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Categoría: Ecología (página 26 de 30)

El Parlamento Europeo rechaza las medidas para luchar contra el cambio climático

Los progres, los verdes y la seudoecología están de luto. El Parlamento Europeo les ha fallado a la primera cita. Esta mañana debía votar ocho textos legislativos del paquete “Fit for 55”, que ha sido rechazado por 340 votos en contra, 265 a favor y 34 abstenciones.

El paquete “Fit for 55” forma parte de las delirantes medidas para luchar contra el cambio climático reduciendo las emisiones de gases de efecto invernadero.

Ahora el texto debería ser revisado por la comisión parlamentariapara someter a votación una nueva versión del paquete, es decir, nuevas negociaciones y cambalaches entre los grupos parlamentario.

El paquete “Fit for 55” fue propuesto en julio del año pasado por la Comisión Europea para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de la UE en un 55 por cien de aquí a 2030, en comparación con 1990.

El texto que acaba de ser rechazado fue el resultado de un compromiso entre el PPE (la reacción europea, mayoritaria en el Parlamento) y Renovación (centristas y liberales). En particular, preveía una reducción del 63 por cien de las emisiones de los sectores sujetos al mercado europeo del carbono para 2030, en comparación con 2005.

El mercado del carbono es un laberinto de intereses cruzados que tienen que ver más con la economía que con la ecología. En pocas palabras, Europa quiere imponer un arancel a las importaciones acusadas de ser “contaminantes” que se justifica con rocambolescas explicaciones que, en última instancia, lo que pretenden es proteger la industria europea de la competencia exterior, especialmente de la de los países emergentes.

En definitiva, los “expertos” climáticos le han dado la vuelta al asunto y quieren decir que quien “contamina” son esos países emergentes. La mira está puesta en sectores de altas emisiones (cemento, acero, fertilizantes, electricidad y aluminio, en particular) que, a su vez, ya tienen importntes aranceles protectores. Si se imponen más aranceles por razones “verdes” esos sectores quedarían doblemente protegidos de la competencia exterior. Pero si no se imponen, sería un estímulo a la “contaminación ambiental”.

Un tercio de la fruta que consumimos está contaminada por pesticidas

Aunque hace años que las políticas agrarias tienden a reducir el uso de plaguicidas, la cantidad de pesticidas presente en la fruta que se vende al consumidor final va en aumento. Ayer la PAN (Pesticide Action Network) publicó un estudio sobre el problema.

La ONG compró fruta en toda la Unión Europea y analizó en el laboratorio 97.000 muestras de fruta fresca, entre ellas melocotones, moras, fresas y cerezas. El objetivo era identificar la presencia de pesticidas y otros productos fitosanitarios.

El resultado es preocupante: el 29 por cien de la fruta analizada, y por tanto vendida a los consumidores, contenía trazas de pesticidas químicos. Es casi un tercio y una señal de un fuerte deterioro de la situación.

En 2011 solo el 18 por cien de la fruta analizada contenía productos fitosanitarios. Según la ONG, la fruta que hay que evitar son las moras: el 51 por cien de las muestras, es decir, la mitad, estaban contaminadas. Los melocotones ocupan el segundo lugar, con más de 4 de cada 10 contaminados (45 por cien), y las fresas el tercero (38 por cien de las muestras contaminadas).

En el caso de las hortalizas, el uso de plaguicidas está menos extendido, con un 13 por cien de muestras contaminadas, lo que supone un ligerísimo aumento respecto a 2011 (11 por cien). El apio y el colirrábano son las frutas y hortalizas con peores resultados, ya que casi un tercio de las muestras (31 por cien) contenían restos de pesticidas en el momento de la compra en las tiendas.

La explosión de ventas de coches eléctricos choca con la escasez de litio

La venta de vehículos en todo el mundo padece una fuerte recesión, salvo la de tracción eléctrica, que se ha disparado. Con 6,6 millones de unidades vendidas en todo el mundo el año pasado, la mitad de ellas en China, las ventas de coches eléctricos se han duplicado en un año y ya representan el 10 por cien de las ventas de coches nuevos.

A principios de este año han seguido acelerando, con dos millones de unidades vendidas en el primer trimestre, un aumento del 75 por cien en un año.

Las ventas se han visto fuertemente impulsadas por las subvenciones públicas, que se duplicaron el año pasado hasta alcanzar casi 30.000 millones de euros en todo el mundo. Los fabricantes, por su parte, han quintuplicado el número de vehículos disponibles entre 2015 y 2021: ya están a la venta unos 450 modelos eléctricos.

Sin embargo, las tensiones sobre las materias primas pueden frenar este desarrollo. La disponibilidad de materias primas, como el litio, preocupa a la Agencia Internacional de la Energía. “Los gobiernos, la industria y los inversores deben permanecer vigilantes y creativos para evitar problemas en el suministro de minerales esenciales”, dice el director ejecutivo de la AIE, Fatih Birol, en un comunicado.

Las materias primas se extraen principalmente en países como Australia, Chile y la República Democrática del Congo. Pero China produce tres cuartas partes de las baterías de iones de litio, la tecnología dominante, y controla más de la mitad de la capacidad de procesamiento y refinado de litio, cobalto y grafito.

Las necesidades de litio son especialmente críticas, según la AIE: se prevé que se sextupliquen de aquí a 2030, hasta 500 kilotoneladas, lo que requerirá la apertura de 50 nuevas minas.

Europa produce una cuarta parte de los coches eléctricos, pero controla muy poco la materia prima, al igual que Estados Unidos. “Los gobiernos de Europa y Estados Unidos se han comprometido firmemente a desarrollar la capacidad de producción de baterías, pero se espera que la mayor parte de la cadena de suministro siga siendo china hasta 2030”, según la AIE.

Las tecnologías alternativas para las baterías, el reciclaje, pero también los incentivos para comprar coches más pequeños podrían ayudar a salvar estos minerales. A corto plazo, las ventas también podrían verse frenadas por el aumento de los precios de las materias primas utilizadas en las baterías, así como por los problemas logísticos relacionados con la guerra de Ucrania y los confinamientos sanitarios en China.

La AIE recomienda aumentar los impuestos sobre los vehículos de combustión y reducir gradualmente las subvenciones para la compra de vehículos eléctricos. La agencia también recomienda ampliar estos programas a los camiones y autobuses, pero también a los países en desarrollo, y acompañarlos del desarrollo de redes de recarga.

Lluvia de subvenciones para el hidrógeno ‘verde’

Los problemas de abastecimiento energético han vuelto a poner el hidrógeno en primer plano. La combustión de hisdrógeno libera cuatro veces más energía que la gasolina por unidad de peso. Los “expertos” dicen que es potencialmente inagotable, que es renovable, que no emite de gases de efecto invernadero…

En la actualidad el hidrógeno representa el 1,7 por cien de la combinación energética mundial y el cuento de la lechera que propagan los seudoecologistas dice que alcanzará el 13 por cien en 2050.

Pero, como es habitual, no todo es tan bonito como lo pintan. El hidrógeno hay que producirlo, normalmente por electrólisis, lo que cuesta entre dos y tres veces más que la producción de combustibles fósiles.

En segundo lugar, con el estado actual de las fuerzas productivas, para fabricar hidrógeno hay que consumir combustibles convencionales, por lo que no es tan verde como lo pintan, como ya hemos explicado en otra entrada. Antes de aumentar la producción de hidrógeno y alardear de que es “verde” deberían explicar qué energía utilizarán para conseguirlo.

En tercer lugar, el hidrógeno tiene un rendimiento energético reducido en comparación con otros vectores energéticos y no puede sustituir al gas en los mercados energéticos. Su destino parece encontrarse en ciertos usos de la industria y el transporte.

Lo mejor del hidrógeno es que al llevar la etiqueta “verde” va a succionar un enorme puñado de subvenciones públicas, especialmente europeas. En diciembre el gobierno español anunció los primeros 250 millones de euros de dinero público para el nuevo sector, una cantidad insignificante en comparación con los 9.000 millones de Alemania.

No obstante, a bocazas no hay quien gane a la coalición que gobierna en Madrid, que prometió invertir más de 1.500 millones de euros hasta el año que viene, hasta llegar a los 8.900 millones para 2030.

Como ya explicamos en una entrada anterior, la transición ecológica y las energías verdes engordan a costa de los presupuestos del Estado. El verdadero negocio son las subvenciones.

La transición ecológica tendrá que esperar

La Comisión Europea de Transportes ha eliminado la frontera del año 2035 como tope para abandonar los motores de combustión interna. La transición ecológica no será una prohibición pura y dura de los motores convencionales sino que deberá tener en cuenta un conjunto de alternativas técnicas.

Bruselas pide que se modifique el programa ecológico “Fit for 55”, un cambio de rumbo considerable, incluso comparado con el de hace unas semanas, cuando la fecha fijada por la Unión Europea para la transición a la movilidad cien por cien eléctrica parecía ineludible.

El documento es un dictamen y, por lo tanto, tiene por delante un largo proceso de aprobación. El plan establece que, a partir de 2035, los vehículos de nueva matriculación deberán reducir las emisiones en un 90 por cien y no más del 100 por cien.

Los fabricantes creen que ese objetivo se puede alcanzar con motores de combustión interna, alimentados por combustibles de nueva generación y combustibles sintéticos.

El frente de la electricidad a toda costa ha dado una primera señal significativa de fracaso a la que la situación internacional creó en el último periodo, empezando por la dependencia del gas ruso para la producción de electricidad y el papel de China en el control de las materias primas necesarias para la fabricación de baterías.

A la hora de calcular las emisiones hay que tener en cuenta todo el ciclo de vida de los coches, desde la producción hasta la eliminación y el reciclaje, no sólo el tubo de escape (que no es poco).

Con el desarrollo actual de las fuerzas productivas el objetivo 100 por cien eléctrico es simplemente imposible y 100 por cien “renovable” también.

Veremos lo que pasa ahora con los nuevos impuestos sobre los carburantes tradicionales, sobre los vehículos tradicionales, sobre los peajes…

Calentamiento global: mejor abríguense

Me topé recientemente con una de esas viñetas que captan tu atención de forma especial, pues explican mediante sencillas escenas realidades complejas. Se la explico. En una carrera de relevos, el COVID‑19 le pasa el testigo al globo terráqueo, que corre ufano enfundado en su sudadera, cuyo pecho reza: cambio climático.

No hace falta ser un cerebrito para comprender el mensaje. Decayendo ya el asustaviejas de la pandemia, toca sustituirlo por otro de similar pelaje que cumpla idéntica función: el acojono generalizado, y con ello la disposición general a lo que haga falta para quitarnos de encima a la nueva Hidra de Siete Cabezas. Ahora el apocalipsis que se cierne sobre la Humanidad es el calentamiento global, que lleva indefectiblemente al cambio climático, con la consiguiente subida del nivel del mar, desastres meteorológicos constantes, calor asfixiante, movimientos masivos de población, cosechas arruinadas, crisis alimentaria galopante… Vaya, un desastre que hará añorar a esta peste actual que ha puesto al mundo patas arriba, aun afectando a tan solo uno de cada cien humanos, de los cuales la inmensa mayoría o no tuvo síntoma alguno, o la cosa quedó en leves malestares. ¡Y con la gripe desaparecida del mapa! Pero pandemia decidieron bautizarla, y como pandemia quedará para los restos en los libros de texto.

Mas retomemos lo del calentamiento global, el tema que nos convoca. Solo de pensarlo, a uno le corre el sudor cogote abajo, y siente la taquicardia en el pecho. Pues bien… mejor abríguense, pues no pocos indicadores apuntan a que durante las próximas décadas ―al menos hasta mediados de siglo― se producirá un descenso paulatino de la temperatura media del planeta. No diré aquí que lo afirman «los científicos», por cuanto ello significaría que lo apuntan «todos los científicos que en el mundo son, sin fisuras ni menos aún discrepancias dignas de mención». En efecto, evitaré caer en el error [consciente, ergo mentira cochina] de los medios en general, que sueltan eso de «la comunidad científica» (cuando no el todavía más chusco «los expertos»), y se quedan tan anchos, sabiendo que tal grupo es heterogéneo hasta casi el infinito, y que habrá siempre alguien entre sus miembros que defienda con empeño justo lo contrario que otro, siendo ambos «científicos» stricto sensu. Elegir por defecto el discurso A y condenar al ostracismo el B no es desde luego virtuoso para la ya de por sí bastante devaluada profesión de periodista. Digamos que colocaría al interfecto entre el embuste pagado (mercenarismo mediático) y el sectarismo (puro trastorno mental en sus casos más severos).

¡Claro que existe el cambio climático! En algún punto, detalle o grado, el clima cambia de manera constante en cada rincón del mundo. Son tantos los parámetros que constituyen dicha realidad (herramienta humana, ojo, con el siempre loable objetivo de adelantarse a posibles catástrofes meteorológicas, y tratar así de minimizar sus efectos), que bien puede asegurarse que el clima de mi ciudad, donde tecleo este texto, será en algún ínfimo sentido diferente desde el amanecer a la anochecida.

Por otro lado, parecemos olvidar que los humanos estamos aquí gracias al cambio climático, porque hubo un periodo benigno que nos permitió habitar estos lares, en un tiempo presididos por la nieve y el hielo. En consecuencia, cuando menos, cabe subrayar que el cambio climático será bueno o malo según le vaya a cada cual en la feria. ¿O es que creen que tan “temida” subida de 2o C no va a beneficiar a multitud de especies (acaso también a la nuestra, con mayor superficie para cultivar alimentos), encantadas de la vida con algo más de calorcito? Bien puede rescatarse aquí el famoso aforismo del “nunca llueve a gusto de todos”, lo cual desde luego significa que la lluvia, el frío, el calor, o cualquier otro meteoro vendrá de perlas a alguien. Como ha pasado siempre.

Calla la caja tonta con el fresquito que a veces hace en pleno verano (tres meses dan para mucho), pero a la que despunta un poco el termómetro, ya empiezan los telediarios con el cansino calentamiento global y el cambio climático, fenómenos que valen lo mismo para justificar una inundación en Bélgica que un tifón en Bangladesh que unos incendios en Canadá que una granizada en Haro. ¡Todo es ahora achacable al cambio climático! ¿Les suena de algo?

Pues sí… algo huele a podrido en este desaguisado, que bien pudiera ser otro “guisado” a la carta de las élites globalistas, acostumbradas como están ya a jugar a ser dioses en la tierra, por tener tal cantidad de dinero que se muestran incapaces de gastarlo en cosas algo más racionales, y sobre todo fructíferas.

Llegamos al apartado de las preguntas. ¿Pidió alguien explicaciones al científico que allá por los pasados años setenta auguraba un Manhattan anegado bajo el agua para finales de siglo? Que yo sepa, la isla está como estaba, y el «experto» hipergalardonado. Otra. ¿Por qué los millonetis de turno siguen construyéndose sus mansiones en primera línea de costa, mientras apoyan en sus redes sociales la idea de la cercana inundación apocalíptica? ¿Qué fue, por cierto, de la capa de ozono, cuyo agujero nos iba a achicharrar la cocorota sí o sí? ¿Cómo es que los ayuntamientos del litoral no obligan desde ahora mismo a desalojar viviendas y chiringuitos de primera línea de playa, o al menos a negar la preceptiva concesión municipal de obras? Y como estas, miles.

Nos atemorizan con el famoso 1.5C de incremento medio de temperatura, que de producirse acarrearía al parecer consecuencias de pesadilla, algunas ya mencionadas. ¿Difícil imaginarse el panorama? Pues no tanto, la verdad, porque basta con preguntarle a un leridano capitalino cómo se siente, dado que allí en la última década ha aumentado la temperatura media en 1.79o C, y se han tenido que enterar (quienes se hayan enterado, que seguro no serán todos) por la prensa. Y tan pichis.

Un razonable cuidado del entorno lo venimos practicando algunos mucho antes de que colocaran el primer contenedor verde en el barrio. Que urge una desaceleración drástica y urgente  en nuestro estilo de vida (¿decrecimiento?) lo sospechamos algunos desde nuestra más tierna adolescencia, cuando todavía no proliferaban los gurús medioambientalistas de «consejos vendo y para mí no tengo». Que las fuentes de energías fósiles son finitas se nos antojó siempre a algunos de puro sentido común. Pero quizá todo ello no tenga apenas nada que ver con el nuevo Leviatán que nos anuncian, acaso por si tuviéramos la mala idea de rebajar un ápice el nivel de pavor generalizado al que nos hemos dejado llevar, como ingenuos ratoncitos tras el flautista.

Mientras tanto, mejor si nos vamos haciendo un fondo de armario con ropaje algo más contundente. Porque, según ciertos profesionales del ramo, insisto, vienen tiempos que nos dejarán helados. Entiéndase la afirmación en un sentido literal o metafórico, a gusto del lector.

Los incendios de este verano en Grecia: causa inmediata y causa mediata

En Grecia 116.000 hectáreas de bosque se han convertido en humo en incendios de proporciones históricas, con regiones especialmente afectadas, como la isla de Evia.

Los incendios han coincidido con la publicación, el 9 de agosto, del Sexto Informe de Evaluación del IPCC, el organismo de la ONU encargado del cambio climático, en el que se afirma que “las pruebas que muestran cambios en fenómenos extremos como olas de calor, fuertes precipitaciones, sequías y ciclones tropicales […] se han reforzado” desde el último informe de 2014.

El gobierno griego aprovechó la oportunidad para eximirse de responsabilidad. El Primer Ministro Kyriakos Mitsotakis habló de una catástrofe medioambiental sin precedentes que relacionó directamente con el cambio climático.

Si estos incendios estuvieran relacionados con el cambio climático, habría un aumento continuo de su frecuencia y gravedad a lo largo del tiempo, lo que no ha ocurrido. El informe de 2019 sobre los incendios en Europa, elaborado por el Joint Research Center, un órgano dependiente de la Comisión Europea, no muestra esa tendencia en el periodo 1980-2019, tanto en superficie quemada como en número de incendios (*).

Los incendios muestran una gran variabilidad de un año para otro. Por ejemplo, en el verano de 2007 se registraron más de 3.000 incendios forestales en Grecia que quemaron 270.000 hectáreas. En la temporada 2019, sin embargo, sólo se registraron 9.153 hectáreas de superficie quemada.

Los incendios han motivado importantes manifestaciones masivas de los griegos en las calles. Sus críticas se refieren a dos aspectos fundamentales de la política de lucha contra los incendios: la insuficiencia de la repoblación forestal y la falta de recursos.

Este problema viene de lejos y fue objeto de un documento del Parlamento Europeo en 1996. En opinión de todos los responsables forestales griegos, la repoblación forestal es prácticamente inexistente fuera de las zonas ya forestadas. El pastoreo incontrolado, el personal forestal mal formado y no autorizado, y una población local que no es consciente del problema, son factores que dificultan la reforestación de los tres millones de hectáreas que podrían reforestarse, ya sea para la producción de madera o para la protección del suelo y del lugar.

El número de bomberos griegos en activo, estimado en 14.000 con una edad media de más de 45 años, es notoriamente insuficiente. Los bomberos trabajan con equipos anticuados, que consisten en mangueras de agua con agujeros y camiones que tienen más de diez años. De los 74 aviones y helicópteros disponibles en el país, sólo 20 pueden volar al mismo tiempo.

Con una financiación de 1,7 millones de euros, muy lejos de los 15 millones solicitados, los servicios forestales carecen también de medios para trabajar en la prevención de incendios. En esas condiciones es imposible mantener y proteger las zonas boscosas.

Esa es la causa inmediata de que este varano los incendios hayan causado estragos en Grecia. La causa mediata son los recortes presupuestarios, que impiden mantener un servicio de extinción en condiciones.

(*) https://www.euneighbours.eu/sites/default/files/publications/2020-11/jrc122115-annual_report_2019_final_topdf_1%20%281%29.pdf

¿Por qué en materia climática es posible decir una cosa y la contraria?

En 2014 el informe del IPCC chocó con las expectativas de crecimiento uniforme del calentamiento planetario. Lo calificó como un “hiato” o pausa. Que la temperatura no subiera no significaba que la tendencia hubiera cambiado. Era sólo una fase temporal, hasta que volviera a subir otra vez… O eso esperaban al menos.

Fue entonces cuando los titulares de los medios cambiaron. Dejaron de hablar de “calentamiento” para utilizar el de “cambio climático”; una redundancia.

En el período 1998-2012 la temperatura media de la superficie observada había subido menos que en los últimos 30 a 60 años, concluía el informe.

Ninguno de los modelos climáticos había previsto esa tendencia a la baja, que ocurría a pesar de que las emisiones de CO2 seguían aumentando. El tinglado se tambaleaba por momentos…

La polémica se encendió y los partidarios de la tesis dominante buscaron todo tipo de explicaciones, lo cual volvía a poner de manifiesto que no existe nada parecido a eso que llaman “consenso científico”, ni en este asunto ni en ningún otro.

De todas las explicaciones, la más conocida fue la de Thomas Karl al frente de la NOOA, la Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos. En 2015 Karl publicó un artículo en Science (*) en el que sostenía que no había tal hiato sino que hasta entonces habían medido mal las temperaturas oceánicas. Al cambiar la vara de medir, no sólo se “demostraba” que el calentamiento seguía avanzando sino que lo hacía mucho más rápidamente que antes.

La polémica se multiplicó, en la ciencia y fuera de ella, pero los partidarios de la tesis dominante se frotaron las manos. Todo volvía a su cauce de nuevo, aunque con las temperaturas corregidas.

La medición de las temperaturas oceánicas es fundamental para obtener conclusiones sobre la evolución del clima porque el 70 por ciento de la superficie terrestre es agua.

Hasta 1980 las mediciones se hacían en barcos exclusivamente, mientras que a partir de entonces se obtuvieron también mediante boyas lanzadas a la deriva, por lo que los resultados no coincidían. Los 40 años de nuevas mediciones mostraban dos conclusiones: daban temperturas del mar más bajas que las viejas y, además, no mostraban tendencia a ninguna clase de calentamiento.

Ni corto ni perezoso, Karl añadió 0,12 grados centígrados a las temperaturas obtenidas de las boyas, les asignó una mayor relevancia en el cálculo del promedio y de esa manera todo volvía a ser como antes, o mejor. Pura magia preparada para surtir su efecto en la cumbre climática de aquel año.

Karl podía haber obrado de manera diferente. Por ejemplo, en lugar de ajustar las mediciones de las boyas al alza, podía haber ajustado las de los barcos a la baja, pero entonces no hubiera aparecido ninguna clase de calentamiento.

La temperatura del mar también se mide desde los satélites espaciales y la conclusión es la misma que con las boyas: desde 1997 no aparece ningún calentamiento.

Si Keeling cambió la manera de medir la concentración atmosférica de CO2, Karl cambió la manera de medir las temperaturas del océano. Es legítimo sospechar que los científicos como Karl -y otros- escriben al dictado de quienes les pagan. También es posible que -simplemente- se encuentren presionados por intereses políticos, comerciales o profesionales. A los jueces, los periodistas y los inspectores de Hacienda les ocurre exactamente lo mismo.

Determinados autores, como Keeling o Karl, no se limitan a exponer un hallazgo, sino que imponen un canon a la ciencia: todos los demás deben proceder de la misma manera que ellos. Es un dogma. Si procedes de una determinada manera eres un científico y, en caso contrario, cometes un error porque sólo puede haber una manera de medir, tanto el CO2 como la temperatura. No hay maneras mejores o peores de medir; hay una que es la mejor y debe ser única.

Es posible que ambos, Keeling y Karl, tengan razón: ellos lo han hecho mejor que nadie y los demás deben imitarles. Pero nadie debería olvidar el desarrollo de las fuerzas productivas. Con el tiempo vendrán otros que lo harán aún mejor que ellos, impodrán nuevas maneras de medir que echarán abajo las mediciones actuales y entonces se reirán a carcajadas de nosotros porque es posible que las temperaturas estén bajando y, sin embargo, nosotros creamos todo lo contrario.

Al fin y al cabo, con los mismos datos encima de la mesa unos (IPCC) dicen una cosa, otros (Karl) la contraria, y hay quien va cambiando de una opinión a otra, como el propio IPCC.

(*) T.R.Karl y otros: Possible artifacts of data biases in the recent global surface warming hiatus, Science, vol 348, 6242, pgs. 1469 a 1472. Antes el artículo se podía consultar en http://www.sciencemag.org/content/348/6242/1469 y http://science.sciencemag.org/content/348/6242/1469, que han desaparecido

La cultura del fuego en Australia: los colonos no quieren aprender de los colonizados

Durante el incendio de Año Nuevo, un aborigen australiano evacuado de Lakes Entrance, cerca de Bairnsdale se unió a otros para inscribirse en la ayuda de emergencia. Sin embargo, un miembro del personal del Centro de Ayuda a los Desfavorecidos de San Vicente de Paul le dijo que por hoy la institución ya había ayudado a “bastantes de los suyos”. Le dio un vale de 20 dólares para gasolina y le dijo que no se lo comentara a otros aborígenes. El anciano salió, humillado, y le pidió a su sobrina que devolviera el vale.

El incidente racista apareció por primera vez en un mensaje de Facebook de un joven aborigen, Philip Stewart (1). Otros nativos han informado de otras experiencias de racismo por parte de los organismos de integración social. Luego San Vicente de Paúl se disculpó con la familia del anciano.

Los incendios forestales que han asolado Australia quemaron al menos 8,4 millones de hectáreas y muchos siguen ardiendo sin control. Las comunidades oprimidas y marginadas sufren estos desastres de una manera desproporcionada. Han sido duramente afectadas, perdiendo sus casas y centros de servicios colectivos. No sólo tienen que soportar el racismo al buscar ayuda de emergencia, sino que disponen de menos recursos para recuperarse.

Pero también tienen un papel importante en la lucha contra los incendios y las actividades de socorro (2). La brigada del Servicio de Bomberos Rurales (RFS) en la comunidad aborigen de la bahía de Wreck Bay es un ejemplo. Todos los miembros de su brigada de 28 personas, excepto dos, son nativos, según Kaylene McLeod, la funcionaria de brigada (3).

Los bomberos nativos han participado activamente en los frentes de fuego en Blue Mountains, al oeste de Sidney, y la RFS de Nueva Gales del Sur ha creado recientemente dos nuevas brigadas de bomberos totalmente nativas (4).

En Victoria, una brigada de la Asociación de Bomberos Rurales, compuesta en su totalidad por mujeres indígenas, ha defendido la península de Tyers Lake. La brigada está dirigida por Charmaine Sellings, una abuela de 52 años con tres hijos. Las mujeres son la columna vertebral del Lake Tyers Aboriginal Trust, una comunidad indígena autónoma.

Otro bombero voluntario indígena que lleva semanas combatiendo incendios, es el escritor Bruce Pascoe, que aparece en la foto de portada. Su libro más vendido, “Dark Emu” (5), muestra que los colonos racistas enterraron la información sobre las técnicas indígenas para la gestión de la tierra, la agricultura y la pesca, lo que ha alterado la comprensión de las sociedades indígenas precoloniales.

La crisis de los incendios ha llevado a más personas a recurrir a las prácticas tradicionales de gestión de la tierra, incluida la práctica tradicional de la quema, para mejorar las futuras emergencias de incendios.

Las tradiciones de los pueblos nativos indican el camino a seguir. Los expertos nativos en la lucha contra los incendios se han agrupado en la Alianza Firesticks. Defienden la quema tradicional, que supone el incendio preventivo de tierras para la preservación de la flora y la fauna. Las parcelas arden para crear intervalos de fuego en un área o se utilizan para reducir la acumulación de combustible en el suelo y los riesgos asociados.

El bombero indígena Victor Steffensen dijo en noviembre del año pasado que había estado advirtiendo de una crisis de incendios forestales durante años, y que se debía a una mala gestión de la tierra a largo plazo.

Oliver Costello, director gerente de la Alianza Firesticks, ha dicho a los medios australianos que la gestión tradicional de incendios de los aborígenes implica encender fuegos a intervalos regulares y quemar áreas pequeñas con temperaturas controladas que juegan el papel de cortafuegos, así como otras prácticas agrarias olvidadas y despreciadas.

“Los nuevos métodos de reducción de riesgos implican quemas planificadas que eliminan la mayor cantidad de vegetación posible. Sin embargo, aunque este método recuerda a la práctica indígena del fuego, a diferencia de los incendios de reducción de riesgos, las quemas tradicionales son menos intensas (quemas más frías) y se mueven más lentamente, generalmente no más altas que la altura de la rodilla. Las copas de los árboles se dejan intactas y los animales tienen tiempo de huir de las llamas” (6).

La quema tradicional requiere que los practicantes aprendan de los aborígenes sobre el terreno, por medio de la observación, para saber el mejor momento para iniciar un incendio controlado. No sólo deben tener en cuenta la meteorología, sino también las estaciones de cría de animales y los ciclos de las plantas.

Los incendios también tienen relación con el colonialismo, el racismo y el régimen de propiedad de la tierra. El suelo no es sólo un ecosistema, sino también una mercancía y un medio de producción del que se extraen beneficios. “La expropiación de los obreros con respecto a sus condiciones en la agricultura presupone la expropiación de los obreros agrícolas con respecto a la tierra y su supeditación a un capitalista que explota la agricultura para obtener de ella una ganancia”, escribió Marx (7).

En Australia se dan todas las condiciones de las que hablaba Marx. Por eso allá los incedios representan muchas cosas y, en especial, una cultura despreciada y marginada porque los colonos se niegan a que los colonizados les den lecciones.

(1) https://www.facebook.com/photo.php?fbid=721320464941579&set=a.114837838923181
(2) https://www.gofundme.com/f/fire-relief-fund-for-first-nations-communities
(3) https://soundcloud.com/kelfuller/wreck-bay-village-rfs
(4) https://www.abc.net.au/news/2020-01-13/nsw-launches-first-all-indigenous-firefighting-crews/11794392
(5) https://www.booktopia.com.au/dark-emu-bruce-pascoe/book/9781921248016.html
(6) https://www.yahoo.com/news/good-fire-breeds-good-fire-120150585.html
(7) Marx, El Capital, tomo III, pg.573.

Más información:
— Fuego contra el fuego: el gran incendio de Australia
— El incendio en Australia no tiene nada que ver con el clima
— Los incendios forestales son un nutriente importante en los cultivos de África, la Amazonia, los trópicos y los océanos
— Los mitos de la seudoecología que provocan pánico: los acontecimientos meteorológicos extremos

El incendio en Australia no tiene nada que ver con el clima

Los incendios son muy frecuentes en Australia, hasta el punto de que al verano austral lo llaman allá la “temporada de incendios”. Son devastadores y desde 1851 han costado la vida a unos 800 australianos (1).

En otra entrada ya hemos hablado aquí de la “lucha del fuego contra el fuego” que desde hace 40.000 años llevan a cabo los pueblos aborígenes australianos. Es una técnica agraria que consiste en quemar los matorrales y esparcir las cenizas por el suelo para fertilizarlo. Hace más de 2300 años Jenofonte describió la quema de restos agrícolas en el capítulo 18 de su libro sobre economía: “Si se dejan los rastrojos en el suelo, fertilizan después de quemarlos; si se añaden al estiércol, aumentan la masa de fertilizante”.

En inglés la llaman “burning over” y en francés es aún más característico (“écobuage”, “brûlis”) porque expresa su objetivo ecológico. Lamentablemente, ahora estas prácticas ancestrales han acabado prohibidas por motivos… ecológicos. Históricamente los incendios en el medio rural mejoraban el ecosistema; ahora dicen lo contrario: que lo destruyen, que aumentan las emisiones de CO2…

En Australia la temporada de incendios se extiende de julio a octubre en el norte y de enero a marzo en el sur. Para prevenirlos, la Oficina de Meteorología proporciona pronósticos de las zonas de riesgo y los gobiernos locales lo califican diariamente en una escala que se coloca a la entrada de los parques y en las carreteras.

Lo mismo que a las tormentas tropicales, a los incendios australes les ponen un nombre: el del día de la semana en que se inician. Los más conocidos son el incendio del 6 de febrero de 1851 (Jueves Negro), en el que 5 millones de hectáreas se consumieron en el estado de Victoria, matando a 12 personas. El de 1983 se llamó Miércoles de Ceniza, el de 2001 la Navidad Negra y el de 2009 Sábado Negro.

Si en el incendio actual han muerto 27 personas, el del Sábado Negro causó 173 víctimas. Si el incendio actual ha arrasado 10 millones de hectáreas, el de 1974 arrasó diez veces más: 117 millones, lo que equivale al 15 por ciento de la superficie del continente.

Los incendios no se producen por causas naturales, salvo muy pocas excepciones. El clima, el viento o la sequía no son la causa de los incendios. La naturaleza sólo pone el combustible y las condiciones para que el hombre los provoque, por negligencia o deliberadamente. El año pasado la policía australiana detuvo a 183 personas acusadas de causar incendios deliberadamente.

En el último siglo la población australiana se ha multiplicado por cinco y se ha expandido. Las áreas rurales o bien permanecen abandonadas o bien su mantenimiento es desastroso por varios motivos. Los nuevos colonos no conocen las prácticas tradicionales, ni saben controlar un fuego. Las políticas seudoecologistas impiden alterar las condiciones ambientales.

En España se habla de incendio forestal o de que el monte se quema, pero Australia es diferente porque los matorrales ocupan 800.000 kilómetros cuadrados, es decir, dos veces la superficie de España. Allá los incendios son arbustivos y resultan fundamentales para prevenir otros mayores.

Australia es un país colonizado y los incendios siempre han formado parte de la política de colonización de nuevas tierras o del cambio forzoso del régimen de propiedad de las mismas, como ocurrió en España tras la desamortización.

En el continente austral la naturaleza pone varias condiciones imprescindibles para que los incendios sean devastadores. La primera son las olas de calor periódicas. En enero de 1896, por ejemplo, durante semanas el calor fue tan sofocante que la gente tuvo que huir en trenes especiales. En enero de 1939 tuvo lugar la ola de calor más extrema que ha golpeado el sudeste de Australia, con 71 personas muertas sólo en Victoria. En enero de 1960 se alcanzó un récord de temperatura de 50,7°C en Oodnadatta.

No obstante, la temperatura en Australia no crece como pretende la seudociencia. Según la Oficina Australiana de Meteorología, la media en el continente sólo ha aumentado en un grado centígrado desde el comienzo de la era industrial. Las olas de calor van y vienen, como las del mar.

Por lo demás, es un error común -muy extendido- equiparar calor con sequía y el incendio de 1974 es el mejor ejemplo de ello, ya que su origen estuvo en una exuberante vegetación debida a las fuertes lluvias de los dos años anteriores, que dejaron los suelos con un combustible muy abundante.

Pero hay más: aunque los dos últimos años (2018 y 2019) han sido secos, los últimos 40 han sido más húmedos que los 70 años anteriores. El último medio siglo ha sido mucho más húmedo que la primera mitad del siglo XX.

Por lo tanto, las cosas ocurren al revés de lo que quieren hacer creer: el riesgo de incendios devastadores aumenta cuando hay más precipitaciones durante la temporada de crecimiento de la vegetación que precede a la temporada de incendios.

En materia de incendios no se puede olvidar nunca lo más importante: como ya expusimos en otra entrada, cada año los incendios arrasan -sobre todo- el hemisferio sur y, más en concreto, África y la Amazonia. En el Continente Negro ocurren el 70 por ciento de todos los incendios que hay en el planeta (2).

Para acabar, otra observación que consideramos interesante: por más que los seudoecologistas se empeñen en decir lo contrario, en el mundo cada vez hay menos incendios, especialmente en Europa. Los datos satelitales muestran que en los últimos años se ha quemado un 18 por ciento menos de superficie a causa de los incendios (3). Pero sobre el cuento de los “fenómenos meteorológicos extremos” también hicimos otra entrada, a la que nos remitimos.

(1) http://home.iprimus.com.au/foo7/firesum.html
(2) https://earthobservatory.nasa.gov/images/145421/building-a-long-term-record-of-fire
(3) https://science.sciencemag.org/content/356/6345/1356

Mapa de los incendios en el mundo el 8 y 9 de enero de este año

Más información:
— Fuego contra el fuego: el gran incendio de Australia
— La cultura del fuego en Australia: los colonos no quieren aprender de los colonizados
— Los incendios forestales son un nutriente importante en los cultivos de África, la Amazonia, los trópicos y los océanos
— Los mitos de la seudoecología que provocan pánico: los acontecimientos meteorológicos extremos

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