Marruecos considera a Ceuta y Melilla como «territorios ocupados» desde 1956, argumentando que son vestigios del colonialismo europeo, buscando apoyo internacional debido a la importancia del Estrecho de Gibraltar.
Los intereses anexionistas de Marruecos sobre las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla se han convertido en un elemento central y crucial de su política exterior hacia España, la cual está sustentada en una serie de argumentos que abarcan aspectos históricos, estratégicos y de legitimidad nacional.
Marruecos sostiene que tanto Ceuta como Melilla son «territorios ocupados» desde que el país logró su independencia en 1956, a pesar de ser enclaves cuya españolidad es de siglos anterior a la propia existencia de la propia nación marroquí. Pero este argumento se basa en la percepción internacional de que estos enclaves son vestigios del colonialismo europeo que deben ser devueltos a su legítimo dueño.
Rabat enmarca su reclamo en discursos que enfatizan la lucha anticolonial y la integridad territorial, lo que refuerza su posición en foros internacionales donde busca apoyo y legitimidad para su causa.
El control del Estrecho de Gibraltar es de suma importancia, ya que representa una de las rutas comerciales más relevantes a nivel global y un acceso estratégico al Mediterráneo. Ceuta y Melilla otorgan a España y a la Unión Europea ventajas estratégicas significativas que Marruecos desea revertir, con el fin de consolidar su influencia en la región y asegurar posición como un actor clave en el contexto geopolítico del norte de África.
“Guerra” de baja intensidad
En la última década, Marruecos ha llevado a cabo una notable modernización de sus fuerzas armadas y ha realizado ejercicios militares en las cercanías de los enclaves, lo que refleja una clara preparación para posibles acciones coercitivas en el futuro.
Además, Rabat ha utilizado flujos migratorios como una herramienta de presión política, ejemplificada en el asalto masivo a Ceuta que ocurrió en 2021, donde miles de migrantes intentaron cruzar frontera ante la pasividad inicial de las fuerzas marroquíes; fue a partir de esta inacción y luego de los disparos de la Guardia Civil española que murieron al menos 37 personas que intentaban cruzar la frontera.
Este tipo de acciones buscan desestabilizar la situación en las ciudades y poner en jaque a las autoridades españolas. Otro ejemplo de ello es la asimetría aduanera: tras la reapertura de las aduanas en 2025, Marruecos impuso condiciones que benefician sus propias exportaciones hacia Ceuta y Melilla, mientras que restringe el comercio inverso.
Esta estrategia tiene un impacto económico negativo en las ciudades españolas, asfixiando sus economías y limitando su capacidad de respuesta ante la presión marroquí.
Acción exterior marroquí
El reconocimiento por parte de Estados Unidos de la «marroquinidad» del Sáhara en 2022, así como el apoyo constante de Francia, han fortalecido la posición de Marruecos en su reclamación. Además, el giro de España en relación al Sáhara en 2022 fue aprovechado por Rabat para legitimar aún más sus reclamos sobre Ceuta y Melilla, lo que añade una capa de complejidad a la situación. Otra paradoja de este impulso de Marruecos en el escenario internacional es la relación con Rusia. Mientras España se distancia; Marruecos se acerca.
La Unión Europea, con quien Marruecos ha tejido diferentes alianzas al margen de España, está discutiendo la posibilidad de otorgar un «estatus especial» a Ceuta y Melilla, similar al que tienen algunas regiones ultraperiféricas, con el objetivo de asegurar fondos y protección para estas ciudades. El planteamiento que baraja Marruecos es conceder a ambas ciudades un estatus similar al de Macao o Hong Kong.
La posición desfavorable de España
España enfrenta esta situación en franca debilidad. La desinversión crónica y la obsolescencia tecnológica han marcado un periodo difícil para las capacidades defensivas del país. Además, la ayuda militar española a Ucrania ha vaciado los depósitos y guarniciones de armamento.
Durante la última década, el país ha experimentado, a pesar del aumento presupuestario (se han incrementado las compras de material), recortes presupuestarios significativos en el ámbito de la defensa estratégica, una acumulación de equipos obsoletos que ya no cumplen con los estándares modernos, lo cuál también apuntala las sospechas de corrupción masiva en los puestos de alta dirección y a los que nos hemos referido en informes anteriores.
Por ejemplo, los carros de combate Leopard 2 no han sido objeto de modernización, y los misiles NASAMS, Hawk, Mistral y Patriot (adquiridos de segunda mano a Alemania a precios muy altos), han quedado desfasados.
Además, se observa una desventaja terrestre localizada que pone en entredicho la seguridad de las plazas españolas en el norte de África. Aunque España mantiene una superioridad naval y aérea a nivel global, Marruecos ha logrado establecer una ventaja tangible en fuerzas terrestres en las proximidades de Ceuta y Melilla. Con un total de 1.761 tanques en comparación con los 327 que posee España, así como 660 sistemas de artillería frente a menos de 250 españoles, la balanza se inclina desfavorablemente para la nación ibérica.
Uno de los errores geopolíticos más significativos y graves ha sido el cambio unilateral en la postura sobre el Sáhara Occidental. En 2022, España decidió alinearse con la posición marroquí sin consultar a socios internacionales o partidos políticos, lo que significó un distanciamiento severo frente a Argelia, un socio clave en términos energéticos.
Este giro ha debilitado la credibilidad de España en la región, y Marruecos ha visto en este movimiento una señal de debilidad por parte de España. La falta de garantías internacionales también ha contribuido a la precariedad de la situación. Ni la OTAN, cuyo Artículo 5 no se aplica a territorios fuera de Europa, ni la Unión Europea ofrecen una protección automática para Ceuta y Melilla.
Sin embargo, países como Francia y Estados Unidos han mostrado un apoyo constante a Marruecos, como se evidenció durante la Marcha Verde en 1975 y el reconocimiento por parte de la administración Trump de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.
La pérdida de influencia en Washington es otro factor que ha acentuado la vulnerabilidad de España. La exclusión del presidente Pedro Sánchez de las primeras rondas diplomáticas de la administración Biden contrasta con la relación estratégica que Estados Unidos ha mantenido con Marruecos, la cual se ha visto reforzada por maniobras militares conjuntas y una alineación proisraelí.
La polarización política y la falta de consenso han afectado gravemente la política exterior de España, especialmente en lo que respecta a Marruecos. La política exterior se ha convertido en un «arma arrojadiza» entre los partidos, y la decisión sobre el Sáhara se tomó sin la debida transparencia ni consultas, lo que ha generado desconfianza entre la población y ha limitado la capacidad de respuesta cohesiva del país ante desafíos externos.
España es además muy vulnerable a tácticas híbridas que pueden ser utilizadas por Marruecos, pues no está preparada para enfrentarlas. Un ejemplo claro de esto es la instrumentalización migratoria, como se evidenció en el asalto a Ceuta en 2021, cuando Marruecos decidió relajar los controles fronterizos. También se enfrenta a problemas relacionados con el narcotráfico y la delincuencia transfronteriza, donde clanes marroquíes operan en Ceuta y Melilla, con presunta financiación de empresarios afines a Rabat.
Doctrina de la “zona gris”
Marruecos ha desarrollado una doctrina de «zona gris» que le permite evitar conflictos abiertos mientras despliega acciones ambiguas. Estas acciones incluyen cierres de aduanas, campañas de desinformación y la ocupación simbólica de islotes, como el caso de Perejil en 2002, que erosionan la soberanía española sin cruzar el umbral de la guerra.
La modernización militar selectiva de Marruecos es otro aspecto que merece atención. El país ha realizado inversiones significativas en drones de ataque, como los modelos chinos TB2, así como en misiones HIMARS y sistemas de vigilancia electrónica, como el programa Eagle. Estas capacidades le permiten proyectar poder en la región de manera efectiva. Finalmente, el apalancamiento geopolítico que ha logrado Rabat es notable. Marruecos ha capitalizado su rol como aliado/gestor de la lucha contra el yihadismo y como gestor migratorio para Occidente, al mismo tiempo que explora vínculos con potencias como Rusia y China en la región del Sahel.
La combinación de una infraestructura militar envejecida, errores diplomáticos, fracturas domésticas y la astucia geopolítica marroquí crean una tormenta perfecta. Sin una inversión urgente en capacidades de disuasión creíbles, que vayan más allá de lo simbólico, así como en la reconstrucción de alianzas y el establecimiento de un consenso de Estado en política exterior, España seguirá expuesta a la escalada gradual de presiones que caracterizan la estrategia híbrida de Marruecos. La rectificación pasa por recuperar el paraguas de la ONU para el Sáhara, un giro geopolítico en materia de política exterior hacia la neutralidad, y aumentar la presencia militar real –no nominal– en los enclaves norteafricanos.