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Mes: enero 2013 (página 2 de 3)

Biografía de Marx (Parte 5)



La
penetración de la alienación en la filosofía materialista

En 1841 apareció en Alemania una obra que dará un giro
completo a la filosofía clásica alemana: La esencia del cristianismo de
Ludwig Feuerbach (1804-1872). Acerca de la influencia de esta obra, escribió
Engels: El entusiasmo fue general: al punto que todos nos convertimos
en feuerbachianos
.

Emparedado entre dos gigantes del pensamiento, la aportación
de Feuerbach parece menor: ya no es Hegel pero tampoco es todavía Marx. No es
así. Hoy apenas podemos imaginarnos la trascendencia de un filósofo que fue el
primero en enfrentarse con Hegel, que había llevado el pensamiento a las más
altas cumbres de la historia de la humanidad, con los hegelianos y con el
idealismo en general, en una ambiente totalmente dominado por aquella
ideología. Fue un extraordinario filósofo al que, sin embargo, se conoce por
referencias y al que todo el mundo compara. Apenas existen aún hoy traducciones
de sus obras al castellano (1). Además de La esencia del cristianismo,
entre sus obras, cabe destacar su poema Pensamientos sobre la muerte y
la inmortalidad
, escrito en 1830, donde ya niega la existencia de dios y de
otra vida más allá de la muerte, Contribución a la crítica de la
filosofía de Hegel
 (1839), Tesis preliminares para la reforma
de la filosofía
 (1842) y Principios fundamentales de la
filosofía del futuro
 (1843).


Feuerbach es el prototipo usual de filósofo dedicado a desarrollar
un pensamiento original en el campo, alejado del alboroto urbano y de las
pequeñas cuestiones mundanas. No comprendió la revolución de 1848 y nunca
aceptó el marxismo, pese a que en 1870, dos años antes de morir, se afilió al
Partido Socialdemócrata. Pero esta militancia era un señuelo por dos razones:

— el pensamiento de Feuerbach es un exponente de los límites
hasta los que podía llegar la democracia burguesa revolucionaria de aquella
época en Alemania
— en su biografía y en su obra la práctica no existe y la
política tampoco.

Feuerbach, dirán Marx y Engels en la Ideología
alemana
, llega todo lo lejos que puede llegar un teórico sin dejar de ser
un teórico y un filósofo. No superó el carácter contemplativo de toda la
filosofía anterior a Marx. No es casualidad que el aforismo de Marx acerca de
que los filósofos no han hecho más que interpretar el mundo de diversos modos,
cuando de lo que se trata es de cambiarlo, lo insertara precisamente dentro
sus Tesis sobre Feuerbach, escritas en 1845, porque eso es lo
caracteriza a su filosofía.

En aquel ambiente intelectual cargado de idealismo
hegeliano, Feuerbach fue el primer materialista, el primero que rompió con el
maestro desde posiciones claramente revolucionarias y, por sí mismo, eso ya le
vale un puesto de renombre en la historia de la filosofía.

En la teoría del conocimiento sigue con todo rigor el punto
de vista del empirismo y del sensualismo. Es una consecuencia del carácter
contemplativo de la filosofía en general y más específicamente del materialismo
anterior a Marx. Las cosas sensibles, dirá Marx, no son simples objetos dados a
la contemplación humana. El hombre actúa transformándolos. El mundo es también
creación humana, no es algo estático, sino resultado de la industria y del
estado social humano. Las primeras líneas de las Tesis sobre Feuerbach tratan
precisamente esta cuestión y son de capital trascendencia en el marxismo:


El defecto fundamental de todo el materialismo anterior
-incluyendo el de Feuerbach- es que sólo concibe el objeto, la realidad, la
sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad
sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado
activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero
sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la
actividad real, sensorial, como tal.


La crítica de Marx al carácter pasivo del conocimiento de
Feuerbach revaloriza uno de los aspectos que, sin embargo, retiene de él:
el importante problema de la relación del hombre con la
naturaleza. Esa relación -dice Marx- no es una contemplación sino una actividad
práctica. Los seres humanos nos ponemos en relación con la naturaleza mediante
el trabajo. La naturaleza es el medio para satisfacer las necesidades, así como
el objeto de nuestra actividad. Marx decía que la naturaleza es el
cuerpo inorgánico del hombre
. Mediante el trabajo, el hombre satisface sus
necesidades y exterioriza sus potencias humanas, es decir, crea sus condiciones
de vida, crea un mundo humano, se crea a sí mismo superando su mero ser
natural
.

Frente a la antítesis de Bruno Bauer entre naturaleza e
historia, la lucha del hombre contra la naturaleza, Marx habla de su unidad y
la encuentra en la industria: hay una naturaleza histórica y una historia
natural. A su vez, esto no impide a Marx y Engels retener dos puntos
importantes:

— la prioridad de la naturaleza exterior
— el hombre como algo distinto de la naturaleza.

A su vez, en su trabajo se relaciona con otros seres
humanos, creando diferentes formas de relación (cooperación, intercambio,
división del trabajo, explotación, lucha de clases) que cambian históricamente.

El ateísmo fue la segunda aportación de Feuerbach, aunque la
primera en el tiempo. No llegó a ese punto a causa de su materialismo sino que,
como buen alumno idealista, partió por el contrario de la crítica teológica.
Feuerbach concibe la religión como una alienación porque no es la religión
quien hace al hombre sino el hombre quien hace la religión. Los seres
superiores que crea nuestra fantasía, los dioses, son producto de la proyección
fantástica de nuestro propio ser. La religión es una objetivación de las
propiedades humanas y de un ser sobrenatural al que también éstas se atribuyen.
Es como si el hombre se duplicara y contemplara su propia esencia en la imagen
de dios. Resulta, pues, que la religión se presenta como autoconciencia
inconsciente del hombre
.


No obstante, Feuerbach no considera que la alienación
religiosa sea un reflejo de una enajenación más profunda: la terrenal. Tras
criticar el mundo religioso es preciso criticar y revolucionar prácticamente el
mundo social del que es un reflejo. Por otro lado, lo que él critica no es
exactamente la religión, sino la teología.

Otra de las aportaciones importantes de Feuerbach es el
concepto de alienación, concepto introducido por Hegel, del cual Feuerbach
mantiene su sentido negativo, pero nada más, ya que le da la vuelta al
considerar que la alienación no es la objetivación sino la abstracción: Abstraer
significa poner la esencia de la naturaleza fuera de la naturaleza, la esencia
del pensar fuera del acto de pensar. La filosofía hegeliana ha enajenado al
hombre de sí mismo en la medida en que todo su sistema reposa en estos actos de
abstracción. Ella identifica de nuevo, ciertamente, lo que separa, mas sólo de
una manera a su vez separable, mediata. La filosofía carece de unidad
inmediata, de certeza inmediata, de verdad inmediata
. La alienación es un
fenómeno del sujeto.
 
Pero en este punto, como en la religión o la ética,
Feuerbach no es materialista. Concibe el sujeto sólo como conciencia. La
conciencia es lo primero y lo más importante y, en consecuencia, la alienación
como un fenómeno de la conciencia exclusivamente, de modo que, por rechazo,
aspira a crear una conciencia exacta, como dijeron Marx y Engels.
Del mismo modo que en su crítica de la religión sustituye una teología por
otra, también aquí Feuerbach sustituye la conciencia falsa por la verdadera.
Mientras pretende cambiar la conciencia para ponerla de acuerdo con lo existente,
lo que se proponen Marx y Engels era cambiar lo existente como modo
de cambiar la conciencia.

Superadas las limitaciones con que Feuerbach la concibe, el
concepto de alienación resultará fundamental para introducir luego toda una
batería de nociones decisivas en el marxismo, especialmente la de ideología.
Ese desarrollo lo inició Marx en los Manuscritos filosófico-económicos de
1844 y está presente en todas esas características alusiones suyas acerca
del fantasma que recorre Europa, el fetichismo de
la mercancía, entre otras.

Sin embargo, Feuerbach tuvo importantes carencias, la más
importante de las cuales es su abandono de la dialéctica de Hegel: es
materialista pero no tiene en cuenta la historia y, en la medida en que tienen
en cuenta la historia, no es materialista. No ve que el mundo sensible
que le rodea no es algo dado desde toda una eternidad y constantemente igual a
sí mismo -escriben Marx y Engels-, sino el producto de la industria y del
estado social, en el sentido de que es un producto histórico, el resultado de
la actividad de toda una serie de generaciones, cada una de las cuales se
encarama sobre los hombres de la anterior, sigue desarrollado su industria y su
intercambio y modifica su organización social con arreglo a la nuevas
necesidades
.

Además, Feuerbach aún mantenía las concepciones idealistas
acerca de los fenómenos sociales. Buscaba en la sustitución de la autoconciencia
inconsciente por la conciencia, o sea, en última instancia, confiaba en la
instrucción, e incluso sostenía que era necesaria una nueva religión.

La característica del materialismo de Feuerbach es su
antropocentrismo: Mi primer pensamiento fue Dios, el segundo fue la
razón y el tercero y último, el hombre
, dice Feuerbach resumiendo su
itinerario intelectual. Al recuperar el sensualismo, Feuerbach recupera también
al hombre y sitúa en un primer plano el problema de su esencia y de su puesto
en el mundo. Sin embargo, lo que hace es cambiar la abstracción de sitio;
esencializa la naturaleza humana, planteando las relaciones sociales y la misma
humanidad como una esencia inmutable fuera de su producción histórica, fuera de
las condiciones que hacen nacer en cada momento dicho tipo de humanidad y
sociedad. Concebía al hombre como un individuo abstracto, como un ser puramente
biológico.

No existe la esencia humana eterna e
inmutable, no existe el hombre sino el patricio, el plebeyo,
el siervo de la gleba, el burgués, el proletario. Feuerbach, al realizar su
crítica en términos de esencia humana, deja de analizar las relaciones sociales
que determinan lo que los hombres son; al hablar del hombre abstracto,
ahistórico, naturaliza las relaciones sociales existentes que son un producto
histórico y uno una esencia natural.

En suma, como escribieron Marx y Engels, en Feuerbach no
había más que intuiciones sueltas, simples gérmenes necesitados de
desarrollo. El desarrollo les correspondía a ellos proseguir.

(1)
Las obras de Feuerbach asequibles en castellano son: La esencia del
cristianismo
, Editorial Claridad, Buenos Aires, 1941 y también en la
Editorial Trotta, Madrid, 1995; Tesis provisionales para la reforma de
la filosofía
, Editorial Labor, Barcelona, 1976; y La esencia de la
religión
, Editorial Páginas de Espuma, Madrid, 2005; además existe una
selección de Textos escogidos que incluye los Principios
de la filosofía del futuro
, publicado por la Facultad de Economía de la
Universidad de Caracas de 1964. 

Sobre las formas de dominación del Estado burgués

Jorge Dimitrov, La ofensiva del fascismo y las tareas de la Internacional en la lucha por la unidad de la clase obrera contra el fascismo

Juan Manuel Olarieta, Las formas de dominación del Estado burgués

Primera parte, Segunda parte, Tercera parte, Cuarta parte, Quinta parte, Sexta parte, Séptima parte, Octava parte, Novena parte, Décima parte, Undécima parte (y última)

Sobre el fascismo, de Babeuf (pseudónimo)

La institucionalización del fascismo, de Jon Agirre (Antorcha)

El fascismo postmoderno

Juan Manuel Olarieta, Cambiar algo para que todo siga igual,

La institucionalización del fascismo

Jon Agirre
Antorcha núm. 9, octubre de 2000

Sumario:

— Dos formas de dictadura: fascismo y democracia burguesa
— El fascismo concierne al Estado principalmente
— ¿Por qué surgió el fascismo?
— Los partidos políticos
— El parlamentarismo fascista
— El sistema de gobierno
— Los derechos y las libertades
— Un estado de excepción permanente
— El sistema judicial
— ¿Qué es el Estado de Derecho?

Desde siempre, uno
de los rasgos definitorios de la línea de nuestro Partido ha sido la
caracterización del régimen actual como fascismo. Incluso antes de la
transición, en los viejos tiempos de la OMLE, y siempre a contracorriente, ya
nos anticipamos anunciando que no sería posible regresar del franquismo a la
democracia burguesa, que la historia no daba marcha atrás.

La nueva
constitución, los partidos políticos, el parlamento, las elecciones, etc.,
parece que nos han desmentido y son muchos los que nos señalan con el dedo por
insistir en calificar a este régimen de fascista. Esta obcecación que nos
adorna se ha convertido en otra de nuestras señas de identidad: nos hemos
quedado solos. Pero ¿tenemos razón?

Dos formas de dictadura: fascismo y
democracia burguesa

Vaya por delante que
no existe una barrera infranqueable entre el fascismo y la democracia burguesa,
porque ambos son sistemas de dominación política de una misma clase, la
burguesía, y de una misma etapa histórica, el capitalismo. Por tanto, la
democracia burguesa y el fascismo se parecen mucho, son muy similares, tienen
los mismos rasgos fundamentales, e incluso podríamos llegar a reconocer que en
esencia son iguales. Porque con el fascismo la burguesía sólo cambia la forma
de dominación, pero no el contenido de la misma.

Sin embargo, también
hay que reconocer que las formas son importantes y, en ocasiones, muy
importantes. Por eso, todas las semejanzas que podamos encontrar entre uno y
otro régimen no pueden llevarnos a concluir que son idénticos, lo que nos
obliga a tener muy claro en qué se diferencian, qué es lo que los separa.

También hay que
empezar aclarando, porque son también muy pocos los que lo tienen claro, que la
diferencia entre la democracia burguesa y el fascismo no está en que la primera
es una democracia y el segundo una dictadura. La democracia burguesa es una
dictadura y el fascismo es otra dictadura. Esto es justamente lo que hace que
ambos regímenes políticos se parezcan y no es por aquí por donde encontraremos
lo que los diferencia. Hay una sencilla razón que lo explica: democracia no es
lo contrario de dictadura, y decir que la democracia burguesa es una forma de
dictadura no es una contradicción.

Esto es lo más
elemental del marxismo, y son muy numerosos los textos de los clásicos en los
que se habla de dictadura democrática. La dictadura del proletariado, por
ejemplo, es una forma de democracia, como saben todos los que han leído El
Estado y la revolución de Lenin. En consecuencia, no es tampoco contradictorio
afirmar que la democracia burguesa es una forma de dictadura.

Puestos a aclarar,
hay que añadir que no es sólo un problema cuantitativo el que diferencia a un
régimen político del otro. No se trata de que uno, la democracia burguesa, sea
menos represivo que el otro, el fascismo. Estamos hablando de un problema
cualitativo: de la diferente forma política en que la burguesía ejerce su
dominación bajo uno u otro sistema. Como dijo Dimitrov, la subida del
fascismo al poder no es un simple cambio de un gobierno burgués por otro, sino
la sustitución de una forma estatal de la dominación de clase de la burguesía
-la democracia burguesa- por otra, por la dictadura terrorista abierta
 (1).

El fascismo concierne al Estado
principalmente

El fascismo, por
tanto, no es sólo una ideología, como se le tiende a ver hoy día dentro de los
movimientos juveniles. No se puede separar al fascismo del Estado y sostener
que el fascismo está representado sólo por determinados grupos o partidos de
extrema derecha o racistas. Esto hace que otros partidos queden en el
centro
, como los demócratas, opuestos a los anteriores, lo que contribuye a
distorsionar su verdadera naturaleza política.

Hoy uno de los
mecanismos más importantes del fascismo son los partidos parlamentarios:
demócrata-cristianos, liberales, conservadores, etc., y Stalin dijo hace ya
unas décadas que la socialdemocracia era el brazo izquierdo del fascismo. Tiene
que quedar claro que es el Estado el principal soporte del fascismo y que los partidos
que están dentro de él, y no sólo los extraparlamentarios de extrema derecha,
son partidos fascistas.

Eso es importante
tenerlo en cuenta porque hay quienes pretenden ampararse en el hecho de que hoy
hay pluripartidismo para demostrar que no hay fascismo. Nos tratan de convencer
de que el fascismo sólo es imaginable como un gobierno de partido único, del
partido fascista, y tampoco es eso. Hay fascismo con uno, con dos, con tres o
con cien partidos distintos.

El fascismo, como
expuso Dimitrov ante la Internacional Comunista, es el poder del propio capital
financiero y lo definió como la dictadura terrorista abierta de los
elementos más reaccionarios, más chovinistas y más imperialistas del capital
financiero
 (2). Dimitrov explicó
que el fascismo no acaba necesariamente con el parlamentarismo y que, incluso,
cuando se encuentra en dificultades, trata de ampliar su base social levantando
toda una burda falsificación del parlamentarismo, con sus partidos, sus
elecciones y demás parafernalia.

No se trata, pues,
de una forma de dominación transitoria u ocasional, algo que sucedió en el
siglo pasado en algunos países durante una cierta etapa histórica. La burguesía
ha calificado de excepcional al fascismo, como si se tratara
de una época ya superada. Por el contrario, decía Dimitrov, el fascismo es una
forma de dominación que corresponde a la época del imperialismo y no afecta
solamente a unos pocos países, sino a todos: Considerar el fascismo
como un fenómeno temporal y transitorio que dentro de los marcos del
capitalismo podría ser reemplazado por el restablecimiento del viejo régimen
democrático-burgués 
[…] es hacerse ilusiones vanas (3). Lo mismo que el imperialismo, el fascismo es
la última fase de la dominación de la burguesía y adopta formas muy diversas
según la estructura social, la historia, la cultura y las peculiaridades de
cada país.

¿Por qué surgió el fascismo?

Las razones del
surgimiento del fascismo radican en la crisis general que alcanza el
capitalismo en su última fase, en la fase monopolista e imperialista, en la
agudización de todas las contradicciones que impide resolverlas por los métodos
de la democracia burguesa.

Debemos tener muy
presente que, a pesar de todas las apariencias, el fascismo no es un síntoma de
fortaleza, sino de las condiciones de extraordinaria debilidad en que se ve
obligada a gobernar la burguesía monopolista en los tiempos actuales. Una de
las características más sobresalientes del fascismo es la constante ostentación
de sus medios, de su poderío policial y militar, el permanente despliegue de
fuerza que muestra a todas horas. Pero esa es precisamente su debilidad: no
podría sustentarse ni un minuto en su dominación sin esos medios; los necesita
para perpetuarse en el poder y sobre todo necesita restregárnoslos delante de
nuestras narices para infundirnos miedo. El fascismo es una dominación
terrorista que se apoya en el temor generalizado que inculca a las masas de
manera cotidiana y sistemática.

El fascismo surgió
históricamente para contener la lucha revolucionaria de la clase obrera, el
auge del movimiento de masas. Para sostenerse en el poder, la burguesía
monopolista necesitó recurrir a sujetos del calibre de Hitler o Franco, a la
guerra y al terror. El imperialismo es un sistema en descomposición, en crisis
permanente y, a fin de impedir su hundimiento definitivo, está obligado a
adoptar las más drásticas medidas de fuerza.

Pero desde aquella
época hasta la actual, el fascismo se ha ido institucionalizando, ha cambiado
sus bruscos ademanes de antaño, como decía Dimitrov, para adoptar ciertas
maneras de la democracia burguesa, embaucar a las masas y ampliar así su base
social. Por una parte esto demuestra que entre uno y otro régimen político
burgués no hay ninguna barrera infranqueable. Pero, por otro lado, nada de todo
esto tiene que ver realmente con la democracia burguesa, sino que, más bien al
contrario, la pervierte.

Lo podemos comprobar
examinando una por una todas las instituciones del fascismo actual.

Los partidos políticos

Los partidos
políticos son esenciales en el fascismo actual, a diferencia del fascismo
originario, que era propenso a liquidar todos los partidos, menos uno,
naturalmente el suyo.

Pero los partidos
hoy no tienen nada que ver con los del siglo XIX, con los de la época de la
democracia burguesa. Antes los partidos expresaban básicamente las
contradicciones internas existentes dentro de la propia clase burguesa. La
burguesía en el siglo XIX estaba muy dividida, con intereses económicos
dispares, y enfrentada, a veces hasta geográficamente. Existía una burguesía
industrial, otra comercial, otra terrateniente, etc. Una parte de la burguesía
era librecambista y la otra proteccionista. Existían poderosos sectores
sociales que todavía seguían ligados a formas económicas feudales en
contradicción con la burguesía. Existía una gran burguesía y otra pequeña
burguesía, con un reducido círculo de influencia económica, pero muy numerosa
y, por tanto, socialmente de gran peso político.

Todas estas
contradicciones en el seno de la burguesía se manifestaban en partidos diferentes
e incluso opuestos: Los partidos políticos -decía Engels- son
la expresión política más o menos adecuada de las clases y fracciones de clase
 (4). La democracia burguesa no era más que la
forma en que democráticamente la burguesía dirimía sus diferencias de clase.

El fascismo surgió,
entre otras cosas, también para eliminar todas esas contradicciones e imponer
la dominación omnímoda del capital financiero, de la facción más poderosa de la
burguesía, de la que iba a crecer con la entrada del capitalismo en su fase monopolista.
Todos los demás sectores burgueses pierden fuerza e incluso desaparecen
progresivamente. El fascismo contribuye a ese proceso.

Pero por muy
monopolista que sea una burguesía, jamás puede ser homogénea, jamás desaparecen
sus contradicciones internas. La burguesía siempre padece disensiones internas
como consecuencia de la propia competencia capitalista, que no puede dejar de
manifestarse en el ámbito político. Por eso propicia la creación de partidos
diversos que expresan esas disensiones internas.

Ahora bien, esos
partidos están sostenidos y financiados por el Estado, no son independientes de
él, como sucedía antaño. Este es el modo a través del cual los monopolistas
controlan las actividades de todos los partidos. Con ellos sucede lo mismo que
con los sindicatos: ya no tienen nada que ver con los viejos sindicatos
obreros, no se financian con las cuotas de sus afiliados, sino con los
presupuestos del Estado monopolista.

El Estado
monopolista y los partidos parlamentarios forman parte de un único sistema
político fascista, ya no están separados como en la época de la democracia
burguesa. Por eso se habla del Estado actual como un Estado de partidos.

Esta es una
diferencia, pero hay otras muchas. Por ejemplo, antes los partidos burgueses
eran apenas un reducido círculo de parlamentarios que gestionaban políticamente
los intereses de su clase. Hoy día, imitando a los partidos obreros, los
partidos burgueses son (o pretenden ser) de masas, encuadran a un
número importante de afiliados. Actualmente la burguesía tiene que contar con
las masas para casi todo: tiene que embaucarlas, engañarlas y manipularlas y
uno de esos sistemas son los partidos parlamentarios. Pero habrá que recordar
que los primeros partidos de masas burgueses que se crearon en la
historia fueron precisamente los partidos fascistas, con sus juventudes, sus
sindicatos, sus organizaciones de mujeres, etc.

Queda así claro que
el prototipo actual de partido burgués parlamentario no es el de la democracia
burguesa, sino el fascista y que su vinculación con el Estado no es la misma
que en la etapa de la democracia burguesa, sino típicamente fascista, es decir,
que forman un único sistema estrechamente enlazado.

El parlamentarismo fascista

La existencia de elecciones y de parlamentos donde se discute de todo lo
divino y lo humano (sobre todo lo divino) es sin duda lo que más viste a
un régimen fascista.

Pero esto es sólo una burda falsificación del parlamentarismo burgués,
como decía Dimitrov, porque hoy los parlamentos, los senados y demás no tienen
tampoco nada que ver con los de la democracia burguesa. En el siglo XIX el
parlamento era la institución clave y decisiva del Estado, mientras que
actualmente se ha convertido en un coro de charlatanes sin ningún relieve.

Por ejemplo, los parlamentos apenas redactan ya leyes, que debería ser su
cometido básico. Aprueban las leyes que se redactan fuera de su ámbito y se
limitan a darles el visto bueno. Recordemos que la Constitución española la
redactaron Abril Martorell, vicepresidente del gobierno en la primera época de
Suárez, y Alfonso Guerra mientras cenaban lentejas en un conocido restaurante
madrileño. Las lentejas de aquel restaurante se hicieron famosas, pero de las
flamantes Cortes de la transición nadie volvió a acordarse.

Nada decisivo se cuece en ningún parlamento, precisamente porque cabe una
remota posibilidad de que a veces salga elegido un diputado que diga algunas
cosas claras, como sucedió aquí con Letamendía o Sagaseta en algunos tiempos
pasados. Cuando el parlamento tiene que abordar un tema algo escabroso, como
los servicios secretos en España, se cuece en comisiones restringidas a muy
pocos diputados de plena confianza.

Ellos mismos tienen tan claro que no sirve para nada, que el hemiciclo
siempre está vacío, y como es tan escandaloso que salga desangelado en las
fotos de la prensa, ahora ponen multas a los diputados que no van a las
sesiones, para que hagan de relleno. Como se comprueba, en las sesiones hablan
siempre los mismos, es decir, que un diputado o un puñado de ellos no sirve
prácticamente para nada (excepto para cobrar un formidable sueldo y viajar
gratis en primera clase).

Además, si alguien ha tenido la paciencia de escuchar un pleno o una
sesión completa de discusiones, no encontrará apenas diferencias entre unos y
otros, sencillamente porque no las hay. Así que todo resulta un tedio
insoportable.

Es bastante curioso porque hoy se elaboran leyes todos los días y las
leyes vigentes se cambian rápidamente, mientras que antes se hacía una sola ley
cada varios años y podía durar un siglo. Puede decirse que hoy, cuando más
leyes se elaboran, menos trascendencia tienen los parlamentos, que son los que
debían promulgarlas.

En el siglo XIX las discusiones parlamentarias eran vivas hasta el punto
que en 1835 el presidente del gobierno, Mendizábal, y el jefe de la oposición,
Istúriz, se retaron a duelo con pistola a la salida del Congreso. Y no era
infrecuente que un enorme público acudiera a las sesiones parlamentarias o
esperara fuera el curso de los debates.

Cualquier parecido con el parlamento actual es mera coincidencia. Hoy la
importancia política no radica en las cámaras, sino en el gobierno y éste
tampoco tiene nada que ver con los gobiernos de las democracias burguesas
pretéritas.


El sistema de gobierno

En la democracia
burguesa el gobierno se sustentaba fundamentalmente sobre el ejército y
entonces el ejército era una milicia reclutada del seno del pueblo. El fascismo
impone la profesionalización de las fuerzas armadas y tiende a apoyarse siempre
en tropas mercenarias, tanto para la guerra imperialista como para la represión
interna. Antaño algunas revoluciones triunfaron porque las tropas no se
atrevieron a disparar contra sus conciudadanos y ése es un riesgo que hoy
ningún gobierno asume. Para ello, desarrollan una extensa burocracia antes
inimaginable. En España, por ejemplo, no existieron funcionarios hasta 1911. El
gobierno se apoyaba en un reducido número de empleados públicos de
su confianza que hoy calificaríamos de trabajadores precarios: cuando cambiaba
el gobierno, cesaban en sus puestos y eran reemplazados por otros.

Por el contrario,
España es hoy un Estado con dos millones de funcionarios, y éste es el único
empleo en el que no hay despidos ni reconversiones. Un funcionario tiene empleo
para toda la vida y su tarea es siempre la misma. La burocracia está
profesionalizada y especializada para controlar minuciosamente todas y cada una
de las parcelas en las que se desenvuelve con el fin de prevenir las crisis y,
en su caso, impedir su propagación o paliar sus efectos.

El capitalismo
monopolista es también capitalismo monopolista de Estado y la
burocracia asume buena parte de las transcendentales funciones que antes
estaban reservadas al ámbito privado: desde el control de grandes empresas como
la RENFE, hasta el cuidado de niños desamparados. Sobra decir que el Estado
asume tantas y tan variadas funciones para impedir que nada se le vaya de las
manos, con un objetivo de control total y absoluto.

Es imposible
rastrear todas y cada una de las diferencias que hay de una forma de gobierno
democrático-burguesa hasta otra fascista, pero podemos poner otro ejemplo
esclarecedor: el uso de armas. En la democracia burguesa, aquí como en otros
países, era muy frecuente que el pueblo portara armas de fuego, y en las
viviendas las armas colgaban de la pared ostensiblemente visibles junto a la
puerta. En algunos países incluso era un derecho que los ciudadanos pudieran
llevar armas. Hoy en casi todo el mundo es un delito tener siquiera un arma de
fuego. Es el Estado el que autoriza o deniega el permiso de armas, de manera
que lo concede o lo rechaza según los intereses de los monopolistas. Pero lo
más significativo es que el Estado, a través de una burocracia ramificada, no
sólo lleva minuciosamente un control de todos los que tienen permiso de armas,
sino que además registra al detalle todas y cada una las armas que hay en su
interior. Y no solamente las armas de fuego: hoy la ley Corcuera ha prohibido
hasta las navajas y cuchillos.

Lo que decimos de
las armas se puede hacer extensivo a cualquier otro ámbito, como sanidad o
educación, y sirve para ilustrar lo que va de una forma de gobierno a otra,
desarrollando formas de control absoluto sobre cada ciudadano y sobre todos y
cada uno de los aspectos de su vida. De esa manera trata de evitarse sorpresas,
prevenir la revolución, tomar medidas de anticipación que le permitan
reaccionar mejor y más rápidamente ante cualquier eventualidad.

Los derechos y las libertades

Otra extendida idea
es la de que, mientras la democracia burguesa reconoce los derechos básicos de
sus ciudadanos, el fascismo los anula completamente.

Para probar lo
infundado de esta opinión podríamos recordar que la primera ley
fundamental
 que promulgó Franco resultó ser el Fuero de los
Españoles
donde se reconocieron solemnemente todos los derechos básicos de
las personas. Y no hay por qué otorgar más valor a aquel Fuero de los años cuarenta
que a la actual Constitución. Naturalmente aquel Fuero era compatible con el paseo y
los fusilamientos al amanecer en las tapias de los cementerios; lo mismo que la
Constitución actual lo es con las torturas y la guerra sucia.

Pero no se trata
sólo de eso. Es suficiente comparar el significado que hoy tiene cualquier
derecho que pueda tomarse al albur como ejemplo, y compararlo con su origen
histórico. En la democracia burguesa los derechos no se podían regular; ni
siquiera se los podía mencionar, porque cualquier intento de meter mano sobre
ellos, significaba limitarlos, amputarlos o recortarlos, lo que resultaba
impensable en aquella época.

Naturalmente que
cuando la burguesía piensa en derechos es con una perspectiva bastante distinta
de la que tiene el lector en su mente: el derecho número uno es el derecho de
propiedad, y la burguesía sólo podía concebir su propiedad como ilimitada. Cada
uno -o sea, cada burgués- podía disponer de sus cosas a su antojo. Incluso
podía quemarlas o deshacerse de ellas.

Pues bien, esa
noción de la propiedad, la extendió la burguesía a todos los demás derechos. La
razón de ese principio era bien simple: los derechos sirven para impedir la
injerencia del Estado en la vida privada de los ciudadanos y, además, sirven
para criticar al Estado que no los respeta.

La situación hoy ha
dado un giro completo. Actualmente no hay un sólo derecho que no se halle
minuciosamente regulado y, por tanto, limitado, condicionado y manipulado hasta
la saciedad. Ya no hay derechos absolutos. Las excusas son varias. Por un lado,
que los derechos hay que garantizarlos judicialmente: dicen que no
basta reconocer un derecho, sino que hay que colocar a un juez vigilando su
cumplimiento. Entonces los derechos se convierten en algo mucho mejor, más sólido:
en garantías. Las garantías son algo as’ como los derechos blindados por los
jueces. Naturalmente lo que no nos dicen es que si se deben asegurar los
derechos es porque están en peligro, porque corren un riesgo. Tampoco nos dicen
cuáles son esos riesgos, en qué consisten, quiénes son los que tan
continuamente los violan, que deben ponerlos a buen recaudo. Es decir, que la
transformación de los derechos en garantías no es en realidad más que una
prueba de su sistemática vulneración. Podríamos añadir también que esa
vulneración deriva casi siempre del propio Estado que los proclama tan
solemnemente y, además, que no deja de ser curioso que para impedirlo se
coloque a un juez como garante, porque el juez no es más que otro funcionario
del Estado, por lo que su papel, lejos de garantizar el derecho violado, no
puede ser otro que el de justificarlo y legitimarlo.

Otra vía de
liquidación de los derechos ha consistido en su multiplicación. Antes los
derechos humanos eran un puñado de principios generales que, además, estaban
muy por encima de otros derechos. Hoy hay tantos derechos fundamentales que es
imposible enumerarlos todos. Es más: todo derecho tiene su réplica. Frente al
derecho de huelga está el derecho de los trabajadores a trabajar, o sea, al
esquirolaje; frente al derecho de manifestación está el derecho de los demás
ciudadanos a pasear por la calle; y así sucesivamente. Todos esos derechos
están al mismo nivel y se anulan unos a otros, entran en conflicto y eso obliga
a un juez neutral a decidir entre los derechos de unos y de
otros, conforme a una legislación compleja y prolija que nadie es capaz de
entender.

Por supuesto, no
tenemos la más mínima intención de mencionar aquí el derecho a la revolución, el
único derecho realmente ‘histórico’, el único derecho en el que descansan todos
los Estados modernos
, como decía Engels (5).
Esto hace tiempo que desapareció, y ya no es que no exista como derecho, sino
que es un crimen. O sea, todo lo contrario, y es que la ironía de la
historia universal lo pone todo patas arriba
, insistía Engels: A la
postre no tendrán más camino que romper ellos mismos esta legalidad tan fatal
para ellos
 (6). Eso es
justamente lo que ha sucedido. Una vez más, el viejo Engels no se equivocó en
sus pronósticos ni un milímetro.

Como resultado de
este proceso, los derechos se han convertido en su contrario: ya no defienden
al ciudadano de los abusos del Estado, sino al Estado de los abusos del
ciudadano que trata de aprovecharse de ellos. Así, es curioso leer en la prensa
que las instituciones públicas convocan una manifestación en defensa de
determinados derechos, contra los movimientos revolucionarios, por ejemplo, o
que el Departamento de Estado norteamericano, en su informe anual sobre la
situación de los derechos humanos en España, hable de las violaciones que
cometen las organizaciones guerrilleras.

Pero nada hay en
esta materia más ilustrativo que la moderna teoría del abuso de los derechos
fundamentales
, consagrada en la Constitución alemana de la segunda
posguerra. Según este principio, no se puede utilizar un derecho fundamental
para luchar contra el sistema porque eso supondría un fraude contra el Estado.
Se ha cumplido aquel vaticinio de Engels, directamente dirigido contra toda la
demagogia reformista: el Estado impide la utilización de las vías legales,
pacíficas y democráticas en su contra. Ya no se pueden
utilizar las instituciones contra las mismas instituciones, como decía Engels (7). Y esa era la esencia de la democracia
burguesa.

La legalización al
máximo nivel del abuso de los derechos fundamentales, por sí
misma, significa la contrarrevolución en materia de libertades. Ya nada puede
volver a ser lo mismo. Por eso los gobiernos no tienen ningún inconveniente en
reconocer e incluso garantizar los derechos básicos de los
ciudadanos: simplemente no sirven para nada.

Un estado de excepción permanente

Por lo demás, en
materia de derechos humanos no se puede olvidar que el imperialismo impone el
estado de excepción permanente, o lo que es lo mismo, que permite violar
permanentemente los derechos y libertades fundamentales.

Un estado de
excepción permanente es una contradicción en sí mismo. El estado de excepción
es un régimen que aparece en la época de la democracia burguesa como un
paréntesis en el que se anula temporalmente la vigencia de las libertades; se
promulgaba para un periodo de vigencia establecido: un mes, tres meses y hasta
seis como máximo. Es el plazo del que disponían las fuerzas represivas para
solventar las insurrecciones populares sin atarse las manos. Podían despacharse
a gusto, sembrar el terror entre las masas y posteriormente volver de nuevo a
los cuarteles.

Bajo el
imperialismo, la recurrente promulgación de los estados de excepción se
manifiesta contraproducente, porque el paréntesis debe promulgarse con toda
solemnidad en los boletines oficiales y eso conduce a exacerbar aún más el
malestar. El estado de excepción deja de ser una solución y se convierte en un
problema añadido a los que ya existen, porque las masas añaden a sus
reivindicaciones otra más: el levantamiento del estado de excepción.

La solución es
constituir de forma permanente un estado de excepción. De esa forma se difunde
un clima de normalidad: las masas se habitúan a vivir bajo un estado de
excepción permanente como si formara parte del paisaje cotidiano.

Este paso lo dio el
franquismo en España en su última etapa y lo consagró solemnemente el artículo
55 de la nueva Constitución bajo el taimado nombre de suspensión
individual de garantías
. Es la técnica de las leyes especiales, cuyo máximo
ejemplo son las leyes antiterroristas. Ya no tienen un plazo máximo de
vigencia, y no solamente se han hecho permanentes, sino que además se han
metido dentro de las leyes ordinarias, como máximo ejemplo de normalidad.
Muchas veces dicen nuestros politicastros -con razón- que ya no hay ley antiterrorista;
sólo les falta añadir que la ley antiterrorista está dentro del Código Penal, y
no sólo para camuflarla, sino para conseguir que el estado de excepción sea
permanente.

Pero siempre hay
algún ingenuo que piensa que ese estado de excepción es sólo para los
revolucionarios, olvidando que no es otra que la policía quien pone las
etiquetas y, por tanto, quien decide sobre la suspensión de las
garantías constitucionales
. Cuando esto puede hacerse sin ninguna clase de
responsabilidades, facilita el funcionamiento policiaco y le permite torturar a
un detenido hasta cinco días, no es de extrañar que la etiqueta de terrorista esté
tan extendida en nuestro país. Ya lo dijo Pujol durante la transición: en estos
temas más vale pecar por exceso que quedarse cortos. Por eso es tan frecuente
que muchos detenidos comunes pasen como integrantes de organizaciones
armadas
, mientras que a otros como Barrionuevo, Vera, Galindo y demás
canalla ni siquiera se les ha detenido jamás.

El sistema judicial

Todos hemos leído
alguna vez aquello que escribió Montesquieu, el padrino por antonomasia de la
democracia burguesa, de que el poder de los jueces era prácticamente
nulo
. Y lo era porque la democracia es impensable con cualquier forma de
burocracia, incluida la burocracia judicial.

Hoy, paralelamente
al crecimiento del funcionariado, se expande el sistema judicial hasta ocupar
un lugar decisivo en los aparatos del Estado. Basta ojear cualquier periódico
para comprobar que las noticias de tribunales tienen un relieve muy importante
y que las decisiones que adoptan los jueces son cada vez más trascendentales.
Por eso se habla de politización de la justicia y de la existencia de
jueces-estrella.

Este es un fenómeno
característico del imperialismo y de la crisis de los parlamentos. La creciente
competencia monopolista obliga a que la burguesía tenga que resolver sus
problemas de forma judicial y, por tanto, que los jueces asuman funciones que
no son las suyas propias. En España, por ejemplo, existe un tribunal de defensa
de la competencia o un tribunal de cuentas, pero ni se trata de tribunales ni
hacen juicios ni dictan sentencias.

Pero el ejemplo
máximo de este proceso bajo el imperialismo es el invento de los tribunales
constitucionales, una institución aparecida en Austria, tras la derrota del
Imperio Austro-húngaro en la Primera Guerra Mundial, y que se ha expandido tras
la Segunda. Así como los tribunales supremos son el máximo exponente judicial
de la democracia burguesa, los tribunales constitucionales lo son del
imperialismo decadente.

Responden a ese
fenómeno característico de resolver en forma de juicio las contradicciones y
peleas internas de la burguesía actual y, además, son uno de los mejores
exponentes de la bancarrota del parlamentarismo fascista actual.

Los tribunales
constitucionales están situados por encima de los parlamentos, porque los
parlamentos sólo hacen leyes, mientras que esos tribunales son
los guardianes de la constitución, que está por encima de la ley. Por eso
tienen facultades para anular una ley elaborada por el parlamento. En
consecuencia, 12 expertos acumulan más poder que 500 diputados y senadores,
teóricamente elegidos por el pueblo. Como se puede observar, esto
es algo muy poco democrático y deja malparada la sacrosanta soberanía
popular
.

Esos tribunales
suponen un intento de reducir los conflictos políticos a cuestiones técnicas.
El manoseado Estado de Derecho conduce ahí: el monopolismo no
tolera huecos; todo tiene que estar previsto y, por tanto, regulado. Es su
manera de estar prevenido ante cualquier contingencia. De ese modo se ocasiona
una plétora de legislación, una verdadera borrachera de Boletín Oficial del
Estado: reglamentos, decretos, órdenes, estatutos, etc., que son el maná de
toda la caterva de picapleitos, jueces, fiscales, secretarios, abogados del
Estado y demás.

Toda esa legislación
pretende solucionar los problemas de todo tipo antes de que se produzcan.
Naturalmente que eso es imposible y no logra más que trasladar el problema a
los jueces, que son quienes tienen que decidir finalmente, lo que acarrea toda
esa parafernalia característica de juicios esperpénticos.

¿Qué es el Estado de Derecho?

No cabe duda que la
palabra favorita en todo politicastro de postín (de los que tanto abundan en
nuestros días) no es otra que Estado de Derecho. Por nuestra parte
sólo podemos decir que tal palabra jamás existió en la época de la democracia
burguesa, por lo que habrá que explicar su éxito actual para comprender por qué
democracia y Estado de Derecho son dos conceptos incompatibles; o lo que es lo
mismo: el Estado de Derecho es la expresión institucionalizada de la dictadura
fascista de nuestros días.

El término Estado
de Derecho
 fue acuñado a finales del siglo XIX y comienzos del XX por
teóricos alemanes y, por tanto, está indisolublemente ligado a los problemas de
la revolución burguesa en Alemania, es decir, al modelo prusiano.

Mientras en Francia
la burguesía se impuso a la nobleza feudal por la vía revolucionaria, de
golpe
 podríamos decir, en Alemania siguió un camino tortuoso que debió
comenzar por lograr la unidad nacional. La burguesía no tenía la misma fuerza
que en Francia, no logró arrastrar a los sectores populares bajo su dirección y
se vio obligada a llegar a componendas con la aristocracia terrateniente, a un reparto
del poder que se fue gestando a lo largo de varias décadas del siglo XIX.

Esto significa que,
así como en Francia se impuso un nuevo y esencial concepto jurídico con la
revolución, la soberanía nacional, en Alemania no se logró introducir ese
principio en su legislación y todo su edificio legal siguió estando fundado
sobre el principio monárquico, es decir, sobre la idea de que la
soberanía radica en el rey y no en la nación.

El imparable
desarrollo del capitalismo en Alemania creó una nueva casta aristocrática
ejerciendo el papel que correspondía a la burguesía: los junkers.
Esta nueva burguesía no desdeñaba enriquecerse rápidamente con la explotación
capitalista, pero todavía tenía la cabeza en el Antiguo Régimen y conservaba
sus ademanes. Para esos junkers prusianos propietarios de imponentes fábricas,
elaboraron Laband, Jellinek y demás la famosa teoría del Estado de Derecho.

No cabe ninguna
duda, en consecuencia, que la teoría del Estado de Derecho está concebida para
negar el principio básico de la democracia burguesa, que es la soberanía
popular. No es casualidad que las ideas de Laband y Jellinek coincidan
temporalmente con las nuevas corrientes de pensamiento burgués que fuera de
Alemania comienzan a liquidar el principio de soberanía, por tratarse de algo abstracto e
incomprensible. Es el caso del jurista francés Duguit, su exponente más
característico.

La crisis de las
instituciones típicas de la democracia burguesa, como el parlamento, va
acompasada con todas esas nuevas teorías que pretenden liquidar el principio de
soberanía e imponer el Estado de Derecho como el concepto más adecuado a los
nuevos tiempos, esto es, al capital monopolista.

La idea capital del
Estado de Derecho es que el principio de soberanía no existe: no solamente no
es el pueblo quien tiene la facultad de crear las normas legales, sino que, muy
al contrario, el pueblo debe estar sometido a esas normas. O lo que es lo
mismo: el verdadero soberano es el Derecho, no el pueblo.

Esa es la idea
central del Estado de Derecho. Sobra insistir que estamos en las antípodas de
la democracia burguesa.

Notas:

(1) J. Dimitrov: «La ofensiva del fascismo y las
tareas de la Internacional en la lucha por la unidad de la clase obrera contra
el fascismo. Informe al VII Congreso de la Internacional Comunista. 2 de agosto
de 1935», Obras Escogidas, tomo I, pg. 581.
(2) ídem, pg. 579.
(3) J. Dimitrov: «Acerca
de las medidas de lucha contra el fascismo y los sindicatos amarillos.
Intervención en el IV Congreso de la Internacional Sindical. 1928», en Escritos
sobre el fascismo
, pgs. 35 y 36.
(4) F. Engels:
«Introducción a ‘Las luchas de clases en Francia’ de Carlos Marx», Obras
Escogidas
, tomo I, pg. 105.
(5) ídem, pg. 121.
(6) ídem, pg. 122.
(7) ídem, pg. 116.

Biografía de Marx (Parte 4)



Una
prensa de agitación política



Cerrada la vía de la docencia, Marx se lanzó al periodismo,
que era una forma de agitación política desconocida hasta entonces en Alemania.
Desde abril de 1842 empezó a colaborar con la Gaceta Renana que
convirtió en una tribuna para propagar las ideas avanzadas y luchar contra la
reacción política y el oscurantismo.

En el periódico Marx empezó a caer del cielo a la tierra, de
lo abstracto a lo concreto. Su puesto de observación le permitió conocer de
cerca la situación de los trabajadores. El contacto directo con la lucha de las
amplias masas de Alemania y su conocimiento del movimiento obrero de otros
países influyeron grandemente en el joven Marx y le hicieron comprender la
necesidad de profundizar sobre problemas nuevos para él, los problemas
económico-sociales. La aparición de una nueva clase, el proletariado, en la
palestra de la lucha hizo que Marx sintiese curiosidad por las publicaciones
socialistas que habían aparecido en Inglaterra y Francia. Engels dice
que Marx le habló posteriormente más de una vez de que el estudio de la ley
sobre la tala ilícita y de la situación de los campesinos de Mosela le
indujeron a pasar de la política a la economía y, de este modo, al socialismo.

Como correspondía a un demócrata revolucionario, en una
serie de artículos, Marx asumió la defensa de los intereses materiales de las
masas populares. Aquí se perfila el paso de Marx del idealismo al materialismo
y de la democracia revolucionaria al comunismo. Pero aún faltaba un trecho.
Cuando el periódico fue acusado de comunismo, Marx respondió anunciando la
próxima publicación de una crítica fundamental del comunismo. Se
negó a adoptar las teorías comunistas tal y como existían entonces de una
manera superficial. Pensaba que las formas de comunismo expuestas eran burdas y
poco desarrolladas, presentándose como abstracciones dogmáticas. En una carta a
Arnold Ruge de noviembre de 1842 escribía que consideraba inadmisible y
hasta inmoral el contrabando de dogmas comunistas y socialistas, es decir, de
una nueva manera de ver el mundo, en las críticas teatrales corrientes, etc., y
que exigía, si se trataba el tema, un estudio totalmente distinto y más a fondo
del comunismo
.


Además, Marx tampoco era aún materialista; estaba convencido
de que para cambiar la sociedad primero había que cambiar el pensamiento. Para
ello había que influir en la opinión general, desarrollar nuevas ideas y
desplegar vastas campañas de propaganda. Sus preocupaciones entonces estaban en
la prensa, en la defensa de la libertad de expresión. La política también la
concebía como un debate de ideas. Por eso uno de sus artículos más importantes,
realmente demoledor, es el que analiza las nuevas normas sobre censura.
Compuesto de seis largos artículos, analizaba entonces los debates de la Dieta
renana sobre la libertad de prensa que habían sido divulgados públicamente pero
sin mencionar los nombres de los participantes. Decía que la Dieta no soportaba
la luz del día y que si, al elegir a sus representantes, los lectores confiaron
en ellos, al ocultarse en el anonimato no confiaban en el juicio de quienes les
otorgaron su confianza.

Uno de los oradores había reclamado la libertad de prensa
como parte integrante de la libertad de industria, y Marx respondió: ¿Acaso
es libre la prensa degradada a industria? Es innegable que el escritor tiene
que ganar con el trabajo de su pluma para existir y escribir, pero jamás
existir y escribir para ganar. La primera libertad de la prensa consiste
precisamente en no ser una industria. Al escritor que prostituye esa libertad
de prensa, convirtiéndola en medio material, le está bien empleada como castigo
de esa esclavitud exterior de la censura; o por mejor decir, ya su propia
existencia es su castigo
. Marx también hablaba de sí mismo, exponiendo una
norma a la que se ajustaría durante toda su vida. Sus trabajos fueron siempre
fin y jamás un medio, hasta tal punto que llegó a dedicarles su propia
existencia.

En sus artículos Marx se mantiene aún en un punto de vista
humanista abstracto, antropocéntrico. Para aquel Marx, el problema reside en
saber quién es el sujeto real que, para el hombre, es el hombre mismo. Con
la Gaceta Renana Marx lucha contra la opresión social,
política y espiritual imperante en Prusia y en el resto de Alemania. Al
observar, en numerosas ocasiones, la actitud desalmada del gobierno prusiano y
sus funcionarios hacia las necesidades vitales del pueblo, Marx llegó a la
conclusión de que dicho gobierno, sus funcionarios y sus leyes no reflejaban ni
defendían los intereses del pueblo, sino los de las capas dominantes: la
nobleza y el clero.

En la redacción de la Gaceta Renana, Marx había
asistido, en las oficinas del periódico en Colonia, a las reuniones de un
círculo de discusión animado por Moses Hess (1812-1875), el primer hegeliano
que se pasó a las filas del comunismo. Los historiadores no han valorado
suficientemente esta temprana influencia de Hess, anterior a la de Weitling y
Proudhon. También de origen burgués y con una vasta cultura, Hess había viajado
de joven por Francia e Inglaterra y destacó entre los primeros revolucionarios
renanos. Aunque reclamaba el sufragio universal, Hess denominó anarquía a
su filosofía social expuesta primero en su Triarquía europea y
en 1843 en Die Philosophie der Tat.

Hess era un hombre muy influenciable y su doctrina, muy
primitiva, acusa su eclecticismo, por no decir confusión. Se declaraba atraído
por Spinoza; ponía a Saint-Simon a la altura de Hegel, aunque también se le
puede considerar próximo a Stirner al declarar que todas las acciones libres
deben surgir de los impulsos individuales, no contaminados por ninguna
influencia externa. Este híbrido no podía satisfacer a Marx, que no se
comprometió con Hess a la ligera. Era la época dorada del socialismo utópico
cuyas diversas variantes se basaban, casi todas, en especulaciones abstractas
acerca de la forma de alcanzar una nueva sociedad más igualitaria, y no tenían
ninguna, relación con las luchas que se desarrollaban ante sus ojos. Es por lo
que Marx rechaza la mayor parte de esos tipos de socialismo que le son
contemporáneos y los considera como formas dogmáticas que encaran el mundo con
esquemas prestablecidos y que consideran indignas de su atención las luchas
políticas prácticas. No se trata de aportar la conciencia a cualquier cosa
inconsciente -la esencia del idealismo- sino de hacer consciente un proceso que
evoluciona ya en esa dirección, un proceso conducido por una necesidad material
que contiene también la necesidad de hacerse consciente de sí mismo. Es la
formulación de la Ideología alemana que define al comunismo
como el movimiento real que suprime el estado de cosas existentes,
que sitúa la conciencia revolucionaria en la existencia de una clase
revolucionaria y que define explícitamente la conciencia revolucionaria como
una emanación histórica del proletariado explotado.

No obstante, durante un tiempo los caminos y Hess y Marx
caminos corrieron en paralelo. En setiembre de 1841 Hess escribió a Bertold
Auerbach una carta para presentarle a Marx:

Te alegrarás de conocer a un hombre que es ahora amigo
nuestro, aunque vive en Bonn, donde muy pronto será encargado de curso […] Me
ha producido una impresión extraordinaria y, sin embargo, mi actividad está muy
próxima a la suya; en resumen, disponte a conocer al más grande y quizá al
único verdadero filósofo vivo. Muy pronto, cuando sea conocido del público (por
sus escritos al mismo tiempo que por su curso en la Universidad), atraerá sobre
él las miradas de Alemania entera […] El doctor Marx -así se llama mi ídolo-
es todavía un hombre muy joven (apenas tiene veinticuatro años). Dará el golpe
de gracia a la religión y a la política medievales; une el espíritu más mordaz
a la más profunda gravedad filosófica: imagina a Rousseau, a Voltaire, a
Holbach, a Lessing, a Heine y a Hegel fundidos en una sola persona, y digo
fundidos y no arrojados al mismo saco […] ese es el doctor Marx.



A Marx su suegro ya le había insistido en la importancia de
Saint-Simon, pero fue Hess quien acercó a los últimos utopistas franceses a
Alemania. Hasta ese momento sólo llegaban noticias muy vagas acerca de
sociedades secretas que circulaban por los periódicos alemanes. Cuando al cabo
de poco tiempo Hess y Marx coincidieron en París, conocieron a Proudhon y a
Bakunin y compartieron varios proyectos políticos. La Ideología alemana es
una respuesta contra un ataque de los hegelianos contra Marx, Engels y
Hess, hasta el punto de que parece ser que éste escribió una parte del texto.
Pese a su anarquismo nominal, Hess nunca estuvo próximo a Proudhon y sus
relaciones con Bakunin terminaron más tarde en una disputa encarnizada. A pesar
de que Hess escribió la parte de la Ideología alemana en la
que se ataca el verdadero socialismo, luego se convirtió en un
exponente de ese mismo verdadero socialismo junto con Carlos
Grün, Hermann Kriege y otros, por lo que tuvo que verse sometido a la
demoledora crítica de Marx. No obstante, a pesar de las divergencias, a
diferencia de otros renegados, Hess nunca se apartó totalmente de Marx,
acabando en las filas lassalleanas. Luego Marx y Engels siguieron
manteniendo relación con su mujer Sibylle Pesch (1820-1903), otra activa
militante revolucionaria que participó en la Liga de los Comunistas, en el
partido lassalleano y en dos congresos de la I Internacional, los de
Bruselas y Basilea. En una carta escrita dos años de la muerte de Hess, Marx le
califica de amigo y camarada, apreciando su obra científica Teoría
dinámica de la materia
.

Inicialmente Hess fue el director del periódico porque Marx
no comenzó a colaborar hasta que en abril se desvanecieron sus intentos de
seguir a Bauer en la Universidad de Bonn. En octubre del mismo año fue nombrado
redactor-jefe y tuvo que trasladarse a vivir a Colonia, mientras Bauer, al ser
expulsado de Bonn, se fue a vivir a Berlín y allí fundó la Liga de los
Libres
 con sus hermanos, Max Stirner, Meyen, Köppen y otros, entre los
que se puede incluir a Engels que entonces cumplía en Berlín el servicio
militar. Con la excepción de Köppen y Engels, este grupo inició una deriva
nihilista, mientras en Colonia Marx experimentaba un proceso inverso. En el
periódico se fue abriendo una brecha entre Marx y sus viejos amigos berlineses,
entre el político y los filósofos, que acabará en una lucha abierta: Cuanto
más penetraba Marx en la realidad concreta más se perdían en la abstracción sus
amigos berlineses
, escribió Nikolaievski. En un principio simplemente
pareció que Bauer no evolucionaba, pero nada se estanca; lo que no evoluciona
retrocede y el retroceso de Bauer, el fogoso neohegeliano, le pondrá en los
brazos de la reacción.

El detonante de la ruptura fue George Herwegh, un poeta que
había ganado gran notoriedad en 1841 con una obra romántica de éxito. Aunque
era un atolondrado político, Herwegh formaba parte de los círculos de
intelectuales revolucionarios y tuvo que exiliarse a comienzos de 1843, aunque
pudo regresar pronto, siendo recibido por Federico Guillermo IV, una entrevista
absurda que dio lugar a una polémica. Algunos colaboradores berlineses de la Gaceta
Renana
 querían criticar la reunión de Herwegh en el periódico. Por su
parte, Herwegh respondió atacando a aquellos berlineses neohegelianos
vinculados al círculo de amigos de Bauer. Marx no estaba de acuerdo con la
reunión de Harwegh con Federico Guillermo IV y, por otro lado, estaba de
acuerdo con las críticas de Harwegh a los berlineses, aunque no entraban en el
fondo del asunto, que era su propio comportamiento. Con el apoyo de Ruge, Marx
se negó a publicar las críticas a Harwegh en el periódico y los berlineses
rompieron la relaciones. Bauer se unió a ellos.

La polémica con la Liga de los Libres tiene
relación con las dos visitas de Engels a Hess en la redacción de
la Gaceta Renana. La segunda de ellas se produjo a finales de
noviembre de 1842 cuando marchaba camino de Inglaterra. Entonces conoció a Marx
pero aquella primera toma de contacto no fue buena. Engels estaba en
correspondencia con los berlineses, que le hablaban mal de Marx, y éste
desconfiaba del que consideraba como un embajador de la Liga de los
Libres
.


Gracias a Marx, la Gaceta Renana fue
adquiriendo una orientación democrática y revolucionaria. El gobierno de Prusia
estableció una rigurosa censura sobre el periódico, asustado por el rápido
aumento de su influencia. Bajo la dirección de Marx se triplicó el número de
suscriptores, alcanzando los tres mil, un número alcanzado por muy pocos
periódicos en Alemania. Los artículos que superaban la censura eran
reproducidos por otros medios y se citaban elogiosamente. Estaba a punto de
convertirse en el periódico más importante de Alemania cuando en enero de 1843
el gobierno dispuso su suspensión a partir del 1 de abril del mismo año después
de haberse publicado unos artículos subversivos, entre ellos uno de Marx sobre
los sufrimientos de los viñadores de la región del Mosela. Como no podía
compartir los propósitos de los accionistas de la Gaceta Renana,
que querían imprimir al periódico una orientación más moderada, Marx declaró el
17 de marzo que no pensaba seguir en la redacción. Fue entonces cuando decidió
abandonar su país para editar en el extranjero una revista revolucionaria
destinada a Alemania. Marx entendía que la revista debía someter todo
lo existente a una crítica implacable
.

La masacre de Katyn

Tras el final de la Primera Guerra Mundial, la frontera entre Rusia y Polonia fue establecida a lo largo de una línea que paso a conocerse como la línea Curzon, siendo Lord Curzon el hombre de estado británico que la propuso.

Esta línea de demarcación no era del agrado de los polacos, que pronto entraron en guerra contra la Unión Soviética para hacer retroceder sus fronteras hacia el este. La Unión Soviética contraatacó y estaba preparada no solamente para defenderse a sí misma, sino también, y en contra de los consejos de Stalin, para liberar a Polonia entera. Stalin consideraba que tal propósito estaba condenado al fracaso, porque según él el nacionalismo polaco todavía era muy fuerte. Los polacos habían dejado claro que NO querían ser liberados por lo que no valía ni la pena intentarlo. De ahí que los polacos opusieran una feroz resistencia al avance de los soviéticos. En último momento la unión Soviética se vio forzada a retirarse e incluso a ceder territorios al este de la línea Curzon a Polonia. Los territorios en cuestión eran el oeste de Bielorrusia y el oeste de Ucrania (unos territorios inmensamente más poblados por bielorrusos e ucranianos respectivamente, en comparación con la población polaca). Todos estos incidentes no podían sino exacerbar la desconfianza mutua entre polacos y rusos…

El 1 de septiembre de 1939, la Alemania Nazi invadió Polonia. El 17 de septiembre, la Unión Soviética movilizó sus fuerzas para reocupar aquellas partes de Polonia que se encontraban al este de la línea Curzon. Tras haber ocupado estos territorios, la Unión Soviética inició el reparto de la tierra a los campesinos e implementó el tipo de reformas democráticas que son tan populares para el pueblo e muy impopulares para los explotadores. Durante la batalla para retomar los territorios al este de la línea Curzon, la Unión Soviética capturó a unos 10 000 oficiales polacos, que se convirtieron en prisioneros de guerra. Estos prisioneros fueron luego llevados a unos campos en el territorio disputado y se les puso a trabajar en la construcción de carreteras, etc.

Dos años más tarde, el 22 de junio de 1941, la Alemania Nazi atacó esa a la Unión Soviética por sorpresa. El Ejército Rojo se vio forzado a retirarse urgentemente y Ucrania fue ocupada por los alemanes. Durantes esta retirada urgente no fue posible evacuar a los prisioneros polacos de guerra hacia el interior del país. El jefe del campo nº 1, el Mayor Vetoshnikov, declaró que había solicitado al jefe de tráfico de la Sección de Smolensk de los Ferrocarriles del Este que se le proporcionaran vagones para la evacuación de los prisioneros pero le respondieron que esto estaba lejos de ser posible. El ingeniero Ivanov, que había sido Jefe de Tráfico en aquella época, confirmó que no había vagones que compartir. “Además,” dijo, “no podíamos enviar vagones a la línea Gussino, donde estaban la mayoría de los prisioneros polacos, porque aquella línea ya estaba en la línea de fuego”. El resultado fue que, debido a la retirada soviética del territorio, los prisioneros polacos se convirtieron en prisioneros de los alemanes. En abril de 1943, los hitlerianos anunciaron que los alemanes habían encontrado varias fosas comunes en el bosque de Katyn, cerca de Smolensk, que tenían enterrados los cadáveres de cientos de oficiales polacos supuestamente asesinados por los rusos.

Este anuncio fue preparado para minar más en adelante los esfuerzos de cooperación de polacos y rusos para derrotar a los alemanes. La alianza ruso-polaca siempre fue dificultosa porque el gobierno polaco en el exilio, instalado en Londres, era obviamente un gobierno de las clases explotadoras. Tenía que enfrentarse a los alemanes debido a la posterior cínica invasión de su país para el lebensraum. La posición de la Unión Soviética era que mientras ésta pueda conservar el territorio al este de la línea Curzon, no tendría ningún problema en que se restableciera un gobierno burgués en Polonia. Pero la alianza ya se encontraba en dificultades porque el gobierno polaco en el exilio, liderado por el general Sikorski, instalado en Londres, no estaba dispuesto a que se devolvieran estos territorios. Y esto pese a que en 1941, cuando Hitler invadió Polonia, la Unión Soviética y el gobierno polaco en el exilio no solamente establecieron relaciones diplomáticas sino que además acordaron que la Unión Soviética financiaría “bajo las órdenes de un jefe designado por el gobierno polaco en el exilio pero aprobado por el gobierno soviético” la formación de un ejército polaco, siendo este jefe el general Anders (un prisionero de los soviéticos desde 1939), un antisoviético redomado. El 25 de octubre de 1941 este ejército ya tenía 41 000 hombres, incluyendo 2630 oficiales. No obstante el general Anders rechazaría ulteriormente luchar en el frente germano-soviético por la disputa por la frontera entre la Unión Soviética y Polonia, y el ejército polaco tuvo que ser enviado a otro lugar para luchar, en concreto Irán.

Sin embargo, pese a las hostilidades del gobierno polaco en el exilio, hubo una parte importante de los residentes polacos en la Unión Soviética que no eran antisoviéticos y que aceptaron la reclamación soviético de los territorios al este de la línea Curzon. Muchos de ellos eran judíos. Estos ciudadanos formaron la Unión de Patriotas Polacos que fue la columna vertebral de un gobierno polaco alternativo en el exilio.

La propaganda nazi en relación a la masacre de Katyn fue preparada para volver imposible el que los soviéticos pudieran hacer cualquier trato con los polacos. El general Sikorski utilizó la propaganda nazi para vengarse, afirmándole a Churchill que tenía “abundantes pruebas”. El cómo había obtenido estas “pruebas” de forma simultánea al anuncio alemán de esta supuesta atrocidad soviética no está claro, aunque dice mucho sobre la colaboración secreta entre Sikorski y los nazis. Los alemanes habían hecho pública su acusación el 13 de abril. El 16 de abril el gobierno soviético emitió un comunicado oficial en el que negaba “las fabricaciones calumniosas sobre los supuestos fusilamientos en masa por órganos soviéticos en el área de Smolensk durante la primavera de 1940”. Añadió:

“La declaración de los alemanes no deja ninguna duda acerca del fatal destino de los antiguos prisioneros de guerra polacos, que en 1941 fueron contratados para obras de construcción en el área oeste de Smolensk y que, junto con muchos otros ciudadanos soviéticos, han caído en manos de los verdugos alemanes tras la retirada de las tropas soviéticas”.

Con la fabricación de esta historia, los alemanes decidieron adornarla con un toque antisemita, afirmando que podían dar los nombres de oficiales soviéticos encargados de la masacre que tenían todos nombres judíos. El 19 de abril Pravda respondió lo siguiente:

“Sintiendo la indignación de toda la humanidad progresista por su masacre de civiles pacíficos, y en particular de judíos, los alemanes ahora tratan de provocar la ira de gente crédula contra los judíos. Por este motivo han inventando toda una colección de ‘comisarios judíos’ que según ellos participaron en la masacre de 10 000 oficiales polacos. Para tales expertos en falsificación no ha sido difícil inventarse un par de nombres de gente que nunca ha existido – Lev Rybak, Abraham Brodninsky, Chaim Fineberg. Ninguna de esas personas ha existido jamás, ni en la ‘sección de Smolensk del GPU’ ni en ningún otro departamento del NKVD…”

La insistencia de Sikorski en querer divulgar la propaganda alemana llevó a la total ruptura de relaciones entre el gobierno polaco en el exilio de Londres y el gobierno soviético – tal como lo comentó Goebbels en su diario:

“Esta ruptura supone en un ciento por ciento una victoria de la propaganda alemana y especialmente para mí personalmente… hemos sido capaces de convertir el incidente de Katyn en una importante cuestión política”.

Al mismo tiempo la prensa británica condenaba a Sikorski por su intransigencia:

El diarioThe Times del 28 de abril escribió: “Es sorprendente y lamentable que los que tenían muy buenas razones para comprender la perfidia y la ingenuidad que había en la maquinaria de propaganda de Goebbels, hayan caído ellos mismos en la trampa que había creado. Era difícil que los polacos hubiesen olvidado el volumen de propaganda que se difundió ampliamente durante el primer invierno de la guerra y que describía con todo lujo de detalles unas evidencias circunstanciales, incluyendo una fotografía, que mostraban unas supuestas atrocidades polacas contra los pacíficos habitantes alemanes de Polonia”.

Lo que hay detrás de la insistencia de Sikorski en que la masacre haya sido perpetuada por los soviéticos antes que por los alemanes, es la disputa del territorio al este de la línea Curzon. Sikorski estaba tratando de utilizar la propaganda alemana para movilizar al imperialismo occidental en defensa las exigencias polacas sobre este territorio, de evitar pues, tal como él lo vio, que tomaran partido por la Unión Soviética en la cuestión de la disputa de esta frontera.

Cuando leemos hoy en día las fuentes burguesas, vemos que todas aseguran que la Unión Soviética era responsable de la masacre de Katyn, y lo hacen con tanta seguridad y frecuencia que al tratar de argumentar lo contrario uno se siente como un nazi revisionista intentando negar la masacre de judíos por Hitler. Después de la desintegración de la Unión Soviética, Gorbachov se sumó a esta campaña de desinformación y produjo material que supuestamente provenía de los archivos soviéticos que ‘demostraba’ que los soviéticos cometieron esa atrocidad, y que por supuesto lo hicieron por órdenes de Stalin. Conocemos el interés que todos los Gorbachovs tenían en satanizar a Stalin. Su objetivo no era tanto Stalin como el socialismo. Al denigrar el socialismo, su propósito era el de restablecer el capitalismo y de disfrutar de unas vidas de lujo parasítico para ellos y sus lacayos en detrimento del sufrimiento colectivo de los pueblos soviéticos. Su cinismo equivale al de los nazis alemanes y no nos podemos sorprendernos al verles cantar con la misma cantinela.

Las fuentes burguesas afirman despreocupadamente que las pruebas ofrecidas por los soviéticos que culpaban a los alemanes son totalmente inexistentes o bien se basan en testimonios de habitantes aterrorizados de la región. No mencionan nada acerca de una prueba que hasta el mismo Goebbels reconoció como algo inconveniente, desde su punto de vista. En su diario el 8 de mayo de 1943, escribió: “Desgraciadamente, la munición alemana ha sido encontrada en Katyn… es fundamental que este incidente se mantenga en secreto. Si llegara a ser conocido por el enemigo todo el asunto de Katyn tendría que ser abandonado”.

En 1971 hubo una carta al director The Times que sugería que la masacre de Katyn no pudo haber sido perpetrada por los alemanes puesto que ellos habrían empleado las ametralladoras y las cámaras de gas antes que deshacerse de los prisioneros de la manera en que las víctimas de Katyn fueron asesinados, esto es, mediante un tiro en la nuca. Entonces un antiguo soldado alemán residente en Godalming, Surrey, intervino en la correspondencia con el periódico:

“En tanto que soldado alemán, en esa época convencido de la justeza de nuestra causa, había participado en muchas batallas y acciones durante la campaña rusa. No había estado en Katyn ni en el bosque cercano al lugar. Pero recuerdo bien el escándalo que se produjo cuando en 1943 llegaron las noticias sobre el descubrimiento de la espantosa fosa común cerca de Katyn, cuyo territorio había sido amenazado por el Ejército Rojo.

Joseph Goebbels, tal como lo muestran los archivos históricos, ha engañado a mucha gente. Después de todo, era su trabajo y pocos discutirían su casi total maestría a la hora de hacerlo. Sin embargo, lo que es verdaderamente sorprendente es que se siga considerando una prueba en las páginas del Times treinta años después. Escribiendo desde mi experiencia, no creo que en aquel momento de la guerra Goebbels maquinara para engañar a muchos soldados alemanes en Rusia con el asunto de Katyn… Los soldados alemanes sabían perfectamente que habían sido disparos en la nuca… los soldados alemanes sabíamos que los oficiales polacos no habían sido eliminados por otra gente que la nuestra”.

Además, muchos testigos vinieron después para atestiguar sobre la presencia de oficiales polacos en la región después de que los alemanes la hayan ocupado.

Maria Alexandrovna Sashneva, una maestra de una escuela primaria local, declaró a una comisión especial organizada por la Unión Soviética en septiembre de 1943, inmediatamente después de que el territorio fuera liberado de los alemanes, y dijo que en agosto de 1941, dos meses después de la retirada soviética, ella había escondido a un prisionero de guerra polaco en su casa. Su nombre era Juzeph Lock, y le había hablado de los malos tratos sufridos por los prisioneros polacos bajo la ocupación alemana:

“Cuando los alemanes llegaron, se apoderaron del campo de prisioneros polacos y establecieron allí un régimen estricto. Los alemanes no consideraban a los polacos como seres humanos. Los oprimieron y vejaron de todas las maneras posibles. En alguna ocasión se disparaba a los polacos sin motivo alguno. Él decidió escapar…”

Otros testigos prestaron declaración diciendo que habían visto a los polacos durante los meses de agosto y septiembre de 1941 trabajando en las carreteras.

Además, unos testigos también atestiguaron sobre la persecución de los alemanes a los prisioneros polacos fugados durante el otoño de 1941. Danilenko, un campesino local, era uno de los muchos testigos que testimoniaron sobre ello:

“Se realizaron operaciones de persecución en nuestra aldea para capturar a los prisioneros de guerra polacos que habían escapado. Algunas búsquedas se hicieron en mi casa 2 o 3 veces. Tras una de ellas, le dije al cabecilla… ¿a quién buscáis en nuestra aldea? [Él] respondió que una orden había sido recibida del Estado mayor alemán, por la cual se debían realizar rastreos por todas las casas sin excepción, puesto que unos prisioneros de guerra polacos que habían escapado del campo se estaban escondiendo en nuestra aldea”.

Obviamente los alemanes no le dispararon a los polacos ante la vista de testigos locales, pero hay no obstante testimonios significativos de la gente local acerca de lo que estaba ocurriendo. Un testigo fue Alexeyeva que había sido elegida por el líder de su aldea para servir al personal alemán en una casa de campo en el sector del bosque de Katyn conocido como Kozy Gory, que había sido la casa de descanso de la administración de Smolensk del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos. Esta casa se situaba a unos 700 metros del lugar donde se encontraron las fosas comunes. Alexeyeva dijo:

“Hacia el final de agosto y durante la mayor parte de septiembre de 1941 varios camiones solían venir prácticamente cada día a la casa de campo de Kozy Gory. Al principio no presté atención a ello, pero más tarde advertí de que cada vez que estos camiones llegaban al lugar de la casa de campo paraban allí media hora, y a veces una hora, en algún lugar de la ruta que conectaba a la casa de campo con la carretera. Saqué esta conclusión porque al poco tiempo de llegar al lugar de la casa de campo el ruido que hacían se detenía.

Simultáneamente a la detención del ruido se oían disparos. Los disparos se iban siguiendo uno detrás del otro por intervalos cortos pero aproximadamente regulares. Después los disparos dejaban de oírse y los camiones se dirigían directos a la casa de campo. Los soldados alemanes y los oficiales salían de los camiones. Hablando ruidosamente, venían a lavarse en los baños, tras lo cual realizaban orgías de alcohol.

En los días en que llegaban los camiones, solían venir a la casa de campo más soldados provenientes de unidades militares alemanas. Se les preparaban camas especiales… Evidentemente, poco después de que los camiones llegaran a la casa de campo, unos soldados armados se iban al bosque, al lugar donde paraban los camiones porque en una media hora volvían en aquellos camiones con los soldados que vivían permanentemente en la casa de campo.

… En varias ocasiones vi manchas de sangre fresca en la ropa de dos cabos. De todo esto inferí que los alemanes traían a gente a la casa de campo y las fusilaba”.

Alexeyeva también descubrió que la gente que era ejecutada eran prisioneros polacos.

“Una vez me quedé algo más tarde de lo normal en la casa de campo… Antes de terminar el trabajo que me retenía allí, un soldado entro súbitamente y me dijo que me podía ir… Me… acompañó hasta la carretera.

Sobre la carretera, a 150 ó 200 metros del lugar donde la carretera se bifurcaba hacia la casa de campo, vi un grupo de unos 30 prisioneros de guerra polacos caminando a lo largo de la carretera, fuertemente escoltados por alemanes… Me paré cerca del borde de la carretera para ver adónde los llevaban, y vi que se habían desviado hacia nuestra casa de campo en Kozy Gory.

Desde ese momento comencé a observar de cerca todo lo que iba ocurriendo en la casa de campo, empecé a interesarme por ello. Una vez que había caminado una cierta distancia sobre la carretera, daba marcha atrás y me escondía en los arbustos cerca de la carretera, y esperaba. En unos 20 o 30 minutos oía los familiares ruidos de disparos”.

Las otras dos sirvientas solicitadas para la casa de campo, Mijailova y Konajoskaya, hicieron declaraciones que apoyaban esta versión. Otros residentes del área dieron testimonios similares.

Basilevsky, el director del observatorio de Smolensk, fue elegido ayudante del burgomaestre Menshagin, un colaboracionista nazi. Basilevsky, trataba de asegurar la liberación de Zhiglinski, un profesor arrestado por los alemanes, y persuadió a Menshagin de hablar con el comandante alemán de la región, Von Schwetz, sobre esta cuestión. Menshagin lo hizo pero luego informó que era imposible asegurar esa liberación porque “se habían recibido instrucciones de Berlín ordenando que el régimen más estricto sea mantenido”.

Basilevsky luego contó su conversación con Menshagin:

“Involuntariamente repliqué ‘¿Puede algo ser más estricto que el régimen existente en el campo?’ Menshagin me miró de una manera extraña y aproximándose a mi oído, me respondió: ¡sí, puede haberlo! Los rusos pueden al menos ser abandonados para dejarlos morir, pero en cuanto a los prisioneros polacos, la orden es sencillamente la de exterminarlos”.

Tras la liberación el cuaderno de notas de Menshagin fue encontrado con escritos de su propia letra, tal como lo confirmaron grafólogos expertos. En la página 10, con fecha el 15 de agosto de 1941, anotó:

“Todos los prisioneros de guerra fugitivos deben ser detenidos y entregados en la oficina del comandante”.

En sí mismo, esto prueba que los prisioneros polacos todavía estaban en vida en ese momento. En la página 15, que no tiene fecha, aparece la entrada siguiente: “Hay algún rumor entre la población en relación a las ejecuciones de prisioneros de guerra polacos en Kozy Gory (según Umnov)” (Umnov era el jefe de la policía rusa).

Un gran número de testigos declararon que habían sido presionados en 1942-43 por los alemanes para dar falsos testimonios sobre la ejecución de polacos por los rusos.

Parfem Gavrilovich Kisselev, un residente de la aldea cercana a Kozy Gory, declaró que en otoño de 1942 le había llamado la Gestapo y que había sido entrevistado por un oficial alemán:

“El oficial declaró, de acuerdo con la información que disponía la Gestapo, que en 1940, en la zona de Kozy Gory, en el bosque de Katyn, miembros del personal del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos dispararon a oficiales polacos y me preguntó qué testimonio podría dar yo para dar fe de ello. Le respondí que nunca había oído nada acerca de que el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos disparase a gente en Kozy Gory, y que de todas maneras eso era imposible. Le expliqué al oficial que Kozy Gory era un lugar completamente abierto y muy frecuentado, y que si hubiese habido disparos allí toda la población de las aldeas de los alrededores lo habría sabido…

… Sin embargo, el intérprete no quiso escucharme, y cogió un documento escrito sobre el despacho y me lo leyó. Decía que yo, Kisselev, residente en un caserío de la zona de Kozy Gory, había presenciado personalmente los disparos a los oficiales polacos por miembros del personal del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos en 1940.

Tras haber leído el documento, el intérprete me dijo que lo firmara. Rechacé hacerlo… Finalmente gritó ‘O bien lo firmas de una vez o bien le destruimos. Haga una elección.’

Atemorizado por estas amenazas, firmé el documento y pensé que esto sería el fin del problema”.

Pero no fue el fin del problema, porque los alemanes esperaban que Kisselev diera su palabra de lo que había ‘presenciado’ a unos grupos de ‘delegados’ invitados por los alemanes a la zona para que sean testigos del relato de unas supuestas atrocidades soviéticas.

Poco después de que las autoridades alemanas hubiesen anunciado al mundo la existencia de fosas comunes en abril de 1943, “el intérprete de la Gestapo vino a mi casa y me llevó al bosque en el área de Kozy Gory.

“Cuando habíamos salido de la casa y estábamos solos, el intérprete me aviso de que tenía que decirle todo a la gente presente en el bosque exactamente como lo había escrito en el documento que había firmado en el cuartel de la Gestapo.

Cuando llegué al bosque vi las fosas abiertas y a un grupo de extranjeros. El intérprete me dijo que eran delegados polacos que habían llegado para inspeccionar las fosas. Cuando nos acercamos a las fosas los delegados empezaron a hacerme varias preguntas en ruso en relación a las ejecuciones de los polacos, pero como había pasado más de un mes desde que me había convocado la Gestapo, olvidé todo lo que aparecía en el documento que había firmado, me confundí, y finalmente dije que no sabía nada sobre las ejecuciones de los oficiales polacos.

El oficial alemán se puso muy furioso. Bruscamente, el intérprete me apartó de la ‘delegación’ y me echó fuera. A la mañana siguiente un coche con un oficial de la Gestapo llegó a mi casa. Éste me encontró en el jardín, me dijo que estaba arrestado, me metió en el coche y me llevó a la prisión de Smolensk.

Después de mi arresto fue interrogado muchas veces, aunque más que hacerme preguntas, me golpeaban. La primera vez que me llamaron me pegaron muy fuerte y abusaron de mí, se quejaban de mí diciéndome que les había fallado, y me llevaron de nuevo a mi celda. Durante los siguientes interrogatorios me dijeron que debía declarar públicamente que había presenciado las ejecuciones a oficiales polacos por los bolcheviques, y que hasta que la Gestapo no se creyera que lo hubiera hecho de buena fe, no sería liberado de prisión. Le dije al oficial que preferiría quedarme en prisión antes que decirle mentiras a la gente en su cara. Después de esto me volvieron a pegar duramente.

Hubo varios interrogatorios acompañados de golpes, y como resultado perdí toda mi fuerza, mi sentido del oído se volvió muy pobre y no pude mover mi brazo derecho. Aproximadamente un mes después de mi arresto un oficial alemán me llamó y me dijo: ‘Puede ver las consecuencias de su obstinación, Kisselev. Hemos decido ejecutarle. Por la mañana le llevaremos al bosque de Katyn y le colgaremos.’ Le pedí al oficial que no lo hiciera, y empecé a suplicarles alegando que yo no era la persona adecuada para hacer de ‘testigo’ puesto que yo no sabía cómo contar mentiras y que por lo tanto volvería a mezclarlo todo de nuevo.

El oficial siguió insistiendo. Algunos minutos más tarde unos soldados llegaron a la sala y comenzaron a golpearme con porras. Siendo incapaz de aguantar los golpes y las torturas, acordé aparecer en público con un cuento falaz sobre ejecuciones a polacos por los bolcheviques. Después sería liberado de prisión, con la condición de que en cuanto lo solicitaran los alemanes, hablaría delante de una ‘delegación’ en el bosque de Katyn…

En cada ocasión, antes de llevarme al lugar de las fosas en el bosque, el intérprete solía venir a mi casa, llamarme desde el jardín, llevarme hacia un lado para que nadie oyera, y durante media hora me hacía memorizar todo lo que tendría que decir acerca de las supuestas ejecuciones de oficiales polacos por el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos en el 1940.

Recuerdo que el intérprete me dijo algo así: ‘Vivo en una casita en el área de ‘Kozy Gory’, no muy lejos de la casa de campo del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos. En la primavera de 1940 vi como varias noches se llevaban polacos al bosque y los fusilaban allí’. Después era imperativo que yo declarase literalmente que ‘éstos eran los métodos del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos.’ Tras haber memorizado lo que me dijo el intérprete me llevaba al lugar donde estaban las fosas abiertas en el bosque y me pedía que repitiera todo eso en presencia de las ‘delegaciones’ que acudían al lugar.

Mis declaraciones estaban estrictamente supervisadas y orientadas por el intérprete de la Gestapo. Una vez, cuando hablé delante de algunas ‘delegaciones’, me hicieron la siguiente pregunta: ‘¿Vio usted personalmente a los polacos antes de que fuera ejecutados por los bolcheviques?’ No estaba preparado para responder a una pregunta así y respondí contándoles la verdad, esto es que yo vi prisioneros de guerra polacos antes de la guerra, caminando sobre las carreteras. Entonces el intérprete me sacó bruscamente de ahí y me condujo a mi casa.

Por favor, créanme cuando les digo siempre que tuve remordimientos de conciencia, porque sabía que realmente los oficiales polacos habían sido ejecutados por los alemanes en 1941. No tuve elección, puesto que estaba constantemente bajo la amenaza de que se repitiera mi arresto y la tortura”.

Mucha gente ha corroborado el testimonio de Kisselev, y un examen médico corroboró igualmente la veracidad de su historia de torturas por parte de los alemanes.

También se presionó a Ivanov, un empleado de la estación local de ferrocarriles de Gnezdovo para que diera un falso testimonio:

“El oficial preguntó si yo sabía que una gran parte de los oficiales polacos capturados había llegado en varios trenes a la estación de Gnezdovo durante la primavera de 1940. Luego me preguntó si sabía que durante la misma primavera de 1940, poco después de la llegada de los oficiales polacos, los bolcheviques los habían ejecutado a todos en el bosque de Katyn. Le dije que había oído hablar de ello, y que no podía ser de otra manera puesto que durante los años 1940-41 hasta la ocupación de Smolensk por los alemanes, me había encontrado a oficiales polacos que habían llegado durante la primavera de 1940 en la estación de Gnezdovo y que fueron empleados en la construcción de carreteras.

El oficial me dijo que si un oficial alemán decía que los polacos habían sido ejecutados por los bolcheviques, eso significaba que era un hecho. ‘Por lo tanto’, dijo el oficial, ‘no tiene nada que temer, y usted puede firmar con la conciencia tranquila un informe que dice que los oficiales polacos capturados fueron ejecutados por los bolcheviques y que usted fue testigo de ello’.

Le respondí que yo ya era un hombre muy viejo, que tenía 61 años, y que no quería cometer un pecado en la edad anciana. Solo podía testificar que los oficiales polacos capturados llegaron a la estación de Gnezdovo durante la primavera de 1940. El oficial alemán comenzó a persuadirme de que diera el testimonio exigido, prometiéndome de que si aceptaba me promocionaría de mi puesto de vigilante en el cruce de ferrocarriles al de jefe de la estación de Gnezdovo, que había ocupado durante el gobierno soviético, y también de que satisfaría todas mis necesidades materiales.

El intérprete subrayó que mi testimonio como antiguo oficial de ferrocarriles de la estación de Gnezdovo, la más cercana al bosque de Katyn, era extremadamente importante para el Estado Mayor alemán, y que no me iba a arrepentir si daba testimonio de ello. Comprendí que yo me encontraba en una situación extremadamente complicada, y que me esperaba un triste destino. Pese a todo, volví a negarme a dar un testimonio falso al oficial alemán. Empezó a gritarme, a amenazarme con golpearme y dispararme, y dije que no podía saber qué era lo mejor para mí. Sin embargo, me mantuve en pie. Entonces el intérprete redactó un breve informe de una página en alemán, y me dio una traducción de su contenido. El informe solamente hacia constar, tal como me lo dijo el intérprete, el hecho de la llegada de los prisioneros de guerra polacos a la estación de Gnezdovo. Cuando pedí que mi testimonio fuera registrado no solamente en alemán sino también en ruso, al final el oficial se enfureció, me golpeó con una porra y me sacó del local…”

Sawateyev fue otra persona que fue presionada por los alemanes para dar un falso testimonio. Declaró a la Comisión Soviética de Investigación:

“En el cuartel de la Gestapo testifiqué que durante la primavera de 1940 los prisioneros de guerra polacos llegaron a la estación de Gnezdovo en varios trenes y luego siguieron su camino subidos en camiones, pero no sabía hacia donde iban. También añadí que más tarde vi a esos polacos de forma repetida en la carretera de Moscú a Minsk, donde estaban trabajando en tareas de reparación en pequeños grupos. El oficial me dijo que estaban confundiendo las cosas, que no podía haberme encontrado a los polacos en la carretera, puesto que habían sido ejecutados por los bolcheviques, y me pidió que testificara sobre ello.

Me negué. Tras amenazarme y convencerme de mil maneras durante mucho tiempo, el oficial consultó algo en alemán con el intérprete, y entonces el intérprete escribió un breve informe y me lo dio para que lo firmara. Me explicó que era un registro de mi testimonio. Le pedí al intérprete que me dejara leerlo yo mismo, pero me interrumpió soltándome improperios, ordenándome que lo firmara inmediatamente y me largara. Dudé durante un minuto. El intérprete agarró una porra que colgaba de la pared e hizo ademán de golpearme. Acto seguido firmé el informe que me enseñaron. El intérprete me pidió que saliera y me fuera a casa, y que no hablara con nadie de este tema o entonces sería fusilado…”

Otros dieron un testimonio similar.

Se han proporcionado también pruebas de cómo los alemanes ‘trataron’ las fosas comunes para tratar de eliminar cualquier indicio de que la masacre no tuvo lugar durante el otoño de 1941 sino durante la primavera de 1940, poco después de que los polacos llegaran en primer lugar a la zona. Alexandra Mikhailovna había trabajado durante la ocupación alemana en la cocina de una unidad militar alemana. En marzo de 1943 encontró un prisionero de guerra ruso escondido en su cobertizo:

“De las conversaciones que mantuve con él supe que su nombre era Nikolai Yegorov, un nativo de Leningrado. Había estado en el campo de prisioneros alemán número 126 en la ciudad de Smolensk desde el final del año 1941. Al comienzo del mes de marzo de 1943, fue enviado con una columna de varios cientos de prisioneros de guerra desde el campo hacia el bosque de Katyn. Una vez ahí, todos fueron obligados, incluyendo a Yegorov, a desenterrar unas fosas que contenían los cadáveres de oficiales polacos con el uniforme puesto, a sacarlos fuera de las fosas y retirar de sus bolsillos documentos, cartas, fotografías y todo artículo que pudieran encontrar.

Los alemanes dieron la estricta orden de que nada podía quedar en los bolsillos de los cadáveres. Dos prisioneros de guerra fueron ejecutados porque tras haber registrado algunos cadáveres, un oficial alemán encontró algunos papeles en los mismos. Los artículos, documentos y cartas extraídas de las ropas de los cadáveres fueron examinados por los oficiales alemanes, quienes entonces obligaron a los prisioneros a recolocar de nuevo parte de los papeles en los bolsillos de los cadáveres, mientras que el resto fue arrojado a un montón de artículos y documentos que habían extraído, para ser luego quemado.

Aparte de esto, los alemanes hicieron que los prisioneros colocaran en los bolsillos de los oficiales polacos algunos papeles que habían tomado de las maletas o maletines (no recuerdo exactamente) que habían traído consigo. Todos los prisioneros de guerra vivieron en el bosque de Katyn bajo el cielo abierto en pésimas condiciones, y estaban siendo extremadamente vigilados. A principios del año 1943, todo el trabajo planificado por los alemanes parecía aparentemente estar completado, porque durante tres días ninguno de los prisioneros de guerra tuvo trabajo alguno que hacer…

De repente de noche todos fueron despertados sin excepción alguna y fueron llevados a algún lugar. Se había reforzado la guardia. Yegorov sintió que algo iba mal y comenzó a observar detenidamente todo lo que estaba ocurriendo. Caminaron durante tres o cuatro horas en dirección desconocida. Se detuvieron en el bosque cerca de un hoyo que había en un claro. Vio como separaban un grupo de prisioneros del resto, éstos fueron llevados hacia el hoyo y luego fusilados. Los prisioneros de guerra empezaron a inquietarse y a ponerse nerviosos haciendo ruido. No muy lejos de donde estaba Yegorov varios prisioneros de guerra atacaron a los guardias. Otros guardias vinieron corriendo hacia el lugar. Yegorov aprovechó la confusión reinante y se fue corriendo hacia la oscuridad del bosque, oyendo gritos y disparos.

Después de oír esta terrible historia, que se me quedó grabada en la mente para el resto de mi vida, empecé a sentir mucha pena por Yegorov, y le dije que viniera a mi habitación a calentarse y que se escondiera en mi casa hasta que hubiera recobrado su fuerza. Pero Yegorov rechazó mi proposición… Dijo que pasara lo que pasara iba a irse esta misma noche, para intentar atravesar la línea de frente del Ejército Rojo. Por la mañana, cuando vine para asegurarme de que Yegorov se había ido, todavía estaba en el cobertizo. Al parecer por la noche había intentado irse, pero tras solamente haber dado 50 pasos se sintió tan débil que se vio obligado a volver. Decidimos que se quedara en mi casa durante varios días más para recobrar su fuerza. Después de alimentar a Yegorov me fui al trabajo. Cuando volví a casa por la tarde mis vecinos Branova, Mariya Ivanovna, Kabanovskaya y Yekaterina Viktorovna me dijeron que al mediodía hubo un registro, por lo que el prisionero del Ejército Rojo había sido encontrado y se lo habían llevado”.

Posteriormente, un ingeniero mecánico llamado Sujachev, que había trabajado bajo la ocupación alemana como mecánico en el molino de la ciudad de Smolensk, corroboró esos hechos:

“Yo estaba trabajando en el molino durante la segunda quincena de marzo de 1943. Ahí hablé con un chófer alemán que hablaba un poco de ruso, y como transportaba harina al pueblo de Savenki para la tropas, y volvía a Smolensk el día siguiente, le pregunté si podía llevarme con él para que pudiera comprar mantequilla al pueblo. Mi idea era que viajar en un camión alemán me evitaría el ser detenido en el punto de control. El alemán aceptó a cambio de dinero.

El mismo día a las 10 de la noche yo y el conductor alemán nos dirigimos en el camión hacia la carretera que iba de Smolensk a Vitebsk. La noche era liviana, y solamente una ligera niebla reducía la visibilidad. Aproximadamente a unos 22 o 23 kilómetros de Smolensk, a la altura de un puente en ruinas sobre la carretera, hay una ruta con una pendiente bastante inclinada. Cuando estábamos empezando a bajar por ahí, de repente surgió un camión desde dentro de la niebla, dirigiéndose hacia nuestra posición. Bien porque nuestro frenos no funcionaban correctamente, o bien porque el conductor no tenía experiencia, no fuimos capaces de detener el camión, y como el paso era bastante estrecho, nos chocamos con el camión que venía hacia nosotros. El impacto no fue muy violento porque el conductor del otro camión viró bruscamente hacia un lado, motivo por el cual los camiones se chocaron y se deslizaron el uno contra el otro.

Sin embargo la rueda derecha del otro camión se metió en la zanja, y el camión se cayó por la ladera de la carretera. Nuestro camión se mantuvo en posición vertical. El conductor y yo salimos inmediatamente fuera de la cabina y corrimos hacia el camión que se había caído. Nos cruzamos con un fuerte hedor a carne putrefacta que salía del camión.

Según nos íbamos acercando, vi que el camión transportaba un cargamento cubierto con una lona y atado con cuerdas. Con el impacto, las cuerdas se habían roto, y parte del cargamento se había caído sobre la ladera. Era un horrible cargamento – cadáveres humanos vestidos con uniformes militares. Según recuerdo había unos seis o siete hombres cerca del camión, un conductor alemán, dos alemanes armados con metralletas – el resto eran prisioneros de guerra rusos, puesto que hablaban ruso y se vestían como tales.

Los alemanes comenzaron a insultar a mi conductor y luego varias veces intentaron poner el camión en pie. Unos dos minutos después otros dos camiones llegaron al lugar del accidente y se acercaron. Un grupo de alemanes y de prisioneros de guerra rusos, unos diez en total, salieron de esos camiones y vinieron hacia nosotros… Juntando esfuerzos comenzamos a enderezar el camión. Aprovechando un momento oportuno le pregunté a uno de los prisioneros de guerra rusos en voz baja: ‘¿Qué es esto?’ Él respondió, muy tranquilamente: ‘Ya llevamos varias noches transportando cadáveres al bosque de Katyn’.

Antes de que el camión que se había volcado se enderezara, un oficial alemán se acercó a mí y a mi conductor y nos ordenó que marcháramos inmediatamente. Como nuestro camión no había sufrido daños serios, el conductor cogió el volante y lo llevó hacia un lado, se metió en la carretera, y así nos fuimos. Mientras pasábamos al lado de los dos camiones cubiertos que habían llegado más tarde pude oler de nuevo el horrible hedor de los cadáveres”.

Hubo varias personas más que también aseguraron haber visto los camiones cargados con cadáveres.

Un tal Zhukov, un patólogo que visitó las fosas en abril de 1943 por invitación de los alemanes, también dio su testimonio:

“Las ropas de los cadáveres, en particular las casacas, las botas y los cinturones, se encontraban en buen estado de preservación. La parte metálicas de las ropas – las hebillas de los cinturones, los ganchos de los botones y los clavos de la suelas de los zapatos, etc. – no estaban muy oxidadas, y en algunos casos el metal todavía conservaba el brillo. Las secciones de la piel de los cadáveres que se podían ver – rostros, nucas, brazos – eran en general de un sucio color verde, y en algunos casos marrón, pero no había una desintegración total de los tejidos, ni putrefacción. En algunos casos se podían ver tendones cortados de un color blanquecino y partes de músculos.

Mientras estaba en las excavaciones había gente trabajando en clasificar y extraer cadáveres del fondo de una gran fosa. Para ellos usaron palas y otras herramientas, e incluso agarraban los cadáveres con las manos y se los llevaban de un lugar a otro cogiéndolos de los brazos, las piernas o la ropa. No vi un solo cadáver desmembrarse o caer al suelo.

Considerando todo ello, llegué a la conclusión de que los cadáveres no se habían mantenido bajo tierra durante tres años, tal como afirmaban los alemanes, sino mucho menos. Sabiendo que en las fosas comunes, y particularmente sin ataúdes, la putrefacción de los cadáveres progresa más rápidamente que en simples tumbas, concluí que las ejecuciones masivas de los polacos habían tenido lugar hacía aproximadamente año y medio, y que podían haber ocurrido durante el otoño de 1941 o la primavera de 1942. Como resultado de mi visita al lugar de las excavaciones me convencí firmemente de que los alemanes habían cometido un crimen monstruoso”.

Varias otras personas que visitaron las fosas en aquel momento dieron un testimonio parecido.

Además, unos patólogos que examinaron los cadáveres en 1943 llegaron a la conclusión de que no podría llevar muertos más de dos años. Por si fuera poco, se encontraron documentos en algunos de los cadáveres que obviamente se les escaparon a los alemanes cuando trataron de adulterar las pruebas. Entre aquellos se encontraban una letra con fecha de septiembre de 1940, una tarjeta postal con fecha del 12 de noviembre de 1940, una papeleta de empeño recibida el 14 de marzo de 1941 y otra recibida el 25 de marzo de 1941, unos recibos con fechas del 6 de abril de 1941, 5 de mayo de 1941, 15 de mayo de 1941 y una tarjeta postal en polaco sin enviar con fecha del 20 de junio de 1941. Aunque todas estas fechas sean anteriores a la retirada de los soviéticos, todas se posteriores al momento en que se produjeron los presuntos asesinatos por parte de las autoridades soviéticas durante la primavera de 1940, fecha de la supuesta masacre que dieron todos los que los alemanes fueron capaces de intimidar para que dieran un falso testimonio. Si, como dicen los propagandistas burgueses, esos documentos son falsos, habría sido de lo más fácil falsificar documentos que fueran posteriores a la retirada soviética, sin embargo esto no se hizo – y no se hizo porque los documentos encontrados eran indudablemente auténticos.

Ella Rule, Stalin Society

Biografía de Marx (Parte 3)



Demócrito y Epicuro
en el país de los idealistas


En la Universidad de Berlín, Marx leyó de todo pero estuvo
muy influido por el pensamiento de Hegel que, convenientemente manipulado, era
la doctrina oficial del Estado prusiano. Hegel había muerto en 1831 y no era en
absoluto responsable del modo en que quienes decían ser sus herederos,
retorcían sus postulados, especialmente aquel de que todo lo real es
racional
. Más que cualquier otra cosa, Hegel es el filósofo del cambio, de
la evolución, de que todo lo real tiene que convertirse en racional,
lo cual es precisamente lo contrario de lo anterior. Bajo Hegel se cobijó tanto
la reacción como la revolución; en una expresión no del todo correcta pero
gráfica se ha dicho que los unos se aferraron al sistema, los otros al método.
Lo realmente importante es que aquellas disputas no eran más que el envoltorio
de una lucha política entre el viejo feudalismo alemán y la nueva burguesía
revolucionaria. Pero aquello duró muy poco. Hegel no podía ser nunca un pilar
sólido del orden establecido. La presencia de Hegel en la burocracia prusiana y
alemana ha sido muy exagerada por la posteridad. La misma existencia de unos
revolucionarios que se refugiaban en el hegelianismo, desencadenó una reacción
contra todo lo que tuviera algo que ver con el pensamiento de Hegel y el
gobierno tuvo que liquidar hasta su misma memoria.

Aunque Hegel glorificaba a la burocracia prusiana, esto sólo
podía ir en detrimento de la religión, que era el núcleo de la tradición feudal
y fue en el terreno religioso donde sobrevino el primer choque entre ambas
corrientes que se reclamaban hegelianas. Hegel había sostenido que las
historias sagradas de la Biblia debían ser consideradas como profanas porque a
la fe no le compete el conocimiento de la historia. En 1835 David Strauss se
aferró a esa idea para someter la historia evangélica a la crítica histórica
escribiendo una Vida de Jesús que provocó una enorme
sensación. La Biblia no era la palabra de dios sino un libro de historia. Así
Strauss entroncaba con el luteranismo y el racionalismo burgués. Su
planteamiento hubiera sido inconcebible en un país dominado por el catolicismo
y el dogma pero resultaba lógico en aquellos países donde la vinculación del
hombre con dios se establecía a través de una lectura propia de la Biblia.

Hasta Strauss, la filosofía hegeliana y la religión habían
vivido en buena armonía. Marx escribió, pocos años después: La crítica
de la religión es la condición necesaria de toda crítica. El fundamento de la
crítica irreligiosa es el siguiente: el hombre hace la religión, la religión no
hace al hombre. Pero el hombre no es un ser abstracto, exterior al mundo real.
El hombre es e1 mundo del hombre, es el Estado, la sociedad. Ese Estado, esa sociedad,
que son un mundo absurdo, producen la religión, absurda concepción del mundo.
La religión es la realización fantástica del ser humano, porque el ser humano
no tiene verdadera realidad. La lucha contra la religión es, pues,
indirectamente, la lucha contra un mundo del que ella es el aroma espiritual
.

Políticamente, Strauss era inofensivo, como lo siguió siendo
durante toda su vida. Pero había abierto la veda; sólo había que explotar aquel
filón y para eso ni siquiera eran necesarios pensadores profundos y gruesos
libros de filosofía sino, más que nada, divulgadores y agitadores. Entre éstos
encajaba a la perfección Arnold Ruge (1802-1880), quien había estado
encarcelado de 1824 a 1830. En 1832 entró como profesor en Halle, donde comenzó
a publicar los Anales de Halle entre 1838 y 1841, el órgano de
la izquierda hegeliana. Gracias a un matrimonio afortunado, disfrutaba de una
existencia apacible. Ruge nunca fue más allá del liberalismo burgués, por más
radical que fuera su apariencia. Aunque luego tuviera que refugiarse, en sendas
ocasiones, en Francia y en Inglaterra, él mismo se calificó alguna vez,
bastante acertadamente, de comerciante en espíritu al por mayor. Sin ser ningún
pensador original, ni mucho menos un revolucionario, Ruge tenía, sin embargo,
la cultura, la ambición, el celo y el ardor combativo que hacían falta para
dirigir bien una revista o un periódico científico. Él aseguraba a la
burocracia prusiana que sus Anales de Halle eran cristianos
y prusianos de Hegel
 pero, por mucho que se lo suplicó, el Estado
prusiano no le correspondió en aquel momento, tardó un poco más, lo que tardó
Ruge en abandonar cualquier veleidad agitadora. Finalmente, Ruge acabó a los
pies de Bismarck, quien en 1877 le gratificó con un pensión para pagar y apagar
su conciencia. Es de aquellos que pasó de vivir el presente a vivir del pasado
y, naturalmente a recordarlo: escribió unas memorias tituladas Recuerdos
del tiempo pasado, 1862-1867
. Pero eso sucedió bastante después…

En Halle los Anales de Ruge se convirtieron
en un centro de reunión para todos los espíritus inquietos, especialmente todos
los neohegelianos de Berlín, entre los que había docentes, profesores y
escritores de edad juvenil. De ellos destacaremos a cuatro: Eduardo Meyen,
Adolfo Rutenberg, el más íntimo de los amigos berlineses de Marx, Carlos
Federico Köppen y, sobre todo, Bruno Bauer. No se sabe si también pertenecía a
aquel círculo Max Stirner, profesor en un colegio de señoritas. Nada hay que
permita afirmar que Marx le conociera personalmente, pero entre ambos no medió
nunca la menor afinidad espiritual.
El más importante de todos ellos era Bruno Bauer
(1809-1882), hijo de un pintor en una fábrica de porcelana. Estudió filosofía y
teología en la Universidad de Berlín directamente con Hegel hasta que éste
murió en 1831. En una ocasión Hegel otorgó al joven Bauer un premio académico
por un ensayo filosófico criticando a Kant. Tras obtener la licenciatura en
teología, comenzó a enseñar en la Universidad de Berlín en 1834 y se ocupó,
sobre todo, de crítica bíblica. Próximo entonces a las posiciones de la derecha
hegeliana, criticó a Strauss afirmando la autoridad indiscutible de la
revelación divina, lo que desató una réplica por parte de éste y de la reacción
prusiana. Fue este debate el que empujó a Bauer a cambiar de alineamiento
filosófico, pasándose a la izquierda hegeliana. Al mismo tiempo, en el curso de
esta polémica la reacción se dio cuenta que aquel peligroso proceso tenía sus
raíces en Hegel y que había que acabar con todo el hegelianismo. A la inversa,
Bauer se apercibió de que la única manera de defender Hegel de aquel ataque
generalizado era desde las posiciones de la izquierda.

En 1836, durante sus primeros días como profesor, Bauer
impartió clases a Marx del mismo modo que, una generación después, también fue
mentor de otro joven: Friedrich Nietzsche. Ambos acabaron abandonando a Bauer.
En 1838 publicó en dos volúmenes su Kritische Darstellung der Religion
des Alten Testaments
 que muestran que, aun siendo muy superior a
Strauss desde el punto de vista intelectual, seguía fiel a la derecha
hegeliana. Pero muy pronto su opinión sufrió un vuelco y, en tres trabajos, uno
sobre el cuarto evangelio, el de Juan, otro sobre los tres sinópticos (Marcos,
Mateo y Lucas) y el tercero titulado Herr Hengstenberg, kritische
briefe uber den Gegensatz des Gesetzes und des Evangeliums
, anunció su
ruptura con la derecha hegeliana.

Las aportaciones de Bauer a la historia evangélica fueron
muy importantes, limpiando los últimos residuos teológicos que Strauss había
dejado en pie. Elaboró un profundo análisis de la literatura cristiana del
siglo I para demostrar que en los Evangelios no existía la verdad histórica,
que todo en ellos era obra de la imaginación de los evangelistas. Asimismo
argumentó que la religión cristiana no le había sido impuesta, como se pensaba,
al mundo greco-romano, sino que era el más genuino producto de este mundo. De
este modo, abría la única senda por la que se podían investigar científicamente
los orígenes del cristianismo. Sostuvo que muchos temas centrales del Nuevo
Testamento, especialmente los que eran opuestos al Antiguo Testamento, ya se
encontraban en la literatura greco-romana de aquella época. Bauer demostró que
la influencia judía en Roma había sido mucho más importante de lo que los
historiadores habían creído hasta entonces y que el judaísmo se había
introducido en Roma en la época de los Macabeos, incrementando su población.

Pero en 1839 el prestigio de Bauer, el giro radical que dio
a la teología y, sobre todo, su incorporación al círculo de la izquierda
hegeliana forzaron su traslado a la Universidad de Bonn. Era un intento de
descabezar al grupo, privarlo de su dirección para dispersarlo. La vinculación
entre Bauer y Marx era muy estrecha entonces. Apenas se estableció aquel en
Bonn, intentó que Marx se trasladara con él. Entonces Marx trabajaba en su
tesis doctoral sobre la Diferencia entre la filosofía natural de
Demócrito y la de Epicuro
. Para Bauer aquello no tenía demasiado interés.
Para él, fuera de Aristóteles, Spinoza y Leibniz, no había otra filosofía en el
mundo. En una carta le aconsejaba a Marx que acabase de una vez con aquel despreciable
examen
 y que no le dedicase tanto tiempo, lo cual demostraba que ya
entonces Marx hacía gala de su estilo de escribir concienzudo y, por tanto,
exasperantemente lento, lo que fue una desolación para todos los que le
conocieron, especialmente Bauer, que era una máquina de escribir, casi de manera
automática. En la carta Bauer le decía, además, que Ruge le daba pena y
calificaba de lánguidos sus Anales de Halle aceptando,
a cambio, la publicación de una revista radical que Marx le había propuesto,
dirigida por ambos.

Bauer era el campeón de la crítica. Si existe el arte por el
arte, Bauer sería el representante de la crítica por la crítica, un verdadero
precursor de la Escuela de Frankfurt. La palabra nihilismo apareció entonces
bajo estas influencias perdidas en la abstracción. Lo de Bauer era una
revolución pero sólo en el terreno de la filosofía, para la que Bauer contaba
más con la ayuda que con la oposición del gobierno. La miopía política
de Bauer no era otra cosa que el reverso de su agudeza de visión filosófica
,
escribió Mehring. Bauer atacaba a la teología pero sólo para entronizar al
Estado prusiano sobre fundamentos más sólidos. Separando a la Iglesia del
Estado se fortalecía el Estado y más concretamente sus instituciones
educativas, especialmente la universidad, algo en lo que los académicos como
Bauer estaban muy interesados en una época en la que aún estaban obligados a
llevar peluca. Como Ruge, Bauer acabó sus días siendo otro de aquellos
aduladores de Bismarck.

Muy influido entonces por Bauer, Marx presentó su tesis
doctoral sobre Demócrito y Epicuro, dos filósofos que Hegel había tratado con
bastante desdén porque no podían competir con Platón ni compararse con
Aristóteles. Los escépticos, epicúreos y estoicos formaron escuelas filosóficas
griegas que brotaron en su decadencia, contribuyendo más que ninguna otra a
fecundar el cristianismo. Su meta común era hacer al hombre individual,
independiente de todo lo exterior a él, retrotrayéndole a su vida interior,
llevándole a buscar su dicha en la paz del espíritu, asilo inconmovible aunque
el mundo se derrumbase. En suma, eran filosofías de la autoconciencia. Pero
luego el cristianismo, sostenía Bauer, había enajenado la autoconciencia en
beneficio del Señor de los Evangelios. La humanidad había sido educada en la
esclavitud de la religión cristiana para, de este modo, preparar mejor el
advenimiento de la libertad y abrazarla con tanta o mayor fuerza cuando por fin
ese día llegase. La propia conciencia del hombre, al recobrar su
autoconciencia, recobraría un poder infinito sobre los frutos de su prolongado
renunciamiento.

Como había escrito Köppen, en este abigarrado galimatías
filosófico de la época no subyacía otra cosa que el racionalismo burgués del
siglo XVIII, que también había bebido de las fuentes de la duda de los
escépticos, el ateísmo de los epicúreos y la convicción republicana de los
estoicos. Aunque no tenían la talla de Platón o Aristóteles, estos filósofos
griegos habían dejado una huella muy profunda en la historia. Habían abierto al
espíritu humano nuevas perspectivas, rompiendo las fronteras sociales de la
esclavitud y las fronteras nacionales del helenismo, habían fecundado el
cristianismo primitivo, la religión de los dolientes y los oprimidos, que en
Platón y Aristóteles se trocaba en la Iglesia explotadora y opresora de los
dominadores.

Esta es la médula que Marx quiso explotar. Entonces, aunque
seguía compartiendo la concepción idealista, empezaba ya a extraer de la
ambigua filosofía de Hegel conclusiones ateas y revolucionarias. Mientras Hegel
criticaba el materialismo y el ateísmo de Epicuro, Marx hablaba con admiración
de la valiente lucha que el filósofo griego había sostenido contra la religión
y los prejuicios. Mientras todos los filósofos se habían burlado de Epicuro por
su absurda tesis de la declinación de los átomos, Marx le considera como el
más grande racionalista griego
 que había introducido un absurdo entre
las leyes ciegas de la naturaleza por el que se filtraba la libertad humana.

Naturalmente, en medio de un ambiente idealista, que era
también el de Marx entonces, éste traía el materialismo, el atomismo y el
ateísmo como notas discordantes, otra declinación de los átomos. Además del
materialismo, Demócrito y Epicuro tenían en común su atomismo, y Marx expone
así la diferencia entre ambos: para Demócrito se trata tan sólo de la existencia
material del átomo, mientras Epicuro pone de relieve el concepto del átomo al
lado de su realidad, la forma al lado de la materia; no le basta la existencia;
investiga también la esencia, y no ve en el átomo solamente la base material
del mundo sino también el símbolo del individuo aislado. Si Demócrito deducía
de la caída perpendicular de los átomos la necesidad de cuanto acaecía, Epicuro
los desviaba un poco de la línea recta para dejar sitio al libre arbitrio. Es
una contradicción entre el átomo como fenómeno y como esencia. La filosofía de
Epicuro introduce así una explicación ilimitadamente arbitraria de los
fenómenos físicos.


Es también sorprendente la superioridad que Marx observa en
Epicuro sobre Demócrito porque éste no hizo más que aventurar una hipótesis que
era el resultado de la experiencia, pero no su principio dinámico, un defecto
capital que luego Marx siempre denunció en todo el materialismo anterior que no
captaba la realidad más que bajo una forma pasiva, no como práctica, no como
actividad humana. Con esto adelantaba la importancia que luego dio al
movimiento y a la práctica. Demócrito era un teórico y Epicuro un político,
como se demuestra en el desafío de éste a la religión. Epicuro le atrajo a Marx
porque era un luchador, un filósofo se alzaba contra el peso oprimente de la
religión y la desafiaba.

Fue la primera obra extensa de Marx, de la que Mehring
concluye: Con este estudio, el discípulo de Hegel se extiende a sí
mismo el certificado de mayoría de edad: su pulso firme domina el método
dialéctico, y el lenguaje acredita esa fuerza medular de expresión que había
tenido, a pesar de todo, el maestro, pero que hacía mucho tiempo que no se veía
en el séquito de sus discípulos
.

Marx tenía la oportunidad de consagrarse a la actividad
científica y hacerse profesor de la Universidad de Bonn junto a Bauer. Pero él
prefería a Epicuro antes que a Demócrito. Era un militante, no un teórico. No
quería convertirse en un pensador solitario que escribía en el remanso de una
biblioteca. Era un demócrata, un revolucionario que luego evolucionaría hacia
el comunismo bajo la atracción de una clase, el proletariado, que supo hacer
suyos el indudable talento de Marx como pensador en la lucha por un mundo
nuevo. La concepción de los revolucionarios nunca ha sido invención de un
ideólogo individual, sino la expresión teórica de un movimiento vivo.

El ministro de Educación Altenstein había trasladado a Bauer
a la Universidad de Bonn con la promesa verbal de concederle una plaza de
profesor titular, pero murió en mayo de 1840 casi al mismo tiempo que Federico
Guillermo III y su sustituto, Eichhorn, no estaba por la labor. Se iniciaba una
etapa de dura reacción acompañada de represión política. Le propusieron que se
dedicara a escribir con la promesa del apoyo financiero del Estado pero Bauer
no aceptó y se aprestó a librar una batalla con la ayuda de Marx en una nueva
revista de agitación. El nuevo ministro mantuvo el pulso inundando la
Universidad de Berlín de reaccionarios prestos a librar toda clase de batallas.
Llevó allí al viejo Schelling, que se había convertido en portaestandarte de la
revelación divina, para dar el golpe de gracia al hegelianismo. En medio de
violentas manifestaciones de protesta, Julius Stahl, un absolutista, sucedió al
hegeliano Gans, fallecido el año anterior. El forjador de escuela histórica del
derecho, Savigny, amigo personal del nuevo monarca Federico Guillermo IV,
depuró a universidad de las tesis jurídicas hegelianas. Por tanto, en 1840
Prusia había declarado la guerra al hegelianismo, que apenas había podido
reinar una década. El título de un folleto de Bauer resumía el final de aquella
época: La trompeta del juicio final contra Hegel, el ateo y el
anticristo
. Marx participó en la redacción de ese folleto; formaba parte de
esa corriente y, aunque lo hubiera pretendido, las aulas estaban vetadas para
él.

Marx decidió doctorarse en la pequeña Universidad de Jena y
publicar luego la tesis doctoral, acompañado de un prólogo retadoramente audaz,
como testimonio de sus conocimientos para luego instalarse en Bonn y editar
allí con Bauer, la proyectada revista. Además, como doctor por una Universidad
extranjera
, la de Jena, las universidades prusianas no podrían cerrarle sus
puertas y tendrían que permitirle profesar la enseñanza por libre.

El 15 de abril de 1840 Marx recibió la investidura de doctor
por la Universidad de Jena, sin su presencia personal, previa presentación de
una tesis que no era más que un fragmento de una magna obra en la que se
proponía estudiar la evolución de la filosofía epicúrea, estoica y escéptica,
poniéndolas en relación con toda la filosofía griega.

Biografía de Marx (Parte 2)



Los años jóvenes


Marx nació el
5 de mayo de 1818 en Tréveris, una antigua ciudad medieval enclavada en la
Prusia renana. En el siglo X fue, con Roma, uno de los centros de la
cristiandad. Poseía establecimientos de curtido y fábricas textiles, pero la
industria manufacturera no estaba muy desarrollada en comparación con las zonas
septentrionales de Renania. Tréveris conservaba hasta cierto punto las
costumbres de una ciudad medieval, encuadrada en una región vinícola donde los
campesinos eran en su mayoría pequeños propietarios, vinateros, amantes de la
alegría y el buen vino. Marx siempre se interesó entonces por la situación de
aquellos campesinos. Realizaba excursiones a los pueblos de los alrededores y
se documentaba a fondo sobre su vida. Los artículos que publicó años más tarde
en la prensa demuestran que conocía perfectamente los detalles de la vida
rural, el régimen de la propiedad del campo, y los procedimientos de cultivo de
los campesinos de la comarca.

Su padre,
Enrique Marx, era un abogado de origen judío, culto y libre de prejuicios
religiosos que admiraba la filosofía del siglo XVIII y enseñó a su hijo a leer
las obras de librepensadores como Locke, Diderot, Voltaire pero sobre todo
Kant.

Mientras
algunos biógrafos han negado casi totalmente la influencia de su origen judío
sobre Marx, otros se han dedicado a subrayar su enorme trascendencia. Es
indudable que en la historia del socialismo alemán cuatro judíos, Börne, Heine,
Marx y Lassalle tuvieron un papel muy importante. Pero ahí el origen judío no
tuvo influencia en evolución política. No fueron motivos religiosos sino
políticos, como el propio Marx explicó en sus artículos sobre la Cuestión
judía
. Están ligados a la situación semifeudal de Alemania donde, como
otros, los judíos carecían de derechos civiles y políticos, agravados en su
caso porque les alcanzaba aunque se tratara de burgueses. Lo verdaderamente
importante y lo que se ha tratado de silenciar con el recuerdo de las raíces
judías de Marx, es la situación semifeudal de Alemania y la privación de
derechos políticos de las amplias masas. El padre de Marx, que desde hacía
mucho tiempo no practicaba, seguía siendo judío, se convirtió en 1824 al
cristianismo para escapar a la discriminación que sufrían los judíos tras la
reincorporación de Renania a Prusia. Por su parte, Marx escribió el 13 de marzo
de 1843 en una carta a Arnold Ruge: La religión israelita me inspira
repulsión
.

Aunque no
estuviera ligado espiritualmente en absoluto con el medio, Marx se interesó por
la cuestión judía durante su juventud. Mantenía relaciones con la comunidad
judía de Tréveris. Los judíos enviaban frecuentemente peticiones para solicitar
la desaparición de diversas medidas humillantes. A petición de sus parientes próximos
y de la comunidad de Tréveris, Marx, que entonces tenía veinticuatro años,
escribió una de estas peticiones. Marx no despreciaba en absoluto a sus
antiguos correligionarios; se interesaba por la cuestión judía y participaba en
la lucha por la emancipación de los judíos. Ello no le impedía distinguir
perfectamente entre los judíos pobres y los representantes de las altas
finanzas, aunque, a decir verdad, había pocos judíos ricos en la región donde
vivía Marx. La aristocracia judía estaba concentrada entonces en Hamburgo y
Frankfurt.

Buena prueba
de la ausencia de aquella influencia religiosa es el segundo de los tres
ejercicios escolares que tuvo que presentar para aprobar su bachillerato. Se
titulaba Una demostración, según el evangelio de San Juan, naturaleza,
necesidad y efectos de la unión de los creyentes de Cristo
. Expresa todavía
la persistencia confesional del cristianismo que imperaba en el ambiente
escolar que, en todo caso, no era el judaísmo sino el protestantismo, también
minoritario en Tréveris, donde la mayoría era católica.

Lo mismo cabe
decir del supuesto carácter prusiano de Marx, que significa
ignorar por completo que aquella Renania era cualquier cosa menos prusiana. No
sólo por su temporal adscripción francesa sino porque la reincorporación a
Prusia significaba la pertenencia formal a un régimen administrativo que en
absoluto suponía que los renanos fuesen, desde el punto de vista social,
prusianos. Algunos autores pretenden enlazar esa genética prusiana con
Hegel para destacar la sobrevaloración de Marx hacia el Estado y la burocracia.
Pero nadie como Marx puso a la sociedad por delante del Estado, dando la vuelta
al pensamiento hegeliano y enfrentándose luego a Lassalle a causa de la
veneración de éste por el Estado. En cuanto a Prusia, tanto los escritos de
Marx como los de Engels testimonian que no hubo mayores adversarios
de la unificación de Alemania por la vía prusiana que ellos. Por tanto, esas
ideas son ajenas por completo a Marx a lo largo de toda su trayectoria, en las
que demostró que su programa tenía por objeto la desaparición del Estado.

En cualquier
caso, el origen -y más si ese origen es lejano- no determina el rumbo de
ninguna persona. Influye, pero seguramente influyen mucho más otras circunstancias,
algunas de las cuales la propia biografía personal se encarga de superar y
olvidar. Otras permanecen. Entre éstas fue importante para Marx la propia
ubicación geográfica de su Renania natal. A orillas del río que le da el nombre
y próxima a la frontera francesa, en Renania la influencia de la revolución de
1789 fue muy importante. Estuvo en manos de los franceses y no fue entregada a
Prusia hasta después de 1815. Los franceses abolieron en Renania las cargas
feudales y la región se convirtió en una de las más industrializadas de Prusia.
Las riquezas naturales de la región (carbón y hierro) contribuyeron al
surgimiento de una gran industria capitalista metalúrgica y textil que, a su
vez, ocasionó la ruina de los campesinos y los artesanos y la formación de una
nueva clase: el proletariado.
El desarrollo
del capitalismo también hizo cada vez más insoportables los vestigios de las
relaciones feudales de servidumbre que perduraban aún en muchos países de
Europa. Acostumbrados a una relativa libertad bajo el régimen francés, los
renanos reaccionaron contra el régimen prusiano al cual se vieron sometidos. En
1832 se organizó una gran fiesta en Hambach en la cual Börne defendió la
necesidad de una Alemania libre y unificada. Entre ellos se encontraba un
obrero de 23 años, Johann Becker, un revolucionario que realizaba agitación y
propaganda y posteriormente se convirtió en escritor.

Pero Becker
era sobre todo un hombre de acción que organizó fugas de los revolucionarios
encarcelados. Estando en prisión, su círculo organizó en 1833 un ataque armado
contra la guarnición de Frankfurt, sede entonces de la Dieta de la
Confederación Germánica. Los estudiantes y obreros afiliados a este círculo
estaban convencidos de que una insurrección en esta ciudad produciría una
fortísima impresión en Alemania, pero fracasaron. Carlos Schapper participó
activamente en aquella insurrección y, después del fracaso, consiguió huir a
París donde, junto con Schuster y otros, fundaron una sociedad secreta: la Liga
de los Proscritos.

Entonces
Marx, que conocería luego a muchos aquellos revolucionarios, estudiaba en el
instituto de Tréveris, donde permaneció de 1830 a 1835, reconociendo sus
maestros que era uno de los alumnos más brillantes. Encargado por su profesor
de escribir una composición sobre la elección de una profesión por los jóvenes,
Marx argumentó que no se puede elegir libremente una profesión, que el hombre
nace en unas condiciones que condicionan la elección así como su concepción del
mundo. Se podría adivinar ya el embrión de la concepción materialista de la
historia. Pero es necesario ver en ello únicamente la prueba de que, ya durante
su juventud, Marx, influenciado por su padre, había penetrado en las ideas
fundamentales del materialismo francés.

Después de
terminar los estudios en el instituto, en 1836 se matriculó en la Facultad de
Derecho de la Universidad de Bonn, donde estuvo un año, pasando luego a la de
Berlín. En aquella época habían cesado los disturbios revolucionarios y reinaba
establecía una cierta calma en la vida universitaria, presidida por la
represión y los confidentes de la policía; la práctica había dejado paso a la
teoría. Aunque se había matriculado en derecho su interés estaba en la
filosofía y la historia.

De esta época
poseemos un documento interesante sobre él: una carta en la que se dirige a su
padre como a un amigo íntimo, al cual explica claramente sus ideas. Enrique
Marx apreciaba y comprendía muy bien a su hijo, y basta leer su respuesta para
poder juzgar su profunda cultura. En el espíritu de este tiempo, Marx busca
unas concepciones, unas doctrinas, que le permitan motivar teóricamente el odio
que ya siente por el régimen político y social dominante. Posteriormente
estudiará esta cuestión con mayor detalle.

Las ideas
científicas y políticas de Marx cristalizaron en una época en que en Alemania y
otros países de Europa maduraban importantes acontecimientos históricos. El
fortalecimiento del capitalismo en los países de Europa occidental llevaba a la
agudización de la lucha de clases, al impulso de los movimientos
democrático-burgueses y de liberación nacional. Si bien espontánea e
inconscientemente, el proletariado se rebelaba ya contra la opresión capitalista,
haciendo su entrada en la escena histórica. En la Alemania atrasada y
semifeudal, fraccionada económica y políticamente, donde las masas trabajadoras
sufrían un doble yugo -el de los vestigios del feudalismo y el del capitalismo
naciente- maduraba la revolución democrático-burguesa. El fin de los años 30 y
comienzo de los 40 se caracterizaban en Alemania por el aumento del descontento
de las masas populares, la animación de la vida social y el surgimiento de
diversos grupos y tendencias oposicionistas en la burguesía y la
intelectualidad.

¿Qué es la conciencia de clase?

Para responder a esa pregunta habría que empezar definiendo primero qué es la conciencia, porque no todos se refieren a ella de una manera precisa. Es un término que la burguesía emplea de una manera distorsionada, bien en un sentido idealista, o bien mecanicista. Por ejemplo, los estructuralistas definieron a la conciencia como “superestructura”, como si se tratara del tejado de una vivienda. Es un ejemplo de que no se arroja más luz sobre un concepto cambiándolo de nombre. Cuando nos referimos a la conciencia de clase podemos suponer que es la conciencia de una clase social, pero si hablamos de “superestructura”, ¿también nos referimos a la de una clase social?

Otras veces la interpretan de una manera subjetiva, como la conciencia “de los obreros” tomados de uno en uno, o la del “obrero medio”, de cualquiera de los que se pueden observar en el entorno social más inmediato. No obstante, la conciencia de clase no se puede equiparar a la conciencia “de los obreros” como si se tratase de un recuento individual o de una encuesta sociológica. No se trata de la conciencia de muchos, ni tampoco de la conciencia de unos pocos, como explicaron Marx y Engels: “No se trata de saber lo que tal o cual proletario, o aún el proletariado íntegro se propone momentáneamente como fin. Se trata de saber lo que el proletariado es y lo que debe históricamente hacer de acuerdo a su ser” (1).

La conciencia es un argumento sobredimensionado en los debates que se entablan para tratar de explicar los acontecimientos sociales y políticos corrientes. La permanente invocación de la conciencia resulta especialmente extraña para el materialismo, que argumenta sobre la realidad en sí misma, es decir, mediante el análisis de las fuerzas objetivas que operan en su interior. El motor de la historia es la lucha de clases; no se puede explicar la historia “con arreglo a una pauta situada fuera de ella”, decían Marx y Engels (2). Si la conciencia es algo derivado que refleja una realidad exterior a ella misma, ¿por qué no explicar esa realidad recurriendo a ella misma, es decir, a datos y acontecimientos extraídos directamente de su seno?

Las referencias equívocas a la conciencia proceden originariamente del secular dominio de las religiones, un pozo del que muchos huyen hoy (o eso dicen al menos) pero en el que acaban cayendo. En las distintas religiones la conciencia es inmaterial, opuesta a la materia y al materialismo, y esa es la raíz de las concepciones erróneas sobre ella, su significado y su función social. Para una religión, ¿hay algo más importante que la conciencia?

En el materialismo histórico la conciencia reúne una serie de rasgos definitorios bastante precisos:

  1. La esencia de la conciencia es la reflexión: “La conciencia -escriben Marx y Engels- no es más que el espejo en el que se contempla la naturaleza misma” (3). Es la teoría del reflejo de la que luego hablaría Lenin, que se puede resumir diciendo que una realidad diferenciada, como una clase social, crea una conciencia diferenciada, como la conciencia de clase. Del mismo modo, una nación crea una conciencia nacional diferente a cualquier otra. Pero además el reflejo también cambia con el tiempo, por lo que cada época tiene una conciencia distinta. Ni en el tiempo, ni en el espacio, ni en la sociedad, se puede separar a la conciencia de la realidad que refleja. La historia se mueve por sí misma mientras que la conciencia no tiene una historia propia (4), es decir, independiente de la realidad que refleja, no cambia por sí misma sino que los cambios que experimenta, su desarrollo, se produce porque cambia el objeto que refleja.

  2. En la conciencia la reflexión es un recorrido de ida y vuelta; no sólo “expresa” sino que “se expresa”, es decir, refleja una realidad exterior y, a la vez, se materializa en ella. Una cosa no se puede separar de la otra. Al considerarla como una superestructura, sólo aparece una parte de la conciencia, como mero producto o derivado. Pero, además de producto, la conciencia produce. La práctica es la manera en que la conciencia produce y se expresa:

“El defecto fundamental de todo materialismo anterior -incluyendo el de Feuerbach- es que sólo concibe el objeto, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de ‘contemplación’, pero no como ‘actividad sensorial humana’, como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal” (5).

Por lo tanto, la conciencia refleja el mundo objetivo así como la intervención sobre él de una nación, una clase social o una época. Esa intervención pone en evidencia a la conciencia, que no sólo se puede sino que se debe analizar en sus manifestaciones objetivas externas. Así, la Economía política es el reverso de la política económica. “Tal y como los individuos manifiestan su vida, así son”, escribe Marx (6). A un Estado no se le debe juzgar por los derechos que formalmente reconoce, sino por la vigencia práctica y cotidiana de los mismos. La manera en que una clase social o un país entero vivió un acontecimiento histórico también se puede analizar en sus expresiones artísticas, como el cine o la literatura.

  1. La conciencia es un reflejo social de la realidad (7), es decir, que refleja la acción colectiva de una clase social, de una nación o de una sociedad. El carácter social del reflejo lo determina el hecho de que en cada conciencia están las conciencias de los demás, la manera en que los demás reflejan la realidad. La conciencia individual se forma en interacción con las ajenas, especialmente con las más próximas. Por eso el lenguaje (que es esencialmente comunicación) es inseparable de la conciencia, porque permite la conservación, la transmisión y la acumulación de las experiencias de múltiples personas, tanto presentes como pasadas, de lo que Mao calificó como “experiencia indirecta“ (8). La conciencia se conserva y transfiere a lo largo de las generaciones, escribió Marx:

“Junto a las miserias modernas, nos agobia toda una serie de miserias heredadas, fruto de la supervivencia de tipos de producción antiquísimos y ya caducos, con todo su séquito de relaciones políticas y sociales ‘anacrónicas’. No sólo nos atormentan los vivos, sino también los muertos” (9).

La conciencia es, pues, esencialmente histórica. En ella están las conciencias pasadas, las “circunstancias directamente dadas y heredadas del pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos” (10). Por ello, marcha con retardo respecto a los acontecimientos.

  1. La conciencia es de naturaleza social porque aúna lo objetivo y lo subjetivo, lo abstracto y lo concreto. Lo mismo que el alma se separa del cuerpo, en una sociedad en la que el trabajo manual se separa del intelectual, una parte muy reducida, e incluso individuos concretos dentro de ella, asumen la función de elaborar la conciencia que refleja la situación. El individuo juega un papel en la historia, como escribió Plejanov. Determinadas personas se desdoblan como personajes para representar a la conciencia. En el prólogo a “El Capital“ resaltó Marx esta diferencia: “Aquí sólo nos referimos a las personas en cuanto personificación de categorías económicas, como representantes de determinados intereses y relaciones de clase” (11). Esos personajes se convierten en pensadores, “fabricantes de ideas” o “industriales de la filosofía” que, en definitiva, leen un guión: representan a su clase, a su país o a su época.

Con el desdoblamiento entre el trabajo manual y el intelectual, la conciencia se diversifica, de la misma manera que en una representación distintos actores interpretan de manera diferente el mismo guión. Aunque la conciencia sea siempre la misma, sus representaciones concretas cambian. Además, adquiere una mayor autonomía relativa, se aleja de la realidad y parece adquirir una vida propia. Entonces, en palabras de Lenin, la fantasía vuela, “apartándose de la vida” (12). Al alejarse cada vez más de la realidad, la conciencia se torna especulativa y comienza a moverse entre abstracciones. Por eso en el capitalismo actual “imperan ideas cada vez más abstractas” (13). Hay una sobreproducción intelectual cuyo interés científico es prácticamente nulo.

Cuando una sociedad se divide en clases, cada clase tiene sus propios intelectuales, que son los encargados de justificar o repudiar su condición en la sociedad en la que viven. Marx decía, por ejemplo, que los economistas eran los “representantes científicos” de la burguesía (14). Gramsci los llamaba “intelectuales orgánicos” porque son los ideólogos organizados de su clase social. Ellos representan los intereses de su clase, la personifican, son su “alma”. La historia está repleta de personajes que constituyen el componente subjetivo y concreto de la conciencia en un país y en una época determinada. Marx criticó a Hegel por separar el pensamiento del sujeto con oídos y ojos “que vive en la sociedad, en el mundo y en la naturaleza” (15). La ciencia comienza donde acaban las abstracciones y la especulación, dice Marx (16), en el “análisis concreto de cada situación histórica particular” (17). Para no incurrir en abstracciones a veces es importante personificar la conciencia en sus representantes políticos, literarios o económicos. No basta imputar a una clase determinadas medidas económicas, sino que se deben adscribir a un partido o incluso a un determinado ministro.

  1. La conciencia no es un reflejo fiel de la realidad. En ella se producen distorsiones entre las cosas como son y las cosas como aparecen en ella, entre “lo que alguien realmente es” y “lo que alguien dice ser“ (18). Cuando se toma la esencia por la apariencia, la conciencia se desdobla como ideología. En el “18 Brumario”, escribió Marx:

“Y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, en las luchas históricas hay que distinguir todavía más entre las frases y las pretensiones de los partidos y su naturaleza real y sus intereses reales, entre lo que se imaginan ser y lo que en realidad son” (19).

Si la forma en que los fenómenos se manifiestan y su esencia coincidiesen, dice Marx, la ciencia estaría de más (20). Pero no ocurre así. La ciencia investiga la esencia de los acontecimientos a través de sus apariencias, mientras que la ideología burguesa es una vulgaridad que se contenta con la superficialidad de los fenómenos.

Con la separación entre el trabajo manual y el intelectual, la conciencia se diversifica y adquiere una mayor autonomía relativa. El intelectual ya no sólo es que pueda no ser fiel intérprete de las necesidades de su clase, sino que puede traicionarla. Por eso no se puede confundir a la clase con sus representantes políticos y literarios (21). No sólo se pueden producir divergencias entre la clase y los ideólogos que la representan, sino que el desdoblamiento, dicen Marx y Engels, puede producir situaciones de “cierta hostilidad” (22).

La ideología, es decir, la apariencia más superficial, engaña incluso a sus propios protagonistas. Dado que el guión no aparece, el actor cree ser él mismo. El intelectual orgánico se cree libre; no es consciente de que se limita a interpretar un personaje. No es consciente de la función social que desempeña y el político profesional tampoco. La representatividad de un determinado personaje, su adscripción a un país, a una clase o a una época histórica no es manifiesta. Muchas veces algunos se lamentan porque se atribuyen arbitrariamente según ellos- una condición de clase a determinadas concepciones, que se califican como burguesas, por ejemplo, o feudales en su caso. Pero en eso consiste justamente la ciencia, que empieza cuando se rompen las apariencias. Su papel radica en descubrir al personaje que hay detrás de la persona, el papel que interpreta como representante de algo o de alguien que está fuera de él mismo.

Tanto la ciencia como la ideología, forman parte integrante de una única conciencia.

  1. En la conciencia se funden lo racional (formación, saber, conocimiento) con lo irracional. Como consecuencia del peso de la Ilustración burguesa, actualmente sólo se considera la parte racional, científica o teórica de la conciencia, despreciando los demás componentes. Es un error. Lo emocional, lo pasional, lo sentimental y lo inconsciente también forman parte de la conciencia. Tanto Spinoza, como Labriola, como Gramsci y Mariátegui destacaron la importancia de esos otros componentes, que desempeñan un papel fundamental y sin los cuales no se pueden comprender determinados fenómenos sociales. Así, la burguesía pretende “desmitificar” las proezas históricas del proletariado, como la Revolución de 1917, la guerra antifascista de 1936 en España y otras. De esa manera trata de minimizar su trascendencia. Para el proletariado se trata de remarcar su grandeza y de defender que no hay palabras suficientemente elocuentes para referirse a ellas. La propaganda comunista no puede ser fría y puramente racional; no se puede dirigir únicamente al intelecto sino al corazón de la clase obrera, a su universo emocional. Ahora bien, a diferencia del sentimentalismo burgués, que es impostado, la propaganda comunista debe ser siempre veraz y emotivo a la vez. No se puede componer sólo de comunicados, textos y ensayos sino que comprende todas las formas de expresión de la clase obrera, incluidas las artísticas tales como carteles, películas, música, literatura, etc.

  2. La conciencia se forma con necesidades e intereses materiales: “La idea ha quedado en ridículo siempre que se ha querido separar del ‘interés’“ (23). La ideología burguesa ha impuesto, no obstante, la concepción contraria. Hace creer que una persona “con conciencia” actúa de forma desinteresada, mientras que califica como “materialista” a alguien que actúa motivado por intereses egoístas, que son siempre intereses materiales, a diferencia de los intereses espirituales, que son generosos y altruistas. Una persona es “muy consciente” cuando está entregada a causas que no son las suyas propias, es decir, cuando actúa de manera altruista en favor de los intereses de terceros o no obtiene ningún beneficio de su actividad.

Por el contrario, alguien es poco consciente cuando se comporta de manera egoísta, teniendo en cuenta sus propios intereses de manera exclusiva. Los intereses materiales se oponen a la conciencia, por lo que cuando se le califica a alguien de “materialista” es para decir que no tiene conciencia.

En su sentido plenamente científico, marxista-leninista, la conciencia no es ajena ni a las necesidades ni a los intereses que surgen de ellas. Por consiguiente, para conocer la conciencia de una clase social (y de quienes la componen) habrá que saber sus necesidades y sus intereses como tal clase, así como los factores que provocan su aparición. Pues bien, ni las necesidades ni los intereses nacen de la conciencia, sino todo lo contrario, de la economía. Buena parte de los primeros escritos de Marx tratan sobre la relación entre ambos, la conciencia (“inmaterial“) y los intereses (“materiales“).

A la intelectualidad pequeño burguesa eso le suena a economicismo grosero. Ellos pretenden ser sofisticados. Muestran su elevada conciencia con la filantropía, la caridad y la beneficencia. Les interesa la actuación desinteresada de su clase. Pero de las necesidades sólo se pueden desentender los que nada necesitan. No es el caso del proletariado, que lucha por satisfacer necesidades económicas perentorias. Su conciencia de clase responde a preguntas prosaicas del tipo: ¿qué es lo que el proletariado necesita en el momento actual?

  1. Por sí misma la conciencia es impotente. También aquí la ideología burguesa ha impuesto una concepción diferente según la cual las ideas se expanden por sí mismas (la verdad siempre resplandece sólo por el hecho de ser verdadera) y esa expansión, que es pedagógica, conduce a su realización al prender en las masas. Pero Marx y Engels sostuvieron lo contrario: “Las ideas no pueden conducir más allá de las ideas del antiguo estado de cosas. De hecho las ideas no pueden realizar nada. Para realizar las ideas se necesitan hombres que ponen en juego una fuerza práctica” (24). Sin embargo, a la intelectualidad burguesa le bastan las ideas por sí mismas, viven en medio de ellas, creando reducidos círculos de entendidos que se alimentan a sí mismos.

Pero el materialismo dialéctico no pretende otra interpretación del mundo, sino cambiarlo. Eso le diferencia de cualquier variedad de pensamiento burgués, que pretende justamente lo contrario. La conciencia de la clase obrera sólo puede ser revolucionaria y sólo es científica en la medida en que es revolucionaria. Para ello es necesario:

a) que la actuación práctica sea una actuación consciente. El marxismo transforma en consciente lo inconsciente, es decir, en ciencia. Es la conocida tesis de Lenin vuelta del revés: “Sin teoría revolucionaria tampoco puede haber movimiento revolucionario” (25). En el sentido marxista, una “teoría revolucionaria” no es equiparable a cualquier clase de “teoría“ sino a una experiencia elaborada y argumentada.

b) que se reúna con su clase social, es decir, que se vincule a las necesidades e intereses de su clase social. Dicho de otra forma, es necesario que los intelectuales orgánicos recorran el camino de vuelta, retornar a su origen, al papel social de intérpretes fieles de su clase. Para transformar el mundo el materialismo histórico ha prendido entre las masas de todo el mundo, se ha convertido es la única ciencia que no es el reducto de una minoría ilustrada.

c) la subjetividad, lo que Engels (26) y Lenin (27) calificaban como “partidismo”, es decir, una actitud, un posicionamiento y una “toma de partido” que sitúa a la clase social con relación a toda la sociedad (la parte con respecto al todo). Hoy esa clase social sólo puede ser el proletariado, sólo esta clase aporta un punto de vista científico. La propaganda comunista no sólo explica un acontecimiento sino que forma una convicción en torno a la cual se posiciona el proletariado.

Esto se resume en una única frase: la conciencia de clase no es nada distinto del partido comunista.

Notas:

(1) Marx y Engels, La sagrada familia, Madrid, 1981, pg.51.
(2) Marx y Engels, La ideología alemana, Montevideo, 1959, pg.41.
(3) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.569.
(4) ídem, pgs.26 y 534.
(5) Marx, Tesis sobre Feuerbach, Obras Escogidas, tomo II, pg.426.
(6) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.19.
(7) ídem, pg.31.
(8) Mao, Sobre la práctica, Obras Escogidas, tomo I, pg.323.
(9) Marx, El Capital, Prólogo a la primera edición, Obras Escogidas, tomo I, pg.468.
(10) Marx, 18 Brumario de Luis Bonaparte, Obras Escogidas, tomo I, pg.250.
(11) Marx, El Capital, Prólogo a la primera edición, cit., tomo I, pg.469.
(12) Lenin, Cuadernos filosóficos, Obras Completas, tomo 29, pg.336.
(13) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.52.
(14) Marx, Miseria de la filosofía, Madrid, 1974, pg.194.
(15) Marx, Manuscritos, economía y filosofía, Madrid, 1968, pgs.185 y 205
(16) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pg.27.
(17) Lenin, Sobre el folleto Junius, Obras Completas, tomo 30, pgs.5 y 13.
(18) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., pgs.25 y 55.
(19) Marx, 18 Brumario, cit., tomo I, pg.276
(20) Marx, El Capital, tomo III, pg.757.
(21) Marx, 18 Brumario, cit., tomo I, pg.279
(22) Marx y Engels, La ideología alemana, cit., p.51.
(23) Marx y Engels, La sagrada familia, cit., pg.96
(24) ídem, pg.136.
(25) Lenin, ¿Qué hacer?, Obras Escogidas, tomo I, pg.134.
(26) Engels, Dialéctica de la naturaleza, Madrid, 1978, pg.28.
(27) Lenin, Materialismo y empiriocriticismo, Obras Completas, tomo 18, pg.381.

Biografía de Marx (Parte 1)



Introducción

Carlos Marx, genial
pensador y dirigente del proletariado, ocupa un lugar destacado entre las
grandes figuras cuyas obras y cuyos nombres perviven a través de los siglos. El
17 de julio de 2005 el programa de la BBC In our time organizó
una votación entre los espectadores para elegir al mayor filósofo de la
historia, y éste fue el resultado:


1.
Carlos Marx
27,93%
2.
David Hume
12,67%
3.
Wittgenstein
 6,80%
4.
Nietzsche
 6,49%
5.
Platón
 5,65%
6.
Immanuel Kant
 5,61%
Tumba de Marx en el cementerio de Highgate (Londres)


A estos pensadores
les siguen Tomás de Aquino, Sócrates, Aristóteles, Karl Popper y otros. Por
tanto, a pesar de todos los esfuerzos propagandísticos de la burguesía acerca
de la muerte del pensamiento marxista, sigue más vivo que
nunca. Sus ideas transcienden la letra escrita y han ejercido una poderosa
influencia histórica, especialmente a lo largo de todo el siglo XX. Ningún otro
autor tiene tan ingente número de seguidores como él repartidos por todo el
mundo y, desde luego, absolutamente nadie entre los explotados y oprimidos.
Marx era un pensador como ha habido muy pocos en la historia. Como escribió Engels, Marx
era un genio; los demás, a lo sumo, somos hombres de talento. Sin él, la teoría
no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso ostenta legítimamente su nombre
.


El mayor mérito
histórico de Marx consiste en haber forjado la ciencia que trata de las leyes
más generales que rigen el desarrollo de la naturaleza, la sociedad y el
pensamiento humano, esto es, el materialismo dialéctico y el materialismo
histórico. Con ello mostró el camino no sólo para la comprensión del mundo,
sino también para su transformación por la vía revolucionaria.


Marx demostró de
manera científica que la muerte del capitalismo y el triunfo de la sociedad
comunista son inevitables. Gracias a él, el socialismo dejó de ser un sueño
estéril en un futuro mejor de la humanidad y se convirtió en una ciencia.


Junto con su amigo Federico
Engels, Marx fundamentó científicamente la misión histórica del proletariado
como la clase más avanzada, revolucionaria hasta el fin, que, al liberarse a sí
misma, libera de todo yugo y de toda explotación al conjunto de la humanidad.


Marx señaló que el
camino que conduce a la sociedad socialista es el de la revolución proletaria y
la dictadura del proletariado. La principal diferencia del marxismo con las
ideologías burguesas más progresistas y avanzadas es la teoría de la dictadura
del proletariado.


La doctrina de Marx
es la ideología de la clase obrera, la expresión teórica de sus intereses
vitales, la ciencia de la transformación del mundo por vía revolucionaria. Los
fundadores del marxismo enseñaban que el proletariado no podría cumplir su
misión histórica de sepulturero del capitalismo y creador de la nueva sociedad
si no organizaba su propio partido proletario.


Si echamos una
mirada retrospectiva al espacio creciente de tiempo que nos separa del período
en el que Marx vivía, queda claro el hecho irrebatible de que, en el curso de
la lucha de clases revolucionaria, la influencia de la teoría creada por él
sobre las masas trabajadoras aumenta cada vez más. La clase obrera -la más
avanzada, la que orienta a todos las masas oprimidas- va influyendo cada vez
más en la marcha de la historia universal, transformando el mundo de una manera
activa y conscientemente, apoyándose en las leyes objetivas del progreso
social, descubiertas por Marx y Engels y desarrolladas posteriormente por Lenin.
La doctrina de Marx, desarrollada por Lenin y empleada de manera
creadora y constantemente enriquecida por los partidos comunistas de todo el
mundo, demuestra cada vez con mayor claridad su enorme fuerza vital.

Biografía de Marx

Carlos Marx
(1818-1883)

Sumario:



(Antorcha.org)

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