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Los dos principales partidos comunistas de Nepal inician un proceso de fusión

La alianza de los dos partidos comunistas que gobierna Nepal avanza hoy en el proceso de fusión en una sola organización.

La pasada semana los partidos Comunista Marxista Leninista Unificado (CPN-UML) y Comunista Centro Maoísta (CPN-MC) alcanzaron un acuerdo de siete puntos para tal fin.

Uno de ellos prevé que la nueva organización será llamada Partido Comunista de Nepal (CPN), aunque ese nombre ya está reconocido por la Comisión Electoral.

Según Ley de Partidos Políticos, una agrupación no puede registrarse si su nombre y símbolo de elección coinciden con los de otro ya reconocido por la Comisión Electoral.

El actual CPN está dirigido por Rishiram Kattel, un veterano comunista, que aglutinó hace cinco años a varias pequeñas facciones de esa tendencia.

El presidente del CPN-MC, Pushpa Kamal Dahal, explicó que el anuncio oficial de unificación se realizará tras la presentación del informe del grupo de trabajo conjunto.

La pasada semana el dirigente del CPN-UML, K.P. Sharma Oli, asumió sus funciones como Primer Ministro de Nepal tras la victoria electoral de la coalición.

La presidenta Bidhya Devi Bhandari juramentó a Oli en una ceremonia que contó también con la presencia del vicemandatario Nanda Bahadur Pun y el jefe del Tribunal Supremo, Gopal Parajuli.

En las elecciones celebradas en noviembre y diciembre el CPN-UML y el CPN-MC lograron 121 y 53 escaños, respectivamente en la Cámara baja, integrada por 275 compromisarios.

Este mes los comunistas reforzaron su posición tras conquistar los dos tercios de la Asamblea Nacional.

Estas elecciones generales fueron las primeras desde la adopción en septiembre de 2015 de una nueva Constitución, que cerró un convulso período de transición iniciado nueve años antes.

Nepal es un pequeño Estado fronterizo entre China e India de 27 millones de habitantes. Tras diez años de guerra y levantamientos populares que costaron la vida a más de 16.000 personas, logró derribar la monarquía en 2008. Con ella acabó el feudalismo.

Un dirigente comunista elegido Primer Ministro de Nepal

Tras la aplastante victoria electoral de la alianza de izquierda, el dirigente del Partido Comunista Marxista-Leninista Unido (CPN-UML), KP Sharma Oli, asumirá hoy el cargo de Primer Ministro de Nepal, reemplazando a Sher Bahadur Deuba.

El grupo parlamentario comunista ha elegido a Oli, de 65 años de edad, como su abanderado al frente del poder ejecutivo, que ya dirigió entre octubre de 2015 y agosto del año siguiente. El jueves Deuba anunció su renuncia en un discurso televisado, dos meses después del colapso de su partido, el Congreso Nepalés, en las elecciones parlamentarias.

Tras la dimisión, el Presidente Bidhya Devi Bhandari llamó a Oli al cargo de Primer Ministro, y juró oficialmente en una ceremonia oficial. En las elecciones celebradas en noviembre y diciembre, el PCN-UML y el aliado del Partido Comunista del Centro Maoísta (PCN-MC) alcanzaron 121 y 53 escaños, respectivamente, en la cámara baja de 275 escaños.

La semana pasada, los comunistas reforzaron su posición después de ganar dos tercios de la Asamblea Nacional (Senado) la semana pasada. El PCN-UML y el CPN-MC obtuvieron 27 y 12 escaños, respectivamente, de un total de 59 escaños en la Cámara Alta.

La Constitución de 2015 estipula que las siete asambleas provinciales, que surgieron de las elecciones celebradas hace dos meses, eligen un total de 56 miembros del Senado. Los otros tres son nombrados por el Presidente de Nepal.

Estas elecciones generales fueron las primeras desde la adopción de una nueva Constitución en septiembre de 2015, que puso fin a un período de transición tumultuoso que comenzó nueve años antes de la abolición de la monarquía tras una guerra civil en la que murieron más de 16.000 personas.

Norman Bethune: un comunista canadiense en ‘La Desbandá’

Norman Bethune, a la derecha
“España es una cicatriz en mi corazón”
(Norman Bethune)

“Imaginaos ciento cincuenta mil hombres, mujeres y niños que huyen en busca de refugio hacia una ciudad situada a cerca de doscientos kilómetros de distancia. No hay más que un camino. No hay más vía de escape. Y este camino, encajonado entre los altos picos de la Sierra Nevada y el mar, cortado en sus mismos tajos, sube y baja, desde el nivel del mar a las montañas, en declives de más de 30 metros”. Quien escribe este párrafo no se lo imaginó. Lo vivió. Lo fotografió. Lo contó. Y ayudó a muchos de esos hombres, mujeres y niños a salvar sus vidas. Es Norman Bethune, un médico canadiense que llegó desde Barcelona a Almería, con un camión con sangre para practicar transfusiones, el 10 de febrero de 1937, en plena desbandá del pueblo malagueño.

“En Almería supimos la noticia de la caída de Málaga y nos aconsejaron que no siguiésemos nuestro camino”, cuenta Bethune en su relato “El crimen del camino Málaga-Almería”, que fue reeditado en 2014 por la Consejería de Aministración Local y Relaciones Institucionales. Él y su ayudante, Hasen Sise, continuaron a bordo de la UVI móvil de aquel momento. Un cambión ambulancia pintada de gris, conducida por otro canadiense, con el siguiente letrero: “Servicio permanente de transfusión de sangre”. “Llévate a este, mira este niño. Este va herido. Niños con los bracitos y las piernas enredados en trapos ensangrentados; niños sin zapatos, con los pies hinchados; niños que lloraban desesperados de dolor, de hambre, de cansancio. Doscientos kilómetros de miseria. Imaginaos lo que serían cuatro días de andar escondiéndose en el puerto”. ¿A quién elegir? ¿A quién ayudar ante la multitud de padres clamando ayuda? El doctor y sus ayudantes terminaron desmontando el interior de la ambulancia y la usaron para trasladar a los más necesitados, sobre todo a los niños.

En 2014 el Centro Andaluz de Fotografía publicó las únicas fotos que dan testimonio de aquel horror, acompañada por una publicación trilingüe (español, inglés y francés) que contiene, junto a las imágenes, las narraciones del propio Bethune y de cómo vivió la tragedia que sufrieron los civiles malagueños, e incluso, testimonios de quienes entonces eran unos niños recopilados por Jesús Majada. “Yo me encontré con ese horror de casualidad. Me dedicaba a estudiar cómo los extranjeros veían a los andaluces y tuve noticias sobre un médico que había escrito un libro sobre el crimen del camino Málaga-Almería. Lo encontré en una biblioteca de Cataluña”.

El profesor Majada no tenía ni idea en ese momento de lo que habían vivido estas personas a pesar de que llevaba treinta y tantos años viviendo en Málaga. Hasta que un día, delante del televisor, horrorizado por las imágenes de la guerra de Yugoslavia, se dijo: “Esto es lo mismo que lo que vi en aquellas fotografías”. Nada decían los libros de esa historia tan cercana que, sin embargo, sí estaba presente en muchas familias malagueñas. “Era una historia muy viva que estaba silenciada”, añade Majadas. Entonces tampoco se hablaba de memoria histórica. Ni cuando se expuso por primera vez esta muestra, hace diez años, que ha recorrido ya una docena de ciudades españolas y ha pasado por Montreal y México.

Durante cinco días, sin apenas descansar ni dormir, este médico canadiense salvó vidas y ayudó a muchas familias desfallecidas y hambrientas, “a costa de poner él mismo en riesgo su propia existencia y la de sus heróicos ayudantes”, escribe el director general de Memoria Democrática de Andalucía, Luis Naranjo, en el prólogo del libro reeditado. Héroes, sin embargo, ignorados en España. “Hasta hace muy poco el hospital principal de Málaga se llamaba Carlos Haya, el aviador que bombardeó la ciudad”, recuerda Majada. “Bethune debe ser recuperado como parte importante de la memoria democrática de este país, ya que representó como pocos los valores de solidaridad, resistencia y lucha por la libertad y la justicia que constituyen el mayor patrimonio histórico de las clases trabajadoras”, añade Naranjo.

“Deliberadamente arrojaron diez bombas en el centro mismo de la ciudad, en la calle principal, donde, amontonados en el pavimento, dormían exhaustos los refugiados. Cuando se habían alejado los aviones levanté del suelo los cadáveres de tres niños que habían estado tres horas de pie en una cola frente al Comité Provincial de Evacuación, esperando su ración de una taza de leche condensada y un pedazo de pan, único alimento disponible. La calle parecía un degolladero, con los muertos y los agonizantes, alumbrado por las llamas de los edificios que ardían”, escribió Bethune. “¿Qué crimen habían cometido estos hombres de la ciudad para ser asesinados de modo tan sangriento?”, se preguntaba el médico. “Su único crimen había sido el de votar por un Gobierno del pueblo”.

En 1938, Bethune viajó a China para unirse al Ejército Popular, donde ejerció como cirujano de campaña. Las condiciones insalubres en las que operaba le provocaron una septicemia que le causó la muerte el 12 de noviembre de 1939. En China es una figura legendaria. En Canadá, un genio. En España, de momento, un desconocido.

http://www.asturbulla.org/index.php/politica/republica-e-historia/24485-norman-bethune-el-medico-que-ayudo-a-las-victimas-de-la-desbanda

Más información:

– La fascinante historia del doctor Bethune, el pionero de la donación de sangre en la Guerra Civil española que es venerado en China

– Mao Zedong: En memoria de Norman Bethune
– Exposición de posters chinos de Norman Bethune
– La desbandá: el ametrallamiento indiscriminado de los malagueños que huían de la Guerra Civil 

Bethune en Almería con la primera ambulancia para la realización de transfusiones de sangre que él diseñó

Mao Zedong con Norman Bethune, conocido por ‘Baiqiuen’ en China

10 meses de cárcel por apología del comunismo en Indonesia

Heri Budiawan al llegar al tribunal
Un ecologista indonesio, Heri Budiawan, de 38 años de edad, ha sido condenado a 10 meses de cárcel por apología del comunismo. Desde las grandes matanzas de comunistas, sindicalistas y campesinos de 1964, las leyes indonesias reprimen cualquier manifestación favorable a la lucha revolucionaria.

Budiawan fue juzgado el miércoles de la semana pasada y condenado por un tribunal de Banyuwangi, al este de la isla de Java por participar en una manifestación ecologista celebrada el año pasado contra la apertura de una mina de oro.

La fiscalía pidió una condena más severa: 7 años de cárcel.

En el transcurso de la manifestación, de la que Budiawan era convocante, los participantes exhibieron banderas rojas con la hoz y el martillo, lo que es un delito grave en Indonesia.

Otros tres manifestantes que portaban las mismas banderas también están acusados de apología del comunismo y de otras ideologías progresistas, por lo que pueden ser condenados con penas de hasta 12 años de cárcel. Serán juzgados próximamente.

A mediados de los años sesenta medio de millón de militantes del Partido Comunista, así como sindicalistas y dirigentes de las organizaciones campesinas fueron brutalmente exterminados en Indonesia por el ejército y milicias paramilitares.

Las masacres comenzaron cuando el general Suharto aplastó un Golpe de Estado que, falsamente, atribuyó al Partido Comunista. El pretexto le sirvió para dar, a su vez, un Golpe de Estado y dirigir las riendas de Indonesia durante 32 años, hasta que en 1998 fue derrocado tras un levantamiento popular.

Tanto el golpe de Estado como las matanzas posteriores se justificaron en nombre de la lucha contra el comunismo, aunque su objetivo era acabar con cualquier clase de oposición política, sindical y social organizada.

Más información:

– 500.000 comunistas fueron masacrados en Indonesia en 1965
– 50 años del golpe de Estado que masacró a un millón de comunistas en Indonesia
– Estados Unidos participó en la matanza de los 500.000 comunistas indonesios en 1965
– Un genocidio de la CIA (¿otro?) olvidado
– La gran masacre que Estados Unidos mantuvo siempre en silencio

Stalin y Eisenstein: un debate abierto sobre cine, historia y batallas políticas

Por aquí es demasiado pedir que alguien sea capaz de escribir algo mínimamente sensato sobre la URSS sin incurrir en una imbecilidad tópica. Ha sido el caso de las reseñas sobre el genial cineasta soviético Serguei Eisenstein, en las que nunca falta una mención a la censura impuesta por Stalin sobre la película “Iván el Terrible”, por una razón obvia: Stalin se veía asimilado a un Iván cuyo apodo lo decía todo. Terrible.

Ninguno de los que escriben esas bobadas tiene ni la más lejana idea de quién fue Iván el Terrible, aunque imaginarán que sería una versión rusa a medio camino entre Calígula y Robespierre. Es como preguntarles si saben quién fue Juana la Loca o si realmente creen que estaba loca. Sin embargo, les consta fechacientemente que Iván el Terrible sí era realmente terrible, que a Stalin le molestaba que le compararan con él y que eso es precisamente lo que pretendía hacer el sibilino de Eisenstein…

En la URSS los debates sobre el arte y la literatura siempre fueron particularmente enconados porque no son otra cosa que los mismos debates políticos metamorfoseados. Esos debates se recrudecieron tras la Segunda Guerra Mundial y Stalin tuvo un papel protagonista en ellos, cuidadosamente silenciado por Jruschov y los suyos a partir de 1953.

Un reflejo de ese debate es el denostado artículo de Zdanov sobre arte y literatura, en el que -además de Stalin- participaron Molotov, Eisenstein y Cherkasov, que es -por cierto- el actor que encarna a Iván el Terrible en la película de Eisenstein.

No es sencillo resumir los términos del debate, pero hay que empezar diciendo que la comparación con el Iván el Terrible no le podía importar lo más mínimo a Stalin porque prefería eso a que le comparan con Pedro el Grande o Catalina la Grande porque mientras estos seguían los cánones occidentales, el zar Iván era un “oriental” y eso a Stalin le parecía bien. No tenía ese tipo de complejos.

Dentro del debate, los participantes estaban de acuerdo en cosas que aquí muchos también pondrían encima de la mesa. El principal de ellos es que para un revolucionario el arte no es un fin en sí mismo (“ars gratia artis”, el lema de la Metro Goldwyn Mayer) sino que está al servicio de las masas y no de los directores, los productores, los actores o los exhibidores.

El segundo es que eso no justifica cualquier mediocridad panfletaria, sino todo lo contrario. El debate de 1947 tenía por objeto elevar la calidad artística del cine soviético, tanto como su contenido político, ideológico e histórico. El PCUS reprocha a Eisenstein que en la segunda parte de la película Ivan el Terrible muestra su ignorancia de la historia que relata, lo cual en un país capitalista no importa, pero en la URSS era fundamental. ¿O debían los comunistas admitir que una película transmitiera cualquier clase de falsedades sobre el pasado con la excusa de que se trata de ficción?

Eisenstein no pintaba al ejército de Iván IV, o Iván Grozni, como le llamaba el PCUS, como un ejército (“oprichnina”) progresista sino como una banda de matones y al propio zar como una especie de Hamlet, un hombre dubitativo, lo cual no era cierto.

Después de criticar la película, el PCUS pasa a criticar al Ministerio de Cinematografía y a su ministro Bolchakov, que “gasta mucho dinero en el cine pero no hace nada por mejorarlo”. El ataque continúa por los vidriosos temas del amiguismo y el compadreo, tan típicos del arte y los artistas, incluso los soviéticos:

“Los trabajadores del arte deben comprender que quienes adoptan una actitud irresponsable y superficial respecto a su trabajo se arriesgan a situarse fuera del alcance del arte soviético progresista, porque las exigencias culturales y las exigencias del público soviético se han desarrollado. El gobierno continuará cultivando entre las personas el buen gusto y estimulará la exigencia sobre las obras de arte”.

Que el PCUS no estuviera de acuerdo con la película y la criticara, no significa que hubiera censura, porque también criticó otras películas de Eisenstein, incluidas las más coocidas, como La Huelga, Acorazado Potemkin, Octubre y La Línea General, todo lo cual está cabalmente documentado entre los acuerdos aprobados. Incluso se conservan actas de las entrevistas de la dirección del PCUS (Stalin, Molotov y Zdanov) con los cineastas.En una de ellas Stalin se disculpa con ellos, que le habían escrito y no había podido responderles de la misma manera. El inicio de la reunión demuestra que no se trataba de censura sino de crítica y que la decisión sobre la película era de los propios cineastas: “¿Qué pensáis hacer con la película?”, una vez recibida la crítica, les pregunta Stalin. Eisenstein le responde que han decidido dividir la segunda parte en otras dos. Pero, ¿habéis estudiado la historia?, insiste Stalin. “Más o menos”, le contesta el cineasta.

Era lo peor que le podía decir. Stalin se da cuenta de que a Eisenstein le pasa como a tantos otros: no tiene ni la más remota noción de lo que tiene entre manos. Ni se ha molestado en documentarse sobre un acontecimiento fundamental en la historia de Rusia que Stalin le detalla, insistiendo en la importancia de la “oprichnina” de Iván el Terrible, que marca el fin de los ejércitos feudales y el surgimiento de un ejército regular, moderno, avanzado.

Cuando Stalin le indica a Eisenstein que ha pintado dicho ejército como si fuera el Ku Kux Klan americano, el cineasta le suelta un chiste: los del Klan llevaban capuchón blanco y nosotros lo hemos puesto negro.

Las actas no dejan lugar a dudas del contenido del debate, así como el tono del mismo, que en ocasiones es de risa. Molotov le reprocha a Eisenstein que ha tratado de hacer un retrato sicológico de Iván el Terrible. Stalin añade que Iván fue un zar “extramadamente cruel” pero que deberían haber explicado los motivos de ello.

Como todos los documentos originales del PCUS, las actas no tienen desperdicio y el lector salta de una sorpresa a otra, como cuando Stalin le recuerda a Eisenstein que en aquella época el cristianismo desempeñó un papel progresista.

El actor Cherkasov admite que la crítica les ha ayudado y que tras recibirla otro director de cine, Pudovkin, había realizado una buena película sobre el almirante Najimov. “Estamos convencido de que nosotros no lo haremos peor”, añade el actor, quien dice que está trabajando sobre la figura de Iván el Terrible tanto en el cine como en el teatro. “Estoy enamorado de este personaje y pienso que nuestra alteración de las escenas será correcta y verídica”, concluye.

En un momento dado, Eisenstein pide un voto de confianza: la primera parte nos ha salido bien y eso nos indica que podemos hacerlo bien también en la segunda, y lanza una pregunta muy significativa: “¿Hay más instrucciones sobre la película?” Es algo muy inusual para lo que estamos acostumbrados, aunque mucho más sorprendente le resultará a más de uno la respuesta de Stalin: “Yo no te doy instrucciones sino que te expreso la opinión de un espectador”.

La segunda parte de la película no fue censurada. Quedó inconclusa porque Eisenstein no pudo acabarla ya que murió pocos meses después de esta reunión.

Rusia censura una película sobre la muerte de Stalin

La sombra de Stalin es muy alargada
Anoche la policía moscovita cerró el cine Pioner en el que proyectaban la película franco-británica “La muerte de Stalin”, una comedia del director Armando Iannucci que está prohibida en Rusia.

La empresa devolverá el dinero a los espectadores que hayan comprado entradas para las sesiones de hoy.

El jueves el Ministerio de Cultura amenazó con “juicios administrativos” a los cines que proyectaran la película, cuyos permisos se denegaron el martes.

A pesar de ello, el cine Pioner se arriesgó a exhibir una comedia que en Rusia muchos políticos y cinestas califican de “extremista”.

Tras la sesión matinal del viernes, seis policías rusos se presentaron en el cine, interrogaron a los trabajadores y tomaron fotos de la pantalla del prdenador de la taquilla.

La película de Iannucci, que en Rusia estaba reservada para su exhibición sólo a los adultos, relata de manera burlesca la intensa lucha interna que se desató en la dirección del Partido Comunista de la Unión Soviética a la muerte de Stalin en 1953.

El lunes el Ministerio de Cultura la proyectó de manera reservada para pulsar la opinión de cinestas, críticos, diputados y otros políticos y fueron ellos quienes tomaron la iniciativa de solicitar la censura en una carta dirigida a Vladimir Medinski, el ministro de Cultura.

En su carta, los firmantes la califican de “extremista”, de “provocación” y de humillar los “símbolos nacionales rusos”.

El presidente de la Sociedad Militar rusa, Mijail Miagkov, convocó una rueda de prensa para defender la censura.

“Creo que los rusos siguen teniendo miedo de reírse de esto”, dijo Olga Gannuchkina, una espectadora de 64 años que pudo ver la proyección del cine Pioner. “Claro que no es una comedia, es una película trágica. Pero como el destino de nuestro país es más bien triste, tenemos la costumbre de reir mediante lágrimas”, dijo Roman Laing, otro espectador de 25 años.

Miles de manifestantes recordaron en Berlín a Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht

Luxemburgo, ‘El Águila del Proletariado
El domingo miles de personas se manifestaron en Berlín en el 99 aniversario del asesinato de los fundadores del Partido Comunista Alemán, Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht.

Ambos fueron ejecutados tras ser detenidos durante una huelga general revolucionaria, el conocido como Levantamiento Espartaquista, entre el 5 y el 12 de enero de 1919. El cuerpo de Luxemburgo fue arrojado al canal berlinés de Landwehr.

La manifestación concluyó ante el Monumento Socialista del Cementerio de Friedrichsfelde berlinés, donde están enterrados los restos de Luxemburgo y Liebknecht. Los participantes depositaron coronas de flores y claveles rojos.

Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht fueron asesinados por el gobierno socialdemócrata. Sus ministros habían militado en el mismo partido que los asesinados.

La socialdemocracia repitió el crimen cuando en 1976 y 1977 asesinó cobardemente a los dirigentes de la Fracción del Ejercito Rojo recluidos en las cárceles alemanas.

El Monumento Socialista fue levantado en la década de 1920, luego demolido durante el periodo nazi y finalmente restaurado tras el final de la Segunda Guerra Mundial.

Carlos Leibknecht
Carlos Leibknecht y, poco después, Rosa Luxemburgo fueron detenidos el 15 de enero de 1919 y trasladados al hotel Eden de Berlín. De ahí, a culatazos, a Liebknecht le introdujeron en un vehículo que tomó la carretera hacia la cárcel de Moabit, deteniéndose en un tramo oscuro y solitario de la misma. Le sacaron casi inconsciente del vehículo y le dispararon a quemarropa asesinándolo. Luego llevaron su cadáver a un centro asistencial donde lo dejaron como desconocido. La prensa dijo que murió al tratar de huir.

A Rosa Luxemburgo la sacaron del hotel poco después y le destrozaron el cráneo a culatazos. Moribunda, su cuerpo fue arrojado dentro de un vehículo; otro mercenario le propinó un tercer golpe en la cabeza con su fusil y un teniente le dio el tiro de gracia, siendo su cadáver arrojado al canal, donde fue enconrado bastantes semanas después.

La prensa mintió. Dijo que había sido linchada por la multitud. La casa de Rosa Luxemburgo fue saqueada por la tropa y sus escritos arrojados a la hoguera.

Franz Mehring, el veterano dirigente del proletariado alemán, no pudo superar la noticia y falleció.

El 10 de marzo León Jogiches, el compañero de Rosa Luxemburgo, murió de los disparos de un carcelero al tratar de huir, dijo la prensa reaccionaria.

La socialdemocracia abrió el camino al nazismo. Creó el precedente y enseñó el método para acabar con la revolución: asesinar a los dirigentes del proletarado, encarcelar a los más rebeldes, torturar e infundir pánico.

Los internacionalistas uruguayos en la Guerra Civil española

El impacto de la denominada Guerra de España en países del contexto latinoamericano fue tal que, como bien señalan los autores del libro “Los voluntarios uruguayos en la Guerra Civil española” (Ediciones Banda Oriental, 2017) en su introducción, no sería hasta la Revolución Cubana, a finales de la década de los 50 del pasado siglo, y la aparición de figuras como Ernesto Che Guevara, que gente como Buenaventura Durruti iría desapareciendo, poco a poco, del imaginario político continental.

Si bien las Brigadas Internaciones y el papel que éstas desarrollaron en la contienda española son hoy día conocidas y reconocidas en países como la propia España, Estados Unidos o Francia –aunque esto no fue siempre así y, por ejemplo, en Norteamérica muchos de los integrantes del Batallón Abraham Lincoln fueron posteriormente represaliados por el macartismo–, la participación en ésta y otras unidades militares de la República Española de contingentes latinoamericanos ha gozado de menos difusión entre el público en general.

Por otro lado, conjuntamente al escaso conocimiento de la intervención de cientos de voluntarios del otro lado del Atlántico en la que podemos considerar como la primera guerra contra el fascismo a nivel global, tampoco ha sido frecuente contar con acceso a información abundante y veraz sobre las motivaciones, las organizaciones políticas originarias, los líderes e ideólogos –muchas veces de origen español– o las publicaciones elaboradas por aquellos y aquellas que atravesaron el océano para unirse a la disputa, o bien ya se encontraban en España al no haber tenido el éxito esperado haciendo las Indias.

El objetivo de la obra pasaría, así, por constituir como objeto de estudio –desarrollado como episodio y éxodo de la gran tragedia española– el legado de los voluntarios internacionales uruguayos, miembros de las clases populares, obreras y estudiantiles del país, en nuestra Guerra Civil desde una posición histórica y política clara: aquella que podríamos denominar como de antimemoria, esto es, la relacionada con las víctimas y los vencidos, tal y como señalara el geógrafo Jacobo García.

Y para ello los autores nos embarcan, no en la vida de grandes personajes, de próceres o líderes de grandes movimientos y partidos de masas, sino en la mucho más humilde trayectoria vital de gente como José B. Gomensoro Cabezudo, Virgilio Bottero Mortara y Pedro Trufó Rúa, estudiantes de medicina y derecho, respectivamente; de Roberto Cotelo, autodidacta obrero e hijo de obreros, de padre vasco y madre gallega o de Luce Fabbri, educadora de origen italiano.

Estos, junto a tantos otros en el periodo de entreguerras y en el ambiente cada vez más hostil del Uruguay de la dictadura de Gabriel Terra, impulsan y organizan organizaciones como la Federación Obrera Regional del Uruguay (FORU), primera central sindical uruguaya de carácter nacional, la Asociación Juvenil Libertaria (AJL) o la Unión Sindical Uruguaya (USU), todas de tendencia anarquista. Además, ponen en marcha publicaciones como Caminos o Esfuerzo en un intento no solo de llevar a cabo labores de proselitismo político, sino también de dotar al movimiento libertario de una base teórica y reflexiva apropiada y abundante.

Sin embargo, los protagonistas del libro no son solo miembros de organizaciones y colectivos anarquistas, sino también socialistas y comunistas que viven en sus propias carnes la rearticulación política que supone la desaparición de la II Internacional y el nacimiento de la III, o Internacional Comunista; el surgimiento, desde el Partido Socialista de Uruguay (PSU), del Partido Comunista del Uruguay (PCU), en línea con lo sucedido en otros países, como la propia España, y el diferente apoyo y orientación que van tomando estas organizaciones en relación con las directrices provenientes desde la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Mientras esto sucede en Uruguay, en España los generales golpistas Sanjurjo, Mola, Franco y Goded llevan a cabo una sublevación militar que desemboca, poco después, en una cruenta guerra que duraría casi tres años. Gabriel Terra, el dictador uruguayo, inicialmente dubitativo, acaba apoyando los contemporáneos regímenes fascistas italiano, nacionalsocialista alemán y, cómo no, el dictatorial autodenominado Bando Nacional encabezado por Franco en España.

Este hecho supone, entre otras cuestiones, un intento de rebelión contra Terra en la propia Uruguay pero, sobre todo, que decenas de militantes comunistas miren irremediablemente hacía la Madre Patria a la hora de iniciar cualquier lucha contra el incipiente fascismo mundial.

Surgen, de este modo, personajes como Juan José López Silveira, conocido como “El Tape”, condecorado militar y escritor de un conocido manual sobre la táctica de guerrillas, o su hermano mayor Román López Silveira, pero también Abraham Setty, Angel Tzareff, José Facal y tantos otros.

La labor de los autores de “Papeles de Plomo” cobra aquí aun más valor si cabe. Además de la tarea de enmarcar la trayectoria de cada uno de los personajes citados no solo en el desarrollo de la contienda española, sino también posteriormente en los pavorosos campos franceses para refugiados españoles, en el infierno de aquellos de concentración alemanes –como la propia Mauthausen–, en su vuelta a Uruguay, en la organización de Comités de Ayuda diversos e, incluso, en latitudes y momentos tan exóticos como el África de la II Guerra Mundial, en una encomiable investigación archivística llegan a localizar hasta 18 nombres de uruguayos, o nacionalizados uruguayos, participantes en las Brigadas Internacionales, así como en otras unidades del Ejercito de la República.

A la complejidad de cualquier investigación –complejidad de los materiales, falta de medios, de acceso a la información, ausencia de testigos vivos, etcétera– hay que sumarle aquí el hecho de que muchos de los uruguayos y uruguayas que lucharon en la Guerra Civil ya estaban en España al comienzo de la sublevación fascista, tenían pasaporte español, con lo que no se integraron como extranjeros en las citadas Brigadas o, una vez disueltas éstas por Negrín en 1938, permanecieron en España luchando en unidades regulares de lo que iba quedando de resistencia republicana.

Por este y otros motivos, un libro como “Papeles de Plomo” es necesario, ya que viene a cubrir un hueco en la historia y en la memoria de la lucha antifascista y nos permite, además, alejarnos de los caminos más trillados y tópicos recorridos a la hora de acercarnos a la realidad latinoamericana histórica y actual.

En definitiva, “Papeles de Plomo” supone una propuesta fresca y coherente con el renacer del interés por el estudio de la memoria; de su búsqueda en virtud de la necesidad de las sociedades modernas de dotarse, una vez desaparecidas la redes de seguridad que ofrecían las pequeñas comunidades tradicionales y las familias, así como de las grandes certezas de la modernidad, de una identidad colectiva, de una narrativa propia y un lugar en el mundo. Quizás lo último real.

https://elsaltodiario.com/memoria-historica/memoria-voluntarios-uruguay-guerra-civil

La recepción de la noticia de la Revolución de Octubre en Estados Unidos

Juan E. Duque

Los obreros, campesinos y soldados rusos, representados en los Sóviets —o Consejos Populares— organismos democráticos, muestra de la capacidad organizativa del pueblo en su lucha contra el despotismo, conquistaron el poder político el 7 de noviembre de 1917. John Reed, periodista estadounidense, poeta y ardiente revolucionario, partícipe y testigo ocular de este gran acontecimiento conocido como la Revolución Bolchevique, quien dos años después la narrara detalladamente en su famoso libro Diez días que estremecieron al mundo, fue el primero en dar a conocer este hecho al pueblo de Estados Unidos; desde Petrogrado, envió la noticia por cable al New York Call, diario socialista que la publicó el 22 de noviembre del mismo año.

Incluía el despacho una página de eventos acaecidos en días anteriores al 7 de noviembre y afirmaba: “Los Consejos de las bases populares, de obreros, soldados y campesinos tienen el control; Lenin y Trostky sus líderes. Su programa: dar la tierra al campesino, socializar los recursos naturales y la industria, y llamar a una conferencia pro armisticio y paz democrática”.

Ocurre esta revolución cuando el mundo se encontraba sumergido en el caos y el horror de la primera guerra mundial, contienda de encarnizadas batallas y estremecedora destrucción, entre países imperialistas que se despedazaban por el reparto del mundo. Alemania, los imperios austrohúngaro y turco-otomano combatían a los llamados aliados, Gran Bretaña, Estados Unidos, la Rusia zarista, Italia y Japón. Al otro lado del Atlántico, bajo el gobierno de Woodrow Wilson, Estados Unidos, enfrentado interiormente a la militancia de sus clases trabajadoras que luchaban por mejores condiciones laborales y económicas, perseguía y encarcelaba sindicalistas, pacifistas, y líderes de derechos civiles; deportaba inmigrantes y coartaba toda manifestación democrática. En este contexto Estados Unidos recibía la noticia de la revolución bolchevique.

Philip S. Foner, prominente historiador marxista, en su compilación y estudio de diversos documentos publicados en Estados Unidos durante los años de 1917 y 1921, atestigua la bienvenida que a la Revolución Bolchevique daban amplios sectores desafiando las redadas de Palmer, la histeria anti roja, y en general, la política anti rusa y anti obrera del gobierno.

Foner incluye en su recopilación valiosos documentos —resoluciones, comentarios, demostraciones, comunicados procedentes de sindicatos y partidos políticos, de iglesias y de organizaciones, de periódicos y de prominentes políticos y personalidades, incluyendo afrodescendientes, judíos y otras nacionalidades— que evidencian, bajo diferentes perspectivas, una entusiasta acogida a la Revolución Bolchevique; pero no sólo en palabras, a su vez, demuestran que estos sectores exigían al gobierno de Estados Unidos tomar medidas cruciales, tales como, suspender el bloqueo económico a que sometió la nación rusa, suspender su apoyo militar y financiero a la Guardia Blanca que atacaba al Ejército Rojo, y detener en el Oriente la invasión a Siberia; los documentos señalan, asimismo, las mentiras, calumnias e increíbles historias de horror, con que los capitalistas y su prensa trataban de desprestigiar la revolución y sus dirigentes, pues ellos vieron en el poder de los sóviets una tétrica pesadilla: ¡sus próximos sepultureros! Consternados, los gobiernos de los países beligerantes, amigos y enemigos, se unieron en coro para difamar y desconocer la democracia popular recién instaurada en Rusia y, sobre todo, para tratar de asfixiarla sumergiéndola en ataques económicos, militares y mediáticos. Puede observarse, haciendo aquí un paréntesis, que estas mismas maniobras, apuntadas contra Rusia por los imperialistas hace cien años, las apuntan hoy día contra las revoluciones democráticas en Venezuela, Cuba y otras naciones.

Entre los primeros que manifestaron su apoyo a la revolución, figuran en los documentos Los amigos de la Revolución rusa, organización que, a los pocos días de conocida la noticia, convocó un mitin con el propósito de instar al Congreso a establecer relaciones amistosas con el nuevo poder democrático y adoptar su demanda por una paz inmediata, libre de anexiones e indemnizaciones. En otra manifestación, “Paz, paz, queremos la paz”, clamaban 3.000 personas reunidas en el casino New Star en la avenida Park y la calle 107, en Nueva York, el 5 de diciembre, cuando el economista y activista político, doctor Issac Hourwich, ante la multitud, llamaba a la paz y exponía en su discurso las mentiras que diseminaba la prensa sobre la Revolución rusa. No por casualidad, el mismo grito resuena hoy día en Venezuela: ¡Queremos la paz, exclaman al unísono y repetidamente el gobierno y el pueblo venezolanos! Varios meses después, en 1918, el Chicago Daily News, periódico popular, no de izquierda, aunque cuestionaba el liderazgo bolchevique, abrazaba en un editorial el carácter de los sóviets: “Pero es absolutamente necesario para nosotros creer en los sóviets… de cada villa rusa vemos delegaciones asistiendo al sóviet provincial y de éste vemos delegados asistiendo al Congreso de Sóviets de toda Rusia, el sóviet se ha convertido en el sistema nervioso de comunicación y en el cerebro que decide en Rusia”. Hoy en día, cien años después, vemos en la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela una réplica del espíritu democrático de los Sóviets. Así como los bolcheviques lideraron transfiriendo el poder a los Sóviets, así mismo el gobierno de Venezuela se fundamenta en el poder del pueblo, en el poder de los más amplios sectores sociales venezolanos, aglutinados en la Asamblea Nacional Constituyente.

En particular, los partidos de izquierda estadounidenses, a pesar de sus discrepancias, sobre todo entre los que proponían adoptar a los sóviets en Estados Unidos y los que afirmaban que éstos no encajaban en las condiciones de esta nación, espontáneamente se unieron en bloque olvidando las diferencias, aunque sólo temporalmente, y reconocieron la organización más democrática que surgía de la ardua lucha por establecer un nuevo orden social: los Sóviets o Consejos Populares.

http://semanariovoz.com/la-noticia-la-revolucion-bolchevique-usa/

Rusia vuelve sus ojos hacia Stalin y el pasado soviético

La semana pasada Alexandre Bortnikov, el jefe del FSB, el servicio secreto ruso, concedió una entrevista al diario Rossiiskaya Gazeta en la que alude a las purgas internas emprendidas por el Partido bolchevique (o sea, por Stalin) en los años treinta.

El motivo de la entrevista es el 100 aniversario de la fundación de la Cheka, la policía soviética, antecedente del KGB y luego del FSB.

Pero para que el lector ubique política e ideológicamente a Bortnikov hay que aclarar que es miembro de lo que en Rusia llaman el “Clan de San Petersburgo”, un grupo cercano al Primer Ministro Medvedev, o sea, neoliberales y oligarcas, muy impopulares en la Rusia actual. Nada más opuesto al bolchevismo o a Stalin.

A diferencia de los charlatanes que soportamos por estos lares, Bortnikov ha consultado los archivos, en los que ha descubierto que, en efecto, como dijeron entonces los bolcheviques, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial los imperialistas trataron de dar un golpe de Estado en la URSS con el apoyo de ciertos sectores internos del propio Partido bolchevique que, además, mantenían relaciones con el espionaje exterior.

Como consecuencia de la entrevista, más de 30 miembros de la Academia de Ciencias han enviado una carta colectiva al sitio del Kommersant en internet porque temen que la revisión del papel del KGB en los años treinta sea “intencional” y concluya en una rehabilitación de Stalin.

Resultaría paradógico que un “comunista” como Jruschov condenara a Stalin y 60 años después un burgués como Putin lo rehabilitara.

El caso es que, al menos en Rusia, muchos se van dando cuenta de que la historia no ha sido como se la han contado. Incluso la rehabilitación llega a figuras denostadas hasta el ridículo durante la Guerra Fría, como el botánico Lysenko, y no sólo en Rusia sino también en occidente. Las máscaras van cayendo. Revistas científicas, como Current Biology o Evolutionary Biology, vuelven sobre sus pasos y le consideran como un precursor.

Si pudiéramos simplificar el arco ideológico de la oligarquía dominante en Rusia, a los neoliberales de Medvedev habría que sumar los nacionalistas de Putin, cuyo partido Rusia Unida está cada vez más desprestigiado (a diferencia del propio Putin).

No obstante, el nacionalismo ruso es un valor en alza a causa del asedio de las grandes potencias imperialistas. Los rusos ya no buscan referencias fuera de sí mismos, de su propia historia, de toda ella, incluida la historia soviética.

Estamos tentados de asegurar rotundamente que tras la “desestalinización”, Rusia se vuelve a “stalinizar”, pero sería un error. Ni la URSS ni Rusia se “desestalinizaron” nunca. Fue cosa de los papeles, de los “historiadores” de pacotilla, de los intelectuales burgueses, de los altavoces del imperialismo y de sus sicarios revisionistas que caló mucho menos de lo que cabría pensar, dado lo agobiante de la propaganda.

Dentro y fuera de la URSS, las masas siempre reservaron un lugar para Stalin, como máximo símbolo del poderío del movimiento obrero mundial, cuya cabeza visible fue la URSS.

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