algunos fueron entregados al Ejército Rojo, identificados y pasados por la armas. Ya hemos presentado muy brevemente las biografías de algunos de aquellos pretendidos “libertadores” del Cáucaso. Podemos explorar la biografía de algunos otros que lograron escapar, como el comandante azerí Fatalibejli-Dudanginski, un desertor del Ejército Rojo que se pasó al bando contrario, donde ascendió en el Batallón Bergmann y llegó a mandar una compañía cuando cayeron muertos los mandos alemanes. No fue capturado al final de la guerra y de la represión se pasó a la política, llegando a convertirse en uno de los dirigentes del exilio anticomunista azerí. Pero no se libró de su justo castigo: un agente del contraespionaje soviético le ejecutó en Munich en 1954. El mariscal Von Kleist fue capturado por los ingleses en 1945, entregado a los yugoeslavos, quienes a su vez lo entregaron a los soviéticos, donde murió en un presidio en 1954. Escapó Theodor Oberländer, el creador del Batallón, que luego fue diputado y ministro en la República Federal de Alemania en la década de los años cincuenta. Fue juzgado en rebeldía en la República Democrática Alemana en 1960 y condenado por crímenes de guerra a cadena perpetua. Había dirigido la matanza de Lvov. Lamentablemente la sentencia no se pudo ejecutar. Tras la caída del muro, Oberländer tuvo la desfachatez de limpiar -era su especialidad- su memoria: en 1993 inició un pleito para anular la sentencia dictada en Alemania oriental y lo peor es que lo logró porque -dijeron los nuevos tribunales “democráticos” de Berlín- el fallo anterior se había fundado en pruebas “falsas”. Pudo morir plácidamente cinco años después en Bonn con la conciencia muy tranquila.

Para mayor gloria del Batallón Bergmann, vamos a finalizar narrando que continuó cumpliendo las funciones para las que había sido adiestrado, especialmente la lucha antiguerrilera en Ucrania, Grecia y Yugoeslavia, cuyos habitantes conocieron la brutalidad y el salvajismo de sus métodos de “limpieza”. La II Compañía, en la cual servían precisamente los chechenos, fue destinada al final de la guerra a Polonia; más concretamente fue la que aplastó inmisericordemente la sublevación del ghetto de Varsovia…

El uniforme de los soldados de las Legiones Orientales sólo se diferenciaba del de la Wehrmacht por un pequeño detalle: en su gorro llevaban como insignia un “kindjal”, la navaja caucásica. Los chechenos que asesinaron dentro de las unidades alemanes, son criminales de guerra, aunque imaginamos que también serían absueltos por los tribunales imperialistas alemanes, como su jefe, el capitán Oberländer. Limpieza de sangre, limpieza étnica, limpieza política… la política nazi e imperalista es siempre limpia y por eso queda también limpia de pruebas. A ellos sí hay que absolverles; a nosotros, los comunistas, a los que estamos en las barricadas contra el fascismo, a nosotros hay que condenarnos. Nosotros además de criminales somos mentirosos. Y somos criminales porque llevamos al pueblo checheno al genocidio el 23 de febrero de 1944.

Vamos a comprobar también ésto.

Tropas caucásicas del ejército alemán
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La política nacional de la Revolución de Octubre en el Cáucaso

Las Guerras del Cáucaso (3)

Hoy apenas podemos concebir siquiera la magnitud impresionante que supuso la creación de la URSS como una comunidad de naciones precisamente en un momento histórico en el que en todo el mundo capitalista los Estados multinacionales desaparecían y en el que se producían gravísimos dramas, como el salvaje genocidio armenio en 1920. A muy pocos kilómetros de distancia, el panorama nacional a un lado y otro de las fronteras soviéticas era radicalmente dispar. En el Imperio Austro-Húngaro había once nacionalidades; en la Unión Soviética más cien.Certeramente apuntó Stalin que mientras en occidente las naciones habían precedido a los Estados, en oriente sucedió al revés (1). Lo mismo cabe decir de la URSS, donde se concedió un estatuto nacional (y por tanto un reconocimiento político) a pueblos que, por su enorme atraso, no formaban verdaderamente unidades nacionales. La política nacional de la URSS, dijo Stalin, era igualitaria y otorgó el mismo tratamiento político a las nacionalidades clásicas (como Ucrania o Georgia) que a las pequeñas tribus, muchas de ellas inmersas en otros conjuntos nacionales y subyugadas por ellos. Así, existía un enclave armenio en territorio azerí (Nagorno Karabaj) y un enclave azerí en Armenia (Najichevan). Lo mismo sucedía con el encave abjasio dentro de Georgia. Según la nueva disposición nacional igualitaria de la URSS, los georgianos tenían los mismos derechos que los rusos, pero, a su vez, los abjasios tenían los mismos derechos que los georgianos.

En el V Congreso de la Internacional Comunista un militante turco dijo que los imperialistas aspiraban a conquistar los territorios de oriente, mientras los comunistas aspiraban a conquistar el corazón de oriente. Esto supuso un impacto social de primer orden en las sociedades caucásicas, especialmente entre aquéllas de tradición nómada, que fueron dotadas de todas los servicios de un Estado: un aparato político, un partido comunista local, una estructura estatal (Consejo de Ministros, gobierno republicano, jefe de Estado), una cultura nacional de la que la lengua era la piedra angular, una Universidad y una Academia de Ciencias y unos símbolos nacionales, como bandera e himno. La Revolución de Octubre aplica todos los derechos nacionales a una región que, por tradición histórica y cultural, los desconoce y forja todos los elementos conceptuales históricos, etnográficos y lingüísticos que proporcionan legitimidad al estatuto político de las nuevas repúblicas nacionales. Su existencia, a falta de un nacionalismo anterior que las fundamentara, está justificada por el desarrollo del estatuto que el proletariado soviético les confiere.

Esas naciones existen y sobreviven hoy gracias a la Revolución; esas naciones progresaron gracias al titánico esfuerzo de la URSS. Y por tanto, su dramática situación actual tiene ese mismo origen: ya no existe la URSS. Los imperialistas jamás han reconocido y jamás reconocerán nunca este gigantesco avance de la humanidad que, en medio de las más terribles condiciones externas, es ejemplar y sin precedentes en la historia. Por todo ello es comprensible que su esfuerzo esté destinado a ocultarlo y tergiversarlo.

Aquello rompió los moldes tradicionales: la URSS dividió para unir y unió para dividir. En primer lugar, fragmentó las grandes superestructuras que se pretendían crear artificialmente sobre bases lingüísticas, culturales (panturquismo) o religiosas (panislamismo). En segundo lugar, rompió con las arcaicas estructuras sociales basadas en los linajes o en la religión. Por ejemplo, Stalin dirigió un mensaje al I Congreso de Mujeres de la República Montañesa, que agrupaba -entre otras- a las mujeres chechenas e ingushes. Stalin, que no pudo asistir por encontrarse enfermo, les llama a que se organicen para impulsar la revolución (2). No es difícil imaginar el impacto que este tipo de situaciones tuvo que tener en una sociedad islámica que relegaba a la mujer a las labores del hogar.

Como es natural, los janes tradicionales perdieron sus prerrogativas políticas, pero no las abandonaron de buena gana. Esto se observa con más claridad aún en 1929, con la colectivización, que en 1917.

En 1917 estalló una gran revolución en Rusia pero en muchas regiones el viejo Estado zarista simplemente se desplomó y los bolcheviques, acuciados por la guerra civil, no llegaron inmediatamente. Por ello, varios pueblos del Cáucaso proclamaron su independencia. En mayo de 1918 se proclamó la República de los Pueblos del norte del Cáucaso, de la que formaron parte los chechenos junto con otros pueblos. Como dijo Stalin, esa República era inviable desde todos los puntos de vista:

— no interesaba a las potencias imperialistas vencedoras de la guerra mundial
— tampoco a la contrarrevolución zarista
— Turquía había sido derrotada y, a su vez, debía defenderse de los tiburones imperialistas.

Durante la guerra civil el viejo ejército zarista que invade el Cáucaso lo integran cosacos, los viejos enemigos de los montañeses musulmanes, comandados por el general blanco Anton Denikin. Su objetivo es tanto aplastar a los bolcheviques como a los independentistas caucásicos. En la nueva Turquía a la que se dirigen los independentistas, Ataturk no les presta apoyo y, además, firma un tratado internacional con los bolcheviques. Además se reproducen las ancestrales disputas internas entre ellos. En marzo de 1919 armenios y azeríes se enfrentan por Nagorno-Karabaj.

La única posibilidad para todos los pueblos de la región es unirse entre ellos y unirse a los bolcheviques. Así lo hace el jeque dagestano Unzun Hayi y, partir de septiembre de 1919, las zonas liberadas por la alianza de los bolcheviques y los independentistas forman el Emirato del norte del Cáucaso.

En 1920 acaba la guerra civil en el Caúcaso con la derrota de Denikin. El Ejército Rojo controla Chechenia, donde es recibido como una fuerza de liberación. Los imperialistas aprenden rápido y cambian de estrategia. Tras la muerte de Unzun Hayi, se vuelven “nacionalistas” y convierten a los nuevos países independizados en plataformas desde las que preparan el ataque a los soviets. Como observó el IV Congreso de la Internacional Comunista, “se armó un dique de pequeños estados vasallos alrededor de Rusia para sofocar a esta última en la primera ocasión”. Para aplastar a los bolcheviques, los imperialistas promueven en setiembre de 1920 un levantamiento de los montañeses contra los soviets. Lo dirige Said Beck Shamil, nieto del mítico León de Daguestán. Los bolcheviques no caen en la provocación y el enfrentamiento. El 16 de octubre de 1920 Stalin viaja a Vladikavkaz y, con el apoyo de Ordjonikidzé y Kirov, convoca dos Congreso de representantes, uno de los pueblos de Daguestán y otro de los montañeses. En este último pronuncia un discurso clave en el que afirma que los bolcheviques no van a hacer concesiones porque se encuentren en una situación de debilidad sino todo lo contrario; tras la victoria en la guerra civil están fuertes y esa es la importancia de los planes que les presentan a los caucasianos. Van a adoptar una serie de medidas a largo plazo porque están convencidos de que son justas. Por el contrario, dice Stalin, las que se toman bajo presión, a regañadientes, no pueden ser duraderas. En fin, les dice que no trata de ganarse su apoyo, y añade:

“Camaradas montañeses, el antiguo periodo de la historia de Rusia, aquel durante el cual los zares y los generales zaristas menospreciaban vuestros derechos, aniquilaban vuestras libertades, aquel periodo de opresión y de esclavitud ha acabado para siempre. Hoy, cuando el poder ha pasado en Rusia a manos de los obreros y de los campesinos, no debe haber oprimidos en el país”.

“Acordando vuestra autonomía, Rusia os restituye con ella la libertades que os robaron los zares sedientos de sangre y los generales zaristas opresores. Es decir que vuestra vida interior se debe edificar según vuestro modo de existencia, vuestros usos y costumbres, bien entendido, dentro del marco de la Constitución general de Rusia”.

De inicio, Stalin decreta una amnistía para los sublevados y, sobre todo, consigue el apoyo del campesinado pobre checheno con la reforma agraria. Finalmente, explica el proyecto de crear una Unión de Repúblicas Socialistas en la que todos los pueblos montañeses dispondrán de una amplia autonomía que, en la práctica, significaba la independencia total. Moscú no podía interferir en los asuntos internos de la República montañesa ni en su ordenamiento legal. Ahora bien, les dice Stalin, aunque el poder soviético ha tomado medidas contra los cosacos, que habían agredido a los montañeses, y les ha desahuciado de las granjas para instalar en ellas a los chechenos, eso no autoriza a éstos a humillar a aquellos, agredirles, robarles el ganado o violar a sus mujeres porque “el poder soviético defiende a los ciudadanos de Rusia a título igual, sin distinción de nacionalidad, sean cosacos o montañeses” (3).

Las propuestas de Stalin fueron aceptadas y el levantamiento de Said Beck Shamil cesó sin derramamiento de sangre. El Congreso de los pueblos de la Montaña acabó constituyendo la República Autónoma Socialista Soviética de la Montaña (Gorskaya), junto con Nazran, Vladikavkaz, Kabardia, Balkaria y Karatchaev. Luego se fueron desgajando de ella estas últimas nacionalidades, hasta que desapareció el 7 de julio de 1924. A partir de entonces Chechenia fue una Región Autónoma (Oblast) integrada en la República Autónoma de Chechenia-Ingushetia.

Pero los imperialistas no dejan de acechar. El 10 de junio de 1921 el gobierno francés promueve en París la formación de la Unión de Repúblicas del Cáucaso, integrada por contrarrevolucionarios zaristas georgianos, azeríes, armenios y montañeses. Se produce un levantamiento reaccionario en Georgia en agosto de 1924, al año siguiente es derrotado el imán Najmudin, aunque la situación se agrava especialmente partir de la colectivización de 1929 que desata la lucha contra los “bey”, los campesinos acomodados, equivalente de los kulaks en Rusia. Los jeques islámicos reaparecen encabezando una resistencia feroz. Entre 1931 y 1934 se registran 69 atentados contra bolcheviques, cooperativistas y funcionarios sólo en Ingushetia-Chechenia. Se produce un éxodo -otro más- hacia Turquía de los montañeses que no aceptan la colectivización.

Al otro lado de la frontera turco-soviética, se mantenía la misma política de Ataturk de preservar buenas relaciones con la URSS. Sin embargo, en algunos sectores reaccionarios, el panturquismo seguía latente; en Turquía seguían viviendo los desplazados por el Imperio zarista y a ellos se unirían los contrarrevolucionarios que salieron de la URSS en tres las oleadas sucesivas: tras la Revolución de Octubre (1917), la guerra civil (1920) y la colectivización (1929). Al otro lado de la frontera, todos esos desplazados esperaban la revancha y aunque ya no tenían el apoyo del gobierno, otro apoyo -aún más fuerte- vino a sustituirle: Alemania. Las tesis panturquistas coinciden con las pangermanistas. En 1936 Gerhard Von Mende publica su obra “Der nationale Kamf der Russlandturken” (La lucha nacional de los turcomanos de Rusia) y muy poco después tendrá ocasión de llevar a cabo sus proyectos como dirigente del Ministerio alemán para los Territorios Ocupados del Este. Los nazis también publican en 1938 el libro de Mirza Bala “Historia de la nación azerí” y tratan de captar la atención de Turquía sobre los pueblos musulmanes del Cáucaso para integrarla en los planes que los nazis tienen sobre la región.

No se trató sólo de los pueblos islámicos. Salvo los armenios, la mayor parte de los contrarrevolucionarios del Cáucaso en el exilio se agruparon en 1928 en la Liga Prometeo, con sede en Varsovia, que se atribuía la representación de los pueblos “oprimidos” de la URSS.

Los imperialistas alemanes también utilizaron a los georgianos durante la I Guerra Mundial para socavar la retaguardia rusa. En Berlín existía un Comité Nacional Georgiano encabezado por el príncipe Macabeli y Tsereteli, que en 1915 reclutó una Legión Georgiana de 1.200 hombres para combatir junto al Ejército turco en Transcaucasia.

Lo mismo cabe decir de los armenios, si bien en este caso, la vinculación de los contrarrevolucionarios es con las potencias occidentales, a causa de su enfrentamiento con Turquía, que ocasionó -no lo olvidemos- un siniestro genocidio. Pero también hasta allá llegaban los tentáculos alemanes: entre 1926 y 1945 Paul Rohrbach, especialista en las minorías nacionales soviéticas, es presidente de la Sociedad Germano-Armenia.

Por tanto, tras la I Guerra Mundial los imperialistas alemanes retoman una parte de las redes contrarrevolucionarias organizadas fuera de la URSS, especialmente las panturquistas, con el fin de utilizarlas en su propio beneficio, y pronto las reforzarán para ponerlas en funcionamiento. Los servicios secretos de Alemania controlaban los contactos que el Imperio Otomano había tenido en Chechenia y las afianzaron con los “bey” opuestos a la colectivización y que diez años después formaron el denominado gobierno checheno en el exilio encabezado por Israilov y Sheripov. En junio de 1942 este gobierno fantoche checheno reparte una circular pidiendo a la población que “reciba a los alemanes como huéspedes bienvenidos” y declara que los nazis serían saludados con hospitalidad si reconocían la independencia de Chechenia.

(1) Stalin, Las tareas inmediatas del Partido en la cuestión nacional, Oeuvres, tomo V, pg.26
(2) Stalin, Las tareas inmediatas del Partido en la cuestión nacional, Oeuvres, tomo V, pg.59
(3) Stalin, Congreso de los pueblos de Terek, Oeuvres, tomo IV, pg.347.

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Las Guerras del Cáucaso (1)

El Cáucaso es una frontera natural entre Europa y Asia. Dominado de este a oeste por una gigantesca cordillera, allá se pueden escalar 17 montañas más altas que el Mont Blanc que han sido tradicionalmente el refugio de muchos pequeños pueblos y comunidades religiosas perseguidos por sus poderosos vecinos. De entre ellos los más importantes han sido tres de los más grandes imperios que la historia ha conocido: el persa, el otomano y el ruso. Allí han coincidido estos tres gigantes con las tribus más minúsculas y entre ellos se han dado toda clase de combinaciones.

Los chechenos, que proceden de antiguas migraciones europeas a la región, se denominan a sí mismos “nojchi” porque su idioma pertenece al grupo “naj”, una de las familias lingüísticas caucásicas. De vida nómada y organizados en clanes, entre los siglos VIII y XIII estuvieron sometidos a la dominación de osetinos y kabardios y entre los siglos XIII a XIV a la de los mongoles. Desde el siglo XV hasta el XVIII luchan entre sí turcos, persas y rusos por el dominio de Chechenia y el Cáucaso.

Al mismo tiempo, muy lentamente, los valles y las aldeas más remotas fueron aceptando el islam que, en su avance, fue ocupando casi todo el Cáucaso en el siglo XVIII. La región se fragmentó en pequeños janatos o clanes donde la autoridad religiosa se confundía con la política. Tan sólo los georgianos, los armenios y los osetinos no se islamizaron, mientras otros pueblos, como los kalmucos, de origen mongol, preservaron el budismo.

Los chechenos son musulmanes sunnitas, si bien pertenecientes a una rama muy minoritaria: los sufitas. El sufismo es un movimiento gnóstico del islam que pone el énfasis en el misticismo y establece prácticas destinadas al logro de un mayor desarrollo espiritual interno. Los sufitas consideran que pueden alcanzar un contacto directo con dios y tienen un maestro que actúa como intermediario entre dios y los fieles.

Este es un elemento de identidad trascendental para comprender algunos de los acontecimientos chechenos, especialmente frente al último imperio de los tres que llegó a la región, el imperio zarista, de religión ortodoxa. A diferencia de otras ramas islámicas, los sufitas están organizados en hermandades (“tariqas”), de las cuales las más importantes y las más antiguas son la “Qadiriya” (fundada en 1166) y la “Naqshbandiya” (fundada en 1389). La influencia sufí ha sido más fuerte allí donde el islam ha estado más amenazado y actúa como fuerza integradora y movilizadora de los pueblos caucásicos frente a las amenazas externas. A partir del siglo XVIII el sufismo adopta una actitud política militante y militar, convirtiendo a las mezquitas en verdaderos centros de resistencia frente al colonialismo zarista.

Durante el siglo XVIII Rusia es un prototipo de monarquía absoluta y de régimen feudal. Pedro I El Grande (1682-1725) y Catalina II expandieron las fronteras del Imperio y trataron de conquistar y colonizar el Cáucaso. Esto significaba occidentalizar y, por tanto, imponer la religión ortodoxa, además de un sistema uniforme de administración. La política de Rusia hacia el Cáucaso se complementó con el reemplazo de la cultura islámica por la rusa (cambio del alfabeto árabe por el latino y después por el cirílico).

El jeque Mansur, primer dirigente muyahidin del Cáucaso

Se producen los legendarios levantamientos campesinos, tanto en las fronteras del Imperio como, sobre todo, en el interior de la propia Rusia. Naturalmente los dirigentes religiosos sufitas se opusieron a la colonización y alentaron su religión, a la que unieron el rechazo de las reformas administrativas, que les privaban de su poder, que en el islam es a la vez espiritual y político.

Se oponían a eso justamente y no por razones “nacionales” por cuanto Chechenia no era entonces una nación. El motor de la resistencia caucásica contra los rusos fue de tipo religioso, mientras los pueblos cristianos fueron integrados más fácilmente dentro el Imperio zarista.

Chechenia era un país muy atrasado, sometido a leyes tribales, basadas en costumbres ancestrales y atávicas. Los janes musulmanes tenían un poder absoluto sobre las vidas y las propiedades de los aldeanos y no se oponían a la servidumbre, de la que fueron beneficiarios hasta que un decreto imperial la abolió en 1861. La vida del Cáucaso estaba dominada por los “kanli”, de modo que ninguna ofensa podía pasar sin la venganza de los parientes de la víctima. La literatura épica chechena abunda en leyendas de conflictos interminables que empezaron con simples hurtos y acabaron con el exterminio de poblaciones enteras.

Los pueblos de la región opusieron una feroz resistencia a la conquista. La primera yihad entre los rusos y los musulmanes norcaucasianos se prolongó de 1785 a 1791. La guerra santa fue dirigida por los jefes religiosos y en ella, junto a los chechenos, estaban también los daguestanos, cherkesos, kabardos y abjasios.

En 1791 el jeque Manzur Ushurma, un musulmán sufí de la cofradía “Naqshbandiya”, alzó la bandera de la yihad islámica, que se caracterizó por lo siguiente:

— su naturaleza religiosa
— la dirección ideológica del sultán de Constantinopla
— la falta de unidad de los caucasianos.

Manzur Ushurma fue un personaje de oscura pero romántica biografía, por lo demás muy típica del Cáucaso. No era checheno sino italiano. Su nombre originario era Elisha Mansur, era sacerdote jesuita y había llegado a Anatolia para convertir a los griegos al catolicismo. Pero fue él quien se convirtió al islam y el sultán de Constantinopla le encomendó organizar la resistencia caucásica frente a los rusos. Sin embargo, no logró fundir a los pueblos del Cáucaso en un único frente. Todos aquellos montañeses sólo estaban unidos por su condición de “muridin”, creyentes seguidores de un mismo jeque sufí.

Su falta de unidad obstaculizó la resistencia frente al enemigo. En 1794 Manzur Ushurma fue derrotado y capturado en la batalla de Tatar-Toub. Pasó el resto de sus días preso en un monasterio en la costa de Anatolia, donde los monjes trataron infructuosamente de que regresara a la religión católica.

Los rusos ocuparon el Cáucaso con métodos brutales, matando y quemando todo lo que se oponía a su paso. En el centro de Chechenia establecieron una sólida fortaleza militar rusa, bautizada con el elocuente nombre de Grozni (“terrible”, en ruso). Las fértiles llanuras del norte de Chechenia, y más hacia el oeste el país de los tártaros, fueron arrebatadas a sus pueblos, que fueron expulsados hacia el Imperio Otomano y, en casos extremos, aniquilados, como los ubyks (emparentados con chechenos y abjasios). Los que permanecieron en sus tierras fueron forzados a trabajar como siervos para los terratenientes rusos.

La incorporación de Georgia al Imperio zarista pareció impedir de una manera definitiva el estallido de cualquier brote de resistencia en el futuro, ya que a partir de entonces Chechenia quedaba rodeada por territorios zaristas.

Ghazi Mullah, segundo dirigente de la yihad

Ghazi Mullah era un estudiante del pueblo de Avar, al sur de Daguestán. No era, pues, de origen checheno. Pronto se convirtió en un “murshid” (maestro) y empezó su propia enseñanza en 1827, eligiendo la villa de Ghirmi como centro de sus actividades. Los “muridin” de Ghirmi se distinguían del resto de los montañeses por sus banderas negras y por la ausencia de oro o plata en sus vestimentas y armaduras.

Durante los dos años siguientes, Ghazi Mullah propagó la idea de unidad de los musulmanes caucasianos frente al enemigo infiel, unidad que debería forjarse en torno a la ley islámica. Según él, los caucasianos no habían abrazado completamente el islam pues sus viejas leyes y costumbres, el “adat”, variaba en cada tribu, y por tanto tenían que ser reemplazadas por la shariá (ley) islámica. Viajó por todo Daguestán, predicando abiertamente contra el vicio, rompiendo con sus propias manos las grandes tinajas de vino que se vendían en el centro de las ciudades. Había que suprimir el “kanli”, las venganzas, y todas las injusticias tenían que ser juzgadas de acuerdo con la ley islámica. Sólo así, les dijo, podrían vencer sus viejas divisiones y conseguir la unidad para hacer frente a la amenaza de los infieles rusos.

En 1829 Ghazi Mullah consideró que sus “muridin” estaban preparados para la guerra. Había llegado el tiempo de la yihad. En una serie de encendidas alocuciones animó al pueblo para el “ghazwa”, la lucha armada: “¡Un musulmán debe obedecer la Shariá, pero todo su Zakat, todos sus Salat y abluciones, todas sus peregrinaciones a La Meca, no valen de nada si se hacen bajo la mirada Rusa. Vuestros matrimonios son ilícitos, vuestros niños son bastardos, mientras quede un solo ruso en vuestras tierras!” Los jeques islámicos de Daguestán reunidos en la mezquita de Ghirmi lo aclamaron como imam y le prometieron su apoyo. Marcharon tras Ghazi Mullah, cantando el grito de guerra de los muridin: “La ilaha illa Alá”.

Los rusos habían desplazado colonos a la región y el proceso de limpieza de musulmanes de sus tierras había comenzado. Para protegerlos habían construido fortalezas militares, en Grozni, Khasav-Yurt, Mozdok y en las planicies del norte.

Ghazi Mullah atacó y tomó el fuerte ruso de Vnezapanaya. Durante todo el período 1827-1859 se sucedieron las escaramuzas entre los montañeses y las fuerzas zaristas. Estas últimas llegaron a talar bosques enteros donde se ocultaban los guerrilleros, quemaron los cultivos y destruyeron 61 ciudades.

Pero lentamente los “muridin” se tuvieron que replegar a las montañas. Ghazi Mullah decidió hacerse fuerte en Ghimri. Después de un amargo asedio, con numerosas bajas en ambos bandos, las tropas rusas entraron en la ciudad identificando a Ghazi Mullah entre los muertos.

El León de Daguestán

Tras la muerte de Ghazi Mullah, su discípulo más influyente, el imam Shamil (1796-1871), el León de Daguestán, se convirtió en otro “murshid” (maestro), quizá el dirigente más conocido de la resistencia montañesa contra los rusos.Gravemente herido en Ghimri, Shamil había logrado romper el cerco y huir con los supervivientes para reemprender la lucha. Marchó hacia Sakli, una villa rural junto a los ríos helados del alto Daguestán. Fue aclamado como el Imam al-Azam, el dirigente de todo el Cáucaso y aprovechó su influencia para imponer la paz entre las distintas tribus musulmanas de la región, hasta entonces enfrentadas entre sí.Había nacido en el seno de una familia noble de Avar, el mismo pueblo en el que había nacido Ghazi Mullah y donde apacentaba el rebaño de ovejas de su familia. Tampoco era, pues, checheno. Con Ghazi Mullah había sido discípulo de Muhammad Yaraghi, el maestro que enseñaba a los jóvenes que no bastaba con la pureza espiritual, sino que, además, debían combatir con las armas en la mano para hacer prevalecer la ley de Alá, la sharía, sobre las leyes paganas de las diferentes tribus del Cáucaso. Tan sólo entonces Alá les daría la victoria sobre los rusos.

El levantamiento se inició en Daguestán, región contra la cual los rusos lanzaron su ataque en 1831. En la ciudad de Ashilta, al tiempo que los rusos se aproximaban, 2.000 muridin juraron sobre el Corán defenderla hasta la muerte. Después de una encarnizada lucha en las calles, los rusos la tomaron y destruyeron, sin poder apoderarse de ningún prisionero.

Las operaciones militares prosiguieron entre 1832 a 1839. Shamil recurrió a la guerra de guerrillas ante la imposibilidad de ganar una batalla frontal contra los bien preparados y numerosos ejércitos rusos. Dividía al enemigo, lo atraía a remotas montañas y bosques para caer sorpresivamente sobre él en ataques fulgurantes. Moviéndose con una extraordinaria rapidez, los guerrilleros engañaban al enemigo y le asestaban golpes por sorpresa. Pero tenían que defender las ciudades que, a pesar de sus fortificaciones, eran vulnerables a los asedios con la moderna artillería.

Los rusos llegaron a lanzar al combate hasta medio millón de mercenarios contra los guerrilleros de Shamil, que envió peticiones de ayuda a los dos principales dignatarios musulmanes del mundo; al Sultán de la Sublime Puerta, que además de mandar en el Imperio Otomano, ostentaba el título de Califa (Comendador de los Creyentes) y, como tal, era el dirigente espiritual del mundo islámico. Y al Emir de La Meca, Guardián de los Santos Lugares del islam. Ni uno ni otro prestaron ninguna ayuda a Shamil, que en 1859 fue derrotado. El último grupo de 400 guerrilleros se entregó a una formación rusa de 40.000 hombres, bajo el mando del general Baratinski. Como renocimiento a su heroísmo, el zar permitió a Shamil conservar su espada. Confinado al sur de Moscú, se exilió luego en Estambul con su familia y falleció el 4 de febrero de 1871 durante una peregrinación a La Meca.

Los supervivientes sólo pudieron seguir viviendo en las montañas. Convencidos de que serían difícilmente asimilables, los rusos les presionaron para que emigraran hacia el Imperio Otomano. Entre 1858 y 1864, unos 500.000 miembros de distintas tribus caucasianas se refugiaron en Turquía, Siria y los Balcanes.

Los chechenos consideran a Shamil como su héroe legendario. Basaiev, uno de los dirigentes islamistas que a finales del siglo pasado volvió a luchar contra los rusos en Chechenia, tomó de él su nombre de pila. Pero, en realidad, Shamil es el héroe de todos los pueblos montañeses del Cáucaso y de todos los musulmanes. La Naqshbandiya sufí mantiene actualmente un museo en Pakistán en el que se veneran sus reliquias y fue la inspiración ideológica de los talibanes afganos contra la intervención soviética a partir de 1979. Allí se entrenó Basaiev en los campamentos que organizó la CIA.

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Dropshot: el siniestro plan de Estados Unidos para acabar con la URSS

Nada más terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos, que eran los únicos poseedores de armamento atómico, estudiaron la posibilidad de lanzar un ataque “preventivo” contra la Unión Soviética que eliminase del tablero de juego a la superpotencia de las fichas rojas. Los Estados Unidos temían una posible invasión de la URSS en Europa occidental, Oriente Medio y Japón.

En septiembre de 1948 el presidente estadounidense Harry S. Truman aprobó un documento del Consejo de Seguridad Nacional sobre “La política de la Guerra Atómica”, que declaró que Estados Unidos debía estar preparado para “utilizar con prontitud y eficacia todos los medios apropiados disponibles, incluidas las armas atómicas, en interés de la seguridad nacional y que debía planificar en consecuencia”.

El general LeMay era famoso por haber dirigido la campaña de bombardeos estratégicos contra el Japón, que concluyó con el bombardeo nuclear de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki. Esto le valió recibir doctorados honoris causa en Derecho en las universidades John Carroll, Kenyon College, la Universidad del Sur de California la Universidad Creighton y la Universidad de Akron, entre otras distinciones.

Luego organizó el Mando Aéreo Estratégico (SAC o Strategic Air Command, instancia suprema de mando de las fuerzas aéreas estratégicas de Estados Unidos) como organismo para gestionar una posible guerra nuclear durante la guerra fría, evidentemente contra la URSS.

Antes de que este organismo estuviese totalmente operativo, en 1949, LeMay propuso lanzar el inventario atómico completo en manos de Estados Unidos (133 bombas) contra 70 ciudades soviéticas y capitales de Europa del este en un período de 30 días. Basaba su estrategia en que los soviéticos no tenían una fuerza capaz de equiparar al SAC en esos momentos y el tiempo jugaba en favor de los rusos.

El 1949 se elaboró el plan Dropshot, que preveía que Estados Unidos atacaran la URSS y arrojaran más de 300 bombas nucleares y 20.000 toneladas de bombas convencionales en 200 objetivos situados en 100 áreas urbanas, incluyendo Moscú y Leningrado (el actual San Petersburgo).

Además, se confeccionó una lista de blancos para ataques nucleares en los territorios de la Unión Soviética y sus aliados que contenía la friolera de 1.200 ciudades desde la República Democrática Alemana en occidente hasta China en oriente. Moscú encabezaba la lista con 179 blancos asignados (entre ellos, la mismísima Plaza Roja) mientras que en Leningrado se habían fijado 145. La potencia del armamento atómico empleado fluctuaría entre 1,7 y 9 megatones (la bomba atómica Little Boy, arrojada sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945 era de aproximadamente 0,013-0,018 megatones).

Berlín oriental, como Varsovia (Polonia) o Budapest (Hungría), estaba en la lista junto a otras ciudades ubicadas más allá de las fronteras soviéticas e incluía a 91 blancos asignados.

Entre 75 y 100 de los 300 artefactos nucleares tendrían la misión de destruir en tierra la aviación soviética de combate. Sin embargo, lo más perturbador de los listados de objetivos que pueden revisarse en The National Security Archive desde su desclasificación en el año 2015, era una serie de objetivos que aparecían bajo el epígrafe “Categoría 275” u “objetivos de población”. Se estimaba que, con el ataque norteamericano, morirían unas 60 millones de personas.

En caso de que la URSS se negara a rendirse tras el devastador ataque, Estados Unidos continuaría bombardeando regularmente las áreas urbanas e industriales hasta conseguir su destrucción total.

Además, los planificadores proponían dar inicio a una campaña terrestre contra la URSS para obtener una “victoria completa” con los aliados europeos.

Los planes norteamericanos iban más allá de la URSS. Beijing aparecía en el top 20 (era la número 13) de las ciudades objetivo de los bombarderos de Estados Unidos, con 23 zonas identificadas para ser devastadas.

Según los documentos desclasificados en 2015, las cabezas nucleares serían lanzadas desde aviones emplazados en bases de Reino Unido, Marruecos y España. Además, se emplearían bombarderos intercontinentales B-52, que en los momentos de la confección del plan agresor estaban empezando a ser distribuidos a la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

Durante un largo periodo de tiempo, el único obstáculo en el camino para iniciar ese ataque nuclear masivo fue que el Pentágono no poseía suficientes bombas atómicas (en 1948 Washington se regodeaba de tener un arsenal de 50 bombas de este tipo), ni de disponer de aviones para llevar a cabo el ataque. Por ejemplo, ese mismo año la Fuerza Aérea de Estados Unidos tenía sólo treinta y dos bombarderos B-29 modificados para arrojar los mortales ingenios radioactivos.

En 1949 el arsenal nuclear de Estados Unidos había alcanzado ya las 250 bombas atómicas y el Pentágono llegó a la conclusión de que una victoria sobre la Unión Soviética era ya “posible”. Por suerte para el género humano, la prueba de la bomba atómica soviética ese mismo verano asestó un duro golpe a los planes militaristas estadounidenses. Así lo describe profesor Donald Angus MacKenzie, de la Universidad de Edimburgo, en su ensayo “Planificación de la Guerra Nuclear y Estrategias de coacción Nuclear”.

“La prueba de la bomba atómica soviética el 29 de agosto de 1949, sacudió profundamente a los estadounidenses, que habían creído que su monopolio atómico podría durar mucho más tiempo. Sin embargo, no alteró de forma inmediata el modelo de planificación de la guerra. La cuestión clave a considerar era qué nivel de daño forzaría una rendición soviética”.

En enero de 1950 el científico Klaus Fuchs, físico teórico nacido en Alemania y miembro del equipo del Proyecto Manhattan, que construyó la primera bomba atómica de Estados Unidos, fue detenido, juzgado y (tras reconocer su culpabilidad) sentenciado a catorce años de prisión por pasar secretos militares a una nación aliada (sí, la Unión Soviética todavía, de cara a la galería, estaba catalogada como estado aliado).

Fuchs había suministrado información vital a la Unión Soviética sobre el Proyecto Manhattan de forma absolutamente desinteresada, partiendo de sus convicciones políticas y la certeza del profundo peligro que suponía el monopolio nuclear que pretendió lograr Estados Unidos. Esto sirvió de forma decisiva para que los soviéticos creasen su propia arma nuclear.

El gobierno soviético agradeció a Fuchs sus actos condecorándolo con la Orden de la Amistad de los Pueblos, uno de los más altos galardones de la URSS. Fue liberado el 23 de junio de 1959, tras lo que emigró a la República Democrática Alemana, donde continuó con su carrera científica, logrando una considerable prominencia. Murió en 1988.

https://es.rbth.com/cultura/historia/2017/07/11/operacion-dropshot-el-plan-de-eeuu-para-destruir-la-urss-en-1959_800270

Más información:
– Dropshot: el plan de ataque nuclear contra la URSS
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Memoria Histórica

El oscuro espía del KGB que infligió a la CIA el mayor golpe de su historia

En 1955 la CIA y el MI6 excavaron un túnel para espiar a las tropas del ejército soviético estacionadas en la República Democrática de Alemania. Los espías alemanes y estadounidenses lo llamaron “Operation Gold” (Operación Oro), mientras que para los británicos fue la “Operation Stopwatch” (Operación Cronómetro).

Fue el intento de escucha telefónica más grande de la historia del espionaje y el más estrepitoso fracaso de la CIA a lo largo de su historia.

Se trataba de una variante mucho más compleja que un proyecto anterior conocido como “Operation Silver” (Operación Plata) que la CIA intentó en Viena en 1949. Se sabe que fue Reinhard Gehlen, el director del recién creado BND, el servicio secreto alemán, quien alertó a Dulles de la existencia de un nudo de redes telefónicas que utilizaba el Ejército Rojo en Berlín a dos metros de profundidad, muy cerca del sector ocupado por los estadounidenses en la capital alemana.

En diciembre de 1953 la operación se puso bajo la dirección de William King Harvey, antiguo policía del FBI transferido a la CIA y el 2 de septiembre de 1954 comenzó la excavación del conducto, que se completó el 25 de febrero del año siguiente. Removieron 3.000 toneladas de tierra y 125 toneladas de metal. A seis metros de profundidad y con una extensión de 450 metros, el túnel comenzaba en el sector americano de Berlín, en el barrio fronterizo de Rudow, y alcanzaba hasta Altglienicke, justo por debajo de un nudo de comunicaciones soviético en la zona oriental.

Antes de iniciar la construcción del túnel, asistió a casi todas las reuniones entre la CIA y el MI6 George Blake, un agente del KGB infiltrado en el servicio de inteligencia británico. Blake conoció de primera mano los detalles de la operación y alertó al KGB, pero el Kremlin decidió dejar abierto el canal para transmitir informaciones falsas.

Si, a causa de su fracaso, de la operación sabemos poco, de Blake no sabemos mucho más. No conocemos su identidad real. Parece que su nombre original era George Behar y luego fue cambiándolo por Max de Vries, George Blake, Georgi Ivanovich. Parece ser que nació en Rotterdam en 1922, y que era hijo de una holandesa y un judío de origen turco, Albert Behar.

Vivió en Alejandría y se educó en un colegio inglés bajo la tutela de su tío, el dirigente comunista egipcio Henri Curiel, que se ocupó de él cuando George se quedó huérfano a los 13 años.

Regresó a Holanda, donde le sorprendió la invasión alemana en 1940. Se incorporó a la resistencia con el alias de Max de Vries, pero le capturaron. Sin embargo, como no tenía 18 años, lo soltaron. Iban a volver a detenerlo al cumplir los 18 años, pero entonces él se escapó a Inglaterra.

En Londres fue reclutado por el Special Operations Executive, el servicio que organizaba sabotajes en la Europa ocupada. Lo emplearon en traducir del alemán y tomó el nombre de George Blake. En 1944 volvió al continente para interrogar a los nazis prisioneros y en Hamburgo, con 22 años, dejaron en sus manos a los comandantes de submarinos. Tras la guerra pasó al MI6, el espionaje exterior, que lo envío a Corea en 1950, destinado en la embajada británica en Seúl, donde trabajaba cuando el imperialismo atacó la península.

Fue “capturado” por los norcoreanos y al ser liberado, le consideraron como un “héroe de guerra” y le enviaron a Berlín, la capital mundial del espionaje durante la Guerra Fría, el frente candente para los agentes de uno y otro lado, una ciudad dividida pero aún sin barreras, donde todos podían ir a todos los sectores y casi toda la población trabajaba para algún servicio de espionaje.

La misión de Blake en Berlín era la de convertir a los soviéticos en agentes dobles, pero hacía como Penélope, que deshacía de noche lo que había tejido de día. Le pasaba los nombres de sus agentes al KGB, 400 delatados en total, de los que al menos 42 fueron fusilados.

Pero su gran golpe fue su infiltración en la operación de la CIA en Berlín. Aunque estaba reciente la deserción de Burgess y McLean, el espionaje imperialista todavía no había cobrado conciencia de lo profunda que era la infiltración soviética en el servicio secreto británico, y los americanos seguían fiándose del MI6.

Para evaluar el flujo de desinformación entrante, en Washington se creó un equipo de traductores y analistas de la CIA que continuó funcionando hasta septiembre de 1958. Fue un trabajo ingente y totalmente inútil. La CIA se quedó con un botín de 50.000 cintas grabadas que documentaban un millón de conversaciones telefónicas ficticias que durante años tomaron por informaciones solventes.

El KGB esperó hasta que, al cabo de los años, unas lluvias torrenciales afectaron a las líneas telefónicas de Berlín y comenzaron labores de reparación. De esa manera los soviéticos “redescubrieron” el túnel para denunciar que los imperialistas habían violado los tratados internacionales firmados al acabar la Segunda Guerra Mundial.

El topo aún no había sido descubierto. El KGB aprovechó tan bien el “redescubrimiento casual” del túnel que la CIA se lo tragó. Blake no fue destapado hasta 1961.

La CIA padeció tres duros golpes en uno.