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El cura del Titanic

Bianchi

«¿Eres tú, Pedro?», pregunta Mariano tras marcar un número de móvil. Al otro lado, alguien  responde diciendo: «Soy este que va a mi lado sin yo verlo». «Uno es valiente cuando, sabiendo que la batalla está perdida, lo intenta a pesar de todo y lucha hasta el final (como hacemos en este blog que todavía cree, ingenuamente, en la Revolución y esas chocheces jurásicas). Uno vence raras veces, pero alguna vez vence». «Pedro (Sánchez) ha quedado como un político valiente. ¿Habré quedado yo (Rajoy) como un cobarde?»

En enero de 1912, el sacerdote católico Thomas Byles, hijo de un pastor protestante inglés (o sea, cristiano pero no católico ni papista), escribió estas líneas a su hermano menor, quien se disponía a contraer matrimonio en Nueva York: «Hace unos días, en Clacton-on-Sea, mantuve una larga conversación con Sir Winston Churchill. Le dije que cuando comprobara que la relación con sus votantes iniciaba un declive debía retirarse porque, al contrario de lo que ocurre con el matrimonio entre católicos, el existente entre políticos y sus votantes se fundamenta en un contrato de servicios que se extiende mientras dure la confianza y el ansia de vivir juntos entre mandante y mandatario» (se ve que este cura católico de derechas, hoy le diría a Mariano que se pire, que ya le vale con tanta corrupción y tanta ostia, nunca más a propósito, por ver de mantener lo esencial del chiringuito). Palabras de lógica burguesa que hasta el mismísimo Engels, el gran Federico, hubiera suscrito.

El Padre Byles dijo misa el 14 de abril de 1912 para los pasajeros de tercera clase del Titanic la mañana del hundimiento. El sermón -diremos para los curiosos- versó sobre la necesidad de un salvavidas espiritual mediante la oración y los sacramentos -confesó a muchos y él, que pudo salvarse, se hundió junto con otros dos sacerdotes más que iban a bordo- cuando está en peligro el naufragio espiritual. Mariano debería reflexionar sobre las recomendaciones del piadoso ¡¡y profético!! sacerdote. Mientras tanto, mientras aburren a las ovejas por disputar poltronas en el gabinete (los escaños del Congreso ya los han okupado), aconsejamos desde este blog imposible al pueblo, al respetable, que caiga en el «síndrome Genovese». Veamos, Catherine Genovese fue una muchacha a la que, en 1964, asaltaron y apuñalaron hasta matarla en Nueva York (atraparon a uno solo, negro, por supuesto) mientras 38 de sus vecinos lo veían todo desde sus ventanas (en el popular distrito de Queens) sin que ninguno de ellos interviniera, ni siquiera para llamar a la policía.

Pues bien, desde esta atalaya solicitamos al personal ¡¡¡caer en ese síndrome pero al revés!!, es decir, ver el espectáculo y el chou que se traen entre manos con la más absoluta de las indiferencias desde nuestras ventanas, pero, eso sí, llamando a la policía a ver si los llevan a todos a la trena por jetas y estafadores. No caerá esa breva.

Buenas tardes.

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El pueblo, ¡qué gran invento!

Bianchi

Recuerdo que cuando ocurrió el descarrilamiento del tren cerca de Compostela hace un par de años, o por ahí, los medios de comunicación (?) convencionales y ordenancistas, generalistas que se dice, o de propaganda, que también se dice, convinieron en destacar el comportamiento solidario y la reacción espontánea del pueblo prestando ayuda y socorro inmediato a los malhadados siniestrados del tren Alvia Madrid-Ferrol (porque se dice «Ferrol» y no «El Ferrol» que viene de la época del Generalísimo y encorajina asaz a los ferrolanos). Se le lisonjea al pueblo, qué bien, espléndido. Ahora es «pueblo» y no «público». Es tal el énfasis y desgañitamiento que destilan en sobar, masajear y enjabonar al «pueblo» -esas buenas gentes sencillas que te prestan el botijo o la llave inglesa- que tal pareciera que lo acaban de descubrir.

Como si no terminaran de creerse que el «pueblo» es capaz de prestar sin interés ayuda a quien lo necesita y sin que se lo pidan. Acostumbrados como están a engañar, alienar, manipular al «pueblo», al personal, a la gente como dirían los «podemitas», fingen sorprenderse de este antidarwinismo social y ayuda mutua a lo Kropotkin ajena a la lucha por la vida spenceriana -y no darwinista- en la jungla de asfalto que es la antropología capitalista a la que contribuyen a mantener y reproducir vendiéndose peor que las rameras.


Vuelven a mentir. Jamás han creído en el «pueblo» (o lo dibujan lleno de tics costumbristas como en «Crónicas de un pueblo», una serie de televisión española de los años setenta) ni en la «ciudadanía» salvo cada cuatro años para que les legitimen en las urnas y dar carta blanca a nuevos latrocinios y corruptelas. Siempre que dicen, simulando adularlo, como quien mastica agua, algo imposible, que «el pueblo no es tonto» es que piensan justo lo contrario, pues, si no lo fuera, sobra el comentario. La burguesía, que ya no tiene más aspiración que mantenerse en el machito y conservar sus propiedades amén de colocar a sus hijos, no tiene, empero, más objetivo que la contrarrevolución permanente: impedir que la desalojen, que la derroten. Y para ello aliena, embrutece y cloroforma al colectivo. Y, si hace falta, a sí misma. Y atomiza al individuo haciéndole creer que es «alguien» -un «ciudadano»-, sumiéndolo, también y de paso, en «su» problema, es «tu» problema, el individuo deslocalizado, desahuciado en lo psíquico (aparte la vivienda). Él se lo buscó. Sálvese el sistema y perezca el individuo: todos calvinistas, pietistas.

Es como subir en un autobús -la metáfora no es mía, lo leí por ahí-. Hay dos momentos: primero, cuando todo el mundo puede sentarse sin compañía y así lo hacen, y, después, cuando no hay más remedio que sentarse con otra persona (que, por supuesto, no tenga pintas «raras»). Si te sientas al lado de alguien pudiendo hacerlo solo, eres sospechoso de no se sabe bien qué. Quizá, potencialmente, de dar la vara y la brasa. Esto, hoy, se evita con los auriculares, ¿vieron?

Estas cosas -dar conversación, que se decía antes, en tiempos complejos, como todos, pero más descomplicados- no pasaban ayer, en tiempos más sociables, o que se le figuran, ¿no es cierto? Si alguien hablaba alto -no tenía que medir dos metros para hacerlo, es broma-, casi todos pegan la hebra. Se impone lo social, lo aristotélico, pero nos quieren burbujas inyectables con la aguja hipodérmica del discurso dominante que es el de la ideología dominante y predominante. Pero, aprovechando una tragedia -la del tren siniestrado-, cuyas causas son estructurales pero lo fácil es culpar al maquinista, como se hizo después, a una persona, han decidido pasar la mano por el lomo del «pueblo». Y estos idiotas, que toman sus miserias espirituales por condición universal, les preguntan por qué hacen lo que hacen -como quien pregunta a un extraterrestre-  y les responden que cualquiera en su lugar también lo hubiera hecho. Menos ellos, pero tocaba agasajar a quien paga y no manda.

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Siglo XX Cambalache. ¿Y el XXI?

Darío Herchhoren

El título que he elegido se corresponde con el de un famoso tango de Enrique Santos Discépolo, que asqueado por la situación argentina de la década de 1930, conocida como «década infame», se recuerda en ese país como algo terrible y corrupto.

Pero estamos en el siglo XXI, y en estos días asistimos al espectáculo inmundo de la corrupción que acecha por todas partes al PP (Partido Podrido), y lo más llamativo son los esfuerzos dialécticos que despliegan sus dirigentes para darnos explicaciones de lo que no se puede explicar.

Las últimas elecciones han dado unos resultados endiablados para la formación de un gobierno que goce de cierta estabilidad y viabilidad, y si miramos como entomólogos veremos a unos bichos muy feos retorciéndose en una especie de terrario con el único objeto de hacerse con alguna presa para comérsela.

Sin duda el espectáculo es lamentable. Pero todo apunta a que hay en marcha una operación del propio sistema para depurarse y soltar lastre, con el objeto de evitar un grave estallido social que podría ser en cierta medida incontrolable. Hace pocos días el periodista Jesús Cacho en su diario digital Voz Populi dio a conocer algo que exponía como un ejemplo y nada más que eso, donde planteaba que Pablo Iglesias era en realidad un hombre del CNI (Centro Nacional de Inteligencia), continuador del antiguo CESID.

El estallido del último escándalo de Valencia, que es un torpedo en la linea de flotación del PP, proviene de una denuncia que en su día efectuara un concejal de IU, y que la UCO (Unidad Central Operativa) de la Guardia Civil llevó adelante. ¿Casualmente? aparece en estos días cuando el registrador de la propiedad y presidente en funciones Mariano Rajoy, sigue rehuyendo sus obligaciones de intentar formar gobierno. En política no hay casualidades.

Mientras tanto, Pablo Iglesias manda un órdago a la grande al PSOE, para la formación de un nuevo gobierno, y se ofrece como vicepresidente de ese gobierno. Se trata sin duda de un regalo envenenado.

Pedro Sánchez, que tiene una situación complicada en su propio partido, no puede decir que no a esa invitación. Pero tampoco puede decir que si. Su situación es harto embarazosa.

Mientras tanto Albert Rivera, que podría ser el recambio que la derecha necesita para sustituir al PP, el cual ya está amortizado, sigue proponiendo un gobierno con el PP, pero sin Rajoy, y con el PSOE, a sabiendas que es inviable.

Y como telón de fondo, existe suficiente información de que en los próximos días saldrá a la luz, el Valencia II, y que es muy posible que se haga público un informe de la UDICO (Unidad de Delincuencia Internacional y Crimen Organizado) de la Policía Nacional que involucre a altos cargos del gobierno del PP, entre los cuales estaría el propio registrador de la propiedad.

Por ahora, los sufridos ciudadanos de este país asistimos a lo que parece un fin de fiesta. La Gurtel, Bárcenas, los sobres con billetes de 500 euros de color marrón, los ERE de Andalucía, el embajador en la India Gustavo de Arístegui cobrando comisiones junto a un diputado del PP por Segovia, el saqueo de Castilla La Mancha; se parecen como dos gotas de agua al famoso tango: Siglo XXI Cambalache.

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No son ni piratas

Bianchi

La molicie y podredumbre a la que estamos asistiendo es espectacular. Y ello en el sentido de que somos, como dirían los «situacionistas», espectáculotariado. No -eso pretenden- pueblo, no hay masas, no hay clase obrera (y, si la hay, parece estar idiotizada, como se ha sugerido por aquí, algo que no compartimos en absoluto, porque, caso de estarlo, yo prefiero «idiotizarme» con las masas antes que ir de «enterado» por la vida), pero sí «multitud» (la penúltima parida del prestímano A.Negri, que ya estará «performando» la siguiente para obnubilar al personal) y «gente», que diría «El Koletas» ávido de tocar «poder» -esa sensación, al menos- autonombrándose vicepresidente de la «neocasta». Sólo hay «público». Así nos quieren: público de mirada atónita y présbita. Y ello mediatizado por prolíferos tertulianos. que fingen escandalizarse ante un show del que forman parte. Igual que la vaca que mira el paso del tren con mirada bovina, vacuna, así nos quieren. Así nos querrían.

Todo es moda, pasajero, efímero. Si la Revolución soñada fuera algo así, el capitalismo la compraría -la Revolución- confiando en la obsolescencia del producto para (re)inventar -y vender- nuevas «revoluciones» (de colores o daltónicas, a gusto del consumidor). ¿Qué fue de los «escraches», se acuerda alguien? ¿O de expropiar -esta es la palabra justa- víveres en los grandes súpers? Los más lerdos los condenan. Los más ladinos, más inteligentes, los que saben de qué va esto, los pasean por la tele. Y la tele tiene televidentes, público, espectáculo. Así nos quieren, aborregados. O así nos pintan.

Se roba mucho en este Estado. Y se defrauda. No roban más porque entonces nadie tendría un euro para comprar una barra de pan y no habría panaderos y los ladrones tendrían que comerse todo el pan, y como no pueden, van a robar a otro lado, inversión le llaman, y si les sale mal, especulan o qué ostias, cobramos sobresueldos que esto es jauja y vivalavirgen, aunque algún pringao expíe y se sacrifique por nosotros por aquello de que el «sistema» funciona. Hay que aparentar.

Como los piratas. ¿Cómo los piratas, dije?  Si los ladrones van a la oficina -como decía una serie televisiva-, los piratas son gente honrada: tenían un código. Tenían «las reglas del diablo», sin necesidad de leer al gran RL Stevenson y su «Isla del tesoro». El llamado “código pirata” es considerado como una serie de reglas de conducta comunes a todos los piratas y, además, escritas, o sea, como la Constitución española, sólo que el código pirata se cumplía… como los maitines de un monasterio medieval.

No todos los códigos piratescos eran iguales (como bucaneros, filibusteros y corsarios no eran lo mismo), pero sí tenían un mínimo común denominador (o máximo común divisor porque cada maestrillo, cada capitán, tenía su librillo). Extramuros de la legalidad, hilvanaban la suya propia y, así, consideraban delitos graves la ocultación de parte del botín, el robo a los «compañeros», hacer trampas en el juego (al naipe); desertar en la batalla o no tener las armas listas en el momento del abordaje. El «gato de siete leguas», dizque el látigo, el corbacho -el «knut», en ruso-, no era tan habitual como se ve en las películas hollywoodienses de los años 40-50.

Dejar a alguien en una isla desierta, sí. Tenían hasta una especie de seguridad social que cubría con una suerte de indemnización a los piratas mutilados en el fragor de la «batalla», sólo que estos no iban uniformados, como los mercenarios de ahora, privados o profesionales. Celebraban asambleas y podían destituir al capitán por «ineficaz» (como el vestuario del Madrid a Rafa Benítez, perdonen la licencia). Había carpinteros y cirujanos que cobraban más en el reparto del botín que era, acabáramos, el objetivo de la cosa: el botín, como hoy saquear el erario público, otro botín. Ocurre que el código pirata establecía normas de cómo había que repartirse el (emilio) botín, unos caballeros.

Los modernos piratas que vemos hoy, impertérritos, se reparten el botín, pero sin código ni pata de palo ni parche en el ojo tuerto. Entran a saco. Como Carlos V en Roma (1527). Ni siquiera juran, como hacían los piratas, ante un vaso de ron y una Biblia (hoy la Constitución). Bueno, ante una copa de ron, sí, cosa que ahora mismo me dispongo a hacer.

A su salud.

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Postureo

Bianchi

Palabra esta -postureo- de moda que sustituye a lo que antes se llamaba “hacer teatro”: “está haciendo teatro”, está fingiendo, como de un futbolista que simula una lesión se decía que “hacía teatro”, o quien provoca un penalti que no lo fue se dice que ha sido un “piscinazo”. La verdad es que el idioma y vocabulario castellano es riquísimo, aunque lo destrocen con “barbarismos” y “anglicismos”.

Viene esto a cuento, hablando de anglicismos,  del “trending-topic” -o “tontin-topic”-, o sea, lo que es la noticia del día, la “rabiosa actualidad”, que decía el viejo periodismo, de la diputada por “Podemos” Carolina Bescansa con su hijo de seis meses en brazos sentada en su escaño del hemiciclo  y la consiguiente polémica que ha hecho temblar los cimientos de la II Restauración borbónica. ¿Hizo bien esta señora o no hizo bien? ¿No sabía acaso que hay una estupenda guardería en el Congreso, que cuesta, por cierto, un millón y pico de euros cada legislatura a los españolitos? ¿Qué dicen las feministas? ¿Y los “feministos”? ¿No es un agravio comparativo lo que ha hecho esta señora, o señorita (es madre soltera), con respecto a otras recién madres que no disfrutan de baja por maternidad y, cuando van al tajo, no pueden llevar a su criatura con ella? ¿Será este gesto de Bescansa -una “niña bien”, por otra parte, de familia compostelana farmacéutica con posibles- un signo revolucionario de lo que hay que hacer en el futuro? ¿Virgen santa, qué opinaría Aleksandra Kollontai? ¿No será maltratar -oí esto- a un niño someterlo a una sesión parlamentaria interminable? ¿Tendrá que intervenir el Defensor del Menor? ¿Podrá concentrarse la diputada podemita en su “trabajo” parlamentario o cualquier comisión que se forme con el niño en brazos, es decir, será eficaz en su “trabajo” que, al fin y a la postre, oiga, es por el bien de los españoles todos y todas?

Como no pienso contestar a ninguna cuestión de las aquí planteadas -para eso están los tertulistos-, me detengo en la última pregunta formulada, la relativa al “trabajo” de la señora diputada. Y me detengo, fíjense, tenga o no tenga la podemita el niño en brazos,  o no, repito,  y me pregunto algo en lo que casi nadie ha reparado, pero para eso estamos aquí los “rompepelotas profesionales”, a saber: ¿verdaderamente alguien se puede creer que asistir al Parlamento español, al Congreso, a las Cortes, al templo de la soberanía española, es -o supone- un “trabajo”? No nos agarraremos a lo fácil, no es nuestro estilo, y diremos que la mayor parte de las veces los escaños están desoladoramente vacíos, y así es, pero, aún suponiendo que estos parásitos ocuparan sus mullidas sillas siempre que les toca, y no sólo cuando les llaman a imaginaria y toque de corneta para votar cualquier ley, la pregunta que hice sigue siendo, a mi juicio, válida: ¿eso es un “trabajo”? ¿Ir allí es “trabajar”? ¿Son las Cortes una “fábrica”? ¿O una casa de lenocinio?

Buenas tardes.

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La ‘desputinización’ conduce a la polítiquería moderna

Juan Manuel Olarieta

El domingo el Presidente del Parlamento Europeo, el alemán Martin Shulz, acusó al gobierno de Polonia de “putinizar” la política europea. Se refería a que, tras las elecciones de octubre del pasado año, el partido vencedor estaba subordinando el Estado a su programa político.

Me parece toda una declaración de largo alcance por parte de Schulz. Le faltó añadir: como en los viejos tiempos, en la época socialista de Polonia, en donde lo criticable no es que hubiera un “partido único” (porque había varios) sino que hubiera partidos políticos de verdad.

Según Schulz lo que debe prevalecer en un Estado moderno (capitalismo monopolista de Estado) es lo contrario: la inexistencia de partidos de verdad y la subordinación de los que se llaman como tales al Estado. El Presidente del Parlamento Europeo quiere Estados apolíticos.

En su declaración Schulz propone vaciar las elecciones de significado, porque la mera pretensión de que un partido recién llegado al gobierno cumpla con su programa electoral se considera como una aberración, que en Bruselas llaman “putinismo” en referencia al ogro del Kremlin.

Se pone así de manifiesto un viraje cardinal de la modernidad fascista, que es la conversión de los partidos políticos, que antes formaban parte de la sociedad civil, en parte del mismo aparato del Estado. Dicho con otras palabras: cuando los partidos políticos se subordinan al Estado, y no al revés, es la sociedad entera la que queda sometida a lo que Marx y Engels califican como “el consejo de administración de los negocios comunes de la burguesía”. La sumisión de los partidos al Estado es la sumisión a la burguesía y, en la época moderna, a la burguesía monopolista.

Lo hemos escuchado mil veces cuando un candidato sale elegido: aunque procede de las listas de un partido político, promete gobernar “para todos”, sin incurrir en “partidismos”, que es como un gran vicio repudiable.

Pero es mentira. Todos esos que hablan de “la ciudadanía”, “la gente”, “los contribuyentes” y cosas parecidas son un hatajo de farsantes. Es imposible gobernar al gusto de “todos”, de los acreedores y los deudores, los propietarios y los inquilinos, los presos y los carceleros y, naturalmente, la burguesía y el proletariado.

Hay asuntos que la modernidad fascista ha puesto por encima de los partidos políticos, asuntos intocables, eso que aquí suelen llamar “cuestiones de Estado”, esas de las que no se habla nunca, por más noticiarios y tertulias que uno escuche cada día en los medios de comunicación.

Un partido que quiera “hacer política” no sólo no puede tocar ninguno de esos pilares sino que no puede hablar de ellos, porque eso supone convertirlos en lo que son exactamente, algo discutible. La política real, la de verdad, es la que versa sobre eso de lo que nadie quiere ni hablar y que acaba cayendo en las cloacas de los “secretos de Estado”, de los fondos reservados y de los manejos turbios.

Cuando en un Estado algo es indiscutible hay que empezar a hacerse muchas preguntas, la primera de las cuales es quién las está imponiendo como tales y por qué todos los demás no se atreven a discutirlas.

Luego hay otro tipo de dudas, como en dónde queda el famoso “pluralismo político” y cómo su cada vez más reducido ámbito de actuación no es otra cosa que el monopolismo trasladado al ámbito de las luchas políticas. El monopolismo moderno también acaba con la competencia en el ámbito político. La falta de pluralismo es la superestructura política del monopolismo contemporáneo.

Si se analiza en concreto, con un mínimo detalle, hasta dónde alcanza el radio de acción del pluralismo en cada país, como España sin ir más lejos, se observará que las “cuestiones de Estado” no sólo lo forman un puñado de pilares básicos (propiedad privada, integración en la Unión Europea, integración en la OTAN, unidad de España, monarquía) sino otro tipo de cuestiones, tales como el reconocimiento de la República saharahui, por poner un ejemplo del que nadie habla y que nadie pondrá en cuestión, ni siquiera si tiene la oportunidad de tomar las riendas del gobierno alguna vez.

En España incluso algo tan elemental como eso, el reconocimiento de la República saharaui, no es un asunto que se pueda resolver por la vía electoral sino que deberá esperar a un cambio revolucionario, por lo que los independentistas deberían empezar a preguntarse: si la España actual no es capaz de reconocer la independencia del Sáhara, ¿cómo vamos a esperar a que reconozca la de Galicia, Euskadi o Catalunya?

Una vez eliminado el pluralismo, la política se ha convertido en politiquería, en algo despreciable, una colección de banalidades, esa morralla que escuchamos cada día en las noticias, que aburre porque son siempre los mismos asuntos repetidos hasta la saciedad, una y otra vez, para ofrecer una falsa sensación de lo que no hay: de pluralismo.

Aún peor que la inexistencia de pluralismo es la criminalización de quienes hacen gala de él, de quienes expresan opiniones diferentes y dan con sus huesos en la cárcel, otro asunto del que nadie habla y del que nadie quiere que se hable. Nadie quiere ni oír hablar de derogar leyes fascistas, como la ley de partidos, o de disolver tribunales fascistas, como la Audiencia Nacional.

Un país, como España, en el que progresivamente se van dejando al margen cada vez más “cuestiones de Estado”, acerca la mecha al polvorín de la revolución. Está abocado a una revolución violenta porque hasta los asuntos más insignificantes se convierten en revolucionarios, es decir, que necesitan de una revolución para solucionarlos.

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La refundación fascista del PSOE

A comienzos del los años setenta el PSOE no eran más que cuatro letras, apenas un recuerdo lejano de los viejos tiempos de la República. Desde luego que era absolutamente incapaz de intervenir en ninguna movilización de las muchas que los antifascistas tenían entabladas contra el Estado.

La insignificancia del PSOE, que inicialmente fue durante décadas una bendición para el franquismo, se convirtió entonces en un problema porque para el futuro dejaba claro que todo dependía de los comunistas y, en definitiva, que en España los comunistas eran la columna vertebral de la resistencia antifascista. Por lo tanto, el futuro también dependía de ellos. Por débil que fuera el movimiento comunista en España, ideológica y organizativamente, la debilidad del franquismo hacía que pareciera otra cosa.

La experiencia de la Revolución de los Claveles en Portugal, en abril de 1974, fue decisiva para el franquismo. Necesitaban una socialdemocracia fuerte. Si el PSOE no existía había que inventarlo y el SECED, el espionaje militar franquista, se hizo cargo de la tarea, a la que denominó con el nombre en clave de “Operación Primavera”.

Desde hacía un tiempo que el franquismo venía apoyando a grupos capaces de balancear la fuerza de los comunistas, agrupando a diversas camarillas tanto en el terreno sindical como político, para lo cual utilizaron los tentáculos de los que disponían, como los grupos católicos o los trotskistas.

La CIA tuvo que ir a buscar a los socialistas portugueses a su exilio dorado en Francia y con los españoles ocurrió lo mismo, aunque se encontraron con el problema de que su máximo dirigente Rodolfo Llopis, se negaba a trasladar la dirección al interior de España.

En el Congreso celebrado en agosto de 1972 en Toulouse, Francia, cuando Llopis se niega a convocar el siguiente Congreso, la camarilla del interior (Rubial, Redondo, Múgica, González, Castellanos y Guerra) prepara la escisión.

En setiembre del siguiente año aquella camarilla se reunió al margen de la dirección, consumándose la escisión. El PSOE “histórico” va por un lado y el PSOE “renovado” por otro. Los militares golpistas habían organizado un golpe de Estado, de manera que un golpe dentro de un partido les resultó mucho más sencillo.

La reunión se celebró en Gipuzkoa, en la misma frontera con Francia, porque entonces la policía no le entregaba un pasaporte a cualquiera, por lo que los militantes del interior no podían pasar al otro lado. Por el contrario, resultaba más fácil la entrada a los que residían en Francia.

En el verano de 1974 todo se acelera. Además de la Revolución portuguesa, Franco cae enfermo y se constituye la Junta Democrática, cuyo integrante principal es el PCE.

En agosto el PSOE “renovado” se reúne en el Parador de Jaizkibel, en Fuenterrabía, para elaborar un documento contra la Junta Democrática, que no era otra cosa que un apoyo al régimen fascista decrépito.

En este encuentro de Jaizkibel se decide de manera precipitada convocar otro Congreso, que se celebrará el 14 de octubre cerca de París, en Suresnes.

Este Congreso cambia la dirección. Se elimina la secretaría colegiada para imponer a un único Primer Secretario: Felipe González. A través suyo y del nuevo equipo dirigente, el espionaje fascista se aseguró la fidelidad de un partido destinado a vestir el continuismo franquista con aires remozados.

El viaje a Suresnes estuvo bien organizado, a la manera militar, es decir, meticulosamente. Pero el SECED no sólo facilitó el viaje a París de la nueva dirección sino que les entregó los pasaportes y les escoltó hasta las puertas del teatro de Suresnes donde se iba celebrar el Congreso.

El militar que acompañó a Felipe González en el viaje fue José Faura, que veinte años después, en 1994, fue ascendido a Jefe del Estado Mayor del Ejército por su antiguo protegido Felipe González, siendo éste presidente del gobierno.

El entonces capitán del SECED, Manuel Fernández Monzón, lo ha relatado de la forma siguiente:

“En un restaurante de la calle madrileña de Santa Engracia hablamos con González, en presencia de Enrique Múgica, para garantizarle su viaje a Suresnes. Otros compañeros se entrevistaron con Nicolás Redondo, y él entendió enseguida que debía ceder el puesto a un secretario general más joven y con otras características. Cuando Felipe González volvió de Francia, después de haber sido elegido, un comisario de Sevilla le detuvo, creyendo que había dado un pelotazo. Se llevó una bronca tremenda y tuvo que soltarle enseguida, claro”.

Los contactos de los militares franquistas con los militantes socialistas continuaron tras el Congreso. Una vez creada la nueva dirección, había que seguir promocionando a aquella banda de arribistas para hacer de la socialdemocracia una alternativa política creíble y capaz.

El SECED encarga a dos de sus agentes, Andrés Cassinello y José Faura, mantener las relaciones con Felipe González y Alfonso Guerra para que la propaganda entre España, algo que el PSOE nunca habían logrado por sí mismo hasta entonces.

El torturador Ballesteros lo contó así a la periodista Pilar Urbano: “Entre 1964 y 1975 estuve precisamente en la información del mundo universitario, muy estrechamente relacionado con la política entonces clandestina. Y lo que viví fue que, a partir de cierto momento, la dictadura propició el resurgir del PSOE, para ahogar al PCE. A los socialistas no se les detenía, a los comunistas, sí. Estando yo en la Brigada Social, esa era una indicación de los mandos. Más aún: la policía no sólo miraba para otro lado, haciendo la vista gorda, sino que a veces ayudaba a pasar la valija con la propaganda y los documentos internos del partido que los de Rodolfo Llopis [el PSOE del exterior] enviaban de allá para acá”.

Paralelamente el comandante Miguel Paredes, del SECED, y el inspector Emi Mateos, destinado en la Jefatura Superior de Policía de Bilbao, contactan con dirigentes del PSOE en Euskal Herria, especialmente Redondo y Múgica, para preparar determinados aspectos políticos de la transición. El comandante Paredes lo ha explicado así:

“En el SECED nos propusimos empezar a reunirnos con ellos para ver hasta dónde llegaba su izquierdismo, su ímpetu revolucionario, su afán izquierdista… y tratar de acercarlos hacia posiciones más templadas, menos radicales, más en la línea de la moderación pragmática que les recomendaba Willy Brandt.

“Los encuentros entre los agentes del SECED y los socialistas continúan, y a ellos se incorporan algunos militantes más.

“Después de cada encuentro redactábamos un informe para el Servicio. Nuestra impresión entonces era que el líder ideológico, el que pensaba más largo, más rápido y con más calado era Pablo Castellano. El mayor peso moral lo tenía Nicolás Redondo. Felipe González nos pareció un conversador ágil, brillante, con ‘charme’.

“Pero, de pronto, sacó un largo Cohiba, lo encendió con parsimonia y se lo fumó como un sibarita. A mí ese pequeño detalle me chocó, me extrañó. Era un trazo burgués que no encajaba con sus calzones vaqueros, ni con su camisa barata de cuadros, ni con su izquierdismo… En mi informe oficial no mencioné esa bobada del habano ni lo que me sugirió. Pero en mi agenda privada de notas sí que escribí: Felipe González, el sevillano, parece apasionado pero es frío. Hay en él algo falso, engañador. No me ha parecido un hombre de ideales, sino de ambiciones.

“El Ministerio de la Gobernación tenía entonces la facultad de conceder o denegar el pasaporte a un ciudadano. Ellos lo habían pedido muchas veces y siempre les habían dicho que no. Me dieron una lista en la que figuraban los nombres de Enrique Múgica, Eduardo López Albizu, Nicolás Redondo, Ramón Rubial, Alfonso Guerra, Pablo Castellano, Felipe González y otros dos militantes asturianos. El Gobierno lo dudó mucho, le dieron mil vueltas, que sí, que no… Al final se aceptó bajo la condición de que, al volver a España, devolvieran enseguida esos pasaportes. Y lo hicieron. Tardaron mucho pero los devolvieron. Aunque no todos: Felipe González se lo quedó. A Múgica, por el retraso, le hicimos pagar una ‘multa’ especial: invitarnos a comer a base de bien. Y lo hizo. En la Paniére Fleurie de Rentería”.

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Unilateralidad y panfilismo

Bianchi

No queremos amargar el turrón o el roscón a nadie -bueno, hay a quien sí nos gustaría-, y menos a las buenas gentes que levitan de tanta bonhomía como, por ejemplo, la Izquierda Abertzale de un tiempo a esta parte. Algunos líderes de ella repiten el mantra de que mediante las «vías pacíficas y democráticas» van a obligar a los Estados a moverse en lo que concierne al llamado «conflicto vasco»: es la famosa «vía vasca»… a no sabemos dónde, quizá a la nada, a ninguna parte. Y conste que si va a buen puerto, me la envaino, que aquí no forzamos la realidad para que encaje y no nos estropee el titular.

Desde luego, por lo que se ve, ni el Estado español, mucho menos el francés, están interesados en ningún proceso «democrático» al margen de la que hace perdurar su statu quo territorial.  No tienen la menor necesidad de «moverse» y no hay comunidad internacional que les inste a ello que, a todo esto, no se va a mover por las piadosas razones de ciertos mediadores internacionales de supuesto prestigio tipo Brian Currin u otros, que, por cierto, no saben cómo se las gasta el Estado español y mejor harían en denunciar internacionalmente el inmovilismo de un Estado que ellos no llamarán «fascista», pero yo sí. Como fascista es quien hace suyo aquello de (España) «antes roja que rota» (pensando ahora en Cataluña), y eso es lo que vienen a decir los Rajoy, Sánchez, Susana Díaz, Albert Rivera y/o P. Iglesias ahora embozado.

Las «vías pacíficas y democráticas», que ojalá fueran viables, son útiles allá donde ambos contendientes buscan una paz justa y verdadera, incluso un armisticio, pero ocurre que el Estado español no busca ninguna paz sino pura y simple «pacificación a la romana»: por derrota y sumisión. A esto conduce el «unilateralismo», a la entrega incondicional de armas (en sentido literal) y bagajes con el agravante de que se persiste en vender esta mercancía averiada por la fuerza de los hechos como «éxitos y progresos» sin que haga falta, siquiera, que nos vayamos al bajonazo electoral habido por el abertzalismo en las últimas elecciones generales del 20-D.

A la burguesía no se la convence «por vías pacíficas y democráticas». Al contrario, lo que se ha conseguido con la celérica deriva reformista y agachando la cerviz es que se ponga gallita y bravucona pues, ciertamente, se lo están poniendo como las carambolas a Fernando VII, o sea, «a güevo».

Dos no se arreglan -ni se dan de tortas- si uno no quiere y ese es el caso del Estado español, un imperio venido a menos que acostumbra a llevar estas cuestiones de esta manera hasta que le echan a patadas de los foros, algo que no va a suceder -más bien lo contrario, se le apuntala- con estas políticas a lo Gandhi (este, por lo menos, hablaba de «resistencia pasiva» como no pagar impuestos a los ingleses) que yo llamo «panfilismo» o, según el diccionario, «benignidad extremada» que algunos, bienintencionados, confunden con «ingenuidad», pero que, a medida que pasa el tiempo, huele muchísimo a chamusquina y a espurios intereses inconfesables…

Have a nice day
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Ni Podemos ni Izquierda Unida son organizaciones laicas

Para hacerse con la alcaldía, Podemos (Por Cádiz Sí Se Puede) e Izquierda Unida (Ganar Cádiz) firmaron un acuerdo en el que se incluía la separación entre la religión y la institución política. Pero donde dije digo… Ahora el alcalde de Podemos, José María González Santos, alias Kachi, ha anunciado todo lo contrario: que el equipo de gobierno estará representado en todas las procesiones. Otro acuerdo electoral que va a la basura. Sólo les falta dar vivas a Cristo Rey…

Ya había precedentes: el alcalde fue a recoger su medalla del Nazareno y dejó aquella frase famosa “los votantes de Podemos llevan tatuado al Greñúo”. Luego el concejal Adrián Martínez de Pinillos renovó el voto de la ciudad a la Patrona (después de que dieran de baja a Lolo Bouza por no ir correctamente vestido).

Todo esto ocurre sin que el socio minoritario de la coalición de gobierno abra el pico. Se ve que el puesto de trabajo es mucho más importante que las convicciones. Siempre pensé que Martín Vila obraba más por su interés personal que por algún tipo de compromiso o convicción. Fue asesor de la Consejería de Turismo de la Junta de Andalucía en el gobierno de coalición PSOE-IU sin el menor conocimiento en la materia, lo que no le impidió renegar tiempo después del PSOE y de la coalición.

Tras salir elegido concejal como integrante de la candidatura de Izquierda Unida (Ganar Cádiz) firmó un acuerdo de gobierno con la franquicia gaditana de Podemos que incluía la laicidad de la institución.

Ahora observamos perplejos que el alcalde se ha manifestado como un capillita acérrimo hasta el punto de que va a pedir el ingreso en la tertulia Último Tramo y como hermano en la Vera Cruz, que es así de integrador, en todos los sectores de la Semana Santa. Se ha comprado un chaqué para salir en el Nazareno y para asistir al pregón de la Semana Santa. Total, pasamos de la camisa mao de la toma de posesión al traje de Eutimio y de ahí a la chaqueta gris omnipresente. Nada nuevo bajo el sol.

El caso es que a este fervor capillil del alcalde no se le contrapone la convicción laica de Izquierda Unida (Ganar Cádiz) sino el silencio. Los dos concejales de Izquierda Unida están más preocupados por mantener su estatus y su salario porque la alternativa es ir a la oposición y perder la nómina, asunto de una gravedad extraordinaria porque como ponía en el despacho de un conocido director de periódico “peor es trabajar”. Así que si es preciso hacerse capilla, se hace uno capilla. Si hay que comulgar con ruedas de molino, se comulga. Marchemos todos juntos, y yo el primero, por la senda del cirio y el incienso.

Es más de los mismo: Inquisición y franquismo puro y duro. Amén.

Fuente: http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/2188677/cadiz/bien/vale/una/misa.html
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El Estado crea los partidos que necesita

Juan Manuel Olarieta

No se si debo sorprenderme de que mi artículo No es el bipartidismo lo que está en crisis haya sido calificado por algún lector de “conspiracionista” por asegurar que el Estado crea los partidos que necesita.

Como casi todo el lenguaje posmoderno, lo de “conspiracionista” procede de Estados Unidos y es una etiqueta que utilizan quienes sirven a la ideología dominante para repudiar aquellas reflexiones que van un poco más allá de la versión oficial. Luego sí: soy “conspiracionista”. Sí: la mayor parte de las explicaciones corrientes me parecen superficiales, propias de tertulianos y charlatanes.

Pero sobre todo: yo no opongo las “conspiraciones” a la lucha de clases. La clase obrera “conspira” cada día contra sus explotadores y estos (y sus instrumentos de dominación) hacen lo mismo de manera centuplicada. Así viene ocurriendo, al menos, desde los tiempos del Imperio Romano hasta ayer sin ir más lejos.

El Estado español, tal y como lo conocemos, nace de una conspiración contra la República, de un intento de golpe de Estado que desembocó en una guerra civil. La conspiración es uno de sus componentes esenciales. No es nada distinto ni de la lucha de clases, ni de la crisis general del capitalismo, sino una de sus expresiones políticas.

Para mi esto es tan obvio que no voy a abundar en ello. Únicamente diré que quienes opinan de otra manera, que son bastantes, no saben a lo que se enfrentan, es decir, no saben qué es exactamente este Estado, cómo funciona y sobre todo: no han estudiado su historia. No me refiero a las historietas típicas con las que los libros de texto engañan a los estudiantes de instituto cuando hablan de la transición, sino a la historia real.

Cuando hablamos de partidos políticos, debemos empezar por el principio de todo, por el Estado franquista que, a diferencia de otros regímenes parecidos, como el nazi alemán o el fascista italiano, no procede de un partido político sino al revés: el Estado franquista creó por decreto su propio partido, llamado FET y de las JONS, con los desechos que tenía más a mano.

La transición continuó exactamente las mismas prácticas franquistas. La UCD no sólo se creó desde el Estado sino desde el gobierno y en torno al entonces presidente del gobierno: Adolfo Suárez. Pero hay algo más: una marioneta como Suárez era incapaz de crear algo así. A Suárez tuvieron que darle todo masticado, incluida la UCD.

Lo mismo se puede decir del actual PP, antes AP (Alianza Popular) y antes Godsa (Gabinete de Orientación y Documentación, Sociedad Anónima), creada, financiada y dirigida por oficiales del servicio secreto de Carrero Blanco.

El alquiler de la sede en Barcelona del Partido Español Nacional Socialista, luego llamado Círculo Español de Amigos de Europa y luego reconvertido en Librería Europa, es decir, uno de los primeros grupos nazis, lo pagaba ese mismo y omnipresente servicio secreto.

Los últimos años del Partido Carlista son la mejor ilustración de lo que estoy diciendo: al mismo tiempo que en 1969 le nombraron al Borbón para suceder a Franco, el Estado se dispuso a desembarazarse de la otra dinastía, la de Carlos Hugo, con todo tipo de manejos, que fueron desde el impulso de una escisión hasta la matanza de Montejurra en 1976, todo ello planificado desde las conocidas cloacas franquistas.

El PSOE es otro partido cortado por ese mismo patrón: tras la experiencia de la Revolución los Claveles en Portugal, el gobierno franquista provocó una escisión en el PSOE para sacudirse de encima a los viejos carcamales republicanos que dormitaban en Francia desde el final de la guerra civil, capitaneados por Rodolfo Llopis, para sustituirlos por sus fieles cachorros (Felipe González, Alfonso Guerra, Enrique Múgica, Nicolás Redondo), capaces de ejercer como oposición domesticada al franquismo, enterrar el recuerdo de la República, apuntalar al capitalismo, mantener las bases militares de la OTAN y combatir a los comunistas, entre otros objetivos que les impusieron.

En 1974 el Estado franquista, por medio de los servicios secretos de Carrero Blanco, llevó a los futuros dirigentes del PSOE hasta Suresnes, cerca de París, para que pudieran cruzar la frontera sin contratiempos, celebraran su Congreso y se hicieran con las riendas del Partido. Luego no es el PSOE quien crea la transición sino la transición quien crea un PSOE a su imagen y semejanza, tal y como lo necesita.

Desde 1939 hasta hoy el Estado fascista legaliza a algunos partidos e ilegaliza a otros, financia a los fieles y castiga a los infieles, reúne coaliciones y provoca escisiones, impulsa a ciertos lacayos y excomulga a otros, cede sus locales para que unos se reúnan libremente al tiempo que impide las de los otros, difunde los mensajes de unos en los medios públicos de comunicación y silencia los de los otros…

La moderna sociología política califica a los Estados occidentales como “Estados de partidos”. Los partidos son su gran coartada. El Estado los necesita para que le vistan con los ropajes de la libertad y la democracia. No puede permitirse el lujo de que desaparezcan sin antes crear otros nuevos exactamente iguales a los anteriores, plenamente adaptados a la nueva situación de bancarrota política.

Al mismo tiempo, hay otro lujo no menos trascendente que el Estado tampoco puede permitirse: que aparezcan partidos que busquen su destrucción, es decir, partidos revolucionarios.