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Categoría: Memoria Histórica (página 13 de 37)

‘Por la tierra y con Sendic’: la muerte de Jorge Zabalza, guerrillero tupamaro, que no renunció a nada

Y ese tono atado a lo popular, a lo entrañable y sencillo de las cicatrices que deja un tiempo de fuego, cautiva a los pibes jóvenes. Como cuando esa vez se le arrimó un gurí y le dijo, conmovido: «Qué emoción estar con una parte de la historia». Entonces, otra vez es el silencio el que irrumpe. No es una pausa, es parte del cuento. El Tambero arquea las cejas y evoca en tono confidente: «Me hizo sentir como una momia». Leer más

La humillación en los archivos españoles

El pasado 20 de enero solicité al Centro Documental de Memoria Histórica de Salamanca la ficha de Esteban Sanz, miliciano de la 72º Brigada Mixta. El 14 de febrero (más de 20 días después) confirman desde este centro: ha sido registrada mi solicitud. Van a elaborar el presupuesto de la ficha de Esteban que consta de una única página.

El 15 de febrero, me puse en contacto con la Universidad Estatal de California Dominguez Hills (CSUDH). Les solicitaba la documentación de un médico que se formó y ejerció allí. La documentación que poseen son varias cajas de su estancia durante los años 30 y 40 en Estados Unidos. Varias cajas llenas de folios. En 4 horas, el archivero de la CSUDH Tom Philo ha dado respuesta: uno/dos días le confirmamos el envío de la documentación digitalizada.

¿Por qué recibiré antes una documentación de California que otra de Salamanca?

Escribo este artículo por desahogo de una humillación tras otra. Quien más interesado está en buscar a Esteban es su hijo, que tiene su mismo nombre y que no llegó a conocer porque su padre murió antes. El hijo de Esteban sufre una humillación tras otra. Esperas, retrasos, tomaduras de pelo… Como al hijo de Esteban y a la gran parte de este país, nadie nos ha enseñado que en los archivos españoles hay información muy importante y que esa información genera derechos.

Al hijo de Esteban no le han enseñado a buscar en un archivo, no le han enseñado que en Ávila, Salamanca, Segovia o Madrid puede haber documentos que le pertenecen. Nadie le ha dicho cómo lo tiene que hacer. Es decir, busca a ciegas porque 80 años después sigue sin tener un papel de su padre. Al hijo de Esteban le pasa lo mismo que al que tiene que solicitar un subsidio y tiene que pelearse en la Seguridad Social para que se lo den. Le pasa lo mismo que a la mujer maltratada que acude a Comisaría a denunciar a su agresor y tiene que justificarse delante de policías sin la más mínima señal de humanidad. Le pasa lo mismo que al migrante que se tiene que enfrentar a miles de organismos para obtener la residencia. Etc.

Es decir, ¿cuál es el principal obstáculo para obtener nuestros derechos? La propia administración. Y en el caso de Esteban, ¿cuál es el principal obstáculo para la Memoria Histórica? La misma administración encargada de velar por la Memoria Histórica. Respondiendo a la pregunta que planteo más arriba: porque la Administración no tiene ningún interés en dar a conocer nuestro pasado, por sórdido que sea éste. ¿Por qué no puedo saber quién formaba parte de la represión en mi ciudad? ¿Por qué no puedo saber quién era el comisario de policía en mi ciudad en los años 40? Porque podríamos conocer cómo se han formado las grandes fortunas de este país en los últimos 80 años, por ejemplo. Y hay gente con mucho poder en este país que no quiere que se sepa de donde viene el origen de su fortuna. Y EEUU no es precisamente ejemplo de nada, pero sus archivos sí ponen al libre acceso de todos toda esta información. A día de hoy podemos saber que Texaco financió el levantamiento fascista del 36 gracias a esos archivos norteamericanos, pero no quién juzgó a nuestro abuelo en España.

Pero, ¿y las causas judiciales?

No se trata solamente de obstaculizar la búsqueda de nuestros abuelos. Mientras se bloquea el proceso de búsqueda con esperas y trabas burocráticas absurdas, los nietos de los fascistas que se levantaron en 1936 no tienen esos problemas. A día de hoy, se pueden consultar las causas judiciales que abrieron los tribunales republicanos a los fascistas detenidos. Están digitalizadas y disponibles para su acceso público. Es decir, a día de hoy hay un equipo de personas que digitalizan estos documentos.

En cambio, si uno quiere consultar la causa judicial de su abuelo preso o fusilado por los franquistas tiene que conocer dónde fue juzgado (si fue en su misma provincia o en otra), conocer a qué Región Militar pertenecía esa provincia, dirigir un escrito a la Capitanía en la que se solicita la búsqueda y, una vez localizados los expedientes, se asigna una cita y se debe acudir presencialmente con lo que ello supone: desplazamiento, tiempo, dinero, etc. Para nuestros abuelos, no hay equipo digitalizando sus causas judiciales.

Evidentemente, si no conoces el procedimiento y no te informan: es imposible la búsqueda. Existen páginas web artesanales que prestan un gran servicio. También hay portales de búsqueda estatales, que tienen continuos fallos informáticos y caídas. Como verán, el balance es demoledor: si tu abuelo era albañil o jornalero y se unió a la República puedes olvidarte. En cambio, si tu abuelo fue de los primeros en alistarse en un banderín de Falange: tenemos toda la documentación localizada.

O hacemos porque la situación cambie radicalmente, o ya podemos seguir pidiendo permiso para buscar a nuestros abuelos.

PD: Al finalizar este artículo, ya he recibido la documentación del archivo de California.

Ha muerto la actriz Monica Vitti, comprometida con el comunismo hasta el final

El 4 de febrero murió la actriz italiana Monica Vitti a los 90 años de edad, considerada como una de las que marcaron el cine de los años sesenta. En 1964 ganó el León de Oro en Venecia con una película inolvidable, Desierto Rojo, la primera en color de Michelangelo Antonioni (*).

Fue una de las intérpretes más versátiles del cine del siglo XX, participando en películas como La aventura (1960), La noche (1961) y El eclipse (1962), que no siempre fueron comprendidas entonces.

Estudió en la Academia de Arte Dramático, donde un profesor le sugirió cambiar su nombre originario, María Luisa Ceciarelli, por otro más eufónico, cuando ya iniciaba su carrera cinematográfica.

Cuando el neorrealismo se agotaba, Antonioni y Vitti crearon el “cine de la incomunicación”, unas tramas intelectualmente sutiles, presididas por la alienación y la soledad en la sociedad contemporánea.

Cuando “La aventura” se presentó en Cannes, fue abucheada por el público hasta tal punto que Antonioni y Vitti se vieron obligados a abandonar la sala. Tras la segunda proyección se produjo un giro total en la percepción de la película y se le concedió el Premio Especial del Jurado, convirtiéndose posteriormente en un hito del cine europeo. Roberto Rossellini describió la película como “la más bella jamás presentada en un festival”.

Dos años más tarde “La Aventura” fue elegida por la revista de cine británica “Sight and Sound”, que publica el British Film Institute, como la segunda mejor película de todos los tiempos. Por su papel en la película, Vitti fue nominada al Bafta a la mejor actriz internacional, su primera cinta de plata y ganó el Globo de Oro a la mejor actriz revelación.

Aunque hoy se la recuerda, sobre todo, por los dramas de Antonioni, a finales de los sesenta y setenta, Vitti brilló como ninguna otra en la comedia italiana, al lado de figuras de la talla de Vittorio Gassman, Ugo Tognazzi, Nino Manfredi, Marcello Mastroianni y Alberto  Sordi.

La mujer que había seducido con el drama, cambiaba de registro y demostraba en la comedia que era una actriz total.

Las necrológicas no recuerdan a Monica Vitti fuera de la pantalla: una mujer comprometida con el comunismo a la que era fácil ver en las manifestaciones que se convocaban en las calles de Roma.

Historia del contencioso entre China y Vietnam por el control de las islas Paracelso

Al este del centro de Vietnam y al sur de la isla china de Hainan, un grupo de pequeñas islas está sembrando la discordia en el Mar de China Meridional. La clave para entender el contencioso va mucho más allá de los titulares de los medios de comunicación actuales.

Vietnam es uno de los países que lleva mucho tiempo reclamando la soberanía de las Paracelso, pero éstas están bajo control chino. La razón se encuentra en un dramático enfrentamiento franco-chino en 1947 y en una guerra que se evitó por poco.

La dinastía vietnamita Nguyen reclamó por primera vez las Paracelso en 1816. Sin embargo, Francia, que había colonizado Vietnam, mostró poco interés en ellas y China desarrolló una reclamación rival en 1909. Por temor al expansionismo japonés, Francia reafirmó la reivindicación anamita (vietnamita) en 1931.

Cuando Francia envió una fuerza franco-vietnamita para ocupar las islas en 1938 y construir un faro, se encontró con que las fuerzas japonesas que ocupaban la isla de Taiwán ya se habían instalado antes que ella. Durante la Segunda Guerra Mundial, las Paracelso fueron ocupadas por fuerzas japonesas y franco-vietnamitas que convivían. Tras la rendición japonesa en agosto de 1945, las islas fueron abandonadas y dejadas en manos de los pescadores, que permanecieron allí por temporadas.

Un avión de reconocimiento confirmó en noviembre de 1946 lo que un barco francés había visto en mayo de ese año: las islas estaban ahora desocupadas.

En octubre de 1946, el gobierno francés dio instrucciones a su alto comisionado en Saigón para que estableciera una presencia en la mayor de las islas Paracel, la isla Woody, y levantara una estación meteorológica. Sin embargo, el Alto Comisionado Georges Thierry d’Argenlieu estaba ocupado preparando la guerra contra la República Democrática de Vietnam de Ho Chi Minh.

La primera guerra de Indochina estalló en Hanoi el 19 de diciembre de 1946. Mientras las fuerzas francesas y del Viet Minh luchaban casa por casa en la densamente poblada Hanoi, el Alto Comisionado decidió enviar un buque de guerra a las Paracelso desocupadas en respuesta a la instrucción del gobierno francés.

Sin embargo, esta vez China había llegado primero. Un avión de reconocimiento francés observó el 10 de enero a un grupo de hombres en la isla de Woody ondeando banderas chinas. Cuando el buque de la marina francesa, Le Tonkinois, llegó siete días después, el barco fue recibido por un destacamento chino de tres oficiales y 60 hombres.

Los franceses informaron a los chinos de que las Paracelso eran territorio vietnamita, bajo protección francesa, y les exigieron que se marcharan rápidamente. Se negaron. Se hicieron amenazas y se ofrecieron sobornos, pero todo fue en vano.

Las alarmas sonaron en París y en Nanjing, la capital del gobierno nacionalista chino. Francia no podía permitirse una guerra con China en un momento en que luchaba contra las fuerzas del Vietminh de Ho Chi Minh. Esto podría desencadenar una intervención china en apoyo del Viet Minh.

Por su parte, el dirigente chino Chiang Kai-shek estaba presionado por su partido Kuomintang para que defendiera con firmeza las reivindicaciones de soberanía de su país en el Mar de China Meridional. Aunque necesitaba concentrarse en su guerra contra el Ejército Rojo de Mao Zedong, Chiang no podía hacer concesiones a una potencia colonial sin arriesgarse a perder la cara.

El Ministerio de Asuntos Exteriores francés discutió brevemente un posible acuerdo en el que China obtendría las Paracelso si Francia recibía oficialmente las Spratly. En cambio, París propuso en Nanjing que la cuestión de la soberanía en las Paracelso fuera arbitrada por el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya.

Chiang Kai-shek se negó. Independientemente del régimen, China es reacia a dejar las decisiones fronterizas en manos de terceros, insistiendo en cambio en negociaciones fronterizas bilaterales con cada uno de sus vecinos. En 2014, China también se negó a participar en un arbitraje iniciado por Filipinas para resolver ciertas cuestiones jurídicas relativas a las Spratly. Esto llevó a que en 2016 un tribunal arbitral constituido en el marco de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar dictaminara que China no tenía ningún derecho histórico sobre las zonas marítimas situadas dentro de su línea de 9 rayas y que ninguna de las islas Spratly podía formar parte de su zona económica ni de su propia plataforma continental. Esta fue una sentencia que ningún gobierno chino podía aceptar.

El enfrentamiento de enero de 1947 en la isla Woody terminó con la salida de Le Tonkinois. En lugar de enfrentarse a las fuerzas chinas, el barco puso rumbo a la isla Pattle, en las Paracelso del suroeste, y dejó allí una guarnición franco-vietnamita. Las Paracelso se dividieron entonces entre los chinos y los vietnamitas.

En mayo de 1947, el parlamento de la República de China instó a Chiang a recuperar el resto de las Paracelso, incluida la isla Pattle, ahora en manos de Francia. Esto debía hacerse utilizando la fuerza si era necesario. Sin embargo, Chiang estaba demasiado ocupado luchando contra Mao. Cuando Chiang huyó a Taiwán en 1950 y Mao tomó el control total de la China continental, la guarnición de Chiang en la isla de Woody se retiró.

La isla de Woody permaneció desocupada durante los cinco años siguientes, mientras que el estado de Vietnam, controlado por los franceses, siguió ocupando la isla de Pattle. China restableció su presencia en la isla Woody en 1955.

La división de las Paracelso duró hasta 1974. Cuando Vietnam del Sur ya no podía contar con el apoyo estadounidense, Mao hizo lo que se le había pedido a Chiang en 1947. Mao utilizó la fuerza para apoderarse de la totalidad de las Paracelso, donde ahora hay una importante base militar china.

Sin embargo, la República Socialista de Vietnam mantiene firmemente la reclamación histórica de soberanía de Vietnam.

Stein Tønnesson https://southeastasiaglobe.com/paracels-source-south-china-sea-dispute-conflict-history/

El delantero centro que más goles marcó al fascismo

Rino Della Negra fue un futbolista excepcional. Murió fusilado a los 20 años cuando acababa de ser contratado por el Red Star, un club legendario fundado en 1897 en París por Jules Rimet. Nunca pudo expresar todo su talento sobre el césped. Refractario al trabajo obligatorio en favor de los nazis, se incorporó al grupo guerrillero de Manouchian, formado por emigrantes de muchos rincones del mundo, unidos por su aversión al fascismo.

En el Estadio Bauer de Saint-Ouen, donde juega el equipo, una grada de animación lleva su nombre. En 2013 los aficionados del equipo decidieron rendirle un homenaje anual y una jornada de conmemoración el 21 de febrero, aniversario de su fusilamiento en 1944.

Della NegraEse día los miembros de la Asociación de Veteranos de la Resistencia acuden al Estadio para recordar al joven delantero centro, un futbolista de origen italiano fusilado en el Monte Valerien, junto con otros miembros de la resistencia pertenecientes a Franco Tiradores y Partisanos – Mano de Obra Inmigrante, más conocido por su dirigente y organizador: Manouchian. Entre los combatientes de Manouchian estaba el español Celestino Alfonso, otro héroe de la resistencia.

Los aficionados del Red Star destacan tanto el compromiso político de Della Negra con la lucha antifascista, como su carácter internacional, opuesto al racismo y la xenofobia.

El Red Star es un club de la clase obrera en pleno centro de París, pero no siempre fue así. No fue creado por los trabajadores sino por Jules Rimet, el organizador de la primera Copa del Mundo de fútbol. Rimet era un burgués seguidor de la doctrina social de la Iglesia catolica. Los clubes de fútbol eran un intento de mantener a los trabajadores aferrados al Vaticano.

Sin embargo, el intento duró poco. El Red Star fue el abanderado del Partido Comunista y en la década de los cuarenta, cuando contrataron a Della Negra, jugaba en el campo del Stade de París de Saint-Ouen.

La resistencia francesa también se organizó en las diferentes especialidades deportivas. En 1941, en su boletín clandestino “Le Trait d’Union”, las juventudes comunistas decían que los clubes deportivos eran un “buen campo de acción” y proponían reconstuirlos. “Dentro de estos clubes debemos ser los defensores de los deportistas”, contra las nuevas reglas aprobadas por el gobierno colaboracionista de Vichy y “por un deporte libre e independiente”.

En 1943 Della Negra pasó a la candestinidad, donde era conocido por el seudónimo de “Robin”. Desde entonces tuvo que vivir con documentación falsa. Sin embargo, siguió compatibilizando el fútbol con la guerrilla. Jugó al fútbol con su nombre real en dos clubes diferentes, sin ser descubierto.

Historia de una foto que lo cuenta casi todo de la Guerra de Vietnam

El 1 de febrero de 1968 el fotoperiodista estadounidense Eddie Adams captó uno de los momentos que mejor definen la Guerra de Vietnam: el general Nguyen Ngoc Loan, jefe de la policía del gobierno títere de Vietnam del sur, asesina a sangre fría a Nguyen Van Lem, un detenido del Vietcong, en plena calle de Saigón.

En el momento del disparo se encontraba junto a Adams un cámara de la cadena estadounidense NBC, que captó la escena desde un ángulo similar. Pero lo que dio la vuelta al mundo fue la foto, que ha quedado como uno de los tres iconos de aquella guerra, junto la inmolación del monje budista Quang Duc en 1963 y el diluvio de napalm que sufrió el pequeño Kim Phuc diez años después.

La víctima del asesinato, Nguyen Van Lem, conocido como “Bay Lop”, tenía 36 años y dos hijas. Su viuda, Nguyen Thi Lop, estaba embarazada en el momento del disparo. Su tercer hijo nació ocho meses después de su asesinato.

Al igual que decenas de ciudades de Vietnam del sur, Saigón había sido escenario de una insurrección dirigida por 80.000 combatientes comunistas del Frente Nacional de Liberación de Vietnam del sur, llamado Vietcong por los medios de la época.

La insurrección marcó el inicio de la ofensiva del Tet, con la que los comunistas, apoyados por Vietnam del norte, esperaban levantar a la población contra el gobierno fantoche del sur, respaldado por Estados Unidos.

Adams tenía entonces 34 años y trabajaba para la Associated Press. Seguía a un grupo de lacayos sudvietnamitas que participaban en el contraataque. El grupo se detuvo en medio de la calle y el general Nguyen Ngoc Loan apuntó el cañón de su revólver a la sien del detenido.

Tras el asesinato el general se dirigió a los periodistas que habían presenciado la escena y justificó su acto: “Estos chicos matan a muchos de nuestro pueblo y creeo que Buda me perdona”. La víctima era un capitán del FNLSV, añadió el pistolero.

El New York Times publicó la foto la  en portada, así como muchos otros periódicos. Posteriormente recibió el Premio Pulitzer y el concurso World Press Photo, lo que aumentó su repercusión.

En aquella época el presidente Johnson se esfuerzaba por tranquilizar al mundo diciendo que la guerra había terminado. Pero aún faltaban otros cinco años más de enfrentamientos antes de que el ejército estadounidense y sus marionetas sudvietnamitas salieran con el rabo entre las piernas.

Tres meses después de la foto, el general asesino fue gravemente herido en combate. Al principio fue hospitalizado en Australia, pero, debido a su hoja de servicios, su presencia causó un desprecio generalizado y fue enviado a Estados Unidos, donde volvió a ser denostado. Regresó a Vietnam.

En 1975, cuando Saigón estaba a punto de caer en manos de los comunistas, quiso huir, pero Roma no paga a traidores. Estados Unidos rechazó su solicitud de evacuación y tuvo que exiliarse por sus propios medios. Se estableció con su familia en Dale, Virginia, donde abrió una pizzería. Una pintada escrita en el baño de su establecimiento le recordó su crimen: “Sabemos quién eres”.

En 1991 su negocio se hundió por su reputación y el propietario del restaurante tuvo que cerrar. El asesino murió de cáncer en 1998 a la edad de 67 años. El fotoperiodista envió flores a la familia del fallecido y decidió actuar como abogado para defender su memoria. “Era un héroe. Estados Unidos debería estar llorando”, dijo a la Associated Press.

Adams hacía apología de un crimen de guerra execrable.

La revolución mexicana llevó a John Reed al comunismo

En 1913, el periodista estadounidense John Reed se unió a una banda de soldados revolucionarios en México. Pocos de ellos llevaban el uniforme completo. Algunos sólo llevaban sandalias de piel de vaca. Acamparon en el norte de Durango, durmiendo en los suelos de baldosas de una hacienda cuyo rico propietario había sido desalojado por las fuerzas revolucionarias.

Pero justo entonces, los colorados contrarrevolucionarios llegaron con la intención de matarlos a todos.

Reed, conocido por sus amigos en casa como Jack y por sus amigos en México como Juan, tenía veintiséis años. Era un joven luchador, ingenioso y generalmente autocontrolado, aunque en ese momento estaba muerto de miedo. Las balas ya volaban, enviando a las mulas y a los hombres a dispersarse por el desierto de Chihuahua. Los campesinos de la hacienda se refugiaron en sus modestas casas de adobe y rezaron. Un soldado, con el rostro ennegrecido por la pólvora, pasó al galope gritando que toda esperanza estaba perdida.

Reed escapó a pie con un pequeño destacamento. Huyeron por un estrecho camino entre el chaparral, con los colorados pisándoles los talones. El combatiente de catorce años que estaba a su lado fue pisoteado y tiroteado. Reed tropezó con una rama de mezquite y cayó a un arroyo, donde se quedó tumbado escuchando a los colorados discutir sobre qué dirección tomar. Permaneció inmóvil mientras sus voces se apagaban y finalmente perdió el conocimiento. Cuando se despertó, todavía podía oír los disparos cerca de la Casa Grande. Según supo más tarde, era el sonido de los colorados disparando a los cadáveres por si acaso.

Se adentró en el arroyo para alejarse de la acción, pero de repente le sorprendió un extraño en su camino. El desconocido tenía un pañuelo ensangrentado alrededor de la cabeza y llevaba un sarape verde en el brazo. Sus piernas estaban cubiertas de sangre de las espadas, los cactus espinosos que cubrían el suelo del desierto. Reed no podía decir de qué lado estaba luchando. El hombre le hizo una señal y Reed no vio otra opción que seguirle.

Llegaron a la cima de una colina y el desconocido señaló un caballo muerto, con las patas tiesas apuntando hacia arriba. Cerca yacía el cuerpo de su jinete, destripado. Reed se volvió para mirar al hombre del sarape verde y vio que sostenía una daga. El muerto era un colorado. Juntos lo enterraron, cubriendo la tumba poco profunda con piedras y atando una cruz con ramas de mezquite. Cuando terminaron, el hombre del sarape verde condujo a Reed a un lugar seguro.

El año anterior, Reed había estado en Portland, Oregón, vagando por las calles solo de noche, perdido en pensamientos infelices. Volvió a casa para el funeral de su padre y para arreglar los asuntos financieros de su familia. Reed descendía de una familia antaño rica cuya fortuna casi había desaparecido. Atrás quedaba también la alegría de los días de Reed en Harvard y la novedad de la vida de escritor bohemio en Nueva York. Reed estaba a la deriva, inseguro del tipo de vida que llevaría, del tipo de hombre en el que se convertiría.

pancho villa

Menos de una década después, Reed murió en Rusia, como bolchevique, traidor a su país y a su clase. Sus restos descansan ahora en la necrópolis del muro del Kremlin, en Moscú. Su biografía quedó inmortalizada en la aclamada película épica de Warren Beatty, Reds, de 1981. Y aunque la película describe vívidamente muchos episodios importantes de su colorida e histórica vida, descuida uno especialmente importante. A excepción de un breve plano de Beatty atravesando el desierto de Chihuahua, la película no menciona la época en que John Reed vivió la Revolución Mexicana junto a los combatientes, incluido el propio Pancho Villa.

Fue en México donde Reed no sólo dio rienda suelta a su gusto por la acción y la aventura, sino que también fue testigo de la pobreza degradante, la esperanza revolucionaria y todo lo que la clase capitalista internacional podía hacer para impedir una transformación social igualitaria.

En la víspera del asedio a la hacienda, se leyó en voz alta una proclama del gobernador de Durango a los soldados en sus dormitorios. Decía:

Considerando que… las clases rurales no tienen ningún medio de subsistencia en el presente, ni ninguna esperanza para el futuro, excepto servir como peones en las haciendas de los grandes terratenientes, que han monopolizado el suelo del Estado…

Considerando… que los pueblos rurales han sido reducidos a la más profunda miseria, porque las tierras comunes que antes poseían han sido aumentadas a la propiedad de las haciendas, especialmente bajo la dictadura del presidente Porfirio Díaz, bajo la cual los habitantes del Estado perdieron su independencia económica, política y social, pasando del rango de ciudadano al de esclavo, sin que el gobierno pueda elevar el nivel moral a través de la educación, porque la hacienda donde vivían es propiedad privada…

Por lo tanto, el gobierno del estado de Durango declara que es una necesidad pública que los habitantes de las ciudades y pueblos sean dueños de las tierras agrícolas.

Esto, le dijo un soldado a Reed, es la revolución mexicana. Al día siguiente, en lugar de huir, el soldado permaneció en la Casa Grande, donde murió tratando de repeler a los colorados en vano.

El  ‘Niño Tormentas’

John Reed nació en 1887 en Portland, Oregón, entonces dominado por los pioneros capitalistas del este. Mientras los barones de la madera pasaban en elegantes coches, los trabajadores de la ciudad caminaban a duras penas por avenidas embarradas, peligrosamente llenas de tocones y troncos talados del bosque, para realizar trabajos manuales agotadores o para beber y apostar en el vicio de la ciudad.

La aparente laxitud moral de la clase trabajadora de Portland preocupaba mucho a los miembros del Club Arlington, una institución exclusiva fundada veinte años antes para promover la solidaridad social y profesional entre las élites locales. Uno de los fundadores del Arlington Club fue Henry Green, el abuelo materno de John Reed, que había llegado desde el norte del estado de Nueva York, donde había establecido una exitosa empresa comercial. Henry y su esposa, Charlotte, se convirtieron en incondicionales de la alta sociedad de Portland.

Su hija, Margaret Green, se casó con C. J. Reed, otro joven y ambicioso hombre de negocios del norte del estado de Nueva York, y fundaron su familia en la finca Green. John Reed describió posteriormente la casa como una “casa señorial gris” rodeada de un denso bosque de abetos. Sus abuelos vivían en un “lujo a la rusa”, su casa estaba ricamente decorada con elaborados tejidos y objetos exóticos adquiridos durante sus viajes por el mundo. Aunque está enclavada en el esmeralda Valle de Willamette, a mundos de distancia del desierto de Chihuahua, la opulenta finca tenía mucho en común con las haciendas cuya expropiación fue uno de los principales objetivos de la Revolución Mexicana.

John Reed no era un niño especialmente feliz. Una enfermedad renal le mantuvo en casa la mayor parte del tiempo. Al principio estuvo confinado en la finca Green, donde le cuidaban los criados chinos, que le obsequiaban con fascinantes historias sobre su lejana patria. Más tarde, cuando la familia dejó la finca, empezó a leer como un loco. Era tímido con otros niños, y una vez pagó 25 centavos a un matón del barrio para que no le pegara.

El negocio de C. J. Reed nunca había tenido tanto éxito como el de Henry Green, y con Charlotte Green gastando el resto de la fortuna de su difunto marido, los padres de John se vieron incapaces de reponer la antigua fortuna familiar. No eran pobres, pero tampoco podían mantener su antiguo estilo de vida. A pesar de ello, C. J. reunió el dinero para enviar a su hijo a un internado en Morristown, Nueva Jersey, con la intención expresa de que el chico ingresara en Harvard.

En Morristown, John Reed prosperó. Por fin estaba físicamente en forma, y descubrió que una cierta reputación le precedía como occidental. Los otros chicos, todos de sangre azul, esperaban un hombre salvaje de la frontera. Habiendo consumido una gran cantidad de novelas de aventuras a lo largo de su aislada infancia, estaba dispuesto y era capaz de interpretar el papel. De la noche a la mañana, el que fuera un niño huraño se convirtió en un joven popular con la habilidad de desafiar juguetonamente a la autoridad. En algún momento, recibió el apodo de “Niño Tormentas”, que evoca una vitalidad traviesa y una tendencia a portarse mal que estuvieron latentes durante su infancia sumisa y protegida.

En Harvard, Reed desarrolló una nueva conciencia y una profunda aversión a la riqueza excesiva. Le consternó saber que algunos de sus nuevos compañeros habían recibido un estipendio de 15.000 dólares al año (el equivalente a casi 400.000 dólares anuales en la actualidad). El deseo de Reed de caer bien estaba dominado por su irreprimible desprecio por la cultura y las costumbres de Harvard. “Cuanto más los conocía”, escribió más tarde sobre sus compañeros de Harvard, “más me repugnaba su fría y cruel estupidez”. Empecé a compadecerme de ellos por su falta de imaginación y la estrechez de sus vidas rutilantes: clubes, atletismo, sociedad”.

Reed se burlaba de Harvard siempre que tenía la oportunidad, y a menudo hacía bromas que atraían la ira de las autoridades del campus. El colegio incluso revivió una forma arcaica de castigo sólo para Reed, un tipo de confinamiento obligatorio. El escritor e intelectual Walter Lippmann, que asistió a Harvard con Reed, escribió que “vino de Oregón, mostró sus sentimientos en público y dijo lo que pensaba a los hombres del club a los que no les gustaba oírlo”. Incluso cuando era estudiante, traicionó lo que muchos creían que era la pasión central de su vida, un deseo desmedido de ser arrestado”.

Aunque asistió a algunas reuniones del Club Socialista, la campaña de Reed para socavar el egoísmo de Harvard estaba impulsada más por su odio a las convenciones aristocráticas que por cualquier visión política de una sociedad sin clases. Esto cambió después de que Reed se graduara y se trasladara a Nueva York para intentar escribir, al principio con poco éxito.

En busca de un tema adecuado y de un buen rato, pasaba las tardes en establecimientos de mala reputación, del tipo que el Club Arlington de su abuelo habría desaprobado en Portland, charlando con los clientes y siguiéndolos por la ciudad para averiguar dónde y cómo vivían. Una de las historias que surgió de este proceso fue un retrato sincero y humanizador de una prostituta que Reed conoció en la ciudad. Los editores de la ciudad estuvieron de acuerdo en que era excelente, pero todos consideraron que era demasiado ambiguo desde el punto de vista moral para publicarlo.

Cuando Reed regresó a Portland, de luto por la muerte de su padre y rumiando su estancada vida en Nueva York, se enteró de que una revista socialista, The Masses, había aceptado publicar su historia. Posteriormente, Reed escribió para The Masses, y sus intereses y perspectivas comenzaron a alinearse con el mensaje ideológico de la publicación.

En una fiesta organizada por la artista de vanguardia y miembro de la sociedad Mabel Dodge Luhan, Reed conoció a “Big Bill” Haywood, que había acudido para recabar el apoyo de los progresistas urbanos a una huelga de trabajadores textiles en Paterson, Nueva Jersey. Reed siguió a Haywood a Paterson y entró en una nueva fase de su vida.

La experiencia de Reed allí, en Nueva Jersey, le transformó en dos cosas a la vez: periodista y socialista. No sólo cubrió la huelga de Paterson de 1913 para The Masses, sino que también fue encarcelado junto a los huelguistas, una experiencia que relató de forma colorida y conmovedora en sus informes. Poco después, se unió a la Internacional de los Trabajadores y ayudó a organizar los esfuerzos de solidaridad con los huelguistas.

Al mismo tiempo, Reed demostró ser un escritor convincente y un periodista inusualmente valiente, dispuesto a meterse en medio de las cosas en lugar de hurgar. Cuando los editores de Metropolitan le contrataron para informar sobre la revolución mexicana, lo hicieron porque sospechaban que se encontraría en el centro de la acción como una polilla a la llama. Y tenían razón.

Tierra y libertad

Al principio de la revolución, 15 millones de personas vivían en México. Durante el conflicto, murieron cerca de un millón de personas y unos dos millones más emigraron a Estados Unidos para escapar de la violencia.

John Reed podría haber perdido fácilmente la vida, viajando como lo hizo con los ejércitos asediados en el punto álgido de los problemas en 1913 y 1914. En cambio, sobrevivió y publicó un apasionante libro de reportajes, “México insurgente”, que sirvió de prototipo para “Diez días que estremecieron al mundo”, su famoso relato de la Revolución Rusa. Su experiencia en México consolidó su condición de periodista estadounidense de referencia en la cobertura de conflictos armados en su país y en el extranjero. También le hizo conocer nuevos niveles de privación y explotación, y le hizo comprender la necesidad del socialismo internacional.

La historia de la revolución mexicana comienza con Porfirio Díaz, que a mediados del siglo XIX había sido dirigente de la facción liberal del país, partidaria de la democracia y el capitalismo de libre mercado, en su lucha con los conservadores, que preferían un sistema social jerárquico más tradicional regido por un monarca y la Iglesia católica. Díaz llegó a la presidencia en 1876 y, con el tiempo, abandonó su compromiso liberal con la democracia política. El cambio de siglo llegó y pasó, y él seguía en el poder.

Como dictador, Díaz ejerció un férreo control sobre la política mexicana mientras su ejército nacional de federales y su policía rural mantenían al pueblo mexicano bajo su dominio. Pero mientras renegaba de sus promesas políticas, Díaz se mantenía firme en su compromiso con el capitalismo. El régimen porfirista hizo todo lo posible para satisfacer a los ricos terratenientes de México, los hacendados, así como para abrir el país a los inversores extranjeros, especialmente estadounidenses, pero también británicos y franceses, que estaban excavando minas y pozos de petróleo y requisando vastas plantaciones.

Con el apoyo de Díaz, la élite empresarial nacional y extranjera se benefició enormemente del despojo de los pequeños agricultores de subsistencia y de los terratenientes de sus modestas posesiones individuales y colectivas. Los campesinos mexicanos estaban encadenados de forma semifeudal a las haciendas rurales, o se veían obligados a trabajar en condiciones peligrosas en los campos y las minas por salarios bajos, a menudo como trabajadores informales precarios. Algunos indígenas fueron incluso vendidos como esclavos.

Una primera protesta contra la dictadura de Díaz, encabezada por los hermanos Flores Magón, fue aplastada en 1906. Pero dejó una impresión duradera, al vincular dos demandas en la mente de los mexicanos: la democracia política, por un lado, y la reforma agraria, por otro. En particular, el fin del sistema represivo de las haciendas y la redistribución de la tierra a las personas que la trabajaban. La revolución que se avecina resumirá estas dos reivindicaciones con el lema tierra y libertad.

La revolución llegó finalmente cuando Francisco Madero, el hijo liberal de una familia adinerada que poseía no sólo tierras y minas sino también fábricas, intentó ser elegido para la presidencia, una traición por la que Díaz lo hizo arrestar y encarcelar. El conflicto fue al principio intra-élite: Madero representaba un segmento emprendedor de la clase capitalista, más moderno que los hacendados de la vieja escuela. Pero los llamamientos de Madero a la democracia tuvieron un amplio atractivo. Ejércitos improvisados de campesinos y trabajadores desesperados por un cambio se unieron a su causa, dirigidos por una nueva generación de dirigentes que parecían salir de la nada.

En el plazo de un año, el régimen de Díaz fue derrocado y Madero llegó al poder. Pero la revolución estaba lejos de terminar. Madero asumió la presidencia pero cambió muy poco, manteniendo la mayoría de las estructuras administrativas e incluso el personal. Sus intentos de apaciguar a los porfiristas descontentos tuvieron poco éxito, ya que de todos modos hubo rebeliones de la derecha. Mientras tanto, la izquierda que había llevado a Madero al poder estaba consternada por su aparente desinterés en llevar a cabo cualquier tipo de programa ambicioso de reformas.

Emiliano Zapata, comandante de un ejército campesino en el sur de México, el más ideológico y radical de todos los nuevos dirigentes, declaró que la revolución seguía en pie mientras la cuestión de la reforma agraria siguiera sin resolverse y la pobreza sin aliviarse. “La tierra es para el que la trabaja”, decía el lema zapatista.

El ejército de mineros, ferroviarios y campesinos de Pascual Orozco en el norte también se volvió contra Madero, haciéndose eco de las peticiones no sólo de expropiación de las haciendas, sino también de mejores condiciones de trabajo y protección para los sindicatos.

La aparente debilidad del gobierno de Madero frente a estas rebeliones obreras y campesinas de izquierda asustó a las élites empresariales nacionales e internacionales y a sus aliados en el gobierno. Para resolver este problema, Henry Lane Wilson, embajador del presidente estadounidense William Howard Taft en México, desempeñó un papel destacado en la orquestación de un golpe de estado en el que Madero fue asesinado y un general traidor, Victoriano Huerta, asumió la presidencia. Este fue el comienzo de un juego que Estados Unidos perfeccionaría a lo largo del siguiente siglo.

Tras el asesinato de Madero en 1913, se desató el infierno. Huerta ofreció con éxito a Orozco concesiones en materia de derechos de los trabajadores a cambio de su lealtad, pero Zapata, inflexible en la cuestión de la reforma agraria, se opuso. También lo hizo Pancho Villa, el dirigente del mayor ejército revolucionario del país, la poderosa División del Norte. Aunque las simpatías personales de Villa estaban con los pobres, trabajó al menos sobre el papel para otro general, Venustiano Carranza, un dirigente menos radical que había tomado la causa maderista contra Huerta.

Fue en este caótico momento, cuando la lista de nombres importantes se hizo demasiado larga para ser clara, cuando John Reed cruzó la frontera desde la ciudad texana de Presidio hasta la mexicana de Ojinaga. Esta última había sido asediada cinco veces desde que comenzó el conflicto tres años antes. De Ojinaga, devastada por la guerra, escribió:

“Las polvorientas calles blancas de la ciudad rebosaban de suciedad y forraje; la vieja iglesia sin ventanas tenía tres enormes campanas españolas colgadas fuera en una estaca, una nube de incienso azul salía de la ennegrecida puerta, donde los combatientes rezaban por la victoria noche y día, encorvados bajo los rayos de un sol incendiario… Pocas de las casas tenían aún tejado, y todas las paredes habían sido arrasadas por los proyectiles.“

Reed comprendió inmediatamente que, aunque la proliferación de ejércitos y el constante cambio de lealtades hacían que el conflicto fuera difícil de seguir, en realidad era sencillo de entender. “Es común hablar de la Revolución de Orozco, la Revolución de Zapata y la Revolución de Carranza”, escribió. “De hecho, sólo hubo y hay una revolución en México. Es una lucha ante todo por la tierra”.

Abrir el puño cerrado

Cuando el país salió de la dictadura burguesa de Díaz, los campesinos y los trabajadores de México carecían de un vehículo político para unirse y promover sus intereses. Lo más parecido a esto fue el ejército de Zapata en el sur, que tenía claros sus objetivos: no sólo la democracia política y la reforma agraria, sino también la escuela pública laica universal, lo que lo ponía en conflicto con la Iglesia católica, que controlaba la educación, y la nacionalización del medio ambiente y los recursos naturales de México, lo que lo ponía en conflicto con los capitalistas nacionales e internacionales.

Pero en el norte no había un ejército con objetivos políticos tan explícitos. Pancho Villa era conocido como el Robin Hood de México por su voluntad de redistribuir la riqueza y las tierras, a menudo adquiridas mediante la expropiación despiadada y el astuto bandolerismo. Pero actuó en coalición con otros cuyas inclinaciones eran notablemente menos redistribucionistas, y además, sean cuales sean sus simpatías de clase, Villa era más un militar que un líder político. Así, los obreros y campesinos del norte injertaron imperfectamente sus propias esperanzas de transformación social radical en la confusa revolución que ya estaba en marcha.

Reed se unió a un batallón revolucionario bajo el mando del general Tomás Urbina, cuyo círculo íntimo mostraba la variedad de perspectivas en la cima de la jerarquía militar revolucionaria. Un comandante dijo a Reed que la revolución “es una lucha de los pobres contra los ricos. Yo era pobre antes de la revolución y ahora soy muy rico”. Pero un capitán le dijo a Reed: “Cuando ganemos la Revolución, será un gobierno dirigido por los hombres, no por los ricos. Estamos cabalgando sobre las tierras de los hombres. Antes eran de los ricos. Pero ahora me pertenecen a mí y a mis compañeros”.

Más tarde, Reed quedó muy impresionado por el general Toribio Ortega, “con mucho, el soldado más sencillo y abnegado de México”, que le dijo a Reed: “Hemos visto a los rurales y a los soldados de Porfirio Díaz masacrar a nuestros hermanos y padres, y se les ha negado la justicia. Vimos cómo nos quitaban nuestros campos y nos vendían a todos como esclavos, ¿no? Anhelábamos que nuestras casas y nuestras escuelas nos enseñaran, y se reían de nosotros. Todo lo que queríamos era que nos dejaran en paz para vivir y trabajar y hacer grande nuestro país, y estamos cansados, cansados y hartos de que nos engañen”.

A lo largo del norte de México, Reed conoció tanto a soldados rasos como a pacifistas -aquellos que se mantuvieron al margen de la lucha- que articulaban interpretaciones radicales de los objetivos de la revolución. La noche anterior a la batalla de la hacienda, Reed vio a un soldado componer una balada que contenía líneas como “Los ricos con todo su dinero ya han recibido su látigo… La ambición se arruinará y la justicia vencerá”. Reed se encontró con un pacífico, un hombre amable cuyo cuerpo estaba destrozado por la desnutrición, que le dijo: “La Revolución es buena. Cuando esté hecho, nunca pasaremos hambre, nunca, nunca, si Dios quiere”.

En un tramo del camino, Reed se encontró con dos pastores de cabras que compartieron su fuego y le ofrecieron refugio, uno de ellos un anciano encorvado y arrugado y el otro un joven alto y de piel suave. Mientras hablaban de la revolución, la voz del joven se elevó con pasión. “Son los americanos ricos los que quieren robarnos, igual que los mexicanos ricos quieren robarnos”, dijo. “Son los ricos del mundo los que quieren robar a los pobres”.

Se intercambiaron algunas palabras más y luego el joven dijo: “Durante años, para mí, mi padre y mi abuelo, los hombres ricos han cogido el maíz y lo han mantenido en sus puños cerrados delante de nuestras bocas. Y sólo la sangre les hará abrir las manos a sus hermanos”. Conmovido por este encuentro, Reed escribió:

“Alrededor de ellos se extendía el desierto, contenido sólo por nuestro fuego, listo para abalanzarse sobre nosotros cuando se apagara. En lo alto, las grandes estrellas no vacilaron. Los coyotes gimieron en algún lugar más allá de la luz del fuego como demonios en el dolor. De pronto vi a estos dos seres humanos como símbolos de México: corteses, cariñosos, pacientes, pobres, tanto tiempo esclavizados, tan llenos de sueños, tan pronto libres”.

El sueño de Pancho Villa

John Reed quería una audiencia con Emiliano Zapata, por quien sentía una total admiración, llamándolo, en una carta a su editor, “un gran hombre de la Revolución… un radical, absolutamente lógico y perfectamente coherente”. Ese encuentro resultó imposible, pero el periódico Metropolitan se alegró tanto o más cuando Reed pudo conseguir una audiencia con el infame Pancho Villa.

Por supuesto, cabalgar con Villa significaba tentar a la suerte, ya que el general participaba en feroces combates y nunca estaba lejos del frente. Pero Reed aprovechó la oportunidad de jugarse la vida para captar la esencia de Villa, que fue precisamente el motivo por el que el Metropolitan le contrató.

Villa había sido intensamente demonizado por la prensa estadounidense, pero Reed veía las cosas de otra manera, viendo a Villa como un hombre del pueblo y un amigo de los pobres. Villa prometió que no habría “más palacios en México” después de la revolución, y a menudo expresaba su amor por el pueblo con frases como “Las tortillas de los pobres son mejores que el pan de los ricos”. Demostró repetidamente sus lealtades de clase en acción, apoderándose del dinero y las propiedades de los ricos sin remordimientos y entregándolos directamente a los pobres o utilizándolos para la causa revolucionaria. Villa era odiado por la burguesía mexicana, mientras que los campesinos componían baladas sobre él.

Sin embargo, Reed también observó que las fuerzas de Villa no eran políticas. Antes de la revolución había vivido como un forajido y era analfabeto hasta que una temporada en la cárcel por su papel de apoyo a Madero le dio la oportunidad de aprender a leer. Tenía la idea, que expresó vagamente a Reed, de que después de la revolución el Estado establecería grandes empresas que emplearían a todo el mundo y producirían todo lo que el pueblo necesitara. Pero Reed le preguntó una vez qué pensaba del socialismo, a lo que Villa respondió: “¿El socialismo es algo? Sólo lo veo en los libros y no leo mucho”.

El gran talento de Villa era más bien su instintiva destreza militar. Reed comparó su estilo de lucha con el de Napoleón, citando entre sus cualidades “el secreto, la rapidez de movimientos, la adaptación de sus planes al carácter del país y de sus soldados, el valor de las relaciones íntimas con las filas, y la construcción de una creencia entre el enemigo de que su ejército sería invencible y que él mismo sería un mago”. Reed veía a Villa como un genio militar autodidacta, capaz de visualizar toda la revolución en toda su complejidad desde una percha alta y de tomar decisiones rápidas basadas en la intuición que siempre resultaban correctas.

Cuando Reed le preguntó a Villa si quería ser presidente de México, éste respondió con franqueza: “Soy un luchador, no un estadista”. Sabiendo que Metropolitan no se conformaría con la sencillez de la respuesta, Reed se vio obligado a preguntar de nuevo varias veces. Villa, molesto, finalmente le dijo a Reed que si volvía a hacer la pregunta sería “azotado y enviado de vuelta a la frontera”. Sin embargo, Villa apreciaba a Reed lo suficiente como para pasar mucho tiempo con él en privado y darle un pase de acceso para utilizar los ferrocarriles y los teléfonos en todo el estado de Chihuahua de forma gratuita.

El Pancho Villa del libro “México Insurgente” es muy divertido. Nunca bebía ni fumaba, pero le encantaba bailar. Enviaba a sus propios gallos al foso de las peleas de gallos todas las tardes a las cuatro. Si tenía energía extra para quemar, a veces iba a un matadero cercano para ver si había algún toro que pudiera torear. Era un torero medio, “tan terco y torpe como el toro, lento de pies, pero rápido como un animal con el cuerpo y los brazos”. Si el toro le golpeaba con los cuernos, Villa se abalanzaba sobre él y empezaba a forcejear, lo que provocaba la intervención de sus hombres.

“Las bases lo amaban por su valentía y su humor crudo y brutal”, escribió Reed con admiración. “A menudo le veía desplomado en su catre en la pequeña furgoneta roja en la que siempre viajaba, bromeando familiarmente con veinte soldados harapientos desplomados en el suelo, sillas y mesas”.

La furgoneta era un vagón de tren. Cuando Villa saqueó por primera vez la ciudad de Torreón, tomó el mando de los ferrocarriles en el norte de México, y a partir de entonces su ejército viajaba tanto a caballo como en tren. Además de su furgón de cola, había vagones hospital, vagones de agua, vagones armados con cañones e incluso vagones de reparación cuya finalidad era arreglar motores y segmentos de vía rotos, a veces en el fragor de la batalla.

Los ejércitos revolucionarios empezaron de forma aleatoria, sin comisarios ni medios formales para atender las necesidades diarias de los soldados, desde la cocina y el aprovisionamiento hasta el lavado y el arreglo de la ropa. Así, desde el principio, las mujeres llamadas soldaderas viajaban con el ejército de Villa, cuidando a sus maridos alistados con sus hijos. Familias enteras viajaron con Villa por el desierto, primero a pie y luego en tren. Aquellas mujeres soldado también tomaron las armas, aunque la mayoría de ellas se dedicaron a cocinar tortillas y grandes tazones de chile y a colgar la ropa en improvisados tendederos sobre los vagones. Sin ellos, toda la operación se habría derrumbado.

Reed escribió algunos de sus pasajes más emocionantes en “México insurgente” sobre su estancia en los trenes con los soldados y soldaderas de Villa. El gobierno contrarrevolucionario de Huerta era inestable, sus enemigos eran legión y su gobierno estaba llegando a su fin. Reed estaba con la División del Norte cuando avanzaba sobre Torreón por segunda vez, los espectaculares trenes guerrilleros serpenteaban por el desierto, llevando a cuestas el sueño de una nueva nación.

“Amaneció con un sonido de todas las cornetas del mundo; y al mirar por la puerta del coche, vi el desierto burbujeando a lo largo de kilómetros con hombres armados a caballo… Un centenar de fuegos de desayuno humeaban en los techos de los coches, y las mujeres giraban lentamente sus vestidos al sol, charlando y bromeando. Cientos de pequeños bebés desnudos bailaban alrededor, mientras sus madres levantaban sus pequeñas ropas en el calor. Un millar de alegres jinetes se gritaron unos a otros cuando comenzó el avance…”

Una guerra sin fin

Aunque John Reed estaba encantado con Pancho Villa, su jefe, Venustiano Carranza, tampoco le impresionaba. Reed consideraba que Carranza había contribuido poco a la revolución, escondiéndose en el oeste en el momento álgido de las campañas militares contra las fuerzas de Huerta. Se reunió una vez con Carranza y lo encontró pomposo y vacuo, carente del compromiso ideológico de Zapata y del dinamismo y el sentimiento cálido de Villa por el pueblo mexicano.

En su ausencia, Carranza había dejado que Villa tomara todas las decisiones militares y negociara solo con las potencias extranjeras. Villa, pensando típicamente en términos militares más que políticos, había aceptado la ayuda de los estadounidenses, que ya se habían vuelto contra Huerta, al igual que se habían vuelto contra Madero antes que él. Tras la caída de Huerta, Estados Unidos se volvió rápidamente contra Villa. Esto era de esperar: después de todo, la principal objeción de los estadounidenses a Huerta, al igual que a Madero, era que no podía controlar a las facciones campesinas y obreras comandadas por Villa en el norte y Zapata en el sur.

Con Huerta fuera de la vista -el segundo avance de Villa sobre Torreón había sido decisivo en su caída- Carranza decidió establecer un gobierno provisional. Su primer objetivo era restablecer la confianza de los dirigentes empresariales en el país y en el extranjero. Así comenzó una nueva fase de la revolución: Zapata y Villa contra Carranza, un liberal moderado que desde el principio nunca había estado especialmente interesado en la expropiación y la redistribución. Villa sufrió una devastadora derrota militar en 1915. Zapata fue asesinado en 1919. A finales de la década, las formaciones más radicales de la revolución fueron aniquiladas.

Pero aunque los poderosos ejércitos proletarios y campesinos de la Revolución Mexicana fueron aplastados por sus antiguos aliados, su ideología persistió, incluso en el nuevo gobierno, a pesar de la oposición de Carranza. La pobreza y la explotación no se eliminaron, pero en las décadas siguientes se consiguió abolir el sistema de haciendas, se establecieron escuelas públicas en todo México, se reforzaron las protecciones de los trabajadores y los sindicatos y se nacionalizó la industria petrolera. La revolución fue incompleta, pero no exenta de grandes victorias.

De vuelta a casa, John Reed recibió elogios por los artículos que acabarían siendo la base de su libro “México Insurgente”. Walter Lippmann escribió en una carta a Reed que su reportaje sobre México era “sin duda el mejor reportaje jamás realizado”. Es un poco embarazoso decirle a alguien que conoces que es un genio. Su editor en Metropolitan le dijo que “no se podía escribir nada más bonito”, y la revista presentó sus artículos con enormes fotos suyas como si ya fuera una celebridad. Las revistas de prestigio pedían a gritos la publicación de sus trabajos y las invitaciones a conferencias eran interminables. Reed podría haberse convertido en el periodista más popular del país, si no lo era ya.

A su regreso a Estados Unidos, Reed no podía pensar más que en la injusticia. Escribió artículos en los que fustigaba la intervención de Estados Unidos en México y criticaba a sus colegas periodistas por su recitación acrítica de la línea del Departamento de Estado. Después viajó a Colorado, donde informó sobre la masacre de Ludlow, en la que murieron veinticinco personas durante una huelga de mineros del carbón, entre ellas once niños. Su reportaje sobre Ludlow demostró una evolución en su escritura, consistente no sólo en observaciones evocadoras, sino en un análisis detallado de las circunstancias que condujeron y siguieron a la masacre, culpando a los capitalistas y a sus aliados políticos.

Después de Ludlow, el Metropolitan envió a Reed a Europa para informar sobre la Primera Guerra Mundial. La revista esperaba un reportaje de capa y espada, pero el reportaje de Reed en Europa tenía un color más oscuro y un filo más duro. La aventura y las travesuras del “Niño Tormentas” habían sido sustituidas por el horror, la pena y una aguda ira contra las élites internacionales que habían orquestado esta guerra sin sentido. Durante su estancia en Alemania, Reed entrevistó al socialista revolucionario Karl Liebknecht sobre su oposición a la guerra, y llegó a coincidir con los socialistas radicales de Estados Unidos y Europa en que la propia guerra era un crimen cometido por la burguesía contra la clase obrera internacional.

De vuelta a Estados Unidos, dejó de escribir para el público en general, y en su lugar escribió artículos antibélicos para The Masses. Cuando Estados Unidos entró en la Primera Guerra Mundial, los artículos de Reed fueron censurados. Como resultado, The Masses perdió su financiación y pronto se arruinó. En lugar de agachar la cabeza y trabajar para reconstruir su carrera periodística con reportajes más benignos desde el punto de vista político, Reed cruzó el Atlántico para presenciar y participar en la Revolución Rusa. Volvió como comunista, y el resto es historia.

Esta historia es bien conocida, al menos para aquellos a los que les gustan los dramas ganadores del Oscar. Lo que es menos conocido es el papel de la revolución mexicana para convertir a John Reed en el socialista que llegó a ser. “México insurgente” fue su boleto a la fama, pero también fue su puente al radicalismo. Cuando esos dos caminos se separaron, tomó el segundo. Porque cuando John Reed fue a México, fue a la guerra de clases. Y nunca volvió.

Meagan Day https://jacobinmag.com/2021/11/mexican-revolution-john-reed-journalism-pancho-villa

La CIA inventó una pistola que mataba por ataque cardiaco

Tras la intervención de Estados Unidos en el Golpe de Estado contra Allende, negada entonces una y otra vez, el Senado de Estados Unidos creó una comisión de investigación que se dirió contra la CIA. Quien había orquestado el Golpe no era la Casa Blanca, sino uno de sus tentáculos, casi sin permiso de sus jefes.

No habían pasado 25 años desde su fundación y la CIA ya tenía muy mala imagen, en un mundo que cada vez depende más de la imagen. Había que lavar esa imagen hasta donde fuera posible, una tarea que dirigió magistralmente el senador Frank Church, presidente de la comisión de investigación. Aquello no se podía repetir, es decir, la CIA debía seguir haciendo lo mismo, pero en el futuro debería tener más cuidado para no dejar huellas.

Para lavar la imagen de la CIA había que airear sus trapos sucios, que eran muchos. Se conocieron planes para asesinar a dirigentes políticos de todo el mundo, así como el espionaje intensivo a los propios estadounidenses.

Entre las hazañas, apareció una pistola de infarto, un arma macabra capaz de causar la muerte en cuestión de minutos sin dejar rastro. Salvo los más conspiranoicos, nadie pdría decir que alguien había sido asesinado por la CIA, sino que murió de muerte natural.

En este tipo de asuntos los científicos siempre resultan imprescindibles. La investigadora responsable de encontrar un veneno imposible de rastrear para usos criminales, incluida la pistola de infarto, fue Mary Embree, que se incorporó a la CIA con 18 años.

Embree empezó su carrera científica en la CIA diseñando micrófonos ocultos y otros equipos de vigilancia de audio. Fue más tarde cuando le ordenaron encontrar un veneno indetectable. Su investigación la llevó a concluir que las toxinas de los mariscos eran la opción perfecta.

Se integró en el Proyecto Mknaomi dedicado al desarrollo de armas biológicas para el arsenal estadounidense de la Guerra Fría, diseñado para envenenar cultivos y ganado. El laboratorio estaba en Fort Detrick, una instalación del ejército dedicada a la investigación de la guerra biológica. Los investigadores, dirigidos por otro científico, Nathan Gordon, químico de la CIA, mezclaron la toxina del marisco con agua y congelaron la mezcla en una pequeña bolita o dardo. El proyectil terminado se disparó con una pistola Colt M1911 modificada y dotada de un mecanismo de disparo eléctrico. Tenía un alcance efectivo de 100 metros y era casi totalmente silencioso.

Cuando se dispara a un objetivo, el dardo congelado se funde inmediatamente y libera su carga tóxica en el torrente sanguíneo de la víctima. Las toxinas de los moluscos que, en dosis concentradas, son capaces de desactivar completamente el sistema cardiovascular, se extienden al corazón de la víctima, imitando un ataque cardíaco y causando la muerte en cuestión de minutos.

Lo único que quedó fue un pequeño punto rojo donde el dardo había entrado en el cuerpo, indetectable para quienes no supieran buscarlo.

Años después de dejar la CIA, Embree afirmó que el arma modificada, conocida como “microbionoculador no discernible”, había sido probada en animales y prisioneros con gran éxito.

Nixon clausuró el Programa Mknaomi en 1970, pero Gordon había entregado 5,9 gramos de toxina de crustáceo -casi un tercio de la toxina producida en la época- y viales de toxina derivada del veneno de cobra a un laboratorio de Washington.

En una audiencia de la comisión del Senado, el director de la CIA, William Colby, llevó consigo la pistola, permitiendo a los miembros del comité manejar el arma.

No se sabe si el arma fue utilizada alguna vez.

Las raíces históricas del fascismo sanitario: el gueto de Varsovia

En 1939 el III Reich estrenó una de las películas de propaganda de mayor presupuesto. Se trataba de “Robert Koch, Bekämpfer des Todes”, dirigida por Hans Steinhoff. De esa manera Koch se incorporaba a la iconografía nazi como un soldado de la ciencia, un precedente del mismo Führer.

El modelo nazi era un médico entregado a la lucha contra las enfermedades contagiosas que, en aquella época, se decía que procedian del este, de Polonia, como hoy se dice que proceden de África. Alemania necesitaba un “cordón sanitario” que protegiera a su población de la enfermedad y la muerte, causadas por la suciedad en la que vivían las poblaciones eslavas y orientales.

Ya antes de 1933 los médicos alemanes fueron los más entusiastas partidarios de Hitler. En 1939 más de la mitad de ellos estaban afiliados al partido nazi, e incluso a las SS. Durante años habían sido educados en unas facultades imbuidas de racismo y eugenesia. Muchos de ellos participaban en la discriminación de la población. A ellos les correspondía decidir quiénes eran arios y quiénes entraban en la categoría de subhumanos.

Quien controlaba las organizaciones sanitarias era el Ministerio del Interior. El Departamento IV de Sanidad y Protección de la Población estaba dirigido por un Secretario de Estado, el doctor Arthur Gütt, y luego, desde 1935 hasta 1945, el doctor Leonardo Conti. Desde esa Oficina de Sanidad los nazis dirigían la Academia de Medicina o la Cruz Roja alemana.

En 1933 el Colegio de Médicos fue confiado a los miembros de la Liga Nacional Socialista de Médicos Alemanes y Gebhard Wagner se convirtió en su presidente. Dos años después se convirtió en la Cámara Médica del Reich. Todos los médicos alemanes debían estar registrados en la Cámara para poder ejercer. Cambiaron las ordenanzas que regulaban el ejercicio de la medicina. El antiguo código deontológico fue derogado y crearon sus propios tribunales para garantizar que cada médico realizara su tarea de acuerdo con los principios nazis.

El “cordón sanitario” y los guetos que el III Reich impuso en Polonia durante la Segunda Guerra Mundial lo justificaron con una supuesta epidemia de tifus. El eugenismo alemán consideraba que los eslavos, por ejemplo, eran los portadores naturales de la enfermedad, por lo que debían ser enviados a los campos de concentración para ser desinfectados. En 1941 se publicó una obra colectiva titulada “Guerra de Epidemias. La misión sanitaria alemana en el Este”, donde el III Reich afirmaba que en Polonia había estallado un “brote epidémico” que era necesario tratar.

El este de Europa estaba poblado por pueblos atrasados y sucios, portadores de enfermedades, mientras Alemania era una tierra limpia, gobernada por médicos y vacunas. El progreso de la higiene y la ciencia había convertido a Alemania en la patria de la salud, siempre amenazada por el contagio de sus vecinos.

Gracias a los nazis, los alemanes disfrutaban de una dieta sana, natural, sin alcohol, carne, grasas ni azúcares. Fue el sueño de Hitler entonces y el del ministro Garzón ahora. Los alemanes debían comer verduras, pan integral y abandonar el tabaco. El III Reich fue el paraíso de las leyes contra el tabaco. En 1939 un médico alemán, Franz Müller, publicó el primer estudio sobre el papel del tabaco en el cáncer de pulmón.

Las primeras medidas antitabaco se adoptaron en Alemania en 1938. La campaña se desarrolló en los primeros años de la guerra con la fundación de un Instituto de Investigación del Riesgo del Tabaco en la Universidad de Jena, dirigido por un médico de las SS, Kurt Astel. En las oficinas del partido nazi no se podía fumar. En 1938 se prohibió el tabaco en la Luftwaffe, luego en Correos, en los asilos y en las escuelas. Las prohibiciones fueron acompañadas por la creación en 1939 de una oficina contra los peligros del alcohol y el tabaco. El tabaquismo era una degeneración racial, un veneno genético que corrompía el genoma germánico.

Los nazis limpiaron primero su casa y luego pasaron a limpiar la de sus apestosos vecinos, encerrando a las poblaciones en guetos y trasladándolas a campos de concentración para desinfectarlas.

En 1917 el tifus fue considerado en Alemania como una enfermedad eslava y bolchevique y, veinte años después, como judía. Fue un caso evidente de obsesión paranoica. El tifus estaba en el centro de la política sanitaria alemana en Polonia. Se trataba de evitar que una posible epidemia polaca llegara al Reich y contaminara a los soldados del ejército.

Tan pronto como Polonia fue invadida, los alemanes crearon toda una red de instituciones preventivas contra el tifus, aunque todavía no se había producido ninguna epidemia grave. Como los judíos eran los portadores naturales del tifus, a partir de noviembre de 1939 empezaron a secuestrar a la población que consideraban como judía.

Incluso antes de la construcción de los muros del apartheid que en Varsovia separaron a unos barrios de otros, el perímetro del futuro gueto podía adivinarse por los carteles que mostraban en grandes letras “Seuchensperrgebiet” (zona prohibida de epidemias). Los alemanes hacinaron a un tercio de la población de Varsovia, casi medio millón de personas, en el 5 por ciento de su superficie, unas 160 hectáreas.

Naturalmente, no había ninguna epidemia, pero el hacinamiento de miles de personas en un entorno cerrado provocó el resultado buscado, el tifus, la epidemia que se pretendía prevenir. Unas 100.000 personas contrajeron el tifus en el gueto de Varsovia, con una tasa de mortalidad cercana al 40 por cien. Como ha ocurrido tantas veces en la historia de la medicina, es el remedio el que causa la enfermedad.

A su vez, la epidemia favorecía las políticas discriminatorias nazis, la separación racial y la histeria de salud pública. El apartheid sanitario ayudó a exterminar a una parte importante de la población polaca. Otra sirvió como conejillo de indias de experimentos médicos y estimuló la producción de las empresas farmacéuticas alemanas, que empezaron a investigar en la producción de vacunas contra la fiebre tifoidea.

Con el pretexto de la lucha contra el tifus, el gobierno nazi introdujo los pasaportes sanitarios y la distancia social. Antes de subirse a un tren era necesaria una autorización médica especial y en los transportes públicos se establecieron asientos de uso exclusivo, ya que la transmisión de pulgas infecciosas se ve facilitada por el uso común de las instalaciones colectivas.

En la ideología nazi, el enemigo tiene tanto connotaciones de clase como médicas. Las mismas palabras que se utilizan en biología, se utilizan también en el ejército. El enemigo es un apestado.

La masacre de Wounded Knee: cuando el ejército de Estados Unidos asesinó a 300 indios a sangre fría

Al amanecer del 29 de diciembre de 1890, unos 350 amerindios Lakota se despertaron, después de haber sido obligados por el Ejército de Estados Unidos a acampar la noche anterior junto al Wounded Knee Creek, en Dakota del Sur. El 7º Regimiento de Caballería los había “escoltado” allí el día anterior y, ahora, rodeó a los indios con la intención de arrestar al Jefe Big Foot (también llamado Spotted Elk) y desarmar a los guerreros.

Cuando estalló un desacuerdo, los soldados del ejército abrieron fuego, incluso con ametralladoras Hotchkiss. En cuestión de minutos, cientos de niños, hombres y mujeres fueron derribados. Tal vez hasta trescientos muertos y decenas de heridos esa mañana.

Pocos estadounidenses saben ahora que los tiroteos más mortíferos en la historia de Estados Unidos fueron masacres de pueblos nativos. Hoy es el aniversario de la mayor masacre de este tipo.

El nombre común del evento, “La batalla de Wounded Knee”, oscurece los verdaderos horrores de ese día. Porque esto no fue una “batalla”, fue una masacre.

Los pueblos indígenas fueron los primeros en experimentar la ira de los conquistadores europeos. Si bien nadie sabe cuántas personas vivían en lo que ahora es Estados Unidos, las estimaciones oscilan entre dos y ocho millones antes de la llegada de los europeos. Para 1900, quedaban alrededor de doscientos mil, casi todos consignados a remotos páramos en el interior del oeste que las élites consideraban inútiles.

Los Lakota, compuestos por siete bandas, eran los más grandes y poderosos de un grupo más grande de amerindios que vivían en las llanuras del norte y son conocidos como los Sioux. Durante la mayor parte del siglo XIX, resistieron ferozmente la invasión de la autoridad y el pueblo estadounidense en su tierra natal.

Pocos ciudadanos estadounidenses o inmigrantes europeos vivieron en el vasto interior hasta después de la Guerra Civil. Luego, gracias en gran parte al gobierno de Estados Unidos, millones de personas fluyeron hacia el oeste a bordo de las líneas ferroviarias transcontinentales financiadas por el gobierno. Las inmensas tierras, arrebatadas a las naciones indias, y los abundantes recursos naturales atrajeron a personas blancas que querían cultivar, criar ganado y explotar los recursos mineros. Esperaban vivir vidas independientes y, tal vez, enriquecerse.

El gobierno de Estados Unidos también envió al Ejército para proteger a los “colonos” de los indios cada vez más enojados.

El gobierno y la ciudadanía consideraban que las tierras en las que los indios habían vivido durante milenios eran propiedad de Estados Unidos. En consecuencia, los nativos fueron asesinados, desplazados o forzados a “reservas”. Estados Unidos obligó a las naciones indias a firmar tratados, sacrificando sus tierras tradicionales por otras parcelas mucho más pequeñas, a menudo lejos de casa.

En general, estas “negociaciones” eran de la variedad “o bien”, como en: firmar el tratado o ser asesinado. A los indios de las llanuras también se les prometió algo de dinero y raciones de comida para reemplazar su caza de búfalos y estilos de vida semi-nómadas, en los que se basaba toda su cultura.

La mayoría de los indios despreciaban estos tratados y sólo los aceptaban bajo la amenaza de un exterminio violento. El jefe sioux Spotted Tail, por ejemplo, declaró: “No queremos vivir como el hombre blanco… El Gran Espíritu nos dio cotos de caza, nos dio el búfalo, el alce, el ciervo y el antílope. Nuestros padres nos han enseñado a cazar y vivir en las llanuras, y estamos contentos”.

Después de la Guerra Civil, docenas de naciones indias se encontraron atrapadas entre las políticas destructivas del gobierno y la invasión de colonos en curso. No es sorprendente que muchos indios se resistieran. Así que a lo largo de las décadas de 1860, 1870 y 1880, Estados Unidos se involucraron en docenas de guerras contra los Arapaho, Kiowa, Comanche, Nez Perce, Bannock, Apache, Ute, Blackfoot, Navajo y otros.

La guerra más conocida tuvo lugar entre Estados Unidos y los Lakota Sioux (con aliados Cheyenne y Arapaho del Norte) en los territorios de Dakota, Montana y Wyoming. En 1868, el Tratado de Fort Laramie había puesto fin a la Guerra del Río Powder y había dejado de lado una “Gran Reserva Sioux a perpetuidad”. Sin embargo, muchas bandas sioux no habían firmado, incluyendo Hunkpapa Sioux de Chief Sitting Bull, Oglala de Chief Red Cloud y Brulé de Spotted Tail. En respuesta a las incursiones de los colonos y para defender su tierra y estilo de vida, los sioux asaltaron asentamientos blancos, intimidaron a agentes federales y acosaron a mineros, colonos y ferrocarriles.

A medida que la guerra renovada arreciaba, el coronel George Custer del 7º Regimiento de Caballería dirigió una fuerza a las Colinas Negras, el sagrado corazón de los Sioux, en el suroeste de Dakota del Sur. Custer lo hizo en contra del Tratado de Fort Laramie, que garantizaba que las Colinas Negras permanecerían “fuera de los límites” de los asentamientos blancos. Cuando Custer reportó enormes depósitos de oro, una estampida de buscadores blancos inundó, seguidos por el Ejército para “protección”.

El New York Herald, uno de los principales periódicos de la nación, resumió el sentimiento general de los estadounidenses blancos: “Es inconsistente con nuestra civilización y con el sentido común permitir que el indio deambule por un país tan fino como el que rodea las Colinas Negras, impidiendo su desarrollo para poder disparar y descuartizar a sus vecinos. Eso nunca puede ser. Esta región debe ser tomada de la india”.

(En 1980 el Tribunal Supremo dictaminó en Estados Unidos contra la Nación Sioux de Indios, que la toma de las Black Hills, de hecho, había roto el Tratado de Fort Laramie y otorgó a los Sioux una compensación. Aunque debido al interés compuesto el total ha aumentado a casi 1.500 millones de dólares, los sioux se niegan a aceptar este dinero, viéndolo como un soborno. En cambio, todavía quieren que les devuelvan su tierra).

Los tratados no fueron cumplidos, el Ejército exigió que todos los indios se presentaran a las reservaciones antes del 31 de enero de 1876, o serían perseguidos. Cuando la mayoría se negó, el Ejército envió tropas a la cuenca del río Little Bighorn en el centro sur de Montana.

Poco después, Custer subestimó a su enemigo Sioux y Cheyenne, dividió a sus muy pocas tropas y atacó un enorme campamento de varios miles de guerreros. Famosamente, sus tropas fueron rodeadas y aniquiladas en lo que se conoce como el “Custer’s Last Stand”, que en realidad fue más una batalla itinerante.

Aturdido por esta derrota, el Ejército redobló sus esfuerzos para derrotar a los Lakota, comprometiendo miles de tropas más a esta guerra. Una por una, bandas de indios se vieron obligadas a rendirse y se limitaron a las reservas. Toro Sentado, hábilmente, se trasladó con su pueblo a Canadá, en 1877, donde el Ejército de Estados Unidos no pudo seguirlo.

Sin embargo, en 1881, después de años de hambre debido al exterminio constante de bisontes, Toro Sentado y su gente regresaron a Estados Unidos y se rindieron, la última banda Lakota en hacerlo. La estrategia del Ejército de matar de hambre a los indios, matando a su principal fuente de alimento, había funcionado a la perfección tal como el coronel Richard Dodge predijo en 1867: “Cada búfalo muerto es un indio desaparecido”.

Mientras tanto, las Colinas Negras se convirtieron en la región minera de oro más rentable de la nación, produciendo una enorme riqueza para los mineros blancos, incluido un hombre llamado George Hearst, que se convirtió en uno de los hombres más ricos de la nación. Su hijo, William Randolph Hearts, convirtió esa fortuna en el imperio periodístico más poderoso de la nación.

Los sioux terminaron en Pine Ridge y otras cuatro reservas dispersas por Dakota del Sur, Dakota del Norte y Nebraska.

Los tratados no valían nada, a fines de la década de 1880 el gobierno redujo las raciones de carne sioux, mientras que muchos de sus ganados murieron de enfermedades. Los sioux estaban cada vez más desesperados: sus tierras tomadas, los bisontes, que en algún momento se contaban por muchos millones, solo quedaban unos pocos miles, toda su forma de vida diezmada. Y, ahora, se morían de hambre.

Muchos indios de las llanuras restantes, incluidos los sioux, buscaron consuelo y respuestas en la religión. Wovoka, un profeta de los indios de la Gran Cuenca (Paiute), prometió a los sioux que volverían a la prominencia y que los blancos serían aniquilados, si abrazaban la Danza de los Fantasmas, no muy diferente de las visiones que los cristianos podrían experimentar con el ayuno y la soledad.

Toro Sentado

A medida que la Danza de los Fantasmas se extendía como un reguero de pólvora, a los oficiales del Ejército les preocupaba que este renacimiento religioso pudiera conducir a un levantamiento sioux. Para aplastar esta posibilidad, el Ejército ordenó el arresto de Toro Sentado, un punto de reunión de la Danza Fantasma, donde vivía en la Reserva Standing Rock.

Este lugar y la gente recientemente se hicieron famosos debido a la heroica posición de Standing Rock Sioux al resistirse al oleoducto Dakota Access de cruzar algunas de sus tierras sagradas y poner en peligro sus suministros de agua. Pero Toro Sentado se negó a ir en silencio, se resistió al arresto, por lo que fue asesinado a tiros.

Con Toro Sentado eliminado, el Ejército buscó a Big Foot y sus seguidores, que pronto se dirigieron a la Reserva Pine Ridge, donde esperaban estar a salvo junto a la banda de Red Cloud.

El 28 de diciembre de 1890, los soldados del 7º de Caballería, la misma unidad que había sufrido una derrota ignominiosa con Custer, interceptaron a 350 indios cerca de Pine Ridge. El Ejército acorraló a los nativos hambrientos y congelados, con el Jefe Big Foot sufriendo de neumonía, y los hizo acampar en Wounded Knee.

Los soldados estadounidenses, que sumaban quizás quinientos, comenzaron a desarmar a los indios a la mañana siguiente. Uno puede imaginar la tensión, la Danza fantasma que ha provocado un renovado sentido de orgullo y empoderamiento entre los Sioux derrotados. El Ejército tenía la tarea de mantener a los sioux pacificados y confinados a las reservas. Toro Sentado había sido asesinado dos semanas antes; ahora, el Ejército trató de arrestar y desarmar a otra banda de guerreros sioux.

Black Coyote, sin embargo, se resistió a renunciar a su arma, tal vez porque era sordo y no podía entender inglés. En la refriega que siguió, sonó un disparo. Al instante, los soldados estadounidenses abrieron fuego con sus armas, incluidas las cuatro ametralladoras Hotchkiss. Entre las armas más poderosas de la época, el Ejército las había utilizado contra los indios anteriormente.

Los ametralladores no solo apuntaron a los guerreros que luchaban por las armas que podían encontrar, sino que también rastrillaron tipis llenos de niños y mujeres. Los que corrían hacia un barranco cercano también fueron cortados.

Aunque los indios en su mayoría habían sido desarmados, algunos todavía poseían armas o se apoderaban de algunas de las ya confiscadas. Mientras las ametralladoras cortaban a los indefensos, la gente se dispersaba en todas direcciones. Los soldados, que ya no seguían órdenes ni disciplinaban, perseguían y mataban a cualquier indio, armado o no.

El general del ejército Nelson Miles visitó este campo de exterminio unos días después. Expresó su sorpresa de que las mujeres con bebés en sus brazos habían sido derribadas, a varias millas del sitio inicial de la “batalla”, lo que indica que los soldados persiguieron sistemáticamente a todos los que huyeron.

Dee Brown, autor de la popular historia Bury My Heart at Wounded Knee, sitúa el número de indios muertos en unos trescientos, incluyendo al menos un centenar de niños y mujeres, así como Big Foot. Todos fueron enterrados en fosas comunes. Veinticinco soldados estadounidenses también murieron, muchos muy posiblemente por fuego amigo.

Según Black Elk, hecho famoso en Black Elk Speaks: Being the Life Story of a Holy Man of the Oglala Sioux de John Neihardt, publicado en 1961, y quien sobrevivió a Wounded Knee: “No sabía entonces cuánto se había terminado. Cuando miro hacia atrás ahora desde esta alta colina de mi vejez, todavía puedo ver a las mujeres y niños masacrados que yacen amontonados y dispersos a lo largo del barranco torcido tan llano como cuando los vi con los ojos jóvenes. Y puedo ver que algo más murió allí en el barro sangriento, y fue enterrado en la ventisca. El sueño de un pueblo murió allí. Fue un hermoso sueño… el aro de la nación está roto y disperso. Ya no hay centro y el árbol sagrado está muerto”.

Una masacre detrás de otra

Wounded Knee se describe comúnmente como la última “batalla” en las guerras entre Estados Unidos e India. Podría ser visto como el tiroteo masivo más mortífero en la historia de Estados Unidos. Ciertamente no fue el único.

El ejército estadounidense mató a unos 250 shoshone durante la masacre del río Bear en el sureste de Idaho en 1863. Como se discutió recientemente en  Smithsonian, “200 soldados bajo el mando del coronel Patrick Connor mataron a 250 o más Shoshone, incluyendo al menos noventa mujeres, niños y bebés. Los shoshone fueron fusilados, apuñalados y golpeados hasta la muerte. Algunos fueron conducidos al río helado para ahogarse o congelarse”.

En el este de Colorado en 1864, ocurrió la masacre de Sand Creek.  Allí, soldados estadounidenses atacaron a los pacíficos indios Cheyenne y Arapaho “con carabinas y cañones”, matando al menos a 150 indios, la mayoría de ellos mujeres, niños y ancianos. Antes de partir, las tropas quemaron la aldea y mutilaron a los muertos, llevándose partes del cuerpo como trofeos”.

En 1870, el ejército estadounidense mató accidentalmente al grupo “equivocado” de indios, en la masacre de Baker o Marías. En el centro-norte de Montana, a lo largo del río Marías, el mayor Eugene Baker ordenó a sus soldados atacar una aldea de pacíficos Pies Negros. Cuando un subordinado le informó que este grupo no era el que buscaban las tropas, Baker respondió: “Eso no hace ninguna diferencia, una banda u otra de ellos; todos son Piegans [Pies Negros] y los atacaremos”. Alrededor de 175 pies negros desarmados fueron asesinados, la gran mayoría niños y mujeres.

Innumerables asesinatos de un número menor de indios ocurrieron a lo largo de la historia de Estados Unidos, incluido un número incalculable debido a la recompensa de 1755 puesta en las “cabezas” de los indios Wabanaki en Maine y la matanza de veinte indios Conestoga por los “Paxton Boys” en 1763 en Pensilvania.

Estos y otros asesinatos masivos de indios siguen siendo desconocidos para la gran mayoría de los estadounidenses. Wounded Knee (y Bear River, Sand Creek y Marías) simplemente no existen en la memoria colectiva de los no nativos. Las vidas nativas todavía no encajan en la narrativa más amplia de la historia de Estados Unidos.

Por supuesto, los indios no lo han olvidado. En 1973 doscientos miembros del Movimiento Indio Americano (AIM), una organización militante de derechos civiles parcialmente inspirada en los Panteras Negras, regresaron a Wounded Knee para exigir que el gobierno federal cumpliera con las obligaciones del tratado del siglo XIX. Rápidamente rodeados por la policía y agentes federales, los partidarios de AIM se involucraron en un enfrentamiento de setenta y un días que dejó dos nativos muertos y un agente federal paralizado, la llamada Segunda Batalla de Wounded Knee.

Dos años más tarde, otro enfrentamiento entre AIM y la policía federal en la reserva de Pine Ridge dejó dos agentes del FBI muertos y Leonard Peltier declarado culpable de asesinato en primer grado, aunque siempre ha mantenido su inocencia. Actualmente, sus partidarios, incluida Amnistía Internacional, que afirma que su juicio fue injusto, esperaban clemencia del presidente Obama durante sus últimos días en el cargo.

En los últimos años, los miembros de los Arapaho del Norte de Wyoming y cheyenne del norte de Montana, junto con las tribus Arapaho y Cheyenne del Sur de Oklahoma y sus aliados, conmemoran la Masacre de Sand Creek con una marcha de cuatro días. Caminan o corren casi doscientas millas, desde la ubicación de los asesinatos, ahora un Sitio Histórico Nacional, hasta el edificio del capitolio estatal en Denver.

Desafortunadamente, muchos estadounidenses no saben de Wounded Knee y otras masacres indígenas. El trágico tiroteo en Orlando a principios de este año pone de relieve esta invisibilidad cuando esa tragedia, que dejó cuarenta y nueve muertos, fue repetidamente etiquetada como el “peor tiroteo en la historia de Estados Unidos”. De hecho, como nos recuerda Roxanne Dunbar-Ortiz, los nativos americanos no han desaparecido aunque se olvide su papel en la historia de Estados Unidos.

Durante los últimos meses, las acciones inspiradas e inspiradoras de los sioux de Standing Rock han obligado a todos los estadounidenses a reconocer la existencia y la resistencia de los indios. También demuestran cómo puede ser un movimiento social multiétnico liderado por  indígenas. Toro Sentado estaría orgulloso de estos defensores del agua, sus descendientes.

Pasados y presentes, los sioux y otros indios americanos han trazado un camino de desafío e independencia a pesar de los esfuerzos genocidas de los conquistadores europeos y los colonos estadounidenses. Hoy, recordamos un capítulo particularmente brutal en el esfuerzo violento para acabar con los primeros pueblos de Estados Unidos.

—Peter Cole https://www.jacobinmag.com/2016/12/wounded-knee-massacre-lakota-us-army https://norbertobarreto.blog/2021/12/29/recordando-la-masacre-de-wounded-knee/

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