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Encuentro en Londres

150 años de la fundación de la Primera Internacional (2)

Transcurrió casi un año antes de que los obreros de París llevaran a cabo una respuesta al mensaje londinense. Se eligió una delegación especial para llevarlo a Londres y, para recibir a esta delegación, se organizó una asamblea el 28 de septiembre de 1864 en la sala Saint-Martin, en el centro de la ciudad. Presidía Beesly. La sala estaba llena. Primeramente, Odger leyó el mensaje de los obreros ingleses. El mensaje de los franceses fue leído por Tolain. Entre otras cosas, declaraba:

«Progreso universal, división del trabajo, libertad de comercio, he aquí los tres factores que deben fijar nuestra atención, dado que son capaces de transformar radicalmente la vida económica de la sociedad. Obligados por la fuerza de las cosas y por las necesidades de este tiempo, los capitalistas han formado poderosas uniones financieras e industriales. Si no adoptamos medidas de defensa seremos aplastados despiadadamente. Nosotros, obreros de todos los países, debernos unirnos y oponer una barrera infranqueable al orden de cosas existente, que amenaza con dividir a la humanidad en una masa de hombres hambrientos y furiosos, por una parte, y, por la otra, en una oligarquía de reyes de las finanzas y magnates satisfechos. Ayudémonos los unos a los otros para lograr nuestro objetivo».

Los obreros franceses habían llevado incluso un proyecto de asociación. En Londres debía formarse una comisión central compuesta por representantes de todos los países, y, en las principales ciudades de Europa, subcomisiones relacionadas con esta comisión central, que sometería a su examen todas las cuestiones. El organismo central debía establecer el resultado de la discusión. Para la determinación definitiva de la forma de la organización, se convocaría un congreso internacional en Bélgica.

Marx no intervino en la preparación de esta reunión. La jornada del 28 de septiembre de 1864 se debió a los propios obreros. Sin embargo, en ese día memorable, asistió a la asamblea porque Cremer le invitó a participar con la siguiente nota: «Al señor Marx: Señor, el Comité de organización del mitin os ruega respetuosamente que asistáis a él. Presentando esta nota podréis entrar en la sala en que, a las siete y media, se reunirá el Comité. Vuestro servidor, Cremer».

Es significativo que Cremer invitara a Marx y no a otros muchos emigrados residentes en Londres, que mantenían relaciones más estrechas con los franceses e ingleses. Marx fue elegido para el Comité de la futura organización internacional por el papel que desempeñaba la sociedad obrera alemana, cuyos locales se encontraban en Londres como lugar de reunión de obreros de distintas nacionalidades. Esta sociedad adquirió mayor importancia cuando los propios obreros ingleses comprendieron que era necesario unirse con los alemanes para paliar las consecuencias de la concurrencia con los inmigrantes. De ahí las estrechas relaciones personales con los miembros de la antigua Liga de los Comunistas: Eccarius, Lessner y Pfender. Los dos primeros eran sastres; el tercero, pintor-yesero, trabajaba en la construcción. Todos ellos participaban activamente en el movimiento obrero londinense y conocían a los organizadores del Consejo de Londres de los sindicatos. A través suyo, Cremer y Odger conocieron a Marx, quien, en los momentos de su polémica con Vogt, había renovado sus relaciones con la sociedad obrera alemana.

Marx, por tanto, fue uno de los fundadores de la I Internacional y pronto se convirtió en su principal dirigente ideológico. El Comité elegido en la asamblea del 26 de septiembre no había recibido ninguna directriz. No poseía ni programa, ni estatutos, ni siquiera nombre. En Londres existía ya una sociedad internacional, la «Liga general», que acogió al Comité. En las actas de la primera asamblea de este Comité figuran los nombres de los representantes de esta Liga, que no eran más que respetables burgueses. No propusieron en ningún momento al nuevo Comité el fundar una nueva organización. Algunos de ellos hablaban de fundar una nueva asociación internacional en la cual podrían entrar no solamente los obreros, sino todos cuantos desearan una unión internacional o la mejora de la situación política y económica de la clase trabajadora. Pero a instancias de dos obreros, Eccarius y Vitlock, antiguo cartista este último, se decidió llamar a la nueva organización Asociación Internacional de Trabajadores. Esta propuesta fue apoyada por los ingleses, entre los que se encontraban numerosos cartistas, miembros de la antigua «Sociedad obrera», cuna del partido cartista.

El nombre dado a la nueva sociedad internacional determinó inmediatamente su carácter. Apartó de ella inmediatamente a los burgueses que presidían la «Liga General». El Comité fue invitado a buscar otro local. Consiguió encontrar una pequeña habitación no lejos de la sociedad obrera alemana, en el barrio donde vivían los obreros emigrantes.

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150 años de la fundación de la Primera Internacional (1)

El 28 de septiembre de 1864, hace 150 años, se fundó en Londres la Primera Internacional. Mientras a duras penas el capitalismo se restablecía de la crisis de 1857-1858, otra crisis sin precedentes acechaba, especialmente en la industria algodonera. Se produjeron varios acontecimientos muy importantes.

El primero fue la guerra civil en Estados Unidos por la cuestión de la abolición de la esclavitud, que tuvo consecuencias inesperadas en todo el mundo capitalista. Los Estados sudistas tenían casi monopolizada la producción del algodón, y abastecían a la industria algodonera de todo el mundo. Europa se vio pronto privada de esta materia prima y ocasionó un considerable encarecimiento en la industria textil. Ciertamente, los grandes capitalistas sufrieron menos que los restantes, pero los pequeños y medianos se apresuraron a cerrar sus empresas. Centenares de miles de obreros europeos se encontraron de este modo reducidos a la miseria.

Los gobiernos se limitaron a dar miserables limosnas. Los obreros ingleses organizaron el socorro. La iniciativa la tomó el consejo londinense de los sindicatos. Se constituyó un comité especial. Lo mismo ocurrió en Francia, donde este comité fue dirigido por los representantes del grupo que había organizado la elección de la delegación obrera a la exposición de Londres. Se establecieron relaciones entre ambos comités. De este modo, los obreros ingleses y franceses tuvieron una nueva prueba de los estrechos lazos de interés que existían entre los obreros de diferentes países. La guerra civil en Estados Unidos provocó de este modo una violenta revolución en la vida económica de Europa y golpeó por igual a los obreros ingleses, franceses, alemanes e incluso a los obreros rusos. Este es el motivo de que, en el prólogo al primer tomo de «El capital», Marx escribiera que la guerra de Secesión en el siglo XIX hizo sonar el clarín para la clase obrera, exactamente igual que la guerra de la Independencia de Estados Unidos había sido el clarín para la burguesía francesa de antes de la revolución.

Se produjo entonces otro acontecimiento que interesaba también a los obreros de los diferentes países: la servidumbre acababa de ser abolida en Rusia. Fue necesario realizar una serie de reformas en las restantes ramas de la administración y de la vida económica. Al mismo tiempo, el movimiento revolucionario se reforzaba y planteaba reivindicaciones más radicales. Las regiones fronterizas, comprendida Polonia, entraban en un período de agitación. El gobierno zarista aprovechó la ocasión para acabar de un solo golpe con la sedición exterior e interior. Provocó la insurrección de Polonia y, al mismo tiempo fomentó el patriotismo panruso y reprimió con saña la insurrección polaca.

En Europa occidental, donde el zarismo ruso era odiado por todos, la insurrección polaca provocó muchas simpatías. Diferentes gobiernos, entre otros los gobiernos francés e inglés, dejaron en entera libertad de acción a los defensores de los polacos insurrectos, intentando de este modo dar salida al descontento acumulado entre los obreros. En Francia se organizan una serie de asambleas, así como un comité en cuya dirección estaban Tolain y a Perrachon. En Inglaterra, Cremer y Odger, por los obreros, y el profesor Beesly, por los intelectuales radicales, tomaron la dirección del movimiento en favor de los polacos.

En abril de 1863 convocan en Londres un inmenso mitin presidido por el doctor Beesly y en el cual Cremer pronuncia un discurso en defensa de los polacos. La asamblea adopta una resolución en la cual decide que los obreros franceses e ingleses presionarán sobre sus respectivos gobiernos para conseguir su intervención en favor de Polonia. También deciden organizar un mitin internacional el 22 de julio de 1863 que tuvo lugar en Londres bajo la presidencia de Beesly. Odger y Bremer, en nombre de los obreros ingleses, y Tolain, en nombre de los franceses, tomaron la palabra. Todos demostraron la necesidad de restaurar la independencia de Polonia. Fue el único tema de sus discursos.

Pero al día siguiente se convocó una reunión organizada por el Consejo londinense de los sindicatos, esta vez sin la participación de burgueses. Odger defendió la necesidad de una unión más estrecha entre los obreros ingleses y los del continente. La cuestión estaba planteada en la práctica. Los obreros ingleses sufrían la competencia de los obreros franceses, belgas, y, en particular, de los alemanes. En esta época, la panadería, que ya se encontraba en manos de las grandes empresas, estaba servida prácticamente por obreros alemanes. Numerosos franceses trabajaban en la construcción, en la industria del mueble y en las industrias artísticas. Por este motivo, los sindicalistas ingleses intentaban influir sobre los obreros extranjeros que llegaban a Inglaterra. El modo más fácil de conseguirlo era a través de organizaciones que unieran a los obreros de las distintas nacionalidades.

Se decidió que los obreros ingleses enviarían un mensaje a los franceses. Pero pasaron casi tres meses antes de que este mensaje, escrito principalmente por Odger, se sometiera a la ratificación de los sindicalistas de Londres. La rebelión polaca había sido reprimida con inusitada ferocidad por el gobierno zarista, pero el mensaje casi no se refiere a ello:

«La fraternidad de los pueblos es extremadamente necesaria para los obreros. Dado que cada vez que intentamos mejorar nuestra situación por medio de la reducción de la jornada de trabajo o el aumento de salarios, los capitalistas nos amenazan con contratar a obreros franceses, belgas o alemanes que realizarán nuestro trabajo por un salario inferior. Por desgracia, esta amenaza a veces se lleva a cabo. Ciertamente, la falta no es de nuestros camaradas del continente, sino exclusivamente de la falta de unión regular entre los asalariados de los diferentes países. Sin embargo, es de esperar que pronto finalice esta situación, pues nuestros esfuerzos para conseguir situar a los obreros mal pagados al mismo nivel de los que reciben sueldos más elevados pronto impedirán a los empresarios que se sirvan de una parte de nosotros contra otra parte con el fin de rebajar nuestro nivel de vida, conforme a su espíritu mercantil».

El mensaje fue traducido al francés por el profesor Beesly y no fue enviado a París hasta noviembre de 1863. En París sirvió como base de agitación en los talleres. Pero la respuesta de los obreros franceses se demoró mucho tiempo. En aquel momento se preparaban en París elecciones legislativas que debían tener lugar en marzo de 1864. Con este motivo, un grupo de obreros, entre los que se encontraban Tolain y Perrachon, se habían planteado si debían los obreros presentar sus propios candidatos o limitarse a apoyar a los candidatos burgueses radicales. En otras palabras, si había que separarse de la oposición burguesa e intervenir con una plataforma especial, o ir a remolque de los partidos burgueses. Esta cuestión fue ampliamente discutida a finales de 1863 y comienzos de 1864.

Resolvieron intervenir separadamente y presentar la candidatura de Tolain, un proudhonista de derecha, obrero grabador que en 1871 fue diputado durante la II República y con la Comuna de París se pasó a la reacción y fue expulsado de la Internacional. Al mismo tiempo decidieron exponer los motivos de esta escisión con la burguesía a través de una plataforma especial que, dado el número de los firmantes, recibió el nombre de Manifiesto de los Sesenta.

En su crítica del régimen burgués, este Manifiesto está en la línea del proudhonismo pero, al mismo tiempo, se separa claramente de él en su programa político, preconizando la formación de una organización política independiente de los obreros, y solicita que se proponga la candidatura de los obreros al Parlamento con el fin de poder defender allí los intereses del proletariado.

Proudhon aprobó entusiásticamente este Manifiesto de los Sesenta, escribiendo sobre él un libro titulado «Capacidades políticas de la clase obrera», que se encuentra entre sus mejores obras. Trabajó en él los últimos meses de su vida, pero murió antes de que fuera publicado. Ahí Proudhon reconocía la necesidad para los obreros a disponer de una organización de clase independiente. Aprueba el nuevo programa de los obreros de París, en el cual ve la mejor prueba de la capacidad política de la clase obrera. Aunque mantiene su antigua opinión sobre las huelgas y sobre las asociaciones de ayuda mutua, su libro recuerda su primera obra sobre la propiedad, por su crítica de la sociedad burguesa. Se convirtió en uno de los libros preferidos de los obreros franceses, de modo que, cuando se habla de la influencia del proudhonismo en la época de la I Internacional, no hay que olvidar que se trataba del proudhonismo tal como se había presentado tras la publicación del Manifiesto de los Sesenta.

Fuente: censurada web Antorcha.org
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Los escritos de Marx sobre el colonialismo

Juan Manuel Olarieta

La burguesía nacionalista, especialmente en Latinoamérica, siempre ha deplorado los escritos de Marx y Engels relativos a la colonización, que consideran como un apoyo al expansionismo europeo, un embellecimiento fruto de una supuesta deformación eurocéntrica que llevó a los fundadores del socialismo científico a convertirse en unos vulgares apologistas de las conquistas y el saqueo del Tercer Mundo.

Es típico de la obnubilación patriotera que considera siempre mejor lo autóctono que lo foráneo: aquí estábamos muy bien hasta que desde fuera llegaron los colonos (o los emigrantes). Los males de una nación siempre proceden de fuera. Los extranjeros son tanto peores en cuanto que los nacionalistas son capaces de vestir lo propio con las mejores galas. En el caso de la colonización, las críticas a la rapiña siempre han solapado la verdadera situación previa a la conquista. Los nacionalistas han creado la falsa impresión de que los problemas de la India, por ejemplo, empiezan con la colonización británica. A veces los problemas también acaban con la propia colonización.

Ellos nunca reconocerán la evidente superioridad (tecnológica, económica y militar) de los colonialistas, ni que la relativa facilidad con la que se extendió el colonialismo en todo el mundo fue -en parte- consecuencia de la profunda descomposición de las sociedades locales, que distaban mucho de ser idílicas. Por ejemplo, en el caso de la India, dice Marx, antes de la llegada de los británicos el asesinato era uno de los «ritos religiosos».

Poner de manifiesto esos aspectos no disimula en absoluto los horrores y crímenes en masa que el colonialismo desencadenó en África, Asia y América. Es necesario hacerlo así para comprobar la manera sesgada en que, a diferencia del proletariado, la burguesía expone la historia.

En sus artículos Marx no escribió postales a la manera turística sobre los parajes exóticos de la India. Se interesó por la sociedad y profundizó en su historia anterior, lo cual no está nada mal para un subcontinente que carecía de ella, es decir, de historia, debiendo recordar a la burguesía nacionalista que Marx precisa que se trata de «historia conocida», o sea, que Marx trata de conocer algo desconocido y es de los pocos que en aquella época -lo mismo que en la actualidad- se interesan por ello y no por monumentos de piedra como el Taj Mahal.

Para tratar de reconstruir la historia de la India Marx se remonta a los tiempos en que fue presa de conquistadores extranjeros, como los árabes, los turcos, los tártaros o los mongoles: «Lo que llamamos historia de la India no es más que la historia de los sucesivos invasores que fundaron sus imperios sobre la base pasiva de esa sociedad inmutable que no les ofrecía ninguna resistencia». En la medida en que la dominación no encontraba resistencia, a los conquistadores les interesaba preservar la sociedad tal cual la encontraron, hasta el punto de que los de fuera acabaron siendo asimilados por los de dentro, lo cual Marx califica como una la ley «inmutable» de la historia: «Los conquistadores bárbaros son conquistados por la civilización superior de los pueblos sojuzgados por ellos».

Al llegar los británicos la India estaba envuelta en una guerra interna, «y mientras todos luchaban contra todos irrumpió el conquistador británico y los sometió a todos». Tras la colonización, dice Marx, la India pasó de un «despotismo asiático» a un «despotismo europeo cultivado» que, además, fue «infinitamente más intenso» que el anterior. El despotismo británico, dice Marx, mantuvo «esclavizada» a la India «con ayuda de un ejército hindú sostenido a costa de la misma India», algo que los nacionalistas tampoco suelen reconocer: la colonización es imposible sin la pasividad e incluso el apoyo de una parte -al menos- de la población local y los sectores sociales que la dirigen.

En la época en la que se escribieron los artículos de Marx sobre la India, hacia 1850, resultan extraordinariamente sorprendentes porque no se dirigían al lector europeo, sino al americano, que sólo 60 años antes también había padecido los estragos del colonialismo británico. Salvo los aficionados a la geografía y las exploraciones, nadie conocía (y menos en Nueva York o Chicago) aquel lejano país poblado por nativos sometidos a la esclavitud, férreamente divididos en castas que apaciguaban su rebeldía con ancestrales supersticiones místicas.

Pero el colonialismo británico tuvo un aspecto diferente de todas las conquistas que hasta entonces se habían impuesto en la India: los invasores no fueron absorbidos por la sociedad local, convirtiéndose en «los primeros conquistadores de civilización superior a la hindú» hasta el punto de que, precisamente por ello, «resultaron inmunes a la acción de esta última».

Marx tenía razón: es una verdadera la ley «inmutable» de la historia. Lo mismo que los demás «pueblos sin historia», también la India estaba destinada a convertirse en una «presa fácil» para cualquier agresor que se dignase fijar su atención en el país. Había sido conquistada por los británicos del mismo modo que antes lo había sido por otros pueblos, un fenómeno que no se puede entender de una manera unilateral sino en toda su amplitud, como un proceso contradictorio y paradógico de destrucción y construcción a la vez: «Las páginas de la historia de la dominación inglesa en la India apenas ofrecen algo más que destrucciones. Tras los montones de ruinas a duras penas puede distinguirse su obra regeneradora. Y sin embargo, esa obra ha comenzado».

En contra de lo que afirman los patrioteros, Marx describe con una claridad pasmosa tanto la destrucción de la sociedad tradicional hindú como su contrario, la construcción de otra nueva sociedad sobre las ruinas de la anterior. Si los nacionalistas no estuvieran tan cegados por sus prejuicios de clase, deberían interesarse especialmente por lo que Marx expone al respecto: paradógicamente el colonialismo británico puso (impuso más bien) los cimientos para edificar «la unidad política de la India» y, por consiguiente, para que el país pudiera lograr su independencia. La espada británica -escribió Marx- es la primera condición para la regeneración de la India, que se fortalecerá y perpetuará con aportaciones como el ferrocarril o el telégrafo eléctrico: «El ejército hindú, organizado y entrenado por los sargentos ingleses, es una condición sine qua non para que la India pueda conquistar su independencia y lo único capaz de evitar que el país se convierta en presa del primer conquistador extranjero».

La torpeza de los nacionalistas queda al descubierto sólo con tener en cuenta que Marx aludía a la independencia de la India con un siglo de antelación, algo que parecía impensable a mediados del siglo XIX. Pero hace ya mucho tiempo que la India logró su independencia, y lo realmente sorprendente es que los independentistas sigan sin querer aprender de la historia real y prefieran inventarse otra diferente.

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El primer levantamiento popular contra el fascismo

Juan Manuel Olarieta

El Partido Comunista de Bulgaria fue uno de los primeros que se formó en el mundo y, desde luego, siempre fue uno de los más fuertes, si por tal se entiende que era muy numeroso y con más de 200.000 votantes. En 1922 tenía más de 3.000 concejales, que en un país tan pequeño es una cifra gigantesca.

En junio de 1923 Bulgaria también fue uno de los primeros países en padecer un golpe de Estado fascista que, como el de España, estuvo promovido por altos oficiales del ejército organizados de manera secreta en torno a la Liga Militar. Pero los fascistas no impusieron un régimen de partido único ni suprimieron las elecciones sino que, lo mismo que hoy en España, aprobaron una ley de partidos y cambiaron la ley electoral para dejar fuera a los comunistas y concurrir ellos y sus cómplices bajo denominaciones tales como «concordia democrática», «bloque constitucional» y similares.

Otro de sus rasgos comunes es que, a pesar de que justificaban sus acciones en nombre de la lucha contra el bolchevismo, en realidad la política fascista en Bulgaria también estaba enfilada contra las amplias masas populares, en general, cuyas condiciones de vida después de la Primera Guera Mundial, eran calamitosas.

En fin, lo mismo que en la España de hoy, entonces Bulgaria también era una monarquía fascista, que tras la abdicación de Fernando estaba capitaneada por su hijo Boris III.

Los ataques fascistas contra el PCB empezaron antes del golpe de 1923. Por ejemplo, en 1921 arrasaron con dos locales comunistas. Los grupos de autodefensa del PCB lograron rechazar el primero pero no el segundo, cuando los fascistas quemaron la Casa del Pueblo de Sofia, donde el PCB tenía su sede central. En aquella época el lema de los comandos de autodefensa era «golpe por golpe».

El PCB denunció que la ofensiva fascista preparaba un golpe de Estado y que en el mismo participarían las unidades de guardias blancos del general Wrangel, una parte de las cuales, unos 10.000 mercenarios, se habían replegado a Bulgaria tras ser derrotadas en la guerra civil rusa.

Espontáneamente el golpe de Estado suscitó un levantamiento en armas de cientos de miles de obreros y campesinos por todo el país, que llegó a tomar ciudades parcialmente, como Pleven. El Presidente del gobierno derrocado, Stamboliski, se puso al frente de la resistencia, siendo derrotado después de varios días de combates. Como muchos otros, el propio Stamboliski fue detenido, torturado y finalmente asesinado por los fascistas.

Frente al golpe el PCB adoptó una posición errónea de neutralidad que fue criticada por la Internacional Comunista, lo que los comunistas búlgaros no aceptaron, hasta que en agosto rectificaron, lanzando un llamamiento a la insurrección contra el fascismo, a cuyo fin empezaron los preparativos militares correspondientes: entrenamiento militar, organización de comandos y almacenamiento de explosivos.

Para impedir la insurrección el gobierno fascista empezó a detener en masa a los comunistas, a cerrar sus locales, a prohibir la prensa, los sindicatos y las cooperativas agrarias. Los fascistas no lograron su propósito y la insurrección estalló de manera precipitada.

El gobierno fascista tuvo que recurrir a la ayuda de las grandes potencias imperialistas para que le autorizaran a movilizar tropas contra las masas, lo cual estaba prohibido por el Tratado de Neuilly que había puesto fin a la Primera Guerra Mundial.

El levantamiento antifascista de Bulgaria fue el primero del mundo dirigido contra el fascismo (1), pero el PCB no pudo coordinar bien sus fuerzas, por lo que no estalló de una manera simultánea en todas las regiones. En el noroeste se llegó a formar un poder paralelo obrero y campesino, pero en otras zonas ni siquiera se formó una fuerza guerrillera capaz de atacar al enemigo en su retaguardia. Tampoco se llevó a cabo un trabajo de zapa dentro de las unidades del Ejército, que pudieron mantener su unidad y concentrarse contra los insurrectos.

Fue salvajemente aplastado, cobrándose los fascistas un tributo sanguinario. Según cifras de Dimitrov, más de 5.000 comunistas fueron asesinados, otros 15.000 fueron detenidos y torturados y muchos miles más se tuvieron que exiliar en los países limítrofes, hasta el punto de que ante la avalancha de refugiados Rumanía tuvo que cerrar la frontera. Sobre el país cayó «una negra y sangrienta noche», escribió Dimitrov (2). Ni bajo el yugo otomano Bulgaria conoció una cacería humana de tan vastas proporciones.

El PCB tuvo que pasar a la clandestinidad. Inició «un largo periodo de renovación interior», en palabras de Dimitrov porque «es preferible un fin horrible que un horror sin fin». Llamó a los comunistas a encabezar la lucha armada (3) y con las unidades guerrilleras que lograron replegarse, el PCB formó la OM (Organización Militar). Los comunistas se aprestaban a defenderse contraatacando, a pesar de que las condiciones eran muy difíciles por el clima de terror sembrado por el gobierno.

Una vez aplastada la sublevación, los fascistas convocaron elecciones, las ganaron -como estaba previsto- e ilegalizaron al PCB, que se vio oligado a reestructurar su Organización Militar, poniéndose al frente Jako Dorosiev. La OM se distribuyó en comandos que emprendieron audaces acciones armadas, como la ejecución el 10 de marzo de 1925 del alto dirigente fascista Valcho Ivanov, a la que el gobierno repondió 16 días más tarde con el asesinato de Dorosiev.

Entonces los guerrilleros diseñaron una de sus acciones más audaces. Se trataba de ejecutar al jefe de la policía Vladimir Nacev y preparar una trampa para sus funerales, a los que acudirían el rey y la plana mayor del gobierno, los partidos y el Estado fascista. Una bomba colocada en la catedral de Santa Dominga, en pleno centro de Sofia, daría un golpe contundente al fascismo.

La OM no pudo llevar a cabo la ejecución de Nacev, por lo que tuvieron que cambiar de objetivo, centrándose en el general Konstantin Georgiev, jefe de la Liga Militar fascista, diputado y uno de los cabecillas del golpe de Estado de 1923. Un guerrillero, Atanas Todovitchin, le disparó mortalmente cuando acudía a misa el 14 de abril de 1925.

Dos días después, jueves santo, se celebró su funeral en la catedral de Santa Dominga, donde la guerrilla había dispuesto 25 kilos de explosivos para que explotaran cuando la plana mayor del Estado fascista estuviera allí congregada. A las 15:20 de la tarde una brutal explosión desplomó la cúpula de la catedral sobre los asistentes, matando a 128 de ellos e hiriendo gravemente a cerca de 500 políticos fascistas, oficiales del ejército y grandes capitalistas.

El rey Boris III salvó su vida porque llegó tarde a la ceremonia fúnebre. Regresaba de otro funeral por otro atentado ocurrido el día anterior contra él en las montañas de Stara Planina. En la acción habían muerto dos personas muy cercanas. En aquella época Bulgaria vivía bajo el fascismo, que es tanto como decir: en medio de un funeral permanente. Durante las dos semanas siguientes la policía detuvo a 3.194 personas, de las que 1.182 fueron acusadas y 268 condenadas a muerte. Otras 450 personas fueron asesinadas sin condena judicial previa. En menos de dos años el fascismo había aniquilado a 20.000 obreros y campesinos revolucionarios: «El rasgo más característico del terror búlgaro reside en el exterminio sistemático y organizado de la vaguardia de la clase obrera y de las masas campesinas», escribió Dimitrov (4).

Notas:

(1) Nikifor Gorenski: La lucha del pueblo búlgaro contra el fascismo, Sofia, pg.19.
(2) Dimitrov, Después del levantamiento, Obras Escogidas, tomo I, pg.236.
(3) Dimitrov, Cómo actuar en el futuro, Obras Escogidas, tomo I, pgs.251 y 289.
(3) Dimitrov, La lección búlgara, Obras Escogidas, tomo I, pg.337.

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Memoria Histórica

El primer ciudadano del Tercer Mundo

Henri Curiel nació en El Cairo en 1914, cuando las primeras balas de la Guerra Mundial empezaban a silbar. Su cuna fue la de una familia de usureros y banqueros judíos de origen español (sefardí) que llegaron al país en 1800 formando parte de la retaguardia del ejército napoleónico que invadió Egipto, en aquella época una colonia británica.Cuando los egipcios no iban al colegio, los hijos de los colonialistas, como Curiel, aprendían que Egipto se había acabado con los faraones dos mil años antes. Luego llegó el vacío y el silencio, como si las dunas se hubieran tragado al país entero. Si Egipto era un país, en él la familia Curiel eran extrajeros. ¿Egipcios? ¿Árabes? ¿Palestinos? ¿Nubios? ¿Judíos? ¿Que era todo eso? Fuera lo que fuera, era algo que no se aprendía ni en la familia, ni en la escuela, sino en otros lugares, hablando con otras personas, como las que forman parte del servicio doméstico: cocineros, nodrizas, jardineros, amas de llaves, mayordomos, guardeses… El proletariado es para la burguesía una fuente de información, de conocimientos, la que le pone en contacto con el mundo real.

Así le ocurrió al joven Curiel con Rosette Aladjem, la enfermera de la casa, una mujer árabe que le muestra las condiciones de vida de los campesinos del delta del Nilo, incluidos los que trabajan en condiciones miserables en las tierras de su padre. Fue el principio del matrimonio entre un judío y una árabe que se prolongó hasta la muerte de Curiel.

Desde muy joven Curiel supo el origen de su fortuna familiar y de un nivel de vida de lujo que le situaba fuera del mundo real, pero, ¿cómo sublevarse contra un padre ciego, por explotador que fuera? No era un problema personal sino de clase. En Egipto una mula era más costosa que un obrero de las fábricas de algodón que su familia poseía, apenas niños entre 7 y 13 años de edad cuyos pulmones se llenaban cada día con el polvo sofocante de los telares. Como máximo un niño obrero sólo duraba un año en su puesto de trabajo antes de contraer la tuberculosis, o la malaria, o cualquier otra enfermedad que le llevaría a la tumba fulminantemente.

Henri fue de esos comunistas que no pudo escoger su origen de clase, pero sí el destino que quiso para sí mismo y para los suyos, el de aquellos cuya causa había abrazado para siempre. Esa es la única libertad, la de verdad, la que se puede elegir. Por eso desde muy joven Curiel se incorporó a las filas del comunismo, convirtiéndose en uno de los más importantes faros del movimiento anticolonialista de Oriente Medio.

Cuando en setiembre de 1939 estalló la II Guerra Mundial, fundó la Unión Democrática para promover la lucha contra el fascismo. Junto con su hermano Raoul trató de incorporarse al ejército francés de De Gaulle. Entonces Rommel asediaba Egipto y mientras la comunidad judía huyó hacia Jerusalén, Curiel se quedó dentro del país para hacer frente a los tanques del Afrikakorps. Sin embargo, la policía le detuvo e ingresó en prisión por primera vez.

Frente al colonialismo británico muchos egipcios se habían arrojado en los brazos del III Reich, como otros tantos en los países de Oriente Medio. Los independentistas se alían hasta con el diablo. Es pura dialéctica, la negación de la negación. «El enemigo de mi enemigo se convierte en mi amigo». Pero el contraespionaje británico detuvo a la quinta columna egipcia y la envió a prisión, donde coincidieron con Curiel. Tras la previsible victoria nazi, los fascistas y los antifascistas, los judíos y los nazis, iban a servir de moneda de trueque del imperialismo británico. Como siempre.

En la cárcel Curiel se apercibe de la fuerza de la causa anticolonial y, una vez en libertad, al año siguiente funda el Movimiento Egipcio de Liberación Nacional, una organización comunista pionera en la descolonización de Oriente Medio y más allá, hacia las fuentes del Nilo, está las primeras semillas del Partido Comunista de Sudán, un país que entonces formaba parte de Egipto. El Movimiento desempeñó un papel capital en la posguera. Tradujo los textos de Marx, Engels, Lenin y Stalin, publicó folletos, creó escuelas de cuadros políticos y guerrilleros pero sobre todo, convocó las primeras huelgas y manifestaciones masivas que obligaron al colonialismo británico a evacuar las ciudades de Egipto en febrero de 1946.

La situación se complicó hasta el paroxismo con la proclamación del Estado de Israel y las primeras guerras con los palestinos, que dividieron profundamente a las masas según su origen religioso y nacional, a las que habría que sumar las propias querellas intestinas entre los comunistas egipcios. El imperialismo hizo el resto. Divide et impera. No había egipcios sino musulmanes, judíos, sudaneses, nubios, coptos… ¿No se habían convertido los judíos ahora en la nueva quinta columna del país? ¿Quién entendía eso de que el proletariado no tiene patria? ¿Qué es el internacionalismo? No había posibilidad de crear un partido de clase por encima de otras consideraciones (nacionales, religiosas) allá donde algunos sólo podían ser considerados como extranjeros, aunque permanecieran donde siempre habían estado.

En la posguerra a Curiel le encarcelaron varias veces en campos de concentración y finalmente en 1950 el rey Faruk demostró que Marx y Engels tenían razón: el proletariado no tiene patria y a Curiel le privaron de la suya, de su nacionalidad. Se convirtió en uno de esos parias de la Tierra, a los que se puede expulsar de cualquier sitio porque en cualquier sitio el apátrida siempre será un extranjero. No tener nacionalidad es como tenerlas todas. Los verdaderos internacionales son los sin papeles, los que no tienen un pasaporte que mostrar en la aduana, los que no pueden presentarse en ningún sitio. Como tituló el periódico «Le Monde Diplomatique», Curiel fue el primer ciudadano el Tercer Mundo.

De Egipto se tuvo que trasladar a Francia, donde dos años después le sorprendió la llegada de Nasser al poder. Algunos de los «oficiales libres» que encabezaron la revuelta eran el colmo de las paradojas políticas de Oriente Medio. Habían estado muy próximos a Curiel; formaban parte de aquella quinta columna nazi que había conocido en la cárcel en 1942, lo que provocó una nueva confusión, no sólo interna sino internacional. El movimiento comunista denunció el golpe de Estado de Nasser como «fascista».

Ese «fascismo» era un término viejo para una situación nueva, un comodín que servía para no decir nada y no tener que rectificar luego nada tampoco. Ya había sucedido antes con acontecimientos históricos indigestos, como los de Ataturk o Perón, que no venían en el manual de instrucciones que los comunistas siguen arrastrando de mala manera. Tan pronto son lacayos del imperalismo como antimperialistas, o nacionalistas, o populistas, en fin, un amplio surtido de adjetivos para todos los gustos y situaciones que requieran una etiqueta y no comprometan a nada.

Curiel lo tuvo claro, no sólo porque conocía bien a los «oficiales libres» que, como Annuar al Sadat, habían coincidido con él en la cárcel, sino porque otros habían formado parte de su organización. Una mezcla muy extraña, paradógica, llena de contrastes, signo de unos nuevos tiempos, característicos de unos movimientos también nuevos, como son los del Tercer Mundo. Curiel no sólo entendía esa ambigüedad sino que en Francia siempre formó parte integrante de ella porque el manual de instrucciones exige la clarificación de un proceso que está en plena fase de gestación. ¿Será un niño o una niña? Entonces no había ecografías…

En Francia Curiel ni lee un manual de instrucciones, ni habla de oídas sobre el Tercer Mundo: forma parte de él, de todos sus rasgos característicos. Es un precursor de un fenómeno nuevo que estaba a punto de estallar y que marcaría definitivamente la segunda mitad del sigo XX: el fin del colonialismo. Sólo los ambiguos entienden las situaciones ambiguas. Cuando en Francia los comunistas decían que los «oficiales libres» de Nasser eran fascistas, para Curiel se trataba de un movimiento progresista y antimperialista, cualquiera que fuera su pecado original. Acertó y fueron los demás los que tuvieron que rectificar, tarde y mal. Su posición política le costó enfrentarse a los comunistas franceses y a algunos egipcios. En París le tocó ser tan incómodo como en El Cairo. Él siempre supo, además, que el nasserismo suscitaría un amplio apoyo de las masas, no sólo en Egipto sino en el mundo entero. Es el tipo de situaciones que los comunistas nunca deberían descuidar.

A pesar de su nombre, los movimientos de liberación no eran nacionales sino internacionales, y también ese punto está presente en la biografía Curiel, que a partir de 1957 apoya al movimiento independentista argelino, mientras las posiciones de los revisionistas franceses degeneran a pasos agigantados, lo que le conduce a una ruptura abierta con ellos. Como vasos comunicantes, unos se hunden mientras los otros se desarrollan. Pero hay un matiz decisivo que diferencia a Egipto de Argelia y que empeora aún más las cosas para Curiel y para el Partido Comunista reconvertido en «francés»: Argelia forma parte integrante de Francia, de su propio imperio. Tomar parte por la liberación nacional supone convertirse en un traidor a la propia patria… pero sólo para quienes tienen patria.

Como no es el caso de Curiel, se incorpora a la red Jeanson de apoyo al FLN argelino en París, las tripas de la metrópoli. Cuando en 1960 el contraespionaje francés detiene a Francis Jeanson, asume la dirección de la red, al tiempo que organiza el Movimiento anticolonialista francés. Aquel mismo año le detienen, encarcelándole en Fresnes (París) y ordenando su expulsión de Francia, lo que la policía nunca logró ejecutar.

A su salida de la cárcel organiza el grupo clandestino Solidaridad que aglutinó a los refugiados políticos de los países del Tercer Mundo que vivían escondidos en Francia, y otros represaliados, como los antifranquistas españoles, latinoamericanos, portugueses, griegos y sudafricanos. Otro campo de actividades de la organización fue el apoyo a los desertores estadounidenses que se negaban a colaborar en la guerra de Vietnam.

La solidaridad seguía -sigue- siendo el gran proyecto pendiente. El plan de Curiel era parecido a otros de aquella época como la OSPAL (Organización de Solidaridad de los Pueblos de África, Asia y América Latina) surgida en 1957 de la mano del marroquí Mehdi Ben Barka o la Tricontinental del Che Guevara, que se debía inaugurar en 1966 en La Habana. El imperialismo aún no había empezado a tapar sus vergüenzas con las ONG.

De aquella red solidaria formaron parte muchos comunistas habituados al trabajo clandestino desde la época de la Resistencia contra la ocupación nazi de Francia. La red no sólo proporcionaba apoyo sino formación teórica y práctica en organización política, agitación, tácticas de lucha clandestina, tránsito de fronteras, falsificación de documentos de identidad, impresión y transporte de propagada, de fondos…

Algunos de ellos se fueron desligando de las posiciones del Partido Comunista «francés». Otros eran viejos combatientes que procedían de las colonias, como la comunista egipcia Didar Fawzy-Rossano, fallecida en 2011. En su autobiografía, titulada Memorias de una militante comunista (1942-1990), Fawzy-Rossano cuenta que fue Curiel quien la incorporó al comunismo en 1942, junto con su entonces marido Osman, que era oficial del ejército egipcio y participó en el golpe militar nasserista. En 1954 Osman fue nombrado agregado militar de la embajada de Egipto en Moscú. Dos años después Fawzy-Rossano se separó de él y se trasladó a París para fundar el grupo Solidaridad. Fue detenida por la policía francesa pero escapó de prisión y en 1960 logró llegar clandestinamente hasta Argel, ciudad en la que creó un ramal del grupo.

El levantamiento de mayo de 1968 fue como si el movimiento anticolonial rebotara en forma de huelgas en la fábricas y barricadas en el mismo centro de París. Causó un empeoramiento de la situación de una organización clandestina como Solidaridad. La reacción francesa necesitaba contener un movimiento de masas que, lo mismo que en los países vecinos (Irlanda, Italia, Alemania, España) se encaminaba hacia la lucha armada a pasos agigantados, una tendencia que requería poner en marcha todos los resortes sucios del Estado burgués.

Empezando por la prensa. Desde 1976 la prensa francesa fue preparando el asesinato de Curiel con una repugnante campaña orquestada por el periodista Georges Suffert desde la revista «Le Point» bajo un titular sonoro: «El jefe de las redes de ayuda a los terroristas». En la prensa intoxicadora de entonces Curiel fue una especie Bin Laden con el agravante del KGB, es decir, con las peores recomendaciones del momento. Naturalmente la red terrorista internacional (Brigadas Rojas, IRA, Fracción del Ejército Rojo) que Curiel dirigía estaba orquestada desde Moscú.

Las campañas de intoxicación siempre van dialecticamente unidas a la guerra sucia y a las actividades paralelas y parapoliciales del Estado burgués. El contraespionaje francés salió de sus cloacas. El 4 de mayo de 1978 unos pistoleros penetraron en la casa de Curiel en Paris y le asesinaron junto al ascensor de tres disparos percutidos a quemarropa.

No fue un caso aislado. Su asesinato forma parte de otros muchos cometidos en la capital francesa siguiendo el mismo estilo provocador, en el que el contraespionaje francés actúa al unísono con matones de países en los que imperan brutales gobiernos fascistas, como es el caso de la España de la transición. Un año después de Curiel asesinaron en el mismo sitio a Martín Eizaguirre y Fernández Cario, militantes del PCE(r) siguiendo el mismo formato: previa campaña de intoxicación de la prensa franquista, en este caso, de Alfredo Semprún y el diario ABC.

A finales de los setenta del pasado siglo París se había convertido en una ratonera para los revolucionarios que se habían instalado allá huyendo de sus países respectivos, creyendo que Francia seguía siendo la cuna de los derechos humanos, un país de asilo y refugio. En un reciente libro René Gallissot lista la cadena de asesinatos políticos cometidos allá entre 1965 y 1996, que suman un total de 60. No me salen las cuentas; creo que son algunos más…

La investigación del asesinato de Curiel sigue siendo secreto de Estado a fecha de hoy. El Estado se tapa a sí mismo, pero no hay nada que tapar. ¿Como asesinar a alguien tan estrechamente vigilado por la policía francesa? La pregunta desvela la respuesta: quien asesinó a Curiel fue la propia policía francesa.

Tras la mentira, el secreto crea una segunda cortina de humo. A partir de él lo que se convierte en una tarea de investigación periodística es la muerte, no la vida. ¿Quién fue Curiel? ¿Qué fue Curiel? Lo explica Fawzy-Rossano en un documental grabado poco antes de su muerte, cuando le define como un «revolucionario profesional».

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Opinión

Esos perros que ni comen ni dejan comer

Insurgente enlaza un artículo de François Vercammen titulado “Lenin y la cuestión del partido” que remite a la publicación digital trotskista “Sin Permiso” la cual, a su vez, lo ha traducido de la LCR belga (1), un grupo trotskista. Por su parte, Vercammen fue un dirigente de la IV Internacional trotskista.

El artículo no es ninguna novedad, ya que se publicó hace 9 años y se puede complementar con otro aún más antiguo sobre el mismo asunto (2) que tiene el mismo origen trotskista en el dúo de publicaciones que forman Inprecor y Sin Permiso. Como bien reconoce Vercammen, el partido fue el “punto débil” de Trotski, que jamás fue capaz de crear ninguno, a lo que hubiera debido añadir que un siglo después sus seguidores padecen esa misma ineptitud, por lo que es conveniente analizar los motivos de ello, que se encuentran en los propios artículos de Vercammen, es decir, en que la concepción trotskista de eso que ellos llaman “el partido” es antipartido, como la experiencia ha demostrado siempre en todas partes.

Pero la cuestión no es esa; no se trata de que los trotskistas no sepan lo que es una vanguardia comunista y, por consiguiente no sean capaces de construir ninguna, sino que se oponen a aquellos que sí las han construido, por lo que en este punto el trotskismo no es otra cosa que antileninismo. Son como esos perros que ni comen ni dejan comer.

Al más puro estilo trotskista, Vercammen manipula el pensamiento y la obra de Lenin, del cual asegura que “nunca formuló una teoría del partido”. Esa es la mejor manera de introducir sus propias tesis de soslayo: se trata de colmar un vacío que Lenin dejó pendiente… para que los trotskistas la completaran.

Lo cierto es que, a diferencia del inútil de Trotski, Lenin sí fue capaz de crear un partido comunista, lo cual no es más que la primera parte del asunto, porque la segunda es aún más interesante: el partido que Lenin creó fue diferente del que había y que todas las demás organizaciones obreras del mundo, agrupadas en la II Internacional, ya conocían de antemano. Por fin, hay una tercera cuestión: nada de eso hubiera sido posible si Lenin no hubiera tenido en su cabeza una noción muy clara de lo que un partido comunista debía ser. Su obra “¿Qué hacer?” así lo demuestra.

Como Vercammen no acepta lo más evidente, tiene que enredar el texto y el contexto de la manera farragosa que acostumbran los trotskistas porque, a fin de cuentas, ellos son mencheviques, es decir, no admiten el partido leninista de nuevo tipo, que tratan de sustituir por el partido de viejo tipo de la socialdemocracia, el partido de masas, que es lo que Lenin critica en el “¿Qué hacer?”

A partir de ahí llegan los ataques -cubiertos y descubiertos- al partido leninista que tantas veces escuchamos en boca tanto del reformismo, como del trotskismo y del anarquismo: si un partido comunista no es de masas lo que hace es sustituir o suplantar a la clase obrera. La concepción leninista del partido de nuevo tipo es un “sistema de sustitución política” de la clase obrera, escribió Trotski hace más de un siglo (3), lo cual está en contradicción con lo que propugnaron Marx y Engels: que la liberación de clase obrera sería obra de la propia clase obrera.

Las consecuencias del leninismo son que la revolución de 1917 no fue tal revolución sino un golpe de Estado que llevaron a cabo los bolcheviques, una ínfima minoría. A eso Vercammen le llama como su maestro Trotski, “sustitucionismo” y sugiere que es una reminiscencia del populismo ruso. Conclusión: Lenin era otro populista ruso del montón. Por lo tanto, Lenin no desarrolla la obra de Marx y Engels sino que es un autor que sigue doctrinas genuinamente rusas, blanquistas dirían algunos.

A su vez, las taras del leninismo nos conducen a la otra genialidad de ciertas corrientes pequeño burguesas: la degeneración burocrática de la URSS tiene su origen en el partido de nuevo tipo, algo que también expresó Trotski muy gráficamente: el partido suplanta a la clase, la dirección suplanta al partido y al final Stalin suplanta al mundo entero. Algunos escriben la historia con este tipo de frases sonoras, tanto más sonoras en cuanto que están vacías de contenido real.

Esas concepciones absurdas aún se pueden enredar y empeorar todo lo que sea necesario: desde 1902 Trotski insultó a Lenin a causa de sus tesis sobre el partido de nuevo tipo: “Lenin quiere ser la traducción en lengua marxista” del jacobinismo, escribió Trotski (3). Eso significaba dos cosas al mismo tiempo: que Lenin era un burgués y que, además, era un burócrata. Sin solución de continuidad, esa imputación la heredó Stalin de Lenin y el Estado soviético la heredó del partido bolchevique, que es la tesis que Vercammen repite un siglo después en su artículo: la raíz de la degeneración burocrática de la URSS estuvo en la creación de un partido leninista jacobino y burocrático, “una organización centralizada y conspirativa, armada con dinamita”, escribió Trotski.

Siguiendo las tesis de Trotski, las corrientes izquierdistas de los años veinte del pasado siglo (consejistas, asamblearios, autogestionarios) concluyeron que, en realidad, la Revolución de 1917 no fue una revolución proletaria sino burguesa, ya que estaba dirigida por burgueses a la manera burguesa, es decir, jacobina, blanquista y populista. La Revolución de 1917 fue lo mismo que la revolución francesa un siglo antes: una minoría burguesa dirigiendo a la gran masa del proletariado, en nombre del proletariado y sustituyendo al proletariado. Si, como escribió Trotski, Lenin era “el dirigente del ala reaccionaria de nuestro partido”, ¿qué otra cosa se podía esperar de un reaccionario como Lenin?

Según la pequeña burguesía, hay otro aspecto del “¿Qué hacer?” que así lo demuestra: la tesis de que la conciencia de clase es exterior al proletariado, que le llega “desde fuera” procedente de intelectuales, o lo que es peor, de burgueses, o de ambas cosas a la vez. ¿No eran burgueses Marx y Engels? ¿No era Lenin otro burgués? No sólo la conciencia es externa al proletariado sino que el partido también lo es. Ahora bien, matiza Vercammen, tras la revolución de 1905 Lenin rectifica el “¿Qué hacer?” y “rehabilita el espontaneísmo”. Así es como los trotskistas se fabrican una historia a su medida, la que necesitan en cada momento.

Cuando en el “¿Qué hacer?” Lenin utiliza esa expresión (“desde fuera”) no hace más que transformar en consciente, en conciencia, es decir, en ciencia, lo que la historia del movimiento obrero de cualquier país del mundo muestra: la conciencia de clase ha penetrado “desde fuera” del propio movimiento obrero. Es más: ha penetrado desde fuera del propio país, desde el extranjero, porque siempre ha existido (existe y existirá en el futuro) una dirección del movimiento obrero que procede de las partes más avanzadas del mismo y se dirige hacia las más atrasadas, y no al revés. Por eso el partido de nuevo tipo ejerce el papel de vanguardia o avanzadilla: porque transmite una experiencia de vanguardia y sus formas de organización a las partes más rezagadas y a los países más rezagados.

Aunque los anarquistas -lo mismo que los trotkistas- rechazan las concepciones leninistas, lo cierto es que en España el movimiento obrero, como tal movimiento de clase, lo inician dos extranjeros como el italiano Giuseppe Fanelli, por los libertarios, y el franco-cubano Pablo Lafargue, por los marxistas. Así ha ocurrido siempre en todo el mundo y sigue ocurriendo en la actualidad: la conciencia de clase, las formas de organización, la ideología y todas las herramientas que el movimiento obrero necesita para alcanzar sus objetivos han procedido (siguen procediendo y seguirán en el futuro) de fuera. Por eso un partido leninista de nuevo tipo no sólo es necesario sino imprescindible para la revolución: porque le aporta al movimiento obrero algo que por sí mismo, por sus propias fuerzas, no puede alcanzar, algo tan importante como esa conciencia de clase que Marx llamó conciencia para sí.

Para aportar al movimiento algo que el movimiento por sí mismo no ofrece hay que ser exactamente una vanguardia, es decir, formar parte del movimiento sin confundirse con el propio movimiento, sin disolverse en él. Una vanguardia no es sólo una organización diferenciada, sino un trabajo diferenciado, una ideología diferenciada y un programa diferenciado. Eso es lo que Marx, Engels y Lenin explicaron de mil maneras diferentes, entre ellas lo que significa hacer algo “por sí mismo” y hacer algo “para sí mismo”. ¿Verdad que cuando hacemos algo para nosotros mismos, lo hacemos también nosotros mismos?

Traducido al lenguaje leninista: la conciencia de clase no procede “desde fuera” de la clase obrera, no procede de intelectuales, ni tampoco de burgueses, sino que se transmite (o se comunica) de los sectores más avanzados del movimiento obrero a los más atrasados. Obviamente para entender eso hay que tener en cuenta aspectos importantes del movimiento obrero: la clase obrera (y sus luchas, y sus experiencias) no tiene carácter local sino internacional. También hay que tener en cuenta que Marx, Engels y Lenin jamás fueron burgueses, sino los primeros espadas del proletariado, quienes crearon y desarrollaron la teoría para que la práctica fuese realmente científica. Para acabar: la vanguardia comunista no sólo no es nada distinto de la clase obrera sino que forma parte de la misma. ¿Qué parte? Exactamente esa: su conciencia.

(1) Lénine et la question du parti. Remarques autour de ‘Que faire’?, marzo de 2005, http://www.lcr-lagauche.be/cm/index.php?option=com_sectionnav&view=article&Itemid=53&id=244
(2) La cuestión del partido o el punto débil de Trotsky, Inprecor, setiembre de 2000, www.sinpermiso.info/articulos/ficheros/4vercammen.pdf
(3) Trotski, Nuestra tareas políticas, http://www.marxists.org/espanol/trotsky/eis/1904-nuestras-tareas.pdf, pg.54.

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Ruth First, una comunista en la vanguardia de la lucha contra el racismo

Juan Manuel Olarieta

La comunista Ruth First fue mucho más que un ejemplo de abnegación en la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. No es fácil resumir su trayectoria. Cuando algunos acaban de descubrir el racismo hace unos minutos, sobre las espaldas de los comunistas sudafricanos pesaban décadas de cárcel, tortura y brutalidad cuyo recuerdo amarga la memoria, porque se escribió con sangre.

Desde la década de los cuarenta, cuando Sudáfrica era el baluarte del imperialismo en África, Heloise Ruth First ya militaba en las filas del Partido Comunista desde que era una joven estudiante. «Me considero africana y para mí no hay ninguna causa más apreciada», escribió unos años antes de morir.

Había nacido en 1925, en Johannesburgo, descendiente de inmigrantes que llegaron procedentes de Lituania en 1906. Sus padres, Julius y Mathilda, fundaron en 1921 el Partido Comunista Sudafricano con los más explotados y humillados del criminal régimen del apartheid.

Aunque siempre le apasionó la antropología, estudió ciencias sociales en la Universidad de Witwatersrand, donde trabajó junto con Nelson Mandela, con Eduardo Mondlane, el futuro dirigente del Frelimo (Frente de Liberación de Mozambique), con hindúes como J.N.Singh e Ismail Meer y con el futuro secretario general del Partido Comunista de Sudáfrica, el abogado Joe Slovo, otro comunista originario del Báltico.

Ambos fundaron la Federación de Estudiantes Progresistas y luego First se convirtió en dirigente de la Liga de la Juventud Comunista. Al acabar en la Universidad trabajó durante un tiempo en los servicios sociales del ayuntamiento de Johannesburgo, que pronto abandonó por desacuerdos políticos.

Entonces se lanzó en cuerpo y alma a la tarea militante, convirtiéndose en uno de los pilares del Partido Comunista. Uno de los primeros frutos de su trabajo fue la organización de un poderoso movimiento de solidaridad con los mineros en huelga. Pero en 1946 cambió de rumbo para seguir los pasos de John Reed, haciendo del periodismo militante un arma de combate. Se convirtió en editora de The Guardian, un semanario progresista.

Aún hoy su escritura es inigualable y, a pesar del tiempo transcurrido, nadie ha sido capaz de superar sus análisis del apartheid. A ella le corresponden las páginas más crudas del periodismo social sudáfricano. Cada historia vivida y narrada destila sufrimiento, explotación, marginación. First nunca necesitó recurrir a grandes frases sino que siempre buscó transmitir a sus lectores las terribles vidas de los negros, los indios, los trabajadores… En una época de confusión, ambigüedad y medias tintas, First sacude la conciencia con la peor de las ternuras, la que lleva nombre y apellidos, gentes de los barrios más pobres. «Les golpean, les encierran con llave por la noche, confiscan sus ropas y les ponen bajo la custodia de feroces perros para que se les quiten las ganas de huir. Se levantan a las 3 de la madrugada y se van a la cama por la noche», escribió en un artículo sobre las condiciones laborales de los trabajadores agrícolas de Bethal. Era la esclavitud en pleno siglo XX.

Ruth First informa de las primeras acciones de boicot a los transportes públicos, de las protestas de la comunidad indígena, de las luchas de los trabajadores sin techo que arrastran sus pies por los poblados barrios de Johannesburgo o El Cabo.

Tras la Segunda Guerra Mundial denuncia implacablemente el asilo que Sudáfrica presta a los nazis huídos de Europa. En 1947 protesta por la censura de una representación de Otelo en la Universidad de Witwatersrand, porque el personaje principal era interpretado por un negro.

El internacionalismo está muy presente en sus artículos. Defiende el derecho a la independencia de los pueblos coloniales: «El derecho a la libertad de los pueblos coloniales debe ser plenamente reconocido por las Naciones Unidas», escribe el 19 de junio de 1947, en The Passive Resister. Uno tras otro, el régimen racista cierra los periódicos en los que trabaja.

En 1949 se casó con Joe Slovo. El año anterior el Partido Nacional había ganado las elecciones y el país se sumió en la peor pesadilla del apartheid. El Partido Comunista tiene que pasar a la clandestinidad y la casa de los Slovo alberga reuniones políticas con negros, blancos, mestizos o hindúes.

El acoso de la policía llega hasta sus hijas Shawn, Gillian y Robyn: persecución, detenciones, registros… El testimonio de Shawn en la película «A World Apart» (Un mundo aparte), dirigida en 1988 por Chris Menges, es desgarrador. La clandestinidad no le impide a First dejar de escribir ni de organizar campañas. En 1956 la detuvieron junto a su marido Slovo, a quienes acusaron, junto a otros ​​156 militantes comunistas, de traición a la patria. Tras un juicio que se prolongó durante cuatro largos años, fue finalmente absuelta. Cuando en 1960, tras la masacre de Sharpeville, la losa del estado de excepción cayó sobre el país, First tuvo que huir a Suazilandia con sus hijas.

Pero seis meses más tarde regresó a Johannesburgo para incorporarse a la redacción del Johannesburg New Age, heredero del The Guardian. Además, puso en marcha Radio Liberty con una emisora móvil. Fue el momento en el que bajo la dirección del Partido Comunista el Congreso Nacional Africano desencadenó la lucha armada.

En 1963 la detienen de nuevo junto a otros dirigentes del Partido Comunista y el Congreso Nacional Africano. En el juicio condenaron a cadena perpetua a Nelson Mandela, Walter Sisulu y Govan Mbeki. First permaneció detenida en aislamiento durante 117 días, una experiencia estremecedora que relató en su libro «Hundred Seventeen Days».

Huyó al exilio, primero a Inglaterra, donde se unió a su familia. En 1972 escribió una obra fundamental sobre sobre el poder militar en África, «The barrel of a Gun». Nostálgica por África, se trasladó después a Libia, Tanzania y Maputo (Mozambique), donde murió en 1982, asesinada tras la explosión de una carta bomba que le enviaron los servicios secretos de Pretoria. Desde 1977 First dirigía una investigación sobre los niños emigrantes en Sudáfrica.

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El sujeto y el objeto de la historia

Juan Manuel Olarieta

Las disquisiciones sobre el sujeto histórico o sujeto revolucionario, ampliamente difundidas por la verbena seudomarxista, son otro ejemplo de la presión intelectual -filosófica en este caso- que ejerce la burguesía sobre el proletariado y el idealismo sobre el materialismo. Como tantas otras entelequias de la burguesía, parece que tiene que ver con algo que no es ella misma y sus fantasmas.

Que nadie se confunda con estas filosofías. Como todo asunto filosófico, no es otra cosa que un asunto político transfigurado. De lo que hablamos es de política. Detrás de la filosofía cabalística de la burguesía está su ramplonería política, su mediocridad y su ineptitud. Seguimos de carnaval. En cuanto escarbas un poco, las fatigosas exégesis filosóficas dejan paso a la romería, los disfraces y chirigotas.

Más exactamente, de lo que hablamos es de la burguesía jugando al izquierdismo, o lo que es lo mismo, del izquierdismo pequeño burgués. Es, pues, más viejo que un catarro. Lenin lo explicó hace ya casi 100 años en su obra «El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo» porque en aquel momento, muy parecido al actual, la plaga estaba causando estragos. Hay que tener precaución porque el izquierdista es un sujeto contrarrevolucionario cuyas pretensiones no son otras que las de seguir vociferando dentro del propio capitalismo, al que sirve con absoluta fidelidad.

Entre otras, hay dos circunstancias que explican el auge del izquierdismo entonces y ahora. La primera es que se trataba de una reacción simétrica al derechismo de la II Internacional. La segunda es que el entusiasmo despertado por la Revolución de Octubre había llevado a las filas del comunismo a un aluvión de corrientes que traían sus propias concepciones ideológicas debajo del brazo. Eran consejistas, luxemburguistas, anarcosindicalistas y espontaneístas que representaban la quiebra ideológica de la pequeña burguesía.

Las teorías sobre el sujeto revolucionario surjen de aquella corriente izquierdista que Lenin denunció. Se trata de una entelequia del idealismo alemán, especialmente de Fichte, que el izquierdismo rescató a comienzos del siglo pasado para oponerse al revisionismo imperante en la II Internacional, en el que predominaba el mecanicismo, el determinismo económico, la omnipresencia de las fuerzas productivas y la sucesión inexorable de los modos de producción.

Si en 1900 el revisionismo se nutría exclusivamente de las famosas condiciones objetivas, un siglo antes el idealismo alemán había puesto en primer plano a las condiciones subjetivas. La historia era expresión de las aspiraciones humanas más sentidas, especialmente la libertad tal y como la entendía entonces la burguesía. Por consiguiente, la historia carece de entidad propia; es un predicado cuyo sujeto es el hombre, una abstracción (el hombre) que fabrica otra abstracción (la historia).

Se trataba, pues, de metafísica, de oponer lo activo a lo pasivo, lo natural a lo social (o artificial), la sociedad (lo privado) al Estado (lo público) o la libertad a la necesidad (el determinismo). Hay muchas dicotomías como esas -o parecidas- que desde hace un siglo los burgueses -grandes o pequeños- llevan intentando introducir en el materialismo histórico.

Los izquierdistas, como Lukacs, Korsch, Pannekoek y la Escuela de Frankfurt, llevaron al materialismo histórico las concepciones del idealismo alemán sobre el sujeto histórico, que intentaron colar bajo el nombre de sujeto revolucionario. Para ello tuvieron que falsificar también el concepto de práctica (praxis), que queda en un limbo. Para ellos la praxis es una chistera de la que te puedes esperar cualquier cosa. Lo único evidente es que ellos mantienen una concepción individualista y existencialista de la práctica, como una especie de esfuerzo o sacrificio personal (la militancia), e incluso una aventura. La praxis es siempre una praxis del sujeto. Unamuno la calificaría de «agonía» y Korsch de «lucha» pero ambos hablaban de lo mismo.

Las corrientes dominantes en la II Internacional creían que el capitalismo se hundiría fatalmente como consecuencia del estallido de sus propias contradicciones internas. Para el reformismo la historia es un engranaje ajeno a las clases sociales y a sus luchas y, por lo tanto, a los seres humanos. Es la tesis defendida también por Bujarin y después por Althusser sobre una historia sin sujetos. Para el reformismo los movimientos son puramente sociales (apolíticos) y las reivindicaciones fundamentalmente sindicales. Ante esto, los izquierdistas pusieron el acento en las cuestiones políticas, ideológicas y culturales, degenerando en una retórica vacía acerca de la conciencia, la ideología, la alienación y el fetichismo, cuyo mejor ejemplo es la denominada Escuela de Franckfurt (Adorno, Marcuse, Habermas).

Aquella polémica era por completo ajena al materialismo histórico, que ignora esa separación metafísica del objeto con el sujeto, concebidas como otras tantas abstracciones, que no cambian cuando en lugar del hombre o del sujeto ponen a las masas o a la sociedad de consumo. No salen de la filosofía de la historia típica del idealismo alemán de comienzos del siglo XIX.

La burguesía introduce una dicotomía entre el objeto y el sujeto para sostener que uno de los extremos siempre es pasivo, es decir, efecto o consecuencia del otro. Donde la II Internacional decía que la historia hace a los hombres, los izquierdistas dicen que los hombres hacen la historia. Nunca ambos interaccionan entre sí. Precisamente la práctica no es otra cosa que una interacción entre ambos o, en palabras de Sartre, «el hombre está mediado por las cosas en la misma medida en que las cosas están mediadas por el hombre». Marx criticó en Feuerbach su concepción de la filosofía como mera contemplación de la realidad:

«El defecto fundamental de todo el materialismo anterior -incluyendo el de Feuerbach- es que sólo concibe el objeto, la realidad, la sensoriedad, bajo la forma de objeto o de contemplación, pero no como actividad sensorial humana, como práctica, no de un modo subjetivo. De aquí que el lado activo fuese desarrollado por el idealismo, por oposición al materialismo, pero sólo de un modo abstracto, ya que el idealismo, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, como tal».

Pero no se trataba sólo de Feuerbach sino de algo común entre los filósofos que, hasta Marx y Engels, no han hecho otra cosa que interpretar el mundo, una y otra vez. El trabajo es una forma de práctica, algo que los filósofos burgueses ignoran.

En el materialismo histórico la práctica reúne tres elementos fundamentales, sin los cuales no se puede entender:

a) la praxis es tan concreta como la historia y como los sujetos. Los sujetos pertenecen a clases sociales. Marx diría que son personas con ojos y orejas, tan concretas como los momentos en los que les ha tocado vivir, las ciudades en las que se han criado, las organizaciones con las que han combatido y las manifestaciones en las que han desfilado

b) más que activa la praxis es interactiva, es decir, el sujeto actuando sobre el objeto y el objeto sobre el sujeto, son las condiciones de trabajo (el salario, las horas, los descansos, la movilidad) tanto como el convenio colectivo (las negociaciones, las huelgas, las manifestaciones) que las modifica

a) la praxis es colectiva o social: el sujeto actúa en la historia formando parte de clases sociales, por lo que los sujetos interaccionan tanto con los que forman parte de la misma clase social como con los de la clase contraria, se agrupan con unos para enfrentarse a los otros

Decir que el hombre hace la historia es un obviedad. No hay historia sin hombres y mujeres. Pero el hombre no hace la historia igual que hace un botijo, es decir, algo de lo que no forma parte. En palabras de Marx, los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que exis­ten y les han sido legadas por el pasado.

Toda la demagogia filosófica sobre el sujeto revolucionario tiene en cuenta sólo la primera parte, «los hombres hacen su propia historia», pero se olvida de la segunda. Es la esencia del izquierdismo. La historia se hace en unas determinadas condiciones, a las que normalmente se califica de «objetivas». Esas condiciones hay que analizarlas minuciosamente porque de lo contrario eso que llaman «lucha» no es más que voluntarismo, una aventura puramente personal.

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El intelectual orgánico

Una de las aportaciones determinantes de Lenin al marxismo fue la creación de un partido de nuevo tipo, una organización política que hasta entonces no existía, desconocida incluso para el propio movimiento obrero, cuyas formas de organización eran los partidos «de masas» típicos de la II Internacional. Pero Lenin no sólo plantea un nuevo tipo de organización sino una nueva tarea para ella: la de vanguardia, es decir, la de dirigir a las masas. Pero, ¿qué es dirigir?

Encerrado en las cárceles fascistas, Gramsci utilizó un lenguaje elíptico para explicar la naturaleza de la dirección política y habló de un «intelectual orgánico», un concepto prostituido -como el propio Gramsci- por el revisionismo, que ha desviado la atención para proponer una alianza entre los obreros y los intelectuales. De aquí parece deducirse que los intelectuales son algo distinto a los obreros, otro sector social cuyo papel en el capitalismo contemporáneo pretenden determinar.

Los revisionistas han tergiversado a Gramsci lo mismo que a los demás comunistas. Lo han convertido al idealismo utópico de Platón en el que los que deben regir las sociedades son los sabios, los que tengan conocimientos, lo que en última instancia se reduce hoy a quienes tengan diplomas académicos, cursillos y másters. Es esa estúpida concepción en boga que censura a los ministros que carecen de un título colgado de la pared.

Naturalmente que Gramsci habla de otra cosa. No se refiere a los intelectuales ni a que sean ellos los que dirijan sino a que la dirección de la lucha de clases es de naturaleza intelectual. La organización, la cohesión y la actuación de una clase como tal clase, tanto de la burguesía como del proletariado, requiere una experiencia (una práctica, una habilidad) política, social, cultural, científica, militar, económica y técnica. Los conocimientos intelectuales no son el punto partida sino que derivan de esa práctica. Los comunistas se refieren a eso cuando hablan de «cuadros» y de «revolucionarios profesionales», es decir, de los militantes del partido comunista cuya profesión es la revolución proletaria. Son ellos (y no los intelectuales) quienes dirigen al proletariado. Ellos son la conciencia de la clase obrera y su dirección es de la misma naturaleza que cualquier otra forma de conciencia: intelectual.

Para explicar su función Gramsci la contrapone al tipo tradicional de intelectual, el personaje ilustrado (escritor, filósofo, artista) que, por el dominio de un habilidad especializada, se cree por encima de las clases y de sus luchas y pretende apoyarse en un auditorio nacional o internacional incluso. En el siglo XIX el prestigio y la posición de algunos escritores, como Emilio Zola en el caso Dreyfus, no sólo le independizaban del poder político sino que le permitían el ejercicio de una cierta «crítica» que, por lo demás, era una dedicación al margen de la suya. El intelectual no era un profesional ni en la defensa ni en la crítica de las clases sociales.

Gramsci se refiere a otro tipo de intelectualidad. Según el comunista italiano con el desarrollo del capitalismo los intelectuales no se limitan a interpretar la sociedad sino que la dirigen con plena conciencia de ello. El concepto de intelectual orgánico sigue la misma línea que los de conciencia de clase (Marx y Engels) y vanguardia (Lenin). La conciencia de la clase obrera es su vanguardia y como cualquier otra forma de conciencia es de naturaleza predominantemente intelectual. Si Gramsci hablaba de un «intelectual orgánico», también se puede hablar de la organización del intelecto o de la organización de la conciencia (de clase), es decir, de militantes de organizaciones que trabajan organizadamente.

No se trata, pues, de cualquier clase de elaboración teórica de esas típicas que escriben los profesores, economistas o filósofos seudomarxistas, sino únicamente de aquella que está organizada, que es colectiva, que procede de una discusión mantenida dentro de una organización y para una organización, para el cumplimiento de su papel de vanguardia, de su línea y de su programa revolucionario.

La alusión a un tipo tradicional de intelectuales por parte de Gramsci pone de relieve el cambio de su papel en la nueva etapa imperialista, que desarrolla el trabajo complejo, intelectual, frente al trabajo simple y manual característico de la fase anterior. Ya no son personalidades individuales sino un único «intelectual colectivo». Gramsci llamaba así a todos aquellos que ejercen «funciones organizativas en sentido lato, tanto en el campo de la producción como en el de la cultura y en el político-administrativo». Hay muchos más intelectuales hoy que en el pasado y, a diferencia de los tiempos de Zola, la inmensa mayoría de ellos han sido plenamente domesticados. La universidad actual es el mejor ejemplo de su sumisión. Hoy lo verdaderamente exótico es encontrar un maestro, un profesor o un catedrático con una mínima capacidad crítica.

Para Gramsci, como para el materialismo histórico en general, el «laissez faire» (la espontaneidad) no existe, la lucha de clases no es un fenómeno espontáneo sino dirigido. Las clases sociales quieren dirigirlo todo pero todo no se puede dirigir, y menos bajo el capitalismo, que es un modo de producción anárquico por naturaleza que conduce a las crisis, por lo que la tarea de la burguesía es utópica en última instancia.

En contra de lo que piensan tanto los burgueses como los anarquistas, la sociedad capitalista se orienta conscientemente y esa orientación es un fenómeno general que no concierne sólo al proletariado, sino también a la burguesía. La conducción requiere de organizaciones, de un programa, de una línea y de una ideología. En la medida en que son conscientes, las clases sociales miran al futuro más que al pasado. No improvisan sino que actúan de manera planificada y sistemática. El intelectual orgánico no es el cronista de una realidad pasada sino el diseñador de la política futura, de lo que los anglosajones llaman «policy makers»: diseñadores de políticas (económicas, sanitarias, ambientales, internacionales).

Son las formas de dirección de las clases sociales las que han cambiado porque bajo el imperialismo las sociedades han cambiado. Si Marx y Engels demostraron que el capitalismo conduce a las crisis, Lenin demostró que en su fase última las crisis se han hecho crónicas. Por consiguiente, la tarea de dirección de la burguesía es utópica por partida doble, lo cual favorece la tarea inversa del proletariado. La propia construcción de un partido de nuevo tipo por el proletariado se corresponde con la crisis, la descomposición y los cambios sociales que el imperialismo trae consigo.

A la burguesía las crisis no le deben sorprender, no puede soportar imprevistos. Por eso diseña planes para todo, tanto para emergencias meteorológicas, como militares o sanitarias; aprueba alertas amarillas, estados de alarma, planes de evacuación y salidas de emergencia ante cualquier eventualidad, lo que pone al Estado imperialista en un estado de renovación permanente. La crisis crónica ha hecho de la seguridad y la gobernabilidad sus elementos identificadores.

A pesar de su condición de vanguardia, el intelectual organizado, incluido el burgués, agrupa masas importantes, o aspira a ello al menos. Para cualquier clase social la tarea de dirección concierne a las masas, a las suyas propias, a las de su clase y a las de las demás clases. Ese es el concepto de hegemonía que también acuñó a Gramsci. Se trata de determinar quién dirige a quién, o a la inversa, qué clase social va a desempeñar un papel subalterno. No se trata sólo de saber dirigir, cómo dirigir, sino de algo aún más profundo: de saber en qué consiste dirigir, algo bien diferente -exactamente opuesto- a «dar órdenes», mandar o mangonear.

La homogeneidad de la clase es hegemonía ideológica. En cada momento el intelectual orgánico identifica los intereses de su clase y la cohesiona en torno a ellos, desarrollando una ideología que no es de naturaleza técnica ni económica, sino política porque reune los tres requisitos imprescindibles para imponer su hegemonía dentro de su clase y de las demás:

a) es consciente requiere un cierto grado de elaboración y difusión, así como la imposición de un lenguaje característico
b) es partidista, es decir, responde a los intereses de una parte de la sociedad, de una clase
c) es activa, forma un programa de acción e incluso una «ética», es decir, está destinada a la práctica

Para Gramsci todas las personas son intelectuales, en tanto que en mayor o menor medida todas emplean las facultades intelectuales de que disponen. Pero al mismo tiempo consideraba que en la sociedad no todos ejercen una función intelectual. Él se refería a quienes, como consecuencia de la división social del trabajo, se han especializado en la dirección y organización de la lucha de clases. No son analistas, ni comentaristas, del tipo de los profesores universitarios o los periodistas sino especialistas que desempeñan un papel activo y consciente al servicio de su clase.

Naturalmente, las clases sociales no dirigen de la misma manera. El proletariado dirige a través de su vanguardia y de los sindicatos y organizaciones de masas, de reuniones, de manifestaciones, de huelgas y de insurrecciones. La dirección de la burguesía es mucho más compleja y comprende partidos políticos, asociaciones empresariales, grupos de presión, fundaciones, foros («think tank»), ONG y otras.

De la misma manera que el capital monopolista no lo dirige un accionista sino un gerente profesional, el intelectual orgánico de la burguesía también es un personaje de segunda línea, un capataz, mientras que los de la primera son los que aparecen en los medios, las ruedas de prensa y los debates parlamentarios. Sus discursos los escriben otros.

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Las ambigüedades de los movimientos de liberación nacional

Por su propia naturaleza, que va más allá de las clases y de la lucha de clases, los movimientos de liberación nacional son ambivalentes, a lo cual hay que añadir la confusión que crean a su alrededor, por lo que ellos dicen de sí mismos, así como por lo que, desde fuera, los demás dicen de ellos.

Por su heterogénea composición social, los movimientos nacionales no son nada en sí mismos; no se les puede juzgar sino por su dirección, por quién dirige el movimiento nacional y contra quién -o contra qué- lo dirige. Entonces es cuando todas y cada una de las ambigüedades se esfuman.

La lucha de clases es el motor de la historia; por lo tanto, también es el motor de todas las luchas de liberación nacional. Si a los movimientos nacionales se les despoja de las típicas ambigüedades terminológicas en las que se cobijan (países, pueblos, razas), no quedan más que dos preguntas que formular: con independencia de los distintos sectores sociales que integran el movimiento nacional, ¿qué clase social lo está dirigiendo y contra qué o contra quién lo dirige?

Hay naciones y naciones. Cuando hay opresión nacional no hay una única nación, sino dos. La primera confusión de la lucha de liberación nacional es que políticamente no todas las naciones están en el mismo plano y que la distinción entre una nación opresora y otra oprimida, que parece banal, no lo es, por múltiples motivos, entre otros por el cúmulo de agravios históricos, reales o fingidos, que unas naciones acumulan contra otras. Por eso el victimismo nacional es siempre tan frecuente y las naciones opresoras se hacen pasar por lo contrario.

La lucha de liberación nacional no se puede dejar en manos de los nacionalistas precisamente porque en la opresión nacional hay dos naciones. Sólo hay un punto de vista capaz de reconocer la opresión nacional y luchar contra ella, que es el internacionalista, es decir, el punto de vista de aquella clase social que no tiene patria y cuya lucha, por consiguiente, no sólo no es nacional sino que está por encima de las naciones y del nacionalismo.

El proletariado lucha contra cualquier forma de opresión, por lo que está siempre por la liberación de las naciones oprimidas y también tiene claro contra quién y contra qué debe dirigirla, contra la burguesía, y quiénes son sus aliados, los trabajadores, cualquiera que sea su nacionalidad. Ese es el significado exacto del internacionalismo que, en las condiciones históricas actuales, o sea, en las condiciones del imperialismo, es la única manera de resolver la opresión nacional.

El proletariado está absolutamente enfrentado a cualquier forma de chovinismo procedente de la burguesía de las naciones opresoras. Mientras en las naciones oprimidas el proletariado tiene un camino que recorrer con la burguesía, en las opresoras no tiene abslutamente ninguno. Este es un aspecto en el que la clase obrera no puede admitir ninguna clase de compromisos y su batalla contra cualquier clase de chovinismo en defensa de la unidad del Estado no admite matices.

Si el proletariado no tiene patria no tiene sentido preguntar a qué «parte» del proletariado le corresponde dirigir la lucha de liberación nacional porque es una clase social que es internacional y no tiene «partes»: la liberación nacional es una tarea que incumbe, pues, tanto al proletariado de la nación opresora como al de la nación oprimida.

La lucha de liberación nacional no es ajena al proletariado, cualquiera que sea su origen nacional. Por lo tanto, el proletariado tampoco es ningún «aliado» porque la liberación nacional es parte integrante de su programa revolucionario.