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¿Por qué el equipo de Trump mantuvo negociaciones secretas con los rusos?

Richard Nixon, el Presidente defenestrado
El enfrentamiento actual de Trump con los monopolios mediáticos de Estados Unidos y, por extensión, del mundo entero es una reproducción del Watergate, no sólo por la obsesión que muestran los medios sino porque, lo mismo que entonces, lo que está en juego es un golpe de Estado como consecuencia de las relaciones con Rusia, que hace 45 años eran relaciones con la URSS.

También se reproduce el mismo hecho, insólito en los anales del periodismo: tanto Nixon como Trump tienen “mala prensa”, en donde las grandes cadenas desinformativas juegan el papel de portavoces de lo que entonces se llamó “garganta profunda”, los poderes fácticos o el Estado paralelo, es decir, todo el conglomerado de fuerzas que actúa en la sombra porque no son ni el poder legislativo, ni el ejecutivo, ni el judicial. El poder de verdad es otra cosa diferente a esas.

Lo mismo que Trump, también Nixon mantuvo negociaciones secretas, tanto con la URSS como con China, para lo cual utilizaba a Henry Kissinger quien primero actuó en secreto como consejero de seguridad nacional y luego en público como secretario de Estado.

Se pueden poner tantas semejanzas como se quiera. Una de ellas es el papel del tan alabado Washington Post, que destapó Watergate y del que todos ocultan que, lo mismo que el periodista Woodward, no era más que un portavoz de la CIA.

La última artimaña del Washington se produjo la semana pasada cuando aireó la entrevista del yerno de Trump, Jared Kushner, con el embajador ruso  Serguei Kislyak en diciembre. La filtración estuvo acompañada de otra de la CNN el 17 de mayo sobre la interceptación de una serie de conversaciones de diplomáticos rusos que se estaban entrevistando con el general Michael Flynn, ya purgado por Trump de la Casa Blanca a causa de las presiones mediáticas (o sea, de la CIA).

Las filtraciones suben de tono cuando John Brennan, yihadista y antiguo director de la CIA, manifiesta el 23 de mayo ante un comité del Congreso su preocupación por el hecho de que ciertos funcionarios hubieran sido sorbornados por los rusos, lo que era una forma sutil de acusarles de traidores, un delito muy grave. Lo más preocupante, dijo Brennan, es que posiblemente los rusos hayan tenido éxito. “A menudo los que recorren el camino de la traición no saben que están en ese camino hasta que es demasiado tarde”, añadió el yihadista.

En una entrevista con PBS NewsHour, el antiguo director de inteligencia, James Clapper, añade otro eslabón a la cadena de imputaciones: todas esas entrevistas con los rusos fueron secretas. ¿Qué es lo que ocultaban?

Desde 1968 las negociaciones de Nixon y Kissinger con los soviéticos fueron igualmente secretas y se llevaron a cabo a través de Boris Sedov, un espía del KGB que ejerció ese papel de intermediario antes de la investidura de Nixon, como ha puesto de manifiesto un reciente libro de Richard A. Moss, del Instituto de Guerra Naval. Tras la toma oficial de posesión, el contacto se reanudó con Anatoli Dobrinin, el embajador soviético en Washington.

Los contactos eran tan reservados que Nixon tendió una línea telefónica en la Casa Blanca exclusivamente para hablar con Dobrinin, manteniendo apartada a la CIA, algo que los espías nunca le perdonaron, haciéndoselo pagar muy caro.

En sus memorias Dobrinin cuenta que Kissinger le explicó los motivos de dicha reserva: mientras en Moscú saben guardar un secreto, en el Departamento de Estado se producían fugas constinuas de información a la prensa.

Lo mismo que Trump, también Nixon quiso mejorar las relaciones con los soviéticos, avanzar en las negociaciones de desarme y consolidar los acuerdos SALT, algo a lo que se oponían los mismos que ahora: la prensa, los servicios de inteligencia y la industria de guerra. Después de muchas negociaciones, el 26 de mayo de 1972 Nixon y Brezhnev firmaron el tratado SALT de limitación de armas nucleares, que estuvo en vigor durante 30 años, hasta 2002, momento en el que Estados Unidos se retiró unilateralmente del mismo.

Una parte de los círculos dominantes en Washington siempre afirmaron que Nixon había realizado concesiones intolerables a los “comunistas” y pusieron toda clase de obstáculos a la ejecución de los acuerdos. El Senado se negó a ratificar SALT II y en 1986, en tiempos de Reagan, Estados Unidos se desvinculó definitivamente de sus compromisos con el desarme y la distensión.

Entre SALT y Watergate sólo transcurre un año. Los acuerdos SALT fueron los que acabaron con Nixon; Watergate fue la excusa. Ahora con Trump sucede lo mismo. Siguen buscando excusas para acabar con él y con cualquiera que en la Casa Blanca trate de mantener buenas relaciones con Rusia. En Washigton sólo manda el Presidente cuando le dejan.

Más información:
– Watergate: todos los hombres del presidente (y alguno que se quedó olvidado)
– 40 años del ‘Watergate’
– El asesor de seguridad de Trump dimite por mentir sobre sus contactos con Moscú
– La revuelta de los generales
– Trump dará un giro completo a la estrategia de Estados Unidos en Siria 

– Obama es el fundador del Califato Islámico
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El cine ruso se convierte en la estrella de Argelia durante una semana

La legendaria francotiradora Pavlichenko
A partir del martes, el cine ruso será la estrella en la filmoteca de Orán, Argelia, donde celebran la semana cinematográfica, un evento que la ciudad desarrolla conjuntamente con Argel.

Los cinéfilos argelinos podrán disfrutar de la proyección de siete películas, una cada día: La batalla de Sebastopol, El Batallón, La carroza verde, Los muchachos de nuestro cementerio, Viernes, Fantasma y Noruega.

El martes el acto de apertura de la semana estará presidido por el director de “La batalla de Sebastopol”, Serguei Mokritski, y el actor Serguei Puskepalis.

La película de Mokritski relata la extraordinaria biografía de Ludmila Pavlichenko, una de las grandes heroínas de la Segunda Guerra Mundial. Fue una joven estudiante ucraniana que, durante la ocupación nazi, se alistó en el Ejército Rojo como francotiradora. Además de diestra con el fusil, era intrépida y veloz.

Se destacó, sobre todo, cuando en 1941 la Wehrmacht lanzó el grueso de sus fuerzas contra Sebastopol, el puerto de Crimea, de enorme importancia estratégica.

El asedio de la fortaleza de Sebastopol fue salvaje, con bombardeos continuos de la aviación y la artillería pesada. En medio de aquella lluvia de fuego, la francotiradora logró ejecutar a 309 invasores nazis. El alto mando alemán da orden de eliminarla a cualquier precio y resulta herida en combate.

La francotiradora no sólo fue un icono reconocido en la URSS, sino en Estados Unidos, donde en septiembre 1942 fue recibida en la Casa Blanca por el presidente Franklin Roosevelt. Fue el primer ciudadano soviético que entró en el edificio presidencial.

Eleanor Roosevelt la invitó a realizar una gira para contar su experiencia a lo largo de Estados Unidos. ¡Ah! ¡Qué tiempos aquellos!

La batalla de Sebastopol:

— https://www.youtube.com/watch?v=NVIIMG5kUIk
— https://mpr21.info/2016/04/la-batalla-por-sebastopol.html
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Una placa conmemorativa dedicada a Stalin preside el paraninfo de la Universidad más importante de Rusia

La Universidad de Derecho Kutafin de Moscú, la más importante de Rusia, ha restaurado una placa conmemorativa dedicada a Stalin (1) que recuerda que en 1924 leyó allí, en el paraninfo, una declaración sobre las conclusiones del XIII Congreso del Partido bolchevique.

Desde 1949 la placa siempre había estado en aquella Universidad, aunque la trasladaron a un lugar más discreto, donde no provocara polémicas. Ahora preside todos los actos solemnes que se celebran. Ocupa un lugar de honor.

Merece la pena prestar atención a los pormenores del asunto desde el principio porque pone al descubierto toda la complejidad histórica de la Rusia actual y de la desaparecida URSS, que algunos quieren reducir a mera caricatura ridícula.

La Universidad quiso recuperar la placa de una manera vergonzante, sin que nadie se enterara, sin ceremonias oficiales y sin anunciarlo en el sitio web. Quien lo publica primero es un abogado británico y a partir de entonces se desata la caja de los truenos (2). Tomen nota: un tipo que vive en Nueva York inicia una campaña de recogida de firmas en change.org dirigida al rector para que retire la placa.

A medida que la bola de nieve baja por la pendiente, cuando al rector le piden explicaciones, saca a relucir un decreto de… 1960, nada menos, en plena desestalinización, que declaraba que el paraninfo era un monumento histórico o, como diríamos aquí, “patrimonio nacional” de obligada conservación (3).

Entonces los truenos se convirtieron en tormenta que, como procede de ciertos sectores poderosos de la sociedad, parece aún mayor. Una parte del equipo directivo de la Universidad dimite, algunos profesores se niegan a impartir clases y el Centro de Derecho Constitucional de la Escuela Superior de Economía, un feudo de los “neoliberales rusos” (digámoslo así, para entendernos), cesa cualquier clase de colaboración con la Universidad Kutafin mientras la placa siga ocupando ese lugar honorífico.

Uno de los aspectos más curiosos de este asunto es que los mequetrefes que presionan al rector mienten descaradamente (como no podía ser de otra forma tratándose de Stalin). Dicen que el dirigente bolchevique arrasó con el sistema jurídico, cuando fue justamente al revés: tras la Revolución de Octubre las facultades de derecho se integraron en las de ciencias sociales y no volvieron a adquirir autonomía hasta después de la Segunda Guerra Mundial (incluido el estudio del Derecho Romano).

El asunto adquiere verdadero interés cuando se traslada a las redes sociales, donde los que no son tan poderosos como los que presionan también tienen la posibilidad de expresarse. La polémica cambia de tono. Los internautas se burlan de quienes tratan de seguir la campaña de desestalinización iniciada en 1956 y, por pura reacción, sus simpatías por Stalin se multiplican: si determinados personajes —a los que los internautas rusos detestan— odian tanto a Stalin, es porque debía ser un gran tipo.

“Stalin el nuevo héroe de Rusia”, titulaba el año pasado el New York Times (4). No es algo reciente. El aprecio por el dirigente bolchevique siempre ha estado en la conciencia de los rusos, como de todos los pueblos de la antigua URSS, pero es especialmente significativa en Rusia porque Stalin no era ruso. Las sucesivas campañas difamatorias que se han vertido desde 1956 han tenido el efecto opuesto de acrecentar cada año la admiración por su figura.

El comunista georgiano acabará convirtiéndose en un mito, para unos tanto como para otros. Es una parte indigesta de la historia del siglo XX, detestada por una minoría insignificante (pero muy poderosa) y apreciada por las grandes masas que le recuerdan por lo que fue tanto como por la esperanza que para ellos representa. Como siempre, las masas tienen razón: en Stalin no sólo hay un problema con el pasado sino, sobre todo, con el futuro.

(1) МГЮА восстановил памятную табличку в честь Иосифа Сталина
(2) Тоска имени Сталина: Адвокат Генри Резник ушел из профессоров ведущего юридического вуза из-за мемориальной таблички
(3) Сотрудники ВШЭ отказались участвовать в мероприятиях МГЮА из-за установки мемориальной доски Сталину
(4) https://www.nytimes.com/es/2016/03/19/stalin-el-nuevo-heroe-de-rusia/
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Los rusos siguen nombrando a Stalin como la figura más destacada de la historia

Cualquier turista puede hacer la prueba por la calle de una ciudad rusa elegida al azar: los peatones le dirán que su personaje histórico favorito es Stalin, según un sondeo del Centro Levada que se publicó ayer (*) sobre las figuras más destacados de todos los tiempos y de todos los pueblos.

Alguno podría creer que eso se debe a que en Rusia la radio, la televisión y demás medios de comunicación siguen emitiendo los mismos contenidos en que hace 70 años.

Se equivoca: la opinión favorable a Stalin se mantiene en Rusia a pesar de las veladas campañas anticomunistas que están llevando a cabo los medios desde hace 30 años. Incluso tras el fin de la URSS, en Rusia ha sido imposible cambiar el extraordinario aprecio que los rusos sienten por el dirigente bolchevique.

En la popularidad creciente de Stalin y de la URSS en la sociedad soviética actual desempeña un papel fundamental el desastre económico, social y político en el que vive sumida Rusia. Para los rusos, no hay comparación posible entre una época y otra.

A pesar de ello, el crédito de Putin también va ganando enteros con el transcurso del tiempo, lo
cual tiene bastante mérito al tratarse de un político en activo desde
hace ya muchos años, a pesar de lo cual no sólo no padece ningún
desgaste sino todo lo contrario.

Es verdad que las comparaciones siempre son odiosas, sobre todo si el tiempo está de por medio. Pero en las encuestas de opinión rusas Stalin también va por delante de las grandes glorias de Rusia, como el poeta Pushkin (número dos). En el corazón de los rusos Stalin siempre está el primero, aunque no fuera ruso. Incluso va por delante de Lenin, que va en cuarto lugar por detrás de Putin (número tres).

Si el lector no se conforma sólo con mirar los primeros puestos del escalafón se quedará aún más sorprendido, si cabe, al comprobar quiénes siguen por detrás, grandes figuras históricas de Rusia van por detrás, como Pedro el Grande o Yuri Gagarin, aunque lo más sobresaliente de estas encuentas es la aparición de científicos de relive internacional, como Newton, Lomonosov, Menedeleiv o Einstein y que en un país como España sorprenden.

Ese perfil de personajes históricos nunca aparecerían si la encuesta se llevara a cabo en España. Aquí un sondeo parecido pondría en un pedestal a mentecatos como Messi, Cristiano Ronaldo o Montoro.

Desde 1999 Stalin se mantiene en primer lugar en todas las encuestas de opinión que se hacen en Rusia. Si ahora mismo se presentara a las elecciones, barrería a todos sus oponentes por una mayoría absoluta.

(*) http://www.levada.ru/2017/06/26/vydayushhiesya-lyudi/
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Memoria Histórica

El proceso de incorporación de Crimea a Rusia

En 1991 el desmantelamiento de la URSS creó de 16 Estados distintos en donde antes sólo había uno. En todos y cada uno de ellos los imperialistas han asentado sus reales, instalando bases militares y cañones que no apuntan al azar, a todas partes: apuntan a Rusia.

Lo mismo ha ocurrido en los Balcanes, donde recientemente Montenegro se ha incorporado a la OTAN. La antigua Yugoeslavia no sólo ha sido despedazada sino que con ella ha acabado su política de no alineamiento. Después de una guerra feroz, sus pedacitos han sido engullidos uno a uno y ya solo queda Serbia por doblegar.

Ucrania es un calco de lo mismo. Históricamente es un país inconcebible sin la Revolución de Octubre. Todo se lo debe a la URSS, por lo que sus “nacionalistas” huelen a podrido ya que jamás han enfilado su lucha contra el imperialismo sino en la dirección contraria, lo que debería hacer pensar a más de un estrábico.

Dentro de la URSS Ucrania tuvo, además, un trato privilegiado en muchísimos aspectos, desde el trazado de las fronteras hasta su integración en la ONU en 1945 como miembro de pleno derecho. Formaron parte de Ucrania numerosas poblaciones que no eran ucranianas, un proceso que culminó en 1954 con la incorporación de Crimea a la República Socialista Soviética de Ucrania que, dicho sea paso, violaba las leyes de la URSS. A pesar de ello, a nadie le cupo ninguna duda nunca de que Crimea no era Ucrania, pero la URSS era un Estado creado para la protección de las minorías y en la Ucrania socialista la mayoría rusa de Crimea (y del Donbas) era una minoría y jamás tuvo ningún problema a causa de ello.

La situación cambió radicalmente con la desaparición de la URSS y el espectáculo de una Rusia deprimida y deprimente a la que los imperialistas se aprestaron a dar un gran bocado. En aquel momento, que conviene contrastar con el actual, lo más lógico era que todos quisieran darse a la fuga, empezando por Crimea, donde se han convocado tres referéndums desde 1991 para establecer su estatuto político. Los tres ilustran mejor que nada el rápido giro de los acontecimientos históricos provocados por la caída de la URSS.

En 1991, en época de Yeltsin, Crimea no quiso formar parte de Rusia. Aquel primer referéndum se celebró el 20 de enero de 1991 cuando aún Ucrania no era un Estado independiente. Con una participación electoral del 94,3 por ciento de la población, la voluntad de Crimea era la de independencia, algo que una vez aparecido como Estado independiente, Ucrania no admitió. En aquel momento Ucrania se anexionó Crimea y aunque el parlamento ruso se opuso, la situación era tan penosa que no tenía capacidad más que para lamentarse de ello.

Lo interesante es, una vez más, comprobar la posición de Crimea, que en aquel momento tampoco planteó batalla contra la anexión por dos motivos. El primero es que Crimea entró en Ucrania como Estado autónomo; incluso al año siguiente aprobó su propia Constitución, cuyo primer artículo decía que sólo el Parlamento (el de Crimea) podía abolirla.

El segundo es que creyó que en Kiev iban a respetar ese estatuto y que la situación no iba a cambiar mucho con respecto a lo que había sido hasta entonces la Ucrania soviética. Al fin y al cabo, a pesar de la independencia, Ucrania empezó formando parte con Rusia de la llamada “Comunidad de Estados Independientes”. Según el Memorándum de Budapest firmado el 5 de diciembre de 1994, Rusia asumió la responsabilidad de garantizar de la soberanía y la independencia de Ucrania.

Para situarnos en la situación del momento podemos seguir apuntando datos, como el acuerdo de 1997 para que la flota rusa del Mar Negro (dotada de armas nucleares) pudiese permanecer en el puerto de Sebastopol, radicado en Crimea, prorrogado después de las elecciones presidenciales de 2010 en Ucrania por 25 años más.

Obviamente, no sólo pecaron de ingenuidad en Crimea, lo cual es fácil decir a posteriori. Nadie podía prever el deterioro posterior de las relaciones entre ambos países, Ucrania y Rusia, provocado por el imperialismo.

El segundo referéndum de Crimea se celebró el 27 de marzo de 1994. A pesar de que Ucrania ya era un Estado independiente, en la consulta sólo participó la población de la península, que se pronunció sobre tres cuestiones:

a) la ampliación de la autonomía de Crimea dentro de Ucrania
b) la posibilidad de la población tuviera la doble nacionalidad (ucraniana y rusa)
c) la ampliación de los poderes del Presidente del Gobierno autonómico

Los tres aspectos fueron aprobados por la mayoría de votos, lo que el gobierno de Kiev no admitió, enviando al ejército, que destituyó al Presidente Yuri Mechkov y tomó el control del gobierno local. Se trató de otra anexión forzosa, la segunda, pero lo cierto es que tampoco se produjeron grandes protestas en la península a causa de ello. La ingenuidad aún tenía su recorrido.

Los problemas se agudizaron cuando los imperialistas, lo mismo que en el Cáucaso, empezaron a enfrentar a Rusia con sus vecinos a lo largo de todas y cada una de las fronteras, incluida Ucrania, una situación que en 2004 desemboca en la llamada “revolución naranja”, un anticipo de lo que sería Maidan diez años después. Los gobiernos que no entran en el juego padecen campañas de desestabilización. Se les califica —a la manera usual— como prorrusos, mientras promocionan a esos que son calificados de “nacionalistas” y que no son otra cosa que fascistas, aupados a ejercer de marionetas de la OTAN, de Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional y de la Unión Europea.

El fascismo trae consigo el chovinismo y la xenofobia, lo que se puso de manifiesto de manera dramática diez años después, con el golpe de Estado iniciado en la Plaza Maidan que ha convertido a Ucrania en un Estado pelele de los imperialistas como pocas veces se ha visto.

En un Estado frágil, como Ucrania, el fascismo conduce a las políticas brutales de asimilación de todas y cada una de las minorías que viven en su seno que, en muchos casos, caen en el ridículo más espantoso, como la prohibición del idioma ruso por decreto, el cierre de las escuelas y otras medidas que condujeron al levantamiento de la población del Donbas.

Para pedir la incorporación a Rusia, Crimea podría haber invocado la vulneración de su estatuto autonómico dentro de Ucrania desde hacía dos décadas, algo tan legítimo como el propio golpe de Estado veinte años después. En cualquier caso, tiene todos los argumentos para querer salir del infierno en el que los fascistas han convertido a Ucrania.

La responsabilidad de ello incumbe exclusivamente al gobierno de Kiev porque la situación, tanto en Crimea como en el Donbas, hubiera sido muy distinta si los imperialistas no hubieran clavado sus zarpas en el país.

Ucrania había cambiado las reglas del juego con Crimea y nadie puede jugar con dos barajas. Por 61 de los 64 diputados presentes, el 27 de febrero de 2014 el Parlamento autónomo de Crimea, aprobó la convocatoria una consulta para integrarse en Rusia. La ciudad de Sebastopol, que era autónoma dentro de la autonomía, tuvo su propio referéndum y el 6 de marzo, antes que el resto de Crimea, también aprobó la incorporación a Rusia.

Si se analizan los resultados electorales (participación del 80 por ciento y voto favorable del 97 por ciento), sólo cabe una conclusión: incluso los ucranianos de Crimea prefirieron estar dentro de Rusia, lo cual es un pálido reflejo de lo que estaba ocurriendo porque en casi todas las regiones de Ucrania crecieron movimientos del mismo tipo por parte de las minorías, lo que se puso de manifiesto cuando numerosos residentes ucranianos pidieron la nacionalidad rusa. A mayor abundancia, lo que inicialmente quería el parlamento autónomo no era la incorporación sino la defensa de su régimen administrativo frente al gobierno central, algo que pronto se dieron cuenta de que era imposible. Al final no cabía más que volver al sitio del que habían salido en 1954.

Si cabe hablar de anexión es, pues, para concluir que Crimea estuvo anexionada a Ucrania en los 60 años transcurridos entre 1954 y 2014.

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La Revolución Socialista de 1917 en Rusia cambió el mundo para siempre

El aliento de la Revolución Rusa de hace un siglo todavía mantiene su acalorada temperatura emocional cien años después. La temporada está repleta de exposiciones, recolecciones de memorias, publicaciones y eventos que recuerdan el centenario de uno de los momentos más trascendentes de la historia: la primera toma del poder político, económico y social protagonizada por obreros, campesinos y soldados.

El colapso de la dinastía despótica de los zares, que reinaba sobre un país inmenso, empobrecido, hambriento y gestionado según un modelo medieval de siervos y señores feudales, cruzó la Tierra como un terremoto y trajo, con el triunfo sobre el absolutismo, la extensión del socialismo como esperanza para los desheredados del mundo. La Biblioteca Británica se suma ahora a las conmemoraciones con la exposición “Russian Revolution: Hope, Tragedy, Myths” (La Revolución Rusa: esperanza, tragedia, mitos).

Definida por la institución —tras la del Congreso de Estados Unidos, la segunda biblioteca del mundo en tamaño, con 150 millones de objetos a los que se añaden seis millones más cada año— como la “exposición definitiva” sobre la revolución triunfal de los soviets, la muestra abarca un arco temporal que va del reinado del último zar, Nicolás II, hasta la muerte, en 1924, del dirigente bolchevique, Lenin.

En cartel hasta el 29 de agosto, la muestra promete a los visitantes la posibilidad de convertirse en testigos de un mundo interrumpido, conmocionado y cambiado para siempre” mediante el análisis y la contemplación de material gráfico, fotos, cine, grabaciones sonoras, publicaciones y propaganda, así como artículos raramente vistos.

Destacan una primera edición del Manifiesto Comunista, escrito por Marx y Engels y editado por primera vez precisamente en Londres en 1848, hasta una orden policial de Scotland Yard de 1922 prohibiendo a la biblioteca el préstamo o consulta de propaganda revolucionaria, que el gobierno británico consideraba “incendiario y demasiado peligroso” para la estabilidad política del país. También se exhibe material antibolchevique, muy poco difundido.

Los organizadores desean ofrecer la oportunidad de “entender las historias personales menos conocidas detrás de los eventos que cambiaron el mundo”, uniendo lo político con lo personal, resaltando el elenco de los grandes protagonistas de la Revolución y a la “gente común que vivió aquellos tiempos extraordinarios”.

La exposición contará la historia a través de carteles, cartas, fotografías, pancartas, armas, grabaciones y películas. El material es tan variado que va desde desde un álbum de souvenirs de lujo de la coronación del zar hasta la propaganda pintada a mano por los obreros de las fábricas.

Destacan también prendas de los uniformes del Ejército Rojo y una solicitud escrita de puño y letra por Lenin en abril de 1902 solicitando ser lector de la biblioteca del Museo Británico. Aparece firmada con el seudónimo Jacob Richter, que usaba para evadir la persecución ser lector de la biblioteca del Museo Británico. Aparece firmada con el seudónimo Jacob Richter, que usaba para evadir la persecución internacional de la policía zarista.

“Es imposible entender el mundo de hoy sin una comprensión de la Revolución Rusa”, dice la coordinadora de la muestra, Katya Rogatchevskaia. “Además de dar una visión general de acontecimientos trascendentales, desde los últimos días del Imperio Ruso y la caída del último zar, Nicolás II, hasta el surgimiento del primer estado socialista bajo la dirección de Lenin, también nos centraremos en las vidas de la gente común utilizando cartas, diarios y fotografías”.

http://www.20minutos.es/noticia/3033171/0/biblioteca-britanica-exposicion-centenario-revolucion-sovietica/
 
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101 soldados heroicos del Ejército Rojo fueron asesinados por los nazis en un campo de concentración holandés

Hoy los antifascistas holandeses honran la memoria de 101 prisioneros del Ejército Rojo asesinados por los nazis en un bosque de Amersfoort, cerca de Utrecht, en 1942. Son soldados desconocidos de origen uzbeko que dejaron sus hogares en Asia central para combatir al III Reich. La Wehrmacht los capturó en la batalla de Smolensk. Los llevó presos y vestidos de harapos a un campo de concentración en Holanda.

Cada primavera los antifascistas holandeses se reúnen y encienden velas para honrar su memoria en el mismo lugar en el que fueron acribillados por los nazis hace más de medio siglo.

Nadie recordaría a aquellos combatientes de no ser por el periodista holandés Remco Reiding que descubrió su historia hace 18 años cuando volvió a su país después de haber trabajado varios años en Rusia como corresponsal y escuchó de un amigo que había un cementerio de guerra soviético cerca de la zona. “Me sorprendió ya que nunca antes había escuchado de este cementerio”, dice Reiding. “Visité el lugar y comencé a buscar archivos y testigos”.


865 soldados soviéticos estaban enterrados allí y todos, con excepción de 101, habían sido llevados a ese lugar desde otras partes de los Países Bajos o de Alemania. Los 101 sin nombre habían muerto allí, en Amersfoort, un campo de concentración que estaba bajo el mando de Karl Peter Berg, quien fue ejecutado en 1949. Una inscripción en la tumba de los 101 dice “Soldado soviético desconocido” en ruso.

Los héroes del Ejército Rojo fueron capturados cerca de Smolensk en las primeras semanas después de la invasión alemana de la Unión Soviética y los nazis los transportaron a la Holanda ocupada por cuestiones de propaganda. “Eligieron meticulosamente a los que tenían aspecto asiático para exhibirlos ante los holandeses que se resistían a las ideas nazis”, cuenta Reiding.

“Los llamaron ‘untermenschen’ [personas inferiores] y contaron con que una vez que los holandeses vieran la apariencia de los soviéticos, querrían unirse a los alemanes”. El objetivo principal de los nazis era convencer a los holandeses comunistas, que habían sido detenidos en un campo de concentración en Amersfoort junto con los judíos locales, desde agosto de 1941.

Pero el plan no funcionó. Henk Broekhuizen, quien hoy tiene 91 años, es uno de los pocos testigos que quedan de lo ocurrido. Recuerda cuando era adolescente y vio llegar a los prisioneros soviéticos. “Cuando cierro los ojos veo sus caras”, dice. “Estaban envueltos en harapos, ni siquiera parecían soldados, solo podías ver sus caras”, recuerda.

“Los nazis los desfilaron por la calle principal, desde la estación de tren hasta el campo de concentración”, dice Broekhuizen. “Se los veía débiles y pequeños, sus pies estaban cubiertos en telas viejas. Algunos apenas podían caminar y eran ayudados por sus amigos”, rememora.

Algunos prisioneros pudieron establecer contacto visual con los locales y usaron gestos para indicar que tenían hambre. “Les llevamos un poco de agua y pan”, dice Broekhuizen. “Pero los nazis nos los sacaron de las manos y no nos dejaron ayudarlos”. Nunca más los volvió a ver y no oyó nada sobre lo que les ocurrió.

Pero Reiding logró hallar evidencias en los archivos holandeses. Una de las cosas que descubrió es que la mayoría de los soldados eran uzbekos. Los verdugos del campo de concentración no lo supieron, hasta que llegó un agente de la SS que hablaba ruso y los entrevistó. La mayoría era de Samarcanda, según Reiding. “Quizás había algún kazako, kirguís o baskir, pero la mayoría eran uzbekos”.

En 2015 Reiding compiló las confesiones de los guardianes del campo de concentración y los recuerdos de los prisioneros en el libro “Child of the Field of Honour” (Niño del Campo de Honor).  El periodista logró rastrear a los familiares de 200 de los 865 soldados soviéticos enterrados en Amersfoort.

También averiguó que los soldados del Ejército Rojo fueron tratados peor que los demás presos. “Durante los primeros tres días en el campo de concentración los uzbekos fueron dejados a la intemperie, sin comida y rodeados de alambres de púa”, señala Reiding. “Los alemanes tenían listo un equipo de filmación para captar el momento en que estos ‘bárbaros subhumanos’ se pelearan por comida, una grabación que querían usar como propaganda. Así que los nazis les lanzaron una rodaja de pan a los hambrientos uzbekos”.

“Para sorpresa de ellos, uno de los prisioneros tomó el pan y con calma lo dividió en pedazos iguales con una cuchara”. “Los otros esperaron pacientemente. Nadie se peleó. Luego se dividieron los pedazos de pan de manera igualitaria. Los nazis estaban decepcionados”
, asegura el periodista.

Pero luego vendrían cosas peores. “A los uzbekos les daban la mitad de comida que al resto y si algún otro prisionero los ayudaba todo el campo de concentración se quedaba sin comida, como castigo”, cuenta Bahodir Uzakov, un historiador uzbeko. Uzakov, quien vive en la cercana Gouda, también ha estado investigando lo que ocurrió en el campo de concentración de Amersfoort.

“Cuando comían sobras y cáscara de papas los nazis los golpeaban por comer comida de cerdos”, asegura.

Reding averiguó que a los uzbekos les daban las peores tareas. Por ejemplo, cargar la albañilería más pesada o arena o troncos, en temperaturas heladas.

Una de las historias más horrorosas que descubrió es sobre el médico del campo de concentración, un holandés llamado Nikolaas Van Nieuwenhuysen, un sádico que tras la guerra fue sentenciado a 10 años de prisión.

Cuando dos uzbekos murieron, obligó a otros prisioneros a decapitarlos y a hervir sus cráneos hasta que estuvieran limpios, cuenta Reiding. “El doctor guardó las dos calaveras en su escritorio para estudiarlos, ¡qué locura!”, señala. Muertos de hambre y débiles, los uzbekos comenzaron a comer ratas, ratones y plantas.

Veinticuatro de ellos no sobrevivieron el duro invierno de 1941 y los restantes 77 no le servían a los nazis una vez que se pusieron demasiado débiles para trabajar. Así que una mañana en abril de 1942 los alemanes les dijeron que los trasladarían al sur de Francia, donde el clima más cálido les sentaría mejor.

En realidad los llevaron a un bosque justo afuera del campo de concentración donde los fusilaron y los enterraron en una fosa común. “Algunos comenzaron a llorar, otros juntaron las manos y enfrentaron su muerte. Los que trataron de huir fueron perseguidos y acribillados”, dice Reiding, basándose en lo que contaron los guardias que presenciaron la ejecución.

“Imagina estar a 5.000 km de tu hogar, en un lugar donde no hablas el idioma y nadie entiende el tuyo”. “Y nunca entiendes por qué estas personas te tratan como si fueras un animal”, reflexiona.

No hay mucha información que ayude a identificar a estos prisioneros. Los nazis le prendieron fuego a los archivos del campo de concentración cuando huyeron en mayo de 1945. Hay una sola foto que muestra caras, las de dos hombres, que no están identificados. También hay nueve retratos dibujados en lápiz por un prisionero holandés, pero solo dos tienen nombre.

“Los nombres están mal escritos pero suenan uzbekos”, dice Reiding. “Uno es Kadiru Xatam y el otro Muratov Zayer. Así que lo más probable que el primero sea Kadirov, Hatam y el segundo Muratov, Zair”. Los retratos muestran a hombres de unos veinte años o quizás más jóvenes. Seguramente en Uzbekistán sus madres habían comenzado a buscarles esposas apropiadas y sus padres ya habrían comprado un ternero para arriar para su fiesta de casamiento cuando explotó la guerra y cambió todo.

Se estima que un tercio de los 1,4 millones de uzbekos que lucharon en la Segunda Guerra Mundial no regresaron y 100.000 permanecen desaparecidos. Hay varios motivos por los cuales los 101 soldados uzbekos que fueron enterrados en Amersfoort no fueron identificados, salvo los dos de los dibujos.

Uno fue la Guerra Fría, que llegó inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y convirtió a Europa Occidental y a la Unión Soviética en enemigos ideológicos. Otro es la decisión de Uzbekistán de olvidar su pasado soviético cuando se independizó en 1991. Los veteranos dejaron de ser considerados héroes.

Un monumento dedicado a una familia que adoptó a 14 huérfanos de la guerra fue retirado de una plaza en el centro de Tashkent, aunque el nuevo presidente uzbeko dijo que será devuelto a ese lugar. Los cuerpos de los uzbekos fueron trasladados de la fosa común a un cementerio y luego mudados nuevamente a un cementerio creado especialmente para los soldados soviéticos caídos.

En resumen, podría decirse que buscar a soldados que desaparecieron hace varias décadas cuando formaban parte del Ejército Rojo no ha sido una prioridad del gobierno uzbeko. No obstante, Reiding mantiene la esperanza de encontrar los nombres en los archivos de ese país. “Los documentos sobre soldados soviéticos que no murieron o cuyas muertes no eran conocidas por las autoridades soviéticas fueron enviadas a la KGB local (la agencia de inteligencia soviética) así que es probable que la identidad de los 101 prisioneros esté guardada en Uzbekistán”, asegura.

http://www.bbc.com/mundo/noticias-39889803
Karl Peter Berg, jefe nazi del campo de concentración, fusilado en 1949
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Galina Brok Beltsova, la legendaria piloto soviética que aterrorizó al fascismo

Galina Brok Beltsova
Galina Brok Beltsova fue una legendaria piloto soviética que aterrorizaba a los fascistas en los tiempos de la guerra contra la Alemania nazi, entre 1941 y 1945.

La leyenda viva, ahora con 92 años, contó en un programa televisivo de la cadena principal rusa Perviy Kanal detalles de aquella etapa. Qué era lo más complicado durante un vuelo de combate, cómo empezó a trabajar en el contraespionaje y por qué es importante decir la verdad sobre la guerra a los jóvenes. 

En 1941, cuando estalló la guerra, Galina tenía solo 16 años. Y así de repente se convirtió de meteoróloga (especialidad que estudiaba) en piloto de un bombardero. Vuelos de combate, bombardeos peligrosos, cansancio y falta de sueño formaron parte de su vida por cuatro años.

«Sí que había miedo pero hay otra frase que es ‘se debe hacer’. Cuando uno de los aviones, que volaban en línea, resultaba derribado, los otros seguían volando, adelante, marcando el lugar donde sucedía. La palabra ‘miedo’ no existía, solo el ‘deber'», cuenta.

La mujer explica que aquel momento se podía pensar solo en cómo «liberar a la patria de enemigos y parar la masacre».

Sin embargo, señala, a pesar de la guerra las pilotos no olvidaban simples pasatiempos como leer poesía, escribir cartas a la familia o incluso bordar.

Brok Beltsova recuerda que en su práctica también había situaciones de emergencia durante vuelos de combate. Una vez chocó contra otro avión de su línea mientras maniobraba para evitar disparos de unidades antiaéreas fascistas. Todo sucedió a 5.000 metros sobre la tierra.

«El avión llevaba bombas. No se podía dejarlas caer. El aeródromo estaba debajo de nosotros. Además, debajo se encontraban nuestras tropas que estaban realizando una ofensiva […] Tomamos la decisión de aterrizar con bombas. Todos estaban en pánico al verlo, porque en el aeródromo había otros aviones caza […] Al aterrizar, el avión se salió de la pista, nos salvaron unos huecos en la tierra en los que ‘entraron’ nuestras bombas», indica.

En 1945, cuando todo el país celebraba la victoria, para ella empezaba un nuevo período de vida, en el frente invisible, el contraespionaje en los tiempos de la guerra fría. De ello ni siquiera sabía su marido.

«En la comisaría militar me invitaron a hablar […] me preguntaron si quería luchar contra los espías que invadieron Moscú», señala. La mujer aceptó la propuesta sin vacilar.

Lo explica en parte con la pobreza, las dificultades que experimentaba su familia aquel período. «Mi padre tenía una tarjeta alimentaria para 800 gramos, mi madre estaba enferma y mi hermana aún era pequeña. Tenían que vivir los tres con esa tarjeta alimentaria», comenta. Mientras con la propuesta le daban un trabajo real con el que podía ayudar a su familia.

Después de la desmovilización, Brok Beltsova se graduó en Historia por la Universidad Estatal de Moscú y trabajó en una escuela durante unos 70 años.

https://mundo.sputniknews.com/rusia/201705071068973393-rusia-pilotos-guerra-alemania-fascistas/
 
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La apertura de los archivos de la ONU desvela aspectos inéditos de los crímenenes de guerra cometidos por los nazis

Por primera vez la semana pasada se publicaron los archivos de la Comisión de Crímenes de Guerra de la ONU. Se trata de las prácticas criminales nazis, tanto antes como en la propia Guerra Mundial.

Se han expuesto en la Wiener Library de Londres y el catálogo ya se puede consultar en línea. Lo fue formando el doctor Alfred Wiener desde la llegada de los nazis el gobierno alemán en 1933. Al comenzar la guerra trasladó el archivo a Londres.

Aunque alguno de los archivos se utilizó en los procesos de Nuremberg, se han mantenido en secreto durante más de setenta años, porque la verdad histórica es política, o sea, muy incómoda para quien ordenó que se ocultaran bajo llave: Estados Unidos.

En 1945 había que transmitir otro mensaje distinto: el que el imperialismo necesitaba para sostener la Guerra Fría contra la URSS. En la posguerra Alemania dejó de ser un enemigo y se convirtió en un aliado. Al mismo tiempo había que reciclar a los nazis para que siguieran dirigiendo al país con un formato distinto. Se acabó el III Reich y empezó la República Federal Alemana.

Algunos privilegiados, como Dan Plesch, director del Centro de Estudios Internacionales y Diplomáticos de Londres, tuvieron acceso a los mismos duranbte años. Con dicho material Plesch escribió su obra “Los derechos humanos después de Hitler. La historia perdida de la persecución de los crímenes de guerra cometidos por el Eje”.

La historia de la posguerra no es sólo muestra el feroz acoso imperialista contra la URSS y la complicidad en el mismo de los imperialistas aliados a los viejos nazis de toda la vida, sino otro tipo de datos que ya se sabían o se sospechaban, pero que ahora resultan estridentes. Por ejemplo, los documentos demuestran que las potencias imperialistas no conocieron los crímenes de guerra cometidios por los nazis después de acabar con Hitler, sino antes.

Pero hicieron caso omiso de ello porque el plan de los imperialistas siempre contó con el apoyo de los nazis para luchar contra la URSS, que si bien no fue su único enemigo, siempre fue el enemigo principal. El viraje a la Guerra Fría en 1945 no fue un cambio tan brusco, sino la continuación de la misma política por parte de Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia.

Al doctor Wiener no le preocupaban la represión nazi contra los comunistas, por lo que sus archivos reinciden en el tópico del famoso “holocausto”, manido hasta la saturación histórica. Parece que los nazis y la guerra fueron una lucha de los nazis contra los judíos, lo cual es un burda falsificación histórica, por más que se repita una y mil veces.

No obstante, incluso en esos aspecto los archivos contienen documentos interesantes que podrían traserse a la actualidad. Como el gobierno británico conocía la persecución de los judíos desde el primer minuto, algunos plantearon la posibilidad de acoger a los refugiados que trataban de huir de Alemania, a lo que un ministro, Cranborne, se opuso en 1943 porque Inglaterra ya tenía demasiados refugiados y los judíos no constituían “un caso distinto”.

Antes y durante la guerra, los judíos sólo tuvieron un país que les acogiera: la URSS. Los que no se quedaron a vivir en la URSS, lograron huir a a través de la URSS. Habrá quien piense de otra manera, poniendo encima de la mesa nombres de judíos ilustres que huyeron a otros países. Aquí nosotros hablamos de las masas y del proletariado judío, que son los que más nos importan.

Más datos curiosos. Si el lector creía que en 1945 las exigencias de condenar a los criminales de guerra fascistas procedió de Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia, se equivoca. Ni siquiera fue iniciativa de la URSS, que no hizo más que acoger las peticiones otros países asolados por los criminales fascistas, como Polonia o China.

Si creía que la consideración de las violaciones y abusos sexuales como crímenes de guerra comenzó con la Guerra de los Balcanes, también estará equivocado por es algo que ya hicieron Polonia, Filipinas o Grecia.

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Lenin yace en el fondo de las aguas del Mar Negro

Cuando una persona camina a orillas del Mar Negro disfrutando de las vistas que ofrece la costa de Crimea, no se imagina la cantidad de secretos que esconden esas aguas. Barcos y cazas soviéticos perecieron en sus aguas y sus restos siguen sumergidos ahí, así como una colección de estatuas soviéticas en el lecho marino.En la Península de Crimea, se encuentra un cabo denominado “Bolshoi Atlesh” desde el que parten aficionados al submarinismo para contemplar la belleza de este museo subacuático. A unos 100 metros de la costa y a una profundidad de 12 metros se encuentran 50 estatuas de la época soviética.

Lo primero que se viene a la mente al contemplar este espectáculo es la pregunta ¿cómo habrán llegado ahí? Aquí viene la historia. Tras la destrucción de la Unión Soviética y la independencia de Ucrania, se procedieron a quitar las esculturas en homenaje a líderes soviéticos. El nacionalismo ucraniano quería borrar todo rastro soviético de los pueblos y ciudades de Ucrania.

Vladimir Borumensky, era residente en Donetsk e instructor en un club local de submarinismo. En 1991, trasladó la primera estatua a Crimea. Se trataba de un busto de Lenin que instaló en una punta rocosa del cabo. Los vándalos lo habían destrozado y Vladimir decidió poner remedio a esto. Decidió trasladar la escultura mar adentro, lejos de las manos de bandidos y fascistas. Sólo a un amante de la escultura, del socialismo y del submarinismo se le hubiera ocurrido tal cosa.

Cada año se organizaba un campamento para amantes del submarinismo y de las esculturas soviéticas, y fue así como poco a poco fueron llegando bustos de diversos lugares de lo que fue la Unión Soviética. Cada año los buceadores limpian los bustos y realizan un mantenimiento para que las esculturas estén en las mejores condiciones.

—http://www.culturabolchevique.com/2016/10/las-esculturas-sovieticas-bajo-las.html


Stalin también descansa bajo las mismas aguas