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La descubridora del coronavirus fue una trabajadora sin titulación universitaria

Con la histeria actual, la descubridora de los coronavirus, la científica escocesa June Almeida, ha saltado a la fama, aunque no se han realzado suficientemente algunos detalles muy interesantes de su biografía.Almeida era una trabajadora e hija de trabajadores que tuvo que abandonar el colegio a los 16 años porque no tenía dinero para asistir a la universidad. En un mundo en el que campean los títulos oficiales, incluidos los de la Universidad Rey Juan Carlos, no conviene airear que en numerosas disciplinas científicas los profanos han realizado importantes investigaciones que han impulsado el progreso del saber.

Tras abandonar sus estudios, Almeida trabajó de enfermera en varios hospitales británicos y, como en las Islas no le permitían avanzar en su formación, se trasladó a Canadá, iniciando una importante tarea como microscopista en el terreno del cáncer. Desarrolló un nuevo método para mejorar la visualización de los virus, agregándolos a los anticuerpos.

Cuando las publicaciones de la neófita saltaron a la fama, los británicos retrocedieron. Quizá se acordaron de Jenner, a quien consideran como el inventor de las vacunas, pero a quien jamás admitieron en el seno de la medicina. Lograron convencer a Almeida de que regresara de Londres, aunque la obligaron a seguir algunos de los cauces oficiales para darle un título que no necesitaba.

La burguesía ha creado una sociedad formalizada a su imagen y semejanza, donde lo importante es siempre lo oficial, el certificado que se enmarca para colgar de la pared a la vista de todos, a fin de que algunos se permitan ponerse un peldaño por encima de los demás y pontificar. Sobre todo pontificar, emitir encíclicas, decretos y sentencias.

Junto con David Tyirell, un científico que trabajaba en las enfermedades respiratorias, en 1964 Almeida descubrió en las células de pacientes resfriados la morfología de un nuevo tipo de virus que, por su aspecto exterior, parecían revestidos por una corona.

El descubrimiento no fue consecuencia de su titulación sino de la pericia de Almeida al microscopio.

En 2002, junto con David Tyrrell y Michael Fieder, escribió un libro titulado de una manera sugerente y bastante característica de la virología: “Guerras Frías: la lucha contra los resfriados comunes” (Cold Wars: The Fight Against the Common Cold).

No es ninguna casualidad que el coronavirus apareciera en las personas aquejadas de resfriados, ni que a un periódico se le escapen a veces cosas como la siguiente: “Los resfriados no tienen profilaxis ni otra cura que la que nos proporciona nuestro nunca suficientemente valorado sistema inmune. Hace algunos años se diseñó, y comercializó, una vacuna contra los resfriados. Sin embargo, los protocolos de administración eran complejos y su eficacia profiláctica muy cuestionable” (*).

Por lo demás, Almeida sólo llegó a describir la forma externa de una de las muchas variedades de coronavirus. En una época en la que la microscopía electrónica aún estaba en mantillas, la observación fue una proeza. Pero los virus no se identifican sólo por su morfología. Además, es necesario aislarlos, purificarlos y secuenciarlos, una tarea que no se ha completado, lo que complica cualquier avance en este terreno.

Son muchos los científicos que han realizado importantes descubrimientos sin necesidad de título, en varias disciplinas, incluida la matemática. En ocasiones el título es un lastre y los investigadores no son capaces de romper con el cúmulos de aprendizajes previos.

La tesis se puede volver del revés: son muchos los reconocidos científicos que, como Newton, han apoyado sonoros disparates que condujeron a que Engels le calificara de “burro”. Los historiadores destacan determinados aspectos del pensamiento de un autor y pasan por encima de otros.

Todo esto se resume muy fácilmente en lo que escribiera un gran sabio como Antonio Machado: “La verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero”.

(*) https://www.abc.es/sociedad/abci-june-almeida-cientifica-identifico-primer-coronavirus-202005150123_noticia.html

Más información:
– Teoría y práctica del contagio y la vacunación a lo largo de la historia de la medicina
– Para sacar a Newton fuera del armario

Algunos científicos están de mierda hasta el cuello y son precisamente los que imponen el canon

Por varias razones, el pediatra estadounidense D.C. Gajdusek, fallecido en 2008, es un prototipo del científico contemporáneo, muy alejado de la imagen que la mayor parte de los neófitos tienen de este tipo de individuos. Diría que reúne casi todas sus taras y deformidades, aunque me abstendré ahora de ataques personales porque, por execrable que alguien sea, no cabe descartar que realice investigaciones interesantes que logren impulsar el conocimiento.En 1976 le concedieron el Premio Nobel de Medicina, pero no por una investigación concerniente a su titulación pediátrica, sino por su estudio sobre una enfermedad infecciosa, el kuru, una de esas que ahora se llaman “emergentes” y no de forma inocente. Detrás de ese tipo de enfermedades hay una aberración doctrinal e ideológica.

En los años cincuenta Gajdusek saltó de la pediatría a la virología porque los enormes fondos gastados en la polio se agotaron y había que seguir buscando dinero con la gran coartada de la modernidad: los virus. Se convirtió en un cazador de microbios y, por lo tanto, de peligros para la salud humana porque, en efecto, por sí mismos los microbios no dan dinero; lo realmente rentable son las enfermedades, reales o supuestas, que causan.

Gajdusek empezó a viajar por el mundo a la busca y captura de algo. Pasó años en Afganistán trabajando sobre la fiebre amarilla, el dengue, el virus del Nilo, el escorbuto, la rabia y otras patologías, pero no encontró lo que buscaba, por lo que en 1957 se trasladó a Nueva Guinea, donde los miembros de la tribu Fore padecían una extraña enfermedad mortal que llamaban kuru. Sus primeros síntomas eran la descoordinación ambulatoria y los temblores en manos y ojos. En las autopsias Gajdusek observó que el tejido nervioso de los fallecidos presentaba abundantes orificios, lo que le daba un aspecto esponjoso.

De los seres humanos pasó a los monos. Realizó un experimento inoculando tejido de un cerebro humano enfermo en un mono sano y creyó que había conseguido inducir la enfermedad por vía intravenosa e intracerebral (1). A los cazadores de microbios eso les basta para dar por demostrado que la enfermedad estaba causada por un virus.

Durante más de ocho años no se manifestaban las secuelas típicas de las infecciones y, sobre todo, no aparecía ninguna reacción inmunitaria. Como el virus era bastante “lento” en ponerse en marcha, Gajdusek inventó la teoría de los “lentivirus”, capaces de permanecer de manera latente en el organismo durante años, décadas o generaciones enteras sin causar ninguna patología, hasta que se reactivan por arte magia.

La explicación de Gajdusek suplantaba, pues, a los priones por (lenti)virus y llamaba “contagio” a una inoculación directa dirigida a las venas y el cerebro del mono. Naturalmente, que si la enfermedad se transmitía de los seres humanos a los monos, también podría circular en sentido contrario. ¿O no? Cualquier investigador sensato hubiera rechazado la intervención de un virus, pero los pequeños obstáculos no podían desalentar a los cazadores de microbios, dispuestos a cualquier cosa.

Pero el pediatra fue mucho más allá en sus invenciones: para exponer una vía creíble de penetración del virus en el organismo, dijo que los nativos de Fore eran caníbales porque durante los ritos funerarios los allegados se comían el cerebro de sus difuntos, que era el mecanismo de transmisión del virus. Por eso la enfermedad presentaba una apariencia genética, afectando a los mismos círculos de familiares.

La absurda teoría de Gajdusek le valió el Premio Nóbel y al año siguiente la revista Science, por su parte, se prestó a un montaje del mismo estilo repugnante, que también demuestra la verdadera naturaleza de quienes han secuestrado a la ciencia y se permiten hablar en su nombre de manera exclusiva.

La revista volvió a difundir la teoría de Gajdusek y, además, la quiso reforzar con 10 fotografías de la vida habitual de los nativos, una de las cuales aludía -supuestamente- a uno de aquellos macabros festines (2). ¿Cómo poner en duda de la veracidad de unas fotos?

Cuando le preguntaron a Gajdusek por las fotos, admitió que el menú era carne asada de cerdo. Cuando fueron a pedir explicaciones a Science, los editores se disculparon aduciendo que no publicaban imágenes reales de canibalismo para no herir la sensibilidad de los lectores. La excusa es falsa. Quien eche un vistazo a la publicación verá que cada una de las fotos va acompañada de su pie explicativo correspondiente.

Era un burdo montaje o, mejor dicho, varios montajes seguidos, unos detrás de otros. En la tribu Fore no existe el canibalismo. Los lentivirus de Gajdusek son una fantasmada seudocientífica y, en cuanto al kuru, lo mismo que Creutzfeldt-Jakob, el “mal de las vacas locas” (ESB, encefalitis espongiforme bovina) o el prurigo ovino (“scrapie”), no es contagioso sino neurodegenerativo y, desde luego, no está causado por virus sino por priones.

A pesar de las tres falsedades que hemos apuntado (canibalismo, lentivirus y kuru) ni la revista Nature ni Science han rectificado y a Gajdusek no le han retirado el Premio Nobel, por lo que muchos manuales y artículos siguen engañando a sus lectores para derribar uno de los principios fundamentales de la biología, la barrera entre las especies y, de esa manera, empezar a hablar de zoonosis y otros mitos característicos de las “nuevas enfermedades” que convocan congresos internacionales de expertos (3) y subvencionan a los laboratorios.

Pues bien, este fraude es lo que algunos quieren que consideremos como “ciencia” y por eso se obstinan en repetirlo una y mil veces a fin de que nos olvidemos de los principios fundamentales de la biología.

(1) https://www.nature.com/articles/240351a0.pdf
(2) Gajdusek, Unconventional viruses and the origin and disappeareance of kuru, en Science, vol.197, 1977, pgs.943 y stes.
(3) https://www.researchgate.net/publication/264336090_6th_International_Conference_on_Emerging_Zoonoses

Contagio: con la lepra dios castiga a los pueblos malditos

A lo largo de la historia de la humanidad la lepra ha sido una enfermedad que ha causado estragos entre las poblaciones, por lo que adquirió un aura mítica y mística. Los libros sagrados de las religiones monoteístas hablan de ella porque la consideran como un castigo divino. El evangelio de Lucas (17:11-19) relata el encuentro de Jesucristo con los diez leprosos, que “se pararon de lejos”, es decir, guardando la debida distancia, lo mismo que ahora dice la televisión que debemos hacer: evitar el contacto para evitar el contagio.

En cuanto que, erróneamente, se consideraba una de tantas enfermedades contagiosas, que castigaba a masas y pueblos enteros, la lepra tampoco se consideró una dolencia individual o privada, sino algo que permitía intervenir de una manera draconiana contra minorías, chivos expiatorios a los que calificaban de “apestados”.

La respuesta social frente a los apestados siempre ha sido la misma: el tabú, la prohibición de contacto, el confinamiento o incluso el encarcelamiento. Eso fueron históricamente los lazaretos y las leproserías, como el de la isla de San Simón, en la ría de Vigo, un lugar de confinamiento tanto de leprosos como de otro tipo de enfermedades supuestamente contagiosas.

Tras la guerra, la isla de San Simón se convirtió en una cárcel en la que encerraron a los antifascistas y una de sus características más importantes es que estaba junto a un puerto marítimo porque siempre fue un lugar para confinar en cuarentena a todos aquellos barcos en los que se declaraba un epidemia.

Antes de conocer sus causas, ya en el siglo XVII, la lepra había sido controlada, gracias a una dilatada experiencia empírica.

Sin embargo, el pánico estaba arraigado tanto entre la población como entre los científicos, de manera que, pese a menguar el impacto de la enfermedad, los tratados de medicina empezaron a hablar de que existían dos tipologías: los leprosos auténticos y los semileprosos. Los primeros habían desaparecido en gran medida pero subsistían los segundos.

Aunque la experiencia empírica demostraba que la enfermedad no era contagiosa, los manuales de medicina divulgaron que era hereditaria, por lo que a partir del siglo XVII empezó a aparecer -por arte de magia- un supuesto colectivo de semienfermos cuyo mal se transmitía de padres a hijos como la maldición del pecado original.

Se denominaron “agotes” y fueron confinados en los Pirineos, en los pueblos del norte de Nafarroa. Un avance científico abría el camino a una deformación ideológica, con sus lamentables secuelas de marginación, legal y social, seguidas durante siglos (1).

Al igual que los leprosos, los agotes fueron internados, se les marcó con distintivos en sus ropas para que la población no tuviera ningún contacto con ellos y se decía que olían mal (fetidez, halitosis), lo mismo que los gitanos, los moros y los judíos, etc. En castellano la palabra “peste” no sólo designa a una enfermedad sino también al mal olor, e incluso a la suciedad.

Hoy día subsiste el apellido “Agote” o “Argote” que aún recuerda a los descendientes de aquellas poblaciones “apestosas”.

Como a cualquier otro monstruo, los médicos extraían sangre a los agotes e hicieron toda clase de experimentos con ellos, lanzándose las más absurdas teorías acerca de su origen porque -no cabían dudas- tales personas no podían tener el mismo origen que el resto de las personas “normales”: eran una raza distinta y las razas distintas siempre llegan hasta aquí desde algún lugar bien remoto.

Es algo que tienen en común todas las enfermedades consideradas como “contagiosas”: siempre son extranjeros, proceden de fuera, por lo que hay que confinarlos, impedir el contacto con ellos, etc.

De los diez leprosos del evangelio de Lucas, al menos uno de ellos era “extranjero”. Fue el único que se acercó a Jesucristo para agradecerle el milagro de la curación.

Con los agotes también había que adoptar precauciones: sólo podían casarse entre ellos porque -una vez más- la mezcla, el contacto sexual, volvía a presentarse como arriesgada. Lo que se había iniciado como un problema médico, en vías de resolución, degeneró en un problema étnico. La pureza se convertía en una cuestión de salud pública. Los agotes eran falsos enfermos, eso que hoy llamaríamos “un grupo de riesgo”, una condición equívoca impuesta por las seudociencias como un pesado fardo que debieron soportar de padres a hijos poblaciones completas durante siglos porque, como bien saben en Nafarroa, la marginación de los agotes llega hasta los años setenta del siglo pasado.

En 1947 un estudiante de medicina argentino de 22 años, Meny Bergel, defendió la teoría metabólica de la lepra, que chocó con la teoría bacteriana vigente desde que la expuso Hansen en 1873, según la cual la lepra está causada por un bacilo que lleva su nombre.

Con varios libros editados y 215 publicaciones científicas, Bergel es uno de los grandes y más ignorados científicos del siglo pasado. Demostró que la lepra no es una patología infecciosa, ni está causada por el bacilo de Hansen, ni tampoco se trata con antibióticos, sino que la produce el “estrés oxidativo” y, por lo tanto, se trata con antioxidantes (2).

Se inició así una sorda batalla que se prolonga desde hace setenta años, pero en 2005 siete leprólogos de la Universidad de Madras, en India, confirmaron la tesis de Bergel (3), aunque es dudoso que los defensores de la tesis dominante reconozcan un error tan prolongado sin quedar en evidencia.

En occidente los científicos se miran al espejo y se gustan a sí mismos. No conocen otra cosa que su propio universo y, desde luego, no valoran nada que no publiquen sus propias revistas científicas en Estados Unidos. Un investigador argentino que habría merecido el Premio Nobel es un asboluto desconocido y a unos científicos de la India tampoco se les puede tomar ni en consideración.Pero no es necesario leer nada, no hace falta: cualquiera que haya trabajado en una leprosería sabe que esa enfermedad no se contagia. El Che, que era médico, lo sabía y no tuvo ningún inconveniente en asistir a unos leprosos que yacían abandonados y marginados. No le contagiaron nada, ni a él ni a nadie. Jamás.

Es una vergüenza que hayamos llegado al siglo XXI y sigamos igual que siempre.

(1) Christian Delacampagne: Racismo y occidente, Argos Vergara, Barcelona, 1983, pgs.92 y stes.
(2) Una doctrina terapéutica basada en los procesos de óxido-reducción. Su aplicación en el tratamiento de la lepra, en Revista Argentina de Dermatosifilología, 1947, vol.87, pg.513; Metabolic theory of leprosy, Diorky Editores, Madrid, 1998.
(3) R.Vijayaraghavan y otros: Protective role of vitamine E on the oxidative stress in Hansen’s disease (leprosy) patients, en European Journal of Clinical Nutrition, 2005, vol.59, pgs.1121 y stes.; R.Vijayaraghavan y otros: Vitamin E reduces reactive oxygen species mediated damage to bio-molecules in leprosy during multi-drug therapy, en Current Trends in Biotechnology and Pharmacy, 2009, vol.3, pg.4.

Los seudoecologistas no tienen razón: no aumenta el número de acontecimientos meteorológicos extremos

La empresa de seguros AON acaba de publicar su informe de 2019 sobre los desastres naturales en el mundo (*). Por noveno año consecutivo, el número de muertes causados por ellos es inferior al promedio a largo plazo. Con 11.000 muertes, 2019 se sitúa entre los 13 años de menor coste en vidas humanas desde 1950.El informe confirma que no hay ningún cambio significativo en el número y la gravedad de los fenómenos meteorológicos extremos, en particular los ciclones, cuyo número e intensidad se contabiliza con precisión desde la era de los satélites.

Los tres informes anteriores de los años 2016, 2017 y 2018 abundan en lo mismo: el número de fenómenos meteorológicos extremos no está aumentando.

Un evento debe cumplir al menos uno de los siguientes criterios para ser considerado como un desastre natural:

— pérdidas económicas por encima de 50 millones de dólares
— pérdidas aseguradas por encima de 25 millones de dólares
— muertes por encima de 10
— heridos por encima de 50
— casas y estructuras dañadas o reclamaciones presentadas por encima de 2.000

Según esos criterios, en 2019 se produjeron 409 desastres naturales (incluidos 32 terremotos), cifra ligeramente superior al promedio de 2000-2019 (377).

Ese aumento es ficticio. A partir de 2018 la aseguradora incluye acontecimientos que hasta ahora no consideraba como fenómenos meteorológicos extremos. Por consiguiente, en los informes anteriores a 2018 se subestimó considerablemente el número de casos ocurridos en el período 2003-2017.

Los principales desastres fueron las inundaciones (158 eventos), seguidas de “eventos climáticos severos” (114), ciclones (32 eventos) y terremotos (32 eventos).

La aseguradora califica como “eventos climáticos severos” fenómenos como las tormentas eléctricas, los tornados y las granizadas, aunque sólo las analiza para Estados Unidos.

Ninguna de las inundaciones más mortíferas de las que se tiene constancia se ha producido en los últimos 30 años. China ha pagado el precio más alto por las inundaciones. En 1887 una inundación en el río Amarillo mató entre 1 y 2 millones de personas. En 1931 la inundación del río Yangtsé mató a 3,7 millones de personas. Estas dos inundaciones se consideran los mayores desastres naturales del siglo XX.

En segundo lugar, los datos hidrométricos son escasos y limitados en el tiempo debido a la falta de sistemas de observación a largo plazo. Además, las tendencias a largo plazo de las variables hidrológicas suelen estar enmascaradas por una importante variabilidad interanual y decenal.

El año pasado las inundaciones más graves se debieron al monzón en China (300 muertos) y en India (1.750 muertos) y a las consecuencias de los ciclones Hagibis y Faxai (Japón), Lekima (China, Filipinas, Japón) y Dorian (Caribe y América del norte). El informe se centra en un período excepcionalmente húmedo en Estados Unidos, de enero a mayo del año pasado, que causó varias inundaciones importantes en las llanuras del medio oeste y en el valle del Misisipi.

El huracán Dorian, que azotó las Bahamas en septiembre del año pasado con vientos de 295 kilómetros por hora, tuvo una intensidad comparable a la del huracán del Día del Trabajo de 1935, que fue el huracán más intenso jamás registrado en el Océano Atlántico.

Sin embargo, en el período más largo (1990-2019) se ha producido una disminución del número de huracanes.

Lo que aumentan son las pérdidas económicas vinculadas a esos desastres naturales. La década 2010-2019 registró 417.000 millones de dólares de daños materiales, es decir, casi 10 veces más que la década 1950-1960 (45.000 millones de dólares).

Esta tendencia está relacionada con el aumento de la población mundial, que ha pasado de 3.000 a 7.000 millones, y el incremento de la urbanización y la exposición a los riesgos.

Las tormentas de convección severas causan importantes daños materiales, particularmente en Estados Unidos donde las tormentas eléctricas generan tornados, granizo y vientos fuertes. Extraoficialmente el año pasado Estados Unidos registró 1.520 tornados y el récord está en 2011 con 1.691 tornados. El Centro de Predicción de Tormentas de la NOAA ha registró el año pasado 36 tornados clasificados (severos) o EF4 (devastadores) en la Escala de Fujita. En 2011 se registraron 84 eventos de este tipo y en 1974 la cifra subió a 131 tornados EF3+, siete de los cuales fueron clasificados EF5.

El daño principal lo causan las granizadas, particularmente en el cinturón tradicional de granizo de Estados Unidos (Colorado, Texas, Oklahoma, Dakota del Sur, Kansas Nebraska). La NOAA define como una granizada severa la caída de bolas de 5 centímetros o más de diámetro. Desde que se introdujo el radar Doppler en 1990, los informes de granizo han mostrado una tasa de crecimiento anual de poco más del 2 por ciento, lo que sugiere una mayor frecuencia de las tormentas. Sin embargo, el informe de la aseguradora dice que las mediciones de granizadas están contaminados por un sesgo relacionado con la urbanización.

Los recientes incendios en California, Brasil y Australia han sacudido al mundo entero, dando la sensación de un planeta en llamas. Sin embargo, como ya hemos expuesto en otras entradas, en los últimos decenios se ha producido una reducción mundial del número de incendios, en particular en Europa. Los datos de los satélites muestran que las áreas quemadas han disminuido en un 25 por ciento, en general, en los últimos 18 años.

(*) http://catastropheinsight.aon.com

Más información:
— Los mitos de la seudoecología que provocan pánico: los acontecimientos meteorológicos extremos
— El incendio en Australia no tiene nada que ver con el clima
— Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis: el hambre, la guerra, la peste y el… pico del petróleo

La política del clima en Estados Unidos: republicanos, demócratas y manipulación del Senado

En otras entradas ya hemos hablado de James Hansen, un investigador estadounidense al que podemos tomar como modelo de los derroteros que está siguiendo la ciencia en la época moderna. Los lectores que no estén suficientemente avisados quedarán impresionados al saber que Hansen fue director del Instituto Goddard de Estudios Espaciales, un laboratorio de la NASA. Seguramente les impresionará mucho menos saber que también se sentaba en los consejos de administración de varios grandes bancos, como Salomon Brothers o Lehmann Brothers, antes de la quiebra.Son las dos caras de la misma moneda. Su faceta científica nos abruma; la de banquero nos repugna, pero nos debemos quedar con ambas para entender lo que está ocurriendo: cuando hablamos de clima no hablamos sólo de ciencia, ni de científicos, sino de otras cosas que nadie se preocupa de poner encima de la mesa, e incluso que se tratan de ocultar. Sin embargo, para conocer la luna hay que visitar sus dos caras: la que vemos y la que no vemos.

El Instituto Goddard de Estudios Espaciales, donde Hansen trabajó desde 1967, es una dependencia de la NASA, otra institución que, además de ciencia, fabrica toda clase de leyendas. Al principio se especializó en la atmósfera de Venus y luego en la de la Tierra. En 1995 le nombraron para ocupar un sillón en la Academia de Ciencias de Estados Unidos y en 2006 la revista Time dijo que era una de las 100 personas más influyentes que había en el mundo.

En 1987 publicó su primera reconstrucción de la temperatura media mundial (1), que abarcaba casi un siglo, de 1880 a 1985 dándole la vuelta a la tortilla por completo: el planeta no se enfriaba sino todo lo contrario.

Para imponer un vuelco de esas dimensiones entre los científicos no basta sólo con artículos científicos; hace falta política y al año siguiente de publicar el suyo, Hansen estaba delante del Comité de Energía y Recursos Naturales del Senado de Estados Unidos exponiéndoles a los parlamentarios el Gran Dogma de la Posmodernidad que hoy es ampliamente conocido.

En 1988 había elecciones. Reagan tenía que dejar la Casa Blanca en manos de Bush y fue un senador demócrata, Timothy E. Wirth, quien llevó a Hansen de la mano a un sitio al que ni él ni su ciencia podían llegar por sí mismos. En 1990 Wirth fue el artífice de la aprobación de la Ley de Aire Limpio y algunos años después el monopolista Ted Turner le financió la creación de dos tinglados, la Fundacion de las Naciones Unidas y el Fondo Better World. Wirth también dirigió la delegación de Estados Unidos que impuso al mundo el famoso Protocolo de Kyoto para reducir la emisión de los gases llamados “de efecto invernadero”.

Aquel año electoral los senadores de Estados Unidos fueron los primeros en escuchar doctrinas que ahora nosotros escuchamos cada día: las emisiones de gases de efecto invernadero, en particular de CO2, enviadas a la atmósfera durante décadas por la industria, conducen a una elevación significativa de las temperaturas. “No se trata de una amenaza vaga, incierta y lejana”, dijo Hansen, “sino de una realidad cuyas consecuencias comprobaremos en la próxima década”.

Aquella década pasó, lo mismo que han pasado otras dos más. Hansen les dijo a los senadores que esos años iban a ser los más calientes de los últimos 100.000 años, pero se produjo una paradoja: aquel invierno hizo un frío espeluznante en Estados Unidos. Una tormenta de nieve mató a 400 personas y a la prensa le preocupó más aquella evidencia que las predicciones de Hansen.

La elección de aquel escenario fue un error, pero los padrinos de Hansen no desafallecieron. Una audiencia así era mejor convocarla en verano. Le organizaron otra el 23 de junio de 1988 y para reforzar el mensaje, su padrino, el senador Wirth, paralizó el aire acondicionado del salón de sesiones, según reconoció 30 años después en una entrevista: “Lo que hicimos fue ir la noche anterior y abrir todas las ventanas. Lo admito, ¿verdad?, para que el aire acondicionado no funcionara dentro de la habitación y, cuando se celebró la audiencia, felizmente, en la sala no sólo había dos veces más cámaras de televisión, sino que hacía mucho calor […] Así cuando Hansen prestó declaración, estaba la televisión y el aire acondicionado de la habitación no funcionaba. Lo que ocurrió ese día fue una conjunción perfecta de acontecimientos, con un magnífico Jim Hansen secándose la frente sentado en la mesa de los testigos y prestando una notable declaración” (2).Los senadores asistieron agobianos y asfixiados y Hansen repitió su discurso anterior: el planeta empezaba a calentarse. Las olas de calor, como la que asolaba a Washington, serían más frecuentes y en 2020 se duplicarán, al igual que otros eventos climáticos extremos, afirmó.

Al terminar la audiencia, la prensa se dirigió a Wirth (y no a Hansen), quien manifestó algo muy característico del balance de las opiniones climáticas en aquel momento, mucho menos clara que la actual: las tesis de su invitado, admitió, se encontraban “en la frontera de la ciencia”. Aún no se hablaba tan claro como ahora.

El gráfico de la evolución de las temperaturas medias que Hansen presentó a los senadores mostraba más de un siglo de evolución, con uno de sus trucos típicos: a la serie histórica le añadió la media de los cinco meses del año en curso, lo que suponía un impactante efecto visual en el que las temperaturas se disparaban hacia arriba.

Esta vez la cobertura de los medios de comunicación fue espectacular porque iba acompañada de otra cadena de truculencias que ahora ya son carcterísticas: aquel verano iba a ser el más caluroso de Estados Unidos y matará entre 5.000 y 10.000 personas, mientras que la sequía iba a causar casi 40.000 millones de dólares en pérdidas.

Al año siguiente se repitió la comedia, aunque esta vez de la mano de otro personaje demócrata que entonces no era famoso, Al Gore, que se encargó del interrogatorio. En un momento dado del esperpento, una de las respuestas de Hansen sorprendió al joven senador demócrata, quien se puso un poco agresivo: “¿Por qué contradice su testimonio escrito?” El científico responde: “Porque no he escrito el último párrafo de esta sección. Se ‘añadió’ a mi declaración”.

Décadas después Hansen explicó lo ocurrido. Antes de comparecer ante el Senado tuvo que presentar su declaración por escrito a los jefes de la NASA que, a petición de la Oficina de Gestión y Presupuesto (una sucursal de la Casa Blanca dentro de la NASA), corrigió numerosos apartados. Luego Hansen tuvo que pasar el segundo filtro antes de ir al Senado: tuvo que enviar a Al Gore por fax los pasajes que habían sido modificados y sobre los cuales quería que le preguntara.

Como ya hemos explicado en otra entrada, quien comparecía ante el Senado no era un climatólogo, sino la NASA, que quería aportar a los senadores un proyecto político surgido en la Casa Blanca, disumulada tras un apariencia científica, aséptica.

El destino fue cruel para Hansen y lo será aún más en el futuro. Hoy sus exposiciones seudocientíficas nos resultarían de lo más normales, pero hace treinta años sonaban muy apocalípticas y, además, los demócratas que le llevaban de la mano perdieron las elecciones. Ganó Bush y los republicanos empezaron a cargar la munición de sus armas, poniendo a Hensen y a la NASA contra las cuerdas en los debates políticos.

Por un momento pareció que las nuevas tesis iban a quedar sepultadas. “Hansen contra el mundo sobre los peligros del efecto invernadero”, tituló la revista Science en 1989 para saltar al ruedo (3), poniendo de manifiesto que en aquel momento las nuevas tesis seguían siendo minoritarias y que la batalla era sustancialmente política por la propia manera en que han montado tinglado: las batallas políticas se llevan al terreno científico porque las decisiones políticas hay que vestirlas con una apariencia científica. De esa manera muchos científicos han caido en la trampa que les han tendido y otros se sienten muy a gusto y recompensados por ello.

Entonces los negacionistas eran la inmensa mayoría. Aún en 2007 el propio Hansen reconocía que sus colegas se habían tomado su hipótesis con “reticencia” (4) y en 2013 volvió a la carga para tratar de “dejar las cosas claras” (5). Muchos años después de su intervención en el Senado las cosas seguían sin estar claras y él se ofrecía para aclarárnoslas.

Es evidente que, por más que pretendan aparentar unanimidad dentro de la “comunidad científica”, se arrastran más de 30 años de aclaraciones continuas.

(1) J.Hansen, I. Fung, A. Lacis, D. Rind, S. Lebedeff, R. Ruedy, G. Russell y P. Stone, Global climate changes as forecast by Goddard Institute for Space Studies three-dimensional model, Journal of Geophysical Research, vol. 93, pg. 9341, http://dx.doi.org/10.1029/JD093iD08p09341.
(2) www.pbs.org/wgbh/pages/frontline/hotpolitics/interviews/wirth.html
(3) http://www.columbia.edu/~jeh1/mailings/2015/Kerr.1989.HansenVsWorldOnGHThreat.Science.pdf
(4) https://courses.seas.harvard.edu/climate/eli/Courses/global-change-debates/Sources/Greenland-collapse-and-icestream-acceleration/Hansen-2007.pdf
(5) http://www.columbia.edu/~jeh1/mailings/2013/20130415_Exaggerations.pdf

Se cumplen 10 años del descubrimiento de uno de los fraudes científicos sobre el calentamiento

El domingo se celebra un cumpleaños redondo de esos que no podemos dejar pasar, porque si aquí no hablamos de ello nadie más lo va a hacer: es el 10 aniversario del descubrimiento de la falsificación de los datos climáticos por parte de la Universidad de East Anglia de Inglaterra, el santuario de la histeria seudocientífica sobre el calentamiento.

Un pirata informático penetró en los ordenadores de la universidad británica, se apoderó de miles de correos electrónicos intercambiados entre los farsantes y los publicó. Los falsificadores tienen nombres y apellidos, sobre todo el de Michael Mann, pero también Phil Jones, David Parker, Tim Osborn y Tom Wigley.

La Universidad reconoció la intrusión informática y que las publicaciones se correspondían con los mensajes intercambiados por Mann y sus mariachis. Como es natural tuvo que abrir una “investigación”, tras la cual no sancionó a los farsantes como era su obligación, despidiéndolos de sus cargos, por una razón obvia: porque estaban muy protegidos por los imperialistas, por la ONU/IPCC y por el gobierno británico, o lo que es lo mismo, porque las cuestiones climáticas no son sólo científicas (o seudocientíficas) sino políticas.

Es el meollo de la cuestión. El IPCC no es un organismo científico, como algunos creen y hacen creer, sino político y por eso se llama así: “intergubernamental”. Fue creado en 1988 por los únicos países del mundo que podían crear algo así, Estados Unidos y Gran Bretaña, aprovechando la bancarrota de la URSS y el apogeo de la reacción mundial, capitaneada por Reagan y Thatcher.

Lo mismo que la Inquisición hace 400 años, el IPCC tiene por objeto imponer un canon y para ello empezó por imponer a la Universidad de East Anglia como guía de dicho canon, por encima de cualquier otra universidad o centro de investigación. Así nació dentro de dicha Universidad la cueva de los ladrones, denominada CRU (“Unidad de Investigación Climática”).

Por lo tanto, el descubrimiento de que la unidad climática de East Anglia estaba falsificando sus conclusiones también dejó al descubierto al IPCC.

En sus mensajes los seudocientíficos admiten que su afán no es la verdad sino imponer un canon, para lo cual no dudan en manipular datos, destruir pruebas y acallar a los escépticos, por las buenas o por las malas si es necesario.

El alcance de las manipulaciones de los universitarios es difícilmente imaginable porque, al convertir a una parte en el todo, en canon científico, la propagación de las conclusiones es mucho mayor. Es una gangrena que, poco a poco, lo va pudriendo todo. Las falsedades de unos científicos de cabecera las asumen los que van por detrás, con tanto mayor ahínco en cuanto que su capacidad crítica se reduce hasta el cero más absoluto.

De los fraudes participan todas esas revistas “prestigiosas” que los publican y difunden a los cuatro vientos por lo mismo de siempre: por falta de capacidad crítica y, sobre todo, autocrítica. Los artículos firmados por Mann y sus mariachis hubieran debido ser denostados públicamente por las propias revistas que los publicaron, pero no ha ocurrido así por los motivos políticos que ya hemos expuesto.

En la ciencia moderna hay determinados científicos que son intocables por su estrecha asociación al Estado monopolista. Sus amos les han otorgado poder tanto como inmunidad. Sus  corruptelas son expresión de las corruptelas políticas, y no sólo se pudren ellos sino que pudren las universidades en las que trabajan y las revistas científicas en las que escriben.

No se crean que en sus correos internos los universitarios hablan de ciencia: de lo que hablan es de dinero. En uno de ellos el director del CRU informa de que ha recaudado 13,7 millones de libras desde 1990.

En otro alguien se queja de la publicación de un artículo que puede arruinar sus esfuerzos para sacarle la pasta a la multinacional alemana Siemens.

Otro mensaje reconoce que están negociando con la multinacional petrolera Esso…

La miseria ideológica del malthusianismo

El malthusianismo es tan falso como cualquier otra ideología y tiene su origen en Inglaterra, de donde pasó a Estados Unidos, que la convirtió en doctrina y, por lo tanto, le otorgó un carácter dominante, una de las señas de identidad del imperialismo con el que se justifican sus crímenes.Como doctrina dominante, las universidades adoctrinan a los estudiantes y les lavan el cerebro diciéndoles que se trata de “demografía”, es decir, el recorrido típico que hace pasar una ideología como si fuera ciencia y que los menos avisados devoran porque tiene el membrete de alguna academia gringa.

Los “progres” y posmodernos que asumen las conclusiones malthusianas sin ninguna capacidad de reacción crítica, desempeñan un papel clave para sostener el papel dominante. Ese tipo de grupos “alternativos” son la correa de transmisión del imperialismo dentro de cada país, llevando las concepciones más reaccionarias hasta sus últimos rincones y falsificando sus postulados para hacerlos digeribles en ciertos ambientes intelectualoides.

El malthusianismo reviste formas variadas que convergen en conceptos falsos, como “explosión demográfica”, que justifican la intervención imperialista sobre los pueblos del Tercer Mundo, en ocasiones con el beneplácito de la caridad y la “ayuda desinteresada” a sus habitantes.

Para demostrar que en el mundo no existe ninguna “explosión demográfica” basta recurrir a cifras que están al alcance de cualquiera que no sea un estafador impenitente y lo primero que se debe indicar es que, a efectos demográficos, hay que dividir el mundo en dos mitades: una es África y la otra el resto.

El número anual de nacimientos en todo el mundo (excluyendo África) alcanzó un máximo en 1989 y desde entonces ha disminuido en un 15 por ciento.

En consecuencia, la disminución de nacimientos se prolonga ya durante 30 años y no la ha podido compensar el aumento de los nacimientos en el Continente Negro.

Si excluimos a África, de aquí a 2023 la población mundial en edad reproductiva (de 15 a 40 años) seguirá en constante disminución. Sólo la población africana en edad reproductiva seguirá creciendo.

Con una población en declive (excluyendo a África) y con tasas de fecundidad muy negativas (excluyendo a África), es muy probable que en el mundo los nacimientos disminuyan a un ritmo acelerado, mucho más que el previsto por la ONU.

En otras palabras, si excluimos a África, la principal característica de la población mundial es la despoblación mundial.

Ahora bien, si de lo expuesto hasta ahora alguien imagina que la emigración africana es consecuencia del crecimiento demográfico en el Continente Negro, también se equivoca. Los emigrantes de origen africano representan una parte insignificante del total de movimientos poblacionales en el mundo.

Para terminar: si las proyecciones demográficas se cumplen, dentro de muy poco tiempo una parte creciente de la población mundial será africana, con una capacidad de consumo insignificante, lo cual explica que los “alternativos” justifiquen la situación con tonteorías como el decrecimiento y otras parecidas.

Más información:
— La UNICEF y la OMS esterilizan masiva y encubiertamente a las mujeres africanas
— Los seudoecologistas proponen el exterminio de la población del Tercer Mundo
— Una declaración de guerra contra el proletariado
— 300.000 mujeres pobres esterilizadas en Perú
— ‘Es bueno que la población del Tercer Mundo padezca hambre porque ayuda a combatir el calentamiento del planeta’
— 11.000 seudocientíficos proponen reducir el número de seres humanos para frenar el cambio climático
— El Club de Roma, anatomía de un grupo de presión
— El decrecimiento es un concepto inventado por Henry Kissinger a partir de la eugenesia
— Público asume las tesis del imperialismo sobre los límites del crecimiento
— La crisis es una bendición que el cielo nos envía
— Un manifiesto para justificar que las tripas se queden vacías

El complejo militar industrial: el papel de los científicos como mercenarios del capitalismo contemporáneo

La política económica de Trump ha seguido la moda de los recortes presupuestarios, lo que suscita la pregunta inversa: ¿en dónde no escatiman el dinero? La respuesta es evidente: en gastos militares, dentro de los cuales están los proyectos “cientificos” de Darpa, la agencia de investigación del Pentágono.

La guerra ha sido y es uno de los grandes motores de la ciencia, y los científicos son los más fieles siervos de las guerras porque su trabajo tiene más relación con el sueldo que cobran que con un amor desinteresado por el saber.

Los presupuestos militares han convertido a Darpa en un gigantesco fondo de inversiones a través del cual los militares controlan universidades, laboratorios y centros de investigación por todo el mundo. Los científicos, académicos e investigadores no son más que unos de tantos subcontratistas del Pentágono, de manera que cuando se les acaban los fondos tienen que viajar a Washington a mendigar más dinero para mantener la maquinaria en marcha.

En 2017 Darpa percibió 2.900 millones de dólares que este año llegarán a los 3.200 millones. El destino de ese dinero marca la pauta de lo que interesa a los imperialistas, además de marcar la pauta también de lo que en el mundo actual consideran como “ciencia” que los más papanatas llamaban antes “puntera” y ahora “deep tech” (1). La tecnología “punta” es la más moderna, la mejor, la más innovadora y los demás no hacen más que seguir ese camino: el que marca el Pentágono.

Darpa no invierte en armas sino en hegemonía y, por lo tanto, en poder o, por mejor decirlo, en mantener el poder (el ‘status quo’) a lo largo y ancho del mundo. Poco después de que en 1958 fundara Darpa fue cuando el general Eisenhower acuñó la famosa expresión “complejo militar industrial” (2), un binomio del que se suele olvidar la tercera pata a la que el entonces Presidente también se refirió: la ciencia.

Más que la ciencia propiamente dicha, son los científicos actuales los que portan las taras del complejo militar industrial, por más que se empeñen en disimularlas. Aquí ya hemos expuesto algunas, como la llamada “inteligencia artificial”, que va a consumir 2.000 millones de dólares de Darpa en cinco años. No es más que ingeniería social o, como decía Marx, convertir a la humanidad en una extensión de la máquina (y no al revés).

Por lo demás, la “inteligencia artificial” es lo menos inteligente que cabe imaginar. Es el intento de trasladar el modelo militar a la sociedad, o sea, militarizar a los civiles, convirtiéndolos en automátas, soldados robotizados, carne de cañón.

La subcontratación permite a los científicos cerrar los ojos ante sus verdaderos amos. También le permite al Pentágono contar con la colaboración de instituciones e investigadores que le cerrarían las puertas porque no quieren aparecer como tentáculos de la guerra imperialista. En fin, la maraña de intermediarios mantiene la imagen de la ciencia que los científicos quieren aparentar: aséptica y alejada del mundanal ruido.

Pero la ciencia no sólo depende de los militares y de científicos militarizados, sino también de la industria, es decir, del capital. La biologia moderna es una creación de las empresas de fondos de inversión altamente especulativos. Los laboratorios de biotecnología, la farmacia y la agroindustria actuales serían impensables sin las sociedades de capital riesgo.

La industria funda y destruye revistas científicas, crea, equipa y disuelve laboratorios y centros de investigación, financia cursos de formación, convoca congresos nacionales e internacionales, incorpora a los científicos a su accionariado y a los consejos de administración de sus empresas, nombra y destituye a ciertos ministros…

Desde el punto de vista industrial, la ciencia moderna no tiene que fabricar conocimientos verosímiles, sino algo mucho más simple: es una máquina de hacer dinero rápidamente, bien entendido que quienes hacen dinero no son sólo las empresas sino también los científicos que forman parte de ellas.

Quizá el mejor perfil que hay en España de uno de esos científicos de última generación sea Cristina Garmendia, donde aparecen todas las patas que la sustentan. Doctora en biología, Garmendia fue ministra del PSOE de Ciencia e Innovación, un cargo al que llegó procedente de los grupos de presión de la biotecnología, la famacia y la medicina, unidos en una intrincada red de fundaciones que no son otra cosa que conglomerados empresariales.

Era miembro de la Junta Directiva de la CEOE, presidenta de la Fundación Inbiomed y de la Asociación Española de Bioempresas. En 2000 fundó Genetrix, empresa del sector de la biotecnología y en 2008 la sociedad de capital riesgo YSIOS, especializada en salud y biotecnología. “Cristina Garmendia fue pionera al sentar las bases de una industria de la biotecnología en España al trasladar el ‘know-how’ de la investigación biomédica académica española al ámbito del mundo empresarial”, dice de ella la Wikipedia (3).

En 2011 aquella ministra aprobó la Ley de la Ciencia, la Tecnología y la Innovación que, por primera vez, elevó la innovación a rango de ley, incidiendo en las puertas giratorias del conocimiento: del sector público a las empresas privadas, y a la inversa.

Aquel mismo año 2011 la ministra se concedió préstamos públicos para sus propias empresas privadas, porque en los tiempos del capital monopolista de Estado ¿cómo se diferencia lo público de lo privado?, ¿cómo diferenciar la ciencia de los científicos?, ¿cómo diferenciar a la ciencia del capital?, ¿cómo diferenciar al PSOE de Ciudadanos? En 2015 a la científica ya la veían participando en los actos electorales de Ciudadanos (4).

En el mundo actual a los científicos que marcan la pauta donde se los ve es en los actos oficiales; los otros tienen su jornada de trabajo en los laboratorios y dependen de los anteriores.

(1) En Estados Unidos llaman “deep tech” a los proyectos científicos prometedores o rompedores, pero que requieren un desarrollo a largo plazo y, por lo tanto, de dinero público
(2) Aunque la expresión se atribuye a Eisenhower, quien le escribió el discurso fue Malcolm Moos, rector de la Universidad de Minnesota (https://www.shmoop.com/historical-texts/eisenhower-farewell-address/malcolm-moos.html).
(3) https://es.wikipedia.org/wiki/Cristina_Garmendia
(4) https://cronicaglobal.elespanol.com/politica/c-s-sorprende-con-el-fichaje-de-la-ex-ministra-socialista-cristina-garmendia_29688_102.html

Los mitos de la seudoecología que provocan pánico: los acontecimientos meteorológicos extremos

“Somos de la misma sustancia de la que están hechos los sueños y nuestra breve vida está envuelta por un sueño”, dice Shakespeare en La Tempestad, un drama donde lo sobrenatural está muy presente, así como las hadas, los elfos o las brujas. En un ambiente mágico, prohibido a comienzos del siglo XVII, cuando escribe la trama, Shakespeare introduce a los “indios de Virginia”, entonces una colonia del Imperio británico, porque la pieza se inspira en el gran huracán que se produjo allá en 1609.

Los fenómenos extremos de la naturaleza, como el Diluvio Universal de la Biblia, siempre han sido embriagadores. Quizá por eso les ponemos nombre, como si formaran parte de nuestra familia. Con ellos la seudoecología actual sigue una leyenda que se remota a los más viejos relatos orales de la humanidad, llenos de fantasía y encanto, aunque les da su propio toque personal: cada día hay más, cada día son mayores y más devastadores. Los sueños y las pesadillas de la humanidad no cambian tanto con el paso del tiempo.

Las exageraciones ligadas al “mal tiempo” tampoco. Según el historiador griego Diodoro Sículo, hace 4.000 años hubo tal sequía en la Península Ibérica que la población emigró por completo. Naturalmente que después, cuando las lluvias volvieron a la “normalidad”, las gentes debieron volver también a sus hogares.

Otra crónica del siglo XI asegura que una nueva sequía secó los cauces de los ríos peninsulares, “a excepción del Ebro y el Guadalquivir”, que quedaron convertidos en pequeños arroyos. La población volvió a emigrar a las Galias, Italia y Grecia.

En todas las poblaciones del mundo abundan relatos parecidos sobre grandes catástrofes naturales, aunque la ventaja de España es que el Ministerio de Agricultura lleva un catálogo de las sequías habidas a lo largo de la historia que se puede leer en internet (1), y deberían hacerlo todos esos farsantes que hablan de que España afronta su peor sequía, una y otra vez, a causa del calentamiento del planeta, como la prensa económica (2).

Hoy los viejos relatos orales de las calamidades naturales se han convertido en vídeo y sus cautivadoras imágenes nos fascinan todavía más. Ese tipo de fenómenos espectaculares siempre son noticia en la televisión. Sin embargo, a diferencia de otros tiempos ahora ya no hacemos literatura con ellos sino que los contamos y los medimos por culpa de la histeria que nos invade.

Gracias a ello sabemos que se producen unos 300 eventos meteorológicos extremos al año, casi uno diario, una cifra perfecta para los informativos.

En 2015 un informe de la ONU titulado “The human cost of weather-related disasters 1995-2015” contabilizó 6.457 inundaciones, tormentas, olas de calor, sequías y otros eventos relacionados con el clima en aquellos años, lo que representa un promedio anual de 335 desastres.

En su informe especial de 2012 sobre este tema y en su V informe de evaluación del año siguiente, el IPCC arrojó un jarro de agua fría a los seudoecologistas: el número de calamidades naturales no ha aumentado, ni son más intensas, ni duran más tiempo tampoco, y lo que es mucho peor: tales acontecimientos no tienen relación con el socorrido calentamiento del planeta.

En lo que a la sequía respecta, el IPCC no puede ser más claro cuando reconoce que “las conclusiones del IV informe de evaluación sobre el aumento de las sequías hidrológicas mundiales desde la década de 1970 ya no tienen razón de ser”.

Pero si el Vaticano de la climatología puede fallar, las compañías de seguros están obligadas a afinar mucho más porque está en juego su cuenta de resultados.

En 2014 la aseguradora AON publicó un informe titulado “Annual Global Climate and Catastrophe Report” que es interesante porque define como “desastre natural” cualquier evento que cause 50 millones de dólares de pérdidas, 25 millones de dólares de daños asegurados, 10 muertos, 50 heridos y 2.000 casas o estructuras dañadas.

Pues bien, según estos criterios, aquel año AON contabilizó 258 desastres, una cifra ligeramente inferior al periodo de 2004-2013, donde la media fue de 260.

El internet, el sitio weatherbell.com contabiliza desde 1970 las tempestades que se desatan en el mundo, tanto si son tropicales como si no lo son. La serie indica que el número de ciclones cambia bastante, pero no aparece ninguna tendencia, ni al alza ni a la baja, en la frecuencia de huracanes, tempestades, tornados, tifones, ciclones, ni fenómenos de ese tipo en los que el viento alcanza velocidades superiores a los 64 nudos (unos 120 kilómetros por hora).

Lo bueno de Estados Unidos es que hay recuentos de ciclones desde mediados del siglo XIX, que la NOAA clasifica según la velocidad del viento (escala Saffir/Simpson). Pues bien, de los 35 ciclones más violentos que han sacudido a Estados Unidos, la mayor parte ocurrieron antes de 1950. El ciclón más intenso es el FL Key (1935) seguido por el Camille (1969) y el Katrina (2005).

Sin embargo, los mayores desastres naturales de las últimas décadas son las inundaciones de China. En 1887 el desbordamiento del río Amarillo mató entre 1 y 2 millones de personas. En 1931 el río Yangtze inundó 88.000 kilómetros cuadrados de tierra, matando directa o indirectamente a 3,7 millones de personas en los seis meses siguientes y dejando a 80 millones de personas sin vivienda.

Pero en la Península preocupa mucho más lo que en tiempos del franquismo se calificó con un término que se hizo famoso: la “pertinaz sequía”. Aquí la sequía no debería ser noticia porque se trata de un clima seco: “Durante el período 1880-2000 más de la mitad de los años se han calificado como de secos o muy secos”, según el Ministerio de Agricultura (3). En el mundo tampoco se observan cambios significativos al respecto en los últimos 30 años, según un estudio publicado por Nature en 2014 (4).

Las investigaciones científican chocan de plano con las sucesivas alarmas de organizaciones, como Greenpeace, que pretenden que “la naturaleza agoniza por la sequía” (5), o la Organización de Estados Iberoamericanos, según la cual “la sequía amenaza a los ríos de todo el mundo” (6).

Evidentemente, alguien se está equivocando de plano en este asunto.

(1) https://www.miteco.gob.es/es/agua/enlaces-de-interes/anexo1-fichas-eventos-sequia_tcm30-436652.pdf
(2) https://www.eleconomista.es/empresas-finanzas/agua-medioambiente/noticias/8803665/12/17/Espana-afronta-la-peor-sequia-por-el-calentamiento-global.html
(3) https://www.mapa.gob.es/es/desarrollo-rural/temas/politica-forestal/desertificacion-restauracion-forestal/lucha-contra-la-desertificacion/index2010-10-28_20.53.43.4296.aspx
(4) http://www.nature.com/articles/sdata20141
(5) https://es.greenpeace.org/es/noticias/naturaleza-agonica-por-sequia/ Vista anónima
(6) https://www.oei.es/historico/divulgacioncientifica/noticias_496.htm

La ideología climática ha triunfado porque está promovida por el imperialismo

La evolución de la ideología climática (y 6)

Los científicos como Revelle jamás hubieran podido desatar una paranoia, como la climática, sin su estrecha asociación al centro de poder por antonomasia de la Guerra Fría, sito en Washington. Ahora sabemos que, como cualquier otro tinglado de ese tipo, formaban parte de un equipo secreto llamado Jason cuyo objeto eran operaciones ideológicas en masa como las que iniciaron contra Lysenko o las de tipo climático.

Durante aquellos primeros años, la ideología oficial seguía siendo el enfriamiento, que los portavoces ideológicos del imperialismo presentaban con el mismo alarde catastrofista que ahora. Los científicos que hablaban del calentamiento eran una minoría insignificante, incluso dentro del ámbito académico. Eran pocos pero eran el imperialismo o, por lo menos, una parte de él.

Se trataba, pues, de imponer la doctrina dentro de la “ciencia” para luego propagarla como tal a los altavoces mediáticos, es decir, no como una consigna militarista sino como “ciencia”. Naturalmente que tampoco se trataba de unas u otras teorías, como algunos creen, sino que ya se había dado el salto de la “ingeniería climática” al armamento climático.

Con el apoyo de General Electric y el Pentágono, en los años cuarenta los científicos Vincent Schaefer y Irving Langmuir pusieron en marcha el Proyecto Cirrus, luego reconvertido en Stormfury, un plan para modificar el clima con fines bélicos (lluvias, huracanes, tornados, ciclones), que en 1967 se puso en marcha en Vietnam con el nombre de Operación Popeye, un intento de modificar el clima que se prolongó hasta 1974.

Muy pocos años después, en 1978, los mismos imperialistas que habían convertido al clima en un arma de guerra, introdujeron en la ONU un tratado internacional que prohibía el uso del armamento climático en la guerra, otro ejemplo del “doble juego” ideológico que desempeña la paranoia climática: al mismo tiempo que los “científicos” estadounidenses utilizan el clima como arma, previenen sobre el cambio climático.

Los mismos organismos que alertan sobre el cambio climático financian los programas militares de cambio climático. Por ejemplo, entre 1962 y 1983 el Instituto Meteorológico (Weather Bureau, luego denominado National Weather Service) financió el Proyecto Stormfury.

Quien llevó a cabo el intento de modificar el clima de Indochina no fue la Fuerza Aérea sino los aviones de la NOAA (National Oceanic and Atmospheric Administration), un organismo a la vez científico y militar, hoy muy conocido por ser uno de los propulsores de la paranoia climática.

El imperialismo encubría sus planes de cambiar el clima con la manta del CO2. En 1963 el Presidente Johnson aseguró ante el Congreso que a causa de la quema de combustibles fósiles su generación “había alterado la composición de la atmósfera a escala mundial”. Su gobierno encargó un estudio sobre el asunto a su Comité Científico Asesor.

Dos años después el Comité publicó su informe sobre los tópicos favoritos que forman parte de la alarma climática: aumento de los niveles de CO2, la rápida descongelación de la Antártida, el aumento del nivel del mar, el aumento de la acidez del océano… El informe señala, además, que esos cambios requerirán un esfuerzo mundial coordinado para prevenirlos, lo que indica que Estados Unidos comenzaba a imponer su propia política como algo consustancial a la ONU.

Uno de los “científicos” que contribuyeron a desatar la alarma fue Gordon MacDonald, asesor del Presidente Johnson y enlace de la CIA con Jason. En 1968 publicó “Cómo destruir el medio ambiente”, un recetario de las modernas paranoias seudoecologistas. Al mismo tiempo que se preocupaba del medio ambiente, MacDonald colaboraba como geofísico en la guerra contra el pueblo vietnamita.

Como el resto del equipo científico Jason, MacDonald mostraba dos rostros. Por un lado, fue uno de los fundadores de la Agencia de Protección Medioambiental y, por el otro, escribió que “un huracán bajo control se puede utilizar como arma para aterrorizar a los adversarios en partes sustanciales de la población mundial”.

Fue pionero en la SRM (Solar Radiation Management), la manipulación de la radiación solar con fines bélicos. La SRM tiene la pretensión de devolver la radiación infrarroja de nuevo al espacio exterior mediante la dispersión de partículas en la atmósfera, lo que puede impedir el calentamiento, según creían. Para ello, MacDonald propuso recurrir al empleo de misiles en lugar de aviones.

Otro interesante arma ecológica que se le ocurrió a MacDonald fue explotar bombas atómicas para hacer que las capas de hielo polar se deslizaran hacia el océano, causando así maremotos “catastróficos para cualquier país costero”.

También sugirió que la creación de un agujero en la capa de ozono de la atmósfera podría ser un arma eficaz “fatal para la vida”. Según MacDonald las perturbaciones del medio ambiente podían producir, además, cambios en los patrones de comportamiento de las personas, es decir, manipular a la población manipulando el medio ambiente. En cualquier caso, escribe, para Estados Unidos “es ventajoso garantizar su propio entorno natural pacífico para sí mismo y un entorno perturbado para sus competidores”.

Entre 1964 y 1967 formó parte de los asesores de la National Science Foundation para la Modificación del Clima, cuyas conclusiones fueron criticadas por el Journal of the American Statistical Association por la característica manipulación de las estimaciones: “Es deplorable que tales tonterías aparezcan con la cobertura de la Academia Nacional de Ciencias”.

En 1992 el Vicepresidente Al Gore le introdujo en el exótico Comité Medea (Measurements of Earth Data for Environmental Analysis), a medio camino entre el espionaje y la ciencia. Se trataba de recuperar viejos archivos de la CIA y el KGB que contenían información sobre el Ártico tomada por los satélites de vigilancia.

Tanto la Armada como la Fuerza Aérea de Estados Unidos crearon varios escuadrones, conocidos como los “guerreros del clima”,  para militarizar el clima. Algunos de ellos colaboran con la Organización Meteorológica Mundial.

En 1973, tras la guerra árabe israelí, los precios del petróleo se dispararon y, con ellos, las campañas seudoecologistas contra los combustibles fósiles.

El Presidente Carter instaló 32 paneles solares en el techo de la Casa Blanca y los grandes monopolios comenzaron a crear fundaciones contra el cambio climático. Entre ellos destacan Krupp y MacDonald’s, por cuya iniciativa Estados Unidos creó una Oficina sobre los efectos del dióxido de carbono (1). Al calor de las subvenciones las ONG ambientalistas comenzaron a proliferar por todos los países occidentales.

La prensa cambió los titulares que habían predominado hasta entonces: ya no hay que tener miedo el enfriamiento sino al calentamiento. No escatimaron en gastos. En 1958 subcontrataron al director de cine  Frank Capra para que realizara el documental “The Unchained Goddess” que, entre otros temas, ya alertaba sobre el calentamiento mundial (2), un anticipo de la “verdad incómoda” que en 2006 rodaría la Paramount para Al Gore.

En 1977 el equipo Jason envió un informe al Departamento de Energía con las típicas previsiones para el futuro, una vez que se duplique la concentración de CO2 en la atmósfera que, como las demás, es pura ficción.

Estados Unidos internacionaliza la paranoia. En 1979, en la reunión del G-7 en Tokio, las grandes potencias imperialistas firman una declaración solemne comprometiéndose a reducir las emisiones de CO2. Al mismo tiempo, se celebra en Ginebra la primera Conferencia Mundial sobre el Clima, en la que científicos de 50 países aseguran que es necesario actuar urgentementemente. Son los primeros pasos para llevar el cambio climático a la ONU e institucionalizarlo.

Progresivamente, a los partidarios de la doctrina del calentamiento les ponen al frente de los departamentos universitarios, e incluso los crean para ellos, como la unidad del clima de la Universidad de East Anglia, en Gran Bretaña, financian investigaciones dirigidas, organizan conferencias internacionales de expertos y crean revistas especializadas… En 1981 el New York Times llevó por primera vez el “efecto invernadero” a su primera plana. Aquel año sólo un 38 por ciento de los estadounidenses había oído hablar alguna vez del “efecto invernadero”. En 1989 el porcentaje había subido al 79 por ciento.

El punto de viraje de las ideologías climáticas se produjo en 1988 con las dos compareciencias de James Hansen y el senador demócrata Thimothy Wirth en el Senado de Estados Unidos, aunque las doctrinas climáticas posmodernas deben su triunfo  a Margaret Thatcher, como reconoció en 2006 la revista Nature en un editorial.

El Partido Conservador británico, entonces en el gobierno, quería reducir la dependencia de Reino Unido de las energías fósiles y desactivar los poderosos sindicatos mineros, cerrando las minas de carbón, para potenciar la energía nuclear y el gas escocés.

En 1985 Thatcher aplastó una importante huelga minera que se prolongó durante un año. Tres años después pronunció un famoso discurso seudoecologista ante la Royal Society en el que puso varios tópicos sobre la mesa: calentamiento, agujero de ozono y lluvia ácida, entre otros.

Thatcher fue la primera jefa de gobierno en apadrinar públicamente la lucha contra el cambio climático, una política seguida después por el Partido Conservador durante su conferencia anual.

En 1987 Thatcher fichó a Crispin Tickell, embajador de Reino Unido ante la ONU entre 1987 y 1990, como asesor en cuestiones ecologistas. Diez años antes Tickell había escrito un libro, reeditado en 1986, titulado “Climate Change and World Affair”, donde profetizaba el calentamiento global y en 2001 se presentó a las elecciones generales por el Partido Verde.

Pero para cambiar la ideología climática entonces imperante y presentarlo como ciencia era necesario crear, además, centros de investigación. De ahí que, poco antes de salir del gobierno en 1990, Thatcher creó, a partir de una unidad especial para el estudio de modelos climáticos formada ya en 1988 en el Instituto Británico de Meteorología, el Centro Hadley para la Predicción e Investigación del Clima.

No obstante, el triunfo de las doctrinas posmodernas sobre el clima no hubiera sido posibles sin la creación en 1988 de su propio Vaticano, el IPCC, que contó con el apoyo de Thatcher, Reagan, Tickell y Bert Bolin, su primer presidente.

El IPCC no se crea porque en aquel momento la doctrina del calentamiento fuera una corriente mayoritaria entre los científicos, sino al revés: se creó precisamente para imponer esa doctrina como mayoritaria y con el aval de una institución internacional, como la ONU. Fue un montaje de envergadura que culminó en 2007 con la insólita concesión del Premio Nóbel de la Paz, junto con el vicepresidente Al Gore.

Cuando dos años después se publicaron los correos internos de los climatólogos de la Universidad de East Anglia confesando sus manipulaciones, “el mayor escándalo científico de nuestra generación”, según confesó The Telegraph (3), a nadie pareció importarle. Lo que sostiene las concepciones climáticas actuales no es la verdad ni la mentira sino los padrinos.

En muy pocos años el imperialismo ha podido alterar radicalmente una concepción científica tan arraigada, como el enfriamiento, por su contraria. En  un libro, David F. Noble lo calificó en 2007 como un “golpe de Estado
climático de las multinacionales” (4).

La proliferación de este tipo de doctrinas muestra a las claras la actitud gregaria de la humanidad en general y de los científicos en particular, que disimulan bajo términos grotescos, tales como “consenso científico”, lo que no son más que ideologías trasnochadas.

(1) https://journals.sagepub.com/doi/10.1177/002194369903600101
(2) http://www.youtube.com/watch?v=0lgzz-L7GFg
(3) https://www.telegraph.co.uk/comment/columnists/christopherbooker/6679082/Climate-change-this-is-the-worst-scientific-scandal-of-our-generation.html
(4) https://www.globalresearch.ca/the-corporate-climate-coup/5568

Serie completa:
– La evolución de la ideología climática
– Una de las mayores revoluciones científicas: el descubrimiento de las glaciaciones
– El segundo principio de la termodinámica: entre la ciencia y el mito
– El origen de la subcultura carbónica
– El clima se pone a las órdenes del comandante científico de la Guerra Fría: Roger Revelle

 Las portadas de la revista Time, un altavoz del imperialismo, empezaron asustando por las doctrinas del enfriamiento y ahora hacen lo mismo con las del calentamiento

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