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¡Policías! ¡Vuestro sitio está en ‘Podemos’!

Juan Manuel Olarieta

Hace sólo dos años Pablo Iglesias era muy radical. Seguía siendo un payaso, lo mismo que ahora, pero muy radical, casi de extrema izquierda, como dice la caverna. El 14 de noviembre ante las cámaras de televisión calificó a los policías de matones. Entonces aún le quedaba mucho para trepar hasta donde está ahora. No era diputado sino sólo el presentador del programa de televisión La Tuerka, que es tanto como decir la segunda división del famoseo político.

Iglesias se refería a la detención de una colaboradora de su programa durante la huelga general. Entonces decía cosas como ésta: «A los que gobiernan este país les huelen los pies a franquismo y a muchos policías se les debería caer la cara de vergüenza cuando en lugar de proteger a la gente se convierten en matones al servicio de los ricos».

Al año siguiente ya había ascendido en su fulgurante carrera como estrella de la televisión, pero seguía siendo el mismo payaso radical, casi de extrema izquierda, como dice la caverna. En julio de 2013 en el programa «Te vas a enterar» de Cuatro, calificó a los antidisturbios como «pistoleros uniformados cometiendo delitos ante las cámaras» y «dando palizas». El motivo era que aquellos pitoleros uniformados habían cargado contra una manifestación en protesta por los planes de Sanidad sobre reproducción asistida.

En unos pocos meses las cosas han cambiado mucho. A la policía se le ha caído la cara de vergüenza, o por lo menos la careta. Ya no son matones ni pistoleros uniformados. Iglesias ha podido conocerles mejor y, por fin, ahora puede opinar con pleno conocimiento de causa. Conclusión: no se puede hablar en esos términos de la misma manera que antes.

En este país a la hora de lanzar acusaciones contra la policía la gente tiene la manía de generalizar, y es un error. Durante un acto público celebrado el miércoles en Bruselas Iglesias manifestó que «hay policías que quieren poner grilletes a banqueros y corruptos». Lo mismo repitió en su blog: «A la policía no se le paga para que piense, sino para que obedezca. Es indudable que habrá policías crueles que disfruten pegando y policías de extrema derecha encantados de cargar contra gente de izquierdas, pero también es indudable que habrá agentes demócratas y sensibles que preferirían detener a banqueros antes que a la gente que protesta».

No se puede meter a todos los policías en el mismo saco. Es verdad que hay policías de extrema derecha que son, a la vez, unos sádicos que tienen orgasmos múltiples cada vez que agarran la porra con la mano. Pero no todos son así. También los hay sensibles, que son tan demócratas y de izquierdas como los de «Podemos». ¿Os acordáis de aquello del poli bueno y el poli malo? Pues de eso se trata. Como en todas partes, en la policía hay de todo porque, aunque no lo parezca, los policías también son seres humanos. Tienen su corazoncito.

Por eso mismo ayer «Podemos» se dirigió a la policía animándoles a sumarse a su proyecto político, al que califican de «regenerador», al estilo de Joaquín Costa, como si aún estuviéramos en 1900. Por lo menos a mí no me caben dudas de que el mejor lugar para la policía está en «Podemos».

Según estos campeones del famoseo político, «cuando la policía se convierte en guardaespaldas de los poderosos en lugar de en protectores de los ciudadanos es que nuestra democracia tiene un serio problema». Los de «Podemos» conocen bien a la policía, por lo que en su comunicado repiten los mismos consejos sabios de Iglesias: «A muchos de ellos también les gustaría poner las esposas a los políticos y banqueros corruptos en vez de tener que seguir sus órdenes y arrestar a quienes denunciamos esta situación. Hagámoslo posible. ¡Podemos!»

Pero me parece que esto es una contradicción que no acabo de entender: si a los policías no les pagan para que piensen, ¿por qué piensan?, ¿acaso piensan gratis?, ¿piensan por su cuenta?, ¿piensan diferente de quienes les pagan? Es más: ¿cómo podemos saber si los policías piensan realmente?, ¿acaso «Podemos» no sabe sino que sólo lo sospecha, es decir, que «Podemos» funciona igual que la policía, por meras sospechas?

(Al Excelentísimo Señor Fiscal: quien ha llamado matones y pistoleros a los policías ha sido Pablo Iglesias, no yo, que en este artículo me he limitado a reproducir sus palabras. Si quiere meter a alguien a la cárcel, métale a él, joder, que siempre nos toca a los mismos. ¿O hay que salir por la tele para tener carta blanca?)

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‘Podemos’ hasta en la sopa

Juan Manuel Olarieta

Lo malo de desayunar con las noticias es que ahora en los medios no hay otra noticia que «Podemos», y la tostada se me ha indigestado en el paladar. Desde antes de las elecciones europeas ya venía yo un poco saturado de tanto tostón…

La ley número uno de la «información», es decir, de la intoxicación propagandística burguesa, es el principio dialéctico de saturación: cuando hay un exceso de noticias sobre un asunto es porque no hay tal asunto, o sea, porque hay un vacío. Es lo mismo que correr en una bicicleta estática: sudas mucho para no ir a ninguna parte.

El principio número dos de la intoxicación dice así: si estás sudando a chorros y no avanzas nada es porque la bicicleta estática no es para desplazarse sino para ejercitar las piernas. La intoxicación sobre un asunto que no existe tapa el asunto que sí existe de verdad. Por lo tanto, «Podemos» es un señuelo; se están dejando utilizar. Son la salsa rosa de los telediarios, los Paquirrín de la politiquería. Les entusiasma haberse convertido en «vedettes» de algo que se había hundido estrepitosamente, porque antes no se hablaba de otra cosa que del desprestigio institucional, porque antes todo eran escraches, acoso e insultos generalizados, hasta el punto de que muchos actos electorales se habían tenido que suspender.

«Podemos» ha dignificado otra vez la politiquería. La democracia ha vuelto a este país porque se demuestra que nostros «podemos», es decir, que el sueño (el señuelo) es posible: las cosas se pueden cambiar desde dentro y además no es tan difícil ni doloroso, que tenemos «alternancia», o sea, alternativas. Cuando la gente pregunta si es posible una «segunda transición» aquí tiene la respuesta, que ya está en marcha. Por consiguiente, más bien lo que debería preguntar es si la segunda va a ser igual que la primera, es decir, si va a ser otra «traición».

La respuesta es que para que haya traición tiene que haber confianza: si alguien cree que «Podemos» va a hacer algo, quiere hacer o puede hacer algo, se sentirá traicionado lo mismo que hace 35 años. Si quiere ahorrarse una decepción tendrá que empezar desde ahora mismo a pensar en otra cosa. Tendrá que empezar a pensar en podemos en lugar de pensar en «Podemos».

Poniendo a «Podemos» en la primera plana los medios de intoxicación están lavándole la cara a estas podridas instituciones públicas. Se trata del enésimo montaje propagandístico para sacar a este Estado del descrédito, para ocultar que el verdadero y único protagonista de las elecciones europeas ha vuelto a ser el boicot masivo y activo, es decir, que la mayoría no sólo no acepta a unos o a otros sino que no acepta a nadie, que lo que no acepta es esta situación de explotación, miseria y saqueo.

En lo que me concierne, para huir de las noticias de estos días venía dedicándome a leer prensa científica, pero no he podido: también ahí me he topado con «Podemos» en forma de una entrevista al eurodiputado Pablo Echenique-Robba (*), que es doctor en física y miembro del Consejo Superior de Investigaciones Centíficas. Me ha recordado al franquismo, cuando los rectores de las universidades, decanos y académicos eran «procuradores» de las Cortes. Así llamaban entonces a los diputados. Lo mismo pasa con los de «Podemos», que están tan laureados, por lo menos, como los políticos franquistas.

Como la mayor parte de los universitarios y políticos, las declaraciones de Echenique-Robba no van más allá de cuatro vulgaridades espantosas, tales como «las cosas no son buenas ni malas, depende de cómo las utilices». Por ejemplo, «como científico» él no está en contra de los transgénicos. Pero hay «gente desinformada» que no tenemos ni idea del asunto porque no somos científicos como él. «Ya me encargaré yo», dice, primero de informarnos y luego de convencernos.

Veamos: aunque Echenique-Robba no ha preguntado la opinión de sus camaradas, ni la mía, supone que estamos equivocados, y lo que es peor, que no estamos ni siquiera informados al respecto. No nos hemos preocupado de informarnos, luego necesariamente estamos equivocados. De ahí viene el título de la entrevista: “En la izquierda a veces la gente se vuelve anticientífica”. Uno no puede ser anticientífico y la ciencia es lo que los científicos dicen que es, lo mismo que la economía es lo que los economistas dicen que es. Los lectores que no tengan título lo que deben hacer es lo que digan los que sí lo tienen. No pueden opinar de otra manera diferente.

Pues bien: según Echenique-Robba «todos» los científicos están a favor de los transgéncos porque son gente «más instruida». Da gusto y tranquiliza dejar nuestros asuntos en manos de gente tan ilustrada como el eurodiputado Echenique-Robba.

¿Cuál es el verdadero problema de los transgénicos? Que están en manos de multinacionales, las cuales «imponen sus condiciones» a los pequeños campesinos. Mi conclusión es la siguiente: si el problema no son los transgénicos sino las multinacionales (o sea, los monopolios) el asunto pasa de la biotecnología a la economía y entonces el ilustrado Echenique-Robba deja de ser tan ilustre y el expediente lo debemos dejar en manos de los economistas. ¿Qué opinan ellos de los transgénicos? ¿Son rentables? ¿Crean puestos de trabajo? ¿Aumentan las exportaciones?

De la economía pasamos a la política porque la rentabilidad deriva de que los grandes «imponen sus condiciones» a los pequeños y entonces cambiamos de facultad y tenemos que irnos a Somosaguas, a preguntar a politólogos como Pablo Iglesias. Pero atención: no a los políticos, ya que «cualquiera» es político. Me refiero a los polítólogos, que son aquellos que tienen el certificado correspondiente expedido por el Ministerio de Educación.

Antes de ponernos a pensar por nuestra cuenta, los que no tenemos lustre debemos ser ilustrados por profesores y profesionales como Pablo Iglesias. Doctores tiene la Santa Madre Iglesia… y todos ellos están en «Podemos».

(*) “En la izquierda a veces la gente se vuelve anticientífica”, http://esmateria.com/2014/05/30/yo-inclino-por-usar-ratoncitos-en-investigacion-para-acercar-una-medicina-humanos/
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El ‘efecto Podemos’

Nicolás Bianchi

Si nos guiamos por los parámetros electorales de las convencionales democracias burguesas -suponiendo que la española lo sea, que es mucho suponer-, es indudable que los resultados obtenidos por la candidatura a las elecciones europeas «Podemos» (we can, en inglés, yes, we can), encabezada por el profesor Pablo Iglesias, ha constituido una sorpresa -incluidos ellos mismos que tal pareciera o diera la impresión, desde el exterior avisado, al menos para quien esto escribe, que se tomaran las elecciones europeas, después de una farra, como un juego lúdico, un divertimento deportivo, un jijijajá y a ver qué pasa, y ello sin llamar a la abstención activa, no, esto no- y, decíamos, un «éxito» electoral. Desde luego, de lo que estamos seguros, es de que a Izquierda Unida no le ha hecho mucha gracia este «éxito», pero, con el tiempo, ya se entenderán… Para la caverna mediática son de «extrema izquierda». Saben que no es así, pero toca etiquetarlos de esa guisa cara a su parroquia.

De lo que tampoco puede caber duda es que dicho orgasmo electoral no hubiera sido tal -al menos de esa magnitud y en esa medida- de no haber contado con la apoyatura y estiba mediática de los canales (privados) de televisión. Especialmente, más que la sigla, su starring, su protagonista: Pablo Iglesias. Estos partidos (?) que surgen de la nada, como quien dice, y se forman en dos días, como quien dice también, van ligados a una persona, algo que también pasa con los partidos llamados «mayoritarios» lo que le tenía mártir al bueno de Julio Anguita y su «programa, programa, programa». Son Iglesias, en este caso; el tísico y congestionado Javier Nart por Ciutadans; el misoneísta Vidal-Quadras, de familia esclavista en la Cuba finisecular por Vox o el semoviente juez Elpidio Siva, etc. Ya pasó antes, en 1989, creo, en otras elecciones europeas con el extravagante Ruiz-Mateos en que sacó dos eurodiputados.

No son precisamente líderes naturales que se mueven entre la clase obrera y surgen de ella. Esto, nos dicen, es obsoleto. Está pasado de moda y, además, puedes acabar en el trullo, quita, quita. Al revés: lo que mola son los líderes artificialmente creados, construidos, fabricados y catapultados por los medios de (in)comunicación, en concreto la televisión. Y es que ya no existen las «masas» a las que apelaban los grandes revolucionarios desde Espartaco hasta Lenin. No, no, esto no en tiempos posmodernos, o posposmodernos, o transmodernos. AHORA LO QUE HAY ES… «PÚBLICO» (y no gente, masas, pueblo). Un «público» que consume (no ve, no mira: consume como catatónico) televisión y oye (medio adormilado) la radio. Aquí entran los tertulianos, los «tertulistos», una plaga bíblica que asola y azota la especie humana aquí y en Pekín no sabemos, pero aquí cosa mala. Y aquí, también, pues no estamos hablando de un extraterrestre, entra, también, Pablo Iglesias, contertulio de varias cadenas, incluida la desaparecida -en abierto- Intereconomía (la cadena del «Tea Party» español), además del programa -que conduce y presenta él- «Fort Apache» (antes «La Tuerka») que hace en Vallecas. Aquí, en las tertulias, se hizo popular Iglesias. Y ello con un innegable discurso ágil -es académico, o sea, es respetuoso y no grita- y de izquierdas. La caverna, el búnker que se decía hace años, lo tilda de «demagógico». Y los bienintencionados de «utópico». Pero ni una cosa ni otra: lo que dice es razonable, sensato y lo firmaría cualquiera que no sea un hijoputa. Ocurre que hay truco. En boxeo diríamos que hay tongo. Pablo Iglesias, se encuentra como pez en el agua siempre que le pongan como contertulios a trogloditas o fascistas como, se me ocurren, hay más, el histérico y dipsómano Herman Tersch, el amoral y cínico Alfonso Rojo (este iba de anarquista de joven), el impoluto dandy Eduardo Inda, el payaso compulsivo Marhuenda o ande yo caliente y ríase la gente, el histriónico discípulo de Giménez Caballero, Fernando Sánchez Dragó y demás fauna televisiva. En la radio estarían, entre otros, el lamebotas e inculto cum laude Ernesto Sáenz de Buruaga en la COPE, el machista insufrible y facha Carlos Herrera o el sinuoso y sibilino Federico Jiménez Losantos, que este, al menos, de inculto, nada.

Con estos «rivales», tan casposos y cutres, se tiene que «enfrentar» y «debatir» Pablo Iglesias. Lo tiene fácil, se lo ponen a güevo. No hace falta más que decir lo que pasa y la gente ve para salir airoso y ovacionado. Pero -siempre hay un pero- ocurre que el problema sería que se las tuviera que ver con voces, que haberlas haylas, realmente de izquierdas, «sin disfraz ni vacuna», que decía Unamuno, con revolucionarios, con antifascistas, con marxistas-leninistas o con libertarios. Aquí, tal vez, se sentiría incómodo. Estos van de verdad, estos se creen lo que dicen, pensaría. «Están piraos», le dirían sus asesores. Y decimos «tal vez» porque nunca veremos un debate de esas características. Y, si lo hubiera, no iría él. Lo eludiría voluntariamente.

Así que nada, oiga, veremos la Revolución televisada desde el sofá, como quien ve la final de la Champion’s. ¡A ver, qué pasa con esos calamares, cojones, que empieza la Revolución, ostias!

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Al Capone: un aficionado

 Nicolás Bianchi
Cuando se habla del célebre Al(phonse) Capone siempre se dice que fue a la cárcel por un delito de evasión de impuestos, un delito «menor» en comparación con su «carrera» criminal como gangster de Chicago, ciudad que, «gracias» a Hollywood, jamás podrá desprenderse de ese halo «gang». Ni el delito era tan «menor» ni Capone era precisamente un pardillo. Ni Eliott Ness -el «intocable», en inglés «untouchable»: insobornable, como la serie de televisión de los años sesenta- fue quien lo «cazó».

Capone, viendo por donde le querían coger (por los sobornos y extorsiones, imposible), quiso «arreglar» sus «deudas» con el Fisco norteamericano pagando cierta cantidad de dinero incluso forzando entrar y purgar en la cárcel dos o tres años para evitar males mayores. O sea, como hoy el padre del futbolista Messi pone en «orden» sus cuentas con Hacienda… cuando es pillado en fraude al Fisco. O Iker Casillas y otros héroes de la patria, es decir, defraudo hasta que me pilles -si me pillas- y, en ese caso, díme lo que debo y lo pago hasta el próximo chiste. Exactamente igual que hacía el «popular» Capone, que no conoció a Montoro para que le ofreciera una amnistía fiscal.

Capone -una «madre» comparado con la casta de los González, Aznar matando gente y arrepintiéndose de no haber matado más, como el primero- apareció en un libro de contabilidad de un estanco que era una tapadera de otros turbios «negocios». Allí -investigado por delitos federales- aparecía una pingüe suma de dólares que Capone -su nombre no aparecía completo, igual que, en la contabilidad de Bárcenas, donde aparece A.C., pues no es Álvarez Cascos, militante del Partido Comunista, como se sabe, sino Arturo Cantalapiedra, escultor y alpinista en sus ratos libres)- no declaró a Hacienda (no digamos ya a la Seguridad Social, que allí ni existe, como quien dice), o sea, fraude fiscal, delito muy condenable social y penalmente por aquellos pagos.

Capone fue juzgado y condenado por un jurado popular (cambiado a última hora y sin que lo supieran los abogados de Capone que contaban con el veredicto comprado del jurado anterior). Es decir: a Capone se le condenó por figurar en una «contabilidad B» donde cobraba unos fondos que no declaraba ¡exactamente igual que los «papeles de Bárcenas», el contable de los capitostes del PP! ¿Es igual, es lo mismo?

Si no es lo mismo, parecido. Si Capone extorsionaba para «cobrar», estos se dejan «presionar» para lo mismo. No hay diferencia -lo dicen ellos mismos- entre corruptor y corrompido. Acaso, la diferencia, de haberla, es que Capone acabó en la cárcel (la famosa y cinematográfica Alcatraz) y los que aparecen -con siglas o expresamente y algunos admitiéndolo- en los «papeles de Bárcenas» (que parece que es cosa de hace siglos), o sea, un contable, con cantidades no declaradas, es decir, defraudadas al erario público, donde en Roma te mandaban a galeras, dizque al conjunto de los españoles -ellos que van de «españolazos»- ¡¡hacen exactamente igual que lo que hacía un gangster como Capone!!

Capone, un aficionado al lado de estos «profesionales».

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San Canuto y tiro porque me toca

Nicolás Bianchi
Luego hablan del marxismo como si de una «religión» se tratara, pero, desde luego, los marxistas no ponemos cirios a «San Marx» ni practicamos el «culto a la personalidad» a quienes lo dan todo por el pueblo, pero les rendimos honor eterno.
Bergoglio, el papa Francisco, acaba de santificar a dos papas no del siglo XIV o XV, que sería lo «normal», sino de ayer como quien dice. No esperan el paso de los siglos, cuando se sentían más seguros y poderosos, y se emplean a fondo -en tiempos de crisis- en hacer de un tonto dos tontos, que decía Alberti, y de la grey un rebaño de borregos. Si a esto se le añade una cobertura televisiva -y televisada- servil y genuflexa, miel sobre hojuelas.

A Bergoglio, papa gestero, con mohínes, que «rompe el protocolo» como quien rompe el velo del templo, y lo mismo acaricia -para pasmo atónito del cencerrismo que bala- a un niño -siempre utilizando a los niños indecentemente estos parásitos cuando se mueren a miles en África y callan como putas de Babilonia- que lava los pies a los menesterosos, un revolucionario, pues, oiga. Además, y esto es importante, se le está quedando cara de papa y andares de papa: inclinación ficticia y porque lo exige el guión de la testa unos pocos grados a proa y latitud sur (hacia adelante y hacia abajo mirándose los mocasines y/o sandalias del pescador) sacando leve chepa, que da veteranía y oficio, y andares lentos y pesados, como quien carga con una cruz camino del Gólgota. Un artista. Y la voz, no nos olvidemos de la voz que ha de ser cansina pero no asmática, queda -si se habla en italiano- y, aunque no es condición sine qua non, atiplada como pífano (como acaban hablando todos los curas desde el púlpito -si todavía existe, que no lo sé- tipo Blázquez, «un tal Blázquez», que decía el ayatolá Arzallus). Tengo para mí que hacen cursillos acelerados en algún sótano del Vaticano, que diría André Gide, para aprender los registros y el «know how» de un papa que se precie a la Stanislavski manera en el Actor`s Studio vaticano. Son artistas, repito. Y para más show, canonizan a dos colegas mientras viven dos papas. Y no hay un tercero porque no estamos en los tiempos de Aviñón y los cismas y cómo se liaban a ostias -nunca mejor dicho- entre ellos.

Es cierto que las causas de canonización estaban en marcha cuando Francisco -el Papa Paco- fue elegido (ya estuvo a punto de serlo cuando salió más votado Ratzinger en 2005). El proceso de canonización de Karol Wojtyla, alias Juan Pablo II, fue iniciado el 3 de mayo de 2005, apenas un mes después de su muerte, cuando las normas vaticanas indican que ello no debería hacerse sino tras haber transcurrido al menos cinco años del fallecimiento. Nada, ni caso, porque nomenos cierto es que, según el derecho eclesiástico, toda norma cesa ante la autoridad del Papa. Hitler siempre envidió la jerarquía católica. Y Goebbels cuando recordaba, embelesado, cómo una institución como la Iglesia Católica se puede mantener durante dos mil años en base a una trola.

Bergoglio, cuyo posicionamiento durante la dictadura en Argentina cuando era arzobispo y general (sic) de los jesuitas allí, no está nada clara (y si lo está, se tapa), es hombre ladino: nombra dos santos que son, dentro del gremio, contradictorios. Por una parte, Juan XXIII (Angelo Roncalli), el «Papa bueno» de pontificado breve (1958-1963) y promotor, en plena guerra fría, del Concilio Vaticano II y la política que se llamó «aggiornamiento» o modernización de las estructuras eclesiásticas en una especie de equidistancia entre las dos superpotencias que venía a se lo de siempre: una vela a dios y otra al diablo. La cosa estar en el machito.

Y, de otra parte, Juan Pablo II, polaco rabiosamente anticomunista, sin inyección contra esa rabia, actor de teatro de joven -dato sintomático-, papa viajero que acabó sus días protegiendo al sacerdote mejicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, pedófilo y contribuyente generoso a las arcas vaticanas. Si Roncalli fue el artífice, digamos, de la renovación conciliar, Wojtyla fue todo lo contrario y llamarle «conservador» es piropearle.

El destino de Maciel lo selló, curiosamente, Benedicto XVI. En 2004, un año antes de la muerte de Karol Wojtyla, Maciel fue honrado en el Vaticano con esa cara beatífica que ponen los «profesionales» de la cosa cuando saben que son protagonistas que les sacan por la tele. Ese mismo año, Ratzinger reabrió las investigaciones contra los Legionarios. En 2004, Josef Ratzinger, sin ser papa todavía, obligó a Marcial Maciel a dimitir y retirarse de la vida pública. Dos años después, ya como Benedicto XVI, lo suspendió ‘a divinis’ (pena canónica por la cual un sacerdote queda suspendido en el ejercicio de los oficios divinos, por ejemplo, decir misa). Las investigaciones reabiertas por Ratzinger demostraron que Maciel era un pederasta, tenía dos mujeres, tres hijos, se movía con varias identidades diferentes y manejaba fondos millonarios. ¿Y cómo es que un ultraconservador como Ratzinger, excapo del Santo Oficio, le tiene paquete a un correligionario como Maciel (que anduvo en la Universidad de Comillas en los principios del franquismo)? Sucede que el «dossier» Maciel había sido bloqueado en 1999 por Juan Pablo II (Wojtyla; uno acaba medio loco entre tanto nombre real y sus apodos) y mantenido invisible por otra de las figuras más turbias de la curia romana, Angelo Sodano, exsecretario de Estado (Vaticano), porque el Vaticano es un Estado signado, por cierto, por Mussolini en 1929 en el Tratado de Letrán (en una antiquísima iglesia lateranense romana donde hay más iglesias que conventos en Orihuela o palmeras en Elche). Sodano y Ratzinger se llevaban a matar (a veces en sentido literal) y este, ya papa, le dio una patada en el tafanario de Maciel: intrigas vaticanescas de las que esto que se cuenta no es más que una anécdota o punta del iceberg.

Acabaremos lo que ya va siendo largo diciendo que en 2011, cincuenta destacados teólogos de Alemania -se supone que católicos- firmaron una carta contra la beatificación de Juan Pablo II por no haber respaldado al arzobispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, asesinado en marzo de 1980 por un comando paramilitar de extrema derecha mientras decía misa. Juan Pablo II fue electo -en cónclave, no por sus fieles, en lo que es una oligarquía perfecta- en 1978. Al año siguiente, monseñor Romero le entregó un informe sobre la espantosa violación de los derechos humanos en El Salvador. El papa lo ignoró. Y, más tarde, apostrofó a la Teología de la Liberación latinoamericana. Y es que ya lo decía el arzobispo brasileño Hélder Cámara: «cuando alimenté a los pobres me llamaron santo; pero cuando pregunté por qué hay gente pobre me llamaron comunista».

Por cierto, para milagros, los que hacen los parados para comer diariamente. Y es que no entienden nada de lo que es la economía.

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Cohn-Bendit, uno de tantos degenerados del parlamento europeo

Como política y personalmente Cohn-Bendit no es más un degenerado al que nunca logré encontrar ningún punto atractivo, mi duda versa sobre lo que más repulsa me causa. Eludiré su adscripción política a Los Verdes, pero no puedo olvidar que siempre se prestó a presentarse como lo que nunca fue: uno de los fantoches del famoso Mayo del 68 en París, aquel fasto celebrado por la burguesía hasta el hartazgo… después de tergiversarlo y manipularlo para aupar a sujetos como éste, con la aureola de «anarquista» y el sobrenombre de «Dany el Rojo» con el que ha sobrevivido hasta hoy.

Pero no sólo la burguesía. Así le llama también otro degenerado a su altura, Pepe Gutiérrez-Álvarez, cuyo estúpido artículo (*) sigue siempre el canon burgués establecido: estamos en contra del culto a la personalidad de Stalin pero a favor del culto a degenerados de baja estofa como «Dany el Rojo»…

Ahora a cualquier mequetrefe le califican de rojo. «Dany» es tan «rojo» que siempre se ha pronunciado a favor de todas y cada una de las masacres del imperialismo estadounidense. Primero en Afganistán, luego en los Balcanes y finalmente en las dos Guerras del Golfo. Los bombardeos indiscriminados y las masacres siempre le supieron a poco. Era uno de esos pacifistas peligrosos a los que les va la sangre. Sus recientes declaraciones contra Maduro producen un verdadero asco renovado.

En 1975 Cohn-Bendit publicó su libro de memorias, titulado «El gran bazar». Es otra estupidez que no tiene una explicación fácil porque entonces «Dani El Rojo» tenía sólo 30 años y las memorias se suelen escribir cuando queda poco para ir al agujero… Por lo menos antiguamente.

En él cuenta que antes de ser eurodiputado trabajó en Frankfurt en una guardería, reconociendo su pedofilia: “Algunos niños me abrieron la bragueta varias veces. Reaccioné de diferentes maneras, según las circunstancias, pero el deseo de aquellos niños me planteaba un problema. Yo les preguntaba: ¿por qué no jugáis juntos, por qué me elegís a mí y no a otros niños? Pero si insistían de todos modos, los acariciaba”. El eurodiputado acababa añadiendo: “Podía sentir perfectamente cómo las niñas de cinco años habían aprendido a excitarme”.

En aquellos tiempos no había vídeos pedófilos, pero sí literatura de la misma índole, en la que «Dani El Rojo» confesó abiertamente sus inclinaciones sexuales hacia los niños. Cuando era director de la revista «Pflasterstrand» (Arena de playa bajo los adoquines) publicó varios artículos de contenido pedófilo, como el que vio la luz en 1978 bajo el título Recuerdos de un dinosaurio: “El último año me sedujo una niña de seis años. Fue una de las experiencia más hermosas que haya tenido y con esto no quiero escribir un tratado ni a favor ni en contra de la pedofilia”.

En 1982 participó en un programa de la televisión francesa en el que reconoció: “La sexualidad de un niño es algo fantástico”, admitió. “Es divino ver como se desnuda una niña de cinco años, porque es un juego. Un gran juego erótico”.

«Dani el Rojo» tenía 13 años cuando sus padres le internaron en una escuela que, según reconoció, al quedarse huérfano fue el único hogar que conoció. En el internado se destapó en 2010 un escándalo de violaciones de niños cuyos detalles Cohn Bendit negó haber conocido, a pesar de que permaneció en él hasta 1965, aunque reconoció que en su interior reinaba «una atmósfera sexualmente promiscua». El periódico Frankfurter Allgemeine Zeitung afirmó que en el internado más de 100 alumnos habían sido víctimas de los pederastas.

Los periódicos británicos The Observer y The Independent, el italiano La Repubblica y el alemán Bild denunciaron sus reconocidas violaciones de niños, pero a nadie pareció importarle, y a Los Verdes menos que a nadie. Por eso la censura ha eliminado de internet un vídeo que reproducía esas confesiones que a todos les gustaría poder olvidar:

Cohn-Bendit y el lobby pedófilo verde:
http://www.dailymotion.com/video/x1a4vjy_cohn-bendit-et-le-lobby-pedophile-vert-humilie-par-la-tele-russe_news

Pero el círculo de impunidad se fue cerrando. El 20 de abril del año pasado «Dany el Rojo» recibió en la ciudad de Stuttgart el premio Theodor-Heuss. El principal orador en el acto debía ser Andreas Vosskuhle, presidente del Tribunal Constitucional alemán, que días antes de la ceremonia informó de que no asistiría para evitar que el buen nombre del Tribunal quedara asociado al de un pedófilo.

Naturalmente que no es sólo un problema de Los Verdes sino del conjunto del Parlamento Europeo, podrido hasta el tuétano. Así que en las próximas elecciones vota a ese sonriente diputado que con el primer sueldo que le paguen viajará a Camboya para que un niño le meta la mano en la bragueta. Y luego vendrán Pepe Gutiérrez-Álvarez, Revolta Global y otros parecidos para que riamos sus aventuras.

(*) Daniel Cohn-Bendit o la revolución que enterramos tan pronto, Revolta Global, 1 de julio de 2010, http://revoltaglobal.cat/spip.php?article2965

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El caso Sogecable: la lucha monopolista en la Audiencia Nacional

Lo que hoy llaman medios de comunicación antes eran propaganda del Estado, que en España gestionaba el Movimiento fascista. Aproximadamente dos terceras partes eran propiedad pública y el resto eran privados, grupos capitalistas de prensa, sobre todo de alcance local como el grupo Godó en Barcelona o el Correo en Bilbao. No hace falta decir que ambos, públicos y privados eran fascistas, aunque sí es imprescindible matizar que -por varias razones diferentes- no eran los mismos fascistas, porque cada vez que sale esa palabra mágica («fascismo») se interpreta como un bloque, algo que no sucede con la palabra «democracia» que se asocia a pluralismo y diversidad.

Para entenderlo mejor recordemos el caso del diario «Madrid» que pasaba por formar parte de una cierta oposición al franquismo y acabó siendo literalmente demolido en 1971; no sólo el diario sino hasta el edificio que lo albergaba. El caso demuestra claramente que en aquellos tiempos había muchas más contradicciones de lo que algunos creen. Los viejos se acordarán de la diferencia que había entre periódicos tan diferentes como Arriba, Ya, Pueblo o Informaciones.

Era el «pluralismo fascista», un ejemplo de lo que algunos califican sofisticada pero erróneamente como «contradicciones interburgueses» y que no son hoy otra cosa que competencia monopolista. Lo que ocurre es que en ese punto la confusión reaparece, porque hay quien cree que eso es cosa de los mercados, de la economía, que poco tiene que ver con la política. Con esa separación artificial y antimarxista llegan a la conclusión de que la burguesía necesita «democracia» para resolver sus contradicciones internas, mientras que utiliza la «dictadura» frente a la clase obrera. Por eso califican a la democracia como burguesa y sostienen que la burguesía, o sea, los monopolistas, resuelven sus conflictos democráticamente. El caso del diario Madrid demuestra que no es así, hasta tal punto que su promotor, Calvo Serer, se tuvo que exiliar en París, a pesar de que ser un miembro destacado del Opus Dei. Esa es una de las formas en que se resuelve hoy la competencia monopolista que, como se ve, no tiene nada de democrática.

En aquellos tiempos en materia audiovisual sólo existía lo público, TVE, luego llegó lo privado por varias razones que confluyeron, de las que destacaremos dos. Primero, el desarrollo de las fuerzas productivas y de la publicidad, que convirtió en rentable la explotación de comercial de las cadenas. Segundo, la necesidad de lavar al cara al fascismo, acabar con las viejas cabeceras y los viejos periodistas. Del maquillaje forman parte los nuevos partidos políticos porque en las elecciones no sólo juegan ellos sino que juega sobre todo la televisión, la radio y los periódicos.

En los medios la competencia monopolista no sólo se intensificó sino que cambió de forma, involucrando a la banca y al propio Estado, lo que desmiente varios tópicos corrientes, como la teoría del neoliberalismo. Por ejemplo, el gobierno del PSOE subastó 21 de los 27 diarios que en los ochenta todavía permanecían bajo la tutela del Estado. Las subastas no beneficiaron a las tradicionales familias periodísticas sino a nuevos monopolios que entraban al mercado como Prisa, Zeta y el Grupo 16.

Luego el PSOE asignó las frecuencias de la radio y en 1989 concedió las primeras licencias de televisión privada, que supusieron la creación de los nuevos canales de televisión:

– Tele5: Berlusconi (Fininvest), ONCE, Anaya,
– Antena3: Godó, Prensa Española, Grupo Correo
– Canal+: Prisa, BBV, Banesto (hoy Banco de Santander)

El proceso de privatización fue aparente, un aspecto del fenómeno, pero no el fenómeno mismo. Confirmó el acierto de la tesis leninista acerca de las nuevas relaciones que bajo el monopolismo se establecen entre lo público y lo privado, mucho más estrechas, como lo demuestra la relación de los medios con los partidos políticos en las nuevas condiciones de la transición. Desde 1982 el objetivo del PSOE fue el de consolidar un poderoso grupo audiovisual (Prisa, diario El País, Radio El País) estrechamente ligado a su partido.

Tampoco había nada nuvo. El origen de Prisa está en el franquismo, cuando Polanco tenía una modesta empresa de edición de libros escolares llamada Santillana. La ley fascista de educación de 1970 fue su oportunidad. Al cambiar los planes de estudio, Polanco obtuvo información privilegiada de su peón en el Ministerio, el subsecretario Ricardo Díaz Hochleitner, que le sopló la manera en que los libros de texto se tenían que adaptar a la nueva ley.

Entre otros cargos, Díaz Hochleitner también ostenta el de presidente honorario del Club de Roma. El primer director de El País Juan Luis Cebrián era hijo del periodista franquista Vicente Cebrián. Comenzó su carrera como Director de los Servicios Informativos de la TVE franquista de la mano de Fraga.

Otros dirigentes de Prisa estaban hechos de la misma factura fascista. Por ejemplo su abogado, Córdoba, había sido fiscal del Tribunal de Orden Público. En suma, así era el grupo que el PSOE asoció a su proyecto político en los ochenta. Pero además de Sogecable, en la televisión el brazo de Prisa fue algo novedoso en España, un canal de pago: Canal+ (hoy la Cuatro). Pues bien, en 2004 fue nombrado presidente de Sogecable un reconocido fascista como Martín Villa para confirmar que en el PSOE y sus alrededores tampoco había nada nuevo, nada distinto del fascismo sino socialfascismo.

No cabe duda, pues, de que en la transición los medios, lo mismo que el fascismo, tampoco cambiaron absolutamente nada. Lo que cambiaban eran las condiciones, la manera de repartirse un pastel que prometía ser muy goloso y sobre el que los buitres no llegaron a un acuerdo, lo que desencadenó una verdadera guerra que -como tantas otras- ha quedado fuera de la memoria histórica. Esa guerra entre los monopolistas fue absolutamente ajena a las más elementales reglas de la democracia, incluidas las de la democracia burguesa. Más que sucia fue una guerra repugnante.

Los motivos son obvios: ningún monopolio puede dejar que su posición dominante quede a merced de una votación, cualquiera que sea (salvo que la pueda ganar). Por ejemplo, para que Telefónica pudiera desembarcar en las televisiones privadas con la compra de un paquete de acciones de Antena 3 TV, el gobierno tuvo que cambiar la legislación de la noche a la mañana, sin debate parlamentario.

Se produjeron espectáculos tan dantescos como la grabación y difusión clandestina en 1997 del vídeo sexual del director de El Mundo Pedro J.Ramírez con una prostituta. Se abrió la llamada «guerra del fútbol» en la que el gobierno del PP declaró aquel año las retransmisiones televisivas «de interés nacional». Fue una lucha sin cuartel en la que no faltó nadie: partidos políticos, bancos, monopolios, autonomías, la Liga de Fútbol Profesional, las productoras de cine, la Unión Europea…

No hubo chantaje ni instrumento de presión al que los monopolios no recurrieran, incluido uno de los favoritos en España: las querellas en los juzgados, que fueron a parar a la Audiencia Nacional como si de bandas armadas se trataran. Todo empezó cuando un ultraderechista como Jaime Campmany, director de la revista Época, denunció a sus colegas socialfascistas de Prisa por un fraude contable de 23.000 millones de las antiguas pesetas.

Así nacía el llamado «caso Sogecable» que acabó -como tantos otros- explotando en las manos del juez de la Audiencia Nacional Gómez de Liaño, que creía a pies juntillas en eso de que «el que la hace la paga». Pero la teoría fascista se llama «agua de borrajas». No solamente los cabecillas de Prisa no se sentaron en el banquillo sino que llevaron al banquillo al mismo juez. El único delincuente era él. Para ello contaron la inestimable ayuda de Garzón, un amigo de Liaño, al quien traicionó. Los fascistas y los monopolistas no tienen amigos; sólo socios.

La lucha monopolista se trasladó a un tribunal fascista en el que los jueces fascistas que formaban parte de él fueron tan independientes que también acabaron salpicados, lo mismo que la cúpula judicial, empezando por las asociaciones de jueces, la fiscalía, el Consejo General del Poder Judicial y el Tribunal Supremo.

En 1997 el caso Sogecable demostró lo mismo que el diario Madrid había demostrado 25 años antes: la naturaleza fascista de este Estado.

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La degeneración política del eco-pacifismo

Tanto la apertura como la clausura de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, en Rusia, se celebraron sin que asistiera ni un solo Jefe de Estado o dirigente político occidental. Casi ni nos hemos enterado de las competiciones porque las televisiones las han boicoteado. Por eso el artículo de la vicepresidenta del Parlamento alemán Claudia Roth, dirigente de Los Verdes, en el diario Saarbrücker Zeitung no tiene que sorprender.

Roth critica duramente a su compatriota Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional, por brindar con Putin en la inauguración de los Juegos Paralímpicos. Lo califica como «un acto inaceptable». El motivo es Ucrania. La dirigente verde considera que Bach y Putin «se burlaron de las víctimas de Maidan y de toda la gente en el mundo que está preocupada por la situación en Ucrania». Los Juegos Paralímpicos no se hubieran debido llevar a cabo «a 500 kilómetros de la frontera con Ucrania».

La eco-pacifista alemana recuerda, además, que ya en la clausura de los Juegos Olímpicos, Bach había homenajeado «desproporcionadamente» a Putin, mientras todos los demás le rechazaban. Lo que ocurre es que cuando Roth escribe «todos» se refiere sólo a los Jefes de Estado y personalidades occidentales, no a otros, como el Presidente chino y a las dos terceras partes del mundo que no está a este lado del hemisferio y que también pertenecen a este mundo.

En las condiciones del imperialismo es cada vez más difícil ser sólo un oportunista. Hay muy poco margen entre el eco-pacifismo y el militarismo más descarado. Los Verdes se consideraron a sí mismos como los auténticos herederos de mayo del 68 y durante muchos años explotaron aquella leyenda. Nacieron en Alemania en los ochenta de una izquierda pequeño burguesa rabiosilla, alternativa y anti-OTAN, aunque recientemente hasta el diario Le Temps de Ginebra criticaba sus posturas reaccionarias en el Estado de Baden-Würtemberg, donde desde hace dos años son el partido más votado y su programa no es otro que la reacción pura y dura.

A finales del pasado año se hablaba de una alianza de los eco-pacifistas con Merkel y la coalición conservadora CDU-CSU «para formar una mayoría alternativa». Aún no se ha firmado, pero no hay que desesperar. Los que siempre alardearon de constituir un movimiento social (apolítico) son capaces de cualquier cosa por un voto más en las urnas, un escaño más o un poco más de lo que sea.

En Frankfurt Los Verdes ya dirigen el ayuntamiento en coalición con «los negros» de Merkel. Pero hubiera bastado con la propuesta de alianza para que Los Verdes rompieran otro tabú. También en Alemania se están produciendo «revoluciones» de colorines. A los eco-pacifistas ya les llaman los kaki-verdes (por lo del uniforme nazi). ¿Qué ha acabado con la virginidad seudoecologista? Que Merkel ha ordenado el cierre de las centrales nucleares.

Algún día alguien tendrá que explicar lo que los seudoecologistas nunca van a explicar, el cierre de las centrales nucleares y sus verdaderos motivos, porque no han sido ellos los que lo ordenaron cuando estaban en el gobierno, sino precisamente «los negros».

En los países imperialistas más avanzados organizaciones como Los Verdes representan a esa costra social de intelectuales, profesionales, docentes y demás capataces de la burguesía que se encuentran siempre a mitad de camino de cualquier sitio, o sea, eso que estúpidamente llaman «la clase media». Dentro de poco volverán a celebrar los 50 años de mayo del 68 y nos recordarán a quienes presentan como sus «dirigentes», momias como Cohn-Bendit que han pasado del pacifismo a un atlantismo feroz, a la justificación de las guerras y las peores agresiones de la OTAN.

Es difícil acabar con el fetichismo político. A pesar de todas las traiciones siempre habrá ingenuos que crean que un partido político es lo que él mismo dice de sí, o lo que dice su programa, o sus emblemas. En su novela «Por quién doblan las campanas» Hemingway incluye el siguiente diálogo:


– ¿Hay muchos fascistas en tu país?
– Hay muchos que lo son y no lo saben. Pero se darán cuenta en cuanto llegue el momento

El hábito no hace al monje, ni siquiera cuando es de color verde. Hay que tener cuidado con los modernos y pos-modernos, los ambiguos, los flexibles y todos esos que dicen exactamente lo que su auditorio quiere escuchar. Digan lo que digan son kakis; por eso hay que ponerles verdes.

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La izquierda de la izquierda

La crisis del capitalismo no sólo despierta un movimiento revolucionario sino, al mismo tiempo, un movimiento contrarrevolucionario. Si uno lee la historia no debería sorprender tanto como sorprende. ¿Alguna vez ha existido una revolución sin contrarrevolución, es decir, sin fascismo, racismo, populismo y demagogia?

Esas lacras del capitalismo son la esencia misma del lerrouxismo que hoy, con los medios de comunicación burgueses en primer plano, especialmente la televisión, toman nuevos aires en los índices de audiencia. En épocas de crisis los medios llevan la demagogia al terreno político; sustituyen la prensa rosa por El Intermedio y a Belén Esteban por Pablo Iglesias. Necesitan cambiar los rostros, nuevas vedettes del entretenimiento político y nuevas siglas que sustituyan a las ya viejas, gastadas y desacreditadas.

El lema del capitalismo es «renovarse o morir», tanto en el supermercado como en las urnas. Pero a la hora de hacer cualquier cambio la reacción (la derecha, los conservadores) muestra un serio handicap: son siempre más de lo mismo, aburridos, grises, tediosos. Por ello, toda renovación del Estado burgués procede de la izquierda, que es capaz de hacer desfilar unas siglas tras otras, de aportar nuevos figurines críticos, programas ilusionantes y piquitos de oro.

En Francia ocurre lo mismo y ha encontrado en José Bové su Pablo Iglesias particular, pero mientras éste es el típico diletante hispánico, charlista infatigable y vendedor de humo, con 60 años el galo tiene una tarjeta de visita que presentar: es nada menos que un campesino contestatario, radical y varias veces represaliado antes de ser eurodiputado.

A diferencia de Iglesias, Bové ha demostrado que se pueden prestar importantes servicios al capitalismo europeo luchando contra el neoliberalismo. Cuando en 2005 peligró la Constitución europea por la oposición de la sopa de grupos de izquierda, verdes y alternativos, Bové se postuló a sí mismo como candidato a la presidencia de la Unión Europea para 2007. Su propósito era el de unir ese marasmo contra el neoliberalismo, es decir, para promocionar el viejo programa socialdemócrata al que calificaba como «la izquierda de la izquierda».

Desde 2009 Bové es el cabeza de lista de Europa Ecología que reagrupa a los principales grupos verdes franceses que, a diferencia de los alemanes, siempre han sido oposición; aún no se han destapado políticamente como los caniches del capitalismo que son. Por eso aún pueden ser utilizados para seguir sembrando ilusiones y que las urnas no queden vacías.

A europarlamentarios como Bové hay que llenarles los bolsillos y darles relieve para que no dejen nunca de ser figurines televisivos. Por ello en 2009 le hicieron vicepresidente de la Comisión de Agricultura, desarrollo rural y comercio internacional del Parlamento de Bruselas.

Es posible que su viejo sueño de presidir la Comisión Europa no tenga que esperar mucho. Este mismo año Durao Barroso se larga. Su sustituto tiene que salir de las elecciones europeas de mayo, en las que tambien participará Pablo Iglesias. Los diferentes partidos tienen que proponer a sus candidatos y los verdes son la segunda fuerza europea.

¿Hay algo más viejo que Europa y más acabado que su Unión Europea? De no ser por los medios de comunicación en Europa casi nadie se enteraría de las convocatorias electorales porque hace ya tiempo que las elecciones las hacen las televisiones, en las televisiones y para las televisiones. El circo electoral necesita el mismo tipo de personajes que la prensa del corazón; no hay ninguna diferencia entre una tertulia rosa y otra política.

La Unión Europea acaba este año con su Prachanda particular y necesita un nuevo timonel, alguien que le de un poco de luz y color, que cambie las cortinas, rodapiés y gotelé hasta las próximas elecciones. Eso sólo lo puede hacer «la izquierda de la izquierda», nuevas personas para viejos personajes, alguien que nos motive, camaleones como Iglesias y Bové. Sabemos que no van a hacer nada, que no quieren hacer nada, que no les dejan hacer nada, que no saben hacer nada. Pero nos caen bien y por eso les votaremos. ¿O no?

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Memoria Histórica

El asesinato de Kennedy 50 años después (y 11)

¿Quién dice que el crimen perfecto no existe? El asesinato de Kennedy es un buen ejemplo de lo contrario, aunque para ello hubiera que borrar todas las pistas y aunque fuera de la manera chapucera en que lo hicieron. Oswald y Ruby sólo eran algunas de las pruebas más importantes que había que eliminar, pero no eran las únicas.

Inmediatamente después del atentado y de jurar su cargo de presidente, Johnson ordenó que la limusina presidencial manchada de sangre fuera limpiada por los agentes del Servicio Secreto en el mismo aparcamiento de ambulancias del hospital en el que ingresaron a Kennedy. Fue su primera orden. No podía quedar ningún cabo suelto. Si se hubiera abierto algún juicio por el asesinato de Kennedy, la mesa de las pruebas hubiera estado vacía. No por ineptitud de la policía de Dallas sino porque nadie pensó nunca en un juicio.

Ni siquiera hubiera habido autopsia porque, según la legislación, se hubiera debido realizar en el hospital de Dallas, pero el Servicio Secreto secuestró el cadáver por la fuerza y lo embarcó en el avión presidencial rumbo a Washington. ¿Un juicio por asesinato con una autopsia ilegal? Si la verdad no interesaba a nadie, un juicio mucho menos y, por lo tanto, ¿para qué investigar nada?

El congresista Thomas Hale Boggs fue otro de los integrantes de la Comisión Warren, pero llegó a conclusiones muy distintas. En 1971 afirmó que el informe oficial de la Comisión era falso e involucró a Hoover y a otro miembro de la Comisión, Arlen Specter, de aquella patraña. El congresista Boggs desapareció durante un vuelo a Alaska al año siguiente. Ni siquiera apareció la avioneta en la que volaba.

En 1976, trece años después del asesinato, la Cámara de Representantes creó un comité para esclarecer los asesinatos políticos cometidos en la década anterior. La investigación de la Comisión Warren pasó al olvido. Ahora la conclusión era la contraria: fueron dos los tiradores que dispararon sobre Kennedy, el tercer tiro partió de Oswald y, además, se podía afirmar “que el presidente John F. Kennedy fue probablemente asesinado como resultado de una conspiración”. ¿Probablemente?

Hasta este punto, es decir, hasta el borrado de las huellas del crimen, Estados Unidos en nada se diferencia de cualquier otro país capitalista. La diferencia es que, además, en Estados Unidos el vacío se llena con la sobredosis de información, las cortinas de humo, la intoxicación y el exceso. Así han ido apareciendo las miles de teorías de la conspiración. A partir de una única verdad, que la versión oficial de la Comisión Warren es mentira, todo lo demás es legitimo porque cuando alguien esconde algo es cuando hay que empezar a buscar.

El problema es qué es lo que hay que buscar, qué interesa buscar. La concepción idealista de la historia busca personas y personajes, se interroga por el quién, por el autor de los disparos y los responsables del asesinato. Por el contrario, en la ciencia de la historia los sujetos se objetivan progresivamente y las personas acaban siendo personificaciones. Entonces pregunta por los motivos, los giros y los cambios que los personajes ponen en marcha.

Kennedy fue víctima de su propia concepción idealista de la historia, aunque una semana antes de su asesinato, en un discurso en la Universidad de Columbia reconoció que existían presiones para convertir el cargo de Presidente “en algo meramente figurativo”. Estaba equivocado: el cargo de Presidente ya era figurativo, por más que él tratara de impedirlo. Eso le costó la vida. Creyó que desde ese cargo se podía cambiar una política firmemente asentada en Washington. Formaba parte de los que quieren cambiar las cosas desde dentro.

A partir de ahí se forja otra leyenda más: el Kennedy reformista, progresista, idealista, el recién llegado al nido de vívoras que es la Casa Blanca, el último representante de la época de Jefferson, Adams y Lincoln. Tampoco es eso. Kennedy ni siquiera alcanza el rango de caricatura de los “padres fundadores” de Estados Unidos.

Kennedy personifica a una parte del imperialismo estadounidense, que durante los años más críticos de la guerra fría se definía -fundamentalmente- por su posición respecto a la URSS. Frente a los “halcones”, ellos eran las “palomas”. En Estados Unidos no había una única línea respecto de la URSS, de la misma manera que en la URSS no había una única línea respecto a Estados Unidos. Es más: en 1962 la crisis de los misiles en Cuba puso de manifiesto que en Washington tampoco había uniformidad para responder a los cambios que en la URSS se estaban produciendo desde 1953, con el ascenso de Jruschov al Kremlin.

El asunto de la proliferación nuclear o, mejor dicho, la prohibición de la proliferación, lo que hoy llaman “armas de destrucción masiva”, es una derivación de aquel pulso con la URSS. Esto se ha analizado desde el punto de vista del desarme y de la oposición del Pentágono, junto con la industria armamentista, al mismo. Pero también es una parte del asunto, no el asunto en sí mismo.

La guerra fría y el armamento nuclear lo que estaban poniendo de manifiesto era el grado de desarrollo (científico, técnico, económico, político) de la URSS y el bloque socialista en su conjunto, que en 1955 firmaban el Pacto de Varsovia. La revolución china (1949), la guerra de Corea (1953), la derrota de Dien Bien-Phu (1955), la revolución cubana (1959), junto con el movimiento de los no alineados en el Tercer Mundo, la crisis del canal de Suez (1956)… no presagiaban nada bueno para el imperialismo.

El bloque socialista estaba en su apogeo y el imperialismo buscaba la mejor manera de hacer frente a la situación, que no podía reducirse a una amenaza permanente del uso del armamento nuclear. Desde Hiroshima y Nagasaki entre los círculos dominantes del Pentágono se había extendido la creencia de que esa era la única manera de tratar a sus enemigos más importantes. Aún hoy entre ellos es muy común creer que hay remedios técnicos (militares, policiales, represivos) para los problemas políticos. El prototipo de esa convicción fue John Foster Dulles, el hermano del jefe de la CIA y secretario de Estado con Eisenhower.

La guerra -decía Clausewitz- no es más que la continuación de la política por otros medios. Para poner a la URSS a la defensiva el imperialismo tenía que utilizar también medios políticos y diplomáticos, es decir, tenía que negociar con la URSS. Sin embargo, es propio de una concepción militarista interpretar la negociación como una claudicación, como un gesto de debilidad. Los fuertes siempre cometen el error de no negociar con quienes están -o consideran que están- en una situación de debilidad.

La crisis de los misiles se saldó con una negociación, que al año siguiente condujo al Tratado de Moscú de prohibición de pruebas nucleares. El objetivo era que la URSS se pusiera la soga al cuello, como así ocurrió. Era la única manera de acabar con el socialismo. En septiembre de 1959, cuando visitó Estados Unidos, Jruschov debió quedar hipnotizado por Eisenhower y lo que se llamó el “Espíritu de Camp David”. Siempre dijo que la coexistencia pacífica con el imperialismo era posible; bastaba con hacer concesiones, con dar lo que pedían. A cambio sólo exigían que les dejaran “en paz”.

El asesinato de Kennedy no logró sus objetivos. La destitución de Jruschov un año después tampoco consiguió los suyos. Las decisiones no dependían de ninguno de ellos, por lo que fueron sustituidos por otros aún más mediocres, figurines de esos que ni siquiera se molestan en disimular sus limitaciones.

Serie completa: El asesinato de Kennedy 50 años después:

— El club de los hijos de puta (1)
— De la alta sociedad a los bajos fondos (2)
— El escenario del crimen: Dallas (3)
— Operación Paperclip (4)
— La aristocracia del espionaje nazi en Estados Unidos (5)
— La camarilla nazi-zarista de Dallas (6)
— El chivo expiatorio: Lee Harvey Oswald (7)
— La infiltración de Oswald en los medios progresistas (8)
— Todos los hilos conducen al mismo sitio (9)
— El asesinato del asesino (10)
— ‘Tenemos que convencer al público de que Oswald es el verdadero asesino de Kennedy’