El proceso de incorporación de Crimea a Rusia

En 1991 el desmantelamiento de la URSS creó de 16 Estados distintos en donde antes sólo había uno. En todos y cada uno de ellos los imperialistas han asentado sus reales, instalando bases militares y cañones que no apuntan al azar, a todas partes: apuntan a Rusia.

Lo mismo ha ocurrido en los Balcanes, donde recientemente Montenegro se ha incorporado a la OTAN. La antigua Yugoeslavia no sólo ha sido despedazada sino que con ella ha acabado su política de no alineamiento. Después de una guerra feroz, sus pedacitos han sido engullidos uno a uno y ya solo queda Serbia por doblegar.

Ucrania es un calco de lo mismo. Históricamente es un país inconcebible sin la Revolución de Octubre. Todo se lo debe a la URSS, por lo que sus “nacionalistas” huelen a podrido ya que jamás han enfilado su lucha contra el imperialismo sino en la dirección contraria, lo que debería hacer pensar a más de un estrábico.

Dentro de la URSS Ucrania tuvo, además, un trato privilegiado en muchísimos aspectos, desde el trazado de las fronteras hasta su integración en la ONU en 1945 como miembro de pleno derecho. Formaron parte de Ucrania numerosas poblaciones que no eran ucranianas, un proceso que culminó en 1954 con la incorporación de Crimea a la República Socialista Soviética de Ucrania que, dicho sea paso, violaba las leyes de la URSS. A pesar de ello, a nadie le cupo ninguna duda nunca de que Crimea no era Ucrania, pero la URSS era un Estado creado para la protección de las minorías y en la Ucrania socialista la mayoría rusa de Crimea (y del Donbas) era una minoría y jamás tuvo ningún problema a causa de ello.

La situación cambió radicalmente con la desaparición de la URSS y el espectáculo de una Rusia deprimida y deprimente a la que los imperialistas se aprestaron a dar un gran bocado. En aquel momento, que conviene contrastar con el actual, lo más lógico era que todos quisieran darse a la fuga, empezando por Crimea, donde se han convocado tres referéndums desde 1991 para establecer su estatuto político. Los tres ilustran mejor que nada el rápido giro de los acontecimientos históricos provocados por la caída de la URSS.

En 1991, en época de Yeltsin, Crimea no quiso formar parte de Rusia. Aquel primer referéndum se celebró el 20 de enero de 1991 cuando aún Ucrania no era un Estado independiente. Con una participación electoral del 94,3 por ciento de la población, la voluntad de Crimea era la de independencia, algo que una vez aparecido como Estado independiente, Ucrania no admitió. En aquel momento Ucrania se anexionó Crimea y aunque el parlamento ruso se opuso, la situación era tan penosa que no tenía capacidad más que para lamentarse de ello.

Lo interesante es, una vez más, comprobar la posición de Crimea, que en aquel momento tampoco planteó batalla contra la anexión por dos motivos. El primero es que Crimea entró en Ucrania como Estado autónomo; incluso al año siguiente aprobó su propia Constitución, cuyo primer artículo decía que sólo el Parlamento (el de Crimea) podía abolirla.

El segundo es que creyó que en Kiev iban a respetar ese estatuto y que la situación no iba a cambiar mucho con respecto a lo que había sido hasta entonces la Ucrania soviética. Al fin y al cabo, a pesar de la independencia, Ucrania empezó formando parte con Rusia de la llamada “Comunidad de Estados Independientes”. Según el Memorándum de Budapest firmado el 5 de diciembre de 1994, Rusia asumió la responsabilidad de garantizar de la soberanía y la independencia de Ucrania.

Para situarnos en la situación del momento podemos seguir apuntando datos, como el acuerdo de 1997 para que la flota rusa del Mar Negro (dotada de armas nucleares) pudiese permanecer en el puerto de Sebastopol, radicado en Crimea, prorrogado después de las elecciones presidenciales de 2010 en Ucrania por 25 años más.

Obviamente, no sólo pecaron de ingenuidad en Crimea, lo cual es fácil decir a posteriori. Nadie podía prever el deterioro posterior de las relaciones entre ambos países, Ucrania y Rusia, provocado por el imperialismo.

El segundo referéndum de Crimea se celebró el 27 de marzo de 1994. A pesar de que Ucrania ya era un Estado independiente, en la consulta sólo participó la población de la península, que se pronunció sobre tres cuestiones:

a) la ampliación de la autonomía de Crimea dentro de Ucrania
b) la posibilidad de la población tuviera la doble nacionalidad (ucraniana y rusa)
c) la ampliación de los poderes del Presidente del Gobierno autonómico

Los tres aspectos fueron aprobados por la mayoría de votos, lo que el gobierno de Kiev no admitió, enviando al ejército, que destituyó al Presidente Yuri Mechkov y tomó el control del gobierno local. Se trató de otra anexión forzosa, la segunda, pero lo cierto es que tampoco se produjeron grandes protestas en la península a causa de ello. La ingenuidad aún tenía su recorrido.

Los problemas se agudizaron cuando los imperialistas, lo mismo que en el Cáucaso, empezaron a enfrentar a Rusia con sus vecinos a lo largo de todas y cada una de las fronteras, incluida Ucrania, una situación que en 2004 desemboca en la llamada “revolución naranja”, un anticipo de lo que sería Maidan diez años después. Los gobiernos que no entran en el juego padecen campañas de desestabilización. Se les califica —a la manera usual— como prorrusos, mientras promocionan a esos que son calificados de “nacionalistas” y que no son otra cosa que fascistas, aupados a ejercer de marionetas de la OTAN, de Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional y de la Unión Europea.

El fascismo trae consigo el chovinismo y la xenofobia, lo que se puso de manifiesto de manera dramática diez años después, con el golpe de Estado iniciado en la Plaza Maidan que ha convertido a Ucrania en un Estado pelele de los imperialistas como pocas veces se ha visto.

En un Estado frágil, como Ucrania, el fascismo conduce a las políticas brutales de asimilación de todas y cada una de las minorías que viven en su seno que, en muchos casos, caen en el ridículo más espantoso, como la prohibición del idioma ruso por decreto, el cierre de las escuelas y otras medidas que condujeron al levantamiento de la población del Donbas.

Para pedir la incorporación a Rusia, Crimea podría haber invocado la vulneración de su estatuto autonómico dentro de Ucrania desde hacía dos décadas, algo tan legítimo como el propio golpe de Estado veinte años después. En cualquier caso, tiene todos los argumentos para querer salir del infierno en el que los fascistas han convertido a Ucrania.

La responsabilidad de ello incumbe exclusivamente al gobierno de Kiev porque la situación, tanto en Crimea como en el Donbas, hubiera sido muy distinta si los imperialistas no hubieran clavado sus zarpas en el país.

Ucrania había cambiado las reglas del juego con Crimea y nadie puede jugar con dos barajas. Por 61 de los 64 diputados presentes, el 27 de febrero de 2014 el Parlamento autónomo de Crimea, aprobó la convocatoria una consulta para integrarse en Rusia. La ciudad de Sebastopol, que era autónoma dentro de la autonomía, tuvo su propio referéndum y el 6 de marzo, antes que el resto de Crimea, también aprobó la incorporación a Rusia.

Si se analizan los resultados electorales (participación del 80 por ciento y voto favorable del 97 por ciento), sólo cabe una conclusión: incluso los ucranianos de Crimea prefirieron estar dentro de Rusia, lo cual es un pálido reflejo de lo que estaba ocurriendo porque en casi todas las regiones de Ucrania crecieron movimientos del mismo tipo por parte de las minorías, lo que se puso de manifiesto cuando numerosos residentes ucranianos pidieron la nacionalidad rusa. A mayor abundancia, lo que inicialmente quería el parlamento autónomo no era la incorporación sino la defensa de su régimen administrativo frente al gobierno central, algo que pronto se dieron cuenta de que era imposible. Al final no cabía más que volver al sitio del que habían salido en 1954.

Si cabe hablar de anexión es, pues, para concluir que Crimea estuvo anexionada a Ucrania en los 60 años transcurridos entre 1954 y 2014.

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