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En Ucrania también ha estallado una guerra de religión para dividir al mundo ortodoxo

La guerra contra Rusia no se ha librado sólo en los terrenos comercial, económico, político, diplomático, militar y cultural, sino también en el religioso. Estados Unidos lleva tiempo fomentando la ruptura entre las diversas iglesias ortodoxas nacionales (autocéfalas, es decir, autónomas) con el Patriarcado de Moscú.

La ruptura ha dado lugar a la imposición en Ucrania de la celebración de la Navidad el 25 de diciembre en lugar del 7 de enero, como es tradición en el mundo ortodoxo, que sigue el calendario juliano.

La manipulación política de la religión no es nueva. Ya ocurrió en los ochenta del siglo pasado, cuando el papa Wojtyla utilizó a los católicos para desestabilizar Polonia.

En los Balcanes el espionaje occidental también dividió a las iglesias ortodoxas y fomentó la ruptura con la Iglesia Ortodoxa Rusa. El gran artífice fue Geoffrey Pyatt, quien, junto a Victoria Nuland, dirigió el Golpe de Estado fascista de 2014, cuando era embajador en Kiev.

Tras hacer sus deberes en Ucrania, Pyatt fue trasladado por el Departamento de Estado a Grecia, donde se dedicó a presionar al Patriarca Bartolomé de Constantinopla, hasta que cedió.

En 2018 Estados Unidos declaró que apoyaba la autocefalia en Ucrania y consideraba al Patriarca Bartolomé como la voz de la tolerancia en el mundo. Dicho y hecho. Al año siguiente Bartolomé reconocía la autocefalia de la Iglesia Ortodoxa Ucraniana.

La colaboración entre Bartolomé y sus nuevos padrinos culminó en un viaje de doce días a Estados Unidos el pasado otoño. Doce días repletos de reuniones y recepciones, durante los cuales el patriarca “ecuménico” habló de los tópicos de siempre, incluso de vacunar a todo el planeta contra el “covid”.

Otro tópico de los discursos del patriarca: calificar a Biden como un “hombre de fe”, que ofrecerá a un maravilloso país -Estados Unidos- y al mundo los mejores consejos y orientaciones.

Bartolomé también mencionó el llamamiento a la protección del medio ambiente realizado “por primera vez en la historia del cristianismo” por el Papa Bergoglio y el arzobispo de Canterbury.

Solo de pasada hizo una referencia a la diferente actitud de Estados Unidos hacia el papa Benedicto XVI, recién fallecido, cuya “firme voluntad de lograr una reconciliación histórica con el Patriarcado de Moscú” había que combatir, hasta el punto de obligarle a dimitir en 2013.

Las maniobras para dividir al mundo ortodoxo han llevado al gobierno ucraniano a emprender una auténtica caza de brujas. Hace unos días en el pueblo de Ovadnoe, en la región de Volyn, el abad se negó a trasladar el templo del Patriarcado de Moscú al de Kiev y los nazis de Praviy Sektor le prendieron fuego a la iglesia en represalia.

El clero que no admite la autocefalia es calificado de “traidor”, se producen agresiones físicas, como el apuñalamiento del arcipreste Kovtonyuk frente al altar de su iglesia, hay redadas en los lugares de culto, como el monasterio de la Gruta de Kiev, detenciones de clérigos y monjas, amenazas contra creyentes de la observancia moscovita y cierre de iglesias de rito ruso.

Finalmente, el 2 de diciembre del año pasado se promulgó el decreto de prohibición de la Iglesia ucraniana prorrusa, que se suma a la prohibición de los partidos políticos y el cierre de medios de comunicación que no siguen el dictado de Zelensky y los suyos.

No es ciencia, es superstición: la muerte del catolicismo y el nacimiento del dogma pandémico

La etiqueta de «negacionista» es ya una realidad, y se ha convertido en el adjetivo preferido de cualquiera que se oponga a un cuestionamiento del relato oficial. Al comienzo de la llamada «pandemia» y de los confinamientos, cuando había únicamente una única versión sobre lo que ocurría, fue necesario investigar un poco para encontrar otras hipótesis científicas. Leer más

Test sobre el infierno

Bianchi

En lugar de unos inútiles e inoperantes tests sobre el coronavirus que parecen pensados por sádicos que se ven decepcionados cuando dan «negativo» en el resultado, pero vuelven a insistir en la prueba hasta que des «positivo» por un vulgar resfriado que achacarán al covid-19 exhibiéndote como un trofeo como quien va de safari africano, nosotros, mucho más lúdicos que esta gente enferma, proponemos este test sobre el infierno, dentro vídeo.

Un amigo, profesor de Química, formuló en un examen la siguiente pregunta: ¿es el infierno exotérmico (desprende calor) o endotérmico (lo absorbe)? La mayoría de estudiantes se refugió, ante tan extraña e inquietante cuestión, en la Ley de Boyle (el gas se enfría cuando se expande y se calienta cuando se comprime).

Pero hubo un alumno, una alumna, dicho con más precisión, que contestó lo que sigue: en primer lugar -nos dice Hipatya, que así se llama-, necesitamos saber en qué medida la masa total del infierno varía con el tiempo. Para ello hemos de saber a qué ritmo entran las almas en el infierno y a qué ritmo salen. Parece ser que, una vez dentro del infierno, las almas ya no salen de él. Por tanto, no hay salidas. En lo relativo a cuántas almas entran, veamos lo que dicen las diferentes religiones: la mayoría de ellas declaran que si no perteneces a ellas, irás al infierno. Dado que hay más de una religión que así se expresa y dado que la gente no pertenece a más de una, podemos concluir que todas las almas van de cabeza al averno.

Con las tasas de nacimientos y muertes existentes, podemos deducir que el número de almas en el infierno crece de forma exponencial. Veamos ahora cómo varía el volumen del infierno: según la Ley de Boyle, para que la temperatura y la presión del infierno se mantengan estables, el volumen debe expandirse en proporción a la entrada de almas. Hay dos posibilidades:

1. Si el infierno se expande a una velocidad menor que la entrada de almas, la temperatura y la presión en el infierno se incrementarán hasta que éste se desintegre.

2. Si el infierno se expande a una velocidad mayor que la de la entrada de almas, la temperatura y la presión disminuirán hasta que el infierno se congele.

Pues bien, ¿qué posibilidad es la verdadera? Meditemos: si aceptamos lo que me dijo la bella Beatriz (la musa de Dante Alighieri, que algo sabía de estas vainas sulfúricas) en mi primer año de carrera («hará frío en el infierno antes de echar un cohete contigo»), y teniendo en cuenta que me acosté con ella el otro día, la posibilidad número 2 es la verdadera y, por tanto, daremos como cierto que el infierno es exotérmico y que ya está congelado. El corolario de esta teoría es que, dado que el Hades ya está congelado, ya no acepta más almas y está, por tanto, extinguido dejando al cielo como única prueba de la existencia de un ser divino, lo que explica el milagro del otro día cuando Beatriz exclamó: ¡Oh, Dios mío!

Y nosotros, en este blog,  todavía discutiendo, como los personajes de Swift (el de los viajes de Gulliver), por qué lado hay que cascar los huevos. Cuando está claro que hay que ponerse mascarilla, someterse con moral de esclavos al confinamiento y obedecer en todo lo que se nos diga, anulando cualquier atisbo de sentido crítico, porque es por nuestro bien. Un lavado de cerebro (brainwashing) perfecto.

Detenido un fascista que formaba parte de las filas del ejército neozelandés

Un soldado fascista vinculado a una “Hermandad Cristiana” de Nueva Zelanda ha sido detenido en el campamento militar de Linton tras una investigación llevada a cabo conjuntamente por la policía de Nueva Zelanda y el ejército.

El soldado tiene vínculos con una organización fascista de carácter religioso que, además, se reúne bajo la aparincia de un club de culturismo: Wargus Christi.

El grupo se define a sí mismo como una “orden marcial monástica”.

El grupo Wargus Christi reveló en un telegrama que uno de sus miembros había sido detenido por la policía militar. “Uno de nuestros muchachos fue detenido por razones aún desconocidas”, decía el mensaje.

Otro miembro declaró más tarde que estaba en una “prisión militar”. Por su parte, el portavoz de la policía reveló que “la Fuerza de Defensa de Nueva Zelanda y la Policía de Nueva Zelanda realizaron conjuntamente una investigación criminal. La Fuerza de Defensa de Nueva Zelanda está actualmente dirigiendo la investigación”.

Hay poca información disponible ya que la investigación sigue en curso. Sin embargo, se sabe que la policía realizó registros tanto en los locales de la orden como en Camp Linton, el campamento militar más grande de Nueva Zelanda, situado en Palmerston North.

La página de Facebook del grupo Wargus Christi es muy clara en cuanto a sus posiciones fascistas. Publican regularmente contenidos homofóbicos, antisemitas e islamofóbicos y son fervientes defensores de la flagelación. Por ejemplo, un reciente mensaje de la “Hermandad Cristiana” promovió la “mortificación de la carne”, la “severidad hacia el cuerpo” como un acto de “guerra espiritual” y “santificación”.

Otro mensaje de 15 de diciembre también declaró que, “como el Islam, el judaísmo es el enemigo jurado de Cristo”.

¿Un complot del imperialismo contra el acuerdo entre China y el Vaticano?

Los católicos ondean la bandera roja en el Vaticano
70 años del surgimiento de la República Popular de China (y 9)

Thomas Tanase

Por parte del Vaticano, el acercamiento a la República Popular exige más comentarios. En primer lugar, puede que no sea tan frágil sobre el terreno como piensan sus críticos. En cualquier caso, como indica claramente el título del acuerdo “provisional”, no es más que un globo sonda, que prevé evaluaciones periódicas de su aplicación. Por lo tanto, no es definitivo, y la legitimidad adicional obtenida por las autoridades de Pekín sólo durará mientras sigan encontrando un terreno común con el Vaticano.

Las negociaciones entre la República Popular China y el Vaticano siguen siendo un proceso abierto, pero requerirá mucho ensayo y error. Ninguna política común puede ser sostenible si ambos actores no se benefician de ella, y ahí es donde reside el reto, que se basa en el interés a largo plazo de la República Popular en el desarrollo de esas relaciones.

A todos los argumentos se les puede dar la vuelta. Por supuesto, no debemos hacernos la ilusión de que, como en cualquier régimen comunista, parte del clero oficial ha sido colocado por el partido, ya que es más bien una función de supervisión, si no de policía. Pero no es imposible apostar que a través de la reconciliación, en un contexto más favorable, la Iglesia puede comenzar a expandirse de nuevo, ganarse a los fieles, que sabrán orientarse hacia un sacerdote y no hacia otro (a los que las autoridades vaticanas los alientan explícitamente), respetando formalmente la autoridad del clero oficial y de los discursos patrióticos: la experiencia de la vida nos enseña a menudo a adoptar tales estrategias, aunque nos sorprendan desde fuera. En otras palabras, si bien forma parte del marco oficial de Pekín, una Iglesia en crecimiento, en gran parte animada sobre el terreno por sacerdotes y fieles, tanto más cuanto que su compromiso es arriesgado, también podría absorber a los sacerdotes impuestos por el régimen. Y como, pase lo que pase, las autoridades de Pekín tendrán que gestionar grandes masas cristianas, la apuesta es que en el futuro necesitarán interlocutores: el Vaticano se ha adelantado a este papel.

El Papado se reintroduce así en el juego: se ha convertido de nuevo en un interlocutor que cuenta y tiene voz en la organización del catolicismo chino, llamado a ocupar un lugar en una geopolítica religiosa mucho más mundial. Y es también lo que invalida los esquemas que hacen del acuerdo una “ostpolitik” china, que aplica a la política del Vaticano en China las tablas de interpretación de los tiempos de la Guerra Fría. La cuestión ya no es establecer vínculos con los países del otro lado del muro, cuyos regímenes pudieron permitirse un tiempo para ser impermeables a las influencias externas y aislarse del mundo. Por el contrario, China se encuentra hoy en día en el centro de un sistema globalizado, con el que está en profunda interacción.

El acuerdo de 2018 ha sido muy criticado. El cardenal Zen se pronunció en contra de un acuerdo aceptado por un Papa Francisco “ingenuo” y negociado por Pietro Parolin en nombre de una línea “mundialista”. En Estados Unidos, el ex asesor católico de Trump, Steve Bannon, condenó los acuerdos y pidió al Vaticano que hiciera público el texto, una petición transmitida por el embajador de Estados Unidos para la Libertad Religiosa Internacional, Sam Brownback.

Esa posición también ha tenido eco en Londres. Los periodistas cercanos al Papa Francisco no dudan en hablar de campañas de prensa procedentes de Estados Unidos, Hong Kong y de círculos que durante décadas han afirmado hablar desde fuera de China en nombre de las comunidades católicas chinas, y en particular de las calificadas como ilegales. Ya no es de extrañar que los críticos del acuerdo, y más ampliamente del Papa Francisco, se refieran a la tesis de Santa Marta (donde reside el Papa Francisco) de un complot americano contra el acuerdo entre Pekín y el Vaticano.

La cuestión del acuerdo entre el Vaticano y la República Popular China forma parte de un contexto mucho más general, y también está vinculada a la cuestión de las relaciones del papado con Estados Unidos o Rusia.

El hecho es que la elección de Trump estuvo en contradicción con las posiciones tomadas por el episcopado católico estadounidense y aún más por el Vaticano. La cuestión de los migrantes de América Central, que ha permanecido en el centro de los acontecimientos actuales, sólo ha aumentado las tensiones, mientras que el Papa Francisco ha pedido repetidamente que se abran las fronteras.

Aún más preocupante desde el Vaticano, Trump fue apoyado por una gran parte del electorado popular católico, de origen italiano o irlandés, sensible a los temas de la degradación de las clases medias, el retorno de la nación y el proteccionismo, temas que implican cuestionar la relación con China y los beneficios que ha derivado de su pertenencia a la OMC [Organización Mundial de Comercio]. Puede haber sido razonable en el principio de argumentar que sería mejor que tanto Estados Unidos como el Vaticano evitaran una ruptura abierta, pero el hecho es que los asuntos de la disputa continúan extendiéndose.

En Italia, Matteo Salvini, haciéndose pasar por católico, de 2018 a 2019 siguió como ministro una política opuesta a la promovida por el Papado y las asociaciones católicas italianas. En Europa del este, los opositores más abiertos a las posiciones del Papa Francisco son el partido católico polaco PIS o el húngaro Viktor Orbán. Estas luchas tienen lugar en un contexto particularmente envenenado, donde los escándalos de pedofilia se están generalizando y ponen en tela de juicio el funcionamiento mismo de la Iglesia Católica.

Y finalmente, más que nunca Hong Kong es otro lugar de confrontación. La crisis de 2019 llega cuando el obispo Yeung murió en enero de 2019. En septiembre de 2019 no fue posible encontrar un sucesor para él: mientras tanto su predecesor, Tong, está a cargo del obispado. El nombramiento es complicado, especialmente porque los términos del acuerdo entre Pekín y el Vaticano no son públicos. Pero dado el contexto, es difícil para el Vaticano suscribir un nombramiento que apoye el descontento o que vaya demasiado lejos en la dirección de Pekín.

En este contexto estalló la ola de manifestaciones de 2019 que socavó las instituciones del territorio, con el objetivo de cambiar el equilibrio de poder con Pekín y combatir lo que se percibe como una normalización gradual de Hong Kong. Sin embargo, el movimiento está encabezado en gran medida por grupos religiosos, en particular protestantes, mientras que las autoridades chinas denuncian el apoyo estadounidense. Pero muchos católicos también están movilizados, lo que contrasta con la actitud conciliadora del Papado hacia el gobierno de Pekin, o el Arzobispo Tong, quien, después de tratar de disuadir a Carrie Lam de firmar el controvertido proyecto de ley de extradición que desencadenó la revuelta, está tratando de encontrar una manera de satisfacer las demandas de los manifestantes sin desestabilizar al gobierno.

Sin embargo, el tema es mucho más amplio que la lucha entre el Papa Francisco y Estados Unidos, incluso en el campo chino. La verdadera pregunta es cómo el Papado se está reposicionando en un orden internacional cambiante. El Papado es tradicionalmente universalista, a veces desconfiado de los Estados, especialmente cuando están definidos por la soberanía absoluta y vinculados por su historia con Europa y Occidente.

Todo esto conduce hoy a una política que, de hecho, es muy ambivalente, en un mundo en el que los puntos de referencia son cada vez menos estables. En un primer nivel, el Papado sigue comprometido con la promoción de un orden mundial, teorizado especialmente durante los años del Vaticano II. En este sentido, su visión se solapa en cierta medida con la de las democracias liberales occidentales. En este sentido, el acercamiento entre China y el Vaticano podría interpretarse también como un avance extremo en esta lógica: la mundialización ha llevado al acuerdo de dos potencias que representan polos opuestos. Sin embargo, el Papado también ha formado parte de una política que desafía un orden mundial centrado en Occidente, y lo ha sido desde los tiempos del Vaticano II, cuando Pablo VI pidió un reequilibrio a favor de los países del sur.

A pesar de la fuerte alianza entre Juan Pablo II y Estados Unidos en los años ochenta contra el mundo soviético, los discursos pontificios contra la mundialización en un modelo liberal anglosajón han ido en aumento desde los años noventa, criticando en particular las guerras “humanitarias” (primera Guerra del Golfo de 1990-1991, guerra en la antigua Yugoslavia en 1999, invasión de Irak en 2003).

Si el Papa Francisco, con sus compromisos en materia de clima, migración e injusticia económica, forma parte de un horizonte más progresista que su predecesor Benedicto XVI, que compartía estos temas pero pensaba más en una mundialización conservadora en torno a núcleos cristianos principalmente occidentales, el marco fundamental sigue siendo el mismo: el Papado está a favor de una mundialización diferente, orientada hacia los países del sur, y cada vez es más partidario de un mundo postoccidental, que corresponde a la geografía de sus fieles, que ahora se encuentran principalmente en América Latina y África.

Pero precisamente, la mundialización total del planeta a través del libre comercio y de la OMC está llegando a sus límites: por un lado, está siendo desafiada en su corazón, desde Estados Unidos hasta Londres o incluso la Unión Europea, a pesar de la resistencia institucional de Bruselas, Berlín o París, y por otro lado, parece estar multiplicando las crisis en los cuatro puntos cardinales del planeta.

En respuesta a este sistema mundial, nuevos nacionalismos basados en la reafirmación del Estado parecen estar reapareciendo, con el inicio de un replanteamiento del actual sistema internacional no sólo en la China de Xi Jinping, la Rusia de Vladimir Putin o la Turquía de Recep Tayyip Erdogan, sino también en los Estados Unidos de Donald Trump.

Sin embargo, este resurgimiento de las naciones está lejos de crear una nueva forma de estabilidad, y por lo tanto el Papado se replantea sus políticas en un mundo cada vez más cambiante. Para empezar, el juego está lejos de terminar. El proyecto de mundialización liberal sigue siendo impulsado por potencias institucionales y económicas poderosas basadas en una realidad profunda, la de la interacción económica de todas las partes del mundo.

Pero este conflicto general, que se extiende por todo el mundo, se cruza con otra dimensión, la de las relaciones entre Estados Unidos, Rusia y China y la de la competencia entre las grandes naciones que están resurgiendo. Sin embargo, Rusia y China, cuyo acercamiento puede haber parecido poco sólido hace unos diez años, se han acelerado, especialmente desde las sanciones occidentales de 2014 contra Rusia. Además del desarrollo de la Organización de Cooperación de Shanghai y la construcción de nuevas interacciones estratégicas, los dos países se están convirtiendo cada vez más en socios en el desarrollo de las carreteras euroasiáticas, en particular el importante proyecto chino “One Belt, One Road”. Esto no es nada obvio, ya que tradicionalmente China y Rusia han sido dos adversarios en Asia central, y el equilibrio de poder puede parecer cada vez más desequilibrado entre una Rusia que piensa en términos multipolares (particularmente frente al ascenso del poder chino) y la República Popular China, que simplemente quiere emerger como el nuevo polo junto a o incluso en lugar de Estados Unidos.

A pesar de su inclusión inicial en el orden atlántico y su apoyo a la mundialización, el Vaticano ve al catolicismo sacudido en todo el mundo por la mundialización liberal con sus transformaciones tecnológicas. La Iglesia Católica está sacudida más profundamente por la sociología que impulsa la mundialización, la de las poblaciones urbanas ricas, cuyo ideal es fluido, sin un punto fijo, emancipado de la historia y de las construcciones sociales o morales, todo lo que el Papado encarna en el más alto grado. Así que, mientras aboga por otra forma de mundialización, el Papado cuya influencia está colapsando en Europa ahora, está tratando de construir vínculos con la República Popular China. Esta política no es un cambio inesperado: amplía la política hacia Rusia que el 12 de febrero de 2016 condujo al encuentro en La Habana entre el Papa Francisco y el Patriarca Cirilo.

Por lo tanto, el acuerdo entre la República Popular China y el Vaticano debe entenderse también como un hito en una geopolítica postoccidental, o posatlántica, cuya profunda lógica se remonta a antes de la elección de Trump. Mientras que el modelo liberal de las potencias occidentales parece estar en dificultades, cuarenta años de apertura a un mundo globalizado no han hecho más que reforzar el poder de las autoridades chinas. En este contexto, la política de las autoridades vaticanas puede leerse como un deseo de no desempeñar un papel en el colapso de la República Popular China con consecuencias impredecibles, a pesar de que esta última se está convirtiendo también en una cuestión estratégica para el mundo católico. En este sentido, el Papado sigue situándose en una geopolítica cada vez más multilateral, situándose como intermediario entre las distintas potencias, desde la Unión Europea o Estados Unidos hasta Rusia e incluso China.

Decir hoy que el mundo será multipolar, con el surgimiento de países del Sur, América Latina, China, India y mañana África, no es muy original. Sin embargo, es posible que las consecuencias no se hayan extraído del todo, mientras que muchos todavía esperan cerrar el paréntesis populista y volver al mundo de los sueños de los años noventa: el surgimiento de un mundo multipolar se lograría sin cuestionar el orden liberal y atlántico, al que se integrarían estos diferentes polos.

Sin embargo, Estados Unidos o Reino Unido están demostrando que ellos mismos no son sólo su versión mundializada, simplificada y fácilmente consumible, y que pueden destruirla. En cuanto a China, cualquiera que sea su activo, será imposible que se convierta en un nuevo polo único, de la misma manera que lo fue Estados Unidos. Por lo tanto, el mundo está avanzando hacia un sistema multipolar, pero sin sistemas de alianza integrados, mientras que la OTAN parece menos segura que antes, mientras que China rechaza cualquier alianza estricta, por ejemplo con Rusia. Sin embargo, si los desórdenes se multiplican, los problemas son comunes, existen intercambios y convergencias permanentes, en una globalización que hace interactuar visiones muy diferentes, que no pueden desaparecer en una “cultura mundial” de consumo, pero que tampoco son inmutables, congeladas para siempre en un choque de civilizaciones.

En esta perspectiva, el Papado, siguiendo su tradición universalista, trata de estar presente en todas partes: aunque ya no es enteramente occidental, mira hacia el otro lado del mundo, y hacia China, donde el cristianismo se está desarrollando. A medida que su registro europeo continúa debilitándose, el Papado parece más y más desterritorializado. A largo plazo, en un mundo que parece incierto, mientras que todas las culturas y los Estados se verán afectados por cambios cuyas consecuencias difícilmente pueden preverse, este posicionamiento puede ser un punto fuerte.

A corto plazo, esta política acaba siendo muy paradójica y puede encontrarse con grandes dificultades sobre el terreno, como en Hong Kong. Finalmente, en su deseo de apoyar otra globalización, el Papado se está acercando a Rusia y China, aunque en occidente el Papa defiende una serie de causas liberales, a veces rechazadas por parte del pueblo católico, que votan en contra del Papa y abandonan las iglesias. Es también la debilidad de una proyección demasiado desterritorializada: el actual retorno de las naciones muestra que también debemos estar anclados en un territorio, en una historia.

Sin embargo, cualquiera que sea el despliegue global del Papado, su historia todavía la marca en Europa, o más ampliamente en Occidente. El interés de la República Popular en el Vaticano, y por lo tanto la capacidad concesional de las autoridades chinas, será proporcional no sólo a la capacidad de sostener un verdadero y arraigado catolicismo chino, sino también a la capacidad del Vaticano para influir en Europa y Estados Unidos.

https://www.diploweb.com/Chine-et-Vatican-l-amorce-d-une-nouvelle-relation-strategique.html

Hong Kong pone a prueba el acuerdo secreto de China con el Vaticano

Carrie Lam entre el Vaticano, Pekín y Hong Kong
70 años del surgimiento de la República Popular de China (8)

Thomas Tanase

El acuerdo “provisional” se firmó en Roma entre, por parte del Vaticano, el Subsecretario de Relaciones con los Estados, Antoine Camileri, y, por parte de China, el Viceministro de Asuntos Exteriores, Wang Chao. Los comunicados que siguieron al acuerdo, en particular de la Santa Sede, confirmaron que los últimos siete obispos excomulgados y no reconocidos por Roma fueron readmitidos a la comunión (más un octavo obispo que murió antes del acuerdo y fue convalidado).

El acuerdo prevé un nombramiento conjunto de obispos en el futuro, que, si bien deja la última palabra a la autoridad pontificia, permite a Pekín ejercer un derecho de control, aunque no se comuniquen las modalidades exactas. Aunque desde el principio la República Popular reconoció un vínculo “religioso” entre la Iglesia patriótica y el Vaticano, el acuerdo reconoce claramente que el nombramiento de obispos chinos por el Papa no es una injerencia extranjera: en principio, China ya no podrá hacer nombramientos unilaterales. Hasta este acuerdo, el Vaticano era un actor no reconocido por la República Popular China; por primera vez, este último se dirige directamente a un Vaticano reconocido como actor internacional. Este es el punto principal que el Papa Francisco subrayó cuando comentó y justificó este acuerdo: si la idea es ante todo proceder a través del diálogo, el nombramiento de obispos se hará desde Roma.

Otra concesión importante de la República Popular es que el acuerdo se firma sin mencionar la cuestión de la República de China, Taiwán, mientras que desde los años cincuenta, el Gobierno de la República Popular exigía como requisito previo la terminación de las relaciones entre el Vaticano y Taiwán. Esta es también la razón por la que las autoridades vaticanas insisten tanto en la noción de un acuerdo “pastoral” y apolítico: el acuerdo no afecta al ámbito de las relaciones diplomáticas oficiales.

Finalmente, la reconciliación con los últimos obispos excomulgados permite, en principio, poner fin a una Iglesia oficial en ruptura con Roma: el acuerdo abre la puerta a la existencia de una Iglesia católica unida en China, bajo la autoridad del Papa, al mismo tiempo que satisface el poder chino; en otras palabras, una Iglesia bajo el doble control de las autoridades de la República Popular y del Vaticano.

El acuerdo plantea una pregunta: ¿cómo funcionará exactamente el proceso de nombramiento de obispos? Aparentemente, el Consejo de Obispos chinos bajo el control de las autoridades o del gobierno tendrá la oportunidad de proponer a sus candidatos, lo que el Papa puede rechazar; pero en realidad, la cuestión es cómo procederá la negociación, lo que también presupone que las autoridades de Pekín no quieren forzar nombramientos o imponer a su candidato a cualquier precio. Por último, el acuerdo deja en suspenso un problema fundamental: el de la Iglesia clandestina, que todavía no es reconocida por las autoridades.

Un punto en particular suscita las críticas de los oponentes. Dos de los obispos regularizados tenían una diócesis para la cual la Iglesia clandestina tenía su propio obispo. Una de las consecuencias del acuerdo es que estos dos obispos clandestinos renunciarán a sus cargos para unir a la Iglesia y tendrán un solo obispo en su diócesis, el de la Iglesia oficial, cuya excomunión se levanta con el acuerdo de 2018, en el que los dos obispos clandestinos actuarán como auxiliares. Es un buen augurio para el espíritu del acuerdo y para la forma en que la Iglesia clandestina, aunque en su mayoría sobre el terreno, parece comprometida en nombre de la unión que debe ser recuperada por la Iglesia oficial. Para los críticos, se trata de una tontería: un catolicismo vivo quedaría bajo el control de una jerarquía adquirida en el poder de Pekín, a cambio de una promesa de negociación que le daría básicamente a Pekín la libertad de imponer sus deseos, mientras que la Iglesia clandestina sigue siendo perseguida en la práctica si se niega a registrar y controlar a las autoridades.

De hecho, las primeras noticias del campo no son muy positivas. La destrucción de iglesias, las vejaciones y detenciones no cesan. La situación no siempre se acepta sin dificultad, aunque algunos prelados chinos también expresan su satisfacción con el acuerdo: es razonable pensar que las comunidades pueden ser compartidas, mientras que uno de los problemas de la Iglesia católica en China es precisamente su fragmentación en grupos que encuentran cada vez más difícil hablar entre sí. El clero católico está más animado que nunca a declararse ante las autoridades, lo que no es fácil: el registro implica a menudo la suscripción a documentos en los que los prelados se comprometen a prohibir la entrada de menores a la iglesia, a no enseñarles el catecismo, a no publicar documentos religiosos en línea; además, deben reconocer los principios de la Iglesia patriótica y la independencia de la influencia extranjera.

Ante esta situación, el 28 de junio de 2019 el Vaticano publicó oficialmente “orientamenti”, que siguen siendo muy ambivalentes, lo que justifica la situación. Permiten a los obispos firmar explicando que el diálogo en curso entre el Vaticano y Pekín está cambiando la situación: el acuerdo firmado reconoce el papel del Papa, mientras que la independencia de la Iglesia china debe ser entendida sólo a nivel político. Sin embargo, el Vaticano también reconoce la naturaleza a veces problemática de estas declaraciones, y se basa en el criterio de los sacerdotes sobre el terreno. Por lo tanto, en caso de duda, también pueden firmar añadiendo la cláusula de que, en cualquier caso, el compromiso no puede ir en contra del respeto de la doctrina católica, o incluso no firmar. Mientras tanto, los “orientamenti” afirman explícitamente que el Vaticano también espera un nuevo comportamiento de Pekín: aquí es donde reside todo el reto, que sólo puede juzgarse a largo plazo.

La ventaja de este acuerdo es bastante fácil de entender para la República Popular China, aunque se mostró muy reacia a firmarlo: el simbolismo de un reconocimiento oficial del Sumo Pontífice es importante. Sin embargo, a primera vista, el acuerdo puede ser utilizado por las autoridades comunistas de acuerdo con su política de control de la sociedad china. Dado que el cristianismo está en constante desarrollo, el acuerdo con el Vaticano permite crear una comunidad católica bajo el escrutinio de las autoridades. Si el acuerdo con el Vaticano se desarrolla, esto puede ser una garantía de que los católicos chinos, al menos a nivel institucional, no estarán involucrados en la organización de protestas y disidentes, y que las autoridades de Beijing tendrán un interlocutor que ha mostrado su voluntad de negociar, el Papado. Y desde el momento en que el Papado se ha comprometido a un acuerdo y permanece distante, las autoridades de Beijing pueden imponer sus opciones ampliamente, con el acuerdo del Papa.

Una vez más, Hong Kong puede ser utilizado como un marcador. De hecho, el nombramiento de un nuevo gobernador en 2017 fue simbólico, especialmente después de la liquidación de la “revolución de los paraguas” de 2014. Es elegido por un comité electoral compuesto por personalidades favorables a Pekín y un Parlamento dominado por colegios profesionales, es decir, por los negocios de Hong Kong relacionados con Pekín. Carrie Lam, que finalmente fue nombrada gobernadora, pasó por una formación católica privada, muestra su fe y está cerca de las autoridades eclesiásticas. En este sentido, su designación ya ilustraba cómo los católicos, en la ciudad de Hong Kong en la que desempeñan un papel, podían obtener una plaza, siempre que llegaran a un acuerdo con las autoridades chinas. Al mismo tiempo, a diferencia de su predecesor el Cardenal Zen, el Cardenal Arzobispo Tong, que ocupó el cargo de 2009 a 2017, había sido mucho más complaciente y favorable a un acuerdo entre Pekín y el Vaticano ya en 2016, una actitud seguida por su sucesor, Michael Yeung, cerca de Carrie Lam.

Además de esto, hay una segunda ventaja obvia: no sólo la República Popular China no asume muchos riesgos con este acuerdo a nivel interno, lo que puede incluso ser útil, sino que además la posición china se legitima a nivel externo. El acuerdo con el Papa Francisco es un fuerte argumento contra las críticas a la política religiosa de Pekín. Además, la República Popular puede jugar la carta del multilateralismo y de la construcción de convergencias y reglas internacionales, en contra de Estados Unidos, que en cambio juega la carta del unilateralismo y del desafío permanente de marcos internacionales que son demasiado prescriptivos y restrictivos. Y si es ciertamente reductor hacer de este acuerdo sólo un reto para Trump por parte del Vaticano, en la medida en que hemos visto hasta dónde llegan las negociaciones en el tiempo, tampoco hay que descartar del todo esta dimensión.

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La ‘larga marcha’ hacia un acuerdo con el Vaticano pasa por Hong Kong

70 años del surgimiento de la República Popular de China (7)

Thomas Tanase

La Iglesia Católica se ha quedado atrás en el nuevo surgimiento del cristianismo en China, que beneficia mucho más a las iglesias protestantes. El catolicismo, que tenía una implantación rural, por otra parte, tiene más dificultades para adaptarse a las realidades de las nuevas metrópolis chinas, mientras que toda su red asociativa e institucional está ausente.

El contexto sigue siendo particularmente difícil, en parte debido a la división entre la Iglesia oficial y la Iglesia clandestina, en la terminología inglesa, cuyos números son por definición difíciles de evaluar, pero que claramente parece ser la mayoría sobre el terreno en términos de fieles. Además, este contexto también plantea problemas relacionados con la especificidad del catolicismo, que necesita sacerdotes consagrados o una presencia monástica para desarrollarse, pero las cifras muestran que el número de vocaciones está disminuyendo claramente.

También es necesario matizar la oposición entre la Iglesia clandestina y la Iglesia patriótica. Ciertamente, como en todos los regímenes comunistas, no hay duda de que algunos de los obispos nombrados por el régimen no son modelos de fe para sus seguidores. Pero este no es el caso de todos los obispos de la Iglesia oficial, que a veces se han limitado a inscribirse para poder apoyar a su comunidad. Los fieles están vinculados a una parroquia y su estatus a menudo está ligado a las decisiones tomadas por su sacerdote o por un obispo, razón por la cual los fieles de la Iglesia patriótica nunca han sido rechazados por el Papado. Esta es también la razón por la que, aunque en principio la Iglesia patriótica está separada de Roma, muchos de sus obispos, sin embargo, han visto regularizada su situación por los diversos pontífices desde los años ochenta, una dinámica en la que se basa el acuerdo de 2018.

El Vaticano han buscado alojamiento durante mucho tiempo. Durante la década de 1980 los contactos se multiplicaron. Sin embargo, también es el momento en que la cuestión de la Iglesia clandestina vuelve a ocupar el primer plano con el inicio de la renovación religiosa de China. En este contexto, Juan Pablo II, para evitar la lenta asfixia de una Iglesia clandestina cuyo clero no ha sido reemplazado, autoriza a los obispos de la Iglesia clandestina a proceder por iniciativa propia a las consagraciones episcopales, ratificadas después del acontecimiento por la autoridad pontificia. Esto no impide que Juan Pablo II acepte a veces reconocer a los obispos nombrados por Pekín. Otros obispos de la Iglesia oficial se están regularizando gradualmente caso por caso, lo que ilustra uno de los activos del papado: sigue siendo la única fuente que puede conferir verdadera legitimidad, incluso para los obispos patrióticos, que están obligados a venir y buscar su bendición.

Finalmente, se llevaron a cabo negociaciones con las autoridades chinas desde 1996 con la visita a Pekín del obispo Claudio Celli, a tal punto que en el año 2000, un acuerdo muy cercano al firmado en 2018 parece ya casi finalizado con el apoyo del presidente Jiang Zemin, antes de que finalmente se rompan las negociaciones.

Ante la situación china, el Papado está utilizando tres palancas, que pueden asociarse: el apoyo a la Iglesia clandestina, la reconstrucción de los vínculos con los obispos patrióticos, lo que permite reunir gradualmente a una gran parte de la Iglesia oficial con Roma, y finalmente, la búsqueda de un acuerdo general con Pekín. Pero por su parte, las autoridades chinas, cuando ven que demasiados obispos patriotas se reconcilian con Roma, hacen nuevos nombramientos unilaterales. La situación, por lo tanto, no está resuelta, sobre todo porque las regularizaciones realizadas por el Papado al dejar el campo abierto a la Iglesia clandestina terminan por conducir a situaciones absurdas desde el punto de vista canónico, mientras que puede suceder que en la misma diócesis haya un obispo clandestino y un obispo oficial reconocido por Roma.

Benedicto XVI continúa esta política, con un cambio de rumbo. Escribió una importante carta sobre la cuestión china en 2007, que ha servido de marco para la acción hasta la fecha. En esta carta, Benedicto XVI hace un llamamiento a renovar los lazos con la República Popular China, recordando al mismo tiempo que la idea de una Iglesia basada en los principios de independencia, autonomía y autogestión es inadmisible según el derecho canónico. La carta también señala el caso del pequeño número de obispos que aún no se han reconciliado, y recuerda que, aunque sean ilegítimos, los sacramentos que administran son válidos, ya que han sido administrados por la Iglesia.

Por último, el Papa pide que se ponga fin a las consagraciones episcopales clandestinas sobre el terreno autorizadas por su predecesor: el riesgo es que se multipliquen sin control y compliquen la situación. Sin embargo, una vez más, el Papado y la República Popular China parecen estar a punto de concluir un acuerdo en 2010 cercano al de 2018, mientras que hasta 2009 las negociaciones fueron dirigidas por el futuro Secretario de Estado del Papa Francisco, Pietro Parolin.

Pero, otro ejemplo de las ambigüedades sobre el terreno, el del nombramiento en 2012 de Taddeo Ma Daquin como obispo auxiliar de Shanghai, de acuerdo entre Roma y Pekín: el día de su consagración, el nuevo obispo anuncia su dimisión de la Asociación Patriótica. Fue detenido el mismo día y, a pesar de su reintegración en la Iglesia patriótica a petición suya en 2015, sigue bajo arresto domiciliario hasta el día de hoy.

Mientras tanto, el fracaso de las negociaciones demuestra una vez más las dificultades que siguen existiendo para dar el último paso. El reconocimiento del Vaticano a través de un acuerdo puede crear descontento dentro del Partido Comunista Chino. Pero por otro lado, el Vaticano también debe superar muchas resistencias vinculadas a la naturaleza del régimen chino.

Sin embargo, la situación de la Iglesia clandestina y los caprichos de las relaciones de Pekín con el Vaticano no son una explicación suficiente para esta limitada renovación del catolicismo en China. Después de todo, las iglesias protestantes son perseguidas por igual y tal vez más, mientras que los católicos clandestinos también pueden abrir verdaderas iglesias y desarrollar sus comunidades, incluso si todavía están sujetos al riesgo de un cambio repentino de actitud por parte de las autoridades locales. Sin embargo, las iglesias protestantes también pueden beneficiarse de su trabajo en red y de la flexibilidad de su organización en el campo. A cambio, la originalidad del modelo católico es poder contar con un aparato de Estado, el Vaticano, que despliega una diplomacia y una estructura eclesial a escala mundial; pero este funcionamiento se convierte en una desventaja a partir del momento en que Pekín rechaza cualquier acuerdo y trata precisamente de romper ese vínculo.

El desarrollo del catolicismo en China también se ve obstaculizado por la situación general de la Iglesia católica y sus dificultades en su corazón europeo. Frente a un crecimiento de las iglesias protestantes que refleja la capacidad de movilización económica de las iglesias estadounidenses, el catolicismo ya está luchando por mantenerse en Europa, mientras que las donaciones y la financiación siguen disminuyendo. La Iglesia Católica Americana, que cuenta con recursos financieros más sustanciales, es absorbida por sus propias necesidades y debe dedicar parte de sus ingresos a apoyar al catolicismo europeo y al aparato estatal romano. Pero lo que es aún más importante, el catolicismo en China está sufriendo indudablemente la erosión de Europa como modelo cultural o político, particularmente en el sudeste asiático. Si la misión católica está animada por grandes órdenes cargadas de historia y con una reconocida excelencia cultural, como los jesuitas, la realidad es que esta excelencia intelectual está menos de moda que un auge de las iglesias protestantes vinculado a la fascinación por el éxito económico estadounidense.

Frente al poder de Estados Unidos, el centro del mundo que atrae al mismo tiempo que es percibido como un rival, Europa puede fascinar por su sofisticación, atraer a los turistas (incluidos, por supuesto, los museos del Vaticano y la Capilla Sixtina) y conseguir exhibir la experiencia de la marca, pero lucha en el sudeste asiático más que en ningún otro lugar por tener un peso político real y aún más por encarnar un modelo para el futuro del siglo XXI. En este sentido, el catolicismo y Europa todavía tienen destinos paralelos, si no vinculados: el borrado de las culturas y naciones europeas, atrapadas en una globalización de matriz americana e incapaces de definir una voz singular que pueda ser escuchada en Asia, se refleja en el del catolicismo.

El hecho de que Hong Kong sea el centro de la presencia católica en el mundo chino también contribuye a este problema. El catolicismo no sólo está bien establecido, sino también muy bien representado entre las élites del territorio, gracias al papel de su sistema educativo. Sin embargo, Hong Kong sigue marcada por su historia británica y su sistema político específico, que también forma parte de la mundialización anglófona. De hecho, las comunidades católicas de Hong Kong son tan activas como los protestantes en mantener la especificidad del territorio y en desafiar a las autoridades de Pekín. Muchos católicos participaron en las manifestaciones de 2014, comenzando con el Cardenal Arzobispo Emérito Joseph Zen, un compromiso que se refleja en las protestas de 2019, a las que volveremos más adelante.

Por lo tanto, no es una coincidencia que el catolicismo de Hong Kong esté en el centro de la campaña para disuadir al Papa Francisco de firmar un acuerdo con Pekín. La reanudación de las negociaciones para un acuerdo fue una de las primeras prioridades del nuevo Papa, llamando a Pietro Parolin a convertirse en su Secretario de Estado. Una vez más, las negociaciones parecen estar avanzando en 2016 y 2017, pero no tienen éxito. Sin embargo, cuando la perspectiva de un acuerdo se hizo más clara a principios de 2018, se organizó un verdadero frente de rechazo con la llegada a Roma del Cardenal Zen, quien entregó al Papa una carta de advertencia contra el acuerdo. Además, a su regreso, el cardenal hizo públicas sus críticas. El clero católico de Hong Kong se está movilizando para escribir una carta abierta al Papa Francisco condenando el acuerdo.

A través de las declaraciones de los periodistas cercanos, el Papa Francisco y su entorno quieren salir de la confrontación directa con Pekín en la que se han comprometido las Iglesias protestantes. En mayo de 2018 Gianni Valente explicó que la represión de Hebei se dirigió en primer lugar contra los movimientos sectarios extremistas y las megaiglesias de estilo estadounidense, aunque finalmente también se dirigió contra las iglesias católicas. De hecho, las campañas de destrucción se dirigen a las megaiglesias, que son particularmente visibles, aunque es fácil reconocer que el pasado y el discurso general de las autoridades comunistas garantizan que no tienen demasiados escrúpulos sobre la destrucción de las iglesias católicas. En su artículo, Gianni Valente propone, en cambio, intentar construir un enfoque positivo y mostrar a Pekín que las iglesias católicas son, de hecho, una represa contra el extremismo que le preocupa.

Los acuerdos de 2018 ilustran claramente a este respecto la voluntad del Papa Francisco de retomar el control, reavivando un modelo tradicional de entendimiento entre el Papa y los Estados, incluso cuando las relaciones son difíciles. A pesar de toda la originalidad extraeuropea de un Papa argentino, se trata en efecto de reafirmar un modelo misionero católico que siempre ha dado paso a una parte de la negociación diplomática. Sin embargo, cabe destacar que después de tantas vacilaciones, Pekín ha decidido dar el paso; el Vaticano ya no es una potencia considerada irremediablemente hostil y de poca importancia estratégica.

https://www.diploweb.com/Chine-et-Vatican-l-amorce-d-une-nouvelle-relation-strategique.html

El ‘opio del pueblo’ forma parte de la mundialización y de la influencia del imperialismo en China

70 años del surgimiento de la República Popular de China (6)
Thomas Tanase

La
política de las autoridades chinas hacia las religiones es comprensible
a la luz de esta transformación más general de la sociedad china hacia
un mundo urbano y consumista. Los numerosos problemas que plantea a las
autoridades son bien conocidos. Además de los desequilibrios económicos,
existe también el problema que las autoridades de los “pequeños
emperadores” toman muy en serio: la generación de un solo hijo ha
producido jóvenes adultos a menudo malcriados, poco sensibles al
espíritu de sacrificio socialista, pero, sobre todo, obligados a
encontrar un lugar en una sociedad en la que la tasa de crecimiento está
empezando a disminuir. Esta situación no deja de repetir lo que está
ocurriendo en otros países desarrollados, en particular en Europa,
prueba de que China está bien conectada con el resto del mundo, y ahora
plantea cuestiones comunes. La otra consecuencia de este crecimiento es
la diversificación general de la sociedad china, de la que el
crecimiento religioso es otro aspecto, que a veces puede solaparse con
los retos que puedan existir, especialmente entre los jóvenes.

El
Partido Comunista Chino ha demostrado sistemáticamente su capacidad de
adaptación desde Deng Xiaoping, y de acompañar los cambios de la
sociedad china sin renunciar a controlarla si es necesario con métodos
autoritarios. En los últimos setenta años, el Partido Comunista ha
logrado dar forma a una visión del mundo y crear un consenso masivo,
además de ser un sistema de poder muy eficaz. Pero ahora se enfrenta a
una nueva situación, a la que Xi Jinping debe enfrentarse, tras haber
afirmado desde su toma de posesión en 2013 su voluntad de defender el
poder chino, de canalizar la diversidad de la población y, sobre todo,
de evitar las revueltas.

Más que nunca, el deseo de las
autoridades es evitar un escenario al estilo soviético, que se traduce
primero en una batalla contra el “nihilismo histórico” que habría ganado
la sociedad soviética en los años ochenta, perdiendo la fe en el modelo
comunista y en la autoridad del partido, motivo de la caída en 1991. La
política de Xi es, por lo tanto, reafirmar una ideología capaz de
reunir en una síntesis común nacionalista y comunista. En este contexto,
Xi Jinping pudo evocar, desde el momento en que llegó al poder, la
utilidad de las religiones, con sus valores morales, que permitirían
combatir el egoísmo que se había hecho demasiado presente en la
sociedad, siempre y cuando se mantuvieran en un marco patriótico.

Sin
embargo, esta apreciación moderada del hecho religioso significa sobre
todo que, puesto que su desarrollo es inevitable en una sociedad cada
vez más diversa, debe ser tomada en consideración y controlada para
evitar que se convierta en un fermento de desorden. Además, las
autoridades chinas tienen perfectamente en mente el precedente de
Solidarnosc en Polonia, es decir, un movimiento obrero católico apoyado
por el Papa Juan Pablo II, que fue el primer gran elemento de
desestabilización que llevó a la caída de la URSS, con los mujahidines
afganos, promovidos a “luchadores por la libertad” por el gobierno de
Reagan.

El control de las autoridades tiene un contenido muy
concreto. En 2015 Xi Jinping lanzó la consigna de una necesaria
“chinificación” de las religiones, retomada y desarrollada por el XIX
Congreso del Partido Comunista Chino en octubre de 2017. Por lo tanto,
se hace hincapié en la “chinificación” de canciones, música,
representaciones o en la “chinificación” de edificios y la adopción de
una arquitectura de acuerdo con las tradiciones chinas. En principio,
este enfoque puede ser una oportunidad para experimentos interesantes,
totalmente en línea con la idea de una necesaria inculturación del
cristianismo. Pero en la práctica, esto también significa evitar exhibir
signos religiosos en espacios públicos: las cruces sobre edificios
religiosos deben ser prohibidas. De modo que la “chinificación”
eventualmente resulta en una nueva batalla alrededor de los edificios
religiosos.

De hecho, los lugares de culto cristianos se han
multiplicado, a menudo de forma incontrolada o incluso ilegal, mientras
que China se ha visto envuelta en una fiebre de construcción de
megaiglesias al estilo americano. Sin embargo, la multiplicación de
estos edificios, acompañada de sus signos religiosos, a veces
particularmente visibles (como las cruces que dan a las cúpulas), es el
signo a los ojos de todos de la reaparición de lo religioso, capaz de
revertir el espacio público. Desafía una estrategia de marginación,
limitando la práctica religiosa a la práctica privada y cerrada, lo que
la haría invisible e incapaz de atraer a los fieles. Las campañas de
destrucción de símbolos religiosos y a veces de iglesias, que afectan
tanto a los protestantes como a los católicos, han aumentado en los
últimos años, con distinta intensidad y modalidades en las distintas
regiones.

Lo que a veces puede convertirse en una fiebre de
destrucción iconoclasta multiplica los conflictos, especialmente en el
caso de muchos edificios clandestinos, lo que puede acabar en
detenciones y persecuciones. Además de la bandera roja en la entrada,
las iglesias tendrán que exhibir ocasionalmente reglas de orden público:
no se permite la entrada a los menores. En efecto, las prohibiciones de
este tipo se multiplican localmente, al igual que las prohibiciones de
participación de los menores en el catecismo, con la idea de que aquí es
donde se juega el futuro. A cambio, estas prácticas de control
autoritario de los grupos religiosos son denunciadas regularmente por el
Departamento de Estado estadounidense o por las principales ONG y por
la movilización de los medios de comunicación.

Sin embargo, la
cuestión del cristianismo no es la única cuestión religiosa que preocupa
a las autoridades chinas. La cuestión del Tíbet es recurrente, mientras
que el Dalai Lama sigue siendo una figura popular en Occidente. El
movimiento Falun Gong, fundado en China en 1992, puede haber parecido
estar reviviendo prácticas ancestrales, aunque también tiene un parecido
familiar con los movimientos de la “nueva era” de la época. De hecho,
su fundador, Li Hongzhi, pronto se abrió camino en los países
occidentales, estando cada vez menos presente en China antes de
establecerse definitivamente en Estados Unidos en 1998. Al mismo tiempo,
el movimiento se ha estructurado como una organización de masas y ha
pedido su legalización. Las autoridades comunistas decidieron en 1999
reaccionar con una prohibición, realizando numerosas detenciones y
persecuciones.

Por último, la inclusión de la República Popular
en el mundo globalizado plantea un último problema a las autoridades
chinas: el del islam. Sin embargo, los musulmanes en China,
principalmente alrededor de 11 millones de hui (chinos musulmanes) y 10
millones de uigures, están inscritos en su propio espacio e historia,
lejos de la península arábiga. La población uigur de Xinjiang, cercana a
las demás poblaciones de habla turca de Asia Central en las antiguas
repúblicas soviéticas, se considera generalmente muy secularizada.
Además, no hay un aumento significativo de la población musulmana entre
la población han (china), que sigue estando lejos de estas cuestiones.
El principal problema para Pekín es el aumento de las demandas
nacionalistas uigures, que se hicieron particularmente visibles con los
disturbios antichinos de Urumqi de 2009. Deben mucho a la llegada masiva
de chinos, que a finales de los años setenta estaban casi ausentes de
la región. A partir de ahora, están casi a la par de los uigures
(oficialmente el 40 por ciento de los han -pero en 1949 eran sólo menos
del 5 por ciento-, contra el 45 por ciento de los uigures, pero el 60
por ciento si añadimos los otros grupos étnicos musulmanes: kazajos,
kirguises, hui). Sin embargo, dominan completamente los ámbitos
económico y político, mientras que los uigures están marginados.

Los uigures están sujetos a las mismas influencias que funcionan en las
antiguas repúblicas soviéticas, algunas de las cuales se han vuelto
porosas para las redes islamistas, exportando el modelo de un islam más
radical y puritano que el de las tradiciones locales, y a veces incluso
salafistas. Estas redes también han podido aprovechar el colapso de
Afganistán y el debilitamiento de las autoridades locales para
desarrollarse y expandirse a través de la frontera en Xinjiang, con el
surgimiento del Partido Islámico de Turkestán Oriental (ETIP), una
organización independentista uigur.

Las reivindicaciones de
identidad islamista pueden, por tanto, apoyar el discurso nacionalista
uigur, alimentado por la construcción de mezquitas, el desarrollo de
prácticas halal y la islamización del espacio público (con inscripciones
en el alfabeto árabe). Más que en el caso de los edificios cristianos,
la República Popular China está comprometida con la “halalización” del
espacio público, lo que también resulta en la destrucción de muchos
símbolos religiosos y edificios de culto. Además de la campaña de
“rectificación” en Xinjiang, en la que se destruyeron varios miles de
mezquitas, también hay una campaña más original para promover la venta
de alcohol y cigarrillos.

La cuestión religiosa sitúa a la
República Popular China en una geopolítica mundial, lo que acaba por
ponerla en conflicto con Estados Unidos o la Unión Europea. Su política
religiosa puede ser condenada y utilizada para movilizar a las
poblaciones occidentales en caso de disputa. Pero más profundamente, el
desarrollo religioso plantea en realidad la cuestión de la
transformación de la sociedad china: la integración en la mundialización
no es sólo económica y, en última instancia, también termina por
occidentalizar las mentes
.

A cambio, la cuestión religiosa es
otro punto que puede acercar a Pekín y Moscú, que en algunos aspectos se
enfrentan a los mismos problemas. Moscú también mira con gran sospecha a
los movimientos religiosos de Estados Unidos y es denunciado
regularmente por las autoridades estadounidenses por su política hacia
un movimiento como el de los Testigos de Jehová. Rusia también tiene una
gran población musulmana con su propia historia y tradiciones
específicas: debe luchar a nivel nacional contra los movimientos
salafistas y yihadistas, por no hablar de Chechenia, que sigue siendo un
territorio especial. Al igual que Pekín, Moscú está particularmente
atento a lo que está ocurriendo en Asia central. El factor religioso,
que se menciona con menos frecuencia, también está acercando a Rusia y
China. Sin embargo, en este contexto general, en el que la República
Popular China se está convirtiendo en un punto central de una
geopolítica religiosa a gran escala, el Vaticano finalmente ha quedado
relativamente atrás: sufre de la debilidad del catolicismo chino, lo que
hace que el entendimiento con las autoridades de la República Popular
sea aún más importante.

https://www.diploweb.com/Chine-et-Vatican-l-amorce-d-une-nouvelle-relation-strategique.html

Falun Gong: el imperialismo también sabe aprovechar el servilismo de una secta de lunáticos

Falun Gong es una secta china que, según el diario ABC, tiene 70 millones de fieles (1). Fue fundada en China por Li Hongzhi, que se considera a sí mismo un ser superior. Mezcla un poco de Taoísmo y budismo con política reaccionaria y un fuerte anticomunismo. El “ser superior” asegura que los extraterrestres caminan sobre la Tierra y que puede atravesar las paredes y hacerse invisible.

En 1999 la secta intentó un asalto al poder político en China y al año siguiente a Amnistía Internacional le faltó tiempo para denunciar la represión que sufren las personas en China a causa de sus creencias.

El gobierno disolvió la secta porque obligaba a sus partidarios a no utilizar terapias médicas. Li Hongzhi y algunos de sus discípulos se trasladaron a Estados Unidos, donde el gobierno estadounidense la utiliza para presionar a China. Las instituciones y empresas relacionadas con Falun Gong son financiadas abiertamente con dinero público de Washington.

Uno de los principales medios de comunicación del tinglado es el Epoch Times, que tiene una edición en castellano, donde se pueden leer artículos apasionantes sobre la manera en que el espectro del comunismo dirige el mundo actual (2). Además en España la secta tiene una Asociación de Estudios con sitio propio (3) que puso una querella contra China por el genocidio cometido en Tibet (4).

Epoch Times tiene su sede en Nueva York y es un vehículo de propaganda furibunda a favor de Trump. Ha gastado más de 1,5 millones de dólares en unos 11.000 anuncios a favor del Presidente de Estados Unidos en los últimos seis meses, más que cualquier otra organización fuera de la propia campaña de Trump y más que de lo que la mayoría de los candidatos demócratas han gastado en sus propias campañas presidenciales.

En abril, el punto álgido de su gasto publicitario, los vídeos del grupo Epoch Media, que incluye The Epoch Times y el canal de televisión digital NTD (New Tang Dynasty), fueron visitados unas 3.000 millones de veces en Facebook, YouTube y Twitter, situándose en el puesto número 11 entre los creadores de vídeo de todas las plataformas y por delante de otros editores tradicionales.

Falun Gong es un ariete dirigido contra China. El gobierno de Bush lo utilizó para ridiculizar al presidente chino Hu Jintao durante su visita a Washington en 2006. El punto culminante de aquella desastrosa visita fueron los gritos de la doctora Wang Wenyi, miembro de la secta, en el jardín de la Casa Blanca. El protocolo le había concedido una tarjeta de prensa temporal en nombre del Epoch Times y Wang empezó a vociferar “¡El cielo destruirá a los comunistas chinos!”, “¡Abandona el Partido!”, “10 millones de héroes han abandonado el Partido, ¿cuándo te irás?”

Wang no es periodista sino patóloga en una de las reivindicaciones más delirantes de Falun Gong: el gobierno chino practica la vivisección de los miembros de Falun Gong detenidos en una cárcel de Shenyang y luego venden sus órganos para realizar trasplantes.

Estados Unidos financia a la secta a través de “Libertad en Internet”, un programa dirigido por la Agencia para los Medios de Comunicación del Mundo (USAGM), anteriormente conocida como la Junta Directiva de la Radiodifusión (BBG). El presupuesto de la USAGM/BBG para 2018 fue de 804 millones de dólares.

Desde el año fiscal 2008 hasta 2010, el Congreso proporcionó unos 50 millones de dólares en fondos para “apoyar a la libertad en internet”. En enero de 2011 el Departamento de Estado entregó casi 20 millones de dólares, una parte de la cual estaba dedicada a la Tecnología de Elusión de la Censura en Internet (ICCT).

Los programas más sofisticados de la ICCT los desarrollan dos empresas estadounidenses, DIT y UltraReach, cuyos fundadores huyeron de China por ser miembros de Falun Gong. La empresa DIT (Tecnología de Internet Dinámica) tiene un único administrador, Bill Xia, miembro de Falun Gong. El sitio web de la DIT admite que sólo tiene cuatro clientes: el Epoch Times, Voice of America (VOA), Radio Free Asia (RFA) y el grupo de propaganda de Derechos Humanos en China (HRIC), con sede en Nueva York y Hong Kong. La VOA y la RFA están financiadas por USAGM (US Agency for World Media)/BBG. El CIIH está financiado por el Fondo Nacional para la Democracia, el Instituto Soros y organizaciones similares.

Inicialmente las aplicaciones estaban diseñadas para permitir a otros adeptos de la secta en China eludir el bloqueo, permitiendo a sus usuarios navegar por la web como si estuvieran en Estados Unidos o cualquier otro país “amigo de internet”.

Sin embargo, el uso de las aplicaciones se extendió a otros países, como Irán, Siria, Egipto, Birmania y Vietnam, e incluso al propio gobierno chino: recientemente Twitter censuró 936 cuentas que utilizaban esas aplicaciones con la excusa de que eran bots de propaganda gubernamental. Lo mismo ha hecho Facebook.

La guerra del imperialismo contra China funciona de esa manera: las redes sociales censuran al gobierno chino y el gobierno chino censura las redes sociales. Por su parte, los censurados, tanto si son gobierno como si son oposición, utilizan los mismos recursos técnicos, o parecidos.

(1) https://www.abc.es/internacional/abci-falun-gong-secta-70-millones-miembros-vetada-china-y-miss-mundo-201512130313_noticia.html
(2) https://es.theepochtimes.com/
(3 https://www.asociacionfalundafa.es/
(4) https://cadenaser.com/ser/2019/03/11/tribunales/1552322800_351810.html

El fascismo es oscurantismo

Juan Manuel Olarieta

Acabamos de darnos cuenta de que en 1945 no acabó el fascismo en Europa, como nos habían asegurado. También nos hemos apercibido muy recientemente de que en 1975 no acabó el fascismo en España, como también nos habían asegurado.

El fascismo ha vuelto a estar en boca de casi todos, aunque de una manera vergonzante, mistificada y adulterada: que si ultraderecha, que si populismo, que si nacionalismo, que si extremismo… Ya no saben qué inventar para no llamar a las cosas por su nombre.

Pero ahora que el fascismo está encima de la mesa, llega la segunda cuestión, que es aún peor que la anterior: ¿qué es el fascismo?, ¿a qué llamamos fascismo?

Hay que poner el énfasis necesario en los conceptos políticos porque si a alguien le duele el oído porque tiene una inflamación (otitis), no puede ir a la consulta del médico para decirle que tiene hemorroides. Sería el mayor perjudicado por su error.

El fascismo tiene varias secuelas políticas e ideológicas, de las cuales algunas son conocidas (racismo, machismo, islamofobia) y otras no tanto. El oscurantismo es una de las menos conocidas e históricamente está relacionado con las religiones: las religiones propagan el oscurantismo.

Por eso algunos creen que los ateos se libran del oscurantismo, cuando en realidad aborrecen tanto a las religiones, así, en general, que se han desentendido de ellas, dicen que todas son iguales… Aquí impera también la regla máxima de la dialéctica materialista: es imposible luchar contra algo que se ignora; no se puede ser ateo sin conocer lo que son las religiones porque el ateísmo es la ciencia que las estudia.

Como cualquier otra ideología, las religiones son una expresión mitificada de las clases y la lucha de clases. Hasta el siglo XVII la religión y sus aditivos (la ética, la moral) eran lo que hoy calificamos como “política” o al revés: la política era una (parte de la) religión. Al cambiar su sustrato material, social e histórico, cambian también las ideologías, las religiones y las políticas.

En Europa la religión la han configurado las múltiples corrientes cristianas, especialmente el catolicismo, dirigido desde Roma. De manera simétrica y paradógica, en el Renacimiento la lucha contra el dominio ideológico de la Iglesia católica retrocedió a los tiempos previos en que no ejercía ese dominio, es decir, a la Antigüedad clásica, a Grecia y Roma. Así se acuñó la expresión “civilización grecorromana”, que tenía tintes ateos, o por lo menos laicos.

En el siglo XIX el vocabulario cambia y se introduce otra expresión (“civilización judeo-cristiana”) que desde 1948 triunfa por la asociación del sionismo con el imperialismo, unida a esa “mala conciencia” que persigue a Europa, que no sabe digerir y que en la posguerra transporta un desastre, los campos de concentración, de un sitio (Europa) a otro (Oriente Medio).

Por si aún no se habían enterado, se lo volveré a contar otra vez: la Segunda Guerra Mundial fue una lucha de los nazis (los malos) contra los judíos (los buenos), injustamente masacrados hasta un punto para el que no hay palabras truculentas suficientes; no basta decir matanza, ni masacre, ni genocidio: hay que decir exactamente Holocausto (y ponerlo con mayúsculas).

Las ideologías no escapan a la magia de la palabras, como abracadabra y los conjuros, y todo para justificar una de la políticas imperialistas con más repercusiones desde el final de la Segunda Guerra Mundial, como es la creación del Estado de Israel y el atosigante despliegue de excusas y justificaciones que ha supuesto. No hay más que leer los repetitivos documentales de bodrios televisivos como el “Canal Historia”.

Pues bien, la expresión “civilización judeo-cristiana” quiere decir que, en contra de lo que ocurrió hasta 1948, durante 20 siglos, los cristianos y los judíos tenemos unas raíces comunes, y no voy a entrar ahora a explicar la importancia que para las sociedades actuales tiene el conocer dónde están sus raíces, su terruño y su patria chica.

En otras palabras: para lavar nuestra “mala conciencia” los cristianos debemos reconocer que no hemos estado siempre enfrentados a los judíos; no les podemos reprochar cada día que mataran a Cristo porque nuestras raíces son las mismas. Los judíos no son un pueblo “deicida” sino todo lo contrario: un pueblo oprimido y perseguido. Nosotros tenemos algo de judíos y, por lo tanto, Israel también es nuestra “Tierra Prometida”.

A partir de aquí es como en Euskadi: del mismo modo que todos los vascos somos creyentes (“euskaldun fededun”), o sea, católicos de pura cepa (mucho más que los españoles), los judíos son todos sionistas. Por eso ayer el Parlamento alemán dictaminó que la campaña BDS (Boicot, Desinversiones, Sanciones) contra el Estado de Israel es “antisemita” y prontó será prohibida como una expresión de “odio”, que es el abracadabra hipermoderno de los fiscales y los jueces para hablar y tapar la boca a los demás.

Luego, si los católicos y los cristianos tenemos las mismas raíces que los judíos, también debemos ser sionistas y defender el Estado de Israel, que es el Templo de Salomón, nada menos.

A las sociedades europeas y a buena parte del mundo se le ha hecho creer desde 1948 que las sociedades cristianas somos más cercanas al judaísmo que al islam, para lo cual hay que falsificar u olvidar todos los textos religiosos, desde la Torá hasta el Corán.

Hay, sin embargo, algo mucho más importante que falsificar los textos religiosos, lo que se ha hecho muy frecuentemente, que es falsificar la historia. Las religiones cristianas, y muy especialmente, la católica, se han desarrollado en oposición y lucha contra el judaísmo, no sólo ideológicamente sino físicamente, hasta el punto de llegar a la persecución y deportación en masa. El antisemitismo es un legado que los católicos transmitieron a los nazis.

A partir de 1948 el imperialismo ha vuelto a trucar la historia, que es la tarea favorita de los académicos y universitarios estadounidenses, que han sustituido el ancestral odio a los judíos por el moderno odio a los musulmanes, todo ello acompañado de una catarata de estudios, investigaciones y libros estúpidos que pueblan las bibliotecas del mundo entero, convocan seminarios, conferencias, debates…

La capacidad ideológica que tienen los imperialistas para darle la vuelta a la tortilla por completo es, pues, inaudita. Pero si eso no es posible, son capaces de confundir, enredar y lanzar cortinas de humo continuas para distraer la atención.

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