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África

Expulsan a una diplomática israelí de la cumbre de la Unión Africana

Una alta diplomática israelí fue expulsada ayer a la fuerza de la cumbre anual de la Unión Africana que se celebra en Etiopía, en un momento en que se agrava la disputa sobre la acreditación de Israel ante la organización.

La foto de portada muestra al personal de seguridad de la Unión Africana enfrentándose a la diplomática Sharon Bar-Li en la ceremonia de apertura de la cumbre antes de que abandonara el auditorio.

“Israel no ve con buenos ojos el incidente en el que la directora adjunta para África, la embajadora Sharon Bar-Li, fue expulsada de la sala de la Unión Africana a pesar de su condición de observadora acreditada con distintivos de entrada”, declaró el Ministerio de Asuntos Exteriores.

Ebba Kalondo, portavoz del presidente de la Comisión de la Unión Africana, declaró que la diplomática fue expulsada porque no era una embajadora debidamente acreditada en Etiopía.

Israel culpa del incidente a Sudáfrica y Argelia, dos naciones clave en el bloque de 55 países, afirmando que tenían secuestrada a la Unión Africana y que les mueve el odio.

El Ministerio de Asuntos Exteriores israelí dijo que el encargado de negocios de la embajada sudafricana sería convocado para una reprimenda. “El intento de cancelar el estatus de observador de Israel no tiene base en las leyes de la organización”, declaró el Ministerio.

Sudáfrica rechazó la afirmación, afirmando que la solicitud de Israel del estatus de observador en la Unión Africana no había sido decidida por el bloque.

“Hasta que la Unión Africana no tome una decisión sobre la concesión del estatus de observador a Israel, el país no puede sentarse a mirar”, declaró Clayson Monyela, jefe de diplomacia pública del departamento de relaciones internacionales de Sudáfrica.

“Así que no se trata de Sudáfrica o Argelia, es una cuestión de principios”.

El partido gobernante de Sudáfrica ha sido históricamente un firme defensor de la causa palestina, lo mismo que Argelia.

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Asia

Acusan a Reino Unido del desplazamiento forzoso de la población de Chagos

El desplazamiento forzoso de los habitantes del archipiélago de Chagos entre 1963 y 1973 por parte de Reino Unido constituye un crimen contra la humanidad, asegura Human Rights Watch, que el miércoles presentó un informe titulado “That’s when the nightmare started”.

El objetivo del desplazamiento de la población autóctona era construir una base aérea y naval estadounidense en el atolón de Diego García.

Human Rights Watch exige un juicio contra los responsables de la deportación de los chagosianos. Pero algunos fallecieron y los pocos supervivientes están al final de sus vidas. En su momento, Reino Unido conservó las islas a petición de los estadounidenses cuando negociaba con Mauricio la concesión de su independencia. Oficialmente, eran necesarias para las telecomunicaciones. De ahí la creación del Territorio Británico del Océano Índico (BIOT) tras la expulsión de sus habitantes a Mauricio y las Seychelles.

Reino Unido ha cometido otros dos crímenes contra la humanidad. Uno es que negó a sabiendas a los chagosianos el derecho a regresar al archipiélago a pesar de la decisión del más alto tribunal de la ONU de que su ocupación del archipiélago era ilegal. Por otra parte, ha perseguido a los chagosianos por motivos raciales, la mayoría de los cuales descienden de esclavos de origen africano. Human Rights Watch afirma que los habitantes de Chipre, las Islas Malvinas y las Islas Sandwich recibieron un trato diferente por parte de las autoridades británicas.

La ONG exige reparaciones para los chagosianos. Estados Unidos y Reino Unido tienen el deber de indemnizar a las generaciones afectadas por la deportación de los habitantes del archipiélago -una dependencia mauriciana en medio del Océano Índico- entre 1963 y 1973 para dejar sitio a una base aérea y naval estadounidense en Diego García.

Mientras que los chagosianos que desembarcaron en Mauricio recibieron una indemnización, no ocurrió lo mismo con los de las Seychelles. Algunos murieron en la más absoluta indigencia. El informe de Human Rights Watch cita a chagosianos que afirman que los niños murieron a causa de las dificultades económicas, mientras que los adultos fueron arrastrados por el dolor de haber sido sacados de sus islas de origen.

En un reportaje de vídeo proyectado el miércoles en Mauricio con motivo de la presentación del informe, un chagosiano de segunda generación hablaba de la discriminación y el racismo que tuvo que soportar su pueblo.

Cuando finalmente recibió un pasaporte británico en 2002, muchos de sus conciudadanos se vieron obligados a permanecer en el aeropuerto de Gatwick durante una semana antes de encontrar alojamiento. El gobierno británico no ha hecho lo suficiente para apoyar a la comunidad chagosiana. El informe, por su parte, menciona la discriminación en el acceso a la vivienda y al trabajo.

En los documentos oficiales se hace referencia a los chagosianos como “Viernes”, en referencia al personaje del libro Robinson Crusoe, una prueba más del racismo contra los isleños.

Olivier Bancoult, dirigente del Grupo de Refugiados de Chagos, declaró: “La lucha que hemos estado librando estaba justificada y este informe lo demuestra. El pasado noviembre, Reino Unido aceptó devolver las Chagos a Mauricio; las negociaciones siguen en curso”. Pero Human Rights Watch exige una garantía de Estados Unidos y Reino Unido para financiar el regreso de los chagosianos a sus islas. También exige una disculpa del rey Carlos III a las personas actualmente dispersas en Mauricio, Reino Unido y las islas Seychelles.

Bancoult lamenta que su pueblo siga sin poder vivir en el archipiélago mientras hay filipinos, entre otros, viviendo y trabajando en la base militar y naval de Diego García. “Allí es fácil levantar casas prefabricadas. Los chagosianos vivían a 45 minutos de la base de Diego García. Tiene que haber una forma de que los chagosianos vuelvan a vivir al atolón y encuentren trabajo en la base militar”, declaró Bancoult.

Una encuesta realizada por el gobierno británico reveló que el 99 por cien de la comunidad chagosiana desea volver a vivir en el archipiélago.

Olivier Bancoultl mantuvo que había obtenido la garantía del Primer Ministro mauriciano, Pravind Jugnauth, de que participaría en las negociaciones entre Londres y Port Louis para el retorno de Chagos bajo bandera mauriciana.

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Economía

China denuncia el bloqueo del mercado de semiconductores

En la Conferencia de Seguridad de Munich el jefe de la diplomacia china, Wang Yi, ha lanzado un violento ataque contra Washington. Ha denunciado su proteccionismo económico en materia de semiconductores. El reto para Washington es mantener su hegemonía y limitar los avances chinos en este campo introduciendo nuevas normas internacionales para limitar las exportaciones de chips a China.

A pesar de las promesas de Estados Unidos y China de mejorar las relaciones bilaterales en la cumbre del G20 celebrada en Indonesia en noviembre, las tensiones entre las dos superpotencias siguen siendo elevadas. Wang Yi arremetió violentamente contra Washington, recalcando ayer que las restricciones estadounidenses a las exportaciones de semiconductores fabricados por empresas chinas eran proteccionismo al 100 por cien. Estas restricciones son “100% egoístas y 100% unilaterales”.

“Estados Unidos utiliza todos sus medios para reprimir y insultar a China y anima a otros países a hacer lo mismo”, afirmó. “No tememos la competencia, pero queremos una competencia justa y basada en normas. Estados Unidos no lo está haciendo”, afirmó Wang Yi.

En nombre de la “seguridad nacional”, en octubre Estados Unidos anunció nuevos controles a la exportación destinados a limitar la capacidad de Pekín para comprar y fabricar chips de alta gama con el pretexto de que se utilizan en aplicaciones militares. Pero la política de Washington es dificultar a Pekín el desarrollo de su propia industria de semiconductores.

Los semiconductores son objeto de una encarnizada batalla. Estados Unidos quiere preservar su dominio tecnológico y acusa regularmente a China de espionaje industrial y amenazas a su seguridad nacional, al igual que sus aliados. Por ejemplo, la empresa holandesa ASML, actor clave en la construcción mundial de microprocesadores, anunció recientemente que estaba investigando la apropiación indebida por un antiguo empleado del grupo en China de información confidencial relativa a una tecnología patentada. “Estamos investigando el asunto. Basándonos en nuestras conclusiones iniciales, no creemos que la apropiación indebida sea importante para nuestro negocio”, declaró. ASML es el único fabricante que construye máquinas EUV (Ultravioleta Extremo) del tamaño de un autobús, con las que se fabrican los chips más avanzados.

ASML se encuentra en plena ofensiva de Washington, que pide a Holanda y Japón que se sumen a sus restricciones a la exportación a China. Estos últimos figuran en un acuerdo multilateral firmado por unos 40 países, entre ellos Estados Unidos y Países Bajos, que regula el control de las exportaciones de tecnologías de doble uso civil y militar. Washington, La Haya y Tokio han llegado a un acuerdo para aplicar nuevas normas que endurezcan las restricciones a la exportación a China. Los gobiernos tardarán varios meses en redactarlas y promulgarlas.

A mediados de diciembre, el gobierno estadounidense anunció que añadía 36 empresas chinas, principalmente fabricantes de semiconductores, a su lista negra que les exige obtener una aprobación para poder utilizar tecnología estadounidense en sus productos. Se trata de los principales fabricantes chinos, Yangzte Memory Technologies (YMTC), así como su filial japonesa, y Hefei Core Storage Electronic Limited.

Las empresas incluidas en esta lista deben obtener autorización para beneficiarse de transferencias de tecnología o exportar productos específicos de Estados Unidos o de sus empresas.

Para Washington se trata de limitar “los esfuerzos [de China] para obtener y explotar tecnologías avanzadas, incluida la inteligencia artificial, en la mejora de sus capacidades militares y la violación de los derechos humanos”, justificó el Departamento de Comercio en un comunicado.

China anunció en diciembre que iba a denunciar a Washington ante la Organización Mundial del Comercio por sus restricciones. El Ministerio de Comercio chino acusó en diciembre a Estados Unidos de “obstruir el comercio internacional normal de mercancías, incluidos los chips, y amenazar la estabilidad de la cadena de suministro industrial mundial”. Por ejemplo, el gigante estadounidense Apple se planteó durante un tiempo integrar chips fabricados por YMTC en sus iPhones vendidos en China, antes de dar marcha atrás en esta decisión a mediados de octubre.

Para Pekín se trata de una nueva limitación de las posibilidades de importación de productos tecnológicos de Estados Unidos, tras los controles impuestos a los chips de gama alta por las autoridades americanas en octubre. Para los estadounidenses, las normas de la OMC no se aplican cuando está en juego la seguridad nacional. Pocos días antes de esta decisión, el Departamento de Defensa de Estados Unidos ya había incluido a 13 empresas chinas en su lista negra, entre ellas DJI, empresa de cabecera en el mercado de drones.

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Estrategia

Una joya del complejo militar industrial: el caza F-35

La joya de la corona de las Fuerzas Aéreas estadounidenses, el caza F-35, lleva años plagado de averías y sobrecostes. Sin embargo, el Congreso sigue encargando nuevas unidades. Esta chapuza ilustra el peso del complejo militar-industrial en la política estadounidense.

El poder adquirido por las empresas armamentísticas, entre ellas Lockheed Martin, explica el consenso bipartidista que prefiere financiar las armas a instaurar una mínima protección social.

El pasado mes de diciembre, unas espectaculares imágenes del accidente de un avión Lockheed Martin F-35B en una base de las Fuerzas Aéreas en Fort Worth, Texas, circularon por internet. En el vídeo, de 37 segundos de duración, se ve cómo el avión planea sobre una pista, aterriza, rebota y la rueda de morro se desprende, lo que hace que el avión caiga de morro y empiece a girar en sentido contrario a las agujas del reloj. Incapaz de recuperar el control de la aeronave, el piloto acabó eyectándose, pero sufrió heridas graves. Este trágico accidente es sólo el último de una larga serie de choques de F-35. El año pasado se registraron otros dos, uno de ellos en octubre en una base de las Fuerzas Aéreas en Utah.

Si las imágenes se hicieron virales fue por la desconcertante y absurda forma en que se produjo el accidente: el F-35 parece más un avión de papel lanzado por la brisa que una pieza tecnológica de 100 millones de dólares. Además, el F-35 se ha convertido en un símbolo de las equivocadas prioridades políticas de Estados Unidos: la prisa, tanto de republicanos como de demócratas, por financiar herramientas de guerra en lugar de hacer otras cosas socialmente más productivas con fondos públicos, como desarrollar viviendas asequibles, abordar la desigualdad, introducir bajas por maternidad y guarderías… Visto así, los fracasos del F-35 se convierten en un espejo de la eterna incapacidad de Estados Unidos para mirar hacia dentro en lugar de hacia fuera para resolver sus problemas.

Las innovaciones bélicas son necesarias para satisfacer la ansiedad sobre la “competencia” con China, así como sobre el futuro de la supremacía estadounidense.

“Nos hemos gastado 1,7 billones de dólares en el F-35”, tuiteó el comentarista Kyle Kulinski en respuesta al accidente. No es cierto; ésta cifra es el coste total previsto para 66 años, por lo que todavía no es real. Pero una cifra tan elevada -equivalente al importe del proyecto de ley de gastos aprobado recientemente por el Congreso para mantener en funcionamiento el gobierno federal el próximo año y al total de la deuda estudiantil en forma de préstamos federales- dice mucho de la mala gestión financiera del Pentágono. Sin embargo, el F-35 no puede resumirse en su exorbitante coste. Su historia es emblemática del complejo militar- industrial estadounidense.

Los traficantes de armas mandan más que los diputados

La saga del F-35 comenzó hace más de veinte años. Tras la Guerra Fría, las fuerzas aéreas querían sustituir los cazas F-16, que se habían quedado obsoletos. Tras recibir ofertas competitivas de Lockheed y Boeing, el Pentágono hizo un pedido a Lockheed de un nuevo caza en 2001. El F-35 debutó en 2006. Pero en los más de 15 años transcurridos desde que el F-35 salió de la cadena de producción, han surgido un problema tras otro: el peso del avión, su informática e incluso su capacidad para maniobrar correctamente. En 2015, después de más de una década de inversión, cuando todavía se esperaba que el avión costara menos de un billón de dólares, el F-16 seguía rindiendo mejor.

Sin embargo, los problemas que afectan al F-35 no son una anomalía. El F-35 es el típico producto de la forma en que funciona el sistema de defensa estadounidense, el proceso de adquisición a grandes monopolios y la relación público-privada entre el ejército, los contratistas de defensa y el Congreso. Un sistema que se puso en marcha al principio de la Guerra Fría.

Las historias sobre los fallos de funcionamiento del F-35, los sobrecostes para solucionar esos problemas y las audiencias del Congreso que reprenden -con cierta ligereza, cuando no simpatía- al Pentágono y a los ejecutivos de los contratistas de defensa por esos retrasos y gastos excesivos, recuerdan al C-5A Galaxy. Ejemplo paradigmático del “despilfarro” del ejército estadounidense en la Guerra Fría, el C-5A tenía el tamaño de un campo de fútbol. No era un caza avanzado como el F-35, sino un avión de transporte diseñado para mover 90 toneladas de carga. Lockheed Martin consiguió el contrato para el C-5A en los primeros meses de la guerra de Vietnam en 1965, un contrato de 3.000 millones de dólares que se convirtió en un gasto de 9.000 millones para el gobierno federal a principios de los años setenta. El C-5A tenía grietas en las alas y finalmente resultó ser incapaz de cumplir su propósito, pues sólo conseguía transportar aproximadamente la mitad de la carga para la que había sido diseñado. Lockheed gastó millones más para solucionar los problemas, pero no consiguió nada.

Cuando salvaron al traficante de armas de la quiebra

Debido a su ineficacia y coste, las Fuerzas Aéreas redujeron sus pedidos del C-5A en 1970, dejando a Lockheed en un aprieto. En 1971 los sobrecostes del C-5A, así como los del avión comercial L-1011 TriStar, llevaron a Lockheed al borde de la quiebra. En la primavera de 1971, los bancos privados dejaron de conceder préstamos a Lockheed y era probable que la empresa quebrara.

Sólo el gobierno podía salvarla. La empresa solicitó al Congreso un rescate en forma de garantías de préstamo por un total de 250 millones de dólares. Si no obtenía esos fondos, Lockheed se hundiría y se llevaría consigo entre 25.000 y 30.000 puestos de trabajo en treinta y cuatro estados de Estados Unidos, por no hablar de su importancia para la seguridad nacional estadounidense. La petición de Lockheed era, pues, un ultimátum al Congreso. Lockheed se convirtió así en una de las primeras empresas “demasiado grandes para quebrar”.

Tras un polémico y reñido debate en el Senado -que tuvo lugar en el momento álgido de la oposición pública a la guerra de Vietnam-, se aprobaron las garantías de préstamo solicitadas por Lockheed. El Congreso no quería perder su inversión en el avión, ni quería recortar puestos de trabajo mientras la economía entraba en recesión y aumentaba la inflación. Así que el C-5A continuó operando en los conflictos provocados por Estados Unidos, siendo finalmente reequipado y modernizado al C-5B y luego al C-5C. Ahora vuela como C-5M.

Al igual que con el C-5A, las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos están revisando su compromiso con el F-35 y considerando la posibilidad de reducir sus compras previstas de este avión. ¿Es posible, entonces, que el F-35 sea el sucesor del C-5A en el sentido de que sus sobrecostes lleven a Lockheed a la insolvencia (una vez más), y obliguen a un examen minucioso e incluso a una reevaluación del complejo militar-industrial? Por desgracia, esto parece muy poco probable.

Quienes desean recortar y reformar el presupuesto de defensa y cancelar programas como el F-35 -por no hablar de desmilitarizar la economía estadounidense- se enfrentan a varios obstáculos. El más obvio es el argumento del empleo, la afirmación de que detener el F-35 enviará a los estadounidenses directamente al paro. La producción del avión C-5A había afectado principalmente a los trabajadores de un puñado de estados: Georgia, California y Wisconsin. Las piezas del F-35, en cambio, se fabrican en cuarenta y cinco estados y Puerto Rico. Incluyendo a los diversos subcontratistas que trabajan en el F-35, da un total de unos 300.000 puestos de trabajo. Es cierto que no es una cifra enorme comparada con los 163 millones de estadounidenses en activo. Pero la dispersión de los puestos de trabajo por todo el país frena una campaña de movilizaciones contra este tipo de despilfarro militar.

Las ventas de F-35 a países extranjeros también son fundamentales para la forma en que Estados Unidos lleva a cabo su actividad diplomática. Estados Unidos ha autorizado la venta de F-35 a países como Polonia y está considerando la posibilidad de venderlos a Turquía para contener la influencia rusa en ese país. Estas ventas -y la perspectiva de más- han cobrado aún más importancia para los intereses de la política exterior estadounidense desde el inicio de la Guerra de Ucrania en febrero del año pasado. Además, la explosión del comercio mundial de armas desde la década de 1970 ha convertido al F-35 en una herramienta central para la construcción de alianzas, que son claves para sostener su hegemonía.

La privatización de la industria de defensa

Luego está el papel que desempeñan los contratistas de defensa en la economía. En un artículo de 2019 para el New York Times, la periodista Valerie Insinna reveló que Lockheed Martin ejerció su influencia -directa pero discreta- sobre el futuro presupuesto del F-35, y que el proceso de contratación permitió a Lockheed gestionar libremente un producto gubernamental. En cierto modo, los zorros vigilaban el gallinero. Uno de los factores que ha desviado continuamente el rumbo del programa F-35 es el nivel de control que Lockheed tiene sobre el programa. La empresa produce no sólo el propio F-35, sino también el equipo de entrenamiento para pilotos y técnicos de mantenimiento, el sistema logístico del avión y su equipo de apoyo, como carros y plataformas. Lockheed también gestiona la cadena de suministro y es responsable de gran parte del mantenimiento del avión.

Esto da a Lockheed un poder significativo sobre casi todas las partes de la empresa del F-35.

“Después de mis primeros 90 días, tuve la impresión de que el gobierno no estaba a cargo del programa”, dijo el teniente de la Fuerza Aérea Christopher Bogdan, quien asumió la supervisión del programa en diciembre de 2012. Parecía “que todas las decisiones importantes, ya fueran técnicas, sobre el calendario o contractuales, las tomaba realmente Lockheed Martin, y el departamento gubernamental a cargo del programa se limitaba a observar”. El F-35 de Lockheed, a diferencia del C-5A, se está produciendo en un momento en que la industria de defensa se ha ido privatizando cada vez más desde la década de 1970. La privatización de las fuerzas armadas en las últimas décadas fue un proyecto político decidido tanto por rígidas posiciones ideológicas a favor de la empresa privada como por la búsqueda interesada de mayores beneficios mediante la absorción de recursos y funciones gubernamentales.

Si a esto añadimos el actual clima de política exterior, en el que el temor a una guerra con China hace cundir el pánico entre los estadounidenses, los cazas F-35 se convierten en herramientas necesarias para desplegar en caso de que los chinos decidan invadir Taiwán. Los oficiales de las Fuerzas Aéreas también se aferran al potencial del F-35, más que a sus capacidades actuales, creyendo que las deficiencias del F-35 pueden corregirse a su debido tiempo.

Estos diversos ingredientes son una receta perfecta para el continuo despilfarro del dinero de los contribuyentes. Pero desde el punto de vista de Lockheed, esta receta es un éxito. Porque mientras el F-35 es objeto de burlas en internet, Lockheed también se mofa de su abultada cuenta bancaria.