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Charlamentarismo

Nicolás Bianchi

Con ese término definía Miguel de Unamuno en un artículo titulado «Sobre el marasmo actual de España» el seudoparlamentarismo de la Restauración borbónica (antes de la II República). No está mal charlar y paliquear en… las tabernas, y muy profundas cosas se oyen a veces. En los parlamentos raras veces se refleja la lucha de clases. En el español en absoluto salvo la época de la II República, cuando Gil-Robles quiso instaurar el fascismo por «vía parlamentaria» (ahora no hace falta ni eso) y, al no poder, vino la guerra civil y una sublevación militar-fascista que no se levantó contra la República, sino contra la victoria del Frente Popular en las elecciones del 16 de febrero de 1936. De aquella guerra y de sus ganadores y sus barros vienen estos lodos charlamentaristas. El Parlamento español no refleja nada y menos la realidad como cuando ocurrió, por ejemplo, en la huelga general ya de por sí desteñida y «light» habida en 1988, se encaparozonó en sí mismo, aislado, y legislaba ajeno a lo que pasaba ahí fuera al más puro estilo bizantino.

«¡Libertad! Bien entendida, ¡hermosa palabra…! Un pueblo jamás se hace maduro ni prudente, siempre es niño», dice el Duque de Alba en el «Egmont» de Goethe. ¡Libertad bien entendida! dice Unamuno de coña. Y para hacerla entender, ¡palo y tentetieso!, otrosí: te haré libre a ostia limpia.

Eso hacen el PP y el PSOE, que no son partidos sino aparatos del Estado, la «casta», que dirían los penúltimos invitados -Podemos- al festín estatal del rico Epulón a ver qué migas caen. No hay más programa para esta «casta» que la razón de Estado, la Constitución taumatúrgica e hipnótica como camisa de fuerza, los Estatutos sin viagra y la unidad de destino en lo universal. Estos son los embelesos de los «demócratas» ordeñadores de pueblos, de los que hacen del pueblo rebaño, grey. Y todo ello quintaesenciado por la inmarcesible ley del honor (español): «procure siempre acertarla/el honrado y principal/pero si la acierta mal/defenderla, y no enmendarla».

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Maniobras de distracción

Juan Manuel Olarieta

Los votos son como los goles en el fútbol. Cuando en referencia a la política burguesa hoy alguien habla de éxito, se refiere siempre al éxito electoral. En el fútbol a algunos nos gusta el «jogo bonito» mientras que en la política burguesa todos son resultadistas: más votos es un éxito y menos votos es un fracaso. Todo se reduce a cosechar más votos que en las elecciones de hace cuatro años.
Para lograr el éxito hay expertos en marketing que tan pronto te venden un político como un postre para reducir el colesterol. Son periodistas, creadores de imagen, publicistas, relaciones públicas, merchandising, diseño… La política burguesa funciona de esa manera porque, en realidad, no conocemos a ningún político: sólo los vemos por la tele. Entre ellos y nosotros hay una tele por medio. No vemos al político, lo que vemos es la tele. Cuando votamos a un político, lo que votamos es a la tele.
Más minutos de tele se traducen en más votos. Lo de menos es lo que el político diga. Es más: lo mejor es que hable pero no diga nada. Cada vez que un político dice algo, pierde votos. Por ejemplo, los ministros del Interior (Ibáñez Freire, Rosón, Barrionuevo, Corcuera) siempre fueron torpes, es decir, a veces se les escapaba lo que pensaban, lo cual les conducía a meter la pata, como el inepto Martín Villa con aquello de «Nosotros cometemos errores, mientras que ETA comete crímenes».
Con Belloch, actual alcalde de Zaragoza, las cosas cambiaron radicalmente. Fue el primero que supo hablar sin decir nada y cuando los periodistas le pedían explicaciones sobre algo decía que era «razonable». No decía la razón, sólo que era razonable. A ver si te enteras: no hace falta explicar las cosas porque las cosas se explican por sí mismas. Si tú no ves la explicación de las cosas es porque no eres muy inteligente. Es tu problema.
Jamás votaremos a un político que no salga por la tele del mismo modo que jamás compraremos una sujeción para nuestra dentadura postiza en el puesto ambulante que tiene ese negro senagalés en la esquina. Lo que haremos es ir a la farmacia y comprar Corega porque lo anuncian por la tele. Desconfiamos de todo aquello que no se anuncia por la tele. Desconfiamos de la gitana que vende pilas en el mercadillo, pero jamás de Mercadona, Carrefour, Caprabo o Dya.
En la lógica formal el principio de identidad dice que A=A. Siempre somos nosotros mismos; tenemos nuestros defectos y nuestras virtudes. Pero los políticos no son como los demás, no son ellos mismos sino lo que los expertos les dicen que tienen que ser: perfectos, impecables, sonrientes, cercanos, guapos, amables… Las 24 horas del día, 365 días al año. Nunca verás a un político metiéndose el dedo en la nariz porque no son seres humanos como los demás sino «comunicadores», como los presentadores de las noticias, de los concursos o de las retransmisiones deportivas.
Nadie aceptaría en su vida lo que un político acepta. Se deja hacer: dice lo que le dicen que diga, le escriben los discursos, tiene las respuestas preparadas, viste como le dicen, va a donde le dicen que vaya, les peina un estilista… Si lo pensamos un poco nos damos cuenta de que no votamos al político, a la marioneta, sino al que mueve los hilos… o quizá sea mucho más simple aún: no sabemos a quién estamos votando (por supuesto que tampoco sabemos qué estamos votando).
Hace poco El País desvelaba a la experta que asesora a Pedro Sánchez en asuntos de imagen. Pedro Sánchez empezó su nueva carrera como secretario general del PSOE con la siguiente consigna: «Desterremos palabras como crisis, violencia de género o independentismo». Si Sánchez ha dicho eso es por tres motivos. Primero, porque su asesora le ha dicho que lo diga. Segundo, porque la asesora sabe que esas palabras dan votos mientras que otras los restan. Tercero, porque al cambiar las palabras está cambiando el mundo real.
Cuando ni quieres ni puedes cambiar nada, lo mejor es que cambies las palabras. Por ejemplo, los capitalistas cambian de coche cada año. Pero si no tienes un euro, lo que puedes hacer es tunearlo y te parecerá otro, no sólo a tí sino -sobre todo- a tus vecinos y tus amigos. Eso te reportará unas cuantas semanas de ilusión y alegría cuanto te pregunten: ¿has cambiado de coche?
Otro ejemplo: antiguamente había vacaciones, mientras que hoy la gente -los que pueden- se van de vacaciones, lo cual es bastante distinto. Si en verano uno se queda en casa es que no ha tenido vacaciones, que no son para descansar sino para cambiar el paisaje, los hábitos, los horarios o los vecinos. Las vacaciones no son para no hacer nada sino para hacer otras cosas diferentes de las habituales. De hecho la gente en vacaciones se fatiga mucho más que de costumbre. Las vacaciones son para que nos cansemos haciendo otras cosas, aquellas que no hacemos cotidianamente pero que nos gusta hacer, es decir, que disfrutamos haciendo cosas distintas.
La política burguesa nos gusta porque es exactamente así, como las vacaciones, un entretenimiento. Nos hace pasar el rato, e incluso a veces nos divierte porque cada vez aparecen más palabras nuevas cuanto más se parece a sí misma. A veces incluso cambian hasta los políticos, es decir, unos políticos sustituyen a otros iguales entre sí y parece que los partidos han dado un vuelco. El PSOE de Pedro Sánchez no tiene nada que ver con el de Rubalcaba. La edición de este año de Gran Hermano tampoco tiene nada que ver con la del año pasado: los concursantes han cambiado, son diferentes.
Si un aficionado a las hemerotecas lee un periódico de hace unos años comprobará que las cosas no sólo han cambiado mucho, sino que han cambiado muy rápidamente. España ya no es lo que era. Por ejemplo, hasta 1987 la prensa se refería a ETA de muchas maneras diferentes, había diversidad de insultos, eufemismos y denominaciones. A partir de entonces se acabó el pluralismo. Un equipo de expertos en comunicación que trabajaba para el Ministerio del Interior impuso un único término que todos los periódicos y cadenas de radio aceptaron sin rechistar: ETA era una banda terrorista.
Las cosas volvieron a cambiar en 2001 y los terroristas ahora ya no son tales, sino yihadistas. El diario ABC justificaba la detención de un magrebí diciendo que en el registro la policía le había encontrado 300 vídeos sobre la yihad y entre paréntesis añadía como sinónimo de yihad: Guerra Santa, con mayúsculas. ¿Os dáis cuenta del peligro que tienen esos vídeos? Es para echarse a temblar. El diario ABC es como los políticos: carece de personalidad propia, es un mero portavoz de la policía. Tampoco traduce del árabe, ni le interesa, porque yihad no significa Guerra Santa.
Con la yihad ocurre como con Catalunya: entre los muchos peligros que nos acechan, España también está amenazada por un «desafío soberanista». No es España la que desafía a Catalunya, sino al revés. Pero, ¿qué más quieren los catalanes?
La manipulación del significado de determinadas palabras y la introducción de otras nuevas tiene una explicación cuyo origen está en los militares más que en la Academia de la Lengua: es la guerra sicológica, que es una parte de la guerra. Decir hoy en un periódico burgués que rebanar el pescuezo de un secuestrado ante las cámaras es yihadismo y no el viejo terrorismo de toda la vida, es una manipulación que va acompañada de todo un nuevo diccionario que poco a poco los medios están imponiendo (células durmientes, lobos solitarios) con titulares como el siguiente: «Fiestas, ropa cara y chicas: el yihadismo ‘cool’ de la ‘generación Gran Hermano'» (El Confidencial, 29 de setiembre).
En muy pocos años se ha creado un nuevo diccionario político con palabras tales como sostenibilidad, globalización, altermundialista, multitud, activista, casta, transversalidad, decrecimiento, género, antipatriarcado, choque de civilizaciones, daños colaterales, contrainformación…
En la lucha de clases, o sea, en la política de verdad, que es la guerra por otros medios, unas palabras no se añaden a otras sino que las sustituyen. Por ejemplo, «referente» sustituye a «vanguardia» y nadie se pregunta por las razones: eso es lo «razonable». Lo otro ha quedado obsoleto como el Seat 600 o los yogures de Mercadona.
Si no hubiera obsolescencia política, nos aburriríamos solemnemente. Hasta 1985 -hace tres décadas- estuvimos luchando contra la Otan y las bases militares. Lo denunciábamos en las radios libres, publicábamos fanzines y hacíamos interminables marchas los domingos por la mañana a Rota y Torrejón, agotadoras reuniones entre semana… Pero nos cansamos de aquello y no volvimos a hablar del asunto porque se había quedado anticuado. Pasemos a otro asunto, y luego a otro, y luego a un tercero… Si logramos inventar un nuevo problema, un nuevo riesgo, un desafío diferente, lograremos olvidar el viejo. Por ejemplo, no recordaremos que pertenecemos a la Otan, un bloque militar imperialista, criminal, bla, bla, bla…
Los seres humanos, animales políticos, decía Aristóteles, tenemos la fortuna de podernos crear nuestros propios problemas, lo cual es una enorme ventaja sobre los animales apolíticos: si logramos crearnos un problema falso, como los videojuegos, nos olvidaremos del problema verdadero.
Los nuevos lenguajes nos regalan un país a la medida de nuestra necesidad de entretenernos y, los más exaltados tienen, además, la posibilidad de lamentarse de él, quejarse y patalear. Pero nunca más allá de unos 30 años, que es la fecha de caducidad política. Por eso tiene razón Pedro Sánchez: si no utilizamos la palabra crisis, la crisis desaparece. Utilicemos otra palabra para hablar de ella. O mejor aún: hablemos de otra cosa.

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Allegro ma non troppo

N. Bianchi

El Partido Nacionalista Vasco no tiene prisa. El PNV juega siempre a largo. El PNV no acepta el dilema de Estatuto o soberanía. El PNV es mesocrático. El PNV, partido burgués, clerical y de orden, es sensato, cuerdo, y se sitúa en la equidistancia y equipolencia entre el inmovilismo criminal y desaprensivo del Gobierno español y las supuestas prisas de la izquierda abertzale (cada vez más abertzale y menos izquierda). El PNV tiene táctica, pero no estrategia salvo cuando convoca a la grey en el anual Alderdi Eguna (Día del Partido, en las campas alavesas de Salburua) donde aparentan inflamarse de cara a la parroquia. El PNV no se decide por ser Aquiles o la tortuga, siempre en aguardo, al acecho, ojo avizor, y entonces ya se verá y según y cómo o cómo me la maravillaría yo. El PNV no es chicha ni limoná ni todo lo contrario y se la pasa, como dice la canción, caracoleando, caramba, al precio de nuestra dignidad. El PNV es la ambigüedad calculada y la indefinición estudiada.

El PNV a veces quiere dar la sensación de correr de prisa pero no demasiado (allegro ma non troppo). El PNV habla de “modos y ritmos” pero dice vísteme despacio que tengo prisa. El PNV mira al cielo, se cae a un pozo (como Tales de Mileto que no era, afortunadamente, del PNV) y se saca del mismo tirándose de su coleta (como el Barón de Münchausen). El PNV es alotrópico y un día se levanta levógiro y otro se acuesta dextrógiro. O al revés, berdin da (es igual). El PNV dice apostar –costumbre muy vasca tratándose de juegos- a largo mientras pone palos a las ruedas a corto. El PNV es un partido eleático y elástico y piensa que el movimiento no se demuestra andando, sino en círculos (viciosos). El PNV, además, cree en la cuadratura del círculo y que el camello –ionizado dizque derretido en partículas subatómicas- pase por el ojo de una aguja (de coser). El PNV, la burguesía nacional, tiene en sus manos el proceso, se lo recuerda constantemente la reformista izquieda abertzale que se pone a rebufo de buen grado, y los dedos se le hacen huéspedes. El PNV sabe que Euskal Herria –o Euskadi- es una nación, pero ellos son una fracción de la oligarquía nacional española dominante. El PNV se hizo nacionalista con el incipiente capitalismo español y se hará separatista en una España roja. El PNV no se decide en si llevarnos al huerto o romper amarras.

De momento, como siempre, a verlas venir… en Catalunya. Y la izquierda abertzale lo mismo.

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La Constitución como tótem

Nicolás Bianchi

Para Tomás de Aquino y la generalidad de los escolásticos, el primer argumento para demostrar filosóficamente la existencia de Dios (poner «dios», con minúscula, es una falta de ortografía, por eso lo ponemos con mayúscula, según la RAE, que en estas cosas somos muy disciplinados) es el que se funda en el principio ya enunciado por Aristóteles: todo lo que se mueve es movido por otro. El argumento es el siguiente: todo lo que se mueve, lo acabamos de decir, es movido por otro, luego éste, o no se mueve, y entonces tenemos un motor inmóvil, que es lo que se llama Dios, o es movido por otro motor; de este segundo motor puede proponerse el mismo dilema; y así hay que llegar, o a suponer una serie infinita de motores movidos unos por otros y sin haber uno inmóvil, o a admitir un primer motor inmóvil; pero aquella serie es absurda e intrínsecamente incapaz de explicar la existencia del movimiento: luego existe un motor inmóvil, Dios.

Para el Doctor Angélico, el dominico santo Tomás, los elegidos que vayan al cielo por ser buenos chicos vivirán eternamente en permanente visión beatífica (como los santos Botín, Isidoro, Portillo o Boyer) de Dios, aunque no su rostro porque es uno y trino, y en absoluto estado de inmovilidad.

Inmovilidad de los cuerpos celestiales y gloriosos, de la inteligencia y la voluntad. Inmovilidad de la inteligencia porque, cuando se ha llegado a la causa primera, en la cual todas las cosas pueden ser conocidas, la búsqueda de la inteligencia cesa. Inmovilidad de la voluntad porque ya no queda nada por desear. En el paraíso tomístico no se mueve ni Dios.

El nuevo o, mejor dicho, añejo inmovilismo con efectos taumatúrgicos y pruritos demiúrgicos se llama Constitución, Estatuto de Autonomía o Amejoramiento (navarro). Conceptos a los que habría que aplicar el carbono-14. Y ello por no disfrutar de una democracia… «que aún no tenemos». Por eso hay gente que se mueve y da el callo. Porque no creen que la Constitución española, de la que muchos saben sin haber nacido, sea un motor inmóvil. Y menos un dios o un tótem. Una Constitución monarco-fascista como último asidero para impedir, por ejemplo, que se exprese la voluntad del pueblo catalán agarrándose desesperada y leguyescamente a la ley como si esta fuera una camisa de fuerza, que lo es, ya se ve.

Y es que Franco se murió en la cama. Bueno, en la Residencia Sanitaria La Paz, para ser más exactos y de muy mala manera. En posición horizontal, pero no tumbado. Y de aquellos barros, estos lodos, que se dice.

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Algunos ‘botines’ de muestra

Nicolás Bianchi

O «botones» de muestra de este gran bienhechor de la humanidad, el recién fallecido banquero Emilio Botín a quien rinde pleitesía los lamebotas de rigor tratando de confundir a este tiburón de las finanzas con un altruista benefactor de los desfavorecidos.

Fue el Banco de España quien «fabricó» el agujero de Banesto, tremendo agujero de 605.000 millones de pesetas, que nunca existió. El beneficiario: Emilio Botín y el Banco Santander que repartió unas generosas coimas entre altísimas autoridades. Fue este su gran salto adelante, la compra del Banesto de Mario Conde intervenido por el gobierno de Felipe González en 1993. El segundo gran golpe fue la fusión de BS con BCH (Central Hispano). La familia Botín al completo fue pillada con 2.000 millones de euros (no de pesetas, que serían unos 332.000 millones de pesetas) ocultos en Suiza en el banco HSBC. Todavía estaría oculto si no fuera por el informático del banco Hervé Falciani que entregó a la Hacienda francesa un CD con millonarias cuentas en HSBC. Ni tan siquiera los citan a declarar y se les exonera del delito fiscal cayéndole, por el contrario, al empleado del banco un marrón de no te menees pensando, quizá, «que todos somos iguales ante la ley», como dicen las postales navideñas.

Del posible banquillo lo sacó -a Botín- María Teresa Fernández de la Vega (entonces secretaria de Estado de Justicia antes de ser ministra del PSOE con Zapatero y vicepresidenta esta experta en comprarse «trapos» e ir a la peluquería) a costa de alumbrar una tal «doctrina Botín», paradigma de justicia, es un decir, a la carta para el poderoso. Zapatero, el presidente, le permitió a Botín regularizar los 2.000 millones de Suiza sin que cupiera investigación adicional, que no se trata de incomodar, no vayamos a joderla, no seamos pardillos, al banquero que condona los créditos que nos concede -a los partidos- y que nunca devolvemos. Los 2.000 millones de euros que los hermanos Emilio y Jaime (este pasa por ser el «culto») Botín habían «olvidado» tener en Suiza sin declarar a Hacienda, producto también de una herencia paterna como el episodio, calcado, igualico, igualico, que estos días aflige al ex-presidente catalán de la Generalitat Jordi Pujol (de la que su hermana dice no saber nada y menos su cuñado estafado por él, por Pujol, ya en Banca Catalana), pero que, en este caso, el gobierno Zapatero, con Elena Salgado como ministra de Hacienda, permitió regularizar mediante el pago de 200 millones al Fisco, y a otra cosa, mariposa.

Suiza era el refugio de la fortuna de los Botín. El presidente del primer banco del país, que le dicen, y su familia, han defraudado a Hacienda, que somos todos, que también le dicen, durante muchos años, 34, eso dicen, al esconder 2. 000 millones de euros en un banco suizo. Nadie, ni dirigentes políticos ni tertulianos ganapanes, han dicho nada. Mutismo absoluto.

Y es que Botín iba a ver al Presidente de Gobierno de turno cuando se le antojaba para hablar «de los intereses nacionales».

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Aroma de corrupción entre la burguesía catalana

Juan Manuel Olarieta

Hace un año y medio el militante de «Podemos» y antiguo fiscal del Estado Carlos Jiménez Villarejo publicó un artículo sobre el caso Banca Catalana (*), que conocía muy bien porque fue quien lo «investigó» en 1984: un agujero de 20.000 millones de las antiguas pesetas. Eran los primeros tiempos del gobierno del PSOE.

Lo primero que hay que poner de manifiesto es el carácter oportunista de Villarejo, que entonces guardó silencio porque le importó más su carrera en la fiscalía. Ha tenido que esperar a asegurarse su jubilación para publicar la denuncia, cuando ya no tenía la obligación profesional de denunciar. El mundo al revés.

Pero el artículo de Villarejo tampoco era información exactamente, sino un relato inconexo de corruptelas en el que el fondo de asunto, el capitalismo monopolista de Estado, quedaba enterrado. No hace falta ser fiscal ni investigar mucho en la corrupción para que aparezca siempre la estrecha conexión del capital con el Estado (del que formaba parte Villarejo), la necesidad que tienen los monopolios de recurrir al Estado para competir unos con otros (y con el exterior), así como el chantaje de crear otro Estado si el que tienen no les da lo que necesitan.

Aunque ambos están estrechamente relacionados, el caso Banca Catalana fue mucho más importante que el actual caso Pujol y ambos demuestran la verdadera naturaleza de la burguesía catalana y su juego con el Estado español: la corrupción en Catalunya es el precio que ha tenido que pagar el Estado para mantenerse como tal en Catalunya y para que en Madrid la burguesía catalana (Unió, Convergencia, ERC) sostuviera a la monarquía y a los gobiernos del PSOE.

Hablando de capitalismo lo más normal es que siempre aparezca un precio, o sea, uno que paga y otro que cobra. Al tiempo que la burguesía catalana se convertía en uno de los puntales más importantes del Estado fascista, el precio pagado por el PSOE en los ochenta sirvió para engordar política y económicamente a aquella burguesía. En las condiciones actuales del capitalismo monopolista de Estado una cosa (la política) siempre va ligada a la otra (la economía). No es posible competir (políticamente) sin competir (económicamente) y eso un figurante como Villarejo en una organización de figurantes como «Podemos» deberían saberlo.

Es el catecismo: los partidos típicamente oportunistas nunca tendrán ninguna oportunidad política sin un tinglado capitalista a su lado que les ponga el dinero encima de la mesa, lo cual es especialmente cierto en el caso de los «independentistas», como el BNG o Bildu. Si no disponen de uno, lo tienen que crear, y ese ha sido siempre el llamado «problema de la corrupción» que han padecido los trepas y advenedizos.

En Catalunya la quiebra de Banca Catalana no fue lo que cuenta Villarejo. No fue un asunto personal de los consejeros que, como Pujol, se lucraron sino algo de más calado: el intento de la burguesía catalana de crear algo que nunca tuvo, un grupo financiero propio ligado a un proyecto político. Pero llegó tarde, no sólo porque en los tiempos del monopolismo queda ya muy poco sitio para nadie más, sino porque la banca estaba en crisis y el PSOE se embarcó en un plan de rescate del conjunto del sistema financiero. Sobraban más de la mitad de los bancos.

El PSOE hizo dos cosas en favor de la burguesía catalana: no sólo pagó las deudas con dinero público, faltaba más, sino que manipuló el sistema judicial para que ningún financiero ni político catalán se tuviera que sentar en el banquillo. Como recordó Villarejo, el Fiscal General del Estado prohibió llevar a los tribunales a los implicados en el caso Macià Alavedra aunque cínicamente reconoció que los hechos desprendían “un aroma de corrupción”.

Fue un chantaje mutuo, un acuerdo entre caballeros que contribuyó a asegurar la «gobernabilidad», a reconducir los acontecimientos tras el golpe de Estado del 23-F. Ganaron tiempo, engordaron las arcas (las economicas y las electorales), e incluso arrinconaron al PP, los voceros del centralismo en Catalunya, a quienes relegaron a la marginalidad política. Lo mismo sucedió con otro tipo de organizaciones, típicamente reformistas y de «izquierda», que son tentáculos de la burguesía catalana.

Si tuviéramos memoria histórica recordaríamos la Operación Roca de 1986, otro eslabón del esfuerzo de la burguesía catalana por meter las narices en «Madrid», que para los nacionalistas (catalanes, vascos y gallegos) es una entelequia como El-País-de-Nunca-Jamás. El nombre de Roca sonará como abogado de Cristina de Borbón en el caso Noos. ¿Cómo es posible que la Corona ponga su defensa en manos de un catalanista como Roca? Por lo mismos motivos por los que la referida Cristina empezó su carrera con La Caixa de Catalunya.

¿Se acuerda alguien de todo eso? ¿Se acuerda alguien de que quien llevó de la mano a Roca en su Operación madrileña no era otro que Florentino Pérez? Pero, ¿no es Florentino Pérez un representante típico del monopolismo más vinculado al centralismo madrileño? ¿Acaso no es el presidente del Real Madrid? Al mismo tiempo, ¿no ascendió como testaferro de la Banca March?

La Operación Roca llegó el mismo año en que los tribunales tapaban definitivamente el fraude de Banca Catalana y fue otro fracaso más a apuntar en el pasivo del balance. La Operación Roca fracasó por los mismos motivos por los que fracasó Banca Catalana: iban con retraso, llegaban tarde a la historia.

Pero no todo fueron pérdidas…

Algún eslabón se ha tenido que romper ahora para que alguien haya logrado hundir a un puntal de la transición como Pujol. La historia de la transición ya no se va a poder escribir como hasta la fecha. No sólo Pujol: el propio sistema impuesto durante aquella época (en Catalunya y fuera de ella) ha dejado de ser un poco menos honorable (si es que alguna vez tuvo una pizca de honorabilidad).

Pero no se ha roto un único eslabón sino muchos, por no decir todos: el Estado que pusieron en pie durante la transición se ha venido abajo. El rey abdica, la prensa (El País, El Mundo, La Vanguardia) padece una purga a gran escala, el PSOE naufraga, llegan caras nuevas para sotener los podridos pilares y en el horizonte están a punto de aparecer los nuevos alineamientos de España en el seno del imperialismo.

Nada va a ser como antes. La burguesía catalana ya no espera nada de El-País-de-Nunca-Jamás y vuelve a la carga de la única manera que le queda. Desde «Madrid» la caverna les ha enseñado los dientes cuando preparaban una Diada triomfant para después del verano, una exhibición que les debía llevar a la consulta soberanista en unas condiciones pletóricas. Han hundido su buque insignia. Lo que quizá no se hayan dado cuenta es que han hundido mucho más que eso y con el tiempo se acabarán arrepintiendo. El-País-de-Nunca-Jamás funciona así: quien fabrica más separatistas en Barcelona es el separador de Madrid.

Lo que está claro es que todos y cada uno de los mimbres con los que se tejió el actual tinglado político se han venido abajo. La crisis es galopante, por supuesto la crisis capitalista, pero también la crisis política.

(*)
http://www.elplural.com/opinion/persecuci%c3%b3n-a-catalu%c3%b1a-nada-m%c3%a1s-lejos-de-la-realidad-el-agujero-de-20-000-millones-fue-asumido-por-el-estado/
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La gente y eso y tal

Nicolás Bianchi

Para que no se diga que aquí estamos, algunos, inficionados de un virus anti-Podemos, nos haremos eco de la reseña de unos libros sobre su líder, Pablo Iglesias, y también Juan Carlos Monedero, publicada en el diario EL PAIS por el historiador Santos Juliá. Se verá que no simpatiza mucho con este fenómeno mediático (al igual que EL PAIS) y hasta acaba sibilinamente relacionándolo -a Podemos; hay, por cierto, un grupúsculo venezolano del mismo nombre semibolivariano o medio chavista, aparte del «Yes, we can» de Barack Obama- con la canción que se ve en una escena de la espléndida película «Cabaret» (1972), de Bob Fosse, con unos impagables Liza Minelli y Joel Grey, interpretada por un joven alemán, rubio y repeinado, o sea, ario hiperbóreo de la Walhalla, subido a una mesa ante un nutrido y heteróclito público, titulada -la canción- «Tomorrow belongs to me» (El mañana me pertenece) con el nazismo en alusión a una ilusionante frase donde Pablo Iglesias dice que «el mañana es nuestro». Y es que cuando la cámara va descendiendo del rostro angelical del joven teutón se ve en el brazo un brazalete con la svástica nazi (la svástica es un símbolo oriental, hindú, que hicieron suyo los nazis) y todo el público acaba cantando las estrofas de la canción, menos un anciano que mueve la cabeza de un lado a otro y no de arriba abajo, asintiendo. Desde luego, nosotros no haríamos nunca semejante ejercicio subliminal.

De la lectura del libro «Conversación con Pablo Iglesias» de Jacobo Rivero, Santos Juliá concluye que para Iglesias Turrión el nuevo sujeto político es… «la gente». Así no más y tal cual, como la «multitud» de Negri & Hardt. Y la «gente» está con ellos, con los «antisistema», concepto que niegan tildando de antisistema precisamente a ellos, ¿y quienes son «ellos»?, pues… «la casta». Al «ellos» se le puso un nombre: la casta. Un acierto, para S.J., quien añade: «la gente, convertida en comunidad, pudiera sacar la consecuencia de que si ellos están en el poder es sólo porque nosotros los pusimos (yo no he votado en mi vida, pero, en fin… N. B.), y que ahora, que ya no nos representan, podemos echarlos…»

Se da por hecho que el movimiento Podemos se generó en las acampadas en la Puerta del Sol de Madrid de hace pocos años y con el PSOE todavía en el Gobierno. Y se supone que a esa indignación Podemos la ha dado cauce transformándola en «empoderamiento» -término del que S.J. confiesa ignorarlo todo y que yo creo que es un préstamo de la fraseología feminista, pero igual no- tras infundir en los reunidos la ilusión –«ingrediente imprescindible», subraya S.J.- en un proceso de cambio político: eso es Podemos, concluye S. Juliá.

Compara S.J. a Iglesias con un discurso de Ortega y Gasset pronunciado en 1914, hace 100 años, donde hablaba de acabar con la «vieja política», pero -añade el recensionista- con una diferencia: los líderes de Podemos, como Iglesias recalca, son políticos, no intelectuales. Aunque, eso sí, gente leída y estudiada (los dos líderes son profesores universitarios). Sobre todo, parece ser, por Carl Schmitt, un teórico de entreguerras demoledor del liberalismo político, que les fascina y a quien respetan, lo que, ya ven ustedes, quien firma esto también, para que no se diga otra vez («schmittianos de izquierda», se ha llamado a esto).

Por supuesto, nada de sujetos revolucionarios, clase obrera, partido de corte leninista, eso es una antigualla. Lo moderno, el último alarido de la política (se ve que no han aprendido nada de sus lecturas de Schmitt), es -escribe ahora S. J.- que «los correlatos negativos del voto y del capitalismo brillan por su ausencia. Del voto, porque no ven otra forma de llegar al poder; del capitalismo, porque el socialismo realmente existente, o sea, el comunismo en la URSS, ‘no era bonito’ o, peor aún, ‘era muy feo’ y, más todavía, ‘era horrible’, como dice Iglesias en un alarde de elaboración teórica al servicio de la práctica» (la ironía es de S. Juliá).

No, Podemos, dice S.J., no es una nueva izquierda anticapitalista, ni propone una versión incontaminada de socialismo o comunismo. Nada de eso. «El programa de Iglesias consiste en empoderar a la gente» (la negrita es mía. N. B. ). ¿Cómo se come eso? Ni puta idea, viene a decir S.Juliá, quien pone en boca de Pablo Iglesias que ahora tocan los espacios de debate, o sea, los «espacios de empoderamiento», los «círculos» y, ojo, no toca la organización, la estrategia y las metas finales, eso, ahora, repito, no toca, que diría Jordi Pujol.

Y acaba Santos Juliá: «es cierto que ‘gente’ no es clase obrera. Gente es otra cosa; es un nuevo sujeto colectivo, al que, si mantiene el espíritu de comunidad ilusionada y se empodera, pertenece el futuro». Y aquí es donde relaciona Juliá, para darle, zas, en toda la boca a Iglesias, el «Tomorrow belongs to me» del joven rubio hitleriano. Como si fuera el «You’ll never walk alone» de los «reds» del Liverpool en Anfield road.

Ya puedo ver dentro de veinte años a Pablo Iglesias dando charlas y conferencias (cobradas) presentando sus Memorias tituladas: «Lo intenté, pero no me dejó la caspa, digo la casta». Un buen tipo, sin duda. El hombre lo intentó…

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El Tribunal Supremo como cómplice de la corrupción

Juan Manuel Olarieta

La corrupción no es una disfunción sino que ha formado parte integrante del capitalismo y el Estado burgués desde siempre. Nunca ha habido ningún problema de corrupción. La burguesía (sus monaguillos, sus diputados, sus funcionarios) no puede luchar contra la corrupción porque no puede luchar contra sí misma.

La indignación generalizada contra corrupción procede de dos errores. El primero es suponer que bajo el capitalismo lo público (Estado, políticos, jueces) es algo distinto de lo privado (lucro, empresa, acumulación) en lugar de constatar que lo público es un dispositivo al servicio de lo privado, de ganar más y de enriquecerse pronto.

El segundo error procede de imaginar que si bien hay algunos corruptos, también hay que tener en cuenta a los limpios, los buenos de la película, de tal manera que cuando un funcionario o cargo público se corrompe el limpio le vencerá: hará justicia y devolverá el dinero a las arcas de donde lo sacaron.

En este segundo aspecto de la película están involucrados los jueces y fiscales que, junto a la policía, juegan siempre el papel de limpios. Ellos son un mecanismo de seguridad al que recurrir cuando falla del primero, cuando se corrompe. Si un alcalde (el malo) mete mano a la caja del dinero, el asunto se soluciona poniendo los hechos en conocimiento del juez (denuncia), que le meterá en la cárcel, depuranado así el mecanismo de funcionamiento.

La historia de España no conoce ningún caso de ese tipo porque el remedio (jueces, fiscales) es peor que la enfermedad (corrupción). El juez no es nada distinto del alcalde sino más de lo mismo, empezando por el propio Tribiunal Supremo, cuyo papel histórico no sólo ha consistido en garantizar la impunidad sino en reafirmar una y otra vez que si algún juez se creía su papel de limpio y condenaba a un corrupto, debía echar abajo la condena en segunda instancia.

A mediados del siglo XIX la corrupción, es decir, el Estado caciquil fue una de las palancas más importantes de acumulación especulativa de capitales, de frenética corrupción de la oligarquía, que se estaba enriqueciendo répidamente con las emisiones de deuda pública o las concesiones de ferrocarriles, con el dinero público, en definitiva, hasta llegar a la Restauración (1874), caracterizada por Ortega y Gasset como «la corrupción organizada y el turno de los partidos, como manivela de ese sistema de corrupción». Según él, Cánovas fue «un gran corruptor; como diríamos ahora, un profesor de corrupción. Corrompió hasta lo incorruptible».

El Tribunal Supremo, un órgano judicial típicamente burgués, fue la clave de bóveda de aquella corrupción. Basta repasar las sentencias originales de la Sala Segunda, es decir, criminales, dictadas entre 1856, en que se conservan las primeras, y 1860: no aparece ningún proceso dirigido contra aforados, es decir, contra altos cargos. No había corrupción en España, por lo que todos esos historiadores que hablan de plagas tales como el caciquismo, están equivocados.

Sin embargo, en agosto de 1854 el gobierno tuvo que expulsar del país a María Cristina de Borbón (antigua Regente y madre de Isabel II) y Luis José Sartorius (antiguo Presidente del Gobierno) por el llamado caso de «las piedras», una compra fraudulenta de adoquines para unos caminos que jamás se construyeron. Muchísimo dinero que salió de las arcas públicas y fue a parar a los bolsillos (privados) de los Borbones y de un Presidente del Gobierno. En aquel caso destacan varios aspectos a tener en cuenta:

a) fue el gobierno, no los tribunales, quien tomó la medida de expulsarles de España
b) no lo hizo para castigar a los culpables sino para evitar males mayores a los Borbones y a Sartorius y calmar a los indignados de entonces
c) no se hizo gracias a la legalidad sino en contra de ella, es decir, gracias a un previo golpe de Estado que acabó con el gobierno

No obstante, en 1854 algunos diputados de la Asamblea constituyente demostraron su interés por exigir responsabilidades a María Cristina de Borbón, a la que culpaban, junto a los jefes del partido moderado, de muy graves delitos. Solicitaron también la redacción de una nueva ley de responsabilidades, pero sin mayor trascendencia. La Comisión encargada de depurar responsabilidades, de la que formaba parte Alonso Martínez, encontró que las acusaciones eran «habladurías populares», excesivamente genéricas, no demostradas, por lo que había que crear una de esas comisiones parlamentarias «de investigación» que no investiga nada, deja pasar el tiempo hasta que los indignados se calman… o hasta que organizan otro golpe de Estado que devueva las cosas a su sitio.

Por el contrario, en los diez años comprendidos entre 1860 y 1869 hay once casos resueltos por el Tribunal Supremo contra aforados. De ellos siete son en primera instancia, tres son apelaciones y una súplica, interpuesta contra una de las sentencias dictadas en primera instancia por la Sala Segunda y que resolvió el pleno del Tribunal. Son, por tanto, diez asuntos distintos, uno por año, una cifra insignificante para el saqueo de los fondos públicos que estaba llevando a cabo la oligarquía.

Aunque son muy pocos, en todos esos casos hay aspectos muy destacables. El primero es que los cargos públicos nunca violan ni matan. Los delitos que les imputan tienen que ver, o con el dinero o con seguir manteniéndose en el poder, es decir, con pucherazos electorales, que son una consecuencia de los anteriores, o sea, del dinero. Mantener el cargo es una manera de mantener el negocio, y una manera de hacer negocio consiste en detener a las personas o amenazarlas con enviarle a la guardia civil a su casa.

El segundo es que la mayor parte de ellos van dirigidos contra funcionarios judiciales: en seis supuestos se dirige la acción contra jueces, magistrados y fiscales, en tanto tres son contra gobernadores civiles y uno contra un delegado de hacienda. Parece, pues, obvio que los jueces no son nada distinto de la corrupción sino una parte muy importante de ella, o dicho de otra manera, que es el zorro quien cuida de las gallinas.

Otro dato importante es que en cuatro supuestos el procedimiento tiene su origen en las colonias, y más exactamente, todas las apelaciones se dirigen contra sentencias dictadas por las Audiencias de Manila (dos) y La Habana (una), a las que hay que añadir una causa seguida en primera instancia ante el Tribunal Supremo, dirigida contra el presidente de la Audiencia de Puerto Rico. Como se pudiera pensar, no se trata de que en las colonias hubiera más corrupción, sino que había un mayor control sobre la misma, por la propia naturaleza colonial del lugar, que se encontraba militarizado.

Los asuntos sometidos al Tribunal Supremo eran intrascendentes, centrados en el sector más débil del Estado, los funcionarios judiciales, y relativos a asuntos muy alejados del centro neurálgico peninsular donde estaba el poder. En dos de los litigios, además, los acusados estaban ya jubilados, por lo que los hechos no tenían relación con el ejercicio de sus antiguos cargos, pese a lo cual mantenían el aforamiento. Los jubilados no eran tales: seguían controlando los resortes típicos del laberinto burocrático: amiguismo, enchufes, recomendaciones y prebendas.

Los delitos no fueron perseguidos por la fiscalía, que en asuntos de corrupción siempre se lavó las manos como Pilatos porque era una parte de la corrupción. Quienes acusaron fueron personas particulares que sostuvieron la acusación por dos motivos:

a) porque habían sido perjudicados por el saqueo
b) porque también ellos tenían una parte del poder, es decir, influencia, enchufes y recursos para contraatacar judicialmente

Por ejemplo, sólo una de las acusaciones alude a coacciones electorales, y es debido a que se pretendió derribar el molino de un particular, quien denunció los hechos, amén de que en otro caso aparecía el típico  pucherazo de la época: se destituyó a un ayuntamiento en pleno para colocar otro en su lugar de tal manera que se enriquecieran todos un poco.

¿Cuál fue el papel del Tribunal Supremo ante esta situación? Reafirmar la impunidad y proteger a los corruptos:

a) en las causas resueltas en primera instancia contra aforados, todos los fallos, excepto uno, con condena de veinte duros, determinan la libre absolución del acusado.

b) en las apelaciones (segunda instancia), la sentencia revoca siempre la resolución condenatoria dictada en primera instancia y absuelve libremente, excepto un caso en que rebaja las condenas sensiblemente.

La única condena impuesta por el Tribunal Supremo en primera instancia, lo fue en un delito de detención ilegal imputado a un gobernador civil. Pero en un delito tan grave el Tribunal Supremo aprecia dos atenuantes, una, la de obrar «en interés del orden público», y la otra, la de concurrir algo imposible para alguien con los más elementales nociones jurídicas: se trataba de un delito culposo y no doloso. La pena resultó irrisoria, por tratarse de una multa contra un título nobiliario, el Vizconde del Cerro, que disponía de una cuantiosa fortuna.

En segunda instancia, el Tribunal Supremo anule sistemáticamente las sentencias condenatorias de las Audiencias. La única excepción en que mantiene la condena, aún rebajándola sustancialmente, merece también ser destacada ya que es quizá el único delito de cierta relevancia. Tuvo se origen en Colón, en la isla de Cuba, y estuvieron implicados numerosas e importantes autoridades (párroco, teniente de la Guardia Civil, alcaldes, secretarios del gobierno civil y de los ayuntamientos, etc.) encabezados por el teniente gobernador de la provincia, José Agustín Argüelles.

La sentencia tiene el número 81 y fue dictada el 27 de octure de 1866. Se imputaba a los acusados haberse quedado en su propio beneficio con los esclavos procedentes de un alijo introducido en contrabando en la isla, así como de varias falsificaciones de documentos. La condena de la Audiencia de La Habana contra Argüelles fue de 19 años de cárcel, inhabilitación perpetua para todo tipo de cargos públicos y multa de 50.000 pesetas, entre otros conceptos.

Pero el Tribunal Supremo encuentra también esta vez un atenuante, el de obrar parcialmente con autorización del Capitán General de la isla, cuando lo cierto es precisamente todo lo contrario, según se desprende de los propios resultados de la sentencia. Así, deja la condena en 10 años, suspensión sólo por el tiempo de la condena más 700 duros de multa. La condena del párroco fue rebajada de ocho años más la inhabilitación perpetua para cargos parroquiales, a siete años con suspensión para el ejercicio de cargos públicos por el tiempo de la condena. Otras seis condenas privativas de libertad se reducen a multas, al precisar el Tribunal Supremo que la participación de los inculpados lo fue en grado de complicidad o encubrimiento, y no de autoría.

Lo más significativo en la reducción de las condenas son las inhabilitaciones, que pasan de ser perpetuas a limitarse al periodo de la condena, y además, la inhabilitación específica del párroco para el desempeño de sus funciones, se transforma en una suspensión para cargos públicos. Tampoco podemos dejar de reseñar que ello está en relación con un párrafo del fallo que no podemos dejar de transcribir: «Diríjase exposición al Gobierno Provisional -dice la sentencia- manifestando que el Tribunal entiende que la pena de prisión impuesta a los procesados es notablemente excesiva, atendido el grado de malicia y el daño causado por el delito, y que el Gobierno, haciendo uso de su prerrogativa, puede conmutarla en la de cumplimiento».

Los que tienen recursos son los que pueden recurrir. Cuando no es al Tribunal Supremo es al gobierno de turno.

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Reverencias versallescas

Nicolás Bianchi

Lo raro, lo insólito, lo verdaderamente «espectacular», hubiera sido que «Pablo Iglesias», el rostro icónico de «Podemos», a la admonición de la lideresa Esperanza Aguirre que, cual señorita Rottenmeyer en una escuela de párvulos, le conminó a nuestro héroe a que repitiera con ella, como loro, que condenaba a la organización armada vasca ETA, hubiera respondido, nuestro campeón, en La Sexta, algo así como: «no solamente no condeno -que eso es cosa de curas y jueces y yo no lo soy- a los gudaris de (la) ETA, sino que la llamaré a usted  por su nombre: fascista». Algo inimaginable, ¿no es cierto? Algo impensable, ¿verdad? Y, sin embargo, yo lo imagino y lo pienso, ¿seré yo quién está fuera del mundo, de la realidad? ¿Serán las tertulias televisivas «la realidad», la verdad y la vida?

El líder de Podemos, antes de entrar él en la casta, denuncia «la casta» de manera, esto sí, versallesca. Con modales, con exquisiteces, con glamour, con buenrrollismo, con compadreo, con jijijajás, con «anchantés», que estamos entre «gentlemen». Todo muy civilizado.

Realmente estamos ante un fenómeno cuando delante le ponen morlacos de la extrema derecha o del «tea party» (o a Floriano, tanto monta) en los canales privados de la televisión, uno de Lara y otro de Berlusconi. Y no sabemos si de G.Soros. Como se las ponían a Fernando VII las carambolas en el billar: «a güevo». O a Franco los atunes cuando pescaba en el yate «Azor»: con el anzuelo ya hincado en la boca del túnido. No sabemos qué ocurriría de situar enfrente de Iglesias a gente verdaderamente de izquierdas -que haberla, hayla-. Y no lo sabemos porque este montaje de «disidencia fabricada» no tiene previsto que eso ocurra, no está en el guión. Y no lo tiene previsto porque no quiere que otro gallo cante más que el kikirikí del penúltimo cacareador sin espolones que, como decía el filósofo (y músico) Theodor W. Adorno «OBEDECEN AL SISTEMA CON EL LENGUAJE DE LA REBELIÓN».

Este joven es el yerno ideal que toda suegra quisiera tener, a pesar de las «pintas». Educado, cortés, amable, voz cadenciosa, sin estridores y, sobre todo (lo que a la suegra le importa tres cojones si lleva un sueldo decente y mantiene a su hija), demócrata. Dirán de él -la caverna- que es de extrema izquierda, pero (riéndose por dentro y sabedor de que le hacen la campaña gratis con estos infundios) se «defenderá», aparentando estar muy ofendido, ahora sí lo exige el guión, diciendo que no, que lo que a él le define es ser un demócrata y como tal, «discutidor», porque a él lo que le priva, lo que le mola, lo que le pone, es discutir (pacíficamente y no como cuando en el siglo XIX español había diputados en Las Cortes que se retaban a duelo) las ideas «ad aeternum y ad nauseam «lo mismo en un set de televisión que en un reducido plató vallekano que en un chiringuito de Lavapiés tomando unas cañas con olivas amistosa y camaredilmente, que la vida es bella y son dos días, «carpe diem». Y es que la democracia es eso: discutir. Y discutir con quien sea -siempre respetando las ideas y sin gritar ni interrumpirse, versallescamente- menos… con los comunistas, digamos, de verdad, para entendernos, y no de boquilla ni de mentirijillas. Gentes del pleistoceno que no les conoce nadie ni salen en la tele salvo cuando son detenidos por «terroristas».

«Para mí será un honor tener un debate (como un show a la americana, esto es mío) con Esperanza Aguirre (la que siendo ministra de Cultura con Aznar dijo aquello que ni los geniales Faemino & Cansado superaría de que felicitaba el Premio Nobel de Literatura otorgado a la ‘escritora’, agárrense, Sara Mago. Esto también es mío»), dice el nuevo valladar de la burguesía para retrasar lo más posible lo inevitable: la Revolución socialista que echará a todos, incluido este «constructo mediático» al museo de la historia.

Ese día, el día de la Revolución, veremos a estos campeones de Podemos, no felicitarse por ello, por lo que supuestamente luchaban, no, no, los veremos atacar a los revolucionarios reivindicando las «libertades» (burguesas) y hablando de las bondades del pluralismo (discutidor, elegante y versallesco), las elecciones (entre un ladrón u otro), la libertad de expresión (entre mentirosos), etc. O sea, de la democracia (burguesa) que, como la religión católica, es la única verdadera. Acabáramos.

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Los oportunistas no nacen: se hacen

Juan Manuel Olarieta

Ni siquiera eso es cuestión de cromosomas: los oportunistas se hacen. Pero no se hacen a sí mismos, como ellos creen, sino que el Estado burgués -quienes llevan sus riendas- los hacen porque los necesitan. Ellos sólo se dejan hacer. Son los sujetos pasivos.

Un Estado necesita su oposición, como el organismo necesita sus propios anticuerpos. Si la burguesía no tiene una oposición, la crea como un traje a la medida porque necesita un determinado tipo de oposición, una oposición domesticada, no una oposición verdadera. Si no hubiera oposición, tampoco habría democracia. Es más, lo que demuestra que hay democracia es que hay oposición, ese tipo de oposición leal que es tan necesaria para la supervivencia del moderno Estado monopolista.

Pero nadie se convierte en oposición de la noche a la mañana. Los aspirantes a opositores tienen que pasar su Via Crucis; no se lo dan todo hecho sino que tienen que poner algo de su parte. En fin, tienen que demostrar cierta valía, cumplir determinadas funciones que son paradójicas: pronunciarse en contra del Estado que defienden.

Se les llama oportunistas porque son gentes sin principios, o sea, que al principio son muy radicales pero acabarán adocenados. Los oportunistas aparecen cuando al Estado, lo mismo que al mando a distancia, se le acaban las pilas y se echa de menos un recambio. Su ascenso es el termómetro que detecta el malestar social. La gente está harta, descontenta y reniega de todo, pero sobre todo del viejo andamiaje oficial, de los gastados partidos e instituciones. Hacen falta caras nuevas, modernas, que digan cosas que no estamos acostumbrados a escuchar. A veces ni siquiera son necesarias migajas para ilusionar a la gente y que todo vuelva a su cauce.

La crisis es a los oportunistas lo que la mierda a las moscas. Proliferan en esos ecosistemas. Por eso nunca hay sólo un único oportunista sino varios al acecho de su oportunidad, a la espera del momento de trepar. A medida que la crisis se profundiza, los oportunistas se multiplican como la gangrena. No debe sorprender que algunos de ellos logren un puñado de votos porque el gran oportunista de los tiempos recientes siempre fue Felipe González, que logró 10 millones de ellos en 1982.

Los del PSOE de hace 30 años sí que eran oportunistas de verdad, no los de ahora. Aquello sí que fueron campañas de imagen, no el circo de ahora. Para ser oportunista hay que ser joven, tener recorrido por delante, ya que, de lo contrario, no te da tiempo para dar el cambiazo. Los viejos no cambian, mientras que a Felipe González le pusieron de «primer secretario» con 33 años. Se preparaba la transición.

Hasta que ocupó su cargo, la secretaría del PSOE era colectiva, algo que está reñido con el marketing moderno, eso que procede de las universidades gringas y que llaman «liderazgo». La política burguesa es electoralismo puro; votamos a personajillos y fantoches, no a partidos, ni a programas. ¿Cómo promocionar a una dirección colectiva? De ahí que con Felipe González en el PSOE se acabaran los órganos colegiados de dirección.

El oportunista es fruto de un diseño. En la transición los oportunistas como Felipe González exhibían una cuidada imagen descuidada: pelo largo, patillas y chaqueta de pana. Lo de menos es lo que uno sea; lo que vale es una imagen que sea nueva, distinta. Por eso en tiempos de la transición al PSOE se le llamaba «renovado». Ya no era el de la guerra, sino un partido a la última moda, lo mismo que la movida madrileña y su lema «Enamorado de la moda juvenil» que cantaba Radio Futura:

Y yo caí enamorado de la moda juvenil
de los precios y rebajas que yo vi
enamorado de tí.
Sí, yo caí enamorado de la moda juvenil
de los chicos, de las chicas, de los maniquís
enamorado de tí.

En la transición la tele no era tan importante y quienes te vendían eran periódicos y revistas. Por ejemplo, el Congreso del PSOE en Suresnes lo promocionó hasta Pedro Rodríguez, un conocido columnista del diario de los sindicatos franquistas «Pueblo», que hizo una reseña del mismo en octubre de 1974. El PSOE necesitaba al franquismo casi tanto como el franquismo al PSOE.

Como toda la política burguesa y demás modas, los oportunistas son de usar y tirar. Tienen fecha de caducidad. Más tarde o más temprano se quedan obsoletos para que la rueda de la política siga funcionando. Son la respiración asistida: estiran un poquito más la agonía, necesitan ganar un tiempo precioso que les permita llegar hasta las próximas ilusiones.

Sí, he escrito ilusiones y no elecciones porque la política burguesa vive de ilusiones más que de elecciones. Me imagino que el lector se habrá apercibido, como yo, de lo siguiente: todos los partidos políticos quieren cambiar las cosas, lo cual significa que todos ellos reconocen que las cosas están mal. Es más, hay partidos y elecciones precisamente porque hay que cambiarlas. Sin embargo, las cosas no van a cambiar nunca mediante los votos, porque para eso están las elecciones: para que todo siga como hasta ahora. De lo contrario, ¿con qué cambio nos engañarían en las siguientes elecciones?

Para quienes votan, la verdadera elección es sólo una: o bien votas a alguien que nunca va a poder poner en marcha su programa electoral, porque nunca va a gobernar, o bien votas a alguien que va a traicionar su programa electoral en cuanto gobierne. Ésta última es siempre mayoritaria, es decir, que la mayoría vota a un oportunista que le va a engañar. Pero casi todos saben que hablar de elecciones y engaños es un redundancia. Lo importante es la ley de la transformación de los cambios cuantitativos en cualitativos: el engaño es mayor cuantos más sean los votos. No me refiero a hayan engañado a más votantes sino al aspecto cualitativo del fraude, que se convierte en un fiasco. Las elecciones de 1982 son el mejor ejemplo de ello.

Pero, ¿como lograr muchos votos? Los que buscan votos en la blandenguería política se equivocan de estrategia. En la transición Felipe González, el PSOE y la UGT eran extremistas y radicales, la izquierda de la izquierda. A nadie se les calentaba la boca tanto como a ellos. Cuando Felipe González se oponía a la reforma del franquismo para exigir la ruptura, le acusaban de incitar a la violencia, o sea, al terrorismo. Pero en la política burguesa no importa lo que digan de tí; el caso es que hablen. En eso los tiempos no han cambiado nada: si los franquistas te atacan es para promocionarte.

No hay más que recordar los mítines de Felipe González en contra de la OTAN, entonces el asunto de moda: «OTAN de entrada no», fue el lema de la campaña electoral que recaudó 10 milones de votos. Naturalmente que muy poco después Felipe González nos metió en la OTAN de cabeza y otro del mismo equipo, Javier Solana, fue secretario general de la OTAN, que fue el criminal que ordenó el bombardeo de Yugoeslavia con armamento radiactivo, y así sucesivamente.

De Suresnes (1974) al gobierno (1982) sólo transcurrieron ocho años. Pero mientras en París prometieron construir el socialismo, en Madrid lo que hicieron fue iniciar la reconversión industrial. En Suresnes el PSOE se pronunció en contra de la Unión Europea, pero quien introdujo a España en ella fue el gobierno de Felipe González…

Etcétera. ¿O hay que seguir contando batallitas?