¿Por qué en materia climática es posible decir una cosa y la contraria?

Boya científica marina
En 2014 el informe del IPCC chocó con las expectativas de crecimiento uniforme del calentamiento planetario. Lo calificó como un “hiato” o pausa. Que la temperatura no subiera no significaba que la tendencia hubiera cambiado. Era sólo una fase temporal, hasta que volviera a subir otra vez… O eso esperaban al menos.

Fue entonces cuando los titulares de los medios cambiaron. Dejaron de hablar de “calentamiento” para utilizar el de “cambio climático”; una redundancia.

En el período 1998-2012 la temperatura media de la superficie observada había subido menos que en los últimos 30 a 60 años, concluía el informe.

Ninguno de los modelos climáticos había previsto esa tendencia a la baja, que ocurría a pesar de que las emisiones de CO2 seguían aumentando. El tinglado se tambaleaba por momentos…

La polémica se encendió y los partidarios de la tesis dominante buscaron todo tipo de explicaciones, lo cual volvía a poner de manifiesto que no existe nada parecido a eso que llaman “consenso científico”, ni en este asunto ni en ningún otro.

De todas las explicaciones, la más conocida fue la de Thomas Karl al frente de la NOOA, la Administración Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos. En 2015 Karl publicó un artículo en Science (*) en el que sostenía que no había tal hiato sino que hasta entonces habían medido mal las temperaturas oceánicas. Al cambiar la vara de medir, no sólo se “demostraba” que el calentamiento seguía avanzando sino que lo hacía mucho más rápidamente que antes.

La polémica se multiplicó, en la ciencia y fuera de ella, pero los partidarios de la tesis dominante se frotaron las manos. Todo volvía a su cauce de nuevo, aunque con las temperaturas corregidas.

La medición de las temperaturas oceánicas es fundamental para obtener conclusiones sobre la evolución del clima porque el 70 por ciento de la superficie terrestre es agua.

Hasta 1980 las mediciones se hacían en barcos exclusivamente, mientras que a partir de entonces se obtuvieron también mediante boyas lanzadas a la deriva, por lo que los resultados no coincidían. Los 40 años de nuevas mediciones mostraban dos conclusiones: daban temperturas del mar más bajas que las viejas y, además, no mostraban tendencia a ninguna clase de calentamiento.

Ni corto ni perezoso, Karl añadió 0,12 grados centígrados a las temperaturas obtenidas de las boyas, les asignó una mayor relevancia en el cálculo del promedio y de esa manera todo volvía a ser como antes, o mejor. Pura magia preparada para surtir su efecto en la cumbre climática de aquel año.

Karl podía haber obrado de manera diferente. Por ejemplo, en lugar de ajustar las mediciones de las boyas al alza, podía haber ajustado las de los barcos a la baja, pero entonces no hubiera aparecido ninguna clase de calentamiento.

La temperatura del mar también se mide desde los satélites espaciales y la conclusión es la misma que con las boyas: desde 1997 no aparece ningún calentamiento.

Si Keeling cambió la manera de medir la concentración atmosférica de CO2, Karl cambió la manera de medir las temperaturas del océano. Es legítimo sospechar que los científicos como Karl -y otros- escriben al dictado de quienes les pagan. También es posible que -simplemente- se encuentren presionados por intereses políticos, comerciales o profesionales. A los jueces, los periodistas y los inspectores de Hacienda les ocurre exactamente lo mismo.

Determinados autores, como Keeling o Karl, no se limitan a exponer un hallazgo, sino que imponen un canon a la ciencia: todos los demás deben proceder de la misma manera que ellos. Es un dogma. Si procedes de una determinada manera eres un científico y, en caso contrario, cometes un error porque sólo puede haber una manera de medir, tanto el CO2 como la temperatura. No hay maneras mejores o peores de medir; hay una que es la mejor y debe ser única.

Es posible que ambos, Keeling y Karl, tengan razón: ellos lo han hecho mejor que nadie y los demás deben imitarles. Pero nadie debería olvidar el desarrollo de las fuerzas productivas. Con el tiempo vendrán otros que lo harán aún mejor que ellos, impodrán nuevas maneras de medir que echarán abajo las mediciones actuales y entonces se reirán a carcajadas de nosotros porque es posible que las temperaturas estén bajando y, sin embargo, nosotros creamos todo lo contrario.

Al fin y al cabo, con los mismos datos encima de la mesa unos (IPCC) dicen una cosa, otros (Karl) la contraria, y hay quien va cambiando de una opinión a otra, como el propio IPCC.

(*) T.R.Karl y otros: Possible artifacts of data biases in the recent global surface warming hiatus, Science, vol 348, 6242, pgs. 1469 a 1472. Antes el artículo se podía consultar en http://www.sciencemag.org/content/348/6242/1469 y http://science.sciencemag.org/content/348/6242/1469, que han desaparecido

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